Escritos fantasma
Okinawa
¿Q UIÉN me está soplando en el cogote? Me di la vuelta. Las puertas de cristal ahumado se cerraron con un silbido. La luz era fuerte. Unos helechos de plástico se mecían con delicadeza a lo largo del vestíbulo desierto. Nada se movía en el aparcamiento achicharrado por el sol. Más allá, una hilera de palmeras y el profundo cielo.
—¿Señor…?
Me di la vuelta. La recepcionista seguía esperando, ofreciéndome su bolígrafo, con una sonrisa tan almidonada como su uniforme. Le vi los poros bajo el maquillaje y oí el silencio bajo el hilo musical, y el ajetreo bajo el silencio.
—Kobayashi. He llamado hace un rato desde el aeropuerto para reservar una habitación.
Hormigueo en la palma de las manos. Espinas diminutas.
—Ah, sí, señor Kobayashi…
¿Qué más da si no me creyó? Los impuros andan siempre registrándose en los hoteles bajo nombres falsos. Para fornicar con desconocidos.
—¿Sería tan amable de escribir aquí su nombre y su dirección, señor… y su profesión?
Le mostré la mano vendada.
—Me temo que va a tener que rellenarme el formulario usted misma.
—Faltaría más… Caramba, ¿qué le ha pasado?
—Me pillé con una puerta.
Hizo un compasivo gesto de dolor y le dio la vuelta a la ficha.
—¿Su profesión, señor Kobayashi?
—Soy programador informático. Diseño productos para diversas compañías, con contratos temporales.
Frunció el ceño. No encajaba en su formulario.
—O sea, que no pertenece a ninguna compañía como tal…
—Puede poner la compañía para la que trabajo ahora.
Fácil. El departamento de tecnología de la Fraternidad se encargará de proporcionar las pruebas.
—Muy bien, señor Kobayashi… Bienvenido al Hotel Okinawa Garden.
—Gracias.
—¿Está usted en Okinawa por trabajo o de visita turística, señor Kobayashi?
¿Había algo burlón en su sonrisa? ¿Una expresión de sospecha en el rostro?
—Mitad y mitad —contesté, haciendo uso de mi voz de control alfa.
—Le deseamos una agradable estancia. Aquí tiene la llave, señor. Habitación 307. Si podemos servirle de ayuda en cualquier cosa, por favor, háganoslo saber.
¿Vosotros? ¿Servirme de ayuda?
—Gracias.
Impuros, impuros. Estos de Okinawa nunca fueron japoneses de pura cepa. Antepasados diferentes, más débiles. Al darme la vuelta y dirigirme hacia el ascensor, mi percepción extrasensorial me dijo que la recepcionista sonreía con suficiencia. No sonreiría tanto si tuviera idea del calibre de la mente que tenía delante. Ya le llegara su hora, como a todos.
No había un alma en todo el gigantesco hotel. A esa hora del mediodía, los silenciosos pasillos se perdían en la distancia, vacíos como catacumbas.
En mi habitación no hay aire. En el Santuario tenemos prohibido el aire acondicionado porque afecta a las ondas alfa. En solidaridad con mis hermanos y hermanas, lo apagué y abrí la ventana. Dejé las cortinas corridas. Nunca se sabe quién puede estar mirando con un teleobjetivo.
Miré fijamente al sol. Naha es una ciudad fea y vulgar. De no ser por la franja aguamarina del Pacífico al fondo, podría tratarse de un tentáculo cualquiera de Tokio. La típica antena de televisión rojiblanca, emitiendo las órdenes subliminales del gobierno. Los habituales grandes almacenes, irguiéndose como templos sin ventanas, encandilando a los impuros hacia la sumisión. Los barrios, las fábricas inoculando veneno en el aire y en los depósitos de agua potable. Frigoríficos abandonados en vertederos para basura de menor valía. ¡Qué injertos de fealdad son sus ciudades! Me imagino la Nueva Tierra barriendo este revoltijo purulento como una escoba todopoderosa que restituya el terreno a su estado virginal. Entonces la Fraternidad creará lo que nos merecemos, algo que los supervivientes custodiarán amorosamente por toda la eternidad.
Me aseé y me examiné la cara en el espejo del cuarto de baño: Eres uno de esos supervivientes, Quasar. Facciones marcadas, subrayando mi herencia samurái. Sobreceja prominente. Nariz aguileña. Quasar, el precursor. La elección de mi nombre por parte de Su Serendipia resultó profética. Mi función era pulsar los confines del universo de los fieles, solo en las tinieblas. Un escolta. Un heraldo.
El extractor de aire zumbaba. En algún lugar, más allá del zumbido, se oía sollozar a una niña: cuánta tristeza en este mundo retorcido. Empecé a afeitarme.
Me desperté temprano, incapaz por unos instantes de recordar dónde estaba. Esparcidos a mi alrededor, como piezas de un rompecabezas, yacían los fragmentos de mi sueño. Estaba el señor Ikeda, mi tutor del instituto, y dos o tres de los peores matones de la clase. Mi padre biológico también había hecho acto de aparición. Recordé el día en que los matones obligaron a toda la clase a fingir que yo estaba muerto. Por la tarde la broma ya se había difundido por todo el instituto y todo el mundo fingía que no me veía. Cuando les hablaba fingían no oírme. El asunto llegó a oídos del señor Ikeda, quien, en su calidad de funcionario designado por la sociedad para velar por las mentes jóvenes, ¿qué fue lo que se encargó de hacer? El muy hijo de puta celebró un funeral en mi memoria durante la última clase. Hasta encendió un poco de incienso y dirigió los cánticos y toda la pesca.
Antes de que Su Serendipia iluminase mi vida yo era un crío indefenso. Me eché a llorar y les grité que parasen, pero nadie me veía. Estaba muerto.
Al despertar por completo, me encontré con el tormento de una erección. Demasiada interferencia de ondas gamma. Medité bajo la foto de Su Serendipia hasta que remitió.
Si lo que los impuros quieren es funerales, durante las Noches Blancas los tendrán en abundancia, antes de que Su Serendipia se levante y reclame Su reino. Funerales sin cortejo fúnebre.
Bajé andando por la Kokusai Dori, la calle principal de la ciudad, volviendo sobre mis pasos y haciendo eses para dar esquinazo a cualquiera que me estuviese siguiendo. Por desgracia, mi potencial alfa todavía es muy débil para alcanzar la invisibilidad, de modo que tengo que zafarme de mis perseguidores a la antigua usanza. Cuando estuve seguro de que nadie me seguía entré rápidamente en un salón de juegos recreativos y llamé desde una cabina telefónica. Es mucho más improbable que un teléfono público esté pinchado.
—Hermano, soy Quasar. Pásame con el ministro de Defensa, por favor.
—Por supuesto, hermano. El ministro te está esperando. Permíteme felicitarte por el éxito de nuestra reciente misión.
Me mantuve a la espera unos segundos. El ministro de Defensa es uno de los favoritos de Su Serendipia. Se licenció en la Universidad Imperial. Antes de atender la llamada de Su Serendipia era juez. Es un líder nato.
—Ah, Quasar. Estupendo. ¿Te encuentras bien de salud?
—Estando al servicio de Su Serendipia, Ministro, siempre me encuentro bien de salud. He superado mis alergias, y hace nueve meses que no padezco de…
—Estamos encantados contigo. A Su Serendipia, la hondura de tu fe le ha causado una poderosa impresión. Una muy poderosa impresión. Ahora mismo está en Su retiro, meditando sobre tu alma. Solo sobre la tuya, para tu fortalecimiento y enriquecimiento.
¡Ministro! Le ruego Le transmita mi más profundo agradecimiento.
Con sumo placer. Te lo has ganado. Esta es una guerra contra la miríada impura, y en ella los actos de valor no deben quedar sin reconocimiento ni recompensa. Bueno, me imagino que te preguntarás cuánto tiempo has de permanecer lejos de tu familia. El Gabinete considera que siete días serán suficientes.
—Entendido, Ministro.
Hice una marcada reverencia.
—¿Has visto los telediarios?
—Evito las mentiras del Estado impuro, Ministro. ¿Por qué habría la serpiente de atender de buen grado la voz del encantador? Aun estando lejos del Santuario, las órdenes de Su Serendipia permanecen grabadas en mi corazón. Imagino que habremos agitado el avispero.
—Ya lo creo. Hablan de terrorismo, muestran a los impuros echando espuma por la boca. Casi dan pena, los pobres animales. Casi. Como ya predijo Su Serendipia, se les escapa el detalle fundamental de que se trata del castigo a sus pecados. ¡Siéntete orgulloso, Quasar, de haber sido uno de los elegidos para administrar justicia! Recuerda la 39.a Revelación Sagrada: El orgullo por el sacrificio personal no es pecado sino amor propio. Trata, no obstante, de pasar desapercibido. No desentones. Haz turismo. Confío en que tus dietas sean suficientes…
—El tesorero fue de lo más generoso, y mis necesidades son simples.
—Muy bien. Vuelve a ponerte en contacto con nosotros dentro de siete días. La Fraternidad espera ansiosa el regreso al hogar de nuestro bienamado hermano.
Volví al hotel para mi aseo y meditación de mediodía. Comí unas galletas saladas, algas marinas y anacardos, y me bebí un té verde de la máquina expendedora del pasillo. Cuando al terminar mi refrigerio salí de nuevo, la recepcionista impura me dio un mapa y escogí un lugar de interés turístico.
El cuartel general de la marina japonesa estaba enclavado en un parque cubierto de maleza, en lo alto de una colina desde la que se dominaba Naha, hacia el norte. Durante la guerra estaba tan bien escondido que los invasores americanos, después de haber tomado Okinawa, tardaron tres semanas en encontrarlo. Los americanos no son una raza muy inteligente. No captan lo obvio. Su embajada tuvo la desfachatez de negarle a Su Serendipia un visado de residente hace diez años. Ahora, por supuesto, Su Serendipia puede ir y venir donde le plazca utilizando técnicas de conversión subespacial. Ha visitado varias veces la Casa Blanca, sin la menor traba.
Pagué la entrada y bajé las escaleras, recibido por un lóbrego frescor. En alguna parte goteaba una cañería. A los invasores americanos les aguardaba otra sorpresa. Con el objeto de tener una muerte honorable, los cuatro mil soldados, el contingente al completo, se habían quitado la vida. Veinte días antes.
Honor. ¿Qué sabrán del honor los impuros, con su mundo banal, plagado de ídolos? Recorrí los túneles acariciando los muros con las yemas de los dedos. Acaricié las cicatrices de las paredes, causadas por la explosión de las granadas y las piquetas que emplearon los soldados para cavar sus baluartes, y sentí que entre ellos y yo existía una profunda afinidad. La misma afinidad que siento en el Santuario. Con mi elevado coeficiente alfa, podía captar residuos de sus almas. Vagué por los pasillos hasta perder la noción del tiempo.
Según salía de aquel monumento a la nobleza, llegó un autocar de turistas. Les eché un vistazo, con sus cámaras fotográficas y sus bolsas de patatas fritas, sus estúpidas expresiones de recién salidos de Osaka y sus mentes mutiladas con menos capacidad alfa que una mosca, y lamenté que no me quedase una última ampolla de fluido purificador para lanzarla escaleras abajo contra ellos y, acto seguido, dejarlos encerrados. Se les habría purificado igual que se hizo con los avariciosos de Tokio. Y con ello habría apaciguado las almas de los jóvenes soldados muertos en nombre de su fe unas décadas antes, tal y como yo mismo había estado dispuesto a hacer hacía tan solo setenta y dos horas. Los gobiernos de títeres que al terminar la guerra expoliaron nuestro país los habían traicionado. Igual que a todos nosotros nos ha traicionado una sociedad convertida en mercado para Disney y McDonald’s. Todo ese sacrificio, ¿para construir qué? Para construirles un portaaviones a prueba de hundimientos a los Estados Unidos.
Pero no me quedaba ninguna ampolla, de modo que tuve que soportar a aquellos cretinos impuros, charlatanes, defecadores, procreadores y profanadores. Literalmente, me cortaron la respiración.
Bajé la colina caminando a la sombra de las palmeras.
*
En la palma de la mano izquierda hay un receptor alfa. La primera vez que Su Serendipia me concedió una audiencia personal me abrió la mano y me apretó delicadamente este receptor con Su dedo índice. Sentí un zumbido peculiar, como una agradable descarga eléctrica, y más tarde descubrí que mi capacidad de concentración se había cuadruplicado.
Aquel preciado día, hace tres años y medio, estaba lloviendo. Las nubes descendían en formación desde el monte Fuji, y un viento del este soplaba sobre los prados ondulantes que rodean el Santuario. Hacía doce semanas que me había alistado en el Programa de Acogida a la Fraternidad, y aquella mañana me había ocupado de unos asuntos con uno de los subsecretarios de la Tesorería de la Fraternidad. Había firmado los papeles que me liberaban de la cárcel del materialismo. De ahora en adelante la Fraternidad se convertía en propietaria de mi casa y mis muebles, de mis ahorros y fondos de pensiones, de mi título de socio del club de golf y de mi coche. Me sentí más libre de lo que jamás hubiese creído posible. Como era de esperar, mi familia —mi familia biológica e impura, mi familia de sangre— fue incapaz de entenderlo. Toda la vida habían estado midiendo hasta el último milímetro de mis éxitos y mis fracasos, y de repente llegaba yo partiendo su regla contra mi rodilla. En la última de sus cartas mi madre me comunicó que mi padre me había desheredado. Pero como Su Serendipia escribe en la 71.a Revelación Sagrada, La furia de los malditos es tan impotente como una rata royendo una montaña sagrada.
Además, nunca me quisieron. De no ser porque la vieron por televisión, jamás se habrían enterado de la existencia de la Palabra.
Su Serendipia bajó las escaleras acompañado del ministro de Seguridad. La luz se hacía más blanca según se aproximaba al despacho. Lo primero que vi fueron Sus pies, calzados con sandalias, y Su túnica violeta; acto seguido, el resto de Su bien-amada figura apareció ante mi vista. Me sonrió, pues sabía por telepatía quién era yo y qué había hecho.
—Soy el Gurú —dijo, y me dejó besarle el sagrado anillo de rubí mientras me arrodillaba. Percibí Sus emanaciones alfa, igual que una brújula percibe el norte magnético.
—Maestro —respondí—. He vuelto a casa.
Su Serendipia habló con claridad y hermosura, y las palabras brotaron de sus mismísimos ojos.
—Te has librado del asilo de los impuros. Pequeño hermano. Hoy te has unido a una nueva familia. Has trascendido tu vieja familia de sangre y te has unido a una nueva familia del espíritu. Desde hoy tienes diez mil hermanos y hermanas. Para cuando llegue el fin del inundo, esta familia contará con millones de miembros. Crecerá y crecerá, arraigando en todos los países. Estamos hallando suelo fértil en tierras extranjeras. Nuestra familia crecerá hasta que el mundo exterior sea el mundo interior. No se trata de una profecía. Se trata de una realidad futura, inevitable. ¿Cómo te sientes, nuevo hijo de nuestra nación sin fronteras ni sufrimiento?
—Afortunado, Su Serendipia. Muy afortunado de poder beber de la fuente de la verdad cuando todavía no he cumplido los treinta años.
—Hermanito mío, tanto tú como yo sabemos que no ha sido la fortuna lo que te ha traído hasta nosotros: ha sido el amor.
Entonces me besó, y yo besé la boca de la vida eterna.
—Quién sabe —dijo el Maestro—, si continúas con tu autoamplificación alfa tan rápido como me cuenta el ministro de educación, tal vez en un futuro se te encomiende una misión muy especial…
El corazón me latió con más fuerza aún. ¡Habían hablado de mí! Solo era un novato, ¡y ya hablaban de mí!
En las cafeterías, en las tiendas, en las oficinas, en los colegios, en la pantalla gigante del centro comercial, en todos los cuchitriles que servían de viviendas, la gente veía las noticias de la purificación. La chica que vino a limpiarme la habitación no paraba de hablar del tema. La dejé despotricar. Me preguntó qué pensaba yo. Le dije que solo era un ingeniero de sistemas informáticos de Nagoya y que de esas cosas no entendía. Pero la indiferencia no le bastaba: la indignación se ha convertido en el sentir obligatorio. Habrá que hacer un poco de teatro para evitar sospechas. La chica mencionó la Fraternidad. Parece que los odiosos medios de comunicación de nuestro país nos señalan con sus leprosos dedos, a pesar de nuestras antiguas advertencias.
A media tarde salí para comprar jabón y champú. La recepcionista estaba sentada de espaldas al vestíbulo, pegada al televisor. La televisión es una sarta de mentiras impuras y resulta perjudicial para el córtex alfa, pero pensé que unos pocos minutos no me harían daño, así que me puse a verla con ella. Veintiún purificados, y muchos cientos de parcialmente purificados. Una advertencia inequívoca al Estado de los impuros.
No me entra en la cabeza que haya ocurrido en Japón —dijo la recepcionista—. En América, vale. Pero ¿aquí?
Un grupo de «expertos» debatía sobre la «atrocidad». Entre los expertos figuraban una estrella de pop de diecinueve años y un catedrático de sociología de la Universidad de Tokio. ¿Por qué los japoneses solo hacen caso a las estrellas del pop y a los profesores? Repiten las mismas imágenes una y otra vez, una escena en la que unos sujetos sin purificar salen corriendo de la estación de metro, con pañuelos embutidos en la boca, dando arcadas y restregándose frenéticamente los ojos. Como dice Su Serendipia en la 32.a Revelación Sagrada, Si tu ojo te ofende, arráncatelo. Imágenes de los ya purificados, tendidos e inmóviles allí donde la purificación los liberó. Sus parientes sollozando, ignorantes como son. Corte al primer ministro, el más presuntuoso de entre los tontos, jurando que no descansará hasta «entregar a la justicia a los culpables de perpetrar esta monstruosidad».
¿No resulta cegadora toda esta hipocresía? ¿No ven que la verdadera atrocidad es la actividad del mundo moderno, la destrucción sistemática de la identidad entre el hombre y su alma? La acción de la Fraternidad fue simplemente un contraataque contra el auténtico monstruo de nuestra era. La primera escaramuza de una larga guerra cuya victoria nos tiene destinada la evolución.
¿Y por qué la gente no se da cuenta de la futilidad del empeño? Un simple politicastro, una de tantas cucarachas corruptas y chanchulleras, de las que te apuñalan por la espalda y cuya mente es incapaz siquiera de concebir la cloaca en la que se revuelca, ¿cómo puede semejante chusma impura albergar la menor esperanza
de coaccionar a Su Serendipia para que haga algo? A Él, un [1] boddhisattva capaz de hacerse invisible a voluntad, un yogui volador, un ser divino que puede respirar bajo el agua. ¿Entregarle a Él y a Sus siervos a la «justicia»? ¡Nosotros somos los ministros de justicia flotantes! Por supuesto que todavía carezco del coeficiente alfa necesario para protegerme con telepatía o telequinesis, pero me encuentro a cientos de kilómetros de la escena de la purificación. Jamás se les ocurriría venir a buscarme aquí.
Salí discretamente del gélido vestíbulo.
Traté de pasar desapercibido durante toda la semana pero la invisibilidad podía llamar la atención, así que me inventé reuniones de trabajo a las que acudir, y todas las mañanas, de lunes a viernes, a las ocho y media en punto, pasaba por delante de la recepcionista con un seco «Buenos días». El tiempo se arrastraba cansinamente. Naha es una de tantas ciudades pequeñas. Estas islas están plagadas de bases militares americanas cuyos soldados se pavonean calle arriba y calle abajo por las principales avenidas, muchos de ellos con nuestras mujeres cogidas del brazo, mujeres japonesas vestidas con un exiguo retazo de tela. Los hombres de Okinawa, por su parte, se dedican a imitar a los extranjeros. Pasé por los centros comerciales, presenciando la incesante cadena de deseo y adquisición. Anduve hasta que me dolieron los pies. Me senté en cafés umbríos cuyas estanterías se combaban bajo el peso de revistas repletas de inmundicia mental. Escuché las conversaciones de hombres de negocios que compraban y vendían lo que no era suyo. Seguí caminando. Los idiotas de siempre contemplaban boquiabiertos el vacuo repiqueteo de las tragaperras, como yo mismo hiciera antes de que Su Serendipia me abriese el ojo interior. Los turistas llegados de fuera de la isla recorrían las tiendas de recuerdos, comprando cajas de porquerías que en realidad nadie quiere jamás. Vi a los típicos emigrantes vendiendo relojes y bisutería barata en las aceras, sin permiso. Pasé por las salas de juegos recreativos donde los niños envenenados se reúnen al salir de clase, con los ojos clavados en pantallas donde cíborgs malignos, fantasmas y zombis libran combate. Las mismas tiendas que en cualquier otro lugar… Burger King, Benetton, Nike… Las calles céntricas se están volviendo iguales en todo el mundo. Pasé por suburbios en los que las amas de casa sacan los futones a la calle para airearlos, viviendo el mismo año sesenta veces. Vi a un alfarero con la cara picada de viruelas, ensimismado en su torno. Un moribundo que tosía sin quitarse el cigarro de los labios reparaba un triciclo de niño sentado en una escalera. Una mujer desdentada colocaba flores frescas en un jarrón bajo un altar familiar. Una tarde fui al viejo palacio de Ryuku. En el patio había máquinas de refrescos y una tienda llamada El Espadachín Sagrado que no vendía más que llaveros y carretes de fotos. Las antiguas murallas eran un hervidero de alumnos de bachillerato llegados de Tokio. Los chicos parecían niñas, con el pelo largo, agujeros en las orejas y las cejas depiladas. Las chicas hablaban con sus móviles, riéndose como monos araña. Si los odias a ellos, tendrás que odiar al mundo, Quasar.
Muy bien, Quasar. Pues odiemos al mundo.
El único sitio tranquilo de Naha era el puerto. Vi barcos, isleños, turistas y enormes cargueros. Siempre me ha gustado el mar. Mi tío biológico solía llevarme al puerto de Yokohama. Llevábamos un atlas de bolsillo para buscar los puertos de procedencia de los navíos y sus países de origen.
Por supuesto, de eso hacía ya una eternidad. Antes de que mi verdadero padre me llamase a su lado.
Un día, al salir de un trance alfa después de mis abluciones de mediodía, una sombra dentada se coaguló en una araña. Ya iba a tirarla al inodoro cuando percibí, con gran asombro, ¡que me estaba transmitiendo un mensaje alfa! Se trataba, por supuesto, de Su Serendipia, que se servía de la araña para hablar conmigo. El Maestro tiene un sentido del humor de lo más juguetón.
—Valor, Quasar, elegido mío. Valor y fuerza. Este es tu destino.
Me hinqué de hinojos ante la araña:
—Sabía que no me olvidaría, señor —respondí, dejando que el insecto me recorriese el cuerpo.
Después la metí en un tarro. Decidí comprar un poco de tira matamoscas para cazar algunas presas y poder dar de comer a mi hermanita. Los dos éramos mensajeros de Su Serendipia.
Continúan las conjeturas sobre la «secta del último día». ¡Qué latazo! La Fraternidad cree en la vida, no en la muerte. La Fraternidad no es una «secta». Las sectas esclavizan, la Fraternidad libera. Los líderes de las sectas son estafadores de lengua viperina con harenes de putas y flotas de RollsRoyces entre bastidores. Yo he tenido el privilegio de vislumbrar la vida en el círculo íntimo del Maestro, ¡y no he visto ni una sola mujer! Su Serendipia está libre de la viscosa telaraña del sexo. Su mujer fue escogida simplemente para dar a luz a Sus hijos. A los hijos menores de los miembros del Gabinete y de los discípulos favoritos se les permite ocuparse de las modestas necesidades domésticas del Maestro. Estos afortunados van vestidos únicamente con el taparrabos de meditación a fin de estar preparados para adoptar la postura alfa del zazen cuando el Maestro se digna otorgar Su bendición. Y en todo el Santuario solo hay tres Cadillacs: bien sabe Su Serendipia cuándo exorcizar los demonios materialistas que poseen a los impuros, y cuándo explotar esta obsesión como un caballo de Troya para infiltrarse en la ciénaga del mundo exterior.
Para librar a la Fraternidad de toda sospecha, Su Serendipia ha permitido el acceso de algunos periodistas al Santuario para filmar a los hermanos y hermanas durante una sesión de potenciamiento alfa. También han inspeccionado nuestras instalaciones químicas. El ministro de Ciencia les ha explicado que estábamos fabricando fertilizantes. Siendo como somos vegetarianos, ha bromeado, ¡la Fraternidad necesita cultivar muchos pepinos! He reconocido a mis hermanos y hermanas, que a través de la pantalla han enviado mensajes telepáticos de ánimo a su hermano Quasar. Me he reído a carcajadas. Las hienas impuras de los telediarios estaban tratando de incriminar a la Fraternidad, sin percatarse de que la Fraternidad los estaba utilizando para transmitirme mensajes. El ministro de Seguridad les ha concedido una entrevista. Haciendo gala de gran inteligencia, ha defendido a la Fraternidad de cualquier tipo de acusación de haber tomado parte en la acción purificadora. Solo se puede burlar a los demonios, ilustra Su Serendipia en la 13.a Revelación Sagrada, siendo más astuto que el Maligno.
Más preocupantes resultaron las entrevistas televisivas con los impuros ciegos. Los apóstatas. Gente a quien la Fraternidad acoge con amor pero que lo rechazan y recaen en el mundo de mierda que existe fuera del Santuario. Su Serendipia, en su infinita misericordia, deja que estos gusanos vivan —si es que a eso se le puede llamar vivir— a condición de que no difamen a la Fraternidad. Si ignoran esta regla y se dedican a difundir mentiras en la prensa sobre el Santuario, el ministro de Seguridad debe ordenar que se purifique a tales sujetos y a sus familias.
En la televisión los rostros de los impuros ciegos aparecían pixelados, pero no hay tratamiento de imágenes que pueda engañar a una mente con el coeficiente alfa que yo tengo. Una era Mayumi Aoi, que se incorporó a la Fraternidad a través del mismo Programa de Acogida que yo. Alababa a Su Serendipia, pero solo de boquilla: al despertarnos una mañana, después de ocho semanas de Programa, nos encontramos con que se había marchado. Todos teníamos la sospecha de que fuese una agente de policía. Al oír las mentiras que contaba acerca de la vida en el Santuario, apagué la televisión y decidí no volver a verla nunca más.
Una semana después de mi primera llamada telefoneé al Santuario. Me contestó una voz desconocida.
—Buenos días. Soy Quasar.
—Ah, Quasar. El ministro de Información anda muy ocupado esta mañana. Soy su subsecretario. Estábamos esperando tu llamada. ¿Has visto el ataque de histeria colectiva?
—Desde luego, señor.
—Sí. Casi se podría decir que tu operación de purificación salió demasiado bien. Su Serendipia me ha ordenado que te diga que trates de pasar inadvertido un par de semanas más.
—Obedezco en todo a Su Serendipia.
—Además, se te ordena trasladarte a un lugar más remoto. Por pura precaución. Nuestros hermanos infiltrados en la policía impura nos han dicho que circulan datos sobre ti. Debemos actuar con astucia y sigilo. Oficialmente, estamos negando cualquier relación con tu atentado. Esto nos dará más tiempo para reforzar la Fraternidad con más hermanos y hermanas. Esta táctica funcionó el año pasado, en nuestro experimento de purificación en la Prefectura de Nagano. ¡Qué fácil es despistar a esos escarabajos peloteros!
—Desde luego, señor.
—En caso de que te detengan, debes asumir plena responsabilidad sobre el atentado y declarar que actuaste por voluntad propia después de que te expulsáramos de la Fraternidad por perturbado mental. Después, Su Serendipia te teletransportará fuera de la cárcel.
—Por supuesto, señor. Obedezco en todo a Su Serendipia.
—Eres un gran patrimonio para la Fraternidad, Quasar. ¿Tienes alguna pregunta?
—Me preguntaba si ya habría dado comienzo la segunda fase de la gran purificación, señor. ¿Se ha enviado ya a nuestros yoguis volantes al parlamento para exigir la inclusión de las enseñanzas de Su Serendipia en el programa educativo? Si lo retrasamos mucho, los impuros podrían…
—¡Quasar, te olvidas de quién eres! ¿Dónde está escrito que una de tus responsabilidades sea la de dar consejos sobre la política exterior de la Fraternidad?
—Soy consciente de mi error, señor. Perdóneme, señor. Se lo ruego.
—Ya estás perdonado, ¡hijo querido de Su Serendipia! Seguramente te sientes solo, lejos de tu familia, ¿no es así?
—Sí, señor. Pero recibí los mensajes de onda alfa que mis hermanos y hermanas me enviaron a través de los informativos de televisión. Y mientras medito, aquí en mi exilio, Su Serendipia me comunica palabras de consuelo.
—Estupendo, Quasar. Bastará con un par de semanas más. Si se te acaba el dinero, puedes ponerte en contacto con el Servicio Secreto de la Fraternidad utilizando el código habitual. De lo contrario, guarda silencio.
—Solo una cosa más, señor. La apóstata Mayumi Aoi…
—El ministro de Información se ha percatado. Las cloacas de los impuros ciegos habrán de sellarse para siempre. El ministro de Seguridad actuará cuando cesen las investigaciones. Tal vez en el pasado nos hayamos mostrado demasiado clementes. Ahora estamos en guerra.
Fui andando hasta el puerto bajo el calor astral de media tarde y cogí unos horarios de barcos que había en un expositor. Desplegué mi mapa. Siempre he preferido los mapas a los libros. Los mapas no te contestan de mala manera. Nunca hay que tirar un mapa. Las islas resaltaban en un mar azul celeste como esmeraldas imperiales. Escogí una, llamada Kumejima. A medio día de distancia hacia el oeste, pero lo bastante grande como para que un visitante no llamase la atención. Solo había un barco al día; la salida era a las 6.45 de la mañana. Compré un billete para el día siguiente.
Me pasé el resto del día sentado en el muelle, recitando todas las Revelaciones Sagradas de Su Serendipia, totalmente ajeno al ir y venir de almas perdidas a mi alrededor.
Finalmente se puso el sol, trémulo y carmesí. No me di cuenta de que había oscurecido. Volví andando al hotel, donde avisé a la recepcionista de que mi trabajo había terminado y de que saldría hacia Osaka por la mañana temprano.
El metro de Tokio estaba tan atiborrado como un camión de ganado. Atiborrado de órganos envueltos en carne envuelta en ropas. Silenciosos, sudorosos. Estaba medio temiéndome que algún idiota me despachurrase las ampollas antes de tiempo. Nuestro ministro de Ciencia me había explicado exactamente cómo funcionaba el paquete. Después de rasgar el precinto y apretar los tres botones al mismo tiempo, tendría un minuto para alejarme antes de que los solenoides hiciesen añicos las ampollas y diera comienzo la gran purificación mundial.
Coloqué el paquete en el portaequipajes y esperé al minuto señalado. Me concentré en mi telepatía alfa y envié mensajes de aliento a mis colegas purificadores en varias líneas de metro en todo Tokio.
Me fije en la gente que me rodeaba. Los impuros que tendrían el honor de ser los primeros en recibir la purificación. Mudos. Lamentables. Cansados. Con la mente podrida. Muías en una noria interminable de mentiras, sufrimiento e ignorancia. Tenía un bebé a escasos centímetros, tocado con un gorrito de lana y atado a la espalda de su madre. Estaba dormido, babeaba y desprendía ese olor agrio de los lactantes. Una niña, deduje por la Minnie Mouse rosa que llevaba bordada en el gorrito. Jubilados a quienes nada cabía ya esperar salvo la senilidad y una silla de ruedas en asilos solitarios pintados de color crema. Jóvenes asalariados, supuestamente en la flor de la vida, con las mentes programadas para la avaricia y la intimidación.
¡Yo tenía la vida y la muerte de toda aquella chusma en mis manos! ¿Qué dirían? ¿Cómo tratarían de disuadirme? ¿Cómo justificarían sus vidas de insecto? ¿Por dónde empezarían? ¿Cómo hace un renacuajo para dirigirse a un dios?
El vagón se bamboleaba y rechinaba, y por un momento la luz se atenuó hasta hacerse marrón.
No me satisface del todo.
Recordé las palabras que Su Serendipia había pronunciado aquella mañana: «He visto el cometa, mucho más allá de la órbita extrema de la mente común. Se avecina La Nueva Tierra. El juicio de las alimañas está próximo. Dándole un empujoncito para acelerar su llegada, los libraremos de su sufrimiento. Hijos míos, vosotros sois los elegidos, los agentes de la Divinidad».
En esos últimos instantes, según llegábamos a la estación, Su Serendipia me fortaleció con una visión del futuro. A la vuelta de tres años escasos, Su Serendipia entra en Jerusalén. En el mismo año, La Meca humilla la cerviz y el Papa y el Dalai Lama piden convertirse. Los presidentes de Rusia y de los Estados Unidos solicitan el auspicio de Su Serendipia.
Después, en julio de ese mismo año, los observatorios de todo el mundo divisan el cometa. Pasa rozando Neptuno y se aproxima a la Tierra, eclipsando la luna y resplandeciendo incluso en pleno día por encima de los aeródromos, cordilleras y ciudades del mundo. Los impuros se echan a las calles para recibir la última novedad. ¡Y esa será su perdición! Las microondas del cometa cubren la Tierra, y solo aquellos que cuenten con un elevado coeficiente alfa serán capaces de aislarse a sí mismos. Los impuros mueren dando arcadas, restregándose los ojos, apestando al hedor de su propia carne asada. Los supervivientes emprenden la creación del Paraíso y Su Serendipia se revela como Su Divinidad. Una mariposa que emerge de la crisálida de Su cuerpo.
Tanteo dentro de mi bolsa de deportes y rasgo el precinto. Tengo que encender los interruptores y sujetarlos durante tres segundos para conectar el temporizador. Uno. Dos. Tres. La Nueva Tierra se acerca. El reloj de la Historia está en marcha. Cierro la cremallera de la bolsa, la dejo resbalar hasta mis pies y la meto furtivamente debajo de un asiento empujándola con el talón. El vagón va tan atiborrado que ni un solo zombi se da cuenta.
La voluntad de Su Serendipia.
El tren para en la estación, y…
Escuchó los ruidos bajo la rejilla del suelo, pero no me atrevo, no me atrevo a oír sus palabras.
Si los ruidos llegasen a convertirse en palabras… Ahora no, todavía no. Nunca. ¿Dónde iríamos a parar?
Me incorporo a la corriente que fluye hacia las escaleras mecánicas y me aleja del lugar.
A mis espaldas, el tren acelera hacia la oscuridad humeante.
*
Tenía las palmas de las manos sudadas y me picaban. Una gaviota se acercó pavoneándose por el alféizar de la ventana y echó un vistazo al interior. Tenía una expresión cruel.
—¿Su nombre, señor?
La anciana que regentaba la posada sonreía como las deidades de los templos. ¿Por qué sonreía? ¿Para ponerme nervioso? Tenía más agujeros en la dentadura que dientes amarillentos.
—Me llamo Tokunaga. Buntaro Tokunaga.
Tokunaga… qué nombre tan bonito. Suena aristocrático.
—Jamás se me había ocurrido.
—¿Y a qué se dedica, señor Tokunaga?
Y dale con las preguntas. ¿Es que no se cansan, estos impuros?
—Soy un simple empleado. No trabajo en ninguna compañía famosa. Soy jefe de departamento en una pequeña empresa informática en las afueras de Tokio.
—¿En Tokio? ¿De verdad? Nunca he estado. Nos llegan muchos turistas de allí, aunque no en temporada baja, como ahora. Ya lo ve, estamos casi vacíos. Solo voy a la isla grande una vez al año, a ver a mis nietos. Tengo catorce, sabe usted. Por supuesto, cuando digo «la isla grande» me refiero a Okinawa, no a la del Japón. ¡No se me ocurriría ir allí ni en sueños!
—Ya.
—Me han dicho que Tokio es enorme. Mayor todavía que Naha. ¿Jefe de departamento? ¡Sus padres deben de estar muy orgullosos! Caramba, eso es fantástico. Tengo que pedirle que rellene estas fichas repajoleras, sabe usted. Yo ni me molestaría, pero es que me obliga mi hija. Cuestión de permisos e impuestos. Es una verdadera lata, pero qué le vamos a hacer. ¿Y cuánto piensa quedarse en Kumejima, señor Tokunaga?
—Pretendo quedarme un par de semanas.
—¿De verdad? Cielos, espero que encuentre algo que hacer. No es una isla muy grande, sabe usted. Puede pescar, hacer surf, bucear, hacer submarinismo… pero aparte de eso, la vida aquí es muy tranquila. Muy lenta. Nada que ver con Tokio, me imagino. Y su mujer, ¿no va a echarle de menos?
—No. —Ya va siendo hora de cerrarle el pico—. A decir verdad, estoy de permiso por motivos familiares. Mi esposa falleció el mes pasado. De cáncer.
A la vieja bruja se le cambió la cara. Se tapó la boca con la mano y la voz se le transformó en un susurro:
—Cielo santo. ¿De verdad? Cielo santo. Ya he vuelto a meter la pata, como siempre. Mi hija estaría roja de vergüenza. No sé qué decir…
No paraba de resoplar en señal de disculpa, lo cual resultaba doblemente molesto, pues el aliento le apestaba a langostino.
—No se preocupe. La muerte la ha librado definitivamente del dolor. Una liberación cruel, pero una liberación al fin y al cabo. No se avergüence, por favor. Eso sí, estoy un poco cansado. ¿Me enseña mi habitación?
—Sí, cómo no… Aquí tiene sus zapatillas, voy a enseñarle el cuarto de baño… Este es el comedor. Venga por aquí… Pobre, pobre, pobre hombre… Cielo santo, por lo que debe haber pasado… Pero ha venido usted a la isla adecuada. Kumejima es un lugar maravilloso para recuperarse. Siempre lo he dicho…
Tras mi aseo vespertino sentí tal cansancio que no hubo concentración alfa capaz de vencerlo. Me fui a la cama maldiciendo mi debilidad y me sumí en un sueño tan profundo que parecía no tener fondo.
El fondo resultó ser un túnel. Un túnel de metro desierto, con raíles y tuberías de mantenimiento. Yo estaba encargado de patrullar el túnel y protegerlo del mal que lo habitaba. Un oficial superior se me acercó.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó.
—Cumplo órdenes, señor.
—¿Y qué órdenes son esas?
—Patrullar este túnel, señor.
Silbó entre dientes.
—Lo de siempre, un follón en el Santuario. Aquí abajo hay una nueva amenaza. El mal solo puede devorarte cuando sabe quién eres. Si te mantienes en el anonimato, todo irá bien. Ahora, agente, dígame cómo se llama.
—Quasar, señor.
—¿Y en tu vida anterior? ¿Tu nombre de verdad?
—Tanaka. Keisuke Tanaka.
—¿Qué coeficiente alfa tienes, Keisuke Tanaka?
—16,9.
—¿Lugar de nacimiento?
De repente, ¡me di cuenta de que me habían tendido una trampa! El mal ha tomado el aspecto de mi superior y me acribilla a preguntas para poder destruirme. Mi única salida es no dejarle saber que me he dado cuenta. Todavía estoy titubeando, sin saber cómo librarme, cuando por el túnel se nos acerca un nuevo personaje. Una chica con una funda de viola y unas flores a la cual ya he visto antes en alguna parte. Alguien a quien conocí en mi época no purificada. El mal encarnado en la figura de mi superior se vuelve hacia ella y empieza a desplegar idéntica estratagema.
—¿No has oído hablar del mal? ¿Quién te ha autorizado a estar aquí? Dame tu nombre, dirección, profesión… ¡inmediatamente!
Quiero salvarla. A falta de mejor plan, la agarro del brazo y echamos a correr, más rápido que una corriente de aire.
—¿Por qué corremos?
Una extranjera en una colina, observando un poste de madera que se hunde en la tierra.
—¡Lo siento! ¡No me ha dado tiempo a explicártelo! Ese agente no era un agente de verdad. Era un disfraz. ¡Era el mal que habita en estos túneles!
—¡Debes de estar equivocado!
—¿Ah, sí? ¿Y tú cómo lo sabes?
Sin dejar de correr, con los dedos de nuestras manos entrelazados, le miro a la cara por primera vez. A mi lado, la chica sonríe, a la espera de que capte el más espantoso de los chistes. Estoy contemplando el verdadero rostro del mal.
A la mañana siguiente salí temprano a caminar por la isla. El mar era de un turquesa lechoso. La arena era blanca, caliente y blanda. Vi pájaros que nunca había visto y mariposas de color salmón. Reparé en una pareja de enamorados caminando por la playa con un husky. El chico no dejaba de susurrarle cosas a la chica al oído, y ella no paraba de reírse. El perro quería que le lanzasen el palo, pero el muy tonto no se daba cuenta de que para eso primero tenía que darle el palo a uno de los dos. Cuando pasaron me fije en que ninguno de los dos llevaba alianza. Compré un par de albóndigas de arroz en un chiringuito de mala muerte y una lata de té frío. Me las comí sentado en una tumba, preguntándome cuándo había sido la última vez que había tenido la sensación de pertenecer a algún lugar. Aparte del Santuario, quiero decir. Pasé por delante de un viejo alcanfor y de un campo donde había una cabra amarrada. De los transistores de los labriegos llegaba flotando hasta la carretera una musiquilla pop de timbre metálico. Bajo sus anchos sombreros de paja sudaban la gota gorda. Había coches oxidados en áreas de descanso en cuyos radiadores crecían plantas. En un promontorio solitario se erguía un faro. Caminé hacia allí. Estaba cerrado con candado.
Un cultivador de caña de azúcar aparcó a un lado de la carretera y se ofreció a llevarme. Me dolían los pies, así que acepté. Hablaba en un dialecto tan cerrado que apenas si lograba comprender lo que me decía. Se puso a hablar del tiempo y yo fui respondiendo con los sonidos oportunos. Luego pasó a hablar de mí. Sabía en qué posada me hospedaba, cuanto iba a quedarme, mi nombre falso, mi trabajo. Incluso me dio el pésame por la muerte de mi esposa. Cada vez que pronunciaba la palabra «ordenador» la encerraba entre comillas.
Al volver a la posada me encontré con que estaba en marcha una gran velada de cotilleo. El televisor destellaba y parpadeaba silencioso sobre el mostrador. En la mesilla de centro humeaban cinco tazas de té verde. En torno a ella, sentados en sillas bajas se encontraban un hombre que me imaginé sería un pescador, una mujer con pantalón de peto sentada como un hombre, otra mujercilla flaca de labios finos y un hombre con una verruga enorme que se le bamboleaba por encima de la ceja como un racimo de uvas.
Saltaba a la vista que la vieja de la posada estaba recibiendo a su corte.
—Todavía me acuerdo de las imágenes de televisión de ese día. Todos esos pobrecillos saliendo a trompicones, con pañuelos en la boca… ¡Qué pesadilla! Bienvenido, señor Tokunaga. ¿Estaba usted en Tokio el día del atentado?
—No. Estaba en Yokohama en viaje de negocios.
Escudriñé las mentes de todos ellos en busca de alguna señal de recelo. Estaba a salvo.
El pescador encendió un cigarrillo.
—¿Cómo fue el día después?
—Desde luego que a muchos los cogió por sorpresa.
La mujer del peto asintió con la cabeza y se cruzó de brazos.
De todas formas, parece que a esa panda de lunáticos se les acaba el cuento.
—¿A qué se refiere? —dije, controlando la voz.
El pescador se mostró sorprendido.
—¿No se ha enterado? La policía ha hecho una redada. Ya era hora, la verdad. Han congelado las cuentas de la Fraternidad, al supuesto ministro de Defensa lo han acusado de asesinar a antiguos miembros de la secta y han detenido a cinco personas en relación con el atentado. De esos cinco, dos se han ahorcado en el calabozo. Las notas que han dejado han servido de pruebas para una segunda tanda de arrestos. ¿Quiere echarle un vistazo al periódico?
Aquel revoltijo de mentiras impresas me echó para atrás.
—No, no hace falta. Pero ¿qué hay del Gurú?
Podrán arder las ramas en el incendio del bosque, pero del corazón puro brotarán nuevos retoños.
—¿Del quién?
El Verruga se restregó la narizota. Me dieron ganas de pisarle el cuello y rebanarle ese engendro repugnante con unas tijeras bien afiladas.
—El Líder de la Fraternidad.
—¡Ah, el gusano ese! ¡Está escondido, como buen cobarde que es!
¡El Verruga casi se atraganta con el odio que rezumaban sus palabras! En qué zoológico enfermizo se ha convertido el mundo, donde hasta a los mismísimos ángeles se los desprecia.
—Es un auténtico demonio. Un demonio del infierno.
—¡Un demonio ambulante, eso es lo que es! Aquí tiene, señor Tokunaga.
La anciana me sirvió una taza de té verde. Sentí la necesidad de escaparme a mi habitación para pensar, pero quería más noticias.
—Despluma a los pobres tontos que se le acercan. Luego se comporta como si fuese su padre, les manda hacer el trabajo sucio, pone en práctica sus perversos sueños y después sale pitando para librarse de las consecuencias.
¡La ignorancia de aquellas sabandijas me cortaba la respiración! ¡Si pudiera hacerles entender!
—No me entra en la cabeza —dijo la mujer del peto— que pueda ocurrir algo así. No estaba solo, ¿verdad que no? En esa Fraternidad había personas inteligentes, de las mejores universidades, de buenas familias. Policías, científicos, maestros, abogados. Gente respetable. ¿Cómo podían tragarse todos esos disparates de Fraternidad alfa no sé cuántos y decidir convertirse en asesinos? ¿Tanta maldad hay en el mundo?
—Lavado de cerebro —dijo el Verruga, señalándonos a todos—. Lavado de cerebro.
La mujer flaca examinó el dragón enroscado que decoraba su taza.
—No decidieron convertirse específicamente en asesinos —dijo—. Lo que decidieron fue renunciar a su yo interior.
No me gustaba aquella mujer. Su voz parecía provenir no de ella misma sino del cuarto de al lado.
—No te entiendo del todo —dijo la mujer del peto.
—La sociedad —y por el modo en que aquella mujer flaca pronuncio la palabra supe que se trataba de una maestra— es una renuncia externa. Renunciamos a ciertas libertades a cambio de la civilización: un medio para proteger nuestras vidas de la inanición, de los bandidos, del cólera. Es un trato justo, suscrito en nuestro nombre por el sistema educativo desde el día en que nacemos. Sin embargo, todos tenemos un yo interior que decide hasta qué punto cumplimos con ese trato. Ese yo interior es responsabilidad personal de cada uno. Me temo que muchos de los chicos y chicas de la Fraternidad entregaron esta responsabilidad personal a su Gurú, para que dispusiera de ella a su antojo. Y esto —dijo, hojeando el periódico— es lo que se le antojó.
—Parece tener usted las ideas muy claras —observé.
La mujer flaca me miró fijamente a los ojos. Le sostuve la mirada. A nuestras hermanas en el Santuario se les enseña humildad.
—Pero ¿por qué? —El pescador encendió su pipa, inflando y desinflando los carrillos—. ¿Por qué quisieron sus seguidores entregarle su voluntad?
La mujer flaca habló mirándome a mí.
—Eso habría que preguntárselo a ellos. Tal vez sean muchas las respuestas. Unos porque obtienen placer degradándose y siendo serviles. Otros porque tienen miedo o se sienten solos. Algunos anhelan la camaradería de los perseguidos. Otros prefieren ser cabeza de ratón antes que cola de león. Otros quieren magia. Otros, vengarse de los padres y profesores que les prometieron que el éxito les proporcionaría todo. Tienen necesidad de mitos más relucientes, mitos que nunca vayan a ensuciarse haciéndose realidad. Para los creyentes, la cesión de la propia voluntad es un precio más que aceptable. En la Nueva Tierra no les va a hacer falta una voluntad.
No podía seguir escuchando aquello.
—Quizá está usted buscándole tres pies al gato. Tal vez lo hayan hecho simplemente porque lo amaban. —Me bebí la taza de un trago y me abrasé la lengua. Estaba muy amargo—. ¿Me da la llave, por favor?
La anciana me pasó la llave con desidia.
—Debe de estar agotado después de un paseo tan largo. ¡La mujer de mi sobrino lo vio junto al faro!
En las islas los secretos permanecen ocultos solo para los forasteros, no para los isleños.
Me tumbé en la cama y me eché a llorar.
¡Mis hermanos y hermanas se estaban masacrando! ¿Cuál de mis compañeros de purificación había tropezado con este último obstáculo, y por qué? ¡Eramos héroes! ¡Justo ahora, a escasos meses del fin del mundo impuro! ¡Con lo cerca que tenían ya el Paraíso! Pero lo que más me sorprendió fue que el ministro de Defensa se dejase capturar. Tiene un coeficiente alfa tan alto que puede desplazar moléculas y atravesar muros.
La araña del tarro estaba muerta. ¿Por qué? ¿Por qué, por qué, por qué?
Tras mi aseo nocturno, salí a dar una vuelta por la aldea de pescadores. Unos niños chillones jugaban a un juego incomprensible. Los adolescentes holgazaneaban en las esquinas vestidos a la última moda, sin duda imitando a sus coetáneos de Tokio que veían en las revistas. Unas madres cotilleaban en la puerta del supermercado. Sentí deseos de gritarles: ¡El fin del mundo está próximo y vais a morir todos achicharrados en las Noches Blancas! De un bar salía atronadora la música ratonera y estridente típica de Okinawa… Y al final de la calle llegué a las montañas, al mar y a la noche.
Anduve por una playa de guijarros. Boyas de plástico. Un coco de mar con forma de pelvis de mujer. Basura y pedazos de madera traídos por la resaca. Latas, botellas, guantes de goma, botes de detergente. Oí gemidos y resoplidos bajo una barca desconchada que nunca más habría de flotar. A lo lejos una sombra encendió una hoguera.
Su Serendipia se dirige a mí a través del fragor de las olas y del chasquido de los guijarros. ¿Para qué usar el teléfono cuando existe la telepatía? Su Serendipia me dijo que yo, Quasar, su leal purificado^ tenía que desempeñar el papel más importante. Habían comenzado Los Días de la Persecución, tal y como profetiza la 143/ Revelación Sagrada. Mi Maestro me dijo que durante las Noches Blancas yo habría de ser pastor de fieles. Y que cuando el cometa marcase el comienzo de la Nueva Tierra sería la mano derecha de Su Serendipia, impartiendo justicia y sabiduría en Su nombre. Le respondí que estaba dispuesto a morir por Él. Que Lo amaba como un hijo ama a su padre y Lo protegería como un padre protege a su hijo. Su Serendipia, a cientos de kilómetros de distancia, sonrió. El cometa llegará por Navidad. La Nueva Tierra no esta lejos. La Fraternidad Humana se reunirá en una isla más pura y los supervivientes me llamarán «Padre Quasar». No habrá más matones ni más discriminación. Todos los impuros egoístas, mezquinos e incrédulos morirán fritos en la grasa de su ignorancia. Comeremos papayas, mangos y anacardos, y aprenderemos a fabricar instrumentos tradicionales y hermosas piezas de cerámica. Su Serendipia nos emparejará de acuerdo con nuestros coeficientes alfa y nos enseñará avanzadas técnicas alfa para que podamos realizar viajes astrales y visitar otras estrellas.
Me arrodillé y di gracias a mi señor por Sus palabras de aliento. La luna se elevó sobre la amplia bahía, y esas mismas estrellas se iluminaron una a una.
El bebé del gorrito de lana que iba amarrado a la espalda de su madre abrió los ojos. Eran los míos. Una voz incorpórea entonaba el mismo estribillo una y otra vez. La cara del bebé estaba reflejada en mis ojos. Sabía lo que me disponía a hacer. Y me pidió que no lo hiciera. ¡Pero ya estaba condenada a morir de todas formas con la llegada del cometa, Quasar! ¡Tú le acortaste el sufrimiento en la tierra de los impuros! ¡Por supuesto que los inocentes volverán a nacer en el seno de la Fraternidad de la Nueva Tierra! ¡Purifícate y afianza tu fe con firmeza, rápido!
Los dígitos incandescentes de la radio despertador marcaban la una y media de la madrugada. Un pésimo karaoke martilleaba a través de las paredes. Estaba completamente despierto y atrapado entre las sábanas empapadas de sudor. Una jaqueca me hincaba sus pulgares en las sienes. Tanta interferencia gamma me descompuso las tripas, fui dando tumbos hasta el cuarto de baño. Cagué un engrudo negro de petróleo crudo. No dejaba de pensar en la maestra flaca y en lo que debía haberle dicho para ponerla en su sitio, mientras con la vista recorría los laberintos del gastado suelo de linóleo. Me di una ducha lo más caliente que mi carne pudo soportar.
Por primera vez desde mi ingreso en la Fraternidad, compré un paquete de cigarrillos en una máquina que había en el recibidor desierto. Me encendí uno mientras volvía a la habitación. Iba a tardar un buen rato en dormirme.
*
Me han salido unas manchas en las palmas de las manos. Me lavo ocho o nueve veces al día, pero tengo algo raro en la piel. Me ha dado por ver la televisión todas las mañanas. Se están tomando medidas para disolver la Fraternidad y prohibir que nadie se haga miembro. Han publicado mi nombre y mi foto, tras el saqueo de los archivos de la Fraternidad. Suerte que cuando me la hicieron tenía el cráneo rapado y un circuito de energía alfa en la cabeza, así que no me parezco mucho. Soy el único de los purificadores al que no han logrado capturar. Vi a mis padres de sangre perseguidos hasta el interior del coche de mi hermana de sangre por una jauría de periodistas. El brillo de los flashes iluminaba toda la escena. Han detenido a Su Serendipia y lo han acusado de conspiración para cometer genocidio, estafa, secuestro y posesión de agentes nerviosos de primera categoría. Los telediarios mostraban las imágenes de unos policías impuros metiendo a empujones a Su Serendipia en un coche y llevándoselo a través de una muchedumbre que pedía a gritos Su cabeza. Las mostraban una y otra vez, con una siniestra música de fondo, para informar a los necios de que es un villano, un Darth Vader al que hay que temer y detestar. También han detenido al resto del Gabinete. Están denunciándose los unos a los otros como descosidos, con la esperanza de que les conmuten la pena de muerte por la de cadena perpetua. Yo mismo he sido denunciado por el ministro de Educación. Hasta la mujer de Su Serendipia ha denunciado a nuestro Maestro, diciendo que ella no sabía nada de la fabricación del gas. ¡Con lo entusiasmada que estaba con la purificación! Una cadena de televisión ha enviado a sus chacales a Los Ángeles para rodar unas imágenes del exclusivo internado de Beverly Hills donde estudiaban los hijos de Su Serendipia.
He llamado por teléfono al Santuario desde el puerto.
—Dígame su nombre, profesión y lugar en que se encuentra —me ha respondido una fría voz. Un policía. Hasta con el coeficiente alfa de un mosquito se les reconoce a un kilómetro de distancia. He colgado el teléfono.
Pero la cosa está fea. He huido de Japón. Mi pasaporte lo tiene en custodia el Ministerio de Exteriores de la Fraternidad, así que no puedo pedirles ayuda a nuestros hermanos y hermanas rusos ni a los coreanos. Se me está acabando el dinero. Ni que decir tiene que no tengo dinero propio: después de mi ingreso, transferí hasta el último yen a las cuentas de la Fraternidad. Mi familia de sangre me ha repudiado, y me entregarían a la policía. Y los amigos de mi época de ceguera, tres cuartos de lo mismo. No me da ninguna pena. Cuando lleguen las Noches Blancas, recogerán lo que han sembrado. Mi verdadera familia es la Fraternidad.
Me quedaba un último recurso. El Servicio Secreto de la Fraternidad. Los medios de comunicación no habían dicho nada de su detención, así que tal vez habían logrado esconderse a tiempo. Marqué el número secreto y dije la contraseña: «Hay que dar de comer al perro».
Me mantuve en línea, sin decir nada, tal y como nos ordenaron durante las sesiones de entrenamiento en el Santuario. El agente del Servicio Secreto al otro lado de la línea colgó una vez transcurrido el tiempo suficiente para poder localizar mi llamada. La ayuda estaría en camino. Enviarían a un levitador con una cartera llena de billetes nuevecitos de diez mil yenes. Hará un barrido mental en busca de mi rúbrica alfa y me encontrará dando una de mis caminatas por la isla, a solas, o sesteando en un palmeral. Y cuando me despierte, allí estará él, quién sabe si resplandeciente, como el Buda o el arcángel Gabriel.
Kumejima es una cárcel miserable e incestuosa. Y pensar que en su día esta roca fue el principal centro comercial del Imperio Ryuku con China… Barcos cargados de especias, esclavos, coral, marfil, seda. Espadas, cocos, cáñamo. En el ajetreado puerto, los gritos de los hombres saturaban el aire, y en el mercado, las ancianas se sentaban de rodillas, con sus balanzas y sus pilas de fruta y pescado en salazón, mientras unas jovencitas de pechos obedientes se asomaban por las oscuras ventanas, por encima de los maceteros de flores, prometiendo, murmurando…
Todo eso ya ha desaparecido. Hace mucho. Okinawa se convirtió en un sórdido feudo que unos caudillos se disputaron mucho más allá de la curva de su horizonte. Nadie lo reconoce, pero estas islas se están muriendo. Los jóvenes emigran al Japón. De no ser por los subsidios y el control de precios, la agricultura se vendría abajo. Cuando los movimientos pacifistas japoneses consigan expulsar de aquí a los violadores americanos, la economía se estancará, resoplará y expirará. Todos los peces los pescan los buques factoría. Las carreteras no llevan a ninguna parte. Hay proyectos de construcción que, al poco de iniciados, terminan siendo manchas de cemento, cúmulos de grava y matas de hierbas altas y espinosas. ¡Un lugar así es el propicio para la Misión de Su Serendipia! Estoy deseando abrirle los ojos a la gente, hablarle de las Noches Blancas y de la Nueva Tierra, pero no quiero arriesgarme a llamar la atención. Mi última baza defensiva es mi condición de persona normal y corriente. Cuando la agote, la única protección que me quedará será mi potencial alfa de novicio.
Ayer el bigotudo policía de la isla se dirigió a mí. Me crucé con él delante de una tienda de submarinismo; estaba agachado, atándose los cordones de los zapatos.
—¿Cómo van esas vacaciones, señor Tokunaga?
—Muy reposadas, agente. Gracias.
—Siento lo de su esposa. Debe de haber sido un trauma terrible.
—Muy amable por su parte, agente.
Intenté concentrar toda mi capacidad de coacción alfa para que se largase.
—Así que se marcha mañana, ¿no es así, señor Tokunaga? La señora Mori, de la posada, me había dicho que se quedaría un par de semanas.
—La verdad es que estoy pensando en alargar mi estancia unos cuantos días más.
—¿En serio? ¿No van a echarle de menos en su empresa?
—En realidad, estoy trabajando en un nuevo sistema informático. Puedo hacerlo tanto aquí como en Tokio. De hecho, la tranquilidad y el silencio me ayudan a inspirarme.
El policía asintió pensativo.
—Se me estaba ocurriendo… Resulta que unos chicos del instituto acaban de inaugurar un club informático. Mi cuñada es la directora. La señorita Oe. Creo que ya la ha conocido, en la posada de la señora Mori. Estaba pensando… La señorita Oe es tan educada que ni por asomo se le ocurriría abusar de su amabilidad, pero…
Esperé.
—Para el instituto sería un gran honor si usted pudiera pasarse por allí en algún momento y explicarles a los alumnos cómo es el trabajo en una empresa informática de verdad…
Intuí que estaban tendiéndome una trampa, pero sería más seguro escaquearse después que rechazarlo ahora.
—Por supuesto.
—Sería muy amable de su parte. Se lo comentaré a mi hermano cuando lo vea el próximo…
En la playa me topé con el husky. Su Serendipia decidió comunicarse conmigo a través de sus ladridos.
—¿Qué te esperabas, Quasar? ¿Que alzar el telón para dar comienzo a la era del homo serendipius iba a ser fácil?
—No, mi señor. ¿Pero cuándo van a enviar a los yoguis voladores a la Casa Blanca y al Parlamento Europeo para exigir Tu libertad?
—Come huevos, mi fiel servidor.
—¿Huevos, mi señor?
—Los huevos son un símbolo de renacimiento, Quasar. Y come polos de la marca Cohete Naranja.
—¿Y esos qué simbolizan, Maestro?
—Nada, pero tienen un alto contenido en vitamina C.
Así lo haré, mi señor. Pero los yoguis voladores, Padre mío…
Lo que obtuve por toda respuesta fue el ladrido de un perro y la mirada perpleja de los dos amantes, que de repente aparecieron de detrás de una pila de bidones de aceite oxidados. Nos quedamos mirándonos los unos a los otros, perplejos. El perro levantó la pata y se puso a mear en una rueda de tractor mientras el mar rugía indiferente.
A la niñita del gorro de lana le gusté. ¿Cómo pude gustarle? Debió de tratarse de algún reflejo facial, no cabe duda. Me hacía gorjeos y me sonreía. Su madre miró para ver a quién estaba sonriendo, y también me sonrió. Tenía una mirada cálida. Yo no le sonreí. Miré hacia otro lado. Me gustaría haberle sonreído, aunque ojalá no me hubiesen sonreído ellas a mí. ¿Habrían sobrevivido? ¿O las habría alcanzado el gas? Si no se cambiaron de sitio, al salir del paquete, les habría entrado directamente en las narices, en los ojos y en los pulmones…
Mamá. Papá.
¡Solo actuábamos en defensa propia! Recuerdo un día, durante mi trabajo con el ministro de Información. Un pariente sanguíneo de una de nuestras hermanas, su tío impuro, había emprendido acciones legales para impedir que vendiera la granja y las tierras de la familia. Era un abogado especializado en herencias. El Servicio Secreto lo trajo para interrogarle y, al instante, Su Serendipia supo que se trataba de un espía enviado por los impuros. Al parecer, estaban urdiendo un complot para asesinarlo. ¡Qué ridículo! Todos en el Santuario sabíamos cómo, treinta años atrás, en el curso de un viaje por el Tíbet, un ser de conciencia pura llamado Arupadhatu transmigró al interior de Su Serendipia y le reveló el secreto de la liberación de la mente de toda atadura física. Ese fue el comienzo del camino de Su Serendipia hacia la cima de la montaña sagrada. Aunque el cuerpo de Su Serendipia resultase herido, Él podría abandonar Su viejo cuerpo y transmigrar a otro, con la misma facilidad con que yo cambio de hoteles e islas. Podría transmigrar al cuerpo de Su mismísimo asesino.
Sea como fuere, el caso es que al abogado se le inyectó suero de la verdad y lo confesó todo. Tenía como misión echar un veneno inodoro en las ollas de arroz del refectorio. Oí decir que fue la propia esposa de Su Serendipia quien realizó el interrogatorio.
¿Lo veis? Solo actuábamos en defensa propia.
Se me están aflojando las uñas.
Pasé la tarde paseando hasta el faro. Me senté en una roca a mirar las olas y los pájaros. Un tifón subía por las costas de China y, dejando atrás Taiwan, se cernía en el horizonte de Okinawa. Hacia el oeste se acumulaban nubes y comenzaba a levantarse viento. Se estaba hablando de mí, y se estaban tomando decisiones. ¿Qué había salido mal? Unos pocos meses más y mi coeficiente alfa habría sido de 25, lo que me habría colocado entre las doscientas personas con el coeficiente más elevado de la Tierra: Su Serendipia en persona me lo había asegurado. Ingerí unas cuantas pestañas de Su Serendipia. Tras lograr convertir a unos nuevos adeptos en el Curso de Bienvenida me recompensaron con un tubo de ensayo lleno de esperma de Su Serendipia. Me lo bebí y mi resistencia gamma se vio aumentada. Me sacaron del laboratorio e hicieron de mí un purificador. Por primera vez en mi vida, me estaba convirtiendo en alguien.
El tejado de chapa ondulada de un cobertizo abandonado traqueteaba sacudido por el viento.
Nada ha salido mal, Quasar. Nada ha salido mal. Fue tu fe la que hizo que Su Serendipia se fijase en ti. Es tu fe la que te servirá de guía durante los Días de la Persecución, durante las terribles Noches Blancas hasta llegar a la Nueva Tierra. Es tu fe la que ahora habrá de nutrirte.
En esta isla dejada de la mano de Dios todo se cae en pedazos a mi alrededor. Debería haberme quedado en Naha. Debería haberme escondido en las provincias nevadas, o en la gélida Hokkaido, o haberme perdido en una metrópolis de individuos como yo. Me pregunto qué habrá sido del señor Ikeda. ¿Dónde van a parar las personas que se despeñan por el precipicio de nuestros mundos particulares?
Se acerca el tifón.
Tengo las cortinas echadas. Según unos informes recibidos por nuestro ministro de Defensa, el gobierno de los impuros ha desarrollado unas microcámaras que implantan en los cráneos de las gaviotas, a las cuales, a su vez, se adiestra para que espíen. Por no hablar de los satélites secretos americanos que recorren el planeta entero rastreando a la Fraternidad a instancias de los políticos y de los judíos, quienes hace mucho tiempo fundaron la Masonería y financiaron a los chinos para que contaminasen el pozo de la historia.
Estaba sentado en aquel promontorio solitario, con la espalda apoyada en el faro, cuando vi aproximarse unas luces de coche que me apuntaban. Busqué un lugar donde esconderme, pero no había ninguno. Me estaba mirando una gaviota. Tenía una expresión cruel. Un coche azul y blanco se detuvo. Demasiado tarde, busqué un lugar donde esconderme. Se abrió una puerta y una luz débil iluminó el interior.
¡Me han encontrado! El resto de mis días en una celda…
Y entonces, por extraño que parezca, siento alivio de que todo haya terminado. Al menos puedo dejar de correr.
Una mano estaba quitando cosas del asiento delantero. El propietario de la misma se inclinó hacia delante.
—Señor Tokunaga, supongo.
Asentí taciturno y caminé hacia el que me acababa de capturar.
—Estaba buscándolo. Me llamo Ota. Soy el capitán del puerto. Habló usted con mi hermano el otro día, sobre lo de dar una conferencia en el colegio de mi mujer. ¿Quiere que le lleve de vuelta al pueblo? Debe de estar cansado, después de haber venido andando hasta aquí a solas, ¿no?
Obedecí y, sin dejar aún de temblar, me subí al coche y me abroché el cinturón.
—Suerte que pasaba por aquí… Han avisado de que se acerca un tifón, ¿sabía? He visto una silueta, todo encorvado, como si se fuese a acabar el mundo, y me he dicho: ¿será el señor Tokunaga? No parece estar muy contento que digamos esta tarde, ¿me equivoco?
—No.
—Tal vez se esté pasando un poco. El aire de la isla es bueno para despejar la cabeza, pero patea usted a una marcha… Siento muchísimo lo de su esposa.
—La muerte forma parte de la vida.
—Eso es muy filosófico, pero no debe de ser fácil concentrarse y pensar en otra cosa.
—Para mí, sí. Tengo gran poder de concentración.
Frenó y tocó dos veces el claxon para espantar a una cabra parada en mitad de la carretera. La cabra nos olisqueó con altivez y se metió en un prado.
—Tengo que decirle al señor Bessho que Calígula ha vuelto a escaparse. ¡Las cabras se comen lo que les echen! Decía usted que tiene mucho poder de concentración. Estupendo. Sería un pecado no salir a bucear mientras está aquí, ¿sabía? Dicen que tenemos los mejores arrecifes del hemisferio norte. Por cierto, que los chicos están encantados de que un informático de verdad vaya a darles una charla. No son lo que se dice unos expertos, pero son muy entusiastas. Si mañana estuviese libre, a mi esposa le gustaría que viniese a cenar a casa. Bueno, señor Tokunaga. Hábleme un poco de usted…
Tras una larga curva, la carretera nos condujo al puerto, donde terminan todas las carreteras de esta isla.
Las nubes comenzaban a tachar las estrellas, una a una.