Escritos fantasma

David Mitchell · Capítulo 2 de 10

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Escritos fantasma

Tokio

 

L A primavera llevaba retraso, y yo también. Los peatones se dirigían en masa al trabajo con los cuellos subidos y los paraguas en alto. En las calles más apartadas, los cerezos de las aceras conservaban su aspecto invernal: rugosos, picoteados y empapados de lluvia matutina. Me hurgué los bolsillos en busca de las llaves, subí los ruidosos cierres metálicos y abrí la tienda.

Mientras esperaba a que hirviese el agua, le eché una ojeada al correo. Algunos pedidos: bueno. Facturas y más facturas: malo. Un par de consultas de un cliente habitual de Nagano sobre unos discos raros de los que nunca había oído hablar.

Morralla. Una mañana normal y corriente. Hora de tomarse un té de [2] wu long. Puse un disco de Miles Davis, una rareza que Takeshi había descubierto dentro de una caja de vinilos de diversa calidad que él mismo había adquirido el mes pasado en una subasta en Shinagawa.

Era una joya. You never entered my mind era felicidad y desamparo al mismo tiempo. Una sordina impecable, la trompeta destilada en un único rayo sonoro. Un sol de cobre perdido tras las nubes.

El primer cliente de la semana fue un extranjero, no hay manera de saber si era americano, europeo o australiano porque todos parecen iguales. Un extranjero larguirucho y granujiento. Pero era un coleccionista de verdad, no uno de esos que solo entran para curiosear. Tenía el típico brillo maníaco en los ojos y los dedos habituados a recorrer metros y metros de discos a gran velocidad, como los cajeros de banco cuando cuentan los billetes. Compró un ejemplar intacto de Stormy Sunday, de Kenny Burrell, y Flight to Denmark, de Duke Jordan, grabado en 1973. También llevaba una camiseta bastante guay: un murciélago que volaba alrededor de un rascacielos dejando un rastro de estrellas. Le pregunté de dónde era y me dijo que muchas gracias. Los occidentales son incapaces de aprender japonés.

Poco después llamó Takeshi.

—¡Satoru! ¿Cómo te fue ayer? ¿Qué tal tu día libre?

—Bastante tranquilo. Por la tarde clase de saxo y luego estuve dando una vuelta con Koji. También ayudé a Taro con el reparto de la fábrica de cerveza.

—¿Ha llegado algún cheque enorme a mi nombre?

—Lo siento, nada de cheques enormes. Aunque algunas facturas bastante majas sí que hay. ¿Qué tal tu fin de semana?

Esto es lo que Takeshi estaba esperando.

—¡Qué gracia que me lo preguntes! El viernes conocí a una preciosidad de criatura de la noche en un club de Roppongi. —Casi se le oía salivar—. Toma nota: veinticinco añitos —que para Takeshi es la edad perfecta, pues le da diez años de ventaja—. Comprometida —lo cual, para Takeshi, añade el morbo del adulterio al tiempo que resta cualquier tipo de responsabilidad. «Tírate solo a aquellas mujeres que tengan más que perder que tú», es uno de sus lemas—. De marcha hasta las cuatro de la mañana. Me despierto el sábado por la tarde, con la ropa del revés, en un hotel de Chiyoda. No me preguntes cómo llegué allí. Salió de la ducha toda desnuda, morena y chorreando, y ¡la madre que la parió, todavía se moría de ganas por seguir dale que te pego!

—Tuvo que ser divino. ¿Vas a volver a verla?

Pues claro que vamos a volver a vernos. ¡Ha sido un flechazo! Esta noche vamos a ir a cenar a un restaurante francés en Ichigaya —en otras palabras: iban a hacérselo en un motel de Ichigaya—. En serio, ¡si vieras qué culo tiene! Dos melocotones pasaditos metidos a presión en una bolsa de papel. ¡Un pinchazo y explotan! ¡Zumo por todas partes!

Tanto detalle me sobraba, la verdad.

—¿Y dices que está comprometida?

—Sí. Con un empleado del departamento de investigación y desarrollo de cartuchos de tinta de las fotocopiadoras Fujitsu, un menda que conocía al intermediario que conocía al jefe de sección del padre de la chica.

—Los hay con suerte.

—Bah, no importa. Ojos que no ven… Seguro que se convertirá en una óptima esposa. Solo quiere unas pocas noches de lujuria y pecado antes de convertirse en ama de casa para toda la vida.

A mí me sonó a pendón desorejado. Y Takeshi parecía haberse olvidado de que tan solo dos semanas antes había intentado reconciliarse con su mujer, de la que estaba separado.

La lluvia persistía, ahuyentando a los clientes. Chispeaba, diluviaba y volvía a chispear. El siseo de la electricidad estática en las líneas telefónicas. La percusión de Jimmy Cobb en Blue in green.

Takeshi seguía al teléfono. Parecía que me tocaba a mí decir algo.

—¿Cómo es? De carácter, me refiero.

—Ah, está bien —dijo Takeshi como si le hubiese preguntado por una marca nueva de galletas—. Bueno, ahora tengo que pasarme por mi agencia inmobiliaria. La cosa también anda un poco floja por allí. A ver si le aprieto las tuercas al director. Tú vende un montón de discos y hazme ganar mucha pasta. Llámame al móvil si necesitas algo…

Nunca necesito nada. Colgó.

En Tokio viven y trabajan veinte millones de personas. Es tan grande que nadie sabe a ciencia cierta dónde acaba. Hace mucho que ha cubierto toda la llanura y ya está empezando a trepar por las montañas situadas al oeste y a ganarle terreno a la bahía en el este. La ciudad nunca cesa de reescribirse a sí misma. Apenas se publica un nuevo callejero cuando ya se ha quedado obsoleto. Es una ciudad alta, profunda y extensa. Siempre hay cosas moviéndose por debajo de tus pies y por encima de tu cabeza. Todas esas personas, pasos elevados, coches, pasarelas, túneles, oficinas, torres, cables eléctricos, apartamentos, suponen un peso enorme. Tienes que hacer algo para no hundirte o puedes terminar convertido en un desecho flotante o en una hormiga en un túnel. En ciudades de menor tamaño, la gente puede utilizar el espacio circundante para aislarse, para recordarse a sí mismos quiénes son. En Tokio no. Aquí simplemente careces de espacio propio, a menos que seas el presidente de una compañía, un gángster, un político o el emperador. En el metro se viaja apretujado contra los demás, cuerpo contra cuerpo, y en los vagones varias manos agarran la misma correa de la barra. Las ventanas de los apartamentos no ofrecen más vista que la de otras ventanas de otros apartamentos.

No, en Tokio el espacio tienes que buscártelo dentro de tu cabeza.

La gente se busca este lugar de diversas maneras. El sudor, el ejercicio físico y el dolor es una de ellas. Los ves en los gimnasios, en las ordenadas piscinas. Los ves haciendo footing en los parquecillos deteriorados. Otra manera de hacerse con un lugar es la televisión. Un lugar brillante y chillón, siempre bien iluminado y repleto de diversión y chistes que te avisan de cuándo tienes que reír para que no te pierdas nada. Noticias internacionales cuidadosamente presentadas para que no resulten demasiado inquietantes, solo lo suficiente como para que el espectador se sienta feliz de no haber nacido en un país extranjero. Noticias con fondo musical que te dicen a quién odiar, por quién sentir lástima y de quién reírte.

El lugar de Takeshi es la vida nocturna. Las discotecas, los bares y las mujeres que allí viven.

Hay muchos otros lugares, todo un Tokio invisible construido a base de ellos, un Tokio que solo existe en las mentes de sus habitantes. Internet, manga, Hollywood, sectas apocalípticas, lugares en los que puedes entrar y donde se te reconoce como individuo. Hay gente que a la primera de cambio te revela su lugar y ya no habla de otra cosa en toda la noche. Otros lo mantienen oculto como un jardín en un bosque de montaña.

La gente sin lugar es la que termina tirándose al metro.

Mi lugar existe gracias al jazz. El jazz es un sitio estupendo en el que los colores y las sensaciones no nacen de la vista sino de los sonidos. Es como ser ciego pero viendo más. Por eso trabajo aquí, en la tienda de Takeshi. Nunca se me ha dado bien explicarlo con palabras.

Sonó el teléfono. Mamasan.

—Satokun, Akiko y Tomomi están con esta gripe horrible que anda por ahí, y Ayaka sigue medio pachucha. —Ayaka había abortado la semana anterior—. Así que voy a tener que abrir yo el bar y empezar pronto. ¿Podrías prepararte la cena tu solo?

—¡Tengo diecinueve años! ¡Claro que puedo hacerme la cena yo solo!

Se rio con su risa ronca.

—Buen chico.

Colgó el teléfono.

Me apetecía escuchar a Billie Holiday. Lady in satin, grabada una noche de heroína y ginebra un año antes de morir. Una voz de oboe, fatídica y otoñal.

Pensé en mi verdadera madre. Sin nostalgia. La nostalgia no conduce a nada. Mamasan me contó que poco después la deportaron a Filipinas y que jamás la dejarían volver a entrar en Japón. No puedo evitar preguntarme, solo de vez en cuando, en quién se habrá convertido, qué estará haciendo, y si alguna vez piensa en mí.

Mamasan me ha dicho que cuando nací mi padre tenía dieciocho años. Con lo cual soy lo bastante viejo como para ser mi padre. Por supuesto, fue a él a quien adjudicaron el papel de víctima. El inocente violado por la seductora extranjera que le clavó los colmillos para conseguir el visado de residencia. Es probable que nunca llegue a saber la verdad, a no ser que me haga suficientemente rico como para poder contratar un detective privado. Me imagino que la de mi padre debía de ser una familia con posibles para que él se permitiese frecuentar bares de alterne a mi tierna edad, y después pagar para que lavasen tan a fondo la mancha de un escándalo semejante. Me gustaría preguntarle qué es lo que mi madre y él sentían el uno por el otro, si es que sentían algo.

Una vez estuve seguro de que había venido a verme. Un tipo elegante, de treinta y muchos. Llevaba unas botas bajas de piel vuelta y una americana de ante marrón oscuro. Tenía un pendiente en la oreja. Supe que lo conocía de algo, pero pensé que era un músico. Echó un vistazo a la tienda y me pidió un disco de Chick Corea que daba la casualidad de que lo teníamos. Lo compró, se lo envolví y se fue. Solo más tarde caí en la cuenta de que aquel tipo me había recordado a mí mismo.

Entonces me puse a calcular las probabilidades de un encuentro fortuito como aquel en una ciudad tan grande como Tokio, pero la calculadora no tenía suficientes decimales. Así que pensé que tal vez había venido a visitarme de incógnito, que sentía tanta curiosidad por mí como yo por él. Nosotros los huérfanos pasamos tanto tiempo obligados a pensar con sensatez que en cuanto se nos brinda la oportunidad de fantasear, caray, fantaseamos a lo grande. Y eso que yo no soy un huérfano de verdad, de los de orfelinato, que Mamasan siempre ha cuidado de mí.

Salí un momento para sentir la lluvia en la piel. Era como si alguien me echase el aliento. El conductor de una furgoneta de reparto frenó en seco y pitó a una anciana que iba empujando un carrito. La anciana le lanzó una mirada asesina y agitó las manos en el aire como para echarle un maleficio. La furgoneta volvió a pitar como un teleñeco irritado. Una mujer de piernas largas envuelta en un visón, que se tenía por sumamente atractiva y que, como es lógico, estaría casada con un millonario, me pasó por delante con un perrito repipi cuya enorme lengua le colgaba entre los dientes blancos. La mujer cruzó conmigo una breve mirada, vio a un estudiante de bachillerato que desperdiciaba su juventud metido en un cuchitril de tienda en la que, saltaba a la vista, nadie se gastaba mucho, y desapareció.

Este es mi lugar. Otro disco de Billie Holiday. Cantó Some other spring, y el público aplaudió hasta desvanecerse en el calor de una noche de verano de Chicago perdida hace largo tiempo.

El teléfono.

—Hola Satoru. Soy yo, Koji.

—¡Te oigo fatal! ¿Qué jaleo es ese?

—Es que estoy en la cafetería de la facultad.

—¿Qué tal el examen de ingeniería?

—Bueno, ya sabes que me lo había currado bastante…

Había sido coser y cantar.

—¡Felicidades! Así que tu visita al templo ha dado resultado, ¿eh? ¿Cuándo salen las notas?

—Dentro de tres o cuatro semanas. Qué bien que ya se han acabado. Aunque todavía es pronto para que me felicites… Oye, esta noche mi madre celebra una fiesta y va a cocinar sukiyaki. Mi padre vuelve a Tokio esta semana. Se les ocurrió que igual te apetecía ayudarnos a comerlo. ¿Podrás? Si se hace tarde, puedes quedarte a dormir en la habitación de mi hermana, que se ha ido de excursión con el colegio a Okinawa.

Por dentro yo estaba que si sí, que si no… Los padres de Koji son buena gente, honrados, pero se sienten obligados a solucionarme la vida. No les cabe en la cabeza que pueda estar satisfecho de estar donde estoy, con mis discos, mi saxofón y mi lugar. Debajo de ese interés subyace lástima, y yo prefiero que me jodan a que me compadezcan por el hecho de no tener padres.

Sin embargo, Koji es mi amigo, probablemente el único que tengo.

—Me encantaría ir. ¿Qué tengo que llevar?

—Nada, solo a ti mismo.

Es decir: flores para su madre y priva para su padre.

—Entonces me paso después del trabajo.

—Vale. Nos vemos.

—Hasta luego.

Era el momento justo para Mal Waldron. La tarde estaba cerrando el quiosco antes de tiempo. El dueño de la verdulería de enfrente empezó a recoger sus cajas de rábanos, zanahorias y raíces de loto. Echó el cierre, me vio y me saludó muy serio con la cabeza. No sonríe ni a tiros. Un camión pasó dando bandazos y provocó una desbandada de palomas. Las notas de Left Alone caían una a una, como gotas de acero en un pozo profundo. El saxo de Jackie McLean trazaba círculos en el aire, tan triste que apenas si lograba despegar del suelo.

Se abrió la puerta y sentí un aroma de aire lavado por la lluvia. Entraron cuatro estudiantes de bachillerato, pero una de ellas era total y absolutamente diferente. Pulsaba, invisible, como un quásar. Sé que suena ridículo, pero así era.

Las tres cabezas de chorlito se acercaron haciendo aspavientos al mostrador. Eran guapas, supongo, pero eran todas clones de un mismo óvulo. Tenían el pelo igual de largo, los labios pintados del mismo color y las mismas curvas bajo el mismo uniforme. La cabecilla me pidió con voz repipi de niñata malcriada el nuevo éxito del último ídolo de quinceañeras.

Pero yo ni me molesté en oírlas. No sé describir a las mujeres, al menos no como Takeshi o Koji. Pero si conoces After the rain, de Duke Pearson… bueno, pues así de pura y hermosa era ella.

De pie junto al escaparate, mirando hacia fuera. ¿Qué había fuera? Se avergonzaba de su compañía. ¡No me extraña! Era tan auténtica que a su lado las otras parecían recortables de cartulina. Debían de haberle pasado cosas de verdad para ser como era, y yo sentí el deseo de enterarme de esas cosas, de leerlas como si fueran un libro. Era una sensación rarísima. No paraba de pensar… Bueno, la verdad es que no sé muy bien si estaba pensando. No estoy seguro de haber estado pensando en nada.

¡La chica estaba escuchando la música! Y no quería ni moverse por miedo a espantar la melodía.

—Bueno, ¿lo tienes o no? —graznó una de las chicas de cartón piedra. Hace falta mucho tiempo y esfuerzo para obtener una voz tan irritante.

Otra soltó una risita tonta.

Otra sintió la vibración de su teléfono móvil y se lo sacó del bolsillo.

Estaba furioso con ellas por obligarme a apartar la mirada de la otra chica.

—Esto es una tienda para coleccionistas. En el centro comercial que hay junto a la boca del metro hay una juguetería que vende el tipo de productos que estáis buscando.

Las niñas ricas de Shibuya son perritos criados a base de trufas. Las chicas que trabajan para Mamasan han tenido que aprender a sobrevivir. Tienen que conservar a sus clientes, conservarse guapas, conservar su integridad, y la vida les deja marcas. Pero se respetan a sí mismas, y lo muestran. Se respetan entre sí. Yo las respeto a ellas. Son personas auténticas.

Estas chicas de revista, sin embargo, no tienen nada de auténtico. Tienen expresiones de revista, hablan con palabras de revista y se visten con prendas de revista. Han elegido ser así. No sé si culparlas o no. A nadie le gusta que la vida le deje marcas. Pero mira: igual de frívolas, satinadas, idénticas y desecha bles que las revistas.

—Estás un poquito tenso, ¿verdad? ¿Te ha dejado la novia? Apoyada en el mostrador, la cabecilla se meneaba a escasos centímetros de mi cara. Me la imaginé recurriendo a esa misma expresión en bares, en coches, en moteles.

Su amiga soltó una carcajada histérica y se la llevó del brazo antes de que me diera tiempo a pegarle un corte. Fueron en rebaño hacia la puerta. «¡Te lo dije!», exclamó una de ellas. La tercera seguía hablando con el móvil.

No sé dónde estamos. En un sitio de mierda detrás de un edificio de mierda. ¿Dónde estáis vosotras?

¿Te vienes? —le preguntó la cabecilla a la que seguía escuchando a Mal con la mirada perdida.

No, pensé con toda mi alma. Dile que no y quédate conmigo en mi universo.

—Te estoy diciendo que si te vienes —insistió la cabecilla.

¿Era sorda?

—Qué remedio —dijo, con una voz de verdad. Una hermosa voz de verdad.

Mírame, deseé con todas mis fuerzas. Mírame. Por favor. Solo una vez. Mírame a la cara.

Según se iba, se volvió y me miró. El corazón me hizo una pirueta, y ella salió detrás de las otras a la calle.

 

*

Los cerezos estaban retoñando. Las yemas de color granate despuntaban y se hinchaban a través de la corteza sellada. Las palomas erizaban las plumas y hacían arrullos. Me gustaría saber más sobre las palomas. ¿Se pavoneaban de aquel modo a efectos de apareamiento o es que simplemente son así? Conocimientos así son los que habría que incluir en los planes de estudio, y no la capital de Mongolia y esas monsergas. Fuera el aire era más cálido y húmedo. Salir a la calle era como entrar en una tienda de campaña. Unos cuantos portales más abajo un martillo neumático percutía contra el cemento. Takeshi me dijo que iban a abrir otra tienda más de esquí y surf. ¿Cuántos esquiadores y surfistas hay en Tokio?

Puse una recopilación de Charlie Parker a todo volumen para ahogar el repiqueteo metálico. Charlie Parker, fluido y tortuoso, versado en crueldad. Relaxin’ at Camarillo, How deep is the ocean?, All the things you are, Out of nowhere, Night in Tunisia.

Vestí a la chica con ropas de algodón fino, y se escabulló en un zaguán magrebí.

Aquí, ser tan distinto como yo soy constituye delito.

Recuerdo un día con Koji en Roppongi. Había salido de ligoteo y pegó la hebra con dos escocesas. Di por hecho que serían profesoras de inglés en cualquier academia cutre, pero resultó que eran «bailarinas profesionales». Koji habla muy bien inglés, siempre estuvo entre los mejores de la clase. Yo nunca lo estudié muy en serio porque es una asignatura de chicas; sin embargo, cuando descubrí el jazz me puse a estudiarlo por mi cuenta para poder leer las entrevistas con los grandes músicos, que son todos americanos. Claro que una cosa es leerlo y otra bastante distinta hablarlo, así que Koji más que nada se encargaba de las labores de interpretación. Bueno, el caso es que las chicas estas nos contaron que en su país todo el mundo se esfuerza en parecer diferente. Se tiñen el pelo de un color que nadie más lleva, se compran ropa que nadie más viste, escuchan música que nadie más conoce. Extraño. Entonces nos preguntaron por qué aquí las chicas van todas iguales.

—¡Pues porque son chicas! —respondió Koji. ¿Por qué todos los policías van iguales? Pues porque son policías, ¿está claro, no?

Entonces una de ellas nos preguntó por qué los chicos japoneses copiaban a los chicos americanos. Las ropas, la música rap, los monopatines, los peinados. Quise explicarle que no es que copien lo que viene de América, es que rechazan el Japón de sus padres. Y como no existe una cultura alternativa nacional, pues simplemente van y agarran la que les pilla más a mano, que resulta ser la americana. Pero no es que la cultura americana nos explote. Somos nosotros los que explotamos la cultura americana.

Koji se perdió al intentar traducir esto último.

Traté de preguntarles por su lugar interior, porque me parecía que venía al caso, pero no obtuve más que respuestas acerca de lo minúsculos que son aquí los apartamentos, y de cómo todas las casas en Gran Bretaña tienen calefacción central. Entonces llegaron sus novios. Dos gorilas gigantescos del ejército de los Estados Unidos. Nos miraron indiferentes por encima del hombro, y Koji y yo decidimos que era el momento de ir a la barra a por otra copa.

Pero sí que es verdad que aquí las cosas son diferentes. En el instituto todo el mundo estaba siempre martirizándome con la historia de mis padres. Encontrar un trabajo de media jornada también resultaba difícil, tanto como ser hijo de coreanos. La gente acaba enterándose. Habría sido más fácil decir que habían muerto en un accidente, pero no me daba la gana mentir por culpa de esos cabezas huecas. Además, si dices que alguien ha muerto, el destino siente la tentación de rematarlos antes de tiempo. En Tokio el cotilleo funciona por telepatía. La ciudad es enorme, pero siempre hay alguien que conoce a alguien conocido de alguien. El anonimato no impide la coincidencia: tan solo hace que resulte más descabellada. Por eso es por lo que sigo creyendo que el día menos pensado mi padre entra en la tienda.

Así que desde la escuela primaria en adelante siempre anduve metido en peleas. Solía salir perdiendo, pero no me importaba. Taro, el gorila de Mamasan, siempre me decía que vale más pelear y perder que no pelear y sufrir, porque incluso si te peleas y pierdes, tu espíritu permanece incólume. Taro me enseñó que la gente respeta el espíritu, pero que a un cobarde no lo respetan ni los propios cobardes. Taro también me enseñó cómo derribar de un cabezazo a contrincantes más altos, cómo dar un rodillazo en las pelotas y cómo dislocarle la mano a un tío, de manera que para cuando llegué al instituto nadie me molestaba. Una vez, una pandilla de jóvenes cachorros de la yakuza me estaba esperando a la salida del colegio por haberle roto la nariz a uno de sus hermanos pequeños. Todavía no sé quién avisó a Mama san — probablemente Koji—, el caso es que ese día mandó a Taro que viniera a recogerme. Taro esperó hasta verme rodeado en el fondo de un callejón y entonces se acercó como quien no quiere la cosa y los dejó a todos acojonados. Ahora que lo pienso, Taro ha hecho de padre conmigo más que ninguna otra persona.

Un hombre de tez curtida y vestido con una chaqueta color rojo sangre entró en la tienda ignorándome por completo. Dio con la sección de Charles Mingus y compró como dos terceras partes de las existencias, incluidas las piezas de coleccionista, desenrollando billetes de diez mil yenes como si fuesen papel higiénico. Los ojos parecían latirle al ritmo del contrabajo. Se marchó con sus adquisiciones metidas en una caja de cartón que él mismo se fabricó encima del mostrador. No me pidió descuento, aunque se lo habría hecho de mil amores, y de repente me vi con un fajo de billetes. Llamé a Takeshi para darle las buenas noticias y decirle que tal vez sería conveniente que se pasase a buscar el dinero. Yo sabía que tenía problemas de liquidez.

—¡Ah! —dijo con voz entrecortada—. ¡Así se hace, chaval! ¡Eso está muy, pero que muy bien!

De fondo oí una música alucinógena que sonaba como una migraña, y a una mujer a la que estaban torturando con cosquillas.

Tuve la impresión de haber llamado en mal momento, así que dije adiós y colgué.

Y solo eran las once de la mañana.

En el instituto Koji era el cerebrito de la clase, lo cual también lo colocaba al margen del resto. Debería haber ido a un instituto mucho mejor, pero hasta los quince años anduvo de aquí para allá porque a su padre siempre lo estaban trasladando, y no siempre le fue fácil mantenerse al nivel del resto. Además, era negado para los deportes. Juro que en tres años no lo vi batear una sola bola. Una vez fue a dar un swing tremendo, pero el bate se le escapó de las manos y, tras surcar el aire veloz como un misil, fue a impactar de lleno en el señor Ikeda, nuestro profesor de gimnasia, que idolatraba a Yukio Mishima aunque dudo mucho de que en toda su vida llegara a terminarse un solo libro, del autor que fuese.

Yo me desternillaba de risa, tanto que no me di cuenta de que era el único que se reía. Eso me supuso tener que limpiar los servicios del instituto durante todo el trimestre, con Koji. Fue entonces cuando me enteré de que le encantaba el piano. Yo toco el saxo tenor. Así fue como conocí a Koji. Un profesor de gimnasia golpeado por un bate y los retretes más repugnantes de toda la red de enseñanza media de Tokio.

El señor Fujimoto, uno de nuestros clientes habituales, vino durante la hora del almuerzo. Sonó la campanilla y una ráfaga de aire sacudió todos los papeles de la tienda. Entró riéndose, como siempre. Riéndose porque se alegraba de verme. Dejó sobre el mostrador un pequeño paquete de libros para mí. Siempre trato de pagárselos, pero él nunca me deja. Dice que son mis honorarios como consultor de jazz.

—¡Señor Fujimoto! ¿Cómo va el trabajo hoy?

—¡Horrible!

El señor Fujimoto solo posee un tipo de voz: la voz a todo volumen. Es como si su mayor miedo fuese que no le oyeran. Y cuando se ríe el estruendo casi te tira de espaldas.

La tienda está justo entre el distrito comercial de Otemachi y la zona de las editoriales, en los alrededores de Ochanomizu, así que aquellos de nuestros clientes que gozan de empleo remunerado suelen trabajar en uno de los dos barrios. Se les distingue siempre. La pasta gansa confiere a sus propietarios una mirada particular. Una especie de brillo acerado y hambriento. Cuesta identificarlo con claridad, pero está ahí de todas, todas. Por cierto, que el dinero es otro de esos lugares interiores. Una forma de medirse a uno mismo.

Los empleados de las editoriales, sin embargo, suelen tener una vena de jovialidad maníaca. El señor Fujimoto es un típico ejemplar. No se cansa de perpetrar espantosos juegos de palabras. Por ejemplo:

—¡Buenas tardes, Satorukun! Oye, a ver si le dices a Takeshi que se pase por aquí de vez en cuando, que el muy granuja está siempre de farra.

—¿Eso piensa usted?

Ya me lo veo venir.

—¡Hombre, claro! ¡Ese Takeshi es muy díscolo!

—¿Cómo dice?

—¡Que es un díscolo! ¡Díscolo! ¡Díscolo!

El rostro se me crispa en una mueca de auténtico dolor y el señor Fujimoto gorjea agradecido. Cuanto peor, mejor.

Esta vez el señor Fujimoto quería algo estilo Lee Morgan. Le recomendé A caddy for Daddy, de Hank Mobley, y se lo compró en el acto. Conozco sus gustos. Le va el funky más locuelo. De pronto, mientras le daba el cambio, se puso todo serio. Pasó a hablar en un tono más formal, se quitó las gruesas gafas y comenzó a limpiar los cristales.

—Me preguntaba si pensabas matricularte en la universidad el año que viene…

—Pues la verdad es que no.

—Entonces, ¿estás pensando en dedicarte a alguna profesión en concreto?

Lo había ensayado de antemano. Me imaginé lo que se me venía encima.

—Por ahora no tengo planes. Vamos a ver qué pasa.

—Sé perfectamente, Satoru, que no es asunto mío en absoluto, y perdona que me inmiscuya en tus planes, pero el único motivo por el que te lo pregunto es que en mi oficina acaban de quedar disponibles dos puestos. Nada del otro jueves. Ayudantes de edición con pretensiones, en pocas palabras, pero si te interesa, estaría encantado de recomendarte. Podría ayudarte a llegar hasta la entrevista personal, eso seguro. Con eso ya tendrías un pie en la empresa. Yo mismo empecé así, ¿sabías? Todos hemos necesitado que nos echasen un cable en un momento dado.

Recorrí la tienda con la mirada.

—Es una oferta muy generosa, señor Fujimoto. No sé muy bien qué responder.

—Piénsatelo, Satoru. Me voy unos días a Kioto por trabajo. No empezaremos con las entrevistas hasta que yo vuelva. Estaría encantado de hablar con tu jefe en tu nombre, si eso es lo que te preocupa… Aunque sé que Takeshi te respeta mucho y que nunca te pondría ninguna traba.

—No, no se trata de eso. Gracias. Lo pensaré detenidamente. Gracias… ¿Cuánto le debo por los libros?

—Nada. Son tus honorarios como consultor. Solo son unas muestras, las repartimos gratis entre la gente del gremio. Estos clásicos en edición de bolsillo se venden como rosquillas. Recuerdo que me dijiste que te había gustado El gran Gatsby, acabamos de publicar una traducción nueva de Mukarami de los cuentos de Scott Fitzgerald; El señor de las moscas, por si quieres deprimirte, y lo nuevo de García Márquez.

—Muy amable por su parte.

—No digas bobadas. Tú piénsate seriamente lo de trabajar en la editorial, que hay formas peores de ganarse la vida.

Desde que la vi, pensaba en la chica a diario. Veinte, treinta, cuarenta veces al día. Me sorprendía pensando en ella y luego no queriendo parar, como esas mañanas de invierno en que no se quiere salir de la ducha caliente. Me pasaba los dedos por el pelo y me miraba la cara utilizando un CD de Fats Navarro como espejo. ¿Podría llegar ella a sentir lo mismo por mí? Ni siquiera me acordaba bien de cómo era. Piel tersa, pómulos pronunciados, ojos rasgados. Como una emperatriz china. En realidad, cuando pensaba en ella ni siquiera pensaba en su cara. Simplemente existía, como un color que aún no tuviese nombre. La idea de ella.

Me irrité conmigo mismo. No existían muchas posibilidades de volver a verla. Estamos en Tokio. Y además, aunque volviera a verla, ¿por qué habría de estar mínimamente interesada en mí? Mi mente no es capaz de pensar en más de una cosa al mismo tiempo. Más me vale que sea una cosa de provecho.

Pensé en la oferta del señor Fujimoto. ¿Qué estoy haciendo aquí? Koji sigue adelante con su vida. Todos mis compañeros del instituto están en la universidad o trabajando en una empresa. La madre de Koji no deja de mantenerme al corriente de sus progresos. ¿Y yo qué estoy haciendo?

Un tipo pasó como una bala en una silla de ruedas.

Eh, eh, no te olvides, este es mi lugar. Es hora de oír jazz.

Undercurrent, de Jim Hall y Bill Evans. Una obra de agua, a veces encrespada y barrida por el viento, otras fluyendo lenta y silenciosa al pie de los árboles. En otras canciones, acordes que centellean en mares interiores.

La chica también estaba ahí, desnuda, flotando de espaldas y arrastrada por las corrientes.

Me hice un té verde y vi cómo el vapor se elevaba en la atmósfera agitada de aquella tarde. Koji estaba llamando a la ventana, son riéndome como un memo y con la cara apretada contra el cristal para parecer un gnomo maléfico.

No me quedó otra que sonreírle yo también. Entró en la tienda con sus zancadas largas y saltarinas.

—Parecía que estabas en otro mundo. Me he pasado por la tienda de donuts. Te he traído uno de vainilla, ¿te apetece?

—Gracias. Voy a hacerte un té. Este disco de Keith Jarrett me llegó ayer, es fantástico, tienes que oírlo. Es increíble cómo va improvisando sobre la marcha.

—Señal de genialidad. ¿Te apetece que vayamos luego a tomar algo?

—¿Dónde?

—No sé. Cualquier sitio frecuentado por jovencitas núbiles a la caza de carne de macho joven. El bar del sindicato de estudiantes, por ejemplo. Aunque si estás ocupado buscando el sentido de la vida, podemos dejarlo para otro día. ¿Un cigarrito?

—Venga. Cógete una silla.

Koji disfruta imaginándose que es un seductor implacable como Takeshi, pero en realidad sus sentimientos son menos implacables que un donut de vainilla. Y esa es una de las razones por las que me cae bien.

Nos encendimos los cigarrillos.

—Koji, ¿tú crees en el amor a primera vista?

Se recostó en la silla y me sonrió como un lobo.

—¿Quién es?

—No, no, no. Ninguna. Solo te lo pregunto.

Koji el filósofo miró hacia arriba. Finalmente, soltó un anillo de humo.

—Creo en el deseo a primera vista. Hay que mostrar cierta dureza o de lo contrario se cae en el sentimentalismo. Y el sentimentalismo no resulta atractivo. Y hagas lo que hagas, no dejes que se dé cuenta de lo que sientes. Si no, estás perdido. —Koji se puso en plan Humphrey—. Tienes que ser enigmático, chaval. Ir de duro, ¿entiendes?

—Sí, sí, como tú, por ejemplo. Que la última vez que te enamoraste fuiste tan duro como Bambi. Venga, en serio…

Otro anillo de humo.

—¿En serio…? A ver, el amor se basa en el conocimiento, ¿no? Para poder amar a una persona tienes que conocerla a fondo. Así que amor a primera vista es un contrasentido. A menos que en esa primera vista se produzca una especie de transferencia mística de no sé cuántos gigabytes de información de una mente a otra, lo cual no parece muy probable, ¿no te parece?

—Mmm. No sé.

Le serví el té a mi amigo.

Las flores de los cerezos aparecieron de repente. Mágicas, vaporosas y espumantes, justo ahí, encima de nuestras cabezas, llenando el aire de tonalidades demasiado delicadas para palabras como «rosa» o «blanco». ¿Cómo es posible que unos árboles tan lúgubres creasen algo tan sobrenatural en un callejón anónimo? Un milagro anual que escapaba a mi capacidad de comprensión.

Era una mañana para oír a Ella Fitzgerald. Después de todo, en el mundo hay cosas hermosas. Dignidad, refinamiento, calidez y humor, donde menos te las esperas. Incluso de anciana, amputada y en silla de ruedas, Ella seguía cantando como una colegiala enamorada por primera vez.

Sonó el teléfono.

—Soy yo, Takeshi.

—Hola, jefe. ¿Todo bien?

—No, todo mal. Fatal.

—Lo lamento.

—Soy un imbécil. Un maldito imbécil. Un maldito, maldito imbécil. ¿Por qué los hombres hacemos estas cosas? —Estaba borracho, y yo todavía con mi té matutino —. ¿De dónde nos nace ese impulso, Satoru? ¡Dímelo! —Como si yo lo supiese y me estuviese negando a iluminarlo—. Una refriega pegajosa en un dormitorio anónimo, unos mordiscos, unos tres segundos de orgasmo, eso si tienes suerte, después una cabezada agradable de media horita, y cuando te despiertas, de pronto te das cuenta de que te has convertido en un canalla lujurioso y embustero que está tirando al váter varios millones de espermatozoides y seis años de matrimonio. ¿Por qué estamos programados para hacer eso? ¿Por qué?

Como no se me ocurría ninguna respuesta que fuese sincera y a la vez sirviese de consuelo, opté por la sinceridad.

—Ni idea.

Takeshi me contó la misma historia tres veces seguidas.

—Mi mujer pasó a recogerme para ir a comer juntos. Íbamos a dar una vuelta, hablar de lo nuestro, tal vez arreglar algo… Le había comprado unas flores, y ella a mí una americana a rayas que había visto no sé dónde. Una horterada que no había por dónde cogerla, para variar, pero por lo menos se acordaba de mi talla. Era una pipa de la paz. Ya estábamos saliendo cuando de repente se mete en el baño, ¿y qué es lo que se encuentra?

Casi se me escapa «una enfermera muerta», pero me contuve.

—¿Qué?

—El bolso. Y el camisón. De la enfermera. Y el mensaje que me había dejado escrito con el pintalabios en el espejo.

—¿Qué ponía?

Oí el crujido de unos cubitos de hielo mientras Takeshi se ponía otra copa.

—Lo que a ti no te importa. Pero cuando mi mujer lo leyó, volvió tranquilamente al salón, echó vodka en la americana, le prendió fuego y se marchó. La chaqueta se contrajo y se desintegró.

—El poder de la palabra escrita.

—Maldita sea, Satoru, cómo me gustaría volver a tener tu edad. ¡Qué fácil era todo entonces, coño! ¿Qué es lo que he hecho? ¿De dónde viene este mito?

—¿Qué mito?

—El que nos atormenta a todos los hombres. Ese que dice que una vida sin tinieblas, sin sexo y sin misterio es solo una vida a medias. ¿Por qué? Y encima no es que me estuviese beneficiando a la Belleza Celestial en persona, que digamos. Solo era una enfermera idiota, un zorrón de tres al cuarto… ¿Por qué?

Solo tengo diecinueve años. Terminé el instituto el año pasado. No lo sé.

Aquello resultaba bastante patético. Por suerte, Mamasan y laro llegaron en ese momento y pude dejar sin responder las preguntas sin respuesta de Takeshi.

Si Mamasan fuese un pájaro, sería un cuervo blanco y bondadoso.

Taro no sería un pájaro. Sería un tanque. Lleva décadas, desde mucho antes de que yo entrase en escena, acompañando a Mama san a todas partes. Su relación tiene una profundidad que yo, desde luego, no alcanzo a imaginar. He visto fotos de los dos juntos en los años sesenta y setenta. A su manera, eran una pareja guapa. Ahora los veo como una señora algo alicaída con su fiel bulldog. Se rumorea que en sus años mozos Taro hacía algún que otro trabajito para la yakuza. Cobro de morosos y tal. Todavía conserva algunos amigos muy polifacéticos en ese mundillo, lo cual resulta muy útil cuando se trata de pagar a los chantajistas para que no causen daños en La Orquídea Salvaje: a Mamasan le hacen un sesenta por ciento de descuento. Otro de esos amigos con enchufe en el Ayuntamiento consiguió que me dieran la nacionalidad japonesa.

Mamasan me había traído la tartera.

—Por el barullo que has armado —dijo con voz crujiente— sé que esta mañana no te has levantado a tiempo.

—Lo siento. ¿A qué hora se fueron los últimos invitados?

—Los de la Mitsubishi, a las tres y media de la madrugada o por ahí… Uno de ellos se quedó prendadito de Yumichan. Insistió en quedar con ella el sábado que viene.

—¿Y Yumichan qué le ha dicho?

—Los de la Mitsubishi pagan con puntualidad. Tienen un presupuesto para ocio astronómico y además se lo tienen que pulir todo antes de final de mes. Le he prometido a Yumichan que si le dice que sí, le compro un vestido nuevo en una boutique de lujo. El tío además está casado, así que la cosa no traerá complicaciones.

—¿Saliste con Koji anoche? —dijo Taro, mientras ojeaba la tienda como un guardaespaldas en busca de posibles vías de escape.

—Sí. Y me pasé un poquito bebiendo. Por eso me he quedado dormido.

Taro soltó una risotada.

—Un buen chaval ese Koji. Con la cabeza en su sitio. ¿Conocisteis alguna piba?

—Solo de esas que te preguntan si tu coche deportivo tiene los cristales ahumados.

Taro gruñó contrariado.

—La inteligencia no lo es todo en una mujer. Justo esta mañana Ayaka decía que un chaval de tu edad debería mojar más el churro, no es sano que…

—Taro, deja a Satoru en paz. —Mamasan me sonrió satisfecha—. ¿A que están preciosos esos cerezos en flor? Taro me va a llevar de compras y luego nos vamos al Parque Ueno, a ver los cerezos. Las chicas de la señora Nakamori han invitado a las nuestras a una fiesta para celebrar la floración, esta tarde, y hemos decidido ir nosotros también para vigilar que no hagan muchas travesuras. Ah, sí. Se me olvidaba. La señora Nakamori me ha preguntado si Koji y tú podríais tocar en el cóctel que va a dar el sábado que viene. Por lo visto, el trombonista de su banda se ha visto envuelto en un accidente relacionado con un tubo doblado y unos animales del zoo. He pensado que no era plan de entrar detalles. El pobre hombre no va a poder estirar el brazo hasta junio y el grupo ha tenido que cancelar todos los bolos. Le he dicho a la señora Nakamori que no sabía muy bien cuándo volvía Koji a la universidad. ¿Podrías llamarle hoy o mañana? Vamos, Taro. Tenemos que irnos.

Taro cogió el libro que estaba leyendo.

—¿Qué es esto? ¿Madame Bovary? ¿Lo de la viejales francesa aquella? ¿Te lo puedes creer, Mamasan? Cuando iba al colegio no había quien lo hiciese estudiar, y ahora le da por leer en el trabajo. —Leyó en voz alta una frase que yo había subrayado—: «No hay que tocar a los ídolos: su dorado se nos queda pegado a los dedos». —Se quedó pensando unos segundos—. Unos chismes curiosos, los libros. Sí, Mamasan. Más vale que nos vayamos.

—Gracias por traerme la comida.

Mamasan asintió con la cabeza.

—La ha hecho Ayaka. Congrio a la parrilla. Sabe que te encanta. Que no se te olvide darle las gracias. Adiós.

El cielo se iba iluminando. Me comí el almuerzo deseando estar yo también en el Parque Ueno. Las chicas de Mamasan son divertidas. Me tratan como a un hermano pequeño. Seguramente habrían extendido una gran manta debajo de un árbol y estarían cantando viejas canciones inventándose la letra. He visto a los extranjeros emborracharse en los bares de Shibuya y por ahí, y se convierten en animales. Los japoneses jamás se comportan así. Los hombres pueden volverse más traviesos, pero nunca violentos. Para los japoneses el alcohol es un medio de soltar presión; para los extranjeros, por el contrario, parece que sea un medio de aumentarla. ¡Y además se besan en público! Los he visto metiéndoles la lengua en la boca a las chicas y tocándoles los pechos. ¡En los bares, delante de todo el mundo! No consigo acostumbrarme. Mamasan siempre le pide a Taro que les diga a los extranjeros que el local está lleno, o si no, les mete tal palo en la cuenta que ya no se les ocurre volver más.

El disco se acabó. Me comí el último pedazo de congrio a la parrilla mezclado con arroz y encurtidos. Esa Ayaka sabe cómo preparar una tartera en toda regla.

Me dolía la espalda. Soy muy joven para esa clase de molestia. Últimamente esta silla me está resultando de lo más incómoda; no consigo quedarme quieto. Cuando Takeshi salga de su actual crisis financiera voy a pedirle que me compre una nueva. Aunque me temo que voy a tener que esperar un buen rato. Dudé qué disco poner. Me puse a hurgar en una caja llena de vinilos sin clasificar que Takeshi había dejado en el suelo, detrás del mostrador, pero no vi nada que no conociese ya. Seguro que podía encontrar algo. Tenemos un surtido de doce mil discos. Me di cuenta de que tenía miedo de no sentir más necesidad de música.

Aquella resultó ser una tarde bastante ajetreada. Muchos curiosos, pero también muchos compradores. Enseguida dieron las siete. Hice caja, metí la recaudación en la caja fuerte del diminuto despacho, dejé puesta la alarma y cerré con llave la puerta del despacho. Me metí la tartera y Madame Bovary en la mochila, junto con un CD de Benny Goodman que me llevaba prestado para esa noche —una de las ventajas de un curro así—, apagué las luces y cerré la puerta.

Ya estaba en la calle echando el cierre cuando sonó el teléfono. ¡Mierda! Mi primer impulso fue fingir que no lo había oído, pero luego pensé que iba a pasarme toda la noche pensando en quién habría sido. Lo más probable es que hubiese empezado a llamar a todo el mundo para ver si habían sido ellos, y si hacía eso iba a tener que explicar por qué no había atendido el teléfono desde un principio… Mierda. Al final lo más fácil iba a ser volver a abrir la tienda y atender la llamada.

Desde entonces he vuelto a pensar en ello muchas veces: si el teléfono no hubiese sonado justo en ese momento, y si yo no hubiese decidido volver a entrar para cogerlo, todo lo que ocurrió después no habría ocurrido.

Una voz desconocida. Baja, preocupada.

—Soy Quasar. ¡Hay que dar de comer al perro!

¿Cómo dice? Me mantuve a la escucha. El zumbido de la línea telefónica sonaba como el batir de las olas del mar, ¿o era el barullo de una sala de juegos? No dije nada: a estos majaras del teléfono es mejor no animarlos. No dijo nada más. Como si estuviese esperando algo. Esperé un poco más y después colgué extrañado. Pues vale.

Estaba de espaldas cuando se abrió la puerta. Sonó el tintineo de la campanilla y pensé: ¡Oh no, quiero irme a casa! Me di media vuelta y cuando alcé la vista casi me caigo de espaldas encima de un cofre de edición limitada de Lester Young. El suelo del Jazz Hole de Takeshi se elevó.

¡Eres tú! Y atisbo en la penumbra de mi lugar.

Me estaba hablando. Estaba realmente allí. Había vuelto sola. Había visualizado aquella escena muchas veces en mi cabeza, pero siempre era yo el que llevaba la voz cantante. Y ahora apenas captaba lo que me decía. ¡Había vuelto de verdad!

—¿Todavía está abierto?

—¡… sí!

—Pues no parece muy abierto. Tienes las luces apagadas.

—¡… sí! Esto, es que estaba a punto de cerrar, pero hasta que cierro, estoy absolutamente abierto. ¡Mira! —Volví a encender las luces—. ¡Ya está! —Esperé parecerle un poco más enrollado. Debía de estar pareciéndole un colegial.

—No querría entretenerte.

—No querría… No, no, qué va. Esto, yo… Tómate todo el tiempo que quieras. Por favor. Entra.

—Gracias.

La chica que vivía en ella se asomó a través de sus ojos, miro dentro de los míos, y vio al chico que vivía en mí.

—Creía… —comencé a decir.

—Esto… —comenzó a decir.

—Dime —dijimos los dos.

—No —dije yo—. Dime tú, que eres la chica.

—Vas a pensar que estoy como una cabra, pero es que estuve aquí hace unos diez días, y… —estaba girando sobre los talones, sin darse cuenta— y tenías puesta una canción… No logro quitármela de la cabeza. Un piano y un saxofón. No tienes por qué acordarte de ella, ni de mí, ni de nada… —Dejó la frase colgando. Había algo raro en su forma de hablar. Una entonación que oscilaba de un lado a otro. Me encantaba.

—Fue hace dos semanas. Dos semanas justas. Más un par de horas.

Eso le gustó.

—¿Te acuerdas de mí?

Casi no reconocí mi propia risa.

—Pues claro que me acuerdo.

—Estaba con la repugnante de mi prima y sus amigas. Me tratan como a una imbécil porque soy medio china. Mi madre era japonesa. Mi padre es chino de Hong Kong. Yo vivo allí.

No había el menor tono de disculpa en su forma de hablar. No soy japonesa pura, y si no te gusta que te den.

Pensé en la percusión de Tony Williams en In a silent way. No, no lo pensé: la sentí dentro de mí, en algún lugar.

—¡Hey, eso no es nada! Yo soy medio filipino. La canción era Left alone, de Mal Waldron. ¿Quieres volver a oírla?

—¿No te importa?

—Claro que no… Mal Waldron es uno de mis ídolos. Siempre que voy al templo me arrodillo ante él. ¿Cómo es Hong Kong, comparado con Tokio?

—Los extranjeros dicen que es sucio, ruidoso y agobiante, pero lo cierto es que no hay otro sitio igual en todo el mundo. En serio, no lo hay. Y cuando ya estás harto de Kowloon, puedes huir a las islas. En Lantau hay un Buda enorme sentado en lo alto de una colina…

Por un instante tuve la extraña sensación de estar dentro de una historia que alguien estaba escribiendo, pero también esa sensación comenzó enseguida a desvanecerse.

 

*

Apenas si habían brotado las flores de los cerezos cuando ya casi habían desaparecido. Las hojas nuevas, aún tiernas y sedosas, se secaban en los árboles que flanqueaban la calle, vivaces y ligeras como cítaras y mandolinas. Los trabajadores inundaban las aceras. Ni un solo abrigo a la vista. Algunos, hasta sin chaqueta. No se podía negar: la primavera ya no era ninguna novedad.

Sonó el teléfono. Era Koji, desde la cafetería de la facultad.

—Bueno, a ver, ¿quién es?

—¿Quién?

—¡Vale ya! ¡Sabes perfectamente a quién me refiero! La chica de anoche, en el bar de la señora Nakamori, ¡la que se derretía con todas y cada una de tus notas! A ver… El nombre empezaba por «Tomo» y terminaba por «yo». ¿Cómo se llamaba, me pregunto? Ah, sí, eso es. «Tomoyo».

—Ah, aquella…

—¡No me vengas con esas! Vi cómo os hacíais ojitos.

—Son imaginaciones tuyas.

—¡Lo vi perfectamente! Es más, lo vio todo el bar. Hasta un erizo marino se habría dado cuenta. El padre de la chica se dio cuenta. Y Taro también. Al terminar el concierto vino y me preguntó quién era esa. Yo esperaba que me lo dijese él a mí. Me ha dicho que te haga un interrogatorio. Y lo que Taro quiere, lo consigue, por eso te estoy interrogando.

—No hay mucho que contar. Entró en la tienda hace cuatro semanas. Luego volvió la semana pasada. Empezamos a hablar, de música nada más, y nos hemos visto una o dos veces la semana pasada. Eso es todo.

—Una o siete veces, querrás decir.

—Bueno, ya sabes lo que pasa.

—No es que quiera cotillear ni nada por el estilo, solo que anoche no tuve oportunidad de interrogarla… Pero, bueno, en fin, ya sabes, ¿le has deshecho ya los lacitos y quitado el envoltorio?

—¡Oye tú, que la chica es una señorita!

—Sí, claro, pero antes que señorita es una mujer.

—No. No lo hemos hecho.

—Tan lento como siempre, Satoru. ¿Y por qué no?

—Pues porque…

Me acordé de su cuerpo envuelto en mi trenca mientras caminábamos bajo el mismo paraguas. Me acordé de su mano, que no solté durante toda la película. Me acordé de sus ojos estrujados por la risa mientras contemplábamos a un artista callejero que esperaba inmóvil en un pedestal a que alguien le echase una moneda en la urna para cambiar de expresión y postura, hasta la siguiente moneda. Me acordé de sus esfuerzos por no reírse de mi desastrosa actuación en la bolera. Me acordé de la manta sobre la que nos tumbamos en el Parque Ueno, mientras las flores de los cerezos nos caían en la cara. Me acordé de ella en esta misma habitación, en esta silla, escuchando mi música favorita mientras hacía los deberes. Me acordé de su cara de concentración, y del mechón de pelo suelto que casi le rozaba el cuaderno. Me acordé de su nuca, que yo le besaba en el ascensor, entre piso y piso, y de cómo me apartaba de un salto cada vez que las puertas se abrían de repente. Me acordé de ella hablándome de sus peces de colores, y de su madre, y de la vida en Hong Kong. Me acordé de ella dormida en mi hombro en el autobús nocturno. Me acordé de sus gestos mientras la miraba a través de la mesa. Me acordé de la historia que me contó de los antiguos Jomon, que enterraban a sus reyes en la llanura de Tokio. Me acordé de su cara en el bar de la señora Nakamuri, cuando Koji y yo tocamos Round midnight mejor que nunca hasta entonces. Me acordé…

—No lo sé, Koji. Igual no lo hemos hecho porque habríamos podido hacerlo. — ¿Era verdad? Habría sido fácil meterse en un motel. Mi cuerpo por supuesto que quería. Pero… pero ¿qué?—. No te puedo decir. No es por timidez. No lo sé.

Koji hizo ese típico ruido que siempre hace en las raras ocasiones en que no entiende algo.

—Bueno, ¿y cuándo podré volver a verla?

Tragué saliva.

—Probablemente nunca. Se vuelve a la escuela internacional de Hong Kong. Viene a Tokio con su padre solo una vez cada dos años, por unas pocas semanas, para visitar parientes. Hay que ser realista.

La noticia pareció deprimirlo más que a mí mismo.

—¡Pero eso es terrible! ¿Cuándo se marcha esta vez?

Me miré el reloj.

—Dentro de media hora.

—¡Satoru! ¡Detenía!

—En realidad, pienso que… Bueno, pienso que…

—¡No pienses! ¡Haz algo!

—¿Alguna sugerencia? ¿Qué quieres, que la secuestre? Tiene que continuar su vida. Va a estudiar arqueología en la universidad en Hong Kong. Nos hemos conocido, hemos disfrutado mutuamente de nuestra compañía, y mucho, y ahora nos hemos separado. Son cosas que pasan. Podemos escribirnos. Y además, tampoco es que nos hayamos enamorado perdidamente el uno del otro, ni nada por el estilo…

—Piii, piii, piii.

—¿Y qué significa eso, si se puede saber?

—Ay, perdona, es mi alarma antichorradas, que se me ha disparado.

Desempolvé unos cuantos discos de la vieja big band de Duke Ellington, un sonido que me hace pensar en gramófonos de manivela, bigotes ridículos y musicales hollywoodenses de entreguerras. Suelen subirme la moral. Take the ‘A’ Train traqueteaba dejando una estela de optimismo tontorrón.

Miré apesadumbrado la laguna oscura en el fondo de mi taza, y pensé en Tomoyo por centésima vez en el día.

Sonó el teléfono. Sabía que iba a ser Tomoyo. Era Tomoyo. De fondo se oían aviones y avisos de embarque.

—Hola —dijo.

—Hola.

—Estoy en el aeropuerto.

—Oigo aviones despegando al fondo.

—Siento no haberme despedido como Dios manda. Quería haberte dado un beso.

—Yo también, pero con todo el mundo delante y tal…

—Gracias por invitarnos a mi padre y a mí al bar de la señora Nakamori. Mi padre también te da las gracias. Hacía siglos que no lo veía parlotear tanto como anoche con tu Mamasan y con Taro.

—También hacía siglos que yo no los veía parlotear tanto a ellos. ¿De qué hablaban?

—De negocios, supongo. Ya sabes que mi padre tiene una pequeña participación en un club nocturno. A los dos nos encantó el concierto.

—¡No fue un concierto! Solo éramos Koji y yo.

—Sois unos músicos estupendos. Los dos. Mi padre no dejaba de hablar de vosotros.

—Qué va. El bueno es Koji. Hace que hasta yo resulte pasable. Me ha llamado hace cosa de veinte minutos. Espero que anoche no nos pasásemos de acaramelados. Según Koji, dimos un poco el cante.

—No te preocupes por eso. ¡Hey!, además, mi padre ha insinuado, como siempre con muchos rodeos, que podrías venir a vernos en vacaciones. Si quieres, a lo mejor él podría conseguirte un bar donde tocar el saxo.

—¿Lo sabe? ¿Lo nuestro?

—No lo sé.

—Takeshi no me da exactamente vacaciones… Claro que tampoco yo se las he pedido nunca.

—Ya… —Cambió de tema—. ¿Cuánto has tardado en llegar a ser tan bueno?

—Yo no soy bueno. ¡Bueno es John Coltrane! Espera un seg… —Cogí una copia de John Coltrane y Duke Ellington tocando juntos In a sentimental mood. Humeante, reverente. La oímos juntos durante un rato. Habría querido decirle tantas cosas.

Sonaron unos cuantos pitidos imperiosos.

—Me estoy quedando sin monedas. Hay una cosa que… Ay, maldita sea. ¡Adiós!

—¡Adiós!

—Cuando vuelva, voy a…

Un zumbido solitario.

El señor Fujimoto llegó a la hora del almuerzo, me vio y se echó a reír.

—¡Buenas tardes, Satorukun! —exclamó lleno de júbilo—. ¡Cielo azul, tú espera y verás! Dime, ¿qué opinas de esta maravilla?

Dejo un pequeño paquete de libros en el mostrador y se atusó la pajarita, enarcando las cejas con ademán orgulloso.

Una grotesca pajarita de color verde rana con lunares.

—Absolutamente única.

Todo el cuerpo se le estremeció alborozado.

—En la oficina estamos celebrando un concurso de corbatas espantosas. Me parece que lo tengo en el bote.

—¿Qué tal por Kioto?

—Pues Kioto sigue tan Kioto como siempre. Templos y altares, reuniones con impresores. Dependientes estirados que se creen que tienen el monopolio de los buenos modales. Qué bien que ya estoy aquí. El que nace tokiota, muere tokiota.

Empecé el discurso que había estado ensayando.

—Señor Fujimoto, le he contado a Mamasan lo de su amable oferta de ayudarme a conseguir que me hagan una entrevista en su oficina, y me ha dicho que le dé esto. Ha pensado que podría servirle para celebrar la floración de los cerezos con sus compañeros de trabajo.

Levanté con gran esfuerzo la enorme botella de vino de arroz y la puse en el mostrador.

—¡Sake! ¡Madre mía, menudo ejemplar! ¡Va a durar un buen rato, incluso en una oficina repleta de editores! Qué extraordinaria amabilidad.

—No, la amabilidad fue suya. Me temo que soy demasiado ignorante para aceptar su generosa oferta.

—Nada, hombre, nada. Te prometo que no me siento ofendido. Solo fue una idea… —El señor Fujimoto pensó en el adjetivo adecuado sin dejar de pestañear, y viendo que no lograba dar con él, se echó a reír—. No tengo nada que reprocharte. No te apetece terminar como yo, ¿verdad?

La cosa le parecía mucho más divertida a él que a mí.

—No soy quién para decirlo, pero no me importaría terminar como usted en absoluto. Tiene un buen trabajo. Unas pajaritas inolvidables. Un gusto exquisito por los mejores discos de jazz del mundo.

Dejó de sonreír por unos instantes y miró hacia la calle.

—La última de las flores de cerezo. En el árbol, se va volviendo cada vez más perfecta. Y cuando es perfecta, cae. Y por supuesto, una vez en el suelo, se hace papilla. De manera que solo es absolutamente perfecta mientras va cayendo por el aire, de aquí para allá, durante un suspiro… Creo que solo los japoneses podemos realmente entender algo así, ¿no te parece?

Una furgoneta que difundía con estruendo el mensaje Vote a Shimizu, el único candidato que tiene lo que hay que tener para combatir la corrupción, pasó chirriando los neumáticos como un batmóvil borracho. Shimizu no traiciona, Shimizu no traiciona, Shimizu no traiciona.

El señor Fujimoto trazó un arabesco en el aire.

—¿Por qué las cosas ocurren como ocurren? Desde el día del atentado con gas en el metro, viendo las imágenes de la televisión, viendo a la policía investigar como un escuadrón de tortugas ciegas, he estado tratando de entender… ¿Por qué ocurren las cosas? ¿Qué es lo que hace que el mundo siga girando?

Nunca tengo claro si las preguntas del señor Fujimoto son realmente preguntas.

—¿Lo sabe usted?

Se encogió de hombros.

—No, no tengo la respuesta. A veces pienso que esa es la única pregunta, que todos los demás interrogantes son afluentes que desembocan en ella —dijo, pasándose la mano por el pelo, que comenzaba a ralear—. ¿Podría la respuesta ser «el amor»?

Traté de pensar, pero no dejaba de ver imágenes. Me imaginé a mi padre —aquel hombre que yo había imaginado que era mi padre— mirando por la ventanilla trasera de un coche. Pensé en navajas de mariposa, y en la vez aquella, hace tres o cuatro años, en que al salir del McDonald’s vi a un empresario estrellarse contra la acera después de tirarse del noveno piso del mismo edificio. Se quedó tendido a tres metros de mí. Tenía la boca abierta del asombro y de los labios le manaba una mancha oscura que caía sobre la acera, entre los fragmentos de dientes y cristales rotos.

Pensé en las cejas de Tomoyo, en su nariz, en sus bromas, en su acento. En Tomoyo dentro de un avión rumbo a Hong Kong.

—Prefiero ser demasiado joven para poseer esa clase de sabiduría.

La expresión del señor Fujimoto se transformó en una sonrisa que le ocultó los ojos.

—Sabias palabras.

Terminó comprando un viejo disco de Johnny Hartman con una hermosa versión de I let a song go out of my heart.

De repente un mosquito, tan ruidoso como una licuadora, se me metió en la oreja. Aparté bruscamente la cabeza y lo maté de un manotazo. Época de mosquitos. Estaba quitándome de la mano el fuselaje del muy capullo con un trocito de papel cuando la mujer de Takeshi irrumpió en la tienda colocándose las gafas de sol como diadema de su melena exuberante. La acompañaba un hombre vestido con un traje elegante que inmediatamente intuí debía de ser abogado. Todos tienen la misma pinta. Cuando Takeshi me ofreció este trabajo pasé una tarde entera con los dos en su apartamento de Chiyoda, pero ahora, tras saludarme secamente con la cabeza, la mujer del jefe me ignoró por completo. El abogado directamente ni se percato de mi existencia.

—El local es de alquiler —dijo la mujer de Takeshi— pero los discos valen una pasta. Por lo menos eso es lo que siempre decía él —y pronunció el pronombre con ese resentimiento inimitable de las exesposas—. De todas maneras, el grueso del patrimonio está en las peluquerías. Esto en realidad solo es un hobby. Uno de sus muchos hobbys.

El abogado planteó sus objeciones.

Se encaminaron hacia la salida. Según salía por la puerta, la mujer de Takeshi me miró.

—Toma nota, Satoru. No tomes nunca una decisión importante, de las que te cambian la vida, en función de una relación. Es como pedir una hipoteca por una casa de bizcocho. Acuérdate.

Y se fue.

Pensé en lo que había dicho mientras ponía un disco de Chet Baker. Una trompeta sin ninguna prisa por llegar a ningún lugar, y con todo el día para llegar allí. Y su voz, un murmullo zen en un tenue vacío. My funny valentine, you don’t know what love is, I get along without you very well.

Sonó el teléfono. Un Takeshi histérico. Y otra vez borracho.

—¡No les dejes entrar! ¡No dejes entrar a esa vaca loca!

—¿A quién?

—¡A ella! ¡A ella y a esa escoria de abogado, esa sanguijuela traicionera que debería estar representando mis intereses! ¡Quieren arrancarme los testículos con una cuchilla de carnicero! No les dejes mirar los discos —no les dejes mirar las cuentas —, es ilegal —y esconde el original de serie limitada de Louis Armstrong. Y el disco de oro de Maiden Voyage. Métetelo en los calzoncillos o donde sea, y…

—¡Takeshi!

—¿Qué?

—Me temo que ya es un poco tarde.

—¿Qué?

—Ya han venido. Solo un momento, para que el abogado pudiera echar un vistazo al local. No han mirado las cuentas, no han tasado nada.

—Ah, genial. Estupendo. Maravilloso. Qué absoluto desastre. Esa mujer es el mal de las vacas locas con patas… Y menudas patas…

Y colgó.

La luz murmuraba difusa. Las sombras de los tallos y las ramas se mecían con extrema ligereza contra el muro de atrás. Me acordé de aquella vez, hace muchos años, en que dos o tres de las chicas de Mamasan me llevaron a pasear en barca al lago. Uno de mis primeros recuerdos.

Tu lugar evita que te vuelvas loco, pero no que te sientas solo.

¿Qué iba a hacer ahora? Me remangué la camisa y me miré el antebrazo. Ahí estaba la serpiente que Tomoyo me había dibujado la tarde anterior con un bolígrafo azul. Le pregunté que por qué una serpiente y se echó a reír como si fuera un chiste que yo no hubiera pillado.

Dos pensamientos se introdujeron en mi cabeza.

El primero decía que no nos habíamos acostado porque el sexo habría cerrado la entrada que teníamos detrás y abierto la salida que teníamos delante.

El segundo pensamiento me dijo con toda claridad lo que tenía que hacer.

Tal vez la mujer de Takeshi tuviese razón, tal vez fuese peligroso basar una decisión importante en lo que sientes por una persona. Takeshi siempre lo dice también. El precio de cada polvo, dice, se multiplica por cuatro a la mañana siguiente. ¿Pero quiénes son Takeshi o su mujer para darle lecciones a nadie? Si no es el amor, ¿qué es entonces?

Miré la hora. Las tres en punto. Tomoyo estaba a miles de kilómetros de distancia y todo un huso horario. Podía dejar algo de dinero para pagar el coste de la llamada.

—Que puntería —contestó, como si le estuviese llamando desde la cabina de la esquina—. Estoy deshaciendo el equipaje.

—¿Me echas de menos?

—Un poquito, quizás.

—¡Mentirosa! No pareces muy sorprendida de oírme.

Oí la sonrisa en su voz.

—Porque no lo estoy. ¿Cuándo vienes?

Y entonces hablamos del vuelo que podría coger, de dónde iríamos, de cómo arreglaría las cosas con su padre, de lo que podría hacer para no fundirme los escasos ahorros que tenía. Jamás he vuelto a sentirme tan cerca del Paraíso.