España Libre

Albert Camus · Capítulo 1 de 1 · parte 1/3

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

¡ESPAÑA LIBRE! *

(ARTÍCULOS, DISCURSOS Y DOCUMENTOS SOBRE EL

PROBLEMA ESPAÑOL)

Albert Camus

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

1913. – 7 de Noviembre. Nacimiento de Albert Camus en Mungovi (Argelia).

1930. – Cae gravemente enfermo atacado de tuberculosis.

1932. – Hace sus estudios superiores en la Facultad de Letras.

1934. – Ingresa en el Partido Comunista.

1935. – Obtiene el título de Licenciado en Filosofía y Letras.

1935. – Se ocupa del Hogar de la Cultura, en cuyo seno funda el Teatro del Trabajo, donde actúa como autor, compositor y escenarista.

1936. – Viaja por Austria, Praga e Italia.

1936. – Ruptura definitiva con el Partido Comunista.

1936. – Obtiene el diploma de Estudios Superiores sobre Neo-Platonismo y Pensamiento Cristiano.

1937. – Por razones de salud pasa una temporada reposando en Italia.

1937. – Se instala en Alger. Es nombrado profesor en Sidi-Bel-Abbés, pero no acepta.

1938. – Hace su entrada en el periodismo en “Alger Republicano”, ocupando todas funciones, desde la crónica literaria al editorial.

1939. – Se presenta a filas y es rechazado por el Consejo de Revisión.

1940. – Es expulsado de Alger. Se traslada a París donde entra en calidad de Secretario de Redacción en “París Soir”.

1941. – Éxodo, con “París Soir”: Clermont-Ferrand, Burdeos, Lijon.

1942. – Regreso a Francia, donde entra en el Movimiento de Resistencia

“Combat”.

1944. – Es nombrado Redactor-Jefe de “Combat”, periódico clandestino.

1952. – Ruptura con Jean Paul Sartre.

1952. – Camus dimite su cargo en la U. N. E. S. C. O., como protesta por el ingreso en su seno de la España franquista. Insurrección en Berlín Este.

Camus toma posición a favor del Movimiento.

1956. – Insurrección en Hungría, sofocada por el Ejército motorizado ruso.

Camus invita a los intelectuales europeos a que alcen recurso ante la O. N.

U.

1957. – Le es concedido el Premio Nobel de Literatura.

1960. – 4 de Enero. Muerte de Albert Camus en un accidente de automóvil.

OBRAS DE ALBERT CAMUS

1936. – La revólte dans les Asturies. Obra teatral. Editorial Charlot.

1937. – L’Envers et l’Endroit, ensayos. Editorial Charlot.

1938. – Noces, ensayos. Editorial Charlot.

1942. – L’Etranger, narración. Editorial Gallimard.

1942. – Le Mythe de Sissiphe, ensayos. Editorial Gallimard.

1943. – Lettres à un ami allemande (publicado clandestinamente). Editorial Gallimard.

1944. – Caligula (obra teatral en 4 actos). Editorial Gallimard.

1944. – Le Malentendú (obra teatral 3 actos). Editorial Gallimard.

1945. – Remarques sur la revolte et l’existence, estudios. Editorial Gallimard.

1947. – La Peste, narración. Editorial Gallimard.

1948. – L’Etat de Siège (obra teatral que la sitúa en España). Editorial Gallimard.

1950. – Les Justes (obra teatral en 5 actos). Editorial Gallimard.

1950. – Actuelles, I, crónicas. Editorial Gallimard.

1950. – Le Minotaure, ensayos. Editorial Charlot.

1951. – L’Homme Révolté, ensayos. Editorial Gallimard.

1953. – Actuelles, II, crónicas. Editorial Gallimard.

1954. – L’Eté, ensayos. Editorial Gallimard.

1956. – La Chute, narración. Editorial Gallimard.

1957. – L’Exil et le Royaume, novelas. Editorial Gallimard.

1957. – La Paine Capitale, en colaboración con Koester. Editorial Calman-Levy.

1958. – Discurs de Suède al recibir el Premio Nobel. Editorial Gallimard.

1958. – Actuelles, III, crónicas. Editorial Gallimard.

1962. – Carnets, I, (diario). Editorial Gallimard.

1962. – Carnets, II, (diario). Editorial Gallimard.

1965. – Ouvres completes, dos grandes tomos en la colección de Inmortales de “La Pléiade” de la Editorial Gallimard.

Ha hecho numerosas adaptaciones teatrales de Calderón, Lope de Vega, Faulkner, Dostoivski, etc., que se representan en las escenas de muchos teatros en el mundo.

Una cantidad considerable de artículos en “Combat”, como editorialista, antes y después de la Liberación y en diversos periódicos y revistas, así como infinidad de discursos, prólogos de libros, etc., mucho de ellos inédito como la mayor parte de los textos que presentamos a los lectores en el presente libro.

ALGUNOS DE LOS ESTUDIOS CONSAGRADOS A LA VIDA Y A LA OBRA DE ALBERT CAMUS

Maurice Blanchot: Le Mythe de Sissyphe et le Roman de l’Etranger, 1943.

Editorial Gallimard.

Jean Paul Sartre: Explication de l’Etranger, 1943. Editorial Gallimard.

Louis Thorens: A la Recontre d’Albert Camus, 1946. Editorial Bruselles.

André Rousseaux: Albert Camus et la philosophie du Bonheur, 1949.

Editorial A. Michel.

Walter Strauss: Albert Camus Caligula, 1949. Editorial Cambritge.

Varios: “Espirit”, número especial dedicado a Camus, 1950.

Robert de Luppé: Albert Camus. Editorial du Temps Présent, 1951.

Roger Quilliot: Albert Camus; la mer et les prisons, 1956. Editorial Gallimard.

Esta obra importante contiene una bibliografía completa de todas las traducciones de las obras de Camus a otros idiomas.

C. Cl. Brisville: Camus, 1959. Editorial Gallimard.

Albert Maquet: Albert Camus ou l’invincible eté, 1956. Editorial Debresse.

M. Bjustrom: Albert Camus, 1958. Editorial Stockholm.

Henry Bonnier: Albert Camus ou la force d’étre, 1959. Editorial Vitte.

Gabriel Marcel: L’heure théatrale, 1959. Editorial Plon.

Robert Champigny: Sur un héros païen, 1959. Editorial Gallimard.

A. Hourdin: Camus la Juste, 1960. Editorial du Cerf.

Ses amis du Livre: A Albert Camus, 1962. Editorial Gallimard.

Morvan Lebesque: Camus par lui-méme, 1963. Editorial Du Senil.

Casi todas las revistas francesas más importantes le han dedicado números especiales: “Esprit”, “La Table”, “La Monvelle Revue Français”, “Preuves”,

“La Revue de l’Histoire y du Theatre”, etc.

Innumerables artículos y estudios en periódicos, revistas y toda clase de publicaciones. Existen varios discos en los que Albert Camus mismo, Dominique Blanchar, María Casares, Michael Bouquet y Serge Regiani, recitan extractos de sus obras.

ALBERT CAMUS**

La muerte trágica de Albert Camus nos ha dejado perplejos y ha sembrado la consternación en la parte más esclarecida de la sociedad contemporánea.

A pesar de las divergencias que entre algunos conformistas suscitaba su actitud indomable contra todos los totalitarismos, su desaparición ha producido un clamor unánime de desconsuelo.

Un accidente trivial y estúpido nos ha arrebatado una de las inteligencias más extraordinarias del siglo, cuando estaba en plena madurez y en disposición de enriquecer una obra ya excepcional.

Con la muerte de Albert Camus tenemos la sensación de que el mundo ha quedado huérfano. Su presencia nos hacía sentir la seguridad de que no estábamos solos; que estábamos protegidos y acompañados por él a todas horas. Toda una generación que ha sufrido en sus carnes los horrores de la guerra, de los campos de exterminio, de las torturas policíacas, de las persecuciones y del exilio, tenía en él su más puro exponente y su defensor más apasionado.

El enorme peso de su prestigio universal y de su extraordinaria personalidad de periodista, de autor dramático, de novelista y de ensayista, lo ponía ardientemente al servicio de todas las causas nobles, de todos los pueblos sojuzgados por las dictaduras, de todos los oprimidos por el colonialismo, de todos los rebeldes perseguidos. En cualquier parte del mundo en que se cometiera una injusticia y un atropello, Camus era uno de los primeros en denunciarlo y en hacer la cálida ofrenda de su fraternal solidaridad. Su prosa escueta y luminosa tenía siempre un eco resonante en grandes masas de opinión y una audiencia indiscutible en los espíritus más claros y rectos de nuestro tiempo.

“No hay nada que justifique el crimen y la injusticia”, -decía- y su conciencia pura se rebelaba desesperadamente contra el fascismo español, contra las abominables masacres de Budapets, contra la guerra de Argelia, contra las persecuciones y contra la mentira. En mítines, en conferencias, en artículos y hasta en obras teatrales como “La révolte des Asturies” y “L’Etat de Siege”, sonaba su voz generosa. Su pluma y su palabra estaban siempre prestas para apoyar todas las campañas humanitarias y todas las protestas justas.

Con el viejo libertario Andre Breton y Jean Paul Sartre fue uno de los animadores de la escuela existencialista hoy adulterada por una bohemia, moralmente cochambrosa, pero en su iniciación tuvo grandes resonancias en las juventudes intelectuales del mundo, que adoptaron a Camus como inspirador y guía. El mismo Sartre del que se hallaba separado desde la adhesión de éste al comunismo hasta los sucesos sangrientos de Budapets, ha dicho que Camus encarnaba la historia de Francia y del siglo.

Su aparente retiro en la última época, que algunos escritores suspicaces le reprochaban, no era tal. Después de obtener la más alta consagración universal con el premio Nobel a los 44 años, ha seguido luchando por la justicia y la verdad. En el libro que hoy ofrecemos a los lectores hay

escritos suyos recientes y, por si esto no bastara, sus frecuentes viajes a Argelia, para gestionar indultos y aliviar la suerte de procesados y condenados, demuestran que Camus no había abandonado su misión humanista.

El contacto con viejos militantes anarquistas durante su epopeya de

“Combat” lo marcó para el resto de su corta vida y ha esmaltado todas sus obras con influencias de esa elevada concepción. En “L’Homme revolté”, que es el ensayo histórico y filosófico más logrado que se ha escrito en los últimos decenios, todos los problemas sociales y humanos son examinados de una manera profunda y torturante, para arrojar luz sobre ellos y perfilar las condiciones necesarias que posibiliten soluciones a la honda crisis en que se debate el mundo actual. ¡Lástima grande que su pérdida nos haya privado de otras obras más completas y maduras que sin duda nos habría ofrecido!, pues una promesa representaba su declaración: “Mi obra está aún por hacer”.

Asociado a nosotros los españoles por las ideas y por la sangre, -su madre era española de Baleares- con nosotros ha sufrido la tragedia de nuestra derrota, el calvario de nuestra emigración y el dolor inmenso de nuestro pueblo. Y con nosotros ha alentado los fugaces resplandores de nuestras esperanzas.

Siempre a nuestro lado ¡y de qué manera!

En las páginas que siguen -entre tantas- hay un acta definitiva de acusación al franquismo y un mensaje ardiente de estremecida adhesión a la España libre.

Que hable Camus para todos y especialmente para ejemplo de esas nuevas promociones intelectuales de España, bastante desorientadas, tímidas y vacilantes, que parecen ignorar este aspecto de Camus que es el que más lo dignifica y engrandece.

NUESTROS HERMANOS DE ESPAÑA

En esta guerra europea que comenzó en España hace ocho años, no podrá terminarse sin España. En la Península se notan síntomas de agitación. De nuevo la voz de los republicanos españoles se manifiesta por las ondas. Ha llegado la hora de que volvamos nuestra mirada a ese pueblo sin par, tan grande por su corazón como por su altivez, cuyo mérito no ha disminuido ante la faz del mundo, desde la hora desesperada de su derrota.

Al principio de esta guerra ha sido elegido el pueblo español para ofrecer a Europa el ejemplo de las virtudes que debieron haber logrado su salvación.

A decir verdad, fuimos nosotros y nuestros aliados quienes lo elegimos para ello.

Por esto es por lo que muchos de nosotros, desde 1938, jamás hemos pensado en ese país fraternal sin experimentar una secreta vergüenza.

Vergüenza por partida doble: primeramente por haberle dejado morir solo y segundo, cuando nuestros hermanos, vencidos con las mismas armas que habían de aplastarnos a nosotros más tarde, han reclamado nuestra ayuda les hemos ofrecido los gendarmes para guardarlos a distancia. Los que llamábamos entonces nuestros gobernantes inventaron pretextos para esta dimisión. Según los días aplicaban la “No-intervención” o el “realismo político”. ¿Qué podía pesar ante estos términos imperiosos el pobre concepto del honor?

Pero ese pueblo, que encuentra tan naturalmente el lenguaje de la grandeza, apenas se despierta de seis años de silencio en la miseria y la opresión, se dirige a nosotros para liberarnos de nuestra vergüenza. Como si comprendiera que era él el llamado ahora a tendernos la mano. Ahí lo tenemos enteramente en su generosidad, sin pena ni dificultades, encontrando con justeza lo que precisaba decir.

Ayer en la radio de Londres sus representantes han dicho que el pueblo francés y el pueblo español tenían en común los mismos sufrimientos; que los republicanos franceses habían sido castigados por los falangistas españoles, así como los republicanos españoles lo habían sido por fascistas franceses y que, unidos por el mismo dolor, esos dos países debían estarlo mañana en el disfrute de la libertad.

¿Quién de nosotros puede ser insensible a ese gesto? ¿Y cómo no proclamar aquí, tan alto como sea posible, que no podemos volver a incurrir en los mismos errores y que los españoles son merecedores de nuestro reconocimiento y de nuestra ayuda para liberarse a su vez? España ha pagado ya el precio. Nadie puede dudar que ese pueblo ardiente está dispuesto a volver a empezar la sangría. Corresponde a los Aliados el

evitarlo, economizando esa sangre tan pródiga y ofreciendo a nuestros camaradas españoles la República por la cual tanto han luchado.

Ese pueblo tiene derecho a la palabra. Que se le dé, siquiera sea un momento y se elevará en una sola voz para gritar su desprecio al régimen franquista y manifestar su pasión por la libertad.

Si el honor y la fidelidad, si la desgracia y la nobleza de un gran pueblo son razones que justifican nuestra lucha, reconozcamos que ellas rebasan nuestras fronteras y que, nosotros mismos, no nos podremos considerar victoriosos en tanto que esos principios sean hollados en la España dolorida.

Combat, 7 de septiembre 1944.

LOS REFUGIADOS ESPAÑOLES

En estas mismas columnas hemos expresado ya lo que debemos a nuestros camaradas de España. Creíamos de nuestro deber que eso debía ser dicho, porque ellos habían sido los primeros en entrar en ese silencio que las doctrinas fascistas han iniciado en 1938 a hacer pesar sobre Europa.

Seguimos pensando que nuestra lucha es la suya y que, nosotros, no podemos ser felices ni libres mientras que España siga esclavizada y martirizada.

Por estas razones nos produce sorpresa el trato que se aplica a hombres que han merecido siempre la libertad. Cuando hablamos de los españoles es porque los conocemos bien. El trato que se les dispensa no es digno y nosotros queremos unir nuestra protesta a la de la Comisión de Justicia del C. N. R., ante el Ministro responsable.

¿Qué sucede? ¿Se pretende, por el simple juego de cualquier reglamento, concentrar de nuevo los republicanos españoles en un cuartel de París o de evacuarlos hacia provincias donde se encontrarán sin medios de ganarse la vida?

Antes de nada quisiéramos refrescar la memoria de los faltos de imaginación. En 1938 los que calificamos de refugiados, nombre que entonces ignorábamos el sentido aplastante que habría de tener más tarde para nosotros, fueron, en su mayoría, encerrados en campos de concentración. Durante la guerra hicimos de ellos trabajadores forzados.

El régimen de Vichy superó ese innoble proceder, exigiendo de esos hombres la sumisión o la muerte. Los trabajadores españoles debían trabajar para Alemania o ser entregados a España. Una buena parte de ellos ganaron el maquis y se batieron por nuestra libertad que, con una obstinación digna de mejor suerte, pensaban que era batirse por la suya. Otros, en las ciudades se procuraron falsa documentación lo que les permitió escapar al control de los alemanes y el resto ha trabajado para los ocupantes.

Hoy se pone orden en todo eso. Es decir que los republicanos que gracias a los certificados alemanes, falsos o verdaderos, tienen su situación regularizada son concentrados en el cuartel Kellerman o rechazados a otros

departamentos. En cuanto a los combatientes del maquis son los que, justamente, se encuentran en la más irregular de las situaciones, ya que no solicitaron acogerse al orden alemán. Pueden, por consiguiente, ser detenidos en cualquier momento.

Hace seis años que dura esa vida. Para esos hombres no ha habido solamente la derrota y el exilio. Han sufrido también seis años de humillaciones y de decepciones. Sabemos el mal que ha hecho cierta propaganda en el espíritu de algunos franceses. Y por esto queremos proclamar muy alto que esos hombres nos han dado los primeros un gran ejemplo de coraje y de dignidad y que somos nosotros los que habríamos de sentirnos orgullosos de tenderles la mano.

Lo único que se opone a ese sentimiento elemental es de orden administrativo. Pero el problema que se nos plantea no es de orden administrativo. Es un problema de corazón. Y si los reglamentos administrativos no corresponden a esas exigencias profundas, el problema es simple: hay que cambiar los reglamentos antes que modificar lo más mínimo la deuda de reconocimiento que tenemos hacia España.

Ayer pensábamos en esto a la salida de una proyección de “Sierra de Teruel”, el film emocionante de Malraux sobre la guerra de España.

Habríamos deseado que todos los franceses vieran el rostro de ese combatiente y de ese pueblo sin igual unidos en el mismo heroísmo y en el mismo sacrificio. Para que podamos merecer el título de gran nación es preciso que sepamos reconocer la grandeza y saludarla donde se encuentre.

No puede existir una persona digna de ese nombre que ayer no hubiera sentido su corazón oprimido anta las imágenes de esta lucha de antemano desigual, pero jamás resignada.

Sabemos muy bien que no se puede a la vez recibir al embajador de Franco y rendir justicia a los hombres que él ofende. Pero nosotros declaramos que hay que elegir. No es posible eludir un deber imperioso so pretexto de reglamentos absurdos. Si las oficinas se obstinan en ignorarlos, entonces sería necesario destruir las oficinas a fin de evitar que nos coloque en la situación miserable de un país que exalta la República y la libertad persiguiendo a los más grandes y sinceros de sus defensores.

Combat, 5 de octubre 1944.

LA SITUACIÓN ESPAÑOLA

Franco continua en el poder. Espera seguir en él y, no consiguiéndolo con sus amigos tradicionales, trata de hacerlo con el apoyo de las democracias.

Habla de la España falangista como de una “democracia orgánica”, y ha tenido la idea de un “bloque católico”, en el que España sería participante.

Con ello cree hacer bastantes concesiones para reclamar un puesto en la Conferencia de la Paz. Ha pretendido que las naciones que han sabido mantenerse en paz han de ser consideradas más aptas para entender en los problemas que plantee la paz misma.

Simultáneamente se iniciaban relaciones para formar un Gobierno de transición. El mismo Franco se ha ofrecido, en vano hasta ahora, al partido monárquico, mientras en París, Miguel Maura se decía mandatario de los republicanos españoles para entrar en contacto con el Caudillo.

Frente a Franco están los republicanos españoles y los Aliados, que han adoptado una actitud ambigua y se relacionan diplomáticamente con España. Monseñor Spelmann utiliza su crédito en favor de Franco, y los conservadores británicos esperaron las proposiciones del dictador para negarle todo derecho moral a participar en la Conferencia de la Paz.

Al mismo tiempo los Aliados favorecen la oposición republicana. La noción de democracia falangista sólo halló en ellos un eco de incredulidad. Y se deja que la Prensa y ciertas personalidades subrayen que España no estuvo nunca en paz, ya que por su no-beligerancia ha retenido divisiones francesas en su frontera, ha combatido contra Rusia y aprovechó la difícil situación de Inglaterra para modificar por un golpe de fuerza el Estatuto de Tanger.

Diversas fracciones de opinión republicana-parlamentaria, movimientos de izquierda republicana y, sobre todo, organizaciones sindicales, C. N. T.-U.

G. T., niegan a Unión Nacional el derecho de hablar en nombre de todos. La principal razón que aducen es la presencia en la O. N. U., de hombres del antiguo régimen que tienen algo que ver en la represión de Asturias en 1934.

En todo caso hay más probabilidades de que la unión de los republicanos se haga en torno a Indalecio Prieto, que está en México. Todo esto no impide que los republicanos preparen al unísono la caída del régimen franquista y que se asombren de la incertidumbre de la política Aliada.

Como se ve todavía hay Pirineos. Si hemos de desear que no los haya, habremos de convenir que no será posible hasta el día en que España, sea nuestra amiga. Preguntan algunos lectores el motivo que tenemos para dar esta interpretación a los asuntos de España. Es preciso tomar partido en ciertos casos; y si Francia se ve obligada hoy a guerrear contra el fascismo, ha de hacerlo totalmente o no hacerlo. Queremos que nuestras informaciones sean objetivas; pero en un problema en que el honor de los pueblos libres coincide con el interés de Francia, no debemos permanecer neutrales.

No tenemos por qué intervenir en los asuntos de España. Creemos incluso que los republicanos españoles han de calibrar el momento oportuno para actuar con seguridad. Pero también sabemos que una presión política Aliada bastaría para apresurar la caída de Franco y evitar que se derrame la sangre de uno de los pueblos más generosos de Europa. Y sería una cobardía no hacer lo posible para evitarlo.

Nada perdería Francia. Los únicos amigos que tenemos en España son los republicanos. Pero son los más en número. Entre estos hay seiscientos cuarenta mil que no olvidaremos jamás. Hace seis años que viven desesperadamente en las prisiones franquistas. Los españoles han conocido, como nosotros, la desgracia de luchar sin esperanza. Ellos y nosotros hemos entrado en una comunidad espiritual y cordial que no se eclipsará jamás. No queremos amistades de las que no podamos sentirnos honrados y esta amistad con España nos honra tanto como nos obliga. Francia republicana no puede tener dos políticas, puesto que no tiene más que una palabra.

Combat, 21 de noviembre 1944.

VIVENCIA DE LA REPÚBLICA ESPAÑOLA

Algunos periódicos anunciaron ayer, con exagerada precipitación, la dimisión del general Franco. En materia de información no hay que ceder a sus deseos y fundarse previamente en la autenticidad. Anoche en un despacho, la Agencia Reuter declaraba estar autorizada para desmentir el acontecimiento. El general Franco no había dimitido, estaba de caza.

Es evidente que el régimen falangista no queda reducido a la Península ni es menos evidente que Francia no puede desinteresarse de ese problema. Ya hemos expresado con qué espíritu y con qué corazón nos pronunciamos por la República española. En estos momentos en que se plantea para España el problema de su forma de Gobierno, quisiéramos añadir algo más a nuestros argumentos.

La actual situación de España nos recuerda en muchas cosas nuestra propia situación. Pero la gran diferencia consiste en que España ha conservado un Gobierno constitucional. El Gobierno republicano de Francia abdicó ante Vichy y los alemanes en 1940. Remitió sus poderes y renunció a todos sus derechos. Al contrario, la República española no ha dejado de existir jamás en derecho. Fue desposeída por la fuerza, pero para todo espíritu democrático su existencia legal sigue en pie.

El resultado es que teóricamente España no tendrá necesidad de realizar una revolución para constituir su Gobierno. Este existe y espera la oportunidad de normalizar su actividad. Constitucionalmente bastaría que el señor Martínez Barrios, Presidente de las Cortes, actualmente en México, volviera a Madrid y constituyera el nuevo Gobierno, para que la República española fuera de hecho lo que jamás ha dejado de ser de derecho.

Si es verdad que esta guerra es la guerra de las democracias, la conclusión es fácil de establecer. Para nosotros solo debe existir un Gobierno español: el resultante de un voto popular regular, único soberano en lo que afecta a los asuntos de la Península. Si es verdad que esta guerra es la de las democracias Franco no ha existido jamás y nosotros debemos ignorarlo.

Ese es el principio que afirmamos y que defenderemos siempre. Lo natural sería que el señor Churchill, que ayer declaró su preferencia por los gobiernos regulares, adoptara este punto de vista. El día que todos los Aliados reconocieran a la faz del mundo que el Gobierno republicano español es el que realmente representa a España, ese día se disiparían las dudas, se acabaría al malestar y la liberación de España no se haría esperar.

Pero sobre este problema capital es necesario también que los republicanos españoles nos ayuden. Pueden hacerlo, dando cuerpo, lo más rápidamente posible a ese Gobierno legal que se trata de hacer reconocer por el mundo.

Pueden hacerlo reuniendo las Cortes sin más dilaciones y reclamando de los Aliados el respeto y la consagración de la legalidad constitucional.

La República española no está por construir. Existe. Ha sobrevivido a la derrota, pues ha tenido la dignidad de no aceptarla jamás. Le falta, con su esfuerzo y con el de sus amigos, el ocupar la plaza que le corresponde,

ofreciendo al pueblo español esa justicia y esa libertad que no ha dejado nunca de merecer.

Combat, 10 de diciembre 1944.

¡CONCIENCIA!

No habrá Europa en tanto que haya Franco; tal es, al menos, mi opinión.

Porque no hay unidad posible allí donde la conciencia está desgarrada. Y

gran ofensa a la conciencia europea es el mantenimiento de una dictadura ilegal y sangrienta por las mismas naciones que pretendían y pretenden todavía luchar contra las dictaduras.

Los Estados Unidos quieren oponerse al comunismo sosteniendo a Franco.

Pero todos los que conocen España saben que el comunismo nunca ha tenido en ella ninguna posibilidad real. El país de la sensualidad y del orgullo no podía acoger profundamente una doctrina en que la razón es deificada y el individuo sometido al proceso histórico. Desde hace tiempo, sin embargo, el mantenimiento cínico de Franco y el trastorno que su

impunidad ha producido en las conciencias ha permitido que el comunismo tenga una posibilidad en España: esta se llama “State-Department”.

Por lo demás, para quien no nos ocupamos de estrategia, el problema se plantea de otra manera. Si no hay libertad no hay porvenir ni reposo posibles para cierto número de europeos, entre los que me cuento, en tanto que el más orgulloso de los pueblos sea mantenido en esclavitud y en tanto que el honor se concierta es escarnio en la misma tierra en que ha nacido.

C. N. T. , 1944.

FRANCIA NO QUIERE NADA CON FRANCO

España se aleja. Hasta nosotros llegaban numerosos rumores. Ahora parece que todo ha entrado en la normalidad, lo que quiere decir, desgraciadamente, que Franco sigue todavía.

En realidad, las cosas son simples. El régimen falangista ha durado tanto como el de Hitler. Hace algunos meses Alemania estaba en pleno desastre y el régimen de Franco también. Alemania reacciona estas últimas semanas y el Gobierno hitleriano de España se fortalece. Esta comunidad en la desgracia o en la esperanza, este diapasón político, esta misma curva de temperatura, debería iluminar a mucha gente de incurable ceguera.

Durante este tiempo, los medios de la emigración republicana tratan de definirse para actuar. El Parlamento español se ha reunido en México y al doctor Negrín se le ha prohibido hablar en Londres. Es verdad que ha tenido la incalificable audacia de afirmar que España no deseaba ninguna intervención Aliada y que sólo deseaba que cesara el apoyo diplomático que las Naciones Unidas prestan a Franco. Evidentemente tal actitud ofendía el buen sentido.

Hay que creer, no obstante, que el señor Negrín tenía razón, ya que Francia parece mezclarse ahora en el asunto. Se nos dice que el señor Mateu llega el miércoles a París con rango de Embajador de España falangista, cerca del Gobierno francés. El señor Mateu, que posee grandes intereses en la Sociedad Hispano-Suiza, cuyas referencias alemanas son bien conocidas, era el hombre de la situación. Pero si esto resulta verdad, diremos claramente que si él puede ser el personaje más digno para representar a un general, al servicio de los alemanes, no puede serlo para estrechar la mano de otro general que siempre ha estado al servicio de Francia y de la libertad.

La República francesa no tiene nada de común con la dictadura de Franco.

Puede que sea justo el que no debamos intervenir en España. Pero el hecho de establecer relaciones diplomáticas aceptando a su representante y reconociendo la fuerza y la injusticia es una intervención. Nosotros tenemos otras tareas. Y si no somos capaces de borrar la vergüenza insoportable del Gobierno de Vichy, entregando a Companys y a otros muchos a los fusiles de la Falange, sepamos al menos callarnos y guardar la más neutra de las actitudes. Eso no representará un honor para nosotros, pero nos evitará una indignidad.

Se nos objetará que hablamos de España con demasiada pasión. Sí, hablamos con pasión, pero hablamos también de justicia con pasión. Ante tanta tontería y tanta crueldad; ante la ceguera de los grandes y su política mezclada con sangre; ante tantos países sometidos a sangrientas y ridículas

dictaduras ¿cuál es el hombre que puede hablar sin un estremecimiento de cólera y de pasión? Se nos dirá que existen poderosas razones que aconsejan el mantenimiento de relaciones con Franco. Pero nosotros no reconocemos otras razones que la palabra recta y la libertad del hombre.

¿Qué Razones pueden existir para que estrechemos la mano de un hombre que ha sido el cómplice de todo lo que hemos odiado y combatido?

Si América e Inglaterra no son capaces de juzgar una humillación que no han sufrido, sufrimientos silenciosos que les han sido ahorrados, por nuestra parte no podemos ignorarlos.

Somos los únicos en la Europa libre que podemos hablar alto. ¿Qué se espera para declarar terminantemente que no reconocemos al general Franco, que no lo reconoceremos jamás; que sólo se reconocemos al Gobierno constitucional español, que se reúne en la legalidad y en la esperanza? La pasión se funde aquí con la razón y la verdad. Y no pondremos nunca la pasión que merece la defensa de una causa en las que nuestra razón y nuestra verdad están tan profundamente comprometidas.

Combat, 7-8 de enero de 1945.

EL ÚLTIMO GOBIERNO HITLERIANO

La Comisión de Negocios Extranjeros de la Asamblea Consultativa Francesa acaba de pedir la ruptura de relaciones diplomáticas con Franco.

Por otra parte, Francia e Inglaterra se proponen revisar el Estatuto Tanger, que el dictador español había modificado unilateralmente en plena guerra, según sus procedimientos. He aquí nuevamente planteada la cuestión española.

Evidentemente habría resultado extraño que no se planteara ese problema.

En esta hora en que los hombres libres del mundo celebran la derrota del fascismo, era necesario denunciar la paradoja que resulta de que la Península Ibérica entera esté sometida todavía al régimen fascista, en medio de un mundo que parece encontrarlo natural.

Por lo tanto el problema es bien claro. Nadie puede ignorar que si Franco continua en el poder es por voluntad de los Aliados. Si los países vencedores suprimieran todas sus relaciones con la España franquista, el régimen falangista tendría sus días contados. No es ningún misterio para nadie que la economía de ese régimen depende de los Aliados. Si se prolonga su existencia es porque no se hace lo necesario para que sucumba.

Y ahí está lo grave. Los Gobiernos Aliados, el francés entre ellos, se arriesgan a no ser comprendidos por los millones de hombres que han combatido por el principio mismo de la libertad. Se arriesgan a que se acredite la idea de que prefieren una dictadura, que está a merced de ellos, a una República que no sería de su gusto. En tal caso estarían en contradicción con los hombres que han pensado siempre que el fascismo debía ser destruido allí donde existiera, hasta su último reducto, comprendido el español.

Al menos no se exponen a estar en contradicción con ellos mismos, ya que lo están claramente desde ahora. No hay una sola línea de los discursos pronunciados durante el curso de esta guerra por los Jefes Aliados que no esté desmentido por la existencia misma del régimen franquista, ya que existe todavía ese rincón del mundo en que el espíritu mediocre y de crueldad triunfa; en que se fusila a pesar de las intervenciones francesas oficiales; en que se mantiene en prisión, desde hace muchos años, por crimen de esperanza a centenares de miles de combatientes. No es preciso que recordemos de nuevo lo que esos combatientes representan para nosotros. Parece evidente que los diplomáticos a pesar de tantas hecatombes, no han variado nada de sus costumbres. En apariencia son sordos que no quieren oír.

Pero si los gobiernos aceptan fácilmente esas contradicciones, los pueblos no pueden aceptarlas hoy. Han pagado un pesado tributo por sus principios para resignarse a acomodarlos a una política de compromiso. Los mismos que rechazaron Munich y a los alemanes rechazan a Franco. Si es evidente que una guerra total debía desembocar en una victoria total, hay que declarar que nuestra victoria no será completa en tanto que España continúe esclava. La paciencia puede tener sentido en los despachos, pero no puede tenerlo para los que sufren en las prisiones de España, ni para los que acaban de vivir la interminable impaciencia de la derrota y de la servidumbre. Los pueblos comienzan a estar fatigados de la diplomacia secreta y reclaman que desaparezca el último Gobierno hitleriano de Europa o que los Aliados digan clara y limpiamente las razones de su indulgencia.

Combat, 27 de mayo 1945.

COREOGRAFÍA

Los asuntos no le van mal al dictador Franco. Desde hace tres meses sus relaciones con los Aliados han tomado la forma de un pequeño “ballet”, cuya figura principal se repite monótonamente como un ritornelo popular.

Uno de los Aliados se adelanta y significa al señor Franco que las democracias piensan seriamente en romper con su Gobierno. A su vez el señor Franco se adelanta tres pasos y declara que va a hacer de España el más democrático de los estados. Su intervención es tan ruidosa que ahoga los gritos de los republicanos que caen fusilados en los alrededores de Madrid. Las semanas pasan y en nada se modifica la política del Caudillo.

En ese momento se adelanta otro Aliado y el “ballet” continua.

Sin duda alguna esta insoportable coreografía acaba de adquirir un estilo más cerrado. El embajador de los Estados Unidos en Madrid, Mr. Norman Armour, ha notificado al jefe del Estado español que sus vagas reformas son insuficientes y que sería necesario disolver la Falange. ¿Pero quién ignora que tales advertencias son ilusorias? Aún admitiendo que Franco se incline es bien evidente que sus concesiones son más espectaculares que reales.

¿Qué importaría la disolución de la Falange si sus jefes principales seguirían detentando los puestos claves del país; si su espíritu y sus métodos seguirían predominando en el régimen? Cuando en Francia el Segundo Imperio se declaró liberal bajo la presión de las circunstancias, no perdió su carácter cesarista.

Esa España tan generosamente abierta a los nazis, a los amigos del fascismo y cerrada herméticamente a todos los hombres libres y a sus propios hijos republicanos, es la que aplicará las grandes reformas democráticas del señor Franco. Mr. Norman Armour puede simular un ataque a ese mediocre vástago de los dictadores, pero eso no impedirá que la misión que tiene confiada por Washington constituya un medio para salvarlo.

La suerte de Franco reside en que la ideología pacificadora de las grandes democracias no está a tono con la acción que realizan. Se está en apariencia contra los principios, pero en buena disposición para tratar sobre buenos negocios materiales. Y esto resta mucha fuerza a los principios, pero conserva la condición inodora del dinero. Y a partir del momento en que se olvidan de encarnar y defender los ideales se produce la coexistencia de un idealismo perfectamente vano y un realismo perfectamente deshonesto.

La suerte del señor Franco consiste en que las Naciones Unidas le echan en cara su indignidad y al mismo tiempo se muestran dulces y conciliadoras para obtener acuerdos económicos. Eso resulta poco serio. Nuestro ministro de Asuntos Extranjeros prepara a su vez un importante tratado comercial con España, lo que da a las declaraciones del señor Paul Boncour en San Francisco un eco singularmente falso.

Se nos dirá que no tenemos nada que ver con el régimen de un país extranjero. En efecto, nosotros no tenemos por qué imponer ni formas de Gobierno ni formas de constitución, pero podemos y debemos rechazar a un hombre y a un régimen que han hecho de España una colonia del Tercer Reitch hitleriano y de la Italia de Mussolini. Podemos y debemos exigirlo por nuestra propia seguridad y, además, para que la moral sea un poco respetada.

Y para concluir: esta Francia, que acaba de salir de su aislamiento, no es exactamente la que nosotros habíamos deseado.

Combat, 7 de julio 1945.

EL FASCISTA Y TORTUOSO FRANCO

“Cuando ruge la tempestad resulta peligroso quedar a la intemperie”.

A los que juzgaran esta máxima de una prudencia elemental, aclaremos inmediatamente que tiene por autor a ese gran místico que reconoce con modestia y lenguaje simple, haber logrado fundir el problema nacional con el problema social bajo un imperio espiritual. Nos referimos al general Franco.

En el desconcertante discurso que acaba de pronunciar el Caudillo, lejos de fijar su mirada sobre la tierra española y los cielos eternos, parece no tener vista nada más que para el extranjero. Esa Rusia que detesta; esa Gran Bretaña de la que espera tanto. Sabe claramente que su suerte será discutida

en Potsdam, y sabe también, que la política extranjera de los conservadores ingleses tiende a mantener las ventajas adquiridas. A las novedades insólitas,

a

las

experiencias

arriesgadas,

Inglaterra

prefiere

indiscutiblemente todo lo que más se asemeja al pasado. Puesto que Inglaterra no ha regateado su apoyo a las monarquías mediterráneas, conviene alinearse en su campo. No podemos apreciar todavía lo que vale ese cálculo ni en qué medida hallará auditores complacientes. Moscú observa una actitud intransigente. Washington queda a la expectativa.

De momento conviene registrar que no se trata de substituir el régimen franquista por una monarquía. El señor Franco se cree con derecho a conceder la realeza como Luis XVIII otorgó la Carta. No manteniéndose él en el Poder, sino, con toda seguridad, manteniendo esa maravilla de Occidente que representa el régimen del cual es el principal artífice. Su discurso a este respecto no deja lugar a dudas. El señor Franco ha dicho muy cuidadosamente: “No se trata de cambiar el Mando de la batalla o de hacer substituciones que el interés de la Patria no aconseja, sino, al contrario, de consolidar el régimen, de asegurar su sucesión ante las vicisitudes de la vida”. Este pasaje de su discurso y el que hace referencia a las seguridades que da a la Falange, son las dos solas manifestaciones de franqueza de su discurso. El resto oscila entre la idiotez y la mala fe.

¿Quieren algunos ejemplos de ello?: “El hombre tiene para nosotros un valor sobrenatural y, precisamente, cuando se le arrebata ese valor se le transforma en un siervo, en un objeto explotado”. Conforme a esta doctrina el señor Franco procura desembarazar a muchos de sus compatriotas de esa horrible vida física -que de tanta solicitud hace objeto sobre todo a los republicanos- para darles, en cambio, con infinita generosidad, la vida sobrenatural en la eternidad.

No, verdaderamente no puede resistirse el asco que produce el uso que se hace de palabras y de valores, como el espíritu, el hombre y hasta la

tradición española. Temblamos ante la idea de que ese inmundo y solapado fascista, con su táctica hipócrita y tortuosa, encuentre medio se salvarse.

Mientras tanto, el pueblo español espera aquí, replegado sobre sí mismo, exiliado, pero sostenido por la esperanza. Sobre todo, no lo olvidemos en este trance.

Combat, 19 de julio 1945.

LEGITIMIDAD

El general Franco ha declarado oficialmente que España no ha reclamado ser admitida en las conferencias internacionales. Es verdad que el comunicado de Potsdam había precisado con anterioridad que no sería invitada, lo que anula el valor de ese rasgo de independencia.

Para ser justos reconozcamos que no solamente el general Franco incurre en contradicciones. Al mismo tiempo que se desarrollaban las reuniones de Potsdam, Sir Víctor Mallet, el nuevo embajador inglés presentaba sus

Cartas Credenciales al dictador español. Y sabemos de buena fuente que las inversiones de capitales americanos se prosiguen en la Península.

De todos modos, el problema español acaba de entrar en su punto culminante. La posición de Franco es muy difícil. Y aún resultaría más difícil si por una mano no se le retuviera mientras que con la otra se le empuja. Pero no comprendemos muy bien cómo ese sostén puede continuar sin el consiguiente escándalo para la moral internacional. Por esto la España franquista busca otros compromisos con tanto afán. Se habla de don Juan, pero es, seguramente, por afición a la leyenda. Informaciones recibidas suponen la formación de un Gobierno militar que prepararía elecciones, aunque mientras tanto se sigue condenando a muerte a muchos españoles republicanos.

Todo eso se comprende, pero volvamos a la lógica del aspecto constitucional del problema. El Gobierno legítimo de España, surgido de una consulta popular, fue eliminado por el golpe de Estado del general Franco. Actualmente está constituyéndose en México. Su legitimidad le viene de las Cortes, que representan la voluntad popular. De la reunión de esas Cortes, poniendo fin a la división de los republicanos, podría salir un nuevo Gobierno, el único que las democracias podrían reconocer, ya que sería el único calificado para proceder a una consulta popular legal. Si esa consulta demostrara que la Monarquía era deseada por los españoles, sería entonces y sólo entonces, cuando la Monarquía podría ser aceptada; aunque esto nos parezca muy dudoso. Pero la primera misión de las democracias consiste en reconocer a ese Gobierno constitucional, en saludar en él el principio de la legitimidad y en auxiliarle para restablecer, en fin, la libertad y el derecho de España.

Llegadas las cosas a este punto, conviene no olvidar que el excluido de los organismos internacionales ha sido Franco y no España. Ese grande y desgraciado país, por la gran lucha que ha sostenido en defensa de la causa

común, por sus grandes y silenciosos sufrimientos, por su nobleza y por su ejemplo, ha conquistado ampliamente su puesto en el seno de la democracia internacional. Ante ella hará oír la voz del honor y de esa justicia en defensa de la cual ha derramado tanta sangre. Es una voz que los franceses comprenderán mejor que nadie, ya que pueden compartir con España los recuerdos en la desgracia y el desgarramiento que produce la libertad perdida.

Combat, 7 de agosto 1945.

ESPAÑA CONTINÚA SIENDO PARA

NOSOTROS UNA HERIDA SANGRANTE

El semanario “España Republicana”

correspondiente al 29 de diciembre de

1945 publicó la entrevista de uno de

sus redactores con Albert Camus que

reproducimos íntegra.

Quedo un poco sorprendido, pues Camus en persona está frente a mí con el teléfono en la mano. Fino, el rostro alargado, los cabellos en desorden y la mirada de una extraordinaria vivacidad en este París de las grandes distancias y de la vida complicada.

Es posible que sea esta vida misma la que ha impregnado a Camus, pues no son sólo sus ojos luminosos, sino también su sonrisa, sus mismas frases y sus manos, siempre en movimiento.

Camus ha tenido una juventud difícil. Para hacer sus estudios ha trabajado en las más diversas profesiones: vendedor de accesorios de auto, comisionista marítimo, burócrata y actor, hasta llegar a su condición actual.

Como tal ha viajado mucho.

Una vida así bastaría para dar personalidad a un hombre, si no llevara en sí su propia luz. Camus ha sido, además, una de las figuras representativas de la Resistencia de Francia.

Como puede ser considerado camarada por todos los españoles, y todos los que sufren al otro lado de los Pirineos pueden llamarle su defensor. Es lo uno y lo otro, con toda cordialidad, con una magnifica espontaneidad, sin la menor afectación.

Los problemas de España son para él problemas propios.

– Esto no es nada extraordinario -nos declara-, mi madre es española, de Baleares.

Camus conoce nuestro idioma, nuestros autores, nuestros grandes problemas de emigrados. Hay muy pocas publicaciones sobre España que, de lejos o de cerca no están más o menos inspiradas por Camus. Es incansable para hablar y escribir en favor nuestro. A pesar de sus muchas actividades aún le queda tiempo y amor para ayudarnos y preparar la edición de nuestros grandes poetas y escritores.

Camus no es solamente un gran escritor que ha triunfado, sino un gran escritor en toda la línea. “Calígula” es la obra teatral que más puede impresionar a un público. “El Extranjero” es uno de los libros que más hacen pensar en nuestros profundos problemas sicológicos. “El Mito de Sísifo” es uno de los ensayos que más pueden iluminarnos sobre los problemas del hombre.

Pero la gran obra de Camus es su cordialidad, nacida, como toda obra de arte, de la comunidad de sentimientos con los hombres. Por ello nuestra charla ha sido extensa y provechosa. Camus, que no es un optimista ve nuestras cosas con una clarividencia que asombra.

– Desde hace nueve años los hombres de mi generación viven la vida de España. Es como una herida que no se cierra. Por España hemos aprendido que puede tenerse toda la razón y ser vencidos. Por ello la guerra de España fue nuestra guerra, pues fue una guerra por la libertad.

Camus se expresa con frases tajante que sus manos subrayan como signos de admiración:

– Aunque muchas de las crueldades de Franco nos hayan llegado a parecer como cosas naturales, después de lo que hemos visto y sufrido los franceses, hay, además, el espectáculo de una justicia sin reparación, el de la pasión de todo un pueblo. Por esto España continua siendo para nosotros una herida sangrante que nos recuerda nuestra equivocación cuando pensamos que la guerra ha terminado, como nos equivocábamos en 1936 al no querer ver que la verdadera guerra comenzaba entonces.

– En lo que hace referencia a España nuestra indiferencia sería menos reprobable si tuviéramos la conciencia más tranquila. Franco mató a García Lorca, pero Francia dejó morir a Machado a la salida de un campo de concentración. Hasta que esa gran injusticia sea reparada los que hemos sufrido tanto por el asesinato de García Lorca y la muerte de Machado, no podremos recobrar la paz.

– Evidentemente tengo razones personales para esto. España es mi segunda patria por la sangre, pues mi madre es española. En esta Europa avara, en este París en que la pasión es tenida por una idea ridícula, la mitad de mi sangre sufre por el exilio de la ha sido impuesto desde hace siete años y aspira a recobrar la sola tierra donde me siento plenamente yo mismo, el único país que sabe vivir una existencia superior al amor de vivir, a la desesperación de vivir.

– Pero no es por reacción personal por lo que España me interesa. Toda la inteligencia de Europa se interesa por España. Parece que Europa se da cuenta de que ese país está en posesión del secreto de una gran aspiración que se esfuerza por alcanzar a través de sus guerras y de sus revoluciones.

– ¿Qué sería de la prestigiosa Europa sin la pobre España? Las síntesis y las fórmulas que el Occidente trata de descubrir, desgarrándose. España

las produce sin esfuerzo, pero no puede comunicarlas sin el drama de sus insurrecciones. Patria de las sublevaciones, sus grandes obras son grandes gritos desesperados hacia lo imposible. Cada una de sus obras acusa al mundo tanto como la glorifica.

– Pero el mundo, que no puede prescindir de España, la ignora de tal manera que apenas si queda lugar para el asombro. ¿Cómo aceptaríamos, si no el recibir de España solamente lo grotesco? Además, no solamente soportamos lo que es grotesco, sino que firmamos con ella tratados comerciales.

Camus sigue hablando con frases sincopadas. En este momento nos recuerda cuando hace poco tiempo lanzaba sus anatemas a los franceses que cambiaban su horror por algunos kilos de naranjas.

– Las gentes realistas nos dicen que eso no nos importa que no es cosa nuestra, que la democracia consiste en no ocuparse de los otros. Pues, bien, ¡no! Nosotros hemos aprendido que la democracia no tiene fronteras y conocemos mejor que ellos las realidades por las cuales hemos combatido. Hemos combatido para que los hombres libres puedan mirarse sin avergonzarse, para que cada uno pueda ser feliz, sin verse forzado a llevar la pesada carga de la humillación de los otros. ¿Qué hombre podrá sentirse libre mientras que esa tierra de libertad que es España continúe sojuzgada por la arbitrariedad?

– La libertad ha de ser para todos o para nadie. Cada vez que en cualquier parte del mundo se le carga a un hombre de cadenas, nos sentimos nosotros un poco encadenados.

– ¿El porvenir? No lo veo sonriente, pero lo veo seguro. España será libre.

¿Y, entretanto? Entretanto hay que demostrar, sobre todo a los americanos y a los realistas de todos los países que el único orden posible en España es el orden suyo, el orden republicano: y que la sola forma de terminar con los extremismos que les asustan tanto, es que en España y en otros países las gentes puedan ocuparse de su propia felicidad en lugar de acumular el odio y el rencor contra sus gobiernos fascistas y contra los que los toleran.

Quiero, simplemente, volver a España, donde me sentiría en mi propia casa más que en parte alguna, pero adonde no iré hasta que el dominio de Franco haya desaparecido.

Evidentemente Camus puede tener la seguridad de que cuando Franco haya desaparecido de España los españoles que tanto le amamos haremos lo necesario para que se encuentre “como en su casa”. Y esto lo comprende él muy bien.

P. E.

ESPAÑA LIBRE

Hace nueve años que los hombres de mi generación llevamos España en el corazón. Nueve años que los españoles la llevan como una herida sin cicatrizar. Por ella han conocido por primera vez el sabor de la derrota y han descubierto, con una sorpresa indecible, que puede tenerse razón y ser vencidos; que la fuerza puede someter al espíritu y que, en muchas ocasiones, el arrojo y el sacrificio no son recompensados.

Ello explica, sin duda, el que tantos seres en el mundo hayan sentido el drama español como una tragedia personal. Algunos se han dado cuenta de que esta batalla era la primera de una guerra para la cual no estábamos preparados. Pero los mismos que no tenían el don de profetas tenían la angustiosa sensación de que esta guerra era la suya: en la medida que representaba la lucha por la libertad. Nosotros la sentíamos en la lectura de los periódicos, aunque esos periódicos estuvieran cargados de mala voluntad para los combatientes. Había también muchas cosas de las que hoy no se habla nada y que eran entonces historia fresca y sangrienta. Nosotros, al menos, no hemos olvidado que la guerra civil española ha sido, en primer lugar, la rebelión de un general contra las instituciones libremente. No hemos olvidado que ese general ha lanzado contra el pueblo de su propio país las tropas moras en nombre de Cristo y las legiones italo-alemanas bajo la invocación de la España santificada.

En la dignificación que en 1936 conmovía nuestros corazones de improviso, latía el sentimiento de que acaba de cometerse una injusticia que debíamos hacer desaparecer rápidamente si queríamos evitar que quedara en el flanco de Europa una llaga cuya podredumbre se iría extendiendo. Pero la injusticia debía, sin embargo, recibir la recompensa que le es siempre reservada en esta tierra. Las agencias publicaban al mismo tiempo los comunicados victoriosos de las escuadrillas italianas y alemanas y los del Comité de No Intervención. La República española, segura del derecho que le asistía, vacilaba en su fuerza y con la indignación y el dolor que nos invadía, nacía en nosotros esa extrañeza angustiosa que arrastramos durante tantos años, ante el espectáculo de una injusticia que adquiría poco a poco

las dimensiones desmesuradas de la Historia; que se encontraba sancionada a la vez por la derrota de un pueblo y la cobardía del mundo.

Algunas de las razones que la guerra de España nos ha dado posiblemente han desaparecido. La crueldad de esa lucha nos parece hoy casi natural, después de haber sufrido nosotros cinco años de violencias indecibles. Pero ahí queda claramente la pasión de un pueblo y el espectáculo de una injusticia que no se ha reparado. Las hostilidades han terminado; las tinieblas de la dictadura se han disipado, pero continuamos llevando a Europa en nuestro corazón. A un extremo del Continente un cuadro nocturno nos recuerda las razones de esta guerra y nos recuerda, además, que nos equivocamos creyéndola terminada, como cometimos el error hace nueve años de no creer que había dado comienzo.

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