España Libre

Albert Camus · Capítulo 1 de 1 · parte 3/3

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España Libre

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

LA POTENCIA ESTRATÉGICA DE ESPAÑA

En cuanto a la potencia estratégica de España, no estoy calificado para hablar ya que soy principiante en el arte militar. Pero no daría gran cosa por la plataforma ibérica el día en que los parlamentos franceses e italianos contaran con algunos centenares de diputados comunistas. Por haber querido detener el comunismo en España con medios indignos, se habrá dado una gran oportunidad para comunicar Europa y, si se realiza, España será también comunizada sin duda alguna y de esta plataforma estratégica surgirán los argumentos que convencerán, en fin, a los pensadores de Washington. “Haremos la guerra”, exclamarán estos últimos.

Indudablemente y hasta es posible que salgan vencedores. Pero yo pienso en Goya y en sus cadáveres mutilados. ¿Saben lo que dijo Goya?: “Una gran hazaña con muertos”.

Estos son, no obstante, los miserables argumentos que justifican el escándalo que nos ha reunido hoy. A nosotros no puede engañársenos.

Sabemos que en lugar de consideraciones culturales se trata en realidad de un sucio chalaneo. Pero, incluso, ni como chalaneo puede justificarse. Es posible que pueda enriquecer a algunos mercaderes, pero no sirve a ningún país ni a ninguna causa. En cambio, pone en peligro las muchas razones que los hombres de Europa pueden tener todavía para luchar. He aquí por qué, para un intelectual, no puede haber dos actitudes cuando Franco es recibido en la U. N. E. S. C. O. Y no es suficiente declarar que rechazaremos toda colaboración con una organización que acepta una operación semejante. Es preciso que ahora cada uno desde nuestro puesto la combatamos de frente y con firmeza, a fin de demostrar a todos que no es lo que pretende ser y que en lugar de una reunión de intelectuales consagrados a la cultura es una asociación de gobiernos al servicio de cualquier política equívoca.

LA CULTURA NO ESTÁ EN LOS PALACIOS

¡Sí!, desde que Franco ha entrado en la UNESCO, la U. N. E. S. C. O. ha salido de la cultura universal. Estoy hay que proclamarlo. Se nos objeta que la U. N. E. S. C. O. es útil. Habría mucho que decir sobre las relaciones de sus oficinas con la cultura, pero tengamos la certidumbre, al menos, de lo que perpetúa la mentira en que vivimos carece de toda utilidad. Si la U. N.

E. S. C. O. no ha sido capaz de asegurar su independencia vale más que desaparezca. Después de todo, las sociedades culturales pasan y la cultura queda. Tengamos la confianza de que no desaparecerá porque un organismo de alta política sea denunciado por lo que hace y representa. La verdadera cultura vive de verdades y muere por las mentiras. De todos modos vive siempre lejos de los palacios y de los ascensores de la U. N. E. S. C. O., lejos de las prisiones de Madrid, por los caminos del exilio. Ella tiene siempre su sociedad, la única que reconozco, la de los creadores y la de los hombres libres, que contra la crueldad de los totalitarios y la miserable traición de las democracias burguesas, contra los procesos de Praga y las ejecuciones de Barcelona se reconoce en todas las patrias y sólo sirve a una: a la libertad. Y en esa Sociedad es donde nosotros recibimos a la España de la libertad. No haciéndola entrar por la puerta falsa y escamoteando el debate, sino abiertamente, con solemnidad, con el respeto y la ternura que le debemos, con la admiración que sentimos por sus obras y su espíritu, por la gratitud que le profesamos al gran país que nos ha dado, y que nos da todavía, las lecciones más elevadas, y que en lugar de producir toneladas de circulares, ha elevado con sus obras, frente a todas las sociedades de propaganda, una imagen del hombre que es y será nuestro ejemplo.

CALENDARIO DE LA LIBERTAD

19 de Julio de 1936

Artículo de fondo publicado por

Albert Camus en el número 5 de la

revista Temoins de Montreux (Suiza),

correspondiente a la primavera de

1954.

El 19 de Julio de 1936 comenzó en España la segunda guerra mundial. Hoy conmemoramos esa fecha. La guerra ha terminado en todas partes salvo, precisamente, en España. El pretexto de no terminarla es la obligación de prepararse para la tercera guerra mundial. Esto resume la tragedia de la España republicana, que ha visto imponérsele la guerra civil y extranjera por jefes militares rebeldes, y que, hoy, aún ve que se le siguen imponiendo los mismos jefes, en nombre de la guerra extranjera. Durante 20 años, una de las causas más justas que puedan encontrarse deformada, y en ocasiones, traicionada por los intereses más poderosos de un mundo entregado a las luchas del Poder. La causa de la República se ha encontrado y se encontrará siempre identificada con la de la paz; esa es sin duda su justificación.

Desgraciadamente el mundo no ha cesado de estar en guerra desde el 19 de Julio de 1936 y la República española, en consecuencia, no ha dejado de ser traicionada o cínicamente utilizada. Por esto resulta quizá inútil dirigirse, como lo hemos hecho otras veces, al espíritu de justicia y de libertad, a la conciencia de los gobiernos. Un gobierno, por definición, no tiene

conciencia. Tiene, a veces, una política, y es todo. Quizá la manera más segura de abogar por la República española, no es ya decir que es indigno para las democracias matar por segunda vez a aquellos que han luchado y han muerto por nuestra libertad, por la libertad de todos. Este lenguaje es el de la verdad en el desierto. La mejor manera sería tal vez decir que si sostener a Franco no se justifica más que por la necesidad de asegurar la defensa del Occidente, no se justifica de ninguna manera.

Es preciso que se sepa que la defensa del Occidente, perderá sus justificaciones y sus mejores combatientes si permite el mantenimiento de un régimen de usurpación y tiranía.

Puesto que los gobiernos occidentales han decidido no tomar en consideración más que las realidades, podemos decirles que las convicciones de una parte de Europa forman parte también de la realidad; y que no será posible negarlas hasta el fin. Los gobiernos del siglo XX tienen una desgraciada tendencia a estimar que la opinión y las conciencias se pueden gobernar como las fuerzas del mundo físico. Y es cierto que por las técnicas de la propaganda o del terror, han llegado a dar a las opiniones y a las conciencias una consternante elasticidad. Sin embargo, hay un límite en todas las cosas, y en particular en la flexibilidad de la opinión. Se ha podido mixtificar la conciencia revolucionaria hasta hacerla exaltar los éxitos miserables de la tiranía. El ejercicio mismo de esa tiranía, sin embargo, hace esta mistificación evidente y de ahí que en medio de este siglo la conciencia revolucionaria se rebela de nuevo y vuelve a sus orígenes. Por otro lado, se ha podido mixtificar el ideal de la libertad por el cual los pueblos y los individuos han sabido combatir mientras que sus gobiernos capitulaban. Se ha podido hacer esperar a esos pueblos, hacerles admitir compromisos cada vez más graves. Pero se ha llegado a un límite que se hace necesario denunciar claramente que, pasado el cual, ya no será posible utilizar las conciencias libres; muy al contrario, será necesario combatirlas a ellas también. Este límite, para nosotros europeos que hemos tomado conciencia de nuestro destino y de nuestras verdades el 19 de Julio de 1936, es España y sus libertades.

La peor falta que pueden cometer los gobiernos es la de ignorar la realidad de esos límites. Nuestra peor bajeza sería el tolerarles esa ignorancia. Yo he leído artículos muy curiosos que un periódico que nos tiene acostumbrados a la neutralidad, consagra a lo que él entiende por problema español. En uno de ellos dice que los jefes republicanos españoles, ya no creen mucho en la República. Si esto fuera verdad podríamos temer las peores consecuencias para esa República. Pero el autor de esos artículos, Mr. Greach, hablando de esos jefes republicanos, agrega: “al menos los que viven en España”. Por desgracia para el señor Greach, por fortuna para la libertad de Europa, esos jefes republicanos no pueden vivir en España en su mayor parte. Y los que viven no pueden encontrarse con ellos en los ministerios ni en los salones de Madrid que él frecuenta. Los que él conoce, que se titulan republicanos, han dejado de creer en la República. Pero han dejado de creer desde el momento en que han aceptado por segunda vez a sus verdugos.

Los verdaderos, los únicos jefes republicanos que viven en España tienen una opinión tan categórica que me temo no dé satisfacción al señor Greach, ni a los que para servir a Franco no cesan de aducir el peligro de una guerra y la defensa del Occidente. Lo que es interesante conocer es opinión de los combatientes clandestinos que es la única que puede indicarnos los límites a que nos debemos atener y que no debemos rebasar. Por ello yo desearía que mi voz fuera más fuerte que lo es para que llegara directamente a los que tienen la misión de definir la política occidental, en función de la realidad, para hacerles llegar sin ambigüedades las declaraciones del Movimiento Clandestino español más poderoso. Esas declaraciones, de cuya autenticidad respondo, son breves. Helas aquí:

“Por las costumbres, la cultura y la civilización, pertenecemos al mundo occidental y estamos contra el mundo oriental. Pero mientras Franco siga en el Poder, haremos todo lo necesario para impedir que ni un solo de los españoles tome las armas para defender el Occidente. Estamos organizados y dispuestos a cumplir lo que decimos”.

Esta es una realidad que los realistas del Occidente harán muy bien en meditar. Y no solamente en lo concerniente a España, puesto que el combatiente que se expresa así, y cuya vida está amenazada permanentemente, es el hermano de armas de centenares y miles de europeos que son como él y que están decididos a luchar por sus libertades y por ciertos valores del Occidente. Y saben también que toda lucha supone un mínimo de realismo, pero jamás confundirán el realismo con el cinismo, no estando, por consiguiente dispuestos a empuñar las armas para defender al Occidente con los moros de Franco y con los admiradores de Hitler.

Sea como sea, hay un límite que no podrá ser rebasado. Durante diez años hemos comido el pan de la derrota y la vergüenza. El día de la liberación, en la cúspide de la más grande esperanza, hemos aprendido que la victoria renunciar a algunas de nuestras ilusiones. ¿A algunas solamente? Sin duda.

Después de todo, no somos unos niños. Pero, sin embargo no a todas, las ilusiones; no a nuestra fidelidad más esencial. Sobre este límite que trazamos está España, que nos ayuda a ver claro. Ningún combate será justo si se hace, en realidad contra el pueblo español. Y si se hace contra él, se hará contra nosotros. Ninguna Europa, ninguna cultura será libre si se erigen sobre la servidumbre del pueblo español. Y si se erigen sobre esa servidumbre, se hará contra nosotros.

El inteligente realismo de los políticos occidentales llegará finalmente a ganar para su causa cinco aeródromos y tres mil oficiales españoles, pero habrán renunciado definitivamente a conquistar centenares de millares de europeos. Después, esos genios políticos se congratularán en medio de las ruinas. A menos que los realistas entiendan realmente el significado del realismo y comprendan, en fin, que el mejor aliado de la Rusia soviética no es hoy el comunismo español, sino el mismo general Franco y sus apoyos occidentales.

Puede ser que estas advertencias sean, inútiles, pero por el momento luz esperanzadora. Que esas advertencias sean hechas; que un combatiente español haya podido expresarse en el lenguaje que he reproducido, demuestra, al menos, que ninguna derrota será definitiva, mientras el pueblo español, como acaba de demostrarlo, conserve su fuerza combativa.

Aunque parezca una paradoja el pueblo español, hambriento, sojuzgado, excluido de la comunidad de naciones es el testimonio viviente y el fiel guardián de nuestra esperanza. En todos los casos es bien diferente de los jefes a que alude el señor Greach. Tan activo, luchador y sufrido que llena de confusión a los teóricos del realismo que han declarado que ese pueblo sólo aspiraba a su tranquilidad. Ante los hechos esos teóricos se han visto obligados a arrojar lastre. Los diarios donde se expresan laboriosamente los que pretenden ser la élite europea, se han apresurado a explicar el fenómeno de las huelgas de tal manera que dejan intactas las fuerzas del régimen franquista. Su último hallazgo ha consistido el de que esas huelas han sido favorecidas por la burguesía y por el ejército. Pero la realidad incontrovertible es que esas huelgas han sido llevadas a cabo por los que trabajan y sufren. Y si los obispos y patronos españoles se hubieran aprovechado de ellas para expresar su oposición sin comprometerse, aún serían más despreciables por haberse aprovechado de los sufrimientos y de la sangre del pueblo español para expresar lo que son incapaces de hacer personalmente. Pero, como decimos esos movimientos huelguísticos han sido espontáneos y ello garantiza la realidad de las declaraciones de nuestro camarada y fundamenta la única esperanza que alimentamos.

Guardémonos muy bien de creer que la causa republicana vacila.

Guardémonos de creer que Europa agoniza. Lo que agoniza del Este al Oeste, son sus ideologías. Quizá Europa -de la que España es solidaria- es tan miserable a causa de haberse alejado toda ella -y hasta su propio pensamiento revolucionario- de un manantial de vida generosa, de un pensamiento que asocia la justicia y la libertad en una unidad carnal, alejada igualmente de las filosofías burguesas y del socialismo cesarista. Los pueblos de España de Italia y de Francia guardan el secreto de este pensamiento; y los guardarán todavía, para que sirva llegado el momento a un renacimiento. Ese día el 19 de Julio de 1936 será también una de las

fechas de la segunda revolución del siglo; fecha, que tiene su raíz en la Commune de París, que camina siempre bajo la apariencia de la derrota, pero que no ha terminado aún de sacudir el mundo y que, para terminar, llevará al hombre más lejos que ha podido llevarle la revolución rusa de 1917. Nutrida por España y, en general, por el genio libertario, ella nos devolverá un día una España y una Europa, y con ellas nuevos alientos para combatir, al fin, a cielo abierto. Al menos esto constituye nuestra esperanza y nuestras razones de luchar.

¡Camaradas españoles! Al decir esto no olvido que si veinte años significan poca cosa ante la historia, esos veinte que hemos pasado han pesado como un peso terrible sobre muchos de los españoles en el silencio del exilio. Hay algo de lo que no puedo hablar por haberlo repetido demasiado y es el deseo apasionado que tengo de verlos recobrar la única tierra que es a su medida. Esta noche siento la amargura que deben sentir si hablo solamente de luchas y de combates renovados, en lugar de hablar de la justa felicidad a que tienen derecho. Pero todo lo que podemos hacer para justificar tanto sufrimiento y tantos muertos es llevar en nosotros sus esperanzas y tantos muertos es llevar en nosotros sus esperanzas, hacer que esas esperanzas no sean defraudadas y que esos muertos no estén solos.

Estos veinte años implacables han usado a muchos hombres en su tarea y han forjado a otros cuyo destino ha de justificar a los primeros. Tan duro como esto parezca, sólo es así como los pueblos y las civilizaciones se levantan. Después de todo es de ustedes, españoles, es de España, en parte, de donde algunos de nosotros hemos aprendido a mantenernos en pie y a aceptar sin desfallecimiento el pesado deber de la libertad. Para Europa y para nosotros, franceses, a menudo, sin saberlo, han sido y son los maestros de la libertad, nos toca compartirlo con ustedes, sin desfallecimiento y sin compromiso.

Esa es su justificación. Yo he encontrado en la historia, desde que tengo la edad de hombre, a muchos vencedores con rostro odioso. Porque leía en ellos el odio a la soledad. Y es que, cuando no eran vencedores, no eran nada. Para existir les era necesario matar y esclavizar. Pero hay otra raza de hombres que nos ayuda a respirar, que no ha encontrado la existencia y la libertad sino en la libertad y en la felicidad de todos y que puede, por consiguiente, encontrar, hasta en la derrota, razones de vivir y de amar. Esos hombres, aun derrotados, no estarán nunca solos.

BUENAS LECCIONES

He leído con mucho interés la declaración del general Franco afirmando que Marruecos no estaba maduro para ejercer la democracia. Espero que los amigos marroquís no encuentren en esa declaración motivos de humillación.

El general Franco resulta muy difícil, yo diría hasta quisquilloso en la aplicación de títulos democráticos. Coloca en alto lugar esa forma de gobierno y la distribuye a no importa quién. La democracia es un “Oscar” y hay que sudar para merecerla. Y eso es tan verdadero que el Caudillo no ha juzgado a su propio país digno de merecerla. Eso quedará para más tarde,

cuando el pueblo español habrá realizado todo su aprendizaje de prisiones y de censura.

Lo que Franco niega a España no es sorprendente que se lo niegue a Marruecos. Además, el ejemplo mismo de la España franquista debe demostrar a los marroquís que no es absolutamente necesario vivir en democracia para ser una nación adulada. Hasta es recomendado, si se quiere tener éxito en el mundillo internacional, presentarse con dos o tres libertades bien estranguladas. Sobre todo la forma práctica de entrar en las Naciones Unidas es arrugando y ensuciando su Carta inmaculada. Para la O. N. U., como para el marqués de Sade, la unión perfecta sólo es posible en la violación.

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El general Franco no ha querido, pues, humillar a los marroquís, sino al contrario, hacerlos partícipes de su experiencia y mostrarles el comino para un avance rápido. Son, en resumen, los consejos que da Vautrin a Rubempré y por eso se comprende que el general estime “prematura” la autonomía concedida a Marruecos por Francia. Esa independencia concedida libres y asestar un golpe mortal a su porvenir.

Por esa razón Franco hace todo para alimentar una guerra de tribus que sin otras razones parecería sin significación en un país que acaba de obtener brillantemente lo que pedía. Los rifeños de la zona española representan para él los salvadores de una nación amenazada por el cáncer democrático.

Gracias a ellos, Franco procurará hacer de Rabat lo que hizo hace veinte años de Madrid: lugar de nacimiento, en que convergen ahora los reyes magos americanos y rusos, del nuevo salvador del látigo.

En el caso en que los militantes marroquís se obstinaran todavía en sus prejuicios independientes se les demostrará que, después de todo, el gobierno francés -no Francia- da la razón al Franco. Después de haber demostrado el transporte de armas por los puertos españoles y por la

permeable frontera del Rif, en el seno de la U. N. E. S. C. O. se va a disertar sobre la libertad de opinión en Madrid, capital de la censura, antes de elevar a Franco al Capitolio de las naciones antes libres.

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En todo caso yo espero firmemente que los marroquís, en lugar de obstinarse en sus sueños, compartidos por todo lo que Francia cuenta de mejor, se dejarán convencer por esas bellas lecciones de eficacia y de realismo. En ese caso pueden aspirar a esa recompensa suprema que constituye hoy el homenaje de gobiernos deshonrados, desunidos en todo y de acuerdo solamente para acelerar la descomposición mundial.

Fortalecidos por los consejos del general Franco, alimentados por la sabiduría, reclamarán en primer lugar la independencia del Marruecos español y su incorporación a la nación marroquí. Ese día ganados también provisionalmente por las lecciones franquistas, los liberales franceses apoyarán las reivindicaciones marroquís con todas sus fuerzas y toda su indignación.

FIDELIDAD A ESPAÑA

Artículo presentación publicado por

Albert Camus en la revista Temoins,

año 4, número 12 primavera-verano

de 1956, Zurich (Suiza), número especial dedicado a España que reunía

la colaboración de varios ilustres

escritores.

Veinte años después de la guerra de España se han reunido unos hombres para expresar su fidelidad a la República vencida. Ni el tiempo ni el olvido, que son los grandes auxiliares de los reaccionarios de la derecha o de la izquierda, no han logrado borrar esa imagen, intacta en nosotros, de la España libre, aunque encadenada. La segunda guerra mundial, la ocupación, la Resistencia, la guerra fría, el drama de Argelia y las desgracias actuales de Francia, no han restado nada a ese sordo sufrimiento que sufren los hombres de mi generación a través de su historia jadeante y monótona, después del asesinato de la República española.

LA ESPAÑA EJEMPLAR

Justamente, nuestra historia ha dado comienzo con esta guerra perdida.

España ha sido nuestra verdadera maestra. Hemos aprendido en ella, cuando la historia no hacía distinción entre causas justas e injustas y se confiaba a la fuerza o al azar. Ha sido un error el haber reflexionado demasiado en ello o, posiblemente, a la causa de haber sufrido, por lo que los hombres de izquierda han podido buscar sus valores en la historia misma. El culto de la historia no puede ser otra cosa que el culto del hecho consumado y como tal, no puede dejar de ser inmoral. Si lo que triunfa y se sostiene tiene razón, entonces Franco representa el derecho y Hitler estuvo a punto de tener razón para mil años.

Pero para afirmar todo lo contrario aquí se encuentra unos hombres que no han cesado de negar a Franco, que han rechazado las razones de Hitler y que han desmontado a Stalin mucho antes de que sus cómplices soñaran en coger una llave inglesa para hacerlo. Y esos hombres no se inclinarán ante la historia y sólo sabrán elegir el lugar desde el cual, con las armas en la mano, debe defenderse la libertad y, a la vez, defender un destino que debe ser en todo caso superado, pero nunca impuesto. Estos hombres han comprendido su misión y ofrecerán siempre a España algo de lo mucho que le deben.

EL SILENCIO

Rechazar el hecho consumado y al mismo tiempo abordar de frente la realidad es una actitud que no puede hacerse sin consecuencias. Ella nos impide descansar sobre nuestras fidelidades y de aceptar las comodidades de la melancolía. Ella nos prohíbe la evasión y la adoración de la Historia y, al mismo tiempo nos obliga a rechazar implacablemente el compromiso y la aceptación. Nos fuerza a luchar sin tregua únicamente por el orden que el espíritu y el corazón conciben frente a la historia. Hay que decir, a pesar de todos los escépticos, que se trata de una lección de honor; y que por haber olvidado o despreciado ese honor la revolución del siglo se ha condenado a la abyección.

Hoy, veinte años después del hundimiento, España se mueve y nuestra fidelidad deber ser afirmada sin duda alguna. Pero al mismo tiempo la lucha debe continuar ya que sin ella toda fidelidad resulta un sueño desgraciado.

A esos obreros de Navarra y de Vizcaya, a esos estudiantes de Madrid no podemos serles fieles sin prestarles nuestra solidaridad. Ante las protestas, nuestros estudiantes de París y nuestros sindicalistas han quedado silenciosos, faltando a sus deberes más imperiosos. Sin duda alguna están desmoralizados y, sobre ello, España ilustra de una manera privilegiada tal confusión. Cuando Washington y Moscú se ponen de acuerdo para recibir a Franco en el concierto de las naciones llamadas libres, los que reciben las órdenes o han puesto sus esperanzas en esas capitales, es normal que queden desorientados. Pero los que sólo reciben órdenes del espíritu de libertad no tienen ninguna razón para estar desorientados. El mantenimiento de Franco en el Poder, después de tantos años, demuestra el imperdonable fracaso de la política occidental y la posición cínica de la política oriental.

En la historia moderna no hay nada más claro que esta traición, nada más escandaloso que esta injusticia.

EL DESPERTAR

Que esta claridad nos ayude al menos a despertar a los durmientes, a reunir a nuestros raros intelectuales libres y a nuestros sindicatos independientes, para decirles a los estudiantes y a los obreros de España que no están solos.

Nada se ha hecho hasta aquí para canalizar y cuajar las esperanzas de los oprimidos de España. La pobreza de las doctrinas que teníamos para proponerles, la traición de los partidos, la política desmoralizante de las naciones, ha hundido al pueblo español un poco más cada día en su soledad y en su noche. Pero la muerte de Ortega y Gasset ha tenido la virtud de recordar a los estudiantes que ese gran filósofo ha situado la libertad, con sus derechos y deberes, en el centro de su pensamiento. Al mismo tiempo la economía franquista reducía a los obreros del Norte a una miseria tal que sólo en la revuelta podían encontrar su dignidad pérdida. El día que la inteligencia sea fiel a su vocación interviniendo en las luchas por la libertad

-ahora que los trabajadores se liberan de su envilecimiento- ese día, el honor y la rebelión harán poner a ese pueblo en marcha. Nuestra fidelidad no se dirigirá entonces al fantasma de una España vencida, sino a la España del futuro que de nosotros depende también sea la España de la libertad.

HOMENAJE A CERVANTES

Discurso pronunciado por Albert

Camus en el acto que, bajo su

presidencia, se celebró en el anfiteatro

Richelieu, en la Sorbona, con el

concurso de Madariaga, Cassou, etc.,

para conmemorar el 350 aniversario

de la publicación del Quijote.

En el año 1085, durante las guerras de reconquista, Alfonso VI, rey turbulento que tuvo cinco mujeres, tres de ellas francesas, conquistó a los árabes la mezquita de Toledo. Al tener conocimiento que esa victoria había sido lograda gracias a una traición, hizo devolver la mezquita a sus adversarios y después reconquistó por las armas Toledo y la mezquita. La tradición española está esmaltada de hechos parecidos que no son solamente rasgos de honor, sino, mucho más significativo, testimonio de la locura del honor.

En el otro extremo de la historia española, Unamuno, ante los que deploraban la floja contribución de España a los descubrimientos científicos, tuvo la siguiente respuesta, increíble por su desdén y su humildad. “Corresponde a ellos hacer invenciones”. “Ellos” eran las otras

naciones. En cuanto a España había hecho su propio descubrimiento, que sin traicionar a Unamuno, podemos llamar la locura de la inmortalidad.

En esos dos ejemplos, tanto en el del rey guerrero como en el del filósofo trágico, volvemos a encontrar el genio paradójico de España en su estado más puro. Y no resulta sorprendente que en el apogeo de su historia, ese genio paradójico haya sido encarnado en una obra que tiene también un carácter irónico, de una ambigüedad categórica que había de convertirse en el evangelio de España y, por una paradoja suplementaria, en la obra más grande de una Europa intoxicada no obstante por su racionalismo. El renunciamiento altivo y leal a una victoria escamoteada, la negativa testaruda a las realidades del siglo, lo inactual, en fin, erigido en filosofía, encontraron en Don Quijote un ridículo y leal portavoz.

Pero es importante señalar que esas negaciones no son pasivas. Don Quijote se bate y no se resigna jamás. Ingenioso y temible, según el título de una vieja traducción francesa, representa el combate permanente. Esa inactualidad es, no obstante, activa. Se abraza permanentemente al siglo que niega e imprime en el mismo sus huellas indelebles. Una negativa que es lo contrario de una renuncia, un honor que se inclina ante la humildad, una caridad que toma las armas, he ahí lo que Cervantes ha encarnado en su personaje, ridiculizándolo de una manera ambigua a la manera que Moliere con Alcesto que persuade mucho más que un sermón exaltado. Es cierto que Don quijote fracasa en su siglo y los criados lo mantean. A pesar de ello cuando Sancho gobierna su isla, con el éxito conocido, lo hace recordando los preceptos de su señor. “Enorgullécete, Sancho, de la humildad de tu linaje. Cuando vean que no te avergüenzas nadie te hará sonrojar”. “Cuando las opiniones se equilibren; recurre con preferencia a la misericordia”.

Nadie negará que esas palabras de honor y de misericordia suenan mal en los tiempos que vivimos. Los verdugos de mañana han podido leer la pluma

de un poeta de servicio un bonito proceso de Don Quijote considerado como un manual del idealismo reaccionario. En realidad esta inactualidad no ha cesado de crecer y ya hemos llegado hoy a la cúspide de esa paradoja española: a ese momento en que Don Quijote es arrojado a la cárcel y su España arrojada fuera de España.

Es cierto, todos los españoles pueden atribuirse a Cervantes, pero ninguna tiranía ha podido jamás reivindicar al genio. La tiranía mutila y limita lo que el genio reúne en su compleja variedad. Como materia de paradoja prefiere Bouvard y Pecuchet a Don Quijote que desde hace tres siglos no ha dejado de estar perseguido y exilado entre nosotros. Pero este exilio suyo, representa una patria que nosotros reivindicamos como nuestra.

Celebramos hoy 350 años de incomprensión. Y los celebramos con esta parte de España que a los ojos de potentados y estrategas es inactual. La ironía de la vida y la felicidad de los hombres ha dispuesto que este solemne aniversario se sitúe entre nosotros en pleno espíritu quijotesco, reuniendo en las catacumbas del exilio los verdaderos seguidores de la religión de Don Quijote. Representaba ya un acto de fe un Unamuno que lo llamaba Nuestro Señor Don Quijote patrono de los perseguidos y humillados, perseguido él mismo en el reino de los mercaderes y de los policías. Los que como yo comparten de siempre esta fe, y que no reconocen otra religión que esa, saben de sobra que ella representa una esperanza y una certidumbre. La certidumbre de que llegados a un cierto grado de obstinación la derrota culmina en victoria, la desgracia se ilumina felizmente y lo que parece inactual, mantenido y empujado hasta el límite acaba por hacerse actualidad.

Pero eso exige llegar hasta el final. Es preciso que Don Quijote, como en el sueño del filósofo español, descienda a los infiernos para abrir las puertas y liberar a los últimos desgraciados. Puede ser que ese día en que según las frases desconcertantes de Don Quijote “la pala y la azada se unirán con la

caballería andante”, los perseguidos y los exiliados se reunirán al fin y el sueño azorado y febril de la vida transfigurado en una realidad definitiva que Cervantes y su pueblo han inventado y nos han legado para que nosotros la defendamos incansablemente, hasta que la Historia y los hombres se decidan a reconocerla y saludarla.

EL PARTIDO DE LA LIBERTAD

Discurso pronunciado el 30 de octubre

de 1956 en el acto de homenaje a don

Salvador de Madariaga, en el setenta

aniversario

de

su

nacimiento,

organizado

por

el

Gobierno

Republicano español.

En el umbral del homenaje que ofrecemos hoy a un hombre que todos amamos y admiramos quería expresar una fórmula que encontrará su resonancia con toda seguridad, en muchos de los aquí reunidos y que resume muy noblemente el destino y la vocación de nuestro amigo Salvador de Madariaga. Esta fórmula la proponía Nietzsche hace ya ochenta años a todo espíritu libre: “Elegirás el exilio para poder proclamar la verdad”.

Indudablemente no es seguro que se elija siempre el exilio. Pero con toda seguridad se prefiere quedar en él y para tomar tan duro partido se necesita nada menos que estar poseídos por el amor a la verdad y a la libertad.

En todo caso nada sabrá definir mejor a Salvador de Madariaga que esta doble pasión, con la sola condición de agregar inmediatamente que ha sabido vivirla e ilustrarla sin contorsiones espectaculares, con esa fineza y ese humor que amamos tanto en él y que en ciertos seres superiores son actitudes de decencia, aunque por decente que sea su pasión por la verdad no es menos indomable y este luchador cortes, sabemos que es un altivo combatiente. Esto no quiere decir -y Salvador de Madariaga no lo pretende-que su obra sea una verdad completa. Pero en la misma encontramos un esfuerzo estimable hacia la verdad, el paso prudente y audaz al mismo tiempo del espíritu que se niega a satisfacerse de palabras, que denuncia todas las comodidades intelectuales y no quiere rendirse más que a la evidencia. El autor de tantos libros percutantes y sagaces, cuando nos propone una idea o una solución podemos estar seguros que no ha podido la receta a un partido o a una iglesia.

Como tantos grandes espíritus españoles y contrariamente a la opinión muy extendida –habiendo declarado un imbécil cierto día que no existía una filosofía española, aparecieron inmediatamente cien hombres inteligentes para repetirlo- Madariaga es uno de los raros contemporáneos que pueden ostentar el título de filósofo con toda legitimidad. A pesar de su cultura enciclopédica no cree, como nuestros pensadores oficiales, que la filosofía consiste en enseñar su historia. Sabe que ella consiste en el ejercicio del pensamiento para buscar al mismo tiempo que los secretos del mundo, las reglas de una conducta, es ensayar de vivir, en una palabra, lo que se piensa

al mismo tiempo que se procura interpretar correctamente su vida y su tiempo. De ahí que ese investigador de la verdad sea también uno de esos raros testigos de la verdad. Lo que cree está dispuesto a defenderlo y si para la mitad de su vida en un sosegado y estudioso retiro reflexionando sobre el hombre de nuestro tiempo, consagra la otra mitad a servirlo. Yo habré resumido mi pensamiento al decir que no es a un hombre de Letras al que rendimos este homenaje, sino a un gentilhombre de Letras.

No obstante yo querría convencer a nuestro amigo y decirle que ni intención no es de confundirlo bajo una lluvia de elogios académicos. Mi propósito es menos solemne y, estar seguros, tal vez un poco más grave. Se ha festejado ya, y hasta con música, su setenta aniversario y se ha rendido a su obra el homenaje que merecía. Permite por un momento que un cuadragenario, con todo el respeto y la deferencia que te tiene, te diga por qué te considera como su camarada de lucha.

Tengo la seguridad de que esta afirmación no te extrañará. Si te sorprendiera, te rogaría que consideraras en el estado actual de nuestra sociedad intelectual, a esos maestros del pensamiento que hacen gala por todas partes del alimento averiado que ofrecen a nuestro apetito de verdad y de dignidad. De esa forma medirá usted mejor en la suerte de soledad en que viviríamos ciertos de nosotros en busca de grandes lecciones, si un puñado de hombres como usted no mantuviera obstinadamente, por encima de las fronteras, los derechos, los deberes y el honor de la moral y del espíritu.

Pues hay que confesarlo, nosotros no podemos enorgullecernos con grandes ejemplos de conductas. No quiero siquiera referirme al debilitamiento general del carácter y de la inteligencia entre los que tenían la misión de gobernarlos y de representarnos. Limitándome sólo al dominio del pensamiento diré que los hombres de mi generación, nacidos a la vida histórica durante el asalto de Hitler al poder y a los procesos de Moscú, han

podido ver en primer lugar a los filósofos de derecha, por odio a una parte de la nación, justificar la servidumbre de toda esta nación por un ejército y una policía extranjera. Fue preciso que la inteligencia tomara las armas para corregir tan lamentable terror.

Apenas habíamos restablecido la paz y el honor cuando una nueva conspiración, todavía más dolorosa para nosotros, se establecía contra la inteligencia y sus libertades. Y hemos visto, seguimos viendo todavía pensadores de izquierda, por odio a otra parte de la nación, justificar la supresión de conquistas obreras y el derecho de huelga, el régimen concentracionario, la abolición de todas las libertades de pensamiento y de expresión y hasta el antisemitismo, con la sola condición de que sea profesado y ejercido bajo etiquetas humanistas. Un frío delirio de automortificación ha convertido, a diez años de intervalo, a nuestros teóricos de la nación o de la libertad, en servidores apasionados de las peores tiranías que se han extendido por el mundo; en una palabra, en los adoradores del hecho consumado. Muchos de nuestros intelectuales y de nuestros artistas, ganados por ese delirio, han terminado por parecerse a aquellas hijas que ante la posada de Peirebeilhe cantaban desaforadamente para ahogar los gritos de los viajeros degollados den el interior por sus virtuosos padres. En nombre de la historia y de su realismo se ha desarrollado un prodigioso complot contra el espíritu y la libertad durante tantos años en el curso de las cuales hemos tenido que luchar y avanzar palmo a palmo.

En esta lucha interminable, que no ha cesado todavía, ¿en quién podríamos apoyarnos en pensamiento y en acción, sino en hombres como usted? Con su ejemplo y con sus escritores nos han ayudado a comprender el por qué las posiciones cínicas y realistas tienen un prestigio decisivo que permiten decidir y despreciar, mientras que otras actitudes como la suya se esfuerzan por comprender y suponen un esfuerzo constante sobre uno mismo. De ahí su prestigio sobre ciertos intelectuales, amigos del menor esfuerzo. La inteligencia sin carácter es, en definitiva, mucho peor que la muy ingenua imbecilidad. Falta de una firme voluntad se entrega voluntariamente a una

doctrina implacable y de esta forma hemos visto aparecer esta especie tan particular a nuestro tiempo: el intelectual duro dispuesto a justificar todos los terrorismos en nombre del más puro realismo.

Ante esa actitud y esos bellos discursos hemos podido aprender de usted la paciencia y la firmeza. El cristal también es duro, sólo el diamante lo raya y al primer choque he aquí que vuela en pedazos. Se trata solamente de saber esperar y resistir, sonriendo si es posible, para ser fieles a su lección. En resumen, usted nos ha salvado de la desesperación en la inteligencia de este tiempo, mostrándonos, con la fuerza que da el ejemplo, que al intelectual duro puede aponérsele el intelectual firme.

Cuando leemos en nuestras revistas especializadas, bellas apologías del odio, basadas en la delación del contrario, aunque sea dulce y confiado, nosotros, gracias a usted, no nos sentimos dulces y confiados y podemos responder que lo contrario del odio no es el idealismo tímido, sino la justicia generosa. Se trata a continuación de saber esperar, dejando a nuestros adversarios gritar que no existe justicia eficaz sin algo de odio. La historia, su famosa historia, está ahí para enseñarles en uno u otro momento que la justicia se pierde en el odio como el río en el océano. Los moscardones de campanas históricas que pululan hoy no pueden modificar la marcha de la historia; zumban, murmuran, mienten, gritan que el pueblo es feliz con su servidumbre, hasta que un día verdaderamente ese día, una capital se cubre de revolucionarios que mueren y vencen bajo la sola bandera de la libertad.

Sí, mi querido amigo, los hombres como usted nos han salvado de la desesperación y, cuando he sido invitado para dirigirme a usted hoy, he pensado que esto sería lo primero que le diría. Los que se sienten destinados en primer lugar para admirar y para amar y que, en el desierto del mundo contemporáneo están amenazados de perecer de hambre y de sed, tienen una deuda de reconocimiento hacia todos los que, en estos tiempos

deshonrosos, les ofrecen una imagen digna y elevada del hombre y del intelectual. Quiero expresarle ese reconocimiento con toda mi afección gracias a usted y algunos otros pocos, los francotiradores como nosotros tenemos un partido. ¿Qué partido? Pues bien, ¡el partido de los hombres que los duros y los totalitarios insultan al mismo tiempo que vienen a solicitarnos una firma para salvar la vida de sus militantes! A esta definición reconocerá que me he referido a los liberales.

Pero usted ha dado y en eso estriba su originalidad, un contenido a esa noción del liberalismo que agonizaba víctima de las calumnias de sus adversarios y las bajezas de sus partidarios. Usted ha sabido expresar que la libertad no consiste en prosperar y explotar, sino en la carga del deber cívico. Usted se ha negado a elegir ninguno de los conformismos del día y ha sabido trazar los límites fuera de los cuales todos los conceptos actuales pierden su sentido. Se le ha escuchado incansablemente repetir que la libertad carecería de sentido sin la autoridad, pero que la autoridad sin la libertad no es más que un sueño de tiranos, que los privilegios de la fortuna son reaceptables, pero que no puede haber sociedad sin jerarquía y que la igualdad absoluta es lo contrario de la verdadera justicia; que el poder sólo es legítimo por el asentimiento popular; pero que el sufragio popular directo es un fermento de desorden o de tiranía que los nacionalismos son la plaga del tiempo, porque la sociedad internacional no podía prescindir de las naciones ya que éstas para sobrepasarse han de existir necesariamente antes.

Un pensamiento tan atento, tan vigilante, tan lleno de veracidad, ilustrado con el ejemplo de su vida hacen de usted el digno heredero de esa gran tradición española que sigue viva todavía más allá de los pirineos. También se ha ocupado usted de la historia pero ha sabido ver en ella, según la magnífica fórmula de Ortega: “Una guerra ilustre contra la muerte” y en consecuencia el lugar privilegiado en que el hombre libra un combate a muerte contra las fuerzas de la noche, por la vida y la libertad.

Ese es el secreto de su fuerza y de su juventud. Liberado de partidismos.

Por no citar más que un ejemplo, yo sé, aunque usted no lo haya manifestado, cuán grande es hoy su emoción ante la heroica e impresionante insurrección de los obreros y estudiantes de Hungría. Como sé también que debe haber sonreído al conocer la noticia de que el general Franco protestaba -en recuerdo sin duda Guernica- contra el llamamiento a un ejército extranjero para aplastar a ese pueblo en armas. Usted ha debido reír, como yo, con el desprecio consiguiente. Nosotros somos solidarios, totalmente, del pueblo húngaro sublevado contras sus dominadores extranjeros, pero lo somos también, totalmente, del pueblo español, oprimido él también, en la espera de una liberación que las naciones desunidas le han robado.

Hace poco tiempo escribía usted con alguna amargura sobre el declive de la indignación. Es cierto que la indignación declina y, mucho peor, se organiza la hora fija y la dirección única. Y protestando se han convertido en hemipléjicos. Eligen entre las víctimas y decretan que las unas son enternecedoras y las otras son obscenas. Usted denuncia con su acostumbrada clarividencia uno de los males que sufrimos. Y puede agregar: “Estamos reducidos a buscar nuestra esperanza en nuestra propia desesperación. La humanidad ha caído tan bajo que no le queda otro camino que la ascensión”. Pero al expresar esto, en uno de esos instantes de desfallecimiento que todos conocemos, usted ha olvidado sus propias lecciones: ha olvidado que la lucha tenaz que usted y otros semejantes han realizado comienza a dar sus frutos. Permita, para concluir, que uno de sus lectores se lo recuerde: no puede existir tregua -según usted- en el combate del hombre por la luz y la libertad. La historia no se estabiliza ni en la felicidad de los pueblos ni en su desgracia. Hoy que pensamos haber alcanzado los límites de la desgracia, el espíritu se despierta, la humanidad se eleva en efecto, la libertad ilumina de nuevo con sus resplandores a pueblos ahora prisioneros.

La Europa que se construye hoy a costa de tanta sangre inocente habrá de ser pagada a un precio terrible y nosotros, para quienes cada vida humana

resulta irremplazable, no podremos saludar su renacimiento con exclamaciones de alegría. Pero renacerá y, la saludaremos gravemente; renacerá al Este y al Oeste, en Madrid y en Budapets; y tendrá su rostro y reconocerá sus verdaderos maestros, ya que ha empezado a renegar de sus falsos profetas. Ella será, al fin, la gran maestra de libertad y de ------ que usted había soñado.

“La tierra sigue rodando” ha dicho el ministro de Negocios extranjeros Chepilov después de haber dado cuenta de la salvaje intervención de tropas rusas ------ tierra sigue rodando, en efecto, y con ella la mentira, tanto tiempo triunfante, declina; la verdad que estaba entre tinieblas comienza a iluminarse. Mundos artificiales, construidos con la sangre y el terror se derrumban ante la confusión y el silencio de los que cantaban sus virtudes.

La libertad, cuya vanidad nos había sido anunciada con la necesidad de su desaparición, dispersa en un día los miles de doctos, volúmenes y los ejércitos bajo los cuales yacía enterrada. Y se pone en marcha de nuevo. Y

millones de hombres saben, de nuevo, que es la sola levadura de la historia, la sola razón de la existencia y el solo alimento que no sacia jamás.

Si esa esperanza renace hoy, si la dignidad de la existencia nos vuelve es gracias a hombres como usted, como a muchos de los que están aquí reunidos. Lo debemos a todos los que, con toda simplicidad, sin miedo y sin odio, han resistido. Por esto, para terminar, no le deseo ese reposo que otros estimarían bien merecido. Tenemos aún mucha necesidad de su concurso para continuar lo que hemos comenzado. Por esto le deseo una lucha perpetua y ruda por el triunfo de la verdad y de la libertad que usted y nosotros colocamos por encima de todo.

Agregaré solamente a ese deseo poco confortable la expresión personal de una gratitud y de una amistad sin fisuras. ¿Cómo olvidar jamás que en medio ------ traiciones ha permanecido usted fiel a nuestras comunes razones de vivir. Y por qué resistir a la tentación de decirle todo esta noche

lo que Tour----- moribundo le escribía a Tolstoi: “Me siento feliz de haber sido su contemporáneo”. Aunque, después de todo, hemos sido más que contemporáneos -hay muchos contemporáneos de los que no nos sentimos orgullosos-, hemos sido partícipes de sus angustias y de sus esperanzas, nuestras derrotas han sido las suyas, como la liberación que todos esperamos la deberemos a ejemplos como el suyo que persevera y es la salvación de nuestra común dignidad.

LA REPÚBLICA ESPAÑOLA Y ALBERT

CAMUS

Como reconocimiento y homenaje a la

obra intensa y emotiva realizada por

Albert Camus a favor de la liberación

del pueblo español, el Gobierno de la

República Española en el exilio le

ofreció la encomienda de la Orden de

la Liberación. El acto de imposición

de las insignias se celebró el 2 de

febrero de 1949 en el despacho del

Jefe de Gobierno. Fue una ceremonia

íntima a la que asistieron, entre otras

personalidades, el Jefe del Gobierno,

el Presidente de la República y el Gobierno en Pleno. Entre las

personalidades

francesas

que

asistieron al acto figuraban el Rector

de la Universidad de París, Mr.

Sarrailh y los profesores Paul Rivet y

Albert Bayet.

Después de prestar juramento el Sr.

Camus, el Ministro de Justicia y Gran

Canciller de la Orden, don Fernando

Valera pronunció el siguiente discurso.

En nombre del señor Presidente de la República Española gran Maestre de la Orden de la Liberación, debo hacer un breve saludo al señor Albert Camus: muy breve, a fin de que esta ceremonia guarde su carácter íntimo y cordial.

Yo sé que así se complacen los sentí------.

Tampoco de condecoraciones. ------ demás. No llama a la vanidad, sino al espíritu de sacrificio. Esta cruz -como la cruz del Cristo sangrante-, es más bien el símbolo de un drama de dimensiones universales.

Para el que la ofrece, es la afirmación de una voluntad y de una esperanza inmortales de conquistar y de merecer la libertad, la patria y la República, para los que la aceptan representa la manifestación de una solidaridad con el dolor y la gloria de un gran pueblo, víctima y campeón a la vez de esta tragedia inaudita; inaudita por el sufrimiento heroico de España y por la inmensa injusticia de la humanidad.

Cuando ustedes los hombres humanos de todas las patrias, de todas las creencias, de todas las razas y de todos los rincones del planeta, aceptan esta condecoración que se les ofrece por un Gobierno sin poder material, sin riqueza y sin territorio, ello significa a los ojos de la España dolorida, que existe aún una esperanza de Libertad, esta fuerza creadora del alma, fuente inagotable de juventud, de renacimiento y de eternidad que hay aún esperanza de Patria, puesto que los hombres que han recuperado la suya nos acompañarán y nos ayudarán hasta que sea reconquistada la nuestra.

Que aun hay esperanza de República, ya que los mejores espíritus de nuestro tiempo: “¡Nosotros contamos con ellos, Mr. Albert ------.

------ confianza y a la amistad con que nos han honrado y triunfaremos, estamos seguros, contra la “peste totalitaria” que en España, como en todas partes, “ha vestido a los hombres con uniforme” y les ha provisto de un

“certificado de existencia”, dejándoles vacíos de su humanidad; triunfaremos porque somos orgullosos en tanto que españoles y el orgullo -

usted lo ha dicho-, es la única arma contra la cual la tiranía es impotente; triunfaremos porque después de haber sufrido tanto y de haber tan encarnizadamente combatido, todavía podemos decir, como el Diego de su Estado de Sitio: “Ni odio ni miedo, esa es nuestra victoria”.

En nombre del pueblo español, en nombre del señor Presidente de la República y de su Gobierno, gracias señor Camus, por lo que ha hecho para ayudar a la liberación de España”.

Albert Camus, con una gran simplicidad y ------, dio las gracias al Gobierno de la República ------ clamando su solidaridad espiritual con la causa española. “Nada hice -declaró- que justifique el galardón con que me honran. Cumplí con mi deber y en esta conducta persistiré siempre”.

Terminó expresando su fe en el triunfo de la verdad y de la justicia que el pueblo español defiende.

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