España y la OTAN

Antonio Marquina · Capítulo 1 de 5

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España y la OTAN

El sistema defensivo español durante el franquismo: las Bases

El sistema defensivo español

durante el franquismo:

las Bases

 

Por Antonio Marquina

 

Profesor Facultad Ciencias Políticas. Universidad Complutense. Madrid

 

H AY que dejar bien sentado, en contra de la opinión extendida al respecto, que el planteamiento estratégico de las bases norteamericanas no es un

fenómeno típico de guerra fría.

La Junta de Estados Mayores de Estados Unidos (JCS) había preparado a

finales de 1943 una lista de bases necesarias o convenientes en las diversas

partes del mundo. Las dividía por su categoría (primarias, secundarias,

subsidiarias, menores y de tránsito), por su importancia (esenciales,

solicitables y deseables) y por el grado de los derechos (exclusivas,

conjuntas, en participación, de tránsito), ya fuesen navales, aéreas o terrestres.

En esta lista figuraba la base aérea de Canarias; se la calificaba como

secundaria, esencial y conjunta[1]. Después se la consideró subsidiaria, con el

fin de dar una mayor flexibilidad en el sistema de bases primarias y

secundarias[2].

El 2 de diciembre de 1944, España y Estados Unidos concluían un

acuerdo por el que se les concedían a éstos ciertos derechos aéreos

comerciales en España, Río de Oro y Marruecos, no en las islas Canarias.

Este acuerdo fue ampliado por una carta secreta de 19 de febrero de 1945,

para incluir las operaciones del Mando de Transporte Aéreo (ATC) hasta el

19 de abril de 1946 y nuevas concesiones se añadieron en mayo. El general

Franco, que había jugado la carta alemana más de lo conveniente para los

intereses españoles al atender, antes que a otras opiniones, las del germanófilo

Alto Estado Mayor, en su tardío desplazamiento a los aliados para conservar

su poder, cayó en brazos de Estados Unidos. España, llegó a decir el general Franco al agregado militar norteamericano Wendell G. Johnson, era una

nación americana[3].

Al finalizar el acuerdo de 19 de febrero de 1945 y pese a no haber sido

prorrogado, los aviones ATC seguían sobrevolando el Sahara español en su

ruta Dakar-Casablanca. Hay que situar en este contexto el estudio realizado

por la JCS sobre la posible utilización de bases en España. Se le sugería al

secretario de Estado norteamericano el obtener una base conjunta en el

aeropuerto de El Gando —Gran Canaria—, con una tabla de derechos

máximos y mínimos; el requisito de una sola ocupación de instalaciones

específicas y servicios; la obligación española de notificar previamente a

Estados Unidos cualquier propósito de dar participación en ella a un tercer

país y de no garantizar similares o superiores derechos militares a cualquier

otro. La JCS recomendaba, en fin, afirmar lo siguiente en cualquier acuerdo:

A este respecto, nada debía ser interpretado como un compromiso por

parte de los Estados Unidos para mantener servicios militares en las islas

Canarias cuando, a juicio de los Estados Unidos, tales servicios no fuesen

necesarios para la seguridad de este área y/o de los Estados Unidos.

El compromiso era claro e inapelable. Pero el 5 de agosto de 1946, el

funcionario del Departamento de Estado del Comité de Coordinación

introducía la siguiente nota antes de aprobarse el Memorándum con destino al

Departamento de Estado:

Es la opinión del miembro del Departamento de Estado que este

Gobierno no está ahora en disposición de iniciar negociaciones sobre

derechos militares con el Gobierno español, ni parece probable que tales

negociaciones puedan ser emprendidas en un futuro predecible[4].

Firma de los acuerdos hispano-norteamericanos en el palacio de Santa Cruz,

septiembre de 1953. Martín Artajo firma por parte española.

 

El embajador James C. Dunn lo hace por parte de los Estados Unidos.

 

Las convulsiones de la guerra fría

 

En efecto, el 12 de diciembre de este mismo 1946, la Asamblea General

de las Naciones Unidas aprobaba, por 34 votos a favor, seis en contra y 14

abstenciones, una resolución recomendando la retirada de Madrid de los

embajadores y ministros plenipotenciarios.

Al año siguiente, el general George C. Marshall lanzaba el programa de

recuperación europea, abierto a Rusia y países satélites, y el Congreso

norteamericano aprobaba el Acta de Seguridad Nacional, que condujo a la

fundación del Consejo Nacional de Seguridad y de la CIA y por el que se

autorizaba a la JCS a preparar y planificar una posible guerra. Se inscribe en

este panorama un lüemorándum de la JCS al secretario de Defensa, una vez

estudiado el informe del Staff de Planificación Política del Departamento de

Estado sobre la política estadounidense respecto a España, en el que se

recomendaba una normalización política y económica[5]. La JCS afirmaba, sin

comentar las implicaciones políticas:

Existen implicaciones importantes en la actitud de España hacia los

Estados Unidos y la URSS. Una España hostil o comunista afectaría de modo

adverso la probabilidad de éxito del objetivo actual de los Estados Unidos de prevenir la extensión del comunismo y afectaría también de modo adverso

nuestra capacidad de apoyo a las operaciones militares en el Mediterráneo y

Oriente Medio, en el caso de que éstas fuesen necesarias para los intereses

de nuestra seguridad nacional. Por el contrario, una España amistosa,

solidaria, capaz y deseosa de oponerse a la penetración o agresión soviética,

mejoraría materialmente nuestra situación estratégica con respecto a la

URSS, ya en el continente europeo, ya en el Mediterráneo. En consecuencia,

desde un punto de vista estrictamente militar, JCS está de acuerdo en la

recomendación del Staff de Planificación Política del Departamento de

Estado, en la medida en que pueda tender al fortalecimiento de la capacidad

de España de resistir una agresión comunista y contar con el apoyo de

España en caso de una guerra abierta[6].

A los pocos días, el 18 de diciembre, el Departamento de Estado

comunicaba al embajador en Madrid la decisión de ir a una normalización

gradual de las relaciones políticas y económicas[7].

En respuesta a la creación del Kominform, surgía en 1948 la Unión

Occidental; al poco tiempo se producía el bloqueo de Berlín Oeste. El 4 de

abril de 1949 se firmaba en Washington el documento constitutivo del Pacto

Atlántico. En agosto, Rusia experimentaba su primera bomba atómica. A

fines de año ponía a punto el Pentágono un plan fundamental, el plan

Dropshot, para el caso de que estallase la guerra el 1 de enero de 1957. Le

habían precedido otros planes —Broiler, Charioteer y Fleetwood—

suscitados por las crisis de Berlín y Checoslovaquia y las conmociones de

1948.

 

El plan Dropshot

 

Este plan exigía la colaboración de los países europeos aliados (de ahí la

necesidad del apoyo económico, el plan Marshall) en la tarea de frenar el

comunismo en Europa. Al iniciarse la ofensiva soviética —coincidente, se

pensaba, con una serie de ataques por sorpresa a las bases del Mando Aéreo

Estratégico, SAC—, el plan preveía cuatro fases:

 

I. Desde el día D hasta la estabilización de las ofensivas iniciales

soviéticas, incluyendo la iniciación de la ofensiva atómica aliada.

II. Desde la estabilización de las ofensivas iniciales soviéticas hasta la

iniciación de las ofensivas principales de los ejércitos aliados.

III. Obtención de la capitulación soviética.

IV. Control y ejecución de los términos de rendición.

 

Era esencial conseguir en las primeras fases la supremacía aérea; había,

pues, que tener bases en Europa al ser ésta el previsible centro de la

conflagración y del ataque soviético (véase mapa). Bases, por tanto, para la

defensa de Europa. La Península Ibérica, según el plan, no era el lugar idóneo

para las operaciones aéreas contra la URSS, ni la adecuada cabeza de puente

para lanzar las principales ofensivas terrestres. Independientemente de acoger

a los bombarderos B-47, se la veía más bien como apoyo logístico y

estratégico, por controlar el estrecho de Gibraltar y el Mediterráneo occidental

y ser la llave del noroeste de África. En el plan se suponía que la base

británica de Gibraltar quedaría muy mermada después de un posible ataque

atómico[8].

 

Comienzo de las negociaciones

 

Sobre estos presupuestos y planes militares, reanudemos el hilo de los

acontecimientos.

En el mes de enero de 1950 se produce el giro fundamental de la política

estadounidense hacia España en las Naciones Unidas[9]. En este año, a juicio

de la JCS, la guerra no parecía probable hasta 1954, pero ni entonces ni en los

años siguientes había posibilidad de defender Francia y los Países Bajos en

caso de ataque. Por ello, el Pentágono recomendaba al Departamento de

Estado que Estados Unidos y sus aliados diesen los oportunos pasos para que

España se convirtiese en aliado en caso de guerra y obtener esta cooperación

ya bilateralmente, ya integrándola en la OTAN o en la Unión Occidental, y

hallar un camino para superar las objeciones políticas del Reino Unido y

Francia.

Pero el Departamento de Estado, en julio de 1950 y pese al estallido de la

guerra en Corea el mes anterior, consideró esas urgentes medidas como

políticamente inviables. A los pocos meses, y ante el empeoramiento de la

situación internacional, el Departamento de Estado aceptaba las

recomendaciones de la JCS y se buscaba el modo de superar las objeciones

políticas de Inglaterra y Francia y sus recelos a una posible línea de defensa

en los Pirineos. Se había llegado a un punto de convergencia con el

Pentágono[10]. La eventualidad de que la Unión Soviética aprovechase el

compromiso militar norteamericano en Corea para intervenir militarmente en Europa (que se encontraba en un momento de gran debilidad), pesó sobre

cualquier otra consideración.

En diciembre de 1950 se anunciaba el nombramiento de Stanton Griffis

como embajador en Madrid. Pero el presidente Truman siguió

sustancialmente en desacuerdo con las recomendaciones militares hasta el 28

de junio de 1951, en que se aprobó de forma definitiva el proyecto del

Consejo Nacional de Seguridad y la apertura de negociaciones para la

utilización de instalaciones militares en España[11].

 

Delegación norteamericana que firmó los acuerdos de septiembre de 1953. En el centro, James C.

Dunn y, a su derecha, el general Kissner, jefe de la misión militar en España.

(Izquierda) Stanton Griffis.

(Derecha) Almirante Forest P. Sherman.

 

El 16 de julio de 1951, el almirante Sherman, miembro de la JCS, cuya

actitud había sido muy importante para doblegar la opinión de Truman,

llegaba a España con una misión secreta. Antes habían visitado Madrid

algunos miembros del Comité Senatorial de Asuntos Exteriores. Esta misión

levantó en amplios sectores de la prensa de Europa occidental, salvo en

Portugal, airados editoriales. El secretario de Estado Dean Acheson tuvo que

puntualizar el 18 de julio en 1951 que se trataba de conversaciones

exploratorias y que no había cambio en los compromisos defensivos

estadounidenses. Pero la controversia siguió.

El Gobierno del Reino Unido había reconocido finalmente el derecho de

Estados Unidos a entrar en esas negociaciones si se consideraba conveniente

y siempre que ello no implicase la adhesión de España a la OTAN, tema éste

descartado por el Departamento de Estado. Mas el Gobierno francés continuó

estimando inaceptables estas negociaciones[12].

La muerte del almirante Sherman, el informe pesimista de la misión

militar encabezada por el general de la Fuerza Aérea James W. Spry y las

reticencias del presidente Truman y de escalones inferiores de la

Administración americana, imprimieron una desaceleración en el ritmo

inicial. Será la Marina norteamericana, a través del almirante Gardner, la que

presione de nuevo, en enero de 1952, para conseguir puntos navales de apoyo

en España.

El 12 de marzo de 1952 se anunciaba el comienzo de negociaciones

formales. El general de la Fuerza Aérea August W. Kissner, en la parte

militar, y George Train, en la parte económica, integraban la comisión, junto

con Jorge Vigón, jefe del Alto Estado Mayor, y Manuel Arburúa, ministro de

Comercio. Con la llegada de los republicanos a la presidencia cobraron mayor

dinamismo las negociaciones. Sustituido Truman por Eisenhower, se

firmaban tres convenios en el mes de septiembre de 1953.

 

Los convenios de 1953

 

En virtud de estos convenios, el Gobierno español autorizó al Gobierno de

Estados Unidos a desarrollar, mantener y utilizar zonas e instalaciones para

fines militares, junto con el Gobierno español.

Los mandos militares norteamericanos estaban capacitados para conceder

las autorizaciones de vuelo en las bases, y la aviación y la defensa aérea de

España tenía prioridad sobre la Marina estadounidense, que, asimismo,

gozaba de amplísima libertad de movimientos.

Las bases aéreas resultantes de estos convenios pertenecían al SAC

norteamericano —no integrado en la OTAN— y se empleaban para el

mantenimiento de los B-47 de medio radio de acción, destinados a servir de

respuesta atómica, en caso de un ataque de la Unión Soviética contra Europa

occidental. No eran auténticas bases conjuntas y, mucho menos, Rota,

considerada en ese momento como base de apoyo operacional de los

portaaviones y flota del Mediterráneo. Una cláusula secreta, además, decía:

En caso de evidente agresión comunista que amenace la seguridad de

Occidente, podrían las fuerzas estadounidenses hacer uso de las zonas e

instalaciones situadas en territorio español como bases de acción contra

objetivos militares, en la forma que fuera necesario para la defensa de

Occidente, a condición de que, cuando surja tal situación, ambos países se

comuniquen, con la máxima urgencia, su información y propósitos. En los

demás casos de emergencia, o de amenaza, o de agresión contra la seguridad

de Occidente, el momento y el modo de utilización de las zonas e

instalaciones situadas en territorio español serían objeto de consulta urgente

entre ambos Gobiernos; y serán determinados a la vista de las circunstancias

de la situación creada[13].

Los Estados Unidos quedaron con todo el campo por delante. Por otra

parte, la asistencia y suministros de Estados Unidos a las Fuerzas Armadas

españolas venían condicionados por sus compromisos internacionales, las exigencias de la situación internacional y las concesiones crediticias del

Congreso. Estados Unidos se reservaba la facultad de interpretar estas

condiciones, y el refuerzo del Ejército y Marina hispanos tenía para ellos

importancia secundara.

La defensa de España en caso de ataque correspondía al Ejército español,

aunque el Pentágono reconocía la importancia estratégica de España y la

necesidad de apoyo en caso de conflagración general en Europa. Pero esto no

aparecía en los convenios[14].

De este modo, el uso de las instalaciones militares pensadas inicialmente

en España y de las posteriores permitió a Estados Unidos el control del

estrecho de Gibraltar y del Mediterráneo occidental, que se consideraba

entonces vital para una defensa segura de Italia, Grecia, Turquía y,

posiblemente, Yugoslavia. Las instalaciones eran de gran importancia en el

desarrollo de las operaciones del SAC. Además, la localización de bases en

España proporcionaba una cobertura defensiva suficiente desde un posible

frente en el centro de Europa occidental a la retaguardia, dada su distancia;

del mismo modo que las islas Británicas lo hacían en el oeste de Italia en el

sur de Europa[15]. España, a partir de este momento, perdía su neutralidad.

Independientemente del fin de la guerra de Corea y la muerte de Stalin, el

Pentágono admitió después que el sistema de bases aéreas establecido en

España no era imprescindible. Luego, con el desarrollo de las técnicas de

aprovisionamiento en vuelo, los B-52, los submarinos nucleares y los misiles,

el valor de las bases se redujo progresivamente y quedaron anticuadas las

bases permanentes de bombarderos atómicos. Ya en los últimos años

cincuenta, los círculos militares norteamericanos calificaban estas fuerzas

como convencionales, destinadas a mantener un poder local favorable en

áreas seleccionadas[16].

 

La renovación de los convenios

 

En 1963 y con los cercanos precedentes de diversas declaraciones

soviéticas sobre la vulnerabilidad de las bases norteamericanas en países

extranjeros y la salida de tono de Kruschev en las Naciones Unidas con

motivo de la crisis de Cuba, se firmó la prórroga de los convenios de 1953.

Es de destacar el cambio introducido sobre la situación negociadora

anterior. Esta vez se llevó a cabo la negociación en el Ministerio de Asuntos

Exteriores. Su nuevo titular, Fernando María Castiella, y el nuevo embajador

ad hoc en Washington, Antonio Garrigues, no sin dificultades consiguieron modificar de alguna manera el statu quo y elevar los convenios a la categoría

de los concluidos por Estados Unidos con otras naciones. Norteamérica quería

prorrogar los convenios y en el desarrollo de las negociaciones mostraron

algunos elementos de su táctica, que luego reiterarían: la llamada, por nuestra

diplomacia, presión moral (campaña de prensa americana, remisión al último

día, etcétera) y el ultimátum en torno a la fecha límite y sobre la mesa de

negociaciones. No cuajó la intención española de no prorrogar los convenios

en su versión original y la célebre Declaración Conjunta vino a cumplir

parcialmente los objetivos españoles. Decía así:

El Gobierno de los Estados Unidos reafirma su reconocimiento de la

importancia de España para la seguridad, bienestar y desarrollo de las áreas

del Atlántico y el Mediterráneo. Los dos Gobiernos reconocen que la

seguridad e integridad tanto de España como de Estados Unidos son

necesarias para la seguridad común. Una amenaza a cualquiera de los dos

países y a las instalaciones que cada uno provee para la defensa común, será

considerada como asunto de interés de ambos países y cada país tomará las

medidas que considere apropiadas dentro del marco de sus procesos

constitucionales.

 

(Izquierda) Presidente Dwight D. Eisenhower.

(Derecha) José María Castiella, ministro español de Asuntos Exteriores.

Base de Rota, poco después de su construcción.

 

Esta declaración, que encerraba una cierta garantía para la seguridad de

España, se sobrevaloró. En frase de Antonio Garrigues, los nuevos convenios

constituyeron para el Departamento de Estado un pacto de cuasi alianza[17].

Mas, por importante que fuese, la Declaración resultó simplemente eso, una

declaración y no un compromiso articulado.

En estos convenios, firmados por cinco años, la base de Rota pasaba a

tener importancia estratégica primordial para Estados Unidos. Su utilización

por submarinos armados con Polaris fue, lamentablemente, cedida por el

general Muñoz Grandes al margen de la negociación. Las bases de Morón y

Zaragoza perdieron mucha de su anterior importancia a partir de 1965 con la

marcha de los bombarderos B-47. Sin embargo, la cláusula secreta, ya

mencionada, siguió teniendo validez.

Por vez primera se constituyó un Comité Consultivo Conjunto, al que

fueron bastante reacios los norteamericanos y que tuvo muy corta vida

efectiva, porque en 1964, al ser nombrado Manuel Diez-Alegría general de

División, quien instaba a celebrar reuniones, las reuniones dejaron de

celebrarse, con lo que se elevó la ya proverbial cota de improvisación

española.

La contraprestación económica y militar norteamericana quedó muy lejos

de lo solicitado en principio: se redujo a cien millones de dólares en ayuda

militar, cincuenta millones para la compra de armamento norteamericano y una promesa de créditos por valor de cien millones de dólares del Export-

Import Bank[18].

No pocas fricciones tuvieron lugar entre los dos países durante los cinco

años acordados; fue sobre todo el accidente de Palomares, en 1966, con la

colisión en vuelo de un B-52 y un KC-135, el que sensibilizó particularmente

a la opinión pública española sobre los riesgos nucleares de las bases

americanas. Fue en el año de la nueva Ley de Prensa.

 

La batalla diplomática

 

A la hora de pensar en otra renovación, el Gobierno puso de relieve la

necesidad de transformar el alcance y naturaleza de los convenios. En

principio, se pensó en la siguiente alternativa: Tratado de Seguridad Mutua

entre Estados Unidos y España o sistema de cooperación militar con el

compromiso norteamericano de equipar a las Fuerzas Armadas españolas y

capacitarlas para asumir la defensa de España y los objetivos de interés

común dentro del dispositivo occidental, con todas las garantías.

En 1967 se entrevistaron Fernando María Castiella y el secretario de

Estado norteamericano Dean Rusk, quien aceptó la sugerencia española de

preparar con antelación las negociaciones del año siguiente. Pero antes de que

empezasen, varios sucesos enturbiaron el ambiente, de modo peculiar la

restricción de inversiones americanas y el apoyo a la permanencia británica en

Gibraltar[19].

Por parte norteamericana, la JCS aseguró que el mantenimiento de las

bases era de gran interés para su país y recomendó su extensión al secretario

de Defensa. El notorio despliegue de la flota soviética en el Mediterráneo, la

retirada francesa de la OTAN y la restricción de sobrevuelos en Francia y

Marruecos otorgaban todavía, desde un punto de vista convencional, gran

importancia a las bases en la defensa del flanco sur de Europa y del

Mediterráneo[20]. Pese a ello, los norteamericanos descartaron cualquier tipo

de tratado, ciñéndose a la pura extensión de los convenios.

En junio de 1968, viajaba a Washington el general Díez-Alegría y

entregaba una lista del equipo militar solicitado por cada uno de los

Ministerios militares. Se la consideraba expresión de las necesidades básicas

españolas de equipamiento en el contexto, arriba apuntado, de alternativas. La

lista, por un monto de cerca de mil millones de dólares, incluía unas frases

finales reveladoras de la buena disposición española para recibir las

sugerencias norteamericanas al respecto. De inmediato, los militares norteamericanos manifestaron al general español la imposibilidad de acceder

a tales demandas y pusieron como pantalla la reciente ofensiva del Tet en

Vietnam.

En septiembre volvieron a Washington Díez-Alegría y Fernando María

Castiella. Aquí confluyeron los dos cauces de la negociación, la militar en su

segunda fase y la política. Los americanos redujeron la ayuda militar a poco

más del 10 por 100 de la cantidad solicitada en junio; no se había leído el

papel español; la oferta casi no existía. Díez-Alegría dejó claro que España

debía pensar en su propia defensa y que no podía dar todo por nada. Aquello

no se aceptaba. La reunión acabó en seguida y de forma muy poco agradable

para los militares españoles.

El ministro español de Exteriores envió un informe de la situación creada

y el Consejo de Ministros respaldó la posición de ruptura adoptada ante el

Pentágono. Castiella se lo comunicó a Dean Rusk y se hizo uso del período

extensivo de seis meses, previsto en los convenios, para consultas. La táctica

de diferir hasta el último día la discusión de cuestiones concretas, la filtración

a la prensa (el famoso artículo de Benjamin Welles sobre las peticiones

españolas) y la presión final no dieron los resultados apetecidos: los

norteamericanos quedaron esta vez sorprendidos por la negativa española.

Con motivo de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el secretario

de Estado norteamericano se entrevistó en septiembre con su colega español.

Le propuso entonces que los altos mandos militares se pusiesen de acuerdo en

los conceptos estratégicos comunes, que Manuel Díez-Alegría y el presidente

de la JCS, general Wheeler, se reunieran y llevasen a cabo las negociaciones

militares.

Pero el mismo día del inicio de las conversaciones en Madrid entre ambos

generales, Fernando María Castiella, comprendiendo lo impopulares que eran

las bases en España, lanzó a los cuatro vientos la llamada doctrina Castiella

de retirada de las flotas norteamericanas y soviéticas del Mediterráneo.

Wheeler pensó que ya no tenía sentido entrevistarse y, superado de algún

modo el incidente, en unas reuniones con representantes de las Fuerzas

Armadas españolas se convino en llevar las negociaciones mediante el

cambio de notas[21].

Previsiones del plan Dropshot en caso de guerra, enero de 1957. El plan preveía ataques aeronavales

inmediatos contra Gran Bretaña. Según los Estados Mayores occidentales, el ataque soviético podría

alcanzar los Pirineos en dos meses y medio; Gibraltar, en siete u ocho meses; Sicilia, en tres meses y

medio; las islas griegas, en tres meses.

 

Wheeler delegó en el general David Burchinal y se lograron acuerdos

sobre posibles amenazas, zonas de interés común definidas con meridianos y

paralelos, medios a utilizar, así como los derechos de los norteamericanos en

España. Pese a la oposición de Castiella, para quien no había suficientes

cautelas en cuestión de bases y celebración de maniobras[22], se llegó a la

firma de los puntos de vista convenidos —base de las negociaciones futuras—

con el beneplácito de Franco y ministros militares.

En tal situación, el Departamento de Estado, temeroso de las

consecuencias de esta firma, recurrió a la filtración: el Washington Post

publicaba el 25 de febrero de 1969 un artículo de Flora Lewis donde refería el contenido esencial de lo pactado entre Díez-Alegría y Burchinal. Estas

revelaciones sirvieron de detonante, en plena guerra del Vietnam, para

dinamitar la negociación. Esta se presentó a la opinión pública y fuerzas

políticas como un nuevo caso de implicación norteamericana en una guerra

exterior, sin pública discusión y aprobación en el Congreso. Posteriormente,

el subsecretario de Estado Elliot Richardson, e incluso el nuevo presidente,

Richard Nixon, declararon que no existían compromisos de defensa con

España.

 

Un «modus vivendi»

 

En el mes de marzo de 1969, un día antes de que expirasen los seis meses

de consultas, se anunciaba un acuerdo de principio. Luego, en junio, se

extendieron por dos años los anteriores convenios mediante un modus vivendi

que permitiese ganar tiempo y evitar la aceptación de la postura americana de

prórroga por otros cinco años o una ruptura que dejase a la intemperie al

Régimen. Por parte española se pensaba que no había contradicción entre su

postura y la del Senado norteamericano —contraria a los compromisos

militares en países extranjeros que pudiesen acarrear complicaciones

similares a las de Vietnam— y con el viejo proyecto español, siempre

apetecido y reiterado, de integrar de algún modo a España en la OTAN.

Con la firma de este modus vivendi se intentó cancelar definitivamente los

convenios de 1953 y el régimen de bases en ellos establecido. A los dos años,

los Estados Unidos deberían iniciar la evacuación total de las bases, que se

pondrían a total disposición del Ejército español. Se abrió con ello una

negociación para instrumentalizar un nuevo sistema de cooperación en

diversos campos: económico, militar, técnico y educativo.

La prensa norteamericana indicó que España había pedido mil millones de

dólares y un tratado de seguridad; se le habían ofrecido ciento setenta

millones y cinco años de régimen de bases y finalmente sólo había obtenido

cincuenta millones y dos años. Pero la realidad era otra. España recibió parte

del material militar que se le debía e intentó cortar el nudo gordiano de los

convenios de 1953. El ministro de Asuntos Exteriores español, sin embargo,

al poco de la firma, viendo su debilidad, trató de dar un viraje en su política

de dureza, pero ya su suerte estaba echada[23].

Tras la crisis gubernamental inducida por el caso Matesa, el nuevo titular

de Exteriores, Gregorio López Bravo, facilitó inmediatamente la negociación.

En marzo llegó a Washington con la pluma dispuesta para la firma. En los meses siguientes hubo otras entrevistas y, pese a las reticencias del legislativo

norteamericano, el 6 de agosto de 1970 se rubricó un acuerdo de amistad y

cooperación. La situación estratégica en el Mediterráneo había empeorado, la

Quinta Escuadra soviética seguía creciendo, ya con bases navales en Egipto, y

Estados Unidos había sido expulsado de la base libia de Wheelus. Esta

situación preocupante, unida a la dura batalla diplomática anterior, produjo

algún resultado favorable.

No era un tratado y cabía hablar, en cierto modo, de una extensión de los

convenios anteriores, pero la cláusula secreta desapareció, diluyéndose en el

artículo 34[24], que vino a concretar la utilización de las bases. La Declaración

conjunta de 1963 también quedó devaluada en el capítulo octavo[25] por el

que España se insertaba, de forma irregular, en la estructura defensiva de la

OTAN[26]. Ahora se creaba un Comité conjunto hispano-norteamericano de

defensa del que formaba parte el comandante de las Fuerzas Armadas

norteamericanas en Europa, que a su vez lo era de la OTAN, y un sistema de

alerta y control ligado también a la OTAN. las contraprestaciones solicitadas

se redujeron a ciento veinte millones de dólares en créditos del Export-Import

Bank para la compra de 36 F-4C y otro material nuevo y en la cesión de

material diverso para la Marina y el Ejército de Tierra. Perduraban también en

la parte española algunas constantes relativas a la falta de coordinación y la

multiplicidad de organismos decisorios españoles. Los ocho aviones de

transporte Hercules, solicitados desde un principio y laboriosamente

conseguidos por el jefe del Alto Estado Mayor, no fueron aceptados en el

último momento por el ministro del Aire. Asimismo se consiguió la reversión

del oleoducto Rota-Zaragoza y la construcción del sistema de alerta

mencionado, cuya eficacia suscitó juicios dispares. En último término,

aparecían perdidos tres millones de dólares anuales para el programa de

reforma educativa.

Se puede decir, por tanto, que aunque no constituía un compromiso de

defensa, desde el punto de vista de los convenios firmados por el régimen del

general Franco, éste fue el más ventajoso. No está de más señalar también

que, a pesar del cambio introducido en las bases, no varió en exceso su

régimen y nada se hizo por parte española para meter tropas de Marina en

Rota ni del Ejército del Aire en Torrejón, Morón y Zaragoza, reactivada esta

última tras la pérdida de Wheelus. En los anejos del acuerdo, en uno de los

artículos, se prohibía el almacenamiento de armas químicas o biológicas y se

incluían regulaciones para las Fuerzas Armadas y personal estadounidense en

España[27].

Un Tratado de Amistad y Cooperación

 

Las negociaciones para la renovación del Convenio de Amistad y

Cooperación comenzaron en 1974. La situación empeoró para Estados

Unidos. A la crisis generada por el desastre de Vietnam vino a sumarse el

Watergate. En el área mediterránea se produjeron acontecimientos relevantes:

revolución en Portugal y golpe de Estado contra el arzobispo Makarios, al que

siguió la invasión y conquista de parte de Chipre por Turquía. Grecia retiró

sus fuerzas de la OTAN y redujo la presencia militar norteamericana en su

territorio. A su vez, Turquía, reaccionando contra las presiones del Congreso

estadounidense, hizo lo propio con sus instalaciones militares

norteamericanas. Añádase el incremento de la influencia del Partido

Comunista en Italia. El flanco sur de la OTAN estaba en muy difícil situación

y sobre esta premisa cobraban mayor valor las facilidades proporcionadas en

España a Estados Unidos.

Estos, ya desde la primera negociación, mantuvieron firmemente su

postura de renovar el sistema creado en aquellos convenios, mientras que

España solicitaba un tratado de defensa. Antes de comenzar formalmente las

negociaciones, se habían celebrado conversaciones exploratorias y la

significativa firma de la declaración de principios por el entonces príncipe

Juan Carlos.

Las negociaciones no adelantaban, las posturas eran contrapuestas. A

principios de 1975, ante la imposibilidad —puesta de manifiesto— de que el

Congreso norteamericano aprobase un tratado, según interesadas

informaciones del Washington Post, los negociadores españoles propusieron

la retirada de Torrejón, la desactivación total de Morón o un reconocimiento

explícito de la OTAN de que las bases españolas contribuían a su defensa[28],

junto con unas contraprestaciones cifradas en mil quinientos millones de

dólares[29]. Los norteamericanos optaron por recabar la aquiescencia de la

OTAN a la sugerencia hispana, pero sin resultado.

(Izquierda) Dean Rusk, secretario de Estado USA.

(Derecha) Teniente general Manuel Díez Alegría.

 

Firma del Tratado de Amistad y Cooperación hispano norteamericano en el Departamento de Estado USA. A la izquierda, López Bravo; a la derecha, William P. Rogers. Washington, 6 de agosto de 1970.

 

Mientras tanto, el ambiente político español estaba en plena efervescencia,

con Franco físicamente deteriorado y con el problema vasco, al igual que en

las negociaciones anteriores, encrespando la situación interna. Fue imposible

entonces mantener una postura consistente. El Gobierno español, que había

anunciado públicamente que si no se llegaba a un acuerdo el 26 de septiembre

no se daría paso a una extensión del Convenio y las tropas norteamericanas

tendrían que marcharse de las bases, tuvo que ceder una vez más en toda la línea. El 27 de septiembre eran fusilados cinco miembros de ETA y FRAP,

tras un juicio sumarísimo, y toda Europa se echó encima de España. A esto se

unió el grave problema del Sahara y los preparativos para la Marcha Verde,

apoyada por Estados Unidos. Franco indicó que había que firmar.

Estados Unidos guardó un discreto silencio desde el punto de vista

diplomático ante aquella avalancha, y el 4 de octubre de 1975, Kissinger y

Cortina anunciaron que había entendimiento: Estados Unidos mantenía

sustancialmente idéntico el acuerdo ejecutivo y España recibía a cambio de

quinientos a setecientos millones de dólares en ayuda militar.

Afortunadamente, el Departamento de Estado no tuvo tiempo de someter el

nuevo acuerdo al beneplácito del Congreso; la enfermedad de Franco y su

posterior muerte, el 20 de noviembre, paralizaron el proceso[30]. Coronado rey

Juan Carlos I, el nuevo ministro de Asuntos Exteriores exponía a Kissinger el

21 de diciembre de 1975:

Las líneas generales de lo que el acuerdo marco necesita para que lo

apruebe el Gobierno y el rey. Que se convierta el acuerdo ejecutivo en

tratado bilateral. Que se aumenten las contrapartidas de diversa índole hasta

llegar a mil millones de dólares. Que se fijen unas fechas-tope concretas para

la retirada de los ingenios nucleares de la base de Rota; que se articule de

una manera precisa la vinculación orgánica de los planes defensivos a la

estrategia de la Alianza Atlántica. Y que no hubiera ningún anejo o cláusula

de índole secreta al tratado mismo[31].

Estados Unidos entendió que debía hacer un gesto de apoyo a la nueva

Monarquía y accedió, pero la renegociación llevaba el pie forzado del acuerdo

marco Kissinger-Cortina, lo que influyó en el tratado y acuerdos anejos. El 22

de enero de 1976, el jefe de la misión negociadora norteamericana,

McCloskey, llegó a Madrid para dar algunos retoques y al día siguiente la

OTAN aprobaba la inclusión de una referencia a la importancia de la

cooperación de España a la defensa de Occidente.

El 24 de enero se firmaba el Tratado de Amistad y Cooperación; en sus

artículos 5 y 6 establecía una relación defensiva, aunque no especificada,

sobre una base de reciprocidad e igualdad en conexión con los planes de

seguridad existentes en la OTAN; con este fin se constituía un Estado Mayor

Combinado de Coordinación y Planeamiento, facilitándose la utilización y

mantenimiento de las bases de Rota, Torrejón, Zaragoza, Morón y otras

instalaciones perfectamente detalladas, así como la zona geográfica de interés

común[32].

Cortina Mauri, Hans Dietrich Genscher y Henry Kissinger, en París, mayo de 1975. Las presiones de

Washington darían lugar a una nueva firma meses después.

 

Barco USA para la Marina española.

 

Además de la insuficiente relación defensiva, se acordó una amplia

relación en asuntos económicos, educativos, culturales, científicos, técnicos y

agrícolas. La contraprestación económica era seiscientos millones de dólares

en préstamos para compras militares, ciento setenta millones de dólares en

donaciones y cuatrocientos cincuenta millones en préstamos del Export-Import Bank. Por vez primera se recogía que Estados Unidos no almacenaría

armas ni componentes nucleares y se indicaba que a partir del 1 de enero de

1979 comenzaría la retirada escalonada de los submarinos nucleares de Rota,

como así ha ocurrido. Con gran sentido político, el Congreso norteamericano

ratificó el tratado, que no era tan comprometedor como parecía.

 

Conclusión

 

La finalidad del sistema de bases instaurado en 1953 fue la defensa de

Europa Central y el control del Mediterráneo occidental en función de la

defensa de países como Italia, Grecia, Turquía, zonas y países de la OTAN y

también Yugoslavia. Así ha permanecido, con diversas variaciones, hasta la

actualidad. La falta de percepción de esta realidad histórica ha llevado a

estudios y afirmaciones inaceptables[33].

Cara al futuro de las bases, ya españolas, no parecen existir alternativas

importantes para Estados Unidos[34], mientras España está metida de lleno en

el radio de acción de los nuevos bombarderos soviéticos Backfire y los SS-20

y su presencia en el segundo Mediterráneo es asombrosamente mínima. El

sistema hasta ahora mantenido no ha sido satisfactorio. Está orientado

claramente a la OTAN desde su constitución y desequilibrado en contra de

España: todos los inconvenientes de una alineación con la OTAN y ninguna

ventaja. No parece posible evitar esta orientación en una renegociación

profunda y aceptable, tanto para Estados Unidos como para la defensa de

España, caso de querer mantener el statu quo.

Kissinger ante el emblema de la OTAN.