España y la OTAN
El camino hacia la OTAN
E N la mañana del sábado día 5 de junio de 1982, sede central de la Organización Tratado del Atlántico Norte, en Evere, Bruselas, una
ceremonia presidida por Joseph Luns, secretario general del pacto defensivo,
celebraba la ampliación del mismo mediante la entrada en un nuevo miembro.
Los entonces ministros de Asuntos Exteriores y Defensa de España, José
Pedro Pérez-Llorca y Alberto Oliart, respectivamente, representaban en el
acto a su Gobierno. Este, poco más de siete meses antes, había conseguido un
ajustado triunfo parlamentario a su propuesta de introducir al país en la
organización militar occidental.
En efecto, la ceremonia de Bruselas constituía la culminación de un
proceso, pero no cerraba en absoluto la cuestión. Antes al contrario, abría un
prolongado período de permanente discusión, marcada ante todo por la
carencia de claridad de que han hecho gala todos los gabinetes ministeriales
que se han sucedido en el Gobierno de Estado a partir de entonces. Dos días
más tarde, otra ceremonia de confusión tenía lugar cerca del lugar donde se
había desarrollado la primera. En la sede de los cuarteles centrales de la
OTAN en Europa, la SHAPE, próximos a la ciudad belga de Mons, era izada
la bandera española junto a las de los demás miembros integrantes de la
organización. Para entonces todavía no se había tratado en forma definitiva la
pertenencia de España al plano militar del tratado atlántico.
Los primeros años de Gobierno democrático en España, dirigidos por la
Unión de Centro Democrático, no habían dudado en mostrar un talante
matizadamente tercermundista, conservando momentáneamente sin
cuestionamientos señalados la presencia de las bases norteamericanas sobre
territorio nacional. El tratado bilateral establecido entre los dos países
expiraría en el mes de septiembre de 1981, y hasta entonces no se plantearía
el tema, que en definitiva se vería superado en significación y consecuencias
posteriores por el referido a la Alianza Atlántica.
La retirada de Adolfo Suárez de la Presidencia de Gobierno y el fallido
intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, pareció actuar como elemento impulsor de la hasta entonces difusa disposición española al ingreso
en la OTAN. De hecho, en el interior del Gobierno existía ya con anterioridad
la manifiesta, pero debidamente oscurecida, voluntad de llevar a la práctica
este ingreso. A las crecientes presiones ejercidas por las principales potencias
europeas tendentes a la ampliación de la Alianza, con idea de fortalecer la
plataforma europea frente al poderío antagónico, Estados Unidos no podía
dejar de considerar que una plena integración española en la OTAN le
permitiría un mayor grado de utilización de sus bases situadas en territorio
ibérico.
Así las cosas, el mes de agosto de 1981 comenzaría una verdadera
campaña de apoyo al ingreso de España en la OTAN, por medio de la cual el
Gobierno centrista trataba de mentalizar a la población para un hecho que se
consideraba ya prácticamente irreversible. Los temores de involución
despertados por el frustrado golpe de febrero eran además susceptibles de
instrumentación, al argüirse por parte del poder que la pertenencia a la
organización anularía toda posibilidad de retroceso en la evolución del
proceso democrático. Se olvidaba de hecho que Portugal, Grecia y Turquía
habían compatibilizado la pertenencia a la OTAN y la presencia en su interior
de ordenamientos de corte autoritario negadores de toda clase de libertad.
Rápidamente, las posiciones de los partidos habían de manifestar la
localización de la población ante una cuestión que hasta entonces no había
accedido a niveles de difusión pública especialmente significados. Las fuerzas
de la derecha se unían aquí a las del centro gubernamental; frente a ellas, la
izquierda socialista y comunista se oponía rotundamente a esta inclusión en
una alianza que apartaría a España de una situación de especial neutralidad
absolutamente imbricada en el bloque defensivo occidental.
El Gobierno presidido por Calvo Sotelo había visto cómo Estados Unidos
prefería situar en primer plano la cuestión de la OTAN, por delante de las
conversaciones acerca de los tratados bilaterales, conversaciones que por otra
parte eran las primeras realizadas en una España democrática. La decisión
estaba de esta forma tomada, y la controversia parlamentaria únicamente
habría de servir para mostrar la existencia de una básica discrepancia de
opiniones entre los partidos.
Así, frente a un gabinete ministerial que desplegaba motivaciones
pretendidamente convincentes de apoyo al ingreso —estabilización
democrática, abandono del secular aislamiento, ventajas materiales de variada
índole, etc.— los socialistas rechazaban la operación bajo el difuso lema que
rezaba OTAN, de entrada, no. El ingreso en la organización, realizado de manera formal aquel 5 de junio, quedaba por otra parte pendiente de la
concreción de una serie de temas clave, de la trascendencia del ya referido de
la inclusión o no en la estructura militar de la organización.
En el mes de diciembre de ese año de 1981, el Consejo Atlántico firma el
protocolo de adhesión de España a la OTAN; el siguiente mes de mayo, los
quince países miembros ratificarían el Protocolo. España era ya miembro de
pleno derecho de la organización atlántica. En el interior del país, la cuestión
se convertiría entonces en un útil caballo de batalla electoral; el Gobierno
centrista, fuertemente debilitado en los últimos meses, se enfrentaría a una
decidida campaña de su principal opositor, el Partido Socialista, que se
perfilaba ya claramente como protagonista de lo que verdaderamente pudo ser
calificado de victoria anunciada.
El PSOE había hecho de la promesa de la celebración de un referéndum
nacional sobre la permanencia de España en la OTAN uno de los motivos más
destacados de su campaña electoral. El brillante triunfo que obtiene en los
comicios de octubre —en los que diez millones de votos le otorgan la mayoría
absoluta en las Cámaras legislativas— haría pensar en un inmediato
planteamiento del problema por medio de una convocatoria de la opinión
pública, tal como se había prometido a los electores de la forma más reiterada.
Por el contrario, un clima de congelación con respecto a esta cuestión era
la tónica dominante, mientras en el seno de la organización comenzaban las
actitudes de impaciencia. La definición de la contribución militar española no
se ha decidido todavía, mientras quedaba demostrado el hecho de que una
integración plena beneficiaba de forma clara a los intereses de la potencia
determinante del bloque en todos los sentidos. Cuestiones tan fundamentales
como la participación en los ámbitos de decisión, o la misma extensión de la
protección nuclear sobre las plazas de soberanía situadas en la costa
norteafricana, desaparecerían ante la consideración global del tema.
Llegadas las últimas semanas del año 1984, el Gobierno socialista
presentaría en el Congreso de los Diputados —el 23 de octubre— el decálogo
de propuestas dirigido a la obtención de un acuerdo para mantener a España
dentro del conjunto atlántico. La no participación en la estructura militar y el
mantenimiento de la promesa de celebración del referéndum nacional
constituían los puntos esenciales de este debate.
A partir de entonces, la cuestión referente a la permanencia o salida de la
Alianza Atlántica se ha convertido en tema de controversia en el plano
nacional.
Por un lado, los comunistas, ecologistas, pacifistas, la izquierda socialista
y los sindicatos presionaban al Gobierno para que convocase el referéndum.
Por otro, la oposición, encabezada por Manuel Fraga Iribarne, luchaban para
que no se realizase y amenazaban con abstenerse si el Gobierno cumplía su
compromiso electoral.
En la Moncloa se lo pensaban. Los sondeos de opinión mostraban que la
victoria correspondería a los partidarios de abandonar la Alianza Atlántica y
que el Gobierno tendría que emplearse a fondo para tener alguna posibilidad
de victoria. Ante el sombrío panorama, desde el poder se lanzaron globos
sonda con la posibilidad de que el referéndum fuera meramente consultivo y
no vinculante.
La respuesta estuvo pronto en la calle: un referéndum únicamente
consultivo parecía una tomadura de pelo. Finalmente, la consulta se decidió
que sería vinculante y el viernes 31 de enero anunció el Gobierno que la
consulta tendría lugar el 12 de marzo.
Este será el texto, preámbulo y pregunta, que se ofrecerá al electorado
español:
EL PREAMBULO: «El Gobierno considera conveniente para los intereses nacionales que
España permanezca en la Alianza Atlántica y acuerda que dicha permanencia se establezca en
los siguientes términos:
1.º La participación de España en la Alianza Atlántica no incluirá su incorporación a la
estructura militar integrada.
2.º Se mantendrá la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en
territorio español.
3.º Se procederá a la reducción progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en
España».
LA PREGUNTA: «¿Considera conveniente para España permanecer
en la Alianza Atlántica, en los términos acordados por el Gobierno de la
nación?».
Ni los partidarios del abandono de la OTAN, ni la oposición dirigida por
Fraga mostraron su conformidad con ese texto; los primeros, por considerarlo
capcioso; los segundos, porque se consumaba la convocatoria al no deseado
referéndum. De cualquier forma, aquéllos se aprestaban a la lucha para hacer
triunfar su deseo, mientras que la derecha pedía a sus miembros que no
acudieran a la convocatoria.
Las espadas quedaron en alto, mientras se anunciaba una abstención
elevadísima.
José Pedro Pérez Llorca, ministro de Asuntos Exteriores del gobierno Calvo-Sotelo, participa en una
reunión de la OTAN, 10 de diciembre de 1981.