Estuche de muerte
Sección 1
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Estuche de muerte
Sobrecubierta
None
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Susan Sontag
Estuche de muerte
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Para Diana Kemedy,
con amor y gratitud
Diddy el Bueno había emprendido un viaje de negocios. Lo de Diddy era apodo familiar: sólo le llamaban así (ahora) su hermano y los pocos amigos que le quedaban de los años escolares… "¿Qué hay, Diddy?" gritaba Paul cuando se presentaba en la oficina sin avisar, o cuando aparecía en el departamento de Diddy a las tres de la mañana. El propio Diddy había embellecido el remoquete alguna que otra vez, en sus festivos exámenes de conciencia, con el calificativo de "Bueno"… Diddy el Bueno, el Buen Did, Didibuén y Done-Done. Fuera de sí mismo y de las amistades de la infancia, Dalton era su nombre.
Dalton Harron, por más señas: individuo apacible, criado afablemente en Pennsylvania, en una ciudad de medianas dimensiones, y educado en colegios caros. De niño, bondadoso: hijo mayor de padres civilizados que habían muerto sin demasiado ruido. (Ahora) un hombre de treinta y tres años y de bastante buena estampa. Más callado que en otros tiempos. Quizá un poco exigente; algo sentencioso. Acostumbrado a que se le conteste cuando habla cortesmente con alguien, y no conforme con los bárbaros modales de la metrópolis en la que (ahora) vive. Pero sin resentimientos. El tipo de hombre que no maltrata a las mujeres, no pierde sus tarjetas de crédito ni rompe un plato al lavarlo, trabaja seriamente, presta dinero a los amigos sin poner mala cara y saca a pasear al perro todas las noches por muy cansado que se encuentre. El tipo de hombre que rara vez desagrada; el tipo de hombre con quien no quiere tratos el desastre.
Diddy tenía su vida, aunque en realidad no estaba vivo. No es lo mismo.
Hay hombres que son sus vidas. Otros, como Diddy, se limitan a habitarlas.
Como inquilinos inseguros, que nunca saben hasta dónde llega su propiedad ni cuándo vence el contrato. Como incapaces cartógrafos, que dibujan una y otra vez mapas equivocados de extraños continentes.
A un hombre así, tarde o temprano, todo se le deshace. Las paredes se desploman. Los huecos se hinchan entre los objetos. Las superficies sudan, adelgazan, se tronchan. Los histéricos fluidos de terror acumulados en el corazón de las cosas se filtran por las grietas. Va costando trabajo desdoblar los objetos y orientarse por el espacio. Demasiado esfuerzo, pasar de cocina a sala, preparar bebidas, poner un disco, fingir cordialidad. Pero las dificultades de Diddy no se resuelven con mayor esfuerzo. No es el
esfuerzo redoblado el que corregirá su ingeniosa torpeza, derivada de un alucinado borrar el presente-que-pasa. Para reforzar el esfuerzo, Diddy necesita fe. De la cual (ahora) carece. Todo se le vuelve, por ello, imprevisible. Hay que presentarse puntualmente a las diez, en las oficinas de Watkins & Compañía, avenida Lexington, cinco días por semana: Diddy sospecha, cada día, que nunca se ha presentado; cada día se presenta sin falta. Lo cual es un milagro. Pero Diddy, carente de fe, no sabe deducir de la presencia de milagros la existencia de un mundo milagroso. Deduce, en cambio, que realizar lo que uno se propone no es milagro, sino la vulgar ruptura del inerte, frágil y pegajoso tejido de las cosas. O un accidente estúpido, como si alguien rasgara feamente la tela con unas tijeras descuidadas, o le hiciera agujeros con la lumbre del cigarrillo.
Todo se deshace; todo se derrite y empapa la bien cuidada existencia de Diddy. Como un gran edificio alimentado por el generador del sótano.
Diddy siente la palpable disminución de la energía del generador. O la monstruosa descomposición del generador enloquecido. De él brota un torrente de revueltos desperdicios que inunda la vida de Diddy, invade su terreno y devora sus amables posesiones, obligándole a buscar refugio, acurrucado, en un rincón estrecho.
Por estrecho que sea, el rincón liberado no es seguro. Si a él no llega la materia sólida, la asquerosa descarga del generador averiado o rebelde se funde en líquido, se derrama y esparce como una piel. Vómito de aceite pesado, mugriento y maloliente, que recubre las cosas, las personas y los objetos, preciosos o vulgares, feos y hermosos, lo poco hermoso que queda.
Mancillado de aceite, el mundo de Diddy se inutiliza. Se hace inhabitable.
Este delicuescente deshacerse de todo coincide con el margen de conciencia de Diddy y socava sus actos más sencillos. Levantarse de la cama es una agonía tan poco prometedora como la del pez que se debate en la orilla, luchando por arrancar vida a un aire sin sentido. La gente que se limita a tener-vida suele moverse en un denso fluido. Sólo así puede vivir, pues su vivir depende de no-ver. Pero cuando ese fluido se evapora, revela un bajo fondo sin censura, fétido y horroroso. Aparecen continentes perdidos, ruinas de ciudades condenadas, descarnados esqueletos de antiguas criaturas inmovilizadas en la agonía. Un paisaje de indecible crueldad. Y las ruinas o los esqueletos pueden salvarse humanamente. No así una naturaleza perdida, deshumanizada. Libres tanto tiempo de la
mirada humana, de las aspiraciones y escrutinios del hombre, las áridas montañas de Tirrenia no pueden parecerse a ninguna montaña del planeta.
Cómo se estremecerían, sudorosas, en el aire sin sustancia.
Así va la vida de Diddy, desde que empezó a derretirse su medio opaco, habitual. Los días blandos, adheridos unos a otros como en una urdimbre, se sueltan, se separan. La masa húmeda se va deshidratando, y lo que queda son trozos picudos, inhumanos. El medio se evapora tenazmente; la abundante y entretejida plenitud pierde gota a gota su sustento. Muere. Su residuo es arbitrario, incomprensible. Hasta el habla del hombre declina hacia el sonido puro. Y sin embargo, observa Diddy, nadie ha descubierto aún, o nadie se ha atrevido a reconocer públicamente, esa clara y terrible caída del nivel de las aguas, la sequía de los óleos vitales, la erosión del litoral, sensible a escala humana. ¿Será Diddy el primero en proclamarlo?
Diddy el Presuntuoso. Aunque siempre trata de ser honrado, nunca ha pretendido la sabiduría. Quizá haya un fondo de sabiduría en la mentira acerca de la vida que la gente repite sin cesar y que Diddy no entiende (ahora) si es que algún día la entendió. Conque Diddy sigue hablando, como todo el mundo. Las palabras, como dados ácidos, pintados de tiza, se escapan de una jaula giratoria. Diddy las recoge una a una y las va colocando, inverosímiles, hasta crear la probable imagen de una frase. Con su ordinario significado: intenciones, promesas, opiniones, súplicas y rechazos, concordias y discordias. Aunque Diddy ya no entiende por qué.
Aunque ya es lo bastante difícil respirar, sin tener que gastar en el habla el poco aire que queda.
A medida que baja el nivel de las aguas, los sucesos triviales se van agigantando, monstruosos, discontinuos. Diddy jadea, se hiere con cualquier movimiento. Diddy, anfibio frustrado. Para quien todas las empresas han perdido el sentido, y todos los espacios se han vuelto inhóspitos, todos los hombres grotescos, todos los climas hostiles, todas las situaciones peligrosas.
Todas las empresas han perdido el sentido. Los actos de Diddy exigen más y más tiempo, y nunca quedan debidamente ejecutados.
Todos los espacios se han vuelto inhóspitos. Y aun más, impenetrables.
Al desplazar su cuerpo, Diddy padece la noción de no haber dado un solo paso. Y si pudiera demostrarse que se ha efectuado algún desplazamiento, es imposible determinar su extensión. Supongamos que dice alguien: vaya
usted a tal sitio. O, más amablemente: haga usted el favor de ir a tal sitio, si no le es molesto.
¿Dónde está ese tal sitio? ¿Cómo sabría Diddy que ha llegado a él?
Podría decirle su compañero: Muy bien. Perfecto. Quédese usted ahí. Pero quizá ese compañero se equivoca, o pretende engañarle.
Casi todos los hombres son grotescos o feos. Cada día peor. Diddy contempla la superficie humana, deforme, hinchada, plomiza, saturada de jugos repugnantes. Y no sólo adolece de esta visión teratológica, sino de una retina radiográfica que penetra la carne hasta el agrio dolor que se esconde en el vientre de cada bípedo. Además, un oído de sobrehumana sensibilidad. Cuando se alza el volumen del mudo sufrimiento suplicante, tal vez para deleite de los dioses menos afectables, Diddy lo oye también.
El peso de sentir demasiados motivos de piedad le está resquebrajando la tabla del espíritu.
Todos los climas son hostiles. Acalorado por las nieves del invierno, inquieto bajo su pesado abrigo, se enfrió con el fuego del sol de verano y tuvo que abrigarse más y más. (Ahora) ha llegado el otoño. Otro invierno neoyorquino, semi-artificial, está a punto de reclamar su permitida duración. Sucesión demasiado conocida. Cuando septiembre amenaza con transformarse en octubre, Diddy sabe lo que le espera. Nada agradable.
Diddy tal vez prepara una defensa propia. ¿Se debe a eso que las manos le responden menos que nunca? En los peores momentos, como (ahora), sus manos parecen adquirir alma y se empeñan en hacer lo que no deben.
Todas las situaciones son peligrosas. Haga lo que haga Diddy, la situación se niega a la neutralidad. Según la fórmula de sus sentimientos, o le paraliza el miedo o le ahoga una agitación convulsiva. En los peores momentos, desde luego.
Uno de los peores momentos llega por la noche, cuando Diddy ha sacado a pasear a Xan y ha comprado la primera edición del Times. Diddy vuelve a casa y se mete en la cama, con el periódico. Las yemas de los dedos se le dirigen implacablemente a la boca. A diferencia de Paul, que se muerde las uñas desde niño, Diddy está a salvo de ese vicio y lo aborrece.
Pero (ahora), cuando va al cine o cuando lee de noche tiene que luchar con un doloroso deseo de ofrecerles las uñas a unos dientes ansiosos…
Exhausto, acaba por tirar el periódico al suelo; duerme, sueña… Una música nerviosa y agria se filtra en sus oídos. Abre los ojos, y vuelta a
empezar, ya que la mañana es otro de sus peores momentos. Frente a la ventana abierta, al bajar las persianas para vestirse. Frente al espejo del cuarto de baño, poco después, afeitándose. La invitación mortal de ventanas y espejos.
Esforzándose por dominar sus manos poderosas. Porque estas horas difíciles han empezado a mostrarle una siniestra tentación sin nombre.
Un día, la tentación logra expresarse. Las manos, inocentes del idioma, buscan la complicidad de la mente, que se nutre de palabras. Palabras y palabras, nomenclatura de profunda seriedad. Con la seria intención de morir, una noche, Diddy se tomó medio frasco de somníferos. Después de pasear al perro, que (ahora) duerme junto a la chimenea de la sala. Son las doce y media; en su cuarto, con la puerta cerrada, Diddy se reclina y cierra los ojos. Empieza a flotar suave y apaciblemente. Sigue un intervalo indeterminado, en el que cuesta trabajo respirar, a oscuras. Oye gemidos, como una extraño rebuzno. Duele el vientre; Diddy se cae de la cama, de cabeza. Sobre un plano durísimo y doloroso. En el duro suelo, una densa humedad hedionda. Xan ladra; la vecina de enfrente (una actriz agraciada, que trabaja en teatros pequeños) le grita en pleno rostro. Le tiran, como un saco, en una camioneta. Luego un negro esbelto, vestido limpiamente de blanco entre el olor a vómito, le frotó los miembros entumecidos y trajo a su nueva cama la bomba estomacal. Las entrañas de Diddy se secaron vergonzosamente; a los tres días le daban de alta, con diez kilos menos de sustancia en el cuerpo. Ya que son los que se reconocen simples vigilantes o arrendatarios de sus vidas los que añaden volumen a la lista de suicidas en potencia. Cuando uno sabe que tiene-vida cede a la tentación de entregarla.
Uno está muerto. Por lo tanto, uno quiere morir. A la vez, uno quiere nacer.
En la esperanza de nacer, feroz como el deseo de la muerte, Diddy había llegado a venerar al niño que había sido. Se ha caído el nene de Mary, probrecito, se ha dado un golpe en la cabeza. ¡Con un beso se cura! ¡Ya está! Un escolar vivaz y sin malicia, con un apodo estúpido, se asomaba a los ojos de Diddy, que lloraban sin lágrimas frente al hombre diligente y estoico que, detrás de un escritorio, consulta enciclopedias, redacta anuncios, proyecta desplegados, dicta cartas y transmite recados de oficina.
Pero a Diddy no le parece honroso acabar sin más ni más con lo que viene haciendo. Diddy el Acabado. La muerte había rechazado su torpe y apresurada solicitud, y de todas maneras, Diddy temía a la muerte.
Aplicando a sí mismo sus inmensos caudales de ironía, juró continuar, dar un paso tras otro. Tiene que alimentar al perro, ayudar como hermano mayor al pobre Paul, seguir pagando a Joan la pensión que señalan los términos del divorcio. Diddy se enfrentará con todas las exigencias del día.
Indultado quizá, y si es así, indultado por su vitalidad o por un sencillo accidente, Diddy reconoce todavía que no es más que el inquilino de su existencia, y que el contrato seguirá en vigor algún tiempo. Como es, en cierto modo, un caballero, mantendrá en buen estado la propiedad. ¡Si pudiera sentir algo menos, vivir algo menos ensimismado! ¿Acaso no es posible? De ahora en adelante. Un ser póstumo adquiere nuevos recursos, nuevas energías. ¿No se han atenuado las aversiones y horrores de Diddy?
Agotado, porque no tuvo ánimos para intentar con toda seriedad su propia destrucción, y porque salió vivo del intento.
En los veinte días posteriores a su regreso a la oficina, todo le parece menos agudo, menos doloroso. Los fines de semana se queda en casa, lee, oye música. Casi no come. Los viernes y los sábados duerme pequeñas siestas, en lugar de buscar toda una noche de sueño. El domingo sí trata de acostarse a una hora decente. Los días laborables Diddy se levanta a las ocho. Los despertadores son demasiado brutales; Diddy prefiere un reloj-radio sintonizado en la estación WOR/FM, que baja y sube eternamente por la lista de éxitos musicales. Tareas matutinas: desayuno, casi nunca. Pasear al perro, y al regreso limpiar un poquito. El departamento aún no se ha declarado en rebeldía: no hay nada cenagoso ni polvoriento; el espacio no falta ni sobra. Llegada a la oficina. El jefe, Michael C. Duva, le trae a Diddy la correspondencia de Watkins y Compañía con la Revista de Instrumentos Científicos. Duva es un individuo poroso, gelatinoso. ¿Por qué inclina la cabeza al hablar? ¿Por qué sonríe siempre, y por qué se le forman esos globitos de saliva en las comisuras de los labios? Sobreponiéndose a la ola de náusea, Diddy manosea el rayado aluminio de su escritorio y mira angustiado hacia el filtro de agua. La secretaria está en su puesto y se arregla las medias con disimulo. A Diddy no le disgusta andar entre papeles. Sí le desagrada (siempre inmaculado) cambiar la cinta de la máquina de escribir, y casi rompe a llorar de rabia si, al hacer un dibujo de publicidad, el fino trazo de tinta china se emborrona arbitrariamente. En un tiempo Diddy se enorgullecía de su esmero, y le resultaba fácil ir siempre atildado. Hoy todo eso le parece falso. Se desprecia por nimio y minucioso.
"El que se desprecia, se estima por su propio desprecio." Diddy el Despreciable. Pero lo es, lo es. No se rían.
Y Diddy el Delicado. De muchacho, Diddy confiaba normalmente en su cuerpo. En lo que recuerda, al menos. Paul, que se pasaba todas las horas libres al piano, sufría más que Diddy la angustia vergonzosa de la primera adolescencia, y envidiaba a su hermano, sólo un año mayor, los brazos precozmente nervudos y el torso fornido. A Paul no le gustaban los deportes, mientras que Diddy el Inmusical había triunfado en atletismo escolar. Diddy trataba a su hermano, a causa de esto, con cierta condescendencia, aunque en el fondo admiraba la independencia de carácter de Paul, que a él, a Diddy, le parecía mucho más poderosa que la fuerza física. Y eso que Diddy también era fuerte. Y lo sabía. ¿Cuándo había empezado a decaer su confianza corporal? ¿En los últimos y ásperos años que pasó con Joan? Pero las mujeres siempre le habían mostrado simpatía.
Algo había de valer su opinión. No, no: Diddy no quiere engañarse. No hay razón por la cual su cuerpo deba conservar el vigor, cuando va de los taxis a la silla giratoria de la oficina, de los sillones del restorán a las butacas de los teatros, de los divanes de la sala al colchón; el único ejercicio es pasear a Xan.
Lo verdadero acaba por hacerse patente. Sobre todo lo siente uno dentro. Ya lo note o no otra persona, Diddy se encuentra menos espeso, menos sólido. Bajo el cabello levemente canoso y cortado casi al rape, el cráneo huesudo proclama su vulnerabilidad. También los dedos finos, de uñas delicadas; el pie de elevado empeine.
La apariencia de Diddy empezó a dar señales de la vida inerte y apagada que llevaba. Luego vino el vértigo irresistible que culminó en la horrible decisión del 30 de septiembre, la estancia en el sanatorio, los cuatro días aterrorizados que Diddy pasó después, completamente solo, sin salir de su casa. (Ahora) está delgado de verdad. Sólo las llaves, la billetera, los cigarros, las monedas, el cortaplumas, la linterna de bolsillo y el distintivo de Phi Beta Kappa parecen engordar. Diddy apenas duerme, y si duerme, despierta exhausto de fatigosos sueños. Come muy poco. La necesaria carne, la grasa del espíritu, no se recobra con facilidad. Hay que ir a ver al sastre, pues Diddy nota (ahora) la gran distancia que se abre entre su ropa y su piel húmeda. Diddy no debería preocuparse de ese mal definido y amplio espacio que va de sus tobillos a su cuello, a no ser en los muslos y costados,
en los lugares con los que choca el contenido de los bolsillos… Pero algo se dilata; se está agrietando un muro.
La empresa había convocado a reunión en la fábrica principal, al norte del estado. La creciente competencia extranjera empezaba a inquietar a la oficina de Nueva York. Una compañía tan antigua y arraigada no debería dormirse en los laureles. Se solicitan ideas nuevas a las secciones de investigación, producción, publicidad y ventas. Diddy, subjefe de publicidad, tendrá que pasar toda la semana en la reunión; Duva irá, o no irá, el miércoles.
Misión halagadora, supone Diddy. Y en cierto modo, viaje de recreo. El sábado 26 de octubre Diddy hizo la maleta y se acostó. Un sueño extraño le turbó el descanso, más profundo que de costumbre. Su hermano Paul y él van por un bosque, recogiendo leños y amontonándolos; de repente tropieza o le empujan y cae en una fosa. ¿Ahora qué? Estúpida agonía. Paul grita:
"¡No te puedo ayudar!" Cristo, piensa Diddy al caer, soy tan frágil que un buen viento me tumba. Paul se inclina, se asoma al hoyo, grita: "¡Diddy!
¡Diddy!"… Está asustado, llora. Diddy no puede tranquilizar a su hermano, ni salvarse él. Joan le espera en el fondo. ¿Ha vuelto Joan? Esa parte del sueño se oscurece.
Diddy se levantó tarde. Bajó al sótano a su perro, que andaba algo reacio, y le dio diez dólares al portero para que se encargara de Xan toda la semana. Como el día en que tuvo que ir al veterinario, Xan gimoteaba, hincando las uñas en el linóleo verde que cubre todo el suelo de la diminuta portería. Diddy le amenaza y le ruega, le lleva a la cocina, donde los chicos del portero ya quieren empezar a jugar con el desconfiado animal. "No se preocupe, señor Torres", le dice Diddy al padre, que parece haberse arrepentido del compromiso. "Se calmará en cuanto yo me vaya." Ojalá se lo creyera el propio Diddy. Los gemidos del perro le asquean.
Un taxi le llevó a la estación. Diddy se metió en el tercer vagón de cola del Pirata, el tren especial de los domingos por la tarde. Nuevo expreso de lujo, dividido al estilo europeo en compartimentos para seis personas. Lo nuevo mejora con el regreso a lo antiguo.
A tiempo. Salimos de la ciudad en dirección noroeste. Diddy, junto a la ventanilla, buscando la mayor comodidad posible para sus estrechas caderas en el asiento de erizado terciopelo, mató la primera hora con el voluminoso Times dominical que había comprado en la estación. No tenía ninguna
obligación de contemplar el paisaje. Había recorrido con frecuencia esta ruta; se sabía casi de memoria las vistas de los arrabales que se iban encuadrando rápidamente en la ventana. Si cada fábrica tiene chimenea, si todos los complejos de casas baratas son escuetos cajones de ladrillo, si una central eléctrica es una central eléctrica, ¿para qué mirar? Elaborar diferencias y percibir matices: la tarea de los que ven por primera vez. En el curso de otros viajes, su forzado deseo de enfrentarse a las cosas le había permitido observar algo más estas casas que aparecen en las ventanillas de los trenes, casas que Diddy podía aceptar o rechazar, como en un sueño, sin tener que vivir en ellas. Esta vez, Diddy se negó a la organizada observación de otros días.
¿Qué más? Todas las ideas en que hubiera debido detenerse estaban ya consignadas al papel amarillo, tamaño oficio, que almacenado en la cartera descansaba en la rejilla del equipaje. En ideas de otro género no cabía pensar. Diddy se colocó detrás del periódico, agradecido de poder aislarse de sus compañeros de viaje. Un compartimento es un lugar público, accesible a cualquiera. A la vez tiene cierta intimidad. Seis personas, al máximo, se encierran juntas, se separan provisionalmente de todas las demás. Una pequeña celda en movimiento. Cercanía forzosa, que ensancha el reino del orden.
Diddy se aburre (ahora). Ha terminado de leer el periódico. Tiene hambre, como siempre que viaja en tren. Desasosegado. Llega el revisor a pedir los boletos. ¿Qué boletos? Nuestros boletos. En un tren expreso que cruza muchas estaciones sin pararse en ninguna, idénticas todas a la anterior, Diddy se encuentra encarcelado entre personas tan idénticas como las estaciones. Pero, compañero de viaje de la vida, incorregible en la esperanza aunque avezado a la desilusión, Diddy hará un esfuerzo por distinguir. Difunde por los demás ocupantes de su compartimento una mirada discreta; sería descortés fijarse demasiado.
Junto a la ventanilla, en el asiento de enfrente, una mujer de revuelto pelo gris y pequeños ojos afilados. Lleva un traje de lana deslucida y es dueña de dos bolsas de mercado que se inclinan, atiborradas, a sus pies.
Quizá estén llenas de víveres. Pero el viaje no dura tanto. ¿Regalos para unos nietos indiferentes y alborotadores? Sea cual sea el contenido de las bolsas, Diddy adivina que esta mujer hace siempre un esfuerzo excesivo por agradar y suele dar lo que nadie le pide.
Cuchichea con atropellada intensidad en el oído de una muchacha, muy bonita, que va a su lado. La muchacha parecía prestar atención, pero a la vez había algo, quizá los enormes anteojos oscuros que llevaba, que la eximía de la obligación de responder. Los lentes eran verdinegros, tan oscuros que no se veían los ojos. ¿Vería ella algo a través de esa muralla?
A la derecha de la joven, junto al corredor, viajaba un clérigo panzudo que, en el momento de arrancar el tren, se había puesto a leer el breviario.
Al leer, le temblaba el grueso labio inferior. Un breviario no tiene la utilidad de un periódico: hay que leerlo y leerlo sin descanso. ¡Qué sistema! ¿Podría Diddy el Bueno haberse hecho sacerdote, con la misma lectura, siempre la misma y meritoria lectura? Carece Diddy de la bondad apropiada. Apático: Done-Done.
A la izquierda de Diddy, un hombre corpulento, rubicundo, afeitado con cierta ostentación y oloroso a lociones o agua de colonia. Tenía más o menos la edad de Diddy, y llevaba un traje de espiguilla. Al principio del viaje había abierto sobre sus rodillas una revista enorme; en lugar de leerla, había sacado un pañuelo, había escupido en él, y se había dedicado a contemplarlo, largo rato, sin moverse. La revista no se le caía de las rodillas, ni siquiera en las curvas del tren. Fue la mujer del pelo gris la primera que habló, para preguntar si a alguien le molestaría que se abriera la ventana. El día no era malo; algo caluroso. Diddy el Bueno hizo los honores y se ensució los dedos. "Prohibido asomarse a la ventanilla."
Cambiamos impresiones acerca del servicio ferroviario, mejorado sin duda desde la instalación de nuevos trenes, y la comodidad de estos compartimentos de seis personas: mucho más refinado viajar así que en fila, por parejas, en un coche abierto. Dijo el hombre del traje de espiguilla que, según le habían contado, los ferrocarriles, en quiebra al parecer, ya empezaban a salir adelante. Diddy sentía el paladar velludo, el cerebro viscoso. La conversación siempre es una trampa para los amantes de la verdad, ¿verdad? Pero dice el sentido común: no te alteres, no malgastes la integridad en situaciones de tan poca monta. ¡Dura ley! ¿A quién le importan las condiciones del ferrocarril, sus novedades, su economía? ¿A esta gente? Ah, pero hay que apiadarse de las personas, pobres criaturas de lengua tierna que deberían estar besando flores y que en cambio vomitan sapos al hablar. Aunque irritado por el tono nervioso del aromático viajero, Diddy le compadece. También él suelta un sapo: allá va. (Ahora) que los
trenes son puntuales, observa Diddy, deberían-estar-algo-más-limpios.
Diddy señala con repugnancia el cristal surcado de churretes, el polvoriento reborde de la ventanilla, las colillas pisoteadas. La señora del pelo gris sacó de una de las bolsas una servilleta de papel (conque sí eran bolsas de comida) para que Diddy se limpiara las manos. A Diddy le parece mal lavada esta señora. No sucia, quizá, sino manchada por la edad.
El hombre del traje de espiguilla guardó el pañuelo, carraspeó y alzó la revista. (Ahora) se ve el título. Anales filatélicos.
–Supongo que colecciona usted.
No se le vio levantar la cabeza al sacerdote. Su voz suave brotaba de su boca en movimiento sin dar mayor expresión a la cara que la rodeaba. Una cara de psicoanalista principiante. Velada, sin nervios, relativamente inmóvil.
–Sí: colecciono, compro y vendo.
El hombre del traje de espiguilla parecía tener necesidad de toser o escupir otra vez.
–¿Conoce esta emisión? – dijo el sacerdote-. Bastante rara.
Del bolsillo del chaleco sacó unas pinzas minúsculas; de otro bolsillo oscuro, interior, extrajo una cartera, la abrió, le alzó la solapa con dos dedos y retiró cuidadosamente, con las pinzas, una hoja de estampillas azules.
Así que el clérigo y el señor rubicundo resultan ser aficionados a los timbres postales, a estas valiosas miniaturas de un país, un rey, un monumento, un árbol o un rostro. Los dos se muestran y comparan sus últimas adquisiciones. La alegría de un interés común en unas pinzas depilatorias. Si Diddy quisiera conversar, tendría que dirigirse a la mujer del pelo gris, y con algo de suerte, a la hermosa muchacha que la acompañaba, y que hasta ahora había permanecido en silencio. A la señora no fue necesario tirarle de la lengua. Pronto explicó que llevaba a la joven, sobrina suya, a que la operaran de la vista en la renombrada clínica del norte. ¿Será la muchacha ciega del todo?, se preguntó Diddy. Descortés preguntárselo a ella. La señora ya se había embarcado en una detallada descripción de la esperada intervención quirúrgica, lo que va a costar, sus peligros, la posibilidad de que salga bien… Se empeñaba en usar palabras que pronunciaba equivocadamente: "corneal" y "oftálmico" y "coroides". Diddy estaba molesto. Siempre le ponía nervioso que la gente se expresara con imprecisión o no entendiera bien las cosas.
–¿No es así, Hester? ¿No es eso lo que dijo el médico?
Hasta ahora la muchacha se ha negado a confirmar. Quizá está avergonzada o de mal humor. O quizá se ha inmunizado a la facundia de la buena señora. La cual, a medida que hablaba, iba tocando la mejilla, el hombro y el brazo de la joven de manera torpe y familiar. Bien quisiera Diddy atarle las manos, pero no se atreve a acallarla, a cegar esta fuente de informes. Desde lo que ocurrió hace un mes, Diddy tiene más paciencia con las personas dadas a relatar sus enfermedades y operaciones. Y no sólo eso.
Subyugado a un deseo más audaz y todavía no reconocido flotaba por el río discursivo de la anciana, encauzando hacia ella sus propias palabras y clavando los ojos en la muchacha ciega Quien no tiene vista no puede imaginarse al Diddy demacrado por su frustrado encuentro con la muerte y el subsiguiente régimen de hospital. Pero la joven sabe hablar, si quiere, y Diddy está seguro de que su habla será, al contrario de la de la anciana, despejada y luminosa. También Diddy quisiera acariciar a la sobrina.
De pronto se fue la luz. Y con ella la conversación. Diddy recordaba este túnel, a dos horas de distancia de la ciudad. ¿Por qué no se encienden los focos del compartimento y del pasillo? No importa. Desde el primer momento de oscuridad, todos callamos. Queríamos esperar, añadir el silencio a la tiniebla. Y luego, tras una pausa soportable, reanudar nuestra charla inofensiva (al acabar el túnel) donde la habíamos dejado. El tren se precipitaba por lo oscuro, más aprisa, con una rapidez peligrosa, como en una caída horizontal. Pero en el preciso instante en que, según la memoria de Diddy, el túnel debería haber quedado atrás, el tren se estremeció, rechinó y se detuvo en seco. Suspiros, manoteos, exclamaciones… ¿Se ha lastimado alguien? Inmediatamente empezamos a hablar todos. Si la tiniebla nos había impuesto silencio, la tiniebla menos el movimiento nos desataba la lengua. Nueva situación, nueva conducta. Bueno, no tan nueva.
No estábamos preocupados. Los trenes son seguros. Diddy miró su reloj luminoso: llevábamos siete minutos en el túnel. Entonces vimos una luz que se bamboleaba por el corredor, oímos que se abría ruidosamente la puerta del compartimento contiguo. Una voz profunda pronunció unas palabras que no logramos entender. Al cerrarse la puerta, Diddy se predispone a sonidos más cercanos y violentos. La aparición de funcionarios siempre lleva consigo ruidos y gestos característicos. Y Diddy ha viajado bastante.
Lo que (ahora) ocurría le recordaba los cruces de frontera en la vieja y
extraña Europa. Pero estamos en un país grande, demasiado grande; no hemos parado en la frontera sino en medio de un túnel. Ya abren la puerta de este compartimento. Una linterna; un hombre vagamente esbozado tras ella, en el umbral.
–El primer maquinista ruega que le disculpen.
–¿Pasa algo? – pregunta el de los sellos. Cuando es evidente que algo pasa.
–Joven -dice la tía-, ¿por qué no se vuelve a su furgón o donde sea y pone en marcha el tren?
–No soy el maquinista, señora -contesta el hombre, sapo complaciente-.
No hago más que traerles disculpas. Si las quieren, bien, y si no me las llevo.
–¿En qué consiste la dificultad? – preguntó el sacerdote.
–Hemos tenido que parar en el túnel.
–¡Eso ya lo vemos! – dijo la tía con acritud.
La linterna tembló un poco y enfocó el rostro de la señora:
–¿Me deja usted acabar? (La mujer suspira y alza los brazos; la luz se abate.) Hemos parado porque hay que despejar la vía. Un… un obstáculo.
–¿Estarán arreglando los rieles? – pregunta Diddy.
–Que yo sepa, no hay obras en este túnel.
–¡En mi vida he visto semejante tontería! Hester, ¿lo oyes?
Diddy se pregunta ahora si la muchacha será sorda también.
–Pierda cuidado, señora. Ya arrancaremos.
–A toda velocidad -dijo la muchacha suavemente. No es sorda. Callada.
–Hija mía, no te alteres. Aquí va una persona enferma, joven.
–No estoy enferma. Lo dije en broma.
–¿Y ahora qué? – preguntó Diddy.
–Bueno, en cuanto sepan si hemos parado a mitad del túnel o cerca de la salida… -contestó el revisor o quien fuera- Porque puede que nos hayamos equivocado de túnel…
–¿Qué nos hemos equivocado de túnel? – exclamó Diddy.
–Sea lo que sea, en éste hay una obstrucción.
–¿No habría obstrucción si no nos hubiésemos equivocado? – preguntó el sacerdote.
–Miren, señores, hagan el favor de no complicarme la vida… Yo les digo lo que me han dicho a mí, y es que el jefe de tren y el primer
maquinista están ahora en consulta…
–¡En consulta! – gruñó la mujer.
–O quitan el obstáculo, que a lo mejor es poca cosa, vaya, una travesura de unos chiquillos, o retrocedemos.
Diddy oía la respiración profunda, irregular, del coleccionista de sellos.
Señal de su alarma, aun antes de que hablase.
–En resumen, nos viene usted a decir que estamos en grave peligro.
Hagan lo que hagan, seguir adelante, retroceder o quedarse aquí, lo más probable es que el próximo tren nos dé un buen topetazo por detrás.
¿Más alarmado que Diddy? En este momento, sí. Diddy no perdía fácilmente la cabeza. Buena cabeza; activa. Diddy recordó cómo contemplaba su pañuelo el otro. Hipocondríaco, sin duda. Continuamente preocupado. Y luego ese coleccionar diminutos trofeos de papel. Obsesivo.
–¿A qué hora llega el tren siguiente? – pregunta Diddy, en su afán de ayudar. Le duelen los hombros, de los nervios.
–Falta mucho. Casi una hora -contesta el revisor, con una voz que se va apagando. (Ahora) se retiraba, empezaba a cerrar la puerta del compartimiento.
–¿No nos engaña usted? – preguntó la tía.
–Vuelvo pronto -dijo el revisor. Pum. Se abría la puerta contigua, al otro lado, a la izquierda. La gente es como el ganado, pensó Diddy. ¿Por qué no grita nadie? ¿Por qué no rezan, por qué no lloran? ¿Por qué se empeñan en creer que todo saldrá a la perfección?
Quedamos en silencio, escuchando a medias la charla ininteligible que se filtraba por el tabique, a espaldas de Diddy y del coleccionista. ¿La misma conversación? Pensaba Diddy si los ocupantes del otro compartimento aceptaban confiados la desmañada explicación del revisor, o si, atreviéndose al miedo, le habían acosado a preguntas ansiosas. El coleccionista encendió un fósforo. Qué sombríos y lúgubres estábamos. El hombre ya tenía el cigarro en la boca. Diddy esperaba, pero no percibió, un temblor de la llama al acercarse a la mandíbula.
–Supongo que nadie tendrá una linterna -dijo el sacerdote de la voz suave.
–Yo tengo una pequeña, de bolsillo. (Diddy el Útil). Si es que nos sirve de algo.
–De poco -dijo la tía, malhumorada.
Con la mirada fija en la yema roja y fantasmagórica del cigarro del filatelista, Diddy sintió que empezaba a desbaratarse. El gobierno de su cuerpo, medianamente constituido, cedía a la rebelión. Su vientre era un baúl cargado de ladrillos; su pecho, un canasto de escurridizas anguilas. La sangre le retumbaba en los oídos entre chispas grisáceas que le cruzaban el cerebro como marchitos relámpagos.
Se cerró de golpe la puerta del compartimento de la izquierda. En el pasillo se encendió una luz sorda, quizá una lamparilla de urgencia que ha dejado el evasivo mensajero antes de pasar al vagón inmediato. ¿Por qué la urgencia? ¿Es alarmante la situación? Al menos (ahora) no estamos del todo a oscuras.
–¿Qué me dicen ustedes del paquete? – exclamó el filatelista.
Nadie parecía dispuesto a contestarle.
_¡Un lío escandaloso! – añadió, en tono iracundo.
(Ahora) Diddy pierde la cabeza. Entre la calma de los demás. El pensamiento de su muerte, sin que nadie lo llame, aparece y descansa sobre el torso de Diddy, pesado como una lápida.
–¿Creen que hay verdadero peligro?
Diddy no supo decir a quién iba dirigida la pregunta de la muchacha, ni si el ambiente le parecía tan opresivo como a los que veían.
–No -dijo el sacerdote.
–No, hija mía -dijo la señora.
La muerte, pensó Diddy, es una piedra de litografía. En una sola piedra, fresca y lisa, se imprimen muertes múltiples, idénticas todas excepto a juicio de los entendidos. Una sola piedra, levemente grabada, puede servir cien, mil veces.
–Les aseguro que no vuelvo a meterme en este tren -dijo el filatelista, y carraspeó.
Resbalando en su asiento, Diddy intentaba alzar el peso de la piedra. No tenía más remedio que moverse, levantarse, salir.
–Creo que voy a ver lo que ocurre. Tal vez encuentre a alguien que nos pueda decir algo más.
–Bueno -dijo la tía. Diddy el Bueno.
Lo que Diddy siente (ahora) es verdadero pánico. Al ponerse en pie le dio un vértigo, y tuvo que agarrarse a la rejilla del equipaje para poder sortear varios pares de zapatos oscuros y las bolsas de alimentos y la burda
cartera del filatelista. Empujó la puerta, salió al corredor. En el corredor, una ventana tan opaca y poco informativa como la del compartimento.
Diddy se aflojó el cuello de la camisa, torció a la derecha y empezó a alejarse de la luz de la lámpara. Trató de no mirar hacia las formas difusas que se inclinaban, se desplomaban o se apoyaban unas en otras en la penumbra de los compartimentos. ¿Por qué habla tan bajo todo el mundo?
Llora un niño pequeño. Un poco más adelante fuma otra persona que, como él, ha buscado refugio en el pasillo. Al acercarse, distingue Diddy a una mujer gorda, con pantalones. Se encoge para pasar junto a ella y musita:
"Perdón." -Oiga, ¿qué hora es?
–Las cinco y diecinueve -dijo Diddy en voz más alta. Apretó los dientes al sentir que la inquietud de la mujer se le enredaba a los tobillos, como un tentáculo. La mujer parecía estar a punto de tocarle. – Ojalá sepan lo que se hacen -dijo. – Ojalá -repuso Diddy, y siguió andando. Diddy no es una víctima.
–Oiga, ¡espere un momento! ¡Por favor! – ¡Voy a preguntar!
Si Diddy se detiene y vuelve la cabeza, se compadecerá de esta mujer, y tendrá que llevarla a cuestas junto con la lápida. No; Didibuén se ha asignado otra empresa, menos caballeresca pero, con suerte, más útil.
Al llegar al extremo del coche, Diddy tiene que escoger.
O abre la puerta intermedia y, saltando el enganche, pasa al vagón contiguo, también iluminado débilmente por una lamparilla eléctrica portátil y habitado por dóciles criaturas encerradas en sus celdas ambulantes (un vagón como el nuestro, salvo en la ausencia de pasajeros estacionados en el corredor).
O se apea del tren, sale de exploración, da con el obstáculo y ve por sus propios ojos qué medidas se toman. Quizá han resuelto ya el problema, aun si el revisor no ha venido a traernos la buena noticia. Quizá está ya en su puesto el personal, y el maquinista se dispone a empujar la palanca que volverá a poner al Pirata en camino.
Pausa indecisa. No tengas miedo. Si el tren se pone en marcha, lo hará poco a poco, y tendrás tiempo de subir. Razón expuesta, Diddy convencido.
Abre la puerta del vagón y aparecen los escalones de metal.
Había bajado del tren.
El túnel es fresco y húmedo, con un olor denso a petróleo y piedra mojada. Al primer golpe de aire, Diddy se estremece. Pero al menos tiene
amplitud de movimiento: hunde las manos en la humedad, alarga un brazo cuidadosamente. La pared del túnel está fuera de su alcance. ¿A qué distancia? Diddy enciende la linternita y descubre el muro, a unos tres metros. Hay en el túnel dos carriles de vía ancha; Diddy echa a andar por el que queda libre. Hacia la derecha. Con la linterna ilumina un trocito de tierra, paso a paso, delante de sus zapatos limpios, rumbo a la cabeza del tren. Cansado, muy cansado. Pero adelante. No hay por qué rendirse a la fatiga. Primero no oye más que el rumor diluido de sus pasos en el duro terreno del túnel; ha pasado seis vagones cuando le llega otro sonido: golpes secos y rítmicos, hachazos. Hacia ellos se dirige.
–¡Eh! – grita.
El túnel amortigua levemente los ruidos; eco.
Aunque va por el centro de la vía, Diddy nota que se vence a la derecha.
Se detiene y observa con su mínima antorcha el lugar donde encajan los vagones. Cada vagón delantero se separa del que le sigue en breve ángulo agudo. Este también, y éste, y todos. La vía no va en línea recta: el túnel está en curva, y el tren entero, su pesada mole, se arquea paralizado en la funda del túnel, quebrándose por todas las coyunturas. ¿Complica esto las cosas? ¿Agrava el problema? A medida que Diddy avanza por la curva de la vía, crece la intensidad de los sonidos rítmicos. Ahora, un resplandor.
Adelante. El túnel se ilumina.
Diddy ha llegado a su destino: jadea junto a la enorme y grasienta rueda delantera del tren. Unos pasos más allá, hay un hombre moreno, en camiseta, pantalón de dril y botas claveteadas. Lleva un lámpara en la frente, como un minero o un médico, para aumentar la luz de cinco focos adosados a una tabla que cuelga por un garfio de la pared del túnel. Es este hombre el que maneja el hacha, hincándola con fuerza en una especie de parapeto, de metro y medio de alto, que se alza a lo ancho de la vía. Un través de maderos clavados entre sí y calzados al muro con vigas diagonales.
–¡Cristo! ¿Quién ha puesto eso? – pregunta Diddy el Amistoso.
Tranquilizado. La obstrucción parece improvisada, y es de tablas, no de piedra.
El hombre se agacha y saca un mazo de un cajón de herramientas que tiene al lado. El mazo se estrella una y otra vez en una de las vigas, que vibra al golpe y cede poco a poco. Extrañas sonoridades. El hombre deja el
mazo en el suelo y busca en el cajón una barreta de uña, con la que inicia otro sonido, más agudo, continuo.
–¿Qué tal va? – pregunta Diddy. Parece que va bien. Los gruesos arbotantes van cediendo.
Descansa el hombre. Quizá no ha oído a Diddy. Cambio de rumbo.
(Ahora) con el mazo, contra la pared misma, levantando una nube de polvo.
La fortaleza no es inexpugnable.
–¿Es ése el obstáculo? Digo… ¿no hay más?
Diddy está (ahora) casi al lado del otro, lo bastante cerca para percibir el olor a sudor de su cuerpo, su aliento levemente alcohólico. Diddy observa, con la boca seca, llena de arenisca.
–¿No acabaría usted antes si le ayudaran?
El hombre gruñó o no contestó. Con estólida eficacia seguía dando mazazos en el muro. El parapeto se iba deshaciendo, no con limpieza, sino a trozos astillados, irregulares. Cuando se desgajaba un pedazo, el operario lo echaba en un montón que había formado a su izquierda, en un pequeño rehundido del túnel.