Estuche de muerte
[1] Un "héroe" es un emparedado de salchichón, queso y lechuga. [T.]
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Héroes Fríos y Calientes. [1]
Alquileres, S. A.
Envases Rígidos Kaplan.
Cuchillos Ecco.
Tabiques de Acero a la Medida, S. A.
Tintorería Campestre.
Ben Gentry e Hijos. Salchichoneros.
Galvanoplastia Espectrónica.
La Muralla China.
Junto a la entrada a la Carretera del Oeste hay un vagón restaurante a la antigua, con un anuncio de neón azul en el techo: viejo café holandés. Al iniciar su paseo diario, Diddy y Hester entran a tomar una taza de café y un bocadillo. Ponen música en la victrola, oyen a medias la charla de las meseras con los estibadores y camioneros. Luego caminan descansadamente hasta la calle Cuarenta, compran víveres en las olorosas abacerías griegas e italianas, y tan cargados de bolsas como la tía Jessie vuelven a casa en taxi.
Al principio Diddy llevaba al perro. Pero Xan acabó por estorbar, y Diddy no quería dividir la atención entre él y la muchacha. Hester, cosa rara, no manifestaba el menor interés en el animal.
La tercera semana, cambió el tiempo. Nieve ligera un día, dos días de lluvia, y luego una nevada y granizada de espanto. Ya iba siendo preciso acortar los paseos, no alejarse demasiado, ir rumbo al este para evitar el río, de donde venía el viento con más fuerza. La ruta cruza (ahora) un barrio mísero y triste, menos en la parte del mercado de flores. Una mañana, y sin gran entusiasmo, Diddy trata de describirle a Hester las figuras de Navidad que adornan la fachada de Macy's. Pero tienen que buscar refugio contra el frío en la entrada de la tienda, y la muchedumbre los desaloja brutalmente.
Ese paseo fue el más largo que dieron Diddy y Hester. Era ya menos fácil salir. Y menos necesario. El supermercado próximo entregaba a domicilio, aunque sus alimentos no eran tan variados ni tan sabrosos como los que Diddy compraba en los comercios de la Novena Avenida. A veces salía Diddy a pasear al perro, y volvía lo antes posible para no dejar sola a Hester. El pobre Xan se iba convirtiendo en un verdadero estorbo.
La eliminación de los paseos permite mayor número de actividades hogareñas. Hester no quiere contratar a una criada; se empeña en limpiar
toda la casa sin ayuda. Pero primero Diddy tiene que enseñarle dónde están los objetos, para que ella los toque y aprenda su forma y situación. Mientras los toca y estudia, Diddy le cuenta dónde y cuándo los ha comprado, y si tienen alguna relación con su vida. El hogar como museo o mausoleo en miniatura, como meditación sobre el pasado del dueño. De este modo, Diddy acaba por confesar a Hester buena parte de la historia de su matrimonio, su matrimonio yermo y apasionado. Hasta (ahora) se había abstenido de hablar de Joan, suponiendo que Hester sería tan celosa y posesiva como lo habría sido él si ella hubiera estado casada antes.
Hester escucha con atención, y parece siempre satisfecha con lo poco o lo mucho que él le dice. La verdad, dolorosa para Diddy, es que no parece tener gran interés ni curiosidad por su vida pasada. Quizá no encuentra en ella realidad verdadera; sólo se anima a interrogar a Diddy cuando el objeto, ya sea litografía, lamparilla o sartén, fue encargado, comprado o seleccionado por la propia Joan, que luego lo abandonó al dejar a su marido.
–¿Lo guardas de recuerdo? ¿Para no olvidarla?
Diddy dice que no. Gracias a Dios, es cierto. Diddy saborea esta prueba de que Hester, a pesar de su calma aparente, tiene celos de la otra. También disfruta de la independencia de Hester respecto a los objetos, del escaso cariño que por ellos manifiesta. ¿Es ése uno de los dividendos de la ceguera? No importa; a Diddy no le interesa saberlo. Sea cual sea el motivo, el rasgo es envidiable. Para Diddy, leal a su pasado por ingrato que haya sido, devoto de una serie de memorias y vestigios inútiles, la indiferencia de Hester es ejemplar.
Hester no necesita insultar ni menospreciar estos objetos para liberar o desembarazar a Diddy. Lo único que tiene que hacer es someterlos a la inocente neutralidad de su dictamen invidente. Diddy es quien debe entonces purgar su visión, demasiado retentiva. Y lo logra, lo logra sin esfuerzo. Al presentar a Hester sus posesiones, al llevarle la mano por cada superficie, al relatar la historia de cada cosa, Diddy descubre su patrimonio, lo reconoce como nuevo y recién nacido. A veces se da cuenta de que lo que compró hace mucho tiempo no le agrada ya, o nunca le ha agradado.
Por ejemplo, el par de jarrones verdiazules, con relieve en forma de telaraña, que encontró hace dos años en el Mercado de las Pulgas de París.
Jarrones fin de siglo, que (ahora) le parecen feos de solemnidad.
El ojo – ventana.
El ojo – linterna.
El ojo – diamante.
¿Qué puede ser más exigente y perentorio que el himen blanco del ojo?
Así que, además de los placeres propios de esta intimidad, Diddy ha encontrado un gozo insospechado en el inventario de su universo. El gozo, por ejemplo, de tirar a la basura cosas intactas, bellas, plenamente vivas.
Después de haberse deshecho de los dos jarrones parisienses, Diddy siente la tentación de no volver a hablar de ellos. Pero tiene que anunciar a Hester la desaparición, para mantener al día su mapa ambulatorio. Los dos jarrones son dos objetos menos con los que Hester puede tropezar.
Diciembre toca a su fin. Antes de Navidad llega una onda fría. Diddy y Hester piensan en comprar un arbolito. Aunque Xan, que últimamente se resiste a la disciplina, acabará por hacerlo pedazos. Pero es algo nuevo, algo que olerá bien. Hester sonríe y abraza a Diddy de una manera extraña, casi tímida. Diddy vislumbra a la niña que Hester fue o pudiera haber sido, y se alegra hondamente.
La viste, la arropa, se empeña en ponerle calcetines largos y un chaquetín debajo del abrigo, además de los guantes de lana y la bufanda.
Luego, inconscientemente, él sale de verano, o poco menos. Bajan juntos, por primera vez en muchos días. Mareado de felicidad, Diddy compra dos enormes abetos, de dos metros y medio cada uno. Para la sala y para la recámara. Sin aliento (¿cómo es que se fatiga tanto?) los sube uno por uno, cuatro pisos. No vale la pena decorar los árboles con luces y globos y cintas de color: Hester no lo vería, y además los abetos parecen más vigorosos sin adornos. Su penetrante olor trae una ráfaga de vida a la pequeña vivienda silenciosa… ¡Huele éste, cariño! ¡Y luego éste! ¿Huelen igual? ¿Encuentras diferencia? Ahora te quiero oler yo a ti. Antes de colocar los árboles en los vacilantes pedestales rojiverdes que ha comprado en Woolworth's, Diddy lleva a Hester a la cama, a hacer el amor.
Amor fuerte y hermoso. Como los árboles. Como el alimento.
Diddy casi se había olvidado de las ventajas, si no más refinadas no menos agradables, de la convivencia doméstica. Por lo pronto tiene quien le acompañe a comer. Las comidas son placenteras, aunque sólo consistan en conservas y congelados. Diddy, que no era mal cocinero, guisó a diario el primer mes, mientras Hester le hacía compañía, encaramada en el taburete,
junto al refrigerador, y después le ayudaba a lavar los platos. Una noche, al remangarse él para entrar en faena culinaria, Hester le pidió el puesto.
Diddy titubeaba, temeroso de que Hester fuera a quemarse, pero Hester le tranquilizó: se sabía de memoria el sitio y función de cada utensilio, el contenido de cada alacena, la forma y peso de las latas, platos, cazuelas, especieros, cucharones y jarros. Para reforzar su solicitud, le recordó a Diddy que desde la edad de dieciocho años había guisado en casa de la señora Nayburn. El enamorado Diddy no va a negarle a Hester nada de lo que le pida, pero, ¿sabrá juzgar una persona ciega el grado de peligro?
Diddy se oye hablar más en plan de padre timorato que de amante obsequioso, y teme que Hester lo perciba y se ofenda. Pero no: risueña, le expulsa de la cocina y se pone a trabajar. Diddy, desplomado en la mecedora de la sala, jadea de inquietud. Tiene que levantarse a tomar un vaso de whisky, y otro más. Entretanto, Hester abre una lata de gazpacho, calienta espinacas, fríe en manteca dos lonjas de hígado y hace el café.
Todo sin ayuda, menos cuando le pregunta a Diddy si el bote y el paquete de verduras son en realidad lo que ella cree que son. No hay errores: el azúcar no es sal. Ni hay, gracias a Dios, quemaduras ni magulladuras.
Diddy, nervioso, pide que al menos le dejen poner la mesa.
No señor. Tampoco.
Hester tiende un mantel limpio y le entrega a Diddy la botella de sangría para que la destape. En mucho tiempo no han comido con tanta ceremonia.
Casi siempre comen sentados en el suelo, frente a la chimenea, o en la cama. El menú de esta noche, reconoce Diddy, es tan agradable como los que él ha preparado. Pero no come con gusto. ¿Por qué? ¿Qué le ha pasado al buen apetito de Diddy?
–Vamos a tomar coñac -dice Hester, al pasar a la sala después de la cena.
Diddy bebe siempre contra su voluntad. El alcohol le deprime y le atonta; nunca le alegra, ni al principio. Debería haberle dicho a Hester que ya ha tomado dos vasos de whisky, pero no quiere echar a perder el carácter festivo de la velada.
La combinación, en serie, del whisky, el vino y el coñac le dejó apabullado. Tuvo que acostarse en seguida.
Desde entonces, Hester se encargó de hacer la cena… A la noche siguiente, el mantel era nuevo, y el vino Pouilly-Fumé. Al otro día, el
mismo mantel y una botella de Pommard. Diddy acabó por negarse a beber vino. Quizá no sea sólo por beberlo: el caso es que (ahora) se adormece muy temprano.
Poco a poco, volvieron a la antigua costumbre de cenar en confianza.
Cuando cenaban en el suelo, Diddy encendía la chimenea, aunque en invierno subía mucho la calefacción. El fuego olía bien, y Diddy, a quien se le va aguzando el oído, disfruta del sonido de las llamas tanto como de su color vívido y turbulento.
Diddy no quiere poner música durante la comida. Reclama para sí toda la atención de Hester. Haya o no conversación (a veces surgen entre ellos largos silencios que a Diddy le parecen, según el humor, sedantes o mortales) no se debe impedir la posibilidad de contacto verbal. Después de la cena sí concede Diddy el derecho de otros elementos a compartir su amor. Le permite la entrada a la música. Pero la música produce una ligera tensión entre Hester y él. Hester prefiere tríos, cuartetos, quintetos y sus inverosímiles ampliaciones. Diddy el Ecléctico también respeta a Papá Haydn. Lo cual no quiere decir que haya que serle fiel a un solo apóstol.
Empeñoso, Diddy trata de convertir a Hester a la afición por el blues, el rock-and-roll, el folk-rock. Desde Bob Dylan a Billie Holiday, pasando por los Beatles, a los que Diddy elogia y aclama, a los que considera "el Mozart colectivo de la música popular", Diddy procura revelarle a Hester su mundo rítmico. También intenta enseñarla a bailar el frug, como a él le enseñó Joan. Hester sigue obstinada, inconmovible. Diddy, naturalmente, acaba por ceder. Por las mañanas, cesa en su adhesión a la estación WOR/FM, que le despertaba a las ocho con su cadena de éxitos; después de la cena, pone discos de música de cámara o busca algún programa de radio de los que a Hester le gustan.
A veces, Diddy lee en voz alta. Casi ha terminado Sentido y sensibilidad. Pero a Hester no parece agradarle Jane Austen tanto como en el sanatorio. Quizá no deba Diddy empezar con Mansfield Park. Quizá deba escoger otro escritor. O dejar de leer, si es eso lo que va cansando a Hester.
Al final de la segunda semana, Diddy adquirió la costumbre de no encender las luces por la noche. Sólo si había lectura. El hombre y la mujer son una sola carne: si Hester no necesita luz, Diddy tampoco. Diddy se las arregla bastante bien en la oscuridad. Y de todos modos la oscuridad nunca le rodea por completo, ya que entran los reflejos de la luz de la calle.
Para lo que Diddy quiere, no se precisa ni siquiera un reflejo. Diddy quiere aprender a tocar.
Ociosos y tranquilos. Como una pareja de cisnes en el recodo de un estanque.
Semidesnudos, abrazados, en silencio, casi en tinieblas. Tendidos en el sofá de la sala, poco después de medianoche, y unas cuatro semanas después de haber regresado a Nueva York.
De pronto la chicharra del vestíbulo anuncia que hay visita. A Diddy se le estremece culpablemente el corazón. ¿Paul? ¿Incardona? No: retira eso, imbécil.
¿Qué va a hacer Diddy? En realidad, no hay nada que temer. Sólo él tiene llave del departamento; quien haya tocado la chicharra está todavía en la calle y no podrá entrar hasta que Diddy abra la puerta con el timbre automático. Si el visitante es Paul, nunca sabrá si Diddy ha salido esta noche o si está tan dormido que no oye la llamada.
–Debe de ser mi hermano.
Hester no contesta. Diddy se incorpora, se pone la camisa.
–Hester, ¿duermes? ¿Me has oído?
–Sí, amor, te he oído. Haz lo que quieras.
Aunque está despierta, no se levanta. No empieza a vestirse.
¿Y qué clase de respuesta es ésa? ¿Quién es Diddy el Indeciso, para hacer lo que se le antoje? ¡Vana presunción! En fin, veámoslo de este modo: haga lo que haga, no hará lo que quiera. Ya que es Hester quien le ha dado la orden, quien le ha mandado que escoja libremente.
Diddy pasa al corredor, toca el timbre, vuelve a la sala, se arrodilla junto al sofá.
–Ya sube.
Mira hacia Hester, deseando ardientemente que ella le vea a él. Que le dé la señal silenciosa, que le aconseje con los ojos. Doble prenda de amor.
Tres golpes en la puerta.
–Como te dije -murmura Diddy-, siempre viene sin avisar. Ni siquiera sé cuándo está en Nueva York. (Ahora) repiquetea el timbre. Xan corre al pasillo, ladra, araña la puerta.
–Hester, ¿quieres conocer a mi hermano?
La voz se le desmaya.
–¡Diddy! ¡Ábreme, Diddy!
Entre los ladridos del perro y los gritos de Paul, el hilo que los une a Hester y a él se ha roto. A ambos lados de la puerta de madera brota otro nivel de sonido, otra forma de energía, que no consiente ya contacto entre ellos dos.
–¡Diddy, despierta! ¡Ábreme!
–¿Cómo te ha llamado, Dalton?
Demasiado difícil de explicar. Y hay demasiado ruido. Sin contestar, Diddy se levanta. De pronto tiene miedo.
Miedo de Paul, de lo que ocurrirá si Paul entra en casa. De lo que Paul pensará de Hester. ¿Se dará cuenta de que es ciega? ¿Qué le dirá? Tal vez algo vulgar, o enigmático, que obligue a Hester a mirar a Diddy de distinta manera, con menos simpatía. O algo descortés que la ofenda hondamente.
Miedo de Hester, de que Hester no quiera conocer a Paul, sin querer decírselo a Diddy por las claras. Diddy no es adivino, por Dios. Quizá se equivoca. Quizá Hester sí quiere conocer a Paul, pero cree que es Diddy el que debe tomar la decisión y hacerse responsable.
–Paul, ¿eres tú?
–Caray, Diddy, déjame entrar.
–¡Un momento!
Diddy busca las llaves y se las guarda en el bolsillo trasero del pantalón de dril. Un pantalón viejo, arrugado. Abre la puerta hasta donde se lo permite la cadenilla; pestañea ante la intensa luz del rellano, la expresión lucia, alegre y rubicunda de Paul, su largo bigote rubio, el negro refulgente de su smoking.
–¿Qué pasa, Diddy? ¿Te dormiste, o qué? Ah, es que estás con una chica. ¿Verdad?
–Sí. Y no puedo dejarte entrar. Saldré yo.
Diddy suelta la cadena, abre rápidamente para que Xan no se escape, sale al rellano y cierra. Tarda en acostumbrarse al golpe de luz: los ojos le escuecen; no cesa de pestañear. Mientras, Paul sigue hablando:
–Siento tener que presentarme así de pronto. ¿No me abres? Traigo una borrachera de campeonato, y quisiera dormirla aquí. No te molestaré.
Aunque (ahora) los ojos le duelen menos, Diddy se felicita de contar con otros sentidos. El olfato, por ejemplo, para aspirar el alcohol del aliento de Paul. Y la vista, claro, que ya va notando la hinchazón de los párpados, el leve desarreglo de la ropa.
–Ojalá pudiera, Paulie. Es muy largo de contar, pero créeme, no puedo abrirte.
–¿Por qué no? ¿Conozco a la muchacha? ¡No será Joan!
¡Menuda ocurrencia!
–No, por Dios.
–Ah, ya sé. Es aquella actricita que andaba por aquí cuando vine a verte en agosto. Vive en este piso, ¿no? ¿Cómo se llama?
–Paul, escucha. A esta chica no la conoces, pero la conocerás. Es cosa seria. Llevamos tres semanas viviendo juntos, y dentro de poco vamos a casarnos.
Paul, enojado (ahora), empieza a desatarse el lazo de la corbata negra:
–No te entiendo. No es una mujer casada; no es una menor de edad. Y
no es una amiga mía que no quiere que yo sepa que… (a Paul se le enreda la lengua; farfulla algo, se agarra al cuello de la camisa de Diddy, le suelta) que está contigo. Muy bien. No se trata de una aventura, sino de lo otro, de lo de verdad. Entonces, ¿por qué no me invitas? Conocerla hoy, conocerla más tarde, da lo mismo.
Diddy se encogió de hombros. De pronto su hermano se enderezó, como si ya no estuviera borracho. ¿Estaría fingiendo? Paul era muy listo. Sabía más de lo que Diddy podía imaginarse. (Ahora) hablaba con lucidez, casi en broma. Se quitó la corbata, se la guardó en el bolsillo:
–Ya veo. Te has peleado con ella. Bueno, me iré. No es mi noche de suerte.
¿O estará fingiendo esto también?
–Quisiera explicártelo, Paulie, pero necesito tiempo.
–Está bien, está bien. Volveré otro día.
Paul empezó a bajar la escalera, pero se detuvo:
–Oye, Diddy. No pasa nada malo, ¿verdad? Tienes muy mala cara. ¿Por qué has adelgazado tanto? ¿Estás enfermo?
Diddy, asombrado, teme una nueva artimaña de Paul. Pero no puede protegerse contra ella: el asombro ante lo que Paul ha dicho es más fuerte que la desconfianza. ¿Desde cuándo está más delgado? ¿Desde que Hester se hizo cargo de la cocina? Es posible. Él no lo habrá notado porque hace varias semanas que no se pone los trajes. Lleva pantalones de pana o de dril, que le están anchos, y camisas o camisetas.
–No estoy enfermo. No te preocupes.
–De verdad, tienes muy mal aspecto. Y hoy no habrás ido a trabajar así.
Llevas una barba de cinco días.
–Hace un mes que no voy a trabajar.
–Lo que te digo. Estás enfermo.
–No. Dejé el empleo.
–¿Que dejaste el empleo? ¿Y por qué?
–¡No grites, Paul! – murmura Diddy-. Ya te he dicho que no te lo puedo explicar. Pero no pasa nada, te lo aseguro.
Paul se apoya en la pared. Le cuesta trabajo mantenerse en pie, o por lo menos no tambalearse. Por cortesía y vergüenza, Diddy soporta su turbia mirada.
–Diddy. ¿Estás tomando algo? Ya me entiendes.
Diddy se echó a reír.
–¿Drogas? No seas tonto.
–¿De veras? A mí me lo puedes contar.
–De veras.
¿Se cae Paul, o no se cae?
–Entonces, ¿necesitas fondos? Gano mucho cuando salgo de jira,
¿sabes? Y prefiero dártelo a ti a dárselo al gobierno, o a mi representante, o a esas niñas que me he estado perforando…
–Cuando sea preciso que me mantengas, te lo pediré.
–Bueno, bueno. No te sulfures. Sólo quiero ayudarte. Además, si te lo doy a ti, no me lo gastaré en líquidos. (Riendo.) Tiene gracia ¿no? (Se doblaba, con las manos en el estómago.) Porque se me han pasado un poco las copas esta noche…
Diddy se acordó de los vecinos, de la joven actriz del cuarto de enfrente.
Se acercó a Paul:
–Mira, voy a bajar contigo. Si no, despertaremos a toda la vecindad.
Sigue a Paul a la calle. Un cañonazo de aire frío, cargado de nieve. De repente, Diddy siente que se desmaya. Se agarra a un barandal, se sienta en los escalones. Paul se inclina sobre él:
–Estás enfermo, Diddy, te lo digo. Tienes que llamar al médico.
–Paul, déjame en paz. Estoy bien. Es que hoy se me olvidó comer, y me he debilitado. Además se me está helando el culo en estos escalones.
Conque vete. Búscate un taxi, y anda a pasar la noche en casa de una de tus
amiguitas. Mañana sin falta llámame. Quizá haya encontrado manera de arreglarlo todo y te pueda invitar a conocer a Hester.
–¿A Hester?
–Sí, así se llama.
–¿Desde cuándo la conoces?
–Lo bastante. No te metas donde no te han dado baza. Dime dónde vas a estar, y cuánto tiempo.
Diddy se puso en pie.
–Me preocupas, Diddy-dú. Creo que debo volver arriba contigo. (Un eructo.) Perdón.
–Mira, un taxi. Corre por él.
–Va a encerrar…
–No va a encerrar. Corre y pregúntale al señor si quiere llevar a Paulie a casita.
–Sí, más vale, porque me caigo. (Al entrar en el taxi.) ¡Te llamo mañana!
Tiritando de frío, Diddy subió las escaleras. Al llegar al segundo piso, recordó que no había dicho nada del nuevo bigote. ¿Cuándo había empezado a dejárselo Paul? No le sentaba muy bien, pero sí le añadía diez años. Lo cual es una ventaja. Hasta Paul se cansará de ser niño prodigio toda la vida.
Cuarto piso. Diddy abrió con la llave y entró. En lo que (ahora) le parecía oscuridad total, buscó a tientas el sofá de la sala. Estaba vacío. Con las manos por delante, se dirige a la recámara. Allí está Hester, acostada ya, arropada hasta la cintura. Diddy se inclina y siente dos brazos que le rodean el cuello, que le atraen hacia los senos desnudos. Diddy se tiende sobre el cuerpo de Hester. Pronto se levantará, se desvestirá. Todavía no. Engranado, anillado con ella, aunque los aíslan las mantas de la cama y la ropa de Diddy, tiene que confesar, sin palabras al principio, los errores y cuitas de su relación fraternal.
Cuando Diddy necesitaba un hermano, un amigo, Paul no estaba disponible. Pero tan pronto como Diddy se había llevado el disgusto y la lección, Paul reaparecía, sonriente y eufórico y a la vez lleno de mudos reproches, insinuando que Diddy le había abandonado, reclamando su afecto. Diddy se convencía de que había juzgado mal a Paul, le devolvía el
cariño que no podía entregar a nadie más, y Paul, tranquilamente, volvía a evaporarse.
–Paul no es un ser humano.
–Quizá tengas razón -contestó ella-. No sé.
–Lo malo es que yo no lo sé tampoco. No sé si mi hermano es o no una buena persona. Esto me consume. Ojalá pudiera odiarle de una vez y acabar.
–Creo que ves a Paul como una cosa, y no como un hombre. Una cosa que puedes medir y calibrar.
–¡Querida, por favor! No empieces con eso. No me puedo pasar la vida asombrándome de la gente, de su comportamiento, de su maldad y miseria.
Y de paso, quedando como un tonto.
Se detuvo, impresionado por el tono autocompasivo de estas últimas palabras.
–Dalton, lo quieres simplificar. Te equivocas. Te dejas fuera la mitad de las cosas.
–Las cosas son sencillas -continúa él, obstinado-. Es la gente quien las complica en su afán de ganar tiempo. De no decidirse. Para eso sí tiene talento casi todo el mundo.
Hester suspiró. ¿Se cree Diddy todo lo que dice?
–Quizá soy un imbécil -insistía Diddy-, pero los imbéciles también tienen derecho a tomar medidas en defensa propia. Eso es lo único que quiero hacer con Paul. Cristo, no soy su juez ni mucho menos. Además, ¿no aseguran unos y otros que los hombres como él, los hombres de mérito excepcional, deben juzgarse con distintas normas? Yo no me lo creo, pero lo mismo da. Sé que Paul es único, y le deseo lo mejor en la vida, y tal y cual. Pero estoy muy cansado. Y llevo encima muchas heridas desagradables.
–Muy bien. No eres su juez. Entonces ¿qué?
–Entonces nada. Que Paul no podrá volver a ganarse mi confianza. Que no me fío de él. (Frotando la mejilla en el hombro desnudo de Hester.) No me fío de nadie más que de ti.
–Y yo no me fío de quien no se fía de nadie.
¿Qué es esto? ¿Se ha ofendido Hester? ¿Por qué dice una cosa tan extraña? Diddy se incorpora sobre los codos:
–¡Oye! Hace un momento me prohibías que juzgara a Paul. Y ahora eres tú quien me juzga a mí.
Quisiera verle la cara. Pero el tono, ya conocido, está cargado de certidumbre. Diddy, furioso, teme que Hester le ha vuelto a encajar uno de sus irrefutables y aplastantes trozos de sabiduría. De los que le dejan sin respiración. Por mucha razón que tenga Hester, Diddy tiene que seguirla atacando:
–Te pones muy altanera y muy cruel, Hester.
–Quizá. Pero a veces tu desesperación me cansa.
Diddy, profundamente herido por la dureza de la observación, se tiende de costado, pero deja una rodilla sobre los muslos de ella:
–¿Mi desesperación? ¿Por qué no hablamos nunca de la tuya? Eres tan desdichada como yo, aunque más estoica. Y yo estoy harto de estoicismo.
No soy tan orgulloso; no me niego a acusar a los que me han traicionado.
–¿Y yo sí? ¿Yo sí me niego? ¿Eso quieres decir?
–Eso mismo.
Hester se retira, se sienta en el borde de la cama, con los pies descalzos en el suelo. Se pone la blusa amarilla, que cuelga de la cabecera de la cama con carácter más o menos permanente. Mientras se la abrocha, los senos le brillan a la luz del farol de la calle, y Diddy sólo acierta a pensar en el brillo de sus senos. ¿Comprende Diddy lo que está pasando? La primera disputa de verdad, el final de la luna de miel.
–¿Por qué no sigues? – dice Hester con una voz áspera y gris-. Di por las claras lo que quieres decir.
Se levanta y entra en el baño, dejándose la puerta abierta. Diddy la oyó orinar. Se ahogaba con las palabras que aún no había pronunciado; cuando Hester salió y se detuvo, erguida, frente a él, Diddy se dio cuenta de que había surgido entre ellos algo tan repugnante como peligroso. Pero estaba demasiado defraudado ante la falta de compasión de Hester, y demasiado furioso con su insospechada ráfaga de crueldad, para ceder:
–Lo que quiero decir, bien lo sabes. No habrás creído que no me enteré de lo de tu madre. De cómo te quedaste ciega.
–Sí. La tía Jessie tenía que contártelo tarde o temprano. Pero eso, ¿qué tiene que ver? ¿Qué es lo que tú me puedes reprochar ahora?
Diddy sabe lo que debe decir y lo dice:
–Te reprocho que estás creando un ambiente que me estrangula. Seré yo el idiota, el único en el mundo, que puede soportarlo y adaptarse a él.
–Sigo sin entender -dice Hester-. ¿Hablas de mi ceguera? ¿De que te obligo a tratarme como no me tratarías si tuviera vista? ¿Que te exijo piedad, y mimos, y cuidados?
–¡No! ¡No! Eso es precisamente lo que no he dicho. Si fuera eso, yo lo comprendería y justificaría lo que haces. Pero no explotas tu ceguera, para que te compadezcan o te mimen. Sería una debilidad muy humana. Lo tuyo es peor.
–¡Pues dímelo! – gritó ella, impaciente-. ¡Ten el valor de decírmelo!
–Es la actitud que tomas ante tu desgracia. Y que no sería diferente si tuvieras vista. Vives de un truco; siento decirlo, pero así es. Un truco, una engañifa, con la que yo me dejé estafar. Tu desgracia aparecía como una cosa secreta, oculta, sagrada, mientras la mía aullaba y corría y brincaba y pedorreaba por el paisaje. Hasta ahora no me molestó la diferencia. Si la observaba, la consideraba una prueba más de tu superioridad. Eras demasiado maravillosa para no ser más que desdichada, vulgarmente desdichada. Como la gente común. Como yo. Y una vez seducido por tu engaño, perdí la libertad de humor y de discurso. Ni siquiera podía decirte que sabía tu secreto, que me había enterado del origen de tu ceguera. Me imaginaba que hablar del asunto te resultaría horriblemente doloroso. Como si fueras demasiado elegante para sufrir. Pero ya se acabó; ya no vuelvo a andar de puntillas por tus horrores…
–Dalton, eres un imbécil.
–¡Perfecto! Así te quería ver, sin pedestal, como cualquier esposa americana, cualquier capamaridos. No sabes lo que me alegro de oírte hablar así.
–No protestes demasiado.
–¡Vete al demonio! No voy a dejar que me ganes la mano, ni que te vuelvas al pedestal. ¿Por qué te crees moralmente superior a mí? ¿Por qué?
¿Cómo empezamos hoy? ¿Te acuerdas? Te di una simple queja, una queja muy justificada, de mi hermano. A eso añadí una declaración, sentimental si quieres, de mi fe en ti. ¿Y tú como respondes? Te me echas encima como una fiera y me acusas de ser un cobarde huidizo. Un rebajavidas, como diría no sé quién.
–¿Y no lo eres? – dice Hester, con frialdad.
Sí, algo terrible está pasando.
–Si lo soy -grita Diddy-, tú no lo eres menos que yo. Yo por lo menos confío en una persona, en ti. Aunque quizá debiera ponerlo en pasado… Tú no te fías de nadie. Ni de mí ni de nadie.
–Me fío de mí misma, quizá -dice Hester, lentamente-. Y con eso basta.
(Ahora) se pone la falda, se abrocha las hebillas de los zapatos. ¿Qué quiere decir esto? ¿No pensará irse de casa, verdad?
Desde la cama, Diddy clavaba en el aire su descarnado índice a poca distancia del rostro de Hester, como si ella le viera y fuera a retirarse instintivamente.
–No te creo. Cristo, ¿por qué tengo que decir estas cosas? Pero tú te lo buscas, Hester, tú eres quien me obliga. Y es verdad, no te creo. No confías en ti misma. No puedes confiar, porque no te conoces. Y no es que yo te conozca mejor. Pero sí sé de varias cosas que debes de sentir, y de las que no te das cuenta.
–¿Por ejemplo?
–Por ejemplo, debes de sentirte humillada, odiosa, inexistente. Por lo que hizo contigo tu madre cuando tenías catorce años. Y aunque eso no hubiera ocurrido, así te sentirías, sólo por el hecho de ser ciega. Porque nunca te verás, ni me verás, ni verás nada. Vas construyendo el mundo a medida que vives, y te crees que con eso es suficiente. Decides querer a tu madre, en lugar de odiarla como la odiaría cualquiera. Consientes en venirte conmigo a Nueva York a compartir mi vida, cuando ni me comprendes ni confías en mí.
–Continúa -dijo Hester-. No te pares ahora…
–No puedo continuar -suspiró Diddy amargamente-. Es demasiado desagradable.
–Por favor -dijo Hester con sarcasmo-. Ahora no te calles.
–No, no me callaré. (Nuevas energías; Diddy se incorpora.) ¿Por qué no hablas con franqueza? Dime lo que piensas de tu madre. De tu ceguera. De mí.
–¿Sabes, Dalton? Eso me lo hubieras podido preguntar en cualquier momento.
–Sí, ya lo sé -contestó Diddy, rencoroso. Como te podría preguntar con cuántos nombres has estado jodiendo. Antes y después de conocerme.
Diddy siguió apresuradamente, porque no quería que le contestaran estas preguntas. Por lo menos, no al principio.
–Te podría preguntar muchas cosas. Y me colocarías toda esa mierda aforística con que me has venido engañando. Que tú tienes tu llamada verdad y yo tengo la mía. No eres la más confiada ni la más accesible de las personas, hija. Aunque supongo que tu elevada opinión de ti misma y tu culto de la honradez te permiten creer que lo eres.
–Dalton, te contestaré a todo lo que me quieras preguntar.
¿Un reto?
–Muy bien.
¿Por dónde empezar? Hay tantas preguntas. Como forúnculos que palpitan en la carne de Diddy. Empecemos por la primera.
–Dime lo que piensas de tu madre.
–La odio.
–¿Desde cuándo?
–Desde que supe lo que había hecho.
Diddy, preparado para una larga y acerba perorata, se contuvo a tiempo, suspiró. Sigamos adelante.
–¿Y nada más? ¿Ni una cucharada de amor cristiano, de misericordia, de perdón?
–Dalton, te juro que aborrezco a mi madre. Odio y repugnancia es lo único que siento por ella.
No era esto lo que Diddy esperaba.
–Muy bien, te creo por ahora. Y por tu ceguera, ¿qué sientes?
–¿Qué voy a sentir, di, qué voy a sentir? ¡Idiota!
A la luz de la ventana, Diddy vio que el semblante de Hester se retorcía en un esfuerzo por retener las lágrimas.
–Perdóname, no sé lo que digo. Acabemos ya.
Trató de acariciarla; ella se apartó bruscamente.
–¡No quiero acabar! Querías la verdad, imbécil, y tendrás que tragártela.
Si yo puedo aguantarla, tú también.
Diddy se dolió vivamente de estas palabras.
–Sí, yo también la puedo aguantar. Y te volveré a hacer la pregunta.
Porque aunque me llames imbécil, loco, o lo que te dé la gana, lo cierto es que no sé lo que sientes por tu ceguera. No pareces odiarla, cuando tienes motivos más que suficientes para lo que yo siempre he llamado odio. Te
retiras. Te disuelves. Como si ya no existieras. Y luego apareces otra vez, toda serenidad. Pero sin relación con la otra persona. Y a cada paso tienes menos que ofrecer, pareces menos generosa, como si te fueses devorando poco a poco. Yo te quería precisamente por esa calma, ese equilibrio. Pero ahora me doy cuenta de que no es más que vanidad. Y lo atribuyo, aunque no tengo pruebas, a tu ceguera. Tanto así, que sospecho que te alegras de no tener vista.
–Tú te alegrarías, si fueses ciego -repuso Hester fríamente-. Habla por ti mismo, y no por los demás.
–Muy bien, entonces habla tú. Habla claro.
–Odio tanto ser ciega que me paso el día deseando la muerte.
Hay que cambiar de rumbo, pronto.
–Y de mí, ¿qué piensas?
Diddy lo ha dicho tan aprisa que no puede prever el golpe sordo y mortal que se avecina:
–Eso es muy complicado. A veces te quiero, te quiero mucho. Otras veces, casi siempre quizá, te aborrezco. Luego me das lástima, y trato de ayudarte. Pero cuando pienso en lo que haría falta para ir en tu ayuda, tengo miedo. Llevas dentro un deseo muy poderoso de destruirte. Y yo temo que, si te doy la mano, me arrastrarás a mí también.
Diddy se queda anonadado. Pero no va a permitir que lo que empezó como una exposición de las debilidades de Hester se vuelva contra las suyas.
–Bueno, me has dicho la verdad, y estoy agradecido. Pero no nos apartemos del tema. Es de ti quien hablamos. ¿Qué me dices de tus deseos de destrucción? La muchacha tardó un momento en contestar. Suspiró, fue a sentarse en la mecedora de mimbre que había junto a la ventana.
–¿Mis deseos de destrucción? Dalton, créeme, no quiero eludir tus preguntas. Pero ésta no la sé contestar, porque ni siquiera he empezado a expresar esos deseos. No es que no existan, ni que estén adormecidos o apocados; es que no sé de qué tamaño son. Lo que sí sé, casi seguro, es hacia dónde se dirigen. No hacia mí. Hacia otras personas.
–¿Has encontrado alguna víctima? – dice Diddy con acritud.
La energía de la riña se va dispersando. Hester ha vuelto a la cama, aunque no sea más que a sentarse. La tibieza y el aroma húmedo de su cuerpo inunda el cerebro de Diddy, emborronándole el pensamiento,
alzando una barrera de vapor entre su capacidad de razonar y las palabras que, como bloques de hielo cristalino, se le aprietan en la garganta.
–Dímelo. ¿A quién has liquidado?
–A ti… creo.
–¿A mí? (La voz de Diddy enronquece más y más.) No te alabes, niña.
Yo solito me sé hacer polvo, sin tu sutil ayuda.
–Puede ser.
–Eso, ahora búrlate.
–No, no me burlo. Pienso. Pienso si lo que has dicho es verdad. Mira, Dalton, por mucho que me odies ahora, o por mucho que creas que te odio, debes recordar una cosa. No quiero que te hundas. Y aunque tú quieras hundirte, yo no quiero que sea por mi conducto. Quizá no lo es; quizá no lo sea nunca, y seas tú el único que se está destrozando… ¡Ojalá no tenga yo nada que ver con tu destrucción! Pero sospecho que sí, que tú buscas destruirte y no tienes fuerzas para hacerlo solo. Me necesitas. Y yo no quiero ayudarte, o creo que no quiero…
–Hester…
–Tal vez sí quiero. No soy una santa. Y tú me estás tentando; es la más depravada de las seducciones. No quiero, no quiero acabar contigo. Pero algo me dice, aquí dentro, que es lo que me estás suplicando que haga.
¿Tendrá razón? De pronto Diddy el Engañado vio la luz. Vio la inmensa extensión del laberinto en que se debatía. Lo solo que estaba en él. O no había quien le guiara, o su falsa Ariadna había cortado el hilo.
Quizá la situación no es tan desesperada. Quizá el dolor de Hester y Diddy puede explicarse en términos menos absolutos. Psicológicos, digamos. Diddy, que no vive, sino que tiene vida, es un mal ejemplo para Hester, mucho más joven y más ingenua. (Ahora) ella ha empezado a ver los monstruos, mitad hombre, mitad bestia, que Diddy ve desde hace mucho tiempo. Y ser ciega, sin visión literal, agrava su sensibilidad a estas oscuras alucinaciones.
La entrega total de Diddy al sufrimiento ha contagiado a Hester. La preciosa ración de vitalidad que Hester conservó a través de tantas y tan dolorosas pruebas empieza a evaporarse. Hester sí era su propia vida; vivía de verdad. (Ahora) que comparte la existencia sin ser, pasajera, provisional, de Diddy, va teniendo una vida, como él, y cuanto más exista junto a él más absorberá su enfermiza y tortuosa pasión.
De ahí viene el largo y amargo discurso de esta noche.
–Voy a cavilar bien en lo que has dicho -murmuró Diddy-. Aunque me parece una equivocación, una locura. Creo que yo sí sé lo que pasa.
–¿Sí? ¿Qué pasa?
No, no. Diddy el Verídico tiene que reconocer que no lo sabe.
–Está bien. Tienes razón, en parte.
Diddy ya no está furioso, sino triste. Triste porque Hester le teme, como si fuera un resucitado, como si en lugar de quererle hubiera que respetarle de lejos por su hazaña sobrenatural. Sí, quizá Hester sí tiene razón. Quizá Diddy sí es una criatura póstuma cuyo tacto marchita la vida.
Una última explosión de resistencia al veredicto, aunque es evidente que el juez se va ablandando:
–¡Pero no siempre vas a tenerla!
–¿Por qué no?
–¿Por qué no? – repitió Diddy, incrédulo.
–¿Qué te crees, Dalton? ¿Que tener razón es una garantía democrática?
¿Que hoy tengo razón yo y mañana tú? No es así, amor mío. Por lo menos, no entre nosotros.
Diddy se removía en la cama, sin saber qué responder.
–Dijiste que tenía razón en parte -continuó Hester-. ¿En qué parte?
–En que… en que soy como Lázaro. Recuerda que intenté suicidarme.
–¿Y en qué no la tengo?
–Ojalá no la tengas. Ojalá no la tengas cuando dices que vivir con Lázaro puede ser peligroso para ti.
Hester se había desabrochado la blusa, se metió bajo las mantas de la cama.
–Pero también he dicho que puedo ser peligrosa yo. Que te puedo destruir. Si tú eres Lázaro, quizá yo soy Medusa, la del pelo erizado de serpientes, y te voy a convertir en piedra.
Diddy no piensa (ahora) en piedras. Su cuerpo tiene tanta semejanza con la piedra como una golondrina con un martillo. ¿Debe fiarse de las exuberantes exigencias de su cuerpo? ¿O debe escuchar los escandalosos presentimientos de su intuición? Diddy no se molesta en elegir. La elección ya está hecha. Diddy aprieta a Hester entre sus brazos.
–Quítate esa maldita falda -murmura-. ¿Por qué te acuestas con falda?
–¿Hemos terminado de pelearnos?
–No sé. Tengo la cabeza vacía.
Diddy espera a que Hester diga algo. Hester no dice nada, aunque está desnudándose y amontonando la ropa en el suelo.
–Tú no quieres seguir riñendo ¿verdad?
–No. Estoy agotada.
–Pero prométeme que mañana hablaremos de Paul.
–¿Por qué?
–Porque me importa. Ahora me importa más que antes. Toda esta pesadilla empezó cuando te dije que no confiaba en Paul. Y tú lo interpretaste como algo relacionado conmigo, y no con él. Con mayor razón debes conocerle y ver tú misma lo que es.
Diddy espera que el tiempo se ponga de su parte, al menos en cuanto a su hermano. Si Hester ha sacado la impresión de que Diddy es mezquino y rencoroso con Paul, es sin duda porque no le conoce. No tiene idea de la superficialidad del joven virtuoso, de su talento para explotar a los que le quieren, de su vanidad, de sus engaños de sí mismo. Pero debe adivinar cuánto ha querido a su hermano Diddy, en un tiempo, hace tiempo.