Existiríamos el mar
Primera parte
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Es sábado, Lena come en casa de su tía, con su madre, que ha venido de Burgos para verla. Ramiro trabaja. En la casa se quedan Hugo y Camelia. Mientras preparan la comida hablan de los pimientos, de un tema de Biznaga y de una prensa de aceitunas cerca del pueblo de Camelia que les gustaría visitar si logran sacar tiempo, coincidir y que una amiga les deje su coche esos días. Durante la comida le toca el turno a la desaparición anunciada de unas playas de Almería, a lo quemado que está Hugo con su trabajo, Camelia dice que prefiere ahora no acordarse del suyo, y de oca a oca terminan llegando al viento que la tarde anterior derribó dos árboles cerca del barrio; una rama cayó por azar sobre un niño que está hospitalizado. Seguro, dicen, que Jara les habría preguntado por qué llaman azar a la caída de esa rama y no al resto de las cosas. Y habrían discutido. Sin enfadarse, pero contundente, Camelia habría dicho que ella o Hugo no están quemados con su trabajo por una cuestión de azar, sino por una suma de decisiones nada azarosas, completamente voluntarias que han tomado personas concretas a lo largo de los años. Jara habría contestado que sí, pero que había que saber cómo funcionaban esas decisiones para intervenir en ellas.
Cambian de tema, recogen los platos, preparan yogur con miel de postre. Camelia está dos veces a punto de contarle a Hugo lo que le ha pasado en su trabajo. Pero todavía le afecta demasiado. Al final, calla. Recogen juntos, hablan de ese concierto al que les habría gustado ir pero ya no había entradas. Hugo se va a su cuarto un rato. Camelia se pone una chaqueta, abre la ventana del salón y se acoda en ella. El frío le enrojece aún más la piel; no le importa, busca esa sensación de estar a la intemperie y a cubierto. Si se asoma un poco puede llegar a ver el pequeño parque del fondo. Aunque no hay horizonte, le gusta mirar a la gente que pasa y si ve a alguno de los gatos del barrio entre los coches, les baja algo de comer. Sin embargo, ahora solo está viendo el rostro gastado de Valentín; tiene sesenta años pero hoy parecía que tuviera más. Él le ha enseñado todo lo que sabe de sindicalismo; es vendedor en la sección de electrodomésticos y miembro del comité de empresa, pese a que en el gran almacén donde trabaja es casi imposible que no ganen los sindicatos amarillos. Valentín nunca tenía miedo, cuando cualquier persona iba a verle porque la empresa amenazaba con un cambio de turno arbitrario o se negaba a dar los días por la operación de un hijo, o había que denunciar e ir a la inspección y tantas cosas; él siempre contestaba que no estaban solas, que tenían derechos, que lo que pedían no lo pedían solo para sí mismas, sino para algo más grande que cada persona por separado. Valentín el viernes se presentó en el sindicato y pidió a Camelia que bajaran a tomar un café.
—Sé que es mentira —le dijo—. Que luego no le renovarán el contrato o que se inventarán algo. Pero mi chaval está de sesperado. Lleva cinco años de reponedor, contratos tempo rales, paro, cada vez les pagan menos. Ha intentado cambiar y lo que encuentra es parecido. Nunca ha hecho nada que tenga que ver con lo que le gusta, con lo que sabe hacer. Nunca nadie le ha dado una oportunidad. Como muchísimos parados más, ha perdido toda esperanza. Y justo ahora, en la productora que tiene la empresa, me han dicho que van a contratar a gente de fuera. Es para hacer anuncios. Camelia, perdó name.
Camelia, que estaba junto a la barra, se había dado la vuelta un momento, como si hubiera visto a alguien, pero era solo para que Valentín no advirtiera el pesar en su cara. Luego volvió a girarse, dijo que lo entendía y no tuvo fuerzas para abrazarle aunque le apretó la mano y se quedaron mirando hacia la cafetera del bar como si allí estuviera proyectada alguna información de vida o muerte. Valentín se marchó, parecía andar más encorvado, sin fuerzas.
—Te vas a helar —dice Lena detrás de ella.
Camelia no se había dado cuenta de su llegada.
—Es que necesitaba un poco de frío, pero ahora cierro.
No se vuelve. En algún momento les contará a todos la historia de Valentín. Y quizá se atreva a preguntarles si ha hecho bien dándole la mano o si a lo mejor Valentín hubiera preferido que se enfadara, que le dijera que no podía rendirse, que él era un ejemplo y le necesitaban, que aunque su hijo fuera el mejor realizador del mundo en la productora de la empresa no le iban a renovar el contrato porque obedecían órdenes y lo único que la empresa quería era doblegar a Valentín, torcerle el brazo contra la mesa y mostrar su victoria. No se lo dijo porque Valentín ya lo sabía, y porque no hay nadie que esté a salvo del desfallecimiento. Pero ahora piensa que tenía que habérselo dicho, tenía que haberle pedido que no se fuera, y así Valentín habría sabido que era parte de ella, parte del sindicato, parte de una historia. Incluso habría sido una manera mejor de contarle que aunque al final diera, sí, su brazo a torcer, no iba a quedarse solo.
Camelia cierra la ventana. Lena está acurrucada en el sofá mirando el móvil.
—¡Qué ganas de que vuelva el sol! —le dice desde allí.
—Sí, aunque nos mate el calentamiento global. ¡Qué ganas!
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Hugo tiene una historia. Suponía que ya no podía pasar, no con esa fuerza. Porque Hugo ha visto el futuro. Ya no quiere fantasear con un horizonte borroso donde todo será posible. Tiene unas condiciones de vida de las que no puede librarse. Claro que le gustaría dejar el trabajo, vivir cerca del mar, pero no él solo, ni siquiera con Chema. No querría hacerlo si los demás tuvieran que quedarse. Es estúpido, le dirían todos, a nosotros nos alegra que estés bien. Y es verdad, pero Hugo lleva consigo un sentimiento que encontró escrito cuando era adolescente; no alude a su catadura moral ni, cree, a su cobardía: solo está ahí, como otras personas prefieren las avellanas a las almendras o tienen más o menos frío. La frase dice: «Puede uno sentir vergüenza de ser el único en ser feliz». Sabe que su gente se la tiraría a la cabeza. Sin embargo, han pasado los años y ha concluido que la frase describe, unido al sentimiento, un pensamiento lógico: para preservar la propia alegría es necesario que el entorno tenga trazas de ser justo; de lo contrario, cuestión de tiempo, algo se desplomará demasiado cerca. Hugo sonríe en el metro porque su pensamiento va a mil kilómetros por hora, porque esa historia que tiene con Chema ni siquiera ha empezado y quizá no empiece nunca. Es algo que le ocupa y le transforma, pero ni el propio Chema lo sabe.
El enamoramiento, piensa, es una bajada de defensas. El enamoramiento no es esa potencia arrolladora o ligera y los colores: es ceder a esa potencia, dejar de resistirla. Creía que ya no podría pasarle, no a él, no así. Empezar relaciones, involucrarse o no, disfrutar más o menos, todo eso vale. En cambio, ¿este cuelgue repentino, ese apasionamiento que le llega hasta los huesos? Y es que, además, no concibe la posibilidad de esquivarlo, de desecharlo como tantas otras ocurrencias y sensaciones. No podría, no sabría: le ha pasado y está lánguido y se siente absurdo, pendiente del menor detalle, capaz de retenerlo.
Escribe notas en el móvil, o sobre papel, en lengua adolescente, y ni siquiera se ruboriza un poco: parece como si rozarse al recoger un objeto entregado fuera un gesto convencional de los que se hacen al día treinta veces. Pero he bebido de tu piel en ese gesto sin que te dieras cuenta, sin que cronometraras la milésima de segundo que robé a la vista de otros, cuando tú debías de estar pensando en la moto, en tu trabajo, en baterías. Y aunque ya no me queda ni un poco de tu olor, preparo mis huestes para el próximo encuentro casual. Después guardaremos el botín en una urna. Luego yo me meteré dentro.
Hugo mira a su izquierda. La chica joven que está a su lado y es bastante más alta que él ha inclinado un poco su cabeza, ¿habrá leído una parte? No le importa. Guarda el móvil, cierra los ojos, piensa en Chema.
Al llegar a casa va a la cocina, se sienta. No se lo dirá a Ramiro, piensa. Ni a Lena ni a Camelia. A lo mejor se habría atrevido a hablar con Jara, porque ella lo habría tomado como una cosa extraordinaria y sorprendente más entre todas las que suceden. No le habría preguntado por sus sentimientos sino que le habría pedido datos, en qué momento empezó, qué señales hubo, le habría hablado como quien observa un fenómeno atmosférico o de otra clase. Se habrían reído y habrían tomado apuntes, el sol salió a tal hora y se puso antes de tiempo lo que probablemente anunciaría, y de hecho anuncia, que Hugo, a pesar del cansancio, va a cambiarse de ropa, va a ponerse unos vaqueros y un jersey granate, el abrigo gris desabrochado, las manos en los bolsillos. Y va a dirigirse hacia ninguna parte pero, por si se diera el encuentro, nada lejos de donde Chema suele ir. Debería quedarme en casa, piensa, podría ser que, lentamente, graduando las coincidencias, tocando la mandolina de las palabras para que suene lejos, como algo de lo que casi no te das cuenta y que te agrada, podría ser que después de algunos meses y algunas lluvias un día me vieras con otros ojos. Podría ser, pero no sé si puedo.
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Renata ha llamado a Lena y la ha invitado a su casa. Es un pequeño apartamento. De día la luz de las ventanas lo amplía a su manera. Sin embargo, de noche semeja un mundo en miniatura con cuadros del tamaño de media cuartilla, un sofá de dos plazas verde uva y dos butacas de mimbre. Aun así, Renata sacó un hueco para una mínima habitación de invitados. Pensaba en su hija, en que llegara a necesitar vivir con ella. No podía estar más contenta de que Jara hubiera encontrado un lugar como Martín de Vargas, pero siempre había querido mantener una guarida por si en algún momento la convivencia allí se deshacía por cualquier motivo.
—¿Mesa o sofá? —pregunta Renata.
—Mesa.
—¿Agua, cerveza, vino, café, infusión?
—Cerveza.
Dejan los abrigos, se sientan a la mesa de comedor, también pequeña.
—Me preocupa —dice Renata— que se haya marchado para irse apagando sola y lejos.
Lena empieza a despegar la etiqueta de la botella de cerveza por hacer algo con las manos, para evitar mirar a Renata, porque le parece razonable esa teoría. Quizá no ahora, pero hace años Jara y ella a menudo mencionaban su desolador deseo de esconderse. Por fin se lo dice. Renata contesta:
—Me preocupa y, a la vez, cuando no pienso yo, sino que te lo oigo, sé que no se ha ido para esconderse. Es que tú tenías otras cosas, Lena. Jara solo os tenía a vosotros, y a mí, claro. Es difícil dejarte querer si sientes que no eres. A Jara el paro, como a otras personas les pasará con sus trabajos, no le dejaba ser.
Lena ya ha despegado del todo la etiqueta, ahora la enrolla y la estira hasta formar un pequeño catalejo. Mira a Renata y repite en su interior «sentir que eres». Esa necesidad tan abstracta y tan real, al principio le parecía un capricho de privilegiados, pero hay cientos de miles de personas que arriesgan su vida para cruzar mares sin nada y no es solo por hambre, es también porque quieren sentir que son, que en el corto espacio de una vida han respirado y han tenido su pequeña luz propia, porque desde la condición de sombra la razón se ahoga.
Lena recuerda conversaciones que han tenido las dos, como cuando comentaban esa tendencia a poner el acento en el misterio de la condición humana en singular y no en plural, en las condiciones, que no son misteriosas sino concretas. Y dice:
—No le des más vueltas, Renata. Se ha ido a buscar trabajo, es lo más lógico. Más de una vez dijo que la agobiaba no ayudar, no poner su parte al mes.
Renata asiente, aún se quedan un rato charlando. Lena sabe que la ha llamado para eso, que a Renata le gusta discutir no para pelearse sino para afinar los argumentos y, al mismo tiempo, para dejar de dar vueltas a lo que les está pasando. Se va a eso de las nueve, tiene turno de noche. Debe revisar las cámaras incubadoras, verificar la confluencia de las cé lulas y evitar que establezcan contactos entre ellas que impidan su proliferación. Es una operación tediosa y larga. Hay asistentes mecánicos de laboratorio que vigilan las células y avisan cuando la confluencia se acerca, pero en su laboratorio solo disponen de dos y, en cualquier caso, cuando se recibe el mensaje hay que volver, sea la hora que sea, dispersar las células por medios enzimáticos, introducir material genético externo y devolverlas a la incubadora.
Ya no fantasea con que su labor forme parte de un descubrimiento audaz, repentino. No es así, es más modesto y no le importa. Lo que sí le importa es el sentido de pertenencia, carecer de él, no sentirse parte de un proyecto ni sentirse orgullosa de lo que hace. Porque prevé quién lo rentabilizará y cómo. Vuelve a las cámaras, realiza varias veces más un trabajo mecánico y al mismo tiempo minucioso. Revisa una última tanda de células, se despide de las compañeras y regresa a casa; empieza a amanecer.
Tres hombres de aspecto ágil, con cazadoras de cuero negro, se dirigen hacia ella. Se pone en tensión. Sabe que su cuerpo delgado emite una impresión de fragilidad. Levanta la cabeza, les mira para que sepan que está atenta pero sin engancharse a su mirada recíproca. Saca las manos de los bolsillos del abrigo y coloca el cuerpo en actitud de ataque, un movimiento menor que, sin embargo, siempre es percibido; incluso aunque quien lo mira no lo piense, de algún modo lo nota, lo recibe. Se lo enseñó Jara, quien a su vez lo aprendió de una amiga años atrás, porque su estado de ánimo lábil ha aterrizado de un cuerpo de mujer fuerte y exuberante y muchos individuos se consideraban todavía legitimados para violar su espacio, hacerle comentarios y aproximarse a voluntad.
Cuando ya están muy cerca, Lena decide que no hay peligro, parecen personas como ella, como tantas y tantos, humanos no depredadores, humanos que no ven presas donde solo hay cuerpos semejantes prendidos a la vida quién sabe por cuánto tiempo. Se cruzan, después Lena se sume en sus pensamientos.
«Sentir que eres», recuerda. Pero sentir que eres ¿quién? La pregunta se oye alguna vez, alguien se la hace en soledad, la escucha acaso como pronunciada por una voz errante, pasajera: ¿quién eres?, ¿qué te hizo como eres? De lejos, el movimiento de lo pequeño parece adoptar rumbos uniformes, así pasa al mirar la trayectoria de una ola o al oír una misma letra cantada por un coro. A lo largo del día en la ciudad se forman figuras y desplazamientos predecibles: con un pequeño margen de error se puede calcular cuántas personas tomarán el metro y sus itinerarios, cuántas verán cierto programa de televisión, o cuántas consumirán leche de avena en la ciudad.
Solo al aproximarse se detectan los huecos y sus motivos: por qué ella se desvió antes de llegar al final de la línea siete; qué hizo que él se metiera en la cama muy temprano, con las pantallas apagadas; por qué nadie en aquella familia pudo bajar al supermercado; qué voz calló una o más palabras de la letra durante el canto común; qué gran red de causas conocidas y desconocidas hizo a alguien perder eso que llaman una oportunidad, rechazar otra, descolgarse lentamente del destino esperado para una persona de su edad, formación, clase, país de nacimiento. A su modo y en diferentes grados, pero ¿quién no se descuelga? Cabe suponer que pocas vidas cumplen las expectativas de su familia, o quizá las suyas propias. Y que la mayoría se limita a tomar las cosas como vienen.
Algunas personas, sin embargo, se descuelgan más y eso no las hace mejores ni peores. Lena suele preferir sus historias. Es una necesidad de fuego y frío, de pasión y desorden. No menosprecia la temperatura media, lo corriente, ni acepta el hecho hiriente de que en más de un idioma la palabra «ordinario» sea un insulto. Pero cuando cae la noche y se enciende una pantalla o se abre un libro, a menudo quiere que aparezca algo, el acontecimiento extraño, un detective, crímenes, provocación, encanto y desparpajo, espio naje, revelación de secretos, gloria. Dicen que esto su cede porque las narraciones sirven para ejercitar el mecanismo de supervivencia, algo así como un entrenamiento ante lo insólito. O porque se busca en ellas la ilusión de que lo insólito podría suceder, de que no está tan lejos ni es tan inalcan zable. Hoy Lena se pregunta si no se está engañando para compensar lo que ya sabe, que lo difícil será lo sólito, lo conocido, el desconsuelo de las personas amadas. Jara desaparece y sin querer, o tal vez queriendo, trae una historia. Ella misma se convierte, piensa Lena, sin demasiados aspavientos, en la aventura. En la llamada, musita a su lado la voz, de lo lejano.
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Camelia pide permiso a Paloma, su compañera, para cerrar la puerta del pequeño y austero despacho del sindicato que usa dos días a la semana. Qué distinto del suyo en la constructora, allí una macedonia de colores se expande por paredes y moquetas, azules, morados, verdes, hay todo tipo de tomas para móviles, portátiles; hay pantallas de muchas pulgadas y demás artefactos necesarios para una eficaz videoconferencia. Pero al menos aquí, Paloma y Camelia están en ángulo, cada una tiene cierta intimidad, mientras que en el despacho de la constructora donde pasa el día resolviendo incidencias de facturas, retrasos, y problemas con el programa de gestión administrativa, el respaldo de su silla está prácticamente pegado al de la silla de su compañero, tanto que cada vez que uno de los dos se mueve, ambos tienen que coordinarse. Camelia repasa el día, las conclusiones de los distintos grupos coinciden; tienen que reagruparse, no pueden dejarse llevar por el desaliento. Deben dar apoyo a todas las personas que están aisladas, y al mismo tiempo lograr entrar en centros donde no les dejan. Una vez más, multiplicarse y conseguir que haya menos empresas blancas, esas donde nunca se han celebrado elecciones sindicales con sindicatos que no sean oficialistas.
Camelia subraya palabras en sus notas; de fondo, la lluvia de las manos de Paloma sobre el teclado. Pone ahora la tapa del marcador azul turquesa y mira hacia la puerta entreabierta mientras piensa que le gustaría dejar el sindicato al menos dos o tres meses. Si pudiera también dejaría su trabajo ese tiempo. Hay mucha leyenda con los representantes de las trabajadoras, que no son liberados, sino que pueden ceder sus horas a unas pocas personas liberadas. Y muchos casos, también. Ella conoce a varias que ponen especial atención en no escaquearse y sacan adelante todo el trabajo que pueden para que las horas sindicales no caigan sobre los demás compañeros mientras no cejan en la lucha de que sea obligatorio para la empresa cubrir esas horas. Sabe que hay otras que se aprovechan, pero de esas ya se habla demasiado. Y muy poco de las que van de un lado a otro, haciendo reclamaciones, supervisando normas, visitando empresas blancas donde nadie conoce sus derechos, intentando ayudar con los cien mil agujeros de la epidemia. Si se apartara dejaría de enterarse, por ejemplo, antes que Hugo, de que su empresa pretende trasladar a más de mil trabajadores a un local en Toledo porque el suelo es más barato, aunque eso traiga consigo un empeoramiento de condiciones de vida y de trabajo.
Vuelve a sus documentos, ya no necesita subrayar, solo repasa por si hay algo que no haya tenido en cuenta. Las reuniones, tan denostadas, tienen cosas buenas. Y también los ratos libres donde se habla con sindicalistas de otros sectores. El de Hugo es uno de los que peor está. A las grandes em‐ presas donde trabajan cientos de personas desarrolladoras de software, las llaman cárnicas porque van triturando a la mano de obra, tienen un convenio infame, las pausas en el trabajo ni siquiera están reguladas, funcionan casi siempre a base de subcontratas. Cuando desarrollan software para países con otros horarios han de trabajar según esos horarios sin que se les reconozca el esfuerzo. No suelen pagarles si les obligan a estar disponibles un sábado o un domingo por si hay consultas de los clientes. Todo eso que Camelia sabía por Hugo, y otras muchas cosas que le han contado hace un rato y que hoy preferiría no conocer. Pues empieza a pensar que conocerlo puede ser una forma de indefensión aprendida, igual que el típico experimento que le hicieron una vez en clase: a una parte de la clase le ponen dos ejercicios difíciles y a la otra dos fáciles, pero se dice que todo el mundo tiene el mismo. Quienes tienen los fáciles terminan enseguida y levantan la mano. Quienes tienen los difíciles no logran resolverlos y se agobian al ver tantas manos levantadas de quienes sí han podido. Llega el tercer ejercicio, esta vez es fácil para las dos partes: el alumnado que tuvo los fáciles vuelve a hacerlo enseguida. En cambio, quienes tuvieron los difíciles se atascan, les parece que ese tercer ejercicio también es difícil, y fra casan. Es porque les han minado la confianza, porque han aprendido a creer que no podían aunque esta vez sí habrían podido. Cuando Camila ve documentales sobre cómo se ejerce la tortura, cuando le hablan de documentos desclasificados con acciones abyectas y subvencionadas, se pregunta si no están volviendo a hacer con ella otro experimento de inde fensión. Al final no se desvelará ningún truco, no se dirá, porque sería falso, que en realidad no hubo acciones abyectas subvencionadas. Camelia, sin embargo, teme un posible efecto más duradero que el conocimiento: la sensación de impotencia y de fracaso al ser tanto y tan ruin lo que no se ha logrado evitar. Por eso a veces prefiere que no le hablen de lo atroz. Venera igual a quienes se acercan a esos lugares, los muestran, no huyen. Pero en los días tristes, o de lasitud y abandono, elige no verlo, pues ella tampoco sabe cómo evitarlo. Tal vez, se dice, solo sea prudencia: conoce sus límites. También cuando sube una pendiente muy empinada o esos túneles casi verticales de escaleras en el metro, procura no mirar demasiado hacia el final, sino solo el tramo siguiente.
Llaman a la puerta y la empujan suavemente.
—Sabía que estarías aquí —dice Ramiro, que ha estado como ella en el encuentro. Luego se dirige a Paloma—: ¿Molesto?
—Para nada, estaba apurando para terminar, pero llego ya tarde a mi reunión. Os dejo.
—No hace falta, Paloma, no vengo ni a hablar, solo quería pediros refugio, para esquivar más encuentros, más conversaciones, más mundo.
Pero Paloma ya se ha puesto de pie y sale de detrás de su mesa.
—Lo que quieras, yo voy a salir igual.
Ramiro pasa detrás de la mesa de Camelia, apoya las dos manos en el canto y se queda entre de pie y sentado, frente a ella. A Camelia, Ramiro no le atrae. La atracción tiene sus caminos. Aunque habría sido fácil para los dos gustarse; en cambio, son excelentes amigos. Ramiro adora a Raquel, la hija de Camelia, y siempre que hace falta se ocupa de ella. Un día le contó que se sentía viejo para tener hijos. Había jugado ya las cartas de la estabilidad, de la pareja, de la reproducción, y la partida había terminado.
—Menudo día, Camila.
Camelia sonríe; Camila es su nombre de guerra.
—Ya, es lo que estaba pensando, que a veces preferiría no saber lo que está pasando en otros sitios. Tener esa vaga idea de que todo va razonablemente bien.
—A mí me agota también el otro lado.
—¿Qué lado?
—El de las diferencias que hay aquí, me da rabia decirlo pero cuando veo a los jetas… No puedo con ellos, y con las jetas tampoco, que las hay. Nunca he podido y menos ahora, con todo lo que se nos ha venido encima…
—Ya, pero el trabajo se amontona, ¿qué vamos a hacer?
—Lo que sea, Camila. No deberían estar aquí.
—¿Ha pasado algo en especial?
—No. Bueno, sí, es que vengo de escuchar hablar a uno, micrófono en mano, encantado de conocerse. Y sabemos, porque hay una compañera en la sección de nóminas, los pluses sin motivo que está recibiendo desde que entró en el sindicato. Más claro, agua. Nos destrozan, diez personas compradas como él se cargan la labor de cien representantes honestos.
—Tampoco exageres. Se la cargan en su empresa, y hacen más difícil la tarea de los demás.
—Ya es bastante, ¿no?
Camelia se levanta, se coloca al lado de Ramiro pero sin sentarse, como él, un poco en el canto, de tal modo que ambos quedan a la misma altura. Entonces pasa la mano por el hombro de Ramiro y él apoya la cabeza.
—Poco a poco, Ramiro, arreglaremos unas cosas, luego otras. Y cuando estemos con las segundas, las primeras volverán a estropearse, aunque ya no se estropearán todas. Solo la mitad.
—¿La mitad? ¿No se estará usted refiriendo al noventa por cien?
Los dos se ríen.
—Bueno, más o menos.
—Sí, más o menos. ¿Te acuerdas de cuando leíamos a Rosa Luxemburgo y del miedo que nos daba terminar sustituyendo los intereses de un grupo específico de trabajadores por el de toda la clase?
—Claro que me acuerdo —dice Camelia—. Ahora las cosas se han puesto tan mal que ese miedo parece hasta pequeño.
—Pero no lo es.
—Bueno, me acuerdo de otras cosas que decía: «El movimiento sindical no es el reflejo de las comprensibles pero erróneas ilusiones de dirigentes sindicales…».
—Me suena, sí, ¿cómo seguía?
—«… sino aquello que vive en la conciencia de las amplias masas de proletarios ganados para la lucha de clases».
—Qué lejos.
—Nunca se sabe, Ramiro. Lo peor es pensar que nos hemos perdido, nos pasamos los días gestionando problemas prác ticos, individuales, y hace falta, pero no conseguimos conectarlos.
—Levantar la cabeza y mirar lejos. Adelantarnos a lo que va a pasar. Una mirada política, lo llamábamos.
—Lo llamamos, está ahí.
—La de veces que hemos discutido esto con Jara. Y lo peor es que tiene razón cuando dice que el paro no existe para nosotros. Las asesorías que tenemos para personas paradas son simbólicas.
—Ya, hoy he nombrado el asunto con un par de personas y creo que no habría podido decir nada más incómodo. Al segundo, cambian de conversación.
—Pues no me contabilices. Vamos, que voy a cambiar de conversación, pero no porque lo hayas nombrado. Es que son las seis y todavía me queda una reunión.
—Y a mí, vamos.
Salen del despacho hacia distintas salas.
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Hugo no ha encontrado a Chema. En el fondo se alegra. Si se hubieran visto habría constatado que la enajenación es solo suya. Callejea para alargar el regreso; querer a alguien debe de ser distinto y mejor cuando el presente centellea con promesas. Dicen que los obstáculos dan fuego a la pasión, pero Hugo no termina de creérselo. En los primeros días, unos pocos obstáculos y un poco de secreto puede que aviven la hoguera. Pero ¿después? A no ser que quienes hablan así llamen obstáculos a esas vallas de las carreras, todas perfectas, todas de la misma altura, adaptadas a un esfuerzo ya entrenado y con un fin cercano y muy a la vista. Quizá a las condiciones de vida no se las llama obstáculos, sino, solo, condiciones de vida, esas que te llevan a la cama con tanto cansancio y tanto sueño que ni siquiera te queda energía para arder en otro cuerpo. Es posible que el exceso de cenas y paisajes y hoteles con encanto empalague al amor, no lo duda. Pero la com plicación diaria, la diaria previsión de presiones para acabar proyectos que no estarán bien hechos, la extensión del horario, la obligación de estar echando cuentas todo el día para asegurarse de que el dinero llegará, todo eso forma parte del sentimiento amoroso, no está fuera. Y a veces lo ahoga y puede apagarlo, como sucede en una hoguera cuando la leña no puede respirar.
Por otro lado, a veces sí surge una llamarada de la presión externa, una especie de intensidad en defensa propia. Hugo lo ha vivido y observado en otras personas. De repente, cuando todas las cosas se van como arrastrando, llega la intensidad con el cometido de borrar las aristas, los pesares, los rencores imposibles de aplacar. Se pregunta si su pasión por Chema no es más que eso, a falta de escapatoria, un proyectil que, al menos, hace un agujero en la pared para que entre la luz. Porque en su vida no hay perspectivas de cambio. O sí, hay una perspectiva de cambio: la crisis que se agrava, nuevas derivaciones posibles de la pandemia. Dicen que una noche juntos, o unas cuantas semanas con sus noches, pueden equilibrar balanzas, ser brasa que no quema, se enciende solo con mirarla, cura los pies y los futuros fríos. Hugo lo duda. Sin embargo, al parecer tampoco puede elegir: cuando ve en el teléfono la señal de que Chema está en línea, tiembla un poco y sin querer se siente rama de un árbol iluminado, en medio de la oscuridad.
Ha llegado al portal. Absorto como está, por la fuerza de la costumbre da por hecho que Jara le abrirá la puerta y que, si no lo hace, él irá a buscarla a la cocina, a su cuarto, se sentará con ella, le contará su absurdo enamoramiento sin dar muchos detalles, y Jara será discreta, entenderá lo que pasa, le hará bromas; luego, de repente, cambiará de tema, dirá que tiene sueño o empezará a cantar sin letra, reproduciendo solo las notas de un bajo, como si él ya no estuviera allí. A Hugo no le importará, al contrario, es lo bueno que tiene conocerse bien, escuchará la música o volverá a sus pensamientos, hasta que, sin decir nada, saldrá del cuarto y Jara le seguirá y se pondrán los dos a cortar las alcachofas de la cena y, tras cocerlas, prensarán las hojas para hacer una salsa con que acompañar los espaguetis de la comida del día siguiente.
No es que Hugo no recuerde los malos momentos con Jara, la angustia sofocada. También tiene claro que Jara no abrirá. Pero así funciona la cabeza y aguarda unos segundos esperando que suceda; Jara suele oír el ascensor y muchas veces abre justo cuando él rebusca en los bolsillos para sacar la llave.
La casa está vacía. Ramiro y Camelia de reuniones, Lena con turno de noche otra vez.
Deja la mochila sobre una silla, saca su móvil y escribe a Chema cosas que no dirá; darle a la manivela y hacerse ilusiones. Imaginar, pongamos, que esto que a mí me pasa también te está pasando. Un poco menos, vale, no es que tú te marees, no es que me pienses despacio todo el rato. Un poco menos: quizá de repente te gustaría contarme algo que has visto, o que nos encontrásemos por casualidad; o te sorprendes teniendo ganas de que llegue ese día en el que vamos a coincidir con otras personas, pero no demasiadas; ese día, miras hacia la puerta porque ves que no llego y cuando al fin aparezco te da gusto. Darle a la manivela y hacerse ilusiones, por ejemplo: estás tardando en dar una señal porque tienes mi mismo propósito de alentar el deseo. Es como emborracharse para que la resaca no nos rompa: hay que saber parar. Sigo bebiendo.
Después Hugo se acuerda de Jordi, con quien estuvo hace unos días, un encuentro sin más, también sin menos, y aún escribe: «Tocarte en otro cuerpo más pendiente que nunca de un placer que podría ser el tuyo».
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En el suelo de una calle del mundo se depositan hojas de árboles, pequeños envoltorios, un chicle, una colilla, un papel con algo anotado, un anuncio. Se irán mezclando con otros hasta que el viento se los lleve o alguien limpie por fin. Y quedarán historias no contadas, casos no cerrados que tratarán del día, el miedo y los afectos, de lo que se hace por un motivo y de lo que aún no se ha podido entender.
¿Quién, como nave propulsada por una fuerza que no comprende, no avanzó hacia un lugar que no había previsto? Lo inesperado, el desorden, la mala o buena suerte acaso en realidad no es más que la consecuencia lógica de una condición inicial, tan pequeña y lejana que no se divisa. «No es más que», «no es sino», «nothing more than», «ni más ni menos», he aquí algunas de las fórmulas usadas por el llamado reduccionismo: esa mesa, se dice, «no es más» que un conjunto de átomos, o de partículas más pequeñas, o «no es sino» un ensamblaje de trozos de madera, o… Pero el reduccionismo se suele equivocar. Esa mesa hace saltar los recuerdos de cenas con amigas y amigos. Sobre ella se han escrito cartas en un tiempo en el que ya casi nadie las escribe. Esa mesa acaso siga en pie cuando quienes ahora la usan hayan muerto y otras personas se juntarán alrededor para tomar algo, contar chistes y hablar de ciencia ficción. Esa mesa la hizo alguien: ¿en qué pensaba mientras la hacía? Esa mesa se pagó, la voz lo sabe, con el primer sueldo de Lena. Luego lo celebraron Jara, Ramiro, Camelia, Hugo y Lena bebiendo un vino infame y viendo caer las primeras gotas sobre el tablero sin mantel.
En la realidad hay estratos. A veces no se cruzan. No existen descripciones absolutas. Esa mesa está en la calle Martín de Vargas 26 a cuatro metros de la puerta de la calle el día «x» a la hora «y», ya, pero también está hoy, y no ayer, a treinta centímetros de Hugo. Desde cada distancia se describe algo distinto. La vida sucede en estratos y en otras capas que no son horizontales, a veces son franjas onduladas, a veces se mezclan con otras mediante picos o vetas o causas, la franja del lenguaje, de la biología, de los átomos, de los hechos, del olvido, la de una acción guiada en apariencia por motivos, o en apariencia por el azar y la irracionalidad. ¿Qué les hace seguir?, pregunta la voz. Atravesados por la chapuza y por la maravilla, sacudidos a ratos por la risa posible ante lo que no encaja, los humanos procuran salir de sí hacia una realidad compartida, ponen a prueba lo que piensan, lo que les mueve. No recuerdan lo que no pueden recordar porque no está en su mano, como no pueden tampoco nacer en un lugar ni en un tiempo distintos de aquellos en los que han nacido. Pero son capaces de abrigar, a veces, las sensaciones de los demás y construyen, poco a poco, criterios para entenderse. Sacan, como se dice, fuerzas de flaqueza.
Mientras Ramiro se ocupa de las tostadas, Camelia pone las tazas sobre la mesa, vigila el café. Hugo se despereza acompañado por el borboteo de la cafetera y esa mezcla de olores buenos, a pan tostado, a café recién hecho. Apenas ha podido dormir. No es por Chema, ni por algo a lo que esté dando vueltas que le inquiete sobremanera; a otras personas en su trabajo también les ocurre lo mismo, lo atribuyen a que las largas jornadas pasadas programando apenas dejan tiempo para un cansancio que no sea mental: el cuerpo no se mueve y luego no comprende el reposo. Ya casi no recuerda cómo era el sueño profundo, por eso agradece aún más el olor del desayuno preparado.
Cuando llega a la mesa, Ramiro ha terminado de hacer zumo con las naranjas de la cooperativa. No esperan a Lena, les ha dejado una nota, tuvo turno de noche y se levantará tarde. El aceite sobre el pan, mermeladas caseras. Hugo sirve las medidas de café que conoce de sobra. Luego dice:
—Tengo que encontrar un plan B. Mira que me gusta programar, pero es que estoy llegando al límite. Antes ya estaba cerca, y se han acumulado miles de horas extra. Cada día me agota más ser solo una pieza. Si hay un resultado, aunque sea regulero, vale, a nadie le importa que quieras hacerlo bien. Y cuando no se cumple el plazo dan igual los motivos, los problemas que hayas encontrado y tus propuestas de solución. Somos perfiles, no personas. No me refiero a la mierda de que me pongan un póster con frases motivacionales. Tratarte como persona tiene que ver con las condiciones de trabajo.
Ramiro y Camelia se miran entre sí y muestran las palmas de las manos con risas. Es una conversación que han tenido otras veces. Hugo se ríe también, pero luego dice, ya serio:
—Lo sé, de verdad que lo sé. Tendría que haceros caso, ponerme a intentar reunir las reivindicaciones. A lo mejor así hasta nos respetaban nuestros subcontratadores.
—Ahora es más difícil —contesta Ramiro—. Todo está muy destruido, pero al mismo tiempo hay más gente como tú, las afiliaciones han subido. En las contratas se aprovechan de que no pertenecéis a esas empresas, estáis de paso. Cuando alguien falla o, por supuesto, si se enfrenta, se busca un recambio y listo. Saben que os resulta más difícil organizaros. Si te metes a fondo, Hugo, y entras a formar parte del comité, podrías ayudar a pelear por un buen convenio. Parece que es poco pero es bastante. No digo que no vaya a salir mal o que no vayas a encontrarte con gente que solo quiera prebendas.
Hugo levanta la tapa de la cafetera, aún queda café, ofrece con la mirada y le dicen que se lo sirva. Necesita ese café para compensar su mala noche y también está ganando tiempo, no sabe cómo responder a Ramiro. En realidad sí sabe, es solo que va contra la idea que tiene de sí mismo. Pero mejor reconocerlo.
—Jo, Ramiro. Desde luego que no pienso que sea poco. Y el que pueda salir mal no es excusa. Lo mío es peor. Es que no quiero que esa sea mi batalla. No quiero, me niego. Ya, regañadme todo lo que queráis, con toda la razón del mundo. Lo sé, como si la gente pudiera elegir sus batallas: ni la enfermedad, ni el paro, ni el agobio económico, ni nada: te toca y hay que hacerle frente. Así que supongo que eso es lo que soy, un niño malcriado que desde su pequeño privilegio se quiere permitir el lujo de decir: Esta batalla no me interesa, que me den otra.
Camelia escucha y al mismo tiempo observa el color de la mermelada de naranja sobre el aceite de oliva. Muerde la tostada con placer, le gusta imaginar en el sabor los naranjos, los olivos, el horno del pan, y le gusta no pensar en las relaciones de producción que suele haber detrás, aunque sí imagine unos segundos a las personas que se reirían de que se le esté pasando eso por la cabeza. Si lo dijera en voz alta, ella se reiría también un momento. Luego mantendría su perplejidad ante quienes siempre pueden ver las cosas desconectadas entre sí, como si entre el pan, y quien lo ha hecho, y quien lo vende, y quien lo necesita, no hubiera ninguna relación y los objetos aparecieran sin historia ni trabajo sobre las mesas o en las estanterías.
—No es que seas un malcriado —dice—. Puede que ahora no sea tu momento, a lo mejor estás saturado, lo que sea. No vayas a creer que lo justifico todo, no vale hacer de esquirol en una huelga, ni dejar colgados a los demás, ni utilizarlos olvidando lo que decías, que somos personas. Pero no es tu caso y, de lo demás, prefiero no convencerte y esperar a que tú un día te convenzas. Porque nuestra fuerza viene de ahí, de que el día que te convenzas no habrá quien te pare.
Hugo baja la cabeza, echa hacia atrás su media melena y mira a Camelia, luego a Ramiro, luego otra vez a Camelia. Abraza su taza de café aún caliente con las dos manos.
—Gracias por ser así. No sé qué haré. Nos hemos peleado contra las historias que dicen que el amor funciona por el flechazo, el subidón, todo eso. Porque luego es una tarea, hay que cultivarlo y bla, bla, bla. Seguramente con la solidaridad pase igual, ¿no? Los sentimientos no son solo impulsos como el de comprarte unos calcetines con dibujos, son procesos, se hacen cada día. Y bla, bla, bla —dice con su lado más tímido y se encoge de hombros.
—¡Eh! Que no llegamos.
Camelia se pone de pie, Ramiro también, y comienzan a recoger la mesa.
—Id saliendo —dice Hugo—, hoy entro más tarde, ya recojo yo.
Cuando se van, Hugo se queda mirando el reflejo de la lámpara en el café de su taza. Luego saca el móvil y casi de corrido, sin apenas pensar, escribe:
A estas alturas
cómo no saber que no nos salvaría
ni me salvaría
cómo no saber que los instantes desaparecen
y lo único que queda son los actos
y el tejido de los años uno a uno
cómo no saber que follar
contigo
no sería más que un brindis
al sol
y que en el sexo no hay verdad
sino presente.
A estas alturas
cómo no decirte
que ese presente
sin desesperación
con éxtasis
llena mi vida
imaginaria
y duele
con bastante placer
en mi vida
real.
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Lena se despierta sobresaltada, pensando que va a llegar tarde al laboratorio, hasta que comprueba que aún le queda una hora de sueño. Así le dará tiempo a ducharse, leer, y hasta podrá ir andando al menos una parte del camino. No es la primera persona, ni la última, que ha llorado de sueño en el laboratorio. Sin dramas. Se meten un momento en el baño o dicen que van a fumar y lloran de las ganas que tienen de dormir, de la dificultad para seguir soportando el terror a equivocarse y echar a perder todo el experimento, sin contar con las broncas de los jefes que pasan de vez cuando por ahí. Es un momento, cuatro o cinco lágrimas. Luego se suenan y siguen. Alguna persona no ha podido más y se ha ido. Cuentan con que les puede pasar. Y esperan que no les pase.
Cuando se levanta ve que le han dejado puesta la mesa del desayuno: taza, cubiertos, una cafetera preparada, solo queda encender el fuego. Se ducha deprisa, alegre por ese pequeño detalle. Se hace el café mientras piensa que Jara es también una de esas personas que no pudo más. En el laboratorio casi nunca les siguen la pista. Nadie lo hace desde la dirección. Ellas sí llaman, preguntan qué tal, las respuestas no suelen ser buenas. Librarse de la atadura tendría que servir, hay casos en que sí, pero, en otros, la gente va a parar a ataduras mayores, o a depresiones, o se marcha fuera y no siempre para bien. Un buen día se dan cuenta de que llevan seis meses sin noticias de esa persona que se fue. Son Jaras. Desaparecen sin ni siquiera tener que romper la tarjeta del móvil. Ingresan en un mundo clandestino no por prohibición sino por resta, porque van perdiendo la capacidad de emitir señales, o porque esas señales son tan débiles que no se perciben.
Después de desayunar Lena saca la ropa de la lavadora y se la lleva para tenderla. Era algo que solía hacer con Jara. La última vez le propuso salir a la calle con una pequeña pancarta de la liga de pesimistas de Gran Bretaña, esas pancartas dicen cosas como NO ES DIVERTIDO o CONTRA LA OBLIGACIÓN DE SONREÍR . A lo mejor, decía Jara, nos cruzamos con alguien que esté pasando por un rato medio angustioso y le resulta inesperado vernos y sonríe un momento por la absurda contradicción de su sonrisa.
En ese momento, Renata acaba de presentar unos papeles, saca un número para la siguiente gestión y espera. Ya se ha jubilado, aunque, como la pensión es pequeña y siempre ha estado temiendo que Jara pueda necesitar dinero, tiene un empleo en negro en una gestoría donde trabajó algunos años. Termina el último trámite que tiene pendiente y esta vez no pide que le den otros, baja al metro y se dirige a Martín de Vargas.
Se cruza de brazos en el asiento y entorna los ojos, está preocupada. Sabe que no puede manifestarlo. Cuando vea a Lena tendrá que erguirse y fingir ser esa persona segura de sí misma que no es. Quizá por eso le gusta tanto el terror, en los libros, en el cine. El terror que lleva dentro y que allí puede ver fuera, dejar que se expanda sin apenas peligro, el terror, el horror, no cuando estalla sino cuando vagamente se va formando, susurra, aparece en oleadas súbitas que después se retiran. Necesita mirarlo de lejos porque sabe que puede estar cerca, y puede estar dentro y batir las alas con una fuerza con la que no quisiera tener que lidiar. Piensa que una cosa es la madurez, saber que ya se ha vivido y que, por tanto, toca ponerse delante a recibir los golpes dirigidos a las personas aún en formación. Y otra distinta, la obligación de sacarse siempre las castañas del fuego porque así conviene a lo que en sus tiempos llamaban clases dominantes. Lo ha pensado tantas veces, se ha preguntado si en un mundo organizado de otra manera Jara podría ser simplemente una persona. A lo mejor esas reacciones de Jara que hacen más difícil la vida de quienes le rodean y la suya no se producirían con frecuencia si Jara pudiera olvidar por un momento el peso de que funcionar, en esta sociedad, consista en asumir ciertas responsabilidades impuestas por el interés de unos pocos. Seguiría habiendo averías, tal como hay personas que no pueden andar y alguien empuja su silla de ruedas. Pero sería distinto. No habría heroísmo ni sacrificio. Apoyar a quien lo necesita se parecería al mandato interiorizado de la rentabilidad, solo que esta vez el mandato no procedería del poder de la minoría sino de las ganas de vivir del común.
Renata no se da cuenta pero le está llegando el sueño. Descansa la mejilla en la mano mientras un bienestar lento la envuelve, es la estación de lo que no opone resistencia: sus pensamientos sin dirección ahora surcan el espacio, su vuelo cambia, los colores y todo el collage que va con ellos: algunos llevan llaves, folios, tenedores, otros agujas de pino, restos de espuma, a veces una o más gotas de sangre, alegres como pétalos diminutos, alegres pero oscuros a la vez porque condensan lo callado, aunque en el sueño son tan ligeros.
Un frenazo algo más brusco la despierta. Por suerte no se ha pasado de estación. Cuando llega a Martín de Vargas, toda la casa huele a café.
—Es mi segundo, ¿quieres? —dice Lena mientras llena de agua la cafetera y comprueba que el agua no rebase el lugar de la válvula de seguridad—. No te esperaba. ¿Qué ha pasado?
Renata mira sus movimientos; con la atención puesta en ellos le es más fácil no pensar. Lena abre la lata del café, pone tres cucharadas. Cierra la parte de arriba apretando bien la rosca. Luego enciende una cerilla para que prenda el gas. Ahí está ahora la cafetera, sobre la llama azul con alguna veta naranja. Lena se queda de pie apoyada en la encimera y parece dispuesta a seguir así hasta que el agua hierva y el café suba. Renata pregunta a bocajarro:
—Necesito saberlo, Lena. ¿La estáis buscando?
—Lo tenemos en la cabeza, pero es que no sabemos por dónde empezar.
—Bueno, ya es algo. Yo ni siquiera sé si debemos hacerlo.
—Ya, al irse así más o menos ha dejado claro que mejor no. Pero yo sí quiero. Por mí, Renata, la echo de menos una barbaridad.
—Si tú te fueras así, no te gustaría que te encontraran.
Lena se ríe.
—Buah, imagina que por casualidad la encontramos a la primera, vaya desastre.
Renata se echa a reír también, al principio despacio, luego cada vez más alto y más fuerte, al final ríe con tantas ganas que se le saltan las lágrimas y deja que sigan y que se mezclen con un sollozo.
—Ay, Len. Ojalá esto fuera un juego del escondite. Hacer como que no la vemos aunque esté detrás de un arbusto y le asome medio zapato y un trozo de anorak. Seamos honestas, queremos buscarla también porque nos da miedo que le pase algo. La echamos de menos pero sabemos lo complicado que puede ser convivir con ella.
Ha subido el café. Lo sirven, las dos beben despacio de las tazas. La cocina se oscurece por una nube que ha cubierto el cielo del patio. A lo lejos se oye la bocina de un coche, una sola vez.
Renata y Lena sonríen al mirarse y Lena dice:
—«Cuando suena el claxon de un coche vacío y quieto o es que el auto se ha vuelto loco o es que se ha muerto un angelito-robot».
—¡Qué tiempos, eh! De pequeñas a Jara y a ti os encantaba, pero si se lo dices ahora a una niña le parecerá una bobada. Te dirá que el software del coche está mal.
—No sé, en esta casa nos sigue gustando. Entonces ¿estás segura de que quiere que la dejemos en paz, que no la busquemos?
—¿Segura? No, qué va. Sobre todo cuando pienso que ha podido irse para no ser un lastre en nuestras vidas, en la mía, en especial.
—Ya, a mí también me pasa. Luego me digo que tiene derecho a no querer ser un lastre. Y luego, que nosotras tenemos derecho a decirle que no lo es porque no tenemos ganas de ir más deprisa o a sitios adonde ella no pueda venir.
—Gracias, Len.
Renata evita su mirada.
—¿Por qué? —dice Lena.
—Porque claro que quiero buscarla, pero me daba miedo no ser respetuosa.
—Anda, venga. No conozco a nadie más respetuoso que tú.
—Me voy ya, niña. La primera que encuentre una pista, que silbe.
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Camelia abre la puerta de Martín de Vargas y en uno de sus arranques de sentirse actriz invisible, lanza un zapato por el aire y luego el otro. Va descalza hasta el salón, se tumba en el sofá. A esa hora no hay nadie en casa, ella tampoco debería estar ahí pero le han aplazado una cita con una inspectora de trabajo cuando estaba en el metro y ya no tenía sentido volver al sindicato. Saca el móvil, navega por sus redes, encuentra enmarcado en fondo negro con texto blanco estas palabras: «Llevo más de un año en paro. Tanto tiempo que ya ni he ido a renovarlo. Decía un estudio que se perdía sobre un 25 por ciento de autoestima cada tres meses de desempleo. Hey, fantástico, por fin soy negativo». Le estremece el ingenio que el autor estrella contra sí mismo, pero también contra el mundo, y le parece raro no poder mostrárselo a Jara, aunque a la vez piensa que a lo mejor no se habría atrevido, y sacude la cabeza, inquieta, y cambia de postura. Se sienta a lo indio en el sofá, mira las últimas fotos que le ha mandado Raquel, le hace gracia lo payasa que es. Oye el telefonillo pero le parece que es en otro piso. Luego vuelve a sonar, ahora sí es ahí. Será un cartero comercial. Camelia se levanta para abrir.