Existiríamos el mar

Belén Gopegui · Capítulo 2 de 6 · parte 1/4

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Existiríamos el mar

Segunda parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

 

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Jara se levanta en el pequeño altillo que ha alquilado en Calatayud. Estuvo a punto de hacerse trampa cuando le tocó ese destino. No conocía el lugar, nunca había estado antes pero comprendió que, de alguna manera, había imaginado un sitio en la costa, tal vez, pensaba, porque el mar consuela nuestros esfuerzos y crea la sensación, aunque sea superficial, de que al fin se ha llegado, como si pudiera poner una firma debajo de las cosas. Sin embargo, el mar era un sueño de Martín de Vargas al completo, no quería cumplirlo sola. Un bosque en las montañas quizá también habría valido, espacios donde poder desaparecer por segunda vez. Pero tampoco quería ir a parar a un sitio que le sirviera de pretexto para dejar de preguntarse cosas. Por último, detestaba hacerse trampas. Jara cumplió con el azar.

Le oprime un poco el paisaje, la sensación de estar en una zona hundida, entre paredes escarpadas y fragmentos de la vieja muralla. Pasa el tren, pero su altillo está lejos de la estación. Hay fábricas, el campo está seco, no hay grandes bosques; sí un río que tampoco ve desde donde vive. Al menos le ha sido fácil encontrar una habitación sin avales ni otros documentos. Al dueño le ha parecido bien que todo sea en negro, lo que le ha alquilado es en realidad un desván acondicionado, con un baño diminuto, una nevera pequeña y un infiernillo eléctrico para cocinar.

Al principio apenas sale. Le parece que los veintitantos mil habitantes de Calatayud advertirán su presencia y teme que, aun con la mejor intención, la saluden, le hagan preguntas. Jara tiene un cuerpo que emana sexualidad, a veces lo ha vivido con placer y otras con miedo. Hace tiempo que sus dificultades para relacionarse han ganado a otros impulsos, ya no se imagina con una pareja, tal vez con una relación aún por formatear. Pero más acá de la imaginación, algo tan sencillo como salir a la calle en un sitio nuevo le produce inquietud. Intenta que no sea así. No solo por ella. Por todas las mujeres que alguna vez han sentido miedo de mostrarse, debe andar erguida y tranquila. Nadie tiene derecho a hacerle sentir que su cuerpo, esto es, ella misma, es un señuelo, un peligro o una provocación. Pero es difícil dejar que avance el día sin querer quedarse dentro de la guarida flotante que es su altillo ahora.

Comienza saliendo muy temprano, antes de que abran las tiendas y los bares. Recorre el trayecto con rapidez, la ropa de abrigo la protege del frío de esas horas, y la niebla hace que las miradas sean furtivas y escasas. Cuando ya se ha familiarizado con calles y lugares, empieza a salir a la hora del atardecer. Ha visto dos bares donde podría entrar sin llamar demasiado la atención, pero no se atreve todavía. Lo intenta, se jura que en el tercero que vea entrará. Y llega al tercero y empuja la puerta pero, antes de que se abra del todo, la deja cerrarse despacio y se marcha. La vida no es una película, ni siquiera una ranchera, no se imagina en la mesa del rincón bebiendo porque no estaría tranquila. Tampoco sentada en un taburete junto a la barra diciendo las frases justas a un camarero que sería un tipo maduro, inspirado, nada apresurado ni harto de estar ahí, ni pendiente de una llamada ni metido en sus propias tristezas.

Volverá al día siguiente, piensa. Por la mañana podrá pedir un café y resultará más fácil pasar inadvertida. Así, poco a poco, tal vez coja fuerzas para un día hablar con alguien, y que su propia voz no le parezca desmañada, ajena, como esos pájaros que entran sin querer en un lugar cerrado y luego no saben salir. Ahora ha de bajar a comprar comida.

Se detiene en una tienda de fruta, conservas y pan. Hay algunas hortalizas en cestas de mimbre, la fruta está en cajas de madera. La tienda es pequeña, sin pretensiones. La atiende una mujer amable; no da señales de reparar en el tono desafinado fruto de su nerviosismo. Jara compra peras, cebollas, tomates, naranjas, puerros, media docena de huevos, ajos, garbanzos, nueces. Se despide con un «Adiós, muchas gracias» inaudible. Está a punto de volver a entrar para que esta vez su saludo se oiga. Vacila, porque le parece ridículo. Al final entra y compra aceite aunque no lo necesita. «Se me había olvidado», aclara. Cuando recibe el cambio, contesta en voz demasiado alta: «¡Muchas gracias, que usted también pase buena tarde!».

Jara sale con aparente calma de la tienda pero echa a andar a toda velocidad porque se siente avergonzada y contenta, incompetente, absurda. Pasa delante de un cartel de SE VENDE en un local cerrado y se identifica con esa reja de acordeón algo oxidada. Empieza a subir la cuesta hacia su calle. Le pesa en especial la garrafa de aceite porque sabe que podría haberla comprado otro día, en lugar de tener que cargar ahora con ella. Pero sobre todo le pesa porque está echando de menos ese territorio no hostil que es Martín de Vargas, allí no desafina, allí no juzga y se arrepiente de cada una de las cosas que dice sino que a veces es incluso capaz de improvisar monólogos medio cómicos medio pedantes. Lena, Ramiro, Hugo y Camelia han construido un lugar donde siente que hay sitio para ella.

Al llegar al portal deja todo sobre la acera. El cielo se desploma, personas concretas con nombres concretos de menos de veinte años a quienes les gusta el arroz frito o que se tatúan peces, mueren aplastadas por un daño que empieza lejos pero termina en la punta de sus dedos, Jara lo nota, lo toca, no puede pararlo. ¿Qué más da entonces su incompetencia para el trato social, qué más da que no tenga trabajo, qué más da que no sepa cómo vivir? Piensa en la expresión «en consecuencia» y en que debería existir otra, una que dijera «contra consecuencia»: «… entonces, contra consecuencia, alguien hizo esto o dejó de hacerlo».

Empuña la garrafa de aceite con una mano, con la otra sujeta las tres bolsas. Le gustaría ser el aleteo de una ventana en el cuarto de Lena, por ejemplo, y que ella note un cambio sin saber bien a qué se debe.

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En meteorología la amplitud de una perturbación se duplica cada tres días si nada contraría su desarrollo. Es la llamada inestabilidad exponencial, afecta a muchos otros procesos. Pequeñas modificaciones pueden tener consecuencias muy grandes en el desarrollo de todo lo que se prolonga en el tiempo. Por otro lado, a menudo las perturbaciones se compensan entre sí, la mariposa y la libélula surcan el aire, alguien enciende una vela o se abanica, y cada uno de estos actos que en sí mismo podría desencadenar un ciclón con el paso de los días, se compensa con otro, entre millones. Nace así la paradoja: no se puede prever si lloverá dentro de treinta y siete días, sin embargo hay en el clima una gran estabilidad estructural, vuelven las estaciones, los monzones, el anticiclón de las Azores recorre su camino cada año. Otra cosa es cuando la suma de una gran cantidad de perturbaciones constantes actúa en la misma dirección.

Los seres humanos adoptan la costumbre de imaginar el horizonte a partir de lo que la experiencia les hace pensar que será previsible. Se despiertan y recrean el mismo escenario de antes de irse a dormir. Ahí seguirá la calle, estará al otro lado del teléfono la persona a la que escriben, irán dentro de diez días al concierto para el que sacaron entradas, volverá la primavera. Aunque el azar asome en cada esquina y lo sepan, hacen planes, suponen que sus vidas seguirán, que las pequeñas perturbaciones y contratiempos se absorberán como los cuerpos absorben impactos leves sin desviarse por ello del camino, o se compensarán con otras. A veces cruza por su mente el rayo, la noticia, el lance que fulmina a una persona amada o a ellos mismos. Muchos viven en un azar que es solo abuso del poder de sus no tan semejantes, y se preguntan si les despedirán mañana o si tendrán recursos para mantener su vida. En algún momento, la mayoría sueña con el buen azar, con la buena aventura no esperada. Y en general y sobre todo, se tambalean y hacen como que no lo saben, como que no hay abismos a los dos lados de la acera, y ríen con la caída ridícula porque solo fue fantásticamente ridícula. Conocen la angustia de no llegar a tiempo a donde, sin embargo, al parecer, no les esperan. Para designar lo muy bueno utilizan a veces nombres de lo imposible: esto es fabuloso, esto es fantástico. Pese a todo, no es raro que asientan ante una melodía, o que, tras ver a dos personas caminando juntas, con una gratitud maravillada sonrían al azar que les hace estar vivos.

Con la pandemia han recordado la condición incierta del hoy pero, en general, cuando la tormenta amaina, o incluso en plena tormenta, continúan con lo que estaban haciendo. Por rutina, heroísmo, negligencia. A veces siguen estropeando lo común, cometiendo irregularidades, o mostrándose desconsi derados con quien más necesitaría que no lo fueran. Como si llevasen dentro el mandato de la repetición. Quizá renieguen de lo rutinario, pero necesitan conocer o hacer como que conocen lo que será de ellos la semana que viene, el mes que viene. Porque los cielos se derrumban siempre; eso, sin duda, lo saben. Porque la vida humana está hecha de riesgos aceptados. De modo que vuelven a subirse al metro o a recorrer el camino hasta la tierra que cultivan, al lugar donde les dan clase, a la tienda donde compran zapatos.

En medio de ese torbellino de peligro y de estabilidad, de previsiones y casualidades, de vez en cuando se preguntan qué deben o no deben hacer, claro que se lo preguntan. Y toman partido por un objeto que no es exactamente un objeto, al que llaman principio. Al parecer, una vez elegido el principio, pueden hacer a un lado la mayoría de las alternativas, abandonar también la idea de riesgo y guiarse solo por él.

Los principios son muy variados, los hay de aspecto pequeño y sin embargo grandes consecuencias para la vida de las personas cercanas, por ejemplo «ser amable con quienes no dañan». Los hay nítidos y acotados que van desde «no colaborar con las casas de apuestas» a «boicotear las casas de apuestas». Los hay que parecen sencillos y sin embargo no lo son tanto porque la inercia está por todas partes. Los hay que van pasando de unas generaciones a otras, pongamos uno solo: «Hacer lo que se debe sin medir ni calcular por encima de la mugre del dinero». A menudo no se explicitan, ni siquiera por dentro, pero guían la conducta. En la mayor parte de los casos, son modestos y ondulados. Sin embargo, muchas personas les temen, pues piensan que trazan líneas demasiado rectas, que rompen los caminos y dificultan vivir en un mundo irregular. Ahora bien, la experiencia muestra, por más que el prejuicio lo encubra, que cuando los principios actúan en la misma dirección pueden contribuir, y así lo han hecho, a evitar dolor, a romper lo establecido hacia lugares más abiertos, a enfrentarse al dominio de lo injusto. Quizá por eso desde el dominio se subraya, como si fuera lo único existente, que los principios alguna vez pueden ser rocas y partir cabezas. Pueden, pero quienes lo subrayan olvidan todo lo que los principios dieron, y dan, para que las relaciones sociales no opriman a parte de los humanos y la vida sea cada vez más vivible.

Dicen que los principios a veces se desprenden como una consecuencia de la dureza del entorno. Allí donde sobrevivir es más difícil, donde queda a la vista el dolor de unas personas por la mera avaricia, inconsciencia, ambición o afán de comodidad de otras, donde las ventanas son más pequeñas, las calles más estrechas y el horizonte más cercano, allí llegan a veces los principios como el séptimo de caballería y juntan a las personas alrededor de un cajón, y con él hacen música y no hay forma de que una deje tirada a la otra, de que cinco dejen tiradas a otras cinco. Un tal Naipaul escribió: «Odia la opresión, teme a los oprimidos». Con esta frase recordaba que lo opuesto también puede suceder: en ocasiones, la miseria agudiza la ley de la selva. Sin embargo, no siempre se sabe si pasará. Basta con observar para ver que, a menudo, los principios se presentan en las vidas de las personas oprimidas. Y cuando se presentan, hay que querer quedarse con ellos a pesar de las presiones. También hay que lograr mantener la calma, y evitar despreciarse con el desprecio del prepotente, y elegir no subestimar a las personas semejantes como afuera las subestiman y aborrecen. Hay que impedir que la angustia vaya contra quienes están cerca y dirigirla contra quienes, desde lejos, aplastan con sus pies satelitales. Muchas personas lo hacen, aunque no, como se piensa, en defensa propia. Actúan así, mostrando una finura, delicadeza y potencia indecibles, en defensa del bien común.

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Lena no da crédito. Vuelve a mirar el mensaje de Óliver y bloquea el móvil. Ni siquiera tendría que haber mirado, no puede distraerse ahora. Pero lleva tres horas seguidas trabajando completamente concentrada y casi no lo ha pensado, ha sido un reflejo, como quien necesita sacar la cabeza del agua. Hace tres años que no sabe nada de Óliver, y hace ya cinco que lo dejaron, ¿por qué ahora? ¿Por qué así? Le queda todavía un rato de estar ahí sin moverse, tiene que vigilar, debe abrir la máquina en el momento exacto y separar las células con precisión, sin errores pero deprisa y volver a colocarlas enseguida, sin que le tiemble la mano. Se queda quieta, se obliga a no pensar en nada más, ata las asociaciones que se producen en su cabeza para que no se muevan. Cuando termina, pide permiso a su jefa y baja a la calle.

No hay bares en el polígono, solo un par de restaurantes a casi veinte minutos andando. Algo más cerca hay un supermercado grande donde no dan café. Si un francotirador la vigilase podría disparar en cualquier momento, los árboles son pequeños, no hay recovecos donde esconderse, los pocos bloques de viviendas tienen puertas que impiden el acceso a los portales. Cuesta dejarse embargar por sentimientos medio románticos entre coches aparcados, aceras vacías y árboles raquíticos. Justo la clase de sentimientos que, admite, le provoca el mensaje de Óliver. Lena avanza hacia el único sitio remotamente parecido a un escondite que ha encontrado después del tiempo que lleva trabajando en el polígono. Es un pino viejo; debía de estar allí mucho antes de que empezaran a construirse los bloques, las calzadas y las naves industriales. Aunque ahora crece junto a una acera, crea un espacio de sombra y discreción. No es la única que lo frecuenta: siempre hay colillas cerca del bordillo. Se sienta como un gato callejero entre dos coches, la gran copa achaparrada parece darle algún cobijo.

No necesita volver a leer el mensaje de Óliver, lo sabe de memoria: «Me pregunto adónde hemos llegado. ¿En qué lugar lejano seguimos caminando asidos de la mano?». Nunca, nunca jamás debió haberle prestado su ejemplar subrayado de Bajo el volcán. Lena no le habló de esa frase. Es una línea entresacada de las cartas que Ivonne escribe al Cónsul. Tampoco le dijo que ella no estaba dispuesta a ser Ivonne, a aceptar una relación que pudiera llevarla a escribir cosas como: «Sin ti estoy desechada, amputada. Soy proscrita, una sombra de mí misma». Ni que no querría que nadie se las escribiera. Ah, pero así como al lado de esas palabras había puesto a lápiz tres exclamaciones de escándalo, en cambio, la frase posterior, la que hoy Óliver le ha enviado, la subrayó conmovida y Óliver tuvo que ver ese trazo irregular pero fuerte.

Lena quiere llamar a Jara por el móvil. Como no puede, la llama con la cabeza, habla con ella en voz alta. Se pone los auriculares por si pasa alguien, para que parezca una conversación real. «La frase que te conté, Jara, la que recuerdo a veces, y me da igual si hay en ella un poco de nostalgia porque, vale, no te voy a decir que la nostalgia sea el mejor mecanismo de este mundo, ni para vivir ni para hacer las cosas que queremos hacer, pero, a veces, la tenemos. A quién se lo estoy contando, ¿eh, Jarilla? Sé cómo te pesa esto que ahora nos exigen, introducir también la productividad en las emociones. Esa vigilancia del alma: Eh, tú, te estás pasando de la dosis permitida de melancolía, fuera, ya no vales ni para trabajar, ni para socializar. Y tú, mira, bonito, ven aquí, si quieres recordar tu infancia y decir que entonces eras feliz, muy bien, pero que sepas que estás idealizando un momento en que había cosas que no estaban nada, pero que nada bien, aunque ahora no encajen en tu poema o en tu canción. Y tú, tú, o sea, yo, ven aquí, Len: ¿nostalgia de una pasión loca y encantadora? ¡Por favor! Si ese tío fue la persona más confundida que te puedas echar a la cara; no, bueno, vale, habrá otras más equivocadas pero él estaba bastante equivocado, una cosa son los ideales y otra ese idealismo personal de tres al cuarto, ¡la intensidad, la intensidad, siempre recomenzada!; sí, le tengo cariño pero a veces lo que añoro es aquel estado flotante, vivir pendientes de una sola cosa: ese entusiasmo un poquito sombrío por el arte.»

Lena apoya los codos en sus rodillas, la cara entre las manos y aunque mira el cemento del suelo y el bordillo del otro lado, se ve a sí misma con Óliver. Ve luego el pequeño tiovivo adonde su madre la llevaba los días especiales; tenían que coger el metro y hacer muchos cambios pero montaba en el coche de bomberos, en la ambulancia, en la jirafa, y levantaba la mano para saludar a su madre como si ella estuviera muy lejos y al mismo tiempo muy cerca. «A la mierda reelaborar, Jara, a la mierda mirar al pasado solo para aprender a enfrentarse mejor al presente. Aunque el pasado se desvanezca y a los recuerdos les falten trozos. Que sí, que la nostalgia es inexacta, que en las fotos que inventa no nos duele apenas la cabeza y no perdemos los papeles y sonreímos. No, Jara, no me voy a hacer ahora una yonqui de la nostalgia, pero quiero un poco. Dietas perfectas, hábitos perfectos, perfecta gestión emocional y luego qué, ¿es que no está el metro que parece que va a hundirse de tanta gente que llevan los vagones por la mañana y cuando volvemos a casa? ¿Eso es perfecto? “Me pregunto adónde hemos llegado. ¿En qué lugar lejano seguimos caminando asidos de la mano?” Era mi frase, Jara, sé lo que tiene de irreal, tú también sabes que lo sé, pero la imaginación no es irreal, puedo haberla dicho pensando en una persona que está muerta, y en otra que no sé ni dónde está, y tal vez al principio la dijera también pensando en Óliver, aunque quiero creer que pensaba en lo que permanece, Jara, en aquello que no se va cuando alguien se va, en las ideas y actitudes que ese alguien dejó y que yo reconstruyo como si aún estuviera.»

Lena mira la hora, debería ir volviendo al trabajo, pero no quiere. Correrá después. Enciende ese cigarrillo imaginario que necesitaba y vuelve a hablar con Jara, ya en silencio, tras soplar despacio y emitir un humo imaginario y quedarse mirándolo como una loca. «Me niego a rentabilizar mi nostalgia, Jara: no sé si me dará fuerzas o si es una nostalgia a fondo perdido o si va a darme pérdidas. No pienso averiguarlo. Como dice un amigo, el tiempo será lo que sea pero lo que seguro que no es, es oro. No sé adónde van a ir a parar esos ratos en que me emociono por cosas cursis, pero me niego, me niego a convertirlos en una inversión que luego sirva para estar más concentrada en el trabajo. Ni siquiera para estar más activa en la militancia, en esas reuniones donde soñamos con desalambrar la ciencia como tendríamos que haber desalambrado la tierra. No te preocupes, no me estoy haciendo cínica. Pienso seguir yendo a las reuniones. Y seguiré intentando querer a la gente sin poner mi añoranza por delante. Es solo que a veces hay demasiadas cosas que se supone debemos hacer. Porque, sí, me ha emocionado, más aún, me ha conmovido el mensaje de Óliver. Y después he pensado que lo habrá escrito al llegar a casa tras una noche de copas, o por la tarde después de una discusión con su pareja. O que igual se ha separado y ha empezado a sentir el peso de estar solo y le ha dado por mandármelo. Y te prometo que no he olvidado lo que sé, que no puedo esperar llenar con una sola persona el vacío de algunos momentos de la vida, por más que compartir la vida con otro ser humano sea algo alucinante. Compartirla, sí, pero ahora lo sé, no con un solo ser humano. La pirámide del amor no es una solución, alguien por encima, sosteniéndose sobre un solo pie sobre el absurdo pico reservado para el único, la única, y luego, debajo, otras personas. No. Se trata de querer a un puñado de gente, y que te quieran si pueden, y apoyarse así. Y mientras me reafirmo en esto, porque así de caóticos son nuestros cerebros, me imagino quedando con Óliver, y he sentido la excitación del buen augurio. Luego, otra vez, lo probable: quedaremos, me vendrá a la cabeza aquella letra de canción: “¿No eras tú aquella insolencia de latido que encendía mis deseos más prohibidos?”. Pensaré: “¿Será que él está pensando eso de mí?”, y me sentiré mal por defraudarle, y lo segundo que pensaré será “¡Qué diablos! ¿Por qué, aunque esa canción la cante un tío, tengo que formularla en masculino? ¿Por qué no ser yo quien lo piense, y representarme entonces la inseguridad de Óliver mientras imagina que le miro y me pregunto: “¿No eras tú aquella insolencia de latido que encendía mis deseos más prohibidos?”. Luego, en el tercer giro, pensaré: “Nada de guerras, un pensar común: nos hemos hecho viejitos, o al menos cuarentañeros, pero aquí estamos, con ocho mil sueños todavía”.»

Lena echa a andar, su tiempo de descanso ha terminado, ha de seguir o no logrará volver a casa ni a las diez. Algunos días la jornada es más corta. A veces incluso puede escaparse entre semana. Se pregunta si logrará sacar dos días libres de alguna manera para salir en busca de Jara en cuanto tengan al guna indicación de su paradero. Aún no sabe si contestará el mensaje de Óliver, o si esperará a encontrar a Jara como se espera un matorral hecho de mar o, en la gran fiesta de las azoteas, el canto del acordeón por lo que parece perdido.

Lena imagina el consejo que le habría dado Jara si la hubiera escuchado. Que espere, que no conteste todavía. No por estrategia, sino para convertir lo digital en analógico. Y decir: Álzate, no te turbes, sé tú y sé conmigo, tú, mi estado de ánimo. Lena empuja la puerta, pasa su identificación por el lector, hace girar el torno de metal. Mira encenderse y apagarse el número de los pisos por donde va pasando el ascensor: me pregunto adónde hemos llegado. ¿En qué lugar lejano seguimos caminando asidos de la mano?

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Han pasado varios días, Jara se mueve ya más tranquila por la calle. Cierto que llevan una racha de mal tiempo y eso le permite ocultarse bastante bajo la parka azul marino con capucha de esquimal que le regaló Lena el año pasado. Vuelve al altillo después de comprar. Estos días de soledad le están sentando bien. A veces teme que si pasa mucho tiempo sin hablar luego le resulte más difícil usar la voz. No debe de ser así, pero imagina que podría perder la habilidad para estar con otras personas, para saber cuándo estar quieta y cuándo moverse, cuándo hablar y cuándo estar callada. Recuerda la letra de un vals que le gusta a su madre: «Era tu voz / triste y fugaz, / agua de lluvia cayendo en el mar; / yo la escuché / y descubrí / ríos que ardían en mí». Siempre le ha llamado la atención una imagen que aparece después: «Dejas crecer / tu soledad / viendo las nubes pasar». Antes pensaba que la soledad era una ausencia, algo que no estaba, algo que no iba con la mujer o el hombre que caminan solos, sino que dependía de que no hubiera nadie a su lado, por eso los teléfonos móviles la apaciguaban. Luego supo que no era así. La soledad se parecía más a esos cómics extraños donde una niña o un niño tienen como amigo visible a un pequeño cocodrilo que anda de pie, a un dinosaurio azul o una pantera de ojos amarillos. Por eso el vals habla de dejar crecer la soledad. La soledad iba con una y, al menos a la suya, le encantaba alimentarse con palabras que otras personas en sus ratos solitarios habían usado para vivir.

Jara abre el portal y sube las escaleras hasta el altillo. Es alargado, un poco oscuro. Ha puesto sobre la cama un pañuelo naranja y rojo que le regalaron en casa por su cumple hace unos años. Se oye pensar, se oye a sí misma decir «en casa» para nombrar Martín de Vargas. Sube al taburete para abrir la única ventana o más bien ventanuco. Da a una calle algo estrecha, pero permite atisbar el cielo y, en ese momento, alcanza a ver una luna casi llena. No diría que ese altillo es casa, no diría «He puesto el pañuelo en la cama de casa». Pero sí es el lugar de su soledad. Deja sobre la mesa las manzanas y el arroz que ha comprado por el camino. Después pone agua a calentar para hacerse una infusión porque está a punto de venirle la regla y ya le duele un poco. Lleva la taza caliente junto a la cama, empieza a leer hasta que el dolor concentra toda su atención. Cierra el libro y se acurruca bajo la manta.

Poco a poco la pastilla le hace efecto; el dolor se convierte en una música de fondo, se va alejando, deja de oírlo. Como le pasa a veces cuando tiene la regla, imagina haber tenido una hija o un hijo, o varios. Si los hubiera tenido muy joven, ahora ya serían mayores de edad. Aunque estaría pendiente de ellas, ya no serían solo suyas, serían personas autónomas. No autónomas económicamente, casi seguro. Pero tendrían sus criterios y sus pesadillas. Piensa en Renata, que aunque siempre ha estado a su lado no por ello ha dejado de vivir otra vida. Se lo agradece tanto. Piensa en las personas que cuidan todo el tiempo; para ellas no es posible vivir otra vida porque no les quedan huecos ni tienen recursos. Y entonces piensa en la revolución, en que ya casi nadie pronuncia la palabra si no es con un poco de ironía. Al menos en voz alta. En voz baja, sin embargo, hay personas que no dejan de buscar, que no se quedan de brazos cruzados, que no esperan, sino que corren el riesgo de equivocarse. Les parece que no buscar, no intentar que la justicia sople un poco, guardar silencio y encogerse de hombros es también un modo, no siempre evitable pero real, de equivocarse. Jara se imagina acompañada por las personas que todavía dicen esa palabra sin burla, las que saben que no se puede avanzar sin actuar, que de poco valdrá lo que se diga sobre esa idea si no se llevan a cabo acciones, operaciones, y sobre esas acciones se vuelve a pensar, se estudia, se rectifica. Estira las piernas y los brazos y se despereza. Muchos libros de psicología advierten del peligro de confundir el cansancio con la tristeza; alguien cree tener cansancio pero en realidad, dicen, lo que sufre es una depresión o un principio de depresión. Pudiera ser, pudiera ser. No obstante, le parece más habitual confundir la tristeza con el cansancio. Crees que estás triste, crees que nada te hará reír, crees que tienes algo mal que te impide sumarte a la pequeña fiesta de la vida diaria y sin embargo es solo que se han ido acumulando los días y los años de levantar piedras, y hay tantas clases de piedras. Cómo no vas a pensar en la revolución.

Jara se levanta, va al baño, mira la sangre espesa que ha segregado su cuerpo. Después se da un poco de colorete de barra en las mejillas, busca una emisora con música en un transistor comprado en una tienda de segunda mano antes de irse, baila por el pequeño espacio del altillo. Cuando acaba la canción se queda clavada en el suelo y vuelve a hacerse la pregunta que más miedo le da: ¿les ha herido? ¿Estarán buscándola, con desespero? ¿No podría haberles dicho a donde iba y haberles explicado que necesitaba una larga tregua con la vida, con la sociedad, con lo que sea? Siente que no ha tenido elección. Estaba a punto de derrumbarse del todo. Si les hubiera contado el plan habría notado todo el rato sus miradas, su preocupación, y se habría notado abajo igual. ¿Se puede ser injusto cuando no se tiene elección?

Se despierta antes de lo previsto. No tiene sueño, ha dormido bien, ya ha pasado el dolor. Se ducha y decide bajar a la calle a desayunar. Hoy va a atreverse. Si no encuentra trabajo pronto, el dinero no le dará ni para dos meses, y no va a volver.

Deja atrás el bar más cercano. Echa de menos el Tora Tora, el bar con nombre de banda de rock latente, no triunfal, inau gurado después de la cuarentena. Allí iba cada poco cuando había logrado hacer algún trabajo remunerado y tenía un poco más de dinero. No era especialmente bonito. Además, cuando ella iba estaba con la persiana a medio subir porque aún no habían abierto. Pero Josune, su dueña, le caía bien y notaba que el sentimiento era recíproco. La invitaba a pasar, le ponía un café. No hablaban mucho aunque de vez en cuando alguna de las dos soltaba un comentario que parecía no venir a cuento, la otra entendía y sabía replicar con cualquier frase en apariencia absurda, solo en apariencia. Ahora se alegra de haberse despedido de Josune. Tuvo muchas dudas, en realidad es a la única persona a la que avisó. Lo hizo porque no quería dejarla colgada. Con Lena y los demás, incluyendo a su madre, es diferente. Necesitaba que le dieran tiempo para saberse en el limbo de lo inexplicado y así resistir la tentación de volver. Cerca de la plaza hay un bar más grande. Entra, pide un café y pan con aceite. Y cuando se lo traen pregunta al camarero, un hombre, calcula, de la edad de su madre:

—Estoy buscando trabajo, ¿no sabrá de algo?

—¿De camarera?

Jara niega con la cabeza y sonríe y entonces teme que su sonrisa se pueda malinterpretar, se retrae, improvisa:

—No, de contable.

—No he oído nada. No me parece fácil, pero si oigo algo te lo digo.

Jara se lleva a la mesa el café y el plato con la tostada. Está demasiado nerviosa, se siente ridícula por haberse inventado lo de contable, y más por no atreverse a decir lo que busca: un trabajo, cualquier trabajo, o casi.

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La compañera de despacho de Camelia tiene que ir a visitar una empresa. Camelia le desea suerte y luego, aunque suelen estar con la puerta abierta, porque el despacho es pequeño y hay mucho movimiento de gente, la cierra. Apoya entonces la espalda contra el tablero como si estuviera conteniendo una avalancha de nieve o el ataque de lo desconocido. Ha comprobado que la pequeña sobreactuación secreta, ese sentirse, mediante un ademán cinematográfico, alguien capaz de sujetar las puertas del mundo, ese salir, aunque sea con la imaginación, de las propias circunstancias para habitar otras donde la heroicidad y la victoria están al alcance de la mano, le ayuda a reírse un poco de sí misma y luego a sonreír. Un resto de la fe con que en la infancia jugaba a atravesar desiertos llenos de serpientes de cascabel y a rescatar prisioneros en los campos enemigos, regresa intacto.

 

Camelia se sienta. Como si la hubieran visto, empieza a sonar el teléfono. ¿Cuánto va a durar la riada de reclamaciones que no obtienen respuesta? ¿Cuánto, esas voces desesperadas por la falta de un dinero que necesitan no para guardarlo por si acaso, no, lo necesitan para vivir mañana, para vivir hoy, para vivir ayer? Después del pico de la pandemia desa parecieron las pausas; donde antes llegaban tres dudas ahora llegan treinta y siempre queda alguna por resolver. Se han multiplicado las reclamaciones a la inspección de trabajo, las deudas, las bajas por no haber ido al hospital cuando todo estaba detenido y luego haber ido tarde, los cierres, los ERTE irregulares o con personas obligadas a trabajar bajo amenaza, los despidos sin regreso. Poco a poco ha sucedido también aquello que Jara reclamaba, muchas personas en paro recurren al sindicato porque no pueden verse a sí mismas como paradas, se niegan a creerlo. Camila atiende con la mayor rapidez, tratando de poner entre paréntesis la certeza de lo poco que puede hacerse.

No quiere dejarse llevar por el derrotismo, celebra que haya más afiliación, anota cada acción solidaria que tuvo lugar durante la cuarentena y protege como puede la pequeña conciencia de ser un poco menos débiles y contar con un poco más de organización. Esta vez no caerá en el mecanismo de la indefensión aprendida porque tampoco olvidará que, durante décadas y siglos, millones de personas se han levantado para decirle que no está indefensa y que no está sola.

A las doce, Camelia descuelga el teléfono para que no suene y va a buscar un café a la cocina del local. La llamada de lo lejano la envuelve como un estado atmosférico dentro de otro más amplio y diferente. En su despacho están cayendo rayos y truenos, allí no lo tiene todo controlado, las explicaciones inútiles golpean contra diques, los erosionan día tras día. Aquí, junto a la cafetera de filtro, como en el círculo de un foco sobre el escenario, en un cono de luz de poco más de un metro de diámetro, el sol le da en la cara, huele a tomillo y a orégano, y parece que muy cerca podría haber un sendero que condujera al mar. No es mentira, es que aquí no siente que sus ya casi cómicas llamadas a la unión y la movilización se las lleva la riada. Más bien, como amigable brisa van llegando otras llamadas, otras respuestas: aquí estamos juntas, aquí es el empeño constante en dividirnos el que se hace pedazos, el que se pierde en el viento, y ya no nos separa que seamos distintas porque somos todas carne de cañón y no queremos vuestra riqueza para imitaros, ni vuestro pequeño y cobarde sentido común, queremos empezar a vivir con otras reglas. No es mentira, es identificar entre todos los sonidos aquellos que el estruendo no siempre deja oír.

Camelia vuelve con la taza y deposita en ella el recuerdo tangible de un estado de ánimo que cambiará con la pró xima llamada. Intentará evitarlo. Seguirá anotando los teléfonos y correos de todas las personas que piden respuestas. El mundo ha dado un vuelco y puede que mañana dé otros dos vuelcos seguidos. Habrá que numerarse. Camelia no va a poder entregar a Raquel una casa ni lo que llaman una abultada cuenta corriente. Pero no permitirá que nadie la haga sentirse culpable por eso cuando el error está en mantener y acrecentar la mentira. Ahora, y resistiéndose a que na die idealice o desdeñe su preocupación por el futuro de Raquel, le parece que le basta con lograr dejarle una manera de ver el mundo que no la avergüence y que tenga un poco de horizonte.

En la tercera llamada, una chica que se ha presentado como Alba, dice tener treinta años y estar afiliada hace cuatro meses, le comenta que la despidieron antes de la epidemia y ha estado en casa desde entonces, porque nadie ha vuelto a contratarla.

—¿Por qué no hay un Stop Despidos igual que hay un Stop Desahucios? —pregunta.

—Bueno, lo hay, no aquí, pero hay asambleas de barrio con colectivos de autodefensa laboral…

—Ya, ya lo sé, he estado en alguno, por eso te lo estoy diciendo. Porque una cosa no quita la otra. Yo os lo puedo montar dentro del sindicato.

—Sería complicado…

—Pues yo lo veo, Julia se queda, Carlos se queda, con toda vuestra información, coordinando los distintos momentos.

—Sí, pero hay que ir a trabajar cada día, no es como parar un desahucio un día.

—Bueno, pues se hace cada día.

—La idea está bien, solo que hay personas que necesitan el despido para cobrar el paro, y aunque parar un desahucio tiene sus riesgos, por ir a parar uno no te echan de tu casa, pero con los puestos de trabajo en según qué empresas hay represalias…

—Vale, vale, pues se estudian los casos, y además, se puede convocar a personas que no trabajen en esa empresa, sería muy potente, yo os coordinaría para que estuvierais también con colectivos de autodefensa laboral.

—Alguna de nuestra gente sí está. Hay tantos frentes abiertos ahora…

—Mira…

Ahí Camelia espera una diatriba contra los sindicatos, contra su inercia, contra su burocracia y su gremialismo.

Alba continúa:

—Camelia me has dicho que te llamas, ¿no? Qué nombres nos ponen, es que…, preferiría que el mío no significara nada, ni amanecer, ni sol naciente, pero lo tuyo tampoco está mal, una jodida flor, enorme, además.

Camelia ríe sin poder evitarlo, aunque la luz de otra llamada entrante lleva tiempo parpadeando y sabe que tiene que colgar. Intenta despedirse.

—Bueno, Alba…

—Espera, espera, espera, que tienes pintaza de ir a colgarme. A ver, tía, es que yo voy a morirme. Bueno, tú también. —Se ríe—. Pero a mí me quedan diez meses o por ahí, me han dicho. Ahora salgo, casi no se me nota que estoy sentenciada. Creo que me quedarán cuatro o cinco meses de ir por la calle como si tal cosa. Luego ya no podré. Ah, y no tienes que decir nada, me refiero a cosas tipo: cuánto lo siento, mucho ánimo o seguro que se descubre algo.

—Recibido —dice Camelia—, gracias por contármelo, Alba. Mira, tú empieza a montarlo si quieres, y si necesitas algo llamas, mejor pregunta por mí, no vaya a ser…

—«No vaya a ser…», eres bastante divertida, Camelia, por lo menos podían haberte puesto Clavel, o Mandarina. Vale, te iré contando.

—Yo vengo martes y miércoles. Pero si quieres te paso mi correo.

Antes de que Camelia termine la última frase, Alba ya ha colgado.

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Hugo calcula que ha estado con Chema casi seis minutos. Sus empresas están metidas en el mismo proyecto y es posible que a partir de ahora se vean en horario laboral una vez a la semana entre mucha gente. Es también posible que queden en algún bar junto con parte del equipo. Hugo está ilusionado y aterrorizado. Después de tantos años, de distintas relaciones, más largas, más cortas, entabladas por medio de aplicaciones o por azar o por constancia, después de lo que vivió con su ex y lo duro que fue y cómo pensó que ya nunca volvería a confiar del todo, que ya nunca se perdería a sí mismo, no entiende cómo puede estar así, temblar y escribir y abrazarse a la almohada como un adolescente.

Mientras los demás se van a comer, Hugo se queda frente a la pantalla, saca el móvil y escribe:

 

Podría mandarte un mensaje diciendo

que estuvo bien

que me gustó verte

podría decírtelo como quien llama a un timbre a ver qué pasa

aunque lo más seguro

es que mi mensaje

te alejase de mí

al menos por un tiempo

al menos hasta que ya no temas

que me enganche

como un jersey en una valla

como un adicto.

Así que no te escribo

y pienso

que puesto que, en efecto,

estuvo bien

y eso parece objetivo o poco discutible

más allá de mi juicio completamente parcial

entonces,

si estuvo bien,

en algún momento tú

también lo habrás pensado

como quien pasa por una calle y

de pronto

levanta los ojos

hacia una ventana

entreabierta.

 

Después echa a volar la cámara para que se aleje y le muestre poco a poco más pequeño, una punta de alfiler locamente enamorada de otra punta de alfiler que ni siquiera parece haber reparado demasiado en su existencia. Guarda el móvil, sale a buscar a sus colegas, recuerda los días de la epidemia en que no podían comer juntos ni hablarse y tuvieron que trabajar a pesar de todo, y apresura el paso para compartir las cañas y las risas.

Cuando llega al bar, el ambiente es silencioso, muy distinto del de otros días. Ve que falta Estrella. Acaban de llamarla porque su padre ha fallecido, del virus. Como los demás, Hugo entra en barrena recordando los meses con noticias de personas mayores que iban muriendo, y no tan mayores. Siempre había alguien que conocía a alguien a quien se le había muerto un pariente, o una amiga, o que conocía a alguien a quien le habían aplazado una operación, o a quien le costaba más encontrar ayuda. Siempre había alguien que no había podido ir a despedir a sus muertos, ni abrazar a los vivos, ni visitar ni acompañar a personas enfermas, o inestables, deprimidas o exhaustas, para quienes los mensajes virtuales no cumplían la misma función que una mano sobre otra, que la presencia y el brazo que se ofrece como apoyo para andar. Hugo pide su caña y pregunta quién necesita otra ronda:

—¿Un sudo reboot del ánimo? —sugiere con timidez, es el comando para reiniciar la máquina, al usarlo espera estar poniendo una pequeña distancia para que nadie se sienta presionado.

—Sí, bebamos, bebamos, en el club de las fugaces que es la vida —dice Vega, levanta el vaso y tararea un poco de La traviata mientras hace un baile ridículo que desata las risas.

Vuelve la conversación, alguien habla de una sopa de quinoa y limón que ha inventado, suena rara pero posible. Vega les cuenta del libro de ciencia ficción que está leyendo. ¿Dónde está la época? Quizá no tanto en las marcas, en las tiendas de tatuajes, en la proliferación de las listas. Quizá, en la respiración de cada persona que la atraviesa o en las hijas e hijos que se parecen más a ella que a quienes les dieron la vida. En una época coinciden algunas generaciones, se hablan, chocan, se aman, se olvidan. Lo que hace años suce diera fue juzgado en atención a lo que sucedió antes, a las tensiones del momento, a las palabras que designaron actos nuevos, valores nuevos. Cuando se trata de vidas humanas, para describir la época tal vez se pueda acudir a la fuerza de fricción que une dos superficies en contacto y procede de sus imperfecciones, medianas o microscópicas. Si esas superficies se mueven una en relación a la otra, la fricción entre ambas convierte el movimiento, también llamado trabajo, en calor.

La conversación en el bar camina por su época, convertida en un campo minado por la pandemia. No es que antes no hubiera minas y bombas de relojería. No es que después, y durante, no hayan surgido formas de respaldarse. Es que las vidas rotas entonces y ahora no encuentran cauce y se están agolpando detrás de las puertas. El cauce más inmediato toma forma de abandono, de rechazo a los principios, de un tratar de vivir como se pueda a costa de quien sea, un echarle la culpa al diferente. ¿Qué sucederá cuando los torrentes desbordados empiecen a confluir?

OceanofPDF.com

Después de varios intentos, Jara tiene ganas de tirar la toalla. Se ha jurado no hacerlo. Echa a andar más deprisa. ¿Qué te aflige, qué te aflige? La voz entra por la ventana del lavabo que da a la calle de atrás, y sale por la puerta junto a Jara. ¿Qué te aflige, Jara? Paga su desayuno, se va del bar como una fugitiva. No huye de esa voz, al contrario, huye para escucharla, llega hasta el límite bajo de la ciudad, en el margen derecho del río. Allí no hay barrancos, todo es horizontal y bastante amable, la pintura de colores de los parques infantiles, el material liso y mullido del suelo, el reborde cubierto con maderos para sentarse desde donde se contempla un lago artificial con un pequeño islote en el centro. Hace viento; el lugar, acaso por la hora, está casi vacío. Jara se sube la capucha de esquimal de la parka azul marino. Se sienta con las piernas colgando. La chapuza vital, la justicia y la llamada de lo lejano, susurra la voz, pero no es cierto, Jara levanta la mano y dice: «Mira aquí, esta zona tranquila junto al lago, estos parques infantiles, hay cosas que simplemente están bien. No son perfectas, no están muy bien. Y ¿qué más da? Funcionan, son agradables. ¿Qué hacemos con ellas? Ahora que parece que el mundo se viene abajo; ahora, precisamente porque se viene abajo en trozos cada vez más grandes, tendremos que sujetar las cosas que se han hecho bien. Aunque yo mañana muera y la chapuza vital ya no me deje verlas. Aunque cada día al levantarme siga queriéndome ir más lejos, estas cosas, y otras, hay que sujetarlas».

Jara golpea con los talones el pequeño muro de cemento donde está sentada mirando el agua verde del lago. Su drama es tan pequeño ahí, su microdrama, su abajo el drama. Ha llegado a un pueblo donde nadie la conoce y a donde nadie va a venir a buscarla. Podría ser un sitio más agreste o más idílico, tener cerca un muelle que entre en el mar, un arrecife, o la selva. Podría estar siguiendo ahora el camino que conduce a las montañas. Como si al final, en lo verdaderamente lejano y no en esta distancia moderada que ha elegido, alguien esperase. O algo. Como si su microdrama fuera a disolverse más allá. Sin embargo, está aquí, y piensa que un trabajo tranquilo la ayudaría. Luego se pregunta si podría bastar con aprender a vivir. Si tendría que quitarse de la cabeza ese miedo a no ser si no trabaja. Pero es que quiere trabajar, quiere intervenir aunque sea un poco, quiere amar lo que haga porque vivir es también eso. Lo que no puede ser es que no existan foros creíbles, no sometidos al chantaje de la fuerza, en los que deliberar y tomar decisiones sobre en qué se ha de trabajar y para qué y cuánto tiempo y cómo. ¿Qué clase de broma es esta? ¿Qué clase de mundo es este?

Sospecha que su miedo a no ser si no trabaja no desaparecería si tuviera cincuenta años o dieciséis, si se llamase Pedro o Jaru. Porque mañana cada persona tiene que canjear algunas horas por un poco de comida y un techo y también, también, saber que forma parte del conjunto y aporta su tarea. Otras relaciones sociales están esperando ahora, han de suceder, suceden ya en pequeños entornos como islas que se agrupan dentro de la batalla. Y, para que crezcan, la batalla debe cesar. Jara golpea el murete con los talones. Hemos empezado, piensa, por el final, hacer y luego ver cómo se vende lo que se hace. Durante el primer confinamiento fue como si recordásemos el principio: qué necesitamos, qué nos importa, que debemos y no debemos hacer. Hasta que llegó el día siguiente. La inercia con levísimas correcciones. Y tanta gente solitaria que desde su rincón sigue diciendo «No puedo más», pero nunca a la vez, ¿por qué no logramos decirlo a la vez?

Se pone ahora de pie sobre el muro donde estaba sentada y echa a andar hacia el puente que va a la isleta. Con aire teatral, se lleva la mano al pecho mientras improvisa: «Aquí estoy, sin que mi gente sepa adónde he ido a parar, y quiero gritar por todas las personas que rompen sus deseos para poner los parches que en este sistema no supimos poner. Sí, sí, han oído bien, “sistema”, lo he dicho, aunque suene antiguo. Puedo cambiarlo, si lo prefieren, por velocidad. Nos hemos acostumbrado, dijo alguien, a caminar con prisa entre los riesgos que hemos creado. Solo un tropiezo nos sacude de nuestro letargo y nos obliga a mirar un momento al precipicio. Luego, volvemos a las andadas. Aquí, observen, apenas hay medio metro de desnivel a la izquierda; a la derecha un poco más, pero ustedes saben de qué precipicios hablo, de qué catástrofes agolpadas mientras se espera que la vida simplemente siga: cada persona con su carga, unas grandes, otras livianas».

Jara llega al punto donde la repisa conecta con el puente, baja y se acerca a la barandilla. Se queda allí, acodada frente al lago. Piensa que mientras ella salía huyendo del bar, en ese mismo instante, en algún sitio, alguien habría quemado las lentejas, y al darse cuenta habría acudido veloz para apagar el fuego. Y que ahora mismo una pareja de adolescentes estaría cortando su relación. Casi nunca, o quizá nunca, piensa, se conocen todas las causas de las cosas: la superstición nace como un mecanismo de defensa errado, tal vez reconfortante a corto plazo. Sonríe cuando recuerda a Lena subirse por las paredes porque no puede comprender que alguien establezca una relación entre un gato que cruza y un suceso de su vida, o entre tocar madera y que algo no pase. Las personas supersticiosas confunden a menudo causalidad con coincidencia, pero las no supersticiosas las confunden también, aunque en menor medida. ¿Es posible calcular las trayectorias de un sistema caótico?, se preguntan algunos de los libros que ha leído. Jara cree que la pregunta no sirve para la vida humana diaria, el médico que trata una hepatitis debe establecer el punto donde unas cosas no causan otras, tiene que desprenderse de la idea de que una luciérnaga china o un jubilado que paseó en bicicleta un domingo por la tarde pueda haber intervenido en las causas. Para vivir hay que establecer niveles en cada actuación, momentos en los que se rompe la relación entre todas las cosas y la persona actúa de acuerdo con las causas inmediatas que atañen a lo que está pasando aquí y ahora. Aunque no es tan fácil; por ejemplo, el estado en que se encuentra la investi gación y la producción de medicamentos para esa hepatitis obedece a miles de pequeñas causas que habrían podido ser modificadas. De acuerdo, no siempre hay manera de calcular las trayectorias, pero ¿no sería posible, al menos, calmarlas? La pandemia ha ralentizado el mundo, aunque sin alterar su orden, de tal modo que quienes más han perdido son los que menos tenían. Los buenos gestos quedarán guardados no como lágrimas en la lluvia sino como tablas de la ley y del sentido, pero ¿dónde, más allá de en algunas islas de la razón? Y ya que no cabe borrar los otros gestos, los errados, los abyectos, ¿habrá manera de impedir que vuelvan a suceder?

Una mujer se acerca a Jara.

—Hola —dice—. ¿Te importa que te hable?

—No, no —dice Jara negando a la vez con la cabeza mientras piensa que sí, que le da miedo, que está nerviosa, y que agradece, sin embargo, infinitamente el contacto del hombro y el codo de la mujer que, tras pedir permiso, acaba de colocarse junto a ella.

—Es que vengo todos los días aquí, sobre esta hora, y nunca te había visto.

—Sí, nunca había venido antes.

—Ya. Pues bienvenida.

La mujer lleva un plumas azul celeste. Es alta, un poco más que Jara, y grande, no solo por el plumas. Tiene una melena rubia que le llega más allá de los hombros y una cara que inspira tranquilidad, a pesar de que ha hablado con voz nerviosa.

—Gracias…

El viento ha desplazado una nube y ahora el sol ilumina el agua.

—Últimamente, con el frío, cuando vengo nunca hay nadie. Y es que estoy en horas bajas.

—Vaya, lo siento.

—No, bueno, ya estoy mejor. Es que…, es ley de vida, lo sé. Pero la epidemia lo aceleró, fue en la última ola y no estaba preparada. Mi padre había muerto hacía dos años. Mi madre era más joven. Mi hermano vive en Zaragoza. Yo trabajo desde casa. Casi todas las mañanas iba a ver a mi madre y dábamos un paseo. Nos parábamos aquí un rato. El covid se la llevó en diez días, hace poco más de un mes.

Seguir: parte 2 de 4