Existiríamos el mar
Segunda parte
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
—Gracias, Hugo. La ingenuidad no es que la perdone, es que la necesito.
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Antes de llamar realmente a Mariana, para tener algo distinto que contarle, Jara echa a andar en busca de otro café o bar donde preguntar si alguien ha oído hablar de algún trabajo. Ensaya una respuesta desenvuelta cuando le pregunten, o ella se adelante y diga un trabajo de… Repasa mentalmente la lista que estuvo mirando, le causa perplejidad haber llegado a considerar la oferta de Administrativo de Departamento de Logística. Porque pedían un año de experiencia, que si no se habría planteado ir ahí y ofrecerse para vigilar que no hubiera roturas en el transporte y que todo el mundo fuera acelerado. Pasó su juventud oyendo hablar a su madre del entrismo, de cómo habían soñado con hacer entrismo en partidos y otras organizaciones y cambiarlos desde dentro. Pero nadie le habló nunca de hacer entrismo en los trabajos y cambiarlos desde dentro. Le gustaría llamar a Camelia y preguntarle. El trabajo sindical es, al menos en principio, antagónico, tirar desde el otro lado de la cuerda. El entrismo sería más parecido a hacer que mute el entorno con lentitud, aunque tampoco demasiada. Así que tal vez en los lugares donde hay un marco previo aceptado, en el trabajo del funcionariado o en el de las pequeñas empresas con buena voluntad, tal vez ahí sea posible hacer entrismo para mal o para bien, meter buen o mal rollo en un centro de salud o en una cooperativa. En cambio, en la gran cadena de distribución donde trabaja Ramiro hay que ir de frente, y también en ese Departamento de Logística donde por un momento pensó pedir trabajo. Jara se asombra a veces ante esas personas que parecen encontrar siempre el matiz exacto en el gesto y en la expresión. En una situación a todas luces desequilibrada, donde la injusticia campa por sus respetos con tremendo descaro, se comportan con tacto y delicadeza. Jara duda entre admirarlas y preferir que se desmanden, que abandonen la mesura y rompan todo. Por supuesto, sabe que en la mayoría de los casos no podrían permitírselo. Sin ser sumisas, sin renunciar a no adaptarse, sí adoptan en cambio los procedimientos con amabilidad. ¿Qué más se puede pedir? La revolución, piensa Jara, las revoluciones. Le dirán que devoran a sus hijos, pero al paso que va el mundo puede que no queden hijos para devorar y, por otro lado, ¿es que no se ensayan las obras de teatro cincuenta veces, los experimentos de laboratorio mil veces, acaso no consiste aprender, y aun vivir, en ensayar y corregir y probar otra vez? Ensáyense revoluciones a distintas escalas, y si hay caos recuérdese que el latido de la materia es también el latido del caos y ha de seguir latiendo para encontrar un orden. Jara sabe que como principiante en ese trabajo de logística no habría podido ir en contra de los procedimientos. Tampoco habría sabido mantenerse entera sin dejarse abatir por la tarea de aceptar el percal, la rama injusta del miedo no solo para sí, sino impuesta por su mano a otras personas. Excepto para una capa bastante lejana de gente con suerte, trabajar es el lugar que no se elige, donde se hace lo que alguien dicta. Y si por un improbable azar sucede que lo dictado es lo que se quiere hacer, incluso entonces se quiere hacer pero de otra manera, en otras condiciones. Jara sopesa si tendrá el valor de responder lo que tantas personas han respondido a lo largo de los siglos: ¿Trabajar de qué? De lo que sea.
En todo caso, no va a decir que es economista y que empezó una tesis sobre comercio y mercado en los imperios antiguos. Entra en un bar casi vacío, se acerca al único camarero, saluda y dice solo que sabe algo de contabilidad, también de impuestos. Pero que necesita de verdad un trabajo y que puede dar clases o ser dependienta.
El camarero es un chico alto, tiene la nariz ligeramente torcida. La escucha con interés.
—Hola, soy Juanma. ¿Tú?
—Yo Jara, perdón.
—Eh, no pasa nada. Yo estoy estudiando oposiciones, ¿sabes? Me vendría de puta madre que te contrataran aquí hasta que las termine. Pero cuando las haga y hasta que me den las notas seguramente tendré que volver. Y si las suspendo, me quedo.
—Vale, por mí no hay problema. ¿Quieres que te firme algo? Lo que necesito es trabajar unos meses, luego ya vería.
—Para, para, que no sabemos si el jefe lo va a aceptar. ¿Tienes experiencia?
—Qué va, nada.
—Bueno, yo tampoco tenía.
—Y tampoco tengo cuenta en el banco. Tuve un lío y lo tengo que arreglar.
—Eso no será problema. Supongo que él preferirá pagarte al contado. Pasa aquí dentro, que te voy a enseñar cómo funciona la cafetera y un par de cosas. Luego le dices que trabajaste un verano en un bar, aunque sea hace mucho.
Jara entra, se mueve con torpeza detrás de la barra, le parece que Juanma está todo el tiempo demasiado cerca, que van a chocarse. Pregunta:
—¿Viene mucha gente aquí?
—Según las horas. Pero no demasiada. Hay un momento malo sobre las once, y otro a la hora de las meriendas.
Jara atiende a las explicaciones, los cuatro paños para la cafetera: con uno, húmedo, se limpia el vaporizador, con otro, húmedo también, la bandeja inferior. El tercero es un paño seco para limpiar residuos que caigan al mueble, y el cuarto, también seco, y oscuro, es para limpiar el filtro del café.
—Como hay que dejarlo cerca del picamarro, yo lo engancho directamente, con ese trapo se termina de limpiar el portafiltros después de vaciarlo.
Jara mira el picamarro, es una especie de papelera negra con un tubo transversal para golpear el portafiltros y que caiga el café.
—¿Esto tritura los posos? —pregunta.
—No… Se llama así por el ruido, el picamarro es el típico pájaro carpintero que hace toc, toc, creo que es por eso.
Jara aprende rápido, tiene buena memoria; le divierte saber que las tazas se colocan sobre la cafetera para que estén calientes, pero boca arriba para que no quemen los labios, o que la leche se sirve entre sesenta y setenta grados. Juanma le explica cómo encender y purgar la máquina, aunque dice que se lo enseñará mañana cuando lo haga. Luego empieza a contarle cómo va la caja registradora, pero se interrumpe porque entran tres mujeres que piden distintos cafés y tostadas aunque solo dicen:
—Lo de siempre.
Dos se van a la mesa y una se queda bromeando con Juanma. Saluda a Jara, le pregunta si va a trabajar en el bar. Jara contesta que todavía no es seguro y va a ocuparse del tostador horizontal con unas pinzas que le da Juanma. Cuando ya han preparado todo y las tres mujeres se han ido a su mesa, Jara se atreve por fin a preguntar.
—¿Hay que hablar mucho, con la gente?
—Normalmente, no. Sobre todo, seguirles la corriente con lo que te digan. Bueno, hacer alguna broma nunca viene mal. Y saberte lo que toman, eso sí o sí. Al principio tendrás que anotártelo sin que te vean, no les gusta que lo apuntes.
—Es que a mí las bromas, y charlar, no se me dan bien.
—Mira, no me atrevía a decírtelo, pero mis oposiciones son el mes que viene. Si paso el primer examen, estaré fuera de aquí dos meses largos. Pero si no lo paso, al mes vuelvo, necesito el dinero.
—Ah, bueno, un mes entero de trabajo ya me vendría bien.
—Pues eso, no te preocupes por las bromas, va a ser poco tiempo: tú sonríes y ya está. Si te preguntan, les explicas que solo vas a estar un mes.
—¿Y si apruebas?
—Entonces vengo y te doy un curso de bromas gratis, para celebrarlo. Vamos a seguir, porque quedan bastantes cosas. De mantener el grifo de cerveza se encarga el dueño, pero a veces no está y hay que revisar el enfriador. ¿Has tirado cañas alguna vez?
Jara niega con la cabeza y atiende a las explicaciones. Al rato Juanma le dice:
—Oye, ¿te quedarías en la barra mientras salgo a fumar?
Jara asiente, sabe que no puede decir que no y está sorprendida porque lleva más de una hora sin pensar en otra cosa que no sean los botelleros, el hielo, los molinillos del café y todo lo demás.
Entra un hombre con un niño. Le pregunta si va a trabajar con Juanma. Jara vuelve a decir que aún no es seguro. El hombre le cuenta que viene de llevar a su hijo al médico y que le ha prometido un chocolate y un bollo. Él pide un café en vaso. Jara prepara el café y le da el bollo. Juanma no le ha explicado cómo se hace el chocolate. Se pone nerviosa, no quiere decir que no sabe hacerlo. Ve que hay unos sobres con Cola-Cao y pregunta forzando su voz para que la oigan:
—¿Cola-Cao o chocolate?
—¡Chocolate! —contesta el padre.
Por suerte, Juanma ha debido de oír la respuesta, porque entra deprisa y se pone a hacerlo. Jara le observa. En ese momento entra una pareja de unos setenta años, se sientan y desde la mesa miran esperando que Juanma les vea.
—Ve moliendo para dos tazas de café descafeinado —le dice.
Al poco llega una mujer con un perro, luego cuatro hombres de edad mediana vestidos con corbata, luego dos chicas. Juanma no para, ella apenas puede ayudar sin sentir que está en medio, estorbando. El padre quiere pagar, los dos hombres del fondo que estaban desde el principio también es peran para pagar e irse, y las tres mujeres. Jara no sabe dónde meterse, pero Juanma le va dando instrucciones precisas y al final se siente un poco útil. Cuando vuelve la calma, Jara pregunta:
—¿Te gusta el trabajo? O sea, además de que lo necesites.
—Hay ratos buenos y malos. Aunque tengo un amigo en Madrid y dice que allí es mil veces peor. Esta zona no es de turistas, aquí la gente se conoce. Nadie es demasiado borde, saben que al día siguiente y al otro les vas a volver a ver. En el bar de mi amigo hay muchísima gente, no conoce ni a la cuarta parte, y hay bordes que le tratan como a la mierda. Además, gana como yo pero allí el dinero vale mucho menos. Sus jefes también son otra cosa. El mío es medio amigo de mis padres.
—¿Te paga bien?
Juanma se ríe.
—A ti te van a pagar mal, ya te lo digo. A mí también me paga mal, aunque mejor que a ti, seguro. Conmigo, bueno, es amable, pero cuando llega el dinero los jefes se parecen bastante.
Mientras habla, Juanma no para de hacer cosas, sacar y secar los platos del lavavajillas, limpiar la barra, comprobar los botelleros.
—Vamos a recoger esas mesas —dice.
Jara se pone con las del fondo. Tiene lógica, piensa, que alguien como Juanma quiera hacer oposiciones, cobrar un sueldo mejor, hacer algo que le guste. Se le quedó grabada una noticia sobre una encuesta hecha en más de cien países: la principal fuente de bienestar de las personas era algo como «tener un trabajo con sentido en el que sientas que te valoran». Es inquietante la ambigüedad de esa expresión, parece que ya el hecho de ser valorado es bueno. Cuando valoran a alguien como una piltrafa también le valoran, solo que se supone que entonces esa persona no «siente» que la valoran. Jara preferiría que nadie valorase a nadie, que todos los sueldos fueran más o menos parecidos y suficientes, y que cuando alguien hiciera algo muy bien las valoraciones se centraran en su acto y no en su persona, porque así cuando cometiera un error también sería su acto lo desdeñado y no su persona. Según aquella encuesta, pasarlo mal en el trabajo se traducía en estados de preocupación, estrés, tristeza e ira, y eran mucho más frecuentes entre quienes tenían trabajos manuales, en la construcción, minería, fabricación, transporte, agricultura. Estar en ese bar, aunque le paguen poco, le parece mejor que ser rider o vacunar pollos a destajo. Y además da igual, no va a andar con exigencias. En cualquier caso, la acepten o no, llamará a Renata solo para decirle que está bien, que no se preocupe, que les diga a los demás que no se preocupen. Y que no va a volver. Como tampoco quiere hacerse ilusiones, Jara, que no es supersticiosa, en lugar de cruzar los dedos mira a Juanma y al bar y se despide de antemano y por si acaso; es su exiguo y repetido mecanismo de protección.
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Ramiro llega en el postre. Dice que ya ha comido, se disculpa por la tardanza. Después de ver la peli, ha llevado a Tristán a montar en skate y se les ha pasado el tiempo volando. Todos le preguntan cuándo va a traerle a casa.
—Nunca te hemos visto así, ni con tus chicas misteriosas ni con nadie — dice Camelia.
—Ya veis, soy un padrazo sobrevenido. Por cierto, ¿y Renata?
—Ha preferido no venir —contesta Hugo—. Cree que estaremos más cómodos sin ella.
—¿Habéis decidido algo?
—No —dice Lena—. Te esperábamos. Pero no te preocupes, nos ha sentado genial desvariar un poco.
En el centro hay una fuente con restos de un brownie que ha hecho Hugo. Hugo coge un trozo y se lo pasa a Ramiro.
—Ha quedado un poco blando pero está rico. He tenido que luchar para que estas bestias te dejaran dos trozos.
Ramiro lo agradece.
—Bueno, entonces ¿qué? —dice—. ¿Vamos o no vamos? Camelia, yo creo que tú eres quien menos claro lo tiene.
—Yo quiero ir, ver a Jara, abrazarla. Lo que pasa es que no sé qué se supone que vamos a hacer cuando estemos ahí. Primero, para no dar la sensación de que vamos de listos. Eh, mira, te hemos encontrado, somos la repera. Y luego, ¿qué le decimos? ¿Que deje de intentar lo que esté intentando? ¿Que se vuelva? ¿Que solo hemos pasado por ahí para saludar? ¿Que si necesita algo que nos llame? Eso ya lo sabe.
—Jo, es verdad —dice Lena—. Pensaba que llegaríamos a donde sea, le daríamos un superabrazo, nos contaría sus días, nosotros los nuestros y ya estaba. Igual se volvía o igual no, pero todo el mundo estaría más tranquilo y no la echaríamos tanto de menos. Resulta que he pensado en lo que haría yo y no en lo que haría ella, en lo que pensaría, lo mal que podría sentirse si nos ve llegar ahí en comandita. Soy idiota.
—No, no, Lena —dice Camelia—. A lo mejor la idiota soy yo por darle tantas vueltas y tenemos que dejarnos llevar.
—Uf, no sé —dice Lena.
—A ver —dice Hugo—. Yo creo que el miedo de Renata, y el nuestro, es que Jara no esté bien y no quiera llamarnos. Si la encontramos y vemos que está bien, ya está, nos preocuparemos menos. La cosa es que lo sepamos hacer sin meter la pata.
Hugo y Camelia baten sus cucharas para rebañar la fuente.
—¡Quita de ahí! —dice Hugo riendo.
Se forman dos bandos que animan a uno o a otra. Al final la fuente queda sin restos.
—A lo mejor tenemos que esperar a que nos llame —dice Ramiro—. Si no, seguramente pensará que no confiamos en ella.
—Ya…, pero es que, bueno: no confiamos del todo, vamos, me parece a mí —dice Lena—. La queremos y la conocemos. Sabemos que se le puede ir el mundo al traste en dos minutos. Igual que a los demás, sí, pero…
Se miran, agradecen que Lena lo haya dicho.
—Sí… —dice Hugo—. Claro que también hay una posibilidad de que eso no pase. Al estar allí, sin nadie que la conozca y la mire con esa desconfianza que seguramente aquí no podemos evitar. A lo mejor las cosas se van encadenando y consigue respirar un poco a su aire.
La noche se alarga, ensayan escenarios, se ilusionan, recelan luego, cambian de tema, vuelven, empieza a notarse la hora tardía y, al final, Lena propone que vaya solo Hugo.
—¿Sin Renata? —pregunta Ramiro.
—Creo que sí, sería lo mejor. Él solo, sin ocultar que pensamos en ella, pero es distinto hablar con una persona que con varias a la vez.
—¿Y por qué Hugo, Lena? —pregunta Ramiro—. Tú eres su amiga de la infancia.
—Eso —dice Hugo—. ¿Qué pasa, que dan puntos por diversidad?
—Si no los dan, deberían —dice Lena—. En serio, creo que contigo va a estar más a gusto. Y no por el lado gay, querido, sino por el talento que tienes para que la gente no se sienta presionada.
—Exacto —dice Camelia.
—¿A Renata le parecerá bien? —pregunta Ramiro.
—Seguro que sí —dice Lena.
—Creo que es una idea buenísima, así que me dispongo a retirarme — dice Camelia, y aprieta la mano de Lena antes de levantarse.
—Yo también os dejo —dice Ramiro.
Ramiro pasa la mano por el hombro de Camelia, se van juntos y luego cada uno se mete en su habitación.
—¿Vendrás conmigo? —pregunta Hugo.
—¡Pero si acabamos de decidir que vayas solo!
—Querrás decir «acabáis». A mí me habéis decidido. Ahora te decido yo, hale, vamos juntos y te escondes. Yo hablo con Jara, a ti no tiene que verte. Tú verás, Lenita. Si no, voy a estar llamándote cada tres minutos.
—No sé, Hugo. No te digo que no. Yo también me voy a dormir.
—Vale, yo voy a recoger esto un poco, que me habéis puesto nervioso y se me ha quitado el sueño.
Lena le da un beso la mejilla. Cuando ya está saliendo de la cocina, Hugo dice:
—Te enseñé mis textos. Me lo debes. Tienes que venir conmigo.
Lena le sigue la broma y asiente sin volver la cabeza.
Ramiro duerme con la puerta entornada, dice que es una costumbre. Camelia ha cerrado la suya. Hugo también la cerrará. La de Lena parece que está cerrada pero no lo está del todo, siempre deja una mínima rendija. En vez de un libro, elige para leer el papel escrito a mano que le dio Hugo:
Sentir es vivir, lo dices como si te hubieras
acordado de algo
o como si quisieras explicarme algo
y a mí me gustaría contestarte
que ya no estoy seguro
porque lo que he ido sintiendo todo este tiempo cuando tú no estabas
más bien me alejaba de las cosas
y a veces de las personas
que tenía más cerca
y no eran tú.
Ahora que has venido
y que has puesto tu mano en mi
cuello
como si fuese lógico
ahora que me has besado sin
atropello sino
con algo parecido al hambre
y cómo me gustaba que siguieras
buscando
en mi boca conmigo,
ahora me rebelo
pues comprendo que no es sentir
lo que buscaba
ya que he sentido mucho sin tenerte
y puesto que se puede sentir a solas
desconfío
de su valor.
No quiero sentir contigo
lo que quiero
contigo
es dejar un rastro
en el hielo que cubre las rocas y el verde
para el camino
de los siguientes.
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El dueño del bar y jefe de Juanma llamó diciendo que aún tenía cosas que hacer en Zaragoza, que por favor Juanma se encargase de cerrar y que él abriría por la mañana. Jara se quedó unas horas más. Convinieron en que pasaría al día siguiente por la mañana, a las once y cuarto, momento en el que Juanma y el jefe coincidirían. Ahora faltan diez minutos para las once y cuarto.
Jara recorre una calle paralela una y otra vez, lleva así casi media hora. Lo va a estropear, el dueño la pondrá a prueba y ella romperá algo, o la mirará mal y ella no lo aguantará y se irá, o le preguntará algo que ella no querrá contestar; le hará una broma molesta y Jara no logrará reírse ni siquiera con una risa incómoda; habrá un problema con que Jara no quiera cobrar por banco. O el dueño se dará cuenta, como ya debe de haberse dado cuenta Juanma, de que Jara no está bien del todo, y al pensar esto último Jara se exalta: nadie es perfecto, ja, pero después todo es una carrera para serlo, las palabras bonitas de los libros solo sirven para los genios: ser especial, neurodiversidad, una mente maravillosa. Si yo estuviera, piensa, eso que llaman «bien del todo», sería lo mismo, tendría el mismo miedo, y eso que yo tengo un sitio adonde volver aunque me dé vergüenza, mientras que hay personas que no lo tienen. Los bonitos discursos, vale, qué hago con ellos, «resignificar palabras», ¿cómo?, lograr que tener trabajo no signifique lo que significa, y proponer ¿qué? ¿Una Europa de pensionistas de cuarenta años que pone cuchillos en las vallas y solo va dejando pasar a los que no podrán negarse a recoger nuestra basura? Claro que hay que dar ayudas a quienes las necesitan. Y claro que no hay que producir por producir. Pero entre la teoría y la vida hay una distancia que no se cruza, a veces, simplemente, porque no se puede cruzar. Porque es un río demasiado ancho y la corriente es demasiado fuerte. ¿Qué más da saberse la teoría si algo en el aire presiona y hace que suene todo el tiempo en mi cabeza la obligación de trabajar para ser? ¿Qué más da que crea que el trabajo, al menos el trabajo asalariado, no debería ser la llave para vivir en sociedad si, a la vez, no puedo dejar de pensar que si soy adulta y no trabajo no existo, no soy? Me preocupa que no haya relación entre lo que se aporta y lo que se recibe, me da miedo que recibir sin dar me haga más débil y me deje sin un lugar de lucha. Sé que otras personas ni siquiera pueden permitirse ese miedo. Y que cuando creo que trabajar querrá decir que me necesitan, en realidad nunca me van a necesitar a mí, sino solo a alguien como yo. El mundo tendría que cambiar de arriba abajo para que toda persona fuese irreemplazable, y eso no quiere decir que cada una pueda hacer lo que le dé la gana ni que no deba comprobarse si está haciendo las cosas bien.
Jara recorre la calle de un extremo a otro cada vez a mayor velocidad, gesticula un poco sin darse cuenta, y choca con un chico de unos dieciocho años que sostiene en las manos lo que parece la maqueta de un gran edificio. La maqueta está a punto de caer pero entre los dos la atrapan sin dañarla.
—¡Perdón! ¡Lo siento!
—Vale, vale, no se ha roto. Me voy, que llego tarde.
Jara mira cómo se aleja, deprisa pero sin correr, pendiente de su paso, de la maqueta. Ya es casi la hora, ella también debería ir hacia el bar deprisa pero sin correr, pendiente de su paso y de la entrevista que le espera. Echa a andar, la calle está de nuevo vacía, por un instante recuerda los días del confinamiento, cuando quedaron a la vista tantas grietas, tantas vidas ya no frágiles sino machacadas por las condiciones materiales en las que debían, además, encerrarse. Recuerda el alivio cuando se empezó a poder salir y cómo enseguida el ejército fantasma de reserva, cada vez más grande y más disperso, se utilizó para dar verdadero pánico: «El paro ha llegado al 24 por ciento, el paro llegará al 27 por ciento, conformaos con lo que sea, si no, el paro…». Oye las campanas de algunas iglesias dar los cuartos. Apresura el paso.
Juanma sale a recibirla.
—Ya he hablado con Yago. Dice que no le parece mal, pero que tengo que comprometerme a estar disponible si pasa algo, si hay algo que no sabes. Vamos, que podrías llamarme a cualquier hora. Yo le he dicho que de acuerdo.
—Vaya, espero no tener que llamar mucho.
—Bah, no te preocupes. De todas formas, espera, todavía quiere hablar contigo y todo eso.
Jara entra titubeante detrás de Juanma.
Yago está sentado detrás de la barra. Tiene gafas, la mira, tiende la mano con educación y le pide que se siente al otro lado. Parece un hombre cordial, casi afectuoso, piensa Jara, pero a rachas desprende una prepotencia perceptible, como cuando la mira y en un segundo tasa su cuerpo, y cuando tras preguntarle cuánto quiere ganar, no permite que conteste pues se adelanta y dice:
—Te soy franco, Juanma necesita tiempo para estudiar y me ha dicho que a ti no te importa estar aquí solo un mes o dos. Si no te hago contrato podría pagarte un poco más. Total, por cuatro semanas qué más te da el contrato. Si el chaval aprueba y tú te adaptas bien, entonces la cosa cambia y ya hablaríamos.
El chaval en cuestión se ha puesto de perfil, literal y simbólicamente. Jara querría preguntarle con la mirada, pero solo encuentra su nariz ligeramente torcida y un ojo que mira hacia el lugar donde la barra se une a la pared. A toda velocidad piensa en Camelia y en Ramiro, en lo que le dirían. Y luego piensa en su madre, en poder escribirle pronto diciéndole que está bien y que tiene un trabajo que le gusta.
—De momento no necesito contrato —dice por fin, como si ese «de momento» salvara su dignidad.
—Muy bien. Serían ochocientos, con sábados y medios domingos incluidos. Pero a partir del uno. Los días de esta semana, como sigo pagando a Juanma, los considero de prácticas. Mientras estéis los dos, estás aprendiendo. Me ha pedido dejar de venir desde el sábado. Así que sábado y domingo te pagaré treinta y cinco por día. Más los cafés, que te salen gratis. Comidas no, aquí no damos. Cerramos los lunes. De la limpieza se encarga una mujer. Pero ya te habrá dicho Juanma que hay que dejar todo recogido.
Jara no contesta. Quiere preguntar por el horario, por los sábados además de los medios domingos, y decirle que es menos del salario mínimo, y mucho menos aún si se cuenta que no va a cotizar. Yago se adelanta:
—Es menos del salario mínimo, ya lo sé. Pero tal como están ahora las cosas, qué quieres que te diga. Además, casi no tienes experiencia, me arriesgo bastante contigo.
Jara echa chispas por los ojos y está sonriendo; se obliga a sonreír por lo que Yago debería detectar que su sonrisa es falsa, pero ni siquiera la está mirando.
—De acuerdo —dice con un hilo de voz.
Yago, que ya lo tenía preparado, saca un sobre.
—Setenta —dice—. Un adelanto del fin de semana. Bueno, chicos, os dejo. Hoy cierra Juanma. Mañana abro yo y vosotros venís a las doce. Bienvenida al barco.
Juanma sale de su parálisis. Levanta la puerta de la barra para que salga Yago y entre Jara. Ella, distraída, tarda en darse cuenta del gesto. ¿De verdad se ha dejado decir la metáfora del barco sin responder siquiera con una levísima ironía? No hay mismo barco, dime cuál es tu patrimonio, dime cuál es tu posición. Ya detrás de la barra piensa en Miguel, el dueño de la fotocopiadora donde trabajó dos meses. Tampoco estaba en el mismo barco, sin embargo lo admitía y no abusó de su poder, lo usó, no pretendió ser un igual pero la apoyó todo el tiempo porque quizá la posición no lo sea todo. También se toman decisiones. Y en el momento exacto da igual si están o no determinadas, si dependen de cómo fue la historia personal de Yago y cómo fue la de Miguel o si dependen de lo que cada uno intentó hacer con su historia. Da igual porque unas hacen más daño que otras, porque pretender que no hay barcos diferentes es ya una señal de que se está y se quiere seguir estando en uno distinto. Y aunque se hunda, aunque todos se hundan y se acabe la especie humana, el sufrimiento no habrá sido igual. Jara oye hablar a Juanma pero no le escucha, solo está ahí, de pie, calmando su respiración agitada, mientras se dice: «Como no hay cielo ni juicio final ni llamaradas, por lo menos que no mientan».
Juanma ha terminado de sacar las tazas limpias del lavavajillas y colocarlas sobre la barra con sus platos. Ahora dice:
—Hay que revisar los molinillos y…
—Muy simpático tu jefe.
—No te ha caído bien, ¿eh?
—No es una cuestión de caer bien. Pero gracias igualmente, necesito trabajar.
—Siento haber estado callado. Es que ya sabía que iba a ser así. Si me hubiera metido igual lo estropeaba más todavía.
—Vale.
—Comprueba también los botelleros y el hielo. Mira, si esto va bien, Yago igual te da una paga extra o algo. No siempre es tan cutre, él lo que quiere es no tener las manos atadas.
—Claro —dice Jara.
Cuando Juanma sale de la barra para abrir la puerta del bar, Jara dice para sí aunque en voz alta:
—Eso es lo que pasa, que en unos barcos la gente va con las manos atadas, y en otros no.
—¿Sí? —pregunta Juanma desde la puerta.
—Nada.
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Óliver no ha cambiado apenas, al menos visto de lejos y desde el otro lado del cristal. Lena dejó pasar un par de días y al final le llamó por teléfono. Ha sido él quien ha propuesto esa vieja taberna con dos ventanas al exterior. Ha elegido una mesa al fondo, no mira el móvil, no lee un libro. Tampo co tiene un cuaderno y un bolígrafo como otras veces que queda ban y él la esperaba con el aspecto de ser un escritor de San Francisco que había viajado a un país exótico para experimentar otra forma de vida. A pesar de su nombre, Óliver nació en Madrid de madre y padre españoles. Si hubiera sido una niña la habrían llamado Olivia, en cambio Oliverio no les gustaba y decidieron llamarle Óliver. En primaria, la serie de manga Oliver y Benji hizo que su nombre resultara normal en el colegio. Luego ya se dejó de dar importancia a los nombres distintos a excepción, quizá, del propio Óliver, piensa Lena mientras le observa desde la calle. Ha salido de su ensimismamiento, mira a su alrededor, se levanta. Aún faltan unos minutos para las siete. Lena aguarda a que vuelva de la barra con un vaso de vino en una mano y en la otra un platito con trozos de queso. Entonces entra. Óliver se levanta otra vez al verla, se saludan con un beso indeciso en la me jilla.
—¿Un vino? —pregunta Óliver—. Es que he llegado antes de tiempo… —dice señalando al suyo.
—Sí, un vino, ya voy yo.
Mientras Lena espera en la barra, piensa que siguen haciendo buena pareja. Ella delgada, un poco alta, el pelo corto y moreno y el aspecto de una exclamación final. Él más ancho, un poco más bajo, el pelo rizado aunque no mucho y esos ojos perplejos que le hacen parecer una interrogación andante. Quizá ya ninguno de los dos sea «esa insolencia de latido», pero quizá tampoco ninguno de los dos quiera ya vivir dentro de la letra de una canción.
—¿Nos ponemos al día? O igual no hace falta, ¿no? —pregunta Lena. Le gustaría que se pudiera empezar a partir de hoy, hablar solo de ayer por la tarde y de esta noche o de mañana. Pero ve la mirada desconcertada de Óliver y añade—: Bueno, un prólogo sí. Cuéntame de tus viajes.
—Mis viajes. Solo han sido dos. El de México no salió bien. Creí que encontraría un sitio donde vivir y dar clases. Y lo malo fue que lo encontré. Y que era todo bastante parecido a lo de aquí. No me refiero al sitio, sino a la sensación de estar haciendo siempre cosas porque están pendientes, porque no hay más remedio, pero no porque las quieres hacer. Y cuando por fin llegaba el momento de hacer lo que quería, tenía cero ganas; aun así me ponía a ello, pero me daba igual.
Lena escucha al mismo tiempo que observa las grietas oscuras en la madera gastada de la mesa. Luego sube la mirada hacia los ojos de Óliver, la deja vagar por la pared que hay detrás y se pregunta si podrían revivir lo que tuvieron, no igual pero parecido, no la letra de una canción pero sí su efecto, aquella atracción continua, tiempo de sexo y paraíso, y algún infierno pero nunca lo gris, nunca la sensación de la vida que se escapa entre los dedos; hasta el estrés del trabajo estaba tocado por la espera y la rememoración. ¿Podrán volver a sentir, aunque sea de otra manera, que les está pasando algo único y descomunal?
—Después de un año volví y enseguida me fui a Valencia. Unos amigos me dejaban su casa porque iban a estar fuera todo el año. Encontré trabajo en una academia de idiomas. Pensé que a lo mejor podía centrarme y preparar de una vez las oposiciones a técnico de administración civil.
—¿Tú, oposiciones? —pregunta Lena con estupefacción, y los dos ríen.
—Verás, verás. Estuve estudiando disciplinadamente durante tres meses. Al cuarto ya vi que no iba a aguantar. Entonces convocaron unas al Cuerpo General Auxiliar, vamos, archivo, registro, cálculo sencillo, el secretario de toda la vida. Y me presenté, Lena, y las saqué. Ahora tengo un trabajo en el Ministerio de Política Territorial y Función Pública. Si me oyera Bolaño, ¿eh?
—Bueno, supongo que le parecería bastante lógico. Además, los detectives salvajes no se transforman, solo se crean o se destruyen. Tú sigues siendo uno de ellos.
—No me seas irónica, que te conozco.
—Bah, que sí que lo pienso. —Lena sonríe—. Bolaño escribió sus libros cuando ya tenía una vida estable, sin grandes seguridades pero estable. Aunque tomase referencias de fuera o del pasado, los personajes iban por dentro.
—Él sabía que iba a morir pronto.
—Es verdad, pero nadie tiene garantizado el futuro. ¿Sigues escribiendo?
—He abandonado mi novela maldita. No he tenido el valor de borrar los archivos y destruir la copia en papel. Pero lo haré pronto. Hace un año que no la miro. Me he pasado al ensayo. Brevísimo. Escribo propuestas de dos folios sobre lo que veo en la administración, cosas que podrían mejorarse, y las envío como si no fueran mías. Nadie las lee.
—¿Me estás vacilando?
Óliver se encoge de hombros despacio.
—No, en serio. Me gusta hacerlo.
—Enséñame algo.
—A lo mejor.
—¿Has venido a pedir mi mano ahora que tienes un sueldo fijo y que has sustituido tu pulsión autodestructiva por la sana intención de hacer algo útil?
Óliver se echa a reír.
—Haces que suene horrible. De todas formas, doy el pego pero sigo siendo el mismo desastre. ¿Y tú? Venga, cuenta, ¿cómo va tu trabajo? ¿Y el camarote de Martín de Vargas?
—Todo sigue igual, Óliver. Aquí no hemos cambiado. No es una crítica, ¿eh? No sé si es bueno o no.
Lena toma un triángulo de queso, lo mordisquea mirando a Óliver. Él no ha hablado de parejas y ella tampoco lo hará. Se pregunta si él también estará recordando los días del deseo. En realidad, admite, su frase sí era una crítica. No quiere más Rimbaud, ni más Ulises Lima ni más Cónsul de Bajo el volcán. Pero de ahí al funcionario bondadoso que acaba de pintarle Óliver va un trecho quizá demasiado largo. Será, piensa, porque el malditismo al menos está cerca del rencor. En cambio, la pura aceptación del mundo le da miedo. Y no se refiere a la aceptación razonada y necesaria de lo que existe, esa la quiere, no más delirios. Se refiere a esa resignación entre cínica y acomodaticia de los triunfadores a cualquier escala.
—¿Sabes? Durante la epidemia he pensado mucho en la buena gente. No mal. Sí, por un lado, como tantas personas, acabé odiando las frases bonitas, la falsa retórica del todos juntos y adelante. Pero una cosa son las frases y otra los hechos. Ni se me ocurre cuestionar los hechos de la buena gente, son buenos y punto. Odio tanto la retórica hueca como la de quienes dicen que todo les trae sin cuidado, que se la sudan las buenas personas aunque luego, por supuesto, sus propias cosas nunca les traen sin cuidado. Pero el caso es que he acabado pensando que también hace falta rencor.
—A ver qué entiendes tú por rencor.
—No es la competencia para decir o pensar la mayor porquería sobre los demás. El rencor que me gusta sería algo así como confundir lo personal con lo general y que esté bien confundido. Es la imposibilidad de aceptar que basta con hacer las cosas bien desde el punto de vista personal.
—Ya, sí, pero ¿qué relación tiene eso con lo que te he contado? ¿Me estás diciendo que yo te gustaba más cuando era un nihilista esteticista y aspiraba a que un solo verso pudiera hacer estallar la historia?
Lena se echa a reír.
—No, por dios. Cuántas discusiones hemos tenido. En otro siglo nos habríamos batido en duelo por admirar obras distintas. No estuvieron mal las discusiones, pero más no. Lo que pasa es que, al oírte ahora, parece que has llegado a un sitio acogedor y has dicho: Bien, me quedo aquí. En Martín de Vargas no hemos llegado a ningún sitio. Nuestros trabajos nos tragan, no tenerlos también. Ramiro y Camelia siguen haciendo cosas que mucha gente desprecia porque les parecen trasnochadas. Les dicen que pelearse para mejorar un poco las condiciones de trabajo es inútil, que en breve se van a destruir muchos más empleos de los que se destruyeron con la pan demia. O que sus organizaciones dejan mucho que desear. ¡Como si ellos no lo supieran! Yo no desprecio lo que hacen, cómo podría si ni siquiera he conseguido que en mi empresa se hagan elecciones sindicales. Encima, ellos hacen más cosas: estudian, discuten, tratan de ver qué medidas pueden tomarse para que no acaben enfrentándose las empresas térmicas y las del automóvil, con las de los cuidados y la energía verde.
—¿Te parece que demos un paseo? Tengo ganas de aire libre.
—Vamos afuera, sí.
Sin necesidad de ponerse de acuerdo, echan a andar hacia el parque Tierno Galván. Se está haciendo de noche.
—¿Y Hugo y tú? —pregunta Óliver.
—Buah, ¿te acuerdas de cuando nos dio por aquella teoría de que te enamoras desde el bajón: primero estás que no consigues que los días tengan sentido, la famosa sobrecarga depresiva, y es eso lo que te predispone al enamoramiento?
—Sí, me acuerdo; aunque no recordaba el término exacto, «sobrecarga depresiva», se las trae.
—Ya, pues Hugo y yo debemos de estar fatal porque nos oyes hablar y, a ratos, vale, solo a ratos, es como si tuviéramos dieciséis años, ultrapredispuestos a enamorarnos. —Lena se para y empieza a mover las manos mientras razona en voz alta, marcando los argumentos con ironía—. El mundo se hunde pero nosotros seguimos buscando ese estado en el que, uno: concedes a alguien todo el poder. Dos: le exiges que lo use para darte la absolución, para decirte que le gustas como eres, que todos tus errores y manías se disuelven en algo más grande, lo que tú eres en conjunto. Tres: eso que tú eres tiene que estar bien porque por algo le gusta no a cualquiera, sino a una persona increíble, magnífica. Por supuesto, no es que sepas que es magnífica, sino que has decidido que lo sea cuando te has enamorado.
—La cabeza no parece que la hayas perdido.
—Qué va, yo también doy el pego —dice Lena, más pensativa ahora.
Se quedan los dos callados.
—¿Y Jara?
—Bien —contesta Lena demasiado deprisa—. Quiero decir, como siempre, sin trabajo, animosa, con sus ratos negros que nadie vemos. Con sus prontos y sus ensimismamientos. Ahora le ha dado por la causalidad.
—Yo ya la recuerdo hablando de eso.
—Pues ahora más.
Lena clava el punto final de la frase. El tema, deja claro o así lo espera, ha terminado. Al poco, Lena dice:
—No callo ni debajo del agua, siempre me pasa contigo. Y tú, dime más de ti. ¿Cómo llevas tu nueva vida? ¿Por qué has aparecido?
—Pues pensaba que la llevaba bien, o por lo menos no mal. A lo mejor tengo que hacérmelo mirar, ¿no? A lo mejor tengo una sobrecarga depresiva enorme porque —Óliver aminora algo el paso pero no se detiene— te echo un montón de menos, Lena.
Están al lado del parque, ya es noche cerrada. Pasan dentro y se quedan cerca de la puerta, donde hay más iluminación y algunas personas diseminadas.
—Me gustaría ir a la zona del auditorio —dice Lena—, pero ya no da tiempo.
—Otro día —dice Óliver.
Lena evita mirarle aunque por dentro vuelve a oír «Te echo un montón de menos» y le gusta y quiere aproximarse a él, rozarse, y el deseo crece pero mantiene la distancia.
—Vale —dice por fin—. Otro día. Y me enseñas una de esas propuestas de dos folios que escribes ahora. Tengo que irme ya.
Cuando están saliendo del parque Óliver roza deliberadamente su mano. Lena no aparta la suya, sabe que luego evocará ese roce, piensa en Hugo y en las ganas que tiene de contárselo, y en que algo le ha impedido hablarle a Óliver de Jara, y no es que tenga miedo, es que sentir no es todo y necesita tiempo.
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Al día siguiente Lena y Camelia coinciden en el desayuno.
—Entonces ¿te parece bien que vaya Hugo? —pregunta Camelia.
—Sí, sí. Bueno, me ha pedido que le acompañe, que me quede escondida, solo hablaría él con ella pero supongo que prefiere que alguien ande cerca.
—¿Por qué no? Si le tranquiliza. Y seguro que a ti un poco también.
—Sí, puede.
Lena sirve el café a Camelia.
—Ayer estaba con un amigo —dice Lena sin atreverse a añadir que era Óliver— y hablé con mucho orgullo de Ramiro y de ti. ¿Qué pensáis de nosotros, Camelia? ¿De Hugo, de mí, de todas las personas que hablamos mucho y no hacemos nada, bueno, cositas, mínimas resistencias que no frenan nada? ¿Te lo puedo preguntar?
—Ya lo has hecho —dice Camelia con esa tendencia suya a no dejar pasar las cosas. No hay una voluntad de ofender, es así siempre y a Lena le gusta y le hace sonreír aunque esconde la sonrisa para no distraer a Camelia, quien continúa—: A ver, Lena, que nos conocemos. No se te ocurra ideali zarnos. Ramiro y yo hacemos nuestro trabajo. También nos organizamos, pero, al menos en mi caso, siempre con la sensación de que lo más importante es lo que no hago, he tomado una dirección equivocada y debo volver.
—Da igual, ponéis todo de vuestra parte…
—No, no. ¿Cuatro o cinco horas más a la semana que otra gente? Eso no es nada. Hay una utilidad radical, cuando ayudas a levantarse a alguien que no puede pero necesita levantarse, todo eso. Lo nuestro no la tiene, porque no estamos siendo capaces de ser una verdadera fuerza.
—¿Y las cosas que sí hacéis? No me digas que no van a ningún sitio.
—Pues es mejor que nada, claro que sí. No me va lo de la falsa modestia, ya lo sabes. Pero ni se me ocurriría decir que las personas que no han encontrado la organización adecuada, o que no tienen tiempo para buscarla, o que necesitan tener la cabeza en otra parte, son distintas. No hay ninguna raya entre Hugo y tú y Ramiro y yo.
—Sí que la hay, Camelia.
—No, Lena, no. Me gustaría que la hubiera. No una raya de separación, ¿eh?, me gustaría que fuera como tú lo imaginas, que estuviese así de claro que lo que estamos haciendo sirve.
—Es que lo está. Habrá altos y bajos y equivocaciones, pero sirve. En cambio, otras personas vamos a la deriva. Y no nos importa. Yo creía que las ganas de entender qué hacemos aquí es lo que nos mueve. Pero no. Si nos moviera eso, prestaríamos más atención a esa utilidad radical que decías, y no. Te cuentan algo y piensa: Anda, qué bien esta persona que entregó su vida a algo radicalmente bueno. Y, luego, mira qué poca gente entregamos la nuestra, es que ni siquiera unas horas para hacer lo previo, para conseguir que el orden de la vida cambie y que no haya nada excepcional en hacerlo. No sé si es que en el fondo pensamos que no compensa tanto eso de una utilidad radical, o si es que lo de ir a la deriva es más grave de lo que parece, es un abatimiento que no se arregla hasta que no cambia el viento o arreglas el motor.
—A ratos, Lena, a ratos. En la vida todo va por rachas y por ratos, qué le vamos a hacer. Y oye, estas conversaciones a estas horas, a ver, que estoy hambrienta y me tengo que ir ya.
—Jo, lo siento.
Camelia hace el gesto de quitar importancia con la mano mientras mastica a dos carrillos su tostada, y sonríe con los labios cerrados. Después pregunta:
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué te ha dado por esto a estas horas?
—Ayer quedé con Óliver.
—¡Y me lo dices ahora! —Camelia se levanta para empezar a recoger—. No llego, Lena, en cuanto vuelva me cuentas.
—Vale. Vete, corre, yo recojo.
Pero Lena no recoge. Va al salón, se tumba en el sofá, disfruta de estar en la casa vacía. Luego se levanta, va a buscar la esterilla a su cuarto, vuelve con ella, la extiende en el suelo y hace algunos ejercicios suaves de yoga. Al terminar se estira mirando al techo, eso es lo único que quiere, estar así, prendida de una altura que no toca, y luego cerrar los ojos y pensar en el mar de Almería, en ese azul que no es del todo mediterráneo, pensar que volverá con Jara allí. De repente la frase que le ha escrito Óliver ya no le hace efecto porque es con Jara con quien ahora la imagina, ¿en qué lugar lejano, Jara, seguimos caminando asidas de la mano? Pero falta la primera parte: me pregunto adónde hemos llegado. Lena no lo sabe, se siente hoy tan perdida. No es que Hugo quiera que la acompañe, es que ella tiene que acompañarle porque debe de estar entrando en barrena en una sobrecarga depresiva de tres al cuarto y no, ni hablar, no va a dejarse caer en los brazos de Óliver así, desde la confusión absoluta.
Se levanta, guarda la esterilla y empieza a recoger el desayuno mientras llama a Renata por teléfono.
—¿Puedes hablar?
—Sí, Lena.
—Es de lo que te conté, que habíamos decidido que fuera Hugo solo a buscarla e intentar hablar con ella si la encuentra.
—Dime.
—Pues estaba pensando en ir con él. No me acercaré a Jara, seguimos convencidos de que es mejor no abrumarla, que piense que sobre todo es algo de Hugo. Pero yo estaría ahí, por si acaso, y para acompañar a Hugo también. Y bueno, que a lo mejor prefieres ir tú en mi lugar.
Después de un pequeño silencio, Renata dice:
—Sí prefiero, pero no debo, Lena.
Y, como pasa a veces con Renata, en un segundo estalla su risa, inesperada, inexplicada pero al final contagiosa incluso por teléfono.
—Pero, Renata, de qué te ríes —pregunta Lena sonriendo a mares.
—Es que…, es que por un lado me da la sensación de que estáis convencidísimos de que la vais a encontrar, y me lo acabo creyendo. Y por otro, ¿tú me oyes?: «Prefiero, pero no debo», si parezco una mojigata. Siempre dije que a los ochenta, si llego, iba a comer huevos fritos con whisky varios días a la semana. Ya no me falta tanto, a lo mejor lo adelanto. Ya en serio, Lena. No debo ir. Una vez Jara me mandó por whatsapp un mensaje que decía que yo había sido capaz de no dejar de tener expectativas sobre ella, y al mismo tiempo hacer que no le pesaran. Por whatsapp, entre un chiste y dos tonterías.
—Sí, me habló de eso. Me dijo que un día tuvo miedo de que dejases de esperar algo de ella, pero que nunca lo hiciste.
—Ni lo voy a hacer. Pero no voy a ir, Lena. Ella ya sabe que estoy aquí.
—Y ¿crees…?
—Ni lo preguntes. Por supuesto, Lena. Ve con Hugo, por si no la encontráis o por si la encontráis y a Hugo le da la pájara.
Lena capta esa alusión a la pájara, clave de horas compartidas, de pájaras vividas juntas, muchas de Jara pero no todas, no siempre. Un desfallecimiento en teoría limitado a los deportes de resistencia, el ciclismo, el atletismo. Una respuesta fisiológica, dicen, ante un agotamiento de las reservas de energía.
¿La pájara? «Si la hidratación y la nutrición no han sido adecuadas, puede que llegue sin avisar ante el descenso repentino de los niveles de glucosa, como un mecanismo de protección.» A los humanos, entonces, les faltan las fuerzas, todo les da vueltas, es la pájara, la deportiva, también la cotidiana. Inmersos en la vida salvajemente civilizada, no pueden seguir a los demás, sean compañeras, compañeros o rivales, y se sumen en una impresión de soledad absoluta y apatía. El desfallecimiento se propaga, se desfondan también las emociones, hay vértigo, mareos, desorientación, y una terrible sensación de cansancio. A veces se tiene mucho frío. La pájara, el momento en el que alguien se rinde, puede durar segundos o años. Pero ¿qué es «alguien», quién es «alguien»? ¿Se rinde primero la fábrica de energía, se rinde el alma? La explicación deportiva dice que el cerebro compite contra la fuerza en las piernas, ambos en busca de una glucosa que ha devenido escasa.
En cuanto a si, en la vida, compite o no la razón contra el peso de la pena en los pulmones y hace que se desate entonces esa otra pájara próxima a la quimera, hay casos y teorías. La pájara es extraña porque no encaja; se parece al momento en el que un grito rompe el cristal, como sucede, por coincidencia. No lo rompe el grito más agudo, sino el que logra que las moléculas del cristal vibren, o bailen, al son del grito. Depende de la frecuencia de resonancia de cada tipo de cristal y de cada grito que el estallido se produzca. Las explicaciones no mencionan, sin embargo, de dónde viene el canto o el graznido de la pájara, la pena, el grito. En la escuela se aprende pronto a asignar pesos y medidas a las cosas. Pero una conducta no es una cosa. ¿Quién dirá: De cada cien veces que esa persona se comportó con prudencia, sesenta y dos obedecieron a su medio ambiente, vale decir, cultural, y treinta y ocho a su biología? Sin embargo, la tendencia a pensar en estos términos crece sobre todo a medida que han ido surgiendo explicaciones «biológicas» para un ataque de epilepsia, para una alergia, para lo que se ha dado en llamar una dificultad de aprendizaje.
Quizá la pretensión de calcularlo todo se atenúe al comprender que el tipo, la etiqueta, es una abstracción y que solo accede al tacto la diferencia específica. Existen ideas generales y leyes y regularidades. Pero en la ciencia de lo vivo los manuales de instrucciones son únicos y contemplan la redundancia, la contradicción, la dosis no prevista, el equilibrio impensable. De la semilla de pino nace un pino, aunque nace, en realidad, ese pino, que es igual y distinto de ese otro, y crece en un lugar diferente. No se interpreta una partitura como el diseño de un puente, ni es la excepción ajena a la regla, pues no hay teoría angelical y ajena a los comportamientos, ni hay, sin acción, conocimiento posible.
Vivir, la comprensión no olvida, consiste en actuar, vale decir, modificar; vivir es una continua producción de diferencias. Quienes poseen una idea agresiva de la comprensión como aquello que apresa, dirán quizá que comprender encierra. Sin embargo, comprender no solo significa abarcar, rodear por todas partes o contener. Hay un significado más humilde: entender; quizá, simplemente, entrar. Asomarse, pasar bajo el dintel y estar ahí, conectando los actos y sus frutos. Sin tomar nada todavía del lugar, con la atención puesta en lo practicado y en los hechos que se conectan entre sí. Cuando llega la pájara conviene conocer y realizar los actos necesarios — no siempre, en determinadas condiciones, posibles— para que se vaya: pararse, buscar una sombra, hidratarse, comer barritas, frutos secos, gominolas, y otros símbolos de un poco de vida buena. Comprenderla es también eso, aunque no solo.
Lena cuelga el teléfono. Camino ya del trabajo, salta, literalmente, de alegría y ganas de viajar, de hacer un agujero en el calendario y poder poner un trozo de mundo en pausa. Aplazar llamadas, citas, lo previsto, incluso alguna exigencia laboral, sentirse ya un poco más ligera, poder decir a Óliver que se verán pero a su vuelta, retrasar la comida familiar y esa cita con amigas que desea y al mismo tiempo le inquieta porque le falta un poco del impulso con que se zambullía en las risas y las complicidades. Apenas un trayecto de no más de tres horas en tren y sin embargo, qué ganas de repente, qué ecos de otra edad y de otro ímpetu, cuando saturados de juventud buscaban horizontes que no eran destinos turísticos y citaban de memoria: «Pero los verdaderos viajeros son los únicos que parten por partir; corazones ligeros, semejantes a globos. De su fatalidad jamás ellos se apartan, y sin saber por qué, dicen siempre: ¡Vamos!».