Factor de humanidad

Robert J. Sawyer · Capítulo 8 de 45

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Factor de humanidad

Capítulo 6

Kyle y Heather cenaban juntos todos los lunes por la noche.

Llevaban ya un año separados. Nunca pretendieron que fuera permanente... y nunca mencionaban la palabra Divorcio. Sólo necesitaban un poco de tiempo para aceptar la muerte de Mary, los dos lo sentían. Los dos lo habían pasado mal, se enfadaban mutuamente, cosas pequeñas que no tendrían que haber importado aumentaban hasta convertirse en grandes peleas, incapaces de consolarse el uno al otro, incapaces de comprender por qué había sucedido.

Nunca faltaban a las cenas de los lunes, y aunque la tensión era alta desde la visita de Becky de hacía cuatro días, Kyle supuso que Heather aparecería en su restaurante habitual, una franquicia Swiss Chalet situada a cuatro manzanas de su casa.

Kyle esperó fuera, disfrutando de la cálida brisa de la noche. No era capaz de entrar todavía; el coche de Heather no estaba en el aparcamiento, y si no aparecía, la vergüenza sería demasiado grande.

A las 6:40, diez minutos tarde, el deslizador azul pólvora de Heather llegó flotando al aparcamiento.

De todas formas, las cosas eran distintas. Durante un año entero, se habían saludado los lunes por la noche con un rápido beso, pero esta vez...

esta vez ambos vacilaron. Entraron en el restaurante. Kyle mantuvo la puerta abierta para que pasara Heather.

El camarero trató de sentarlos junto a otra pareja, a pesar de que no había nadie más en el local. Kyle odiaba que eso sucediera en los mejores momentos, y esta noche protestó.

—Nos sentaremos ahí —dijo, señalando un rincón distante.

El camarero accedió, y los acompañó hasta un reservado en el fondo.

Kyle pidió vino tinto; Heather pidió una copa del vino blanco de la casa.

—Empezaba a pensar que no ibas a venir —dijo Kyle.

Heather asintió, pero su rostro permaneció impasible. La lámpara que colgaba sobre la mesa hacía que sus rasgos, normalmente agradables, parecieran severos.

—Lamento haber llegado tarde.

Permanecieron en silencio durante un rato.

—No sé adónde vamos a ir con ésto —dijo Kyle.

Heather apartó la mirada.

—Yo tampoco.

—Te juro...

—Por favor —dijo Heather, interrumpiéndolo—. Por favor.

Kyle asintió lentamente. Guardó silencio un instante más.

—Fui a ver a Zack el sábado.

Heather pareció incómoda.

—¿Y?

—Y nada. No me puse a pelear con él, quiero decir. Hablamos un poco. Quería que accediera a acompañarme al laboratorio forense de la universidad. Iba a pasar por un detector de mentiras, para demostrar que no lo hice.

—¿Y? —repitió Heather.

—Se negó —Kyle bajó los ojos, mirando la publicidad con la promoción de pollo del mes ilustrada. Alzó de nuevo la vista y buscó los ojos de Heather—. Podría hacer lo mismo por ti. Podría demostrar mi inocencia.

Heather abrió la boca, pero la cerró inmediatamente.

Era un punto de inflexión. Kyle lo sabía, y estaba seguro de que Heather lo sabía también. El futuro dependía de lo que sucediera a continuación.

Ella tenía que estar pensando...

Si él era inocente...

Si él era inocente, ella debía saber que nunca podría perdonarle que hiciera esa prueba, por su falta de fe. Si era inocente, entonces seguro que su matrimonio sobrevivía a esta crisis. Los dos pensaban que volverían a

estar juntos, tarde o temprano. Si no a principios del próximo curso escolar, al final.

Si era inocente, el matrimonio sobreviviría, pero si Heather tenía dudas, y lo admitía, admitía la posibilidad, ¿podría él volver a abrazarla de nuevo, a amarla? Cuando más la necesitaba, ¿creyó en él?

—No —dijo ella, cerrando los ojos—. No, eso no será necesario —lo miró—. Sé que no hiciste nada.

Kyle mantuvo una expresión neutra; sabía que ella debía estar estudiando su rostro en busca de cualquier signo que indicara que consideraba que las palabras podrían no ser sinceras.

—Gracias —dijo en voz baja.

El camarero regresó con las bebidas. Pidieron: pechuga de pollo a la parrilla y una patata al horno para Kyle; el plato combinado de un cuarto de pollo a la barbacoa con patatas fritas para Heather.

—¿Sucedió algo más con Zack? —preguntó ella.

Kyle tomó un sorbo de vino.

—Me dijo que Becky acudía a terapia.

Heather asintió.

—Sí.

—¿Lo sabías?

—Empezó a ver a alguien después de la muerte de Mary.

—Es el mismo psiquiatra al que acudía Mary —dijo Kyle—. Zack me lo dijo.

—¿También Mary iba a terapia? Santo Dios, no lo sabía.

—Yo también me sorprendí —dijo Kyle.

—Lo normal es que me lo hubiera dicho.

—O a mí —dijo Kyle, forzado.

—Naturalmente —dijo Heather—. Naturalmente.

Hizo una pausa.

—Me pregunto si tuvo algo que ver con Rachel.

—¿Rachel?

—Rachel Cohen. ¿Recuerdas? La amiga de Mary... murió de leucemia cuando Mary tenía dieciocho años.

—Oh, sí. Pobre chica.

—Mary se deprimió mucho por eso. Tal vez fue entonces cuando empezó a acudir a terapia... un poco de consuelo para la pena, ya sabes.

—¿Por qué no acudió a ti? —preguntó Kyle.

—Bueno, no soy médico. Además, ninguna chica quiere a su madre como terapeuta... y sospecho que tampoco querría a nadie que yo pudiera haberle recomendado.

—¿Entonces cómo pudo encontrar Mary a un psiquiatra?

—No lo sé. Tal vez el doctor Redmond le recomendó a alguien.

Lloyd Redmond era el médico de Kyle, y después fue el médico de la familia durante casi treinta años.

—Lo llamaré por la mañana y veré qué puedo averiguar.

Llegó la comida. Comieron casi en silencio, y después se marcharon por separado a casa.

El teléfono sonó en el laboratorio de Kyle a las 10:30 del martes por la mañana. Un par de estudiantes de postgraduado estaban presentes, trabajando en silencio junto a la consola de Chita: la placa facial de la consola, incluyendo los ojos de Chita, había sido retirada y ahora estaba apoyada contra la curva de la pared exterior.

El identificador de la llamada anunció que era Heather, desde su despacho en Sidney Smith Hall, en la zona oeste de St. George Street, una manzana más al sur.

—Yo tenía razón —dijo Heather—. El doctor Redmond le recomendó una psiquiatra a Mary varios meses antes de que muriera.

—¿Cómo se llama la psiquiatra?

—Lydia Gurdjieff —deletreó el apellido.

—¿Has oído hablar de ella?

—No. He comprobado el directorio online de la asociación de psiquiatras, pero no aparece en la lista.

—Voy a ir a verla —dijo Kyle.

—No. Creo que debo ir yo... sola.

Kyle abrió la boca para oponerse, pero entonces advirtió que su esposa tenía razón. No sólo era el enemigo a los ojos de la psiquiatra, sino que Heather, y no él, era la psicóloga.

—¿Cuándo?

—Hoy, si es posible.

—Gracias —dijo Kyle.

Heather podría haberse encogido de hombros o asentido, o incluso sonreído para animarlo: Kyle no tenía forma de saberlo. A veces deseaba que los videófonos hubieran triunfado.

—Hola, señora Gurdjieff —dijo Heather, entrando en la consulta de la psiquiatra. Las paredes estaban cubiertas de papel azul que se arrugaba en las juntas, revelando la superficie pintada de debajo—. Gracias por verme.

—Es un placer, señora Davis... ¿o puedo llamarla Heather?

Heather no había cuidado especialmente de encubrir su identidad: usaba su propio apellido, pero Rebecca y Mary compartían el de Kyle. No había motivo para pensar que la tal Gurdjieff hiciera la conexión.

—Heather está bien.

—Bien, Heather, no solemos tener cancelaciones, pero supongo que hoy es su día de suerte. Por favor, tome asiento, o use el diván si lo prefiere.

Heather lo pensó un instante, y luego, encogiéndose de hombros, se tendió en el diván. Incluso con toda su formación como psicóloga, nunca se había tendido antes en el sofá de un psiquiatra y parecía una experiencia que no echaría de menos.

—No estoy segura de por qué estoy aquí —dijo—. No duermo bien últimamente.

Observó las paredes detrás de la psiquiatra. Había diplomas enmarcados. El título más importante parecía ser un máster.

—Eso es sorprendentemente común —dijo Gurdjieff. Su voz era cálida y agradable, quizás con un leve acento de Newfoundland.

—Tampoco tengo mucho apetito.

Gurdjieff asintió y sacó una libreta de datos de su mesa. Empezó a escribir con un lápiz óptico.

—¿Y cree que hay causa psicológica para eso?

—Al principio pensé que era algún tipo de gripe —dijo Heather—, pero ya va para meses.

Gurdjieff hizo otra anotación en su libreta. Ponía demasiada presión en el lápiz, que chirriaba contra la placa de cristal como si fuera tiza contra una pizarra.

—Está usted casada, ¿verdad?

Heather asintió; todavía llevaba un sencillo anillo de bodas.

—¿Hijos?

—Dos niños —dijo Heather, aunque lo lamentó de inmediato.

Probablemente tendría que haber incluido al menos una hija—. De dieciséis y diecinueve años.

—¿Y no son la fuente del problema?

—No lo creo.

—¿Viven todavía sus padres?

Heather no vio ningún motivo para contestar con sinceridad a eso.

—No.

—Lo siento.

Heather ladeó la cabeza, aceptando el comentario.

Hablaron durante otra media hora. Las preguntas de la psiquiatra parecían inocuas.

Y entonces lo dijo:

—Un caso clásico, en realidad.

—¿Qué?

—Superviviente al incesto.

— ¿Qué?

—Oh, no lo recuerda usted conscientemente... eso no es extraño. Pero todo lo que ha dicho sugiere que sucedió.

Heather trató de mantener la calma.

—Eso es ridículo.

—Negarlo es natural —dijo Gurdjieff—. No espero que lo acepte ahora mismo.

—Pero no abusaron de mí.

—¿Dijo que su padre había muerto?

—Sí.

—¿Lloró en su funeral?

Eso la afectó un poco.

—No —dijo Heather en voz baja.

—Fue él, ¿verdad?

—No fue nadie.

—No tenía ningún hermano mayor, ¿no? ¿Ni un abuelo que los visitara mucho? ¿Tal vez un tío con el que estuviera a menudo a solas?

—No.

—Entonces probablemente fue su padre.

Heather trató de hacer que su voz sonara firme.

—No pudo haber hecho nada así.

Gurdjieff sonrió tristemente.

—Eso es lo que todo el mundo cree al principio. Pero sufre usted lo que llamamos desorden de tensión post—traumático. Es lo mismo que le ocurrió a aquellos veteranos de las guerras del Golfo y Colombia, sólo que en vez de revivir los recuerdos, usted los representa —Gurdjieff tocó la mano de Heather—. Mire, no es nada de lo que haya que avergonzarse...

tiene que recordarlo. No es nada que usted hiciera. No es su culpa.

Heather permaneció en silencio.

Gurdjieff bajó la voz.

—Es más común de lo que piensa —dijo—. También me sucedió a mí.

—¿De verdad?

La psiquiatra asintió.

—Desde que tenía unos seis años hasta los catorce. No todas las noches, pero sí a menudo.

—Eso... eso es terrible. Lo siento por usted.

Gurdjieff alzó la mano izquierda.

—No lo sienta por mí... siéntalo por usted misma. Tenemos que sacar fuerzas de esto.

—¿Qué hizo usted?

—Es una lástima que su padre haya muerto; no podrá enfrentarse a él.

Eso es lo mejor, ¿sabe? Enfrentarse a quien abusó de usted. Es enormemente reconfortante. No sirve para todo el mundo, naturalmente.

Algunas mujeres tienen miedo de hacerlo, temen acabar siendo desheredadas, o apartadas del resto de la familia. Pero cuando funciona, es magnífico.

—¿Sí? —dijo Heather—. ¿Ha hecho que otras pacientes lo hagan?

—Muchas.

Heather no estaba segura de cómo continuar.

—¿Alguien recientemente...?

—Bueno, no puedo hablar sobre otras pacientes...

—Por supuesto que no. Por supuesto que no. Sólo en términos generales, quiero decir. ¿Qué sucede? Un caso medio.

—Bueno, una de mis pacientes se enfrentó a quien abusó de ella hace tan sólo una semana.

Heather sintió que su corazón empezaba a desbocarse. Trató de tener mucho cuidado.

—¿Le ayudó?

—Sí.

—¿En qué sentido? Quiero decir, ¿está libre de lo que la molestaba?

—Sí.

—¿Cómo lo sabe? Quiero decir, ¿cómo puede notar la diferencia?

—Bueno, esta mujer... supongo que no importará que le diga que tenía un desorden alimenticio. Es común en casos como éste; el otro síntoma común son los problemas para dormir. Pues bien, era bulímica... pero no ha tenido que vomitar desde entonces. Verá, lo que realmente quería purgar, lo que realmente quería expulsar de su sistema, está ya fuera.

—Pero no creo que abusaran de mí. ¿Estaba igual que yo, insegura?

—Al principio sí. Salió a la luz más tarde. También sucederá con usted. Descubriremos la verdad y la enfrentaremos juntas.

—No sé. No creo que eso sucediera. Y... y... quiero decir... Incesto, abuso sexual. Esas cosas pasan en los periódicos sensacionalistas, ¿no?

Prácticamente es un tópico.

—Está usted tan equivocada que es irritante —dijo Gurdjieff bruscamente—. Y no sólo usted... la sociedad en general. Verá, en los años noventa, cuando empezamos a hablar sobre abusos sexuales e incesto, el tema recibió una enorme cobertura. Y para gente como yo, que había sufrido esos abusos, fue un soplo de aire fresco. Ya no éramos un secreto sucio: las cosas horribles que nos habían hecho quedaban al descubierto, y por fin comprendimos que no era culpa nuestra. Pero es una verdad desagradable, y personas como usted, personas que veían a sus vecinos y sus padres y sus iglesias bajo una luz nueva, se sintieron incómodas con ello. Le gustaba más cuando era algo oculto, algo con lo que no tenía que tratar. Quiere volver a ocultarlo, marginarlo, apartarlo de su agenda, impedir que se discuta.

Heather reflexionó. Incesto, pedofilia, abusos infantiles... eran cosas que salían de forma natural en las clases de psicología. ¿Pero con qué frecuencia los mencionaba ella? Una referencia de pasada, un breve aparte... y luego pasaba a otra cosa, antes de que fuera demasiado desagradable, al impulso de la auto—actualización de Maslow, a los introvertidos y extravertidos de Adler, al condicionamiento operante de Skinner.

—Tal vez —dijo.

—Quizás tenga usted razón —dijo Gurdjieff, aparentemente dispuesta a conceder un poco si Heather estaba también dispuesta a ello—. Tal vez no sucedió nada en su pasado... ¿pero por qué no lo averiguamos para estar seguras?

—Pero no recuerdo ningún abuso.

—¿No siente un poco de ira hacia su padre?

Heather sintió que se acercaba demasiado otra vez.

—Por supuesto. Pero no pudo hacerme nada de eso.

—Es natural que no lo recuerde —dijo Gurdjieff—. Casi nadie lo recuerda. Pero está ahí, oculto bajo la superficie. Reprimido.

Volvió a hacer una pausa.

—Sabe, mis propios recuerdos no estaban reprimidos. Por algún motivo, no lo estaban. Pero mi hermana Daphne, que tiene dos años menos que yo... los suyos sí lo estaban. Traté de hablar del tema con ella una docena de veces, y me dijo que estaba loca... y entonces un día, sin más, cuando las dos teníamos poco más de veinte años, me telefoneó. Todos los recuerdos que había reprimido durante quince años habían vuelto. Nos enfrentamos juntas a nuestro padre —otra pausa—. Como decía, es una lástima que no pueda usted enfrentarse a su padre. Pero necesitará tratar con esto, sacarlo a la luz. Los panegíricos con un medio.

—¿Los panegíricos?

—Escribe usted lo que le habría dicho a su padre si se hubiera enfrentado a él mientras estaba vivo. Luego se lo presenta ante su tumba —

Gurdjieff alzó una mano, como si advirtiera lo macabro que parecía todo esto—. No se preocupe, lo haremos a la luz del día. Es una forma maravillosa de ponerle término.

—No estoy segura —dijo Heather—. No estoy segura de nada.

—Claro que no. Es perfectamente normal. Pero confíe en mí, he visto montones de casos como el suyo. La mayoría de las mujeres han sufrido abusos, ¿sabe?

Heather había visto estudios que sugerían eso, pero para llegar a la conclusión de que eran la «mayoría» incluían todo, desde recibir en la mejilla el beso de un pariente antipático a peleas de patio con los niños.

Gurdjieff miró por encima de Heather, y ésta volvió la cabeza y vio que había un gran reloj de pared detrás.

—Mire, casi se nos ha acabado el tiempo —dijo Gurdjieff—. Pero hemos empezado bien. Creo que podremos resolver esto juntas, Heather, si está dispuesta a trabajar conmigo.

Capítulo 7

Heather llamó a Kyle y le pidió que se pasara por casa.

Cuando llegó (a las ocho, después de que los dos cenaran por separado), él se sentó en el sofá, y Heather lo hizo en el sillón de enfrente.

Ella inspiró profundamente, preguntándose cómo empezar, y entonces se lanzó.

—Creo que puede ser un caso de síndrome de memoria falsa.

—Ah —dijo Kyle, con tono sabio—. El famoso SMF.

Heather conocía demasiado bien a su marido.

—No tienes la menor idea de lo que estoy hablando, ¿verdad?

—Bueno, no.

—¿Sabes lo que son los recuerdos reprimidos... al menos en teoría?

—Oh, recuerdos reprimidos. Claro, claro. He oído algo de eso. Ha habido algunos casos en los tribunales, ¿no?

Heather asintió.

—El primero fue hace años, allá en... oh, ¿en qué año estamos? Allá por 1989 o por ahí. Una mujer llamada... déjame pensar. Tuve que enseñarlo una vez, ya lo recordaré. Una mujer llamada Eileen Franklin, que tenía veintiocho o veintinueve años, y que de pronto dijo recordar haber visto la violación y el asesinato de su mejor amiga veinte años antes. El asesinato y la violación eran un hecho: encontraron el cadáver poco después de que se cometiera el crimen. Pero lo sorprendente no fue sólo

que Eileen recordara de pronto haber visto cómo se cometía el crimen, sino que también recordara de pronto que lo había hecho su propio padre.

Kyle frunció el ceño.

—¿Qué le ocurrió al padre?

Heather lo miró.

—Lo condenaron. Más tarde el caso fue sobreseído... pero por un detalle técnico.

—¿Había pruebas concluyentes, o la condena original se basó solo en el testimonio de la hija?

Heather se encogió de hombros.

—Depende de cómo lo mires. Eileen parecía consciente de cosas sobre el crimen que no eran conocidas generalmente. Fueron tomadas como pruebas de la culpabilidad del padre. Pero al investigar, se demostró que la mayoría de los detalles supuestamente vinculantes habían aparecido en la prensa en la época en que mataron a la otra niña. Naturalmente, Eileen no leía periódicos cuando tenía ocho o nueve años, pero pudo verlos más tarde en cualquier biblioteca —Heather se mordió los labios, recordando—. Pero ahora que lo pienso, algunos de los detalles que informó estaban en los periódicos... pero se equivocaban en la descripción.

Kyle parecía confuso.

—¿Qué?

—Ella recordaba... o decía recordar, cosas que resultaron no ser ciertas. Por ejemplo, la niña asesinada llevaba dos anillos, uno de plata y otro de oro. Sólo que el de oro tenía una piedra engarzada, pero uno de los periódicos informó que la piedra estaba en el anillo de plata... y eso es exactamente lo que dijo Eileen cuando le habló a la policía sobre el crimen

—Heather alzó una mano—. Naturalmente, es un detalle trivial, y cualquiera que recuerde cosas tan lejanas en el tiempo es posible que mezcle algunos hechos.

—Pero no has hablado solamente de recuerdos reprimidos. Hablaste de recuerdos falsos.

—Bueno, es una cosa o la otra, y ese es el problema. En realidad, ha sido un caso de discusión en psicología durante décadas: la cuestión de si el recuerdo de algo traumático puede ser reprimido. La represión misma es un concepto antiguo. Es la base del psicoanálisis, después de todo: fuerzas a salir a la luz el pensamiento reprimido, y la neurosis que tengas debe

despejarse. Pero millones de personas que han tenido experiencias traumáticas dicen que el problema es lo contrario: nunca olvidan lo que les ha pasado. Todos dicen cosas como: “No pasa un día en que no piense en mi coche estallando”, o “Tengo pesadillas constantes sobre Colombia”.

Heather bajó los ojos.

—Desde luego, yo nunca he olvidado, ni olvidaré, la imagen de Mary muerta en el cuarto de baño.

Kyle asintió lentamente.

—Yo tampoco —dijo en voz baja.

Heather necesitó un instante para recuperarse.

—Pero esas cosas: una guerra, la explosión de un coche, incluso la muerte de un hijo, son cosas comunes. No son impensables: de hecho, no hay un solo padre vivo que no tema que le ocurra algo a uno de sus hijos.

¿Pero y si ocurre algo que sea tan inesperado, tan fuera de lo común, tan sorprendente que la mente no pueda tratar con ello? ¿Como una niña pequeña que ve a su padre violar y asesinar a su mejor amiga? ¿Cómo reacciona entonces la mente? Tal vez crea una muralla; hay psiquiatras e infinitos supervivientes putativos del incesto que lo creen. Pero...

Kyle alzó las cejas.

—¿Pero qué?

—Pero hay muchos psicólogos que creen que eso simplemente no puede suceder, que no hay ningún mecanismo de represión, y por eso cuando los recuerdos traumáticos aparecen de pronto años o décadas después del supuesto hecho, tienen que ser recuerdos falsos. Llevamos más de un cuarto de siglo debatiéndolo en psicología, sin llegar a ninguna conclusión sólida.

Kyle inspiró profundamente, y luego dejó escapar el aire muy despacio.

—¿Entonces en qué quedamos? Los humanos pueden olvidar recuerdos de acontecimientos traumáticos que realmente sucedieron... ¿o podemos tener vividos recuerdos de cosas que nunca ocurrieron?

Heather asintió.

—Lo sé. Ninguna de las dos ideas es atractiva. No importa cuál aceptes (y, naturalmente, existe la posibilidad de que ambas sucedan en momentos distintos), significa que nuestros recuerdos, y nuestro sentido de

quiénes somos y de dónde venimos son mucho más falibles de lo que nos gustaría creer.

—Bueno, sé con seguridad que los recuerdos de Becky son falsos.

Pero lo que no comprendo es de dónde pueden venir esos recuerdos.

—La teoría más común es que son implantados.

—¿Implantados? —lo dijo como si no hubiera oído la palabra nunca antes.

Heather asintió.

—En terapia. Yo misma he visto el principio básico en acción, con niños. Haces que un niño te visite todos los días durante una semana. El primer día, le preguntas cómo le fueron las cosas en el hospital después de que se cortara el dedo. Él dice: “Nunca he estado en el hospital”. Y es cierto. Pero se lo vuelves a preguntar mañana, y al día siguiente, y al otro.

Y al final de la semana, el niño está convencido de que fue de verdad al hospital. Te podrá contar una historia detallada y consistente sobre su visita... y creerá que sucedió de verdad.

—Más o menos como Biff Loman.

—¿Quién?

— Muerte de un viajante. Biff no era un niño, pero cuando le dice a su padre, “Me limaste tanto la bola que nunca pude soportar tener que aceptar órdenes de nadie”, llegó a estar convencido por su padre de que realmente había tenido un puesto mucho mejor en la compañía que el bajo lugar que ocupaba ahora.

—Bueno, eso puede pasar. Los recuerdos pueden implantarse, incluso a través de sugestiones y repeticiones constantes. Y si un psiquiatra lo aumenta con hipnosis, pueden crearse recuerdos falsos realmente inamovibles.

—¿Pero por qué demonios iba a hacer un psiquiatra eso?

Heather se entristeció.

—Citando un viejo chiste del departamento de psicología, hay muchos caminos hacia la salud mental, pero ninguno tan lucrativo como el análisis freudiano.

Kyle frunció el ceño. Guardó silencio durante unos segundos, como si decidiera si hacer o no otra pregunta . Y por fin la hizo.

—No intento llevarte la contraria, pero la declaración de inocencia por mi parte no ha sido para tirar cohetes. ¿Por qué crees que los recuerdos de

Becky podrían ser falsos?

—Porque su psiquiatra sugirió que mi padre podría haberme molestado también.

—Oh —dijo Kyle. Y luego añadió—: Oh.

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