Ganarse la vida
Capítulo 1
1
A mi madre se le daban bien las plantas. No les hablaba ni hacía con ellas
nada especial. Era un cariño delicado y discreto con el que arrancaba las hojas
muertas, repartía los nuevos esquejes y giraba los tiestos para orientar hacia el
sol la cara que se estaba quedando más triste. Los geranios floridos de mi
madre en las cuatro ventanas que daban a la calle del barrio de Estrecho en el
que vivíamos atraían la mirada desde lejos. Algunas mañanas era mi padre el
que se empeñaba en regar las macetas con una garrafa de agua. Solía causar
destrozos a su paso. Al regar los geranios de nuestro cuarto, mojaba los
apuntes de mi hermano Jesús sobre la mesa, sus notas de clase y sus
estrategias para el equipo de baloncesto que entrenaba. Muchas mañanas yo
amanecía con los gritos de mi hermano cuando le recriminaba a mi padre que
mojara sus papeles un día sí y otro también.
La misma buena mano que tuvo mi madre con las plantas la tuvo con sus
hijos. No era ese cariño atosigante que vi en otras casas o la monserga
perpetua de algunas madres de amigos. Era esa misma calidez que conseguía
que le brotaran las flores sin grandes esfuerzos. Así le brotaron ocho hijos. Yo
era el pequeño y me llevaba con mi hermano mayor, Juanjo, los mismos años
que mi madre con él, dieciocho. A su vez, mi padre, que cuando yo nací tenía
cincuenta y tres años, le sacaba casi otros dieciséis a mi madre. En el pasillo
de mi casa, en un día normal, nos cruzábamos cuatro generaciones de
españoles. Desde mi padre, nacido en 1916, hasta el hijo más pequeño, nacido
a finales de 1969.
Cuando mi madre dejó el edificio en que me crie porque sus caderas ya no
aguantaban los dos pisos de escaleras sin ascensor, propuse a mis hermanos
que montáramos un museo. Sería un museo narrativo del siglo XX. Explicaría
la historia de mi familia a través de cada habitación y esa sería una historia de
España más real que la que cuentan los libros de texto. Me imaginaba unas
pantallas interactivas que sobresalían de las paredes empapeladas y que con
rozarlas asomarían al visitante a una historia próxima de la evolución
humana. La idea no cuajó, mis hermanos son más prudentes que yo, y el barrio de Estrecho sigue sin tener un museo, pese a que, para mí, en el interior
de aquel piso hay algo parecido a la esencia que preserva la sima de
Atapuerca.
Mi padre había nacido agricultor en una aldea de Tierra de Campos que
por aquel entonces todavía estaba anclada en la Edad Media, sin luz ni agua.
Estudió unos años en el seminario, más por eludir la tarea familiar que por
vocación mística, y allí aprendió una gramática firme. Partió a la guerra como
luego saldría la gente de los pueblos para hacer el servicio militar. Ya nunca
se le pasó por la cabeza regresar al oficio de agricultor, que fue el de sus
hermanos.
Mi madre había dejado su Santander natal cuando asesinaron a su padre
en la guerra. Mi abuela tuvo que repartir a los hijos entre familiares y marchar
a Madrid. En la capital montó una casa de huéspedes. Mi madre aceptó
acompañarla por amor de hija y su misión consistía en ayudarla de criadita, en
lugar de ir al colegio como habría sucedido de quedarse con sus tíos. En esa
casa de huéspedes se alojó mi padre, liberado de los rigores del combatiente y
convertido en emigrante dentro de su propio país. De allí salió mi madre a
casarse con él. Ella era rubia e inocente y él era canoso y con una experiencia
larga de guerra y calle. Cuando cumplió los veintidós, mi madre ya criaba tres
hijos y se ocupaba de la portería en el edificio donde vivían. Entonces
disfrutaban de lo que se llamaba una habitación con derecho a cocina. Mi
padre enlazaba varios trabajos precarios hasta que lograron trasladarse a un
piso en Estrecho y montar allí una casa de huéspedes que les permitiera salir
adelante.
Cuando yo nací la familia respiraba cierto desahogo. Mi hermano mayor
estudiaba Medicina y había logrado con su precocidad y su inteligencia
educar a mis padres. Especialmente mi padre ya no se quitaba tanto el
cinturón para arrearnos con fe en el único método educativo que conocía,
aquel de la letra con sangre entra y quien bien te quiere te hará llorar. Mi
madre conocía los beneficios de la leche, la dieta mediterránea, las tres piezas
de fruta diarias, pero además había desarrollado un estilo propio de
comprensión y cercanía para educar a sus hijos. Era una mujer tan buena que
los vecinos la llamaban señora Ingalls, que era la madre bondadosísima de la
serie La casa de la pradera, que hacía llorar a todo el país los domingos a
primera hora de la tarde en televisión.
El mayor rasgo de bondad que tendría que agradecerle a mi madre vino a
raíz de mi escolarización. En aquella época todos los niños entraban en el
ciclo formativo a través de lo que se llamaba Párvulos. Allí aprendían a leer y a escribir hasta alcanzar la hora de la educación primaria, entonces llamada
EGB, una educación obligatoria generalizada y básica. Yo oía a menudo los
cuentos del colegio al que iban mis hermanos cerca de casa. Una profesora le
había perforado el tímpano a un muchacho de un bofetón. Otra le había
desgarrado la oreja a un vecino nuestro por el sistema de levantarlo en
volandas agarrado tan solo por los lóbulos. Otros te pegaban en la mano con
reglas de madera y a uno de mis hermanos le trajeron un día cagado encima
porque la profesora no le había dejado salir a los servicios durante la clase.
Cuando yo estaba en sexto curso se dictó una ley gubernamental que prohibía
que los profesores pegaran a los alumnos. No era una demanda social, porque
en general los padres aceptaban que sus hijos volvieran del colegio
abofeteados. Es más, solían añadir un latiguillo muy común: algo habrás
hecho.
Con esos precedentes es fácil de entender por qué lloré a lágrima viva
cuando mi madre decidió llevarme al colegio de mis hermanos con la idea de
que comenzara Párvulos. Lloré tanto en aquel patio, cuando la profesora
tiraba de mi mano hacia las aulas, que mi madre me rescató.
—Mejor volvemos mañana —se excusó delante de la profesora.
Pero no volvimos al colegio en los siguientes tres años.
Se supone que para mi madre, después de toda la juventud consumida en
una casa llena de hijos y huéspedes, resultaba duro quedarse de golpe a solas
toda la jornada. Los huéspedes habían ido desapareciendo paulatinamente de
casa. Por cada hijo que nacía se eliminaba una cama de huésped. Mi madre
les daba de desayunar y les lavaba la ropa, y con algunos de ellos
establecieron amistad familiar y nos visitaban de tanto en tanto, cuando ya
eran padres de familia con casa propia. Mis hermanos mayores recuerdan que
un huésped era comercial de juguetería y cuando volvía el fin de semana a su
pueblo dejaba bajo la cama las dos maletas de material. Ellos abrían las
maletas y jugaban con extremo cuidado con los juguetes de muestra, que
luego volvían a dejar ordenados y bajo la cama con el ruego de mi madre.
—Mucho cuidado y no le rompáis nada.
Entre mis tres hermanos mayores y los cinco siguientes hubo una pausa de
seis años debida a problemas de salud de mi madre, que había estado a punto
de morir al dar a luz al segundo. La movilidad familiar en ese primer grupo se
había solventado con una moto con sidecar donde se acomodaban los cinco.
Pero cuando llegamos en riada los cinco siguientes y sumaron ocho hijos, mi
padre se vio forzado a comprar una furgoneta. El asiento trasero tenía un
respaldo que podía tumbarse. Se convertía así también en asiento, y los pequeños viajábamos con la mirada en dirección opuesta a la marcha y
nuestro respaldo eran las espaldas de los hermanos mayores. La comodidad
dependía de que nadie se moviera demasiado. El equipaje era el
imprescindible, pero si te caías a un charco o te manchabas al comer o
vomitabas por el mareo que causaba el puro barato de mi padre, mi madre
extraía milagrosamente ropa de recambio como si estuviera lista para
cualquier imprevisto.
El piso en el que vivíamos tenía un largo pasillo con habitaciones a los
lados. Entonces los pasillos eran las piezas más formidables de las casas. La
vida transcurría en pasillos. El museo que yo imaginaba levantar en mi casa
empezaría con ese pasillo. A la derecha, según entrabas de la calle, estaba lo
que llamábamos la habitación de estudiar. Era un lugar sagrado, destinado a
las estanterías de libros y el tocadiscos de los mayores. Tenía una lámpara de
techo cuya altura podía graduarse. En una ocasión en que tropecé en un
descampado y me hice un corte en la mano con un bote de cristal roto, mi
hermano médico me quitó los puntos uno a uno. Recuerdo que tiró de la
lámpara para ver con más detalle la herida y yo sudaba con la bombilla
pegada a mi frente. Él me hablaba de su oficio para calmar mis nervios y yo le
escuchaba como se escucha a los héroes.
—En medicina, lo fundamental es no matar al paciente que podría
sobrevivir a su enfermedad —me contaba.
En las paredes de esa habitación de estudio, mi madre colgó los enormes
dibujos al carboncillo de torsos humanos con que mi segundo hermano entró
en la carrera de Bellas Artes. En esa habitación, el tercero de mis hermanos,
Fernando, se reunía con amigos interesados en el cine, muchos de ellos
extraviados de sus provincias a los que había conocido en la facultad, aunque
pasaran más rato en los cineclubs y bares. Mi madre les daba refugio y a
veces la merienda. Cuando los oía subir por la escalera, ya en plena
conversación cultista en torno a Bresson y Eustache, corría a esconderme bajo
la mesa y, pasado un rato, me burlaba de ellos.
—Os creeréis muy listos…
Me echaban de allí a gritos y mi madre me rogaba que los dejara
tranquilos. Es cierto que el cuarto estaba reservado para estudiar y preparar
los exámenes, pero también albergó partidas de cartas, juegos de mesa,
rodajes, peleas. La música que escuchaban mis hermanos yo la aprendía de
memoria, las letras, las melodías, los sonidos de idiomas extraños. Chico
Buarque y Léo Ferré se mezclaban en mi cabeza con los Payasos de la Tele.
En la pared estaba colgado el único teléfono de la casa, por lo cual, si en plena adolescencia te llamaba una chica, tenías que hablar con ella mientras te
miraban los ojos irónicos y fieros del resto de los hermanos. Aunque el
teléfono sonaba poco por entonces, la mayoría de las veces eran clientes de
mi padre que tenían algún pedido que hacerle.
A ese cuarto le seguía el salón, donde el gran lujo era un sofá familiar
llegado cuando yo ya había nacido. Antes tan solo había sillas dispuestas
alrededor de la mesa central, que se elevaba y desplegaba en dos tableros por
un sistema asombroso de palanca. Alrededor de esa mesa comían y cenaban a
diario diez personas, pero estaba invitado cualquiera que se sumara, desde un
autoestopista que recogiera mi padre hasta cualquier amigo de paso.
La condición de clase media la alcanzamos cuando a ese sofá de escay se
le vino a añadir un televisor. Por entonces los programas se catalogaban por
censura con rombos. Un rombo significaba que la emisión no era
recomendable. Dos rombos, que era altamente peligrosa. Mis hermanos tenían
un truco para deslizar la imagen y que los dos rombos se transformaran en tan
solo uno por cada lado, lo cual despistaba a mis padres en su rigor vigilante.
Esa supervisión tenía razones morales, pues ambos eran muy religiosos, como
la autoridad del país. En la pared del salón colgaba un cuadro con la
bendición del papa Pablo VI a la familia que nos había traído un primo cura
desde el mismísimo Vaticano. A mi madre le maravillaba que estuviera
firmada por el Santo Padre exactamente un día después de mi nacimiento, por
lo cual, y esto era un milagro, yo también había quedado incluido en la
bendición general.
A continuación de ese pasillo venía el dormitorio matrimonial, que mi
padre una vez en que le enseñaba la casa a un amigo mío inglés describió
como «la fábrica». En ese museo imposible se habría mostrado mi cuna, al pie
de la cama de mis padres. Allí dormí yo durante años. La mayoría de los
niños no recuerdan su cuna. Yo sí, porque permanecí en ella incluso cuando
entre los barrotes de metal sobresalían mis pies, a la espera de que alguno de
mis hermanos mayores se fuera a vivir lejos de casa. Cuando se abrió hueco,
pasé a una cama compartida en el dormitorio del fondo, primero con dos
hermanos y luego, en los años de adolescencia, ya a solas con mi hermano
Jesús.
Al otro lado del pasillo, con ventanas a una trasera de tejados amplia y
luminosa, se alineaban un dormitorio para tres de mis hermanos, el cuartito
estrecho que habían sacado para que mi hermana tuviera privacidad, la cocina
y el único baño de la casa. En un alarde estratégico, diez personas compartían
el uso sin grandes conflictos. Lo primero que escuchaba por la mañana, desde la cama, era encenderse la radio en el baño. El transistor, lo llamaba mi padre,
que desgranaba las primeras noticias del día en ronda de corresponsales y la
cascada de siglas y declaraciones políticas en un tiempo de excitación como
fueron las primeras votaciones de la Transición. Mis hermanos recuerdan que
yo repetía una consigna que me resultaba agradable por su sonoridad:
—Vota Euskadiko Ezkerra.
Mis padres se duchaban bien temprano para despejar el baño antes de que
irrumpiera la algarabía de los hijos camino del colegio. En el momento en que
comenzabas a ducharte, era habitual que mi padre aporreara la puerta. A
menudo porque le entraban las prisas por aliviar su estreñimiento perpetuo,
pero siempre para recordarte que no gastaras demasiada agua.
Desayunábamos en la cocina, alineados frente a la encimera, y yo para
alcanzar me subía de pie en un bote familiar de Cola Cao. Comía tan mal y
con tal desgana que mi madre me preparaba una yema de huevo con azúcar
para que añadiera proteína a mi organismo. Bebíamos una leche concentrada
que se diluía en agua. La publicidad de la marca decía: «Tomando leche
Collantes los chicos se hacen gigantes». Como yo rehuía la leche, mi madre
me daba un vaso pequeñito sin diluir en agua. Los que me conocen de
entonces recuerdan que aún con doce años mi madre me daba de comer como
si fuera manco, tan solo para que acabara el plato, algo que entonces era una
obligación moral. «Piensa en todos los niños que pasan hambre», te repetían
incansables los adultos.
Siempre he considerado fascinante el modo en que nuestra cabeza
acumula basura neuronal. Ese conjunto de desperdicios y conocimientos
aleatorios que no controlas. La razón por la cual eres capaz de recordar una
canción de Karina o la sintonía de un partido político de hace treinta años, y
sin embargo no logras completar los versos de Machado o la cita exacta de
Hamlet. La basura neuronal forma parte de nosotros como un acompañante
ocioso, no elegido ni acordado, sin una jerarquía de valor. He percibido que
cuando la gente mayor enferma de la memoria, esa basura se adueña de su
cabeza. Ya no hay resistencia posible. Podemos cantar el anuncio de Cola
Cao pero no recordar el nombre de nuestros hijos. Hasta ese punto resultan
fundamentales las exposiciones al mundo, que, como si fueran marcas solares,
dejan huella en nuestra piel.