Ganarse la vida

David Trueba · Capítulo 5 de 5

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Ganarse la vida

Capítulo 5

5

 

De una manera misteriosa, varias de las pequeñas historias que escribiría en

aquellos años se acabarían reubicando en Abierto toda la noche. La novela

fue el resultado de hermanar personajes que habían surgido azarosamente.

Escribí un cuento en el que un adolescente se masturba en el baño de su casa

con una revista porno que esconde detrás de la lavadora. Una tarde sucede

algo inesperado. La chica desnuda sale de la revista y cobra vida. No era nada

demasiado original, pero cuando me deshice del elemento fantástico cobró

forma como peripecia de uno de los hermanos Belitre, que iban a ser los

protagonistas de Abierto toda la noche.

Nunca ha dejado de sorprenderme la fluidez con que se enlazan las

aficiones juveniles con el oficio de los adultos. En mi caso, esa continuidad

hace que me resulte imposible trazar una raya entre mi vida de fantasías de

escritor y la profesión luego desempeñada. No encuentro ese instante

significativo en el que el pasatiempo de escribir y rodar de adolescente se

transformara en la vida profesional de alguien maduro. Sucedió en

continuidad perfecta. A veces hablo con alumnos en los institutos y les

prevengo sobre ello. Antes de que repares en la evolución, pasarás de estar

sentado en el pupitre a ser el invitado que habla a los alumnos. Antes de que

te lo aciertes a explicar, serás tú, para los más jóvenes, el hombre de las

cavernas en vías de extinción.

Se me escapa lo fundamental de esa transición. Siempre tuve claro que

hacer las cosas era mejor que dejarlas sin hacer. Cuando los cortos con

amigos se pusieron imposibles, nadie quería ya interpretar mis guiones más

largos y alambicados, yo mismo me di cuenta de que había que dar un salto

adelante. Escribía mientras leía y la distancia entre hacerlo bien y como yo lo

hacía no se volvía más corta y asequible, sino más lejana e inalcanzable. El

juego estaba terminando, me temo.

Sospecho que escribir se convirtió para mí en una manera decente de ser

invisible y enfrentarse a la vida al mismo tiempo. Estudié la carrera de

Periodismo porque me ofrecía una cercanía práctica con mi vocación. Quería ser escritor y podría llegar a ganarme la vida escribiendo en los periódicos.

Para mí algunos periodistas eran los mejores escritores en mi lengua y

algunos de mis ídolos norteamericanos, George S. Kaufman, Ring Lardner,

Dorothy Parker, Robert Benchley, S. J. Perelman, habían saltado con

naturalidad de la prensa al cine y a la literatura. No parecía tan inverosímil

moverse en el filo de esas profesiones. Lo más importante era aprender a

hacer dobladillos, a manejar el pedal de la Singer y guiar la aguja de coser por

la línea de costura. Si mi madre había sido capaz de ser creativa con todo en

contra, con qué cara podía rendirme yo.

Igual que como espectador no hacía distinciones entre los diversos medios

por los cuales te podían contar una historia, tampoco iba a hacerlas en mi

desempeño profesional. Sin ninguna planificación, traté de convencerme de

que las cosas que escribiera o filmara tendrían que significar algo parecido a

lo que significan las fotos de un álbum familiar. Puede que tú ya no seas el

que eras con doce o con quince años, que te burles del peinado, la ropa, la

pinta, pero has de reconocerte en cada estación, saber que no habrías llegado a

ser nunca el que eres de no haber pasado antes por allí.

Hay una entrevista con Truffaut en la que sostiene que es estúpido dividir

las películas entre buenas y malas, lo que las diferencia es si se corresponden

con la verdad o con la mentira. Como muchas ideas de Truffaut, puede que

sea retórica y hasta equivocada, pero uno necesita esos impulsos cuando está

perdido en un mar de intuiciones contradictorias. Truffaut tenía una

personalidad irradiadora, es de esa gente que uno escucha y lee porque

transmite pasión por lo que hace y además exhibe capacidades pedagógicas.

Una de las cosas que sostenía siempre es que la primera señal de un artista ha

de ser la insumisión, para empezar al servicio militar, y posteriormente a toda

autoridad.

Pese a lo que muchas personas tienden a pensar, existen muchos artistas

sumisos por más que presuman de libres. Asumir el papelón del artista ya es a

veces una impostura que te esclaviza. Fue justo en mis inicios profesionales

cuando me abrió los ojos una consulta con la Agencia Tributaria. El día en

que fui a darme de alta como guionista de cine para pagar mis impuestos,

pues ya tenía un par de encargos, los funcionarios me pasaban de una

ventanilla a otra sin acabar de encontrar el epígrafe de actividad económica

que me correspondía. Después de consultar con varios, uno de ellos solicitó la

presencia del supervisor. Fue él quien me dio la respuesta. Mi epígrafe

profesional era el mismo que se reserva para los alfareros y artesanos. Nunca

jamás he dejado de darle las gracias por abrirme los ojos tan temprano.

Creo que fue el actor Jean-Paul Belmondo quien enunció uno de los

mayores peligros del éxito, el de convertirte en esclavo de él. Hay perros que

guían a sus amos, y en muchas carreras se percibe esa degradada sumisión al

prestigio propio, al gusto ajeno, a la moda del momento, al encanto del

dinero. Pese a que los políticos suelen llevarse la crítica generalizada, es fácil

observar en el arte y en cualquier disciplina profesional a los populistas, a los

oportunistas, a los manipuladores. Toda exposición pública te perturba

necesariamente, y la resistencia se convierte en la más complicada de las

actitudes. Por eso el alfarero es un ejemplo, pues, tras hacer una pieza, su

única misión es ponerse manos a la obra con la siguiente.

El rito de paso entre escribir para ti mismo y publicar es comparable a

saltar entre dos azoteas de edificios distintos. Suele abrumar la

responsabilidad. Recuerdo que terminé de escribir mi primera novela y la

guardé en una carpeta, de la que tardaría varios años en volver a sacarla. Ya

no se trataba de un juego privado, sino que iba a exponerme ante los lectores.

Ese limbo entre la profesionalización y la irresponsabilidad es una de las

fricciones mágicas del oficio. Sucede también con la fricción entre el negocio

y la expresión personal. Has de aprender a convivir en ese espacio

problemático. Son las necesarias rozaduras de dos piedras que incendian el

territorio de la creación. El fuego nunca es un accidente, requiere de dos

elementos en disposición. Nadie enciende una cerilla contra el agua.

Mi persistencia en vivir del cuento no es fruto de una valentía inusitada.

Puede que hasta sea todo lo contrario. Que todo responda al mayor de los

acomodos, al más enorme de los egoísmos, a la más persistente soledad. Ser

fiel al chico que escribía en casa, a la configuración ideal de ese paraíso en el

que tu afición y tu vocación se convierten en tu oficio. Y resistir a los gritos,

esas primeras críticas brutales.

—¡Deja ya de teclear!

—¡Déjanos dormir en paz!

—¡Estás listo si crees que el cine te va a dar de comer!

Todo lo que ha intentado sacarme de ahí me ha resultado amenazante, y

mi única pelea ha consistido en seguir erguido para cantar como el pájaro en

la jaula, convencido de que la satisfacción es una vulgaridad pero la alegría lo

único innegociable en la vida. Intento no caer en la petulancia ni en el

purismo de quien cree que su manera de enfocar el oficio es la única decente

o inteligente. Si algo aprendes bien rápido es que cada cual es dueño y

responsable de su territorio, de su campo de labranza, que se suma a la

enorme tierra de campos en la que todos tratamos de sobrevivir. Yo tan solo renuevo el pacto irrompible con aquel niño absurdo que escribía para

prolongar una intimidad, una conciencia, un refugio de vida. El mundo es un

orfanato, escribió Marianne Moore en otro de sus versos magistrales. Cada

cual busca su nido, su refugio, su hogar, ese lugar de último resguardo que,

como dijo Ambrose Bierce, permanece abierto toda la noche. Una

observación, por cierto, que dio título a mi primera novela, publicada ahora

hace exactamente veinticinco años.

Terminaste Ganarse la vida

David Trueba

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