Ganarse la vida

David Trueba · Capítulo 3 de 5

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Ganarse la vida

Capítulo 3

3

 

Aprendí a mentir una mañana. Aún no iba al colegio y mi padre en sus días

libres me llevaba de excursión. Varias veces fuimos a pescar truchas a Lugo

porque el primer destino médico de mi hermano fue una aldea llamada Navia

de Suarna. En una de esas escapadas, me llevó a la casa de la sierra, la

infravivienda en la que levantaba sus chapuzas de ladrillo y cemento y donde

finalmente instaló un gallinero. Yo me distraía en mis juegos cuando le vi

llevarse dos tejadillos de uralita apilados en una obra cercana. Poco después

llegaron los obreros y me preguntaron si había visto a alguien llevarse las

uralitas que faltaban. Les dije que sí, que se las había llevado mi padre. Luego

me pidieron que les señalara cuál era mi casa. Así lo hice. Al rato, mi padre se

burlaba de mí delante de amigos y vecinos.

—¿No va el niño y les dice que he sido yo el que ha robado las uralitas?

Desde luego…

Mentir se convirtió pues en una obligación para sobrevivir en el mundo de

los adultos.

Leí un libro de travesuras escolares de Rudyard Kipling y me encontré

reflejado en la resistencia a la institución represora en la que los chicos

aprenden por sí mismos a ser libres. Había algo en la indisciplina y la

búsqueda del propio destino que me contagiaba de la pasión por escribir. Mis

primeros cuentos infantiles fueron burdas imitaciones de series de televisión

de gran éxito como Raíces, El aventurero Simplicissimus, Mazinger Z o

clásicos como Rebelión a bordo, La isla del tesoro o Ivanhoe. La

imaginación, como la de cualquier niño, me llevaba a escribir sobre viajes

espaciales o aventuras en la Luna. Al fin y al cabo yo nací veinte días después

de que el hombre pisara la Luna por primera vez. Supongo que eso crea

carácter.

Sin embargo, cuando tenía nueve años todo aquel mundo de fantasía y

emociones imaginarias se vino abajo con un golpe de realidad. Mi hermano

mayor, que trabajaba de cirujano médico en un hospital de Nueva York,

murió de muerte súbita mientras dormía. Tenía veintisiete años y dos hijas pequeñas que vivían con él y su mujer en Connecticut. Ellas regresaron a

Madrid y de una manera brutal se cerraron nuestras ventanas al mundo, que

mi hermano representaba con sus frecuentes vuelos transoceánicos, sus libros

y regalos traídos de los Estados Unidos y la promesa de que si estudiabas

duro podrías llegar tan lejos como te propusieras. Entonces llegar lejos, como

lo es ahora, consistía en llegar a Norteamérica.

Las ventanas de casa se cerraron literalmente, porque mi recuerdo

principal de aquellos días era llegar por la calle y ver las persianas de nuestro

piso bajadas. Mi madre lloraba sentada en un sofá del salón y mi padre recibía

a las visitas en la penumbra del pasillo con los ojos inyectados en sangre. Las

flores de geranio de las ventanas sobrevivieron porque una mano milagrosa

nunca dejó de regar los tiestos pese al desconsuelo. Fue entonces una suerte

que el colegio continuara con su rutina y que uno de mis profesores nos

pidiera breves cuentos para leer en clase. Entonces descubrí el poder sanador

de lo humorístico. Si lo que escribía hacía reír a mis compañeros, significaba

que podría reproducir la maravillosa sensación ahora perdida de hacer reír a

mis padres y a mis hermanos en casa con algunas de mis historias.

Los adultos no están capacitados como los niños para entender que las

experiencias dolorosas se funden con las experiencias placenteras y crean un

magma similar a la placenta materna. Durante aquel verano, en la casa de la

sierra donde pasábamos los tres meses de vacaciones, mi padre no quería que

fuéramos al baile ni saliéramos por la noche con los amigos. Mi madre le rogó

un día que nos dejara salir a divertirnos. No fue una discusión, fue la

evidencia de que a los niños nadie puede condenarlos a vivir con respeto por

el dolor. Esa era la sencilla manera que tenía mi madre de educarnos, a la vez

que se educaba a sí misma. Cuando fui padre le pregunté un día si tenía algún

consejo para cumplir decentemente con la crianza de un hijo, ella, que había

criado a tantos.

—Hagas lo que hagas te equivocarás —me dijo con una sonrisa

compasiva.

La tristeza se fue concentrando en recuerdos sobrevenidos, en visitas que

volvían a hacer llorar a mis padres y en el enorme agujero que quedó en todos

nosotros de por vida. El hermano mayor fue una irreemplazable institución

familiar cuyo monumento nos abrumaba pero también nos exigía. Era una

mirada por encima de tu cabeza, representada en algunas fotos esparcidas por

la casa. Creó una necesidad imperiosa de sentirnos juntos, en sólida

disposición de echarnos una mano los unos a los otros. Todo eso y un rezo de padrenuestro en cada comida y cena, con el que cumplíamos por respeto a mis

padres.

Esas Navidades, la habitual fantasía maravillosa de los Reyes Magos se

transformó en un trámite penoso. Mi madre nos llevó a los dos pequeños a

una juguetería del barrio y nos pidió que eligiéramos lo que queríamos. Me

desligué entonces de todos aquellos que abominan de la Navidad, esos plastas

anuales tan aguafiestas. La vida te concede pocas oportunidades para la

magia, y que esa magia comparta intereses con el consumismo no significa

que sea algo reprobable. Los humanos necesitamos un espacio para la ilusión,

si no, la vida sería insoportable.

Al crecer se abre la gran ventana de la vida autónoma. En mi caso, con

cumplir en las notas y especialmente en las calificaciones de comportamiento

mi padre se daba por satisfecho. Ni él ni mi madre sabían con certeza a qué

curso iba, pues los planes de estudio habían cambiado con respecto a los de

mis hermanos mayores y no se aclaraban demasiado. Yo les evitaba las

reuniones personales con mis profesores por el método saludable de no

portarme mal. Y la única vez en que mi madre tuvo que personarse a ver al

jefe de estudios salesiano fue cuando unos mayores escupieron regaliz

masticado en mi pelo rubio y liso a la salida de mediodía. Aún recuerdo el

estupor de mi madre cuando el sacerdote le explicó que eso eran travesuras

inocentes. Aquellos chicos eran sus efebos protegidos y eso ella no lo

alcanzaba a entender.

Mi independencia se multiplicó gracias al cine. El Cinestudio Griffith,

donde trabajaba mi cuñada Cristina de gerente, se trasladó en enero de 1982

desde la lejana plaza de San Pol de Mar, en la ribera del Manzanares, al viejo

local del Alvi en la calle Santa Engracia 132. Era la parte noble de mi barrio,

lo que llamaban Chamberí. Si eras un chico que vivía en Estrecho, el centro

para ti no era la plaza de España y Callao, sino la glorieta de Cuatro Caminos.

La calle Bravo Murillo dividía al barrio burgués del proletario como en otras

ciudades hace el río. Yo tenía doce años y ese cine pasó a ser mi segundo

colegio. Allí conocía a la taquillera, al proyeccionista, al que cortaba la

entrada, al de la librería y a los del bar. Incluso conocía al erudito acodado a

la barra, que era el padre de mi cuñada Cristina, el dibujante Manolo Huete.

Por las tardes, al salir del colegio, entraba a ver las películas que se exhibían

siempre en programa doble y sesión continua.

A mis padres les resultaba indiferente que al salir de clase yo me fuera allí

o a la biblioteca Ruiz Egea, que estaba tan cerca. Volvía a casa a las nueve o

las diez y cumplía con la única obligación de un hijo, que es no dar el coñazo a sus padres y responder a su confianza con responsabilidad. Mi casa era el

último refugio, abierto las veinticuatro horas del día, pero en la calle

encontraba eso que llamamos la plenitud. El único observatorio decente del

mundo es la calle. Uno de los rasgos más tristes de nuestra época consiste en

percibir que los niños han perdido la calle y que los analistas escriben desde

despachos elevados para dar la razón a las estadísticas.

En el Cinestudio Griffith mis hermanos medianos entraron a trabajar en el

bar y plegaban los carteles mensuales para enviarlos por correo a los

suscriptores. Ellos me presentaron a un tipo de su edad, asiduo al cine, que iba

con botas vaqueras y una cazadora en la que había escrito con boli en la

espalda el nombre de John Ford. Se llamaba Juan y le conocíamos como Juan

Ford. Me hice amigo suyo de inmediato, aunque me sacara cuatro años. Mi

amigo Juan odiaba el esnobismo trascendente del cine intelectual, entonces

personificado en la cola del cine Alphaville. Nosotros reivindicábamos a John

Wayne y a Robert Mitchum.

Junto a Juan Ford, en esa edad de transición antes de entrar en la

universidad y tras escapar de los religiosos a un instituto público, llegábamos

a ver hasta seis películas un sábado. Arrancábamos en las sesiones matinales

y, a saltos de autobús y carreras por la calle, llegábamos a un centro cultural,

un cinestudio o un pútrido cine de barrio lleno de pajilleros a tiempo de ver la

película elegida. El gusto por el cine nacía de manera espontánea gracias a la

calidad de las películas que se emitían en la televisión, con ciclos magistrales

para todas las audiencias. Un viernes por la noche, en La clave de Balbín,

antes de sus debates brumosos entre el humo de los cigarrillos de los

contertulios y la pipa del presentador, descubrí El cochecito de Marco Ferreri

y me conmocionó.

Algunas películas me provocaban un estado febril. Gracias a la sesión

continua del Griffith podía verlas dos veces en la misma tarde, con esa

urgencia por comprobar si eran tan magníficas como me habían parecido. Ver

una película dos o tres veces consecutivamente te cura de la inercia de seguir

la trama y te adentra en los detalles fundamentales. Cuando veías dos veces

consecutivas Grupo salvaje, ya no te impresionaba la matanza final, sino que

te envolvía la melancolía que intuías tras la amistad desgarrada de los

protagonistas, William Holden y Robert Ryan.

Mi juventud coincidió con la edad de oro de la televisión. Muchos

programas tenían una calidad que ya es inalcanzable, y las series tanto

infantiles como para adultos destilaban talento. Incluso en el colegio

proyectaban buenas películas para alternar con los éxitos tan solicitados de Bud Spencer. Una tarde, entre las bromas de los chicos de clase en las escenas

de cama, descubrí Chinatown. También nos llevaba mi madre a sesiones

matinales gratuitas los domingos en las que en el descanso se sorteaba una

enciclopedia por fascículos. Y en el colegio de mi hermana disfrutaba con

nosotros de la gracia radiante de una película como Luna de papel. Era fácil

entonces que un chaval se enfrentara sin aviso a la obra maestra, a la calidad,

al talento. No había esa obsesión de hoy por proteger a los chicos de lo

desconocido, de lo que no podrán entender. La cultura asomaba en los medios

de masas sin ser descartada por compleja o inescrutable, pues aún no se había

empezado a usar la democracia para anular la democracia.

El trono de mi nuevo país paralelo lo ocupaba Buster Keaton. Más que

reír a carcajadas, Keaton te hacía soñar en una risa ingrávida y melancólica.

Su talento es poético. No ha habido nadie que ejemplifique una postura frente

al mundo tan grata. Su honestidad y su fragilidad fueron la mejor lección de

ética. Los profesores deberían usar a Keaton para enseñar a comportarse en la

vida. Keaton es Kant.

Mi afición al cine vivía un episodio mensual algo descorazonador.

Cuando llegaba el momento de renovar el abono para la Filmoteca, lo habitual

era pedirle el dinero a mi padre y que estallara en gritos y burlas.

—¿Dinero para el cine? Estás tú listo si te crees que el cine te va a dar de

comer. Déjate de tonterías.

Era absurda su terquedad. No solo porque mi madre aparecía con

discreción por detrás y me daba el dinero que necesitaba. También porque mi

hermano ya entonces se ganaba la vida con el cine, o al menos le daba de

comer. Pero para cualquier padre las pretensiones artísticas de un hijo son

siempre una fuente de preocupación. Ganarse la vida es una expresión

afortunadísima que por desgracia suele contener un valor meramente

pecuniario, material. Ganarse la vida tendría que ser la aspiración mayor de

una persona, pero ganársela en el sentido de honrarla, de estar a la altura del

regalo.

No debía de ser fácil para mi padre asumir que la dedicación a las artes

fuera un recurso útil para los suyos. Un hijo médico era una nota afinada en el

concierto de sus prejuicios. Pero uno cineasta y otro escultor complicaban la

partitura. Esa inseguridad laboral, la inestabilidad de ingresos y las

oscilaciones de la reputación eran cuestiones complicadas de digerir. La

mejor expresión de la incertidumbre la vivíamos con las esculturas de mi

hermano Máximo. Labraba unas piedras enormes de la cantera de Calatorao y

había alquilado un estudio cerca de nuestra casa, en la plaza de la Remonta. Así podía recurrir a nosotros para que le ayudáramos a dar la vuelta a las

piezas cuando había terminado de pulir una cara. El arte, ya lo percibí

entonces, era una cuestión de fuerza física y precisaba del mismo ingenio

imaginar una pieza a partir de un bloque de granito que planear cómo

desplazarla sobre rodillos de madera hasta la camioneta que esperaba para

llevarla a alguna exposición de la que regresaría sin venderse.

Mis hermanos mayores fueron una especie de universidad paralela. Te

orientaban sobre libros, música y cine. Te abrían los ojos a pintores,

escultores y filósofos. No se guardaban nada para sí. Con mi amigo Juan Ford

frecuentaba la Cuesta de Moyano y comprábamos las novelas ya

descatalogadas de Ben Hecht o Gonzalo Suárez o Borden Chase, aunque ya

tuviéramos varios ejemplares, sencillamente para que no las leyeran otros,

para apropiarnos de ellos. Mi hermano Fernando practicaba la actitud

contraria. Se sentía en la obligación de compartir con el mundo cualquier cosa

que le hacía disfrutar. Hasta me grabó una cinta de VHS con sus escenas de

porno favoritas. Para que mis padres no sospecharan al verla en la estantería

de mi habitación, la rotulamos en el lomo como Claves de razón práctica.

Siempre pensé que mi hermano moriría arruinado de tanto como daba. Yo soy

más de la escuela espartana de mi padre. Fernando es más de la escuela de mi

madre, consistente en ser generoso como manera de asistir al mundo. Yo soy

un agricultor de la Tierra de Campos. Labro mi pedazo de terruño, vivo de mi

cosecha, no me meto en la vida de nadie.

Cuando tenía catorce años, mi padre se sentó una noche a solas conmigo

en el salón a esperar a que llegaran los demás para cenar. No aprovechamos

para tener una conversación privada, eso no se estilaba en casa. En la tele

daban Belle de jour, y mi padre se incomodó ante la peripecia de una

burguesa bellísima que sueña que la flagelan atada a un árbol mientras los

cocheros le lanzan alquitrán a la melena rubia y el torso desnudo. Al instante,

indignado por la perversidad de la mirada de Buñuel, mi padre se levantó y

apagó la tele.

—Tú no puedes ver estas guarrerías.

—Pero, papá, si solo tiene un rombo. Mira.

—Me da igual, es una guarrada.

—Pues que sepas que ya la he visto tres veces en el cine, es de Buñuel.

—¡A partir de ahora voy a vigilar yo las películas que ves!

Pese a la amenaza, mi padre carecía de tiempo para vigilar las

inclinaciones de sus hijos. En esa época se crecía libre.