Guardia estelar

Andre Norton · Capítulo 4 de 19

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Guardia estelar

Capítulo III - Marcha adelante

CAPÍTULO III

MARCHA ADELANTE

 

Los Archs que hacía tiempo se encontraban en Fronn empezaron a comprender, pero Sim, al parecer, no. Mientras miraba a Bógate en espera de instrucciones, Hansu se abrió paso a fuerza de codazos hasta llegar al centro del círculo. Tras él venía otro hombre mucho más joven, pero con el mismo talante de consciente autoridad.

—Ya le ha oído usted —dijo Hansu dirigiéndose a Sim—. Ha elegido la maza. Y el duelo se celebrará aquí y ahora mismo. Queremos que esto quede liquidado antes de partir.

Sim seguía aún aturdido, y al observarle, Kana empezó a concebir esperanzas. Las espadas con botón… Un hombre podía ser herido e incluso muerto cuando se enfrentaba con un maestro en tal arma. Pero armado con una de aquellas porras hechas de madera ponzoñosa que dejaban dolorosas marcas sobre la carne humana, las porras que usaban a manera de látigo los hombres de las caravanas fronnianas para someter a los recalcitrantes gueris, podía tener alguna oportunidad, y quizás más de una.

Kana soltó la correa de su casco y encontró la mano de Mic dispuesta a recibir éste cuando el joven se lo quitó. En cuanto a Rey, se apresuró a ayudarle a soltar también las correas cruzadas sobre su pecho.

—¿Sabes lo que estás haciendo, compañero? —le preguntó éste último en voz baja mientras se desabrochaba la guerrera.

—Me parece que lo sé mejor que lo sabe Sim —contestó Kana, quitándose la camisa.

Su primera chispa de esperanza estaba creciendo y se tornaba una firme confianza en sí mismo. Sim continuaba confuso y la sonrisa de Bógate había desaparecido de su feo rostro. Los jóvenes que seguían a Hansu no estaban ya allí. Pero Kana, antes de tener tiempo de estremecerse de frío en la habitación sin calefacción, volvió al lugar del duelo llevando en sus enguantadas manos dos de las brillantes porras color escarlata. Al ver lo que llevaba, los que conocían Fronn le dejaron amplio paso.

Kana arrojó al suelo un guantelete y puso sobre él las dos porras. Ambas tenían el mismo peso y la misma longitud de mango. Luego cogió la más cercana a él. Y mientras el círculo de espectadores se ensanchaba para dejarles sitio, el recluta creyó ver que el estropeado rostro de Sim denotaba ahora cierta inquietud.

Ambos contendientes quedaron en guardia, cogiendo las porras como si fueran las para ellos más familiares y pesadas espadas. Pero mientras que un duelista debía temer sólo la bola de la espada, aquí, por el contrario, el más ligero golpe significaba dolor. Las botas de ambos contendientes produjeron un ligero rumor cuando ellos dieron la vuelta lentamente al tiempo que sus porras se encontraban en el aire y daban secos golpes.

Kana, después del tercer paso, supo que se enfrentaba con un maestro de la espada, pero sospechó al mismo tiempo que la relativa ligereza de la extraña arma que era la maza molestaba a Sim y que éste no estaba seguro de sí mismo ni se daba cuenta de lo que podía hacer con la porra que esgrimía.

Con un solo golpe se podía poner fin al duelo. Kana se preguntó si Sim sabía esto. Un golpe dado en los músculos del brazo podía producir tanto dolor que el miembro quedara inútil durante varios minutos. El joven se concentró para producir este efecto y todo su mundo se redujo al bastón que esgrimía y al cuerpo titubeante que tenía ante él. Sim había abandonado toda idea de ataque y parecía prepararse para una acción semidefensiva, satisfecho, al parecer, con dejar a Kana la iniciativa, aunque en realidad desplegaba más agudeza de la que Kana le había atribuido al principio.

Sin haber perdido nada de su confianza en sí mismo, pero muy aparatosamente, Kana dio otra vuelta… sin dejar de emplear los tradicionales ataques y paradas dignos de un principiante. Sim debía quedar convencido de que se enfrentaba con un novicio.

Algo le golpeó en las costillas, abrasándole la carne. El golpe le produjo un dolor de agonía casi tan insoportable como una quemadura. Kana apretó los dientes mientras su contrincante, animado por el éxito, cambiaba su defensa por un ataque que el recluta encontró difícil de resistir. Se vio obligado a retroceder, cosa que hizo de buena gana, ya que tenía en la mente un solo pensamiento: llegar a cierto punto del musculoso brazo que tenía ante él.

La maza de Sim hizo blanco de nuevo en la parte superior de la mandíbula de Kana. El joven, aturdido, sacudió la cabeza. Pero un salto hacia atrás le proporcionó un momento de respiro para poder rehacerse. Aquella brusca retirada debió de producir a Sim la impresión de que el nervio del joven estaba decayendo, ya que se lanzó a fondo, asestando un remolino de golpes. De este modo llegó el momento que Kana esperaba, y su maza trazó una torturante línea en el brazo con que Sim sostenía la porra, una línea justamente por debajo del hombro. Y, menos preparado que Kana, el hombre de más edad gritó, se llevó la otra mano al rojo verdugón y dejó caer su maza, que rodó por el suelo y llegó hasta la bota de Kana. El recluta levantó entonces su maza, haciendo el saludo que exigía el reglamento.

—¿Satisfecho? —preguntó.

Era la pregunta tradicional.

Sim no podía hablar a causa del dolor, por lo que se limitó a afirmar con la cabeza. El odio que brillaba en sus pequeños ojos luchaba contra la intensidad del dolor que sentía. Desde el momento en que no podía seguir sosteniendo el arma, tenía que rendirse, pero estaba lejos de sentirse satisfecho.

Kana observó que los que les rodeaban charlaban vivamente entre sí. Algunos trozos de aquellas conversaciones llegaron hasta sus oídos, informándole de que aquellos expertos discutían su hazaña considerándola desde todos los puntos posibles. El joven arrojó su maza al suelo y se llevó luego la mano a la quemadura de su mandíbula.

—¡No se toque usted eso, loco! —saltó una voz con acento autoritario.

El joven que había suministrado las mazas empezó a untar delicadamente el verdugón de Kana con una grasa amarilla. Mientras la grasa se extendía sobre su enrojecida piel, Kana notó que algo frío apaciguaba el ardor. El joven permaneció inmóvil con la mayor paciencia cuando acto seguido le curaron también el golpe del costado. Luego se puso la camisa que Mic le trajo.

—¡Perfectamente, perfectamente! —exclamó Hansu con voz profunda que dominó todas las conversaciones—. El espectáculo ha terminado.

Pero mientras los otros se iban a formar cola de nuevo, el espadachín quedó entre Kana y Sim, mirándoles a ambos con ojos tan fríos como el acero.

—¡Una multa por el importe de la paga de tres días por pelearse en el cuartel! — les anunció—. ¡Y si alguno de ustedes tiene intención de repetir esto, se las entenderá conmigo!

Kana, que no había podido abrocharse sus orejeras a causa de lo de la mandíbula, dio de buena gana su promesa de mantener la paz. En cuanto a Sim, lanzó una especie de gruñido que fue también aceptado.

—Usted, Lozt, vaya con Daw —dijo Hansu señalando con un dedo el final de la cola.

Sim, sosteniéndose con el otro brazo el dañado, obedeció, pasando ante Bógate para ocupar el sitio que le habían indicado junta a un veterano peludo y de piel oscura.

Kana, por su parte, permaneció inmóvil.

—Yo me quedo con éste —dijo el veterano más joven.

Kana tuvo la sensación de que esto había sido decidido entre sus dos superiores, y aunque aún no le habían informado de quién iba a ser su compañero, el joven siguió al veterano joven.

—Mills y Karr —dijo Hansu presentándoles en el registro como miembros del grupo que él mandaba.

«Mills»… El nombre le sonó al joven extrañamente familiar. Kana fue en busca de su mochila mientras intentaba recordar en dónde había oído aquel nombre. Por el camino se encontró a un Mic muy excitado y a un Rey igualmente aturdido.

—Déjame que te toque —le dijo Mic a guisa de saludo—. Quizás me alcance algo de tu suerte. ¡Estoy seguro de que sabré aprovecharla!

—¡Pareces haber nacido con una espada en la mano y una estrella en la frente! — añadió Rey—. ¿Cómo te las has arreglado para tener por compañero a Deke Mills, novato?

¡Deke Mills! De nuevo le sonó el nombre a algo conocido, pero seguía sin recordar.

—¡Por las espadas de la Tierra! —exclamó Mic, cuyos ojos y boca formaban círculos de admiración—. ¡No creo que te des cuenta de lo que te ha sucedido! Alguien debía de enseñar a los novatos todos los secretos de la vida antes de soltarles en el cruel y frío mundo. Mills, chico, es una estrella-doble-estrella. Se parece a Hansu en lo de almacenar honores. ¡Diablos, podría elegir a quien quisiera como compañero en toda la Horda! Habría podido ser compañero de Hansu, si Yorke no se hubiera empeñado en que Trig mandara un grupo.

Kana tragó saliva.

—Pero… ¿por qué? —preguntó, con la boca súbitamente seca.

—No es por tus bonitos ojos, desde luego —contestó Mic—. Él estaba desaparejado, y también lo estabas tú. La norma de Yorke es emparejar a un veterano con un novato cuando llega el último momento. Has tenido suerte al estar en el sitio apropiado en el momento apropiado. Una suerte como para llevarte el regalo.

—A mí me hubiera gustado más quedarme con vosotros —murmuró Kana.

Lo decía de veras. Emparejar con un notable como Deke Mills era lo último que hubiera deseado. Lo haría todo mal, y sus equivocaciones parecerían mayores al lado de su compañero. En aquel momento casi hubiese deseado haberse marchado con Sim.

—Levanta el ánimo —exclamó Mic sonriendo—. Nosotros estamos en el mismo grupo. Y Mills es uno de los ayudantes de Hansu… Quizás no le veas muy a menudo.

—Lo mejor es que te vayas —advirtió Rey—. Ahí tienes a Mills junto a la puerta. No le hagas esperar.

Kana recogió su mochila. Su cabeza le producía un intenso dolor cada vez que la movía. Sí, el joven veterano se hallaba junto a la puerta hablando con un grupo de combatientes. Kana se apresuró. Empezaba a arrepentirse de no haber utilizado su derecho a rechazar aquel emparejamiento.

Era cerca de medianoche, la hora de embarcar, cuando se reunió a Mills. En el exterior se veían rayos de una sombría luz azulenca que resultaba débil y escasa para los ojos terrestres. Kana comprendió que en lugar de permanecer en el maloliente establo para pasar la noche, los combatientes iban a salir de la ciudad para dirigirse al campamento establecido por los primeros que habían llegado.

La calle estaba toscamente adoquinada y a lo largo de ella veíase una línea de luz: carros de dos ruedas. Cada uno de estos carros iba tirado por un gu —la mayoría de ellos de mal humor y a regañadientes— y garantizaban sitio de sobras para el equipaje de los soldados extranjeros. Cuando Kana, siguiendo el ejemplo de Mills, fue a dejar su mochila en el primer carro, pasó cerca del primer fronniano que veía en carne y hueso.

Se trataba de un Llor, o sea que pertenecía a la raza dominante en el continente del planeta. Humanoide en su apariencia general, el nativo tendría sus buenos siete pies de estatura. En un clima doble los terrestres tenían que llevar trajes de invierno con doble forro, el Llor iba desnudo hasta la cintura. Pero la naturaleza le había provisto de un abrigo de tupido pelo rizado que tenía todo el aspecto de la lana de una oveja, lana de la que surgía un vivo y raro olor que sólo percibían los procedentes de otro mundo. Aquella cubierta peluda era más espesa en el rostro… un rostro bastante raro para ojos que no fueran de Llor, ya que la nariz no tenía puente y poseía sólo un agujero, mientras que los ojos sobresalían de sus redondas órbitas y miraban fijamente de manera desconcertante y singular. La boca era pequeña y redonda, y si el Llor tenía dientes, éstos no eran visibles. Su único atavío, salvo un cinturón que sostenía una espada y otra arma más pequeña, era una corta falda hecha de multitud de tiras de cuero curtido, cada una de ellas apenas más ancha de un hilo. Sus botas, que les llegaban hasta la rodilla, tenían las puntas muy afiladas y más puntas de metal a manera de carlancas.

Mientras los combatientes cargaban sus equipajes en el carro, el Llor permaneció descansando y masticando un trozo de caña de color púrpura azulado. De cuando en cuanto escupía ruidosamente. Una vez apiladas las mochilas de seis hombres sobre el vehículo que él cuidaba, el Llor se enderezó y azuzó al gruñidor gu con un palo. El carro empezó entonces a andar, seguido por los terrestres alineados.

Unas lámparas azules colgadas de las blancas paredes sin ventanas de los edificios ante los que pasaban producían bastante luz para marchar a lo largo de la calle, pero el andar a pie sobre los desiguales adoquines resultaba bastante penoso.

—Esto es Tharc, capital de la provincia que manda Skura —dijo la voz de Mills alzándose por encima del ruido que producían las ruedas de metal del carro. El Chortha de las tierras del oeste es Skura, y Skura quiere llegar a ser Gatanu… He aquí por qué estamos aquí.

—El oficial de la sección de alistamiento dijo que se trataba de un trabajo de policía —replicó Kana.

Quizás era esta la complicación que Mic había presentido allá en Secundus. Existía mucha diferencia entre actuar como policía en una turbulenta frontera a favor de un gobernante que tenía derecho a gobernar o apoyar a un jefecillo rebelde que aspirara a un trono.

—Desde el momento en que Skura afirma ser el legítimo heredero, esto puede ser considerado una acción de policía…

Kana creyó notar una nota de sequedad en la voz de Mills. ¿Había cometido ya un error al hacer una afirmación que podía ser tomada como una crítica a las órdenes de Yorke?

—Las hermanas del Gatanu Plota son gemelas —continuó Mills—, así que hay algunas controversias sobre cuál debe ser considerada la mayor. Cada una de ellas tiene un hijo… y no se ponen de acuerdo en cuál es el verdadero heredero. Plota se está muriendo de la enfermedad del temblor… Le conceden de vida tres meses a lo sumo. El partido de Skura perdió favor en la corte y Skura fue enviado aquí en la pasada estación tranquila. Es más un exiliado que un Chortha. Pero firmó un acuerdo con el Comercio Intergaláctico sobre algunos derechos de minería y reunió bastantes fondos para poder hablar con Yorke. La I. T. lleva intentando desde hace mucho tiempo poner un pie aquí… donde el comercio local es una especie de monopolio del hierro. Así que se sintieron contentos de poder ayudar a Skura en sus pretensiones al trono. ¡Oh, se trata de una jugada! Pero si Skura logra el trono, pagará el doble de lo que Yorke obtendría por esta clase de servicio prestado en otra parte.

—¿Y contra quién tendremos que luchar?

—Contra S’Tork, el otro sobrino. A diferencia de Skura, cuenta con el favor de la corte y tiene a su lado a los nobles más conservadores y a la mayoría de los sacerdotes. Pero no es un hombre combatiente y no le siguen tropas. Aquí, el ejército se forma alrededor de los nobles guerreros. Y si un señor no es, personalmente, lo bastante popular para traerse a los que quieren guerrear… entonces no cuenta con ningún ejército. Es muy sencillo. Skura cree que teniendo a una Horda bajo su bandera, ni siquiera se llegará a entablar batalla… pues será capaz de hacer desaparecer a la oposición con un simple alarde de fuerza.

El camino adoquinado acabó de pronto al llegar a los muros de Tharc y la carreta se hundió en el polvo, que llegaba hasta los tobillos de los hombres, de una carretera que apenas era más que un camino de caravanas. Pasaron bajo los dientes del rastrillo de un puente levadizo, salieron de la capital de Skura, y se encontraron en el campo abierto.

Unos guen puestos en hilera junto con sus propietarios, que eran mercaderes, estaban esperando que salieran todos para penetrar ellos a su vez en Tharc. Kana observó que aquellos viajeros eran bastante más bajos que los gigantescos soldados Llors. Mostraban asimismo un cuerpo cubierto de espesísimo pelo y permanecían apartados, tan silenciosos e inexpresivos como fantasmas, dejando que pasaran los terrestres.

El campamento de la Horda se encontraba una milla más allá, y las amarillas luces del mismo parecieron darles la bienvenida en la oscuridad de la noche carente de luna. Bajo el resplandor de aquellas luces, Kana encontró la tienda que se le destinaba, desenrolló su saco de dormir y se dispuso a descansar durante algunas horas.

Siguió una semana de intensa preparación con objeto de poner a punto a los recién llegados… durante la cual Kana estuvo demasiado ocupado con los problemas de la campaña o demasiado cansado físicamente para pensar sobre lo que le rodeaba o sobre el futuro. Pero unos diez días más tarde se alinearon en orden de marcha durante una sombría y gris madrugada, hora que en Fronn parecía más fría y más desagradable que en la Tierra. La Horda marchaba hacia el este, hacia la lejana cadena de montañas que separaba aquella provincia del oeste de las ricas planicies centrales que el ambicioso Skura consideraba ya como suyas.

Kana tuvo que admitir que el rebelde Chortha era un perfecto ejemplo de guerrero semibárbaro. Seguido por una tropa de rápida caballería, montado sobre un guen macho difícil de dominar, había popularidad que gozaba entre su gente y cada día llegaban más nobles acompañados de su séquito personal para engrosar las filas del ejército de nativos acampados más allá. Diariamente también llegaban caravanas de guens cargados con suministros y material que tenían que ser transportados a las montañas.

Aquella mañana, Kana se hallaba de guardia en compañía de Rey mientras se ponía en marcha una de aquellas caravanas compuesta por conductores muy tapados y con capucha y animales remolones que levantaban un gran polvo al andar. Una vez la caravana estuviera en camino, La Horda seguiría detrás, pero no por el mismo camino sino campo a través… con los jefes como único contacto con la carretera.

Kana escondió su barbilla en el suave forro del alto cuello de su guerrera, contento de haberla elegido con una caperuza bordeada de piel que le cubría cabeza y orejas. El frío del amanecer fronniano era cruel.

—Ya ha salido el último…

Las palabras de Rey brotaron de su boca envueltas en una bocanada de aire lechoso. El joven levantó entonces su arma de señales y disparó un brillante tiro rojo hacia el oscuro cielo.

Con los fusiles apoyados en el ángulo de sus brazos, los dos terrestres se alinearon en la elástica cinta de combatientes que marchaban junto al borde del camino. Segundos después llegaron ante el último de los animales y siguieron avanzando rápidamente para alcanzar la cabeza de la caravana. Entonces Kana centró su atención en uno de los conductores. El joven no había visto nunca a los comerciantes sin las abundantes vestiduras que les cubrían por completo, pero sabía que eran de raza distinta a la de los peludos Llors que regían aquella tierra.

El Llor cultivaba la tierra, vivía en ciudades bajo un gobierno feudal e independiente y era guerrero. Pero aquellos comerciantes, que ejercían un monopolio que abarcaba a la vez el transporte y la venta de mercancías, pertenecían a otra raza, una raza crecida en las islas del mar lejano, grandes marineros y comerciantes… De espíritu andariego y sin que nunca se establecieran en ninguna tierra, eran llamados Venturi, se mantenían completamente apartados de los Llors cuando permanecían en el continente, y para hacer sus negocios empleaban sólo a uno de cada grupo. Éste, que era el que tenía que tratar con los otros, era elegido y la elección recaía en el que, al parecer, poseía más condiciones para el puesto de enlace, un puesto nada envidiable según ellos. Los Venturi eran por lo tanto unas criaturas anónimas y fantasmales en lo que a los terrestres se refiere, que parecían sin facciones dentro de sus caperuzas; eran uno exactamente igual al otro tanto en estatura como en la manera de andar, cosa que hacían como deslizándose. Sólo que ahora… Kana estaba viendo a uno que era diferente. Mientras sus compañeros se deslizaban cual si llevaran patines, éste daba pasos normales. Tampoco llevaba a ningún animal sino que avanzaba junto a los demás con las manos vacías y un poco a la derecha de la fila de animales.

Kana entornó los ojos mientras alteraba su paso para colocarse detrás del extranjero, el cual no parecía en absoluto un Venturi. El paso de Rey se amoldó entonces al paso del encapuchado, y éste, de pronto, aumentó la velocidad con que andaba. Kana, a su vez, corrió para llegar hasta Nalassie. Ambos llegaron a la cima de un montecillo. En el otro lado se veía un espeso matorral. Los dos combatientes tenían, para pasar, que tomar la carretera o bien desviarse ampliamente hacia el norte. Kana, hablando con un bisbiseo, murmuró:

—¡Norte!

Rey pareció sorprendido, pero no hizo preguntas. En lugar de ello echó a andar en una dirección que colocaría el matorral entre ellos y la caravana.

—Hay un extraño entre los Venturi —explicó Kana.

Rey preparó su fusil y se agachó sobre la húmeda hierba, sacando a continuación de su cinturón un radio teléfono de explorador.

—Informaré —dijo.

Kana continuaba avanzando a rápido paso, determinado a llegar cuanto antes hasta la caravana de suministros y observar al sospechoso. Estaba contando los encapuchados para saber si su hombre se encontraba aún entre ellos cuando se les reunió Rey.

—La caballería Llor se encamina hacia esta carretera desde una milla de distancia. Si algo anda mal, ellos lo arreglarán. Hemos de mantenernos en paz con los Venturi.

Siguieron junto a la caravana. Era ya día claro y el sol cubría el cielo con sus rayos amarillos. En el centro de la caravana, unos hombres montados parecían haber causado algún trastorno.

Kana y Rey apresuraron el paso para ver qué sucedía. Un gu se hallaba caído en el polvo, pegando coces y enseñando sus formidables colmillos a las tropas de Llors, que hablaban entre sí.

La caravana se detuvo y el jefe de los Venturi avanzó solo. A medio camino se encontró con el jefe de la tropa y, después de unos momentos de conversación, regresó a su grupo para celebrar una segunda conferencia que hizo que un segundo comerciante se acercara al gu caído. Los Llors se apartaron, dejando sólo a sus oficiales junto al animal. Algunos, según notó Kana, se diseminaron de manera que ahora formaban una línea a lo largo de la caravana de suministros. Debía tratarse de alguna estratagema… como el grupo de los Venturi.

La trampa pareció dar resultado, pues se oyó un súbito grito dado por un individuo de la tropa. Había desmontado, y ahora su gu levantó salvajemente la cabeza para librarse de las manos que sujetaban sus riendas y, lanzando por la boca y las narices una espuma verde, avanzó en línea recta hacia los animales de la caravana, mientras su jinete corría tras él intentando inútilmente atrapar de nuevo las riendas.

Ante la furia de aquel animal, los guen, que iban pesadamente cargados, parecieron volverse locos, librándose de las cuerdas que los mantenían sujetos o arrastrando a los Venturi tras ellos. Una de las figuras encapuchadas que no llevaba ningún gu, se puso a correr rápidamente, pasando por el lugar donde Kana y Rey permanecían observando. Kana estuvo tentado de detener al fugitivo, pero las órdenes habían sido claras: aquel trabajo había que dejárselo a los Llors.

Los componentes de la tropa que andaban por aquel lado de la carretera hicieron un movimiento para rodear al comerciante que huía. Uno de ellos hizo girar sobre su cabeza un lazo hecho con un material brillante que luego se extendió por el aire y apresó al que corría. Este cambió súbitamente de paso y cayó al suelo. Algunos de los Llors desmontaron y marcharon hacia el cautivo llenos de confianza, como si no esperaran más resistencia.

Pero el hombre que estaba en tierra se incorporó, quedando sentado. Un segundo después, un rayo de fuego rojo derribó al miembro de la tropa más cercano. Lanzando un grito de agonía, el Llor cayó cual largo era sobre el árido suelo.

—¡Un lanzallamas! —exclamó Rey.

Los dos fusiles de los terrestres hicieron puntería y dos tiros salieron casi al mismo tiempo. El hombre a quien apuntaban dio un respingo y cayó hacia atrás sobre la tierra tan pesadamente que los dos jóvenes comprendieron que no eran necesarios más disparos.

Un Llor que llevaba el semicírculo de suboficial se presentó en la escena. Utilizando la punta de su bastón de montar, enrolló a ella un arma de mano hecha de oscuro metal… Era un arma que no se usaba en Fronn. Dos de los de tropa emplearon entonces aquella arma de metal para romper el traje del Venturi, permaneciendo fuera del alcance de la mano de éste. Bajo las ropas apareció un Llor. El enmascarado era inequívocamente un Llor, con su rizada pelambrera y los salientes ojos.

—¿Qué es esto? —exclamó el oficial Llor tocando con su bastón el lanzallamas —. ¿Conocen ustedes esto? —añadió hablando lentamente en lengua comercial del espacio.

—Es… es un arma que arroja fuego… pero prohibida —contestó Kana—. Nosotros no las usamos.

El oficial hizo un signo afirmativo.

—Entonces… ¿de dónde la sacaron? —quiso saber siguiendo su razonamiento.

Kana se encogió de hombros.

—Este… ¿no es uno de ustedes?

El jefe de la tropa se adelantó rompiendo el círculo de sus hombres y se inclinó para contemplar el muerto rostro del nativo. Con sus propias manos arrancó el cinturón de la falda con bordes de color. La hebilla del cinturón mostraba por el revés una marca color naranja en forma de flecha.

—Un espía de S’Tork —dijo identificándole.

Luego, expresándose en la lengua nativa, dio una serie de órdenes, y sus hombres, para cumplirlas, envolvieron el cuerpo del muerto en una arrugada tela y lo cargaron sobre el lomo de un gu, que protestó.

Ante la sorpresa de los terrestres, nada se dijo a los Venturi. El camino se hallaba libre y la caravana de suministros pudo seguir avanzando. Ninguno de los que la conducían se volvió a mirar al grupo que rodeaba al espía. El lanzallamas permanecía aún en el suelo. Pero el jefe de la tropa se aproximó a los combatientes y señaló el arma con la punta del bastón.

—Cojan eso…

Fue más una orden que un ruego. Pero Kana no deseaba otra cosa que cumplirla. Era un problema que tenía que ser presentado inmediatamente a Yorke. ¿Qué estaba haciendo en Fronn la última y más terrible arma de la Patrulla Galáctica, y para colmo, en las manos de un espía enemigo?