Gustavo el férreo

Hans Fallada · Capítulo 10 de 10

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Gustavo el férreo

Capítulo IX

POR EL FINAL, HACIA EL COMIENZO

 

1

Si el anciano padre Hackendahl había pensado que a la sazón, habiendo pasado los setenta años y después de un glorioso viaje por esos mundos que marcaba el término y el coronamiento de su carrera, y luego de haber recibido la consagración de su cara ciudad de Berlín, podría ya dedicarse cómodamente, hasta el fin de su vida, a representar el papel de cochero de punto, una vez más se había equivocado. Una vez más la vida le tenía preparada otra cosa, y no había ni que pensar en una vejez tranquila.

Empezó su desilusión cuando, con madre, se dedicó a poner orden en la vivienda, que verdaderamente estaba repleta de regalos venidos de todo el mundo en alarmante profusión. Ambos ancianos, madre y padre, se dedicaron a desenvolver los paquetes y a admirar su contenido. Verdaderamente había más de un regalo que en otro tiempo hubiera colmado la dicha de madre, pero esta no se regocijaba ya de nada.

—Mira, madre —dijo el férreo Gustavo—, qué jarro de cerveza más bonito me han regalado los de Passewalk. Tiene el cuartel pintado. Si miras con la suficiente atención, podrás incluso imaginarte el cuarto en que yo vivía cuando tú me conociste. ¿Es bonito, no?

—Sepáralo, padre —dijo madre—. ¿Qué vamos a hacer con una cosa así? ¡Bonito! Cuando al mono del parque le pasan una zanahoria por entre los barrotes de la jaula, piensa también que es algo muy bonito, pero lo que quiere la gente es divertirse viéndole comer.

—¿Te refieres con esto a mí, madre? —preguntó Hackendahl—. ¿Me vas a comparar a mí con un mico y al jarro de cerveza con una zanahoria?

—¡Ah! No busques pendencia, padre. ¡Siento una cosa tan rara en la cabeza! Todo se me embrolla, y sales tú ahora hablándome de jarros.

—Es el aire viciado del gabinete, madre. Como no sales de casa… Espera un momento que enganche a «Grasmus» y nos daremos un paseo por el Tiergarten. Para eso lo tenemos, y podemos aprovecharlo.

—Haz lo que quieras, padre. Siempre he hecho lo que has querido. No podrás decir lo contrario. Lo que me gustaría…

—¿Qué te gustaría, madre? Ya veo que no estás del todo bien…

—Engancha a «Grasmus», padre. No harás lo que yo quiero; nunca lo has hecho.

—¡Ea! Di ya lo que quieres, madre. Haré lo que pueda.

—No lo harás.

—Te aseguro que si. ¿Qué es lo que quieres?

—Bueno, pues: rompe el jarro de los de Pasewalk…

—¡Oh, el jarro tan bonito que los de Passewalk me han enviado! Madre, no puedes querer verdaderamente eso. Tú no estás bien. ¿Vamos a dar el paseo? ¿Tienes ganas?

Y así fue ocurriendo varias veces, pero los paseo no animaban a la madre. Y aún cuando padre accedía algunas veces a su voluntad, no logró hacérselo estimar por las muchas en que no lo había hecho.

Cuando el viejo se despertaba por la noche y alargaba la mano hacia el otro lado de la cama, lo encontraba vacío. Y por la frialdad notaba que hacia largo rato que estaba así.

Entonces se levantaba y la buscaba con la luz en la mano, encontrándola generalmente sentada, a oscuras, en la cama de la que había arrojado a Erich, sin una lágrima que delatara su pena. O bien la encontraba en la cocina, junto a la fregadera, con el grifo un poco abierto goteándole lentamente sobre la mano.

—Ven, madre —decía el hombre de hierro, con dulzura—, ven a acostarte; te estás enfriando.

Y ella le acompañaba al lecho.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué correteas de esta manera? —le preguntaba, entonces, después de haber apagado la luz—. ¿Sigues enfadada conmigo por lo del viaje a París?

—Siento una opresión en el corazón que va subiendo. Luego, el recuerdo de Otto me atenaza. ¿Te acuerdas, padre? Otto…

—Claro, madre, que me acuerdo —decía el viejo.

—Con frecuencia pienso que soy solo yo la que me acuerdo de qué hemos tenido hijos, y de que los he criado como cualquiera, y que ahora se han ido y ni uno solo nos recuerda. Ni uno solo.

—Únicamente Otto ha muerto, madre. Todos los demás viven.

—Cuando dejo que el grifo vaya goteando sobre mis dedos… No, padre, no puedo explicártelo, pues ni yo misma lo sé… pero tengo siempre la impresión de que a Otto le han puesto en mal ataúd de madera corrompida, ¿comprendes, padre?, y que la lluvia le va cayendo sobre el rostro. Entonces interpongo las manos para por lo menos hacer algo, padre.

Tras un prolongado silencio, dijo el férreo Gustavo:

—Debes haberlo soñado. Otto descansa. Duerme tranquilo. No hay lluvia que le perturbe —y después de una pausa, prosiguió—: Mañana iré a buscar al doctor para que te prescriba unas gotas. Tienes agua en las piernas, madre, y esto te oprime el corazón. Por esta causa te vienen estos pensamientos que no son naturales. No te preocupes.

—Haz lo que quieras, padre.

Se fue a buscar al médico, quien confirmó lo que padre había dicho. Tenía agua en las piernas y le había ido subiendo. Se le recetaron unas gotas que le fueron bien durante un tiempo, y cuando estas dejaron de hacerle efecto, se le extrajo el agua. Madre se alivió algo y cuando iba el joven matrimonio —que ahora les visitaba con más frecuencia— no se cansaba nunca de repetir la de agua que el médico le había extraído. Cada vez iba siendo un poco más.

En cierta ocasión dijo Heinz al partir, en un susurro:

—¿Qué te parece, padre?

El anciano balanceó la cabeza. Miró a su hijo, pero no dijo nada.

Heinz se decidió:

—¿Quieres que volvamos a pasar después de cenar, padre? El doctor opina…

—Déjame solo con ella —dijo el anciano con un murmullo ronco—. Lo que tengo de común con madre, lo tenemos nosotros dos solos; ella y yo, ¿comprendes, Heinz? Vosotros los chicos no os podréis imaginar jamás que madre ha sido una muchacha y una esposa joven. Pensáis siempre que no es nada más que vuestra madre…

Miró fijamente a su hijo. Le brillaban los ojos cual si fuera a llorar. Pero aquellos ojos envejecidos no querían llorar por nada del mundo.

—¡Tengo setenta años, pero cuando pienso en lo magnífica que era de joven, Bubi…! —empujó al hijo hacia la puerta, haciéndole salir—. Déjame solo con ella; cuando muera tal vez ella vuelva a recordar lo que fue en otro tiempo…

 

Vino la noche. Incorporada en su lecho, madre respiraba penosamente. Tenía los ojos muy abiertos, unos ojillos ya vacíos, hablaba muy de prisa para sí misma; ¡diciendo tantas y tantas cosas!…

Él le oprimía la mano que ella retiraba continuamente.

—¡Madre! —imploró Gustavo—. ¡Augusta! —exclamó. Ella no le oía. Ni siquiera se daba cuenta de que estaba a su lado. Todos los demás estaban presentes para ella; él no. No estaba allí: estaba junto a los demás y gritaba, gritaba con una voz alta y clara:

—Evita, ¿está ya la sopa lista? Date prisa, que padre subirá inmediatamente de la cuadra. Tráeme una taza de café; no se dará cuenta. Sofía, date prisa en poner la mesa, que ha de estar lista para cuando padre llegue. Bubi, dile a Erich que se dé prisa en vestirse, que a padre le molesta esperar…

Se afanaba, miraba en torno a la habitación apenas iluminada por una sola vela… Estaba de nuevo en la Frankfurter Allee, preparando el desayuno.

—Evita, dispón los mendrugos de manera que también a padre le toque uno. Puesto que quiere que nos comamos el pan duro, que le toque también a él.

—¡Madre! —imploraba el anciano, cogiéndole la mano que ella le volvía a retirar.

Miraba en la obscuridad en dirección a las sombras:

—¿Dónde está Otto? ¿Todavía está en la cuadra?

Decidle que venga. No puedo soportar que padre le riña continuamente…

Se reclinaba Y cerraba los ojos sin dejar de murmurar.

—¡Madre! ¡Madre!

—¿Estás ahí, padre? ¡Veo tan mal! ¿He estado soñando? ¿Por qué enciendes solo la vela? Enciende el gas. En mi última hora puedes perfectamente gastar un groschen para mí.

Él subió a una silla y prendió la llama del gas. Al volver junto a ella, desvariaba de nuevo.

—Se cree ser algo, porque le motejan de férreo. Pero no es nada. No ha llevado a cabo nada. Le hizo la vida imposible a mi padre, diciéndole que la cuadra estaba descuidada, y ¿cómo tiene él ahora la cuadra? ¡No ha hecho más que mandar e injuriar, y por esto se cree ser algo! ¡Pero cómo le hemos engañado!

Se sentó en la cama con los ojos muy abiertos y empezó a reír con picardía. ¡Reía verdaderamente!

—Todos le hemos estado burlando, los cocheros, los hijos y yo sobre todo. ¡Y se cree ser algo!

—¡Augusta! ¡Madre! ¡Óyeme! ¿Quieres oírme?

Completamente despierta y despejada, pregunta:

—¿Sí, Gustavo?

—¿Te acuerdas aún de cuando los coraceros te otorgaron el primer premio de cocina? ¿Te acuerdas aún?

—Sí, Gustavo, aún lo recuerdo. Era un manual de cocina muy gordo. Lo malo es que lo robaron. ¡Como todas tenían tanta envidia!

—Y luego, Augustína, ¿te acuerdas aún de cuando en aquello de coger anillos tenías tú la mayoría de argollas en tu sable? ¿Y que el coronel de Pannwitz bailó contigo el baile de honor? ¡Qué orgulloso estuve de ti!

—Sí, Gustavo; aún me acuerdo de todo. Llevaba mi traje blanco con puntillas y un «echarpe» de seda azul en el talle.

—Y ¿te acuerdas aún de cuando tuviste a Otto, de cómo te admiró la comadrona, porque no te quejaste ni un poco?

—Si, Gustavo, sí. Tú estabas sentado junto a la cama y me cogías de la mano. Dame tu mano, Gustavo…

Lo había logrado. Lo había vuelto a conseguir. Alejándola de la enemistad y de la unión secreta e ignominiosa con los hijos, los cocheros y todo el mundo, la atraía de nuevo hacia sí, hacia la juventud compartida… Conocía a madre y sabía que su forma de hablar de hacía un momento expresaba el fondo de sus pensamientos, pero no estaba dispuesto a soportarlo, porque aquella no era manera de morir.

La volvió a ganar para sí cuantas veces fue necesario. En aquella interminable vela nocturna entre dos y tres de la noche se le fue ocurriendo de continuo algo para ganarla para sí. Las lúgubres sombras de la muerte merodeaban ya sobre el anciano rostro abotargado y deshecho, la respiración roncaba ya detenida en la garganta y él iba diciendo:

—¿Y te acuerdas aún, Augusta, de tu pajarito, el «Juanín»? ¿Que siempre se subía a tu dedo, y al mío no quería…?

Conclusión. Final.

El viejo se levanta y pasa los dedos ante los ojos de madre, pero no la mira a la cara. Vuelve a subir en la silla y apaga el gas. Tan solo la vela sigue quemando…

Gustavo el férreo no se vuelve para mirar a madre y sale de la alcoba con la vela. Ha visto morir a muchas personas, ha mirado al rostro a muchos muertos y sabe que la máscara que al principio lleva aún las trazas de la lucha se va transformando lentamente: ha pasado el combate y llega la paz. Entonces ocurre con frecuencia que en el rostro envejecido asoma una faz infantil lejana, muy lejana…

Hasta entonces no mirará a la cara de madre.

Ahora coge la luz y sale de la habitación. Se va a la cocinita y empieza a buscar en el armario. Finalmente encuentra el jarro de cerveza y lo contempla a la luz del candelabro. Es un muy vaso bonito…

Hace poco, mientras le contaba a madre sus viejas historias de juventud en Passewalk, se acordó del jarro que los habitantes de la localidad enviaron a su célebre conciudadano, y recordó que madre le había pedido que rompiera el jarro y que él se lo había prometido a medias, pero no lo había hecho.

Mira hacia la fregadera. No necesita más que golpear con fuerza el jarro contra la pila y la voluntad de madre se cumpliría.

Durante un momento se queda allí en pie con el jarro, al que ya no mira, en la mano. Ve ante sí su largo matrimonio con madre. Ahora no piensa ya en su juventud, sino en todo lo que luego ha sucedido. Son muchas cosas y él ha tenido razón siempre en todas ellas. Ni aún la muerte convierte en injusto a lo justo.

El férreo Gustavo sacude la cabeza.

—No te serviría ya de nada, madre —dice a media voz en la vacía cocina—, si por amor a ti rompiera el jarro ese con el solo propósito de que te hayas salido por una vez con tu voluntad. Es un jarro muy bonito…

Lo vuelve a colocar en donde estaba, coge la luz y vuelve a entrar en la alcoba a mirar el rostro de madre.

2

La muerte de madre introdujo un cambio considerable en la vida del viejo Hackendahl. Jamás había sabido lo necesaria que le era. No para cocinar, limpiar y coser, pues para esto se encontraba sustituta al fin y al cabo, sino que simplemente la echaba de menos. No podía estar en la vivienda vacía y el sueño le huía desde que la parte de cama en que ella dormía estaba desocupada.

A las cinco de la mañana salía con «Grasmus»; comía un bocado en cualquier tabernucho y no volvía a casa hasta la noche. Pero no era una vuelta al hogar, pues este ya no existía por muy cuidadosamente que Irma arreglara la casa a diario. Extenuado de fatiga, se acostaba en el lecho, pero al cabo de tres minutos se incorporaba y preguntaba:

—Madre, ¿qué tienes que gimes así?

Pero madre ya no gemía. Madre ya no gemiría jamás.

Viendo que no podía dormir se levantaba, acercaba una silla a la ventana y miraba a la calle. Era la Werxstrasse; después de todos los acontecimientos que le habían sucedido seguía siendo la misma Werxstrasse que él había recorrido con el coche trescientas o tres mil veces y que a la sazón miraba desde arriba. Los faroles de gas estaban encendidos; oía llegar los trenes a la estación de circunvalación Wildersdof-Friedenau; y poco después atravesaba la calle un tropel de gente presurosa por meterse en la cama. Si volvía la cabeza hacia arriba, a la izquierda, veía una tira de cielo o el vapor que allí se llamaba cielo… En la taberna de la esquina seguían armando jaleo…

Inclinaba la cabeza, cerraba los ojos y tras los cerrados párpados aparecían los cielos de su años mozos. Se representaba una ocasión en que habiendo segado hasta muy tarde, y acostándose sobre un montón de centeno, había contemplado el cielo estrellado. El viento agitaba dulcemente los árboles de las lindes del campo, y de las praderas distantes y más bajas subía un ligero vapor del que le llegaba el aroma más que la visión. A poco aparecieron las estrellas, lucientes, blancas y variadas… Parecían lanzar un frescor lejano que llegaba hasta él…

Reflexionaba en el largo camino que mediaba entre el frescor juvenil y estelar de su años mozos —toda una vida futura e intacta— hasta el presente en aquella habitación obscura y sin cielo, con toda una vida ya empleada tras él. Había seguido aquella senda sin reproche y sin fallo alguno; lealmente, rectamente; pero ¿qué le había quedado de ella? Cuadra e hijos, fortuna y mujer, soldados y Kaiser, ¡todos le habían abandonado! Sus esperanzas se habían cumplido tan solo para infligirle heridas más dolorosas. Sus hijos habían nacido tan solo para echarse a perder; su imperio estaba destruido, le habían abandonado, traicionado, escupido… ¿qué más faltaba?

¡Está tan viejo y triste! Tan solo vive en él el pasado. Los recuerdos se arrastran como gusanos en su cerebro. Pero por ello no atenta contra su vida. Por ello sigue viviendo.

Se levanta y merodea como un fantasma por el piso. Busca en el armario un traje de madre, azul adornado de amarillo… Acaba de pensar en él por lo bien que le sentaba. Busca el traje que llevaba hace veinte años, y al no encontrarlo, en seguida lo olvida de nuevo, mientras continúa aún su búsqueda. Se sienta en la cama y se adormece.

Y se vuelve a despertar. Es aún noche cerrada, pero el padre Hackendahl baja la escalera y va a juntarse con el único ser viviente a quien puede acudir durante la noche…

«Grasmus» relincha quedamente. Hackendahl se sienta junto a él, llevándose a la boca una brizna de paja. Se queda allí, sentado varias horas, hasta que «Grasmus» le empuja con el hocico, mendigando su pienso…

Si tuviera la facultad de establecer comparaciones, pensaría Gustavo el férreo en su rucio, a quien después de la carrera, de su involuntaria competición con el auto, quedó en el establo con unas briznas de paja entre la boca y le ofreció unos terrones de azúcar. El animal desechó aquella golosina que le ofrecían las manos de su dueño. También Hackendahl ha llevado a cabo una carrera, realizado la carrera de la vida con un largo recorrido. Y ahora dormita como su derrengado rucio en el establo, con una brizna de paja perdida entre la boca.

3

Pero Gustavo el férreo no era hombre para quedarse mucho tiempo en la inacción y el desespero. Tenía a la sazón setenta y un años, pero no por ello quería ser viejo; no cesaba en su empeño, no se debilitaba. Decía:

«Aguantaré…», y no preguntaba jamás por qué tenía que aguantar; él, el decepcionado, el desesperado, el desprovisto de toda fe…

Llegó un día en que poniendo término a sus reflexiones cogió su sombrero de copa y se fue a casa de los jóvenes. Llegó en ocasión propicia: cuando estaban todos reunidos en la pequeña cocina en torno a la mesa, apretados como arenques de barril.

—Buenos días —le dijo Irma—. Ven; siéntate y toma con nosotros un poco de café.

—¿Sentarme? ¿En dónde? ¿En el fogón de gas?

—Coge a Otto en las rodillas —sugirió Heinz.

—Estáis aquí estrechísimos —dijo desabridamente, el viejo— y yo tengo todo un piso vacío. Mudaros a vivir conmigo. La señora Quaas se alegrará también de poder vivir con un poco más de tranquilidad.

—¡Qué va, señor Hackendahl! ¡Qué ocurrencia! Estoy con mi propia hija y con mi nieto…

—Pues yo estaré también con mi propio hijo y con mi nieto…

—No sé, padre; entonces serías tú el que tendría la intranquilidad y la estrechez…

—No, padre —dijo también Heinz—. Sería demasiado para ti. Estoy de servicio a todas horas; de día y de noche. Como, por otra parte, tú eres contrario a mi partido, no harías más que rabiar.

—Yo no estoy en contra de tu partido. Simplemente estoy en contra de todo partido. Pero no se puede negar que llevas un uniforme de campanillas. ¡Hay que ver! … Bueno; ¿qué hay de lo del traslado? ¿Queréis que venga dentro de una hora con un coche de mudanzas, o es que tú, Irma, necesitas más tiempo para empaquetar tus cachivaches?

—¡Ah, Dios mío, Dios mío! Señor Hackendahl, no se pueden hacer las cosas con tanta prisa, Hay que reflexionar, hablar de ello…

—¡Bueno, pues se habla! A las once me tenéis delante de la puerta con una conductora, y si no os viene bien, por mi os podéis ir todos…

—¡Padre!

—¡Señor Hackendahl!

Pero el viejo salió de la casa. Seguía odiando la palabrería y las discusiones. Heinz le alcanzó en la calle:

—Padre, ¿cómo te imaginas la cosa? ¡No es tan sencillo como todo esto! Hay que hablar sobre todo del alquiler…

—¿Para qué? Me dais lo que le dabais a la señora Quaas y yo añado el resto. Siempre me irá mejor que hasta ahora. No tengas miedo, Heinz, que no voy a regalarte nada. No he sido nunca dado a los regalos, y si te imaginas que ahora, porque tengo unas cuantas perras del diario… Ni pensarlo, ¿comprendido?

—Está bien, padre; de acuerdo. Pero no eres muy suave, y si empiezas a decir mal del partido…

—¡Ah, vamos! ¿Me vas a impedir que regañe? Hoy estás tremendo. ¿Te ha sucedido alguna vez que te haya pisoteado? ¡No vengas con pamplinas! Mejor es que digas cuándo venís a casa. No hay necesidad de que sea a las once. Eso lo he dicho tan solo para despabilar un poco a las mujeres. ¿Vengo a las seis?

—Primero quisiera hablarlo con Irma…

—¿Qué has de hablar con Irma? ¿Le preguntaste algo cuando te quisiste poner ese uniforme? ¡Pues entonces! ¡Ahora vendrás haciéndote el marido pundonoroso! No, Heinz. Mírame.

El hijo miró a su padre.

—Lo de la muerte de madre me ha apabullado bastante, necesito tener gente a mi alrededor. ¡Vamos, Bubi! Si no, te aseguro que me dedicaré a buscarme una novia, y no le vas a consentir eso a tu padre.

4

Los jóvenes se trasladaron a casa del viejo y la mudanza sentó muy bien a ambas partes.

Irma tenía de nuevo una morada de la que ocuparse y que dirigir; en la trastienda de la papelería se veía siempre obligada a preocuparse por su madre, en cambio, el viejo no la contradecía en nada. A menudo le decía a Heinz:

—¡No comprendo por qué tu madre se pasaba el día quejándose de tu padre! Jamás he tenido una discusión con él. Está contento con todo.

—En tanto hagas su voluntad —le advertía Heinz, contento en el fondo de que se llevaran tan bien.

Sí; ella hacia su voluntad, pero también de vez en cuando le contradecía. Padre había insistido en que el joven matrimonio ocupara la sala y alcoba y en que él se iría a dormir en el cuarto que había pertenecido a Heinz. Ella le llevó la contraria:

—Tú has dormido siempre en la alcoba, padre —dijo.

—Por eso mismo —contestó él—. ¿Te imaginas lo que es, Irmita, cuando me despierto por la noche y encuentro la cama vacía a mi lado? No; me voy al otro cuarto. Me pondré allí una cama de campaña, un lavabo de hierro esmaltado, una silla y una cómoda pequeña para mi ropa blanca y estaré de nuevo como en un cuartel. He sido padre, he sido esposo y ahora volveré a ser como un militar. Al fin y al cabo fue el tiempo que mejor pasé.

—No es justo, padre.

—Claro que es justo y tú lo sabes muy bien. Haz lo que yo quiero. Madre me reprochaba muchas veces el que yo impusiera siempre mi voluntad. Pero ¿por qué se imponía? ¡Porque siempre tenía razón!

—Padre, es imposible…

—¡Vaya! Vamos a ver, chiquilla. ¿Por qué es imposible? Te lo voy a decir: porque piensas que las gentes van a criticar y que dirán que el viejo tiene que dormir en el cuartito, mientras vosotros dormís en el salón. No debes pensar nunca en la gente, Irmita. Hagas lo que hagas te criticarán. Haz lo que tienes por justo y déjame dormir en el cuartito.

—Bueno, por mí puedes hacerlo, padre.

—¿Lo ves, hija mía? Lo que me gusta de ti es que tienes algo dentro de la cabeza. Y otra cosa te quería decir: tenéis vuestros propios muebles; aunque provienen de la jorobada Gudde no me molesta; pon en el desván todo lo que no te guste de los cachivaches de madre, que a mí no me importa. El amor no depende de un armario…

Sí; así era. Irma tenía razón en elogiar su comprensión. Se armó de valor. Ni por un momento dijo nada a Heinz de sus planes, y esperando a un día en que tenía este que pasar tres o cuatro fuera, en comisión de servicio, cogió una escalera de mano, empapeló la habitación, la pintó, puso unos muebles y sacó otros, colgó visillos de las ventanas e incluso llegó a repintar el sombrío vestíbulo. Cuando Heinz regresó no había nada de la lúgubre habitación.

—¡Magnífico! —dijo él, y la besó, riendo—. Tiene todo el aspecto como si de pronto nos hubiéramos pasado a vivir a una parte soleada. ¿Qué le parece a padre?

Sí; ¿qué le parecía a padre?

El viejo Hackendahl iba silencioso de cuarto en cuarto, pasaba luego a la cocina y después al vestíbulo, mirándolo todo con sus grandes ojos estriados de rojo sin decir nada. Irma empezó a sentir un cierto malestar.

No tardó padre en dar su opinión:

—Es extraño, Heinz. Por un tiempo pensé que todo se había terminado. Que todo era negro y que no había ya más novedad que la muerte. Pero nada ha acabado; todo continúa. Lo que tu Irma ha hecho con la sombría cueva de madre, es sencillamente asombroso. Irma, no quiero que se me excluya a mí. Podrías también pintar mi cuartito. Yo te pagaré la pintura.

En una palabra, padre se demostraba admirable y, por otra parte, apenas se notaba su presencia, o, por lo menos, no estorbaba en nada. Muy temprano, por la mañana, cuando todos dormían aún, bajaba a la cuadra para dar el pienso a su «Grasmus» y no volvía hasta la noche a hora muy avanzada. Irma y el niño dormían ya. Heinz solía estar de servicio. Naturalmente, en este intervalo hacía una aparición durante la pausa del almuerzo de «Grasmus», comía un bocadillo en la cocina y se eclipsaba para echar una siestecita en su cuarto. De vez en cuando se sentaba al lado de Irma y la miraba mientras planchaba, charlando un rato con ella:

—Vaya, Irma, siempre tan ocupada. Bravo. ¿Cuánto te pagan por una camisa como esta cuando la tienes planchada?

—Un groschen.

—¿Un groschen? No es gran cosa. Pero a pesar de todo es una ayuda, ¿eh, Irmita? Un suplemento para el gasto de casa. Hubiera querido que madre tuviera una ocupación parecida, nos hubiera aliviado en los periodos de penuria.

—¿Cómo va el negocio en este momento, padre?

—¿Cómo quieres que vaya? No del todo bien. Nuestra época está cada vez más corrompida.

—Heinz suele decirme: «Es necesario que llegue todo al punto peor y después cambiarán las cosas».

Padre inició una mueca de disgusto y luego, dominándose, respondió:

—Bubi hace mal en decir cosas tan absurdas. ¿Que querrá decir con eso del punto peor? Tenemos cuatro millones de parados, ¿qué más quiere? ¡Para esos cuatro millones, a los que hay que añadir diez millones de mujeres y niños que dependen de ellos, es un verdadero infierno! ¡Y encima nos viene diciendo que no murmuremos, que ya llegará el día! ¡El día de empeorar!

Irma guardó silencio durante un momento, mientras planchaba un puño primero por el derecho y luego por el revés, y de nuevo por el derecho para sacarle todas las arrugas.

Hecho esto continuó diciendo:

—Heinz se refiere a otra cosa. Yo, por mi parte, tampoco le comprendo del todo, pero veo que en otro tiempo había perdido el valor y la confianza, y que ahora los ha recuperado. Una causa capaz de transformarlo hasta este extremo, me parece a mí que no puede ser mala.

El viejo calló, meneó la cabeza, contempló a su nuera con expresión astuta, arrugando un poco los párpados y dijo:

—Sí, vosotros dos estáis llenos de valor y de confianza; ya me he dado cuenta. Y por lo visto tenéis intención de cargar con un nuevo crío.

Irma no respondió. Plegó cuidadosamente la camisa planchada, pasó una vez más la plancha para quitar las últimas arrugas y hasta que se inclinó sobre el cesto de la ropa para coger otra camisa no respondió:

—En efecto, esa intención tenemos y me alegro.

—¿Te he molestado, Irmita? —preguntó el padre—. No lo he hecho con intención, ya sabes lo que te quiero…

Ella, en vez de contestar directamente, dijo:

—Heinz opina que hay que tener confianza. Tampoco él comprende todo lo de su partido, pero dice que hay que depositar confianza en él. Dice que no se les puede pedir que le expliquen los puntos que no se le alcanzan. Está ya harto de desconfianza y ahora quiere tener fe.

—El chico tiene suerte —suspiró Gustavo el férreo—, es aún joven y tiene la confianza fácil. ¡Ah, la juventud! Yo soy ya un viejo y no volveré a tener fe en nada.

Se dirigió hacia la puerta y añadió:

—Cuando llegue el momento, si te encuentras en algún apuro, recurrirás a mí, ¿eh, Irmita? Pero no vayas a explicarle a Heinz que tengo la intención de participar en su acto de confianza.

Era así. «No tiene nada de malo», se decía Irma. Incluso le agradaba verle sentado junto a ella en la cocina. Le gustaba su forma de expresarse; era ella lo suficientemente berlinesa para no tomar a mal sus bromas, sus continuas burlas. Él le preguntó si no se angustiaba cuando Heinz iba a las reuniones a cuidar del orden de • la sala, a aquellas reuniones en las que los adversarios pasaban cada vez con más facilidad a los hechos, en las que a los argumentos se les oponían vasos de cerveza y a las refutaciones patas de silla arrojadas con toda furia.

Al ver que Irma sacudía lentamente la cabeza, sonriendo, él aprobó con un movimiento de cabeza:

—Me he reído de su uniforme, y ahora veo que para él es algo más que una simple distracción. Tú eres como la mujer de un soldado que tuviera el marido en la guerra. Pero no vayas a repetírselo. ¡Sería envanecerle demasiado! Después de todo, no es más que un chiquillo.

Además, le gustaba verle sentado en la cocina, porque para su gusto el anciano pasaba demasiado tiempo recorriendo la ciudad en la busca de carreras. Con frecuencia Irma se quejaba de ello a Heinz:

—No sé por qué padre se afana de ese modo. No tiene ninguna necesidad. Del viaje a París sacó mucho dinero, y la enfermedad y el entierro de madre no fueron tan y tan caros. De seguro que debe de tener mucho dinero en la caja de ahorros y, sin embargo, no se concede el menor descanso.

—Deja a padre —respondía Heinz—. Estoy casi seguro que no lo hace por codicia. Echa de menos a madre y por ello tiene necesidad de agitación. Por las noches está siempre levantado, esperando, por poco ruido que procure yo hacer, y por tarde que sea, la hora en que regreso. Se sienta junto a mí en la cocina y asiste a mi cena. Yo le dejo tranquilo, y sería también lo mejor que podrías hacer tú…

En efecto, las noches de padre habían mejorado. Cuando el sueño le huía, abría la ventana y se quedaba echado en la cama sin moverse. La necesidad de movimiento no le inquietaba ya; dejaba vagar un poco sus pensamiento y prestaba oído al ruido de pasos en la calle. En cuanto reconocía los de Heinz, se ponía su capote azul de cochero por encima de la camisa de dormir, y cuando Bubi subía la escalera a tientas y con los zapatos en la mano, encontraba abierta la puerta de entrada y la cocina iluminada.

El uno en frente del otro se sentaban a la estrecha mesa. El hijo comía algún bocado, y bebía el té caliente, que sacaba del termo preparado para él, mientras el padre se quedaba ocioso con la barbilla apoyada en la mano, contemplándole atentamente, fijos en él sus grandes ojos. A veces estaban en silencio, pero generalmente hablaban en un murmullo para no despertar a los demás. Al padre todo le parecía bien, le era igual callarse que hablar, que explicar algo él solo. Lo esencial era llegar a pasar la noche, la interminable noche en la que se tenía siempre la impresión de haber recorrido inútilmente un camino largo, inacabable.

Cuando Bubi hablaba no parecía ya todo irremediablemente desesperado. Su fe permanecía intacta a pesar de que el nuevo Gobierno de Brüning hubiera llegado a fijar en cuatro millones el número de parados, cifra sin precedentes. Pero también era un hecho sin precedentes el que a la sazón 107 diputados de su partido tenían asiento en el Reichstag y el que hubiera un ministro nacionalsocialista, aunque fuera en el país de Turingia, pues tampoco lo había habido jamás hasta entonces.

—¡Ah, sí, los tiempos cambian! —opinaba Heinz.

Hasta entonces siempre que habían estado a punto de caer en la humillación o la miseria, las gentes se limitaban a decir: «No se le puede hacer nada; hemos perdido la guerra».

A la sazón iba aumentando el número de los que decían: «Es preciso actuar. En cuanto a saber si hemos sido nosotros los que hemos perdido la guerra, la cosa no es aún segura. Nuestros muertos no están excluidos del todo; también los muertos pueden vencer».

El padre observaba atentamente el rostro al lado de su hijo, y hacía de vez en cuando un signo de aprobación, agitando la cabeza. Aunque generalmente callaba y murmuraba:

—¿Cómo queréis crear nada en un momento en que todo se ha venido abajo? La juventud está muy bien, pero es preciso también tener experiencia. Un aprendiz solo no sabría fabricar un armario, pues para ello hace falta la mano del maestro, a lo menos de un compañero.

—Pero, padre, ¿es que la gente que nos gobierna son maestros o tan siquiera compañeros? No hacen más que obturar con un emplasto el más terrible de los agujeros, Y entre tanto el edificio se resquebraja por diez sitios más.

El viejo sacudía la cabeza.

—No son ellos los responsables de todo, Heinz; no te olvides de la guerra.

—Y su trabajo de emplaste no es lo que más les preocupa —siguió diciendo Heinz, sin apearse de sus trece—. No hacen más que ponernos dificultades en el camino. Continuamente están poniendo interdicciones, restricciones, obstáculos y negativas. Son los autores de una memoria oficial, ni más ni menos: «La tentativa de alta traición de los N. S. D. A. P.». ¿Tengo yo cara de traidor?

Gustavo el férreo fijó en él sus ojos. Pensaba en el cuartito que ocupaba y del que dos años atrás arrojó a uno de sus hijos. No lo había logrado olvidar.

—No, tú no, Bubi —exclamó con una emoción desacostumbrada—. ¡Tú, jamás! No hay que ser demasiado intransigente con la gente.

Se levantó, salió de la cocina y se quedó largo rato melancólicamente sentado en la obscuridad hasta el momento de dar el pienso a su «Grasmus», hasta que la mañana apuntara y pudiera partir, con el coche durante todo el día, muy lejos, evadirse de su inquietud, de su inutilidad, de su escepticismo atormentador.

Las conversaciones entre padre e hijo no siempre se desarrollaban en una atmósfera tan pacífica: de vez en cuando discutían, y no a causa de las convicciones del hijo, que eran tan puras y desinteresadas que el padre no tenía por qué reprochárselas y jamás atacaba seriamente. Se limitaba a escucharlas. Nadie hubiera sido capaz de sacar en claro lo que de ellas retenía y hasta qué extremo le lograban convencer los argumentos expuestos por Heinz.

Lo que sí tenía era un prurito: estaba convencido de que por haber sido primer sargento, nadie entendía más que él en cuestiones militares. Por mucho que actualmente Heinz luciera un uniforme, para su padre seguía siendo un crío sin discernimiento.

El hijo volvía a casa a última hora de la tarde o por la noche. Habían presentado en el Reichstag una moción pidiendo la derogación del tratado de Versalles. El proyecto había sido rechazado, o mejor dicho, no había sido ni tan siquiera tomado en consideración. Fue estimado como una ridiculez y como una maniobra escandalosa para atraerse a los electores, diciendo que era como tratar de coger las estrellas. ¿Iban a renunciar los demás a ir apretando el garrote? ¿Quién les obligaría? ¿Su grandeza de alma? ¿Su dignidad?

—¡En todo caso, nosotros no, Heinz, no seas cerril! Nos harían polvo. ¡Si solo tenemos cien mil infelices! No; por una vez tus adversarios tienen razón, y vuestra moción es una fanfarronada.

—Pero no siempre nos quedaremos con los cien mil hombres de ahora. Se restablecerá el servicio militar…

El padre se echó a reír con tal violencia, que la mesa de la cocina retemblaba.

—¡Hechos polvo quedaríamos! ¡Desmenuzados como un picadillo! Mira que salirte con el servicio militar… me gustaría saber quién se encargaría de vuestra formación.

Se acaloraban y discutían, pero de todos modos padre e hijo se entendían demasiado bien para que sus discusiones pudieran degenerar en riñas. Se esforzaban en no alzar la voz por consideración a los durmientes. Acostumbrado a las violentas contradicciones de sus concentraciones, Heinz no abandonaba su sangre fría.

Pero hubo algo más. La conversación fue desviándose desde el ejército de cien mil hombres hacia la guerra mundial. Heinz, que en realidad no sabía nada de ella por sí mismo, invocaba a un cierto militar al que se refería con tanta frecuencia, que el padre acabó por preguntar con desprecio:

—¿Quién diablos es ese sujeto? ¿Qué sabe de guerra? ¿Ramin, dices que se llama? ¿Habrá ni tan siquiera olido la pólvora?

Naturalmente. Heinz empieza a hablar de ese señor von Ramin, que ha estado en la gran guerra casi desde su principio. Y si Gustavo Hackendahl ignora lo que representa la veneración juvenil, puede aprenderla en los ojos de su hijo.

El padre ve y oye. Por primera vez descubre el papel que una persona de edad puede representar junto a otra joven, el que puede representar un padre junto a su hijo. Él no ha sido capaz de desempeñarlo; ha creído que el mundo se desmoronaba, que había perdido toda clase de disciplina, el respeto, la moralidad. Ahora se da cuenta de que el mundo evoluciona. En el rostro de su hijo lee que la juventud sigue siendo capaz de obedecer con la condición de haber elegido libremente quien la mande; capaz de admirar, pero tan solo lo que ella juzga digno de admiración, capaz de dejarse guiar por el jefe que ha elegido.

Sentado a la mesa frente a él, el hijo habla y discute, pero sin levantar la cabeza. No le admira ni se somete ciegamente a su juicio. Y, sin embargo, es su padre.

Este sentimiento resulta mortificante para el viejo; se confunden en él los celos y el amor propio ultrajado y el orgullo decepcionado. Desde el fondo de su amargura exclama:

—¿Ramin? ¡Por lo visto es un gran tipo! ¡Tendrás que mostrármelo algún día, Bubi! Hablas de él como hablaría una jovencita de su primer novio.

Heinz enrojeció, y como justamente su padre acaba de herir en él una admiración que disimulaba con temor, dice de modo retador:

—¡Sí, es un gran tipo! Es valiente y fiel. Y agradecido. No olvida que Otto le acarreó bajo la metralla francesa, aunque no suele hablar de ello.

—¿Otto? —repite el padre, que al oír ese nombre se siente interesado—. ¿Qué puede tener que ver con Otto?

—¡Mucho! —responde Heinz, vivamente—. Se encontraron en el frente del Oeste. Otto le llevó bajo la metralla enemiga y quizá le salvó la vida. Y el señor von Ramin hizo que Otto se decidiera a pedir un permiso y a casarse con Gertrud…

Tiene en este momento un sobresalto y observa con temor a su padre. ¡Demasiado tarde! Acaba de revelar el secreto que quería callar, llevado de su celo por defender a su amigo.

Y padre lo ha comprendido al instante.

—¡Mira! —dice lentamente Hackendahl, haciendo un esfuerzo como si acabara de recibir un golpe en pleno pecho—. ¡Mira! ¿De modo que tu señor von Ramin es un tipo de esos capaces de…?

—Lo siento, padre… —le atajó Heinz, molesto—. Hubiera hecho mejor en no hablarte de ello. Sin embargo, Ramin tuvo razón al convencer a Otto. Era una cobardía lo que estaba haciendo, y fue una suerte que gracias a Ramin se saliera de ella…

—¡Mira! —vuelve a decir el viejo, que no le ha escuchado—. De modo que es un tipo capaz de poner a mal a los hijos contra sus padres, y tú te echarías al fuego por él. Y por una persona de esa calaña le plantas cara a tu padre…

—¡Vamos, padre! Yo no te he plantado cara; por llevarte una vez tan solo la contraria. ¡Tendrías que ver a Ramin, padre!

—No quiero ver a tu elegante aristócrata mete líos. Aunque fuera de lo mejor, yo encontraría que no vale nada. Un hombre que azuza primero a un hijo y luego al otro contra su propio padre no puede ser nada bueno. Ha de ser de lo peor, Bubi.

—¡Estás deformando la verdad, padre! Pretendes que Ramin nos haya acuciado con toda la mala intención a Otto y a mí a disgustarte, y no es nada cierto. Yo jamás te he causado, voluntariamente, ningún disgusto, y Otto se vio forzado a hacerlo, pues tanto con Ramin como sin él no hubiera podido comportarse de otro modo, a menos de ser un cobarde.

—¿Ves?, tú mismo lo dices.

—Va no digo nada. Yo digo que no hay que hacer responsable a Ramin. Y que tampoco hay que culpar al partido. No estamos en contra de los viejos, pero si no queréis uniros a nosotros, nos vemos obligados a prescindir de vosotros. No podemos detenernos por vuestra causa, si no el mundo no progresaría jamás. Acabaréis por seguirnos; tu también, padre, ya verás.

—Me imagino muy bien la situación, Heinz. Ese tipo te ha embabiecado. Como es noble, antiguo oficial y Otto le ha salvado la vida, si se le ocurre pedírtelo, te apartarás de tu padre…

—¡Yo no me aparto de ti, padre!

—¡Sin embargo, acabas de confesarlo! ¡Has dicho que vosotros continuaréis vuestro camino y que yo debo seguiros! ¡Lo has dicho y no puedes negarlo, pero yo no me adheriré a una teoría como esa! ¡Es demasiado poco para mí! Y si hasta este momento he escuchado pacientemente todo cuanto me contabas, ahora se ha terminado, Bubi. No hablemos ya más de ello… ¡Vaya partido ese! ¡Poner a mal a los unos con los otros, a los padres con sus hijos!

Se levantó y añadió:

—Buenas noches, Bubi.

—Pero, padre…

—He dicho buenas noches, Bubi.

—No, padre; el partido…

—No quiero oír hablar más de tu partido, ya te lo previne. Buenas noches, Bubi.

—Buenas noches, padre.

5

Una noche de mayo. Sopla un aire tibio que llega incluso a la Werxstrasse. Es primavera. El viejo Hackendahl está tendido, despierto, en su lecho. No por el calor ni la primavera tiene la ventana abierta. Igual que durante varias noches anteriores, está esperando oír los pasos que le anuncian el retorno de su hijo.

Hasta hace un momento siguió reinando en la Werxstrasse un gran bullicio; se oía un confuso griterío. A la sazón todo está sumido en el silencio. Es ya más de la una de la madrugada. Seguramente es que se han caneado de esperar… Eso suponiendo que estuvieran al acecho… No hay que temer siempre lo peor.

Hackendahl se levanta y mira durante largo rato a la calle desierta. El aire es muy suave y, sin embargo, fresco. Recuerda esta misma época cuatro años atrás, cuando, camino de París, atravesaba los países renanos y el aire tenía la misma frescura tibia. ¡Ah, qué estupendo era! Hace una profunda inspiración y se vuelve a acostar en el lecho. Puede hacerlo tranquilamente; la cama está vacía. Hace unos instantes le había parecido oír unos cuchicheos en el portal de la casa; pero debió de equivocarse, o tal vez fuera una pareja de novios. Ahora todo está en calma. Por esta noche todo irá bien, una vez más.

Viejo corazón paternal lleno de agravios contra su hijo querido. Celoso de otro hombre; de un nuevo ideal. Pero irreductible, como siempre.

Además, ¿a qué va a resolverse? Puede merodear, encolerizarse, obstinarse, pero no dejar de lado el amor y la esperanza. Otto ha caído. Erich y Eva se fueron. No hay ya nada a esperar por parte de ellos. Son demasiado parecidos a su madre. Demasiado débiles para una época ruda. Tal vez hubieran atravesado sin dificultad el tiempo de anteguerra, el tiempo de vida fácil, pero la dureza de la guerra y lo despiadado de la postguerra los ha deshecho.

¿Sofía? Verdad es que Sofía ha llegado a ser algo, pero tampoco algo de lo que uno puede envanecerse. Un alma mezquina que ha sabido ir capitalizando su mediocridad. «No me interesa para nada», piensa el viejo, con desdén.

Heinz sí que es alguien. Ha estado dos veces en peligro y siempre se ha librado de él por sí solo. No hay que temer ni el que le silben ni lo pisoteen hasta no formar en el suelo más que un montón de barro. Como legitimo hijo de su padre, las contrariedades, en vez de reblandecerlo, le templan.

No, su corazón no se ha encallecido, y allí, en su prisión corporal, no ha envejecido. El padre está enfadado con su hijo a causa del señor von Ramin, pero vela esperando a escondidas su vuelta. No se sienta junto a él en la mesa de la cocina para hablar un rato, pero el corazón no cesa de decirle que hace mal. Un anciano no tiene muchos seres a los que acudir, y necesita conservar, los pocos afectos que le quedan. No es que obedezca a cálculo alguno. Es que se parece a las nubes que se apelotonan, tejen un velo y de pronto aparece la claridad. Cuando ocurre esto último, piensa en madre, en Otto, en Irma o en Heinz, y le invade una oleada de sentimientos diversos. El más remoto pasado, el ayer, el hoy, se confunden en él. De pronto, después de cuarenta años, de cuarenta y cinco años, se ve en el establo pisoteando la rueda hidráulica del pequeño Otto, y ve el rostro encolerizado y ahogado por las lágrimas del niño. Vuelve a ver aquel rostro y su propio pie entre los restos del molino, y vuelven a surgir las nubes, quedando todo sombrío, gris y encapotado. Sin embargo, Heinz…

Vuelve a surgir la claridad, y esta vez es por efecto del presente. Ha oído pasos en la calle. ¿Será su hijo que vuelve? Mientras se va poniendo el capote de cochero sobre la camisa de dormir distingue los pasos de dos personas. Esta noche su hijo viene acompañado.

—Está bien combinado —piensa el viejo Hackendahl, atisbando por detrás de la cortina—. Se acompañan una vez uno y otra vez otro. Eso es camaradería. Se aparejan el peligro y la seguridad. Ve acercarse a dos nombres con uniforme pardo; de pronto desaparecen debajo de su ventana y los pierde de vista, pero sigue oyendo sus voces, y para escuchar su conversación abre los postigos y se acoda en el reborde. No encuentra nada de malo en ello. ¿Por qué no va a escuchar lo que su hijo le explica a un camarada? Es su padre, ¿no es así?

Hubiera hecho mejor no escuchando, pues oye una voz clara que pregunta:

—¿Y el viejo tirano? ¿Sigue tan obstinado?

Su hijo contesta:

—Padre no cede tan fácilmente, Ramin.

Ramin, Ramin. A Hackendahl le sube la sangre a la cabeza. Viejo tirano, obstinado… Esas son las palabras que usa para hablar de él el sobornador de su hijo. ¿Y Heinz le escucha sin protestar? Gustavo el férreo se abalanza hacia la calle hasta medio cuerpo; no quiere por nada del mundo perder ni una sola palabra de aquella conversación sediciosa.

La voz impertinente y desenvuelta continúa:

—¿No quieres que le hable, Heinz? Después de todo, en otro tiempo fue primer sargento y tal vez no necesite más que un buen rapapolvo.

—Déjate, Ramin. No se puede obligar a nada a un anciano.

Ramin responde:

—Sí se puede. Hay que obligar a todo el mundo. El que no quiera doblegarse al bien por propio impulso, debe hacérsele claudicar por la coacción. No podemos esperar que condesciendan todos a convertirse…

Y de nuevo dice el hijo:

—Tal vez tengas razón, Ramin…

El padre esta fuera de sí. Desde su invisible puesto de escucha ruge con su antigua voz de cólera:

—¡Vaya disciplina! ¿Se puede llamar teniente al que incita a sus hombres a la desobediencia? ¡Ese es un sinvergüenza! ¡Apártese de mi vista! Y a ti, Heinz, te dejo elegir: o él o yo…

La voz tonante venida del cielo ha hecho retroceder del portal a los dos hombres que de pie en la calzada levantan la vista hacia donde está el viejo. Heinz exclama:

—¡Vamos, padre!

—¡Rayos y truenos, señor Hackendahl!

Pero para soltar rayos y truenos está mejor colocado el padre, que les domina desde su altura. Le grita a Heinz:

—O rompes con este individuo o ya te estás largando de mi casa…

—¡Padre!

—¡O él o yo! ¡Hay que ventilar la cuestión al momento!

—Es que, padre, yo no puedo…

—¡Señor Hackendahl!, escuche usted…

—¡Él o yo! ¡Inmediatamente!

—Padre, yo…

—¿Es, pues, que no?

—Padre, es imposible… Hablemos con calma…

—¡Entonces es que no! Está bien. No pondrás ya más los pies en mi casa, o si no…

Pero ni el hijo ni el señor von Ramin están para escucharle. Miran hacia el portal de la casa y mientras observan inmóviles y desconfiados, también el padre presiente desde su altura que va a pasar algo, y calla.

En efecto, pasa algo: ocho individuos se lanzan a la calle. Escondidos tras el portal esperaban a Heinz para cogerle por sorpresa. Los gritos que salían de la ventana y de en medio de la calzada les desconcertaron, Creyéndose descubiertos, se lanzan sobre los dos compañeros. Sobre el sinvergüenza y el hijo repudiado…

El anciano ultrajado lo comprende todo: los dos seres a quienes hace un momento odiaba son víctimas de una emboscada. Viéndoles luchar dos contra ocho, en silencio y tensos, su cólera y sus celos se disipan. Se ve poseído de un solo sentimiento: es uno de ellos, son de la misma disposición de ánimo, su causa es la suya. Todo lo demás ha dejado de existir.

La algarada entre los combatientes va creciendo. De vez en vez, cuando algún golpe particularmente duro alcanza su destino, se oye subir un largo gemido que pronto queda ahogado. Gustavo quisiera gritar «socorro», pero en toda su vida no ha tenido que pedido. Quisiera correr abajo, pero llegaría demasiado tarde. Preso de una furia impotente tira de los cordones de las cortinas que se le quedan entre las manos, golpea contra los cristales, que se rompen y caen a la calle con estrépito.

Pero no sirve de nada. Allá abajo los suyos están combatiendo desesperadamente contra un número de adversarios demasiado crecido.

Gustavo se separa de la ventana. Se separa de la visión de su hijo luchando, a punto de caer a cada instante. Sale corriendo de la habitación, y descuelga, al pasar, la larga espada colgada en la pared, con tal violencia, que caen los ganchos que la sostenían y se resquebraja la cal que recubre el muro. Mientras va bajando la escalera de cuatro en cuatro peldaños, desenvaina el arma, pensando: «¡Qué suerte que aun durante los peores períodos no haya dejado de engrasarla!…».

Y he aquí que acude, blandiendo la espada deslumbrante, el arma de otro tiempo conservada incólume, en socorro de los desarmados de hoy en día…

—¡Perros! ¡Cobardes! ¡Asesinos!

—A mí, no —grita Heinz—. ¡Ayuda a Ramin, padre que yo ya me saldré!

El viejo no duda un momento: en vez de proteger a Heinz se lanza en socorro del «sobornador de su hijo», de su enemigo. Con la hoja de su sable golpea a los adversarios.

De todas formas la lucha es corta, pues su intervención belicosa hace huir a los adversarios. Son unos cobardes que se fugan sin volver la cabeza. Al ver aquel sable desenvainado se sienten desazonados. El arma que ellos emplean es la barra de plomo, que se oculta en el puño, o a lo sumo el revólver. Armas que pueden disimularse. Armas clandestinas.

Se dan a la fuga, y Gustavo el férreo, furioso y olvidándolo todo, les persigue a través de la calle sumida en la obscuridad. Les persigue hasta que Heinz y su amigo, dándole alcance, le contienen.

—¡Detente, padre! No vas a pretender correr tan aprisa como ellos…

Se contemplan. Sus rostros excitados están enrojecidos por la lucha. Hay un silencio. Por fin el señor von Ramin, dice:

—Nos ha socorrido usted en la adversidad, señor Hackendahl.

Y el anciano, que de pronto ha recobrado su disposición recalcitrante, dice:

—¡Bah! Habrían acabado también por salirse sin mi ayuda.

—Pero aun nos ha ido mejor con ella —dice von Ramin, ofreciéndole la mano.

Él duda un instante y mira a su hijo. Este hace con la cabeza un signo de asentimiento. Entonces Gustavo el férreo coge la mano que se le ofrece, Y estrechándola, dice:

—Sea. Estoy con vosotros.

Terminaste Gustavo el férreo

Hans Fallada

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