Gustavo el férreo

Hans Fallada · Capítulo 2 de 10 · parte 1/3

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Gustavo el férreo

Capítulo I

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

CAPÍTULO PRIMERO

LOS BUENOS TIEMPOS DE LA PAZ

 

1

Quizá se debiera a que en el establo, Rucio, el caballo favorito del viejo Hackendahl, hacía sonar sin descanso la cadena de sujeción con la argolla del pesebre y golpeaba incesantemente con la pezuña contra el empedrado de la cuadra, reclamando su pienso.

Mas quizá también se debiera a las primeras claridades del crepúsculo, que con su gris resplandor había disipado la claridad lunar, que el viejo Hackendahl se hubiera despertado mientras en Berlín alboreaba.

Pero tal vez no fuera su animal favorito ni el crepúsculo matutino lo que en aquel 29 de junio del año 1914 despertaba solo a las tres y veinte de la mañana a Hackendahl, sino algo muy distinto… Luchando aún con la somnolencia había gemido el viejo.

—¡Erich, Erich, no serías capaz de hacer esto!

Luego se había incorporado fijando la vista en la obscuridad de la alcoba sin ver todavía nada. Lentamente fue asomando en sus ojos el reconocimiento; sobre el alto adorno en forma de concha del lecho matrimonial, flanqueado por dos pomos a derecha e izquierda, podía ver directamente la pared en la que está colgado su espadón de los tiempos en que fue primer sargento de caballería en el regimiento de coraceros de Passewalk, junto al yelmo y debajo de la fotografía que perpetúa el día en que lo licenciaron hace a la sazón veinte años.

Despierto ya, contempla en la penumbra el débil brillo de la hoja del espadón y la dorada águila del yelmo. Todos estos recuerdos le ocasionan hoy en día más dicha y más orgullo que la gran cochera que ha logrado instalar. La consideración de que disfrutaba en el regimiento le tiene más contento que el respeto que dispensan al triunfante hombre de negocios los vecinos de la Frankfurter Allee. Y pasando sin transición a pensar en su pesadilla, dice completamente despierto esta vez:

—No, Erich no haría jamás una cosa así. ¡Jamás! Con ademán decidido pone los pies en la alfombrilla situada al lado de la cama, que es una piel de guanaco.

2

—¿Te levantas ya, Gustavo? —pregunta desde la cama una voz, y se tiende hacia su sitio una mano—. ¡Si acaban de dar las tres!

—Así es, madre —contesta él—. Las tres y veinticinco.

—¿Y por qué, padre? El pienso no es hasta las cuatro…

Él queda casi perplejo.

—Es que tengo la sensación de como si en el establo pudiera haber algún animal enfermo…

Y mete prestamente la cabeza en la jofaina del lavabo para evitar el tener que dar más explicaciones. Pero su mujer espera pacientemente hasta que se ha secado, disponiéndose a arreglar el arremolinado bigote, con pomada, un peine y un cepillo, y dice entonces:

—¡Has estado fantaseando toda la noche acerca de Erich, padre…!

El hombre se detiene de pronto en su peinado. Debería dar una respuesta rápida, pero no se le ocurre y, por tanto, dice con indiferencia:

—Pues no sé…

—¿Qué te pasa con Erich? —pregunta la mujer insistentemente—. Ya me he dado cuenta de que os pasa algo a los dos.

—Eva estuvo ayer otra vez toda la tarde en el café Köller, y no me gusta. La gente dice que es un cafetucho indecente:

—Es joven y ha de divertirse un poco —contesta la madre—. La señorita Koller ha comprado un gramófono. Eva va porque le gusta mucho la música.

—¡Pues no me parece bien! —dice el antiguo primer sargento ferozmente—. Cuídate tú de que las chicas se porten bien y yo ya meteré en cintura a los chicos, Incluso a Erich.

—Es que… —empieza a decir la madre.

Mas ya Hackendahl se ha marchado. Ha dicho lo que quería, y en aquella casa priva su voluntad.

Suspirando, se deja caer la madre en el cojín. «¡Ay, Dios mío, qué hombre! Es rígido como una varilla y quisiera que los chicos vivieran como él. Tiene algún barrunto. Pero ya me cuidaré yo de que los chicos tengan su poco de diversión, tanto Eva como Erich. Erich en especial…».

Y se vuelve a dormir.

3

El padre queda un momento indeciso en el vestíbulo sombrío. Procedente del establo oye el ruido que el caballo produce relinchando, pateando y haciendo sonar la cadena, pero resiste a la tentación de ir a dar secretamente a su favorito un pienso extraordinario. En vez de ello abre precavidamente la puerta de la alcoba de las muchachas.

Ambas duermen tranquilamente. Están acostumbradas a que el padre haga su ronda mañana y noche tal como la hacía en el cuartel, en donde también revisaba los dormitorios por si todo seguía en orden. Cuando Hackendahl se despojó del uniforme y de ser militar, pasó a ser paisano, poniéndose al frente de la cochera que su suegro dejara al morir, no abandonó ninguna de sus costumbres militares. Tanto los cocheros, los caballos como los hijos, tuvieron que aprender a obedecer cual si fueran soldados sujetos a la ordenanza militar. En lo que atañía a los hijos, quedaron estos desposeídos de vida privada y de los íntimos secretos que tanto gustan a los niños. En los armarios y comidas cada cosa tenía que estar en su sitio, pues el padre era despiadado en todo cuanto significada orden y limpieza. El padre. Esta palabra que pendía amenazadora sobre toda la familia Hackendahl. Significaba para ellos, mando dictamen y el más severo de los juicios.

«Gustavo el Férreo», así era como le llamaba todo el mundo en la Frankfurter Allee. Inflexible. Si bien era terco, rígido e intransigente, era también intachable y recto. Desviado de su rumbo ya bastante tarde para ir a parar a un ambiente burgués que le resultaba demasiado débil, trataba de inculcar en sus hijos los principios por los cuales había llegado, según su opinión al éxito: solicitud, sentimiento del deber, rectitud incondicional y sumisión a la voluntad de quien está más alto tanto se llame Dios, Kaiser o Ley.

Ambas muchachas duermen tranquilamente en sus camas, y el padre, ya dentro de la habitación las mira inquisitivamente. Sobre la silla que está al lado de Sofía, la mayor de ellas, que cuenta a la sazón veintiún años cuelga, cuidadosamente colocado, conservando los pliegues, el uniforme de enfermera, y en la mesilla de noche está la almidonada cofia con la cruz roja. El padre suspira pensando en la terquedad que ha puesto la hija en ser enfermera, valiéndose de su mayoría de edad. Su opinión era que aquella criatura pálida, anémica y un poco beata estaba mucho más indicada para ser profesora, pero Sofía tuvo que imponer su voluntad.

—Si te empeñas en no quererlo, padre —le había dicho a su manera, tranquila y un poco hipócrita—, lo tendré que hacer aún contra tu voluntad.

—Es que yo soy tu padre —había exclamado él, desconcertado por la falta de obediencia—. Todo cuanto hagas en contra de mi voluntad lo harás en contra del cuarto mandamiento.

—El pastor Rienäcker me ha dicho —había contestado ella con voz apagada— que he sido llamada…

Y no se había avergonzado lo más mínimo de decirle a su padre una cosa tal. ¡Llamada por Dios! ¿Desde cuándo se habla de Dios todopoderoso como si se le conociera personalmente? Para hacer una cosa así se era demasiado poca cosa. El viejo Hackendahl creía en una ordenación de rangos en la tierra como si fuera algo especial: en lo más alto de todo estaba el buen Dios, y muy muy abajo venía él, en tanto que todo lo que entre los dos había, como eran los superiores, el Consejo Supremo o el Kaiser, tenía su sitio determinado más próximo a Dios que el de los Hackendahl.

—Yo solo quiero tu bien, Sofía —le había contestado—. Eres demasiado débil para esa profesión.

—Dios me dará fuerzas —había respondido ella. «Bien, bien, bien». Mecánicamente hace correr el padre las cintas de la cofia que hay en la mesilla de noche, un poco hacia la izquierda, para que formen así un ángulo recto con esta. Si bien sería tal vez bastante más necesario poner orden en la ropa de la segunda de las hijas, Eva, que cuenta a la sazón dieciocho años.

Eva yace sobre un costado con el rostro apoyado en uno de los brazos. Sus cabellos rubios y largos se esparcen en torno a su cabeza como una corona de espigas. Sofía ha trenzado sus cabellos para la noche, tal como debe hacerse formando dos recias trenzas. Eva suele exclamar: «¡Por lo menos quiero tener los cabellos sueltos de noche, ya que todo el día tengo que llevar este moño de vieja…!».

Es una desobediencia, pero el padre no ha sabido decirle que no. ¡Está tan bonita con aquel halo rubio en torno a los claros colores de su rostro! Su corazón siente una especie de alegría al verla yacer de aquel modo, tan llena de vida, convertida ya en una muchacha en flor. ¡Y aún es una niña!

Es aún una niña, indudablemente. ¡Si conocerá él a su Eva…!

Hackendahl frunce las cejas al pensar de nuevo en la Konditorei, aquel miserable cafetucho con su música gangosa que sale de una colosal trompa-embudo pintada de rosa y oro. Cierto que desde hace un tiempo frecuenta aquel lugar, pero es tan solo por la música, a causa de aquel aparato puesto de moda. No piensa en hombres ni en besos…

La contempla pensativamente, y bajo su mirada ella se da una vuelta rápida como todo lo que hace, y se pone de espaldas. Luego estira los brazos y emite un sonido encantador. No es más que un «oh». ¡Pero tan bello! Luego fija en él la vista:

—¿Eres tú, padre?

—¡Buenos días! —dice él, lentamente.

—¡Buenos días, padre! —Y con rapidez añade:

—Oye, padre…

—¿Qué pasa? ¡Lo que debes hacer es dormir!

—No te preocupes. En seguida me volveré a dormir. Oye, padre… —y añade con mucho sigilo:— ¿Sabes a qué hora volvió Erich a casa?

—¡No seas delatora!

—¡A la una, padre! ¡Imagínate, a la una!

—Ea, Evita, ¡no se debe ser delator! —repite. Pero lo dice más débilmente, pues lo que acaba de oír le trastorna muchísimo.

—¡Delatarle! ¡Él es el que está delatando todo el día! Y en el café Köller dijeron que tenía dinero, dinero en oro, padre…

—¡No quiero que vayas al café!

—¡Es que me gusta tanto comer nata! Aquí nunca puedo hacerlo —y mira al padre ladina e inquisitivamente, notando al momento que este no piensa en sus faltas —. Y ahora voy a volver a dormirme. ¡Dios mío, qué cansada estoy…!

—Sí, duerme —dice el padre, en tono de advertencia—. Y no vuelvas a delatar nunca. Delatar es muy feo.

En el corredor, vuelve a oír claramente los golpes de Rucio. Son casi las tres y media, y pronto será la hora del pienso. Pero mejor es que vaya primero al cuarto de los chicos.

4

Tres camas, tres durmientes, tres hijos. Pudiera ser ello como una especie de riqueza, y al padre así le ha parecido con frecuencia. Pero no hoy. Hoy, no. No tan solo por la confusa huella que la pesadilla ha dejado en Hackendahl, ni por la delatora charla de Eva… Hackendahl se detiene en el umbral de la puerta, y escucha.

Escucha …

Ha oído dormir a cientos y miles de hombres, queda y estrepitosamente, y conoce, por tanto, esa respiración ruidosa, difícil y gangosa que está oyendo. La ha oído en los dormitorios del cuartel, principalmente en las noches de sábados y domingos y después de los días de permiso. Pero no la había oído jamás en aquella alcoba, en el cuarto de sus hijos.

Allí, de pie, sigue escuchándola, mientras las palabras de Eva martillean su mente: «Erich no ha vuelto a casa hasta la una».

Pero no necesita que nadie le explique lo que es un sueño de embriagado, lo distingue sin que se lo indiquen…

Presuroso, se dirige a la cama de Erich y se detiene ante ella, mirando al hijo embriagado. Tendría motivo sobrado para regañar a Heinz, el menor de los hijos, a quien llaman Bubi, por la forma en que ha colgado su ropa, o bien para hacerle comprender al mayor, a Otto, que cuenta a la sazón veinticuatro años, que su padre nota perfectamente que no está durmiendo y que tan solo lo finge. Está demasiado inmóvil en su cama.

Pero Hackendahl queda perplejo, enojado y triste, junto a la cama de su Erich, de su predilecto en secreto, de aquel muchacho dispuesto, alegre y vivaracho, que puede equipararse a Eva en listeza… Enojo y tristeza por la conducta del chico, que está ebrio… Tiene tan solo diecisiete años, y va a la clase primera inferior del colegio. Es el predilecto de sus padres, de sus maestros y de sus condiscípulos… y, sin embargo, está borracho.

El padre permanece allí, de pie, perdido en sus pensamientos. Su pie tropieza con el cobertor de la cama y se enreda en él. O es que tal vez no es el cobertor, sino otra cosa… No tiene ahora tiempo de mirarlo, pues debe mirar al rostro del hijo, escudriñar aquel rostro tan querido. Y trata de leer en él…

Pero la alcoba está aún sumida en la penumbra, y va hasta la ventana, levantando una punta del visillo para que la luz del día que nace caiga de lleno en el rostro del durmiente…

Al hacerlo, su mirada tropieza con otra, con la del mayor de sus hijos, Otto, que le contempla confusa y algo melancólicamente. Cual si Otto le hubiera sorprendido en algo prohibido, Hackendahl se enfurece, dando rienda suelta a este súbito enojo, pues ante Otto puede uno desatarse. Otto es como de arcilla blanda, y ni la furia ni el cariño parecen dejar en él impresión alguna.

El padre levanta el puño, amenazadoramente, cual si fuera a golpearle, y murmura, en un susurro:

—¡Quieto! ¡A dormir inmediatamente!

Y al instante cierra el hijo los ojos.

Durante un momento queda el padre contemplando aquel rostro pálido y blando. Luego se vuelve hacia el otro hijo. Más el pequeño intermedio le ha cambiado, y hasta cierto punto no se encuentra ya solo en el cuarto desde que sabe que el hijo mayor está despierto. Se ha terminado la tranquila reflexión; la ira y la pena se han concretado. Ha de actuar…

¡Ha de actuar!

Lo primero que hace es inclinarse. Esto es, hasta entonces no les había prestado atención, pero había ya notado las ropas dispersadas en la embriaguez. No era el cobertor lo que se enredó en sus pies… y empieza a coger las ropas.

Del bolsillo de la chaqueta se desliza algo que va a caer al suelo, produciendo un leve ruido…

El padre cuelga primero cuidadosamente la chaqueta del respaldo de la silla. Luego recoge la llave del suelo. Es una llave completamente corriente, una llavecita pequeña, de las que se emplean para las cerraduras de armarios y cajones. Está aún bastante nueva, e incluso, a la débil luz de la habitación, cree el padre poder reconocer las huellas de la lima en sus dientes…

No es una llave de serie, acaba de ser limada por algún cerrajero. ¡Nada de particular!

El padre queda completamente inmóvil, conservando aquella llavecita en su mano, y le parece oír pasar, presuroso, el tiempo, rumoreando en sus oídos con sus segundos y minutos que van cayendo como una lluvia espesa, disolviendo todos los demás ruidos, los ruidos de la vida. Y la misma vida parece, tras de aquel velo, como sombría, descolorida y lejana.

Tan solo una llavecita…

No; ya no mira más a la cama del embriagado, y le tiene también sin cuidado que Otto le esté observando o no. Cuando uno está sumido en el dolor, se encuentra incomprensiblemente solo, y nada llega hasta él…

Con pesados pies, cual si se fuera arrastrando, y con los ojos que solo penosamente ven, como si fueran medio ciegos, se va el padre hacia la puerta, llevando la llave con la mano extendida ante él.

¡Aquella llavecita!

5

En el corredor volvió el viejo Hackendahl a oír como el caballo golpeaba con la pata y hacia sonar la cadena, en señal de advertencia. El animal favorito de su dueño estaba mal acostumbrado, y exigía ya que le dieran su pienso extraordinario. No, ni Rucio, ni Erich, ni el amo de la casa estaban dentro del orden. En el exterior mucho blasonar de justicia y de sentimiento del deber, pero se levantaba media hora antes para dar a Rucio una ración extra, en secreto y antes de que llegara Rabause, el mozo de cuadra. A todos sus hijos les apreciaba igual, pero cuando Erich le hacía halagos e insistía en algo, acababa riendo, y riendo le concedía lo que a los demás les negaba de mal talante.

En su fuero interno habíase disculpado diciéndose que no era nada malo, y que nadie podía ordenar a su corazón que tuviera igual cariño para todos. Pero sí era malo, y no estaba dentro del orden, ni del humano ni del divino, y la prueba de ello la tenía en la mano.

La tenía en la mano. Entre dos dedos tenía aquella llavecita, como si fuera una llave mágica cuya virtud aun no se conoce del todo, y con la que hay que ir con cuidado. Y es una llave mágica, pues le abre al férreo Gustavo nuevos conocimientos. No hay corazón paterno que pueda permanecer férreo, es una tierra arada de nuevo continuamente y muchos de los surcos no reaparecen ya más.

Hackendahl está ahora de pie delante de su mesa escritorio; no sabe, a ciencia cierta, cómo ha llegado hasta allí, pero el caso es que ha llegado y que no hay retrocesos que valgan. ¿Es que, por otra parte, han valido nunca? Un suboficial prusiano no retrocede y, mirando al enemigo a los ojos, ataca, Hackendahl mira la mesa escritorio, que es un gran mueble de roble muy tallado y con aplicaciones de latón representando cabezas de león en las cerraduras.

En una de estas cabezas de león introduce la llave y le da vuelta. ¡Oh prodigio! La llave abre. No le sorprende, pues ya suponía que aquella llave, hecha por un cerrajero, abriría el cajón de su mesa escritorio. Y es lo que hace. Hackendahl mira al interior del cajón. De repente recuerda que hace tiempo, cuando los hijos eran aún pequeños, había siempre, en la parte de delante, a la derecha, un bloque de azúcar cande. El padre enjuiciaba la conducta semanal y cortaba con su cuchillo un pedazo del bloque, mayor o menor según el comportamiento. Lo había considerado bueno y saludable, pues en su niñez el azúcar era algo precioso, y se creía entonces que daba gran fuerza a los niños. Hackendahl quería tener hijos fuertes.

Mas tarde se demostró que tal suposición era falsa. El dentista explicó que el comer mucho azúcar les estropeaba los dientes. Hackendahl había obrado con buena intención aunque equivocadamente. A menudo sucedía así en la vida: se tenía buena intención y se erraba. Tal vez no supiera uno bastante y fuera poco lo aprendido. No había sido lo suficientemente riguroso, y ahora se encontraba con que tenía un hijo ladrón, lo peor que se puede dar: un ladrón casero, un tipo que roba a sus padres y a sus hermanos…

El viejo suspira ante el cajón de su escritorio. Su orgullo había sido injuriado y su limpieza mancilla da ignominiosamente; puesto que el hijo roba, no puede el padre seguir sin mácula. Mientras está allí, de pie, tiene un sentimiento preciso del tiempo que corre implacablemente. Acaba de oír tocar las cuatro. Tendría que bajar a la cuadra y vigilar el pienso y el almohazamiento de los caballos. Dentro de media hora llegarán los primeros simones nocturnos, de vuelta de su cometido, y tendrá que ajustarles las cuentas. No tiene tiempo de quedarse allí, inactivo, meditando sobre un hijo que ha sido un fracaso.

Eso es; lo que tendría que hacer es recontar el dinero que hay en la bolsita de tela; comprobar a lo que asciende la cantidad que falta, y someter al hijo a un interrogatorio. Luego ir en seguida a vigilar la hora del pienso y de la limpieza, uncir los caballos y pasar cuentas… y en vez de hacer algo de todo ello sacude pensativamente una bolsita de tela en la que Sofía ha marcado con hilo rojo, a punto de cruz, «10 marcos» y que contiene monedas de oro de a diez marcos…

Pero no recuenta el contenido, ni va a ver a su hijo, ni al establo. Está sumido en sus pensamientos. Su período de militar le ha convertido en hombre, proporcionándole los principios básicos. Todo lo que más tarde ha pasado en su existencia burguesa puede cotejarse con algún ejemplo obtenido del tiempo de militar. Se acordaba de muchos robos en los dormitorios de la tropa. Había tipos incorregibles que de continuo estaban robándoles a sus camaradas el tabaco o los embutidos que de sus casas les enviaban. Lo primero que se hacía era darles una paliza, un vapuleo despiadado con una traílla de pasear a los caballos, en plena noche y sobre el trasero al descubierto, en tanto que se les cubría el rostro con una manta, aunque sin necesidad de esto último, pues no hubiera habido suboficial que prestara oídos a sus gritos…

Si, a pesar de todo, la paliza no surtía efecto y el ladrón era verdaderamente incorregible, resultando un enemigo de sus camaradas, se le separaba de la comunidad y se le enviaba a un batallón disciplinario. Vergüenza y oprobio para él. Así actuaban los camaradas, y no podía decirse que un camarada dejara de ser algo excelente; pero ¿es que tal vez no es mucho más aún un padre? ¿No era mucho más rastrero robar a un padre que a un camarada?

El viejo Hackendahl queda allí, de pie, temblando.

Piensa en su hijo, que dentro de tres horas ha de coger los efectos escolares para irse al colegio. Es casi imposible llegar a concebir que el hijo no va a ir ya más al colegio. ¡Aquel hijo que era su orgullo y su ambición! ¡Y, sin embargo, así tiene que ser! Ve a los soldados que fueron expulsados, y, en especial, a uno de ellos que tenía la nariz muy grande, aguileña y pálida. De sus mejillas iban cayendo las lágrimas, pero la voz del oficial siguió enunciando, despiadadamente, la sentencia condenatoria, definitiva e irrevocable, sobre el hombre que robara a sus semejantes…

No hay que dejarse ablandar por el propio corazón; el hecho de que haya pecado la propia carne no cambia nada: un ladrón es siempre un ladrón. La gente le ha motejado de Gustavo el Férreo, medio en broma, porque puede ser testarudo hasta tal extremo. Pero uno puede llegar, si se lo propone, a convertir un mote en un seudónimo honroso.

Y, sin detenerse más, empieza a contar el dinero. A poco, cuando ha acabado de comprobar la suma que falta, se queda un momento atónito. ¿Tanto…? ¡No puede ser! Pero sí es… ¡Más oprobio aún! Toda aquella suma no puede haberla empleado en emborracharse. ¡Diecisiete años! De pronto ve el padre, tras el rostro pálido, despierto y vivo de su hijo, los arrumacos de las mujeres, de las mujeres pagadas, que son una deshonra para cualquier hombre probo… ¡Diecisiete años!

De un golpe empuja el cajón de la mesa escritorio y, cerrándolo con la llave, se va, presuroso y decidido, a la alcoba de los hijos.

6

Al ver regresar tan inesperadamente al padre, apártase, atemorizado, Otto, el mayor de los hijos, que se ha vestido ya, del sitio que ocupaba junto a la ventana. Temerosamente trata de esconder el pedazo de madera y el cuchillo de talla, pues más de diez veces le ha prohibido el padre aquel ridículo entretenimiento de tallar en madera pipas o figuras de animales, por considerarlo una estupidez indigna de un hombre que algún día tendrá que dirigir una cuadra de treinta caballos.

Pero aquella vez pasa por alto el padre la desobediencia del mayor, y va, sin titubeos, hacia la cama de Erich, a quien ordena, cogiéndole firmemente del hombro con una mano:

—¡Despierta!

El durmiente se revuelve y trata de esquivar su hombro del firme apretón. Le tiemblan los párpados, pero no se despierta.

—¡Que te despiertes he dicho! ¿No has oído? —ordena el padre, en voz alta.

Erich sigue tratando de librarse del sueño, pero es en vano. La mano del padre le produce un dolor agudo, y su voz es como una amenaza…

—¿Qué pasa? —pregunta Erich, abriendo penosamente los ojos—. ¿Es ya hora de ir al colegio?

El padre mira, sin decir una palabra, el rostro que va despertando. Luego agarra con una mano el cabello largo y rubio del durmiente y tira de la cabeza hasta ponerla tan cerca de la suya que casi se tocan frente con frente… Sus ojos ya no ven el rostro que tan cerca tiene, y miran tan solo a los ojos húmedos y sombríos del otro. En los ojos del uno se refleja el miedo, y en los del otro, un brillo siniestro…

—¿Qué pasa? —vuelve a preguntar Erich, aunque sin valor ni convencimiento.

El padre no contesta, pues ha leído ya en la mirada del hijo la confesión que busca, y el corazón le late desacompasadamente…

Durante un buen rato queda en silencio, y, de pronto, se encuentra habiendo preguntado, sin quererlo, con voz muy baja:

—¿Qué has hecho del dinero?

La sombría pupila parece contraerse hasta el máximo. ¿Ha contestado el hijo? El padre no lo sabe. Tira de los pelos del otro y golpea una y otra vez su propia frente con la del hijo.

—¡Mi dinero! —murmura—. ¡Ladrón! ¡Falsificador de llaves!

La cabeza se zarandea incesantemente, y ni una sola vez trata de esquivar el horrible tirón.

—¿Qué peste es esa? —pregunta de nuevo el padre—. ¡Hueles a vino y a zorras! ¿A ellas ha ido a parar mi dinero?

De nuevo queda sin respuesta. ¡Ah, ese abandono cobarde y relajado no hace más que aumentar la furia de Hackendahl!

—¿Qué te imaginas que voy a hacer contigo? —gime, casi fuera de sí, por la ira —. ¡Llevarte a la Policía…! ¡A la cárcel…!

El hijo no contesta.

—¿Qué quieres tú? —exclama Hackendahl, volviéndose airadamente hacia el mayor—. ¡No te metas en esto, zote!

—Me voy a la cuadra —dice Otto con indiferencia—. ¿Quieres que dé yo el pienso en lugar tuyo?

—¿Tu dar el pienso? —exclama el padre, con desprecio, alegrándose en cierto modo de la interrupción, que le ha hecho, incluso soltar a Erich—. ¡Iríamos bien! No; sal de aquí, que yo voy en seguida.

—¡Muy bien, padre! —dice Otto, obediente, saliendo de la alcoba.

El padre sigue con la vista la pesada figura de su hijo, y luego, desviando la mirada, vuelve a posarla sobre Erich, que a la sazón se ha levantado y, muy pálido y con el semblante descompuesto, está de pie al otro lado de la cama.

—¿Qué tienes que decir? —pregunta, tratando de volver a enfurecerse—. Dilo pronto, pues ya has oído lo que tengo que hacer. He de ganar dinero para que mi señor hijo me lo robe y lo gaste en vino y mancebas…

El hijo mira a su padre con la cabeza baja y temblándole el labio inferior, cual si fuera a llorar. Pero no llora, y ahora que se ha librado de la proximidad de su padre y tiene entre los dos a la cama como protección, se atreve incluso a hablar.

—Quiero disfrutar de la vida… —dice.

—¡Ah!, ¿de modo que quieres disfrutar? —exclama el padre indignado—. ¿Y qué piensas darle a la vida? Cuando uno quiere obtener algo ha de dar también algo—. Mira al hijo y añade, luego, despectivamente: —Pero como tú eres un ladrón, robas las cosas…

—No estoy dispuesto a vivir así —dice el hijo, tercamente, mientras se aparta el pelo que le cuelga por la dolorida frente—. Todo el santo día en el colegio y haciendo los deberes, y cuando quiero salir por media hora te lo he de pedir a ti, que me controlas reloj en mano, por si he dicho media hora y tardo treinta y un minutos.

—¿No puedes vivir así? Cuando yo tenía tu edad era mozo de labranza. Me tenía que levantar a las tres de la mañana, y cuando me acostaba, a las nueve en punto de la noche, me parecía no tener huesos, tan cansado estaba. ¡Y tú no puedes vivir con cinco horas de colegio, buena comida y buena ropa!

—¡Es que yo no soy mozo de labranza! ¡Un colegial no vive como un mozo! ¡Y también los tiempos han cambiado, padre!

—Sí. ¡Y tanto que han cambiado! ¡Se han convertido en tiempos sin respeto y sin honor! Los rojos han armado jaleo ante el palacio, exigiendo del Kaiser el reconocimiento de sus derechos. ¡Sus derechos! ¿También tú te has convertido en uno de esos rojos y quieres demostrarme tus derechos a falsificar llaves y a robar dinero?

—¡Como jamás me das ni un solo groschen, padre! —responde el hijo, tercamente—. No faltaría más que no tuviera el derecho de vivir como los demás colegiales. Tú has sido quien me ha puesto en el mundo y quisiste que estudiara… Pues dame, también, lo que es necesario para ello. Tú no quieres más que tiranizar a la gente. Solo estás contento cuando ves trabajar a los demás ante ti. Eres igual que tu Kaiser: ¡El que no quiera obedecer, será fusilado!

—¡Erich! —exclamó el padre, mortalmente agraviado—. ¿Cómo puedes decir eso? ¿Es que no he querido siempre vuestro bien? ¿Cómo te atreves aún a hablar? — preguntó ya más calmado—. Me has robado mis llaves para hacerte una falsa, a escondidas, y me has robado el dinero. ¿Y piensas aún defender una cosa así? ¿No se te ocurre ponerte de rodillas pidiendo perdón, arrepentido? ¿Es que te has vuelto completamente loco? Es el hijo el que ha robado y ¿va a ser la culpa del padre…?

Desconcertado, paseó la vista por la habitación. El ruido había despertado a Heinz de su pesado sueño de chiquillo e, incorporado en la cama, contemplaba al padre. Con su desdeñoso acento berlinés, opinó:

—No te excites, padre. Erich no es normal. Todo el colegio sabe que está majareta perdido. ¡Es rojo…!

—¡Rojo! —exclama el padre—. ¡Un hijo mío rojo! ¡Un Hackendahl socialdemócrata! ¿Es que no sabes que el Kaiser dijo que todos los socialdemócratas eran enemigos de Su patria y la estaban destrozando?

—¡Con tal de que no se les ocurra destrozar a tu Guillermo! —dijo el hijo—. ¡No sabe más que ir haciendo ruido al arrastrar el sable!

—¡Padre! ¡Padre! —exclamó Heinz—. ¡Deja que Erich desvaríe! ¡Está loco!

—¡No me faltaba más que oír esto! —exclamó el padre, precipitándose, por encima de la cama, hacia su hijo—. Ya veremos si mi propio hijo…

Y trató de alcanzarle, más este le esquivó…

—¡Calma, no pierdas la calma! —exclamó Heinz desde el lecho.

7

—Oíd el escándalo que están armando —se lamentó la madre, refugiándose en el cuarto de las muchachas—. ¡Y a tan temprana hora de la mañana! No hay forma de que padre se quede tranquilo. Piensa que está aún en su cuartel…

Eva estaba incorporada en su cama, y con el rostro interesado y casi complacido escuchaba el griterío. En cambio, Sofía habíase arrebujado con el cobertor por encima de los hombros y fingía no oír nada, ni tan siquiera las quejas de la madre.

—¡Sofía! —le dijo la madre, suplicante—. ¡Padre te hará más caso a ti! Vete a calmarle y entérate de lo que pasa. ¿Qué tendrá contra Erich? Ya en sueños se ha peleado con él. ¡Por favor, Sofía!

—¡No quiero tener nada que ver con vuestras peleas y discusiones! —exclamó Sofía, sentándose en la cama y mirando, con el rostro pálido y descompuesto, a su madre—. ¡Ah, cómo me atormentáis! ¡No lo aguanto más! ¡Estas continuas disputas y riñas! ¿Para qué vivirá una…?

—¡Será para ir a la iglesia! —exclamó Eva, burlonamente—. Para ver al pastor Rienäcker. ¡Dios mío, qué guapo está con el bigote que lleva! Así no hay quien se aburra en la iglesia…

—¡No estoy hablando contigo! —dijo la mayor, con indignación—. ¡Oh, qué mezquina eres! Crees que porque tú… Pero no voy a repetir lo que haces de malo; Dios me dispense del pecado de hacer como tú…

—¡No os peleéis, niñas! —rogó la madre, quejumbrosamente—. ¡Nos podríamos llevar todos tan bien! ¡Podríamos llevar una vida tranquilísima, y no hacemos más que pelear y disputar!…

—No, madre —dijo Sofía con decisión—. La vida tranquila no consiste, como tu crees, en ir cada domingo a la Eierhäuschen o a Hundekehle. A vosotros os parece hermoso, pero solo os lo parece a vosotros. Nosotros, los jóvenes, y en esto doy la razón a Evita y a Erich, encontramos bellas otras cosas.

—Gracias señorita Virtud —dijo Eva con sorna—. No necesito para nada tu ayuda. Yo sola me basto para decirle a mamá lo que quiero. En cuanto a hacer como Erich, llegando borracho a casa, a la una de la noche, después de haberle robado el dinero a padre…

—¡Dios mío! —se lamentó la madre—. ¡Erich no puede haber hecho eso! ¡Si padre se entera, lo mata a golpes! Puede pedirme el dinero a mí…

—¡Madre! —exclamó Sofía, asombrada—. No debes darle dinero a Erich a espaldas de papá. Tenéis que apoyaros el uno al otro, que para eso sois un matrimonio…

—¡Qué estupideces tengo que oír! —dijo Eva, despectivamente—. Son cosas de estas que hacen los curas. Te parecerá mejor que Erich robe el dinero…

—¿Para qué lo necesita? —contesto Sofía, irritada.

—Ya te diré yo qué es lo que te pasa, Sofía —continuó Eva con enfado—. Te has desentendido de todo lo de casa. Prefieres vértelas con un bacín plano de algún paciente de primera clase antes que tener que vaciar el orinal de papá. Te imaginas que es mucho más distinguido, Y te figuras que el buen Dios te lo aprobará y te dará el primer puesto en el cielo…

—¡Madre! —exclamó Sofía, llorosa—. ¡No la dejes hablar tan rastreramente, no lo soportaré!

—¡Sí, para oír decirte la verdad, eres demasiado delicada, pero no para decírnosla a nosotros!

—¡Y me separaré de vosotros! —exclamó Sofía, decidida, secándose las lágrimas con la manga del camisón—. ¡No os necesito! Hoy mismo hablaré con la directora, y esta tarde me voy, con todos mis bártulos, a la Maternidad.

—¡Sofía! —exclamó la madre con acento de súplica—. ¡No hagas una cosa así! ¡Tu padre no lo permitiría jamás! Eres nuestra hija, y como formamos una familia, nos debemos los unos a los otros…

—¡Sí, debemos disputar los unos con los otros! —dijo Eva, furiosa—. ¡Sofía tiene toda la razón, y lo mejor que puede hacer es marcharse! También yo me iré pronto. Todo el mundo ha de procurar para sí, y todo esto de la familia, del amor paterno y fraterno, son tonterías.

—¡Pero, Evita, no digas eso! Nosotros nos queremos…

—¡No nos queremos nada! —exclamó Eva, tercamente—. No nos podemos ni soportar…

—¡No digas eso, Evita!

—¡Yo no estoy dispuesta a escuchar más! —dijo Sofía con decisión—. Que hables así demuestra que no tienes la más mínima fe; ni tú, ni Erich. Y si quieres marcharte de aquí, sé que lo harás por librarte del freno que la familia representa. Hace ya mucho tiempo que lo presentía, y no tengo por qué encontrarte del brazo de un muchacho distinto cada día. Lo he sabido al ver que estabas todo el día en el Parque de Atracciones desde la vez que te vi en el carrusel y te dejabas coger por trece de los chicos.

—Tienes envidia porque ni uno de ellos te miró.

—¡Haced las paces, niñas!

—Y no tuviste la menor vergüenza al ver que el viento te levantaba la falda, hasta que se te vieron las puntillas de los pantalones.

—¡Mejor que mejor!

—¡Ay, Dios, niñas, id a ayudarle! —se lamentaba la madre—. ¡Oíd, oíd! Creo que vuestro padre va a matar a Erich a golpes…

8

—¿Se ha dormido el amo? —preguntó el viejo mozo de caballos Rabause, que estaba sentado en el cajón del pienso, golpeando contra la madera de este con las zuecos—. Es ya tiempo de dar el pienso.

Veinte caballos habían vuelto la cabeza hacia Otto que acababa de entrar en la cuadra, y habían relinchado queda y esperanzadoramente. Pero conocían a su amo, que les traía el alimento, y sabían que no era Otto.

Así es que, decepcionados, desviaron la cabeza, mordisqueando en la paja que quedaba, e hicieron resonar la cadena que les sujetaba. Solo Rucio golpeó, impaciente el suelo con la pezuña.

—Viene en seguida —contestó Otto, sentándose junto a Rabause, sobre el cajón —. Hace ya rato que está despierto.

—Y ¿por qué no le ha dado aún el pienso a su Rucio? —preguntó Rabause, extrañado—. Los demás días siempre lo hace—. Y añadió, riendo—: El amo cree que no lo noto, pero lo noto perfectamente.

—A nosotros no nos importa nada, Rabause —dijo Otto—. Son los caballos de padre y el pienso de padre; puede hacer lo que le venga en gana.

—¿Es que digo yo alguna otra cosa, Otto? —preguntó el viejo Rabause—. Yo solo digo que da un pienso a escondidas a Rucio, y es la verdad. El amo tiene sus preferidos, aunque no quiera. Es muy natural.

—No sé nada de esto —dijo Otto evasivamente—. Yo hago solo lo que padre quiere.

—Precisamente lo que yo digo, Otto —dijo el viejo con sonrisa forzada—. Tampoco tú eres el favorito.

Durante un rato estuvieron sentados en silencio en el cajón. A poco se aclaró el viejo Rabause la garganta y dándole un codazo a Otto, preguntó:

—Oye, Otto, ¿me has tallado la pipa que te pedí?

—Aún no he tenido tiempo —dijo Otto—. Ya sabe usted que tengo que tener cuidado de que padre no lo vea, pues me lo tiene prohibido.

—Hazla bien bonita —le rogó Rabause—. Quiero que represente a mi Ayax, el que estuve conduciendo durante siete años. Ya sabes que tenía un claro hasta medio hocico.

—Ya la haré —dijo Otto—. En cuanto tenga tiempo.

—¡Lo ves, Otto! Otra vez te has olvidado de recordarme que te llame de usted. Ya sabes que el amo me ha prohibido terminantemente el tú.

—No lo he olvidado. Pero no voy a estar recordándoselo todo el día.

—¡Eso es, precisamente! —exclamó el viejo mozo de caballos, apresuradamente —. Si usted mismo quisiera que le llamara de usted no lo estaría olvidando continuamente. Pero es que tú no lo quieres.

—Ya me ha vuelto a tutear, Rabause.

—¡Lo ves! Tu padre tiene toda la razón al decir que no puede ser que el mozo de caballos le llame de tú al hijo del dueño. Ya no tienes diez años, como cuando vine a vuestra casa; tienes ahora veinticinco…

—Veinticuatro.

—¡Pues veinticuatro! —El mozo de caballos golpeó el cajón con los pies—. ¡Con veinticuatro años quizás tengas que volver a ser soldado!…

—¿Yo soldado? No; ya lo he pasado. Con una vez es suficiente.

—Pero ¿y si hay ahora una guerra?

—¡No habrá guerra!

—¿No has leído los diarios extraordinarios de ayer? Los servios han asesinado al príncipe heredero. Ya verás como hay guerra.

—¿Qué tenemos nosotros que ver con los servios? ¿En dónde paran, después de todo?

—No lo sé muy exactamente, Otto. En algún sitio, por ahí abajo… —Y señaló hacia un lugar cualquiera de la cuadra.

—¡Lo ve usted! A causa de esto no puede haber guerra.

De nuevo guardaron silencio durante un rato. El viejo habló nuevamente:

—Si el amo no viene en seguida… Tengo que dar el pienso. Los taxis tienen que salir puntualmente. ¿Quieres ir a ver si baja, Otto?

—Padre ha dicho que viene en seguida.

—Bueno, si es que le tienes miedo, ya iré yo a llamarle.

—Mejor es que esperemos, Rabause; ya vendrá.

—¿Qué pasa? ¿Hay malos vientos?

Otto asintió.

—¿Otra vez? ¿Tan temprano? El amo complica demasiado las cosas. Se está echando a perder él y estropea a los demás. Tú ya no tienes el menor ánimo, Otto.

—¡Bah! Aun aguantaré un rato. Pero sería estupendo que hubiera una guerra y yo tuviera que salir de casa. Quisiera que me dejaran en paz y no me estuvieran todo el día gritando.

—Los prusianos gritan también a sus soldados, Otto.

—Pero no como padre…

—¡Ahí está! —exclamó Rabause—. ¡Ahí tenemos el escándalo! ¡Ven, Otto! —Y corrió hacia la puerta de la cuadra.

—¿No seria mejor que nos quedáramos aquí? —preguntó Otto, indeciso. Pero a poco siguió al mozo de caballos, que había salido ya de la cuadra.

9

Por el patio venía el viejo Hackendahl empujando a Erich que, vestido con una camisa y unos pantalones, avanzaba ante él. Por las ventanas atisbaban los rostros de las mujeres, horrorizados y curiosos. El hijo, con su terquedad, había logrado sacar de quicio al padre.

—¿Que quieres ser un estudiante? —gritaba el viejo, empujando a Erich y haciéndole tambalearse—. ¡Un truhán, eres a mis ojos! ¡Un canalla! ¡Un ladrón!

—No voy a consentir eso —exclamaba Erich—. Me…

—¡Señor amo! ¡Señor amo! ¡Por favor; que despierta usted a los vecinos! —rogó el mozo de cuadra, asustado.

—¡Mírele usted, Rabause! —exclamaba el antiguo sargento mayor con amargura —. ¡El señorito se patea ochenta marcos en una noche y dice aún que tiene derecho a hacerlo! ¡Ponte firmes cuando te habla tu padre! ¡Ya te enseñaré yo quién manda en esta casa…! Hoy mismo te sacaré de la escuela…

—¡No harás eso, padre!

—¡Vaya si lo haré! Te juro que lo hago hoy mismo.

—Señor amo, señor amo, cálmese usted. ¡Reflexione un poco…! ¡Háblale tú también a tu padre, Otto!

—Padre…

—¡Padre!

—Sí; mucho padre. Ya puedes ahora exclamar ¡padre! Es demasiado tarde. Pero las cosas han cambiado para ti, zagal, y ahora soy tan solo tu amo. ¡Y ya me ocuparé yo de que aprendas a obedecer!

—Amo, pues…

—¡Sí, ahora mucho amo! Anda, entra en la cuadra. Desde hoy serás mozo de cuadra, y te juro que tendrás tanto estiércol que recoger, que…

—¡Eso no lo haré jamás, padre! ¡Prefiero escaparme de casa que coger una palada de estiércol!

—Señor amo, reflexione usted en que una cabeza tan clara…

—¿Clara? ¿Para qué? ¿Para robar? ¡Nada, tú te vas inmediatamente a la cuadra, Erich…!

—¡No voy a la cuadra…!

—¡He dicho que irás!

—¡Jamás!

—¿Te niegas a obedecer a tu padre?

—¡Yo no voy a la cuadra ni cogeré jamás una pala!

—¡Erich! ¡No violentes más la situación! Ve a la cuadra, haz el trabajo, obedece; y ya veremos dentro de un año…

—¿Un año? ¡Ni una hora, padre; ni un minuto!

—¿No lo harás…?

—¡Jamás!

El padre quedó pensativo, casi tranquilo.

—Otto, háblale a Erich —rogó el viejo Rabause—. Dile que sea juicioso. No durará un año ni mucho menos. Tu padre se contentará con un mes… con una semana. Le bastará con ver la buena voluntad.

—Erich… —rogó Otto a duras penas.

—¡Oh, déjame en paz! —exclamó Erich, indignado—. ¡Alma en pena! Por haberte tú doblegado siempre se ha vuelto padre así.

—¡Ven! —dijo el padre, que parecía no haber oído—. ¡Ven! —Y poniéndole la mano sobre el hombro, exclamó:— ¡Vamos!

—¡Yo no voy a la cuadra! —dijo el hijo, resistiéndose.

—¡Vamos! —dijo el padre, y arrastrando al hijo se dirigió de nuevo hacia la casa —. ¡Tráeme la llave del sótano, Otto! —exclamó el padre.

Otto salió corriendo.

—¿Cómo…? —preguntó Erich, perplejo.

—¡Ven! —dijo el padre.

Volvieron juntos a la casa, y en vez de subir las escaleras que conducían al piso, bajaron al sótano.

—¡Ea! —dijo el padre, empujando una de las puertas del mismo—. Ahí te quedarás hasta que lo hayas pensado mejor. Te juro que no te dejaré salir hasta que te hayas resuelto a obedecer.

—¿Aquí? —preguntó Erich con incredulidad, mirando al sótano negro, oscuro y enrejado—. ¿Aquí quieres tenerme encerrado…?

—Aquí te quedarás hasta que lo hayas pensado mejor.

—No pienso ceder.

—¡No harás eso; no puedes hacer eso!

—¡Vaya si lo haré! ¡Dame la llave, Otto! Entra, Erich… O ¿es que prefieres obedecer y trabajar en el establo?

—¡Padre! —rogó el hijo, agarrándose al marco de la puerta—. ¡Padre, óyeme por el amor de Dios, cede tú! Tal vez haya sido irreflexivo y te prometo que cambiaré…

—Bien, pues cambia y vete a la cuadra.

—¡Jamás!

—¡Pues adentro!

Y de un empellón introdujo a su hijo en el sótano, cerrando la puerta. Desde el interior se apoyó el hijo contra esta:

—¡Padre! ¡Padre! —exclamó. El padre dio vuelta a la llave.

Erich empezó a golpear la puerta con los puños. Su voz, casi irreconocible, empezó a gritar:

—¡Tirano! ¡Verdugo! ¡Negrero!

—Ven a dar el pienso, Otto —dijo el padre, saliendo del sótano.

—Eres demasiado duro, padre —susurró Otto.

—¿Cómo? —exclamó el padre, deteniéndose. Erich, encerrado en el sótano, seguía gritando.— ¿Cómo? ¿No ha sido también él duro conmigo? —añadió, mirando severamente a Otto—. ¿No me ha hecho sufrir acaso? ¡Ven a dar el pienso a los caballos, Otto!

10

El padre subió lentamente las escaleras del sótano ante su hijo Otto, como un hombre muy viejo.

—Ya está —murmuró—. ¡Que Dios nos ayude a todos!

Pero en cuanto salió al patio su actitud hízose más firme. Casi con el antiguo tono autoritario les gritó a las mujeres que estaban en la ventana:

—¿Es que no tenéis nada que hacer? ¡Hala, a trabajar!

Inmediatamente desaparecieron los rostros allí asomados. Hackendahl entró en la cuadra.

—¿Va todo bien, Rabause? —preguntó.

—En la cuadra va todo bien, amo —contestó Rabause.

Y esta fue la única indicación a los acontecimientos recientes que se permitiera hacer.

En la hora que siguió hubo mucho que hacer: un trabajo apresurado y en silencio, pues a las seis y media debían estar listos los caballos para el trabajo diurno.

Mas a pesar de ello pudo Otto encontrar un momento para escabullirse de la cuadra e ir a escuchar lo que sucedía en el sótano. No oyó nada; pero ello no implicaba que el hermano se hubiera dado a la fuga. Las posibilidades de una fuga del hermano eran tan escasas como las de que el padre acabara cediendo. Suspirando hondamente, volvió Otto a su trabajo. Entregado a él notó que también Rabause miraba con más frecuencia que nunca hacia la puerta del establo. Tan solo el padre actuaba como si nada hubiera sucedido.

El viejo Hackendahl no salió del establo hasta que regresaron los coches de servicio nocturno. Como siempre, habló con cada uno de los cocheros, comprobó por sí mismo los aparatos taxímetros, contó el dinero, lo metió en la caja, y lo asentó en los libros. En la noche pasada el negocio había sido excepcionalmente bueno, y los coches no habían tenido casi que esperar en los lugares de estacionamiento.

Hackendahl ingresó mucho dinero en la caja y se animó un poco al ver que no todo resultaba desesperanzador, y que el negocio marchaba.

Le gritó a Rabause que proporcionara a los caballos de los coches nocturnos una ración extraordinaria de cebada. Luego preguntó a uno de los cocheros:

—¿Qué carreras hiciste, Guillermo?

—Había mucho jaleo en la ciudad —dijo el cochero—. La gente está bastante excitada a causa del asesinato del archiduque. Tres veces he tenido que ir hasta la ventanilla en donde se expiden los telegramas. Cogieron al asesino, señor Hackendahl; es un estudiante; pero no recuerdo su nombre. Inmediatamente se tragó un veneno, pero volvió a arrojarlo…

—De modo que un estudiante —dijo el férreo Gustavo—. Y por una cosa así arma la gente tanta camorra. Con dejarle el trasero ensangrentado de una paliza lograban más que ejecutándole, solo que se acaba muy pronto; que sufra primero… Pero ya no hay disciplina en el mundo…

El viejo cochero levantó la vista de los azules cojines que estaba cepillando en aquel momento para dejarlos listos para el recorrido diurno.

Seguir: parte 2 de 3