Homo Plus

Frederik Pohl · Capítulo 2 de 7 · parte 1/3

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Homo Plus

Secreto. Solo para sus Ojos.

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

–Permítanme que les explique lo que están viendo-dijo el subdirector-. La línea diagonal negra es la resultante de veintidós tendencias e índices extraídos del balance de crédito internacional con respecto a la incidencia de cansancio hacia los turistas americanos por parte de gobiernos oficiales extranjeros. La medición indica la posibilidad de una guerra. La raya roja en la parte superior está marcada con un A.H., que nos previene contra una

"Apertura de las Hostilidades". No es seguro. Pero las personas que se ocupan de estas estadísticas dicen que cuando se alcanza el límite superior existen nueve probabilidades contra una de guerra en el plazo de seis horas, y como ustedes pueden ver, nos estamos dirigiendo hacia ella.

Se cortaron las voces. La habitación parecía una cripta. Finalmente, alguien preguntó: -¿Cuál es el plazo de tiempo?

–Los datos cubren treinta y cinco años -dijo el subdirector. Hubo un cierto sosiego; al menos el espacio blanco en la parte superior significaba meses, no minutos.

Entonces, Kathleen Doughty preguntó: -¿Se dice en alguna parte con quién vamos a entrar en guerra?

E] subdirector vaciló, y luego dijo:

–No, eso no está incluido en el gráfico. Pero creo que todos podemos formarnos una idea. Si han seguido las noticias de los periódicos sabrán que los chinos comunistas han estado hablando del maravilloso incremento en la producción de alimentos que podrían proporcionarle al mundo aplicando las técnicas agrícolas y ganaderas de la provincia de Sinkiang en Australia.

Bueno, ahora no se trata de si el grupo que gobierna en Camberra está de acuerdo o no en permitirlo; estoy seguro de que esa administración no está dispuesta a dejar entrar a los chinos. No, desde luego, si pretenden seguir

beneficiándose de mi voto.-Tras un momento de pausa, añadió-: Esto no es más que mi opinión personal; no la incluyan en el expediente de esta asamblea. No conozco la respuesta oficial, y no podría decirsela si la conociera. Todo lo que yo sé es lo que también saben ustedes ahora. Las tendencias se muestran bastante malas. La escalada nuclear empeora las cosas, haciendo que pueda llegarse demasiado lejos.

Tenemos una fecha. La curva continúa mostrando la probabilidad del noventa por ciento en un plazo menor de siete años.

–Lo cual significa -añadió- que si no hemos hecho; viable el establecer una colonia en Marte para entonces, puede que no vivamos para conseguirlo nunca.

Alexander Bradley, B.Sc., E.E., M.D., D.Sc., Teniente Cor. USMCR (Ret.).

Mientras Bradley abandonaba la conferencia y cambiaba la expresión de preocupación que había mantenido a lo largo de aquélla por otra más natural y más alegre destinada a los demás, el ciborg había sido llevado al tanque de baja presión marciana. Sus monitores estaban algo preocupados.

Aunque no podían ver emoción alguna en su rostro, podían detectarla por su corazón, su respiración y sus signos vitales, los cuales eran telemedidos constantemente; les parecía que se encontraba en un cierto estado de tensión. Le propusieron posponer la prueba, pero él se negó colérico. –

¿Esss que no ssabeeen que ya ssstamos casi en guerra?-preguntó en tono agudo, y no quiso responder cuando le hablaron después. Decidieron, pues, continuar con las pruebas, pero dispuestos a analizar su perfil psicológico una vez terminadas aquéllas.

Cuando Alexander Bradley tenía diez anos perdió a su padre y su ojo izquierdo. Un domingo después del día de Acción de Gracias, su familia regresaba de la iglesia. El tiempo se había puesto frio. Por la mañana había helado, y había una fina e impalpable capa de hielo sobre la carretera. El padre de Brad conducía con gran cuidado; pero tenía coches enfrente, detrás y coches en el otro lado de aquella carretera de dos calzadas que circulaban en dirección contraria; se veía obligado a mantener una cierta velocidad y daba respuestas cortas a las preguntas que le dirigía su familia. Estaba

concentrado en la carretera, pero no demasiado. Cuando sobrevino el desastre, no pudo hacer nada por evitarlo. A Brad, que estaba sentado delante, junto a su padre, le pareció como si un vehículo que venía en dirección contraria estuviera girando lenta y tranquilamente a unos cien metros de distancia. Pero no existía carretera alguna por la que girar. El padre de Brad pisó el freno. El coche aminoró la marcha y resbaló. Y

durante algunos segundos el muchacho estuvo ahí sentado, viendo cómo el otro coche resbalaba de costado hacia ellos, mientras ellos patinaban lenta pero inevitablemente hacia él. Era algo estable, deliberado e inevitable.

Ninguno de ellos dijo nada, ni Brad, ni su padre, ni su madre, sentada en el asiento trasero. Ninguno hizo nada; se mantenían rígidos, como si fueran actores de un escenario del National Traffic Council.

El padre se mantuvo rígido; y en silencio, con la vista concentrada en el otro vehículo.

El conductor del otro coche los miraba por encima del hombro con los ojos muy abiertos, inquisitivamente. Ninguno se movió hasta que chocaron.

Incluso sobre el hielo, la fricción les detuvo. Viajaban a una velocidad relativa de no más de cuarenta kilómetros por hora. Fue suficiente. Ambos conductores resultaron muertos…, el padre de Brad aplastado, el otro hombre decapitado. Tanto Brad como su madre, pese a llevar puestos los cinturones de seguridad, sufrieron fracturas, cortes y daños internos.

Ella perdió para siempre la flexibilidad de su muñeca izquierda, mientras su hijo perdía un ojo.

Treinta y tres años más tarde, Brad todavía soñaba con el accidente como si acabara de sucederle. En su sueño se asustaba enormemente y se despertaba sudando, gritando y sofocado.

No todo fueron pérdidas. Había descubierto que lograba considerables ventajas de la pérdida de su ojo. Por ejemplo, recibía el seguro de vida de su padre. Además, en compensación por el daño sufrido, quedaba exento del servicio militar, y le habían permitido agregarse al cuerpo de Marina para asuntos esencialmente civiles cuando deseó un campo de experiencia para

su especialidad. Además, su defecto le había proporcionado una excusa aceptable para eludir los riesgos más estúpidos y las obligaciones más fatigosas de la adolescencia. Nunca había tenido que demostrar su valor en los deportes más violentos y siempre había quedado exento de realizar aquellos ejercicios de gimnasia que detestaba.

Pero lo mejor de todo fue que le permitió recibir una educación. Bajo la protección a los Niños Minusválidos del sistema del bienestar social en su estado, le habían pagado incluso los estudios superiores. Tenía cuatro títulos y se había convertido en uno de los mejores expertos del mundo en sistemas perceptivos del ojo. Sopesándolo todo, resultaba una transacción favorable.

Incluso sumando el factor negativo de haber tenido una madre que se había pasado los últimos diez años de su vida con dolores y baja temperatura.

Brad había sido elegido para el proyecto Homo Plus porque fue el mejor que pudieron conseguir. Había optado por trabajar para la Marina porque era el lugar ideal en el que encontrar sujetos sobre los cuales experimentar, mejor que en los hospitales de Tanzania, Borneo o Ceilán. Su trabajo le había elevado a las escalas más altas de la graduación militar. No sólo habían aceptado a Brad. Le habían promocionado.

De lo que no estaba seguro era de que el proyecto Homo Plus fuera lo mejor que hubiera podido obtener. Otros de los reclutados se habían sentido inclinados a participar en el programa espacial atraídos por la fama o la posibilidad de encontrar trabajos. No era éste el caso de Bradley. En cuanto hubo comprendido el objetivo del hombre de Washington, las implicaciones y las oportunidades se desarrollaron ante él.

Era una nueva pista. Significaba abandonar algunos planes, postergar otros.

Pero podía ver adónde le llevaría: tres años ayudando a desarrollar los sistemas ópticos del ciborg. Aparecía ante él todo un mundo de reputación.

Luego podría abandonar el programa y entrar en los pastos sin límite de la práctica privada. Ciento ocho de cada cien mil americanos habían perdido las funciones esenciales en uno o los dos ojos. Ello sumaba un número de trescientos mil pacientes en perspectiva, cada uno de los cuales desearía ser tratado por el mejor especialista en la materia.

Trabajar en el Programa Homo Plus le situaba como la mejor figura en ese campo.

Antes de los cuarenta años podría tener una clínica privada. No muy grande. Justo lo necesario para poder controlar personalmente cada uno de los detalles, ayudado por un equipo de jóvenes adiestrados por él y que trabajarían bajo su supervisión. Podría llegar a tener quinientos o seiscientos pacientes por año (una fracción del uno por ciento de los posibles). ¿Qué fracción del uno por ciento aceptaría? Al menos la mitad de ellos procedería de los medios económicos más solventes y que estuvieran dispuestos a pagar más. También, por supuesto, casos de caridad. Al menos, cien por año, totalmente gratuitos. Mientras tanto, los varios cientos que podían pagar pagarían mucho. La clínica Bradley (que ya le sonaba tan honorable y adecuado a sus oídos como a Menninger) sería un modelo de servicios médicos en todo el mundo, le proporcionaría una inmensa cantidad de dinero.

No era culpa de Bradley que aquellos tres años se hubieran ampliado a mas de cinco. Ni siquiera era su parte del programa la que había provocado aquel retraso. O no todo, en cualquier caso. De todas formas, todavía era joven. Cuando abandonara el programa tenía todavía treinta buenos años por delante, Al menos que prefiriera retirarse antes y mantener un consultorio en la Clínica Bradley. Y el hecho de trabajar en el programa espacial le proporcionaba también otras ventajas, puesto que muchos de sus compañeros se habían casado con mujeres muy atractivas. Bradley no tenía mucho interés en casarse, pero le gustaban las mujeres de los otros.

Cuando regreso a su laboratorio en la habitación siete, Brad espoleó lo suficiente a sus subordinados como para asegurarse de que la nueva unión de mediación retinal estuviera preparada para el trasplante en una semana, y luego miró su reloj. Todavía no eran las once. Llamó a Roger Torraway por el comunicador interior y le tuvo al aparato tras una breve espera. –

¿Almorzaremos juntos, Rog? Querría hablar contigo acerca de ese nuevo trasplante.

–Me viene muy mal, Brad. Me hubiera gustado, pero no puedo. Tengo que estar en el tanque con Will Hartnett por lo menos durante tres horas. Quizá mañana.

–Te llamaré entonces dijo Brad amablemente, y colgó. No le sorprendía; ya había comprobado eso en la ficha del día de Torraway. Pero estaba contento. Le dijo a su secretaria que tenía que salir para asistir a una conferencia y que luego iría a almorzar, así que volvería en unas dos horas.

Después ordenó que le trajeran su coche.

Programó sus coordenadas para que se dirigiera a la esquina del edificio donde vivía Roger Torraway. Donde vivía Dorrie Torraway. 5 El monstruo vuelve a ser de nuevo mortal Mientras Brad abandonaba el laboratorio, la radio de su coche estaba llena de noticias del mundo. La Décima División de Montana se había replegado a un área fortificada en Riverdale. Un tifón había arruinado la cosecha de trigo en el Sudeste Asíático. El presidente Deshatine había ordenado a la delegación de Estados Unidos que se retirase del debate de las Naciones Unidas sobre el modo de repartirlos escasos recursos mundiales.

Había muchas noticias que no eran dadas por la radio porque los programadores no las conocían o porque no les daban importancia. Por ejemplo, no dijeron una sola palabra acerca de dos caballeros chinos que habían ido a Australia con cierta misión, o sobre los resultados de ciertos sondeos secretos de popularidad que el presidente había cerrado bajo llave, o sobre las pruebas a las que estaba siendo sometido Will Hartnett. De modo que Brad no oyó hablar de ninguna de esas cosas. Si hubiera sido así, habría comprendido su importancia, habría tenido cuidado. No era un hombre descuidado. Ni tampoco era malo. Lo que sucedía es que no era particularmente bueno.

A veces esta cuestión se suscitaba; por ejemplo, cuando llegaba el momento de desembarazarse de una mujer o de abandonar a un amigo que le había ayudado a escalar puestos. Normalmente atraía sobre sí sus recriminaciones. Entonces Brad sonreía y señalaba que éste no era un mundo agradable. Lancelot no venció en todos los torneos. A veces, el

malvado caballero negro le tiraba por tierra. Bobby Fischer no era el jugador de ajedrez más encantador del mundo; únicamente el mejor. Y

cosas por el estilo.

Así pues, Brad había de confesar que no era un modelo de hombre de acuerdo con los cánones sociales. Realmente, no lo era. Algo había ido mal en su infancia. El enorme ego de su cerebro había aumentado aún más, de forma que contemplaba el mundo en términos de qué era lo que éste le podía proporcionar a él. ¿Una guerra con China? Bueno, ya veremos, calculaba Brad; seguro que nos proporciona un montón de operaciones quirúrgicas; puede que llegue a dirigir mi propio hospital. ¿Una depresión a escala mundial? Tenía su dinero invertido en tierras; la gente podría comer, de todas formas.

No era una persona admirable. Al mismo tiempo, era la persona más idónea en el mundo para proporcionar al ciborg lo que necesitaba; por ejemplo, proveer a Willy Hartnett de una intercesión entre estímulos e interpretación.

Lo cual es una forma de decir que tenía que haber algo entre el objeto externo que veía el ciborg y las conclusiones que su cerebro sacaba de él para que no se filtrara información innecesaria. De lo contrario, el ciborg se volvería sencillamente loco.

Para entender lo que es eso, piensen en la rana.

Piensen en una rana con una máquina funcional diseñada para producir ranitas. Es el punto de vista darwiniano, y de eso se trata realmente la evolución. Para lograrlo, la rana ha de mantenerse viva el tiempo suficiente para crecer y quedar preñada, o para preñar a alguna hembra de su especie.

Ello significa que tiene que hacer dos cosas.

Tiene que comer. Y tiene que impedir ser comida.

La rana es un ser simple y estúpido. Posee un cerebro, pero no muy grande ni muy sofisticado. No hay mucho exceso de capacidad en el cerebro de una rana, de forma que no deseará perder el tiempo en cosas que no sean esenciales. La evolución es siempre económica. Las ranas macho no

escriben poemas ni se torturan con el temor de que sus ranas hembra les sean infieles. Ni se paran a pensar en cosas que no se relacionen directamente con su supervivencia.

El ojo de la rana es también simple. En los ojos humanos existen complejidades que las ranas desconocen. Supongamos que un ser humano entra en una habitación en la que hay una mesa con un filete y patatas fritas; aunque no pueda oír, ni tenga sentido del gusto y haya perdido el olfato, se sentirá atraído por la comida. Sus ojos se volverán hacia el filete. Hay un punto en el ojo humano llamado "fovea" que es la parte del ojo con la que la persona ve mejor, y será ese punto el que dirigirá hacia el objetivo.

La rana no hace eso; todas las partes de su ojo son igualmente buenas. O

malas.

Porque lo interesante acerca de la visión ocular de la rana de lo que para ésta es el equivalente a un filete (por ejemplo, un insecto lo suficientemente grande como para que merezca la pena tragárselo, y lo suficientemente pequeño para que no intente comérsela a ella) es que la rana es ciega a la comida a menos que la comida se comporte como comida. Rodéese a una rana del más nutritivo paté de insecto que se pueda encontrar. Estará destinada a morir, a menos que un insecto se pasee cerca de ella.

Si se medita acerca de cómo come una rana, esta extraña conducta comienza a tener un sentido. La rana ocupa un nicho ecológico muy claro.

En estado natural, nadie llena ese nicho con comidita preparada. La rana come insectos, porque insectos son las cosas que ella ve. Si pasara algo por delante de su campo de visión del tamaño de un insecto y que se moviera a la velocidad a la que se mueven normalmente los insectos, la rana no se pondría a considerar si se encontraba hambrienta o no, o cuál es el insecto que tiene mejor sabor. Simplemente, se lo comería. Luego seguiría esperando a que pasara el siguiente.

En el laboratorio pueden prepararse condiciones que vayan en contra de su supervivencia. Se puede engañar a una rana con un trozo de tela, o de madera, haciendo que se muevan adecuadamente y que tengan el tamaño

conveniente. Se los comerá y se morirá. Pero en la naturaleza no se dan ese tipo de trampas. En la naturaleza sólo los insectos se mueven como insectos y cada insecto es comida para la rana.

No resultaba difícil comprender este principio. Dígaselo a cualquier amigo, que sea un poco ingenuo, y comentará: -Oh, sí, ya veo. Lo que hace la rana es ignorar todo aquello que no parezca un insecto.-¡Falso! La rana no hace nada de eso. No ignora los objetos que no parecen insectos. Simplemente, no los ve. Conecte el nervio óptico de una rana a un instrumento adecuado para registrar sus impulsos, pase delante de ella un enorme trozo de mármol, muy despacio, y ninguno de los instrumentos registrará el más leve impulso del nervio. No se produce ninguno. El ojo no se toma la molestia de ver aquello en lo que la rana no está interesada. Pero hágale pasar por delante una mosca muerta y los registros comenzarán a moverse: el nervio transmite un mensaje, la lengua de la rana sale y lo atrapa.

Y eso es lo que habíamos hecho con el ciborg. Bradley había conseguido instalar una etapa intermedia entre los rojos y complejos ojos de Willy Hartnett y su doliente cerebro humano, la cual filtraba, interpretaba y generalmente preparaba todos los impulsos visuales del ciborg. El "ojo" lo veía todo, incluso la parte ultravioleta del espectro, incluso los rayos infrarrojos. El cerebro no podía afrontar tal cantidad de datos. La etapa mediadora que había instalado Bradley eliminaba los impulsos que no tenían importancia.

La etapa mediadora era un triunfo del diseño, porque Bradley era realmente muy bueno en la única cosa para la que lo era. Pero no lo había instalado aún. Y porque Brad tenía una cita, y también porque el presidente de Estados Unidos había tenido que ir al baño y dos chinos llamados Sing y Sun deseaban probar la pizza, la historia del mundo cambió.

Jerry Weidner, ayudante principal de Brad, supervisaba el lento y laborioso proceso de reponer los sistemas de visión del ciborg. Era un tipo de trabajo molesto y minucioso. Como casi todas las cosas que había que hacerle a Will Hartnett, le causaban grandes molestias. Los nervios sensitivos de los párpados hacia tiempo que habían sido diseccionados; de no haber sido Así,

le habrían estado doliendo día y noche. Pero podía sentir lo que estaba pasando… si no en forma de dolor, si como una clara conciencia que le perturbaba psíquicamente, de que alguien estaba utilizando instrumentos cortantes sobre alguna parte de su anatomía. Su visión actual estaba siendo mantenida a un nivel muy bajo, de forma que sólo veía sombras que se movían.

Era suficiente. El lo aborrecía.

Estuvo tumbado durante una hora o dos mientras Weidner y los demás manipulaban cambiando potenciales, anotando lecturas, hablando entre ellos mediante números, que era el lenguaje de los técnicos. Cuando finalmente quedaron satisfechos con el ancho campo de su sistema perceptual y le permitieron incorporarse, sin prevenirle, casi se cae hacia adelante.

–Demoniosss -gruñó-. Otra vezzz el vértñigo.

Aburrido y resignado, Weidner dijo:

–Está bien, será mejor que hagamos nuevas pruebas para comprobar el vértigo.-Ello suponía otros treinta minutos de retraso, mientras el equipo exploraba una y otra vez sus reflejos. Hasta que él explotó:

–Crissstoooo, acaben con esto. Puedo permanecer apoyado sssobre un sssolo pie durante lasss próximasss veinte horasss. ¿Essso qué prueba?

Pero continuaron obligándole a permanecer sobre un solo pie, comprobando lo juntas que podía mantener las puntas de los dedos mirándoselos con su nueva visión.

El equipo de equilibrio se declaró satisfecho, pero Jerry Weidner no lo estaba.

Había aparecido el vértigo antes, y nunca se comprobó de forma satisfactoria de qué procedía, si de la parte mecánica añadida o de los

huesos yunque y estribo naturales de su oído. Weidner no sabía si procedía del sistema de mediación, asunto que era de su especial responsabilidad, o si se debía a otra cosa. Deseaba que Brad regresara pronto de aquella prolongada comida.

En aquel mismo momento, se encontraban en su viaje alrededor de medio mundo los chinos llamados Sing y Sun. No se trata de una broma. Aquéllos eran sus nombres.

El bisabuelo de Sing había muerto ante la bola de un cañón raso tras el fracaso de los Puños Justos de la Armonia destinados a expulsar a los diablos de China. Su padre le había engendrado durante la Larga Marcha y había muerto antes de que él naciera, en un combate contra un aliado de Chiang Kai-chek. Sing tenía casi noventa años. Había estrechado la mano del camarada Mao. Había desviado el río Amarillo para los sucesores de Mao y ahora supervisaba el mayor proyecto hidráulico de su carrera en una ciudad australiana (llamada Fitzroy Crossing). Era su primer viaje prolongado fuera del Nuevo Pais de Asía. Tenía tres ambiciones: ver un filme pornográfico no censurado, beberse una botella de whisky escocés procedente de Escocia y no de la provincia de Monshu, y probar una pizza.

Junto con su colega Sun, había tenido un buen comienzo con el escocés, había llegado a realizar su sueño de ver la película y ahora estaba deseoso de probar la pizza.

Sun era mucho más joven (todavía no había cumplido los cuarenta) y a pesar de todo tenía un gran respeto por la edad de su socio. Estaba, además, el hecho de que Sun ocupaba un lugar algunos peldaños más abajo en la escala de status social que Sing, aunque obviamente era un hombre que prometía en el sector técnico industrial del Partido. Sun acababa de regresar de un viaje que había durado un año por el Gran Desierto de Arena. No tenía sólo arena. Tenía también tierra, tierra buena, arable y productiva, a la que sólo faltaban algunos elementos a los que seguir la pista y agua.

Sun había examinado el componente químico del suelo en una extensión de más de dos millones de kilómetros cuadrados. Cuando el mapa que señalaba las características del terreno de Sun y el gran acueducto de Sing,

con sus catorce grandes baterías de bombas accionadas por energía atómica, estuvieran listos, podrían producir un nuevo tipo de vida en aquellos millones de kilómetros cuadrados de desierto. Aditamentos químicos más agua destilada por el sol procedente de las distantes costas marinas producirían diez cosechas al ano con las que se podría alimentar a cien millones de nuevos australianos, étnicamente chinos.

El proyecto había sido cuidadosamente estudiado y no tenía más que un defecto.

Los antiguos neo-australianos, descendientes de las poblaciones del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, no querían que 106 nuevos neoaustralianos llegaran allí para cultivar las tierras. Las querían para ellos.

Cuando Sun y Sing entraban en la pizzeria de Danny, situada en una calle principal de Fitzroy Crossing, dos antiguos neoaustralianos, uno llamado Koschanko y el otro Gradechek, abandonaban en aquel momento el bar, y desdichadamente, reconocieron a Sing por haber visto su fotografía en los periódicos. Se intercambiaron algunas palabras. Los chinos reconocieron el olor a cerveza y atribuyeron las groserías a que estaban bebidos; intentaron pasar, y Koschanko y Gradechek los empujaron fuera. La belicosidad fue en aumento y el cráneo de noventa años de Sing Hsi-chin se rompió contra el bordillo de la acera.

En aquel momento, Sun sacó una pistola, que no estaba autorizado a llevar encima, y mató a los dos asaltantes.

No era mas que una camorra entre borrachos. La policía de Fitzroy Crossing se había enfrentado a miles de crímenes más dramáticos, y podía haber llevado por si misma éste si se lo hubieran permitido. Pero aquello no se detuvo allí, porque uno de los camareros era un nuevo neo-australiano de extracción honanesa, reconoció a Sun, descubrió quién era Sing, cogió el teléfono y llamó a las oficinas de la Agencia de Noticias Nueva China, que tenía una delegación en Lagrange, en la costa, y les dijo que uno de los científicos más famosos de China había sido brutalmente asesinado.

En diez minutos, el satélite de noticias había llevado una versión real,

aunque muy coloreada, de la historia por todo el mundo.

Antes de que hubiera transcurrido una hora, la misión del Nuevo País de Asía en Camberra había exigido una entrevista con el ministro de Asuntos Exteriores para hacerle patente su protesta, se producían manifestaciones espontáneas en Saigón, Shanghai, Hiroshima y una docena de ciudades más del NPA, y media docena de satélites de observación eran desviados de sus órbitas para que pasaran sobre el noroeste de Australia y las islas Sunda. A cuatro kilómetros mar adentro del puerto de Melbourne, una gran forma gris asomó a la superficie del mar y se quedó allí flotando, sin emitir señales ni responder a ninguna durante mas de veinte minutos. Luego declaró ser un submarino nuclear NPA, El Este es Rojo, en visita diplomática de rutina y en ruta a un puerto amigo. La noticia se recibió a tiempo de cancelar la orden de ataque que se les había dado a las fuerzas aéreas de la RAAF contra el desconocido, pero faltó muy poco para que se desencadenara la lucha.

En Pueblo, Colorado, el presidente de Estados Unidos interrumpía su siesta.

Estaba sentado en el borde de la cama, sorbiendo a desgana una taza de café, cuando llegó un mensajero del DOD con la noticia de que se había declarado una alerta roja, de acuerdo con las respuestas preparadas y programadas desde hacia mucho tiempo en la Red de Defensa Norteamericana. Ya tenía los informes del satélite y una misión militar preparada para dirigirse a Fitzroy Crossing; conocía la aparición del submarino El Este es Rojo, pero aún no sabía que se había dado una orden de ataque. Sumando la información, le dijo al presidente:

–Se trata de ir o no ir, señor. NADCOM aconseja enviar un cohete con opción para abortarlo en cincuenta minutos.

El presidente se estremeció.

–No me encuentro bien. ¿Qué diablos han puesto en esta sopa?-Dash no estaba de humor para pensar en China en aquel momento; había estado soñando con una investigación privada que demostraba que su popularidad

había descendido en un diecisiete por ciento, incluyendo los puntos de

"excelente" y "satisfactorio", con un sesenta y uno por ciento que llamaba a su administración "pobre" o "muy insatisfactoria". No había sido un sueño.

Era lo que le había mostrado aquella mañana el informe político.

Apartó la taza de café a un lado y consideró ceñudo la decisión que él, solo en el mundo, había de tomar en aquel momento. Enviar misiles contra las ciudades más grandes del Nuevo País de Asía era, en teoría, una elección reversible: podía ser abortada antes de que llegaran y hacer caer los misiles al mar. Pero, en la práctica, los puestos de observación del NPA podrían detectar el envío y, ¿quién sabía lo que aquellos chinos bastardos y locos podían hacer? Su cinturón caía como si estuviera en los últimos momentos del embarazo, y parecía ser un buen momento para vomitar. Su secretario numero uno le dijo en tono de reproche:

–El doctor Stassen le advirtió que no comiera repollo, señor. Quizá debierais dar instrucciones al chef para que no volviera a hacer esa sopa.

El presidente dijo:

–No quiero reprimendas ahora. Muy bien, escuche. Manténganse en estado de alerta hasta que reciban órdenes mías. No envíen los misiles. Nada de represalias. ¿Entendido?

–Si, señor-dijo el enviado del DOD contrariado-. Señor, tenemos algunas dudas, de NADCOM, acerca del proyecto Homo Plus, del almirante SWE-PAC… -¡Ya me ha oído! Nada de represalias. Lo demás, dejémoslo estar.

Su secretario número uno le clarificó aquel punto.

–Nuestra posición oficial -dijo- es que este asunto de Australia es un problema doméstico que no concierne a Estados Unidos. Nuestra actuación no debe variar.

Mantendremos la oportuna vigilancia, pero no emprenderemos ninguna acción. ¿Es así, señor presidente?

–Así es -dijo Dash-. Ahora, si puede pasarse sin mí durante diez minutos, necesito ir al lavabo.

Brad había pensado en telefonear para ver cómo iba el asunto de la recalibración, pero le gustaba mucho ducharse con una chica, con toda la diversión que implicaba enjabonarse el uno al otro, y el armario estaba provisto de envases de aceite de baño, burbujas y maravillosas y suaves toallas. Hasta las tres no pensó en regresar al trabajo.

Pero ya era demasiado tarde. Weidner había intentado que el subdirector le permitiera posponer la prueba; éste no había querido decidir nada bajo su propia responsabilidad y había telefoneado a Washington, donde había recibido la respuesta de la oficina del presidente:

–No, no puede. Positivamente, no puede, repito, no puede posponer ésta ni ninguna otra prueba.

El hombre que le dio tal respuesta era el secretario número uno, que mientras hablaba se hallaba mirando la proyección Riesgo de guerra sobre una de las paredes del estudio más privado del presidente. E incluso mientras estaba hablando, la raya negra estaba subiendo peligrosamente hacia la línea roja.

Así pues, hubo que seguir adelante con la prueba. Weidner temblaba. Fue bastante bien hasta que empezó a ir realmente mal. Los pensamientos de Roger Torraway volaban lejos de allí cuando oyó que el ciborg le llamaba.

Volvió bruscamente a la realidad y se puso de pie con su mono y su máscara de aire, sobre la áspera arena. – ¿Qué sucede, Willy?-preguntó.

Los enormes ojos rojos se volvieron hacia él. – ¡No… no puedo verte, Roger!-aulló el ciborg-. Yo… yo…

Se inclinó hacia delante y cayó. Fue tan rápido como decirlo. Roger ni tan siquiera se había movido hacia él cuando sintió que un gran martillazo de aire le golpeaba con estrépito y le enviaba, dando traspiés, hacia la caída

figura del monstruo.

Desde la presión equivalente a dos mil metros que había fuera de la cámara de atmósfera marciana, Don Kayman llegó corriendo desesperadamente. No había esperado. Había abierto las dos puertas. En aquel momento no era un científico. Era un sacerdote. Se arrodilló junto a la forma contorsionada de lo que había sido Willy Hartnett.

Roger se quedó mirando mientras Don Kayman tocaba aquellos ojos rojos, trazaba una cruz sobre la carne sintética, susurrando algo que Roger no podía oír. No quería oírlo. Sabía lo que estaba pasando.

El primer candidato a ciborg estaba recibiendo la extremaunción delante de sus ojos.

El siguiente candidato era Vic Freibart, retirado de la lista por orden del presidente.

La alternativa número dos era Carlini, descartado a causa de su pierna rota.

La tercera alternativa era él, un Mortal con un miedo mortal No era fácil para un ser humano de carne y hueso llegar a asumir con la razón que su carne va a ser arrancada y sustituida por acero, cobre, plata, plástico, aluminio y vidrio. Podemos comprender que Torraway no se comportara muy racionalmente. Salió aturdido y apresuradamente dei tanque de ambiente marciano, como si se sintiera impelido a errar. Pero lo único que quería era salir fuera. El salón le pareció una trampa. Sabía que no podría soportar que nadie se le acercara a darle su pésame por lo que le había sucedido a Willy Hartnett ni que le reconocieran su nuevo status. Pasó al servicio de hombres, se detuvo, miró a su alrededor… nadie le estaba mirando… y entró en el urinario con los ojos vidriosos, fijos en los brillantes cromados. Cuando alguien entró, se sonrojó vivamente, pero se trataba sólo de un muchacho que le miró sin interés y se dirigió a uno de los lavabos.

Al salir del servicio le alcanzó el subdirector.

–Maldita sea-dijo-. Supongo que ya sabe usted que es…

–Lo sé-contestó Torraway, agradecido de que su voz sonase calmada.

–Vamos a intentar averiguar qué es lo que ha pasado, rápidamente. Habrá una reunión en mi oficina dentro de veinte minutos. Tendremos ya los primeros informes de la autopsia. Quiero que usted esté allí.

Roger asintió, miró su reloj y dio la vuelta. Lo importante, pensó, es mantenerse en movimiento como si estuviera tan atareado que no me pudiera parar.

Desgraciadamente, no pudo encontrar ni una sola cosa que hacer, ni tan siquiera fingir que la tenía para eludir conversaciones. No, se dijo con resolución, nada de conversaciones. Lo único que deseaba era no pensar en sí mismo. No tenía miedo. No estaba furioso con su suerte. Simplemente, no estaba preparado para examinar las consecuencias que sobre él tenía la muerte de Willy Hartnett, al menos no en aquel momento…

Levantó la vista; alguien había pronunciado su nombre.

Era Jon Freeling, el ayudante médico de Brad en sistemas perceptivos, que buscaba a Brad.

–No-dijo Torraway, contento de hablar de otra cosa que no fuera la muerte de Willy y su propio futuro-. No sé dónde está. Creo que ha ido a comer.

–De eso hace ya dos horas. Se va a ver en un apuro si no puedo encontrarle antes de la reunión con el subdirector. No estoy seguro de poder contestar a todas las preguntas… tengo que encontrarle, están llevando al ciborg a mi laboratorio ahora y tengo que…

–Yo me encargaré de buscártelo -dijo Torraway precipitadamente-. Le llamaré a su casa.

–Lo he intentado, pero no está allí. Y no ha dejado ningún número adonde se le pueda llamar.

Torraway sonrió, sintiéndose repentinamente aliviado, encantado de encontrar algo a lo que poder responder.

–Ya conoces a Brad-dijo-. Recuerda lo felino que es. Le encontraré.-Tomó el ascensor para subir al piso donde se hallaban las oficinas de la administración, recorrió dos pasillos y 11amó a una puerta en la que había un letrero que decía: Estadísticas Administrativas.

La labor de las personas que se hallaban detrás de aquella puerta tenía muy poco que ver con las estadísticas. La puerta no se abrió. En vez de eso, un ojo azul apareció tras una mirilla, observándole.

–Soy el coronel Torraway y es un caso de emergencia.

–Un momento-dijo una voz de mujer. Se produjo un gran alboroto y luego abrió la puerta y le dejó pasar. Había otras cuatro personas en la habitación, todas vestidas de civiles y de aspecto más bien poco distinguido. Cada una tenía una mesa de antiguo diseño, de un tipo que uno no se esperaría encontrar en una moderna oficina de agencia espacial. Las cubiertas estaban bajadas para ocultar lo que había en las mesas.

–Se trata del doctor Alexander Bradley. Es necesario que esté aquí antes de una hora y los de su departamento no pueden encontrarle. El comandante Hartnett ha muerto y…

–Ya sabemos lo del comandante Hartnett-dijo la joven-. ¿Quiere que nos ocupemos nosotros de buscarle?

–No, ya lo haré yo. Pero esperaba que ustedes pudieran decir dónde comenzar a buscar. Sé que nos tienen a todos controlados, incluyendo nuestras actividades personales. – Realmente no lo dijo con demasiada sorna, pero sonó como si así hubiera sido.

La joven le miró durante un momento.

–Estará probablemente en…

–Cállate-dijo el hombre que ocupaba el escritorio que se encontraba detrás de ella, con una voz sorprendentemente enojada.

Ella agitó la cabeza y prosiguió sin mirarle:

–Inténtelo en el motel Chero-Strip Hover dijo-. Suele utilizar el nombre de Beckwith. Le sugiero que le telefonee. Pero quizá sería mejor que nosotros lo hiciéramos por usted…

–Oh, no -dijo resueltamente Torraway, decidido a hacerlo en persona-. Es importante que hable con él personalmente.

El hombre que había hablado antes dijo firmemente:

–Señor Torraway, le aconsejo que nos deje obrar a nosotros…

Pero él ya había dado la vuelta y se dirigía hacia la puerta, asintiendo con la cabeza, pero sin oír nada más. No tenía intención de telefonear, sino de ir personalmente al motel; tenía una razón de peso para salir del laboratorio mientras ordenaba sus pensamientos.

Fuera del ambiente de aire acondicionado de los edificios del laboratorio.

Tonka se hacía cada vez más cálida. El sol penetraba incluso por las ventanas provistas de cristales protectores, llenando el coche de Torraway de un calor que desafiaba todos los sistemas de refrigeración. Condujo de forma inexperta manualmente, tomando las curvas tan cerradas que los neumáticos rechinaban. El motel tenía quince pisos y unos sólidos cristales; parecía atraer directamente sobre sí la luz del sol, como los guerreros de Arquímedes que defendían Siracusa. Resultaba agradable penetrar en el aparcamiento subterráneo y tomar las escaleras mecánicas hasta el vestíbulo.

El vestíbulo era tan alto como el edificio, completamente cerrado, con filas de habitaciones alrededor, puentes y galerías que se cruzaban las unas sobre las otras. El conserje no había oído hablar nunca del doctor Alexander Bradley. – ¿Y Beckwith? – sugirió Torraway, ofreciéndole un billete-. A veces tiene dificultades para recordar su nombre.

Pero fue inútil; el conserje no podía darle noticias de Brad, no quería. Roger sacó el coche del parking, se detuvo ante el sol abrasador y penso qué podría hacer ahora. Se quedó mirando sin ver a una piscina que reflejaba la imagen del motel. Podría telefonear a Brad a su apartamento, pensó.

Debería haberlo hecho desde el vestíbulo del motel; pero ahora no tenía ganas de dar la vuelta y volver a entrar. También podía llamarle desde el coche; pero el teléfono del coche era una emisora de radio y sería mejor que la conversación fuera privada. Decidió ir hasta su casa y llamarle desde allí; no le llevaría más de cinco minutos…

Al llegar a ese punto se dio cuenta de que debería decirle a su esposa lo que había pasado.

No era nada agradable. Contárselo a Dorrie implicaba, desgraciadamente, explicárselo a sí mismo. Pero Roger adoptaba una buena actitud hacia las cosas inevitables, por desagradables que fueran, y manteniendo bloqueada su mente, dirigió el coche hacia su casa.

Desafortunadamente, Dorrie no estaba allí.

La llamó, miró en el comedor, en la piscina de la parte posterior, en ambos baños.

Dorrie no aparecía. Habría salido de compras, sin duda. Era un contratiempo, pero no podía hacer nada al respecto, de forma que pensó dejarle una nota; mientras intentaba elegir la frase que iba a escribir miró por la ventana y la vio llegar conduciendo su mini de dos plazas.

Le abrió la puerta antes de que ella llegara.

Había esperado que se sorprendería. Lo que no esperaba es que ella se quedara allí, con sus bonitas cejas levantadas, inexpresiva y sin hacer el menor movimiento.

Parecía su propia fotografía, helada en medio de la escalera.

Roger dijo:

–Deseaba hablar contigo de un asunto. Acabo de venir de Chero-Strip, porque Brad también está implicado en ello, pero…

Ella cobró vida y dijo cortésmente:

–Permíteme que entre y me siente.-Su rostro carecía todavía de expresión mientras entraba en el recibidor y se contemplaba en el espejo. Sacudió una mota del vestido, se arregló el cabello, entró en la sala de estar y se sentó sin quitarse el sombrero. – Hace un calor horrible hoy, ¿verdad?-comentó.

Roger se sentó también, intentando ordenar sus pensamientos. Era importante no asustarla. Desde que en una ocasión había visto un programa por la televisión acerca de cómo dulcificar las malas noticias, un estremecimiento mezclado con cierta necesidad de una mayor tolerancia y cierto miedo a ser tachado de poco ético le impedía herir a nadie y le obligaba a dar las noticias poco a poco.

No hay que ser nunca rudo, había dicho el de la televisión. Hay que ofrecer a la persona la oportunidad de prepararse. Darle la noticia poco a poco. En aquel momento Roger pensó que era cómico; recordaba haberle dicho a Dorrie: Querida, ¿has cogido tu carta de crédito? Bueno, es que la necesitas para comprarte un vestido negro… El vestido negro para el funeral… El funeral al que tenemos que ir, y querrás estar adecuadamente vestida, tratándose de quién es… Después de todo, era una anciana muy agradable.

Y tú sabías que no conducía muy bien. El policía dijo que no sufrió después de dejar hecho papilla el coche. Tu padre lo está llevando muy bien.. Luego los dos se habían echado a reír.

–Comienza, por favor-le animó Dorrie, tomando un cigarrillo de una

tabaquera que había sobre la mesita. Mientras lo encendía Roger vio que la llamita de butano se movía y entonces se dio cuenta con sorpresa de que ella estaba temblando. Estaba sorprendido y al mismo tiempo un poco complacido. Evidentemente, ella se estaba preparando para recibir malas noticias. Siempre había sido muy perspicaz, pensó admirativamente, y ahora que estaba dispuesta podía decírselo.

–Se trata de Willy Hartnett, querida-dijo con delicadeza-. Esta mañana algo funcionó mal y…

Hizo una pausa, esperando que ella comprendiera. Pero la mujer pareció más sorprendida que afectada.

–Ha muerto-dijo Torraway, y se calló.

Ella asintió. No la había afectado, pensó Roger con disgusto. No comprendía. A ella le agradaba Willy, pero no lloraba, ni gritaba, ni mostraba la más mínima emoción.

Entonces él prosiguió:

–Y, por supuesto, eso significa que yo soy el siguiente candidato dijo, intentando hablar lentamente-. Los otros han sido eliminados de la lista;

¿recuerdas que te lo dije? Así pues, yo soy el que repararán ahora, uh, para la misión de Marte.

La expresión que había en el rostro de la mujer le dejó perplejo. Había aprensión en ella, como si hubiera estado esperando algo peor y no estuviera segura todavía de que aquello no vendría a continuación. El añadió con impaciencia: -¿Comprendes, cariño, lo que te estoy diciendo?

–Si, claro. Es… en fin, es un poco difícil de aceptar.-El asintió satisfecho, y su mujer prosiguió-: Pero estoy confundida. ¿No dijiste antes algo acerca de Brad y del Chero-Strip?

–Oh, lo siento. Ya sé que he dicho demasiadas eosas a la vez. Sí. He dicho

que acababa de estar en el motel buscando a Brad. Parece que han sido los sistemas perceptivos los que han funcionado mal y han matado a Willy. En fin, eso es obra de Brad. Y hoy, precisamente hoy, se ha ausentado mucho tiempo durante la comida… bueno, no tengo que decirte cómo es Brad.

Probablemente estará en cualquier parte con alguna de las enferrneras. Pero va a tener problemas si no está allí para la reunión… Se detuvo y miró su reloj-. Vaya, yo también tengo que regresar allí. Pero deseaba decirte esto personalmente.

–Gracias, cariño -dijo ella, ausente, como sumida en un pensamiento-. ¿No habría sido mejor telefonearle? – ¿A quién?

–A Brad, por supuesto.

–Oh, si, claro, pero esto es algo privado. No quise que nadie lo escuchase.

Y además, no creo que hubiera contestado al teléfono. De hecho, el conserje no quiso admitir que él hubiera estado nunca allí. Y tuve que ir al departamento de seguridad para que me dijeran dónde podría encontrarlo.-

Un pensamiento le vino súbitamente a la cabeza; sabía que Brad le era simpático a Dorrie, y se preguntó si ella estaría al corriente de la inmoralidad de Brad. Pero aquel pensamiento se volatilizó al tiempo que el decía con admiración-: Querida, tengo que decirte que has aceptado la noticia admirablemente. La mayoría de las mujeres se habrían puesto histéricas.

Ella se encogió de hombros y dijo:

–Bueno, ¿qué ganaríamos haciendo un drama de ello? Ambos sabíamos que esto podría pasar.

El insinuó:

–A mí no me agrada demasiado, Dorrie. Y, ¿sabes?, creo que el aspecto físico de nuestro matrimonio va a sufrir durante algún tiempo… sin contar el hecho de que estaré fuera en esta misión más de un año y medio.

Ella parecía pensativa, luego resignada: le miró a los ojos y sonrió. Se levantó, se acercó a él y le rodeó con los brazos.

–Voy a estar orgullosa de ti -dijo-. Y luego tendremos una vida larga, muy larga, cuando regreses -Retrocedió cuando él intentó besarla y dijo-: ¿Qué vas a hacer?

Nada de eso, tienes que regresar. ¿Qué pasa con Brad?

–Bueno, puedo regresar al motel…

Ella le cortó.

–No lo hagas, Roger. Deja que se cuide a si mismo. Si ha hecho algo que no está bien, es su problema. Quiero que regreses a tiempo para la reunión y…

¡Oh, eso es! Yo voy a salir de nuevo. Pasaré muy cerca del motel. Si veo el coche de Brad en el aparcamiento le dejaré una nota.

–No se me había ocurrido hacer eso-dijo admirativamente.

–Pues no te preocupes. No quiero que pienses en Brad. ¡Con lo que va a pasar ahora tenemos que pensar en ti!

Jonathan Freeling, M.D., F.A.C.S., A.A.S.M.

Jon Freeling había trabajado en medicina aeroespacial lo suficiente como para haber perdido la costumbre de tratar con cadáveres Y, especialmente, no estaba acostumbrado a diseccionar los cuerpos de sus amigos. Porque los astronautas no suelen dejar cadáver alguno cuando mueren. Si les ocurre en su trabajo, no suele hacérseles ninguna autopsia. Los que mueren en el espacio, permanecen allí, y los que lo hacen cerca de su casa son quemados en la llama de hidrógeno y oxigeno. En cualquier caso, no hay nada que poner sobre una mesa.

Resulta difícil asumir que aquel objeto que estaba diseccionando era Willy Hartnett.

Aquello no parecía tanto una autopsia como, por así decirlo, desmontar una carabina.

Había conseguido poner todas aquellas partes juntas (los electrodos de platino allí, los elementos microminiaturizados en su caja negra allá); ahora había que retirarlos de nuevo. Excepto lo que era sangre. A pesar de todo, Willy había muerto con una gran cantidad de húmeda sangre humana dentro del cuerpo.

–Congele y seccione-dijo, entregándole un bisturí con una cubierta de cristal a su enfermera, que lo tomó con un movimiento de cabeza. Era Clara Bly. En su hermoso rostro negro se reflejaba tristeza, aunque uno no podía decir, reflexionaba Freeling, mientras extraía un trozo de metal que formaba parte de los circuitos de la visión, cuánta tristeza se debía a la muerte del ciborg y cuánta al hecho de que hubiera tenido que renunciar a su fiesta.

Ella iba a casarse al día siguiente; la habitación que estaba justo al otro lado de la puerta estaba todavía adornada con lazos y flores de papel para la fiesta. Le habían preguntado a Freeling si era necesario quitarlos para la autopsia, pero en realidad no había necesidad de ello; nadie iba a recuperarse en aquella habitación destinada a las recuperaciones.

Miró a su ayudante de quirófano, que se ocupaba de la anestesia en las operaciones normales, y le preguntó: -¿Se sabe algo de Brad?

–Está en el edificio-respondió ella. ¿Entonces, ¿por qué no asoma su cara de burro por aquí?, pensó Freeling, aunque no lo dijo, limitándose a asentir con la cabeza. Al menos había vuelto. Cualquier cosa que sucediera como consecuencia de aquel incidente, Freeling no tendría que afrontarlo solo.

Pero cuanto más examinaba aquello, más confundido se encontraba ¿Dónde estaba el error? ¿Qué era lo que había matado a Hartnett? Los componentes electrónicos no parecían incorrectos; en cuanto quitaba uno, era transportado a la gente de instrumentación, que lo examinaba minuciosamente. Ningún problema. Ni tan siquiera la estructura física del cerebro le proporcionaba una explicación inmediata… ¿Sería posible que el

ciborg no hubiera muerto de nada?

Freeling inclinó la frente hacia atrás, consciente de que estaba sudando bajo las ardientes luces, esperando instintivamente que su enfermera se la limpiara. Pero ella no estaba allí. Se limpió la frente con la manga. Luego volvió a su trabajo, separando y sacando cuidadosamente el sistema del nervio óptico o… lo que quedaba de él; las secciones mayores habían desaparecido junto con los ojos, reemplazadas por elementos electrónicos.

Entonces lo vio.

Primero brotó sangre del cuerpo calloso. Luego, mientras lo sacaba y lo examinaba cuidadosamente, apareció la vaina resbaladiza y gris blanca de una arteria que había reventado. Un golpe. Un accidente cardiovascular. Un golpe.

Freeling se detuvo aquí. El resto podía examinarse más tarde, o dejarlo definitivamente. Tal vez seria mejor dejar lo que quedaba de Willy Hartnett tal como estaba. Y, además, era la hora de la reunión.

La sala de conferencias servía también de biblioteca del hospital, lo que significaba que cuando había alguna reunión, la investigación se detenía.

Había asientos almohadillados para catorce personas en torno a la larga mesa y todos estaban ocupados; los demás se sentaron en sillas plegables, situándose en torno a la mesa como podían. Había dos sillas vacías; eran para Brad y para Jon Freeling, que habían salido corriendo en el último minuto hacia el laboratorio para recoger los resultados finales; en realidad, no era otra cosa que la información que Freeling tenía que darle a su jefe acerca de lo que había sucedido en el tiempo en que había salido "para comer". Todos los demás estaban allí: Don Kayman y Vic Samuelson (promovido ahora como candidato si fallaba Roger, lo cual no parecía agradarle mucho), Telly Ramez, el jefe del departamento de psiquiatría, todo el personal del departamento cardiovascular, hablando entre ellos, los jefes de los sectores administrativos… y las dos estrellas. La una era Roger Torraway, sentado incómodo cerca de la cabecera de la mesa y escuchando con la sonrisa fija en el rostro las conversaciones de los demás, Jed Griffin,

el hombre de confianza del presidente para asuntos difíciles. Su título era simplemente el de director administrativo ayudante del presidente, pero incluso el subdirector le trataba como si fuera el Papa.

–Podemos empezar cuando desee, señor Griffin -dijo el subdirector. En la cara de Griffin se dibujó una sonrisa y negó con la cabeza:

–No hasta que los que faltan estén aquí-dijo.

Cuando Brad y Freeling llegaron, todas las conversaciones se interrumpieron como si se hubiera desconectado un enchufe.

–Ahora podemos empezar-recalcó Jed Griffin, y el tono de preocupación con el que lo dijo no pasó inadvertido para ninguno de los que se encontraban en la sala, los cuales, a su vez, compartían el mismo sentimiento. Nosotros también estábamos preocupados, por supuesto.

Griffin no deseaba llevar solo su preocupación y se aseguró en seguida de que la compartiría con todos los que estaban en la habitación-.

Ustedes no saben -dijo- lo cerca que está este proyecto de darse por terminado, no el año o el mes que viene, no en alguna de sus fases o recortado. Totalmente.

Roger Torraway apartó los ojos de Brad y los fijó en Griffin.

–Totalmente-repitió Griffin-. Concluido.

Parecía extraer satisfacción al decir eso, pensó Torraway.

–Y lo único que lo salva -siguió Griffin- es esto.-Golpeó la mesa ovalada con un fajo de documentos impresos en verde con computadora-. El pueblo americano desea que el proyecto continúe.

Torraway sintió que el corazón le daba un salto en el pecho, y fue en ese preciso instante cuando se dio cuenta de cuán dulce e imperioso había sido el sentimiento de esperanza que lo había precedido. Durante un momento

aquello había sonado a suspensión de una ejecución. El subdirector se aclaró la garganta.

–Tengo entendido -dijo- que los sondeos de opinión muestran una considerable, esto, apatía, acerca de lo que estamos haciendo -Los resultados preliminares, sí-convino Griffin-. Pero cuando se suman y se someten al análisis de una computadora los resultados arrojan un apoyo fuerte y decidido de toda la nación. Es bastante real. Significativo en dos sigmas, de acuerdo, creo, en su terminología. El pueblo desea que un americano viva en Marte.

Sin embargo -añadió-, esto era antes del último fiasco. Dios sabe lo que sucedería si esto trascendiera. La administración no necesita un final fúnebre, algo sobre lo que realizar apologías. Necesita un éxito. Yo puedo decirles cuántas cosas dependen de eso.

El subdirector se volvió hacia Freeling. – ¿Doctor Freeling? – dijo.

Freeling se levantó.

Willy Hartnett murió de un golpe-dijo-. El informe post mortem completo está siendo mecanografiado ahora, pero la conclusión es ésta. No hay evidencia de deterioro de sistemas; a su edad y en sus condiciones nadie lo hubiera esperado. De forma que se trata de un trauma. Un exceso de corriente sanguínea en las venas del cerebro.-Miró sus uñas reflexivamente-. Lo que viene a continuación son meras conjeturas -dijo-, pero es lo mejor que puedo hacer. Voy a pedir una serie de consultas a Ripplinger, del Yale Medical School, y a Anford…

–Al diablo con eso-espetó Griffin. – ¿Perdón? – Freeling quedó desconcertado.

–Nada de consultas. No sin recibir antes el máximo de seguridad. Esto es lo más urgente, doctor Freeling.

–Ah. Bien, entonces… asumiré yo mismo toda la responsabilidad. La causa

del trauma fue el exceso de añadidos protésicos. Estaba sobrecargado. No pudo soportarlo.

–Nunca oí que algo así causara un shock -se quejó Griffin.

–Se necesita una gran tensión para ello. Pero sucede. Y estamos tratando con tipos nuevos de tensiones, señor Griffin. Es como si… bueno, se trata sólo de una analogía. Si usted tiene un niño que ha nacido con cataratas congénitas, puede llevarle a un médico y el médico puede eliminárselas.

Seguir: parte 2 de 3