Homo Plus
Buena Suerte, Roger, Ya Estamos en Camino.
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
De nuevo la brillante luz del sol.
Luego se encontró en el interior de algo (que una vez se hubo puesto en marcha reconoció como el interior de un CB-5, preparado como hospital).
Unos cinturones de seguridad le rodearon como por arte de magia.
No estaba a gusto. Todavía sentía aquel vértigo, aunque ahora era menos insoportable. No duró mucho. A Roger no le pareció más que un minuto o dos. La presión le hizo sentir molestias en los oídos mientras le sacaban del avión y quedaba expuesto a una luz cálida y brillante. Florida, por supuesto, comprendió finalmente; pero para entonces ya estaba en una ambulancia; luego fuera de ella…
Después, durante un tiempo que a Roger le parecieron diez o quince minutos, pero que en realidad fue casi un día, no sucedió nada; estuvo en una cama, le dieron alimentos y le extrajeron los excrementos con una sonda; luego apareció ante él una nota:
BUENA SUERTE, ROGER, YA
ESTAMOS EN CAMINO.
Luego sintió como si le golpeara un martillo por abajo y quedó inconsciente. Está muy bien, pensó, que me ahorren las molestias del aburrimiento, pero corren el riesgo de matarme. Pero antes de que pudiera pensar en una forma de comunicárselo a alguien quedó inconsciente.
El tiempo fue pasando. Un tiempo de sueños.
Se dio cuenta confusamente de que le habían estado administrando sedantes, para dormir, además de aminorar sus sensaciones. Y mientras se daba cuenta de eso, se despertó.
No sentía la presión. De hecho, estaba flotando, sujeto únicamente por una trama de correas que le mantenían en su lugar.
Estaba en el espacio.
Alguien habló junto a su oreja.
–Buenos días, Roger. Esto es una grabación.
Volvió la cabeza y encontró un pequeño altavoz cerca de su oreja.
–Está grabada a escasa velocidad para que puedas oírla. Si deseas decirnos algo, grábalo en la cinta. Tienes un minuto de tiempo. Luego la grabaremos a mayor velocidad para poder entenderlo. ¿No es maravillosa la ciencia?
»En el momento de grabar esta cinta nos encontramos en el día treinta y uno de nuestro viaje. Por si no me recuerdas, soy Don Kayman. Tuviste un pequeño problema.
Tu sistema muscular luchó contra la aceleración del despegue y sufriste una distensión de ligamentos. Tuvimos que hacerte una pequeña operación.
Pero ahora estás muy bien. Brad reconstruyó parte de la cibernética y probablemente encontrarás los deltas en buena forma cuando aterricemos.
Veamos. Creo que no hay nada más importante que decir y probablemente tendrás algunas preguntas que hacernos. Pero antes de que comiences a grabarlas, hay un mensaje para ti.
La cinta zumbó durante un momento y luego se oyó la voz de Dorrie, sumisa y atenuada. Sobre un siseante fondo de estática, dijo:
–Hola, cariño. Todo está perfectamente aquí, en casa, y mantengo el hogar encendido para ti. Pienso en ti. Cuídate.
Y luego, de nuevo, la voz de Kayman:
–Ahora es tu turno. Si hay algo importante, si te duele algo o cualquier cosa
así… dínoslo antes que nada. Se pierde mucho tiempo real en cambiar la velocidad de la grabación, de modo que es mejor que digas en primer lugar las cosas importantes; cuando lo hayas hecho, no tienes más que levantar la mano mientras cambiamos las cintas, y entonces podrás charlar de lo que quieras. Ahora, adelante.
Y la cinta se detuvo; la pequeña luz roja que había estado encendida cerca del altavoz se apagó, y se encendió una verde que decía "grabando". Tomó el micrófono y estaba ya a punto de decir que no, que no había ningún problema particular, cuando miró hacia abajo y se dio cuenta de que le faltaba la pierna derecha.
Nosotros estábamos, por supuesto, registrando todo lo que ocurría en la nave espacial.
El enlace de comunicación se había hecho muy débil después del primer mes. La geometrfa era un problema. Mientras la nave se dirigía a la órbita de Marte, éste se estaba moviendo. Y también la Tierra, y mucho más de prisa. Daría casi dos vueltas alrededor del Sol antes de que Marte completara una sola órbita. Las señales telemétricas de la nave tardaban ahora unos tres minutos en llegar a Goldstone.
Eramos auditorio pasivo. Y aún seria peor. Cuando la nave estuviera en torno a Marte, tardaría una media hora a la velocidad de la luz. Habíamos abandonado el control instantáneo; la nave y sus pasajeros estaban, de hecho, bajo su propio control.
Más tarde, la Tierra y Marte se encontrarían en lados opuestos con respecto al sol.
Las débiles señales de la nave se verían tan afectadas por la interferencia solar que no serían inteligibles. Pero entonces la 3070 estaría en órbita, y un poco después se le reuniría el generador MHD. Entonces habría suficiente energía. Estaba todo planeado: adónde iría cada una, cómo entrarían en contacto entre ellas y con la nave en órbita, con la estación establecida en el planeta y con Roger, donde quiera que se en contrase.
Lanzamos la 3070 en una nave robot. El riesgo de ionización se hacía inaceptable para una nave espacial de configuración normal, de forma que los ingenieros del Cabo la despojaron de todos los accesorios para seres humanos, de los sistemas de telemetría y demolición y de la mitad de la capacidad de maniobra. Una vez fue lanzada, quedó en silencio y sin vida, y así permanecería durante siete meses.
Entonces el general Hesburgh tomaría el control. Seria difícil, pero era un riesgo que había que correr.
Lanzamos el generador MHD un mes más tarde, con una tripulación de dos voluntarios y una gran publicidad. Todos estaban interesados en ello. Y
ninguno ponía objeciones, ni siquiera el NPA. Hicieron caso omiso del primer lanzamiento, siguieron el rumbo de la 3070 y ofrecieron sus datos a la NASA. Cuando fue lanzado el generador, su embajador envió una cortés nota de felicitación.
Estaba claro que algo estaba pasando.
No era sólo cuestión psicológica. La ciudad de Nueva York pasó dos fines de semana sin disturbios y se recogió la basura de algunas de las calles más importantes.
Las lluvias invernales acabaron con los grandes incendios del noroeste y los gobernadores de Washington, Oregón, Idaho y California lanzaron un llamamiento para reclutar voluntarios. Más de cien mil jóvenes se presentaron voluntarios para repoblar los montes.
El presidente de Estados Unidos fue el último en notar los cambios; estaba demasiado ocupado con los desastres internos de una nación que había alcanzado grados trágicos. Pero llegó un momento en que se dio cuenta de que había habido un cambio, no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo, y no sólo un cambio de actitud, sino también un cambio de tácticas.
Los Asiáticos retiraron sus submarinos nucleares de las aguas del Pacífico occidental y del océano Indico, y cuando Dash obtuvo la confirmación de
estos hechos, telefoneó a Vern Scanyon.
–Creo… -hizo una pausa para tocar la suave madera de la mesa de su despacho-. Creo que funciona. Felicite a su equipo en mi nombre.
¿Necesitan algo más?
No necesitaban nada.
Estábamos totalmente tranquilos. Habíamos llegado tan lejos como habíamos podido, y el resto estaba en manos de la expedición. 14
Misioneros a Marte Don Kayman no rezaba más de seis veces al día Rezaba por diversos motivos. A veces, para librarse del ruido que hacia Titus Hesburgh chupándose los dientes, otras para que desapareciera aquel olor a porquería rancia que inundaba el interior de la nave… Pero siempre había tres peticiones en cada plegaria: el éxito de la misión, el cumplimiento de lo mandado por Dios y, especialmente, la salud y el bienestar de su amigo Roger Torraway.
Roger poseía el privilegio de tener una habitación privada. No era exactamente una habitación, y la intimidad que le proporcionaba no era más que una cortina elástica y no del todo opaca. Pero era toda suya. Los otros tres compartían la misma cabina. A veces Roger la compartía también, o, al menos, las partes de lo que había sido Roger.
Kayman le observaba con frecuencia. El viaje se le hacia largo y pesado. Su propia especialidad, que, por supuesto, no resultaría operativa hasta que no pusieran realmente los pies en la superficie de Marte, no necesitaba retoques ni práctica. La areología era una ciencia estática, y continuaría siéndolo hasta que él, si había suerte, le añadiera algo tras el aterrizaje. Así pues, aceptó que Titus Hesburgh le enseñara el funcionamiento de los instrumentos de la nave, y un poco después dejó que Brad le enseñara algo acerca de cómo desarmar a un ciborg. Aquella forma grotesca que lentamente se retorcía y cambiaba de postura en su nido de gomaespuma dejó de serle desconocida. Kayman llegó a conocer cada uno de sus centímetros, interiores y exteriores. A medida que iban transcurriendo las semanas, perdió el horror que había tenido a sacarle un ojo de su cuenca o a
abrir un panel en sus intestinos de plástico.
No era sólo eso lo que podía hacer. Podía escuchar música, leer de vez en cuando una microficha, jugar a algunos juegos. Solía jugar al ajedrez con Titus Hesburgh.
Jugaban partidas interminables, y utilizaban sus aparatos de comunicación para que les radiaran textos de ajedrez desde la Tierra. Hubiera sido relajante para el padre Kayman rezar más, pero después de la primera semana había comenzado a pensar que incluso en rezar podía uno excederse. Así pues, organizó sus rezos: al despertarse, antes de las comidas, por la noche y antes de acostarse. Eso era todo.
Por supuesto, no contaba cuando rezaba un rápido Padrenuestro o besaba el rosario de Su Santidad. Y luego volvía a ocuparse en la interminable tarea de recomponer a Roger. Había tenido siempre un estómago propenso al vómito, pero obviamente Roger no se daba cuenta de aquellas invasiones a su persona. Kayman comenzó a apreciar gradualmente la belleza de la anatomía interior de Roger, tanto la parte construida por el hombre como la que era de Dios; daba gracias por ambas.
No podía dar gracias por lo que Dios y el hombre habían hecho en el interior de la mente de Roger. Le preocupaba el hecho de que le fueran robados siete meses a la vida de su amigo. Y se compadecía de que el amor de Roger estuviera depositado en una mujer que le tuviera tan poca consideración.
Pero, pese a todo, Kayman era feliz.
Nunca había estado en Marte y era allí donde le correspondía estar. Había estado en dos ocasiones en el espacio: un viaje a un satélite orbital cuando todavía era estudiante y estaba preparando su doctorado en planetología y otro de noventa días a la Estación Espacial Betty. Ambos constituían meras prácticas para la misión que completaría su estudio de Marte.
Todo lo que sabía de Marte lo había aprendido por medio del telescopio o
por las observaciones de otros. Sabía mucho de eso. Había escuchado y vuelto a escuchar las cintas sinópticas de todos los Orbiters, Mariners y Surveyors. Había analizado trozos de roca y de manto del suelo traídos de Marte. Se había entrevistado con todos y cada uno de los americanos, franceses o ingleses que habían realizado expediciones a Marte, y con la mayor parte de los rusos, chinos y japoneses.
Lo sabía todo acerca de Marte.
Cuando era pequeño había viajado al Marte de Edgar Rice Burroughs, en el coloristico Barsoon del fondo muerto de sus mares y sus suaves lunas. A medida que fue haciéndose mayor distinguió los hechos reales de la ficción.
No había nada de real en los verdes guerreros armados ni en las hermosas princesas marcianas de piel roja, en la medida en que la ciencia estaba en contacto con la realidad. Pero sabía que las estimaciones de los cientificos de lo que es la "realidad" cambiaba de año en año.
Burroughs no se había inventado Barsoon. Lo había sacado casi al pie de la letra de la "realidad" científica más autorizada de su época. Fue el Marte de Percival Lowell, y no el de Burroughs, el que demostraron que era falso los telescopios y las investigaciones espaciales. En la "realidad" de la opinión científica, la vida había aparecido en Marte y se había extinguido docenas de veces.
Pero incluso eso no estaba totalmente demostrado, en realidad. Dependía de una cuestión filosófica. ¿Qué era la "vida"? ¿Significaba un ser que tuviera forma de abeja o de roble? ¿Significaba necesariamente un ser que disolviera sus alimentos por medio de unos procesos biológicos basados en el agua, que tomara parte en el ciclo de oxidación-reducción y transferencia de energía, que se reprodujera y creciera? Don Kayrnan creía que no.
Consideraba que era una arrogancia limitar la "vida" de una forma tan pobre, y se mostraba humilde ante la majestad todopoderosa de su Creador.
En cualquier caso, el asunto de la vida genéticamente relacionada con la Tierra aún estaba abierto. Al menos hasta el momento. Cierto es que no se había encontrado ninguna abeja ni ningún roble. Ni siquiera un liquen. Ni
una célula. Ni siquiera (tenía que confesarlo con amargura, porque Dejah Thoris había muerto en su seno) sus prerrequisitos, como son el oxígeno libre o el agua.
Pero Kayman no aceptaba el hecho de que porque nadie se hubiera deslizado sobre un manto de musgo marciano no hubiera nadie en Marte para hacerlo. En Marte no habían estado ni siquiera un centenar de seres humanos. El área total de sus exploraciones se limitaba a unos pocos cientos de kilómetros cuadrados. ¡En Marte!
Donde no había océanos, de forma que la superficie de tierra explorable era mayor que la de la Tierra! Era casi como pretender conocer la Tierra por haber hecho unos rápidos viajes al Sahara, a la cima del Himalaya, a la Antártida y a Groenlandia…
Bueno, no exactamente, reconoció Kayman. No era estrictamente lo mismo.
Se habían hecho innumerables vuelos orbitales, se había aterrizado en el planeta y se había examinado su suelo.
Sin embargo, aquel principio parecía saludable. Quedaba mucho por conocer de Marte. Nadie podía afirmar que ya no encerraba secretos. Era posible todavía encontrar agua. Algunas de las grietas alimentaban ciertas esperanzas. Algunos de los valles tenían formas que difícilmente podían ser explicadas a menos que hubieran sido excavados por corrientes de agua. Y
aunque estuvieran secos, ello no impedía la posibilidad de que hubiera agua, incluso vastos océanos bajo la superficie. Había oxigeno, no en grandes cantidades por término medio, pero eso no era importante.
Localmente podía haber mucho. Y lo mismo podía suceder con…
La vida.
Kayman suspiró. Uno de sus grandes pesares era que no había sido capaz de imponer el criterio de aterrizar en uno de sus lugares favoritos, en el que se sospechaba podía haber vida: el área del Solis Lacus. La idea no había sido aceptada.
De hecho, había sido el propio Dash el que había dicho:
–No se trata de ir adonde pueda haber algo vivo ahora. Lo que quiero es colocar ese pájaro allí donde nuestro muchacho tenga mayores y mejores posibilidades de sobrevivir.
Así pues, se eligió un punto en el hemisferio norte, cerca del ecuador. Los principales accidentes geográficos se llamaban Isidius Regio y Nepenthes, y había un suave cráter que Don Kayman había bautizado como Hogar.
Se lamentaba en su interior de no ir al Solis Lacus, con su cambio de forma estacional (¿se debía a unas plantas que crecían? Probablemente no… ¡pero cabía la esperanza!), la brillante nube en forma de W que había junto a los canales de Ulises y Fortunae, que había cambiado cada tarde durante una larga conjunción; el brillante reflejo que Saheki viera en el Tithonius Lacus (¿un reflejo del sol? ¿una explosión debida a la fusión del hidrógeno?) el 1
de diciembre de 1951, tan brillante como una estrella de magnitud seis.
Pero tendrían que ser otros los que investigaran esas cosas. El no podría hacerlo.
Pero, aparte de estas contrariedades, estaba bastante contento. El hemisferio norte era una sabía elección. Sus estaciones estaban mejor dispuestas, pues, al igual que sucedía en la Tierra, el hemisferio norte tenía su invierno cuando se hallaba más cerca del sol, y así se mantenía más cálido todo el año. El invierno era veinte días más corto que el verano; en el sur, claro, era todo lo contrario. Y aunque nunca se había observado que Hogar cambiara de forma ni que emitiera destellos de luz, podía detectarse un buen número de formaciones nubosas recientes. Kayman no había abandonado la esperanza de que algunas de esas nubes estuvieran hechas de hielo, ¡sino de mismísima agua! Soñaba con tormentas de agua cada atardecer en las llanuras marcianas, y pensaba, con más conocimiento, en que habían identificado cerca de Hogar grandes mantos de limonita. La limonita contenía agua en cantidad; sería una buena fuente de agua para Roger, por lo menos, aunque no sirviera a ninguna planta o animal marcianos evolucionados.
En conjunto, estaba contento con todo. ¡Se encontraba camino de Marte!
Ese pensamiento le producía una gran alegría, y por ello daba gracias seis veces al día. Pero sabía qué era lo que deseaba encontrar.
Deseaba encontrar vida.
En la medida en que los objetivos de la misión lo permitían, dentro de los noventa y un días que permanecería en la superficie del planeta, mantendría los ojos bien abiertos. Todos sabían que lo haría. De hecho, eso formaba parte de las instrucciones que le habían dado.
Lo que no sabían todos era por qué Kayman estaba tan interesado.
Dejah Thoris todavía no había muerto para él. Tenía la esperanza de encontrar vida. Y no meramente vida, sino vida inteligente; y no sólo vida inteligente, sino vida con un alma que salvar y conducir hacia Dios.
Todo lo que pasaba en la nave espacial estaba bajo control continuo, y las transmisiones sinópticas llegaban a la Tierra regularmente. Así pues, nosotros los manteníamos bajo observación. Observábamos sus partidas de ajedrez y sus conversaciones. Registrábamos los análisis que realizaba Brad de las funciones corporales de Roger, tanto las de carne como las de metal.
Vimos la noche en que Titus Hesburgh estuvo llorando durante cinco horas, suavemente, negligentemente, rechazando todos los intentos de Kayman de hacerle sonreir. En cierto modo, Hesburgh soportaba el trabajo más desagradable a bordo. Siete meses de ida, otros siete de vuelta, y en medio tres meses de inactividad. Tendría que permanecer solo en órbita mientras Kayman, Brad y Roger realizaban sus tareas en la superficie del planeta.
Estaría solo y se aburriría.
Y aún podía ser peor. Diecisiete meses en el espacio significaban casi con seguridad de que los últimos años de su vida habría de sufrir un centenar de desórdenes en músculos, huesos y sistema circulatorio. Realizaban frecuentes ejercicios, luchando unos contra otros, sacudiendo los brazos y moviendo las piernas.
Pero no era suficiente. Se producía una inevitable reabsorción del calcio de los huesos y se perdía tono muscular. Para los que aterrizarían en la superficie, los tres meses en Marte supondrían una gran diferencia. En ese tiempo tendrían que reparar bastantes cosas que se estropearían y estarían en mejor forma para la vuelta. Pero Hesburgh no haría ese ejercicio. Sus diecisiete meses en cero transcurrían ininterrumpidamente, y la experiencia de anteriores navegantes espaciales estaba clara. Si tenía deseos de llorar, razones no le faltaban para ello.
El tiempo fue pasando. Un mes, dos meses, seis meses. Tras ellos viajaba la cápsula con la 3070; y tras ella, la planta de energía magnetohidrodinámica, tripulada por dos hombres. Cuando no faltaban mas que dos semanas, cambiaron ceremoniosamente sus relojes por instrumentos medidores de tiempo cubiertos por cristal de cuarzo y adaptados al día marciano. Con ellos vivirían el tiempo marciano.
Apenas había diferencia práctica; el día marciano es sólo treinta y siete minutos más largo que el de la Tierra; pero esta diferencia era importante para sus mentes.
Una semana antes de la llegada, comenzaron a acelerar a Roger.
Para el los siete meses habían sido como treinta horas, según su tiempo objetivo.
Pero había sido suficiente. Había hecho unas cuantas comidas, había intercambiado unos cuantos mensajes con el resto de la tripulación. Había recibido otros de la Tierra y había contestado algunos. Había pedido su guitarra, pero se la habían negado, aduciendo que no podía tocarla; de todas formas, insistió en que se la dieran, por curiosidad, y comprobó que era totalmente cierto. Podía pulsar una cuerda, pero no escuchar la nota resultante. De hecho, aparte de grabaciones especialmente ajustadas a su tiempo subjetivo, no pudo oír nada en todo aquel período, a excepción de una especie de sonido agudo constante. El aire no conducía el tipo de vibraciones que él podía percibir. Cuando la cinta del magnetófono no
estaba en contacto con la trama de metal con la que estaba conectado, no podía oírla, ni siquiera el propio sonido de su VDZ cuando estaba grabando.
Le advirtieron que iban a comenzar a acelerar sus percepciones. Dejaron la cortina de su cubículo abierta y comenzó a percibir ciertos ramalazos de movimiento. Captó una fugaz visión de Hesburgh cerca de él, y luego vio figuras que se estaban moviendo realmente; al cabo de un tiempo pudo reconocer a quién pertenecían. Le hicieron dormir y realizaron los últimos ajustes a su computadora mochila, y cuando se despertó, estaba solo, con la cortina corrida, y oía voces.
Apartó la cortina y miro fuera, y allí estaba la cara sonriente del amante de su mujer, que le decía: -¡Buenos días, Roger! Encantado de tenerte otra vez con nosotros. …Y dieciocho minutos después, doce que tardaba la señal en llegar y el resto invertido en decodificarla y transmitirla, el presidente podía ver lo que pasaba a más de cien millones de kilómetros de distancia, en la pantalla del Despacho Ovalado.
No era el único que lo hacía. Los repetidores de televisión lanzaron la escena al aire y los satélites la reproducían para todo el mundo. La estaban mirando en el Palacio de Pekín, en el Kremlin, en Downing Street y en los Campos Elíseos y Gihza.
–Hijo de perra-fue la frase histórica de Dash-, lo han conseguido.
Vern Scanyon estaba con él.
–Hijo de perra-repitió. Y luego añadió-: Bueno, casi. Todavía no han aterrizado. ¿Hay algún problema con eso?
–No, que yo sepa… -dijo Scanyon cautelosamente.
–Bien-dijo el presidente-, no creo que se presenten dificultades. Creo que usted y yo podemos ir a saborear una copa de bourbon; es el momento adecuado.
Permanecieron allí mirando la televisión, mientras hacían desaparecer una cuarta parte de la botella. En los días que siguieron continuaron mirando la pantalla, ellos y el resto del mundo. El mundo entero pudo ver a Hesburgh haciendo las comprobaciones finales y preparando el aterrizaje en Marte por separado. Vieron a Don Kayman correr bajo la observación microscópica del piloto, puesto que tendría que estar en los controles durante el viaje orbital. Vieron a Brad hacer las últimas comprobaciones de la telemetría de Roger, comprobando que todo funcionaba bien. Y vieron al propio Roger moviéndose por la cabina de la tripulación y comprimiéndose para entrar en la lancha destinada al aterrizaje.
Y vieron cómo se separaba el vehículo de aterrizaje y a Hesburgh mirando tristemente sus destellos minus-delta mientras comenzaba a separarse de la órbita.
Calculamos que unos doscientos mil millones de personas estuvieron viendo el aterrizaje; en realidad, no había mucho que ver. Si se había visto un aterrizaje, se habían visto todos. Pero era un suceso importante.
Comenzó a las cuatro menos cuarto de la mañana, hora de Washington, y hasta el presidente se despertó para verlo.
–Ese cura… -dijo frunciendo el ceño-, ¿qué clase de piloto es? Si algo va mal…
–Está bien preparado, señor -le dijo su ayudante de la NASA-. Y de todas formas, no es más que una pieza de tercera clase. El piloto automático es el que lleva la mayor parte del control. Si algo fuera mal, el general Hesburgh lo controlaría desde la nave orbital. El padre Kayman no tiene nada que hacer a menos que todo funcione mal a la vez.
Dash se encogió de hombros, y el ayudante de la NASA se dio cuenta de que el presidente tenía los dedos cruzados. – ¿Qué hay acerca de los dos que les siguen?-preguntó, mirando a la pantalla.
–No hay ningún problema, señor. La computadora se acoplará a la órbita de
Marte dentro de treinta y dos días, y el generador veintisiete días más tarde.
Tan pronto como se haya llevado a cabo el aterrizaje, el general Hesburgh realizará una corrección en el rumbo y alcanzará la luna Deimos.
Esperamos que tanto la computadora como el generador aterricen allí, probablemente en el cráter Voltaire; Hesburgh nos lo especificará.
–Hum-dijo el presidente-. ¿Se le ha mencionado a Roger quién viaja en la nave del generador?
–No, señor.
–Hum. – El presidente dejó de mirar la pantalla de televisión y se levantó.
Se dirigió a la ventana, contemplando el bello parquecito de la Casa Blanca, todo verde y lleno de flores, y dijo-: Va a venir una persona del centro de computadoras de Alejandría. Me gustaría que usted estuviera aquí cuando llegue.
–Si, señor.
–Se trata del comandante Chiasoro. Parece que es muy competente. Es profesor del MIT. Dice que hay algo extraño en nuestras proyecciones de la totalidad del proyecto. ¿Ha oído usted algo sobre esto?
–No, señor -dijo el hombre de la NASA alarmado-. ¿Extraño, señor?
Dash se encogió de hombros.
–Es lo único que me faltaba -dijo-. Permitir que toda esta maldita cosa siga adelante y luego encontremos con que… ¡Eh! ¿Qué diablos está pasando?
En la pantalla de televisión la imagen comenzó a dar saltos y a quebrarse; luego desapareció por completo y volvió a formarse para desaparecer de nuevo, dejando un simple rastro.
–Todo va bien, señor-dijo el ayudante tranquilizadoramente-. Cuando entran en la atmósfera pierden el contacto visual. Incluso la telemetría se ve
afectada, pero hemos tomado amplios márgenes; todo irá bien.
El presidente preguntó: -¿De qué diablos me está hablando? Pensé que el problema consistía en que Marte no tenía atmósfera.
–No tiene mucha, señor, pero sí una cierta cantidad, y además, está sujeta a una gravedad menor; en las capas superiores es tan densa como la de la Tierra a la misma altitud, y por eso sucede lo de la desaparición de la imagen.
–Al diablo con ello -exclamó el presidente-, ¡No quiero sorpresas! ¿Por qué me lo han advertido?
–Bien, señor… -¡No importa! Lo trataremos más tarde. Espero que sorprender a Torraway no será un error… Bueno, olvídelo. ¿Que está sucediendo ahora?
El ayudante no miró a la pantalla sino a su reloj.
–Apertura del paracaídas, señor. Ya se ha completado la fase de retropropulsión.
Ahora es cuestión de seguir adelante. En unos pocos segundos…-El ayudante señaló la pantalla, que obedientemente formó de nuevo una imagen-. ¡Ahí está! Ahora se encuentran en descenso controlado.
Se sentaron y esperaron mientras el vehículo de aterrizaje se deslizaba a través del tenue aire marciano bajo su inmenso dosel, cinco veces mayor que un paracaídas construido para aire.
Cuando golpeó el suelo, el sonido recorrió ciento cincuenta millones de kilómetros y luego sonó como si un montón de cacharros cayeran desde una azotea. Pero el vehículo de aterrizaje había sido construido previniendo eso; y la tripulación hacia ya tiempo que se había colocado en sus alvéolos protectores.
Se produjo un sonido silbante y el chirrido de metal que se está enfriando.
Y luego la voz de Brad:
–Estamos en Marte-dijo como si fuera un rezo, al tiempo que el padre Kayman comenzaba a murmurar las palabras de la misa: Laudamus te, adoramus te, glorificamus te. Gloria in excelsi Deo, et in Terra pax omni homini bonae votuntat.
Y a las acostumbradas palabras añadió: El buen Marte. 15 Cómo llegaron las buenas noticias de Marte a la Tierra Cuando nos dimos cuenta de que existía un serio peligro de que una guerra destruyera la civilización e hiciera inhabitable la Tierra (es decir, poco después de que comenzáramos colectivamente a darnos cuenta de algo) decidimos dar los primeros pasos para colonizar Marte.
No resultaba fácil para nosotros.
Toda la raza humana tenía problemas. Había escasez de energía en todo el mundo, lo cual significaba que los fertilizantes eran caros, lo cual significaba a la vez que la gente tenía hambre y también que se producían tensiones peligrosas. Los recursos del mundo no eran lo suficientemente abundantes para solventar las necesidades de los miles de millones de seres vivos. Teníamos que encontrar la forma de desviar las potencialidades mal dirigidas con una planificación de amplio alcance.
Establecimos tres centros de pensamiento separados. Uno de ellos investigaba opciones para resolver las tensiones crecientes de la Tierra. Otro estaba encargado de establecer refugios en la propia Tierra, de forma que aunque se declarara una guerra termonuclear, una pequeña fracción de nosotros pudiera sobrevivir.
La tercera examinaba las posibilidades extraterrestres.
Al principio parecía como si tuviéramos miles de opciones entre las cuales elegir, y cada una de las tres sendas mayores tenían ramas que parecían
esperanzadoras. Una a una, las sendas se unieron. Nuestras mejores estimaciones (no las que mostramos al presidente de Estados Unidos, sino unas privadas que no mostrábamos a nadie) señalaban una probabilidad de un noventa y nueve por ciento de guerra termonuclear en una década, así que cerramos el centro para resolver tensiones internacionales en el primer año. Lo de establecer refugios era un poco más esperanzador. Los análisis indicaban que había unos pocos lugares en la Tierra en los que no era probable un ataque nuclear directo (la Antártida, algunas partes del Sáhara, incluso algunas de Australia y un cierto número de islas). Se eligieron diez sitios. Cada uno tenía una probabilidad de ser destruido de un uno por ciento o menos; y si se consideraba los diez en conjunto, la posibilidad de que fueran destruidos todos era relativamente insignificante. Pero unos análisis más detallados mostraron que había dos defectos.
Uno, que no podíamos estar seguros de qué cantidad de isótopos quedarían en la atmósfera después de una guerra de tales características, y las indicaciones mostraban que se producirían niveles excesivamente altos de radiación ionizante durante mil años.
En esa escala de tiempo, la probabilidad de que aunque no fuera más que uno de los refugios pudiera sobrevivir era menor del cincuenta por ciento. Y
lo peor de todo era que se necesitaba capital para construirlos. Construir refugios subterráneos y llenarlos con una cantidad tan inmensa como se necesitaba de equipo electrónico completo, generadores, reservas de combustible, etc., era, en la práctica, imposible. No teníamos forma de conseguir todo ese dinero.
Así pues, terminamos también con ese Centro de Investigación y ciframos todas nuestras posibilidades en la colonización extraterrestre. Al principio esto había sido considerado como la solución menos esperanzadora de todas.
Pero finalmente (¡casi!) logramos que funcionara. El aterrizaje de Roger Torraway completaba el primer y más difícil paso. En el momento en que las naves que le seguían alcanzaran sus posiciones, en órbita o sobre la superficie del planeta, estaríamos en condiciones, por primera vez, de
planificar un futuro en el que estaba asegurada la supervivencia de la raza Así pues, vimos con gran satisfacción cómo Roger caminaba por la superficie del planeta.
La computadora mochila de Rogger era un triunfo de diseño. Poseía tres sistemas separados, pero con la suficiente redundancia para que todos los sistemas tuvieran un mínimo de seguridad de 0,9 hasta que la computadora auxiliar 3070 alcanzara la órbita.
Uno de los sistemas mediaba sus percepciones. El otro controlaba los sistemas nerviosos y musculares que le permitían caminar y moverse. El tercero se ocupaba de la telemetría de todas sus prótesis. Todo lo que él veía lo veríamos nosotros en la Tierra.
Tuvimos algunos problemas para conseguirlo. Según la ley de Shannon, la banda no era lo suficientemente ancha como para transmitirlo todo, pero habíamos incluido un selector de muestras al azar. Aproximadamente un bit de cada cien era transmitido (primero a la radio situada en el vehículo de aterrizaje, en donde le habíamos destinado un canal permanente para tal fin). Luego era retransmitida a la nave orbital, donde flotaba el general Hesburgh, mirando la pantalla de televisión, mientras el calcio manaba de sus huesos. Desde ahí, amplificado, era transmitido a cualquier satélite sincronizado de la Tierra que estuviera situado en aquel momento entre Marte y Goldstone, de forma que lo que velamos era sólo aproximadamente un 10 por ciento de lo "real". Pero era suficiente. El resto se conseguía mediante un programa comparativo que habíamos adscrito para el receptor de Goldstone. Hesburgh veía solamente una serie de fotos fijas; en la Tierra captábamos una cosa que parecía exactamente una película de lo que Roger veía.
Así pues, en toda la Tierra, en los televisores de todos los países, la gente vio las montañas beige y marrón de quince kilómetros de altura, vio el reflejo de la luz del sol de Marte en los marcos de las ventanas del vehículo de aterrizaje, e incluso pudieron ver la expresión del padre Kayman cuando dejó de rezar y vio por primera vez Marte.
En el Palacio Subterráneo de Pekín, los grandes señores del Nuevo País de Asía interrumpieron una reunión para mirar la televisión. Sus sentimientos eran confusos.
Era un triunfo de América, no suyo. En el despacho ovalado del presidente Deshatine la alegría era pura. No sólo era un triunfo americano; era un triunfo personal; sería identificado para siempre como el presidente que había llevado a la humanidad a establecerse en Marte. Casi todos estaban, al menos, un poco contentos…, incluso Dorrie Torraway, que en la trastienda y con la barbilla apoyada entre las manos, estudiaba el mensaje de los ojos de su marido. Y, por supuesto, en el gran cubo blanco del edificio del proyecto a las afueras de Tonka, Oklahoma, todos los del equipo veían las imágenes de Marte casi todo el tiempo.
Disponían de mucho tiempo libre para ello. Apenas tenían otra cosa que hacer. Era sorprendente lo vacío que se había quedado el edificio cuando Roger lo dejó.
Todos habían sido recompensados, de los muchachos del almacén a los más altos personajes: una felicitación personal del presidente, más un grado de ascenso y treinta días de vacaciones. Clara Bly los empleó en acabar su interrumpida luna de miel.
Weidner y Freeling se ocuparon de escribir un esbozo del informe de Brad, transmitiéndolo cada párrafo en cuanto era mecanografiado y recibiendo sus correcciones vía Gladstone. Vern Scanyon, claro está, estaba haciendo un viaje triunfal con el presidente, por cincuenta y cuatro estados y las principales ciudades de veinte países. Brenda Hartnett había aparecido en la televisión dos veces con sus hijos, a los que se les había hecho regalos. La viuda del hombre que había muerto para poner a Roger Torraway en Marte era ahora millonaria. Todos habían tenido su momento de fama, tan pronto como despegó la nave, especialmente en los momentos anteriores,al aterrizaje.
Luego el mundo comenzó a conocer Marte a través de los ojos de Roger y de los sentidos del hermano que estaba en la espalda de Roger, y la fama de
los demás quedó eclipsada. Por encima de la suya estaba la de Roger.
Nosotros mirábamos también Vimos a Brad y a Don Kayman en sus trajes espaciales. Roger no necesitaba traje.
Se detuvo desnudo en la puerta del vehículo de aterrizaje, con serenidad, oliendo el aire vacío, con sus grandes alas negras revoloteando tras él y empapándose con los rayos desconcertantemente tenues, pero también desconcertantemente brillantes, del Sol. Por la cámara de televisión instalada en el interior del vehículo de aterrizaje pudimos ver la silueta de Roger recostándose contra el beige y el marrón del abrupto horizonte marciano.
Y luego, a través de los ojos de Roger, vimos lo que él veía. Para Roger, contemplar los brillantes colores del planeta, parecidos a los de las joyas, significaba vivir. Era una tierra magnifica, bella e invitadora.
Del vehículo de aterrizaje habían salido unas escaleras de magnesio que descendían hasta la superficie de Marte, pero Roger no las necesitaba.
Saltó, agitando las alas (para equilibrarse, no para lucirse) y pisó ágilmente la superficie anaranjada, allí donde los cohetes habían lavado la corteza.
Permaneció inmóvil durante un momento, contemplando su reino con los enormes ojos facetados.
–No te precipites -le advirtió una voz en su cabeza, procedente de la radio del traje espacial de Don Kayman-. Es mejor realizar tu serie de ejercicios.
Roger sonrió sin volverse.
Claro-dijo, y comenzó a moverse; primero caminó, luego trotó; finalmente comenzó a correr. Si era veloz en las calles de Tonka, aquí era una exhalación. Se rió fuertemente. Cambió la frecuencia de las respuestas de sus ojos, y las montañas que se elevaban en la lejanía comenzaron a desprender brillantes destellos azules, la pradera se convirtió en un mosaico de tonos verdes, amarillos y rojos. – ¡Esto es grande! – murmuró, y los receptores del vehículo de aterrizaje captaron sus palabras y las radiaron a
la Tierra.
–Roger -dijo Brad, con un tono petulante en su voz-. Es mejor que te lo tomes con calma hasta que tengamos preparado el jeep.
Roger se volvió. Los otros dos habían vuelto a las escaleras del vehículo de aterrizaje, y estaban desplegando el que utilizarían por la superficie de Marte.
Se dirigió a ellos alegremente. – ¿Necesitáis ayuda?
No tuvieron que responderle. Necesitaban ayuda; dentro de sus trajes espaciales trabajaban afanosamente intentando desatar la correa de una de las ruedas.
–Apartaos -dijo, mientras desataba con rapidez las ruedas y colocaba las zancudas patas en la posición correcta. El jeep estaba dotado de ambas cosas: tenía ruedas para las zonas llanas y zancos para escalar. Podría parecer que se trataba del vehículo más flexible que el hombre pudiera hacer para Marte, pero no era así. El más flexible era Roger. Una vez hecho esto, les prometió: