Ilion 1 - El Asedio

Dan Simmons · Capítulo 30 de 33

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Ilion 1 - El Asedio

Bosque de pinos gigantes de Tejas

Zeus mira a su hija un largo instante y, por una vez, no puedo leer sus pensamientos: ¿Furia? ¿Humor? ¿Impaciencia?

–Tritogeneia, querida hija tres veces nacida -dice Zeus-, tu valor siempre me ha dado dolor de cabeza. Pero no te acobardes, pues nada de la lección que os he dado hoy fluye de mí cólera, sino que sólo pretende demostrar a todos los aquí congregados las consecuencias de su desobediencia.

Y tras haber hablado, Zeus baja de su trono y su carro personal llega volando entre las gigantescas columnas. Su par de caballos de cascos de bronce (reales, veo, no hologramas) aterrizan a su lado, sus crines doradas al viento. Tras ponerse su armadura dorada y empuñar el látigo, Zeus sube al carro de batalla, hace restallar el látigo, y el tiro y el carro corren por el mármol y luego despegan trazando un círculo sobre el salón a treinta metros por encima de las cabezas de los dioses y diosas, antes de volar entre las columnas y desaparecer en un temblor de un trueno cuántico.

Poco a poco, los dioses y diosas y demás entes menores abandonan el salón, murmurando y planeando entre sí. Ninguno (estoy seguro) tiene pensado obedecer a su amo y señor.

Y yo me quedo aquí un rato, invisible y alegre de serlo. Tengo la boca abierta y respiro entrecortadamente, como un perro vapuleado un día de calor. Me parece que estoy babeando un poco y todo.

Algunas veces, aquí arriba, en el Olimpo, es difícil creer por completo en causa y efecto y en el método científico.

Bosque de pinos gigantes de Tejas

Daeman estaba ahora completamente solo, él y el sonie en el claro del bosque, y no le gustaba.

Después de que Savi se marchara, Odíseohabía contado su interminable y absurda historia y al terminar se había internado en el bosque. Hannah esperó un minuto y luego se fue detrás del viejo (Daeman había sabido inmediatamente esa mañana que Hannah y el hombre barbudo habían dormido juntos la noche anterior: su radar sexual rara vez se equivocaba).

Unos cuantos minutos más tarde, Ada y el otro viejo, Harman, dijeron que iban a dar un corto paseo y luego desaparecieron bajo los árboles en dirección opuesta (Daeman sabía que también habían practicado el sexo la

noche antes. Evidentemente, él y la vieja bruja, Savi, eran los únicos que no se estaban comiendo nada).

Así que Daeman estaba ahora solo en el claro del bosque, apoyado contra el casco del sonie, escuchando el movimiento de las hojas y los chasquidos de las ramas en la oscura maleza, cosa que no le gustaba ni pizca. Si aparecía un alosaurio, estaba preparado para saltar al sonie… pero,

¿luego qué? Ni siquiera sabía cómo acceder a los controles holográficos, mucho menos cómo activar la burbuja del campo de fuerza ní pilotar la máquina. Sería un entremés en un plato para el diño.

A Daeman se le ocurrió gritar para llamar a Savi o a cualquiera de los otros y decirles que regresaran, pero inmediatamente se lo pensó mejor.

¿Atraía el ruido a los dinosaurios y otros depredadores? No iba a probar para averiguarlo. Mientras tanto, se sentía muy incómodo: no sólo por la ansiedad, sino por la necesidad de ir al cuarto de baño. Los otros podrían haberse perdido entre los árboles con los pañuelos de papel que Savi les había proporcionado, pero Daeman era un ser humano civilizado: nunca iba al cuarto de baño sin… bueno, sin un cuarto de baño, y no estaba dispuesto a empezar ahora. Naturalmente, no sabía cuántas horas pasarían hasta que llegaran a Ardis Hall, y Savi hablaba como si ni siquiera fuera a detenerse allí. Soltaría a Hannah, Ada y el ridículo impostor que se hacía llamar Odisco, y luego se dirigiría a la Cuenca Mediterránea o lo que fuera.

Daeman sabía que no podía esperar tanto para aliviarse.

Advirtió que se sentía más desanimado que asustado. Por lo visto había sorprendido a todos al ofrecerse voluntario para acompañar a la vieja y a Hannah en su ridicula expedición, pero nadie había adivinado sus verdaderos motivos. En primer lugar le daban miedo los dinosaurios de Ardis Hall. No pensaba volver allí. Segundo, toda aquella charla de que faxear era una especie de destrucción y reconstrucción de gente lo había puesto extremadamente nervioso. Bueno, ¿quién no lo estaría, tan poco tiempo después de despertar en la fermería, al enterarse de que su cuerpo real había sido destruido? Daeman había faxeado casi todos los días de su vida, pero la idea de entrar ahora en un fax-portal, sabiendo que iba a desintegrar sus músculos, huesos, cerebro y memoria, y luego a construir una copia en otra parte (si la vieja estaba diciendo la verdad)… bueno, la idea le molestaba una barbaridad.

Así que optó por viajar en el sonie unos cuantos días más, para no enfrentarse n¡ a los dinosaurios de Ardis ni a la destrucción de sus átomos o moléculas o lo que fuera en el fax.

Ahora sólo quería un cuarto de baño y un servidor o a su madre para que le hicieran la cena. Tai vez le exigiera a la vieja que lo dejara en Cráter París, después de todo. No estaba demasiado lejos, ¿no? Aunque les había echado un vistazo a los galimatías de Harman (su «mapa») Daeman no tenía ni idea de la geografía del mundo. Todo estaba exactamente tan lejos como cualquier otra cosa: a un paso de fax-portal.

La anciana salió del bosque, vio a Daeman solo, apoyado contra el sonie que flotaba suavemente, y dijo:

–¿Dónde está todo el mundo?

–eso es lo que me estaba preguntando. Primero el bárbaro se marchó.

Luego Hannah fue tras él. Después Ada y Harman se marcharon por allí… -

señaló hacia los altos árboles, al otro lado del claro.

–¿Por qué no usas tu palma? – dijo Savi, y sonrió como si algo que había dicho le hiciera gracia.

–Ya lo he intentado -respondió Daeman-. En tu bloque de hielo. En el puente. Aquí. No funciona.

Alzó la palma izquierda, pensó en la función buscadora, y le mostró el rectángulo en blanco que flotaba allí.

–Eso es sólo la función Iocalizadora inmediata -dijo Savi-. Sólo una flecha-guía cuando estás cerca de algo, como por ejemplo en una biblioteca buscando un libro en el pasillo equivocado. Usa lejonct o cercanet.

Daeman se la quedó mirando. Desde la primera vez que viera a esta mujer había dudado de su cordura.

–Ah, es verdad -dijo Savi, todavía con aquella sonrisa triste-. Habéis olvidado todas las funciones. Generación tras generación.

–¿De qué estás hablando? – preguntó Daeman-. Las antiguas funciones como la lectura ya no funcionan. Las perdimos cuando los posthumanos se marcharon-señaló los anillos que se entrecruzaban en el pedazo de cielo que tenían encima.

–Tonterías -dijo Savi. Se acercó, se apoyó en el sonie y le agarró el brazo izquierdo, volviendo su palma hacia ella-. Piensa en tres círculos rojos con cuadros azules en el centro.

–¿Qué?

–Ya me has oído -continuó sujetándole la muñeca.

Idioteces, pensó Daeman, pero visualizó tres círculos rojos con cuadrados azules flotando en el centro de cada uno.

En vez del pequeño rectángulo de luz amarillo blancuzca que generaba la función localizadora, un gran óvalo de luz azul flotaba ahora a un palmo de su palma.

–¡Guau!-exclamó Daeman, liberándola muñeca de su tenaza y sacudiendo la mano, como si un insecto enorme se le hubiera posado encima. El óvalo azul fluctuó con ella.

–Relájate -dijo Savi-. Está en blanco. Visualiza a alguien.

–¿A quién? – A Daeman no le gustaba nada aquella sensación: su cuerpo haciendo algo que no sabía que podía hacer.

–A cualquiera. Alguien íntimo.

Daeman cerró los ojos y visualizó el rostro de su madre. Cuando volvió a abrirlos, e! óvalo azul estaba repleto de diagramas. Trazados de calles, un río, palabras que no sabía leer, una visión aérea del círculo negro que sólo podía ser el cráter en el corazón de Cráter París. La imagen entró en un zoom y de repente estuvo en una estructura estilizada, quinta planta, un domi cerca del cráter… no su casa. Dos estilizadas figuras humanas, personajes de dibujo animado pero con caras reales y humanas, estaban en la cama, la hembra sobre el varón, moviéndose…

Ademán cerró el puño y apagó el oval.

–Lo siento -dijo Savi-. Olvidé que nadie usa inhibidores de búsqueda hoy en día. ¿Tu novia?

–Mi madre -respondió Daeman, tragando bilis. Era el domicomplex de Goman, situado al otro lado del cráter: conocía la distribución de cuando era niño y jugaba en las habitaciones interiores mientras su madre retozaba con el hombre alto de piel oscura y la voz suavizada por el vino. A Daeman no le gustaba Goman, y no sabía que su madre seguía viéndolo. Según lo que Harman había dicho, ya era de noche en Cráter París.

–Vamos a ver dónde están Hannah y Ada y los demás -dijo Savi. Se echó a reír-. Aunque tal vez deseen haber activado también los inhibidores de lejonet.

Daeman no se atrevía a abrir el puño.

–Recíclalo -dijo Savi.

–¿Cómo?

–¿Cómo te libras de tu flecha localizadora?

–Pienso «apágate» -dijo Daeman, y añadió mentalmente: estúpida.

–Hazlo.

Daeman lo pensó y el óvalo azul desapareció.

–Cercanet se activa pensando en un círculo amarillo con un triángulo verde dentro -dijo Savi. Miró su propia palma y un brillante rectángulo amarillo apareció sobre ella.

–Piensa en Hannah -dijo Savi.

Así lo hizo. Las palmas de ambos mostraron un continente (Norteamérica, pero Ademán no lo reconoció), y luego un zoom hasta la sección sur-central, zoom al norte hasta la costa, zoom a una compleja serie de palabras ilegibles y mapas topográficos, zoom bajo estilizados árboles hasta una forma estilizada con la cabeza de Hannah sobre un cuerpo de caricatura, caminando sola… no, sola no, advirtió Daeman, pues había un signo de interrogación caminando junto a ella.

Savi volvió a reírse.

–Cercanet no sabe cómo procesar a Odiseo.

–No veo a Odiseo -dijo Daeman.

Savi acercó la mano a su cubo holográfico amarillo y tocó el signo de interrogación. Señaló las dos figuras rojas en el borde de la nube.

–Ésos somos nosotros -dijo-. Ada y Harman deben de estar al norte.

¿Cómo sabemos que es Hannah?-preguntó Ademán, aunque había visto su coronilla.

–Piensa «primer plano» -dijo Savi. Le mostró la nube de su palma que había bajado más, hasta nivelarse, y estaba contemplando a la estilizada Hannah con la cara real de Hannah caminar entre árboles estilizados, a lo largo de un estilizado arroyo.

Él pensó «primer plano» y se maravilló de la claridad de la imagen.

Veía la sombra de los árboles sobre sus rasgos. Hablaba animadamente con el símbolo (Savi había dicho que era un signo de interrogación) que flotaba junto a ella. Daeman se alegró de no encontrar a Hannah en mitad del acto sexual.

Savi debía haber visualizado a Ada y Harman, pues la nube amarilla de su palma cambió y mostró a dos figuras caminando sobre signos topográficos en algún lugar por encima de los puntos rojos estacionarios que había identificado como ellos mismos.

–Todo el mundo está vivo, los dinosaurios no se han comido a nadie -

dijo Savi-. Pero me gustaría que regresaran de una maldita vez para que pudiéramos marcharnos. Se está haciendo tarde. Si estos fueran los viejos tiempos, los llamaría a sus palmas y les diría que movieran el culo y volvieran.

–¿Puedes usar esto para comunicarte? – dijo Daeman, alzando su mano vacía.

–Por supuesto.

–¿Por qué no sabemos esas cosas? – lo dijo con cierto enfado.

Savi se encogió de hombros.

–Los llamados humanos antiguos no sabéis mucho de casi nada.

–¿Qué quieres decir con eso de «llamados humanos antiguos»? –

inquirió Daeman. Ahora estaba enfadado de verdad.

–¿Crees realmente que los humanos de la Edad Perdida, los pretéritos, tenían todas estas nanomáquinas insertadas genéticamente en sus células y cuerpos? – preguntó Savi.

–Sí-respondió Daeman, aunque se dio cuenta de que no sabía absolutamente nada de los pretéritos de la Edad Perdida, y le importaba aún menos.

Savi guardó un minuto de silencio. A Daeman le parecía cansada, pero quizá todos los antiguos humanos prefermería tenían tan mal aspecto. No lo sabía.

–Deberíamos ir a recogerlos -dijo ella por fin-. Yo iré por Hannah y Odiseo, tú ve por Ada y Harman. Pon tu palma en cercanet, activa tu localizador como de costumbre y eso te llevará hasta ellos. Diles que el autobús se marcha.

Daeman no tenía ni idea de qué era un «autobús», pero le daba igual.

–¿Hay otras funciones?-preguntó antes de que la anciana se marchara.

–Centenares.

–Muéstrame una -la desafió Daemán. No la creía. Centenares, no;pero con una o dos le bastaría para ser popular en las fiesta, interesante para las mujeres jóvenes.

Savi suspiró y se apoyó contra el sonie. Se había levantado viento y las ramas de la secuoya que se alzaba sobre ellos se agitaban.

–Puedo mostrarte la función que acabó por expulsar a los posthumanos de la Tierra -dijo en voz baja-. La todonet.

Daeman cerró el puño de nuevo y apartó la mano.

–No si es peligroso.

–No lo es -dijo Savi-. No para nosotros. Mira, yo primero.

Le bajó el brazo, le abrió los dedos y le tocó la palma de una manera que a él le pareció casi excitante. Luego colocó su propia palma junto a la suya.

–Visualiza cuatro rectángulos sobre tres círculo: tro triángulos verdes -

dijo ella suavemente.

Daeman frunció el ceño: era difícil, las sombras resbalaban al borde de su habilidad para retener la imagen, pero lo consiguió por fin, cerrando los ojos.

–Abre los ojos -dijo Savi.

Daeman así lo hizo y tuvo que agarrarse al sonie con ambas manos para apoyarse.

No había ninguna nube de palma. Nmgúnmapa ilegible ni ninguna figura de dibujo animado.

En cambio, hasta donde alcanzaba la vista todo se había transformado.

Los árboles cercanos, para él sin ningún otro interés que la sombra que le proporcionaban eran añora complejos, altísimos, transparentes, capa tras capa de tejido vivo y pulsante, corteza muerta, vesículas, venas, materia interior que mostraba vectores estructurales y anillos de columnas de datos fluyentes, el móvil rojo y verde de la vida: agujas, xylemas, floemas, agua, azúcar, energía, luz del sol. Supo que de haber sabido leer el flujo de datos habría comprendido exactamente la hidrología del milagro viviente que era ese árbol, habría sabido exactamente cuánta presión aplicaba para elevar osmóticamente toda esa agua desde las raíces… Si Daeman miraba hacia abajo veía las raíces hundidas en e¡ suelo, el intercambio energético de agua de la tierra a las raíces, el largo viaje de docenas de metros desde las raíces a los túbulos verticales que elevaban el agua… ¡docenas de metros en vertical! ¡Como un gigante que sorbiera de una pajita! Y luego el movimiento lateral del agua, moléculas de agua en tuberías de grosor microscópico, a lo largo de ramas de quince, veinte o treinta metros, estrechándose, estrechándose, la vida y los nutrientes de esa agua, la energía del sol…

Daeman alzó la cabeza y vio la luz solar como la lluvia de energía que era: luz que alcanzaba las agujas de pino y era absorbida, luz que incidía en

el humus bajo sus pies y calentaba las bacterias que allí había. ¡Podía contar las atareadas bacterias! El mundo a su alrededor era un torrente de información, una marea de datos, un millón de microecologías interactuando a la vez, energía a energía. Incluso la muerte era parte de la compleja danza del agua, la luz, la energía, la vida, el reciclado, el crecimiento, el sexo y el hambre que fluían a su alrededor.

Ademán vio un ratón muerto casi enterrado en el humus, al otro lado del claro, poco más que pelo y huesos ya, pero aún una bengala de energía de luz roja mientras las bacterias se daban un festín y los huevos de las moscas incubaban para convertirse en gusanos al sol de la tarde y la lenta disgregación de las proteínas seguía a nivel molecular, y…

Jadeando, casi ahogándose, Daeman se dio la vuelta, tratando de acabar con aquella visión, pero la complejidad estaba en todas partes: e¡ pulsante y humeante flujo de la energía transmitiéndose; los nutrientes siendo absorbidos; las células siendo alimentadas; las moléculas bailando en los árboles transparentes y respirando suelo: el cielo encendido con su lluvia, y el arrebato de la luz del sol y los mensajes de radio de las estrellas.

Ademán se cubrió los ojos con las manos, pero demasiado tarde::había mirado a Savi, la vieja, también una galaxia de vida. Vida anidada en las destellantes neuronas de su cerebro, tras aquel cráneo sonriente, que ardía como relámpagos en la cadena de impactos que corrían por sus nervios retínales y en los miles de millones de formas vivas de su estómago, ocupadas e indiferentes todas, y… Tratando de apartar la mirada, Daeman cometió el error de mirarse a sí mismo, de mirar dentro de sí, más allá de sí, su conexión con el aire y el suelo y el cielo…

–¡Apágate! – dijo Savi; la mente de Daeman repitió la orden.

La brillante luz del mediodía que se reflejaba en los árboles y el suelo cubierto de agujas le pareció de repente a Ademán tan oscura como la medianoche. Las piernas le fallaron. Jadeando, Daeman se deslizó por el borde del sonie y se desplomó en el suelo, rodó hasta quedar boca abajo, los brazos extendidos, las palmas planas, la cara apretada contra las agujas de pino.

Savi se agachó junto a el y le dio una palmadla en el hombro, Pasará dentro de un minuto-dijo suavemente-. Descansa aquí. Yo iré a buscar a los demás.

Ada vaciló cuando Harman sugirió que fueran a dar un paseo: temía que Savi se enfadara o se sintiera alarmada por la ausencia de todo el mundo cuando regresara al claro, pero Hannah ya había salido corriendo detrás de Odiseo, y Ada no quería quedarse junto al sonie con Daeman. Además, no sabía si tendría otra oportunidad para hablar en privado con su nuevo amante antes de que ella regresara a Ardis y él se fuera volando con Savi a aquella Cuenca Meditecomosellamara. Subieron una colina, luego siguieron un arroyo al otro lado. El bosque bullía de cantos de pájaros, pero no vieron ningún animal más grande que una ardilla. Harman parecía preocupado, perdido en sus pensamientos y la única vez que tocó a Ada fue cuando le tendió la mano para ayudarla a cruzar el arroyo sobre una cascada de tres metros. Ella se preguntó si la noche que habían pasado juntos había sido un error, un fallo de cálculo por su parte, pero cuando se detuvieron a descansar en la base de la cascada, vio que sus ojos se centraban en ella, vio el afecto y la ternura de su mirada y se alegró de que se hubieran convertido en amantes.

–Ada-dijo él- ¿conoces a tu padre?

Ella parpadeó. La pregunta no era del todo sorprendente: la gente sabía que tenía padre, por supuesto, teóricamente, pero esas cosas no se preguntaban casi nunca.

–¿Quieres decir si sé quién fue? Harman negó con la cabeza. – Quiero decir si lo conoces. ¿Lo has visto?

–No -respondió ella-. Mi madre llegó a decirme su nombre en una ocasión, pero creo que él… alcanzó su Quinto Veinte hace algunos años.

Casi había estado a punto de decir pasó a los anillos, el eufemismo humano más común para referirse a la ascensión corpórea al cielo de los posthumanos. Su corazón redobló cuando se preguntó por qué Harman le estaba haciendo aquella extraña pregunta. ¿Creía que existía la posibilidad de que él fuera su padre? Sucedía, claro. Las mujeres jóvenes hacían el amor con hombres mayores que podrían ser sus anónimos padres espermáticos: el incesto no era tabú,ya que no había ninguna posibilidad de que nacieran hijos de una unión semejante, y no había hermanos ni hermanas, ya que cada mujer sólo podía reproducirse una vez, Pero la idea era extrañamente inquietante.

–Yo no sé quién fue mi padre -dijo Harman-. Savi dijo que en una época, incluso después de la Edad Perdida, los padres eran casi tan

importantes para los niños como lo son las madres ahora.

–Cuesta imaginarlo -dijo Ada, todavía confusa. ¿Qué estaba intentando decirle? ¿Que era demasiado viejo para ella? Eso era una tontería.

Él empezó a caminar de nuevo y ella lo siguió bajo los árboles. Hacía fresco a la sombra, pero el aire era más denso. La cascada 1111111111murmuraba tras ellos. De repente Ada miró en derredor, alarmada.

–¿Has oído algo? – preguntó Harman, deteniéndose junto a ella.

–No. Es que… hay algo raro.

–No hay servidores -dijo Harman-. Ni voynix.

Era eso, advirtió Ada. Estaban solos. Durante los dos últimos días, la ausencia de los omnipresentes servidores y voynix había sido como un sonido de fondo que faltara. Pero resultaba más evidente ahora que estaban solos, nada más que ellos dos.

De repente, sin ningún motivo concreto, Ada se estremeció.

Harman asintió.

–He estado tomando notas del terreno y observando el sol -señaló con la rama que estaba usando como bastón-.El claro está detrás de esa colina.-

Ada sonrió, pero no estaba totalmente convencida. Comprobó su localizador de palma, pero estaba en blanco, como sucedía desde que habían dejado el domi de la Antártida. Había estado en el bosque otras veces (normalmente en sus tierras de Ardis), pero nunca sin un servidor flotando cerca para mostrarle el camino a casa o sin un voynix como protección. Pero esto no era más que tensión de fondo a la ansiedad central de la extraña pregunta de Harman.

–¿Por qué preguntas por los padres?

Él la miró mientras seguían bajando la colina, internándose en el bosque de secuoyas. La sombra era casi penumbra, aunque lanzadas de luz salpicaban aquí y allá el silencio catedralicio.

–Por algo que me ha dicho Savi esta mañana -respondió-. Algo de que yo era lo bastante viejo para ser tu abuelo. Sobre que me metía en esta aventura para encontrar la fermería y relacionarme contigo, como una especie de negación de mi Veinte Final.

La primera respuesta de Ada fue la furia, seguida inmediatamente de una punzada de celos. Furia por la estúpida observación de Savi: no era asunto de aquella mujer con quién se acostaba Ada ni qué edad tenía. Celos

por el hecho de que Harman se hubiera levantado de la cama aquel amanecer para ir a charlar con Savi. Ada simplemente le había dado un beso de despedida cuando se levantó, se lavó y se vistió esa mañana, un poco decepcionada porque su nuevo amante no quería pasar otra hora con ella antes de que todos se levantaran para desayunar, pero respetando su decisión, suponiendo que era madrugador por costumbre.

¿Pero qué era tan importante para que tuviera que dejarla al amanecer para ir a hablar con Savi' ¿No planeaba pasar los próximos dias con Savi en su estúpida búsqueda de una nave espacial? De hecho, advirtió Ada, Savi iba a ocupar su lugar en esa aventura.

Estudió el rostro de Harman, de aspecto mucho más joven, sin las sorprendentes patas de gallo y el pelo gris de Odiseo,y vio que él no había advertido su arrebato de furia y celos. Harman seguía preocupado, perdido en sus propias reflexiones, y Ada se preguntó si la atención y la amabilidad que le había dispensado en los últimos días (hasta su maravilloso apareamiento de la noche anterior) eran aberraciones, sólo parte de un preludio al sexo, y no su conducta habitual. No lo creía, pero no lo sabía.

¿Era toda esta intimidad que había estado sintiendo con

–¿Sabes cómo eliges quedarte embarazada? – preguntó Harman, todavía hurgando distraídamente en el suelo con su bastón.

Ada se detuvo, desconcertada. La pregunta era… sorprendente.

Harman se detuvo y la miró como si no hubiera dicho nada fuera de lo común.

–Quiero decir si sabes como funciona el mecanismo -dijo el, todavía aparentemente ajeno a lo inadecuado de la pregunta. Los hombres y mujeres simplemente no discutían estas cosas.

–Si vas a darme un sermón sobre los pajaritos y las abejitas, es un poco tarde -dijo ella, envarada.

Harman se rió de buena gana. A lo largo del último par de semanas, esa risa había encandilado a Ada. Ahora la irritó una barbaridad.

–No me refiero al sexo, querida -dijo. Ada advirtió que era la primera vez que usaba ese término, pero no estaba de humor para apreciarlo-. Me refiero a cuando recibas permiso para quedarte embarazada, quizá dentro de décadas… y a elegir el donante de esperma.

Ada se estaba sonrojando y el hecho de que no pudiera dejar de sonrojarse le enfurecía, Se sonrojó aún más.

–No sé de qué estás hablando.

Sí lo sabía, naturalmente. Eran los hombres quienes se suponía que no sabían ni discutían de estas cosas. La mayoría de las mujeres decidían solicitar un embarazo en torno a su Tercer Veinte. Normalmente el periodo de espera era de uno o dos años antes de que se concediera el permiso, transmitido por los posthumanos a través de los servidores. En ese punto, la mujer abandonaba la actividad sexual, tomaba el des inhibidor de embarazos y decidía cuál de sus antiguas parejas sería el padre espermático de su hijo. El embarazo se producía en cuestión de días v el resto era tan antiguo como.-, bueno, como la humanidad.

–Estoy hablando del mecanismo por el que decides qué esperma almacenado es elegido por tu cuerpo -continuó Harman-. Las hembras humanas antiguas no tenían esa elección.

–Tonterías -replicó Ada-. Nosotros somos igual. Siempre ha sido así.

Harman negó con la cabeza lentamente, casi con tristeza. – No -dijo-.

Incluso en la época de Savi, hace unos mil años más o menos, el embarazo era algo más que un acto casual. Ella dice que este mecanismo de almacenamiento y selección de esperma era algo que los posts insertaron en nosotros (en las mujeres) basánd' tructura genética de las polillas.

–¡Las polillas! – dijo Ada, no ya sólo sorprendida sino verdadera y profundamente furiosa ahora. Aquello era tan absurdo como denigrante-.

¿De qué demonios estás hablando, Harman Uhr7

Él alzó la cabeza y pareció advertir su reacción por primera vez, como si el uso del tratamiento formal hubiera sido una bofetada en la cara que lo hubiera devuelto a la realidad.

–Es cierto-dijo-. Lo siento sí te molesta, pero Savi dice que los posts estructuraron genéticamente esta habilidad para elegir al padre espermático años después de la relación a partir de los genes de una polilla llamada…

–¡Basta! – gritó Ada. Tenía los puños cerrados. Nunca había golpeado a nadie en la vida, ni había querido hacerlo, pero en ese momento estaba a punto de darle un puñetazo a Harman-. Savi dice esto, Savi dice lo otro. Ya estoy harta de esa vieja bruja. Ni siquiera creo que sea tan vieja… ni tan sabia. Está loca, nada más. Voy a volver al sonie Se internó en el bosque.

–¡Ada! – llamó Harman.

Ella lo ignoró, caminando colina arriba, resbalando en las agujas y el humus mojado.

–¡Ada!

Ella continuó, dispuesta a dejarlo atrás.

–Ada, no es por ahí.

Hannah alcanzó a Odiseo a unos cientos de metros del claro. Él se dio la vuelta y se llevó la mino al pomo de la espada cuando la oyó salir de los matorrales, pero se relajó al ver quién era.

–i¿Qué quieres, muchacha?

–Quiero ver tu espada -dijo Hannah, apartándose el pelo oscuro de la cara.

Odiseose echó a reír.

–¿Por qué no? – soltó la vaina de cuero de su cinturón y le tendió el arma-. Ten cuidado con los filos, muchacha. Podría afeitarme con esta hoja, si alguna vez decidiera hacerlo.

Hannah desenvainó la espada corta y la sopesó, vacilante.

–Savi me ha dicho que trabajas con metales -dijo Odiseo. Se inclinó en un arroyo, recogió agua con las manos y bebió-Dice que puede que seas la única persona, hombre o mujer, de todo este mundo feliz que sabe cómo forjar bronce.

Hannah se encogió de hombros.

–Mí madre se acordaba de historias antiguas sobre la forja del metal, jugaba con fuego y hornos abiertos cuando era más joven. Yo continúo los experimentos -alzó la espada y la descargó.

–Nos has visto luchar en el paño turín -dijo Odiseo.

Hannah asintió.

–¿Y…?

–Estas usando bien la espada, muchacha Cortar en vez de apuñalar…

Esta herramienta está hecha para cercenar miembros y desparramar entrañas, para nada más refinado.

Hannah hizo una mueca y le devolvió el arma.

–¿Es ésta la espada que utilizaste en las llanuras de Ilion? – preguntó en voz baja-. ¿Y en tu aventura para robar el Paladión?

–No. – El alzó la espada verticalmente hasta que parte de la luz que se filtraba entre las altas ramas bailó en su superficie-. Esta espada en concreto fue un regalo que me hizo… una mujer, en uno de mis viajes.

Hannah esperó más explicaciones, pero en vez de contarle otra historia, Odiseo dijo:

–¿Te gustaría ver qué hace a esta espada diferente?

Hannah asintió.

Odiseo usó el pulgar para pulsar dos veces la empuñadura, y de repente la espada pareció temblar levemente. Hannah se acercó más. Sí, un zumbido sutil pero perceptible procedía de la hoja. Alzó una mano hacia el metal pero Odiseo disparó la suya rápidamente, agarrándola por la muñeca.

–Si la tocaras ahora, muchacha, perderías todos los dedos. – ¿Por qué? –

Ella no se debatió para liberar la muñeca, y al cabo de unos segundos Odiseo la soltó.

–Está vibrando -dijo Odiseo, plantando la espada ante sus ojos. Hannah advirtió de nuevo que era exactamente tan alta como Odiseo. La noche anterior lo había oído en el salón burbuja verde del puente, después de que los otros se acostaran. Lo acompañó a dar un paseo, regresó a su domi para charlar durante horas, y se había quedado dormida en el suelo junto a su cama. Hannah sabía que Ada pensaba que se habían hecho amantes: a ella no le importaba y no se le ocurría ningún motivo para convencerla de lo contrario.

–Es casi como si estuviera cantando -dijo Hannah, volviéndose un poco para oír mejor el agudo zumbido.

Odiseo se rió con fuerza, aunque Hannah no supo por qué. – No te preocupes -dijo-. No me lo dio ninguna Dama del Lago, aunque no es algo que esté demasiado lejos de la verdad -se rió de nuevo.

Hannah miró al hombre de la barba. No tenía ní idea de lo que estaba diciendo. Se preguntó si él la tenía. – ¿Por qué vibra? – preguntó. –

Apártate -dijo el hombre del pecho fornido. La mayoría de las secuoyas de su alrededor tenían unos dos metros de grosor, algunas algo más, pero un pino más pequeño (quizás una ponderosa o un abeto Douglas) crecía en un claro soleado, pocos metros a su izquierda. El árbol tenía probablemente treinta o cuarenta años de edad, de unos quince metros de altura, con un tronco de unos cuarenta centímetros de grosor.

Odiseo plantó los pies en el suelo, agarró la espada con una mano y la blandió ante el tronco. Asestó un golpe sin esfuerzo con el filo.

La hoja describió un arco tan suave que pareció que había fallado por completo. No hubo ningún sonido de impacto. Unos pocos segundos más

tarde, el alto pino se estremeció, se agitó y cayó ruidosamente al suelo.

Odiseo pulsó de nuevo el pomo y el leve sonido de vibración cesó.

Hannahse acercó a inspeccionar el tocón y el árbol caído. Las secciones del tronco parecían haber sido separadas quirúrgicamente, no serradas. Pasó la mano por el tocón cercenado a la altura del pecho. No había savia, ni irregularidades en el corte. La madera era tan suave como si hubiera sido sellada con plástico y cauterizada de algún modo. Se volvió hacia Odiseo.

–Eso debió venirte muy bien durante el asedio de Troya -dijo.

–No has estado escuchando, muchacha -respondió Odiseo. Volvió a envainar el arma y se la colgó del ancho cinturón-. Éste fue un regalo que me hicieron unos cuantos anos después de que dejara la guerra e iniciara mis viajes. Si la hubiera tenido en Ilión… -Odiseo sonrió horriblemente-.

No habría quedado ni un troyano, ni un dios ni una diosa con la cabeza sobre los hombros. Te lo prometo.

Hannah le sonrió al viejo. No eran amantes (todavía no), pero tenía planeado quedarse en Ardis Hall mientras Odiseo estuviera allí de visita, ¿y quién sabía qué podría suceder?

–Estáis aquí -dijo Savi, bajando la pendiente hacia ellos. Cerró el puño y lo que pareció el campo indicador de un localizador de palma se apagó.

–¿Es hora de continuar? – preguntó Odiseo, hablándole a Savi pero mirando a Hannah como si fueran viejos conspiradores.

–Hora de continuar -di¡o Savi.

Entre Eos Chasma y Coprates Chasma en el Valle Marineris Central Este

Tres semanas de viaje hacia el oeste río arriba (mar interior, en realidad) del Valle Marineris, y Mahnmut estaba a punto de perder su mente moravec.

Su falucho, tripulado por veinte hombrecillos verdes, era sólo uno de los muchos navíos que se abrían paso hacia el este o el oeste camino del valle inundado o al norte o al sur por el estuario que daba a la Planicie de Chryse del océano septentrional de Tetis. Además de una docena de otros faluchos tripulados por HV, habían pasado al menos tres barcazas de cien metros de largocada día, todas ellas transportando cuatro grandes piedras sin tallar para hacer cabezas, todas dirigiéndose al este desde la cantera del sur del Laberinto Noctis, situado en el extremo occidental del Valle Marineris,

todavía a unos dos mil ochocientos kilómetros por delante del falucho de Mahnmut.

Orphu de lo había sido trasladado a bordo y asegurado en la cubierta media, oculto a la vista aérea por un toldo levantado, atado ¡unto a las piezas grandes de carga y otros artículos rescatados de La Dama Oscura.

Sólo pensar en su sumergible (dejado atrás en la caverna marina situada a más de mil quinientos kilómetros de ellos) deprimía a Mahnmut.

Hasta aquel viaje, Mahnmut no sabía que fuera capaz de deprimirse, capaz de sentir una tensión emocional tan terrible y una sensación de desesperación tal que lo dejaba casi sin voluntad y aún con menos ambición, pero la violenta separación de su submarino le había demostrado lo mal que podía sentirse. Orphu (cegado, lisiado, transportado a bordo como lastre inútil) parecía de buen humor, aunque Mahnmut estaba aprendiendo lo cuidadosa y raramente que su amigo mostraba sus verdaderos sentimientos.

El falucho había llegado, como prometieron, temprano aquella mañana marciana después de su arribada a la costa, y mientras los HV arrastraban a bordo al pobre Orphu, Mahnmut bajó al submarino inundado vanas veces, sacando todas las unidades energéticas extraí-bles, las células solares, el equipo de comunicación, los discos de bitácora y todos los instrumentos de navegación que pudo transportar.

–Nadaste desnudo hasta el lugar del naufragio y te llenaste los bolsillos de bizcochos antes de volver, ¿eh? – dijo Orphu aquella mañana cuando Mahnmut le contó sus esfuerzos de salvamento.

– i Qué? – Mahnmut se preguntó si el cascado ioniano había perdido por fin la cabeza.

–Un pequeño error de continuidad en el Robinson Crusoe de Defoe -se estremeció Orphu-. Siempre me gustan los errores de continuidad.

–No la he leído -dijo Mahnmut. No estaba de humor para bromas. Dejar atrás a La Dama Oscura lo había dejado destrozado.-se estremeció Orphu-.Siempre me gustan los errores de continuidad.

No la he leído-dijo Mahnmut. No estaba de humor para bromas. Dejar atrás a La Dama Oscura lo había dejado destrozado.

Discutieron su reacción durante las tres primeras semanas de viaje, ya que tenían poco que hacer a bordo del falucho excepto discutir cosas. El

receptor-transmisor de radio de onda corta que Mahnmut había conectado a Orphu funcionaba bien.

–Estás sufriendo de agorafobia tanto como de depresión -dijo Orphu.

–¿Cómo es eso?

–Fuiste diseñado, programado y entrenado para formar parte del submarino, oculto bajo el hielo de Europa, rodeado de oscuridad y a profundidades aplastantes, cómodo en tus estrechos espacios -dijo el ioniano-. Ni siquiera tus breves incursiones en la superficie helada de Europa te prepararon para estas amplias vistas, los distantes horizontes y los cielos azules.

–El cielo no es azul ahora mismo -fue todo lo que dijo Mahnmut por respuesta. Era por la mañana temprano y, como la mayoría de las mañanas, el Valle Marineris estaba cubierto de nubes bajas y densa niebla. Los HV

habían arriado las velas del falucho y avanzaban a golpe de remo (treinta hombrecillos remaban, quince a cada banda, al parecer infatigables) cada vez que el viento no movía el barco de vela latina de dos mástiles. Brillaban linternas en la proa, el mástil delantero, ambos costados y la popa, y el falucho apenas se movía. Esta sección del Valle Marineris tenía más de ciento veinte kilómetros de anchura y la sección en la que pronto entrarían tendría doscientos kilómetros: era un mar interior más que un rio; incluso en los días despejados, los altos acantilados de las orillas norte o sur eran invisibles en la distancia, pero había suficiente tráfico de naves de HV para tomar precauciones con la niebla.

Mahnmut advirtió que era cierto, que la agorafobia era parte de su problema, ya que sentía más agudamente la depresión en los días claros, cuando la visión era ilimitada; pero también sabía que era más complicado, que no se debía sólo al hecho de estar separado del seguro nido y los controles sensoriales de su nave. Mahnmut era, lo había sido siempre, un capitán, y sabía por su propia programación y posteriores lecturas, que nada duele más a los capitanes que la pérdida de sus navíos. Además, le habían encargado una misión importante (llevar a Koros III a la base oceánica del Monte Olympus), y había fracasado miserablemente. Koros III estaba muerto, al igual que Ri Po, el moravec que tendría que estar esperando en órbita para recibir, interpretar y transmitir los importantes datos de reconocimiento de Koros.

¿A quien? ¿Cómo? ¿Cuándo? Mahnmut no tenia ni idea.

Hablaron también de eso durante sus semanas de tranquilo viaje. Era aún más tranquilo de noche, ya que los HV entraban en hibernación en cuanto el sol se ponía. Aseguraban el falucho con una complicada ancla (Mahnmut había hecho sondeos y decidió que el agua bajo ellos tenía más de seis kilómetros de profundidad) y no se volvían a mover hasta que la luz del sol tocaba su piel verde y transparente a la mañana siguiente. Parecía obvio que los HV obtenían energía solamente de la luz solar, incluso a través de la niebla matutina. Desde luego Mahnmut nunca rubia visto a un hombrecillo verde comer ni segregar nada. Podía preguntárselo, pero aunque tenía la hipótesis de que el HV individual no «moría» realmente después de la comunicación (pensaba que los hombrecillos verdes eran una consciencia múltiple, no un conjunto de individuos), Mahnmut no se fiaba lo suficiente dé esa hipótesis para meter la mano dentro del pecho de otra personita verde, agarrar lo que podía ser su corazón y hacer preguntas que podían esperar hasta otro día.

Pero Mahnmut no tenía ningún reparo en hacerle preguntas a Orphu.

–¿Por qué nos enviaron? – preguntó al décimo día-. No comprendemos la misión y no estaríamos equipados para llevarla a cabo aunque supiéramos lo que tenemos que hacer. Fue una locura enviarnos en la ignorancia.

–Los administradores moravec están acostumbrados a repartir los deberes y asignar tareas especializadas-dijo Orphu-.Tú fuiste lo mejor que encontraron para conducir a KorosIII hasta el volcán. Yo fui el mejor moravec que pudieron encontrar para atender la nave espacial. Nunca consideraron la posibilidad de que tú y yo fueramos el equipo que quedaría para hacer el trabajo de los otros dos.

–;Por qué no? – dijo Mahnmut-. Seguro que sabían que la misión sería peligrosa.

Orphu se estremeció suavemente.

–Probablemente pensaron que era todo o nada… que todos moriríamos si se llegaba a lo peor.

Casi lo hicimos -le murmuró Mahnmut-. Probablemente lo haremos.

–Descríbeme el día -dijo Orphu-. ¿Se ha levantado ya la niebla?

Los días y el paisaje y las noches eran hermosos. El conocimiento que tenía Mahnmut de los mundos con atmósfera respirable procedía exclusivamente de sus bancos de datos de la Tierra, y aquel Marte terraformado era un cambio interesante.

Los cielos variaban de un brillante celeste a mediodía a un cielo sonrosado que a veces adquiría una tonalidad dorada que lo llenaba todo de fulgor. El sol mismo parecía significativamente más pequeño quecomo se veía desde la Tierra en las viejas grabaciones de vídeo, pero era inmensamente más grande y más brillante y más cálido que ningún sol que los moravecs de Galileo hubieran conocido en los últimos mil quinientos años-t. La brisa era suave y olía a mar salado y fa veces, sorprendentemente) a vegetación.

–¿Te has preguntado alguna vez por qué nos dieron ese sentido? –

preguntó Orphu cuando Mahnmut describió el olor a vegetación mientras entraban en el ancho estuario del Valle Marineris desde el Tetis.

–¿El qué? – di]O Mahnmut.

–El olfato.

El moravec europano tuvo que pensarlo. Siempre había considerado natural su sentido del olfato, aunque era completamente inútil bajo el agua o en la superficie de Europa, y prácticamente inútil en el nido medioambiental de La Dama Oscura: en otras palabras, en todas partes donde existía.

–Podía oler los humos tóxicos en el submarino o en los cubículos presurizados de Conamara Caos Central -dijo por fin, sabiendo que no era una respuesta convincente. Los moravecs tenían alrmas insertadas para esos peligros.

Orphu se estremeció suavemente.

–Yo podría haber olido el azufre cuando estaba en la superficie de Io,

¿pero quién querría hacerlo?

–¿Puedes oler? – dijo Mahnmut-. No tiene mucho sentido para un moravec de durovac.

–Desde luego -respondió Orphu-. Ni tampoco el hecho de que me paso… me pasaba… gran parte de mi tiempo viendo las cosas en el espectro de luz visible para los humanos, pero lo hacía cada vez que era posible.

Mahnmut pensó t.iiiihieii en esto. Era cierto; él lucia lo mismo, aunque podía ver fácilmente en infrarrojo y en la gama UV del espectro. La visión de Orphu, Mahnmut lo sabía, incorporaba visualizaciones de frecuencias de radio y líneas de campos magnéticos, desconocidas para los antiguos

humanos, pero que tenían mucho.sentido para un moravec que trabajaba en los campos de radiación dura del espacio galileano.-

¿Por qué elegía el ionano las limitadas longitudes de onda «visibles»

por los humanos con más frecuencia?

–Creo que es porque nuestros diseñadores y todas las generaciones subsiguientes de moravecs querían en secreto ser humanos -dijo Orphu, respondiendo a la pregunta no formulada de Mahnmut sin acompañarla de un estremecimiento de ironía o diversión-. El efecto Pinocho, como quien dice.

Mahnmut no estaba de acuerdo con eso, pero se sentía demasiado deprimido para discutir.

–¿A que huele ahora? – preguntó Orphu.

–A vegetación podrida -dijo Mahnmut mientras el falucho seguía el canal que desembocaba en el ancho estuario- Huele como el Támesis de Shakespeare con marea baja.

La primera semana de navegación río arriba, para no volverse loco de inactividad, Mahnmut desmontó e inspeccionó (lo mejor que pudo) las otras tres piezas de carga recuperadas (Orphu era la cuarta).

El artefacto más pequeño, una pieza ovoide lisa no mucho más grande que el compacto torso de Mahnmut, era el Aparato, el elemento más importante de la misión del difunto Koros III. Todo lo que Mahnmut y Orphu sabían sobre el Aparato era que se suponía que el ganimediano tenía que llevarlo al Monte Olympus, y, dadas unas circunstancias adecuadas desconocidas por Mahnmut y Orphu, activarlo.

Mahnmut sondeó el Aparato con el sonar y levantó una parte diminuta de su casco de transalcación reflexiva. No descubrió su función La máquina, si era tal, era macromolecular: esencialmente una única molécula nanocuadrada con un núcleo central blando de tremenda energía contenida sólo por los campos internos de la macromolécula. El único «aparato-aparato» que Mahnmut encontró asociado con el casco fue un iniciador-encendedor de corriente generada. Treinta y dos voltios aplicados en el lugar adecuado harían… le harían algo a la macromolécula de dentro.

–Podría ser una bomba -dijo Mahnmut mientras volvía a colocar cuidadosamente en su sitio el milímetro cuadrado de metal.

–Menuda bomba -murmuró Orphu-. Si la em-molécula e principalmente una cascara de huevo, aquí tenemos un reventador de planetas. La yema nos

caería encima.

Fingiendo no haberlo oído para conservar su amistad y no tener que arrojar a Orphu por la borda, Mahnmut miró las paredes del cañón por el que pasaban (aún viajaban a tres kilómetros de los alto: acantilados del sur que bordeaban el ancho mar interno), e imaginó toda aquella belleza de rocas rojas, escalonadas y estriadas desaparecida. Pensó en los altos manglares que crecían en las marismas más bajas del estuario marciano, en las recortadas aulagas visibles en las paredes más altas de los acantilados del valle, incluso en el frágil cielo azul con altos jcirros sobre las rocas, y trató de imaginarlo todo destruido por una explosión cuántica lo bastante grande para hacer pedazos un mundo. Difícilmente parecía adecuado.

–¿Se te ocurre que pueda ser otra cosa aparte de una bomba? – preguntó Orphu.

–Así de entrada no -dijo el ioniano-. Pero algo que contiene tanta energía cuántica implosiva acumulada constituye una tecnología muy superior a mi comprensión. Te sugiero que trates con cuidado el Aparato y le pongas debajo algunos cojines o algo, pero ya que ha sobrevivido al ataque de la gente de los carros y a la entrada atmosférica que me frió a mí y acabó con tu nave, no puede ser demasiado delicado. Dale una patada en el culo y a otra cosa. ¿Cuál es la siguiente pieza del cargamento?

La siguiente pieza era sólo un poco más grande que el Aparato, pero mucho más comprensible.

–Es una especie de comunicador de chorro -dijo Mahnmut-Está plegado, pero me parece que si lo activo, se desplegará sobre su propio trípode, lanzará un gran plato al cielo y producirá una seria explosión de…

algo. Energía codificada en tensobanda o k-máser o quizás incluso gravedad modulada.

–¿Para qué necesitaría eso Koros? – preguntó Orphu-. Los satélites de comunicaciones siguen en órbita y la nave espacial podría haber transmitido cualquier tipo de tensorrayo o señal de radio al espacio gaiileano.

Demonios, incluso tu submarino podría haber contactado con casa.

–Tal vez esto no tenga por finalidad transmitir al espacio de Júpiter -

sugirió Mahnmut.

–¿Adonde entonces?

Mahnmut no tenía ninguna sugerencia.

–¿Cómo iba a codificar el mensaje Koros? – preguntó el ioniano.

–Hay conectores virtuales -dijo Mahnmut, después de inspeccionar cuidadosamente la compacta maquinaria bajo su piel de nanocarbono-.

Podríamos descargar todo lo que hemos visto y aprendido a codificarlo y activarlo. A menos que necesite un código de activación o algo por el estilo.

¿Quieres que lo conecte y lo compruebe?

–No -dijo Orphu-. Todavía no.

–¿Qué usa este comunicador como fuente de energía de chorro? –

preguntó Orphu antes de que Mahnmut pudiera cerrar el aparato.

Mahnmut no estaba familiarizado con la tecnología, pero describió el contenedor magnético y el esquema del campo de fuerza.

–Vaya, vaya -dijo Orphu-. Eso es felscbenmass chevkoviana.

Anrimateria artificial como la que el Consorcio empleó para impulsar la primera sonda interestelar. Contiene suficiente energía para mantenernos vivos y coleando varios siglos terrestres si encontramos una manera de conectarnos.

Mahnmut sintió que su corazón redoblaba.

–¿Podríamos haberlo utilizado para sustituir el reactor de fusión de La Dama}

Orphu guardó silencio varios segundos.

–No, no lo creo -dijo por fin-. Demasiado libre, demasiado rápido y demasiado duro para poder domarlo. Es posible que tú y yo pudiéramos conectar con su campo, pero no creo que pudiéramos haberle dado energía a La Dama Oscura aunque se pudiera haber reparado el submarino. Y dijiste que no podías hacer las reparaciones solo, ¿no?

–Habrían hecho falta los muelles helados de Conamara Caos -dijo Mahnmut, con una extraña combinación de pesar y alivio al enterarse de que aquello no era ninguna solución para la pobre Dama…

Por mucho que lo deprimiera la muerte de su nave, la idea de volver a navegar los más de dos mil kilómetros era aún más deprimente.

La última pieza de carga era la más grande, la más pesada y la más incomprensible.

El contenedor era un cubo de tribambú de un metro y medio de alto por dos de ancho, envuelto en transpolímcro. Una breve inspección demostró a Mahnmutque el cubo estaba lleno: cientos de metros cuadrados de un tejido microfino de polietileno enmascarador con tiras de células solares de alta resolución; veinticuatro segmentos de titanio cónico articulado

interconectados y parcialmente anidados; cuatro contenedores presurizados cuyos sensores indicaban que contenían helio, una mezcla de hidrógeno y oxígeno y metanol; ocho impulsores de pulso atmosférico con controladores de conexión y, por último, doce cables de buckycarbono plegados de quince metros conectados a los cuatro lados do la caja de tribambú donde venía la cosa.

–Me rindo -dijo Mahnmut después de varios minutos de reflexionar y hurgar y desplegar-. ¿Qué demonios es esto?

–Un globo -dijo Orphu.

Mahnmut sacudió su cabeza moravec. Había criaturas globos vivas y moravecs en la atmósfera de Júpiter, muchos más nadando en la sopa de Saturno, ¿pero qué habría querido hacer Koros III con un globo artificial en Marte?

Orphu transmitió la respuesta mientras Mahnmut la oía de su propia mente.

–La misión de Koros era llegar a la cima del Monte Olympus, hasta el lugar de la perturbación cuántica, y de esta manera no habría tenido que escalar el volcán. ¿Cuáles son las dimensiones de este… globo?

Mahnmut se lo dijo al ioniano.

Inflado con helio, aquí, a cero-cero, nivel del mar marciano, tendría un diámetro de más de sesenta metros y una altura de unos treinta y cinco, con lo cual elevaría fácilmente la barquilla, a ti, el Aparato y la radio de chorro hasta los límites del espacio… o la cima del Olympus -dijo Orphu.

–¿Barquilla? – dijo Mahnmut, todavía intentando asimilar la idea.

–La caja que lo contiene. Eso es obviamente lo que Koros III pretendía pilotar. ¿Trae una capota transpolímera… algún tipo de cubierta presurizable?

–Sí.

–Entonces ahí lo tienes.

–Pero el Monte Olympus tiene una escalera mecánica que sube por su cara sur -dijo Mahnmut estúpidamente.

–Koros y los moravecs que planearon esta misión no lo sabían, Mahnmut-dijo Orphu.

Mahnmut apartó un momento la mirada del globo para pensar. Los acantilados sureños del Valle Marineris eran sólo una fina línea roja contra

el horizonte verdiazul mientras el falucho se internaba en los canales centrales del estuario.-

–La barquilla es demasiado pequeña para llevarte -dijo.

–Bueno, naturalmente… -empezó a decir Orphu.

–Construiré una barquilla más grande -lo interrumpió Mahnmut.

–¿De verdad crees que ascenderemos a la cima del Monte Olympus? –

dijo Orphu en voz baja.

–No lo sé -respondió Mahnmut-, pero sí sé que todavía estaremos a más de dos mil kilómetros del volcán cuando… si… alguna vez llegamos al extremo occidental del Valle Marineris en este barquito. No tenía ni idea de cómo íbamos a atravesar el lío del Laberinto Noc-no y la Llanura de Tarsis hasta el Olympus, pero este… globo… podría servir. Tal vez…

–Podrías empezar ahora -dijo Orphu-. Sería más rápido que este…

¿cómo lo llamaste?

–Falucho -dijo Mahnmut, contemplando los aparejos y veks recortadas contra el cielo rosa y azul. Varios hombrecillos verdes se balanceaban sin esfuerzo de un aparejo a otro en ios palos-. Y no, no creo que debiéramos intentarlo con el globo hasta que tengamos que hacerlo. Es de un tejido tipo camuflaje-camaleón, incluso la barquilla, pero no estoy convencido de que la gente de los carros no pueda localizarlo. Lo elevaremos cuando lleguemos al Laberinto Noctis. Será de por sí un viaje aéreo bastante difícil, ya que tres de los volcanes más altos de Marte se interpondrán entre nosotros y el Olympus.

Orphu se estremeció cerca de lo subsónico.

–La vuelva al mundo en ochenta días, ¿eh?

–La vuelta entera no -dijo Mahnmut-. Contando este viaje en barco, tenemos que viajar un poco más de una cuarta parte.

Mahnmut intentó matar el tiempo y librarse de su desánimo leyendo los sonetos de Shakespeare en el libro físico que había salvado de La Dama Oscura. No funcionó. Mientras que en los últimos años se había sumergido en los análisis descubriendo estructuras ocultas, conexiones de palabras y contenido dramático, ahora los sonetos le parecían solamente tristes. Tristes y bastante desagradables.

A Mahnmut el moravec no podía importarle menos lo que «Will» el

«poeta» de los sonetos le hiciera al «Joven» o esperara que le hiciera éste (Mahnmut no tenía ni pene ni ano ni ansiaba ninguno tampoco), pero la

profusión de halagos y los flagrantes abusos al obtuso pero adinerado

«Joven» por parte del poeta mayor le resultaban ahora opresivos a Mahnmut, algo que bordeaba lo perverso. Pasó a los sonetos a la «Dama Oscura», pero éstos eran aún más cínicos y perversos. Mahnmut estaba de acuerdo con el análisis de que el interés del poeta por esta mujer se centraba precisamente en su promiscuidad: la pelo oscuro, ojos oscuros, pechos oscuros y pezones oscuros era, si había que fiarse del poeta, no una puta, pero desde luego algo parecido a una fresca.

Mahnmut había descartado hacía tiempo el ensayo de Freud de 1910,

«Un tipo especial de elección del objeto según los hombres», en que el médico brujo de la Edad Perdida había documentado casos de varones humanos que podían excitarse sexualmente con mujeres cuya promiscuidad era manifiesta. Shakespeare vacilaba a la hora de describir la vagina de una mujer como la bahía donde todos los hombres cabalgan y se burlaba con saña (oh astuto amor) de la promiscuidad de su Dama Oscura. Aunque Mahnmut había pasado años felices descubriendo niveles más profundos y estructuras dramáticas tras estas vulgaridades, aquel día (el sol a punto de ponerse en el gran mar interior, los acantilados alzándose rojos y rosados al norte) los sonetos le parecían un lienzo sucio, las confesiones íntimas de un poeta

–¿Leyendo tus sonetos? – preguntó Orphu.

Mahnmut cerró el libro.

–¿ Cómo lo sabías? ¿Has aprendido telepatía ahora que te has quedado sin ojos?-

–Todavía no -rumoreó el ioniano. El gran caparazón de cangrejo de Orphu estaba atado a la cubierta, a diez metros del lugar cercano a la proa donde se sentaba Mahnmut-. Algunos de tus silencios son más literarios que otros, eso es todo.

Mahnmut se puso en pie y se volvió hacia la puesta de sol. Los hombrecillos verdes corrían en los palos y en el obenque del ancla, preparando la nave para dormir.

–¿Por qué nos progamaron a algunos de nosotros para que tengamos predisposición hacia los libros humanos? – preguntó-. ¿Para qué puede servirle eso a un moravec ahora que la especie humana puede estar extinta?

–Yo mismo me he preguntado eso -dijo Orphu-. Koros III y Ri Po estaban libres de nuestra aflicción, pero debes de haber conocido a otros

que estaban obsesionado con la literatura humana.

–Mi antiguo compañero, Urtzweil, leía y releía la versión de la Biblia del rey Jaime -dijo Mahnmut-. La estudió durante décadas.

–Sí-respondió Orphu-. Y yo y mi Proust -tarareó unas cuantas notas de Me and My Shadow-.; Sabes qué tienen en común todas esas obras sobre las que gravitamos, Mahnmut?

Mahnmut se lo pensó un momento.

–No -dijo por fin.

–Son inagotables.

–¿Inagotables?

–Inagotables. Si fuéramos humanos, estas obras y novelas y poemas concretos serían como casas que siempre se abrieran a nuevas habitaciones, escaleras ocultas, desvanes por descubrir… ese tipo de cosa.

–Aja -dijo Mahnmut, sin captar la metáfora.

–No pareces muy contento con el bardo hoy -dijo Orphu.

–Creo que su uiagotabilidad me ha agotado -admitió Mahnmut.

–¿Qué está pasando encubierta? ¿Hay mucha actividad?

Mahnmut se apartó de la puesta de sol. Tres cuartas partes de los miembros de la tripulación de HV del barco estaban trabajando en silencio y ataban y fijaban y soltaban y aseguraban el ancla Sólo quedaban tres o cuatro minutos de luz antes de que entraran en hibernación: se tenderían, se enroscarían y se desconectarían durante la noche.

–¿Sientes las vibraciones en la cubierta?-le preguntó Mahnmut a su amigo. A excepción del olfato, era el último sentido que le quedaba a Orphu.

–No, sólo sé la hora que es -respondió el ioniano-. ¿Por qué no los ayudas?

–¿ Cómo dices?

–Ayúdalos -repitió Orphu-. Eres un marinero capaz. O al menos distingues la proa de la popa. Échales una mano… o tu equivalente moravec más cercano.

–Los estorbaría. – Mahnmut contempló el rápido trabajo y la precisión de los hombrecillos verdes. Se escurrían por las jarcias y mástiles como en los vídeos que había visto sobre monos-. Nosotros no tenemos telepatía -

añadió-, pero estoy seguro de que ellos sí. No necesitan mi ayuda.

–Tonterías -dijo Orphu-. Hazte útil. Voy a seguir leyendo a monsieur Swann y su infiel amiga.

Mahnmut vaciló un momento, pero luego guardó el insustituible libro de sonetos en su mochila, trotó hasta el centro de la cubierta, y colaboró para arriar la vela latina. Al principio los HV detuvieron su trabajo sincronizado y se le quedaron mirando, los ojos negros como botones de antracita en aquellas caras verdes y sin rasgos, pero luego le hicieron sitio y Mahnmut, contemplando el sol poniente y respirando el limpio aire marciano, se puso a trabajar con todas sus ganas.

A lo largo de las siguientes semanas, el estado de ánimo de Mahnmut pasó de la depresión a la satisfacción a algo parecido al equivalente moravec de la alegría. Trabajaba todos los días con los HV, entablaba conversación con Orphu incluso mientras cosía velas, preparaba -jarcias, limpiaba cubiertas, levaba el ancla y ocupaba su turno al timón. El falucho recorría unos cuarenta kilómetros al día, cosa que parecía rnuv poco hasta que uno tomaba cuenta que avanzaba corriente arriba, navegando con vientos irregulares, remando gran parte del tiempo y deteniéndose por completo durante la noche. Como el Valle Marineris tenía unos cuatro mil kilómetros de longitud (casi la anchura de la nación de la Edad Perdida llamada Estados Unidos, como le recordaba constantemente Orphu), Mahnmut se resignó a hacer el viaje en unos cien días marcianos. Más allá del borde occidental del mar interior, seguía recordándose a si mismo y Orphu se lo recordaba también se le olvidaba, había más de mil ochocientos kilómetros hasta la llanura Tharsis.

Mahnmut no tenía ninguna prisa. Los placeres del velero (no tenía ningún nombre por lo que sabía el moravec, y no estaba dispuesto a matar a un hombrecillo verde para preguntarlo) eran sencillos y auténticos, el paisaje sorprendente, d sol cálido cié día y el aire deliciosamente fresco de noche, y la desesperada urgencia de su misión se desvanecía bajo el efecto tranquilizador de la rutina.

A finales de su sexta semana de navegación, Mahnumt trabajaba en el mástil mayor del navío cuando un carro apareció a menos de un kilómetro ante el barco, volando bajo (a treinta metros escasos de las velas del navío), lo que no dio tiempo a Mahnmut para ocultarse. Esta solo en la intersección de los dos segmentos del mástil (las velas de un falucho son triangulares, sus dos mástiles segmentados, la sección superior inclinada hacia atrás) y

no había ningún hombrecillo verde en los cordajes. Mahnmut estaba completamente expuesto a la mirada de quien fuera o de lo que fuera que pilotara el carro.

Pasó por encima viajando a varios cientos de kilómetros por hora, y tan bajo que Mahnmut vio que los dos caballos que tiraban del carro eran hologramas. Un hombre con una túnica parda era su único ocupante, alto, sujetando las riendas virtuales. Tenía la piel dorada, era tremendamente guapo, con el pelo largo y rubio al viento. No se dignó mirar hacía abajo.

Mahnmut aprovechó la oportunidad para estudiar el vehículo y a su ocupante con todos los filtros visuales, a las frecuencias y longitudes de onda que tenía a su disposición. Transmitía los datos a Orphu por si el dios del carro lo había visto y decidía hacer volar a Mahnmut del mástil con un gesto de la mano. Los caballos, las riendas y ruedas eran holográficos, pero el carro era bastante real: de titanio y oro. Mahnmut no detectó ningún cohete, pulso de iones ni estela de impulsión, pero el carro emitía energía en toda la gama del espectro EM, suficiente para ahogar la narración que Mahnmut!e hacía a Orphu si no hubieran estado empleando tensorrayo.

Más ominosamente, la máquina voladora arrastraba corrientes cuatridimensionales de flujo cuántico. Parte del perfil energético de aquella cosa era capturado en un campo de fuerza que Mahnmut veía claramente en el infrarrojo: un escudo de energía en la proa del veloz aparato lo protegía del viento de su propio paso y una burbuja defensiva más amplia lo rodeaba. Mahnmut se alegró de no haber arrojado una piedra contra el carro ni haberle disparado (si hubiera tenido una piedra o un arma energética, cosas que no tenía). Aquel campo de fuerza, calculó Orphu, mantendría al conductor a salvo de cualquier cosa menos potente que una explosión nuclear de baja intensidad.-

–¿Qué lo hace volar? – preguntó Orphu mientras el carro se perdía al este-. Marte no tiene suficiente campo magnético para impulsar ninguna máquina voladora EM.

–Creo que es el flujo cuántico -dijo Mahnmut desde su posición en el mástil. Era un día de viento y el falucho se mecía de un lado a otro y adelante y atrás, y las olas lo golpeaban desde el sur.

Orphu emitió un sonido grosero.

–La distorsión cuántica dirigida puede romper el tiempo y el espacio…

a la gente y los planetas también, pero no sé cómo hace volar

Mahnmut se encogió de hombros a pesar del hecho de que su amigo, invisible bajo el toldo levantado en mitad de la cubierta, no podía verlo.

–Bueno, no tenía hélices -dijo-. Te descargaré los datos, pero me ha parecido que esa máquina volaba en un rizo de distorsión cuántica.

–Curioso-díjoOrphu-. Pero ni siquiera un millar de esas máquinas voladoras explicarían el grado de distorsión cuántica que Ri Po registró en el Monte Olympus.

–No -reconoció Mahnmut-. Al menos este… dios, no nos vio.

Hubo una pausa en la conversación y Mahnmut escuchó el choque de la proa del falucho contra las olas y la sacudida de las velas latinas cuando volvieron a hincharse con el viento. Había una suave brisa entre los aparejos, allí donde se hallaba Mahnmut, y le gustaba su sonido. También le gustaba el menos que agradable movimiento del barco, aunque lo compensaba fácilmente agarrándose al mástil con una mano y a una maroma tensa con la otra. Ahora se hallaban en la parte más ancha del valle inundado, en una zona llamada Melas Chasma, con el enorme y radiante submar de Candor Chasma abriéndose al norte y el lecho marino a más de ocho kilómetros bajo ellos, pero había acantilados pertenecientes a islas enormes (algunas de varios cientos de kilómetros de longitud y treinta o cuarenta kilómetros de diámetro) visibles en el horizonte, al sur.

–Quizá te ha visto y ha mandado un mensaje al Olympus pidiendo refuerzos -sugirió Orphu.

Mahnmut envió la estática de radio equivalente a un suspiro.

–Siempre tan optimista.

–Realista -corrigió Orphu. Pero el tono de la siguiente emisión fue serio-. Sabes, Mahnmut que tendrás que hablar de nuevo con los hombrecillos verdes, y pronto. Tenemos demasiadas preguntas que necesitan respuesta.

–Lo sé -dijo Mahnmut. La idea lo hacía sentirse vagamente mareado, de una manera que el movimiento del falucho no conseguiría nunca.

–Tal vez debiéramos Inflar y elevar el globo antes -sugirió de nuevo Orphu. Mahnmut había pasado varios días ensamblando una barquilla más ancha y más grande con el tribambú de la primera y algunos tablones prestados de uno de los mamparos menos esenciales del falucho. A los HV

no pareció importarles que usara sus tablas.

–Sigo pensando que no deberíamos hacerlo todavía -dijo Mahnmut-. Ni siquiera estamos seguros de cuáles son los vientos domnantes este mes, y los impulsores no nos darán mucha guía una vez que el globo ascienda en la corriente marciana. Será mejor que estemos lo más cerca posible del Olympus antes de arriesgar el globo.

–Estoy de acuerdo -contestó Orphu después de un rato de silencio-, pero es hora de que volvamos a hablar con los HV. Tengo la teoría de que no es telepatía lo que emplean… ni cuando se comunican contigo ni cuando se pasan información entre sí.

–¿No? – dijo Mahnmut, mirando a la docena de hombrecillos verdes que subían de las cubiertas de los remos y empezaban a trabajar eficazmente en los cordajes-. No se me ocurre qué otra cosa puede ser.

Desde luego no tienen boca ni orejas, y no transmiten datos en ninguna frecuencia de radio, tensorrayo, máser ni luz.

–Creo que la información está en las partículas de sus cuerpos -dijo Orphu-. Nanopaquetes de información codificada. Por eso insisten en que uses tu mano para agarrar ese órgano interno: es una especie de central de telégrafos, y tu mano, en oposición a, digamos, tus manipuladores generales, es orgánica. Las máquinas moleculares vivientes pueden pasar a tu corriente sanguínea por osmosis y viajar hasta tu cerebro orgánico, donde los mismos nanobytes ayudan a traducir.

–¿Entonces cómo se comunican entre sí? – preguntó Mahnmut, dubitativo. Le había gustado la teoría de la telepatía.

–De la misma forma -respondió Orphu-. Por contacto. Sus pieles son semipermeables, probablemente los datos pasan de unos a otros con cada contacto casual.

–No sé -dijo Mahnmut-. ¿Recuerdas que esta tripulación parecía saberlo todo sobre nosotros cuando llegó el falucho? Sabían adonde íbamos. Tuve la sensación de que nuestra presencia había sido transmitida telepáticamente a toda la red psíquica de los hombrecillos verdes.

–Sí, a mí también me lo pareció -dijo Orphu-. Pero aparte del hecho de que ningún humano ni moravec ha establecido jamás un marco teórico para explicar la telepatía, la navaja de Occam dictaría que la tripulación del falucho supo de nosotros a través del simple contacto físico con los HV del lugar donde desembarcamos… o con otros que hubieran estado allí.