Ilion 1 - El Asedio

Dan Simmons · Capítulo 4 de 33

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Ilion 1 - El Asedio

4 Cerca de Conamara Caos

Hockenberry, con gafas y todo, lastrado por el absurdo atuendo de un lancero aqueo, con lana y piel cubriendo mi equipo morfeador y mi armadura de impacto.

El océano está oscuro. Oscuro como el vino, pienso, pero no me hace gracia.

Tengo la abrumadora necesidad, no por primera vez, de usar mi capacidad de invisibilidad y mi arnés de levitación para salir volando de aquí, para revolotear sobre Ilion una última vez, para contemplar sus antorchas y sus habitantes condenados, y luego volar hacia el sureste a través del mar oscuro como el vino (el Egeo), hasta llegar a las islas y el continente griegos que todavía no lo son. Podría ver cómo están Clitemnestra y Penélope, y Telémaco y Orestes. El profesor Thomas Hockenberry, de niño y de hombre, siempre se llevó mejor con las mujeres y los niños que con los varones adultos.

Pero estas mujeres y niños protogriegos son más asesinos y están más sedientos de sangre que ningún varón adulto que Hockenberry conociera en su otra vida incruenta.

Dejo el vuelo para otro día. De hecho, lo descarto por completo.

Las olas llegan una tras otra, con su tranquilizadora cadencia familiar.

Lo haré. La decisión llega con la felicidad del vuelo, no, no del vuelo, sino con la excitación de ese breve instante de gravedad cero que uno pasa cuando se lanza de un lugar elevado y sabe que no va a volver a terreno sólido. Hundirse o nadar, caer o volar.

Lo haré.

4 Cerca de Conamara Caos

El sumergible moravec de Mahnmut el europano iba tres kilómetros por delante del kraken y ganaba terreno, lo cual debería haberle dado un poco de confianza a la diminuta criatura robo-orgánica, pero como el kraken solía tener tentáculos de cinco kilómetros de largo, no lo hacía.

Era un agravio. Peor que eso, era una distracción. Mahnmut casi había terminado su nuevo análisis del Soneto 117, estaba ansioso por enviarlo por e-mail a Orphu en lo, y lo último que necesitaba era que se tragaran su sumergible. Estudió el kraken, verificó que la enorme, hambrienta y gelatinosa masa continuaba persiguiéndolo, y se interfaceó con el reactor lo suficiente para añadir otros tres nudos a la velocidad de su nave.

El kraken, que estaba literalmente fuera de pie tan cerca de la región de Conamara Caos y sus filones abiertos, no pudo mantener el ritmo. Mahnmut sabía que, mientras ambos estuvieran viajando a esa velocidad, el kraken no podría extender por completo sus tentáculos para envolver al sumergible; pero sí su pequeño sub se encontraba con algo (digamos un montón grande de algas iridiscentes) y tenía que frenar, o peor aún, se quedaba atrapado en los brillantes filamentos de basura, entonces el kraken caería sobre él como un…

–Oh, bueno, maldita sea -dijo Mahnmut, abandonando cualquier intento de buscar un símil y hablando en voz alta al silencio zumbante de la estrecha cavidad medioambiental del sumergible. Sus sensores estaban conectados con los sistemas de la nave y la visión virtual le mostraba enormes masas de algas iridiscentes delante. Las brillantes colonias flotaban a lo largo de las corrientes isotérmicas, alimentándose de las venas rojizas de sulfato de magnesio que se alzaban hacia los hielos de la superficie como múltiples raíces ensangrentadas.

Mahnmut pensó sumérgete y el sumergible se zambulló otros veinte kilómetros, esquivando las colonias inferiores de algas apenas por El kraken se zambulló tras él. Si los kraken pudieran sonreír, éste habría estado sonriendo: era la profundidad a la que cazaba.

Reacio, Mahnmut eliminó el Soneto 116 de su campo visual y consideró sus opciones. Ser devorado por un kraken a menos de cien kilómetros de Conamara Caos Central sería embarazoso. Era culpa de aquellos malditos burócratas: tenían que limpiar sus submares locales de monstruos antes de ordenar a uno de sus exploradores moravec que

Podía matar al kraken. Pero sin ningún sumergible recolector en mil kilómetros a la redonda, la hermosa bestia sería reducida a pedazos y devorada por los parásitos de las colmas de algas lumiruícentes, por los tiburones salinos, por los gusanos de tubo que flotaban libres y por otros krakens mucho antes de que una recolectora de la compañía pudiera acercarse. Sería un desperdicio terrible.

Mahnmut apartó su visión virtual lo suficiente para echar un vistazo a su enviro-nicho, como si un atisbo de su apretujada realidad pudiera darle una idea. Lo hizo.

En su consola, junto a volúmenes encuadernados en tafetán de Shakespeare y la edición Vendler, estaba su lámpara de lava: una bromita de

su antiguo socio moravec Urtzeil, hacía casi veinte años-J.

Mahnmut sonrió y reajustó su virtual en todas las longitudes de banda.

Tan cerca de Caos Central tenía que haber diapiros, y los krakens odiaban a los díapíros…

Sí. Quince kilómetros sur-sureste había un banco entero, alzándose lentamente hacia la capa de bieio tan lánguidamente como las masas de cera lo hacían en su lámpara de lava. Mahnmut fijó su rumbo hacia el diapir más cercano y aceleró otros cinco nudos para asegurarse, si había seguridad posible dentro del alcance de los tentáculos de un kraken maduro.

Un diapir no era más que una masa de hielo cálido, calentado por las corriente de aire y las zonas gravitatorias templadas de las profundidades que se alzaba a través del mar Epsomsalt hacia la capa de hielo que una vez cubrió Europa en su totalidad y que ahora, dos mil años-t después de que llegara la , compañía de trabajo criobot, aún cubría más del 98 por ciento de la Luna. Este diapir, de unos quince kilómetros de diámetro, se alzaba rápidamente acercándose a la superficie de hielo.

A los krakens no les gustaban las propiedades electrolíticas de los diapiros. Incluso evitaban tocarlos con la sonda de sus tentáculos, mucho más evitaban el contacto con sus brazos y fauces asesinas.

El sub de Mahnrnut llegó a la masa en ascenso unos buenos diez kilómetros por delante del kraken perseguidor, frenó, morfeó su casco exterior para la fuerza del impacto, colocó sensores y sondas, y se hundió en la masa viscosa. Mahnmut usó sonar y EPS para comprobar las corrientes lenticulares y de navegación a unos ocho mil kilómetros sobre él: En unos minutos el diapir se fundiría con la gruesa capa de hielo, flotaría hacia arriba a través de las fisuras, lentículas y corrientes, y brotaría en una fuente de un centenar de metros de altura. Durante un breve espacio de tiempo, ese punto de Conamara Caos parecería el parque de Yellowstone de la América de la Edad Perdida, con geiseres de azufre rojo y manantiales calientes. Luego el rastro se dispersaría en la gravedad de Europa, siete veces menor que la terrestre, caería como una tormenta de nieve a cámara lenta durante kilómetros a cada lado de las lentículas de la superficie y se congelaría en la fina y artificial atmósfera de Europa (en sus cien milibares), para añadir más eflorescencias abstractas a los ya torturados campos de hielo.

Mahnmut no podía morir en términos literales (aunque en parte orgánico, – existía» más que «vivía», y lo habían diseñado para ser duro), pero decididamente no quería convertirse en parte de una fuente o en un trozo congelado de eflorescencia abstracta durante los siguientes míl años-t.

Olvidó un minuto tanto al kraken como el Soneto 116 mientras realizaba los cálculos (el ascenso del diapir, el progreso del sumergible a través de la masa viscosa, el rápido acercamiento a la capa de hielo) y luego centró sus pensamientos en la sala de motores y los tanques de lastre. Si funcionaba bien, saldría por el lado sur del diapir medio kilómetro antes del impacto con el hielo y aceleraría de inmediato para una salida de emergencia justo cuando la ola de la fuente del diapir fuera forzada por la corriente. Usaría aquella acelaración de cien kilómetros por hora para mantenerse por delante del efecto fuente: el sumergible le serviría de tabla de surf durante la mitad del trayecto hasta Conamara Caos Central. Tendría que recorrer los últimos veinte kilómetros o así hasta la base sobre la superficie cuando la ola se calmara, pero no tenía otra elección. Sería una entrada bestial.

A menos que algo hubiera bloqueado la corriente por delante. O a menos que otro sumergible viniera desde Central- Eso sería embarazoso durante los pocos segundos que pasarían antes de que Mahnmut y La Dama Oscura fueran destruidos.

Al menos el kraken ya no tendría nada que ver. Los bichos repugnantes se negaban a acercarse a más de cinco kilómetros de la superficie de hielo.

Tras haber introducido todas las órdenes y sabiendo que había hecho todo lo que se le ocurría para sobrevivir y llegar a la base a tiempo, Mahnmut volvió a su análisis del soneto.

El sumergible de Mahnmut (al que había bautizado hacía tiempo como La Dama Oscura), recorrió los últimos veinte kilómetros hasta Conamara Caos Central siguiendo una corriente de un kilómetro de ancho por la superficie del mar negro bajo un cielo negro. Un Júpiter en tres cuartos asomaba, las nubes brillaban y los bancos estaban cubiertos de colores apagados mientras un diminuto lo cruzaba la cara del gigante no muy lejos del helado horizonte. A cada lado de la corriente, acantilados de hielo estriado se alzaban varios cientos de metros, sus caras peladas gris oscuro y rojo turbio contra el cielo negro.

Mahnmut se sintió nervioso mientras recuperabael soneto de Shakespeare.

Soneto 116

No, aparta a dos almas amadoras

adverso caso ni cruel porfía:

nunca mengua el amor ni se desvía,

y es uno sin mudanza a todas horas.

Es fanal que borrascas bramadoras

con inmóviles rayos desafía;

estrella fija que los barcos guía;

mides su altura, mas su esencia ignoras.

Amor no sigue la fugaz corriente

de la edad, que deshace los colores

de los floridos labios y mejillas.

Eres eterno, amor: si esto desmiente

mi vida, no he sentido tus ardores,

ni supe comprender tus maravillas.

Al cabo de tantas décadas, había llegado a odiar aquel soneto. Era una de esas cosas que los humanos recitaban en las bodas alla en la Edad Perdida. Era cursilón. Era un pasteleo. No era buen Shakespeare.

Pero encontrar los micro registros de los escritos críticos de una mujer llamada Helen Vendler (una crítica literaria que había vivido y escrito en uno de esos siglos -el XIX o el XX o el XXI; los sellos temporales del registro eran vagos en ese aspecto-), dio a Mahnmut la clave para traducir el soneto. ¿Y si el Soneto 116 no era, como había sido interpretado durante tantos siglos, una pegajosa afirmación, sino una violenta negativa?

Mahnmut volvió a repasar sus "palabras clave» anotadas en busca de apoyo. En la primera estrofa: «no, ni, nunca, ni, sin». Luego, en los dos tercetos: «no, no, ni». Reflejaban el nihilista «nunca, nunca, nunca, nunca, nunca» del rey Lear.

Era definitivamente un poema de negación. ¿Pero qué negaba?

Mahnmut sabía que el Soneto 116 formaba parte del ciclo del «Hombre joven», pero también sabía que la expresión «Hombre Joven» era poco más que un añadido de años posteriores y más recatados. Los poemas de amor no iban dirigidos a un hombre, sino «al joven»: ciertamente un muchacho, probablemente no mayor de trece años. Mahnmut había leído las criticas de la segunda mitad del siglo XX y sabía que tales «expertos» interpretaban literalmente los sonetos como auténticas cartas homosexuales del

dramaturgo Shakespeare. Pero Mahnmut también sabía, por obras más eruditas de épocas anteriores y de la última parte de la Edad Perdida, que esa interpretación literal motivada políticamente era pueril.

Shakespeare había estructurado un drama en sus sonetos, Mahnmut estaba seguro de ello. «El joven» y la posterior «Dama Oscura» eran personajes de ese drama. Había tardado años en escribir los sonetos; no eran el producto del calor de una pasión, sino de la madurez creativa de Shakespeare. ¿Y qué estaba explorando en estos sonetos? El amor. ¿Y

cuáles eran las «verdaderas opiniones» de Shakespeare eso Nadie lo sabría jamás. Mahnmut estaba seguro de que el bardo era demasiado listo, demasiado cínico, demasiado sigiloso para mostrarsus verdaderos sentimientos. Pero obra tras obra, Shakespeare describió cómo los sentimientos fuertes (incluido el amor) convertían a las personas en idiotas.

Shakespeare, como Lear, amaba a sus Locos. Romeo había sido el Loco de la Fortuna, Hamlet el Loco del Destino, Macbeth el Loco de la Ambición, Falstaff… bueno, Falstaff no era el Loco de nada… pero se volvió loco por el amor del príncipe Enrique y murió con el corazón roto cuando el joven príncipe lo

Mahnmut sabía que el «poeta» del ciclo de sonetos, que a veces aparece como «Will», no era (a pesar de la insistencia de tantos obtusos eruditos del siglo XX) el Will Shakespeare histórico sino más bien otra creación dramática del dramaturgo/poeta para explorar todas las facetas del amor. ¿Y

si este «poeta» era, como el infeliz conde Orsino de Shakespeare, el Loco del Amor? ¿Un hombre enamorado del amor?

A Mahnmut le gustaba esta interpretación. Sabía que la relación de «dos almas amadoras» entre el poeta mayor y el ¡oven, no era de carácter homosexual, sino una auténtica comunión de sensibilidades, una faceta del amor honrada en días muy anteriores a los de Shakespeare. En apariencia, el Soneto 116 era una declaración evidente de ese amor y su permanencia, pero si en realidad era una negativa…

Mahnmut vio de pronto dónde encajaba. Como tantos grandes poetas, Shakespeare empezaba sus poemas antes o después de que empezaran. Pero si éste era un poema de negación, ¿ qué estaba negando? ¿Qué le había dicho el joven al poeta mayor, tan cegado de amor que necesitaba una refutación tan vehemente?