Jack al acecho de la semilla
Capítulo 1
Los farolillos venecianos adornaban las pérgolas del Ca D’Ped. Su resplandor no hacía más que sumarse al sofocante calor húmedo de aquella noche de agosto. El Ca D’Ped era el museo de arte de Calusa, una enorme hacienda de la época en que Florida era aun una posesión española, renovada y restaurada en 1927 y su nombre original —Casa Don Pedro—
se abrevió a la forma actual. Los nativos de Calusa lo llamaban «el Pedro».
Mi socio Frank lo llamaba «El Cobertizo».
La fiesta, esa octava noche de agosto, era una cuestión formal de homenaje a los artistas residentes en Calusa. En la ciudad se entendía por
«formal», al menos durante los meses del verano, americana blanca y lazo negro para los hombres y traje largo para las mujeres. La esposa de Frank se había puesto un provocativo modelo negro, ceñido a la cintura, ideal para exponer lo que Frank orgullosamente llamaba «las joyas de la familia».
Como una malabarista que mantiene en vilo a una multitud expectante, Leona seguía desafiando a sus dos precoces tesoros a rebasar el escote del vestido sin darse cuenta, al parecer, de lo peligrosamente cerca que estaba de la exposición indecente.
Frank disertaba sobre su tema favorito. Frank es abogado, como yo, pero también es un neoyorquino transplantado; no existe nada peor en el mundo entero. Cuando un neoyorquino se muda a California, primero dejará de leer el New York Times y, después de un breve período de duelo, comenzará a referirse a New York en términos de «allá en el Este», como si fuera una remota provincia en algún lugar de la China. La mayoría de los que emigran a Florida hablarán de New York (o Chicago, o Detroit, o Pittsburgh, o cualquier lugar del que hayan venido) como «el norte», pero no mi socio Frank. New York es New York, y no hay un lugar como ése en todo el mundo; cualquier otra ciudad, país, incluso continente, no es más que un pálido reflejo de esta brillante ciudad que Frank sigue considerando
su hogar. La edición dominical del New York Times le cuesta aquí dos cincuenta. Él pagaría encantado el total de un mes entero por recibirlo.
Frank es un chovinista insoportable, pero hace ya muchos años que es mi socio y es buen abogado; y también un hombre entrañable cuando no está comparando Calusa con la Gran Manzana, que era exactamente lo que hacía esta noche, al alcance del oído del conservador del museo a quien, estoy seguro, no le gustaría la comparación desfavorable del Ca D’Ped con el MOMA. Cuando llegó al tema de las pretensiones culturales de Calusa, yo traté de hacerle callar pero, una vez que Frank abordaba el Expreso de la Avenida Lexington, no había forma de frenarle.
—Si Calusa sería un gordo banquero…
—Si fuera —corrigió Leona.
—Si fuera un gordo banquero —y echó una mirada al escote de su esposa como si acabara de descubrir a una tentadora desconocida—, y si todos los escritores, escultores y pintores de la ciudad fueran las amantes del banquero, harían las maletas rápidamente con sus emperifollados calzones y se marcharían mañana mismo al amanecer. En ningún lugar de Estados Unidos, el talento local se da por sobreentendido de la forma en que sucede aquí, en este triste remedo de gran ciudad.
—Frank es de New York —le dijo Leona a Dale, como si lo obvio necesitara explicación y detalles.
Debería explicar que Dale O’Brien es una mujer. Todavía hay muchas personas que llaman por teléfono a su oficina y preguntan por el señor Dale O’Brien, dando por sentado que todo abogado llamado Dale O’Brien tendría por fuerza que ser varón. Es mujer. Y mucho. Una mujer de metro setenta y cinco, y cabellos rojos (ella prefiere decir «rojizos»), ojos verdes como el claro del bosque, y una figura bellamente proporcionada, vestida esa noche en un verde que rivaliza con el dulce brillo de sus ojos. En este momento, esos ojos parecían vagos y aburridos. Tal vez había oído la perorata de Frank demasiado a menudo. Tal vez la había defraudado el insípido vino blanco que el museo servía para agasajar a sus artistas
«homenajeados». O tal vez el calor y la humedad la vencieron. No es difícil que el calor y la humedad puedan con uno en Calusa durante el mes de agosto.
—Conozco a un dramaturgo de aquí —seguía Frank—, creo que tú también le conoces, Matthew, que hace un tiempo, en su hora de apogeo, ganó el Premio del Círculo de la Crítica Teatral y que hoy no puede conseguir una entrada de invitación para el Helen Gottlieb. ¿Podéis creerlo?
Este hombre puede llamar a cualquier teatro de New York y le dan butacas centradas de sexta fila para el mayor éxito, pero no consigue una maldita localidad para ninguno de los espectáculos apolillados que pasan de gira por aquí. Al mismo tiempo, por supuesto, cada vez que hay un acto benéfico, le llaman sin pensárselo dos veces para pedirle que hable. Lo mismo puede aplicarse a los artistas. El Cobertizo decide homenajear a los pintores y escultores locales, ¿de acuerdo? Muy bien; entonces, ¿cuándo ofrece su magnífica fiesta? ¡Un lunes por la noche en agosto! ¡En agosto no se encuentra aquí ni una miserable iguana! Si hubiera pasado por aquí Motherwell en enero, o Warhol o cualquiera que no viva aquí, le hubieran puesto la alfombra roja. Y podéis estar seguros de que tampoco les servirían vino blanco caliente. ¿Sabéis lo que yo creo que pasa? ¿Sabéis lo que realmente creo que pasa?
—Que esto no es New York —apuntó Leona.
—Bueno, desde luego que no es New York, pero no es eso. Lo que yo creo que ocurre es que, en el fondo de su alma, Calusa sabe que la mayor parte de sus artistas son diletantes. Uno arranca un cactus y, en el agujero que deja en la arena, encuentra un escritor, un pintor o un escultor autoproclamado. Mi amigo afirma que, en esta ciudad, le da miedo decir que es dramaturgo porque el dentista con el que está hablando en una reunión le dirá: «¿En serio? ¡Qué increíble! ¡También yo soy dramaturgo!».
Las pretensiones culturales de esta ciudad —¡llamarse a sí misma la Atenas de Florida!— resultan simplemente inimaginables en términos de lo que el mundo real considera…
—Matthew, vámonos —me dijo Dale.
La miré sorprendido.
—Por favor —insistió.
Frank no se mostró en absoluto desconcertado por la abrupta petición de Dale. Se volvió hacia Leona y siguió con su discurso como si tratara de impresionar a una chica nueva en la ciudad, sus ojos se le escapaban
continuamente a esos senos que debía de conocer tanto como las leyes de Florida. Nos despedimos, agradeciendo al conservador del museo la maravillosa velada, y caminamos hasta donde estaba aparcado el Karmann Ghia. Dale estaba particularmente callada.
—¿Frank te ataca los nervios? —le pregunté.
—No.
Un Karmann Ghia, a pesar de su reciente estatus de «clásico», no es quizás el mejor coche para transportar a una mujer de largas piernas con un vestido largo. Dale se deslizó en el asiento a mi lado y trató de acomodarse.
El aire acondicionado no funcionaba. Cuando me divorcié de mi anterior esposa, ella se quedó con el Mercedes Benz, cuyo aire acondicionado sí que funcionaba, y yo con el Karmann Ghia. También obtuvo la custodia de mi hija, a quien me tocaba ver los fines de semana alternos e, igualmente, en vacaciones. Mi hija adoraba a Dale y constantemente me preguntaba cuándo nos casaríamos; con todas sus actitudes progresistas sobre el sexo, los adolescentes de hoy parecen sentirse, sin embargo, algo incómodos frente a un par de adultos que comparten el mismo lecho sin la bendición eclesiástica. El lecho que Dale y yo compartíamos eran en realidad dos, el suyo en Whisper Key o el mío en tierra firme, según la dirección que llevara el viento. Esa noche el viento parecía soplar hacia el sur: la casa de Dale sobre el golfo estaría más fresca que la mía en la ciudad. Doblé a la derecha para entrar en la US 41 e, inmediatamente, me encontré en un atasco de unas dimensiones que ni Fellini habría soñado.
—Mierda —profirió Dale.
No era habitual aquel tráfico denso en el Tamiami Trail a las diez de una asfixiante noche de agosto. En agosto, los amantes de la nieve, con sus automóviles y sus mochilas, estaban en el norte, sin que se les cruzara por la cabeza la idea de emigrar. Normalmente, las carreteras estaban vacías, los restaurantes con poco público, inexistentes las colas ante los cines. Los residentes estables, como Dale y como yo, nos sentíamos agradecidos por la tregua y, al mismo tiempo, atentos a la razón de tanta calma y tanta quietud; tal como había dicho Frank, sólo una iguana o poco menos podía encontrar habitable Calusa durante los meses de verano. Independientemente de lo que dijera el calendario, el verano en Calusa comenzaba a principios de
mayo y, con frecuencia, se demoraba hasta octubre, a pesar de que muchos de los que nunca salían de allí insistían en que esos dos meses eran los más deliciosos del año. Los nativos de Calusa tendían a olvidar que mayo y octubre son encantadores en cualquier lugar de Estados Unidos. También olvidaban que en mayo te pueden hervir los sesos si vas sin sombrero.
Agosto era peor. Agosto era imposible. Pero ¿un atasco en agosto? ¿Un lunes por la noche?
—Y, ahora, ¿qué? —se impacientó Dale.
Me di cuenta tarde de que había estado algo inquieta durante toda la noche. Inquieta, primero, por el vestido que inicialmente había planeado ponerse; en cuanto entré en su casa, me contó que lo habían devuelto de la tintorería con una mancha. Inquieta, luego, con el vestido verde que decidió ponerse, el que llevaba ahora, porque, según ella, era demasiado ajustado, y se marcaría la braga. Cuando le sugerí que simplemente se la quitara —una idea que normalmente habría encontrado interesante, si no creativa— se volvió a su habitación pisando fuerte; la esperé casi media hora hasta que surgió triunfal y resplandeciente, pero quejosa de parecer una salchicha.
Inquieta por llegar al Ca D’Ped. Inquieta, más tarde, por irse. Al descender del coche para ver cuál era el problema, ella, inquieta, balanceaba uno de sus pies enfundados en sandalias de lentejuelas.
El problema era un camión de remolque que había derrapado haciendo un trompo y se había llevado dos coches por delante. El patrullero con quien hablé dijo que podía llevar algo más de una hora despejar el camino de escombros y ambulancias. Sugirió que me volviera al coche y escuchara un poco de buena música por la radio. Dale, en cambio, sugirió que entráramos en la calle cortada que teníamos a nuestra derecha y que luego, caminando, fuéramos a un lugar llamado Captain Blood’s, cuyo rótulo de neón brillaba sobre la autopista. No habíamos ido nunca a ese antro, pero una bebida fría era una bebida fría. Justo es decir que en Calusa hay más locales llamados Capitán esto o aquello que árboles con naranjas. La ciudad tiene una orientación náutica, situada como lo está a la vez sobre el golfo de México y sobre la bahía de Calusa. Desde fuera, el Captain Blood’s se parecía a cualquiera de los otros capitanes que navegaban por la US 41.
Cerca de la entrada, había una camioneta azul aparcada. El neón parpadeaba
en naranja y azul sobre el cañón de una recortada que apoyaba su culata cerca de la ventana posterior.
La decoración del local resultó ser tal y como se esperaba. Cuadernas y jarcias, redes de pesca y luces piloto en rojo y verde, y un enorme telégrafo de cobre de sala de máquinas justo a la entrada. Un viejo con gorra marinera estaba sentado, solo, a la derecha de la barra. Una camarera, desde el mostrador, al oír el tintineo de la campanilla sobre la puerta, se volvió y vino hacia nosotros con una sonrisa en el rostro.
—¿Sólo dos? —Y nos condujo a un salón vacío en la parte de atrás, donde había una máquina de discos y una docena de reservados con asientos de madera de altos respaldos y mesas en forma de escotilla barnizadas. Ocupamos el reservado más alejado de la máquina, que atronaba con una balada country. Dale se sentó a un lado de la mesa, yo al otro. Ella pidió un gin-tonic. Yo, un Dewar’s con hielo.
Creo que aquí debería mencionar que, la última vez que acabé a puñetazos, fue a los catorce años. Un dato importante, tal vez, ya que ahora tengo treinta y ocho y soy, presumiblemente, más sabio, ciertamente más grande y, posiblemente, más fuerte de lo que lo era cuando un bromista del instituto llamado Hank me aconsejó que me alejara de su novia, que era animadora deportiva y se llamaba Bunny Kaplowitz. Hasta entonces, yo siempre había creído que sólo la buena gente se llamaba Hank. Lo que Hank dijo fue: «Ni te acerques a ella, ¿te enteras?», o alguna grosería parecida. Le dije a Hank que era un chulo tarado. Recuerdo las palabras en forma clara y precisa. Están grabadas con ácido en la prótesis que el doctor Mordecai Simon me colocó en la boca en la ciudad de Chicago, donde yo vivía por aquellos días. No había terminado de pronunciar tan memorables palabras, cuando Hank me amorató los dos ojos, me desencajó la mandíbula y, de un solo guantazo, me extrajo un molar. En el consultorio del doctor Simon y bajo anestesia, juré eterna fidelidad a los métodos de un hombre llamado Gandhi, tal como fueron inmortalizados para toda una nueva generación en una película del mismo nombre.
Aquella pelea tuvo que ver con la protección del propio ganado, una prerrogativa masculina en esta tierra de los libres y hogar de los bravos, donde los muy machos andan pavoneándose en tejanos diseñados por
Calvin Klein. El ganado, en aquella ocasión, fue una animadora virgen. Esa noche, tal como estaba a punto de descubrir, sería una mujer de treinta y dos años llamada Dale O’Brien. Dale y yo somos abogados maduros y sensibles, gente de leyes que ha declarado bajo juramento apoyar y defender las leyes del Estado y de la Nación. Juntos, y considerando las enormes sumas de dinero que nuestros padres invirtieron en el desarrollo de nuestras respectivas carreras de Derecho, no debimos habernos permitido la tontería de convertirnos en «ganado» y «defensor del ganado», que fue con toda certeza en lo que efectivamente nos convertimos a las diez y cuarto.
Recuerdo haber mirado el reloj —enmarcado en un timón de barco del otro lado del salón— un momento antes de que el desastre se presentara.
Se presentó en la forma de dos jóvenes vaqueros —ambos de unos veintitantos años— que salieron del baño de hombres a paso lento. Los jeans no eran de marca y estaban descoloridos. Llevaban botas muy gastadas y unas camisas vaqueras con bolsillos bordados y botones perlados en el cuello y los puños; enormes sombreros inclinados sobre sus rostros bronceados y pañuelos alrededor del cuello, uno azul para el rubio de bigotes y uno rojo para el de barba negra. No era raro ver ocasionalmente a un vaquero en Calusa. No hay que irse muy lejos de la ciudad para encontrar los pastos. El Estado de Florida, en realidad, cuenta la cría de ganado entre sus principales fuentes de ingresos, en quinto lugar después de la droga, el turismo, la industria y la agricultura.
Los dos vaqueros, que se dirigieron directamente a la radiogramola, tenían el aspecto de poder cargar con toda comodidad novillos de quinientos kilos en sus respectivas espaldas. El rubio debía de medir uno noventa por lo menos, y tenía la corpulencia impresionante de un luchador.
Y el de la barba negra, igual de alto y con uno de esos cuerpos delgados, duros y musculosos de alguien que ha empezado a levantar pesos a temprana edad, probablemente en algún correccional. Me jugaba la cabeza a que llevaba tatuajes en ambos brazos. Lo primero que hicieron fue atiborrar la radiogramola con monedas de a dólar hasta un centenar. Y, a continuación, apretaron una gran cantidad de botones —todos los que estaban a la vista, al parecer— después de lo cual el primero de los discos
seleccionados atronó el lugar: la misma balada country que sonaba cuando llegamos. Dale alzó los ojos al cielo y murmuró:
—Oh, no; otra vez, no.
—¿Qué pasa, señora? —soltó inmediatamente el vaquero rubio, calificándose así como el ganador del Premio a la Mejor Oreja Universo, ya que el estruendo de la radiogramola debía ahogar cualquier cosa que no fuera un grito.
Dale no respondió, por supuesto.
Desde la máquina, sonriendo y con las manos en las caderas, repitió:
—¿Qué pasa, señora?
Y ella siguió sin responder.
Él se acercó a la mesa. Su amigo de barba negra seguía de pie junto a la radiogramola. Dale, como ya he dicho, llevaba un largo vestido verde que, según ella, le ajustaba demasiado. No recuerdo si, por fin, decidió ponerse o no la braga. Sí recuerdo, en cambio, que no llevaba sostén y, aunque el escote redondo de su vestido no podía de ninguna manera competir con el escandaloso tajo abierto del vestido de Leona, de todas maneras la exponía más de lo que habría sido apropiado para un costroso tugurio de autopista.
Yo me había puesto una americana blanca y una corbata negra de lazo que yo mismo me había atado con gran dificultad antes de salir de casa.
Debería agregar que, antes de la pelea, yo tenía ojos marrones y pelo oscuro, y mi cara entraba en la categoría de zorro según la clasificación de mi socio Frank. (Según su propio sistema, él mismo tiene cara de cerdo).
Mi peso era de noventa y cinco kilos completamente empapados, que es, en realidad, como me sentía con la humedad de esa noche. Medía un metro ochenta. Después de la pelea, mis ojos eran amoratados, mi pelo tan rojo como el de Dale (al menos una parte, donde mi cabeza fue empotrada repetidamente contra los bordes de la mesa), mi cara tenía un aspecto algo más cerdoso que antes… y había menguado mi estatura.
—¿No le gusta la música, señora? —dijo el vaquero rubio con una sonrisa muy abierta. Sus dientes eran muy blancos, y los ojos, azules.
—La música es bonita —respondió.
—No parece gustarle mucho, sin embargo.
—Es bonita —insistió Dale.
—¡Eh, Charlie! —gritó hacia la radiogramola—. ¡A la señora le gusta la música que elegimos!
Charlie se acercó.
—¿De verdad? —También él sonreía, sus dientes destellaban entre la barba negra—. Bueno, señora, estoy de lo más complacido. ¿A usted también le gusta la música? —me preguntó, volviéndose súbitamente con la misma sonrisa ladeada. Me di cuenta, de inmediato, de que los dos habían bebido mucho y razoné que, con un par de borrachos alegres, lo mejor que se podía hacer era seguirles la corriente.
—Está bien, una buena elección —les dije, sonriendo.
—¿Sólo bien? —Charlie abrió mucho los ojos—. Jeff, él cree que está sólo bien.
—La señora cree que es bonita —se dolió Jeff.
—Entonces la dama tendrá razón —concedí sonriendo—. ¿Por qué no se sientan y la escuchan?
—¿Nos está pidiendo que nos larguemos? —Charlie simuló sorprenderse.
—Nos gustaría estar solos, si no les importa.
—Le gustaría estar solo. —Charlie sonrió de nuevo.
—Sí, ya lo he oído. —Jeff le devolvió la sonrisa.
—La verdad es que le entiendo —asintió Charlie.
—Pues, yo le entiendo del todo —y Jeff miró al escote de Dale sin dejar de sonreír.
Como un adulto que regaña a dos jovencitos desobedientes —lo que, en efecto, me parecían desde mi avanzada edad de treinta y ocho años—, contemporicé:
—Vamos, muchachos, portaos bien. Marchaos a vuestra mesa, ¿eh?
De inmediato, se hizo evidente que eso era exactamente lo que no había que decir. Las sonrisas cayeron de sus caras al mismo tiempo. Jeff se apoyó con las manos abiertas sobre la mesa inclinándose hacia mí y, al hablar, la vaharada de alcohol me echó para atrás. Una brizna de patata frita colgaba de su bigote.
—No tenemos mesa.
—Estábamos en la barra —le apoyó Charlie.
—Pues, volved allí.
—Es que nos gusta aquí —objetó Charlie.
—Dejémonos de problemas. Mi amiga y yo…
—¿Quién tiene problemas? —se asombró Charlie—. ¿Tienes algún problema, Jeff?
—No, señor. Ningún problema —aventuró Jeff—. Si acaso el hombre vestido de mono es el que tiene el problema.
—¿Vienes del baile del asilo? —me apostrofó Charlie.
—Vámonos, Matthew —suspiró Dale levantándose.
—Usted, señora, ni se mueva. —Charlie le puso una mano sobre el hombro.
—Vámonos —insistió Dale sacudiendo el hombro y con los ojos relampagueando.
—¿Me lo dice a mí, señora? —preguntó Jeff—. ¿Dónde quiere ir?
—La llevo donde quiera —propuso Charlie.
—Matthew…
—Es que Matthew no quiere irse todavía —le explicó Charlie—.
¿Verdad, Matthew? A Matthew le gusta esta charlita.
—A Matthew le gusta hablar —provocó Jeff.
—¿Matthew? ¡Gran hablador! —terminó Charlie.
—Está bien, muchachos, ya es suficiente.
—¿Qué es suficiente?
—La señora dijo que le gusta nuestra música. Y Matthew que ya es suficiente.
—¿Qué tal el baile? —Charlie se sentía orgulloso de su pequeña metáfora y quería lucirla de nuevo—. ¿Se han divertido?
—¿Qué música tocaban? —ironizó Jeff.
—¿Han bailado mucho? —preguntó Charlie.
—¿Quiere bailar, señora? —remarcó Jeff.
—¿Quiere que llame a la policía? —corté yo.
—Si puede llegar hasta el teléfono, sería una buena idea —opinó Jeff—.
Mientras tanto, la señora y yo vamos a bailar.
La agarró por la muñeca y tiró de ella. Charlie dio un pasa a un lado haciéndoles espacio. Yo empecé a incorporarme pero Charlie, con sus
músculos de levantador de pesas, me dio una bofetada sin ningún esfuerzo con el revés de la mano y, de esa bofetada, me sentó otra vez en el banco de madera. Pensé: «Esto no es real». Aquel encuentro con dos vaqueros en un tugurio de mierda era algo tan alejado de la ordenada realidad de mi vida como lo hubiera sido una cacería de elefantes en lo más profundo del África. Pero Jeff, el del bigote con patatas fritas, estaba arrastrando a Dale a la pista de baile del tamaño de un sello que quedaba junto a la radiogramola. Dale le llamaba hijo de puta y luchaba por liberar su muñeca.
Charlie, el levantador de pesas de barba negra, estaba de espaldas a mí y al reservado, las manos en las caderas y la cabeza echada hacia atrás por la risa mientras Jeff atraía a Dale hacia sí, y pensé: «Es real del todo». Salí del reservado empujando a Charlie al pasar; trataba de llegar hasta Jeff, el luchador bailarín, que aferraba con su manaza el culo de Dale. Dale gritaba intentando zafarse de él, y fue en ese momento cuando Charlie me pegó en la nuca con las dos manos enlazadas como un mazo.
Me tambaleé hacia adelante con los brazos, los ojos y la boca abiertos; Jeff soltó la muñeca de Dale sólo el tiempo suficiente para darme un puñetazo en plena cara cuando llegaba aterrizando hacia él. Ojalá pudiera decir que, en la pequeña masacre que se produjo a continuación, yo pude colocar al menos un golpe sólido, pero no fue así. Cuando caí al suelo vi que Dale alzaba la rodilla y se quitaba una de las sandalias de lentejuelas.
Ojalá pudiera decir que el tacón de la sandalia hizo contacto con la cabeza de Charlie, puesto que hacia ahí apuntaba, pero él, con un simple gesto, apartó el brazo a un lado y decidió al tiempo que sería caballeresco zumbarle un mamporro en la teta izquierda. Dale gritaba mientras ellos me arrastraban al reservado y me empotraban la cabeza contra la mesa. La camarera también gritaba. El barman entró corriendo al salón y también gritó. Alguien —acaso el viejo de la gorra marinera— corrió al teléfono de la pared.
Cuando por fin llegó el policía de Calusa, yo me secaba la nuca con un pañuelo bordado con las letras M.H., y Charlie y Jeff hacía rato que se habían ido. Le dije al policía que ignoraba sus apellidos, que en la entrada había una camioneta azul pero que no había reparado ni en la marca ni en el número de la matrícula y, también, que conocía personalmente al detective
Morris Bloom del Departamento de Policía de Calusa, pero esta información no pareció impresionarle especialmente. El barman pensó que debía llamar a una ambulancia. Yo dije que una ambulancia, no. El policía insistió en que había que llevarme al hospital. Dale dijo que ella me llevaría en el coche al Buen Samaritano. Alguien —otra vez el viejo de la gorra marinera, creo— comentó que mi bella americana blanca estaba manchada de sangre. Lo último que oí antes de salir de la apropiadamente llamada escena del crimen fue la voz de la camarera que nos decía con tristeza:
—Que pasen un buen día.
Supongo que se refería al siguiente, porque la noche aún no había terminado y todo iba a empeorar.
En urgencias del Buen Samaritano, al interno le llevó casi una hora restañar mis heridas, vendarlas y asegurarme varias veces que no tenía nada roto. Dale y yo salimos del hospital cerca de la medianoche. Se sentó al volante, se alzó el largo vestido sobre las rodillas, arrancó y se metió por la US 41, ahora completamente desierta. Íbamos sentados uno al lado del otro en completo silencio. Me sentí totalmente fuera de lugar. Un idiota. Un gallina. Sentí todo lo que un chico aprende a sentir cuando crece en las salvajes y confusas calles de Chicago, Illinois. Se suponía que los chicos no lloraban, pero yo tenía ganas de llorar. Me dolía la cabeza, me dolían los ojos, me dolía la boca y sólo agradecía no haber perdido ningún diente esta vez. Quería decir «lo siento», pero no sabía qué era lo que sentía. Mi mente siguió circulando por el mismo laberinto de pensamientos sin salida. ¿Debía disculparme por mi condición de ser humano civilizado en un mundo habitado por bárbaros ocasionales? ¿Debía disculparme por no llevar un arma mortal, como tantas personas van armadas en Estados Unidos? ¿Debía disculparme por no ser el campeón mundial de los pesos pesados?
Cuando yo era pequeño, cada vez que mi tía Nora le decía a mi madre algo desagradable, mi madre le replicaba: «Perdóname por estar viva».
¿Debía yo disculparme por estar vivo? Y, si hubiera sucedido lo contrario,
¿qué? ¿Y si hubiera fregado el piso con esos dos gamberros? ¿Sería un hombre mejor de lo que era ahora, sentado en medio de un abyecto silencio,
lamiendo mis heridas mientras una mujer me llevaba hasta mi casa? ¿Y
qué? Dale me había llevado a casa en más ocasiones de las que podía recordar. ¿Qué importancia tenía el hecho de que ella fuera una mujer?
Me la habían jugado realmente, esos cabrones.
Quería matarlos.
Pasamos por Marina Lou’s y por el edificio de ladrillos rojos del Instituto de Calusa y, entonces, en el semáforo de Parsons, Dale dobló a la izquierda en dirección a mi casa. Todavía no habíamos cruzado palabra.
Seguía pensando que Dale me consideraba tan desfasado como me consideraba yo mismo. Seguía recordando cómo se había quitado aquella sandalia y se había lanzado con ella hacia la cabeza de Charlie. Debí haber agarrado un cuchillo de la bandeja de cubiertos. Debí haber roto una botella de cerveza o algo. Debí haberme lanzado directo a la yugular. Pero no sabía cómo hacer estas cosas.
Metió el auto en el sendero de mi casa.
—Está sobre la visera —dije.
—¿Qué?
—El trasto.
—¿El qué?
—El trasto que abre la puerta del garaje.
—Oh —exclamó.
Lo buscó, lo encontró, apretó los dos botones en el orden equivocado, volvió a apretarlos al revés y la puerta se levantó. Metió el coche, apagó el motor y me tendió las llaves. Salí, abrí la puerta que daba a la cocina y encendí las luces.
—Me vendría bien tomar algo —comentó ella.
—A mí también.
—Voy a preparar unas bebidas. —Y aun en este inocuo comentario parecía haber de alguna manera una reflexión sobre mi masculinidad.
—Hijos de puta —mascullé.
—Sí.
—Pensar que hay gente como ésa en el mundo.
—Sí.
Me trajo mi Dewar’s con hielo. Ella tomaba un gin-tonic, tal como el que había pedido en el Captain Blood’s antes de que el universo comenzara a girar enloquecidamente.
—Salud —dijo.
—Salud.
Me levanté para encender las luces de la piscina, que resplandeció con un azul brillante en la oscuridad.
—¿Te darías un baño? —le pregunté.
—No.
—¿Quieres ir directo a la cama?
—No —pero en ese momento no detecté nada ominoso en su voz.
Pensé, en cambio, que quería antes terminar su bebida. Íbamos en dirección a su casa cuando el atasco nos cambió los planes, para decirlo con suavidad.
No le pregunté nada cuando, al salir del hospital, ella vino directamente hacia aquí. Pensé que había supuesto que el gladiador vencido apreciaría la comodidad de su propio lecho. Mi casa, además, quedaba más cerca y ambos estábamos todavía un poco alterados después de lo sucedido. Pensé que, tácitamente, se entendía que ella pasaría la noche conmigo como lo había hecho tantas otras noches. «¿Tu casa o la mía?», en lo que nos concernía a Dale y a mí, era una pregunta sin ninguna importancia.
—Matthew, tengo que decirte algo.
Ya está, pensé.
—De acuerdo. Es una cobardía que un hombre crecido sea incapaz de defender…
—No seas ridículo —me cortó rápidamente—. No creerás que admiro ese tipo de macho de mierda, ¿verdad? ¡Dios!
—Entonces… ¿qué…?
—Tal vez no sea éste el mejor momento.
—Tal vez no. ¿No puede esperar hasta mañana?
—Mañana por la mañana no estaré aquí, Matthew.
La miré. Sus ojos evitaban los míos. Yo podía haber sido Jeff, allí en el Captain Blood’s, preguntándole que si le gustaba la música.
—¿Qué quieres decir?
No me respondió de inmediato.
—Dale, ¿qué pasa?
—Quiero terminar esto.
El taxi no vino a buscarla hasta las dos y cuarto y, para entonces, ya habíamos hablado del asunto y, luego, volvimos a hablar del asunto y, luego, hablamos del asunto una vez más. Cuando el conductor del taxi hizo sonar el claxon, ella fue hasta la puerta delantera, la abrió, le hizo un gesto con la mano y me besó. En la mejilla. La miré mientras corría por la vereda del frente. Miré la ráfaga de sus largas piernas cuando se levantó el vestido al deslizarse en el asiento delantero. Miré el taxi mientras se alejaba del bordillo. Dale no miró hacia atrás. Escuché el sonido del motor del taxi hasta que se desvaneció en el bochorno de la noche.
Volví a la sala y me preparé un martini muy fuerte y muy seco. No le puse aceituna. En cuanto terminé el primero me preparé otro. Me senté a beber en mi sala vacía, contemplando afuera la piscina iluminada y revisando mentalmente todo lo que había dicho ella y todo lo que había dicho yo. Primero me dijo que había conocido a otro. Cuando le pregunté cómo fue posible que conociera a otro si nos habíamos estado viendo prácticamente cada noche de la semana, ella dijo: «Pero no todas las noches, Matthew». Le pregunté dónde había conocido a esa persona. No podía convencerme a mí mismo de llamarle un hombre. Aún era una persona que no tenía cara, alguien a quien ella había conocido, alguien a quien estuvo viendo las noches que no me veía a mí. Me dijo que le conoció en su despacho, Blackstone, Harris, Gerstein, Garfield y Pollock, repetía el nombre del bufete de abogados como si fuera la recepcionista contestando el teléfono. Dijo que era un cliente. Dijo que le estaba llevando un cobro.
Dijo que tenía cuarenta y dos años, un viudo reciente. Dijo que él le había pedido que se casara con él. Dijo que iba a casarse con él.
Le pregunté cuánto tiempo hacía que esto venía sucediendo. Y me sentí de lo más estúpido haciendo esta pregunta. Me sentí como un marido a quien su esposa ha estado engañando. Me dijo que le había conocido un mes atrás. Hice algún comentario menor, como que era rápido para los
recados o algo similar, y aún no sabía el nombre del tipo, no me había dicho su nombre.
—¿Cómo se llama?
Dijo que eso no importaba. Que lo que importaba era que le amaba y quería casarse con él, que se sentía despreciable y falsa estando conmigo cuando se sentía tan comprometida con él. Creo que, a estas alturas, estaba empezando a enfadarme y dije algo cruel, de lo que me disculpé inmediatamente; le dije que podía comprender que el ir y venir de aquí para allá entre dos camas podía muy bien hacer que una mujer se sintiera despreciable y falsa, pero enseguida me disculpé y Dale se quedó mirándome con esos ojos verdes como el claro del bosque que ahora mostraban una ligera tristeza.
—Así que eso es todo, Matthew.
Le dije que no podíamos terminar así como así algo que venía durando tanto tiempo y que si lo que quería era casarse, ¿por qué no lo había dicho?
Si eso era lo que quería, me casaría con ella de inmediato.
—Sí, eso es lo que quiero —me contestó, y añadió algo tan cruel como lo que yo había dicho un momento antes—. Pero no es contigo con quien quiero casarme.
Así que nos quedamos en silencio durante lo que pareció un tiempo muy largo y, entonces, le pedí que me dijera por favor qué había hecho yo mal. Supongo que seguía pensando en mi propia ineficacia con los dos mostrencos del Captain Blood’s, pensaba que, si me hubiera comportado de una manera más varonil, tal vez ahora no estaría sucediendo esto, yo no estaría sentado en una sala con aire acondicionado escuchando a una mujer que me decía que ya no me quería ni me necesitaba mientras en la piscina ondulaba un azul resplandeciente bajo la noche sin estrellas. Me dijo que no había hecho nada mal; que, simplemente, se había enamorado. La interrumpí:
—Creí que me amabas a mí.
Y me respondió con mucha calma:
—Yo nunca te dije eso, Matthew. —Lo cual era cierto; nunca nos habíamos dicho las palabras «te amo».
Retrospectivamente, esto parecía un serio descuido así que, de inmediato, le dije que ella sabía que yo la amaba y que yo creía que ella me amaba; de otra manera, ¿qué fue lo que pasó durante estos últimos diecisiete meses, dieciocho meses o lo que carajo hubiera durado? Dijo que sólo se había tratado de sexo. Lo negué. Repitió: «Sexo, Matthew». Y, entonces, se metió en una especie de ensueño rapsódico acerca de ese nuevo hombre que había encontrado, cuyo nombre yo aún no sabía y, posiblemente, no quería saber, y me habló de sus virtudes, incluso de sus defectos, de los cuales ella estaba muy al tanto; pero no importaban, los defectos. Estaba enamorada de él, él la había pedido en matrimonio, ella había aceptado, y eso era todo.
Caí en la vulgar treta masculina e intenté llevármela a la cama; me imaginaba que, si podía llevármela a la cama sólo una vez más, tenerla entre mis brazos, besarla, hacerle el amor, se daría cuenta de la importancia de la relación que estaba tirando a la basura. Le hice recordar todos los buenos momentos que habíamos compartido, con cuanta pasión habíamos hecho el amor; ¿no se acordaba de aquella primera vez en su casa de Whisper Key? ¿No se acordaba de todas las otras veces? ¿No se acordaba de México y de los días de éxtasis que habíamos pasado allí? ¿Todo esto no significaba nada para ella? Se quedó muy quieta durante mucho tiempo y, luego, me dijo:
—Significó muchísimo, Matthew. Nunca lo olvidaré. Pero me voy a casar con Jim.
Y cuando su nombre salió a la luz, mientras su nombre caía como el plomo en mi propia sala refrigerada, todo se volvió realidad y supe que, ciertamente, había hecho lo que había planeado hacer desde el mismo principio de la noche; es decir que, efectiva e irrevocablemente, me abandonaba. Cuando el conductor del taxi hizo sonar el claxon, yo pensaba en el momento en que se quitó la sandalia de lentejuelas para salir en mi defensa poco tiempo antes, cuando nuestro único problema era un asalto y una agresión. La oí decir: «Ahí está mi taxi», o algo por el estilo, movió tristemente la cabeza, fue hasta la puerta, la abrió, le hizo una seña al taxista, yo la seguí hasta la puerta, me tocó la mejilla lastimada con su mano, dijo «Adiós, Matthew», me besó en la mejilla, agregó «Lo siento», se
giró con rapidez y echó a correr por la vereda hacia el taxi que la esperaba; yo no sabía si lo que sentía era que me hubieran dado una paliza o que hubiéramos terminado así.
Me quedé sentado, bebiendo. Supongo que me dormí ahí mismo, donde estaba sentado. Estoy seguro de que no me desmayé, me quedé dormido, simplemente.
Me despertó el teléfono.
La luz del sol al otro lado de la puerta corrediza de cristal me hizo parpadear. Era la mañana del martes, el nueve de agosto. Miré el reloj de pared que estaba encima del equipo de música. Pasaban unos minutos de las siete. El teléfono seguía sonando. ¡Dale!, pensé. ¡Cambió de idea!
Abruptamente me puse en pie y sentí un dolor agudo en la base del cráneo. Por un instante, quedé inmóvil. La habitación se tambaleó y dio unas vueltas borrosas y, luego, quedó enfocada de nuevo. El teléfono seguía sonando con insistencia. Fui a la cocina y levanté el auricular del aparato.
—¿Hola? —una voz de hombre—. No te he despertado, ¿verdad?
—¿Quién habla?
—Morris Bloom.
El detective Morris Bloom del Departamento de Policía de Calusa.
Pensé que esa mañana habría ido temprano a trabajar, que habría visto el informe del policía uniformado donde figuraba mi nombre y que, me llamaba para ver cómo estaba.
—¿Cómo estás?
—Bien —respondí. No era verdad.
—Disculpa por llamarte tan temprano, pero estuvimos toda la noche trabajando en esto y esperé hasta una hora que me pareció respetable.
—¡Ajá!
Las siete de la mañana no parece una hora respetable.
—Matthew, tuvimos un homicidio anoche, un poco después de las diez.
Un piso en Stone Crab, puñaladas múltiples, un chico llamado Jack McKinney, ¿te suena el nombre?
—Sí. ¿Has dicho homicidio?
—Sí. Te llamo por eso, encontramos tu tarjeta profesional en su cartera.
¿Era cliente tuyo, Matthew?
—Sí.
—¿Qué le estabas llevando?
—Una transacción de una propiedad.
—¿En Calusa?
—Sí.
—Matthew, sé que es una imposición, pero me pregunto si no podrías venir para ponerme al tanto de los detalles. Queremos empezar con rapidez y adelantarnos, si es posible, a quien lo haya hecho.
—Acabo de despertarme.
—¿Cuánto tiempo te llevará lavarte y vestirte?
—Morris, esta mañana no me encuentro eufórico…
—Jack McKinney se encuentra peor. ¿Puedes hacerme ese favor, Matthew?
—Dame una hora, más o menos. —Hasta luego.
Y colgó.
Abrió mucho los ojos al ver mi rostro.
Mis propios ojos se habían abierto mucho cuando me vi en el espejo al afeitarme, cuarenta minutos antes. O, al menos, tanto como podía abrirlos considerando que estaban hinchados y descoloridos, muy parecidos a los del envenenado «hombre de guerras» que a veces venía a dar a las playas de Calusa.
—¿Qué diablos te ha pasado?
Le conté todo lo de Charlie y Jeff.
—¿Presentaste la denuncia?
Se refería a la policía. Como él era la policía, no le había hecho falta aclararlo.
Le dije que había presentado la denuncia.
—¿Cómo se llamaba el oficial?
Le dije que no me acordaba.
—Voy a revisar la carpeta del Informe de Actividades para asegurarme de que se ocupan.
Le di las gracias.
—Este es un jodido oeste salvaje, ¿eh? —comentó sacudiendo la cabeza.
No le veía desde noviembre, cuando nuestras profesiones separadas nos habían metido juntos en un caso que él aún llamaba «el follón de la Bella y la Bestia», caso al que yo, en cambio, consideraba «la tragedia de George Harper». Parecía haber bajado mucho de peso. Bloom medía casi un metro noventa, un hombre algo rechoncho con los nudillos sobredimensionados de peleador callejero, y cara de zorro con una nariz que le habían roto más de una vez. Tenía enmarañadas cejas negras y ojos castaño oscuro que casi siempre parecían estar al borde inminente de las lágrimas: un grave defecto en un policía. La última vez que le vi, debía de pesar por lo menos ciento treinta kilos pero ahora parecía estar lejos.
—¿Cómo estás, aparte de eso?
—Bien —le dije—. Aparte de eso. ¿Y tú?
—Ahora mucho mejor.
—¿Ahora?
—Tuve hepatitis, justo antes de Semana Santa. Se supone que los judíos no comen mariscos, ¿me equivoco? Está en las leyes de alimentación.
Entonces, ¿qué hace el buen judío Morris Bloom? Come mariscos. Almejas con su concha, para ser exactos. Toda mi vida las he comido, no se lo cuentes a mi rabino. Sólo que, esta vez, ¡lotería! Hepatitis. Tipo A. Me enfermé como un perro. Quería morir. Fiebre todos los santos días durante un mes entero. Perdí quince kilos, ¿puedes creerlo? Estoy pensando escribir un libro que se llame La Dieta de la Hepatitis, ¿piensas que se vendería?
¿Qué tal me ves? Mejor, ¿no es cierto? Ahora peso justo cien kilos, podría ser modelo. ¿Quiénes ganan más dinero, los modelos o los tipos que escriben libros de dietas? Los policías seguro que no. —Sonrió ampliamente—. Me alegro de verte, Matthew. Lamento haberte llamado tan temprano…
—No te preocupes.
—No te hubiera llamado de haber sabido el problema que tuviste anoche. Voy a poner a todos los azules a buscar a esos dos pendejos, les vamos a encontrar, no te preocupes. Charlie y Jeff, ¿eh? Suena como un par
de cómicos de vodevil. Qué graciosos. Te la jugaron bien, Matthew. Voy a tener que enseñarte a pelear sucio.
—Me encantaría aprender.
—¿Lo dices en serio? Vente una noche al gimnasio y te pateo un poco los huevos. ¿Lo dices en serio?
—Totalmente en serio.
—Fijaremos una fecha. Con respecto a McKinney, acaban de llamarme de la oficina del forense, más tarde me van a mandar el informe escrito.
McKinney fue apuñalado o acuchillado catorce veces, alguien le hizo un buen trabajo, eso es seguro. ¿Qué sabes de él, Matthew? Te agradeceré cualquier cosa que me digas. ¿Cuándo le viste por última vez? Porque, en la policía, cuando nos cae un homicidio, tenemos una ley que se llama las Veinticuatro P y P… ¿Te interesa este tipo de cosas?
—Me interesa.
—Porque a alguna gente, no. La cuestión es que P y P quiere decir pasado y presente. Lo primero que tratamos de hacer es rastrear las últimas veinticuatro horas de la vida de la víctima y, de ese modo, podemos confeccionar un cronograma de dónde fue, a quién vio, qué hizo y encontrar tal vez alguna pista por ese lado. Ésas son las veinticuatro pasadas. Al mismo tiempo, tratamos de trabajar lo más rápido posible en las veinticuatro horas siguientes al asesinato —las veinticuatro presentes—
porque es el único momento en el que podemos obtener alguna ligera ventaja. El asesino no ha tenido tiempo de cubrir demasiados rastros, no sabe cuánto sabemos nosotros, ni siquiera sabe si ya encontramos el cuerpo.
Tal cual. Es un momento muy importante, esas primeras veinticuatro horas.
Después de eso, todo puede volverse muy frío, muy rápido, Matthew, incluso aquí, donde uno puede derretirse como un muñeco de nieve. Las Veinticuatro P y P; todos los días se aprende algo nuevo, ¿me equivoco?
¿Viste a McKinney en algún momento durante las últimas veinticuatro horas?
—Le vi el viernes pasado a las dos.
—Muy bien, cuéntamelo. No te importará que tome algunas notas,
¿verdad?
Le hablé de eso.
Jack McKinney vino a verme a la oficina un día de julio, por recomendación de un amigo a quien le habíamos llevado una demanda por incapacidad. McKinney tenía veinte años; se lo pregunté específicamente porque parecía mucho menor, y quise estar seguro de que estaba en edad legal para hacer un contrato formal. En el Estado de Florida a uno lo consideran legalmente capaz de hacer un contrato ejecutorio al cumplir los dieciocho años. McKinney me mostró su permiso de conducir para probarme que tenía veinte años. Luego, me explicó que había hecho un contrato oral con un agricultor de Timucuan Point Road para la compra de quince acres de tierra a mitad de camino entre Calusa y Ananburg. El nombre del agricultor era Avery Burrill y su cultivo eran las alubias; el joven Jack McKinney quería convertirse en un cultivador de alubias.
Me dijo cuál era el precio de la transacción —cuarenta mil dólares— y que quería cerrar el trato lo antes posible, antes de que Burrill cambiara de idea. Dada la extrema juventud del muchacho y puesto que nunca tuve noticias de que se cultivaran alubias en esta parte del Estado, me puse en comunicación con un hombre llamado John Porter, el Agente Territorial del Condado, para pedirle su opinión. Porter me informó de que las alubias se cultivaban principalmente en la Costa Este, en Palm Beach, y, también, en South Dade, en la zona de Homestead. En la Costa Oeste Central, aquí en Calusa, los cultivos principales eran tomates, fresas, escarola, achicoria, remolachas y unas coles chinas, pero no alubias. Entonces, me sorprendió al preguntarme si este asunto tenía algo que ver con un hombre llamado Avery Burrill.
Parece que Burrill había ido a verle unos tres años atrás y le había preguntado prácticamente lo mismo que ahora le estaba preguntando yo. La idea de Burrill había sido comenzar en pequeña escala, plantar alubias en sus quince acres y, luego, vender el producto sólo en mercados locales.
Porter le había dicho que las alubias podían crecer aquí, pero que crecían mejor en suelo orgánico. Es más, la razón de que se cultivaran primordialmente en la Costa Este era que allí tenían la tecnología necesaria para la cosecha y la comercialización y que, aquí en Calusa, no tendría acceso a las máquinas cosechadoras y habría de cosechar a mano, lo que duplicaría sus costos.
Después, pasó a desglosar cuáles serían los costos reales antes de la cosecha —minerales, fertilizantes, fumigación y limpieza, reparaciones y mantenimiento, licencias y seguros, etcétera— y sumaban algo así como 450 dólares el acre por año. A eso había que sumarle los costos de cosecha y comercialización, recolección y empaque, contenedores, manejo, gastos de corretaje, etcétera, que alcanzarían los 228 dólares el acre por año, con un costo operativo total de 678 dólares anuales, Burrill podía esperar una producción de setenta y cinco quintales y unos ingresos brutos de 804
dólares por acre. Al deducirle a esto sus costos operativos de 678 dólares, sólo le quedarían 126 dólares por cada acre, de lo que hubiera debido restar la devolución de capital, gastos de administración, intereses y vete tú a saber qué más. En resumen, un campo de alubias en esta parte de Florida sería una propuesta perdedora, y Porter le había dicho eso a Burrill tan clara y sucintamente como pudo. De todas maneras, Burrill siguió adelante y, tal como se predijo, le fue mal. Ahora trataba de venderle esa propuesta perdedora a un chico de veinte años incapaz de distinguir una alubia de una boca de dragón.
En cuanto tuve esta información, llamé a McKinney.
Le informé exactamente de todo lo que me habían dicho y le aconsejé que no hiciera la transacción. McKinney me dijo lo mismo que Burrill le había dicho a Porter tres años atrás: sabía cómo hacer rentable un campo de alubias en esta parte del país. Le pasé los datos y las cifras. Le dije que, de ninguna manera, podría hacerlo funcionar. Pero insistió en que llamara al abogado de Burrill para confirmar los detalles del negocio y no hubo nada que yo pudiera hacer para disuadirle. McKinney vino a mi oficina a firmar el contrato el viernes pasado y trajo consigo cuatro mil dólares en efectivo para el depósito del diez por ciento requerido por Burrill. Le pregunté si iba a necesitar una hipoteca o algún otro tipo de ayuda financiera para conseguir el resto a saldar el día de la escritura. Me dijo que tenía los 36.000 dólares en efectivo y que los traería consigo para la firma de la escritura. Le sugerí que sería mejor traer un cheque conformado o nominativo. Cuando le dije que debíamos pedir una semana o diez días para una inspección de cañerías, calefacción e instalaciones eléctricas de la casa, me contestó que renunciaba a dicha inspección. Insistí, de todos modos, en
que algún fumigador inspeccionara el lugar por si hubiera termitas u otras plagas. Con el acostumbrado examen del título y la investigación de impuestos pendientes, la fecha de cierre de la escritura se fijó para el segundo día de septiembre.
Eso era todo.
—Cuatro mil en efectivo, ¿eh? —fue el comentario de Bloom.
—Sí.
—Sobre un precio de compra de cuarenta mil dólares…
—Sí.
—¿Y dijo que iba a pagar el resto también en efectivo?
—Eso dijo.
—En mi barrio eso es mucho dinero, Matthew.
—En el mío, también.
—¿Dónde podría conseguir un chico de veinte años cuarenta mil dólares para comprarse una granja?
—No tengo ni idea.
—Mucho dinero. —Bloom se quedó pensativo—. ¿Qué es lo primero que te viene a la cabeza, Matthew?
—Una herencia —propuse.
—Esa es la diferencia entre un abogado y un policía. Lo primero que a mí me viene a la cabeza es droga.
—Bueno —concedí.
—Sólo porque esto es Florida y el chico fue asesinado. No dijo dónde consiguió semejante cantidad de dinero, ¿no?
—Él no lo dijo y yo no pregunté.
—Tiene veinte años y cuarenta mil dólares en efectivo. ¿Sabes qué tenía yo a los veinte años? Un traje con dos pantalones, y uno de ellos con un agujero. Hoy en día, ¿quién sabe? ¿Qué te pareció el chico? ¿Qué impresión te dio?
—Iba bien vestido las dos veces que le vi, con chaqueta y corbata, muy elegante, al estilo de los chicos de la universidad. Pelo oscuro, ojos marrones, buena complexión… parecía un atleta. O, al menos, alguien que ha utilizado mucho su cuerpo y lo ha cuidado bien.
—¿Qué dirección te dio? ¿Te dio alguna dirección particular?
—No me acuerdo, así de memoria. Era en Stone Crab Key. Dijo que estaba viviendo en un piso en Stone Crab.
—¿Sabes cuánto le costaba ese piso, Matthew, donde anoche le encontramos muerto? Pagaba mil doscientos dólares al mes. El encargado me dijo que vivía ahí desde principios de junio, se lo alquilaba a un tipo de Pittsburgh. Ya son tres mil seiscientos que ha puesto ahí desde junio, sin contar el depósito de seguridad. El chico era bastante rico, ¿eh?
—Eso parece.
—Me pregunto cómo se habrá hecho tan rico. Tal vez era eso lo que buscaba el asesino. El piso era un desastre, la ropa tirada por todas partes, la tapicería acuchillada, la cama volcada… Me da toda la impresión de que alguien buscaba algo. Quizá los treinta y seis mil, ¿no? Y tal vez los encontraron. El efectivo que McKinney hubiera necesitado para la escritura.
Me has dicho que se había dispuesto para el mes que viene, no sé qué día,
¿no?
—Sí. El dos de septiembre.
—Mmm. —Bloom asintió con la cabeza—. Bueno, dentro de un ratito voy a ir a hablar con su madre, el nombre estaba en su agenda. Te avisaré si el chico se hizo recientemente con una gran cantidad de dinero. —Sonrió—.
¿Le habrá tocado la lotería?
Mi socio Frank me dijo que me lo tenía merecido. Mi socio Frank dijo que no compensaba liarse a trompazos por una mujer. Mi socio Frank dijo que Dale probablemente se lo estaba buscando por la forma en que iba vestida, lo que casi hizo que mi socio Frank se liara a trompazos conmigo y por una mujer, para más datos.
Le conté que Dale y yo habíamos terminado nuestra relación.
—Eres un perdedor nato con las mujeres —dijo Frank—. Lo llevas escrito en la cara. Cuando se trata de mujeres, tienes una mentalidad de segunda. Resulta que a mí Susan me gustaba mucho. —Susan era mi ex mujer—. Por qué te fuiste detrás de esa rubia desabrida es algo que está más allá de mi entendimiento. —Se refería a una dama llamada Agatha Hemmings, que fue la causa de la ruptura entre Susan y yo y que, desde
entonces, se había divorciado de su anterior marido, se había vuelto a casar y se había mudado a Tampa—. No es que Dale no me guste, además. Es una mujer muy inteligente, muy guapa. Pero yo lo veía venir, Matthew, tú no sabes cómo relacionarte con las mujeres. Una de las cosas que aprendí muy temprano en New York fue cómo relacionarme con las mujeres. ¿Has visto que me llevo maravillosamente con Leona? Es porque, cuando tenía diecisiete años, anoté mis diez reglas para llevarse bien con las mujeres. Y
sigo observando esas reglas, Matthew, que definen la manera en que, se supone, hay que tratar a una mujer si se espera disfrutar de una buena relación con ella. ¿Cómo has tratado a Dale, Matthew?
—Eso no es asunto tuyo.
—¿No es asunto mío que vengas a trabajar como si alguien te hubiera pasado por la máquina de picar carne? ¿Porque te liaste a trompazos por una mujer a la que no supiste tratar apropiadamente?
—No, eso tampoco es asunto tuyo.
—Creía que éramos socios.
—No para todo.
—Tienes un aspecto terrible.
—Es que me siento terrible.
—¿Por qué no te vas a casa?
—Tengo trabajo.
—Vas a espantar a nuestros clientes. ¿Te gustaría que te anotara las diez reglas?
—No, creo que no.
—Me doy cuenta de que el caballo ya se fue y que no tiene mucho sentido ahora cerrar la puerta del establo, pero habrá otras mujeres, estoy seguro, y no te hará ningún daño saber cómo tratarlas.
—No quiero ver tus reglas.
—Te las voy a anotar. Leona y yo tenemos un matrimonio perfecto gracias a esas reglas. Hace quince años que estamos casados, ¿crees que sólo se trata de suerte?
—No sé de qué se trata. Eso es asunto tuyo, Frank.
—Te las voy a anotar. Después, le diré a Cynthia que te las pase a máquina.
—No, no te molestes.
—No será ninguna molestia. —Y fue entonces cuando Cynthia llamó por el intercomunicador para decir que un tal señor Burrill llamaba por la seis. Levanté el auricular mientras Frank murmuraba las palabras «te las voy a anotar» y salía de mi oficina.
—Matthew Hope —dije en el teléfono.
—¿Señor Hope? Habla Avery Burrill.
Voz de granjero, el acento del sur se podía cortar con un machete.
—Sí, señor Burrill.
—Soy el hombre que le vende esa granja a su cliente.
—Sí, señor, lo sé.
—Acabo de oírlo por la radio. —Supuse que se refería a la muerte de Jack McKinney—. Mi abogado se fue a pescar a Maine, qué sé yo a qué lago, no se puede hablar con él. ¿Qué hacemos?
—¿Con respecto a la escritura, dice usted?
—Ha dado en el clavo, con respecto a la escritura. Su cliente está muerto, alguien le mató. Yo tengo un papel firmado y, en el papel, dice que él me compra la granja. Pude tener una docena de compradores para esa propiedad, les dije a todos que no porque Jack estaba decidido a cultivar alubias. Ahora quiero saber quién es el responsable, señor Hope. ¿Quién va a estar ahí para la firma de la escritura?
—No tengo ni idea.
—Creí que usted era el abogado de Jack.
—Lo soy. Pero no tengo ni idea de si dejó testamento o no, o quién…
—Bueno, señor Hope, más le vale averiguarlo. Tal como yo lo veo, él me debe treinta y seis mil dólares. Había hecho mis planes, ya me entiende.
Consideraba que el trato se iba a cerrar. No tengo la culpa de que se hiciera acuchillar. Yo quiero mi dinero.
—Señor Burrill, le sugiero que consulte a su propio abogado con respecto a…
—Pero si acabo de decirle que se ha ido en un bote. ¿Cómo cree que puedo consultarle nada?
—Es probable que haya alguien en su oficina que…
—Ya llamé a su oficina, ¿de dónde cree que saqué que se fue a pescar en un bote? Allí no hay nadie más que la chica que atiende el teléfono.
Nosotros los agricultores no podemos permitirnos esos abogados finos con un montón de ayudantes corriendo por todas partes. Harry Loomis tiene una empresa de un solo hombre, están él y la chica que atiende el teléfono, nada más. Y él salió a pescar toda la semana, no va a volver a la oficina hasta el quince.
—Le sugiero que espere hasta que vuelva. De todas maneras, la escritura no iba a firmarse hasta principios del mes que viene.
—Tenía pensado no estar aquí para el dos.
—Cuánto lo siento.
—Todo, considerando que el trato se iba a cumplir. Vea qué puede averiguarme, ¿me hace ese favor? Realmente se lo agradecería. Y ya que Harry no está, no me importaría desviar unos dólares hacia usted si puede ayudarme a acelerar el asunto.
—No es necesario, señor Burrill.
No mencioné que tampoco sería ético.
—¿Tiene mi número por ahí? —me preguntó.
—No.
—Bueno, es mejor que lo tenga. ¿Tiene un lápiz?
Anoté el número que me dio. Me aconsejó insistir si estaba comunicando porque era una línea compartida y la señora que la compartía con él hablaba hasta por los codos.
—Llámeme, señor Hope. En cuanto sepa algo.
No tenía intención de llamarle.
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