Jack al acecho de la semilla
Capítulo 2
No me parecía probable que Jack McKinney hubiera dejado un testamento.
En primer lugar, la muerte es una de las ideas más remotas del mundo para alguien que tiene veinte años. Cuando uno tiene veinte años es inmortal.
Pero, aun suponiendo que hubiera considerado la posibilidad —después de todo, había estado aparentemente en posesión de, por lo menos, cuarenta mil dólares—, ¿a qué abogado habría recurrido? Si otro abogado le hubiera en efecto redactado un testamento, ¿por qué, entonces, no había ido a ese mismo abogado para la compra de la granja? ¿Por qué, en cambio, vino a mí? Por supuesto, pudo haber redactado el testamento por sí mismo: cualquiera puede hacerlo. Pero, también en ese caso, habría necesitado testigos y, hasta ahora, no se había presentado nadie que tuviera conocimiento de testamento alguno.
En el Estado de Florida, cualquiera que tenga la custodia de un testamento debe entregarlo al funcionario de la justicia dentro de los diez días después de recibir la noticia de la muerte. El asesinato de Jack McKinney había aparecido en la primera página de los diarios, y todas las emisoras de radio y televisión de la zona lo habían comentado; pero cuando llamé a la oficina de Legalizaciones el diecinueve de agosto, me dijeron que todavía no se había depositado ningún testamento. Obtuve esta información a las nueve y media de la mañana e, inmediatamente, llamé a Harry Loomis, que había regresado de su viaje a Maine para pescar el domingo anterior, y que, desde su regreso a la oficina el quince, me había estado llamando todos los días. Le dije que ahora estaba bastante seguro de que McKinney no había dejado testamento, y que iba a contactar con algún pariente cercano para ver si sabían algo acerca de qué clase de herencia podía haber dejado. Loomis me dijo que tenía que haber una herencia de 36.000 dólares por lo menos, porque eso es lo que McKinney había acordado pagar en efectivo a la firma de la escritura. Yo le dije que tendría
que hablar del asunto con los herederos de McKinney. Loomis me dijo que su cliente esperaba concluir el trato y que, si tuviera que demandar al Estado para obtener el saldo adeudado, lo haría con toda seguridad. Le prometí que le volvería a llamar y colgué pensando que Jack McKinney me había resultado tan necesario como un agujero en la cabeza.
El auténtico agujero de mi cabeza se había curado. Tenía todavía una costra pero, aun así, yo lo consideraba curado; por lo menos, ya no tenía un esparadrapo ahí detrás. Mis ojos también parecían ir mejor, para quien guste de crepúsculos prolongados. Habían pasado once días desde que Charlie y Jeff me hicieran bailar el vals hasta el borde de la inconsciencia, y no tenía ninguna noticia de Dale. Había intentado llamarla una vez a su casa de Whisper Key pero, como me contestó un hombre, le dije que me había equivocado y colgué. Tampoco había hablado con Bloom desde la mañana siguiente a la paliza (y el asesinato, por supuesto; la paliza me había dejado una impresión más indeleble), pero supuse que estaría ahora en condiciones de decirme lo que necesitaba saber sobre los parientes más cercanos.
Marqué el número de la Oficina de Seguridad Pública de Calusa, que es como se conoce formalmente al departamento de policía aquí en la distinguida ciudad de Calusa, pregunté por el detective Bloom y, de inmediato, me comunicaron con su oficina.
—¿Cómo te va? ¿Cuándo quedamos para esa lección de pelea callejera?
—Cuando quieras —le respondí.
—Lo dices en serio, ¿eh? ¿Qué te parece algún día de la próxima semana?
—Avísame cuándo, nada más.
—Llévate a la oficina ropa de gimnasia y zapatillas, ya te avisaré.
Podemos ir andando desde aquí al gimnasio, es aquí al lado, en el sótano de la cárcel. Tal vez podamos pedirle a alguno de esos tránsfugas de ahí dentro que nos enseñe algo, ¿eh?, ¿qué te parece? De arrancar los ojos, saben un montón. ¿En qué puedo ayudarte, Matthew?
—Acabo de llamar otra vez a Legalizaciones para verificar si recibieron un testamento de McKinney o no. No tienen nada todavía, Morris, y ayer era el último día para depositarlo. Sé que has estado investigando el caso…
—Frío como una anchoa —dijo Bloom.
—Vaya, lamento oír eso.
—Pero seguimos trabajando. También en lo de los dos pendejos que te hicieron el trabajito aquél. Tarde o temprano van a aparecer, no te preocupes, ¿cuántos Charlies y Jeffs puede haber en el territorio de Calusa?
A propósito, todavía no encontramos ese montonazo de dinero que McKinney supuestamente debía de tener para la firma de la escritura.
Peinamos por completo su piso… y nada. Preguntamos en todos los bancos de Calusa y, también, en Bradenton y Sarasota para ver si tenía cartilla de ahorros, cuenta corriente o una caja de seguridad: nada. ¿Te parece que pudo haber enterrado el dinero en la playa, en alguna parte? ¿Como un pirata o algo por el estilo? Quién sabe. Así que, ¿qué quieres saber?
¿Quiénes son sus parientes más próximos?
—Exactamente.
—El padre murió hace dos años, justo después del cuatro de julio. Un hombre llamado Drew McKinney. De paso, no le dejó un centavo al chico, eso elimina la herencia como fuente de los cuarenta mil. La madre de McKinney vive, es una señora llamada Verónica. Tiene un rancho donde cría ganado en el camino de Ananburg. Vive allí con la hermana del chico, de veintitrés años, una verdadera belleza. Bueno, en realidad las dos. No me acuerdo del nombre de la hermana, Patty o algo así, puedo ir a verlo si quieres.
—No, es más probable que se designe a la madre como representante personal de la herencia.
—Hablamos con ella y con la hermana sin contemplaciones. Las dos tienen coartadas de un kilómetro de largo. Nosotros buscamos a la familia, ya lo ves. No importa lo que se lee en las novelas policiales; la gente comete esos asesinatos de una forma que parecen asuntos planeados con cien años de anticipación y realizados con la pericia de un pistolero.
Tonterías. La mayoría de los asesinatos que a uno le caen es por una situación familiar. El chico mata al padre, o viceversa. Un tipo se lía a hachazos con su mujer. O con la amante. O la mujer mata a la amiguita del marido. Todo así. De todas maneras, las dos parecen estar limpias. La madre… ¿Te interesa todo esto?
—Claro que me interesa.
—Sí, bueno, nunca se sabe. La madre estuvo en su casa viendo la televisión con un veterinario que esa noche había ido a cenar. Él estaba allí, atendiendo a una vaca enferma, y ella le invitó a que se quedara a cenar y, más tarde, se quedaron allí viendo la televisión. El veterinario dice que estaba con ella a las nueve, que es la hora en que estaban apuñalando a McKinney. Así que eso deja fuera a la buena señora.
—¿Dónde estaba la hermana?
—En la cama con el novio. Esto se lo pudimos sacar después de mucho melindre y titubeo. A nadie le gusta admitir ese tipo de cosa hasta que se dan cuenta de que estamos hablando de un auténtico asesinato. El nombre del novio es Jackie Crowell: otro Jack, un nombre común. Excepto en mi familia. En mi familia, los nombres comunes son Sidney, Bernie, Marvin, Irving y Abe. De cualquier manera, Crowell confirmó que estuvo esa noche con ella, en el apartamento de él. La llevó a cenar a McDonalds…
—Un derrochador.
—Sí, bueno, sólo tiene dieciocho años. La hermana tiene veintitrés y es verdaderamente hermosa. Y se mete en la cama con un mamarracho de dieciocho años con la cara llena de granos. En fin, en todo caso, se fueron directamente a casa de él… Deberías verlo, es un tugurio. El chico trabaja embalando naranjas en un supermercado de aquí, de la ciudad. Fue a eso de las ocho, según él, y pasaron juntos el resto de la noche. Así que eso deja fuera a Patty o Sally o como diablos se llame. Las cosas nunca son fáciles,
¿eh, Matthew?
—Nunca. ¿Sabes dónde queda ese rancho?
—Se llama M.K. Ranch. Se me ocurre que eso va por McKinney, ¿no te parece? En cualquier caso, vete al sur por la Cuarenta y Uno y, luego, en Timucuan Point dobla al este; está más o menos a mitad de camino entre esto y Manakawa. Hay un gran cartel a la derecha del camino, no tiene pérdida.
—¿Tendrías el número de teléfono de la señora McKinney?
—Sí, espera un momento, voy a buscar el expediente.
Esperé. Volvió al teléfono casi inmediatamente. Anoté el número que me dio y estaba a punto de darle las gracias cuando me dijo:
—Sí, aquí está también el nombre de la hermana. ¿De dónde habré sacado Patty? Es Sunny, con u. Sunny McKinney. No le pregunté si era un apodo. Tenme al corriente de cómo van las cosas, ¿eh?
Colgó bruscamente.
No deseaba especialmente hablar con Susan, mi ex mujer, pero hoy era viernes y hacía dos semanas que no veía a mi hija; tal como se especificaba en el acuerdo de divorcio, a Joanna le tocaba pasar este fin de semana conmigo. Sólo quería saber a qué hora estaría lista para ir a buscarla. No sé por qué tantas mujeres divorciadas se dedican a la venta de propiedades y bienes raíces, pero parece ser un hecho inmutable de la naturaleza y es lo que Susan hacía en estos días, así que la llamé a Ridley y Nelson y pedí por Susan Hope, por favor, y el nombre se me atragantó en la garganta como siempre. Su nombre de soltera había sido Susan Fitch, un nombre WASP
perfectamente respetable del medio oeste; yo no entendía por qué no lo había vuelto a usar después del divorcio. Tampoco podía entender por qué yo no había vuelto a llamarla «Sue». Ahora la llamaba siempre «Susan».
«Sue» no parecía una familiaridad impropia de alguien que ha vivido catorce años con una mujer; sin embargo, el diminutivo nunca lograba pasar por mis labios.
La razón por la que no me gustaba hablar por teléfono con Susan Fitch Hope era que, dado un día determinado, nunca sabía quién podía estar hablándome al otro lado. Desde luego que nunca acusaría a mi esposa de esquizofrenia, opinión que ella podría sin duda refutar con todo éxito ante cualquier tribunal de este país… quizá. Pero lo cierto es que ella asumía muchos roles diferentes en sus conversaciones conmigo, y dos de ellos eran claramente —si no clínicamente— identificables como personalidades colocadas en el espectro psicológico. Mientras esperaba que se pusiera al teléfono, me pregunté si esta mañana me tocaría hablar con Susan la Bruja o con Susan la Niña Desamparada.
—¡Matthew! —exclamó, como encantada ante el mero sonido de mi bíblico nombre—. ¡Me alegra tanto que hayas llamado! —La Niña Desamparada—. ¿Cómo estás, Matthew?
—Bien, gracias. —Era más o menos cierto—. ¿Y tú?
—Oh, ya sabes.
Esto último, exteriorizado con el tono autocompasivo de alguien para quien los trabajos del mundo simplemente eran demasiado, significaba que estaba a punto de contarme algo acerca de una de sus diferentes alergias.
Cuando nos mudamos a Florida, Susan descubrió, casi en el mismo momento, que era alérgica prácticamente a todo lo que crece aquí. Cada vez que Susan comenzaba a hablar de alguna de sus alergias —cosa que hacía con frecuencia cuando asumía el rol de la Niña Desamparada— sonaba como una enferma terminal. Yo no quería oír nada acerca de sus alergias. Ni de su vida sexual, de la que probablemente hoy no oiría nada; por lo general, la que hablaba de su vida sexual era Susan la Bruja.
—Matthew, sé que estarás muy ocupado, y prometo no tomar de tu tiempo ni un minuto más del que haga falta.
La misma Mosquita Muerta Desamparada de siempre. Pero, al menos, no me estaba contando cómo los brezos la hacían estornudar. Todavía no, en todo caso.
—No hay problema, Susan, tómate todo el tiempo que necesites.
A partir de nuestro divorcio y a través de los años, yo había aprendido que la única forma de vérselas con Annie la Huerfanita era asumir el rol de un tolerante Papá Warbucks. Mejor la Niña Desamparada que la Bruja. Con la Bruja era imposible hablar en un nivel humano.
—Tengo un serio problema.
Yo esperé.
—Tiene que ver con Joanna.
—¿Qué pasa? —pregunté, de pronto alarmado. Tanto la Bruja como la Niña Desamparada sabían exactamente qué botón apretar para arrancarme una salida paternal.
—Nada, nada, ella está bien. Pero debería estar contigo este fin de semana…
—De hecho, ése es el motivo de mi llam…
—Ya han pasado dos semanas, lo sé —dijo Susan dulcemente—, y el acuerdo especifica fines de semana alternativos.
—Sí, es lo que especifica —comenzaba a sentirme vagamente suspicaz.
—Matthew, ¿te acuerdas de mi hermano?
—Por supuesto que me acuerdo de tu hermano.
Al parecer, Susan creía que el divorcio, cuando afectaba al macho de las especies, provocaba senilidad precoz con la correspondiente pérdida de la memoria. Continuamente me preguntaba si recordaba a personas que habíamos tratado juntos durante años. Un día me iba a preguntar si recordaba a mi propia hija. Efectivamente, me acordaba de Jerry Fitch.
Jerry Fitch era el hijo de puta que se había negado a decirle a mi suegra que se estaba muriendo de cáncer. Yo había querido mucho a esa mujer. Nunca supo que se estaba muriendo porque todos los médicos, según las instrucciones de Jerry, le escamotearon esa información y, así, le robaron la dignidad que pudo haber mostrado al final. En cambio, murió con una sorpresa angustiosa. Yo seguía pensando en ella de ese modo, muriendo sorprendida. Jerry no me gustaba entonces y tampoco me gustaba ahora, y me sentía enormemente agradecido de que ya no formara parte de mi vida.
—Está aquí. En Calusa.
—Qué bien —observé, con la esperanza de que se lo comiera un cocodrilo.
—Siempre quiso tanto a Joanna… —Susan lo intentó con dulzura.
Yo esperé.
—Sólo va a estar aquí el fin de semana.
Seguí esperando.
—Comprendo que no has visto a Joanna desde el día siete, y sé que éste debería ser tu fin de semana, Matthew, pero estaba preguntándome…
Siempre has sido un hombre tan generoso… Me preguntaba si dejarías que Joanna se quedara conmigo este fin de semana, así ella puede ver a su tío.
Ha hecho un largo viaje desde Chicago, Matthew, y se sentiría tan decepcionado si no pudiera ver…
—Sí, claro.
No sé por qué accedí tan rápidamente. Supongo que no quería explicarle a Joanna los moretones que se demoraban alrededor de mis ojos. Supongo, también, que no quería contarle que Dale y yo nos habíamos separado. Eso iba a ser duro, contarle lo de Dale y yo.
—Siempre que pueda verla las dos próximas semanas.
—Oh, por supuesto. No creerás que quiero privarte de estar con ella,
¿verdad?
No contesté. La Niña Desamparada no me negaría nada en el mundo; la Bruja me negaría un sorbo de agua en pleno Sahara.
—Entonces, ¿está arreglado? ¿Puede quedarse en casa el fin de semana?
Me molestó que Susan llamara «casa» a «su» casa, aunque fuera la residencia legal de mi hija. Quería creer que cuando Joanna estaba conmigo, también estaba «en casa».
—Yo tengo, entonces, la próxima semana y la siguiente —recalqué.
—De acuerdo. Oh, Matthew, no puedo decirte cuánto te lo agradezco.
Le daré a Jerry recuerdos tuyos.
Que yo no había ofrecido.
—Dile a Joanna que la llamaré la semana que viene.
—Se lo diré. Y, Matthew… —bajó la voz a un tono casi seductor—.
Gracias. De verdad. Gracias.
Me la imaginé colocando delicadamente el auricular en la horquilla, a pesar de que el clic sonó abrupto como si lo hubiera arrojado. Suspiré —me parecía que siempre suspiraba después de una conversación con Susan— y, luego, marqué el número del rancho McKinney que me había dado Bloom.
Si usted no conoce la US 41, es que no vive en los Estados Unidos de Norteamérica y no está familiarizado con ninguna de las carreteras que atraviesan la nación y derraman parásitos y contaminación sobre el campo.
El Tamiami Trail pudo haber sido alguna vez un camino de tierra abierto a machete entre las palmeras y los palmitos, pero esos días, Gertie, ya no volverán. La US 41 es hoy una carretera de hormigón de cuatro (y, a veces, seis) carriles bordeada a lo largo de kilómetros y kilómetros por emporios de comida rápida, tiendas de regalos, lavaderos de coches, estaciones de servicio, pizzerías, mueblerías, viveros, tiendas de alfombras, vendedores de coches, galerías comerciales, multicines y diversos locales de hormigón de una sola planta donde venden figuras de yeso, cítricos, ropa rebajada, muebles de junco para jardín, cigarrillos y cerveza (hielo gratis si compra una caja), equipos de sonido, lámparas, aspiradoras, máquinas de escribir, alarmas contra ladrones, piscinas, y (el único negocio de este tipo en todo Calusa) ayudas matrimoniales, juegos y material de lectura para adultos. En
resumen, la US 41 es el típico bazar de autopista americana: feo, estridente y de pésimo gusto. En invierno, está atiborrado de automóviles con matriculas de otros Estados, que no hacen más que sumarse al clima de desorden y confusión. Gracias a esto, la mayoría de los nativos de Florida (nativo es cualquiera que viva aquí todo el año) ruega con desesperación que llegue Semana Santa. En agosto, la US 41 está comparativamente desierta. Hice el viaje desde el centro de Calusa hasta el Timucuan Point Road en diez minutos.
Cuando uno sale de la 41 hacia el este, el paisaje cambia de forma brusca. La que lleva a Ananburg es una carretera asfaltada y con dos carriles que atraviesa unas desparramadas urbanizaciones de casas modestas en terrenos pequeños y, luego, pasa por lo que solían ser tierras de cultivo pero ahora son «fincas rústicas»; esto significa que llegó un urbanizador, excavó un gran lago, vendió la tierra de alrededor en 12.000 dólares la hectárea y edificó casas de lujo que no cuestan menos de 250.000 dólares.
Más allá de estas casas —esto está a sólo diez kilómetros al este de la 41—, uno entra al campo verdadero, un recordatorio de lo que debe de haber sido Calusa no hace más de treinta o cuarenta años.
Atravesé unos bosques de cítricos a sólo trece kilómetros del loco trajín de la US 41. Atravesé campos cultivados a menos de veinticinco kilómetros del centro de Calusa. Y, de pronto, había vacas pastando en la hierba a ambos lados de la carretera, y el pasto más allá de los palmitos parecía extenderse interminablemente hasta mezclarse con un cielo eterno que ya se ponía gris: se preparaba para la lluvia que caería más avanzado el día. Casi me paso de los postes y el dintel de madera de donde colgaba un cartel rojo con letras negras que decía M.K. RANCH. Frené de golpe, miré tardíamente por el espejo retrovisor y entré con el Ghia a través del portón abierto a un camino de tierra de un solo carril. Había avanzado casi un kilómetro cuando vi una camioneta roja que venía en dirección contraria.
Detuve el Ghia. La camioneta aminoró la velocidad y se detuvo. Se abrió la puerta del lado del conductor. En la puerta estaban pintadas en negro las letras M.K. Salió un hombre con una escopeta en la mano y se quedó parado en el camino de tierra. Parecía un cruce entre Charlie y Jeff. Le calculé un poco más de un metro ochenta de altura; llevaba unos tejanos
descoloridos, una camisa roja a cuadros y polvorientas botas marrones.
Hombros anchos y cintura estrecha. En el cinturón, una gran hebilla de cobre repujado. Del bolsillo izquierdo de su camisa colgaba el cordón de una bolsa de tabaco para liar cigarrillos con un pequeño tirador redondo en la punta. Tenía un sombrero de paja echado hacia atrás que dejaba ver sobre la frente un mechón de pelo oscuro y algo húmedo. Un bigote negro bajo la nariz. Ojos oscuros haciendo juego. Cejas negras. La piel bronceada por el sol como si fuera cuero marrón.
—¿Se le ofrece algo, señor? —Giró la escopeta hacia mí.
—Me llamo Matthew Hope. Tengo una cita con la señora McKinney.
No dijo nada.
—La llamé por teléfono esta mañana. Quedamos en que la vería a la una. —Miré mi reloj—. Es casi la una.
Seguía sin decir nada.
—Así que baje la escopeta, ¿quiere?
No bajó la escopeta.
—Soy abogado. Vine a verla con respecto a su hijo.
Seguía sin bajar la escopeta.
—Jack McKinney.
Siguió mirándome. Me di cuenta de que mascaba chicle. Sus mandíbulas se movían y sus ojos se movían; sólo la escopeta permanecía estable y fija en sus manos.
—Yo me ocupaba de la transacción de una propiedad para él.
Sin contestarme, volvió a la camioneta, tomó un walkie-talkie que estaba sobre el tablero, dijo algo, escuchó, dijo algo más y volvió a escuchar. De pronto, me di cuenta de la cantidad de moscas que volaban a mi alrededor por todas partes. El ganado implicaba moscas, es lo suyo.
Salió otra vez de la camioneta, con la escopeta oscilando ahora libremente a su costado.
—La señora McKinney está ahora en Crooked Tree. Pero Sunny dice que puede pasar de todas formas.
—Gracias.
—Hoy en día hay que tener cuidado —dijo, a modo de disculpa por el recibimiento con escopeta.
Yo me limité a hacer una inclinación de cabeza y puse el coche en marcha de nuevo.
—Está en la casa principal. Sunny, digo. Una gran construcción blanca a su izquierda, al final del camino.
Seguí por el camino de tierra lleno de baches hasta la gran casa blanca de paredes entablilladas. La casa dominaba un complejo que incluía otra casa más pequeña también pintada de blanco, un granero pintado de rojo, y el remolque de una casa rodante que no había sido pintado desde el año de la gran inundación. La casa grande se recostaba en un bosquecillo de viejos robles de gran altura. Las otras estructuras estaban en tierra salvaje, entre palmitos y palmas reales. No había por ninguna parte flores tropicales, ningún tulipero africano para deleitar la vista con sus flores suaves y cremosas, ninguna buganvilla rosa o púrpura, ninguna adelfa, ninguna lantana trepadora. Salvo por las palmas reales y los palmitos, éste bien podía haber sido un rancho de Texas o Colorado. Aparqué junto a dos tanques de gasolina oxidados, uno marcado SUPER y el otro COMÚN, y caminé hacia la casa más grande. Había que subir unos pocos escalones hasta el pórtico de entrada. Golpeé en el marco de la puerta mosquitera; detrás, la puerta de madera estaba abierta. Golpeé otra vez.
—Adelante —dijo una voz.
Abrí la puerta mosquitera.
—Estoy aquí.
«Aquí» era un invernadero emplazado en la parte posterior de la casa.
Toda la vegetación autóctona que faltaba fuera, la compensaba el invernadero. Por donde mirara, había una explosión exuberante de color, orquídeas rosadas en competencia con violetas africanas, rojas glicinas amontonándose sobre los crisantemos amarillos, las ruecas blancas y amarillas de las margaritas se apoyaban contra los matices crepusculares de las violetas enardecidas. Cuando entré, una muchacha rubia con unos tejanos cortados y una camisa color púrpura estaba pulverizando una orquídea de espaldas a mí. Sin volverse, me dijo «Hola» y siguió apretando la perilla roja de goma.
—¿Señorita McKinney?
—Sí —respondió, absorta en su ocupación.
—Su madre me espera.
—Sí, ya sé. —Sacudió su larga melena rubia hacia atrás y se volvió para mirarme.
Yo diría que medía más de un metro setenta y cinco de altura; era una muchacha ágil y bronceada por el sol, sin sujetador bajo la camisa púrpura.
Sus largas piernas comenzaban donde concluían los shorts, cortados de cualquier manera por la parte alta de los muslos, y se extendían eternamente hasta los delgados tobillos y los pies sin medias metidos en polvorientas zapatillas. Tenía el tipo de rostro por el que cualquier modelo de New York mataría y robaría: pómulos altos, boca generosa, una nariz arrogante ligeramente respingona, ojos que parecían grises a la luz brillante del sol que entraba a raudales por el techo ondulado del invernadero.
—¿Quién le puso los ojos morados?
—Unos amigos.
Alzó las cejas apenas; una leve sonrisa tocó sus labios.
—Es usted policía, ¿verdad?
—No, soy abogado.
—Cierto, cierto, mamá me lo dijo. Ya tuvimos suficientes policías aquí la semana pasada. —Alzó los ojos al cielo, dejó el pulverizador que estaba usando, levantó el walkie-talkie que estaba sobre un aparador cerca de una pileta y me preguntó—: ¿Quiere un poco de té frío o alguna otra cosa?
—Bueno. ¿Cuánto tardará su madre, tiene idea?
—No creo que tarde demasiado. Hace ya casi una hora que se fue, no creo que tarde mucho más. Mucho calor ahí fuera, ¿no?
—Mucho.
—Sí. Entonces, ¿quiere té, sí o no? ¿O prefiere algo más fuerte?
—Té, estará bien.
—Pues, que sea té —asintió y pasó a mi lado hacia la sala de estar. La sombra de los árboles la mantiene fresca. Odio el aire acondicionado,
¿usted no?
La pregunta era retórica. Sin esperar respuesta, fue a la cocina, sacó del refrigerador dos latas de té helado, las abrió y las vertió en vasos diferentes.
—No tenemos limón. —Me alcanzó uno de los vasos—. De todas maneras, se supone que esto tiene limón, eso dice la lata.
Bloom me había dicho por teléfono que la chica tenía veintitrés años; parecía más joven. Tal vez era el timbre incierto de su voz, o el estilo casual de su discurso. O tal vez era su manera de moverse, inexperta, casi torpe…
aunque puede que las zapatillas influyeran en alguna medida. Bloom la había llamado «una verdadera belleza». Ciertamente lo era, pero yo no podía evitar la sensación de estar con alguna de las amiguitas rockeras de mi hija Joanna.
—¿Quién era el hombre de la escopeta? —pregunté.
—¿Se refiere a Rafe? Podemos sentarnos aquí. En esta parte de la habitación siempre está más fresco, no me pregunte por qué. Es nuestro nuevo capataz. Tenemos mil cabezas de ganado, no necesitamos más que dos peones para manejarlas. Antes lo hacían mi hermano y Sam, hasta que mi hermano se mudó y Sam se fue al oeste. Ahora Rafe es el capataz.
Se instaló en un sillón blanco de mimbre con un cojín amarillo brillante y dobló sus largas piernas debajo de sí. Yo me senté frente a ella en un sillón con el cojín verde lima. El rincón donde nos sentamos estaba decorado con enormes helechos en macetas de arcilla y parecía efectivamente más fresco que el resto de la casa.
—¿Por qué la escopeta?
La joven sonrió.
—Para asegurarse de que usted no era uno de los malos.
—¿Los malos?
—Cuando uno tiene vacas, también tiene gente que se las quiere robar.
—Aún sonreía—. Cuatreros. ¿Nunca ha oído hablar de eso?
Cuatreros, pensé. En Florida. De pronto, me sentí muy, pero que muy lejos de Chicago, Illinois.
—En realidad, durante el día tenemos la puerta abierta y sólo de noche ponemos el candado. Mamá sabía que iba usted a venir, así que mandó a Rafe a buscarle. —Sorbió su té—. Entonces, ¿quién le parece que mató a mi hermano?
—No tengo ni idea.
—La policía tampoco. Qué departamento de policía tenemos en Calusa, digno de Mickey Mouse. Parece salido de Disneylandia.
No hice ningún comentario.
—¿Cuánto hace que ocurrió? ¿Diez, once días? Ni una pista, ¿puede creerlo? Alguien entra, apuñala a Jack, ¿cuántas veces? Qué barbaridad, miren esto, dicen los polis. Qué barbaridad y, ahora, ¿qué hacemos? Así que, mientras tanto, el asesino anda por ahí y tal vez planea despachar a otro. Si no lo ha hecho ya. Una noche de aficionados al Dixie, estrictamente.
—¿Usted es de algún otro sitio?
—No. ¿Por qué? Oh, es sólo una expresión. ¿Nunca había oído esa expresión? ¿Una noche de aficionados al Dixie? Lo que significa es…
significa… bueno: el ratón Mickey.
—Ya.
—Claro. Yo nací aquí mismo. Bueno, no aquí en el rancho sino en un hospital de Ananburg. Es el hospital que está más cerca, el de Ananburg.
Para gente, quiero decir. Para el ganado, mamá tiene un veterinario que vive a unos cinco kilómetros. ¿Para qué quiere verla?
—Bueno, preferiría discutir eso personalmente con ella.
—Claro, no hay problema.
—¿De dónde sale Sunny?
—No se lo va a creer. ¡Sylvia! —Frunció la nariz—. ¿Puede imaginarme como Sylvia?
—No con facilidad.
—¡De ninguna manera! Empezaron a llamarme Sunny[1] cuando aún era
pequeña. Porque tenía el pelo rubio, por supuesto, y también por mi carácter tan dulce, ¡ja, ja! —Lanzó un resoplido.
—¿No tiene el carácter dulce?
—Oiga, jefe, soy tan mala como el más hijo de puta de los tigres.
Alguien al otro lado de la habitación comentó:
—Bonito lenguaje, Sunny.
Ambos nos volvimos.
—¡Epa! —exclamó Sunny y, de inmediato, se tapó la boca con la mano.
La mujer, que estaba junto a la puerta mosquitera, era una versión mayor y más elegante de la chica sentada frente a mí, ahora con la cara
escondida entre las manos. No era tan alta como su hija —suponiendo que, efectivamente, fuera la señora McKinney que yo estaba esperando— pero los tacones altos de sus botas marrones agregaban no menos de cinco centímetros a su, de por sí, sustancial estatura. Vestía pantalones blancos muy ajustados y camiseta blanca. En la mano derecha, sostenía un sombrero de vaquero como los que usaban Charlie y Jeff la noche que quisieron rediseñar mis rasgos. En la mano izquierda, un par de guantes de cuero de color canela. Tenía el pelo rubio cortado muy corto en la nuca, y los pómulos, los ojos y la boca eran exactamente iguales a los de Sunny. La nariz arrogante con la punta ligeramente levantada pudo haber sido también una réplica exacta de la de Sunny, salvo por unas leves pecas espolvoreadas a través del puente. Supuse que tendría unos cuarenta y tantos años. En el instante en que se movió hacia nosotros, me puse en pie.
—Soy Verónica McKinney. —Pasó el sombrero a su mano izquierda y me tendió la derecha—. Lamento haberle hecho esperar, señor Hope.
Sunny, vete a jugar con tus muñecas.
—Lo siento, mamá. —Sunny desdobló sus largas piernas y se puso en pie.
—Haces bien en sentirlo.
—Encantada de conocerlo —me dijo Sunny, y atravesó el cuarto hacia las escaleras que llevaban al primer piso.
—Veo que le ha ofrecido un refresco —la señora McKinney se dirigió a mí.
—Sí, así es.
—¿Qué es eso? ¿Té?
—Sí.
—¡Dios! Oh, bueno. ¿No tiene calor? Mi hija siempre apaga el acondicionador de aire y abre todas las puertas y ventanas. Tiene una teoría acerca de… bueno, no importa.
Volvió a la puerta principal, la cerró y, luego, ajustó el termostato de la pared. A diferencia de su hija, sus movimientos eran de una suavidad líquida, no parecía estar realizando esfuerzo alguno. Había un ligero jadeo en su voz, no exactamente la voz de un bebedor habitual (lo que nunca se me habría ocurrido de no haberse mostrado espantada por el té) pero ronca
de todas maneras. En conjunto, era una mujer absolutamente hermosa y, cuando se volvió hacia mí con una sonrisa en el rostro, casi me dejó sin aliento.
—El nuevo peón me dice que hay una vaca muerta en Buzzard’s Roost Hammock. Me gustaría ir a echar un vistazo, ¿le importaría si hablamos mientras vamos allá?
—En absoluto.
—Puede haber un poco de barro, con toda esa lluvia. Qué lástima que no traiga botas. —Miró mis zapatos—. El jeep está a la puerta. —Se volvió y yo la seguí fuera de la casa.
El jeep era rojo y, en sus paneles laterales, tenía impresa en negro la marca M.K. En el asiento delantero, entre nosotros dos, descansaba un rifle del calibre 22 con mira telescópica. Puso en marcha el motor y retrocedió hasta el camino de tierra.
—Ése es nuestro establo. Tenemos cinco caballos, bastaría con la mitad para un rancho de este tamaño. Generalmente, calculamos por lo menos dos caballos por vaquero. El capataz vive en la casa pequeña, la casa remolque es para el peón nuevo y su mujer. Ésta no es una empresa muy grande, tenemos más o menos mil cabezas en cuatro mil acres. Conozco a un hombre que tiene veinte mil cabezas y una hacienda tan grande como el Estado de Rhode Island, cerca de Ananburg. Nosotros tenemos cinco pastizales, con manadas de doscientas vacas cada uno. Buzzard’s Roost está por este lado.
Nos dirigíamos hacia el norte por un camino lleno de barro flanqueado de pastizales alambrados. El jeep saltaba y se bamboleaba a lo largo de los surcos. La señora McKinney maniobraba el vehículo entre los charcos y el agua marrón se estrellaba contra los paneles laterales.
—Cuando mi difunto esposo compró el campo, los pastizales ya tenían nombre. Todos ellos son nombres históricos, no tengo ni idea de cómo se originaron. Bueno, la Hamaca del Buitre es fácil. Aquí hay más buitres de los que se pueden espantar con un palo. Es por eso que quiero ir a ver esa vaca muerta. Los buitres son un fastidio. Se abalanzan en picado para comerse la placenta cada vez que nace un ternero y, a veces, atacan también al ternero recién nacido. Esa vaca muerta los va a atraer a montones. Los
otros pastizales, ¿quién sabe? Uno de ellos se llama Atolladero Mosquito, debe de haber sido un campo de cultivo para los mosquitos antes de que el Estado comenzara su programa de control. Todavía hay muchísimos, pero son pastos naturales. Tenemos mil acres de pastos naturales y tres mil cultivados. En 1943 todo esto eran pastos naturales. Fue una larga tarea cultivarlo en Pensacola Bahia y mantenerlo. Uno de los pastizales se llama Hamaca de la Oveja, alguien debe de haber criado ovejas ahí hace mucho
tiempo. Usted sabe lo que es una hamaca, supongo. [2]
—Claro. Es una especie de cama de lona que se cuelga entre dos árboles.
—Eso también —dijo ella, sonriendo—. Pero es una palabra india que quiere decir bosque, bosque de árboles. Aquí, en este campo, generalmente son robles. Así que, por lo que me dijo antes por teléfono, es posible que deba hacerme cargo de cualquier tontería en la que Jack se haya metido,
¿no?
—Bueno, todavía no estoy seguro de eso. Esta mañana pregunté en Legalizaciones y no parece haber testamento…
—No creo que lo haya.
—Y también hice algunas llamadas en la ciudad. Calusa no tiene una comunidad tan grande, y ninguno de los abogados con los que me puse en contacto redactó un testamento para su hijo. Por supuesto, no hablé con todos ellos…
—¿Quién le puso los ojos morados?
—Su hija me hizo la misma pregunta.
—¿Qué le contestó?
—Le dije que fueron unos amigos.
Sonrió. Noté que, a diferencia de su hija, su labio superior estaba perpetuamente entreabierto, de manera que siempre mostraba una pequeña porción de dientes blancos.
Y, cuando sonreía, sólo ampliaba esa pequeña parte radiante y mágicamente.
—¿De qué color son sus ojos? —pregunté.
—¿Es una pregunta con truco?
—Tengo curiosidad. Parecen grises, pero el gris es para las novelas.
—No son grises. No, por Dios. No conozco a nadie que tenga ojos grises, ¿y usted? Son azul pálido, supongo. Un azul descolorido. En realidad, un azul lavado. ¿Existe algo así como un azul arratonado?
Siempre odié el color de mis ojos. Me hacen parecer anémica. ¿De qué color le dijo Sunny que eran sus ojos?
—No le pregunté.
—Son iguales a los míos, así que supongo que también son azules. Los de Jack eran marrones. Bueno, usted le conoció, así que ya lo sabe.
—De todas maneras…
—De todas maneras…
—… volviendo al asunto del testamento…
—Creo que podemos asumir con bastante certeza que no había testamento, señor Hope.
En ese momento, pasábamos por una fila de… ¿bañeras?, colocadas en el pastizal a nuestra derecha, como una docena en total, separadas unos cinco o seis metros una de otra.
—No vaya a creer que venimos hasta aquí a tomar un baño, son para las vacas.
—¿Bañan a sus vacas?
—No, no. —Sonrió—. Les completamos la alimentación, especialmente durante el invierno, cuando están estresadas.
—¿Estresadas?
—Ahora tenemos buenos pastos, altos y abundantes. Pero en los meses del invierno, las vacas se lo pueden comer más rápido de lo que crece. Les da lo que llamamos «Fiebre de comida». No es una enfermedad, señor Hope, significa simplemente que tienen hambre. En esas bañeras echamos melaza. Un pequeño tractor cisterna viene a llenarlas una vez a la semana por lo menos, hay cientos de ellas repartidas por todo el rancho. Le compramos la melaza a U.S. Sugar, de Clewiston. Ahora mismo tienen encima un montón de agua, con toda esta lluvia. Rafe y el peón están muy ocupados achicándola.
—¿Dónde consigue las bañeras?
—Se las compramos a las compañías de demolición. ¿Ve aquel otro aparato? ¿Ahí, cerca de esas peladas negras pastando?
Miré hacia el pastizal. Había una docena de vacas negras con la cara blanca, o tal vez eran más. Estaban ahí, comiendo pasto, cerca de lo que parecía un gran cubo de basura con su tapa cilíndrica abierta.
—Esos son nuestros alimentadores minerales. Todas las semanas los llenamos con sal, calcio, fósforo, harina de huesos cocida al vapor, hierro…
todos esos productos. —Sonrió—. Las vacas se acercan por la sal, ingieren sus minerales mientras lamen la sal.
—¿Qué tipo de vacas son?
—¿Esta manada en particular? Un cruce de Hereford, Angus y Brahman. Aquí en Florida, criamos principalmente Braford y Brangus. Este es ganado híbrido. Cuando uno cruza una vaca Brahman con un toro Hereford, obtiene el Braford. El Brangus es cruce de Brahman y Angus, de pelo corto y piel floja, así pueden sobrevivir al calor. Pero se ven de todas clases por ahí. Tiene las rojas, que son las Santa Gertrudis, tres octavos Brahman y cinco octavos Shorthorn; tiene las moteadas, las manchadas, las amarillas y las tornasoladas. Las criamos todas, o lo intentamos; un puro arco iris de vacas. Muy bien, ahora hágame un favor. —Frenó el jeep justo al lado de un portón de aluminio—. No está cerrado con llave, lo único que tiene que hacer es desenganchar la cadena.
Me bajé del jeep y fui hacia el portón tratando de evitar los charcos llenos de barro. Era un pestillo simple que sostenía la cadena. Lo tiré para atrás, solté la cadena y abrí la puerta de par en par. La señora McKinney pasó con el jeep; yo cerré el portón y sujeté la cadena de nuevo. Mis zapatos quedaron cubiertos de barro. Subí al jeep y cerré la puerta.
—Este camino en el que entramos ahora está mejor. Esos cables de arriba son de Luz y Fuerza de Florida. Yo les alquilo el derecho de paso y ellos se ocupan del mantenimiento del camino. Buzzard’s Roost estará como a un kilómetro al este de aquí.
Habíamos llegado a otro pastizal. Había vacas marrones, cincuenta o más, todas ellas paciendo muy contentas. Sobre sus lomos había unos graciosos pájaros blancos.
—Esas son las rojas, Santa Gertrudis, la primera raza verdaderamente norteamericana. Desarrollada en el King Ranch.
—¿Qué son esas cositas amarillas que tienen en las orejas?
—Matamoscas. Como esas tiras que uno cuelga en la cocina, sólo que éstas son más pequeñas. Espantan las moscas de los cuernos. Las moscas chupan sangre, ponen nerviosas a las vacas, provocan verdaderas molestias.
Los matamoscas funcionan bastante bien.
—¿Y los pájaros blancos?
—Son garcetas. Se comen los insectos que las vacas perturban con sus gases, y se instalan sobre el lomo para tener una mejor vista del terreno. A las vacas no les molesta en… ¡Oh, mírelos!
Frenó el jeep y tomó el rifle que estaba entre nosotros. Alcé la mirada al cielo, siguiendo la suya. Más de una docena de grandes pájaros volaban en círculos en el aire. Uno de ellos se abalanzó a tierra un segundo antes de que la señora McKinney se llevara el rifle al hombro. Se oyó un chasquido agudo. El buitre —supuse que era un buitre— se vino abajo, y los otros pájaros salieron volando inmediatamente, agitando las alas, subiendo más alto.
—Ahí está la vaca muerta, sin duda. —Colocó el rifle otra vez entre nosotros—. No le diga a nadie que disparé a ese buitre, es ilegal. Se parecen demasiado a las águilas y ya se han cometido muchos errores. Se protege a las águilas, ya sabe, es una especie en extinción. Vamos a tener que llevarnos ese cuerpo, no quiero que vuelvan en busca de más terneros.
—¿Las vacas paren aquí mismo, en el pastizal?
—Oh, claro. Sin ayuda, no es como los caballos de carrera. Perdemos algunas cuando paren, pero no muchas. Son bastante buenas en eso. —
Volvió a sonreír—. ¿Piensa entrar en el negocio del ganado, señor Hope?
—¿Me lo dice por todas mis preguntas?
—Sí.
—Para mí es otro mundo, perdóneme. ¿Soy demasiado curioso?
—En absoluto. Pero si piensa invertir le irá mejor en el mercado financiero. Mi hijo estaba metiéndose en bienes raíces, ¿no es cierto? —
preguntó, cambiando de tema bruscamente. O quizá la palabra «inversión»
había producido la asociación.
—Sí. Dígame, primero, ¿de verdad tenía veinte años? Me enseñó su permiso de conducir, pero…
—Sí, veinte escasos. Y yo tengo cincuenta y siete. ¿Ésa iba a ser su siguiente pregunta?
Parpadeé.
—Una persona mayor —apostilló sonriendo.
—Difícilmente…
—A veces, me siento como si tuviera ciento cincuenta y siete.
—Parece mucho más joven.
—¿Qué ciento cincuenta y siete?
—Menor que… la edad que dijo que tenía, y que ya he olvidado.
—Se lo agradezco, señor. —Inclinó la cabeza con cortesía.
—En cualquier caso…
—En cualquier caso.
—… Si su hijo tenía veinte años, entonces el contrato que firmó le comprometía legalmente. Y lamento decirle que compromete legalmente también la sucesión correspondiente. Entiendo que usted es viuda…
—Sí. Mi marido murió hace dos años.
—Lo siento.
—Estuvo muy enfermo durante mucho tiempo. Cáncer —explicó llanamente—. Usted me dijo por teléfono que Jack había comprado un trozo de tierra, que estaba en el proceso de comprar esa tierra…
—Sí, una granja. No muy lejos de aquí, en realidad. Un poco más al este, camino de Ananburg.
—Una granja.
—Sí.
—¿Qué diantres querría hacer con una granja?
—Es una granja de alubias.
—Mi hijo, cultivando alubias.
—Aparentemente, él…
—Aparentemente, era un idiota. ¿Cuánto iba a costarle esa granja?
—Cuarenta mil dólares.
—¡Qué!
—Así es.
—¿Y de dónde pensaba…? ¿Cuarenta mil, dijo?
—Sí.
—No. Es imposible. —Sacudió la cabeza—. ¿Está seguro de la cifra?
—Yo mismo redacté el contrato, señora McKinney. Ese era el precio de compra. Cuarenta mil dólares.
—No me lo puedo ni imaginar.
—Dejó un depósito de cuatro mil.
—¿Él le dio cuatro mil dólares?
—Sí, para que el banco los tuviera en depósito en concepto de señal.
Hasta la firma de la escritura.
—Así que el cheque no era bueno. Me consta que Jack…
—No era un cheque. Era en efectivo.
—¡Efectivo! —Abrió mucho los ojos otra vez. La verdad es que parecían grises, no importa el color que ella dijera tener—. ¿Cómo habrá podido Jack…? Todo esto es increíble. ¿Dónde habrá…? —Otra vez sacudía su cabeza—. Jack, simplemente, no tenía esa clase de dinero.
—Alquilaba un piso en Stone Crab. Y, por lo que sé…
—Yo pagaba ese piso, señor Hope. Mamá McKinney. Mi hijo Jack terminó por los pelos en el instituto con un aprobadillo. Aunque hubiera habido alguna universidad en Estados Unidos tan loca como para aceptarle de alumno, él tampoco habría ido. Le eché a patadas de este rancho porque no podía aprender ni siquiera a marcar un ternero, y no hablemos de montar un caballo. Lo que le gustaba era el tenis. Mi hijo Jack, gran jugador de tenis. Podía sacarle a uno de sus casillas, mi Jack. —Suspiró profundamente
—. Me imaginé que sería mejor sacármelo de encima y mandarle a alguna parte en Stone Crab. Pagaba el piso, le daba algo de dinero para gastos todos los meses… —Sacudió la cabeza otra vez—. Pero, ¿cuatro mil dólares? ¿En efectivo? Imposible. No.
—Es lo que me dio, señora McKinney. Todavía está en depósito en el Tricity Bank de Calusa. Si usted quiere, puedo enseñarle…
—Le creo. —Se quedó en silencio por unos instantes—. ¿Dónde pensaba conseguir el resto? ¿Pensaba venir a mamá?
—Aparentemente, no había problemas por ese lado. Dijo que tendría los treinta y seis mil restantes para la firma de la escritura.
—Señor Hope, me tiene completamente apabullada, ¿se da cuenta de eso? ¿Me está diciendo que algún banco estaba dispuesto a darle a un
tenista gandul un préstamo de treinta y seis…?
—Él ya tenía el dinero en su poder, señora. Me dijo que lo tenía en efectivo.
—¿En efectivo? Y, por favor, no me trate de «señora», me va a hacer sentir realmente como una vieja. ¿Qué edad tiene usted, de todos modos?
—Treinta y ocho.
—Un joven mequetrefe. —Volvía a sonreír—. Se lía a guantazos y todo,
¿no es verdad? Apuesto a que también tiene las rodillas lastimadas. ¿Quién le dio esa paliza, señor Hope?
—Dos vaqueros en un bar.
—Los vaqueros saben —e hizo girar los ojos como antes había hecho su hija.
—Entonces…
—Entonces —repitió ella.
—El señor Burrill…
—¿Quién es el señor Burrill?
—El vendedor. El hombre que se comprometió a vender quince acres de tierra de cultivo, junto con todas las construcciones, mejoras, maquinaria…
—Al heredero de Jack, tal como resultó.
—Eso me temo.
—Por cuarenta mil dólares.
—Sí.
—De los cuales, aún se deben treinta y seis.
—Para la firma de la escritura.
—No tengo ni idea de que Jack haya dejado fortuna alguna. Tendré que hablar de esto con mi abogado.
—Por supuesto. Podría mencionarle que el abogado del señor Burrill señaló que iniciaría juicio si los herederos se negaran a cumplir con la obligación contractual de su hijo.
—¿Juicio contra quién? ¿Contra mí?
—No. Contra la sucesión. De ninguna manera se la puede hacer personalmente responsable a usted, en virtud de estar emparentada con su hijo. Se me ocurre que usted será la representante personal de la sucesión, pero es mejor que le pregunte a su abogado eso también.
—¿Cuánto tiempo tenemos para esto?
—Íbamos a cerrar el negocio a principios del mes que viene. En cuanto estuviera lista la investigación del título y otras…
—¿Por qué me habrá metido Jack en este estúpido embrollo?
—Quería ser agricultor.
—¡Eso es como querer criar ovejas!
—Bueno, háblelo con su abogado. Por favor, comprenda, señora McKinney, no me he puesto en el lugar del adversario. En esta transacción, yo representaba a su hijo, no al señor Burrill.
—Por supuesto. En cuanto volvamos a la casa llamaré a Erik. Esos son nuestros corrales, ahí a la izquierda. ¿Le gustaría echar un vistazo?
Detuvo el jeep ante una cerca de madera que encerraba un laberinto de estrechos pasajes de barro removido encerrados a su vez de manera similar, un sistema de cercas dentro de otras cercas.
—Aquí es donde trabajamos con las vacas. Esta es una época tranquila del año, la mayor parte de nuestra actividad se desarrolla en primavera y en otoño. En agosto, lo que más hacemos es reparar las cercas entre los pastizales, talar los cardos, quemar la maleza, ese tipo de cosas. También trabajamos un poco con el ganado, pruebas de preñez, pruebas de semen, etcétera, pero sólo sobre la base de lo que haga falta. En agosto, nos ocupamos principalmente del mantenimiento hasta octubre o noviembre.
—¿Hay uno de estos corrales en cada uno de los pastizales?
—No, éste sirve para todo el rancho. Arreamos las vacas hasta aquí y, la noche anterior, las ponemos en lo que llamamos una grieta (es un pastizal pequeño, no una grieta en una roca) y, a la mañana siguiente, las acorralamos. Trabajamos así con toda una manada a la vez.
—Cuando dice trabajar…
—Bueno, a menos que tenga todo el día, realmente es bastante complicado de explicar.
Tuve la impresión de que me habían desanimado amablemente a hacer más preguntas. Se produjo un breve e incómodo silencio.
—Este aparato es el cepo. Sostiene a la vaca mientras la estamos trabajando.
Lo que tenía delante parecía ser un instrumento de tortura, con los laterales metálicos inclinados, hechos con barras de acero de diez centímetros de espesor, y una bandeja curva de metal que parecía verdaderamente el cabezal de una guillotina. Por encima del aparato había una hilera de palancas, cada una con una manija de plástico negro.
—Entran aquí en manada. —Se estiró para alcanzar una de las palancas
—. No soy muy buena para manejar esto. Generalmente, lo manejan los vaqueros. —Tiró de una de las palancas hacia abajo. Los laterales extendidos del aparato comenzaron a cerrarse—. Esto agarra a la vaca y la sostiene firmemente. Ni una docena de hombres podrían, de ninguna manera, sujetar una vaca de trescientos cincuenta kilos mientras uno le administra una vacuna o comprueba si está preñada. Esta —alcanzó otra palanca— sube o baja la cabeza… creo. —Accionó la palanca negra y el cabezal de la guillotina que estaba en la parte delantera comenzó a subir—.
Sí, ésta es. Una maquinita muy práctica. El que la inventó probablemente gana más dinero que los criadores de ganado del mundo entero todos juntos.
¿Volvemos a la casa, señor Hope? Voy a hacer esa llamada a Erik, quiero preguntarle cómo piensa él que deberíamos proceder. Erik Larsen, ¿le conoce? Del bufete jurídico de Petersen, Larsen y Rasmussen… todos de origen danés, parecería.
—Conozco el despacho. No le conozco a él personalmente.
—Un hombre agradable, y un buen abogado. Se diría que voy a necesitar uno si ese agricultor piensa demandar, ¿no?
Subimos otra vez al jeep. Dio marcha atrás alejándose de la cerca, giró y se metió por otro camino lateral lleno de barro. De pronto me di cuenta de que estábamos haciendo un gran círculo en torno de la hacienda. A ambos lados del camino, corrían zanjas de drenaje. Un cocodrilo pequeño que estaba tomando el sol sobre un banco cubierto de césped giró la cola y se arrojó a la zanja.
—Los cocodrilos atacan de vez en cuando a los terneros jóvenes pero, en su mayoría, son inofensivos. Es por los buitres por lo que hay que preocuparse, son los principales predadores. A menos que se considere un predador a la enfermedad. De eso hay mucho.
—¿Hay mucho? —pregunté cautelosamente; recordaba su tajante respuesta a mi pregunta anterior y temía que me dijera que esto también era
«complicado».
Era complicado.
En primavera y otoño, cuando trabajaban las vacas —yo seguía sin saber qué significaba que las «trabajaran»— las vacunaban contra la aftosa, la garrapata y el edema maligno, vacunas que se les administraba en dosis triples subcutáneas. Una vacuna imprescindible para las vaquillas que esperaban engordar era contra la brucelosis o mal de Bang.
—No sé quién era Bang —comentó la señora McKinney—.
Probablemente un veterinario que no sabía cómo se escribe brucelosis.
Esta enfermedad provocaba la infertilidad y, como el negocio de una
«criadora» (como se llamaba a sí misma) era la cría de ganado, el mal de Bang era una amenaza terrible. Otro problema muy grave era el cáncer de ojo, especialmente en las Herefords a las que, al tener la cara blanca, el sol les quemaba demasiado alrededor de los ojos. Esto se trataba con nitrato de plata, me explicó, pero, aun así, la vaca podía llegar a perder el ojo.
—Las Angus no tienen ese problema. El negro es hermoso.
Vacunaban a las vacas contra la leptospirosis, que puede provocar abortos o prolapso.
—Eso es cuando todo sale colgando por la parte de atrás, y uno pierde el ternero nonato.
La leptospirosis era altamente contagiosa, lo mismo que la diarrea.
—También están la mastitis, que es una infección de las ubres, y los cólicos, que se quitan con aceite mineral administrado en forma oral con una manguera de jardín. Conozco un ranchero del oeste que perdió el noventa por ciento de su cría porque las vacas estaban comiendo agujas de pino que las hacían abortar. También provoca abortos el heno mohoso.
Todavía no hemos tenido de eso, gracias a Dios; cuando nuestro ganado está estresado, se va adonde están los palmitos. Los rancheros del oeste también tienen que preocuparse por algunas hierbas venenosas como el larkspur y el senecio; son florecidas azules y amarillas, preciosas pero letales. También está el astrágalo, que no es letal, por supuesto, pero hace que las vacas enloquezcan: le pasan a uno por encima, atraviesan las cercas,
tiran abajo los postes… ¿Quién lo necesita? La cría de ganado no es un negocio sencillo. ¿Cree usted que el cultivo de alubias es más fácil?
En su mente seguía rondando el tema de la granja, noté, y lo que ella consideraba una inversión tonta por parte de su hijo. Vimos, al pasar, un par de ciervos parados a unos quince metros de la cerca del pastizal a nuestra izquierda. Por un momento, miraron el jeep con sorpresa; luego, se volvieron y se marcharon con graciosos pasos largos. Desenganché la cadena de otro portón y nos metimos en otro pastizal con su correspondiente camino embarrado. Pasamos por una plantación de naranjos.
—Tengo doscientos acres de cítricos. Los cítricos son lo más molesto de todo.
Pasamos un cerdo salvaje negro y enorme hurgando con el hocico en un bosquecito que, según me dijo, se llamaba «Hamaca Feliz», por motivos que le era imposible desentrañar. Y, por fin, pasamos por la casita entablillada donde vivía su capataz, el remolque de su peón y el establo —
ahora había un caballo marrón pastoreando afuera— y los dos tanques de gasolina oxidados. Aparcó el jeep bajo un viejo roble de gran tamaño, subimos juntos los escalones y entramos en la casa principal. Había puesto muy bajo el aire acondicionado. La temperatura interior era virtualmente subártica.
—Ah, fresco y agradable. Iré a llamar a Erik desde el despacho, no me llevará ni un minuto. ¿Quiere tomar algo? ¿Algo un poco más fuerte que té?
—preguntó.
—No, gracias.
—Bueno, póngase cómodo.
Abrió una puerta y, al otro lado, pude ver la esquina de un escritorio atestado de cosas. La puerta se cerró. Desde algún lugar del piso de arriba de la casa, se oía un tocadiscos atronando con la melodía de un rock and roll. Sunny, pensé. Me senté en uno de los sillones de mimbre del rincón poblado de helechos donde un rato antes Sunny y yo habíamos tenido nuestra breve conversación, y me pregunté por qué me resultaba más fácil hablar con la madre, quien —por cálculos estrictamente aritméticos—
estaba mucho más lejos de mí en cuanto a edad que su hija.
Aún me costaba creer que alguien de su edad pudiera estar tan —bueno, no hay otra palabra para decirlo— bien conservada. Conozco hombres divorciados de mi edad que no soñarían con establecer una «cita» (palabra que desprecio) con nadie mayor de veinticinco años. Treinta y ocho es una edad peligrosa para un hombre. También para una mujer, me imagino, pero no me siento calificado para hablar en nombre del sexo opuesto. A los treinta y ocho, un hombre comienza a mirar por encima de su hombro para ver cuán cerca le sigue la sombra de los cuarenta. Cuarenta es una edad fatídica. Cuarenta significa que a uno más le vale crecer rápido si es que piensa crecer en general. Cuarenta significa hacer el inventario de dónde ha estado uno y adonde se dirige. A los treinta y ocho, faltan sólo dos años para los cuarenta (en mi caso, sólo dieciocho meses), y cuarenta implica problemas. A los cuarenta, uno puede quedarse calvo. Los dientes pueden comenzar a caer, si antes no los hizo volar de un guantazo un jugador de fútbol de Chicago. Uno puede lastimarse las rodillas. La espalda puede comenzar a tener problemas. Los cuarenta caen como una patada en el culo.
Mi socio Frank cumplió cuarenta en abril. Dijo que era fácil. Como caerse del Pier Eight, dijo. Yo no sabía dónde estaba el Pier Eight. Supuse que en algún lugar de la ciudad de New York.
Pero Verónica McKinney tenía cincuenta y siete años de edad.
¡Cincuenta y siete! Casi veinte años mayor que yo y se la veía en buen estado, elegante, saludable y vital. Verónica McKinney hacía creer a cualquiera que cumplir cuarenta sería ciertamente como comerse un dulce.
Verónica McKinney había encontrado la fuente de la juventud que Ponce de León vino a buscar aquí, bebió largamente de ella, y era la prueba viviente de que todos nosotros, los hombres que temblábamos de miedo al borde de la media edad, no teníamos nada que temer en absoluto. Verónica McKinney era una resplandeciente promesa de esperanza en el futuro, y ésa era razón suficiente para sentirse en su presencia cómodo y seguro y, en cierta forma, contenido.
La puerta de su despacho privado se abrió. Entró en el enorme salón y fue rápidamente hacia el rincón donde yo estaba sentado. Se movía como una adolescente llena de vida, no podía sobreponerme.
—¿Está seguro de que no quiere tomar nada?
—Tengo trabajo cuando vuelva a la oficina.
—Le ofrecería un chapuzón pero no tenemos piscina. ¿Usted tiene piscina, señor Hope?
—Tengo. Y, por favor, llámeme Matthew, ¿quiere?
—Oh, bueno. Odio las formalidades, parecen tan fuera de lugar en el campo… Entonces, usted me llamará Verónica.
—¿Es así como la llaman sus amigos?
—Algunos me llaman Ronnie, pero eso me parece más apropiado para alguien de la edad de mi hija. Verónica está bien, tal como es. Nunca me sentí del todo cómoda con ese nombre, debo admitirlo. Al principio de los años cuarenta, cuando era una adolescente, comencé a peinarme como Verónica Lake, ¿le dice algo ese nombre?
—Desde luego que sí.
—Gran estrella de cine. Solía llevar el pelo caído sobre un ojo, ahora no me acuerdo si era el derecho o el izquierdo; era muy sexy, en realidad. Le daba el aspecto de alguien que acaba de salir de la cama. Se lo mostraría, pero ahora tengo el pelo muy corto. Bueno, lo cierto es que comencé a imitarla. Era rubia, ¿se acuerda? Empecé a peinarme como ella y a hablar con esa voz ronca y profunda que tenía ella. Mis amigos debieron de pensar que me había vuelto loca. —Súbitamente, se echó a reír—. Pero era la única Verónica que conocía, y era un gran alivio poder identificarme con alguien.
La adolescencia es una época muy difícil, ¿no le parece? No puedo entender por qué mi hija se aferra a ella de forma tan tenaz.
No dije nada.
—En todo caso, usted no ha venido a escucharme parlotear sobre mis días lozanos.
—Me encanta escucharla.
—Bueno, me alegro —y sonrió—. Lo que hemos decidido, Erik y yo, es decirle a ese señor Burrill, lo más simplemente que sea posible, que mi hijo no ha dejado sucesión alguna, que nosotros sepamos, más que sus pertenencias personales y su automóvil.
—Sí, eso formaría parte de la sucesión.
—Bueno, el señor Burrill tiene derecho a eso, si insiste en el tema. El coche tiene tres años, es un Ford Mustang. Pero lo que Erik sugirió, y
también me gustaría escuchar su opinión sobre esto, Erik pensó que el señor Burrill podría estar dispuesto a olvidar todo el asunto si simplemente le cedemos los cuatro mil dólares que usted ya tiene en depósito. Erik opina que, si no hay sucesión, y en esencia no la hay, el señor Burrill no tiene posibilidades de hacerse con los otros treinta y seis mil. Erik me dijo que, aunque yo fuera multimillonaria, y puedo asegurarle que no lo soy, el señor Burrill no podría, de ninguna manera, proceder directamente contra mí.
—Es cierto.
—Puede iniciar juicio a la sucesión, naturalmente, pero, si no hay bienes significativos, ¿de qué serviría?
—Es un buen razonamiento.
—¿Cree usted que el señor Burrill querrá quedarse con su bendita granja y arreglarse con los cuatro mil dólares?
—No tengo ni idea. Pero estoy seguro de que, en cuanto su abogado le ponga al tanto de los hechos…
—Lo cual, incidentalmente, es otra cosa de la que hablamos Erik y yo.
Él se preguntaba… Como usted ya ha puesto tanto trabajo en este asunto, y como él realmente no conoce al señor Burrill ni a su abogado… ¿cree que podría usted?
—Que podría, ¿qué?
—Representarme en esto. Como si aún estuviera representando a Jack.
—Bueno… sí, con mucho gusto.
—Parece dudar. Si esto le trae dificultades…
—No, simplemente me preguntaba si habrá algún tipo de problema ético, pero no se me ocurre ninguno. Sí, estaré encantado de representarla.
—Muy bien. Está arreglado. No me gustan los cabos sueltos.
—Voy a llamar a Loomis…
—¿Loomis?
—El abogado del señor Burrill. Le preguntaré si su cliente consideraría el arreglo de los cuatro mil. De hecho, si pudiera llamarle desde aquí, tal vez pueda pasar a verle esta misma tarde.
—Puede usar el teléfono de mi despacho.
Entré a su despacho. Había un escritorio de gran tamaño lleno de papeles y números atrasados de una revista llamada El Ganadero de
Florida. Lo que, según había aprendido, era una vaca Hereford —marrón con la cara blanca— me miraba desde la portada del ejemplar de octubre.
De la pared que estaba detrás del escritorio colgaban enmarcadas unas placas de apreciación de la Asociación de Ganaderos, que parecían títulos de abogacía con su adornada escritura inglesa antigua, citando a Drew McKinney por este o aquel logro o servicio descollante. Llamé a Información y pedí el número de Harry Loomis en Ananburg. Marqué el número y esperé. Al otro lado de la habitación estaba colgada de la pared una pintura al óleo de un hombre de pelo negro y ojos marrones que, claramente, parecía una versión mayor de Jack McKinney; di por sentado que era el padre de Jack, el difunto Drew McKinney. Desde su retrato, sonreía con sus ojos oscuros crepitantes y el bigote negro cayendo sobre una sonrisa ladeada. Vestía con el mismo tipo de camisa con adornos de perlas que llevaban mis amigos los vaqueros Charlie y Jeff. Se parecía a Clark Gable. O, para modernizar la versión, se parecía al actor que era la actual pasión de mi hija, Tom Selleck.
—Abogado —dijo una enérgica voz femenina.
Le dije a la mujer quién era yo y le pedí hablar con el señor Loomis.
Cuando se puso al teléfono, le expliqué que estaba con la madre de Jack McKinney, y que me preguntaba si tendría un momentito para verme, ya que estaba tan cerca de Ananburg y todo eso. Me dijo que fuera a las tres.
Cuando volví a la sala, Verónica McKinney estaba en pie junto a la enorme chimenea. En su mano derecha sostenía un trago largo con una rodaja de lima flotando. Un joven estaba sentado en el sillón de mimbre con cojín verde que yo había ocupado antes. No hablaban. De hecho, Verónica estaba dándole la espalda.
—Este es Jackie Crowell —le señaló con la mano que sostenía la copa
—. El amigo de mi hija.
Me pareció que pronunció amigo de una manera especial, como si encontrara la palabra de mal gusto, y también al muchacho, por extensión.
—Jackie, éste es el señor Hope.
Crowell se levantó del sillón y vino hacia mí con la mano extendida.
Bloom le había descrito como un mamarracho lleno de granos pero, en realidad, era alto como yo y mucho más fornido, con hombros anchos,
cintura estrecha y abultados bíceps que sobresalían donde terminaba su camiseta. Hasta donde yo podía ver a la luz que entraba por los ventanales, su piel no tenía ni una sola mancha de acné. Más bien, tenía el aspecto del típico muchacho americano, muy saludable, muy limpio (incluso con un ligero olor a jabón), con el pelo y los ojos oscuros, y una afable sonrisa.
—Encantado de conocerle —me dijo.
Nos dimos la mano.
—Sunny va a bajar en un momento. —Verónica bruscamente se desinteresó de él—. ¿Pudo hablar con Loomis?
—Ahora voy a verle.
—Buena suerte.
Alzó la copa en un dudoso brindis. Tomó un sorbo rápido, colocó la copa sobre el estante de la chimenea y me acompañó hasta la puerta.
Cuando salía, oí la voz de Sunny que gritaba:
—¿Jackie? ¿Ya estás aquí?
Afuera hacía un calor abrasador. Al lado de mi Ghia había un Chevette blanco aparcado. Supuse que era de Crowell. Conduje por el largo camino lleno de baches sin cruzarme con ningún otro vehículo. El portón principal del rancho seguía abierto. Al doblar a la derecha en dirección a Ananburg, se me ocurrió que, en su conversación conmigo, Verónica McKinney no había mostrado en ningún momento la más leve pena por la muerte de su hijo.
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