La bastarda de Estambul
Capítulo 16
mirando hacia el lugar desde donde había hablado, listo para representar al segundo intérprete de su diálogo imaginario. Cogió las pasas que Zeliha había dejado y en un instante las dispuso mágicamente en el aire de modo que formaran un largo collar y varias pulseras. Se puso entonces el collar y las pulseras y sonrió. No era difícil saber a quién estaba imitando ahora. No era difícil reconocer el estilo de Asya.
Invadido por el encanto de su narcisista creatividad, don Amargo prosiguió:
-¿Y tú crees que le pediría ayuda a un yinni malo, tía?
Don Amargo se quitó el collar y las pulseras, volvió a la cama, tapó de nuevo a Zeliha con la sábana y replicó en un tono más denso:
-Tal vez, cariño. Esperemos que nunca te haga falta.
-¡Ya está bien! ¿Qué ha sido eso? – interrumpió furiosa la tía Banu, aunque conocía la respuesta.
-Eso… -don Amargo se inclinó y saludó como un humilde actor ante un atronador aplauso al final de su representación- ha sido un momento del pasado. Un pedazo de memoria.
Entonces se enderezó con veneno en los ojos y alzó la voz:
-¡Es un recordatorio de tus propias palabras, ama!
La tía Banu se llevó tal susto que todo su cuerpo se estremeció.
Había tal malevolencia en la mirada de aquella criatura que no supo explicarse por qué no la expulsaba de su vida de una vez por todas.
¿Cómo podía sentirse atraída así hacia él, como si compartieran un secreto impronunciable? La tía Banu jamás había tenido tanto miedo de su yinni.
Nunca había tenido tanto miedo de los actos que podría ser capaz de cometer ella misma.
16
Agua de rosas
Ahí va otro mal de ojo. ¿Habéis oído ese ruido siniestro? ¡Crack!
¡Ay, me ha resonado en el corazón! Eso era alguien echando el mal de ojo, alguien envidioso y malo. ¡Que Alá nos proteja a todos!
Esto exclamaba Petite-Ma el domingo por la mañana en la mesa del desayuno, en cuyo rincón hervía el samovar. Mientras Sultán Quinto
ronroneaba bajo la mesa esperando que le echaran otro trozo de queso feta, y el candidato expulsado esa semana de la versión turca de El
aprendiz aparecía en televisión en una entrevista exclusiva, anunciando lo que había salido mal y por qué no debería haber sido expulsado, un vaso de té se rompía en la mano de Asya, tan inesperadamente que la chica dio un respingo. Lo único que sabía es que lo había llenado como siempre hasta la mitad de té negro, lo había terminado de llenar hasta el borde de agua caliente y justo cuando estaba a punto de beber un sorbo, se oyó un chasquido. El vaso se resquebrajó de arriba abajo en zigzag, como una inquietante grieta que un violento terremoto abriera en la tierra. En un instante el té empezó a derramarse formando un charco marrón en el mantel de encaje.
-¿Te han echado un mal de ojo? – preguntó la tía Feride mirándola suspicaz.
-¿A mí? – Asya rió con amargura-. ¡Seguro! ¿Acaso no está toda la ciudad celosa de mi belleza?
-Hoy había un artículo en el periódico sobre una chica de dieciocho años que de pronto cayó de rodillas y se murió mientras cruzaba la calle. Yo creo que puede haber sido un mal de ojo -apuntó la tía Feride con cara de auténtico miedo.
-Gracias por los ánimos que me das -replicó Asya. Pero su sonrisa se convirtió enseguida en una expresión ceñuda al advertir que su tía loca miraba ahora fijamente el salero y el pimentero con forma de pareja de muñecos de nieve. Justo el día anterior Asya los había escondido en un armario con la esperanza de que nadie los encontrara al menos durante un mes. Y ahí estaban de nuevo en la mesa. La pareja de cerámica no solo era kitsch y de muy mala calidad (y lamentablemente duradera), sino que además los dos muñecos se parecían tanto que era difícil distinguir la pimienta y la sal.
-Ojalá Petite-Ma se sintiera mejor, así podría haber vertido plomo por ti – comentó la tía Banu, con la expresión más furiosa que Asya le había visto nunca. Aunque sin duda era quien más experiencia tenía con respecto a lo arcano y paranormal, la tía Banu no estaba autorizada a verter plomo, puesto que para eso tendría que haberla iniciado algún adepto, un derecho que le habían negado en su día.
Curiosamente, casi diez años atrás, cuando todavía se encontraba en las primeras fases del alzhéimer, Petite-Ma decidió que había llegado el momento de pasar el secreto del vertido de plomo al descendiente elegido. Y no eligió a la tía Banu, como todo el mundo esperaba, sino al gran paladín del agnosticismo: la tía Zeliha, una decisión que en aquel entonces causó una considerable agitación en la familia.
-¡Venga ya! – exclamó la tía Zeliha al enterarse de aquella decisión-.
Yo no puedo verter plomo. ¡Si ni siquiera soy creyente! Soy agnóstica.
-Yo no sé qué significa eso, pero estoy segura de que no es bueno -
replicó Petite-Ma-. Tienes el talento. Debes aprender el secreto.
-¿Por qué yo? – preguntó la tía Zeliha, haciendo un esfuerzo por considerar la posibilidad-. ¿Por qué no mi hermana mayor? A Banu le encantaría. Yo soy la última persona a la que deberías enseñar magia.
-Esto no tiene nada que ver con la magia. ¡El Corán nos prohíbe practicar la magia! – saltó Petite-Ma, algo indignada-. La persona apropiada eres tú, porque tienes decisión, valor y rabia.
-¿Rabia? Pero ¿para qué hace falta la rabia? Yo sería la candidata perfecta si se tratara de lanzar obscenidades a gente insoportable, pero dudo que se me dé nada bien ayudar a los demás -sonrió la tía Zeliha.
-No subestimes la bondad que hay en ti.
Entonces la tía Zeliha quiso poner fin al tema de una vez por todas.
-Yo no soy la persona apropiada para esto. Puede que sea una agnóstica confusa, pero por lo menos tengo las narices de serlo.
-¡Lávate la boca con jabón! – exclamó ceñuda la abuela Gülsüm, que había oído la discusión.
La tía Zeliha evitó por completo el asunto a partir de aquel día. La mitad de la familia era laicista acérrima, la otra mitad, musulmana practicante. Los dos bandos chocaban constantemente, aunque se las apañaban para convivir bajo el mismo techo, y lo paranormal, a pesar de las divisiones ideológicas, se consideraba algo tan normal en sus vidas como tomar pan y agua todos los días. En este marco general, la tía Zeliha, por su parte, había decidido rechazar ambos bandos por igual.
En consecuencia, después de tantos años, Petite-Ma seguía siendo la única vertedora de plomo en el domicilio Kazanc. Últimamente se
había visto obligada a dejar la práctica, pues un día se encontró con un cazo ardiente de plomo derretido con el que no sabía qué hacer.
-¿Para qué me dais un cazo ardiendo? – preguntó con visible pánico.
Le quitaron el cazo con cuidado y desde entonces jamás le habían vuelto a confiar la tarea. Pero ahora que había salido el tema de nuevo, todas las cabezas se volvieron hacia la anciana para ver si seguía la conversación.
Petite-Ma, que se sentía el centro de atención, alzó la cabeza y miró con curiosidad a su familia, sin dejar de masticar ruidosamente un trozo de sucuk. Se tragó el bocado, eructó y, justo cuando parecía empezar a sumirse en su propio mundo, las sorprendió a todas con la claridad de su memoria.
-Asya, cariño, yo verteré plomo por ti para alejar cualquier mal de ojo que te hayan podido echar.
-Gracias, Petite-Ma -sonrió Asya.
Cuando Asya era pequeña, Petite-Ma vertía plomo regularmente para protegerla del mal de ojo. Lo cierto es que al inicio de su vida mortal, Asya fue una niña enclenque que parecía necesitar un empujoncito. Por alguna razón tropezaba y se caía con frecuencia, siempre de narices y siempre cortándose el labio. Sospechando del mal de ojo en lugar de pensar en los pasos todavía inseguros de una niña pequeña, se la entregaban a Petite-Ma.
Al principio la ceremonia era un divertido y emocionante juego para Asya, de alguna manera gratificante, puesto que le halagaba ser objeto de todas las miradas. Recordaba cómo disfrutaba de pequeña con cada hazaña paranormal, cuando todavía era bastante joven para tener fe, no necesariamente en la magia, pero sí en la capacidad de su familia para dominar el destino. Disfrutaba con todos los detalles del ritual: se sentaba con las piernas cruzadas en la alfombra más bonita de la casa y extendían una manta sobre su cabeza; se sentía protegida dentro de aquella peculiar tienda de campaña, escuchando las oraciones que todas murmuraban, y por último, aquel siseo, casi como un chirrido, el sonido que hacía Petite-Ma al verter plomo derretido en un cazo lleno de agua mientras repetía:
-Elemterefi kem gözlere i. Göz edenin gözüne kzgn i.
El plomo se solidificaba rápidamente en formas siempre distintas.
Si había mal de ojo en las cercanías, se hacía un agujero en el plomo parecido a un ojo. Y hasta ahora Asya no recordaba ninguna ocasión en la que no se hubiera hecho.
Al final, aunque Asya había crecido viendo a la tía Banu leer posos de café y a Petite-Ma alejar el mal de ojo, había acabado por heredar el escéptico agnosticismo de su madre. Había decidido que todo se reducía a una cuestión de interpretación. Si buscabas unicornios púrpura, no tardarías en empezar a verlos por todas partes. De manera similar, si había alguna relación entre las «técnicas de adivinación» (fueran posos de café o plomo derretido) y el proceso de interpretación, esta no era más profunda que la que existe entre el desierto y la luna del desierto.
Aunque esta última necesita al primero como escenario de fondo, sin duda posee una existencia autónoma propia. La luna del desierto existe sin el desierto. De la misma manera, lo que el ojo humano veía en un trozo de plomo gris no podía reducirse a la forma que adquiriera. Si se miraba con el tiempo y la devoción suficientes, se podía ver un unicornio púrpura.
A pesar de su persistente incredulidad, ahora que Petite-Ma recordaba su rutina, Asya no pensaba protestar. Su afecto por Petite-Ma era demasiado profundo para rechazar su oferta.
-Muy bien -dijo, encogiéndose de hombros. También estaba segura de que la anciana olvidaría el asunto en cuestión de minutos-. Después del desayuno puedes verter plomo por mí, como en los viejos tiempos.
En ese momento se abrió la puerta del cuarto de baño y apareció Armanoush, con aspecto de no haber dormido nada y el desaliento pintado en sus hermosos ojos. Aquella era una Armanoush muy distinta, apenas en contacto con el mundo que la rodeaba y de alguna manera más vieja. Caminaba despacio y con cautela.
-Sentimos mucho la pérdida de tu abuela -dijo la tía Zeliha tras un breve silencio-. Lo sentimos de corazón.
-Gracias -contestó Armanoush, evitando sus miradas.
Armanoush se sentó entre Asya y la tía Banu. Asya le sirvió un té mientras la tía Banu le ponía en el plato huevos, queso y mermelada casera de albaricoque. También le dieron el octavo simit, puesto que no
habían perdido la costumbre de comprar ocho simit en la calle todos los domingos por la mañana.
Pero Armanoush miró la comida con indiferencia. Removió el té distraídamente unos segundos y luego se volvió hacia la tía Zeliha.
-¿Puedo ir contigo al aeropuerto a recoger a mi madre?
-Claro, vamos juntas -contestó ella, antes de traducir para el resto de la familia.
-Yo también voy -terció la abuela Gülsüm.
-Vale, mamá, vamos todas.
-Yo también voy -saltó de pronto Asya.
-No, señorita, tú te quedas aquí -replicó con firmeza su madre-. Tú te quedas a que te viertan el plomo.
Asya se la quedó mirando como diciendo: «¿A qué demonios viene eso?». ¿Por qué la dejaban fuera? Si había un poco de democracia y libertad de expresión en aquella casa, era siempre para los demás.
Cuando se trataba de asuntos que la concernían, el régimen doméstico se metamorfoseaba al instante en pura dictadura. Asya suspiró con una expresión rayana en la desesperación. Luego, sin saber por qué pero animada por el súbito impulso de echarse pimienta en la comida, cogió el pimentero de cerámica. Una fugaz incertidumbre asomó a su rostro al dejar la fea muñeca de nieve y coger el feo muñeco de nieve, y a continuación se echó demasiada sal en lo que quedaba de sus huevos revueltos.
Asya se mantuvo distante y reservada el resto del desayuno. Al cabo de un rato la tía Banu se levantó mirándola de reojo, y preguntó con la voz cargada de compasión:
-¿Por qué no nos vamos las dos de compras, cariño? Salimos después de desayunar y podemos volver en dos horas. ¡Lo pasaremos bien! Pero primero… -la tía Banu se animó a mitad de la frase-, ven a la cocina a ayudarme a preparar la ashura.
Asya asintió, cediendo. «¿Qué demonios? – se dijo-. ¿Qué demonios…?»
La cocina olía como un restaurante popular en un agitado fin de semana, pero el penetrante aroma de la canela se imponía a todos los demás. Asya cogió un cazo y se puso a repartir la ashura de una enorme cazuela en pequeños cuencos de cristal, un cazo y medio en
cada uno. Se preguntó por qué la tía Zeliha no quería llevarla al aeropuerto. Desde luego en el coche había sitio. Se le pasó por la cabeza que tal vez intentaba apartarla de los visitantes. Había advertido que a su madre no le entusiasmaba precisamente la idea de que Mustafa volviera después de veinte años.
-¿Puedo ayudarte?
Al volverse se encontró con Armanoush, que la miraba.
-Claro, ¿por qué no? Gracias. – Asya le dio un bol de almendras fileteadas-. ¿Quieres echar un poco en cada cuenco?
Durante diez minutos trabajaron, intercambiando breves y tristes comentarios sobre la abuela Shushan.
-Vine a Estambul porque pensé que si venía sola a la ciudad de mi abuela, entendería mejor mi herencia familiar y mi lugar en la vida.
Supongo que quería conocer a los turcos para entender mejor lo que significa ser armenia. Con este viaje intentaba conectar con el pasado de mi abuela. Le iba a decir que había buscado su casa… y ahora está muerta. – Armanoush se echó a llorar-. Ni siquiera he podido verla por última vez.
Asya le dio un abrazo, aunque algo torpe puesto que no estaba acostumbrada a mostrar amor o compasión.
-Lo siento mucho -dijo-. Antes de que te vayas podemos ir a buscar otros recuerdos del pasado de tu abuela. Podemos volver al sitio aquel y hablar con la gente, a ver si averiguamos algo.
Armanoush negó con la cabeza.
-Te lo agradezco, pero la verdad es que en cuanto esté aquí mi madre va a ser muy difícil ir solas a ningún sitio. Es sobreprotectora en extremo.
Guardaron silencio al oír unos pasos. Era la tía Banu, que venía a ver cómo les iba y se quedó un rato viéndolas decorar los postres.
-¿Conoce Armanoush la historia de la ashura? – preguntó sonriendo. No era tanto una pregunta como la introducción a un tema.
Y mientras las chicas seguían trabajando, abriendo granadas, espolvoreando canela y almendras fileteadas sobre las decenas de cuencos de ashura dispuestos sobre la encimera, la tía Banu comenzó:
-Pues resulta que una vez, en una tierra no muy lejana, corrían muy malos tiempos y los hombres se entregaban a las malas costumbres.
Después de observar su maldad durante un tiempo, Alá por fin envió un mensajero para que los corrigiera y les diera la oportunidad de arrepentirse. Era Noé. Pero cuando Noé abrió la boca para predicar la verdad, nadie le hizo caso y le interrumpieron con maldiciones. Le llamaron de todo: loco, lunático, errático…
Asya miró divertida a su tía, sabiendo cómo pincharla:
-Pero lo que más le destrozó fue la traición de su mujer, ¿verdad, tía? Que se unió a las filas de los paganos, ¿no es así?
-Pues sí, así es, ¡esa víbora! – replicó la tía Banu, indecisa entre narrar una historia religiosa como es debido o aderezarla con comentarios propios-. Noé intentó por todos los medios convencer a su mujer y a su pueblo durante ochocientos años… Y no me preguntéis por qué le llevó tanto tiempo, porque el tiempo es una gota de agua en el mar y una gota no se puede comparar con otra para ver cuál es mayor. En fin, el caso es que Noé se pasó ochocientos años predicando a su pueblo, intentando llevarlo por el camino recto. Hasta que un día Dios le mandó al ángel Gabriel. Y el ángel le dijo que hiciera un barco y llevara a una pareja de cada especie…
Asya, que traducía una historia que no necesitaba traducción, bajó un poco la voz, porque aquella era la parte que menos le gustaba.
-Al final en el arca de Noé había gente buena de todos los credos -
prosiguió la tía Banu-. Estaban David y Moisés, Salomón, Jesús y Mahoma, que la paz sea con él. Embarcaron y se pusieron a esperar.
»Pronto llegó el diluvio. Alá ordenó: "¡Oh, cielo! ¡Ha llegado la hora! Que se viertan tus aguas, no te contengas más. ¡Envíales tus aguas y tu ira!". Y luego ordenó a la tierra: "¡Oh, tierra! ¡Contén el agua, no la absorbas!". Y el agua subió tan deprisa que no sobrevivió nadie que no estuviera en el arca.
Ahora la voz de la traductora se alzó, porque aquella era la parte favorita de Asya. Le gustaba visualizar el diluvio, el agua barriendo pueblos y civilizaciones, así como todos los indeseables recuerdos del pasado.
-Navegaron y navegaron durante días, y todo era agua por todas partes. Pronto empezó a escasear la comida. No había bastante, de manera que Noé mandó: «Traed toda la que tengáis». Y eso hicieron, animales y hombres, insectos y aves, gentes de distintos credos, todos
llevaron lo poco que les quedaba. Cocinaron juntos los ingredientes y así prepararon un caldero enorme de ashura. – La tía Banu sonrió orgullosa mirando la cazuela en el fogón, como si fuera la misma que la de la leyenda -. Y esa es la historia de este postre.
Según la tía Banu, todos los eventos significativos de la historia del mundo habían sucedido el día de la ashura. Fue ese el día que Alá había aceptado el arrepentimiento de Adán, el día que la ballena liberó a Jonás, el día del encuentro entre Rumi y Shams, cuando Jesús ascendió a los cielos y cuando Moisés recibió los Diez Mandamientos.
-Pregúntale a Armanoush cuál es la fecha más importante para los armenios – pidió la tía Banu, pensando que había muchas posibilidades de que también fuera el mismo día.
En cuanto le tradujeron la pregunta, Armanoush contestó:
-El genocidio.
-No creo que eso entre en tus esquemas -sonrió Asya a su tía, sin traducir.
En ese momento apareció en la cocina la tía Zeliha armada con su bolso.
-Muy bien, los pasajeros para el aeropuerto. ¡Es hora de salir!
-Yo voy con vosotras. – Asya dejó el cazo en el mostrador.
-De eso ya hemos hablado -contestó la tía Zeliha sin inmutarse. No parecía ella misma. Su voz tenía un tono ronco que daba miedo, como si por su boca hablara otra persona-. Tú te quedas en casa, jovencita -
decretó la desconocida.
Lo que más molestó a Asya fue no poder leer la expresión de su madre. Debía de haber hecho algo mal que la había molestado, pero no tenía ni idea de qué podía ser, a menos que fuera, por supuesto, su propia existencia.
-¿Qué le he hecho esta vez?
Asya alzó las manos desesperada; la tía Zeliha y Armanoush ya se habían ido.
-Nada, cariño. La tía Zeliha te quiere mucho -murmuró la tía Banu-. Quédate conmigo y los yinn. Vamos a terminar de decorar la
ashura y luego saldremos de compras.
Pero a Asya no le apetecía ir de compras. Cogió con un suspiro un puñado de semillas de granada para terminar de decorar algunos boles.
Las esparció de manera uniforme, como si estuviera dejando un rastro para guiar a su casa al desventurado niño de algún cuento. Se le ocurrió que las semillas de granada podían haber sido en otra vida diminutos y preciosos rubíes.
-Tía -dijo, volviéndose hacia su tía mayor-. ¿Qué fue de aquel broche dorado que tenías? El de la granada, ¿te acuerdas? ¿Dónde está?
La tía Banu palideció mientras don Amargo, sentado en su hombro izquierdo, le susurraba al oído:
-¿Cuándo recordamos las cosas que recordamos? ¿Por qué preguntamos las cosas que preguntamos?
El diluvio de Noé, por terrible que fuera, comenzó suavemente, de manera imperceptible, con unas cuantas gotas de lluvia. Gotas esporádicas que presagiaban la catástrofe por venir, un mensaje que nadie advirtió. En el cielo se agolpaban nubarrones siniestros, tan grises y pesados como si estuvieran cargados de plomo derretido lleno de mal de ojo. El agujero de cada nube era un ojo celestial impasible que derramaría una lágrima por cada pecado cometido en la tierra.
Pero el día que la tía Zeliha fue violada no llovía. De hecho, no había ni una sola nube en el cielo azul. Recordaría el cielo de aquel infausto día durante años y años, no porque hubiera alzado la mirada para rezar o suplicar la ayuda de Alá, sino porque durante el forcejeo llegó un momento en que la cabeza le colgaba de la cama y, aunque no podía moverse bajo el peso de él, incapaz de seguir luchando, su mirada se clavó sin darse cuenta en el cielo, y vio un globo comercial que cruzaba flotando lentamente. El globo era naranja y negro, con un cartel de grandes letras: KODAK.
Zeliha se estremeció ante la idea de una cámara descomunal que sacase fotografías de todo lo que pasaba en la tierra en ese momento.
Una cámara Polaroid que sacase la instantánea de una violación dentro de una habitación de un konak de Estambul.
Estaba sola en su cuarto desde las últimas horas de la mañana, disfrutando de la soledad, que era un raro lujo en aquella casa. Cuando su padre vivía, no permitía que nadie cerrara las puertas de las habitaciones. La intimidad presuponía actividades sospechosas; todo tenía que ser visible, al descubierto. El único sitio que se podía cerrar
era el cuarto de baño, e incluso entonces si te demorabas mucho dentro alguien llamaba siempre a la puerta. Solo tras la muerte de su padre pudo Zeliha cerrar la puerta de su cuarto y estar consigo misma. Ni sus hermanas ni su madre reconocían su necesidad de aislarse del mundo.
De vez en cuando ella fantaseaba con lo fabuloso que sería marcharse y tener una casa propia.
Esa mañana las mujeres Kazanc habían ido a visitar la tumba de Levent Kazanc, pero Zeliha se excusó. No quería ir al cementerio con la familia al completo. Prefería ir sola, sentarse en la polvorienta tumba y hacerle a su padre varias preguntas que había dejado sin contestar en vida. ¿Por qué tenía que ser siempre tan duro y frío con sus propios hijos?, quería saber. Quería también preguntarle si tenía alguna idea de lo mucho que su fantasma aún los acechaba. A esas alturas algunas veces todavía no podían evitar bajar la voz durante el día, temerosos de incordiar a su padre con su presencia. A Levent Kazanc no le gustaba el ruido, y mucho menos el jaleo de los niños. De pequeños ya hablaban en susurros. Ser un niño Kazanc significaba antes que nada aprender el significado de «papá», no papá de padre, sino PAPA, acrónimo de
«posponer adrede el padecimiento actual». El principio de PAPA se aplicaba a cada momento de sus vidas. Si un niño se caía y se hacía una herida en una habitación cercana a la de su padre, por ejemplo, tenía que aguantar el grito, apretar la herida fuerte con la mano, bajar de puntillas a la cocina o el jardín, asegurarse de que estaba lejos para que no le oyeran y entonces, solo entonces, lanzar el grito de dolor. Tras ese gesto existía una atractiva pero jamás cumplida expectativa: si te portabas bien, padre no se enfadaría.
Todas las tardes, cuando su padre volvía del trabajo, los niños se reunían ante lamesa de la cena, esperando la inspección. Él jamás les preguntaba directamente si se habían portado bien durante el día, sino que los hacía formar, como un pequeño regimiento, y se quedaba mirándoles a la cara durante más o menos tiempo: Banu, más preocupada por sus hermanos que por sí misma, siempre la protectora hermana mayor; Cevriye, que se mordía los labios para no llorar; Feride, moviendo nerviosa los ojos; Mustafa, el único hijo, que esperaba escapar de aquel triste grupo, todavía pensando que era el favorito de su padre, y la más joven, Zeliha, con una sutil amargura
que crecía en su corazón. Todos esperaban a que padre terminara la sopa y luego les pidiera a uno, a dos o a tres… o a veces, si había suerte, a todos a la vez, que se sentaran a la mesa.
A Zeliha no le importaban las repetidas regañinas de su padre, ni siquiera sus habituales azotes, tanto como aquellas inspecciones antes de la cena. Le dolía tener que esperar allí junto a la mesa mientras la analizaban, como si cualquier fechoría que pudiera haber cometido durante el día estuviera escrita en su frente con una tinta invisible que solo su padre pudiera leer.
-¿Por qué no hacéis nunca nada bien? – preguntaba Levent Kazanc cada vez que leía una travesura en la frente de alguno de sus hijos y decidía castigarlos a todos.
Era casi imposible relacionar a este Levent Kazanc con el hombre en que se convertía una vez salía de la casa. Cualquiera que se encontrara con él fuera del konak le habría tomado por un icono de formalidad, consideración, coherencia y rectitud; la clase de hombre con el que las amigas de sus hijas soñaban con casarse algún día. En casa, sin embargo, su amabilidad estaba reservada a las visitas. Igual que se quitaba los zapatos al entrar y se ponía las zapatillas, el discreto burócrata se transformaba con la misma naturalidad en padre autoritario. Petite-Ma comentó una vez que era tan estricto con sus hijos porque de niño había sufrido el abandono de su madre.
A veces Zeliha no podía evitar pensar que había sido una suerte que su padre muriera tan joven, como todos los otros varones de su linaje.
Un hombre tan dominante como Levent Kazanc probablemente no habría disfrutado la vejez, y se habría convertido en una persona débil y enferma necesitada de la piedad de sus hijos.
Si iba a la tumba de su padre, Zeliha sabía que querría hablar con él, y si hablaba con él podría echarse a llorar, rompiéndose como un vaso de té con mal de ojo. Pero lasola idea de llorar delante de los demás le repugnaba. Últimamente se había prometido que jamás se convertiría en una de esas mujeres lloronas, y que cada vez que necesitara soltar lágrimas, lo haría a solas. Y por eso aquel día sin lluvia, veinte años antes, Zeliha había preferido quedarse en casa.
Había pasado la mayor parte del día tumbada en la cama, hojeando revistas y soñando despierta. Junto a la cama había una cuchilla con la
que se había afeitado las piernas y una loción de agua de rosas que se aplicó luego para suavizar la piel. Si su madre lo hubiera visto, habría puesto el grito en el cielo. Su madre estaba convencida de que las mujeres debían depilarse con cera todo el cuerpo, pero nunca afeitarse.
Afeitarse era solo para hombres. La cera, en cambio, era un ritual colectivo femenino. Dos veces al mes las mujeres Kazanc se reunían en el salón para hacerse la cera en las piernas. Primero derretían en el fogón un terrón de cera que arrojaba un olor dulce, como a caramelo.
Luego se sentaban en la alfombra y se aplicaban en las piernas la pegajosa sustancia, charlando entre ellas. Cuando la cera se endurecía, la arrancaban. A veces iban todas al hamam del barrio y se hacían allí la cera en la enorme losa de mármol bajo el vapor. Zeliha odiaba el
hamam, aquel espacio lleno de mujeres, igual que odiaba el ritual de la cera. Ella prefería afeitarse con cuchilla, un remedio rápido, sencillo y privado.
Ahora se sentó en la cama y se miró al espejo. Se puso más loción en la mano y mientras se la untaba lentamente en la piel, observaba su cuerpo con atención y admiración. Era sabedora de su belleza y no intentaba ocultarla. Su madre decía que las mujeres guapas tenían que ser el doble de modestas y cuidadosas con los hombres. Zeliha pensaba que aquello eran paparruchas de una mujer que jamás había sido hermosa.
Atravesó la habitación con paso lánguido y puso una cinta en el casete. Era música turca, una de sus cantantes favoritas, un transexual con una voz divina. Había comenzado su carrera como hombre, haciendo de héroe en películas melodramáticas, hasta que finalmente se operó para transformarse en mujer. Siempre llevaba vestidos extravagantes con relucientes accesorios y muchas joyas, y Zeliha haría lo mismo si tuviera tanto dinero. Le encantaban todos sus discos. Ya le tocaba sacar disco nuevo, pero recientemente los militares, que todavía controlaban el país aunque habían pasado ya tres años desde el golpe de Estado, habían prohibido su música. Zeliha tenía una teoría para explicar por qué a los generales no les gustaba la idea de que una cantante transexual anduviera por los escenarios.
-Es porque se sienten amenazados por su presencia. – Le guiñó un ojo a Pachá Tercero, que estaba acurrucado en la cama como un
pesado colchón de níveo pelo blanco, observándola a través de las rendijas que eran sus brillantes ojos verdes-. Tiene una voz tan divina y sus vestidos son tan ostentosos, que a los generales les da miedo que cuando salga en la televisión nadie los escuche a ellos, con sus voces roncas y sus uniformes color verde rana. ¿Te imaginas? ¿Qué hay peor que un golpe de Estado? ¡Un golpe de Estado que pase inadvertido!
En ese momento llamaron a la puerta.
-¿Estás hablando sola, tonta? – exclamó Mustafa, asomando la cabeza-. ¡Baja esa música espantosa!
Con sus ojos avellana relumbrando con el fulgor de la juventud y el pelo negro cargado de brillantina y peinado hacia atrás, podía haber sido guapo de no ser por el tic que había desarrollado Alá sabía cuándo. Tenía la costumbre de ladear la cabeza a la derecha al hablar, un movimiento brusco y mecánico que se intensificaba cuando estaba nervioso o se encontraba entre desconocidos. A veces esto se malinterpretaba como
timidez, pero Zeliha pensaba que no era más que una señal de pura inseguridad.
Se incorporó sobre un codo y se alzó de hombros.
-Yo puedo oír lo que quiera y como quiera.
En lugar de discutir con ella o marcharse con un portazo, como había hecho muchas otras veces, Mustafa se detuvo, como distraído por una idea.
-¿Por qué llevas esas minifaldas?
La pregunta fue tan inesperada que Zeliha se quedó perpleja, advirtiendo por primera vez el velo nublado de sus ojos. «Este año más que nunca -pensó- se ha empeñado en ser un gilipollas.» Y dijo esta última palabra en voz alta:
-¡Gilipollas!
Fingiendo no haberla oído, Mustafa escudriñó la habitación.
-¿Es esa mi cuchilla?
-Sí -admitió Zeliha-. La iba a devolver.
-¿Y qué haces con mi cuchilla?
-Eso no es asunto tuyo -contestó ella, aunque algo vacilante.
-¿Que no es asunto mío? – Mustafa arrugó más la frente-. Te metes sin permiso en mi cuarto, me robas la cuchilla, te afeitas las piernas
para poder enseñárselas a todos los hombres del barrio y luego me dices que no es asunto mío. Pues te voy a decir una cosa. ¡Estás totalmente equivocada! Sí es asunto mío cuidar de tu comportamiento.
A Zeliha le chispearon los ojos.
-¿Por qué no vas a entretenerte con algo? ¡Ve a hacerte una paja! –
saltó.
Mustafa se sonrojó y miró a su hermana con expresión envenenada.
Recientemente había quedado claro que tenía problemas con las mujeres. Aunque se había criado entre mujeres de todas las edades y estaba acostumbrado a ser el centro de su atención, su experiencia con el sexo opuesto era mucho menor que la de sus compañeros. A pesar de haber cumplido ya veinte años, Mustafa se sentía aún atrapado en ese peligroso umbral entre la infancia y la edad adulta. Ni podía volver a ser un niño ni empezar a ser un hombre. Lo único que sabía sobre el paso que debía dar era que le desconcertaba y lo único que sabía sobre el desconcierto era que no le gustaba. Aborrecía las ansias carnales de su cuerpo y al mismo tiempo le atraían. Antes lograba controlar sus impulsos, a diferencia de los niños de su clase, que se masturbaban constantemente. Entre los trece y los diecinueve años consiguió suprimir lo que él llamaba «eso»: consiguió no masturbarse. Pero el año anterior, tras suspender los exámenes de ingreso en la universidad, la culpa y el odio a sí mismo explotaron, y su ansia volvió con más fuerza que nunca, de nuevo en forma de ESO.
ESO le asaltaba en cualquier parte y cualquier momento del día. En el baño, en el sótano, en el retrete, bajo las sábanas, en el salón, y de vez en cuando, cuando se metía a hurtadillas en la habitación de su hermana pequeña sin que lo vieran, en su cama, en su silla, junto a su mesa… Como un patriarca caprichoso, ESO exigía obediencia absoluta. Pero por mucho que obedeciera, Mustafa no podía usar la mano derecha. La mano derecha estaba reservada para las cosas limpias, limpias y consagradas. Con la mano derecha tocaba el Corán, sostenía el rosario y abría las puertas. Con la mano derecha tomaba la mano de los ancianos para besarla. Pero igual que la mano derecha era una mano bendita, la izquierda estaba reservada a lo abominable. Solo se podía masturbar con la mano izquierda.
Una vez soñó que se masturbaba delante de su padre. Su padre, con rostro inexpresivo, se limitaba a observarle desde su lugar en la mesa del comedor.
La última vez que Mustafa vio a su padre mirarle de aquella manera tenía ocho años y le estaban circuncidando. Recordaba a aquel pobre niño tumbado en una enorme y llamativa cama de satén, con regalos por todas partes, esperando a que «se la cortaran», rodeado de parientes y vecinos, algunos charlando, otros comiendo o bailando, mientras que unos pocos se dedicaban a burlarse de él. Acudieron setenta personas para celebrar su iniciación a la madurez. Fue aquel día, justo después de la circuncisión, justo después de soltar un espantoso grito, cuando su padre se acercó a él, le dio un beso en la mejilla y le susurró al oído:
-¿Tú me has visto llorar alguna vez, hijo? – Mustafa negó con la cabeza. No, nadie había visto llorar a padre-. ¿Tú has visto alguna vez llorar a tu madre, hijo? – Mustafa asintió con vehemencia. Su madre lloraba todo el tiempo-. Bien. – Levent Kazanc esbozó una cariñosa sonrisa-. Pues ahora que eres un hombre, compórtate como un hombre.
Cuando se masturbaba no se atrevía a bajarse los pantalones del todo, no solo por miedo a que le sorprendiera alguien de la casa, sino porque le irritaba el fantasma de su padre todavía susurrándole al oído aquella frase una y otra vez. De pronto, en el pasado año, su cuerpo se había impuesto no solo a su voluntad, sino también a la mirada escrutadora de su padre. Como una enfermedad contagiosa, porque estaba seguro de que aquello tenía que ser una enfermedad, empezó a masturbarse a todas horas del día y de la noche. En sueños se veía sorprendido en el acto por sus padres. Se lanzaban contra la puerta, la abrían y le pillaban con las manos en la masa. Entre gritos y gemidos su madre le besaba y le daba palmaditas en la espalda mientras su padre le escupía y le daba una paliza. Donde su padre le hubiera dejado magulladuras, su madre le frotaba un poco de ashura, como si el postre fuera un tipo de ungüento. Despertaba siempre asqueado y temblando, con la frente perlada de sudor, y para calmarse se masturbaba.
Zeliha no sabía nada de esto cuando se burló de él.
-No tienes vergüenza -dijo Mustafa-. No sabes cómo hablar a tus mayores. No te importa que los hombres te silben por la calle. Te vistes
como una puta, ¿y esperas respeto?
Zeliha esbozó una sonrisa desdeñosa.
-¿Qué te pasa, te dan miedo las putas?
Mustafa se quedó mirándola.
Un mes antes había descubierto la calle más infame de Estambul.
Podía haber ido a otros sitios donde habría encontrado sexo menos barato, menos mezquino y menos abyecto, pero iba allí deliberadamente: cuanto más crudo y más feo, mejor. Lúgubres casas alineadas unas contra otras; los olores y las manchas y los chistes lascivos que soltaban los hombres, más por la necesidad de reírse que por estar de buen humor; prostitutas en todas las habitaciones de todos los pisos, prostitutas que jamás rechazaban tu dinero pero de todas formas te menospreciaban. Cuando volvía de allí se sentía sucio y débil.
-¿Me espías? – preguntó.
-¿Qué? – Zeliha soltó una carcajada, dándose cuenta de pronto de que acababa de hacer un descubrimiento sin querer-. Mira que eres tonto. Si te vas de putas es tu problema, a mí me da exactamente igual.
Ofendido, Mustafa tuvo el súbito impulso de golpearla. Tenía que comprender que no podía burlarse así de él.
Zeliha le miró con los ojos entornados, como intentando leerle el pensamiento.
-Lo que yo me ponga y como viva no es asunto tuyo. ¿Quién coño te crees que eres? Padre está muerto y no pienso permitir que ocupes su lugar sin más.
Curiosamente, en cuanto dijo esto recordó que había olvidado recoger su vestido de encaje de la tintorería. «Tengo que acordarme de recogerlo mañana.»
-Si padre estuviera vivo no hablarías así -replicó Mustafa. La mirada brumosa de hacía un momento había desaparecido y ahora sus ojos tenían una chispa de amargura-. Pero el hecho de que no esté no significa que no haya reglas en esta casa. Tienes responsabilidades para con tu familia. No puedes traer la vergüenza al buen nombre de esta casa.
-Ay, cállate. Cualquier vergüenza que yo pueda provocar no será nada comparada con las que tú ya has causado hasta hoy.
Mustafa se quedó desconcertado. ¿Habría descubierto también que jugaba, o sería otro farol? Había estado apostando en partidos deportivos, cada vez perdiendo más dinero. Si su padre estuviera vivo, le daría una paliza sin importarle su edad. El cinturón rojizo de piel con la hebilla de bronce. ¿Era cierto que aquel cinturón dolía más que el resto, o eran imaginaciones suyas? Tal vez se había obsesionado con aquel cinturón en particular y, cuando le pegaban con otros creía que los azotes no dolían tanto, incluso se sentía agradecido y afortunado.
Pero su padre ya no estaba y había que recordarle a cierta persona quién tenía ahora el mando.
-Ahora que papá está muerto -declaró Mustafa-, yo estoy a cargo de esta familia.
-¿Ah, sí? – rió Zeliha-. ¿Sabes cuál es tu problema? ¡Que eres un niño mimado! ¡Un precioso falo mimado! Fuera de mi cuarto.
Como en un sueño, Zeliha vio de reojo que él alzaba la mano para darle una bofetada. Todavía sin creerse que fuera a pegarle, se lo quedó mirando sorprendida y por fin logró esquivar el golpe en el último instante.
Pero eso solo sirvió para enfurecerlo más. El segundo intento le ardió en la mejilla. De manera que ella le devolvió la bofetada con la misma fuerza.
En un instante estaban forcejeando en la cama como niños, si bien cuando eran niños jamás se habían peleado así. Su padre no lo aprobaba. Por unos segundos Zeliha se sintió victoriosa; le había dado un buen golpe, o eso pensaba. Era una mujer alta y fuerte y no estaba acostumbrada a sentirse frágil. Como un luchador en el ring, alzó las manos unidas y saludó a su público invisible, encantada de su victoria:
-¡Te pillé!
Entonces Mustafa le torció el brazo tras la espalda y se le puso encima. Esta vez todo era distinto. Mustafa era distinto. Aplastándole el pecho con una mano, con la otra le subió la falda.
Lo primero que ella sintió fue vergüenza, y luego más vergüenza.
La sensación de vergüenza era tan fuerte que no le quedaba sitio para ninguna otra emoción. Se quedó al instante debilitada, casi petrificada de pura timidez, una vergüenza que ponía de manifiesto su educación,
la vergüenza de ver expuesta su ropa interior prevalecía sobre cualquier otra cosa.
Pero al cabo de un instante una oleada de pánico barrió la humillación. Intentó bloquearlo con una mano mientras con la otra se bajaba la falda, pero él no tardó en levantársela de nuevo. Zeliha luchó, él luchó, ella le abofeteó, él la abofeteó con más fuerza, ella le mordió, él le asestó un puñetazo en la cara, solo uno. Ella oyó a alguien gritar
«¡Basta!» a voz en cuello, un chillido inhumano, como un animal en el matadero. No reconoció su propia voz, como no reconoció su cuerpo cuando él la penetró. Era como un territorio desconocido.
Fue entonces cuando advirtió el globo de KODAK en el cielo azul.
Cerró los ojos, como un niño que juega a no ver para que no le vean. Ahora solo había sonidos, sonidos y olores. La respiración de él se hizo más fuerte, sus manos sobre los pechos y en torno a su cuello se tensaron. Zeliha temió que la estrangulara, pero los dedos pronto se aflojaron y el movimiento cesó. Mustafa se desplomó con un gemido herido, su pecho contra ella. Zeliha le oía el corazón acelerado. Lo que no oía era el suyo propio. Era como si le hubieran succionado la vida.
No abrió los ojos hasta que él se dejó caer, ahora blando dentro de ella. Al levantarse Mustafa apenas podía andar. Atravesó trastabillando la habitación y se apoyó contra la puerta entre resuellos.
Respiró hondo y captó una mezcla de olores: sudor y agua de rosas. Se quedó allí un instante, de espaldas a su hermana, antes de poder moverse de nuevo y salir corriendo de allí.
Nada más salir al pasillo oyó la puerta de casa. La familia había vuelto. Corrió al baño, echó el cerrojo y abrió el grifo de la ducha, pero en lugar de meterse en la bañera cayó de rodillas y vomitó.
-¡¡Hola!! ¿Dónde está todo el mundo? – se oyó la voz de Banu-.
¿Hay alguien en casa?
Zeliha se levantó y quiso alisarse la ropa. Todo había sucedido tan deprisa que tal vez pudiera convencerse de que no había pasado. Sin embargo, el rostro que vio en el espejo revelaba otra cosa. Tenía el ojo izquierdo hinchado con un semicírculo púrpura debajo. Lo primero que sintió al verse el ojo fue una punzada de culpa ante su habitual escepticismo. Siempre se había burlado cuando aparecía un ojo morado
en las malas películas de acción. Jamás había creído que el ojo humano pudiera hincharse y asumir ese color con un solo golpe.
Su cara sí, pero su cuerpo no parecía dañado, concluyó. Se tocó para ver si todavía tenía sensibilidad. ¿Por qué podía sentir el roce de sus dedos pero nada más? Si estuviera herida o triste, ¿no lo sabría su cuerpo? ¿No lo sabría ella?
Llamaron a la puerta y sin esperar respuesta Banu asomó la cabeza.
Iba a decir algo; en cambio, abrió y cerró la boca sin palabras, petrificada, mirando a su hermana.
-¿Qué te ha pasado en la cara? – preguntó ansiosa.
Zeliha sabía que si había un momento para revelar lo que había sucedido, era ese. O hablaba o callaba para siempre.
-No es nada grave -contestó despacio, el momento ya pasado y la decisión tomada-. Salí a dar un paseo y vi a un hombre que le estaba dando una paliza a su mujer en plena calle. Intenté salvarla a la pobre, pero al final recibí yo también.
La creyeron. No era nada descabellado. Era capaz de hacer algo así, era algo que solo le podía pasar a ella, si es que le tenía que pasar a alguien.
Cuando la violaron Zeliha tenía diecinueve años. Según las leyes turcas, era ya una adulta. A esa edad podía casarse, sacarse el carné de conducir o votar, una vez que los militares permitieran de nuevo elecciones libres. De la misma manera, también podía abortar.
Zeliha tuvo demasiadas veces el mismo sueño. Se veía caminando por la calle bajo una lluvia de piedras, adoquines que caían del cielo uno a uno y hacían un agujero en la tierra, cada vez más hondo. A ella le entraba el pánico, temerosa de hundirse, temerosa de que el voraz abismo la engullera sin dejar rastro. «¡Basta!», gritaba mientras las piedras seguían rodando bajo sus pies. «¡Basta!», ordenaba a los vehículos que se precipitaban hacia ella y la atropellaban. «¡Basta!», suplicaba a los transeúntes que la apartaban a empujones. «¡Basta, por favor!»
Al mes siguiente no le vino la regla. Unas semanas después fue a un laboratorio recién abierto cerca de su casa. «Por cada análisis de glucosa, un test de embarazo gratis», proclamaba el cartel de la