La bastarda de Estambul
niñas y dos niños. Una hija era fea y la otra...
entrada. Cuando llegaron los resultados, Zeliha tenía un nivel de azúcar normal y estaba embarazada.
Erase una vez o tal vez no fue.
En una tierra muy, muy lejana, una vieja pareja con cuatro hijos, dos
niñas y dos niños. Una hija era fea
y la otra hermosa. El hermano menor
decidió casarse con la guapa, pero ella no quería. La joven lavó su
ropa de
seda y fue al agua a enjuagarla. Enjuagaba y lloraba. Hacía frío.
Tenía las
manos y los pies helados. Cuando volvió a casa se encontró la puerta
cerrada
con llave. Llamó a la ventana de su madre y su madre contestó:
-Te dejaré entrar si me llamas suegra.
Llamó a la ventana de su padre y su padre contestó:
-Te dejaré entrar si me llamas suegro.
Llamó a la ventana de su hermano mayor y él contestó:
-Te dejaré entrar si me llamas cuñado.
Llamó a la ventana de su hermana y ella contestó:
-Te dejaré entrar si me llamas cuñada.
Llamó a la puerta de su hermano pequeño, y él la dejó entrar. La
abrazó
y la besó y ella dijo:
-¡Que se abra la tierra y me trague!
Y la tierra se abrió y ella escapó a un reino subterráneo. *
Asya, mirando por la ventana de la cocina con un cucharón en la mano, suspiró al ver salir el Alfa Romeo plateado.
-¿Lo ves? – le dijo a Sultán Quinto-. La tía Zeliha no quería que fuera al aeropuerto con ellas. Otra vez está siendo mala conmigo.
Qué estupidez mostrarse vulnerable la otra noche cuando habían salido todos de copas. Qué estupidez había sido pensar que atravesaría por fin la barrera que las separaba. Esa barrera no desaparecería jamás. Esa madre que se había hecho tía se mantendría siempre a una distancia inalcanzable. «Compasión maternal, amor filial, camaradería
familiar, desde luego que ella no necesitaba nada de esa… -Asya se interrumpió y escupió-: mierda.»
ARTÍCULO DOCE: NO INTENTES CAMBIAR A TU MADRE, O
PARA PRECISAR: NO INTENTES CAMBIAR TU RELACIÓN CON
TU MADRE PUESTO QUE ESO SOLO LLEVARÁ A LA
FRUSTRACIÓN. SENCILLAMENTE ACEPTA Y CONSIENTE.
VUELVE AL ARTÍCULO UNO.
-No estarás hablando sola, ¿verdad? – dijo la tía Feride, que acababa de entrar en la cocina.
-Pues la verdad es que sí. – Asya salió al instante de su ira-. Le estaba diciendo aquí a mi amigo el gato lo raro que es que la última vez que el tío Mustafa estuvo aquí, él ni siquiera había nacido y Pachá Tercero era el rey de la casa. Han pasado veinte años. ¿No es curioso?
El tío no viene a vernos nunca y ahora aquí estoy preparando su ashura
porque todavía es bien recibido.
-¿Y qué dice el gato?
Asya esbozó una sonrisa sardónica.
-Dice que tengo razón, que esta debe de ser una casa de locos. Que debería abandonar toda esperanza y dedicarme a mi manifiesto.
-Pues claro que tu tío es bien recibido. La familia es la familia, te guste o no. Nosotros no somos como los alemanes, que echan a sus hijos de casa de una patada
* Cuento popular indoeuropeo, tomado de «Un hermano quiere casarse con su hermana», Lithauische Volksmárchen, n.° 28.
cuando cumplen los catorce años. Nosotros tenemos fuertes valores familiares. No nos reunimos solo una vez al año para comer pavo…
–¿De qué estás hablando? – preguntó Asya, perpleja. Pero antes de terminar siquiera la pregunta se imaginó la respuesta-. Ah, ¿lo dices por el día de Acción de Gracias en América?
–Da igual. – La tía Feride desdeñó la cuestión-. Lo que quiero decir es que los occidentales no tienen lazos familiares fuertes, y que nosotros no somos así. Tu padre es tu padre para siempre, y tu hermano será tu hermano hasta el final de tus días. Además, el resto del mundo ya es bastante extraño
-prosiguió Feride-. Por eso me gusta leer la tercera página de la prensa
sensacionalista. Las recorto y las colecciono para que no nos olvidemos de lo demencial y peligroso que es el mundo.
Asya, que jamás había oído a su tía intentar racionalizar su comportamiento, no pudo evitar mirarla con renovado interés. Se sentaron en la cocina entre apetitosos aromas. El sol de marzo brillaba en la ventana.
Se quedaron allí juntas hasta que la tía Feride se marchó al oír a su presentador favorito anunciar el videoclip de un grupo nuevo. Asya se moría por un cigarrillo. Bueno, más que por el cigarrillo en sí, por fumárselo con el Dibujante Dipsómano, y le sorprendió darse cuenta de lo mucho que lo había echado de menos. Tenía al menos dos horas hasta que llegaran los invitados del aeropuerto. Además, aunque se presentara más tarde, ¿qué más les daría a ellos?, pensó.
Unos minutos después, Asya cerraba la puerta suavemente al salir.
La tía Banu oyó la puerta, pero antes de poder decir nada, Asya ya se había marchado.
–¿Qué tienes pensado hacer, ama? – graznó don Amargo.
–Nada -susurró la tía Banu, abriendo el cajón de una cómoda para sacar una caja. Bajo la tapa aterciopelada estaba el broche de la granada.
Al ser la primogénita de los Kazanc, la joya había sido un regalo de su padre, que a su vez lo había heredado de su madre, no de su madrastra, Petite-Ma, sino de la madre de la que nunca hablaba, la madre que lo había abandonado cuando era pequeño, la madre a la que jamás perdonó. El broche era sublime y a la vez desgarrador. No lo sabía nadie, pero la tía Banu ponía en agua con sal la granada de oro con las semillas de rubí para lavar su triste saga.
Bajo la atenta mirada de los yinn, lo acarició, fijándose en el brillo de los rubíes. Hasta conocer a Armanoush jamás se le había ocurrido investigar la historia del broche de la granada. Ahora que conocía su historia, sin embargo, no sabía qué hacer. Por tentada que estuviera de dárselo a Armanoush, porque estaba convencida de que le pertenecía a ella más que a nadie, vacilaba sin saber cómo explicarle la razón del regalo.
¿Podía decirle a Armanoush Tchajmajchian que aquel broche había pertenecido en su día a su abuela Shushan, sin contarle el resto de la historia? ¿Cuántos datos podía compartir con los protagonistas de las historias que había desvelado a través de la magia?
Cuarenta minutos después, en el otro extremo de la ciudad, Asya atravesaba la chirriante puerta de madera del Café Kundera.
–¡Eh, Asya! – exclamó encantado el Dibujante Dipsómano-. ¡Aquí!
¡Estoy aquí! – Le dio un abrazo y exclamó-: Tengo noticias, una buena, una mala y otra todavía sin clasificar. ¿Cuál quieres primero?
–Dame la mala.
–Voy a ir a la cárcel. Mis dibujos del primer ministro como pingüino no fueron bien recibidos, supongo. Me han condenado a ocho meses de prisión.
Asya se quedó mirándolo con un pasmo que pronto se convirtió en alarma.
–Chist, cariño -murmuró el Dibujante Dipsómano con voz sumisa, poniéndole un dedo en los labios-. ¿No quieres saber la buena noticia? –
Parecía resplandecer de orgullo-. He decidido que tengo que hacer caso a mi corazón y divorciarme.
Cuando la sombra de perplejidad que le oscurecía el rostro se desvaneció, a Asya por fin se le ocurrió preguntar:
–¿Y la noticia sin clasificar?
–Hoy es mi cuarto día sin beber. ¡Ni una gota! ¿Y sabes por qué?
–Supongo que porque has vuelto a Alcohólicos Anónimos.
–¡No! – replicó el Dibujante Dipsómano como herido en sus sentimientos-. Porque hoy era el cuarto día desde la última vez que te vi y quería estar sobrio cuando nos volviéramos a encontrar. Tú eres mi único incentivo en esta vida para convertirme en mejor persona. – Ahora se sonrojó-. ¡El amor! – declaró-. Estoy enamorado de ti, Asya.
Los ojos castaños de Asya se fijaron en un cuadro de la pared, la fotografía de una carretera marcada con profundos surcos, del Trofeo Camel de 1977 en Mongolia. Estaría muy bien meterse ahora en esa foto, pensó, estar atravesando el desierto del Gobi con un jeep, unas botas pesadas y sucias en los pies, unas gafas de sol en los ojos, sudando sus problemas por el camino, hasta hacerse tan ligera como si no fuera nadie, tan ligera como una hoja seca al viento, y flotar así hasta un monasterio budista en Mongolia.
-No te preocupes -el granado sonrió y se sacudió la nieve de las ramas
-. La historia que te voy a contar tiene un final feliz.
Hovhannes Stamboulian frunció los labios, su mente trabajaba febrilmente, y el torbellino de la escritura se lo tragó. Con cada nueva línea de este último cuento de su libro infantil, volvían a él numerosas antiguas lecciones, algunas desalentadoras, otras alegres, pero todas resonaban igual desde otro tiempo, un tiempo sin principio ni final. Los cuentos de niños eran las historias más viejas del mundo, donde los fantasmas de las generaciones desaparecidas hablaban a través de la palabra escrita. La necesidad de terminar el libro era tan instintiva, tan fascinante que resultaba irreprimible. El mundo había sido un lugar sombrío desde que empezó a escribirlo, y ahora tenía que terminarlo sin más, como si de él dependiera que el mundo dejara de ser tan desgarrador.
-Muy bien -contestó la paloma-. Pues cuéntame la historia de la paloma perdida. Pero te lo advierto: como oiga algo triste, echo a volar y me marcho.
Cuando los soldados se llevaron a Hovhannes Stamboulian, su familia no tuvo ánimos para entrar en su estudio durante días. Habían entrado y salido de todas las habitaciones menos aquella, y mantenían la puerta cerrada como si todavía estuviera él dentro escribiendo día y noche. Pero el desaliento que permeaba toda la casa era ya demasiado intenso, demasiado palpable para fingir que la vida podía volver a la normalidad. Pronto Armanoush decidió que estarían todos mejor en Sivas, donde podían quedarse con sus parientes una temporada. Hasta que no tomó esa decisión, no entraron en el estudio de Hovhannes Stamboulian y encontraron su manuscrito, La paloma perdida y el país maravilloso, todavía sin terminar.
Entre las páginas hallaron también el broche de la granada.
Shushan Stamboulian vio la joya por primera vez allí, en la mesa de nogal que había pertenecido a su padre. Todos los demás detalles de aquel siniestro día se desvanecieron, pero no el broche. Tal vez fue el destello de los rubíes lo que la hipnotizó, o quizá, al ver cómo el mundo se desmoronaba a su alrededor en un solo día, aquello fue lo único que pudo recordar. Fuera cual fuese la razón, Shushan jamás olvidó aquella granada de oro y rubíes. Ni cuando cayó medio muerta en la carretera de Alepo y se quedó atrás, ni cuando la encontraron la madre y la hija turcas y la metieron en su casa para curarla, ni cuando la llevaron los bandidos al orfanato, ni cuando dejó de ser Shushan Stamboulian para convertirse en Shermin seiscientos veintiséis, ni cuando años más tarde Rza Selim Kazanc dio con
ella por casualidad en el orfanato y, al descubrir que era la sobrina de su difunto señor, Levon, decidió tomarla por esposa, ni cuando pasó a llamarse Shermin Kazanc, ni tampoco cuando supo que estaba embarazada y sería madre, como si hubiese dejado de ser una niña.
La comadrona circasiana reveló el sexo del niño meses antes de su nacimiento, observando la forma de su vientre y la comida que se le antojaba. Crème brulée de las pastelerías elegantes, apfelstrudel de la panadería que habían abierto unos rusos blancos huidos de Rusia, baklava casera, bombones y dulces de todo tipo… Ni una sola vez durante el embarazo le apeteció a Shermin Kazanc nada amargo ni salado, como habría sucedido de estar esperando una niña.
Era un niño, desde luego, un niño nacido en tiempos terribles.
–Que Alá bendiga a mi hijo con una vida más larga que la de cualquier hombre de esta familia -dijo Rza Selim Kazanc cuando la comadrona le entregó al niño. Luego le puso los labios en la oreja derecha y le anunció el nombre que llevaría a partir de entonces-: Te llamarás Levon.
El motivo de esta decisión no era solamente honrar al maestro del que había aprendido el arte de hacer calderos. Al llamar a su hijo Levon, esperaba también tener un detalle con su mujer por haberse convertido al islam.
Y así eligió el nombre de Levon y como un buen musulmán lo repitió tres veces:
–¡Levon!¡Levon!¡Levon!
Shermin Kazanc, mientras tanto, permaneció tan silenciosa como una piedra fuera de lugar.
El triple eco no tardó en volver a ellos en forma de pregunta desaprobatoria:
–¿Levon? ¿Qué clase de nombre musulmán es ese? ¡Un niño musulmán no puede llamarse así! – protestó la comadrona.
–El nuestro sí -replicó áspero Selim Kazanc, una defensa que repetiría muchas veces-. Está decidido. ¡Se llamará Levon!
Pero cuando llegó el momento de llevar al niño al registro, se ablandó.
–¿Cómo se llama el niño? – preguntó el funcionario, un hombre flaco de aspecto nervioso, sin levantar la cabeza del enorme libro de tapas de tela con el lomo granate.
–Levon Kazanc.
El oficial se subió las gafas de lectura sobre el puente de la nariz y miró por primera vez a Rza Selim Kazanc durante un largo momento.
–Kazanc es un buen apellido, pero ¿qué clase de nombre musulmán es Levon?
–No es un nombre musulmán, pero sí es un buen nombre -replicó tenso Rza Selim Kazanc.
–Señor. – El oficial alzó un poco la voz, haciéndose el importante-. Sé que la familia Kazanc tiene mucha influencia. Un nombre como Levon no les hará ningún bien. Si registramos ese nombre, este hijo suyo podría tener problemas en el futuro.
Todo el mundo pensará que es cristiano, aunque sea musulmán al cien por cien… ¿O me
equivoco? ¿Acaso no es musulmán?
–Desde luego que sí -se apresuró a corregirle Rza Selim-.
Elhamdülillah.
Por un instante pensó confesarle al hombre que la mujer del niño era una huérfana armenia convertida al islam, y que el nombre era un gesto hacia ella, pero algo en su interior le impulsó a callarse.
–Muy bien, entonces, con el debido respeto al buen hombre cuyo nombre quiere usted ponerle a su hijo, vamos a hacer un ligero cambio. Que sea un nombre parecido a Levon, si usted quiere, pero que sea un nombre musulmán. ¿Qué le parece Levent? – El oficial, amablemente, demasiado amablemente para la dureza de sus palabras, añadió-: En caso contrario, me temo que tendré que negarme a inscribirlo.
Y así el bebé se llamó Levent Kazanc. El niño nacido sobre las cenizas de un pasado que todavía humeaba; el niño del que nadie supo que iba a llamarse Levon; el niño que un día sería abandonado por su madre y crecería malhumorado y amargado; el niño que sería un padre terrible para sus propios hijos…
De no ser por el broche de la granada, ¿habría sentido Shermin Kazanc la necesidad de abandonar a su marido y su hijo? Es difícil saberlo. Con ellos había creado una familia y comenzado una nueva vida que solo podía avanzar en una dirección. Para tener un futuro tuvo que convertirse en una mujer sin pasado. Su identidad infantil solo eran retazos de memoria, como migas de pan que hubiera esparcido a sus espaldas para que se las comieran los pájaros, puesto que ella jamás podría desandar aquel camino para volver
a casa. Aunque al final hasta los más queridos recuerdos de la infancia se desvanecieron, el broche seguía vívidamente grabado en su memoria. Y
años más tarde, cuando apareció en su puerta un hombre de Estados Unidos, sería ese mismo broche lo que la ayudaría a comprender que aquel desconocido no era sino su hermano.
Yervant Stamboulian apareció en su puerta con los ojos oscuros y brillantes resaltados por unas pobladas cejas negras, nariz aguileña y un grueso bigote que le crecía hasta el mentón, que le daba aspecto de estar sonriendo incluso cuando estaba triste. Con voz trémula y casi sin palabras, anunció quién era y le contó, mezclando turco y armenio, que venía desde América para buscarla. Por mucho que quisiera abrazar a su hermana en ese mismo momento, sabía que ahora era una mujer musulmana casada. Se quedó en la puerta. A su alrededor soplaba la brisa de Estambul y por un instante fue como si los hubieran sacado del tiempo.
Al final de la breve conversación, Yervant Stamboulian le dio a Shermin Kazanc dos cosas: la granada de oro y tiempo para pensar.
Perpleja y aturdida, ella cerró la puerta y trató de asimilar aquella revelación. Levent gateaba por el suelo junto a ella y gorjeaba con un entusiasmo sin límites.
Shermin Kazanc fue corriendo a su cuarto y escondió el broche en un cajón de su armario. Al volver se encontró al niño riéndose. Acababa de conseguir ponerse en pie. El pequeño mantuvo el equilibrio durante un segundo, dio un paso, luego otro y se cayó bruscamente de culo, con el delicioso miedo de sus primeros pasos brillándole en los ojos. De pronto esbozó una desdentada sonrisa y exclamó:
–¡Ma-má!
Toda la casa asumió una extraña luminosidad, casi fantasmagórica, cuando Shermin Kazanc salió de su estupor y repitió para sus adentros:
–¡Ma-má!
Era la segunda palabra que salía de labios de Levent, después de experimentar un tiempo con «da-da» y finalmente decir «ba-ba» el día anterior. Ahora Shermin Kazanc se dio cuenta de que su hijo había pronunciado la palabra «padre» en turco, pero la palabra «madre» en armenio. No solo había tenido ella que desaprender un idioma antes tan querido, sino que ahora se veía obligada a enseñarle el mismo proceso a su hijo. Se quedó mirando al niño, pasmada e inquieta. No quería cambiarle la
palabra «mamá» por su equivalente en turco. Subieron a la superficie los perfiles de sus antepasados, lejanos pero todavía vívidos. Su nuevo nombre adquirido, la nueva religión, nacionalidad, familia y personalidad no habían logrado dominar su auténtico ser. La granada de rubíes susurraba su nombre, y era en armenio.
Shermin Kazanc abrazó a su hijo, y durante tres días enteros consiguió no pensar en el broche.
Pero el tercer día, como si su mente hubiera estado reflexionando y su corazón sufriendo sin que ella lo supiera, corrió hacia el cajón; apretó la granada en la mano y sintió su calor.
Los rubíes son valiosas gemas conocidas por su fiero color rojo. Pero no es raro que su color se altere, oscureciéndose más y más por dentro, sobre todo cuando sus dueños están en peligro. Existe una particular clase de rubí que los expertos llaman Sangre de Paloma; un precioso rubí de color rojo sangre con un ligero tono azul, como apagado, en el centro. El rubí era el último recuerdo que quedaba de La paloma perdida y el país maravilloso.
La tarde del tercer día, Shermin Kazanc encontró un breve momento de soledad después de la cena para entrar a escondidas en su habitación.
Buscando un consuelo que nadie podía ofrecerle, se quedó mirando la Sangre de Paloma.
Entonces se dio cuenta de lo que tenía que hacer.
Una semana después, una mañana de domingo, fue al puerto donde la esperaba su hermano con el corazón palpitante y dos billetes para Estados Unidos. En lugar de maleta, Shermin solo llevaba un bolso pequeño. Dejó atrás todas sus posesiones. En cuanto al broche de la granada, lo metió en un sobre con una carta explicando su situación y pidiéndole a su marido dos cosas: que le diera la joya a su hijo para que se acordara de ella, y que la perdonara.
Cuando el avión aterrizó en Estambul, Rose estaba exhausta. Movió con cuidado los pies hinchados, temerosa de que no le entraran ya en los zapatos, aunque llevaba un cómodo calzado de piel naranja. Se preguntó cómo demonios podían las azafatas aguantar de pie todo el día en el avión con aquellos tacones.
Mustafa y Rose tardaron media hora en que les sellaran los pasaportes, pasar la aduana, recoger el equipaje, cambiar el dinero y encontrar un servicio de alquiler de coches. Mustafa pensó que sería mejor tener su