La bodega

Noah Gordon · Capítulo 20 de 64

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La bodega

Capítulo 20

fregar platos de nuevo.

Aquella noche, cuando Gerardo y Ruiz se fueron detrás de los últimos clientes del cafetín, Guillem encontró un periódico abandonado bajo una mesa. No sabía leer ni escribir, de modo que se lo llevó enseguida a Josep.

Éste lo examinó a la luz de dos velas.

Era un ejemplar de La Gaceta del día anterior.

–¿Y…? ¿Y…? – exigía saber Guillem.

Josep estaba temblando.

–¡Dios mío, Guillem! Dios mío, Dios mío… ¿Sabes quién era?

Guillem lo observó sin pronunciar palabra.

–Juan Prim.

–Juan Prim… No puede ser. ¿Juan Prim, el presidente?

–El presidente. El general Prim.

–¿Ha muerto? – preguntó Guillem con voz queda.

–Está vivo. Herido, pero no consiguieron matarlo.

–Ah, gracias a Dios, Josep. ¡Qué bendición!

–¡El presidente del Gobierno de España! Y le dispararon. A él, que es un hombre bueno, el general Prim, volcado en España, en su pueblo. ¡No, por Dios! ¿Se alude a los carlistas?

–No. Caramba, detallan toda su vida. Figura destacada en el movimiento que forzó a la reina Isabel a abdicar y a huir a Francia. Antiguo capitán general de Puerto Rico, héroe de la guerra de Marruecos… Nacido en Reus, grande de España por dos veces: marqués y conde.

–¿Dice si le disparó la milicia?

–No, Guillem. Dice que le dispararon unos asesinos desconocidos, ayudados por un grupo de cómplices.

Guillem lo miró fijamente.

–¿Crees que los… asaltantes… eran miembros de la milicia, Josep?

–No lo sé. Un hombre como ése. ¡El presidente! Tendría grandes enemigos, ¿no te parece? Pero… quién sabe si serían de la milicia o de cualquier otra organización. Es probable que Peña no sea un verdadero sargento. Tal vez no sea carlista.

–Puede que ni siquiera se llame Peña -respondió Josep en voz baja.

20

Noticias

Al día siguiente, segundo del año 1871, Guillem propuso:

–Quizá deberíamos quedarnos un tiempo más.

Josep estuvo de acuerdo porque le gustaba la seguridad que les confería el lugar, además de tener comida y calor asegurados, pero no pudo ser.

–Ruiz os va a dar la liquidación -les anunció Gerardo-. Ha contratado a la hija de su hermano para que trabaje con nosotros. Paulina. – Se encogió de hombros-. Es una zorra, pero trabaja muy bien y Ruiz tiene mucha familia. Está empeñado en contratar algún pariente.

De todos modos, Gerardo tenía una propuesta para ellos.

–Dos hombres agradables, obviamente catalanes… ¿Tal vez interesados en volver hacia el este?

Al ver que asentían, se le iluminó una sonrisa.

–Hay un hombre, llamado Darío Rodríguez, que es cliente antiguo de este café. Se dedica a hacer jamones. ¡Y qué jamones! – Se besó las yemas de los dedos-. Llevamos años comprándoselos para servirlos a nuestros clientes. Mañana se va a Guadalajara y se detendrá a entregar sus jamones en diversos restaurantes y tiendas de comestibles por el camino. He hablado con él. A cambio de algo de trabajo, os llevará con él y os dejará en La Fuente. Es una estación de paso, un lugar en el que se detienen los trenes brevemente para repostar agua fresca y carbón. Mañana por la noche ha de pasar por ahí un tren de carga, hacia las nueve y diez. Mi primo Eugenio dice que es un lugar excelente para montarse en el tren, pues en La Fuente no hay guardias ingratos armados con porras.

Josep y Guillem dieron la bienvenida a la ocasión.

A primera hora de la mañana siguiente, modestamente enriquecidos por Ruiz y agraciados con un regalo de Gerardo -una bolsa con salchichas, pan y dos trozos de tortilla de patatas tirando a vieja-, se subieron al carromato de reparto de carnes de Darío Rodríguez. Éste, corpulento como Ruiz pero más amable, estableció las normas:

–Iréis detrás, con los jamones. En cada parada, yo cantaré la cantidad de jamones que hay que bajar. Si fuera sólo uno, os turnaréis. Si es más de uno, los cargaréis entre los dos.

Así, partieron de Madrid sentados en un rincón despejado de la parte trasera del carromato, encajados entre gruesos jamones y arropados por su olor denso y fuerte.

Era casi de noche cuando Rodríguez los dejó junto a las vías en La Fuente, en un terreno parecido al de los hangares de Madrid, pero más pequeño.

Nervioso, Josep se fijó en que había unos cuantos hombres escondidos a la sombra de los vagones sueltos, aunque nadie se adelantó a desafiarlos cuando ellos mismos se situaron detrás de un vagón.

La espera fue dura. Al fin, justo cuando la oscuridad se adueñaba del terreno, les llegó el sonido monstruoso del tren que se acercaba. Inseguros, cavilaron al ver que gruñía y se detenía, hasta que vieron que los otros hombres corrían hacia el tren y abrían las puertas.

–¡Vamos! – gritó Guillem.

Echó a correr, gruñendo por el esfuerzo, y Josep lo siguió. Todos los vagones de carga a los que se acercaron a la carrera tenían un candado.

–Aquí hay uno -anunció al fin Josep.

La puerta protestó cuando la abrieron de un tirón. Enseguida estuvieron dentro y la cerraron de un empujón, que generó otro chirrido.

–Lo habrá oído todo el mundo -murmuró Guillem.

Guardaron silencio desesperados en la oscuridad absoluta, esperando que aparecieran los guardias con sus porras.

No acudió nadie.

Poco después el tren dio una brusca sacudida para detenerse de nuevo.

Luego volvió a arrancar y ya no se detuvo más.

El fuerte olor reveló la naturaleza de la carga que aquel vagón había transportado en su último viaje.

–Cebollas -dijo Josep. Guillem se rió.

Josep recorrió con cautela el perímetro del vagón, apoyándose en las paredes que no paraban de balancearse, para asegurarse de que no compartían con nadie aquella oscuridad. En el coche no había nadie más, ni siquiera cebollas, y regresó aliviado al lado de Guillem.

Como a mediodía se habían comido tres cuencos de sopa de lentejas en la cocina de uno de los restaurantes a los que habían entregado jamones, Josep conservaba aún la bolsa de comida que les había dado Gerardo. Al rato se sentaron a comer y empezaron por las salchichas y el pan. Las tortillas se habían deshecho, pero saborearon hasta la última miga y luego se tumbaron en el suelo vibrante.

Josep se tiró un pedo.

–…Bueno, no ha sido tan grave como los de Xavier Miró -dijo Guillem, en tono diplomático. Su risa sonaba tensa-. Me pregunto dónde estará.

–Y yo dónde están todos los demás -respondió Josep.

Les preocupaba que los guardias pudieran inspeccionar el tren en Guadalajara, pero al llegar, justo después de la medianoche, nadie apareció por su vagón durante los minutos -pocos, pero largos- que pasaron en la estación. Al fin el tren volvió a arrancar con una sacudida y avanzó con su repique y su balanceo, sonido y movimiento combinados para crear un extraño ritmo musical que mantuvo despierto a Josep al principio, pero que terminó acunándolo hasta que se durmió.

Lo despertó el chirrido de la puerta cuando la abrió Guillem y permitió que la luz diluyera la oscuridad. El tren iba traqueteando con buen ritmo a campo abierto. Guillem orinó desde la puerta, sin ver gente ni más animales que un gran pájaro suspendido en el cielo.

Josep estaba descansado pero muy sediento y volvía a tener hambre.

Lamentó no haber guardado algo de la comida de Gerardo. Guillem y él se sentaron a ver cómo aparecían y desaparecían ante su vista granjas, campos, bosques y pueblos. Una larga parada en Zaragoza, en la que pasaron muchos nervios, luego Caspe… Pueblos más pequeños, campo abierto, cultivos, yermos de tierra…

Josep soltó un silbido.

–Qué país tan grande, ¿no?

Guillem asintió.

Aburridos, volvieron a dormir tres o cuatro horas. Cuando Guillem le sacudió el hombro para despertarlo ya era por la tarde.

–Acabo de ver un cartel, dieciséis leguas para Barcelona.

Según les había advertido Gerardo, era probable que en Barcelona los guardias revisaran todos los vagones de carga.

Esperaron hasta que el tren inició el lento y arduo ascenso a una cuesta pronunciada y larga, y saltaron sin dificultad por la puerta abierta. Se quedaron viendo alejarse el tren y luego echaron a andar, siguiendo las vías en la misma dirección. Media hora después llegaban a una pista de tierra que discurría en paralelo a las vías, por la que resultaba más fácil caminar.

Un cartel en un olivo maltratado decía: La Cruilla, 1/2 legua.

La fuerza del sol suavizó el frío y al poco se desabrocharon las pesadas chaquetas, para acabar quitándoselas y llevándolas en brazos. La Cruilla