La bodega

Noah Gordon · Capítulo 42 de 64

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La bodega

Capítulo 42

una casa como la de Sitges. Supongamos que, incluso ahora mismo, Teresa pudiera estar en una habitación como la de Renata.

Se obligó a descartar esa idea.

Sin embargo, a veces, mientras cavaba como un topo bajo su promontorio, o cuando estaba acostado y no conseguía dormir, Teresa se le colaba en la memoria.

Recordó lo ingenua que era. En más de una ocasión se le ocurrió que, por no haber sido capaz de regresar con ella, tal vez él fuera responsable de la vida terrible que pudiera llevar Teresa.

42

El intercambio

En un punto del túnel, Josep descubrió al cavar que la pared de roca se abría hacia la izquierda en una curva cerrada de un brazo de extensión para luego torcer a la derecha una distancia similar, dejando un hueco de medio metro de profundidad, por uno de anchura. De inmediato, en su mente lo etiquetó como «el armario del vino», pues incluso mientras lo estaba excavando lo visualizó como un espacio que debía quedar lleno de estantes con cientos de botellas.

Sin embargo, tanto la pared como el techo de roca terminaban después del «armario», hecho que determinó para Josep la dimensión final de la bodega: un espacio de longitud similar a la de un vagón de tren y apenas algo más ancho.

Había esparcido más o menos la mitad de los desechos de la excavación por la superficie del camino que llevaba al río, pero había guardado con mimo todas las piedras y rocas pequeñas de tamaño adecuado para la construcción, de modo que cargó una carretilla de barro del río y empezó a revocar la pared del fondo y la de la derecha, ambas de tierra, con una superficie de piedras porque le pareció que sería el acabado idóneo para una bodega. Sin embargo, ese proyecto no llegó muy lejos, pues Josep se daba cuenta de que el invierno estaba tocando a su fin.

Pronto se colaría el calor en aquel espacio fresco que había conseguido crear con tanto esfuerzo, salvo que encontrara una buena manera de tapar la abertura de la colina.

Una mañana entró en la iglesia y esperó a que saliera a saludarlo el padre Pío.

Intercambiaron cortesías y enseguida Josep pasó a exponer el motivo de su visita.

–¿Qué se ha hecho de la puerta antigua de la iglesia, padre?

–¿La puerta antigua? Está en el trastero.

–Quisiera comprarla.

El padre Pío miró a Josep con rostro reflexivo durante el silencio que siguió a su propuesta.

–No, no está en venta -dijo al fin.

–Ah… ¿La guarda para algo?

–¿Guardarla? Pues la verdad es que no. Podría estar dispuesto a cambiarla por algo.

Josep empezó a molestarse con el cura. Como no tenía nada que ofrecer a cambio, guardó silencio.

–Si estás dispuesto a confesarte y estar presente en mis misas todos los domingos por la mañana, te permitiré que te lleves la puerta.

Josep se sintió incómodo.

–Yo no tengo… una fe verdadera, padre. – A esas alturas, daba por hecho que el sacerdote ya se había enterado de su historial, que incluía el detalle de haber sido criado por dos de los herejes más convencidos del pueblo, su padre y Nivaldo-. No soy creyente.

–No te pido que creas. Sólo que te confieses y vengas a misa.

Josep suspiró. Necesitaba la maldita puerta.

Asintió con amargura.

–Entonces, tenemos un trato -dijo el sacerdote.

Tomó la mano de Josep y la estrechó con brusquedad. Cogió la estola morada de la percha de la pared, se la puso por la cabeza y guió a Josep al confesionario, al fondo de la iglesia, en el que entró por la puerta lateral.

Josep se metió en el estrecho espacio oscuro que quedaba tras la cortina de terciopelo y dobló las rodillas hasta encontrar el reclinatorio. A la escasa luz que se colaba por la cortina pudo ver el medio panel cubierto por una celosía metálica de agujeros minúsculos, tras la que la mano invisible del padre Pío descorrió una cortina interior.

–Sí, hijo. ¿Qué deseas confesar?

Josep respiró hondo y las palabras brotaron desde el pozo de la memoria de su asustadiza infancia.

–Bendígame, padre, porque he pecado.

–¿Cuánto hace que no te confiesas?

–…Muchos años -contestó.

–…He hecho cosas con mujeres.

–¿Has hecho el acto fuera del sacramento del matrimonio? ¿Más de una vez?

–Sí, padre.

El sacerdote quiso ayudarle:

–¿También has tenido pensamientos impuros?

–Sí, padre.

–¿Con qué frecuencia?

–…Cada día.

–Repite conmigo: Dios mío, en verdad lamento haberte ofendido y detesto todos mis pecados…

Josep le siguió con voz ahogada.

–…pues temo la pérdida del Cielo y los dolores del Infierno… Pero sobre todo porque te ofenden, Dios mío, tú que eres bueno y sólo mereces mi amor… Resuelvo con firmeza, y con la ayuda de tu gracia, confesar mis pecados, hacer penitencia y corregir mi vida.

Josep terminó la letanía como un náufrago.

–Cuando llegues a casa, recita veinticinco padrenuestros. Sé cuidadoso y penitente, hijo mío. Te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Reza para que el Señor acepte tu sacrificio. Ya podemos salir del confesionario.

Al otro lado del terciopelo rojo, parpadeando para defenderse de la luz, Josep vio que el padre Pío se quitaba la estola.

–¿Tienes el carro fuera?

–Sí, padre -dijo, sobresaltado.

–Te ayudaré a cargar la puerta.

Usó algunas planchas de las cubas desmontadas para hacer el marco.

Atornillarlo a la ladera de la colina fue todo un desafío. Por un lado de la entrada clavó la madera del marco a un par de gruesas raíces de un árbol viejo; por el otro lado, clavó unas púas en una grieta de la roca. La vieja puerta pesada cumplía su propósito, tras aplicar la sierra para acortarla y estrecharla. Las grietas que la desfiguraban no llegaban a cubrir toda la superficie y el estado destartalado de la madera, tan extraño para la puerta de una iglesia, quedaba bien para tapar un agujero en el monte. Además de