La bruma verde
Intro
Un día, su abuelo le contó que no solo los humanos podían hablar, escuchar, decidir y amar.
Ella, con solo diez años, sorprendida ante tan curiosa afirmación, preguntó qué otra criatura sería capaz de hacer todo eso. El hombre, con una rama entre los dientes y la mirada perdida por la frondosa naturaleza que rodeaba su pequeña aldea, respondió que la selva.
—Si aún no te has fijado, niña, la madre selva respira, vive, siente. Hay quien dice que sabe reír con el agitar de sus hojas; y otros, que es capaz de llorar cuando se le pudren las entrañas, escucha el quebrar de las ramas o ve con inagotable pena cómo caen sobre su seno algunos viejos árboles vencidos por la edad. Ella también sufre, como lo hacemos tú y yo.
—Abuelo Tonuk… —La niña señaló el bosque con un dedo—. Puedo entender que viva, sufra y sienta, pero no que pueda llegar a amar.
—Cuesta más verlo, sí, pero debes saber que desde el mismo día en que nacemos, la selva nos observa y reconoce lo que llevamos en el alma. Es entonces cuando decide a quién va a querer y a quién no.
La niña empujó una piedrecita para que un torpe escarabajo dejara de chocar con ella y siguiera su camino. Volvió su mirada al rostro arrugado de su abuelo y preguntó llena de curiosidad en qué grupo estaba ella.
—Mi pequeña Bineka, si la selva puso su verde en tus ojos es porque decidió hacerte de los suyos. Te protegerá siempre.
»Jamás lo dudes; tú eres una de sus elegidas.