La bruma verde
Capítulo 41
41
Centro de Rehabilitación de Primates de Lwiro, Kivu Sur,
República Democrática del Congo
Julio de 2010
Habían pasado algo menos de tres meses desde la llegada de Bineka a Lwiro, y aquella mañana de calor pegajoso y sin el consuelo de una sola brizna de aire estaba completando con Luis los preparativos para entrar en el imponente recinto exterior del centro, vallado a una altura de cinco metros, donde convivía un clan completo de chimpancés en condiciones lo más parecidas a las selváticas posible. Sumaban veinticinco individuos: cuatro machos, trece hembras y ocho crías de entre uno y cinco años, estas últimas a punto de ser autónomas y separarse ya de sus madres.
Luis estaba nervioso. Sacó una cajita de su «mochila MacGyver» —se había ganado aquel nombre entre los empleados del centro porque llevaba en ella de todo: lo más extraño que se podía uno imaginar estaba allí, siempre, para sacarlo de cualquier tipo de aprieto—, y de la cajita, un dispositivo que funcionaría como un chivato en caso de peligro. Se lo colgó a Bineka del cuello y le explicó su uso: «Un toque para algo importante pero no urgente. Dos, ante una situación preocupante que requiera más atención desde fuera. Y tres, en caso de extrema necesidad, lo que implicaría una inmediata entrada del personal para rescatarte».
Y activó la aplicación en su teléfono móvil para comprobar el buen funcionamiento del sistema. Cuando Bineka apretó tres veces el botón, sonó una estruendosa alarma, audible incluso a bastantes metros del terminal.
Aparte del colgante de seguridad, Bineka dispondría de un walkie-talkie convenientemente escondido dentro del recinto, con el que podrían comentar lo que fuera descubriendo y modificar los objetivos de trabajo si resultara preciso.
Tras repasar una vez más todos los detalles, Luis se dio por satisfecho, eligió una llave del manojo que colgaba de su cinturón y dio con ella dos vueltas a la cerradura de la única entrada al asombroso recinto, de nada menos que de dos hectáreas de extensión. Aquel era el gran proyecto de Carmen, al que había dedicado todo su empeño e ilusión —aparte de un montón de dinero aportado por la fundación Supera—, donde pretendía simular las condiciones naturales de los chimpancés para prepararlos mejor de cara a su posterior vida en libertad. Todavía quedaba una parte por terminar, pero la principal llevaban usándola desde hacía tres meses y parecía estar cumpliendo con su objetivo.
Luis le había propuesto la idea a Bineka tres semanas antes con ciertas prevenciones, sopesando los posibles riesgos y sin dar un paso que no hubiese sido acordado de antemano con Carmen. Bineka aceptó de inmediato. Por una parte, añoraba la convivencia con su clan, pero sobre todo la movía poder ayudar a que se entendieran mejor los comportamientos de los primates. Y además, intuyó que se sentiría bien consigo misma. Tan solo puso tres condiciones.
La primera, pasar dos semanas en otro terreno del centro, conviviendo con cinco de las hembras que ahora se encontraban dentro del vallado, entre ellas su líder —tendrían que trasladarlas de forma temporal—, para que después no la tuviesen como a una extraña. De esa manera la protegerían si el macho que ejercía el liderazgo del grupo la atacaba, procurando repetir lo que Mashira había hecho en su momento con ella.
La segunda, quería entender bien qué esperaba Luis. Su objetivo principal quedaba reflejado en el título del trabajo que se proponía publicar después: «Estudio de la inteligencia emocional de un grupo de primates en semilibertad». Aun así, no limitaba la misión a ese ámbito, estaba abierto a recibir las interpretaciones y los razonamientos que fuera haciendo Bineka.
Y la tercera, que entraría desnuda y de la mano de Furaha. Porque una hembra con cría siempre era mejor aceptada que si iba sola.
A las puertas del parque, Carmen la abrazó, miró a Luis y levantó los pulgares hacia arriba dando su beneplácito para que las dejara entrar.
Bineka caminó no más de doscientos metros, tomó aire e hizo una primera llamada a su grupo. Furaha, inquieta, se subió a su espalda en dos saltos. A los pocos minutos apareció una hembra a la que reconoció al instante, se trataba de la líder. Custodiada por otras dos más jóvenes, como tenía por costumbre, la placa metálica que colgaba de su cuello la identificaba como Remedios. Bineka no necesitó leerla; había convivido con ella durante dos semanas. Nada más alcanzar su posición, Remedios la observó sin demasiado interés, bostezó de forma exagerada, emitió una especie de gorgoteo y dio media vuelta.
Bineka supo qué tocaba hacer: seguirla, mantenerse siempre por detrás e imitar el sonido que acababa de oír. Tenía claro que su papel en el grupo era el de hembra sumisa.
Cuando llegaron a la base de una enorme cordia —un árbol cuyas ramas inferiores se vencían hasta casi rozar el suelo—, Bineka reconoció al macho dominante sobre una de ellas. En el centro lo llamaban King.
Echó un rápido vistazo a sus acompañantes, pero ninguno se fijó en ella; estaban distraídos, mordisqueando los frutos del árbol, hasta que se sentó cerca. Entonces recibió la mirada del jefe, sintió su poder y bajó la cabeza para no desafiarlo. Aquel simio llevaba un tiempo dando problemas dentro de su grupo por culpa de la excesiva autoridad y desmedida violencia con que actuaba. Un comportamiento que Luis pretendía descifrar, como también la reacción que su cambio de actitud provocaba en los demás. Ella se acordó del primer Takuro, tan distinto al que había acabado siendo tras el ataque de los furtivos.
El recinto disponía de tres cámaras que grababan los movimientos del colectivo, pero los animales no siempre estaban en el lugar adecuado y Luis se perdía muchas cosas. Bineka sería sus ojos, privilegiados, para presenciar cualquier vicisitud fuera del campo de grabación.
Durante las primeras horas, Bineka no tuvo ningún problema de aceptación gracias al comportamiento protector del colectivo de hembras, que la rodeaban protegiéndola de King si hacía el menor amago de aproximarse a la extraña.
Bineka detectó muy pronto algunas conductas que estaba segura de que iban a gustar a Luis y a Carmen. La primera la descubrió cuando tuvo a King lo bastante cerca como para advertir que estaba herido en un muslo, y además de gravedad, probablemente por culpa de alguna pelea con sus competidores en respuesta a su instinto natural de selección. King se esforzaba en ocultar el profundo corte, infectado y todavía sangrante, para que nadie lo pudiera ver: a veces tapándose con hojas, otras cubriendo la herida con su propio pelo. Pero en ningún caso mostraba dolor, cuando seguro que lo padecía, y muy intenso. Bineka supuso que lo hacía para no dar pie a que el resto de los pretendientes al trono pudieran ver un atisbo de debilidad que los animase a combatirlo.
El descubrimiento de aquella curiosa actitud hizo que recordara al mayor de los tres hijos de Sanza, cuando este presumía de ser mucho más fuerte que sus hermanos y no se le veía llorar ni en la peor de las caídas, si alguno de los otros estaba cerca.
La primera noche durmió junto a Remedios, en su nido.
A la mañana siguiente, la despertaron unos sonoros gruñidos. Cuando abrió los ojos, medio aturdida, todavía tardó unos segundos en recordar dónde estaba, pero la espabiló un nuevo gruñido. Consciente de que no podía ser una pantera, incapaz de superar los cinco metros de altura de la valla, aguzó el oído hasta entender qué pasaba. Lo que descubrió la hizo sonreír.
Se trataba de una hembra ya mayor, empeñada en engañar a los demás lanzando ese tipo de gruñidos, que eran interpretados como un aviso de alerta y peligro, desviando así la atención de todos, cuando en realidad lo hacía para adueñarse de una pieza de fruta, la de un baobab o pan de mono, sin que nadie la viera. La escondía bajo un puñado de hojas después de soltar a todo pulmón una nueva ráfaga de avisos de alerta. Otra vez la vio ocultando la fruta en su cuerpo con bastante habilidad. Un comportamiento completamente opuesto al de Remedios, quien por ser la hembra dominante tenía derecho a empezar a comer antes que ninguna otra; incluso a acumular comida si quería. Y sin embargo, no lo hacía, sino que la compartía con las demás.
El tercer comportamiento al que le dedicó tiempo, siempre bajo la indicación de Luis, se convirtió en una tarea algo más delicada. Lo comentaron y planificaron a través del walkie-talkie. Pero necesitaron dos días más de convivencia para verlo.
Lo protagonizó uno de los machos jóvenes, de unos ocho años, cuyo nombre era Rollizo. El chimpancé se jugaba el tipo montando a las hembras más jóvenes a espaldas de King. Pero lo más curioso —y ahí radicaba el interés para el veterinario— era cómo conseguía que ellas se lo permitieran y no gritaran, para no poner en aviso al macho alfa, lo que le generaría a Rollizo no pocos problemas. Para ello, les daba de comer unas hojas de color amarillo, que Bineka no había visto en su vida, antes de llevárselas a lugares más escondidos, donde consumaba sus deseos.
Aquella comida debía de contener algún principio que alteraba la conciencia y voluntad de las hembras, porque se iban tras él dando tumbos y con los ojos en blanco. Bineka probó un par de hojas y no le quedó una sola duda.
—Pero ¿te afectó mucho, te encuentras bien? —preguntó Luis horas después, preocupado, al otro lado del walkie-talkie.
—Noto mareada —contestó ella mientras se pasaba la mano por la frente; todavía la tenía húmeda y fría, aunque hiciese calor.
A su lado, Furaha la miraba con la cabeza ladeada.
Le llevó un rato convencer a Luis de que no hacía falta que entrasen a por ella.
—Entonces ¿de verdad crees que Rollizo las está drogando para aparearse con ellas? —Aquello no dejaba de ser un comportamiento premeditado, hasta entonces no atribuido a un primate—. Descríbeme las hojas.
Bineka lo hizo. Pero él, que tampoco era un experto en botánica, no fue capaz de reconocerlas.
—¿Podrías hacerte con alguna?
El estrecho seguimiento que Bineka hizo a Rollizo hasta localizar el arbusto en cuestión, y sobre todo el empeño que puso para descubrir el nido de amor donde daba rienda suelta a sus instintos, comportaron que el afectado la terminara pillando in fraganti y que se lanzara a por ella con peligrosas intenciones. Por un momento, Bineka temió por su vida, aunque la intervención de Remedios evitó un serio disgusto. Estuvo a punto de apretar el botón de su avisador tres veces para que la sacaran de allí, pero no hizo falta.
Bineka compartió su día a día con aquel grupo de chimpancés durante diez jornadas más, observando nuevas conductas que no había conocido en libertad; o algunas que resultaban mucho menos evidentes. Las comentaba cada noche con Luis a través de aquel intercomunicador que habían escondido dentro del tronco hueco de un árbol muerto.
Hasta que llegó el día de su precipitada salida.
Aquella tarde estaba centrada en observar al grupo. Desde el primer día le había llamado mucho la atención cómo la limitación de espacio —por grande que fuera el recinto— los afectaba. Las relaciones entre ellos eran más tensas que las que recordaba haber visto en la selva. Y Furaha acabó sufriéndolo.
La cría se había adaptado muy bien con los chimpancés más jóvenes y jugaba con todos, aunque se la solía ver más tiempo con dos de una edad parecida a la suya. Bineka las veía a las tres midiendo fuerzas, acicalándose o luchando por un objeto cualquiera sin pelearse demasiado en serio.
Pero un día la situación se complicó.
Furaha estaba jugando con la más jovencita de las dos, después de haber rodado juntas por un terraplén de barro y de andar saltando de árbol en árbol como si les fuera la vida en ello, hasta que en medio de una de aquellas persecuciones se cruzaron con otra cría, huérfana y quizá solo unos pocos meses mayor que ellas, que sin venir a cuento agarró a Furaha del brazo y la derribó.
Bineka, que estaba presenciando la escena, no se preocupó: le recordaba a las peleas de Furaha con aquel pequeño macho del clan de Takuro. Aunque la actitud de este nuevo agresor no se parecía tanto. Tras dos o tres revolcones sin importancia, el chimpancé empezó a golpear el pecho de Furaha con excesiva fuerza, para después tirarle del pelo hasta casi arrancárselo, lo que provocó unos agudos chillidos en la pequeña. No terminó ahí: lo vio cogiendo una piedra del suelo y apuntar con ella a la cabeza de Furaha.
Bineka corrió hacia ellos; de camino se hizo con una gruesa rama partida y se la tiró al atacante, amenazándolo con un agudo grito que provocó su precipitada huida. Aunque también se atrajo la atención del resto del grupo, incluida la de King.
Se acercaron varias hembras para satisfacer su curiosidad, junto con algunas crías. Bineka comprobó que Furaha estaba bien, y al volverse para mirar a los demás, no tuvo tiempo de esquivar el empujón que le arreó King, ni tampoco pudo evitar que el macho la agarrara del pelo y tirara de ella arrastrándola fuera del grupo.
Furaha fue en su ayuda, pero salió disparada de un manotazo. Bineka sintió pavor. Buscó a Remedios, pero no la localizó. King, que no cejaba en sus intenciones, tiraba sin ningún cuidado de ella. Iba arañándose con todo lo que se encontraba de camino: piedras, ramas rotas, troncos secos. Se le abrió una ceja al chocar con la afilada arista de una roca, y King la arrastraba del pelo con tanta fuerza que cada vez le dolía más la cabeza.
No tocó la alarma. Pensó que si pedía auxilio y entraban para socorrerla perdería la confianza del grupo y tendría que dar por terminada su estancia en el recinto. Aguantó con la esperanza de recibir la ayuda de las demás hembras, pero ninguna parecía estar dispuesta a mover un dedo por ella. Así que, después de sufrir otro de aquellos insoportables tirones, el más exagerado y violento de todos, buscó en su cuello el dispositivo. Lo apretó tres veces, y segundos después otras dos veces más para que acudieran en su ayuda y en la de Furaha. No la veía cerca y eso la asustaba.
Sonó una potente alarma por todo el recinto.
King se quedó paralizado, mirando primero atrás, después a los lados, con los músculos en tensión y en un estado de máxima alerta. Hasta que se fijó en ella. No era lógico que asociase el extraño sonido con Bineka, pero lo que pasó a continuación le hizo entender que así fue. King le arrancó el dispositivo sin piedad y lo lanzó lejos, para luego apretarle el cuello con una mano y después con la otra con tanta fuerza que empezó a ahogarse.
En solo un segundo le impidió respirar, a los diez sintió que perdía el conocimiento y a los veinte no se enteró de nada más.
Solo había oscuridad.
Cuando volvió en sí, se encontraba en una camilla. Tenía una mascarilla de oxígeno en la cara y a una asustada Furaha acurrucada a su lado. A los pies del colchón estaban Luis y Carmen, felices al verla despierta.
—¡Gracias a Dios! Menudo susto nos hemos llevado.
En la expresión de Carmen pervivía un profundo sentimiento de culpabilidad por haber puesto en riesgo su vida. También se lo recriminó a Luis, repetidas veces, recordándole que apenas era una cría, aunque habían tomado los dos la decisión.
—Y yo… Y yo también —contestó acariciando la cabeza de Furaha—. ¿Está bien? ¿Le hicieron daño?
Furaha soltó una pedorreta, le pasó los dedos por la cara, después por los ojos y se hizo un hueco entre sus costillas y el brazo.
—Tiene alguna magulladura, pero nada importante.
—¿Y King? —Recordó el crítico momento que había vivido.
Se miraron preguntándose quién iba a contestar. Se arrancó Luis:
—Al quedar adormilado por el dardo, los demás se lanzaron contra él, y… no ha sobrevivido.
No explicaron que el ataque había sido brutal: machos y hembras, liderados por Remedios, se habían abalanzado contra él con tanta furia que King no habría podido con ellos ni estando en plenas facultades.
Bineka se llevó las manos a la cara. Se sentía responsable.
—No te culpes —intervino Luis—. Los humanos hemos heredado muchas cosas de nuestros hermanos primates, y la violencia es una de ellas. King, ya lo sabíamos, estaba señalado por el grupo, y de una manera u otra, antes o después, hubieran hecho lo que han hecho hoy.
La muchacha sabía que tenía razón —lo había visto con Takuro—, pero no era un argumento suficiente para dejar de sentirse mal.
—Cometí un error.
—Por favor, no pienses eso —insistió Carmen—. Hemos conseguido dar un importante empujón a nuestras investigaciones gracias a ti. Tu esfuerzo ha sido muy valioso.
Le alegraba saberlo. Pero a la vez era consciente de que había alterado el equilibrio de aquel grupo; nunca más lo volvería a hacer. Los chimpancés tenían derecho a la libertad, como el resto de los demás seres, pero sobre todo a vivir. Y por su culpa, King ya no podría pisar nunca más su mundo originario: el de la selva.
Guardó silencio al verse de pronto asaltada por una idea: ¿y ella? ¿Cuál era ahora su mundo? Sin una aldea a la que regresar, sin su gente, sin una manada… Por algún motivo, la única respuesta a todas esas preguntas la tenía un hombre con los ojos del color del cielo. Preguntó si se sabía algo más de él.
—Esta misma mañana he podido hablar con Keita, y la verdad, no tengo buenas noticias —respondió Luis.
Le contó que las oficinas de Greenworld en Lokutu habían ardido la tarde anterior por los cuatro costados, y que todo hacía pensar que se trataba de un incendio provocado.
—¿Y Colin? —preguntó ella angustiada.
Carmen la tranquilizó. Supo que estaba bien, pero que lo tenían vigilado a todas horas y que por eso no se atrevía a llamarla a Lwiro. Seguía empeñado en protegerla a distancia.
No dejaba de ser lo correcto, pero ella deseaba lo contrario.