La caja del mal
Prólogo.............................................................................................
Este capítulo es largo, así que está dividido en 16 partes.
La caja del mal
Martin Langfield
Traducción de Laura Rodríguez Gómez
Indice
Prólogo.......................................................................................................
.......................... 3
Primera parte
La
iniciación..........................................................................................................
....... 5
Segunda parte
Las pruebas
................................................................................................................ 95
1. Prueba de Tierra
.................................................................................................. 96
2. Prueba de Agua
................................................................................................. 127
3. Prueba de Fuego
................................................................................................ 180
4. Prueba de
Aire.................................................................................................... 213
5. Prueba de Éter
.................................................................................................... 253
6. Prueba de
Mente................................................................................................ 301
7. Prueba de Espíritu
............................................................................................ 351
Tercera parte
El cuerpo de luz
...................................................................................................... 370
Epílogo.......................................................................................................
...................... 431
Prólogo
Nueva York, 2 de s eptiembre de 2004
Un ojo que todo lo sabe, hermoso, implacable e irresistible, observaba fijamente el alma de Robert. Él luchaba para controlar la respiración y así transformar su miedo.
Me ofrezco en lugar de ellos. Llévame. Déjalos marchar...
El corazón le latía con fuerza. Estaba al borde del éxito o del fracaso.
Millones de vidas pendían de un hilo.
... rezo por mi captor...
No oía ni veía nada, pero sabía que el Artefacto estaba cerca. Podía sentir su poder atravesándolo.
... como también nosotros perdóname a los que nos ofenden...
Intentó contener el pánico.
... y líbranos del mal...
Su energía pura era aterradora. La luz de miles de soles. Su mente bullía deduciendo, estimando, recordando: el centro de Manhattan, bajo tierra.
... hágase tu voluntad...
El aire era denso, crepitaba impregnado de energía hostil, con palabras no pronunciadas, como un aliento abrasador sobre su piel. Sus sentidos se asomaban sigilosamente al sentir la amenaza, el dolor que estaba por llegar, pero también algo más: el deseo de no hacerle daño, la consciencia que provocaba cautela, incluso miedo.
... llena de compasión mi corazón...
Sintió que la mirada inquisidora del oj o llegaba a los rincones más recónditos de su alma. El Artefacto, la caja del mal, el Ma'rifat', quer ía conocerlo. Era una bomba a punto de estallar, una reacción en cadena casi incontenible que se alimentaba de los corazones de aquellos que lo rodeaban. Hacía preguntas: « ¿Quién eres?», « ¿cuáles son tus deseos más secretos?»
El había elegido estar allí, lo había querido, lo había buscado con sus acciones. Luchaba para controlar el miedo, para dejarlo a un lado.
... convierte el miedo en amor...
Ante sus ojos veía escenas y fragmentos de la ciudad. Arcos curva dos, túneles y plazas y monumentos verticales, dedos y espinas apuntando al cielo desde la tierra, espirales y hexágonos, números y estrellas.
...la mente como un espejo...
La búsqueda había comenzado siete días antes, y con ella la destrucción de todo lo que él consideraba su vida.
Había descifrado un código tras otro, había seguido pistas extrañas y maravillosas por la ciudad, hab ía encontrado líneas de luz y nostalgia, de lujuria y miedo. Una búsqueda del tesoro, un juego de geoescondite.
Decodificar la ciudad. Entrar en el laberinto. Leer la historia secreta antes de que el enemigo lo hiciese.
El reloj siempre vuelve a cero. Aquí estaba él, enfrentándote a su final, y estaba de nuevo donde había empezado.
... corazón misericordioso...
Mientras yacía en el suelo, miraba la oscuridad, estir ándose para poder ver algo del Artefacto. Gir ó la cabeza. Luego lo vio: un cilindro dorado y blanco con complicados grabados que emit ía una luz tenue, con sus lados decorados con caracteres árabes y con incrustaciones de metales preciosos.
En la semioscuridad desafiaba el enfoque, como si estableciese su propia geometría. Sus bordes superior e inferior parecían girar lentamente en sentidos opuestos. Era el Ma'rifat'. Estaba armado, a punto de estallar. La voz de un hombre, ronca y violenta, lo sacudió como un rayo:
—Robert.
Cuando intentó hablar tenía la boca pegajosa, la garganta obstruida y nada salía de ella.
Era el momento de luchar. Estaba preparado. Proyect ó su mente hacia el pasado.
... perdónalo...
Primera parte
La iniciación
Cambridge, Inglaterra, marzo de 1981
Los pasos de Robert retumbaban en la neblina mientras corr ía. La apariencia de todo lo que le rodeaba hab ía cambiado y nada era como él pensaba. Los lugares conocidos eran ahora crudos y extra ños. Los grandes bloques de piedra caliza de la capilla del King's College y sus agujas perdidas en la niebla hablaban de poder y de amenaza. Los carteles de las tiendas de King's Parade estaban escritos en una lengua extranjera con s ímbolos nuevos y amenazantes. Sentía su cuerpo distante, como si no fuese suyo. La aterradora imagen le vino de nuevo a la mente cual relámpago.
Había una puerta, llamas lamiendo el aire bajo ella, una luz siniestra y a ntinatural. Podía oír el bombeo de la sangre. Corrió por la calle Trinity en la oscuridad, con la máscara blanca de carnaval bailando entre sus omóplatos como un sombrero de vaquero, y su capa bañada de estrellas ondeando tras él.
El reloj marcó medianoche.
La puerta estaba al final de un pasillo oscuro. Sab ía de quién era la habitación. Sabía lo que estaban haciendo allí. No entendía lo que había pasado, pero sabía que morirían si no llegaba a tiempo.
La noche había comenzado con una rosa roja.
A las ocho y media en punto, Robert Reckliss, un lingüista novato, llegaba a la habitación de la residencia universitaria de una joven a quien no conocía, siguiendo al pie de la letra las instrucciones que hab ía recibido: llevarla cara completamente cubierta con una máscara, ir vestido como un brujo y llevar un sobre sellado y una rosa de t allo largo en la mano. Llamó a la puerta.
Katherine Rota, estudiante de filosofía de tercer año en el King's College, que siguiendo el juego hab ía tapado con cinta adhesiva su nombre en la lista de residentes que había al pie de su escalera para así mantener el misterio sobre su identidad, dijo con voz dulce:
—Está abierto. Pasa.
Robert empujó la puerta con el dedo. Una mujer joven vestida de bruja lo miró desde su mesa y sonrió.
— ¿Pues quién sois, me pregunto yo, buen señor?
Unos divertidos ojos azules br illaron al mirarle a través de un antifaz negro. Para ser una bruja, parecía una punk en Halloween. Llevaba los labios pintados de negro, medias negras con agujeros, botas militares, un vestido negro que parecía salido de una tienda de segunda mano y varios collares de cuentas negras. Había una escoba apoyada en la mesa. Su pelo negro estaba atado a un lado en una especie de coleta trenzada. Robert aplaudió educadamente y, con un movimiento seco, le ofreció la rosa. Ella hizo una reverencia burlona.
—Gracias, buen brujo.
A sus espaldas, la pared estaba decorada con pósteres de The Clash y un cuadro de Gustav Klimt. En el centro de su mesa descansaba una máquina de escribir, en un pequeño claro en medio de un batiburrillo de útiles de estudiante universitario. En el radiocasete sonaba piano clásico.
— ¿De verdad no habla? Muy bien, entonces siéntese, por favor —dijo, señalando un sofá desvencijado—. ¿Le apetecería a mi visitante café o té?
—Hizo un gesto hacia un pequeño hervidor de agua situado en una mesa baja junto al escritorio—. ¿O un cóctel? Podría darle una pajita para que pudiese beberlo.
El negó con la cabeza y levantó la mano para declinar su oferta educadamente. Había algo intrigante en su acento, algo en medio de su educada pronunciación londinense. ¿Un indicio del suroeste de Inglaterra?
¿O incluso estadounidense, quizá?
La bruja se fue a la zona del dormitorio, que estaba en una alcoba a la izquierda. Junto a la cama hab ía un biombo para cambiarse. Robert consideró que aquello tenía mucha clase. De detrás del biombo sacó un sombrerito negro de punta y, de vuelta en la sala, se lo prob ó frente al espejo que estaba colocado sobre una chimenea que llevaba tiempo sin ser utilizada.
—Esta noche me siento muy bruja.
El no respondió. Lo tenía prohibido. Asintió, y esperó haberlo hecho de forma cortés. Tenía las estanterías atestadas de libros de texto de hist oria, matemáticas avanzadas y filosofía. La mitad de la otra pared estaba cubierta con carteles de obras de estudiantes. Tenía mariposas en el estómago.
Era muy hermosa. Pero, ¿le gustaría si supiese quién era realmente?
Lo de esta noche era un juego inventado por un tal Adam HaleDeveraux. Una especie de recargada cita a ciegas para seis personas que se consumaría en una fiesta de disfraces más tarde esa misma noche en la Escuela de Pitágoras, un edificio del siglo XII que había en los jardines del St. John's College. Adam era un diletante de último curso. Hijo de diplomático, pequeño aristócrata y gran bebedor, iba de camino a conseguir una matrícula de honor sin apenas esforzarse en las lenguas que hablaba con fluidez desde que era un niño.
Robert lo había conocido en las noches de jerez de los lingüistas al final de su primer trimestre y había sido francamente grosero con él, etiquetándolo de inmediato de niño privilegiado e irresponsable.
—Así que realmente no tuviste que estudiar tus idiomas, simplemente los fuiste aprendiendo a medida que tu padre recorr ía del mundo —le había dicho a Adam—. Tien es suerte.
—Tengo muchísima suerte.
Los padres de Robert trabajaban para una pareja de la nobleza en una casa solariega en Anglia Oriental. Su padre era un diestro jardinero y carpintero, su madre cocinera y ama de llaves, y viv ían en una casita de campo en las mismas tierras. Era hijo único y el primero de su familia en ir a la universidad.
—Mi padre nos llevaba de un lado a otro, así que a menudo soñaba con ser de un lugar —continuó Adam—. Pero no me quejo, éramos unos privilegiados.
—Creo que no se te debería permitir leer algo que te resulta tan fácil.
No parece justo.
—Pero no se trata de la habilidad de hablar un idioma, ¿no? ¿No tiene más que ver con lo que dices en él? ¿Has probado con el francés medieval?
Le Román de la Rose no es moco de pavo. La Chanson de Roland es infumable. Gratificante, pero...
Lo había dicho con una sonrisa arrebatadora antes de cambiar de tema y ponerse a hablar de criquet.
—Sin embargo sé lo que quieres decir. No me ofende. ¿Cómo puntúas a los australianos este verano?
Y, en ese territorio común habían disfrutado de una conversación educada sobre los méritos de Brearley y Botham y el futuro del trofeo de The Ashes.
Luego, a comienzos de marzo, Robert recibió en su casillero de la conserjería del Trinity Hall una invitación escrita a mano en un tarjetón en la que se le pedía que participase en una «cita a ciegas o actividades preliminares dirigidas hacia la fundación de una nueva sociedad dedicada a la explotación del conocimiento no convencional». Estaba firmada por Adam con la frase: «Sería un honor que nos acompañase».
Robert, que todavía deseaba mantener los pies en el suelo y no escapar a climas superiores de pretensiones universitarias, hab ía aceptado por lo que llamó «razones antropológicas»: estudiaría a estas extrañas criaturas en su hábitat natural y, sin duda aprender ía algo, aunque no estuviese de acuerdo con ellos. Otro factor de decisión era que s ería una forma de conocer mujeres. Según las reglas del juego, se suponía que los participantes no debían conocerse. Tres caballeros tenían que salir a la fría y brumosa noche totalmente disfrazados, con un sobre sellado en el que estaban escritos la un iversidad y el número de habitación de la dama desconocida a la que habían de visitar a las ocho y media. Esto lo hab ía hecho. Las damas también habían recibido instrucciones del maestro del juego.
—El sobre de Adam dice que esta noche no puedes hablar hasta las diez
—dijo Katherine ante el espejo—. Si lo haces tendré que decirte que te vayas.
Él asintió.
Se colocó el sombrero de punta de forma coqueta, se dio la vuelta para recibir la aprobación de Robert y luego se sirvió una copa de vino tinto.
—Es un poco difícil. A Adam le gustan las cosas difíciles, ¿verdad? —
Robert se encogió de hombros, inclinando la cabeza para indicar que no lo sabía—. Su nota decía que esperase a alguien sorprendente. A alguien a quien no me esperaba. Pensaba que podr ías ser él disfrazado. Eso sería típico de él —dijo sonriendo—. Tú no eres Adam, ¿verdad?
Robert se quedó inmóvil. Ella lo miró fijamente. Adam y él tenían una altura y constitución similares, aunque Adam era tres años mayor que Robert. Con el disfraz de mago podr ía ser tranquilamente cualquiera de los dos. Parecía claro que le gustaba Adam.
Ella rió con nerviosismo al imaginárselo.
—No lo eres, ¿verdad?
Robert tuvo un pensamiento de lo más extraño: ambos querían que fuese verdad. Robert se sentía eclipsado por ese hombre mayor que él.
Quería adquirir el magnetismo de Adam, su soltura aristocr ática y su amplitud de conocimientos. Y sintió que Katherine reaccionaría si pudiese invocar alguna de esas cualidades. Robert tenía miedo de que ella perdiese el interés a medida que iba descubriéndose.
Después de un momento, sacudió la cabeza ligeramente.
Katherine enmascaró su decepción levantándose y caminando hacia la ventana.
— ¿Sabes? No me importan los exámenes finales. Pero no soporto la idea de irme de aquí dentro de tres meses... ¿Y tú?
Robert se pasó un dedo por la máscara representando una lágrima.
Después de un rato colocó con delicadeza una mano sobre el corazón. Ella le sonrió.
Al organizar la velada, Adam había elegido a las parejas y a las personas basándose en lo que sabía de cada uno de los participantes.
Katherine y Robert, por razones que no estaban totalmente claras para este último, eran la bruja y el mago; los otros eran la dama y el caballero, y la prostituta y el sacerdote. Antes de reunirse en el baile, cada uno ten ía que resolver una adivinanza que estaba en sus sobres y que los llevar ía a un determinado lugar. Una vez allí las instrucciones decían: «... encontrarás un segundo puzle que has de resolver. Habrás de encontrar ciertas palabras mágicas, anotarlas y traerlas de vuelta contigo. Entonces tienes que cumplir un deseo s ecreto. Para ganar el premio has de volver con las respuestas
correctas para resolver una tercera adivinanza. Se distinguirá con honores especiales a las aventuras más imaginativas o escandalosas ocurridas en el trayecto. El flirteo es bienvenido. No lo son los toqueteos que no sean bien recibidos. Las verdaderas identidades se revelar án a las diez en punto de la noche».
—Vayamos a las pistas —dijo Katherine.
Robert abrió su sobre y sacó dos tarjetas. En una estaba escrito: «Pista: Soy un eco de la Ciudad Santa». En la parte de atrás añadía:
«Sugerencia: Ella tiene un deseo secreto relacionado con este lugar. Una vez allí, haz lo primero que te diga que tienes que hacer. Recuerda que no debes hablar».
La segunda tarjeta mostraba una serie de puntos y líneas y decía:
«Guarda esto para más tarde». Robert le enseñó la tarjeta con los puntos y la pista. Katherine cogió de su escritorio un abrecartas y abrió su sobre.
«Pista: Visto desde el cielo soy un ojo...» Se quedó pensando y le dio la vuelta a la tarjeta.
— Mmm... —No le comentó lo que decía por detrás. Su sobre contenía una segunda nota sellada con cera roja que guar dó en el vestido. Decía:
«Abrir solo en el lugar que buscas». Dirigió la vista hacia un bloc de notas y se lo dio—. ¿Significa algo para ti?
Él n egó con la cabeza.
— ¿Cuál es la Ciudad Santa? Jerusalén, Al-Quds. Cristiana, musulmana y judía. Tiene que haber otras, pero... —Katherine cogió en una estantería una guía ilustrada de Cambridge y hojeó las páginas una tras otra—. Un ojo. Visto desde el cielo. Un eco de la Ciudad Santa...
Robert le hizo una señal para que le pasase el bloc de notas y escribió:
«Los iris y las pupilas son redondos. ¿Qué te parece la iglesia Redonda?». La iglesia Redonda de Cambridge, construida en la época de los normandos, estaba a menos de diez minutos a pie. La buscó en la guía e hizo una mueca de agrado.
—Por supuesto —dijo—. ¡Eres listo! Dice que la iglesia Redonda es una copia de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. Todas las iglesias redondas del mundo lo son. Era algo de los templarios. Agarró la escoba y dijo:
— ¡Vámonos!
Nueva York, 25 de agosto de 2004
Las calles guardaban el calor de finales del verano atrapado entre el metal y los cristales. Había humedad. Se avecinaba una tormenta. Robert se detuvo sin pensar ante un escaparate de la Quinta Avenida. Era una de esas tiendas que vendía recuerdos horteras de Nueva Yor k: los edificios del World Trade Center en una bola de nieve, diversos Empire States de plástico con King Kong colgado de la punta, mecheros de la estatua de la Libertad. Inexplicablemente, esas cosas le fascinaban. No paraba de comprarlas. Pequeños edificios Chrysler. Flatirons enanos. Katherine decía que era una enfermedad.
Entró en la tienda sintiéndose un poco culpable.
Katherine sentía debilidad por la pornografía culinaria: revistas de cocina con colores brillantes, el canal de cocina de la televisión por cable, una obsesión insana por Mario Batali, Pero él había desarrollado su propia debilidad: los paseos turísticos, libros de mesa con grandes ilustraciones sobre la arquitectura de la ciudad y modelos cutres de edificios importantes.
Un pisapapeles plateado barato llamó su atención. Congregaba alrededor de veinte lugares importantes en una base oval: las Naciones Un idas, el edificio Chrysler, el Empire State, el puente de Brooklyn, la estatua de la Libertad, etcétera. Decidió comprarlo cuando vio que tenía un centro Rockefeller y un arco del Washington Square que quiz á podría sacar. Esos no se encontraban por separado.
Hizo la compra. Estaba sudando y ligeramente mareado. Deshidrat ado, quizá. Mientras se dirigía a Times Square y hacia el oeste, por la calle Cuarenta y Dos en dirección a la estación de autobuses de las Autoridades Portuarias, pensaba en Katherine y en el abismo que se hab ía abierto entre ellos. Habían pasado ocho meses desde el aborto. No sab ía cómo arreglarlo. Cuando Robert llegó a casa, Katherine parecía cansada. Su compra le par eció divertida hasta que sacó el cincel.
—Ahora vas a cargártelo. Vaya.
—Es difícil encontrar una miniatura o algo relacionado con el centro Rockefeller.
No tenía compasión:
—Alimenta tu hábito si tienes que hacerlo.
— ¿Qué tal tu día, Kat?
Sonrió secamente.
—Me siento como si tuviese ochenta años.
En su estudio había un mapa de Manhattan sobre la mesa. Hab ía puesto sus pequeños recuerdos de edificios sobre él como si estuviese construyendo un modelo a escala de la isla en tres dimensiones. El centro Rockefeller encajaría a la perfección. Katherine lo observaba con tristeza desde el umbral de la puerta.
—Robert, de esto no saldrá nada bueno. De verdad.
—Espera... un... minuto.
Ella se acercó más para ver lo que estaba haciendo. El pisapapeles est aba roto y una parte de las Naciones Unidas y del puente de Brooklyn sali eron volando. A Katherine casi se le metió en el ojo el brazo con la antorcha de la estatua de la Libertad. El edificio Rockefeller salió más o menos intacto.
— ¡Para!
—De acuerdo, de acuerdo.
Katherine lo miró con desesperación.
—Entonces, ¿cuándo vas a abrir el paquete misterioso? —preguntó.
Había recibido un paquete en el correo de la mañana dirigido simplemente a Rickles. Tenía sello de Nueva York y no llevaba remitente. Ella lo había llamado para decírselo; sabía quién lo había enviado y estaba preocupada por si era algo importante. Solo había una persona que lo llamara Rickles.
Lo primero que se le pasó por la cabeza a Robert fue decirle a Kather ine que lo metiese en un cubo de a gua en la parte de atr ás de la casa. Los regalitos y los juegos de Adam Hale eran así. En lugar de eso ella lo había dejado en el escritorio de su despacho, junto con la basura intratable que guardaba en su archivo de «demasiado difícil».
—Puede que lo envíe otra persona —sugirió.
Pero no.
El pa quete era un cubo de unos diez por diez cent ímetros. Señaló hacia la puerta.
— ¿Podrías salir de la habitación un momento? Uno de nosotros tendrá que seguir vivo para demandarlo si explota.
Ella sonrió distraída y se marchó.
Robert cogió el paquete del escritorio con una mano y empezó a cortar el envoltorio marrón con un cúter. La mano derecha le temblaba sin querer.
Robert respiró hondo para calmarse. Los juegos de Adam podían llegar a ser egocéntricos e irritantes, incluso redomadamente molestos. Pero esta vez sentía que era diferente, como si hasta ahora todo hubiesen sido pruebas
de vestuario para la obra que estaba a punto de empezar. Terminó de cortar con mucho cuidado el papel y lo abrió: era una caja de cartón grueso, con una cinta que la cerraba por arriba. Perfor ó la cinta de embalaje y dejó que la cuchilla se deslizase por la grieta que hab ía entre las dos tapas.
Abrió la caja.
Dentro había un sobre y un objeto misterioso envuelto en papel de burbujas y en papel de seda. Acercó lentamente el cúter al papel de burbujas. La mano le seguía temblando.
Se detuvo y respiró hondo. Luego lo abrió.
Era una caja metálica redonda, de color dorado platino, de unos siete centímetros y medio de diámetro. Le recordaba a un pastillero o a un cilindro pequeño. El borde superior estaba marcado con círculos concéntricos. Parecía extraordinariamente ligera. El sobre contenía una nota escrita a mano con una cuidada letra en mayúsculas, y solo decía:
«Ayúdame por favor». Por la parte de atrás, escrito con más prisa, habían añadido: «No queda tiempo». No había firma pero Robert reconoció la letra de Adam. Cerró los ojos.
«Un día serás llamado.» Aún ahora podía oír las palabras de Adam, dos décadas después. La boca se le llenó de un sabor acre. Metió la nota en un cajón. El pastillero tenía motivos geométricos en sus laterales. No había una manera evidente de abrirlo. Le dio mil vueltas, presionando, t irando y buscando grietas en las que poder meter una uña. Nada. Cuanto más lo tenía en la mano, más se frustraba. Después de un rato incluso parecía más pesado, así que lo dejó sobre la mesa y llamó a Katherine.
—Típico de Adam. Échale un vistazo a esto, haz el favor. Es un cabr ón
—dijo—, está completamente sellado.
Katherine lo cogió y lo miró bajo la lámpara del escritorio, y luego c erró
los ojos.
— ¿Es alguna especie de metal? Es casi como cristal. ¿Crees que Adam está empezando otro de sus juegos?
Lo dejó sobre el escritorio. Él sonrió con ironía.
—Espero que no. No tengo muy claro que lo cubra nuestro seguro. Ella estudió su rostro un momento.
—No te gusta que te llamen Rickles, ¿verdad?
La caja permanecía sobre la mesa, como un sapo. Ahora parecía más dorada rojiza.
—Siempre me ha irritado, sí.
— ¿Venía algo más con esto?
—No —mintió.
Ella se fue al piso de arriba.
Robert se peleó con aquella maldita cosa durante media hora m ás, intentando no pensar. En un momento dado, el borde se desliz ó unos quince milímetros en el sentido contrario de las agujas del reloj emitiendo un leve clic, como si hubiese engranado un mecanismo de precisión, pero luego no pudo seguir moviéndolo. Intentó reproducir las posiciones de la mano y de los dedos que lo habían hecho posible, pero no lo consiguió.
Desistió y fue a reunirse con Katherine.
—Cuando era una niña tenía una caja secreta que era muy difícil de abrir, un poco como esa —dijo, girándose de la pantalla del computador para mirarlo—. Me la dio un amigo en una de las vacaciones de verano que pasamos en Francia. Era de madera y las piezas estaban muy bien encajadas, por lo que tenías que saber la secuencia exacta de movimientos para abrirla. Solía escribir en papelitos las cosas malas e hirientes que me decía o me hacía la gente y los guardaba en ella. Guardaba dentro el dolor.
—Yo podría utilizar una de esas en el trabajo.
—La llamaba mi caja del mal.
Robert frunció el ceño.
—Si no recuerdo mal, boîte à malice significa algo así como «caja sorpresa», si es en lo que estás pensando —dijo, caminando hacia la estantería para coger un diccionario de francés—. Sí, mira esto, es una mala traducción. Pero ella no miró.
—Lo sé. Mezclaba inglés y francés. Solo tenía trece años, Robert.
—Es incorrecta, pero me gusta la frase. Caja del mal. Tiene un aire fortuito y fatalista. A Adam le entusiasmaría, sin duda. De todas formas voy a cargármela con un atizador.
—No lo hagas.
— ¿Que no me la cargue?
—Todo lo que estás haciendo ahora mismo. No lo hagas. Para.
— ¿El qué?
—Intentar rebajarme. Ser un pedante. Enfadarte con Adam.
Robert refunfuñó.
—Bueno, déjame echarle otro vistazo. Parece marroquí. ¿Quizá egipcia?
Sea lo que sea no la rompas. Podr ía tener bastante valor, y es bonita. Le dio la caja a Katherine.
Cuando Katherine consiguió abrirla, vieron que la caja del mal contenía una bolsa de cuero que encajaba perfectamente en su interior. Dentro había dos llaves y un papel doblado con una dirección por un lado y una palabra por el otro: «vitriolo». Qué apropiado, pensó Robert.
La dirección pertenecía a un apartamento en el barrio de West Village.
Katherine se había animado.
—Qué emocionante. Me alegro de que vuelva a sus adivinanzas.
—Enséñame cómo la has abierto.
—No estoy segura de que pueda. Prob é colocando los dedos en distintas posiciones, girándola y apretándola en distintos sitios, y todo mientras miraba la parte de arriba, y tiene algo. Mira, ¿lo ves? ¿Ves como parece cóncava durante un segundo y convexa al siguiente? Es raro. Es como m irar a un ojo que lo ve todo. Si no supiese que no es posible, jurar ía que me quedé hipnotizada durante un momento al mirarla.
—Eso es una gilipollez. Simplemente la abriste por casualidad y ahora no puedes volver a hacerlo.
Le cogió la caja y se retiró a su estudio para pensar a qué podía estar jugando Adam.
¿Qué información tenía?
Adam, que vivía en Miami y que apenas se había puesto en contacto con él desde hacía años, le había enviado un paquete desde Nueva York, o bien había hecho que alguien lo enviase. No hab ía puesto nada por fuera del paquete, ni siquiera por dentro, que lo identificase como el r emitente, excepto para Robert y Katherine.
Adam estaba pidiendo ayuda directamente de una manera que no era la típica de sus retos de puzzles; estos normalmente consistían en pedirle favores de lo más divertidos, presentarle a mujeres, pedir dinero y todo tipo de artimañas de dudosa legalidad. Y se estaba quedando sin tiempo.
Roberto cogió la caja del mal y la miró fijamente. Sintió un escalofrío por todo el cuerpo. Había algo que no iba bien.
Cambridge, marzo de 1981
La niebla era más densa que nunca, el aire cortante. Katherine cogió a Robert por el brazo mientras caminaban hacia el norte por King's Parade, pasaban la Casa del Senado y entraban en la calle Trinity. No hab ía casi nadie en la calle. Parecían criaturas de ensueño del escaparate de la librería
Heffers, perdidos entre dos mundos. Katherine hab ía traído una linterna que movía de un lado a otro delante de ellos, aunque con poca efectiv idad.
Pasaron junta a la gran puerta del Trinity College, donde estudiaba Adam; luego el jardín exterior donde crecía el árbol de Newton, la verja delantera del St. John con sus criaturas míticas, llamadas centicoras, que sostenían el escudo de armas del fundador: colar de elefante, cuerpos de antílope, cabezas de cabra y cuernos que apuntaban hacia delante y hacia atrás al mismo tiempo.
Justo antes de llegar a la iglesia Redonda, Robert vio otro reflejo por el rabillo del ojo en un escaparate, y por un instante crey ó que había alguien más con ellos. Al parpadear ya hab ía desaparecido.
La iglesia Redonda estaba rodeada por un muro bajo. Había pasado muchas veces por allí, pero nunca había entrado. En su interior parecía haber una luz parpadeante. Katherine se apret ó más contra él al entrar en el terreno.
—Es un poco escalofriante vista así. ¿Sueles ir a la iglesia?
Él sacudió la cabeza. La entrada, en forma de arco de medio punto, estaba cerrada. Rodearon la iglesia hacia la izquierda, caminando sobre la hierba del antiguo cementerio, inspeccionando las vidrieras, que brillaban ligeramente iluminadas desde el interior.
—Según el libro, solo hay otras cuatro como esta en todo el pa ís —dijo ella—. Fue fundada como una capilla para peregrinos en el siglo XII por la Fraternidad del Santo Sepulcro, de la que no se sabe nada m ás. ¿Quizá eran caballeros que regresaban de las cruzadas? Veamos lo que dice la siguiente pista. Katherine sacó la nota sellada y partió la cera del sello, luego se acercó
a él y le dio la linterna. Él leyó por encima de su hombro: «Busquen un pájaro mágico. Digan su nombre y las razones por las cuales es mágico.
Traigan con ustedes las palabras sobre las que anida».
Robert se encogió de hombros y señaló los pilares grabados del porche de la entrada. Los inspeccionaron. No había pájaros. Salieron del cementerio y caminaron alrededor de la iglesia hasta la parte de atrás, donde ampliaciones tardías habían añadido una arquitectura más cuadrada y regular. El edificio Victoriano de ladrillos rojos que albergaba la Sociedad de Debate de la Universidad de Cambridge se erigía a sus espaldas. Se quedaron mirando una ventana con una vidriera que representaba la Crucifixión. La exploraron con te ayuda de la linterna de Katherine en
busca de detalles. Robert descubrió una fecha escrita al revés, ya que la estaban viendo desde fuera: 1942. En medio de la niebla oyeron la voz de un hombre.
—Fue destruida durante la guerra.
Katherine chilló y lo agarró por el brazo. Robert, olvidando su voto de silencio, gritó en la dirección de la que venía la voz:
— ¡Maldito cabrón! Casi nos da un ataque al corazón.
—Siento haberos asustado —dijo la voz. Un hombre con un abrigo tres cuartos en forma de tubo y botas de goma dio un paso adelante, oculta ndo su cara con una gran capucha.
— ¿Quién eres?
—No soy más que un vigilante. Me gusta que las cosas est én en orden.
La gente siempre tira basura al suelo. Ustedes sí que dan bastante miedo con esos disfraces. ¿Van a una fiesta?
—Más tarde —dijo Katherine.
—Parece que necesitasen ayuda. ¿Están resolviendo un puzle?
Tenía la voz de un hombre de unos cincuenta y tantos. No era de all í.
Era una voz amable.
—Bueno —dijo ella, dudando—. ¿Sabe de algún pájaro mágico en los alrededores?
—Ah. El pelícano en su piedad.
— ¿Perdón?
—Deben de estar buscando El pelícano en su piedad.
— ¿Qué es eso exactamente?
—Una vidriera. Si miran al oeste, lo verán hacia la salida. Está en la parte de delante. Traigan su linterna.
El vigilante se adentró en la niebla. Katherine se quedó atrás y acercó los labios al oído de Robert.
—Yo tenía un deseo secreto sobre este lugar, pero él ha estropeado bastante el ambiente —le dijo sonriendo. Robert le gruñó.
—No digas ni una palabra más. Por lo menos no te he mandado echar.
Vamos, busquémoslo.
Volvieron sobre sus pasos hasta la fachada de la iglesia. El vigilante estaba inmóvil como una roca, con un brazo levantado y con un paraguas cerrado en la mano que le hacía parecer una criatura deforme. Estaba señalando una ventana sobre el porche.
—Sigue mi brazo con la linterna —dijo—. ¿Lo ves?
Ante sus ojos apareció una forma abstracta, redonda y blanca con el fondo rojo sangre. Al mirarlo con más atención, Robert consiguió diferenciar la curva de un cuello y un ala. Se parecía más a un dragón que a un pelícano.
—Dios mío —dijo Katherine—. Se está comiendo su propio corazón.
Era verdad. El pico de la criatura estaba desgarrándole el pecho.
—Para alimentar a sus crías —dijo el vigilante—. El pelícano en su piedad. El sacrificio de la vida de Cristo, entre otras cosas. ¿ Ven el nido y los polluelos ?
Katherine dirigió la luz de la linterna un poco más hacia abajo. Había un nido y debajo de él un cáliz y una especie de pergamino. En la parte inferior había algo escrito.
—Esas son las palabras mágicas —dijo ella—. Escríbelas. Están escritas hacia atrás, espera...
—Puedo evitarles la molestia —dijo el vigilante—. Hic est enim sangus meus novi testamenti en lo que sea pecattos. Falta una palabra, es ilegible.
¿Cómo está su latín?
Katherine hizo una mueca.
—Bastante oxidado, la verdad.
—Bueno, siendo estrictos deber ía ser sanguis, no sangus, y la última frase es confusa, pero lo que significa es: «Aquí está mi sangre del nue-vo testamento» en lo que sea «de los pecados». La palabra que falta es
«perdón» o «redención». ¿Lo tienen?
Robert tomaba notas frenéticamente. Asintió.
—No dices mucho cuando no dices tacos, ¿no? Echen un vistazo a la parte de arriba de la ventana.
Katherine levantó la linterna. Robert pudo ver una cúpula blanca y roja.
—Jerusalén —dijo el vigilante—. El Santo Sepulcro original construido sobre la tumba de Cristo. Redondo.
—Ha sido muy amable —dijo Katherine en un tono que suger ía que se fuese—. Muchas gracias.
— El pelícano en su piedad —dijo el vigilante pensativamente—
. En heráldica se dice «lacerar». Se lacera el pecho. Autosacrificio. La gente solía pensar que el pelícano alimentaba a sus crías de este modo. Por supuesto, son tonterías. Pero como pueden ver se convirtió en un símbolo de Cristo. Del autosacrificio. ¿Se consideran cristianos? —sus ojos se
movieron de la capa bañada de estrellas de Robert hasta el sombrero de punta y la escoba de Katherine.
—Más o menos —dijo Katherine—. Tenemos que irnos. Adiós.
El hombre les hizo una pequeña reverencia.
—Quizá nos volvamos a ver.
Ella se estremeció y se llevó a Robert de allí, empujándolo hacia la calle que llevaba a St. John. Robert mir ó atrás y vio la figura borrosa del vigilante, que seguía mirando al pelícano, desaparecer lentamente entre la niebla. Nueva York, 25 de agosto de 2004
Adam Hale estaba de pie ante los tres hombres de pelo blanco; ten ía miedo. Llevaban puestos exquisitos trajes hechos a medida en tonos sobrios, discretos, corbatas sencillas y caros gemelos, y sellos en los dedos.
Exudaban un aire de poder tranquilo.
—Adam Hale. Gracias por aceptar nuestra invitación —dijo el más alto de los hombres.
—Vistas las circunstancias, no tenía mucha elección.
—Es cierto. Aun así, le estamos agradecidos.
Estaban en el Empire State, en una oficina del piso setenta y ocho.
—Por favor, siéntese señor Hale.
—Prefiero estar de pie.
—Como guste.
Solo hablaba el más alto de los hombres. Los otros se sentaron uno a cada lado de él en la m esa de caoba de la sala de juntas, mirando fr íamente a Adam.
—Nuestra última reunión fue justo hace un año.
—Correcto. El 14 de agosto del 2003.
—El gran apagón.
—O como quiera llamarlo. Todos sabemos lo que fue.
—Desde ese día h emos estado, digamos, ligados de cierto modo. El hombre apenas movía la mandíbula al hablar, recortando las vocales como un patriarca rico de nacimiento que hablase sobre el sector inmob iliario.
Aunque intentaba resistirse, el miedo invadía a Adam. Eran muy poderosos, demasiado poderosos para él solo. Y estaban abriéndose camino en su alma, centímetro a centímetro, día a día.
—Sentimos que era el mom ento de llamarte.
— ¿Tan pronto?
En lo más profundo de su corazón, Adam se repetía a sí mismo el voto que había hecho hacía más de veinte años. Proteger al inocente. Guardar los secretos. Necesitaba retrasarlo, costase lo que costase.
— ¿Qué quieren exactamente? Quiero entenderles.
El hombre situado a la derecha del portavoz se rió. Los otros dos arrugaron los ojos en señal de apreciación, como si hubiese dicho algo gracioso.
—Como sabe, trabajamos a través de otros. Tenemos paciencia.
Existimos desde hace mucho tiempo, igual que el grupo al que usted pertenece. No tenemos dirección. Mañana esta suite estará vacía. No podrá encontrarnos a menos que nosotros queramos. Se sacó del bolsillo de la chaqueta lo que Adam pensó que era un bolígrafo de plata y lo giró, haciendo salir una reluciente cuchilla met álica. Luego se puso de pie e, inclinándose hacia delante, escribió cuatro letras en la exquisita superficie de la mesa: Iwnw.
Adam retrocedió ante la facilidad con la que realizó el gesto.
—A veces se refieren a nosotros como la Hermandad de Iwnw —dijo, pronunciándolo iunu, la última vocal solo como un leve suspiro—. Hem os tenido muchos nombres, en diferentes países.
Adam resopló con sarcasmo.
—A mí solo m e parecen tres gánsteres con trajes de Savile Row. El líder taladró a Adam con la mirada. Por un momento sopesó el insulto pero luego hizo un gesto de olvidarlo.
—Iwnw es el nombre de una ciudad, un lugar sagrado. Un lugar de poder donde nuestros ancestros y Aquellos de la Luz Perfecta, digamos, se pusieron en desacuerdo. En muchas tierras hay mitos que reflejan las bat allas entre nosotros desde esa época. Todos son fragmentos.
—En esas historias ustedes siempre pierden, ¿verdad?
—Depende de dónde detenga la historia. Nunca se acaba. Ninguno de nosotros puede prevalecer completamente. Siempre estaremos en el mundo.
De hecho nos necesitan. Su gente también tiene muchos nombres, no todos ellos acertados. Puede considerar que realmente est án en el lado equivocado de todo esto.
—No lo conseguirán. Ya les he parado antes. El año pasado.
—Por supuesto. Pero a un precio considerable para usted, señor Hale,
¿no está de acuerdo conmigo? No es lo suficientemente fuerte para hacerlo de nuevo. De hecho, es bastante agradable traerlo hacia nuestro
redil. Nuestra clase, la suya y la mía, siempre ha existido, ¿no es así? Un puñado de gente en el mundo, en cualquier momento dado, capaces de oír las mayores armonías, de ver mundos más allá del físico. De s ervir a maestros más grandes.
—Es una bendición.
—Es también una maldición, creo que estará de acuerdo. Personalmente para usted. El líder de Iwnw caminaba lentamente hacia Adam mientras hablaba.
—Somos de la opinión de que dicho conocimiento, la capacidad de percibir y explotar dichas fuerzas, deber ía de utilizarse para darle forma al mundo de los hombres y las mujeres normales. Deber ía utilizarse para propósitos políticos. Para construir cierto tipo de sociedad. Nosotros preferimos separar el trigo de la paja, por decirlo así. No nos preocupan demasiado los Estados Unidos ni el mundo bajo su presente liderazgo. Una tierra contaminada que se encamina al desastre. Disputas interminables. El poder en manos del ign orante.
Ahora caminaba directo hacia Adam, se quedó ligeramente detrás de él.
Adam sentía la intensidad de su mirada pero se negaba a girar la cab eza para encararlo.
— ¿Qué forma preferiría la Iwnw que tomase el mundo?
—Obediente. Sumiso. Al servicio de gobernantes benévolos y fuertes.
Gente como nosotros. Gente como usted.
—Váyanse al infierno.
De repente unas manos de acero doblaron el cuerpo de Adam hacia delante y le golpearon la cabeza contra la mesa. Todo su cuerpo estall ó de dolor. Oyó que le susurraban unas palabras al oído:
—Ha llegado nuestro momento. Usted cumplirá nuestra orden. Ya sabe lo que ocurrirá si no lo hace.
Adam luchó para liberarse de las manos del hombre. Su cabeza volvió a golpear la mesa y su campo de visión se llenó de estrellas.
—Deshagan lo que han hecho —les escupió Adam.
—Tu hijo nonato y su madre. Ayúdanos y quizá todavía puedan vivir.
— ¿Cómo puedo hacerlo? ¡Lo que piden es imperdonable!
—Ponte en contra de nosotros o intenta engañarnos y morirán.
Queremos que nos sirvas de instrumento. Adam cerró los ojos. Vio la oscuridad avanzar hacia él como un relámpago por todas partes. Se
resguardaba en el lugar donde yacían ocultas sus intenciones más preciadas.
Reunió toda la fuerza que pudo y luego dijo:
—No los sacrificaré. Prescinda de ellos y cumpliré sus órdenes. Sintió como las manos lo soltaban ligeramente. Al menos hab ía ganado algo de tiempo.
—Instrúyame.
El hombre sonrió.
—Bien. Bien hecho. Hay un hombre que se llama Lawrence Hencott.
Queremos que le hagas una visita. Esta noche.
Little Falls, Nueva Jersey, 25 de agosto de 2004
Robert se acercó a Katherine a la hora de irse a dormir, le puso las m anos en los hombros y le dio un masaje mientras leía. Los tenía llenos de contracturas. Ella emitió un sonido de placer. Él deslizó los dedos por el cuello de la blusa y le masajeó los músculos con más fuerza, susurrándole al oído:
— ¿Qué tal si te llevo arriba, visitamos tu habitación y seguimos quitando estos nudos?
Fue su proposición más directa en semanas.
La postura de ella y su tono de piel cambiaron. No dijo nada, y después de un momento contestó:
—Esta noche no. Lo siento. Todavía no.
Él continuó masajeándole los hombros durante un minuto y luego paró.
—Me voy al sobre.
—Yo voy a leer un rato. Después voy contigo.
— ¿No estás contenta de tener noticias de Adam, Kat?
—Tú no pareces estarlo.
—Es diferente.
—Pareces casi... asustado.
—No estoy seguro de que esa sea la palabra.
—Ha sido como un h ermano para tí. O como un primo un poco loco.
—Lo sé.
— ¿Qué te reconcome?
—Nada. Yo también voy a leer un rato.
Habían elegido el nombre de Moss para el beb é. Habría nacido a finales de mayo, pero lo perdieron en Navidad. Hab ía sido su bebé milagroso del apagón, concebido el día en que se fue la luz en toda la parte noroeste de los Estados Unidos. El 14 de agosto de 2003. Hab ía sido la
primera y la última sorpresa, dada la edad de Katherine, y no habr ía otro.
El difunto hermano de Adam había llevado ese nombre y Adam hab ía explicado una vez que era una variante de Moisés, el pequeño enviado a la deriva en una cesta. Les había parecido que le iba bastante bien.
A veces Robert le prodigaba a Moss largos y grandes mon ólogos susurrados que no tenían sentido para nadie. Esta noche simplemente se sent ó
un rato en la habitación que habría sido la del niño, a solas con sus pensamientos. Cuando Robert se metió en la cama y se quedó dormido, le pareció que había sido cuestión de segundos que el teléfono sonara.
Oyó a alguien hablando de fondo, dando golpes, rompiendo cristales.
Soltando tacos.
— ¿Hola? ¿Quién es ?
No tenía ni idea de si había dormido durante cinco minutos o durante cinco horas. ¿Adam? ¿Por qué iba a ser él? Hizo un esfuerzo para escuchar las palabras. Luego no fue necesario. Oy ó la voz de un hombre resonando directamente en el teléfono entre fragmentos provocados por el dolor, indistintos, gritando:
— ¡Tú... estúpido! ¡Voy a... hacerte daño... bala... a ti y a todo... en el suelo... tú... cañonero... muere!
Robert colgó e inmediatamente deseó haber contestado a esos gritos. Su corazón latía con muchísima fuerza. Miró a su alrededor en la habitación, como si el que llamaba estuviese en el interior de la casa. Respiraba r ápido, como si le estuviese dando un ataque. Le temblaban las manos. Marcó *69
para devolver la llamada, pero nada. Se levant ó para comprobar las cerraduras y buscó a Katherine, que se había quedado dormida rápidamente; luego volvió a la cama y se quedó sentado en silencio, intentando recordar la voz en su memoria. La parte racional de su mente decía que todo aquello no iba dirigido a él: algún borracho que había sido despedido y que estaba enfadado con el mundo, marcando números al azar y soltando sapos y culebras por la b oca. A pesar de sus esfuerzos para pensar, el sueño le iba y le venía. En un punto se encontró a sí mismo mirando fijamente a los dibujos de luz que se disipaban antes de que pudiese en focarlos. Se quedó dormido. El teléfono volvió a sonar, despertándolo violentamente. Una voz de hombre.
—Robert Reckliss, ¡despierta, despierta! ¿Estás listo para conocer a tu creador?
Durante un momento volvió a estar en la habitación del Trinity, en la noche en la que casi habían muerto.
— ¿Quién...?
—Se acabó el dormir. ¿Escuchas el trueno? Tienes una cita con la muerte.
— ¡Vete al infierno! —le gritó al teléfono. Pero la línea ya estaba cortada. Por la puerta apareció una Katherine con los ojos legañosos.
— ¿Qué cono te pasa? ¿Con quién hablas en mitad de la noche?
—Algún borracho.
Abandonó la idea de dormir. Eran casi las cinco de la ma ñana del jueves 26 de agosto, el primer día de su destrucción. Nueva Jersey/ Nueva York, 26 de agosto del 2004
Llovía de camino al trabajo. El repiqueteo de la lluvia en el tejado del c oche era hipnótico, un sonido continuo y r ítmico. Katherine y él estaban en Little Falls, Nueva Jersey, justo a la s afueras de Nueva York después de atravesar el túnel Lincoln. Conducir en Nueva Jersey no era apto para personas nerviosas, especialmente si las calles estaban mojadas. A pesar de los tres cafés que se había tomado, apenas estaba despierto y, aproximadamente cada tres kilómetros, bajaba la ventanilla un poco para que entrase algo de aire, aunque también entrase agua en el coche.
Cada vez que pasaba bajo un puente o bajo un paso elevado, el zumb ido bajo la lluvia paraba durante un segundo y luego volv ía a empezar casi antes de que se diese cuenta de que hab ía desaparecido. Como esos momentos en las fiestas cuando todo el mundo se queda callado al mismo tiempo: ha pasado un ángel, se dice. Puente, ventana. Puente, ventana, interrumpiendo la lluvia y el ronroneo de los neumáticos. También había otra ayuda para mantenerse despierto: los locos del v olante y los enfermos mentales que pasaban volando, serpenteando y zi gzagueando a lo largo de la franja oscura y recta que era la ruta 3. De vez en cuanto veía en la distancia la silueta de Manhattan y sus centinelas ausentes, que aparecían en el horizonte entre sombras grises. Las excéntricas llamadas y la petición de ayuda de Adam no paraban de darle vueltas en la cabeza. Intent ó ignorarlas.
El camino hacia la oficina normalmente era su momento para pensar en permutaciones y en posibles soluciones para problemas del trabajo, como si estuviese abordando un rompecabezas o uno de esos juegos en los que hay quince cuadrados y un espacio vacío dentro de un marco y tienes que
moverlos intentando ponerlos en un determinado orden. Se imaginaba los problemas de plantilla o de recursos como una serie de espacios o bolas de colores, o letras en un alfabeto, y los mov ía hasta que encontraba una combinación que tuviese algún significado y que pudiese estimular con un poco de soborno, halagos o amenazas para hacer funcionar toda la oper ación al completo. El interior de su cabeza parecía un cuadro de Mondrian.
Llevaba en el negocio de las noticias cerca de veinte a ños, aunque nunca había sido realmente un corresponsal agresivo en climas exóticos como Adam; era más bien el encargado de la seguridad, el tipo de hombre que se asegura de que se hagan las cosas necesarias y aburridas. Más fontanero que poeta, quizá; más hombre de familia que amante. Se puede decir que era un adulto responsable, siempre lo había sido, desde el colegio. Lo habían educado para que no dejase que la imaginación sacase lo mejor de él. Esto no quiere decir que no hubiese tenido sus momentos. Era fuerte. Era un hombre imperturbable, el hombre que se necesitaba en medio de una crisis.
Roben fue quien comandó las nuevas tropas en Nueva York el 11 de septiembre cuando cayeron las torres. Se hab ía mantenido imperturbable durante caídas de la bolsa, huracanes, asesinatos y devaluaciones de la moneda.
A diferencia de Adam, nunca hab ía causado ninguna de estas cosas. Un coche deportivo color cereza lo adelant ó por la derecha como un cohete y se le puso delante, se tambaleó durante un momento y luego se metió como una bala en un huequecito que había en el carril de la izquierda. Solo faltaban unos días para la Convención Nacional Republicana. Tendría que lidiar con los últimos preparativos y solucionar los problemas de última hora. Le gustaba eso. Le gustaba el proceso. Le gust aba que las cosas funcionasen como una máquina bien engrasada.
La GBN estaba en el séptimo piso del antiguo edificio de la RCA Víctor, en la Cincuenta y Uno con Lexington gracias a algún acuerdo protegido de los años cincuenta que nunca había acabado de entender. Era totalmente art déco, y entrar en él era una maravilla. Sus diseños se habían colado en sus sueños durante los últimos días: intensos relámpagos, ondas de radio estilizadas, dibujos gloriosos en el interior de sus párpados. La noche anterior, cuando se había despertado medio soñando entre las dos excéntricas llamadas, había visto un relámpago azul blanquecino a la derecha ante él en la oscuridad, como si estuviese congelado, y lo vio desvanecerse lentamente mientras se despertaba. En la gran curva que había
al entrar en la boca del túnel Lincoln, en el carril púrpura del telepeaje, miró hacia delante e intentó medir los niveles de actividad policial. No podía explicar exactamente el porqué, pero parecía más de la habitual. Antes o después alguien intentaría volver a atacar Nueva York. Era solo cuestión de tiempo. Por eso había cumplido el deseo de Katherine de vivir fuera de Manhattan al enterarse de que estaba emb arazada. Habían encontrado una casona modesta en Little Falls, una ciudad agradable y rodeada de árboles.
Su casa tenía demasiadas habitaciones. Estaban inspeccionando un par de camiones en el interior del t únel. El número de polis era el mismo de siempre, con los mismos detectores de radiación de rayas negras y amarillas, pero los rostros de todo el mundo parecían reflejar que habían sido informados de un estado de alerta, un sentimiento de que había más preocupación y más vigilancia de la que se podía ver a primera vista. Con la convención a la vuelta de la esquina no era demasiado sorprendente.
No eran ni las siete de la mañana y las torres de iluminación del túnel Lincoln, los obeliscos huecos con escaleras en espiral que recorr ían su interior, todavía estaban encendidas, iluminando la llovizna de final de v erano. Pensó en algo sexual mientras entraba en la boca del túnel, y lo siguiente que supo es que estaba en el trabajo. Uno nunca lo ve venir. El apagón y los ataques del 11 de septiembre (y Katherine y Moss, igualmente) no eran lo único que surgió de la nada. Las reuniones tediosas que le habían preocupado durante el camino desapar ecieron de golpe cuando recibió una llamada de teléfono apenas se hubo sentado en su despacho.
— ¿Robert?
—John.
John era su nuevo jefe. Estaba en Washington D. C, una ciudad que, i nexplicablemente, prefería a Nueva York.
—Explica, si puedes, este terrible desastre.
Robert no creyó que fuese inteligente preguntar de qué terrible desastre se trataba. Hizo un sonido evasivo.
—Este asunto de Hencott. Es terrible. Un desastre.
— ¿Ha ocurrido algo con Hencott que yo no sepa ?
—Depende de si sus abogados se han puesto en contacto contigo ya. El corazón le dio un vuelco. Los abogados eran abogados.
—Que les den.
—Bueno, parece que no. Está claro que no lo sabes. El presidente se pegó un tiro hace dos horas.
Hencott, Inc. era una empresa privada de tamaño medio con intereses químicos y mineros. Uno de los reporteros de negocios de la GBN, se las había arreglado, gracias a Robert, para entrevistar al presidente, un hombre impetuoso de formación militar que respondía al nombre de Lawrence Hencott y que normalmente hubiese preferido cortarse el brazo derecho antes que hablar con la prensa.