La caja del mal
Prólogo.............................................................................................
Este capítulo es largo, así que está dividido en 16 partes.
Lawrence tenía un hermano, Horace, con un car ácter completamente diferente; un ex académico entusiasta de la arquitectura que Robert hab ía conocido en un paseo tur ístico por el centro de Manhattan. Horace, un anglófilo, parecía rondar los sesenta, pero a Robert le recordaba a un colegial. Siempre llevaba pajarita. Se llevaban bien, compartían su entusiasmo por la historia de Nueva York. Robert era el compañero ignorante en sus conversaciones.
Robert había conocido a Lawrence en una fiesta organizada por Hor ace para celebrar la publicación de un pequeño volumen que había escrito sobre el renacimiento de la arquitectura egipcia. Varios meses después, tras haber visto a Horace unas cuantas veces más, a Robert se le ocurrió preguntarle si su hermano hablar ía con la GBN. No es que persiguiese a Horace con ese propósito, pero por qué no preguntar, había pensado. Podría decir que no, simplemente.
Pasaron meses sin recibir una respuesta. Entonces, el miércoles, Lawrence lo había llamado para decir que lo har ía si Robert podía enviar a un reportero en dos horas. En la entrevista, Lawrence había dado información que tendría gran influencia en el mercado, algo sobre cerrar varias de sus viejas y agotadas minas y algunas instalaciones asociadas dedicadas a i nvestigación y desarrollo situadas en el mismo lugar. El reportero escribió
la historia y el precio del oro subió un poco a causa de eso; era una pequeña primicia para ellos, pues superaban así a Bloomberg, Reuters y el Dow Jones.
El relaciones públicas de la empresa, al que claramente le hab ían arruinado el día, llamó para pedir que cancelasen la historia. Le contestaron con una negativa educada. Insistió. Finalmente su llamada recorrió la cadena hasta Robert.
—Pero no es correcto. —Sudaba al teléfono—. Es muy vergonzoso.
— ¿Quiere decir que no dijo esas cosas?
—Su historia no refleja lo que quiso decir. Se equivocó.
— ¿Lo que quiero decir? —Dios. Todas las entrevistas iban mal.
—Lo sé. Robert, cometió un error. Simplemente dijo algo incorrecto.
Sabes que nunca habla con la prensa. No est á acostumbrado. Ni las minas ni los laboratorios de I+D van a cerrar.
—Entonces debería arreglarlo él. No nos lo pida a nosotros. ¿Su presidente no sabe lo que dice? Vamos, tenemos la entrevista grabada. Lo cit amos directamente y en contexto. No estaba borracho, las reglas b ásicas estaban claras, estaba hablando oficialmente. ¿Qué me estoy perdiendo?
Horace nunca le perdonaría. A pesar de eso, le resulto imposible creer que Lawrence hubiese estado confuso sobre algo en su vida.
—Últimamente ha estado sometido a mucho estr és. Ya sabe la presión que ha de soportar. Tiene problemas de salud. Entre nosotros, su matr imonio se está viniendo abajo. Simplemente... se con fundió. Robert no tenía tiempo para esto. Pobre hombre, si era verdad, pero... Suspiró al teléfono, censuró sus pensamientos más escabrosos e intentó ayudar. Primero la parte profesional.
—Si esto es verdad tiene que pensar en hacer una declaración diciendo que cometió un error. De hecho, le enviaré a un reportero y puede decir eso ahora mismo. Lo escribiremos de inmediato. El mercado est á abierto y no puede ocultar esa información.
El relaciones públicas refunfuñó al otro lado del teléfono. Robert continuó:
—Siento mucho su dolor, pero si su presidente dice tonter ías en las entrevistas, está claro que Hencott necesita hacerlo de dominio público.
Pero no nos acuse de tergiversar sus palabras.
—Lo sé, pero...
—Le pasaré con el reportero.
Hicieron un reportaje nuevo con las críticas de Hencott diciendo que el presidente se había equivocado. El precio del oro volvió a reaccionar, bajando ligeramente. El reportero lo reunió en un documento muy calculado en el que hablaba de lo que todo esto significaba para Hencott; todos los interesados pudieron dar su opinión.
Robert había intentado llamar a Horace lo antes posible para intentar explicarle lo que había ocurrido, pero nunca estaba y su contestador estaba apagado, como siempre.
—Dios mío, Dios... —Su mente daba vueltas mientras intentaba asumir la horrible noticia.
—Por si no queda claro, está muerto. Estuvo despierto toda la noche bebiendo en una habitación de hotel en Times Square. Dej ó una nota que hace que los abogados de la empresa estén ansiosos por llevarnos ante los tribunales. Te nombró a ti. Dice que intentó hablar contigo anoche para defender su caso. Las llamadas de teléfono. Dios mío. Y pobre Horace.
John siguió regañándolo. A pesar de su tono pesimista, parecía que le agradaba el giro que habían dado los acontecimientos.
—Mentes superiores se preguntan si t ú estuviste involucrado, amigo mío.
Los pensamientos de Robert se estaban poniendo al día. ¿Le daría Horace a Lawrence el número de teléfono de su casa?
— ¿Estás ahí, Robert?
—Me llamó. Me llamó estúpido y dijo que me había llegado la hora de morir, si eso es lo que tú llamas defender su caso. Mientras destrozaba la habitación, diría yo. Le dije que se fuese al infierno. Pensé que era algún chiflado. Esto son huevonadas. Peor que huevonadas.
—No te pongas demasiado sentimental. Por supuesto, pondremos a los abogados a trabajar en ello. Nadie está diciendo que tú hayas provocado esto.
—Bien.
—Quizá sea cuestión de opiniones, pero... ¿Recuerdas haberle dicho algo más?
—No.
—Robert, entre nosotros, hay cierta gente que va a utilizar esto contra ti como un arma. Yo estoy de tu lado, pero ten cuidado. Son momentos difíciles.
— ¿Quieres mi placa y mi pistola?
—No seas ridículo,
—El hombre estaba borracho, por el amor de Dios.
Robert hizo una declaración preliminar ante los abogados de la GBN.
Estuvo nervioso en todo momento. Sí que era un terrible desastre. Se dio cuenta de que estaba ligeramente conmocionado e intent ó librarse de esa sensación. Intentó llamar a Horace de nuevo, pero no obtuvo respuesta. Lo mismo ocurrió con Katherine. No sabía lo que decirle así que no dejó
ningún mensaje. Acudió a su amigo Scott, del departamento legal para que le cubriese las espaldas y vigilase a los demás.
Luego, a mediodía, John lo volvió a llamar.
—Tómate un respiro. Vete a casa —le dijo.
— ¿Cómo?
—Estás de permiso remunerado durante el resto de la semana. Ha sido una gran conmoción para todos, pero la empresa siente que t ú, más que nadie, debería tomarse un descanso.
—No necesito descansar —chilló Robert por teléfono—. Esto es intolerable.
—Puede que tú no necesites descansar pero la empresa necesita que descanses. Habrá una investigación.
Lo dijo como si fuese una feliz colonoscopia más que una investigación imparcial.
—No me voy, John.
—Sí, Robert.
Y de repente llegaron Gerry y Dave, del departamento de seguridad, a la puerta de la oficina de Robert, avergonzados pero tiesos como monol i-tos.
—No hagas esto.
—Adiós, Robert. Hasta el lunes.
Se quedó sin palabras. John le estaba haciendo el paseíllo del acusado.
Mientras los ex agentes del departamento policial de Nueva York, con sus rodillas lisiadas, lo escoltaban hacia la salida de la sala de redacci ón, alguna de su gente lo miraba como si de repente se hubiese convertido en un paria.
Aturdido, caminó bajo la luz de cromo amarilla del recibidor del 570 de la calle Lexington hacia el exterior. Hab ía dejado de llover. Giró a la derecha, caminó bajo el casco del Waldorf-Astoria, torció otra vez a la derecha en la calle Cuarenta y Nueve ha cia Park Avenue, y pasó junto a las puertas camufladas del ascensor de bronce que condu cía a la vía muerta privada del hotel (uno de los secretos de la dudad que siempre había querido explorar). Giró de nuevo a la derecha para dirigirse hada el norte, al parque, invadido por la ira y la confusión, hasta los escalones de la iglesia de San Bartolomeo.
Había algo exótico e inapropiado en San Bartolomeo que siempre llevaba a Robert hasta allí. Su gran perfil bizantino estaba agazapado en m edio de la piedra, el cristal y los bloques de acero de Park Avenue com o
una tortuga gruñona. Fue hada el nártex y se detuvo ante una librer ía situada bajo los mosaicos dorados y las b óvedas guastavinas para dejar que sus ojos se acostumbrasen a la escasa luz. Cada cúpula ilustraba una escena del Génesis en un campo dorado. Respir ó profundamente.
Era una gilipollez. No había manera de que Hencott pudiese hacer nada contra él. La GBN pelearía el caso por cuestión de principios. Scott le cubriría las espaldas. Robert salió y le llamó. Le dejó un mensaje diciendo que lo habían mandado a casa y pidiéndole que lo mantuviese informado.
Tenían procedimientos internos para cosas así.
A decir verdad no tenía la cabeza como para trabajar, aunque no hab ía excusa para echarle a la fuerza de esa forma. Cuando todo esto acabase, se aseguraría de que John se arrepintiese de haber cargado contra él. La GBN
no funcionaba así.
Volvió adentro, penetró en la oscura nave y caminó hacia el altar hasta que pudo ver a la derecha los azules y los rojos intensos del rosetón. Se sentó en un banco. No era practicante, pero había veces, sobre todo desde que habían perdido a Moss, que lo único que ansiaba era sentarse solo en silencio y estar tranquilo.
¿Y si lo demandaban a él personalmente? Sería un golpe bajo. Se había gastado mucho dinero en lo del embarazo y en buscar una casa más grande.
Robert se inclinó hacia delante, apoyó la cabeza en las manos y los codos en las rodillas. Volvía el miedo. Llevaba toda la vida trabajando para conseguir estabilidad, seguridad y previsión. Había un mundo oscuro, un mundo de muerte y de odio y él lo había alejado lo máximo posible de él y de sus seres queridos. Pero ahora... Estaba muy cansado. Sinti ó cómo lo envolvía la oscuridad, seductora e irresistible. Durmió durante un rato. El órgano de la iglesia emitió una nota muy grave que impregnó el mundo entre el sueño y el despertar. No era musical, no era una melodía, solo una nota sostenida. Se perdió por completo en ella, olvidándose de dónde estaba. Cuando cesó, volvió en sí en un silencio alterado, casi en un mundo diferente. Sonaron otras notas, más altas, que no seguían estructura alguna.
Luego de nuevo el tono grave, tan bajo que su oído casi no alcanzaba a oírlo, pero podía sentirlo perfectamente vibrando en sus huesos. En el sueño del relámpago también había una palabra, un riachuelo de palabras que corrían juntas como un canto que nunca pudo recordar cuando despertó...
Solo el ritmo permaneció en su memoria. Solo se quedó
con el ritmo... algo como: Mary, Fat Mary, Fat Mary, Fat Mary... Le vibró el móvil en el bolsillo de la camisa. Mientras dormitaba le habían llamado y tenía un mensaje. Era la voz trémula de Horace, pobre hombre.
—Robert, soy Horace Hencott. Solo quería que supieses que hemos recibido muy malas noticias de Lawrence, las peores, me temo. Supongo que al trabajar en los medios ya te habrás enterado. Ya he tenido alguna charla poco agradable con la gente de la empresa, así que quería que supieses que no quiero que te sientas responsable de ninguna manera por lo que ha ocurrido. Por favor.
¿Podrías llamarme?
Robert miró fijamente el rosetón.
De repente estar sentado y quieto le fue imposible. Salió a la calle y llamó a Horace.
Su amigo parecía terriblemente agitado. Hablaba en voz baja, acepta ndo las condolencias de Robert. Luego le hizo una pregunta que dej ó a Robert hecho polvo.
—Robert, creo que conoces a un caballero llamado Adam Hale.
¿Cómo podía conocerlo Horace? Robert se quedó pensando.
—Pues... sí, ¿cómo...?
— ¿Cuánto sabes de Adam?
—Bastante, y no mucho. ¿Por qué preguntas?
—Porque fue a ver a Lawrence a su oficina unas horas antes de que se suicidase.
La mente de Robert daba vueltas.
— ¿Qué diablos...?
—Robert, necesito verte. ¿Dónde estás?
—Justo en la puerta de San Bartolomeo, en Park Avenue.
—Vuelve adentro y espérame. Por favor. Es muy importante.
Mientras volvía adentro Robert preguntó por el órgano. Lo estaban afinando, como todas las semanas. Se sent ó y escuchó, mientras su mente bullía si cesar. Le pareció que solo habían pasado unos minutos cuando Horace se sentó en el banco junto a él.
—Gracias por esperar. No tenemos mucho tiempo. Por favor, dime t odo lo que sepas de Adam Hale. Parecía agitado, no por el sufrimiento, sino por la preocupación. Enfadado. Robert reflexionó un momento y luego habló en bajo, aunque podía ver que no había nadie más en la iglesia.
—Éramos amigos en la universidad. Fue una especie de mentor para mí.
Quizá me viese como una especie de proyecto social, un paleto de The Fens a quien quería ayudar. Era amable conmigo. Es un bromista, le encanta organizar adivinanzas y juegos para sus conocidos. Me meti ó en algunos de esos juegos durante años. A veces son divertidos, aunque también pueden llegar a ser oscuros e incómodos para alguna gente, pero al final siempre te alegrabas de haber participado. Es un hombre encantador, travieso. Un poco problemático durante estos últimos años. Pero no tiene maldad.
— ¿Sabes algo raro sobre él? ¿Algo que le pueda haber ocurrido?
—Muchas cosas. A Adam suelen ocurrirle muchas cosas. Y ha tenido ciertas dificultades. Tragedias. Deber ía añadir que él y Katherine estuvieron casados un par de años en los noventa, pero no funcionó.
— ¿Tu Katherine?
—La misma.
Robert sintió como la voz de Horace temblaba un poco.
— ¿Qué más?
—Horace, siento tanto lo de Lawrence...
—Sí, gracias. Continúa, por favor.
—Bueno, después de la universidad se marchó para ser corresponsal internacional y se enamoró de una mujer despampanante e inteligente, naturalmente.
—Sí.
Cayó en la cuenta de que Horace estaba intentando calibrar lo que Robert no sabía de Adam. Y continuó.
—Se llamaba Isabela. Vivieron un romance apasionado en Centroam érica durante las guerras civiles de Nicaragua y Santo Tom ás. Pero ella murió en extrañas circunstancias. Con Adam, las circunstancias suelen ser extrañas. En esa época le ech é una mano, le conseguí un puesto en las oficinas de la GBN durante un tiempo; odiaba el trabajo, pero necesitaba dinero. Su familia tenía dinero pero él y su padre llevaban años enfadados.
—Gracias. ¿Qué hay de esos juegos que mencionaste?
—Enviaba postales partidas por la mitad a gente que quería reunir, a veces como Celestino, otras para poner a la gente en situaciones que sab ía que odiaban... organizaba viajes en tren para jugar a novelas policiacas o salidas nocturnas subidas de tono.
— ¿Lo has visto últimamente?
—No lo veo desde hace años. Hasta...
— ¿Sí?
—Hasta ayer. No lo vi, pero me envió un paquete. Bastante misterioso.
Una pequeña caja puzle y una petición de ayuda. Sin más detalles. Y una dirección en el West Village.
— ¿Has ido a esa dirección?
—No...
—Si me permites una sugerencia, Robert, creo que deber ías ir. Pero antes hay algunas cosas que deber ías saber. Adam corre un gran peligro.
Todos estamos en peligro. Háblame de la noche del incendio. A Robert se le encogió el estómago.
— ¿De qué?
—De la noche en que, en Cambridge, les salvaste la vida a Adam y a Katherine.
Robert miró fijamente a Horace sin poder articular palabra. Hab ía enterrado aquello en la memoria tan hondo que casi parecía la historia de otra persona, un acontecimiento en la vida de otro.
— ¿Cómo te has enterado de eso?
Horace dudó, intentando sopesar hasta dónde podía llegar. Tenía que encontrar un equilibrio. Si hablaba poco, Robert no se convencer ía del peligro al que todos se enfrentaban. Si revelaba demasiado podrían perderlo para siempre e incluso volverlo loco. Llevaba décadas vigilándolos, de lejos y de cerca, en Gran Bretaña y en los Estados Unidos. Hab ía sido el profesor y el mentor de Adam en el Camino, incluso después de que se escapase e intentase seguir su propia estrella. Hab ía aconsejado a Katherine desde la distancia a medida que sus poderes crecían y menguaban a lo largo de los años. Robert era el único que no lo sabía porque hasta ahora no había sido necesario llamarlo.
—Lo siento por los engaños, Robert. Me he tomado cierto inter és en tu bienestar durante muchos años, desde que conocí a Adam en In glaterra.
Háblame de esa noche. Te ayudaré a entenderlo.
El miedo volvió a apoderarse del estómago de Robert. Era una locura.
¿Horace había estado engañándolo? ¿Qué le había dicho Adam al viejo?
No podía hablar de esa noche. Nunca hab ía sido capaz de hacerlo. Los ojos de Horace eran un mar de bondad, pero tenían una intensidad que Robert nunca habría sospechado. Sintió que el viejo lo atravesaba con la mirada. Se sintió desnudo.
—Horace, hay una explicación racional para esa noche.
—Pero tú no te la crees.
—Creo en la razón. No creo en casas encantadas, en poltergeist, en buscar agua con varillas de zahorí, en pinchazos en los pulgares ni en monstruos bajo la cama.
—Dios mío, yo tampoco.
—Creo en lo que puedo comprobar por mí mismo, lo que tengo delante de mis ojos. Lo que puedo ver y tocar. Lo de aquella noche no fueron m ás que juegos de universitarios. Éramos prácticamente unos niños, por el amor de Dios.
— ¿Estarías de acuerdo en que algunas cosas invisibles son reales?
¿Quizá la gravedad? ¿La mayoría de los espectros electromagnéticos?
¿El amor? ¿El miedo?
—Kat y yo nunca hablamos de esa noche.
—No era necesario. Pero ahora, Robert, es hora de despertar.
— ¿Cómo?
—Tienes que despertar. Katherine y Adam te necesitan.
Robert se vio de repente respirando con fuerza. La cab eza le zumbaba y el corazón le latía rapidísimo.
— ¿De qué estás hablando?
—Estamos todos en tus manos. Nosotros y muchos, muchos otros. Eres el único que puede ayudarnos.
En el fondo de su corazón había despertado algo, Robert sintió que había algo mezclado con el miedo: el saber que llevaba toda la vida esp erando a oír las palabras que Horace estaba diciendo. Pero era una locura.
— ¿Qué quieres decir, Horace?
—Robert, ha ocurrido algo. Algo terrible. Reconozco que para ti será una sorpresa escuchar toda la información que te voy a dar pero, por favor, confía en mí.
—No...
—Escúchame, por favor. Tienes que saberlo. Adam ha arriesgado su vida... es más, su alma, para evitar que ocurra una cosa realmente aberra nte en esta ciudad. Un acontecimiento con gran poder de destrucción.
— ¿Un atentado? ¿Trabaja con la policía? ¿Lo sabe el FBI? ¿La CIA?
—Las autoridades corrientes no lo saben. No pueden saberlo. El h echo de que lo sepan puede causar que ocurra.
—No lo entiendo.
—Robert, el mundo es más sustancioso, más profundo, mis asombroso y más peligroso...
— ¿De lo que m e pueda imaginar?
—Sí.
Robert miró hacia lo lejos, intentando calmarse. Por la mente le pasaban imágenes y sensaciones del 11 de septiembre: el odio resonante de los at aques; el descrédito convertido en miedo y en terror; la valent ía, la ira y un horrible sentimiento de pérdida. ¿Podía ser cierto que estuviese ocurriendo de nuevo? ¿Cómo? Se frotó la cara con las manos.
—Estás diciendo tonterías.
—El 14 de agosto del 2003 ocurrieron muchas cosas inexplicables. El apagón fue más de lo que te imaginas.
—Se debió a que los cables eléctricos rozaban contra los árboles. Un mal mantenimiento y luego errores del sistema. Leí el informe.
—Fue un acontecimiento psíquico. Una unión. Como la noche del incendio. Vidas que se unieron.
—Huevonadas. ¿Quién cono eres tú, Horace? ¿Y qué es esto de un ataque? ¿Y quién lo va a perpetrar, los chicos de Osama?
Horace lo miró fijamente a los ojos.
—Lo hará Adam. Digamos que... una especie de demonio lo est á devorando por dentro. Se está resistiendo, es un alma valiente, pero perder á y activará el arma a menos que lo detengamos. A menos que t ú lo salves. A Robert lo invadió una oleada de ira que lo sorprendió incluso a él. Adam, siempre pensando que era la excepción que confirma la regla. Adam, siempre pensando que podr ía ir donde incluso los ángeles temían pisar.
— ¿Cómo ha ocurrido esto? ¿Ha vuelto a tentar a la suerte demasiado a menudo?
—No... y sí. Hubo un intento previo para llevar a cabo este ataque. El 14 de agosto de 2003. Adam consiguió detenerlo, apenas sin ayuda. Eso fue lo que causó el apagón. Un fallo del Artefacto. Ahora est á pagando el precio, se ha infectado. Destapó cosas que ahora no puede controlar.
— ¿Cuánto tiempo puede aguantar?
—Le doy una semana, como mucho. Probablemente menos.
— ¿Cuánta gente está en peligro?
—Millones. Imagínate una bomba nuclear del alma.
— ¿Cómo? ¿Qué significa eso?
—Vete a ese apartamento en el West Village. Todas las respuestas están allí. Esa es la entrada.
Robert bajó la cabeza y la puso de nuevo entre las manos, intentando buscarle sentido a todo aquello. ¿Cuál era el juego de Adam ? ¿Estaba metido en él el viejo? Levantó la cabeza y miró a Horace.
— ¿Crees que Adam mató a Lawrence?
—De uno u otro modo, sí, lo creo.
— ¿Esto no es un juego?
—Te aseguro que no. Prométeme solo una cosa.
— ¿El qué?
—Que irás a la dirección del West Village y que, una vez allí, tu escepticismo desaparecerá. Robert se sentó con asombro. Cerró los ojos y retrocedió en su mente hasta el día del apagón. Las luces se estaban apagando por todo el nordeste estadounidense mientras estaba en la cama con Katherine. Times Square se apagó al final de la tarde. La alegr ía de su embarazo y luego la incalificable pérdida, justo cuando esperaban empezar a sentir las primeras pat aditas. Los primeros movimientos que nunca llegaron. Volvió a mirar a Horace a los ojos. Le recordaba a su difunto padre, que se había pasado la vida convenciendo a Robert de la inutilidad de la s uperstición y de la importancia del pensamiento racional. Ahora Horace le estaba diciendo exactamente lo contrario. La mirada de este hombre le perforaba el alma. ¿Debía marcharse? ¿Debía mandar a Horace y a Adam al infierno junto con sus obras? Apart ó la mirada de Horace y observó el rosetón rojo y azul. ¿Marcharse? ¿Averiguar al menos qué demonios estaba ocurriendo?
Tomó una decisión.
—Iré. No te prometo continuar más allá, pero iré.
Horace se hundió ligeramente en su banco y cerró los ojos.
—Bien. Ahora tengo que irme, Robert. Otra cosa: no le hables a nadie de esto, ni siquiera a Katherine. Me pondr é en contacto contigo en cuanto me sea posible pero, en cualquier caso, t enemos que vernos después del funeral, por favor.
Robert hablaba como si estuviese en trance.
— ¿Cómo va a ser?
—Será algo privado y familiar, estoy seguro de que lo entiendes. El lunes por la mañana. Me encantará verte después, aunque sospecho que estaremos en contacto antes que eso. Luego se fue.
Robert se quedó un rato sentado en la iglesia, revisando su pasado.
Después salió a la calle e intentó llamar a Katherine. No respondió.
Recordó que tenía una cita con el loquero. Estaba tan irritado que no dej ó un mensaje.
Luego, en lugar de irse a casa, fue al West Village.
Cambridge, marzo de 1981
La Escuela de Pitágoras estaba en el extremo noroeste de la extensa metr ópoli de St. John. Entraron en la universidad a trav és de la caseta del guarda, situada casi en diagonal con la iglesia Redonda, cruzaron el llamado primer patio, construido en el siglo XVI, con la niebla y el frío atravesándoles la ropa, y dejaron la capilla de la universidad a su derecha, casi dev orada por el bajo cielo blanco.
—Me alegra que hayamos sobrevivido a eso —dijo Katherine—. De hecho, me alegro de que él haya sobrevivido. Pensé que ibas a tumbarlo.
Ella volvió a cogerle el brazo y, mientras atravesaban el pasillo situado junto al comedor hacia el siguiente patio, lo rodeó con los suyos, tiritando y presionando la cara contra su pecho.
—Dame calor —le dijo. Él sintió cómo su cuerpo respondía ruborizándose. Entró en calor junto a él durante un instante y luego se separ ó—. De acuerdo, vamos-Estás cumpliendo muy bien tu voto. Que hayas llam ado
«maldito cabrón» al vigilante no cuenta.
Cuando llegaron al segundo patio, que estaba desierto, permanecieron de pie en el centro dando vueltas, fij ándose en todo.
—En cualquier momento de los últimos cuatrocientos años habría tenido justo este aspecto —dijo ella—. Cógeme las manos y dame vueltas.
Será
divertido. No peso nada.
La agarró con fuerza por las muñecas, giró sobre sus talones y empezó a darle vueltas. Ella levantó los pies del suelo y se dej ó elevar en el aire. Era como darle vueltas a una niña pequeña. La subía y la bajaba, a más velocidad y luego más despacio, mientras ella reía de felicidad. La volvió a poner en el suelo con suavidad justo cuando casi se le soltaba una de las manos. Tocó el suelo con los dedos de los pies, dio un brinco y s e giró hasta chocar con él y caer en sus brazos.
—Quítate esa maldita máscara.
Robert forcejeó con los cordeles que la mantenían en su lugar. Se había esmerado demasiado en asegurarse de que no se le caer ía en un momento inoportuno. Al reírse sus esfuerzos sonaban como un gruñido de frustración. Ella lo abrazó y siguió caminando.
—De acuerdo, fiera, más tarde, era solo una idea. El momento ha pasado. Sigamos caminando. Al llegar al tercer patio, más pequeño y un siglo más joven, Katherine se dirigió a toda prisa hacia los claustros situados a lo largo de la orilla del río, gritando « ¡Cógeme!» y dispersando a una pandilla de estudiantes con abrigos y bufandas. En la parte más alejada del patio, en el pasillo que lleva al interior del Puente de los Suspiros, se detuvo y lo esperó. De su boca manaban nubes de aliento blanco.
—Esto es muy romántico desde fuera, pero opino que dentro es glacial y con muchas corrientes de aire.
Atravesaron la mitad y miraron desde el puente el r ío Cam, espectral y vacío. Los pocos árboles que podían ver dibujaban filigranas demacradas contra el blanco interminable.
—Déjame sentir tu corazón.
Le puso la mano en el pecho y luego la oreja directamente sobre el c orazón. Robert sintió cómo reaccionaba ante ella. Profundo, lento, fuerte, constante. Ella levantó la vista y lo miró a los ojos a través del antifaz. Le cogió la mano y se la puso en su propio corazón, justo por debajo de la cálida elevación de su pecho. Él lo sintió martillear. Se miraron a los ojos.
El tiempo pasaba sin que se dies en cuenta.
—Tienes buen corazón, don Misterioso. Ya veo por qué te escogió Adam.
Un grupo de estudiantes que parecían tener prisa los interrumpió, chillando que llegaban tarde al cine Arts Cinema. Robert todavía luchaba pa-ra comprender las extrañas distorsiones que sufría la voz de la gente cuando venía a estudiar a Cambridge, nasalizando las vocales. Uno de los estudiantes había dicho «pues sí», aunque lo que salió de su boca fue algo así como «pues sin».
Robert metió la mano en el bolsillo, sacó el sobre y lo sacudió ante Katherine apuntando con él ligeramente hacia el noroeste. Del puente fueron a dar al patio nuevo, una gran profusión de gótico del siglo XIX con una extravagante cúpula en el medio conocida como «La Tarta Nupcial».
Robert cerró los ojos mientras caminaban, sintiendo a Katherine de nuevo acurrucada contra él, e imaginó el final que deseaba para esa noche. Tenía
en la cabeza la imagen de ella sonriéndole, desnuda, con su pelo negro flotando en libertad sobre su blanca piel. Y se sorprendió al darse cuenta de que no podía imaginársela sin máscara.
Caminaron en silencio bajo la Tana Nupcial y salieron al siglo XX, a los años sesenta para ser exactos, a un conjunto de hormigón y de cristal despreciado por muchos, aunque ganador de un premio.
— ¡Rápido, corre, no mires la arquitectura! —gritó Katherine mientras salía de nuevo corriendo a través del patio y bajo el edificio Cripps—. ¡No lo veo, no lo veo!
Robert salió tras ella.
— ¡Vaya! —gritó mientras corría—. Ya entiendo por qué Adam está haciendo esto. ¡Ya lo capto!
La alcanzó al llegar a la conserjería.
—Está jugando con nosotros. El y yo estuvimos escribiendo una obra, Los escritos de Newton. Va sobre el señor Isaac Newton, obviamente. ¿Has leído sus escritos? ¿Has oído hablar de ellos? Están en el King's College, Keynes compró muchos de ellos en una subasta antes de la guerra. Por supuesto que con ocía a Newton. Robert había sentido la tentación de estudiar física cuando era más joven, antes de decidirse por lenguas modernas, que veía como otro tipo de sistema. La calibración y predictibilidad lo atraían mucho. Soltó una risa nerviosa.
—Y estos documentos demuestran que Newton le dedicó más tiempo a la alquimia y a la teología que al resto de las cosas por las cuales lo conocemos: la gravedad, la óptica, el cálculo y demás. Y realmente no las distinguía: todo se basa en conocer la creación de Dios y las pistas están por todas partes, en las proporciones del templo de Salom ón, en la órbita de los cometas y de los planetas, en las curvas y los números, en las propiedades de los metales y en la búsqueda de la piedra filosofal. Keynes dijo que no fue el primero de la era de la razón, sino el último de los magos. Robert la miró con curiosidad y se encogió de hombros. Newton había creado el mundo moderno. Todo aquello le sonaba a basura seudoart ística.
—Así que en eso consiste el juego —dijo ella sonriendo—. Creo que está intentando crear una experiencia como esa. El mundo como lo veían los antiguos hasta que lo vio Newton, todo mezclado y formando un gran enigma. Con bebida y ropa estrafalaria incluida. ¿A que está totalmente loco?
Él asintió, sin estar seguro de qué otra forma reaccionar. Todo sonaba bastante dudoso.
Siguieron caminando bajo los modernos edificios de hormigón y fueron a dar a un último patio. Al otro extremo del césped fantasmal se escondía la Escuela de Pitágoras, una vieja casa de piedra de dos plantas y techos abuhardillados, totalmente reformada en su interior con modernas com odidades, donde claramente se estaba celebrando un b aile, una fiesta de cumpleaños con ropa estrafalaria que daban los amigos de Adam. David Bowie sonaba en la planta baja. Entraron y encontraron a Adam rápidamente. Estaba de pie sobre una silla saludándolos con la mano, con un disfraz entre sultán y faquir, todo de blanco salvo por un turbante verde esmeralda y un chaleco de color rojo sangre. Llevaba una barba postiza.
Dos de sus compañeros de conspiración, la prostituta y el sacerdote, ya se habían unido él y ahora los llamaba a gritos para que se uniesen al pequeño corrillo, que estaba en una esquina y lejos de la abarrotada pista de ba ile.
— ¡Bien hecho, muy bien! ¿Lo han encontrado? ¿Han traído las palabras mágicas?
Adam no cabía en sí de gozo y los ojos le brillaban como a un adorable loco.
—Solo faltan el caballero y la damisela, que tuvieron que ir un poco más lejos. ¿Una copa? ¡Beban!
Robert no reconoció a los otros dos jugadores, que también llevaban máscaras. El sacerdote parecía especialmente extraño, con una máscara de carnaval de nariz aguileña sobre el alzacuellos. Su compañera había optado por vestirse de criada francesa y, para coronar el disfraz, llevaba un impresionante antifaz de plumas negras.
Adam volvió del bar con una pinta de India Palé Ale para Robert y una copa de vino blanco para Katherine.
—Me alegro de verle, ¡oh magus! ¿Cómo ha ido? ¿Se han divertido?
Robert asintió.
—A mí puedes hablarme, tonto, a ella no.
—Katherine es genial. Muchísimas gracias por haberme invitado.
—Tonterías. Tú eres la clave de todo esto.
— ¿Y eso?
—Todo a su debido tiempo, amigo mío. Los he estado observando desde lejos. Es genial, ¿no crees ? Pensé que se caerían bien. Puede que
tenga una proposición para ti más tarde. Propuesta, debería decir. ¿Te habló de la obra que hemos estado escribiendo?
—Un poco, sí. Sobre Newton, ¿no?
—Sí. Ya hablaremos de eso más tarde. Después de esto ven a mi cuarto con Kat.
En ese momento se unieron a ellos dos personas más. Uno era un hombre alto con dientes de conejo que llevaba un manto blanco de caballero de las cruzadas, una cruz roja en la parte de delante y un gastado pijama color plata que se suponía que representaba una armadura. Robert percibió
una capa gruesa de calzones de lana por debajo del plateado. La otra era una mujer pelirroja con un generoso físico y una falda vaporosa, un corpiño de cordones y un tocado con velo. La cara blanca del cruzado se estaba tiñendo de azul.
—Adam —gritó—, ¡eres un cabrón!
—Eso es un poco duro —contestó Adam—. Tómate algo. Entra en calor. Vuelve a. empezar.
— ¿A quién le has pagado? ¿Cuánto te ha costado? Al caballero le temblaba la voz, ya fuese de ira o de fr ío, Robert no podía decirlo. Su compañera tampoco se reía.
—Todo se descubrirá llegado el momento adecuado de la noche.
Katherine le puso las manos en la cara al caballero.
—Estás helado. ¿Adonde has ido?
Antes de que pudies e responder, Adam se subió de nuevo a la silla.
—Damas y caballeros, presten atención por favor. Lady prostituta y el buen reverendo, por favor, cuéntennos su velada. ¿Qué cuentos de enig-mas desvelados los han traído hasta nosotros? El resto de ustedes beban, entren en calor y diviértanse.
La dama habló primero.
—Bueno. Este pervertido de aspecto sospechoso que lleva alzacuellos y careta de títere apareció en mi puerta en Newman a las ocho y me dio una rosa preciosa. Siempre me han gustado los hombres de hábito y sotana, aunque me gustaría averiguar cómo lo sabías tú,
Adam. Fui a una escuela católica y todo eso, así que le dejé entrar, le hice una taza de café y de repente sacó esta pista: «Estoy al final de la Tierra», decía. Pensamos en ello durante un rato. Tal y como me hab ían indicado, tenía mi sobre aquí —y enseñó una liga, ante una gran ovación—,
de donde él no podía apartar la vista, pero intentamos resolverlo solo con la primera pista. ¿Los confines de la tierra? ¿John o’Groats? ¿John?
¿Finisterre? Entonces el reverendo pensó que deberíamos tomar el vino de la comunión para desentumecer nuestras mentes un poco, así que... El sacerdote continuó la historia:
—Unos castos sorbos persuadieron a la buena dama par a que abriese su sobre y dentro estaba la frase: «Solo un pequeño paseo para Wojtyla».
Entonces, como geógrafo y teólogo instruido, pude deducir lo siguiente: Wojtyla es un papa, por lo tanto vive en el Vaticano, desde donde un p equeño paseo en cualquier dirección conduce a Roma... pero Roma y «el final de la tierra» no encajaban.
—Pero —interrumpió su compañera—, Wojtyla también es un polo, y entonces se puso más interesante. El Polo Norte y el Polo Sur est án en los confines de la tierra, y «solo un pequeño paseo»...
—El capitán Oates —declaró el caballero de las cruzadas elevando la voz, un poco más feliz después de beberse una pinta— dijo: «Solo voy a dar un pequeño paseo, y puede que tarde en volver.» Salió de la tienda para morir en una de las expediciones a los polos para no ser una carga para sus colegas.
—Eso es —dijo el sacerdote—. Lo cual los llevó a concluir en segundos que debíamos dirigirnos al Instituto de Investigación Polar Scott de la calle Lensfield.
—Bravo —dijo Adam.
Ella retomó la historia:
—Fuimos caminando, yo no iba a ir en bicicleta a ningún sitio de esta
forma. Cuando llegamos allí miramos la segunda adivinanza:
«QAPVD», decía. « Descífrenlo y traigan las palabras».
—Miramos en todos sitios excepto delante de nuestras narices —dijo el sacerdote—. Está grabado justo en la fachada del edificio. Finalmente lo vimos. Quaesivit arcana poli videt dei.
— ¿Que significa qu é? —preguntó Katherine.
—Es un tributo de la Antártida a Scott —dijo el sacerdote—: «Buscó los secretos del polo pero encontró la cara oculta de Dios». Esas son las palabras mágicas que teníamos que traer, supongo. Adam aplaudió, animando al resto a hacer lo mismo.
— ¿Y se cumplió el des eo secreto?
El sacerdote y la dama se miraron durante un segundo.
—A decir verdad —dijo él—, ninguno de los dos nos atrevimos.
—No les creo en absoluto —soltó Adam—. Continuemos. Al principio de la noche habrán encontrado en uno de sus sobres una tarjeta con un dibujo sobre un fondo de puntos, similar a una clave o una constelación. El
sacerdote buscó a tientas en el bolsillo y sacó los suyos, enseñándoselos al grupo.
—Por favor, anoten en la tarjeta la frase en latín que han descubierto, una letra por punto, empezando desde el principio. Cuando lo hay an hecho digan qué letras toca el dibujo.
El sacerdote lo hizo;
—Veamos. I, A, R, A, N, O, I.
Adam caminó entre ellos, emocionado por la atención que estaban poniendo mientras anotaban las letras.
—En cada una de sus aventuras falta algo —dijo—. ¿Qué es en este caso?
El caballero volvió a hablar:
—Scott nunca regresó. Oates se sacrificó. Hay muchas cosas. Katherine levantó la mano.
—No sé si fue en su expedición o en una de Shackleton, pero dijeron que cuando estaban al límite de sus fuerzas tenían la sensación de que siempre hubo una persona más con ellos de la que podían contar. T. S. Eliot hace referencia a ello en La tierra baldía.
—Gracias —dijo Adam levantando su copa—. Sí. Por los héroes ausentes y la ayuda espiritual que puedan traer. Ahora, bruja, por favor, cu éntanos. Damas y caballeros, el mago está bajo voto de silencio hasta las diez, aún faltan unos minutos.
Katherine contó su historia con pelos y señales, incluso su des eo secreto de besuquearse con un chico en el cementerio de una iglesia. La apar ición del vigilante fue todo un éxito.
— Hic est enim sangus meus novi testamenti en lo que sea pecattos —
repitió Adam—. Cortémoslo después de testamenti, ya que la última frase está mutilada. Y hablando de ello, ¿qué falta aquí?
—La palabra redención o perdón —dijo de inmediato Katherine.
—Gracias. Por favor, escribe tu frase en la tarjeta y di las letras que t oca tu clave.
Katherine lo hizo.
—Serían M, N, I y V —dijo. Todos tomaron nota.
—Gracias. Ahora, caballero y damisela, recit en por favor.
—Antes de nada, eres un cabronazo —dijo la damisela—. Mi pobre caballero casi se muere de miedo. No deber ías hacer ese tipo de jugarretas.
—Estoy intrigado —dijo Adam—. Cuenta, por favor.
—Este hombre con pijama plateado y sombrero de Ned Nelly vino a mi puerta. Una bonita rosa y todo eso. La primera pist a era una referencia bíblica. Ezequiel 38, 2: « Hijo del hombre, pon tu rostro contra Gog en tierra de Magog». Unas indicaciones bastante claras. Las colinas Gog Magog están justo a las afueras de Cambridge, al sudeste. Pero son grandes y es fácil perderse en ellas.
»Así que fuimos bastante rápido a por la segunda pista, que era la siguiente: Soy la criatura de este lugar
soy su espíritu, ninguna varita mágica
me enterrará.
Puede que me robe un guerrero
escribió Gervasio de Tilbury
si desmonta a mi maestro
en una noche de luna.
Habito en un anillo.
soy árabe y soy creta.
Estoy enterrado, aunque camino.
Encuéntrame
»Mis conocimientos de historia de la literatura universal nos llevaron a que Gervasio de Tilbury escribió un libro en el siglo XIII para divertir a su emperador, parte enciclopedia, parte historias de maravillas y leyendas l ocales de todo el mundo, pero no pudimos conseguir una copia, dada la hora que era. Supusimos que hab ía alguna referencia a las colinas Gog Magog en él. Miramos en un mapa de la ciudad y dijimos en alto la pista cuando la encontramos: Wandlebury, que sale de unir las palabras del verso
«ninguna varita mágica me enterrará», el en original en inglés, «no magic wand will bury», Wandlebury... muy astuto Adam. En las colinas de Gog Magog hay una fortaleza de la Edad de Hierro que se llama Wandlebury.
Así que n os fuimos a la cola de los taxis y subimos.
»El taxista era divertidísimo. Nos preguntó qué íbamos a hacer allí a esta hora de la noche con toda aquella niebla y con un guiño nos preguntó si conocíamos la leyenda del caballero de la colina. No la sabíamos, así que nos la contó. Si un guerrero entra en el anillo de la fortaleza de Wandleb ury en una noche de luna y dice cierta frase, aparecer á el fantasma de un caballero a lomos de un jamelgo negro y el guerrero tendr á que luchar con él por su corcel.
»Mi compañero explica que es algo así como un guerrero, es oficial del cuerpo de entrenamiento del ej ército, y el taxista nos dice la frase: «De guerrero a guerrero, da un paso adelante. No lo digas a menos que lo hagas en serio». Qué bromista.
—Así que allá fuimos, nos dejó en el aparcamiento —continuó el caballero—. Aquel lugar estaba totalmente desierto y har ía muchísimo frío.
Estábamos buscando carteles informativos o algo para solucionar el acertijo y salir de allí, cuando la damisela me preguntó si mi deseo secreto era morir congelado en una colina de Fenland, porque definitivamente no es el suyo y de todas formas quién ha oído hablar de colinas en Fenland. Y yo le respondí que bueno, que siempre había soñado con tener un duelo con espadas con un caballero de verdad. Adam sabe que practico esgrima y siempre me he preguntado lo buenos que eran en otra época. Así que entramos en el anillo y encontramos este símbolo del caballo árabe de Godolphin. ¿Alguien ha oído hablar de él?
Todos negaron con la cabeza. Adam sonrió abiertamente.
—Dentro del anillo de la fortaleza de Wandlebury solía haber una casa solariega, la residencia del conde de Goldophin, que fue demolida en los años cincuenta pero los establos siguen allí y hay gente viviendo en ellos.
Allí está enterrado el mayor semental de los caballos de carreras que haya existido, el caballo árabe de Godolphin. Murió en 1753 y al parecer es un animal legendario. Engendr ó a Regulus, Lath, Cade y a todos los caballos de carreras y sementales importantes. Fue uno de los tres gara ñones que prácticamente crearon los caballos de carrera purasangres ingleses. Hizo una pausa para beber un sorbo de cerveza y su compañera continuó el cuento.
—Así que de tu pista teníamos el caballero ecuestre y su corcel fantasma y también habíamos marcado el anillo. No teníamos la parte de la creta, pero estábamos bastante satisfechos... Aun así seguimos caminando más allá de los establos, hacia el centro del anillo. Es un campo grande y cuando estábamos justo en el medio va este pirado y grita el desafío.
—«De caballero a caballero, da un paso adelante», solo fue eso. Lo dije a grito pelado para reírnos un poco.
—Y entonces...
El caballero se pasó la lengua por los labios y bebió un gran sorbo de cerveza.
—Entonces ahí estaba un puto caballo negro, mir ándome fijamente, echando vapor por el hocico. Echaba humo, como si acabase justo de gal opar. Estaba quieto como una piedra, mir ándome fijamente, lo juro, rodeado por la niebla. Nunca he pasado tanto miedo en mi vida.
— ¿A quién le pagaste para hacerlo, Adam?
—Detalles, quiero detalles. Y entonces, ¿cuál es la respuesta?
—La respuesta es «caballo», cabronazo retorcido.
Katherine habló, poniéndole una mano en la rodilla a la damisela.
— ¿Tú lo viste?
—Vi algo. Es difícil decir el qué. Podría haber sido un caballo. Allí había algo. Estaba muerta de miedo.
—Debió de ser un caballo de un campo vecino que se escapó —dijo el sacerdote—. O eso o nos estás tomando el pelo.
Robert escribió algo y se lo dio a Katherine.
—Mi buen mago dice que piensa que Adam le pagó a dos tíos del pueblo para ponerse un disfraz de caballo y permanecer allí hasta que
apareciesen dos capullos universitarios.
—Bajamos corriendo como locos hasta el aparcamiento. El taxista pensó
que en lo más divertido que había visto en años.
El caballero insistía en que el caballo había estado allí.
—De eso estoy segurísimo. ¿A quién le pagaste?
— ¿No había caballero...? —dijo Adam, haciendo luego una pausa—.
Tendré que pedir que me devuelvan el dinero.
— ¡Qué cabrón!
La mayoría se rió. La damisela soltó un ruido agudo entre la diversión y la histeria. En la cara del caballero también empezó a aparecer lentamente una sonrisa.
—Nuestro caballero y la dama recibir án puntos extra por ser tan intrépidos —dijo Adam—. Ahora, por favor, escriban el reto de Gog Magog en su tarjeta. —Siguió escribiendo a lápiz—: «De caballero a caballero, da un paso adelante».
—Eso nos da T, C, M y O —dijo el caballero.
—Un momento —interrumpió la damisela—. Entonces, ¿qué era la creta? Creo que tenemos el resto.
—Hay una gran escultura de creta allí arriba en las colinas, aunque está
cubierta por la maleza —dijo Adam—. Muestra a un gran caballo o cab allos montados por diosas gigantes con tres pechos . Alguna gente dice que es antiguo; otros piensan que el caballero que lo descubrió en los años cincuenta en realidad se lo sacó de la imaginación. Había referencias antiguas a tales figuras y la encontró mientras realizaba una antigua técnica que consiste en golpear el suelo con un palo grande para encontrar alter aciones de tierra y creta. Por otro lado...
— ¿Sí?
—Bueno, está justo en la línea ley que atraviesa la fortaleza de Wandlebury, justo al lado del Instituto de Investigación Polar Scott y que pasa por la iglesia Redonda, si es que creen en esas cosas. También se dice que hay un carro de oro enterrado en el anillo. Dicen que es un lugar de poder.
—Es un lugar con una niebla que te congela. Hasta ah í de acuerdo —
dijo el caballero.
Robert se hizo una nota de las dos cosas nuevas que había aprendido durante la noche: la palabra «lacerar» y aquella extraña técnica de golpear el suelo.
—Damas y caballeros —dijo Adam—, son casi las diez. Estamos a punto de hacer la obra de Dios, de formar una nueva sociedad. El penúltimo reto de esta noche es encontrar su lema, que está oculto entre las quince letras que han extraído con sus pistas. Encuentren las tres palabras que comienzan con O... V... A.
— ¿En qué idioma ?
—En latín. En sus equipos hay alguien que ha estudiado latín al menos en primaria.
Había garabatos y consultas febriles
—Mientras trabajan dejen que les lea el reglamento de la Sociedad: «La Sociedad hasta ahora sin nombre es un club social dedicado a la creación y solución de enigmas, emparejamientos, diversión no frívola y a perseguir el conocimiento no convencional a trav és de la investigación lúdica. Sus métodos recurren a prácticas como la cita a ciegas, el juego de la b úsqueda del tesoro, el espionaje de ficción y el baile de máscaras. Solo se puede ser miembro mediante invitación».
— ¿Todavía no tiene nombre?
—Imaginaremos el nombre. Vendrá de sus aventuras. Una combinación de lo que han descubierto.
—Entonces cállate y déjanos pensar.
Robert y Katherine se apiñaron. Del instituto Scott tenían I A R A N O
I. De la iglesia Redonda: M N I V. Del anillo de Wandlebury: T C M O.
Robert las escribió en un círculo, Katherine en un cuadrado, cada uno siguiendo su técnica para resolver crucigramas.
Katherine le susurró al oído:
—Redención... autosacrificio... guerrero sagrado... ¿cuánto latín estudiaste?
Como respuesta, Robert escribió: «El guerrero lucha para vencer. El perdón conquista el pecado. No hay mayor amor que este».
De repente lo tenía. La agarró por los hombros y la abrazó. Hizo unos garabatos desenfrenados en mayúsculas y se lo enseñó a ella.
— ¡Sí! —gritó ella levantando la mano en el aire—. ¡Bingo!
Unos cuantos se reunieron a su alrededor para ver qué era lo que habían encontrado. Adam miró el reloj. Robert comprobó el suyo y vio que eran las diez en punto. Entonces gritó al unísono con Katherine:
— ¡Omnia vincit amor!
— ¡Maldita sea! —dijo el sacerdote, indignado, tirando al suelo el bolígrafo.
—«El amor lo vence todo» —chilló Katherine—. El amor lo vence todo. Le agarró la mano a Robert y la apretó.
— ¡ Eres mi héroe eterno! ¡El amor lo vence todo!
Adam se reía con tanta fuerza y alegr ía que Robert pensó que levitaría dando palmas y que se pondr ía a bailar dando saltos.
—Bien hecho, Katherine Rota y Robert Reckliss —dijo de repente—.
Damas y caballeros, quítense las máscaras.
Robert volvió a pelearse con la máscara consiguiendo solo bajarla para descubrir su rostro, con lo cual le colgaba del cuello.
Ella sonrió.
—Hola, guapo.
Ella se sacó el antifaz sin problemas. Salió corriendo a darle un beso a Adam y le dio el largo abrazo que Robert hab ía esperado que le diese a él.
Después vino y le dio uno a él también. Era adorable. Un diablillo de ojos azules.
El caballero resultó ser un estudiante de tercer año de Ciencias Naturales de Downing. La dama una estudiante de segundo año de Medicina en Emmanuel. El sacerdote y la prostituta declararon ser un estudiante de tercer año de Geografía del Jesús College y una lingüista en
su cuarto año que Robert también reconoció como la actriz de una obra en el teatro ADC. Hubo un aplauso seguido de más bebidas.
Adam se quedó de pie.
—Ahora el reto final. ¿Cuál es la criatura que combina sus tres investigaciones? ¿Qué han creado con sus esfuerzos? Esa criatura dar á nombre a nuestra Sociedad.
La dama de Newnham dijo:
—Los confines de la tierra, territorios desconocidos donde habitan cri aturas mágicas... en forma de caballo, con poderes curativos nacidos de s ufrimiento... redentores pero con gran carga sexual... ¿soy la única que piensa esto?
Al caballero le era suficiente.
— ¿Pegaso?
Robert no pudo evitar cachondearse.
— ¿Rinoceronte?
Cinco personas gritaron al mismo tiempo:
— ¡Unicornio!
De esta manera se fundó la Sociedad del Unicornio de la Universidad de Cambridge. Adam declaró haberla abolida unos meses más tarde, cuando se graduó. Pero algunos dicen que sigue viva, con una forma diferente, con los mismos objetivos y métodos. Nueva York, 26 de agosto de 2004
Robert estaba en la dirección que Adam le había enviado oculta en la caja del mal. Probó las llaves en la puerta de la calle; la segunda la abrió.
Era un quinto sin ascensor, lo que no le hizo sentir precisamente gratitud hacia Adam, en un edificio de ladrillo blanco de los a ños treinta de apartamentos «tipo ferrocarril»: del ancho de una habitación, largo y estrecho, que iba de la parte de delante a la parte de atrás del edificio, como un vagón del ferrocarril o un submarino. Las escaleras que llevaban al piso de arriba eran estrechas, serpenteantes y estaban hundidas en el medio por el peso de los caminantes. La capa de pintura más reciente estaba empezando a desconcharse. Robert pisó un condón usado mientras subía.
La otra llave abría el apartamento.
No tenía ni idea de que Adam tuviera una segunda vivienda en Nueva York, o un nidito de amor o como se llamase. El lugar no tenía muchos lujos, no parecía el tipo de sitio donde Uno llevar ía a una amante, pensó Ro-bert. Pero había un computador sobre una mesa de escritorio negra y bar
ata, colocada contri la pared situada justo en el extremo opuesto a la entr ada. Y