La caja del mal
Prólogo.............................................................................................
Este capítulo es largo, así que está dividido en 16 partes.
—Mira ese hermoso jardín, Robert. ¿Qué ves?
—Veo gente tumbada tomando el sol. ¿Qué debería ver?
—Yo veo sesenta y cuatro kilómetros de estanterías con libros a casi dos metros bajo tierra, unidos mediante un t únel a la biblioteca de la que acabamos de salir. Veo un palacio de cristal abovedado y octogonal que fue construido para una gran Exposición en 1853, en el parque situado junto al enorme depósito de agua. Veo a un joven Mark Twain que vino de v isita.
Veo el palacio ardiendo en un horrible incendio. Veo un hombre encorvado, delgado y de avanzada edad llamado Tesla alimentando am ablemente a las palomas del parque, olvidado y solo, soñando con un sistema universal de radio y energía que nadie le ayudaba a construir. Veo a las tropas del general George Washington retir ándose de los ingleses, cruzando las zonas verdes. Veo al muerto sin dinero siendo enterrado en c ementerios para indigentes.
—Horace, ¿fue casualidad que nos conoci ésemos en un paseo turístico?
—Cuando el alumno está preparado aparece el maestro.
—Me va a estallar la cabeza. Para, por favor.
—No puedo parar. Esto no se puede detener.
— ¿Vendrás conmigo al próximo punto de ruta?
—Considérame tu guardaespaldas —le dijo, tocando con la mano el bolsillo de su chaqueta.
Caminaron hasta la calle Treinta y Nueve y tomaron un taxi hacia el oeste, a la esquina de la Décima Avenida.
Al bajar del taxi, la pantalla del Quad mostr ó casi de inmediato el mensaje «Llegando a destino». Horace leyó en voz alta la correspondiente pista: Una torre de luz tiene la clave de tu aprieto un hex 1 marca el lugar, preparado o no
para vencer a la noche, busca la visión del ojo interior ascendiendo por la espiral
para pasar la prueba de Mente
Torre de luz.
—Lo veo —dijo Horace de inmediato. Señaló la lengua de asfalto que entraba, formando una curva, en la boca del t únel Lincoln. Había más policía de lo normal a causa de la convención. El tráfico de primera hora de la tarde era relativamente ligero.
A cada lado de la entrada del t únel había dos torres de estilo art déco, como antenas de radio estilizadas coronadas por poderosos focos dirigidos.
A Robert le recordaron a las pistolas de rayos de ciencia ficción de la época de Flash Gordon. Por su interior sub ía una escalera de caracol.
—Hay seis plataformas, ¿lo ves?
—No me estarás sugiriendo en serio que subamos a una de esas cosas,
¿verdad?
—Que subamos no. Que subas.
Robert caminó hacia el oeste por la calle Treinta y Nueve, por la cara
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1 N. de la T.: Abreviatura de «S istema hexadecimal». En inglés, también significa conjuro o maldición.
sur de la entrada del túnel, donde la torre parecía más accesible.
—Esta es la más cercana al punto de ruta —dijo Robert.
—Vamos, ¡arriba!
Horace le dio a Robert una pañoleta.
—Tápate la cara con esto —le dijo.
— ¿Estás loco? Nos van a arrestar a los dos.
—No, solo a ti. El hexágono marca el lugar. Hex y sex, sexo, ambos significan seis. El escondite está en la plataforma superior, estoy seguro.
Necesitamos esa llave. Formará parte de un hexágono o de un Sello de Salomón. Vete.
—Horace...
La ira del anciano salió a la luz.
—Si algo va mal reúnete conmigo en la cafetería Market Diner, en Cuarenta y Tres con la Once. Ahora tienes que confiar en m í. ¡Vamos!
Las torres estaban situadas sobre una base de ladrillo m ás altas que él mismo.
—Entonces ayúdame. Pon la mano para que pueda subir.
Horace entrelazó los dedos en forma de estribo, con la espalda contra la base, para que Robert colocase el pie. Lo levant ó con muchísima fuerza y Robert consiguió subir. Luego se fue caminando despr eocupadamente. Una vez sobre la base, Robert se impulsó para subir a la plataforma inferior, entró en la torre y luego subió por la escalera de caracol. Esperaba oír megáfonos, sirenas y balas dispar ándose en cualquier momento. Y allá fue, subió atravesando cada plataforma por la escalera en espiral que se r etorcía como tiras de ADN. Era como si estuviese subiendo una de las escaleras situadas entre las plantas hexagonales de la historia de Borges.
—No me lo creo —dijo para sí mismo—. Estoy en la Biblioteca de Babel.
Al llegar a la plataforma superior salió de la escalera y miró a su alrededor.
Nada. Metal con tornillos, gruesos cables negros. La vista de Ma nhattan era impresionante. Parecía que podía subir otro nivel, a través de una escalerilla, hasta donde estaban situadas las luces. Subió con mucho cuidado y sacó la cabeza por un agujero que había en la plataforma. Justo delante de sus narices, pegado a una de las riostras de metal, estaba el botecito de un carrete de fotos en una bolsa de plástico sellada. Estiró el brazo, la cogió y se la metió
en el bolsillo.
En ese momento escuchó la voz del primer policía a través de los altavoces de un coche patrulla.
— ¡ Deténgase! ¡No se mueva! Qu édese donde está. Quédese donde está.
Levante las manos muy despacio.
Katherine lo vio todo.
Enfocó a Robert con la mira telescópica apuntándolo a la frente en el momento en que se inclinó en la parte superior de la torre de iluminación para enseñarle las manos a la policía. Doscientos veintiocho metros. Tenía un tiro, dos como mucho. Había pasado mucho tiempo desde que hab ía hecho su entrenamiento especializado. Tendr ía que utilizar la mira láser. Encendió el interruptor.
Robert miró hacia abajo, inclinando el torso sobre la barandilla de la t orre. Alrededor de la base había un cordón policial. Un oficial sentado en un coche de policía manejaba el micrófono. Horace no estaba por ningún sitio.
Por el amor de Dios, ¿y ahora qué iba a pasar? De repente vio un reflejo de luz multicolor. Sintió la sensación en el medio de la frente. Cerró los ojos y aun así podía ver.
El tiempo se detuvo. Se retiró tras sus ojos, tras su mente, a un lugar donde, por un instante, solo vio diseños sobre diseños de luz, cayendo del cielo como si fuesen lluvia difractando, interfiriendo y entrelaz ándose formando colores que nunca hab ía visto. Era lluvia universal, lluvia sin filtrar, una lluvia de luz que se ligaba y se desligaba de la materia, que se r etorcía y arqueaba sobre sí misma y él simplemente era un doblez en ella, un remolino, un bañista en el mar del que él mismo estaba hecho. Sea arriba como es abajo; sea adentro como es afuera
Vio parte de su mente filtrando el r ío de vibraciones y luz, el báculo mercurial del universo, ni onda ni part ícula sino ambos y ninguno; vio su mente construir una representación del mundo, una selección adaptada a las necesidades de supervivencia, un trabajo de edición tan transparente que parecía invisible.
La mente es el constructor.
Vio como se había hecho el mundo. Cada día. En cada momento. Vio ciclos interminables de depuración, de evolución.
Abrió los ojos. Vio que estaba tan libre como predestinado: que hab ía querido y elegido todo lo que le hab ía ocurrido, que su tarea era aprender por qué él había creado esta vida y estos acontecimientos para sí mismo. Se resignó a lo que ocurriese.
Katherine vio cómo el punto rojo danzaba alrededor de la cabeza de Robert y luego se posaba en su ceja. Siguió apuntándolo, tomando aire profundamente, rezando en voz baja para sí misma para calmar los nervios.
Robert vio al oficial jefe hablando con personas de uniforme, señalando el coche y después a él. Hubo toda una pantomima de reticencia, de pr otesta y de consideración. Entonces todo el mundo se detuvo a la vez y miraron a Robert. Podía ver la alarma extendiéndose en el grupo.
El oficial de policía principal hablaba por su walkie talkie agitadamente.
Katherine se dio cuenta de que hab ían visto el punto láser. Habían preguntado por radio si era uno de sus hombres y no un delincuente francotir ador. Luego se habían dado cuenta de que uno de sus francotiradores no respondía a la radio. Ella les hab ía dado otro minuto para hacer esto.
Entonces tendría que actuar muy rápido. Robert vio como los policías, nerviosos, tomaban posiciones poniéndose a cubierto. Dos de ellos empezaron a hacerle gestos de que bajase. Luego oyó de repente una voz a través del altavoz de la policía:
—Baje despacio y tranquilamente, señor. Baje.
Empezó a bajar por las escaleras de caracol.
Katherine apuntaba ahora hacia abajo, a los policías.
—Buen chico, Robert —susurró—. Sigue moviéndote.
Colocó el punto del láser en el pecho de un policía, solo lo suficiente como para que el comandante de policía que estaba junto a él se diese cuenta; entonces lo movió a la frente del policía cuando Robert llegó a la parte de abajo de la torre.
Vio a Robert saltar a la calle mientras los policías corrían de un lado a otro intentando cubrirse.
—Bien hecho, cariño.
Entonces una sombra entró en el alma de Katherine. Volvió a apuntar a Robert en la cabeza con el láser.
Tenía un blanco claro. —Te quiero, Robert —susurró.
Volvió a enfocar su arma. Entonces Katherine vació sus pulmones de aire y entre dos latidos apretó el gatillo muy despacio.
Robert miró hacia el destello inicial y luego el tiempo se par ó. Su mente se sesgó con la trayectoria de la bala y supo que Katherine estaba al otro extremo; sintió en la mente de ella la sombra aterradora de la Iwnw. Se le acercaba una bala y no podía moverse. Podía verla, congelada a medio girar, un destello en el aire. Entonces sintió mentes intentando alcanzar la suya: sintió a Adam, y detrás de él la Iwnw; sintió a Horace. Echa la cabeza a la
derecha. Echa la cabeza a la i zquierda. Mira hacia arriba. Mira hacia abajo. Notaba presión en la cabeza obligándolo a moverse a un lado y a otro, paralizándolo mientras luchaba para ladear la cabeza un milímetro en cualquier dirección. Podía sentir a Horace viniéndose abajo, tratando de bloquear desesperadamente el intento homicida de la Iwnw a trav és del intenso dolor de Adam. Vio el gran daño que le había causado a Adam. La sangre le bombeaba por dentro, estaba desangr ándose en su propio cuerpo.
Robert vio acumulación de sangre, tejidos distendidos. Horace estaba perdiendo sus fuerzas, exhausto tras la pelea en Grand Central, y ahora Robert sentía que su cabeza se inclinaba contra su voluntad, hacia abajo y hacia la derecha, poniéndose en el camino de una bala que venía hacia él...
¿Se había pasado Adam al otro lado o no? ¿Seguía con su doble juego?
Robert sentía que había perdido el control sobre la Iwnw. Les estaba dejando alimentarse de Katherine a través de él mismo. Estaba intentando que Robert recibiese la bala. Era el enemigo de Robert. Se hab ía convertido en el en emigo. Dios Santo.
Robert podía dejarlo morir. Adam se estaba desangrando. Si simple-mente mantenía el equilibrio entre las fuerzas intentando inclinar su cab eza hacia un lado y otro durante unos minutos m ás, Adam moriría y el portal de la Iwnw fracasaría. Intentó llegar a Adam otra vez a través de su mente. Incluso podía acelerar el desangramiento.
Adam Hale. El hermano que siempre hab ía deseado. Problemático, loco, el adorable Adam. Robert no podía creer que hubiese perdido el bien.
Reuniendo los poderes de la tierra y el agua, del fuego y del aire, y del éter y la mente, Robert buscó las lesiones de Adam y cerró las heridas internas.
Hizo que dejase de sangrar y aceler ó todos los mecanismos de reparación y recuperación en el maltrecho organismo de Adam. Luego, en un estallido de ardiente luz mental, extirpó a Adam y a la Iwnw de su consciencia y giró la cabeza un milímetro hacia arriba y a la izquierda. Robert oyó el zumbido de una avispa enfadada y sintió la onda expansiva de la bala mientras se le rasgaba la piel de la frente. El parabrisas de un coche vacío aparcado a unos diez metros de los policías estalló y un gran estruendo resonó entre los edificios. Todos los policías se echaron al suelo. Robert corrió.
Katherine sintió cómo la sombra la abandonaba. Dispar ó dos veces más seguidas para cubrir la escapada de Robert, dándole a otros dos coches de policía en las ruedas. Le vio quitarse el pañuelo y girar la esquina. Luego puso en marcha su plan de huida, saliendo a la calle tres minutos más tarde con un traje de ejecutiva, imperturbable y sonriente. Cuando Robert entró en
la cafetería, Horace lo estaba esperando con la cara blanca por la conmoción.
Con un pañuelo sobre la frente para cubrirse la sangre, casi incapaz de hablar, Robert se sent ó y empezó a temblar.
—Te perdí —dijo Horace—. Te salvaste tú solo. Lo siento muchísimo.
Durante unos minutos no dijeron nada más.
Robert puso en el centro de la mesa un fragmento de cobre rojo de cristal metálico, parte de un hexágono. Respiró profundamente. Intentó tranquilizarse.
—El diseño de estas llaves tiene cientos de años de antigüedad—dijo Horace—. Quizá más. Es exquisito. El hexágono completo mostrará una estrella de seis puntas formando otro hexágono en su centro. Dentro de esa figura hay otra estrella de David, y así sucesivamente, una dentro de otra, con exquisito detalle.
—Horace, ¿estamos seguros aquí? ¿No deberíamos movernos?
Se oían sirenas de policía resonando en la calle.
Horace cerró los ojos.
—Tenemos unos minutos.
—Lo curé. Curé a Adam.
Horace miro fijamente a los ojos a Robert.
—Hiciste bien.
—Todavía puede salvarse. Todavía hay algo de bien en su interior, aunque él mismo no pueda verlo. No podía matarlo.
—Aunque cuando lo curaste era tu enemigo.
—Así es.
—Tus habilidades están superando las de Adam y las mías.
—No.
—Hay otra persona que necesita ser curada. Una persona que está aterrorizada.
—Terri.
—Dime, cuando estuviste en el monumento Worth, ¿dijo algo Adam que te chocase?
—Bueno, no dejaba de hablar de los dos edificios de Metropolitan Life del Madison Square Park. No me imaginaba por qué. Le encanta salirse por la tangente, pero eso fue raro.
—Quería que recordases una frase. ¿Qué te dijo exactamente?
—MetLife. No dejaba de decir MetLife.
— ¿Y qué conclusión sacas de eso?
—No mucho, me temo.
—Te estaba diciendo dónde se esconde Terri. Te lo estaba diciendo mientras lo ocultaba incluso de sí mismo.
— ¿El qué?
— ¿Lo pronunció exactamente así? ¿MetLife? ¿Qué dijo exactamente?
—En realidad lo pronunció de una forma rara. Como si no pudiese hablar bien, la «F» sonaba más bien como una «S». Al principio pensé que era el teléfono, pero parecía muy marcado. Muy extraño.
—Entonces, soluciónalo.
—Lo pronunció metlais... una adivinanza básica, me dijo. Lo dijo dos veces. Una adivinanza básica. Metlais.
— ¿Y entonces?
— Metal ice, hielo metálico.
—Para ahí. Se trata de una adivinanza con esas letras. ¿Cuál era el contexto? ¿Qué más dijo en ese momento?
—Pues... para ser sincero, mencionó un club sexual.
— ¿Cómo lo llamó?
—No dijo el nombre.
—Muy bien. Utiliza la mente, Robert. Te estaba diciendo algo en el lenguaje de la mente total.
—Entonces..., un acertijo básico..., metlais..., básico
—Escríbelo si es necesario.
Robert escribió letras en una libreta, dándoles vueltas en la cabeza.
— Boîte à malice. Dios mío. Es casi un anagrama perfecto de boîte a malice.
—Y boîte en francés significa club nocturno, si no me equivoco. ¿O
lugar de trabajo?
—Así es.
—Ahí es donde está escondida. En un establecimiento de ese tipo, con un nombre así, donde debe haber trabajado o habr á frecuentado. Adam se habrá ocupado de ocultar esa información, especialmente de sí mismo, pero no durante demasiado tiempo. Sobrepasó su propia consciencia para decirte eso.
Tienes que encontrarla lo antes posible.
Robert miró en Google variaciones del nombre del club, sin llegar a ninguna conclusión. Intentó con otros buscadores. Nada.
—Algunos de estos lugares son concurridos, aunque discretos, pero otros se conocen por el boca a boca, creo —dijo Horace—. Hasta el New York Times ha escrito sobre ellos.
Robert intentó recordar algún indicio que le hubiese dado Terri y que le fuese útil. Finalmente llamó a un conocido que era freelance de Time Out y de otras publicaciones, incluida la GBN de vez en cuando, que se ocupaba de la vida nocturna.
—Matt, tengo que hacerte una pregunta un tanto delicada. Es bastante urgente y requiere una gran discreción.
Matt dijo que nunca había oído hablar de La Boîte à Malice, pero que preguntaría.
Horace le escribió una nota a Robert en una servilleta. « ¿Necesita dinero?
»
Robert sacudió la cabeza. A Matt, o le gustabas o no.
—En diez minutos sería perfecto, Matt.
Robert miró a su viejo amigo durante un instante.
— ¿Tú no comes, Horace? Creo que nunca te he visto comer.
—A mi edad hay que tener cuidado con lo que uno se mete en el organismo. Vayamos a otro sitio. Recorriendo una ruta indirecta, fueron a otro restaurante situado a varias manzanas de la escena del tiroteo. Robert oía las sirenas de la policía en la distancia, cerca de donde hab ían estado.
Matt lo llamó en cinco minutos, justo cuando se estaban sentando. La Boîte à Malice no era ni un club sexual ni una bacanal de perversión que iba de un loft privado a otro, como había imaginado. Era algo que iba más allá, muy discreto y caro: una especie de agencia de asesoramiento regentada por una mujer, que decía ofrecer servicios para resolver pr oblemas de forma imaginativa, utilizando métodos que iban desde lo psíquico a lo sexual, con un sentido del humor propio de la casa. El nombre podía traducirse más o menos como La Casa de la Picardía, o incluso
«Trucos ‘R’ us».
—Matt dice que tiene un rollo muy extraño, elegante y aterrador al mismo tiempo, y la gente habla de ese lugar como si fuese una leyenda urbana. Dice que allí solo trabajan brujas. Y nunca nadie se mete con ellas —
le dijo Robert a Horace.
— ¿Sabe el nombre de la dueña? ¿Hay algún modo de pon erse en contacto con ella? O... —añadió Horace con una sonrisa— ¿se ponen ellas en contacto contigo?
—Es el tipo de empresa que Adam conocer ía. Matt tenía un número de teléfono, pero no la dirección.
Horace se sacó del bolsillo el mapa de Nueva York con el Árbol de la Vida dibujado en él, y lo colocó sobre la mesa.
— ¿Tienes algo que haya llevado puesto Terri? ¿Algo a lo que estuviese unida o llevase cerca de la piel?
Robert dudó. Luego se sacó una cadena que llevaba alrededor de la muñeca. Era la cadena que ella llevaba al cuello el día que hicieron el amor.
La sintió brillar en la mano.
—Esta es la cadena de la que colgaba la segunda llave.
Horace la cogió entre las puntas de sus dedos y cerr ó los ojos. Durante más de un minuto permaneció inmóvil, respirando profundamente. Sin abrir los ojos, le pidió a Robert que escribiese el número de teléfono de La Casa de la Malicia y que se lo diese. Puso la mano abierta sobre el trozo de papel mientras sostenía la cadena entre los dedos.
—Los efectos personales tienen resonancia —le dijo—. Con el oro rojo en mi poder puede que sea capaz de encontrar una resonancia que encaje.
¿Sabes dónde suele vivir Terri?
—Dijo que Adam la llamaba su Al Capone.
Horace se concentró más.
—No está en Brooklyn.
Después de otro minuto de intensa concentración, de repente hizo una mueca.
—He encontrado su miedo... y su dolor. Llama a ese número. Robert marcó los números y lo oyó sonar. Después de seis tonos saltó el contestador.
No había ninguna voz que identificase aquel lugar ni que confirmase el número. Colgó.
—Terri está donde está ese teléfono —dijo Horace—. La hizo saltar cuando sonó. Estaba asustada, y luego intrigada. Ahora ha levantado un muro.
Tenía miedo a contestar, aunque lo estaba deseando. Vuelve a llamarla. Di que eres tú y que te llame. Dile que estás conmigo. Me con oce. Robert llamó.
Vio a Horace volver a hacer una mueca de dolor. Cuando saltó el contestador dijo:
—Terri, cariño, soy yo, Robert. Estoy con Horace. Podemos protegerte.
Necesitamos que nos ayudes. Coge el teléfono, por favor.
Pero no ocurrió nada. Esperó hasta que se cortó la llamada.
—Tenemos que empezar a dirigirnos hacia el este —dijo Horace. Cuando estaban cruzando la Séptima Avenida sonó el Quad.
—Robert, aléjate de mí. Es demasiado peligroso.
—Podemos protegerte.
—No hay protección posible contra ellos.
—Déjanos ayudarte.
—Las mujeres me están ayudando.
—Terri, sé que estás embarazada.
De repente empezó a llorar.
—No hay forma de huir... no tengo escapatoria.
—La hay si te ayudamos. Dinos dónde encontrarnos.
— ¿Dónde están ustedes?
—En la Cuarenta y Cuatro con la Séptima.
Permaneció en silencio lo que pareció una eternidad.
—La colección de cerraduras Mossman, en la Sociedad General, en la Cuarenta y Cuatro con la Quinta, en quince minutos.
La Sociedad General de Mecánicos y Comerciantes, fundada en Nueva York en 1785, cuando solo hacía dos años que se habían ido los británicos y aún faltaban cuatro para la adopción de la Constitución de los Estados Unidos, era una joya de la construcción.
Robert y Horace todavía respiraban con dificultad por su r ápido paseo.
Salieron del ascensor con puertas de bronce al rellano de madera noble del primer piso, que formaba una elegante curva en el suelo desde la que se podía ver una silenciosa sala de lectura en el piso de abajo. La luz que entraba por un impresionante tragaluz tres plantas más arriba inundaba la biblioteca. Unas enormes lámparas de lectura colgaban del techo mediante cadenas, como lirios flotantes. Robert y Horace se dirigieron hacia la i zquierda, siguiendo un pasamanos de bronce curvado que conducía a una pequeña habitación llena de vitrinas. Terri no estaba allí. Las vitrinas contenían una increíble colección de cerraduras y llaves, la mayoría de ellas increíblemente complejas. Mirase a donde mirase veía una orgía de instrumentos de precisión de latón y plata pulida. Había cerraduras de tiempo, cerraduras con llaves mágicas, cerraduras de combinación, cerraduras de husillo para émbolo, ejemplos de cerraduras con r e-troceso, cerraduras de balancín, cerraduras con eje exterior, cerraduras de perilla con combinación. Una tenía una etiqueta que decía «cerradura muy complicada». Enormes llaves de hierro y cerraduras decoradas con volutas de la época del Renacimiento estaban expuestas junto a piezas exquisit amente labradas del siglo XIX y principios del XX. Parecían máquinas decodificadoras con tambores numerados, ruedas de estrella y cilindros con muescas.
Horace lo llamó, le brillaban los ojos. Mudo por la impresión, señaló unos instrumentos de madera grabados cuyas partes parecían cepillos de dientes de madera. «Esta es una cerradura egipcia de madera de unos cuatro mil años de antigüedad», decía la etiqueta. «Una cerradura de tambor de
pines. Este principio mecánico fue desarrollado por Linus Yale sénior para uso moderno.»
En la otra esquina había una caja fuerte negra de metal de metro y medio de alto con letras doradas. Junto a ella hab ía una pesada caja de seguridad de hierro remachado. Robert empezó a sentir un intenso dolor en cuanto posó sus ojos en ella. Le vinieron a la cabeza los pernos negros de la campana agrietada de St. Mark's in-the-Bowery. Mary fat Mary fat Mary fat Mary.
Relámpagos de colores le atravesaban los ojos; eran azules, púrpuras y amarillos. Figuras serradas, como los arcos del edificio Chrysler, formaban figuras geométricas y le azotaban el cerebro. Entonces todo se puso negro.
Los pesados pernos de la caja fuerte hab ían desencadenado una terror ífica cadena de asociaciones en su m ente que acababan en una sola imagen: una foto de las antiguas bombas atómicas que había visto cuando era niño.
Gruesos pernos de metal negro. Fat Mary. Ma'rifat'. Y las palabras citadas por Robert Opperheimer, el líder del proyecto Manhattan, cuando describió la primera explosión atómica: «Ahora me he convertido en la Muerte, Destructora de Mundos».
Desconcertado, dio un paso atr ás y se dio la vuelta.
— ¿Horace?
Ante él había una figura de luz gris que contrastaba con el fondo negro, que irradiaba ondas azules y negras. Parpadeó y sacudió la cabeza. Oía pitidos y sonidos distorsionados. Sus sentidos normales estaban apabullados, bloqueados. Sentía la energía abandonar su cuerpo.
—No veo —susurró—. Está cerca. La detonación está cerca. Si no podemos detenerla... Luego todo empezó a estabilizarse y los grises se volvieron gris claro, y luego blanco.
Vio a Terri delante de él, agarrándole la mano a Horace.
Horace paró un taxi delante de la Sociedad General.
—Ven a mi apartamento. Allí podré cuidarte.
Terri le sonrió con tristeza a Horace.
— ¿Dónde vives? Siempre me lo he preguntado.
—En un edificio que solía llamarse el Level Club, en el Upper West Side.
Cerca de la estatua de Verdi.
— ¿Por qué lo llaman así?
—Fue construido por los masones como un local para los miembros de todo el país que venían de visita. Sin embargo el proyecto se arruinó y pasó por unos años muy difíciles, y al final se vino abajo. Pasó unos años muy difíciles pero al final lo salvaron y lo restauraron. Yo no soy mas ón, pero
alguna de las caracter ísticas del edificio me suenan mucho. Algunos incluso dicen que es el intento más ambicioso que ha existido para reconstruir el Templo del Rey Salomón.
—Quiero experimentarlo.
—Robert, antes de que vayamos —añadió Horace—, mira esto.
Justo al lado de la entrada de la Sociedad General, el edificio estaba adornado con un bajo relieve de hierro que representaba un brazo musculoso sosteniendo con fuerza un martillo.
—Recuérdalo —dijo Horace.
Cuando Horace acabó de vendarle la herida en la frente y de examinarle los ojos, Robert se levantó impaciente del sofá.
— ¿Qué más ocurrió el día del apagón ?
Horace miró a Terri.
—Sospecho que ese día ocurrió todo —dijo—. Todo lo que ha ocurrido, todo esto, empezó ese día.
Robert frunció el ceño. Apenas podía mantener los ojos abiertos. Sentía como si su cuerpo fuese de plomo, pero aun así no podía dejar de pensar.
—Cuéntenme.
Primero habló Terri:
—Yo no lo vi todo. Adam tenía mucho miedo. Estaba paralizado. Pero de todas formas, fue.
—Empieza por el principio —dijo Robert—. Ya está bien de evitar el tema.
—Yo solo sé una parte —dijo Terri—. Adam tendrá que contarte el resto.
—Continúa.
—Entre otras cosas, como ya te he dicho, fue el día que perdí la vista. 14
de agosto de 2003: día del apagón.
Terri llegó al edificio de apartamentos situados en la confluencia de las calles Greenwich y Charles un poco antes de las diez de la ma ñana, la hora establecida.
Como tenía un par de minutos libres, cruzó la calle para ir a la pequeña casa de labranza de madera situada en diagonal frente al edificio de los clientes. Se parecía a algo que había visto hacía mucho tiempo en un cuento para niños. Todo estaba deformado y torcido. Prometía ser un trabajo interesante. El cliente, algún aristócrata menor inglés de unos cuarenta años, se había puesto en contacto con La Boîte à
Malice solicitando a alguien con capacidades especiales para ayudarle en un problema en particular. Terri era la más cualificada. Como era habitual, la
agencia había comprobado al cliente y le hab ía dado un resumen a Terri.
Aceptar o no el trabajo había dependido únicamente de ella. Cuando abrió la puerta al principio, pensó que tenía una presencia mucho más risueña de la que había sentido desde lejos; lo segundo que pensó era que tenía unos ojos tremendamente magnéticos. El cliente, que se llamaba Adam Hale, le presentó a una mujer hermosa y menuda con unos veinte años más que ella, pelo largo y negro y ojos azules, cuya primera señal hacia Terri fue un fuerte bloqueo sobre algunos puntos clave de su pasado.
Terri lo reconoció porque ella mantenía la misma defensa. A pesar de la simpatía superficial de la mujer, también pudo sentir su malestar: sentía culpabilidad por estar allí, así como un gran respeto por su marido y tristeza.
La sensación de haber perdido algo.
—Le presento a Katherine Rota —dijo Adam—. Katherine, esta es Terri, de La Boîte à Malice.
Había un fuerte vínculo entre Adam y la mujer, un vínculo que venía de muy atrás. Vio la imagen de tres personas, unidas a lo largo de los años, cambiando de combinación entre sí pero siempre juntas... El tercero era un hombre, la persona importante para Katherine. Vio que aquello durar ía toda la vida.
A Hale lo leía como una dínamo. Recibía y emanaba energía. Era poderoso, pero de algún modo se sentía bloqueado y asustado.
—Terri, te pondré esto tan feo como pueda —dijo Adam—. Ha llegado a mis oídos un acto de gran aberración, un ataque que está siendo planeado contra esta ciudad. Es el tipo de tema que las autoridades no se tomarían en serio; de hecho, si interviniesen no har ían más que empeorar las cosas.
»El sujeto es una persona muy peligrosa con la capacidad de llevar a cabo un acto muy grave. También es bastante fascinante y alguien que, en otras circunstancias, me encantar ía tener como amigo. Sin embargo, no puede ser.
Terri sintió cómo la invadía su intensidad. Luego sintió una enorme ola de daño potencial. Por un momento se quedó sin aliento. En medio de todo esto, en su centro, había una palabra. Intentó leerla entre las espirales de dolor y vergüenza. Venganza.
— ¿Quién es ese hombre?
—Su nombre no importa, pero su padre y su abuelo, ambos egipcios, tenían acceso a una gran tradición de conocimiento antiguo, además de tener formación científica en la tradición occidental. Transmitieron la veneración por esta tradición y alguno de sus dogmas y secretos al chico mientras se
educaba entre El Cairo, Londres y los Estados Unidos. Su madre es estadounidense y él es ciudadano americano.
—De acuerdo.
—A este hombre le ha ocurrido algo horrible que le ha causado una cr isis sicoespiritual. Esto ha servido como portal para ciertas fuerzas de gran maldad potencial. Lo he detectado y tenemos que detenerlo... Katherine lo interrumpió.
—Respira, Adam.
Percibió que Katherine reforzaba sus barreras aún más. Pero sonrió a Terri.
—A veces puede ser un poco abrumador. ¿Quieres un poco de te?
—Solo agua, por favor.
Terri sintió que Katherine intentaba evaluarla. No de manera hostil, de forma indagadora y neutral al principio, y ahora positiva. Sent ía que Katherine era alguien acostumbrado a examinar a la gente rápidamente, que le habían enseñado a hacerlo. También era como una televisión con interferencias. Lo hacía deliberadamente, aunque no s e daba cuenta de ello.
— ¿Puedo continuar?
Terri volvió a centrarse en Adam Hale.
—Por favor.
—Pienso enfrentarme a este hombre en unas horas. No soy lo suficientemente fuerte para enfrentarme a él yo solo. Hay fuerzas muy poderosas ligadas a él.
— ¿Quieres que vaya contigo? Según tengo entendido, ese no es el pr oblema que me mandaron a solucionar.
—No. Hace unos veinte años, cuando Katherine y yo nos conocimos en la universidad, ella tenía los poderes más fuertes con los que jamás me había topado. Ahora necesito que me ayude, pero ya no puede utilizarlos.
—Ya lo veo.
—Esperaba que, al menos durante las pr óximas doce horas, pudieses ayudarla a recuperarlos. Que pudieses unir tu poder al de ella, si est ás dispuesta. Necesito... protección, por decirlo de alguna manera. O
profundidad. Un pozo profundo en el que sumergirme. No puedo describirlo.
—Lo sé. Lo entiendo.
Cerró los ojos y respiró profundamente. Aguantó la respiración hasta que hubo absorbido todas las distracciones, la incoherencia y la negativ idad en su ser. Luego exhaló lentamente, expulsándolo todo. Fijó su concentración en
Katherine, en Adam y en el hombre sin nombre, expandiéndola a los que la rodeaban. Vio algo tremendamente extraño. Hermoso... Virginal...
—Tu marido —le dijo a Katherine—, ¿por qué no lo has llamado? Él...
Miró a Adam y vio cómo sus ojos volaban hacia Katherine.
—El no lo sabe —dijo Adam—. Lo ha escondido tan profundamente en su ser que se cree un escéptico.
—No es el momento —dijo Katherine—. Robert no está preparado y lo estamos reservando hasta que no nos quede otro remedio que llamarlo. Terri volvió a ver a los tres, una cadena de seres unidos e imperturb ables mientras los mundos cambiaban y se hacían borrosos a su alrededor. Adam. Katherine.
Robert.
Terri se giró hacia Adam y le dijo:
— ¿Cómo vas a prepararte?
—Respiración. Meditación. Movimiento —le dijo, sonriendo—. Me concentraré en mi presa. Ella le frunció el ceño.
— ¿Quieres también que aumente tu energía sexual para poder trabajar sobre esa base?
—Ya lo estás haciendo simplemente con estar en esta habitación.
—Puedo hacerlo mejor que esto.
Se giró hacia Katherine y le dijo:
—Señora Rota, ¿podríamos hablar un rato mientras él practica su respiración profunda?
Nueva York, 31 de agosto de 2004
Robert levantó la mano.
— ¿Podrías parar un momento, Terri?
Su mente se llenó de oscuridad y de premoniciones mientras escuchaba a Terri. Intentó con todas sus fuerzas librarse de una sensación de fatalidad. La idea de Katherine intentando ayudar a Adam a sus espaldas, de que Terri y Katherine se conociesen desde más de un año antes de que él hiciese el amor con Terri, todo le hacía sentirse como un idiota, aunque lo hubiesen excluido de aquello para protegerlo. Se sent ía un cobarde por haber negado su don durante toda su vida de adulto.
—En serio, necesitas descansar —dijo Horace.
Siguiendo órdenes de Horace, Terri lo cogió por el brazo y lo llevó a una habitación de invitados. Mientras estaba allí tumbado, con las cortinas corridas, en la oscuridad, una gran ola de miedo lo invadió y luego perdió la consciencia a causa del cansancio.
Durmió hasta la cena. En algún momento de la noche, Terri le llevó algo de sopa. Luego se marchó y lo dejó dormir todo lo que necesitase. Canción de amor de un mártir:
la creación del Ma'rifat'
Después de varias semanas, de repente me
soltaron. No hubo explicaciones, simplemen-
te una advertencia de que nunca hablase de
lo que me había ocurrido. Sabían lo que
había hecho, decían, pero no me acusarían.
Simplemente nadie volvería a creer ni una
palabra de lo que dijese.
Me dejaron en medio de Manhattan, de n o-
che, con la ropa con la que me habían abdu-
cido y todas mis pertenencias menos mis do-
cumentos de identidad.
Volví a Long Island para descubrir que
había perdido mi trabajo. Me acusaron de
desaparecer sin dar ninguna explicación y
además de falsificar datos. Habían enviado
a mis amigos y a mi familia fotos tomadas
durante mi interrogatorio, donde me mostra-
ban en posturas comprometidas con otros
hombres.
Me desacreditaron como científico y como
hombre. Mis tarjetas de crédito dejaron de
funcionar y me vi obligado a vivir de mis
escasos ahorros.
No podía perdonarlos.
Pero podía vengarme.
La tercera ley de sir Isaac Newton dice
que cada acción tiene una reacción opuesta.
Y yo estaba decidido a honrar esa ley.
E, irónicamente, utilizaría en parte la
fórmula que el mismo Newton me había hecho
llegar a través de mi amada.
Descubrí que mi destrucción como ser
humano me había proporcionado capacidades
que había buscado durante años en nuestra
tradición. Incipientes y venenosas, pero reales, al menos. La maldad me rodeó y empezó a alimentarse de mi alma.
Mi abuelo había puesto en poder de mi pa-
dre un cilindro metálico de exquisito dise-
ño que, siendo niño, me habían dejado ver
girar, brillar y sentir su poder una sola
vez, mientras los adultos rezaban y cant a-
ban a su alrededor. Parecía acrecentar y
difundir su amor, su éxtasis espiritual. Mi
padre me lo pasó a mí y, siguiendo sus ad-
vertencias, lo escondí en un lugar secreto,
como si se tratase de un tesoro sagrado,
hasta que fui digno de él. Esperaba conve r-
tirme en adepto algún día y aprender sus
usos secretos.
Pero con la ayuda de Newton, hice una co-
pia de él. Estaba hecho del mismo metal vi-
drioso que él mismo describía como la pie-
dra filosofal. Solo faltaba un elemento.
Dicen que cuando el alumno está prepar a-
do, el profesor aparece.
Un grupo de gente que había sentido mi
ira y mi humillación se fijó en mí. Llevaba
quince años esforzándome, en mis estudios
secretos, para transmutar una pequeña can-
tidad de oro normal en lo que conocemos co-
mo oro rojo. Era una operación de alquimia
que requería un tratamiento muy delicado,
físicamente hablando, y también un estado
espiritual elevado. Nunca lo había conse-
guido. Era lo único que faltaba del docu-
mento de Newton. No decía cómo obtenerlo.
Entonces la Iwnw me trajo un poco.
El 14 de agosto de 2003 me levanté tem-
prano con la intención de disfrutar cada
instante del hermoso día que comenzaba. Al
salir el sol me levanté, abrí la ventana y
sentí la gloria del cielo entrar en mi c orazón.
Los preparativos finales del Artefacto
serían una ardua y larga tarea. Medité d u-
rante una hora. Intenté encontrar el perdón
por lo que me habían hecho, pero no lo con-
seguí. Honré la memoria de mi padre. Mald i-
je al Mukhabarat. A todos los Mukhabarats.
Pero, sobre todo, maldije al Mukhabarat e s-
tadounidense.
Dos días antes le había enviado un mensa-
je a Katherine, mi amada. Era nuestro pri-
mer contacto desde que me habían soltado.
Le pedí que se reuniese conmigo en Las V e-
gas, en el hotel Luxor, la noche del jueves
14 de agosto del 2003. No pensaba ir, pero
quería que ella no estuviese en Nueva York
esa noche. No quería que muriese en la d e-
tonación del Ma'rifat' que sin querer me
había ayudado a construir. Quería que fuese
testigo de ello. Que entendiese mi dolor.
Mi destrucción.
Después del desayuno me ocupé de los
últimos asuntos rutinarios. Pagué las fac-
turas y quemé mis objetos personales. Envié
la última entrada al pequeño blog que tenía
como entusiasta del gran Nikola Tesla
quien, como yo, había explorado el alcance
exterior de fenómenos como la resonancia y
la vibración; quien advirtió que dicho c o-
nocimiento, en manos equivocadas, podría
partir en dos la Tierra; cuyo laboratorio
situado cerca de Washington Square Park
había ardido en un extraño incendio, igual
que el de Newton en Cambridge; aquel que
había visto más allá de las limitaciones y
prejuicios de esta época y que había sufri-
do por ello.
Luego fui al garaje y metí en el maletero
todo lo que iba a necesitar.
El viaje desde mi casa hasta el lugar que
había elegido como adecuado para la cons-
trucción final del Artefacto fue corto.
Estaba entre las calles Robinson y Tesla
en Shoreham, Long Island, a pocos kilóme-
tros de mi lugar de trabajo. Era el esqu e-
leto vacío del laboratorio en el que Tesla
planeó su visión más audaz: un Radio City
con su propia tecnología que transmitiría
energía e información a través de la tierra
a toda la humanidad. No había recibido el
apoyo suficiente. Fracasó, aunque décadas
después sus contribuciones al mundo fueron
reconocidas.
Yo había estudiado y observado cuando
podía evitar a los guardias de seguridad.
Cuando estuve preparado entré en la zona a
través de mi entrada secreta. Para enfren-
tarme a mi destino, en la persona de Adam
Hale.
7
Prueba de Espíritu
Nueva York, 1 de septiembre de 2004
Cuando Robert se despertó, Terri estaba comiendo un bocadillo. Horace estaba sentado con ella en la mesa del comedor, bebiendo un vaso de agua.
—Hola, dormilón —gritó Terri—. ¿Listo para el desayuno?
— ¿Qué están tomando?
—Yo estoy almorzando, es mediodía. Has dormido dieciocho horas.
Robert se estiró. Tenía los sentidos especialmente agudizados. Podía moverse mejor.
Mientras Terri se alejaba de la ventana para traerle un poco de café, la vio brillar contra el oscuro papel pintado. Alrededor de su cabeza y de sus hombros vio arcos y uves invertidas como las del edificio Chrysler. Parp adeó, pero no desapareció. Se sentó, con la espalda recta, sintiendo cómo su cabeza estaba en perfecto equilibrio sobre los hombros. Sent ía ráfagas de energía corriéndole por el estómago y las extremidades.
El café estaba delicioso. Cuando le puso la mano en la espalda a Terri, ella emitió electricidad. Sintió un calor animal, un flujo de poder.
—Tienes las manos calientes —le dijo ella, sonriéndole.
—Es por la taza de café.
—No, eres tú.
Su transformación había sido milagrosa. Tan pronto como Horace la había cogido de la mano en la sala de cerraduras de la Sociedad General, su desesperación y su miedo habían empezado a desaparecer. La mir ó a los ojos.
Sintió que lo estaba percibiendo.
—Horace y yo hemos hablado mucho mientras dormías. Puede que todavía consigamos superar esto. Horace le trajo el periódico, le sugirió que se pusiese al día sobre lo que había pasado en su querida ciudad mientras hab ía estado inconsciente, y se fue a la sala de estar.
Había habido protestas en la Biblioteca Pública de Nueva York después de que ellos se marchasen; habían intentado poner una pancarta en uno de los leones; mucho jaleo y arrestos casi indiscriminados. Muchos más arrestos cerca de la Zona Cero. Los policías jugaban al gato y al ratón con varios tipos de manifestantes, la mayoría pacíficos, aunque no todos. Sobre todo se especulaba sobre unos disparos a coches patrulla cerca del túnel Lincoln. Se decía que estaban investigando a un francotirador. Un manifestante que había escalado una de las torres de luz contiguas estaba fuera de sospecha. No pensaban que estuviese involucrado en el incidente. Las investigaciones continuaban.
No había muertos ni se había informado de heridos.
Horace volvió.
—Tenemos que irnos. Mientras estemos los tres juntos y yo tenga el núcleo, la caja del mal, como tú la llamas, a Adam y a la Iwnw les ser á difícil hacernos daño. ¿Dónde crees que está el próximo punto de ruta? Es el número 121. La pista es la siguiente:
Para la visión infinita, a la luz has de subir
el fuego y el oro esperan al audaz
para el reloj batir, una roca has de escalar
luego parte y hacia el norte por el telescopio has de mirar para el amor recuperar... o matar
la prueba de Espíritu has de pasar.
— ¿Alguna idea?
Robert despertó de su meditación y dijo:
—Si el dibujo que te enseñé ayer es correcto, tendría que estar alrededor del centro Rockefeller. Radio City. Horace asintió.
—Las cosas se están acelerando.
Robert también podía sentirlo. Un ímpetu en ciernes. Las próximas horas lo resolverían. Se sentía preparado.
—Empecemos donde lo dejamos ayer, en la columna vertebral —dijo Horace—. Eso me recuerda... —Les hizo un gesto para que lo siguiesen a su estudio. Contra una pared, en una caja de cristal, había una maqueta de unos noventa centímetros, en bronce, de lo que parecía una torre de vigilancia de estilo art déco muy ornamentada. En la cúspide había tres luces de colores.
—Si la tumbas, parece el sarcófago de una momia —dijo Robert. Vio que en la pared también había un dibujo de ella enmarcado, un plano de diseño.
Terri puso las manos sobre ambas cosas y se concentr ó.
—Esta es una maqueta de arquitecto de las torres de tráfico que solía haber por la Quinta Avenida, siete, como ya te he contado. Eran bastante hermosas. Desgraciadamente todas han sido destruidas. Mira atentamente la parte superior, entre las luces.
Robert se inclinó hacia delante.
—Dios mío. Las serpientes enroscadas.
—Exacto. El caduceo.
—Esto no deja de aparecer, Horace, pero ¿qué significa exactamente?
Veo fragmentos de él... Lo veo en las pruebas, en la ciudad, en el Árbol de la Vida, pero luego se me vuelve a escapar.
—Los mitos cuentan, a veces de forma distorsionada, los choques a lo largo de la historia entre la Iwnw y nosotros por alcanzar el poder y el control del Camino —dijo Horace—. Lo cierto es que las serpientes enrolladas en el báculo son una imagen del Camino, tal y como lo representa el Árbol de la Vida también, aunque desde otra perspectiva. El caduceo es una especie de varita mágica que portaba el dios griego Hermes, a quien los r omanos llamaban Mercurio, el intérprete de los dioses, el guía del inframundo, el patrón de los caminos y de las fronteras. Robert veía visiones de agua subterr ánea, ríos bajo Manhattan; eran impresiones que había tenido durante las pruebas. Recordó haber sentido el agua fluir y serpentear bajo la ciudad, ver el curso del t únel de agua número uno por la columna vertical del árbol de la vida. Recordó la creencia de los nativos americanos en la serpiente Manetta, que residía en las aguas situadas bajo la Quinta Avenida.
— ¿Cómo representan el Camino las serpientes?
—Representan los poderes que adquieres al completar las pruebas —
dijo Terri— ascendiendo de abajo a arriba, subiendo desde las energías primitivas, como matar, culear, perseguir el poder, a las superiores, como la compasión, la creatividad y la curación. En tus pruebas la ruta va desde la capilla de St. Paul y la Zona Cero, pasando por Union Square, hasta R adio City. Puedes ver el báculo como si fuese tu columna vertebral y esas energías suben desde la base de la columna hasta el cráneo. Las alas que hay en la parte superior representan el espíritu que alza el vuelo al completarse el Camino.
— ¿Y por qué dos serpientes?
—Los poderes de la tierra, el agua, el fuego y el aire, el éter, la mente y el espíritu, todos ellos tienen una parte oscura —dijo Horace—. Para completar el Camino en cada etapa tienes que mezclar los aspectos positivos y negativos de cada poder. La fuerza bruta de la energía de matar es destructiva, por
ejemplo, pero no puedes recorrer el Camino sin ella; puedes unirla a un propósito superior y sacar fuerzas de ella. Sin su poder no sobrevivirás al resto del Camino. Las serpientes entrelazadas, enroscadas en el báculo, representan la mezcla de ambas polaridades: el bien y el mal, la mujer y el hombre, el orden y el caos. La columna central representa el equilibrio entre ambos.
—Pero, ¿qué están haciendo en esas torres de tráfico?
—Hermes era el dios de los caminos, así que tendría sentido incluir este símbolo en torres de tráfico a lo largo de la avenida principal de la ciudad.
Piensa también que cuando se retiraron estas hermosas torres se utilizó otra figura para decorar los semáforos de la ciudad —dijo, y señaló una figura cubierta con unos ropajes exquisitamente bordados. Robert lo levant ó para descubrir una figura de bronce fundido de unos cuarenta y cin co centímetros de alto, vestida con un peculiar sombrero y una rueda alada en la mano izquierda.
—Mercurio.
—Así es. En realidad seguimos el camino de Hermes.
Cuando estaban a punto de irse, Robert se fij ó en fotografías suyas, de Adam y de Katherine, que estaban colocadas en el corcho del despacho de Horace.
— ¿Qué es esto, Horace?
—Como te he dicho, llevo observándote muchos años, Robert. A los tres.
Yo soy tu Vigilante. Adam y Katherine han trabajado codo con codo conmigo en diferentes etapas para sumergirte en esta experiencia. Ahora tenemos que irnos.
Robert comprobaba el GPS mientras esperaba en la acera. Terri y Horace esperaban el coche que habían pedido en recepción, situada detrás de él bajo un gran Sello de Salomón colocado en el techo. Dos pilares gemelos coronados con orbes adornaban la monumental fachada del edificio. El Quad señalaba sudeste, a menos de tres kilómetros.
Una vez en la Biblioteca Pública de Nueva York, Horace insistió en que entrasen por la escalinata principal. Los llev ó hacia la izquierda, por el pasillo principal, hasta una puerta al final del mismo situada a mano izquierda.
—La sala de revistas —anunció, y los llevó a su interior en silencio.
Aparte de un miembro del personal en un m ostrador, solo estaban ellos. La sala, cuyas paredes estaban cubiertas de paneles de madera, est aba decorada con pinturas de edificios periodísticos y editoriales de comienzos del siglo
XX. Estaban colocados en arcos y marcos a modo de ventanas. Robert vio el edificio verde y azul de McGraw-Hill, la torre del New York Times en el número 1 de Times Square, con su fachada original de piedra, la antigua zona de Newspaper Row frente al parque del ayunt amiento, cuando el edificio World todavía estaba en pie.
—Tómate unos minutos antes de que empecemos a analizar estas pinturas
—le dijo Horace. Se sentaron en silencio durante unos cinco minutos. Robert sent ía que Horace pensaba en ellos con mucho cariño.
Respiró profundamente.
—Horace, ¿cuál es la séptima prueba?
Horace les cogió las manos a ambos y cerró los ojos durante un instan-te.
Luego dijo:
—La prueba final te dará una oportunidad, solo una, de detener la explosión del Ma'rifat'. Si no la superas no tendrás ninguna. La prueba de Espíritu analizará tu capacidad de perdonar, de amar, de rendirte por completo al océano del amor divino del que eres tanto una simple gota, como el recipiente que contiene el océano.
Robert pasaría la prueba si demostraba, con sus acciones y palabras, que se había entregado por completo a los requisitos del Camino: que ha bía desarrollado una mente tan calmada como un espejo, un coraz ón desprovisto de miedo, un espíritu rebosante de amor, le había dicho Horace. Si no conseguía todo eso, moriría.
Robert tendría que recuperar una llave con siete lados o puntas.
—Y entonces te quedarás solo. Aunque estaremos contigo, habr á poco que yo o cualquiera pueda hacer para ayudarte a enfrentarte a la Iwnw y a su criatura, como tendrás que hacer. Ahora empecemos.
Se levantó y caminó con energía hacia la puerta. Mientras intentaban alcanzarlo, los llevó de vuelta por el pasillo, a través del vestíbulo principal y luego hacia la izquierda, bajando una escalera hacia la salida de la biblioteca en la calle Cuarenta y Dos.
Al salir de la biblioteca, justo al otro lado de la calle, vieron una puerta de piedra blanca arqueada que tenía grabadas figuras del zodiaco. En la parte inferior de la columna izquierda, Robert examin ó los gemelos de Géminis.
Tenían un aspecto sobrenatural.
—Piensa en esto como en una puerta sagrada o como en un pasadizo hacia la prueba final —dijo Horace. Los condujo bajo b óvedas catalanas hasta un vistoso vestíbulo del edificio, la torre Salmón, donde incluso los buzones eran pequeñas obras de arte en bronce, y continuaron direct amente a
la calle Cuarenta y Tres. Robert recordó que ya había visto un arco idéntico grabado en piedra blanca, con las mismas figuras zodiacales.
—Sigamos —dijo Horace.
Caminaron hacia la Quinta Avenida y doblaron la esquina de la calle Cuarenta y Cuatro, donde hab ían quedado con Terri la tarde anterior. Iban hacia el norte, sin detenerse. Horace señaló un friso decorado con intensos y brillantes rojos, verdes y amarillos encima de un edificio alto en la parte este de la Quinta Avenida.
—Miren ahí arriba, en lo alto del edificio French —gritó—. Grifos, en un amanecer de fayenza. ¿Lo ven? Cuerpo de león, alas y cabeza de águila y cola de serpiente. Son famosos por encontrar oro y tesoros escondidos. En la cara oeste de la parte superior, una cabeza de Mercurio, el Mensajero, en medio de una estrella de oro brillante. La puerta está inspirada en la Puerta de Ishtar.
Ishtar es Innana, Robert.
—Yo soy la criatura de luz. Lo recuerdo. —Lo vio y lo entendió. Sintió como el poder le recorría el cuerpo.