La carta robada y otros relatos

Edgar Allan Poe · Capítulo 4 de 6

Páginas del PDF

La carta robada y otros relatos

La máscara de la muerte roja

 

L a «muerte roja» había devastado la región durante largo tiempo. Jamás peste alguna había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era su encarnación y su sello: el color y el horror de la sangre. Comenzaba por agudos dolores, seguía con desvanecimientos súbitos y concluía en un abundante derrame de sangre por los poros; poco después sobrevenía la muerte. Las manchas purpúreas en el cuerpo y especialmente en el rostro de la víctima eran las trompetas de la muerte que la aislaban de todo socorro y toda simpatía. La invasión, el progreso y fin de la enfermedad era cuestión de media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus posesiones quedaron semidespobladas, eligió un millar de robustos y desaprensivos amigos de entre los caballeros y damas de su corte, y se refugió con ellos en una de sus recónditas abadías fortificadas, de amplia y magnífica construcción, obra del propio príncipe que poseía un gusto, no por excéntrico exento de majestuosidad. Una sólida y elevada muralla la circundaba. Las puertas eran de hierro. Los cortesanos, una vez dentro, se sirvieron de fraguas y pesadas mazas para soldar los cerrojos, decididos a no dejar ninguna vía de acceso o de salida a cualquier eventual impulso súbito de desesperación del exterior o de frenesí del interior. La abadía disponía de abundantes víveres. Gracias a estas precauciones los cortesanos podían desafiar la peste. Que el mundo exterior se las arreglase como pudiese; mientras tanto, sería locura afligirse o pensar en él. El príncipe había abastecido la mansión de todo lo necesario para el placer: habla bufones, improvisadores, bailarines, músicos, belleza y vino. Dentro había todo esto y además seguridad. Fuera estaba la «muerte roja».

Al quinto o sexto mes de reclusión, y mientras la peste causaba terribles estragos en el exterior, el príncipe Próspero ofreció a su millar de amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

¡Qué cuadro tan voluptuoso aquella mascarada! Permitidme describiros antes los salones donde tuvo lugar. Eran siete — una hilera imperial de estancias —. En la mayoría de los palacios, estas hileras de salones forman una prolongada galería en línea recta cuando los batientes de las puertas se abren de par en par, permitiendo que la vista alcance sin obstáculos la totalidad de la galería. Aquí se trataba de algo muy distinto, como podía esperarse del duque y de su amor por lo raro. Las salas se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la vista sólo abarcaba una cada vez. Cada ventanal tenía vitrales cuya coloración armonizaba con el tono dominante de la decoración del aposento; por ejemplo, si el salón del extremo oriental estaba decorado en azul, vívidamente azules eran sus vitrales. La segunda estancia estaba guarnecida de púrpura, y purpúreas eran las vidrieras. El tercer aposento estaba ornado completamente en verde, lo mismo que los cristales. La cuarta, anaranjada, recibía luz a través de un vitral anaranjado; la quinta era blanca y la sexta, violeta. El séptimo aposento aparecía rigurosamente cubierto con colgaduras de terciopelo negro que revestían el techo y las paredes y caían en pesados pliegues sobre una alfombra de la misma tela y color. Pero en esta sala, el color de las vidrieras no correspondía a la decoración. Los vitrales eran escarlata, de un intenso color sangre. Ahora bien, pese a la profusión de ornamentos dorados esparcidos por doquier o suspendidos de las paredes o del artesonado, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Ni bujías ni arañas había en aquella larga hilera de habitaciones. Pero en los corredores paralelos que las rodeaban, justamente frente a cada ventana, se alzaban pesados trípodes sosteniendo un ígneo brasero que, a través de los cristales colorados, proyectaba sus rayos sobre las salas, que iluminaba de un modo deslumbrador, provocando una infinidad de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del Poniente, la negra, la claridad del brasero que a través de los cristales sangrientos se derramaban sobre las negras tapicerías, producía un efecto terriblemente siniestro y prestaba a los rostros de los imprudentes que allí penetraban una coloración tan extraña que muy pocos eran lo bastante audaces para pisar su recinto.

En este aposento, y apoyado contra del muro del Poniente, se erguía un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un tictac sordo, pesado y monótono. Cuando el minutero completaba su recorrido esférico e iba a sonar la hora, de los pulmones broncíneos del mecanismo brotaba un tañido claro y fragoso, profundo y lleno de musicalidad; mas su timbre era tan particular y potente, que cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir por un instante los acordes para escuchar el sonido, y los bailarines cesaban en sus evoluciones. Aquella alegre sociedad se veía recorrida por una turbación momentánea, y mientras sonaban los tañidos, los más vehementes palidecían y los de más edad se pasaban la mano por la frente, como si se sumieran en meditación o en un sueño febril. Cuando se apagaban por completo los ecos, una liviana risa recorría la reunión. Los músicos se miraban riéndose de sus nervios y de su locura, prometiéndose en voz baja unos a otros que el siguiente tañido no provocaría en ellos la misma sensación. Pero al cabo de los sesenta minutos (que comprenden tres mil seiscientos segundos del tiempo que huye) el fatal reloj daba otra vez la hora y otra vez surgía el mismo estremecimiento, el mismo escalofrío, el mismo sueño febril. Pese a todo, la fiesta continuaba alegre y magnífica. El duque tenía gustos singulares. Su vista era especialmente sensible a los colores y sus efectos. Despreciaba los gustos de la moda. La audacia y la temeridad presidían sus planes y sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Muchos podrían haberle considerado loco. Sus cortesanos sabían que no lo estaba.

 

Con ocasión de la gran fiesta, el príncipe había dirigido personalmente la decoración de las salas, y su gusto había guiado la elección de los disfraces, que destacaban por su grotesca concepción. Reinaba en ellos el brillo, el resplandor, lo chocante y lo fantasmagórico — mucho de eso que más tarde podría verse en Hernani —. Había figuras en arabesco, con siluetas y miembros incongruentes; había también fantasías delirantes, que gustaban a los maníacos. Abundaba lo hermoso, lo extraño, lo lujurioso, mucho de lo terrible y no poco de lo que podía considerarse repugnante. De un lado a otro de las siete estancias paseaba una muchedumbre de pesadilla. Y esas pesadillas se contorsionaban por todas partes, tiñiéndose del color de los salones y haciendo de la música el eco de sus propios pasos.

Nuevamente suena el reloj de ébano que se alza en el salón de terciopelo; todo calla por un instante, todo es silencio salvo la voz del reloj. Las figuras de pesadilla quédanse yertas, rígidas. Y cuando los ecos de la campana se desvanecen — apenas han durado un momento — una risa leve, mal reprimida, flota por todos lados. Y de nuevo suena la música, viven las pesadillas contorsionándose de un lado para otro más alegremente que nunca, reflejando el color de los vitrales distintamente teñidos, por los que irrumpen los rayos de los trípodes. Más en el salón que da al oeste ninguna máscara se aventura porque la noche avanza y una luz más roja se derrama por los cristales color sangre; la oscuridad de las cortinas negras es aterradora, y quienes posan su pie en la sombría alfombra, oyen del cercano reloj de ébano un repique más pesado, más solemne que el que hiere los oídos de las máscaras entregadas al baile en estancias más apartadas.

Una densa muchedumbre se congregaba en estas últimas, donde latía febrilmente el corazón de la vida. La fiesta llegaba a su pleno apogeo cuando comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música como ya he contado, y apaciguáronse las evoluciones de los danzantes. Como antes, se produjo una angustiosa inmovilidad en todo. En esta ocasión el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso, en tan largo tiempo, los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de quienes reflexionaban entre la multitud entregada a la alegría. Y quizá por eso también, varias personas tuvieron tiempo, antes de que los ecos del carillón se desvanecieran, de advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había despertado la atención de nadie. Al difundirse en un susurro la nueva de aquella presencia, se suscitó entre los concurrentes un murmullo significativo de asombro y desaprobación y, finalmente, de espanto, pavor y repugnancia.

En una asamblea de fantasmas como la que acabo de pintar, puede suponerse perfectamente que ninguna aparición ordinaria hubiera provocado tal conmoción. A decir verdad, el desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero el personaje en cuestión sobrepasaba en extravagancia a un Herodes y la moralidad equivoca del príncipe. En el corazón de los más temerarios siempre hay una cuerda que no se puede tocar sin emoción. Hasta en los más depravados, en quienes la vida y la muerte son siempre un juego, hay cosas con las que no se puede jugar. Los concurrentes sintieron en lo más profundo de su ser que el traje y la apariencia del desconocido resultaban inadecuadas. Su figura, alta y esquelética, se envolvía de pies a cabeza con una mortaja. La máscara que le ocultaba el rostro representaba tan admirable la fisonomía de un cadáver, que un examen minucioso hubiese descubierto a duras penas el engaño. Aquella frenética y alegre concurrencia hubiera tolerado, si no aprobado, semejante disfraz. Pero la figura había osado asumir las apariencias de la «muerte roja». Su mortaja estaba salpicada de sangre y en su amplia frente y en el resto de sus facciones había manchas del horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero se posaron en aquella figura espectral (que con pausado y solemne movimiento, como para dar relieve a su papel, paseaba entre los bailarines), se conmovió en un violento estremecimiento de terror y disgusto; un segundo más tarde su frente enrojecía de ira.

—¿Quién se atreve —preguntó con voz ronca a los cortesanos que le rodeaban —, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfema? ¡Apresadle y desenmascaradle, para que sepamos a quién hemos de ahorcar en nuestras almenas al alba!

Cuando pronunció estas palabras el príncipe Próspero se hallaba en el salón del este, en el aposento azul con un grupo de pálidos cortesanos que le rodeaban. Apenas terminó de hablar, se produjo un ligero movimiento de avance en dirección al intruso quien, en ese momento, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso tranquilo y majestuoso.

Pero cierto terror indefinido que la insensata arrogancia del enmascarado había inspirado a toda la concurrencia impidió que alguien alzara la mano para prenderle, de modo que sin obstáculo alguno, pasó a diez pasos del príncipe, y mientras la inmensa reunión retrocedía como obedeciendo a un mismo impulso desde el centro de la sala hacia las paredes, él prosiguió andando con el mismo solemne y mesurado paso que le había distinguido desde su aparición, pasando de la cámara azul a la purpúrea, de la purpúrea a la verde, de la verde a la anaranjada, de ésta a la blanca y de aquí a la violeta sin que nadie hiciera un movimiento decisivo para detenerle. Fue entonces cuando el príncipe Próspero, furioso de ira y vergüenza por su momentánea cobardía, se abalanzó precipitadamente por las siete cámaras, sin que nadie le siguiera a causa del mortal terror que a todos paralizaba. Blandiendo un puñal, se acercó impetuosamente a tres o cuatro pasos de aquella figura que seguía alejándose, cuando ésta, al llegar al extremo del aposento de terciopelo, se volvió de súbito y enfrentó a su perseguidor. Se oyó un grito agudo, y la daga cayó resplandeciente sobre la fúnebre alfombra, en la que acto seguido se desplomaba muerto el príncipe Próspero.

Reuniendo el frenético coraje de la desesperación, un tropel de máscaras irrumpió a un tiempo en la negra estancia, y aferraron al desconocido, cuya alta e inmóvil figura permanecía a la sombra del reloj de ébano; en ese momento exhalaron un grito de terror inexpresable y retrocedieron al comprobar que el sudario y la máscara cadavérica que habían aferrado con tanta energía no contenía ninguna forma tangible.

Entonces reconocieron la presencia de la «muerte roja». Como un ladrón en la noche se había presentado, y uno por uno fueron cayendo los alegres convidados en las salas de la orgía, inundados por un rocío sangriento. Cada cual murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se desvaneció con la del último de aquellos licenciosos. Las llamas de los trípodes se extinguieron. La Tiniebla y las Ruinas y la Muerte Roja extendieron por doquier su ilimitado dominio.

OceanofPDF.com