La casa de las sombras

Paul Harding · Capítulo 9 de 15

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La casa de las sombras

Capítulo VIII

Fray Malaquías, de la orden de san Benedicto, abrió la puerta de la iglesia de San Erconwaldo, la cerró tras de sí y se apoyó en ella, levantando la mirada al techo abovedado. Malaquías tenía miedo. Había mucho en lo que pensar, mucho que hacer, sin embargo acechaban peligros por todas partes. Respiró hondo y recorrió la iglesia con la mirada. Tenía que hablar con fray Athelstan, pero la casa del sacerdote estaba cerrada con llave y los únicos habitantes del lugar consagrado a Dios eran el gato Buenaventura, aquel viejo caballo de guerra que pacía en el establo y Tadeo, el macho cabrío de mirada triste, que miraba desde el otro lado del cementerio. Era evidente que Tadeo echaba de menos a su propietario, Godbless. El mendigo, rápido como un conejo, se había unido al resto de feligreses de Athelstan en la taberna Piebald, convocados allí por Pernel la flamenca, que al parecer había recibido una misteriosa herencia. Crim el monaguillo, que jugaba en la entrada techada, le había contado todo esto a Malaquías antes de ir corriendo a reunirse con los otros niños en el patio de los establos de la taberna Piebald, donde también esperaba sacar algún provecho de la parranda, una tajada de pato asado o una taza de vino caliente con especias.

Malaquías golpeaba nerviosamente el suelo. Había venido aquí muchos años atrás con su amado hermano, Richard Culpepper. Cerró los ojos.

Incluso ahora, veinte años después, sentía un dolor opresivo en el pecho, una profunda sensación de pérdida que acosaba su alma, y por debajo, una ira y una rabia atroces. Algunas veces, en su monasterio, fray Malaquías no podía dormir; salía fuera y contemplaba la pálida luna y se preguntaba, una vez más, qué había ocurrido realmente. Richard tenía que estar muerto, tenía prueba de ello, a menos que le hubiera ocurrido algo igualmente espantoso. Malaquías abrió los ojos. Procuró no recordar los viejos tiempos, el tiempo glorioso en que el corazón de Richard estaba lleno de pasión, su lengua siempre dispuesta a charlar sobre las grandes hazañas de los valientes caballeros. Aún echaba de menos a Richard. Maldecía el día en que aquella ramera, Ginebra la Dorada, había entrado en su vida, molestándole con sus favores, insinuando lo que podría ser. Richard, crédulo como siempre, había creído que un rostro bonito significaba un corazón justo. ¡Cuán equivocado estaba!

El destino de Richard irritaba a fray Malaquías, pero otras dos preguntas le acosaban. ¿Qué planeaba Richard la noche en que desapareció, y qué ocurrió realmente cuando se hizo de noche? Con los años, Malaquías había recogido y cribado la información, sin embargo la verdad aún se escondía tras la negrura de aquella fatídica noche.

—Tenebrae facta est —susurró en la tenebrosa nave—. Y cayó la oscuridad.

¿No era así como los escritores del Evangelio describían el momento en que Judas traicionó a Cristo?

Malaquías se humedeció los labios resecos. Había venido aquí para pensar, así como para ver el anillo que había entregado a Athelstan. Quería sacar fuerzas de él. No quería pensar en los otros, en Chandler yaciendo como una apestosa carpa en su sucia bañera o en Broomhill sufriendo convulsiones en el lecho mientras la sangre le manaba como vino de una cuba resquebrajada. Oyó el chillido de un ratón y una forma oscura cruzó como una flecha la nave poco iluminada, pasando de un crucero al otro. Si Buenaventura se encontraba allí, pensó Malaquías con ironía, habría otra muerte. Pero ¿no era así la vida? Si pudiera descubrir lo que Richard realmente había planeado… Malaquías suspiró con exasperación y recorrió la nave hacia el altar con pasos resonantes. Se acercó a la reja del coro e hizo una genuflexión; le resultó difícil mirar el píxide que colgaba de su cadena en el santuario. El Misericordia ya no se encontraba entre estas paredes sagradas; sintió lástima por aquel bribón. ¿No decían que se estaba pudriendo en alguna celda de Newgate?

Malaquías subió los escalones que conducían al altar mayor. Levantó el grueso cobertor verde forrado de oro, apartó el paño del altar y contempló la piedra de la reliquia. A la escasa luz vislumbró la cruz roja tallada en la piedra y palpó el borde de ésta. Aún estaba firme, lo que significaba que Athelstan todavía no la había extraído para insertar el anillo. El benedictino volvió a cubrir la reliquia; recordó entonces el altar en el que había celebrado misa. En la capilla de la Virgen ardía una vela. Sirviéndose de ella, Malaquías encendió una segunda y a continuación llevó ambas a la capilla de los cantores. A pesar de la estatua de san Erconwaldo, las velas y la ropa blanca, ésta tenía un aspecto desnudo y sobrio; no era de extrañar que Athelstan deseara decorarla de forma más conveniente. Quizá cuando todo esto hubiera terminado, se prometió Malaquías, donaría un poco de dinero como reparación por lo que había ocurrido.

Malaquías se acercó a la estatua de san Erconwaldo y se la quedó mirando, y ésta le miró sin verle desde su soporte. En realidad no tenía ninguna devoción especial al obispo de Londres que había vivido y muerto cientos de años antes de que llegara el gran conquistador. No, pensó Malaquías, su devoción era más personal, y derivaba de aquellos días gloriosos en que él y su hermano Richard habían llegado a Southwark con el resto. A menudo habían acudido a esta iglesia y holgazaneado en la hierba, descansando entre las tumbas mientras compartían vino y comida, antes de que aquella gran ramera, Ginebra la Dorada, se introdujera en sus vidas y todo cambiara. Richard ya no se veía con su hermano, se encerraba con su amante, se volvió reservado, a menudo se ausentaba durante días y regresaba sin dar ninguna excusa o explicación.

Después del gran robo y la desaparición de Richard, cuando la flota estaba a punto de partir, Malaquías había acudido a esta iglesia y jurado a su santo patrón que si alguna vez descubría la verdad haría una ofrenda especial. Ahora levantó la vela para examinar la estatua con más atención, palpando debajo de la ropa. Suspiró con alivio. También aquí la piedra de la reliquia estaba firme; Athelstan seguía teniendo el anillo en su poder.

Estaba a punto de sentarse en el pequeño taburete para proseguir sus maquinaciones cuando oyó un ruido, una puerta que se abría o se cerraba.

Aguzó el oído. ¿Podía ser el gato? Estaba seguro de que había cerrado bien la puerta. Otro ruido, el de una bota suave. Malaquías salió de la capilla de los cantores, sosteniendo en alto las velas.

—¿Quién anda ahí? —gritó. La luz tenebrosa era más profunda en los rincones y cruceros—. ¿Quién anda ahí? —repitió.

Malaquías sintió frío. ¿Iba a convertirse también él en víctima de un brutal asesinato? ¡Claro que no! Pero había alguien en la iglesia, escabullándose en la oscuridad, observándole como una gárgola de la noche. De nuevo, un ruido. Malaquías se apartó justo a tiempo. Algo duro y reluciente giró en la oscuridad y se clavó en la madera pulida de la reja de la capilla. El corazón le dio un vuelco al ver el siniestro destello de la hoja, el oscuro mango marrón de la daga. Otro ruido. Retrocedió en la capilla, apagando deprisa las velas. Se palpó la túnica y sacó su pequeña navaja. No quería quedar allí atrapado. Miró al otro lado de la nave y vio con alivio el resplandor de la luz del día: ¡la puerta lateral no tenía echado el pestillo!

Malaquías intentó controlar la respiración, el zumbido en sus oídos y aquel hormigueo producido por el miedo que le hacía desear rascarse el cuello y

la espalda. Tenía que escapar del templo antes de que quienquiera que le estuviera persiguiendo le atrapara y le matara allí, donde había hecho su juramento. ¡Por Richard tenía que cumplirlo!

Malaquías alargó la mano sobre el altar y cogió el misal encuadernado en piel de becerro. Se dirigió hacia la puerta de la capilla y arrojó el libro hacia la nave. Otra daga silbó en el aire, pero el avisado fraile ya iba en volandas hacia la salida mientras oía una tercera daga que se estrellaba contra un pilar. Llegó a la puerta, la abrió y salió. La cerró tras de sí y corrió hacia la casa del clérigo, que aún estaba cerrada con llave. Malaquías corrió a una ventana. Por suerte las dos persianas estaban abiertas. Rezó en silencio a quienquiera que le estaba protegiendo; el dominico debía de tener gran confianza en sus feligreses. Deslizó el cuchillo por la rendija, haciendo palanca hacia arriba. Oyó que se abría y, recogiéndose la túnica negra, entró por la ventana, magullándose el codo, el brazo y las rodillas cuando cayó al suelo. Desesperado por escapar de su perseguidor, olvidó su dolor y cerró la persiana, afianzando la tranca con una cuchara de asta que cogió de la mesa.

Escuchó unos instantes. El silencio fue quebrado por el ruido de voces de una mujer y niños que se aproximaban a la iglesia. Empapado en sudor, Malaquías se deslizó al suelo, temblando mientras la profunda ira por lo que había ocurrido superaba el miedo que le embargaba.

* * *

—La muerte llega de muchas formas, sin embargo aterroriza a todos por igual.

Cranston, de pie junto a Athelstan, contemplaba al Misericordia, su cadáver despatarrado en el suelo de la celda cubierto de barro. A la vacilante luz de la linterna el rostro del bribón era verdaderamente espantoso, los ojos ya no exhibían alegría sino que estaban entrecerrados en una mirada fija sin vista. Los labios, antes siempre listos para reír, ahora eran de un extraño color azulado, abiertos para mostrar la lengua hinchada y el reguero de saliva blanca en la piel amarillenta sin afeitar. Las mejillas parecían hinchadas.

Athelstan ya había realizado los ritos funerarios; ahora estaba de pie, como siempre hacía en semejantes ocasiones, fascinado por el temor de la muerte súbita. Él y Cranston habían hecho todo lo posible por consolar a

Edith, la habían acompañado a su cámara del tercer piso del convento y dejado al tierno cuidado de sor Catalina antes de marcharse apresurados. El guardián se había marchado antes, cabalgando de nuevo a la prisión resonándole en los oídos la orden de Cranston de que no tocaran nada hasta que ellos llegaran. Sin embargo, ¿qué había allí para ver? ¿Cómo podían explicar esto?

Athelstan recogió el pastel de carne a medio comer. Su corteza era gruesa y dorada, el relleno reluciente y suculento. Athelstan reconoció que era uno de los famosos y deliciosos pasteles de carne de Newgate procedente de las tiendas que compraban el sabroso relleno directamente en los puestos de viandas próximos. Una exquisitez de la zona, la corteza muy cocida incluía un sabroso estofado de carne de buey picada y verduras.

También recogió la servilleta en la que había estado envuelta, ahora sucia de polvo y barro. La utilizó para coger el pastel, se lo llevó a la nariz y lo oliscó con cuidado. Percibió el aroma de la sabrosa carne pero algo más, algo dulce, como si hubieran añadido azúcar. ¿Era alguna forma de arsénico? ¿O el jugo de alguna hierba mortal? Dejó la servilleta y el pastel en una repisa.

—Decidme —se volvió al guardián—, contadme de nuevo lo que ha ocurrido.

—Bien, os habéis marchado… —El guardián se pasó el manojo de llaves de una mano a la otra—. En realidad, apenas os habíais ido cuando ha entrado uno de mis alguaciles. Le habían entregado un pastel de carne para el prisionero, supuestamente comprada por el propio sir John. —El guardián señaló el cadáver—. ¿Qué iba a hacer? Un regalo del señor forense no es para mangarlo. Gracias a Dios que no lo he hecho. —Se estrujó la nariz—. En general estos regalos se los quedan los carceleros, pero como acababais de marcharos, sir John, y teníais un interés especial por este prisionero, se lo hemos entregado.

El guardián se acercó a la puerta y llamó a un hombre. Se oyó ruido de pasos que corrían y un hombre robusto, de baja estatura, vestido con el uniforme blanco y negro de la prisión, entró en la celda. Se quedó mirando con tristeza el cadáver, retorciéndose las manos.

—Mi señor forense —tragó saliva con fuerza—, yo no lo sabía. Creía que era un obsequio vuestro. Cuando lo he traído aún estaba caliente.

—¿Quién os lo ha dado? —preguntó con aspereza Athelstan.

—Padre —el hombre suspiró—, en realidad no lo sé. Me hallaba de guardia fuera de las puertas, con hombres y mujeres que me empujaban, mendigos pidiendo limosna, esposas de prisioneros chillando. Lo único que recuerdo es una capucha negra, la cabeza vuelta a un lado. Me entregaron el pastel con un penique.

—¿Y la voz? —preguntó Cranston.

—No he podido reconocerla, sir John. Sólo han sido unas palabras: «Un regalo del señor forense para el prisionero conocido como el Misericordia».

El alguacil juntó las manos como si rezara.

—Sir John, es todo lo que puedo deciros. Por mi vida, aun bajo juramento, no podría reconocer o recordar el aspecto de ese hombre o su voz.

Athelstan le hizo marchar.

—Entonces, maese guardián, vos habéis traído el pastel de carne al prisionero, ¿no es así?

—Sí, claro, padre. He pensado lo mismo que el alguacil. No hay que interceptar un regalo del señor forense.

—¿Qué hacía el Misericordia cuando habéis entrado en la celda?

El guardián señaló hacia los grilletes oxidados que colgaban de un gancho en el rincón del fondo.

—Igual que otros prisioneros, pasaba el rato grabando en la pared. Lo he mirado, pero no le encuentro sentido.

Athelstan cogió la linterna, se la dio a Cranston y se acercó a la pared.

Lo que el Misericordia había grabado era reciente, diferente del resto. Una cita latina, «Quem quaeritis?», y debajo los números «1, 1, 2, 3, 5».

—¿Qué significa eso? —preguntó Cranston—. Entiendo latín; es una pregunta: «¿A quién buscáis?». Pero ¿qué significa? ¿Y los números?

—Sólo Dios lo sabe —murmuró Athelstan—, y el Misericordia, pero él también se ha ido con Dios. Recordad, sir John, que el Misericordia probablemente no nos lo contó todo. Debió de guardarse algo.

Athelstan regresó junto al guardián.

—Bueno, entonces os habéis ido. ¿Y qué ha ocurrido entonces?

—He regresado por el pasadizo. De pronto he oído un grito estremecedor. Aunque estoy acostumbrado. Lo que ocurre, padre, es que cuando traen a los prisioneros, a menudo no comprenden lo que ocurre, entonces pasa algo, y puede ser algo agradable como comida, una copa de vino o una visita, y se dan cuenta de dónde están verdaderamente y qué se

ha hecho de ellos. —El guardián se colgó el manojo de llaves en el cinturón

—. Si abriera la puerta a todo prisionero que grita, me pasaría todo el día haciéndolo. Los gritos siguieron, y después se fueron haciendo más débiles.

—Golpeó con un dedo en la pared de su izquierda—. Entonces el prisionero de la celda de al lado, que suele estar callado, empezó a gritar que ocurría algo.

—¿Quién hay ahí? —preguntó Cranston.

El guardián entrecerró los ojos.

—Ah, sí, el número 35, el Zanquilla.

—¡Ah! —Sir John sonrió—. ¡El vendedor de reliquias! Maese guardián, déjenos tener unas palabras con él.

El carcelero les acompañó fuera y abrió la puerta de al lado. Un hombrecillo que estaba sentado en un rincón se puso en pie de un salto. Era tan bajito y delgado, vestido con su camisa hecha jirones, calzas remendadas y botas aparentemente demasiado grandes para él, que Athelstan comprendió el porqué de su mote, pues tenía las piernas delgadas como agujas. El prisionero se acercó a la luz. Tenía el rostro triste, incluso sus ojos parecían marchitos. Le recordó a Athelstan un plañidero profesional, impresión realzada por el pelo lacio de color gris que le colgaba a ambos lados de la cara.

—Oh, sir John Cranston —exclamó el Zanquilla con voz débil, sonriendo y mostrando una dentadura mellada. Entrelazó las manos—. Qué gran placer, qué gran honor, una visita del señor forense.

—¿Inocente o culpable? —preguntó con aspereza Cranston.

—Oh, culpable, mi señor forense. No mentiré. Tan criminal como Judas.

—¿De qué se le acusa?

—De lo de siempre, sir John, reliquias, me matarán.

—¿Cuántas veces ya, Zanquilla?

El prisionero se dio unos golpecitos en la barbilla, levantando la mirada al techo.

—Creo que es la sexta, no, la séptima vez, sir John. Es probable que esta vez sean azotes —su expresión se hizo más triste aún— o recortarme las orejas. —Le temblaba el labio inferior mientras hacía esfuerzos por reprimir las lágrimas—. Tal vez incluso me marquen la mejilla.

—¿Qué hacías esta vez?

—Perros muertos, sir John.

—¿Cómo dices?

—Perros muertos. Hervía sus cadáveres, trituraba sus huesos en un molinillo manual. —El Zanquilla respondió a la mirada extrañada de Athelstan—. Trituraba los huesos, compraba algunos estuches de oropel y un rollo de tela que cortaba en tiras muy pequeñas y lo vendía como reliquias.

—¿De quién? —Athelstan estaba auténticamente intrigado por este curioso hombrecillo.

—Santa Úrsula y las once mil vírgenes martirizadas por los malvados hunos.

—¿Y cómo te atraparon? —preguntó Cranston.

—Mis vecinos, que alertaron al vigilante al quejarse del olor.

—Bueno, al menos sólo eran reliquias y no esas pociones que vendías.

¿Por qué te han puesto en el Infierno?

—Hermisimus, padre —dijo el Zanquilla con orgullo—. Sudor de las axilas.

—Incluso los otros prisioneros se quejan —explicó el guardián—.

Tuvimos que ponerle aquí por su propia seguridad.

—Deberías lavarte las axilas —declaró Athelstan—. Utiliza una mezcla de menta y fresas silvestres, te ayudará a evitar el mal olor.

—Ah, es buena idea, padre. Podré venderlo como auténtica cura, ¿no?

—Y si eres útil —Cranston se inclinó, tapándose la nariz—, te dejaré en libertad. Yo mismo redactaré la orden judicial bajo mi propio sello.

—Oh, sir John —el Zanquilla cerró los ojos y gimió de placer—, eso sería muy amable de vuestra parte.

—¿Dejarás de hacer lo de los huesos de perro?

—Por mi alma, sir John.

—Dime entonces —instó Cranston— qué es lo que has oído de la celda de al lado.

—Oh, he oído el ruido metálico de los grilletes, así que he sabido que estaba grabando en la pared.

—Sí, sí —se impacientó sir John—, pero ¿qué ha ocurrido después?

—He oído que se abría la puerta, la voz del guardián y después todo ha quedado en silencio. Debe de haber pasado un rato, y entonces he oído gemir en voz baja y después unos gritos terribles. Sir John, me han partido el corazón. También gritaba algo.

—¿Qué?

El Zanquilla abrió los ojos.

—¿Me pondréis en libertad?

—¿Qué has oído? —insistió Cranston.

—Gritaba: «Ofre, Ofre» o algo así. Sir John, eso es todo lo que recuerdo. Os juro que si recuerdo alguna cosa más iré a visitaros personalmente.

—¡Sólo si te has lavado las axilas! —Cranston hurgó en su bolsa de dinero y metió una moneda en la mano del prisionero—. Ahora vete y espera en el patio. Enviaré la orden judicial al guardián.

—¡Oh, mi señor forense!

El Zanquilla se habría hincado de rodillas, pero Cranston le cogió por el hombro y lo arrojó a la puerta entreabierta.

—Oh, sir John.

—¿Qué quieres?

—¿No necesitaríais mil estuches de reliquias?

—Lárgate.

—Muy bien, sir John —y el Zanquilla se marchó a toda prisa por el pasadizo.

—Ocupaos de que lleven el cadáver a Blackfriars —ordenó Athelstan—.

Que lo envuelvan en un brandeum… una mortaja adecuada —explicó—.

Mis buenos hermanos lo colocarán en un féretro hasta que su hermana decida dónde hay que darle sepultura.

Salieron de Newgate. Fuera de la prisión la zona se había convertido en una feria improvisada que atraía a las multitudes a contemplar una representación, una vieja historia con dos personajes centrales que llevaban máscara y cuernos de vaca. Primero, Chivevache, una vaca delgada y fea que se alimentaba de mujeres pacientes; en consecuencia siempre estaba delgada y hambrienta. A continuación, Bicorne, una vaca grande y gorda porque se alimentaba de maridos pacientes. Entre ambas bailaba un personaje vestido con una capucha de cuero que asumía el papel del Digitus Infamus —o Dedo Corazón—, que hacía comentarios lascivos sobre por qué estas dos vacas existían y eran tan diferentes. Por supuesto, esto provocaba el interés de los espectadores, que rápidamente se dividían en varones y mujeres, que se lanzaban obscenidades mientras el Digitus Infamus explicaba por qué las esposas carecían de paciencia mientras los maridos eran modelos de virtud. De vez en cuando, el personaje interrumpía sus comentarios para cantar alguna canción aún más irreverente sobre un gentil gallo que residía en la cámara de su señora. Naturalmente, cuando un

chiquillo vestido con harapos recorría la multitud con un cubilete para recoger peniques, recibía muchas monedas de los hombres y hosco rechazo por parte de las mujeres.

—He visto esta representación cien veces —murmuró Cranston mientras conducía a Athelstan a través de la gran multitud—. Siempre produce el mismo efecto. Los hombres disfrutan con la broma y pagan; la semana que viene volverán, y la vaca delgada y fea se alimentará de maridos pacientes y en consecuencia pasará hambre, mientras que la vaca gorda lo hará de esposas pacientes. Es una manera hábil de hacer dinero.

Dejaron la gran plaza y la representación salaz y entraron en la oscura frialdad de una cervecería, bajando la cabeza para evitar el gran arbusto verde que colgaba sobre el umbral de la puerta. Cranston tomó asiento junto a una ventana e inmediatamente pidió dos jarras de cerveza; luego dictó una carta en favor del Zanquilla dirigida al Carcelero de Newgate y la envió a la prisión por mediación de un mozo. Cuando hubo hecho esto brindó con Athelstan, tomó un largo trago y se apoyó en la pared.

—¿Quién mató al Misericordia? —preguntó.

—Alguien que nos ha seguido a Newgate y nos ha visto marchar —

respondió el fraile—, y ha decidido actuar de inmediato. Todos estos asesinatos, sir John, estoy seguro de que tienen su raíz en lo que ocurrió hace veinte años. El Misericordia descubrió algo, o aquellas dos muchachas le contaron algo. Ellas tenían que morir, y él también. Pero la cuestión es:

¿quién lo hizo?

—La Noche en Jerusalén —observó Cranston— se encuentra en Southwark. Alguien ha tenido que cruzar el río, recorrer Cheapside, comprar ese pastel de carne, envenenarlo, dejarlo en Newgate y después regresar. ¡Eh, muchacho! —Llamó al mozo, que había aparecido en la puerta, jadeando aún después de su recado a Newgate—. Ven. —Cranston le cogió por el delgado brazo y le metió una moneda en la sucia mano—.

Toma un chelín. Ve a la taberna conocida como La Noche en Jerusalén…

está en Southwark, no lejos del puente. Dile al posadero que deseo verle a él, a todos los caballeros y a la madre Veritable dentro de una hora.

El muchacho miró a la cervecera, que estaba cerca de los barriles. Ella le hizo un gesto de asentimiento.

—Repite el mensaje —pidió sir John.

El muchacho, acostumbrado a semejantes tareas, cerró los ojos y repitió fielmente lo que Cranston le había dicho; luego, salió a la calle a toda prisa.

—Uno de ellos ha debido de salir de Southwark.

—Una persona de quien sabemos poco —observó Athelstan distraído—

es el hombre que estaba con Culpepper la noche en que robaron el tesoro lombardo… ¿cómo se llamaba? Ah, sí, Edward Mortimer. En realidad, sir John, sabemos muy poco de este tesoro y de su estancia en la Torre.

¿Podríais llevar a cabo averiguaciones con discreción?

Cranston accedió.

—Y yo —se ofreció Athelstan— descubriré más cosas sobre los Lombard, el nombre del banquero responsable; también preguntaré a Moleskin si sabe algo de los dos barqueros que desaparecieron.

Athelstan se terminó la cerveza y cogió su cartera con los útiles de escritura, que se colocó en la falda.

—Me pregunto qué quería decir el Misericordia —murmuró— con todos esos números y la frase en latín. ¿Y qué gritaba? ¿Qué querrá decir

«Ofre»? Era un hombre con educación, sir John, y si de algo no me cabe la menor duda es de que callaba algo; quizás haya dejado este mensaje en la pared sólo por si ocurría algún imprevisto.

—¿Podría haberle matado el Judas? —Cranston apuró su jarra.

—Es posible —coincidió Athelstan—. También él es un hombre rodeado de misterio, que se alegró de la captura del Misericordia. Puede que le haya asesinado él mismo, por miedo a que el ingenio del Misericordia le permitiera escapar de Newgate o de la horca. Esto, a su vez, plantea otra cuestión. ¿Fue el Judas contratado por alguien a quien conocemos, o por un completo extraño? ¿Y dio esa persona, fuera quien fuese, instrucciones al Judas para que se asegurara de que no sólo capturaban al Misericordia sino de que le mataban? Ah, bien, sir John, se hace tarde.

Salieron de la cervecería y, para evitar el gentío, se desviaron por Dean’s Lane, pasando por delante de la casa madre de Athelstan, Blackfriars, hasta East Watergate. El día se estaba nublando, la muchedumbre apuraba otro día de comercio que ya tocaba a su fin, deseosa de escapar del frío atroz. El muelle todavía estaba desierto ya que era demasiado pronto para que los pescadores se aprestaran a faenar. Las barcas habían terminado de descargar sus productos y ahora, amarradas, esperaban a que anocheciera. Los alguaciles patrullaban, vigilando que ningún comerciante intentara comprar o vender sin permiso de la Corporación o los gremios.

Alquilaron una barca, Athelstan decepcionado porque no pudo encontrar a Moleskin, y remaron río arriba, contra la fuerte corriente. Se estaba levantando niebla. Athelstan iba acurrucado en popa, con la capucha apretada en la cabeza, mientras Cranston, siempre curioso, hacía constantes comentarios sobre qué barcazas pertenecían a qué nobles, así como de los dignatarios de la ciudad que iban y venían de la Torre de Westminster.

—Gracias a Dios que no tenemos que pasar por debajo del puente de Londres —señaló Cranston—. El río se está embraveciendo y con la niebla apenas distingo la parte superior del puente.

Athelstan medio escuchaba; tenía los ojos cerrados y rezaba el rosario.

El río siempre le daba miedo; una buena parte del cementerio de San Erconwaldo estaba reservada para los cuerpos de las pobres almas que se habían ahogado del lado de Southwark…

—¡Ya lo tengo!

—¿Qué? —preguntó Cranston.

—Nada, sir John. Sólo es que… me pregunto si buscaron en el río los cuerpos de Culpepper y Mortimer, por no mencionar a los dos barqueros.

Quiero decir si los buscó debidamente el pescador de hombres.

—Entonces, ¿estuvo aquí? —preguntó Cranston.

Había conocido a la persona a la que se refería Athelstan, un hombre siniestro, de rostro cadavérico, contratado para buscar en el río los cuerpos de los ahogados.

—Creo que sí —respondió Athelstan—, pero ya veremos.

Descendieron cerca de la taberna El Obispo de Wichester, un poco más abajo de las infames casas de baños que no eran sino una pantalla para la prostitución y otros pecados secretos, como bien sabía Athelstan. Una vez en el muelle miró alrededor en busca de Moleskin, pero el muchacho que vigilaba su barca le informó de que el barquero se encontraba en la tienda de alimentos junto a la taberna Piebald, donde tenía cosas que hacer con maese Merrylegs, el propietario. Cuando se dirigían a La Noche en Jerusalén, Athelstan y Cranston se detuvieron allí. Moleskin estaba sentado en el rincón del fondo, absorto en la conversación con Merrylegs, quien complementaba sus ingresos con la venta de artículos robados por los feligreses de Athelstan en los puestos de Cheapside. Una vez vieron la enorme silueta de Cranston que se dirigía hacia ellos, Merrylegs y Moleskin se apresuraron a separarse, metiendo todo lo que tenían delante, sobre la mesa, en una bolsa de cuero.

—¡Oh, que Dios os bendiga, fray Athelstan! —Moleskin trató de ocultar su culpabilidad tras una sonrisa mientras Merrylegs se alejaba a toda prisa

—. Y vos, sir John, ¿queréis un poco de cerveza?

—Me gustaría saber qué tienes en esa bolsa —dijo el forense—, pero en cambio te daré una tarea. ¿Recuerdas el robo del tesoro lombardo?

—Por supuesto, ilustrísima —se apresuró a responder Moleskin—. Toda la gente del río se enteró.

—¿Dejaron los barqueros viuda, familia?

—Sólo viudas. —Moleskin hizo una mueca—. Y una de ellas también murió, ¡ahogada cuando lavaba ropa! Una mujer necia, siempre insistía en beber cerveza. —Agitó un dedo ante la cara del forense—. Cerveza y río no se pueden mezclar.

—¿Y la otra viuda? —preguntó Athelstan.

—Ah, esa es la gorda Margot. Se marchó de Southwark, vende pescado en Billingsgate.

—Mañana por la mañana —dijo Athelstan—, después de la misa, lleva a la gorda Margot a verme.

Moleskin accedió. Athelstan y Cranston prosiguieron su camino.

Cuando llegaron a La Noche en Jerusalén, maese Rolles estaba muy ocupado en el bar. Les saludó con hosquedad, mascullando que estaba muy atareado.

—He reunido al resto —declaró, secándose las manos—. Están en los aposentos de arriba. Sir John, ¿qué es todo esto?

Los ojos negros del tabernero casi quedaban ocultos por las arrugas de grasa; sin embargo su irritación era evidente por su forma de quejarse y porque no paraba de mirar con ansia hacia la cocina, donde cocineros y pinches se afanaban, preparándose para la diversión de la noche.

—¡Maese Rolles, se trata de un asesinato!

—No tiene nada que ver conmigo —farfulló el tabernero.

—Señor mío —Cranston le dio una fuerte palmada en el hombro—, se han encontrado tres cadáveres en vuestra taberna, y el Misericordia está muerto.

Maese Rolles ahogó un grito.

—¿Muerto? —balbuceó—. Pero si le pusieron a salvo en Newgate.

—Estaba a salvo —replicó Athelstan—, pero ahora está muerto. Ha sido envenenado en su celda.

Rolles inmediatamente les acompañó a los aposentos. Los caballeros se encontraban allí, con expresión malhumorada, visiblemente irritados por la perentoria llamada de Cranston, y también lo estaba la madre Veritable, quien hizo evidente su irritación dándose la vuelta, mostrándose aparentemente más interesada por lo que estaba sucediendo en el jardín.

Cranston se sentó a la cabecera de la mesa, y Athelstan a su lado.

—Parecéis impacientes con nosotros —empezó a decir el forense—, así que seré claro. No estoy de humor para delicadezas. ¿Dónde estabais esta tarde?

Se interrumpió mientras Athelstan abría su cartera con los útiles de escritura y colocaba sobre la mesa una pieza de vitela junto con la pluma, el tintero y el enarenador.

—¿Bien? ¿Dónde estabais? —repitió.

—Todos estábamos —aquí declaró sir Maurice Clinton—. Puedo asegurarlo, así como maese Rolles. —El caballero señaló al tabernero—.

También puedo responder por él.

—¿Y vos, madre Veritable? —preguntó con dulzura Cranston.

—Bueno, sir Jack —su voz estaba llena de sarcasmo—, he estado aquí desde mediodía a petición de maese Rolles. Estábamos hablando del entierro de las pobres Beatrice y Clarice.

—¿Y no ha salido nadie? —inquirió Athelstan.

—Los caballeros —intervino maese Rolles— se han levantado tarde, han roto su ayuno y han permanecido en su cámara, se han sentado en el jardín y, después de mediodía, han comido aquí. Preguntad a cualquiera de las doncellas o pinches. Será mejor que les diga, sir John, qué ha ocurrido realmente.

—El Misericordia está muerto —declaró Cranston—. Estaba a salvo en una celda de Newgate, pero alguien le ha hecho llegar un pastel de carne afirmando que se trataba de un obsequio mío. El pastel estaba envenenado…

Athelstan observó los rostros de los caballeros para ver su reacción. Los hombres parecían poco preocupados, mientras que la madre Veritable se limitó a encogerse de hombros y a hacer una leve mueca.

—Mirad alrededor, sir John —indicó sir Maurice—. ¿Quién falta?

—El Judas. —Habló sir Thomas Davenport—. En realidad, no le he visto desde esta mañana. ¿Y dónde está el padre Malaquías?

—¿Por qué se nos ha de interrogar —dijo sir Reginald Branson—, porque un bribón, indudablemente a punto de ser colgado, haya comido un pastel de carne envenenado?

Sus palabras provocaron risas, que Cranston acalló golpeando la mesa.

—El Judas —preguntó Athelstan—, ¿su caballo está aún en el establo?

—Sí —respondió Rolles—, yo mismo lo he visto allí. Si queréis, registraré su cámara.

Todos esperaron mientras el tabernero salía y, quejándose en voz alta, subía la escalera a toda prisa. Regresó poco después.

—La puerta no tenía el pestillo puesto —declaró, sentándose de nuevo

—, pero la cámara está vacía. Todas sus cosas, las alforjas —extendió las manos—, han desaparecido.

—¿Pero no su caballo?

—No, padre, ni su caballo ni los arreos. ¿Quizás el Judas haya alquilado otra cámara?

—No se lo reprocharía —gruñó sir Thomas Davenport—. Maese Cranston, deberíamos poder irnos de aquí cuando queramos.

—Para vos soy sir John —dijo Cranston con aspereza—, y os aseguro, señor, que si os marcháis de Southwark os haré arrestar y traer a rastras atado a la cola de mi caballo.

—¡Basta! —gritó Athelstan, y su voz creó un silencio de perplejidad—.

¿A qué viene esta hostilidad? —prosiguió el dominico—. Cinco personas han sido asesinadas de forma horrible, sus almas han sido enviadas a Dios antes de hora. Bajo esos asesinatos laten los sucesos ocurridos hace veinte años, el tesoro lombardo robado y cinco almas también desaparecidas. Dios sabe si también fueron asesinadas.

—Padre, eso es un libro cerrado —replicó sir Maurice—. Entonces no se pudo saber la verdad.

—Seguro que conoce el proverbio, sir Maurice: la verdad es hija del tiempo. Si resolvemos el misterio de entonces, podremos descubrir la verdad de ahora. —Lanzó una rápida mirada a Cranston—. Así que esta tarde nadie ha salido de la taberna y, por lo tanto, probablemente no ha estado implicado en el asesinato del Misericordia.

—¿Probablemente? —preguntó con aspereza la madre Veritable.

—Bueno, señora, puede que no hayáis salido de la taberna, pero un hombre al que odiabais ha sido asesinado.

La madre Veritable hizo una mueca, tamborileando los dedos sobre la mesa.

—Hace veinte años —prosiguió Athelstan alegremente—, robaron el tesoro lombardo. Maese Rolles era propietario de esta taberna y los Caballeros del Halcón Dorado se alojaban aquí.

Todos estuvieron de acuerdo.

—Aquella noche en particular os reunisteis aquí. Las dos únicas personas que faltaban eran Richard Culpepper y Edward Mortimer.

—Fray Malaquías tampoco estaba aquí —intervino sir Maurice—.

Estuvo ausente todo el día visitando Charterhouse y Clerkenwell. No volvió hasta tarde, cuando la noticia del robo había circulado por toda la ciudad.

—Muy bien. —Athelstan se subió las mangas de su hábito—. Mientras os encontrabais aquí, Richard Culpepper se enamoró perdidamente de la cortesana conocida como Ginebra la Dorada. ¿Es correcto?

Sir Maurice asintió; la madre Veritable repitió la palabra «enamorado»

por lo bajo.

—Señora, ¿os parece divertido?

—Sí, padre —respondió ella con frialdad—. Todo el mundo estaba perdidamente enamorado de Ginebra, mientras que ella se enamoraba de cualquiera que tuviera oro y plata.

—Ginebra insinuó —declaró Athelstan— que iba a haber un cambio en su vida. ¿Alguien sabe a qué se refería?

—¡Era una prostituta! —gritó Davenport—. ¡No se nos puede hacer responsables de lo que ocurría en su mollera vacía!

—¿Así que ninguno de vosotros estaba enamorado de ella?

—¡Claro que no! —intervino Branson, el rostro sonrojado—. Culpepper era nuestro camarada; cada uno a lo suyo, digo yo.

—¿Culpepper o Mortimer —prosiguió Athelstan— os dijeron por qué les habían elegido para recibir el tesoro lombardo y transportarlo al buque insignia?

—No —sir Maurice hizo gestos de negación con la cabeza—. No lo descubrimos hasta más tarde. Al parecer, como he dicho, lord Belvers les eligió especialmente, aunque corrían rumores de que el responsable era Su Ilustrísima el regente.

—¿Por qué?

—Ambos habían luchado en el séquito de Juan de Gante. Supongo que eran sus vasallos.

—¿Los dos? —preguntó Cranston—. Culpepper es un apellido de Kent, pero Mortimer es del sur de Gales, ¿no?

—Cierto, sir John. Mortimer era amigo y camarada de Culpepper, un mercenario que a menudo frecuentaba nuestra compañía, un buen espadachín y maestro de la ballesta. Culpepper y Mortimer eran dos almas gemelas. Durante los días anteriores al gran robo a menudo estuvieron ausentes; obraban de un modo bastante misterioso, no nos decían adónde iban ni qué hacían.

—¿Y nunca les interrogasteis?

—Sí, claro, padre, teníamos curiosidad, pero eran días de mucho ajetreo: la flota se preparaba para zarpar, los hombres buscaban amigos y camaradas y, desde luego, siempre existía la atracción de Ginebra la Dorada.

—Entonces —dijo Athelstan para resumir—, no sabéis nada del tesoro lombardo ni por qué fueron elegidos vuestros dos camaradas para aceptarlo; pasasteis la noche aquí, en la taberna, no tenéis conocimiento de por qué Ginebra insinuó que pronto tendría un cambio de vida, y no sabéis que ocurrió con el tesoro ni con Culpepper y Mortimer.

—Hablaré por todos nosotros —declaró con brusquedad sir Maurice—.

A nosotros también nos gustaría saber por qué se nos hace permanecer aquí y por qué —añadió, mirando con amargura a sir Cranston— dos de nuestros camaradas, sir Laurence y sir Stephen, han sido asesinados y su asesino aún no ha sido atrapado.

—Estamos buscando al asesino —Cranston se puso de pie, echando la silla hacia atrás— y hasta que encontremos a esa persona todos los presentes en esta sala, por no mencionar al Judas y a fray Malaquías, se consideran sospechosos.

Athelstan guardó sus útiles de escritura en la cartera, consciente del siniestro silencio. Una vez fuera, Cranston se llevó un dedo a los labios.

Cruzó el patio del establo y salió a la calle.

—¿Es posible —Athelstan se subió la capucha, ajustándose al hombro la correa de la cartera— que Culpepper o Mortimer, o quizás ambos, aún estén vivos y sean responsables de estos asesinatos? ¿Dónde están el Judas y fray Malaquías? Tienen que responder a algunas preguntas.

—Oh, he olvidado preguntarles eso.

Cranston le pidió a Athelstan que esperara y volvió a entrar en la taberna a grandes pasos. El fraile esperó con impaciencia, observando a dos chiquillos que jugaban con una vejiga de cerdo hinchada, pero le distrajeron

dos niñas que perseguían una rata a la que habían ahuyentado de un montón de basura. El sol había desaparecido. Athelstan sentía frío y hambre, y se apoyó en el poste de la verja.

—Es hora de rezar —susurró—, de comer y dormir.

—Bien —Cranston ya regresaba—. He preguntado y nadie ha podido ayudarme.

—¿Sí, sir John?

—¿Alguno de ellos contrató al Judas? No han podido decirme nada, ni siquiera saben su verdadero nombre. Me pregunto —Cranston dio unos golpecitos en el suelo con la bota—, me pregunto si el Judas fue contratado o si él tiene algo que ver con esos sucesos del pasado. He registrado los establos. Su caballo y arreos siguen allí. Haré salir a mis buscadores. Si es necesario, le arrestaré.

—Muy bien, sir John.

—Parecéis cansado —dijo Cranston amablemente—. Ya hemos padecido suficientes calamidades por hoy. —Dio unas palmadas a Athelstan en el hombro—. Volved a vuestras plegarias, monje, yo iré a ver qué ha estado haciendo lady Maud.

Cranston se alejó por la calle.

—¿Sir John?

—¿Sí, padre?

—Soy fraile.

—Y muy bueno. Que tengáis un buen día, padre.

Athelstan regresó a San Erconwaldo. Algunos niños de la parroquia estaban jugando en el cementerio. Subió los escalones de la iglesia y penetró en la sombría nave. Encendió algunas velas de sebo en el altar de la Virgen, cogió una y dio la vuelta al santuario. Visitó la capilla de los cantores y se fijó en las velas que había en el suelo. El misal había desaparecido y su curiosidad se avivó cuando lo encontró tirado en la nave, cerca de un pilar. Se apresuró a ir a su casa. No parecía que faltara nada, pero cuando dio la vuelta a la llave en la cerradura, se dio cuenta de que algo extraño ocurría, aunque la cocina estaba barrida y limpia y el fuego encendido y avivado.

—Fray Athelstan, lo siento.

El fraile levantó la mirada, sorprendido, cuando fray Malaquías bajó la escalera del altillo donde estaba la cama. El benedictino tenía aspecto de haber estado profundamente dormido. Calentándose las manos sobre el

fuego, Malaquías le contó al párroco su visita a la iglesia, el ataque de que había sido víctima y que había huido a la casa en busca de refugio.

—Es extraño —dijo sonriendo—, nunca creí que una iglesia pudiera ser tan peligrosa. Padre, no he tenido otra opción, no había nadie cerca. He forzado las persianas y me he escondido; no me atrevía a salir.

—No he visto ni rastro de vuestro agresor en la iglesia ni en el cementerio.

—Una vez aquí dentro —declaró el padre Malaquías— no ha habido ningún otro ataque. Me parece que mi agresor se ha marchado.

Athelstan le tranquilizó diciéndole que había actuado bien, mientras intentaba controlar su ira por el modo en que había sido profanada su iglesia para el asesinato y el sacrilegio.

—¿Ha arrojado cuchillos? ¿Estáis seguros de eso?

—Muy seguro, padre. Dos no me han dado en la mejilla de milagro; eran largos, delgados y feos. Creía que moriría de miedo. Fui a la iglesia a meditar, a efectuar mis devociones. No me gusta la taberna. Ahora desconfío mucho de mis compañeros. Mis días con ellos han terminado.

Levantó la mano lisiada.

—Les conozco desde hace más tiempo del que quiero recordar. He comido, bebido, vivido, dormido y luchado con ellos.

—¿Creéis que uno de ellos era vuestro asaltante?

—Tal vez. —Malaquías se frotó la mejilla—. Y sin embargo, conozco a esos caballeros. Mi asaltante era rápido, era un hombre acostumbrado a la daga, y a menos que esté equivocado, no es una habilidad que comparta ninguno de ellos.

—Vamos a ver, vamos a ver.

Athelstan se llevó a Malaquías de nuevo a la iglesia. Encendieron velas y efectuaron un atento registro, pero aparte de la madera astillada de la entrada a la capilla de los cantores, Athelstan no encontró ni rastro de cuchillo alguno.

—Haré que Crispin el carpintero se ocupe de la madera. —Athelstan dio unas palmadas a Malaquías en el brazo—. Si lo deseáis, podéis quedaros conmigo. Os sentiríais más a salvo, ¿verdad?

El benedictino asintió.

—Iré más tarde a recoger mis cosas. Si me ofrecéis refugio, padre, cuando todo esto termine, antes de irme —ofreció— compensaré todos los daños o inconvenientes que haya causado.

Athelstan le acompañó de nuevo a la casa, describiéndole lo que había ocurrido aquel día. Hablaba mientras preparaba la comida de la noche.

Cogió un trozo de jamón curado con especias del gancho que colgaba en la despensa, pan del día anterior, pequeños tarros de mantequilla y miel y una jarra de cerveza. Recitó la bendición y se sentó a la mesa.

—¿Conocíais al Misericordia? —preguntó Athelstan.

—Le recuerdo vagamente de joven, un muchacho descarado que se ocupaba de la taberna de maese Rolles, nada importante. Lamento su muerte. Que Dios le acoja en su seno y descanse en paz. Padre, hoy no he ido a Cheapside. —Malaquías sonrió—. Por vuestros ojos puedo decir que debéis de sospechar de todos.

—¿Y al Judas? —preguntó Athelstan.

—Athelstan, tampoco sé nada de él, ni sé nada de maese Rolles ni de la madre Veritable. ¿Los caballeros? Creía que eran hombres honorables, bulliciosos cuando eran jóvenes, valientes luchadores en la guerra, respetables y rectos en sus años de madurez.

—¿Creéis que podrían haber matado a vuestro hermano y robado el tesoro?

—¿Cómo habrían podido hacerlo? —Malaquías desvió la mirada—. La noche en que se llevaron el tesoro estaban borrachos. Yo me encontraba en la otra orilla del río visitando hermanos en Charterhouse. Les vi a la mañana siguiente; estaban completamente abatidos, en realidad, irritables.

Fray Athelstan, fui a ultramar con esos hombres, dormí a su lado en el barco, en la playa, en el desierto. Luché con ellos ante los muros de Alejandría. Oí sus confesiones. Si el tesoro hubiera estado en su poder, habría sido evidente. Los ratones de vuestra iglesia son más ricos de lo que lo eran ellos. Pasaban estrecheces, incluso para comer y beber. Cuando amarramos en Génova para cargar el barco de provisiones, tuvieron que dejar en prenda algunas de sus armas y pedir préstamos a sus camaradas.

—Pero ¿no podían haber robado el tesoro y haberlo escondido hasta su regreso?

—Es posible. —El benedictino apartó su plato, cogió un trozo de queso y lo masticó lentamente—. Mi orden tiene casas repartidas por todo el reino, desde Cornualles hasta las montañas de Escocia. He hecho averiguaciones entre ellos; algunas veces nuestros abades hacen de banqueros. También he pasado listas a los gremios de orfebres y joyeros de Londres, Bristol, Nottingham, Carlisle e incluso en los cinco puertos. He

prometido recompensas por cualquier pista sobre el tesoro lombardo que se encuentre.

—¿Cómo conocíais la descripción de ese tesoro?

—Fui a ver a Teodoro Tonnelli, jefe de la banca lombarda en Londres.

Aún hace negocios aquí. Me proporcionó una lista completa de lo que se había robado. También él ofreció una recompensa.

Athelstan se tapó la cara con las manos. Trató de visualizar el Muelle de las Ostras por la noche, las antorchas encendidas, Culpepper y Mortimer, los dos barqueros.

—¿Cómo transportaron el tesoro?

—Según Tonnelli, en un cofre recubierto de hierro con tres cerraduras.

Las llaves habían sido entregadas al capitán del buque insignia.

—¡Ah! —exclamó Athelstan—. Más precauciones, ¿eh? No puedo imaginar a nadie tratando de forzar ese cofre en el muelle o en una barcaza por la noche. —Volvió a cerrar los ojos—. Estoy tratando de imaginar, Malaquías, cómo ocurrió. ¿Vuestro hermano y Mortimer mataron a los barqueros y desaparecieron en la oscuridad con el tesoro? ¿O los barqueros colaboraron? Si fue así, seguramente alguien les habría visto, dos o cuatro hombres tambaleándose en la oscuridad con un pesado cofre… Sin embargo, si fueron atacados, los cuatro hombres debían de ir bien armados; se habrían defendido. El estrépito de las espadas, los gritos… ¡alguien tendría que haberlo oído! ¿Y cómo habrían podido acercarse tanto?

Athelstan se pasó los dedos alrededor de los labios para limpiarse las migas.

—Por supuesto, es posible que un ballestero diestro, quizá dos expertos arqueros, deslizándose en la oscuridad, abatieran a los cuatro hombres con flechas certeras. Pero estamos igual que antes: no se ha encontrado el tesoro, ni los restos de ninguno de los cuerpos. Si hubo derramamiento de sangre… —abrió los ojos—. El Muelle de las Ostras fue inspeccionado a la mañana siguiente, ¿no?

Malaquías asintió.

—Yo mismo fui allí, padre, y no había ni rastro de ellos. Mi hermano era un hombre luchador, le habían confiado una tarea importante. Iría con cautela. ¿Cómo se habrían podido acercar tanto los atacantes?

—¿Así que no podéis decirme nada de vuestro hermano?

—Lo que sé —respondió Malaquías, haciendo la señal de la cruz— es lo que ya sabéis.

—¿Creéis que vuestro hermano y Mortimer sobrevivieron?

—¿Y que me han atacado en vuestra iglesia? No. —Malaquías cogió un trozo de queso y lo partió en dos con los dedos—. Creo que mi hermano y Mortimer están muertos. —Se llevó la mano al pecho—. Es sólo una sensación que tengo aquí.

Athelstan examinó atentamente al benedictino: Malaquías parecía muy agitado, como si tratara de controlar su genio.

—Nadie ha salido hoy de la taberna —Athelstan compartió con él sus pensamientos—. Sin embargo, ¿quién ha asesinado al Misericordia? ¿Quién os querría ver muerto?

—Está el Judas.

—Ah, sí. —Athelstan se limpió el resto de migas y fue a llenar de nuevo la jarra de cerveza—. Me temo —dijo desde la despensa— que ha desaparecido y se está convirtiendo en el chivo expiatorio de todas las maldades.

—No sé nada de él —dijo Malaquías—. ¿Por qué iba a atacarme?

—Habladme de Mortimer —pidió Athelstan cuando regresaba.

—Era galés, emparentado con la gran familia. Ya conocéis a los de su clase, el hijo menor del hermano menor; lo único que tenía Mortimer era un arma y un caballo. Era un hombre de rostro oscuro, con el cabello negro como el azabache que le llegaba hasta los hombros. Hábil con la daga, bueno con el arco. Mortimer y Richard se conocieron durante las guerras de Francia y se hicieron amigos íntimos. Yo tenía la sensación de que Richard había encontrado en él a otro hermano.

Athelstan percibió un asomo de celos en la voz de Malaquías.

—Sé lo que estáis pensando: que estoy celoso de Mortimer. De alguna manera siempre hacía reír a mi hermano. Mortimer era cerrado, reservado, a menudo desaparecía durante días y noches, mirada furtiva, pero se podía confiar en él. Tenía una hermana, una mujer muy tranquila.

Malaquías se levantó de la mesa.

—Está oscureciendo, padre, no puedo decir nada más. Es la hora de vísperas, pero no entraré solo en vuestra iglesia.

—Oremos juntos —murmuró Athelstan—. Pediremos fuerza contra el demonio que acecha como un león en busca de alguien a quien devorar.

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