La casa de las sombras
Capítulo VI
Sir John Cranston, forense de la ciudad de Londres, se encontraba en su despacho del Ayuntamiento, que daba a Cheapside. Había llegado justo antes de que amaneciera, resplandeciente con sus calzas grises y chaqueta acolchada de un tono morado tirando a rojizo, forrada de cordoncillo plateado, sobre una camisa de batista con encajes hasta la barbilla. Estaba sentado en su silla, que parecía un trono, detrás de la gran mesa de roble sobre el estrado, en un extremo de la estancia. A su izquierda, un ejemplar de los Estatutos y ordenanzas de la ciudad; a su derecha, su ancho cinturón de guerra de cuero. La bandeja de escritura que tenía ante sí contenía hojas de vitela, plumas y un cuchillo bien afilados, piedra pómez y un espolvoreador de arena fina. Justo bajo el estrado, en un taburete alto, inclinado sobre su escritorio, estaba sentado Simon el escribano. Los asuntos del día estaban a punto de comenzar, y bajo su alborotado cabello blanco, el rostro de Simon, arrugado y blanco como la tiza, era serio. No obstante, mantenía la cabeza baja para ocultar su gozo. Nada gustaba más a Simon que entretener a su esposa y numerosa familia con las obras y dichos de sir John Cranston. El día de hoy prometía proporcionar nueva diversión, Cranston parecía estar de muy buen humor y algunos de los casos daba la impresión de que serían muy discutidos.
—¿Habéis enviado a alguien a la Cancillería de los Secretos —gritó Cranston— a decirles a esos perezosos que quiero ese documento?
—Sí, sir John —respondió Simon con aire triste, meneando la cabeza—.
Pero ya conocéis a esos escribanos de la Cancillería… es firmad esto y firmad lo otro y por la autoridad de quién… —Simon agitó en el aire una mano manchada de tinta—. Y así sucesivamente.
—Bien, bien —murmuró Cranston. Se rascó la cabeza, buscando bajo la mesa el milagroso odre de vino.
El asunto de los asesinatos en La Noche en Jerusalén le tenía tan perplejo que había decidido no quedarse allí sino regresar a casa, al amoroso abrazo de lady Maud y a los gritos de bienvenida de sus dos hijitos.
—Buenos chicos, buenos chicos —masculló el forense.
—¿Sir John?
—Nada.
Cranston se irguió en la silla, tomó un trago de su odre de vino y, como de costumbre, se lo ofreció a Simon, quien, como de costumbre, declinó cortésmente.
—Bien —dijo Cranston—, empecemos. Decidle a Flaxwith que haga entrar al primero.
Simon hizo sonar la campanilla. Flaxwith, respirando pesadamente y acompañado por sus dos feos mastines, hizo entrar a una fila de prisioneros, un grupo de juerguistas que se habían emborrachado, habían atacado al vigilante y se habían orinado en el Gran Canal en Cheapside. Cranston les puso una multa de un chelín a cada uno y les sentenció a pasar una mañana en los muelles con un cubo de orina de caballo colgado del cuello. El siguiente caso era un pequeño comerciante culpable de vender mercancías después de que hubiera sonado la sirena del mercado y el comercio del día hubiera terminado. Sin embargo, tenía un aspecto tan patético y hambriento que Cranston le dio seis peniques, le ofreció un trago y cerró el caso. A continuación entraron dos mujeres y un hombre: Eleanor Battlewaite y Mary Dodsworth, seguidas por un hombre de aspecto llamativo, vestido con una capa negra decorada con estrellas de plata y medialunas doradas.
Cranston se recostó en la silla y escuchó a Simon, quien trató de mantener la voz tranquila mientras leía la acusación.
—Un momento —gritó Cranston—. ¿Cómo os llamáis?
—Pedro el Profeta —respondió el hombre con voz chillona.
—Adelante —dijo Cranston.
Simon describió el caso: Eleanor había acusado a Mary de robarle un metro de seda, Mary había contratado a Pedro el Profeta, le había contado secretos de Eleanor y le había sobornado para que se acercara a ella y la persuadiera de que ella no le había robado la seda. El caso proseguía.
Eleanor y Mary se gritaban, Pedro el Profeta protestaba alegando su inocencia. Cranston al fin se cansó de todo ello y dio un golpe en la mesa.
—¿Así que decís que sois profeta?
—Sí, mi señor.
—¿O sea que sabéis cuánto voy a poneros de multa?
—Bueno, yo…
—Decidme —pidió Cranston con dulzura—, ¿qué va a ocurrir aquí?
Pedro el Profeta decidió que el silencio era la mejor defensa.
—Muy bien. —Cranston volvió a dar un puñetazo en la mesa—. Mary Dodsworth, pagaréis una multa de cinco chelines por robar la seda y contratar al profeta. Pedro el Profeta, vos pagaréis la misma multa por ser un charlatán. Eleanor Battlewaite, dos chelines por ser tan estúpida como para creerle y por hacerme perder el tiempo.
Cranston les hizo salir enseguida y les siguió otro adivino, Richard el panadero, quien creía que podía predecir acontecimientos cortando una hogaza de pan. Le impusieron una multa y le hicieron salir, así como a dos pasteleros que habían intentado vender tartas como de carne de venado cuando en realidad contenían buey rancio. Flaxwith despejó la sala y Cranston se recostó en su silla.
—¡Por todos los diablos! Estoy harto de esto. Voy a rezar.
—¿A la iglesia de costumbre, sir John?
—Sí —respondió Cranston—. A la iglesia de costumbre.
El forense bajó la escalera y cruzó el patio. Hacía buen día. Las nubes se habían deshecho, el cielo era azul y el bullicio del mercado casi quedaba ahogado por el fuerte tañido de las campanas de la iglesia. Cranston se quedó parado unos instantes en la entrada del patio del Ayuntamiento. Le gustaba esta escena. La sirena del mercado había sonado y había comenzado otro día de comercio. A ambos lados de la gran vía pública de Cheapside los puestos y tiendas abrían y los aprendices ya voceaban, impacientes por captar la atención de los ciudadanos que se congregaban para realizar la actividad comercial del día. Los cocineros estaban ocupados y el dulce olor de pasteles horneados y carne con especias flotaba por todas partes, mezclándose con los olores más desagradables de excrementos de caballo, paja mojada y los montones de estiércol que aguardaban los carros que los recogerían. Entró un grupo de caballeros a caballo, sentados con arrogancia en sus altas sillas picudas, un glorioso conjunto de color, arneses relucientes y el destello de la espuela, la daga y el bocado de los caballos.
Junto a ellos corrían cazadores y monteros que sacaban los perros a los campos del norte de la ciudad. Tropas de prisioneros eran escoltados por alguaciles de la Corporación impacientes por depositar su carga en la flota, Marshalsea, o en las barcazas prisión que esperaban en el Támesis para llevárselos río abajo a ser juzgados en Westminster.
Cranston cruzó Cheapside. Los propietarios de los puestos vociferaban y alardeaban; ya había estallado una pelea respecto a un barril de sal procedente de Poitou, mientras más abajo el Tribunal de Vendedores
Ambulantes, que arbitraba el mercado, estaba juzgando si una pieza de cuero era piel de oveja o, como afirmaba el comerciante, provenía de Córdoba. Ataban a gente a las gradas o la conducían arriba para permanecer de pie en la jaula sobre el Gran Canal. Dos figuras desgarbadas se acercaron cojeando a Cranston. Éste gruñó y trató de ir más deprisa, pero sus perseguidores fueron implacables y le bloquearon el paso.
—Buenos días, sir John. ¿Y cómo está lady Maud?
Cranston miró con ceño a estos dos mendigos profesionales, Leif el cojo, que conservaba sólo una pierna pero podía moverse más deprisa que muchos hombres con dos, y Rawbum, quien, muchos años atrás, borracho como una cuba, se había sentado en una sartén de aceite hirviendo y vivió para no olvidarlo jamás.
—Sir John, hemos compuesto una nueva canción.
Cranston les miró fijamente sin parpadear, y sin más dilación, Leif, con una mano al pecho, la cara llena de cicatrices alzada al cielo, empezó a cantar del modo más espantoso, mientras Rawbum tocaba una melodía en una flauta de caña.
—Muy bien, muy bien —interrumpió Cranston, metiendo una moneda en la mano de cada uno—. Ya he oído suficiente, ahora largaos.
Los dos mendigos, dándole las gracias al unísono, habrían seguido aún más a sir John, pero éste se volvió con gesto amenazador y ellos, captando la indirecta, se encaminaron hacia una pastelería, mientras el forense, disparado como una flecha, cruzaba a toda prisa Cheapside y se adentraba en el agradable calor de su taberna predilecta, El Cordero de Dios. Una vez instalado en su asiento preferido junto a una ventana que daba al jardín de hierbas finas, sir John agradeció los amorosos servicios de la cervecera, que puso ante él una gran jarra de espumosa cerveza y tiras de pan con piel.
Bebió y comió contemplando el jardín, oculto su vivo color verde bajo la escarcha. El amplio estanque de carpas aún estaba cubierto por una capa de hielo y Cranston comprendió que aún tardaría algún tiempo en sentirse el calor del sol. Charló de esto con la cervecera mientras recorría la taberna con la mirada. Le trajeron una segunda jarra. Sir John se la bebió a sorbos mientras escuchaba a un muchacho que cantaba en la calle una dulce canción: «El ángel del Señor anunció a María».
—Me pregunto —reflexionó Cranston— si el ángel bueno de Dios me revelará la verdad.
Se recostó en la silla con la jarra en la mano y recordó los sucesos de la noche anterior. Había dejado a Athelstan y regresado a La Noche en Jerusalén para tomar una taza de leche caliente con vino, donde había entablado conversación con Tobías el tonelero. Tobías se había horrorizado al enterarse de los espantosos asesinatos de Toadflax, Chandler y las dos prostitutas. Cranston se bebió la jarra, distraído por el individuo envuelto en una capa que estaba acurrucado en el rincón de la chimenea. El forense se enorgullecía de conocer a todo el que entraba en El Cordero de Dios, pero reparó en que éste era un extraño y volvió a sus reflexiones. Tobías también se había enojado en nombre de maese Rolles.
—Estuvo en la cocina conmigo todo el tiempo —había protestado el tonelero— y yo sé quién lo hizo. —Se había dado unos golpecitos en la nariz con aire de experto.
Cranston le había invitado a beber y Tobías confesó que había visto a Chandler, gordo como una ciruela, entrar desde el patio.
—Y lo que es más importante —susurró—, vi sangre en sus manos.
Tobías entonces pasó a explicar que esto despertó tanta curiosidad en él que visitó a la lavandera de la taberna, responsable de la ropa de los huéspedes. Ambos habían revuelto entre las prendas y encontrado servilletas de la cámara del hombre muerto con manchas de lo que sospechaban podía ser sangre seca. La lavandera no estaba segura; señaló que Chandler había intentado lavar él mismo las servilletas. Tobías informó de inmediato a maese Rolles de lo que había descubierto. El tabernero se alegró y se pavoneó como un gallo en un montón de estiércol, exclamando que, de acuerdo con una antigua ley, no podía ser multado con el
«murdrum», un antiguo impuesto con que se gravaba a todos los posaderos y taberneros en cuyo recinto se hubiera producido una muerte misteriosa.
Rolles, aún feliz con esta noticia, también se había reunido con Cranston, repitiendo lo que Tobías le había dicho y mostrándole con aire triunfal las servilletas manchadas. Cranston las examinó con atención y llegó a la conclusión de que Rolles y Tobías estaban en lo cierto. Las manchas parecían ser de sangre seca. ¿Así que Chandler había matado a aquellas dos prostitutas, escondido su ballesta y regresado a su cámara para lavarse las manos? Pero ¿por qué un poderoso terrateniente, que podía más que pagarse mujeres como Beatrice y Clarice, las asesinaría en tan espantosas circunstancias? ¿Y la muerte del propio Chandler? ¿Era una venganza?
¿Tenía fiebre Chandler aquella mañana debido a lo que había hecho? ¿Se
había dado aquel baño para limpiarse toda prueba de su crimen? Sir John encargó con aire distraído otra jarra de cerveza.
—Pagaré aquello.
La figura que estaba agazapada en el rincón de la chimenea se levantó, se quitó la capa y se acercó a sir John.
—¡Qué sorpresa! —Cranston le tendió la mano para estrechársela—.
¿Cómo sabíais que estaría aquí?
Matthias de Evesham estrechó la mano del forense y se deslizó a su lado en el banco, volviéndose para poder mirarlo a la cara, entrelazados los ensortijados dedos como algún sacerdote bondadoso esperando oír una confesión. La cervecera les sirvió otras dos jarras. Matthias levantó la suya, brindó con Cranston y bebió unos sorbos despacio. El forense se apartó un poco para examinar más atentamente al recién llegado. Matthias de Evesham había sido nombrado recientemente maese de la Cancillería de los Secretos de la Oficina de la Noche, que tenía sus despachos en la Torre.
Con su rostro redondo y alegre, sus brillantes ojos azules y agradable sonrisa en la boca, tenía todo el aspecto de un buen monje, impresión que él alimentaba deliberadamente con su hablar suave y su eterno buen humor.
La única cosa evidente que revelaba que no era ningún asceta era su amor por la joyería: el collar de oro que llevaba al cuello, los costosos anillos que adornaban todos sus dedos, por no mencionar el brazalete de oro que lucía en la muñeca izquierda.
Éste era un hombre con secretos, estudioso de lógica y filosofía, que había enseñado en las escuelas de Oxford y Cambridge, incluso en las de París, antes de entrar al servicio del regente Juan de Gante. Muchos le tomaban por sacerdote, pero maese Matthias estaba casado —un buen matrimonio era el suyo— con lady Alice, propietaria de una agradable mansión entre el Temple y Fleet Street. Casado o no, aún resultaba atractivo para las damas, así como un gran divulgador de secretos. Organizaba a los espías de Juan de Gante en casa y en el extranjero y aconsejaba al regente en privado así como en las reuniones del Gran Consejo de Westminster.
—¿Estáis bien, sir John? —Matthias rompió el silencio— ¿Y lady Maud?
—Estoy bien —respondió Cranston—. Mi esposa está bien, mis hijos están bien, mis perros están bien, mi gato está bien, los peces de mi estanque están bien. No habéis venido navegando por el Támesis para preguntarme eso, ¿verdad?
—No, así es. —Matthias se rió y dejó su jarra—. Pedisteis un inventario de los documentos, así como de las investigaciones realizadas después de que robaran el tesoro lombardo.
—Una petición razonable —replicó Cranston—. Quiero saber qué investigaciones se hicieron, qué se descubrió.
—Muy poco.
—Entonces, ¿por qué no me dejáis ver los documentos?
—Fueron destruidos.
Matthias tenía una expresión tan afligida que Cranston estalló en carcajadas.
—¿Esperáis que me lo crea?
—No, no lo espero —Matthias sonrió—, pero es cierto que fueron destruidos, porque no nos proporcionaban ninguna pista sobre el paradero del tesoro.
—¿Habláis en plural? —preguntó Cranston.
Matthias pasó un dedo por el borde de la jarra de cerveza.
—Lo diré muy claro, sir John, a nadie le gustaría más que a mi señor, Juan de Gante, descubrir qué ocurrió con el tesoro. Responderé a todas las preguntas que queráis hacerme y os enteraréis de muchas más cosas por mí que por cualquier otro.
Cranston se limitó a mirarle fijamente.
—Hace veinte años —empezó Matthias—, el ejército de cruzados que partió de aquí negoció un enorme préstamo de los banqueros lombardos, a cambio del cual los banqueros recibieron la promesa de ciertas concesiones comerciales tanto en el mar de Irlanda y el canal de la Mancha como en el Mediterráneo. También les aseguraron un porcentaje de cualquier botín. Los lombardos enviaron el tesoro a la Torre. En aquella época, mi señor, Juan de Gante, era Guardián de la Torre.
—¡Ah! —exclamó Cranston—. Ahora nos entendemos.
—La víspera de la festividad de San Mateo, el veinte de setiembre de 1360 —prosiguió Matthias—, se llevaron el tesoro de la Torre, lo colocaron en una barcaza y lo enviaron a un lugar secreto.
—¿Por qué no lo llevaron directamente a los barcos?
—El almirante de la flota decidió que era demasiado peligroso. Quería que el tesoro se enviara a través del río a Southwark y luego fuera transportado en secreto al buque insignia. Por razones que él conocía mejor que nadie le parecía que así era más seguro, y lo mismo a Juan de Gante.
—¿Por qué tanta cautela? —preguntó Cranston.
—Para mantener a salvo el tesoro. Veréis —Matthias se secó la boca con una servilleta—, si alguien se hubiera enterado de lo que ocurría y hubiera deseado robar el tesoro, esperaría que lo transportaran por tierra por la orilla norte del Támesis, pasando por el puente de Londres para llegar al buque insignia, o en barcaza real río abajo en dirección a Westminster. Sir Jack, cuando la flota de los cruzados se hallaba anclada, todos los piratas del río y bandidos que habían oído algo del tesoro vigilarían el buque insignia.
Podían haber atacado cuando era transportado, sin duda habrían sabido cuándo llegaba y adonde era conducido. Así que Juan de Gante y el almirante de la flota decidieron que había que transportar el tesoro en barcaza, cruzar el río durante la noche e ir por la orilla sur del Támesis. Esto significaba que la ruta de la barcaza, su destino y la hora de su llegada serían un secreto. En todo momento hay barcazas que van y vienen de la Torre a Southwark. Una vez cruzado el Támesis, tenía que ser recogido por dos caballeros y transportado al buque insignia. Los barqueros entregaron el tesoro a dos caballeros en los que Gante confiaba. —Matthias hizo una mueca—. Bueno, en aquella época; eran Richard Culpepper y Edward Mortimer. Fueron elegidos por lord Belvers, pero fue Juan de Gante quien en realidad tomó la decisión.
—¿Por qué —preguntó Cranston— no les dieron escolta militar?
—Para atraer el mínimo de atención posible.
—¿Por qué eligieron a Culpepper y a Mortimer?
—Porque —Matthias suspiró— todo el mundo confiaba en ellos, en especial Su Ilustrísima.
Cranston se mordió la piel del pulgar. Como todo lo que provenía del regente, Cranston percibía que la historia de Matthias era una mezcla de verdad y mentiras. El forense miró rápidamente alrededor y se acercó.
—Maese Matthias —susurró—, vayamos al grano. ¿Cómo puedo saber que no fue el propio regente el que robó el tesoro?
Matthias sonrió.
—Su Ilustrísima me advirtió de que diríais eso. Dos cosas. —Matthias alzó una mano—. En primer lugar, el capitán de su guardia trajo a la Torre un documento firmado por Culpepper. En segundo lugar, durante meses, después del gran robo, el dedo de la culpa señaló a mi señor. Él juraba que no sabía nada.
—En una palabra —dijo Cranston—, vuestro señor estaba furioso.
—Sí, y aún lo está —coincidió Matthias—. No ha olvidado lo que ocurrió hace veinte años y aún hace averiguaciones con cautela, pero no ha descubierto nada.
—La mujer —declaró Cranston—, la cortesana conocida como Ginebra la Dorada. Dicen que la vieron aquí y allí.
—Rumores. —Matthias meneó la cabeza—. Historias, la gente estaba ansiosa por obtener la recompensa. Una gran recompensa, sir John, cien libras, por no mencionar el perdón de cualquier delito.
Matthias sorbió por la nariz.
—Su Ilustrísima el regente ha oído hablar de los asesinatos ocurridos en La Noche en Jerusalén, la muerte súbita y misteriosa de sir Stephen, y siente curiosidad. Quiere saber si estos sucesos están de alguna manera relacionados con el tesoro lombardo. Me ha pedido que os pida que lo recordéis.
—¿De quién sospecha? —preguntó Cranston.
—A menudo se pregunta adónde huyeron Culpepper y Mortimer, o dónde escondieron el tesoro.
—¿De quién sospecha? —repitió Cranston, cogiendo el brazo de Matthias.
—Hay un hombre que se ha refugiado en la iglesia de San Erconwaldo, protegido por vuestro secretario, Athelstan el dominico. ¿Sabíais que hace veinte años el padre del Misericordia y maese Rolles eran íntimos amigos?
¿Que el Misericordia a menudo escapaba de su maestro de escuela, de la catedral de San Pablo, para frecuentar la taberna de Rolles? Su Ilustrísima se pregunta si el Misericordia, un bribón nato, sabe algo de esta fechoría.
¿Es este el motivo por el que alguien contrató a un cazador de hombres tan despiadado como el Judas para encontrarle y llevarle ante la justicia? ¿Es porque el Misericordia sabe algo del tesoro lombardo?
Matthias se puso en pie y recogió su capa; señaló el pan con miel.
—Deberíais comer eso, sir John. Sería un pecado desperdiciarlo —se inclinó—, igual que el favor de Su Ilustrísima.
Cuando Matthias se hubo marchado, Cranston cogió el pan con miel y se lo comió, pensativo. Se preguntó cuánta verdad había en lo que le había contado aquel hombre. La cervecera se acercó. Cranston le dio las gracias con aire distraído, pagó la factura y salió de la taberna, encaminándose hacia el río para alquilar la barcaza de maese Moleskin para que le llevara a Southwark…
* * *
Athelstan se había levantado temprano para recoger leña para el fuego en el bosquecillo que había en el otro extremo del cementerio. Saludó a sus feligreses y a otros miembros del cuerpo de alguaciles lo más caritativamente que pudo e intentó distraerse admirando el cielo, que estaba despejado por completo y prometía un buen día. Contestó a los que le saludaban a gritos, aunque reparó en que Watkin y Pike le daban la espalda.
Regresó a la cocina, preparó el fuego, se lavó las manos y se acomodó para prepararse para la misa de la mañana. Athelstan, con Buenaventura acurrucado a su lado, recitó el «Adoro te devote» de Tomás de Aquino, el gran teólogo dominico. Un golpe en la puerta le interrumpió y, rogando tener paciencia, abrió. Sin embargo, en lugar del Judas o de uno de sus feligreses, quien estaba allí parado era fray Malaquías, con su hábito negro de benedictino, la capucha echada atrás y sobre los hombros unos cuévanos de cuero.
—¡Padre! —Malaquías dio un paso atrás—. No parecéis complacido.
—Padre —replicó Athelstan—, creía que erais otra persona.
Intercambiaron el beso de la paz y Athelstan le acompañó a la cocina.
Debido al ayuno que debía guardar antes de la misa, sólo pudo ofrecerle una taza de agua, pero Malaquías hizo gestos de negación con la cabeza, diciendo que sólo le agradaría calentarse los dedos ante el fuego.
—¿Os habéis alojado en La Noche en Jerusalén? —preguntó Athelstan.
—No. —Malaquías extendió las manos para que se le calentaran—. Ya estoy harto de mis compañeros. Me marché por la tarde, me avergonzaba de lo que dijeron, ¡aquellas dos pobres muchachas, asesinadas! ¡Sir Maurice y el resto comportándose correctamente durante el día, pero obrando como pecadores por la noche!
—¿Os sorprende? —preguntó Athelstan.
—Sí, sí —respondió el benedictino—. Oh, entiendo el comer y el beber.
Puedo entender que se vean tentados por una moza de taberna, pero elegir a aquellas dos muchachas es cruel, en especial dado que conocían a su madre.
No soy un santurrón —Malaquías se puso más cómodo en el taburete—, pero no creo que me reúna con ellos el año que viene. El pasado ya no existe, ha terminado.
—¿Habéis buscado a vuestro hermano? —Athelstan alzó una mano en gesto de disculpa—. Lo sé, ya os lo pregunté.
—He hecho lo que he podido —respondió Malaquías—. Mi orden tiene casas a todo lo largo y ancho de la cristiandad, allí reposan toda clase de viajeros. También hace negocios con los grandes y con los miserables, así que está bien situada para enterarse de cosas. Bueno, me han llegado noticias, pero en el fondo sé que mi hermano está muerto.
—¿Y Ginebra la Dorada?
—También.
—¿Vuestro hermano alguna vez insinuó lo que se planeaba?
—Era mucho más joven que yo. Tenía la cabeza llena de sueños de caballería, de mujeres hermosas, de justas y torneos y valientes hazañas.
Ah, sí, se hacía el alegre bribón, pero en realidad perdió su corazón y su alma por Ginebra. El no la veía como una cortesana o una prostituta, sino como una bella damisela que sufría, atrapada en una vida de la que ansiaba escapar.
—¿Y era así?
—Tenía un rostro bello como un ángel, un corazón no malo pero codicioso. Era de mente inconstante, de humor variable, sin embargo habría sido más fácil conseguir que vuestro gato cantara el Ave María que hacer que mi hermano se diera cuenta de la verdad. La última vez que le vi fue el día antes de que llegara el tesoro. Parecía distraído, quizás excitado. —
Malaquías echó hacia atrás el taburete y se puso en pie—. Pero después de eso, nada.
—¿Y por qué le escogieron a él? —preguntó Athelstan.
—Ya os lo he dicho. Lord Belvers, su comendador, confiaba en él. Juan de Gante también desempeñó su papel; Mortimer era su hombre.
—¿De verdad creéis que él robó ese tesoro? —preguntó Athelstan.
—En el fondo, no, pero la evidencia parece señalar otra cosa. Ruego por él en misa.
—Yo también lo haré en la mía —declaró Athelstan—. ¿Conocéis mi historia, padre Malaquías?
—He oído hablar de ella —respondió el benedictino—. Sé que cuando aún erais novicios, vos y vuestro hermano os alistasteis en las levas que iban a Francia. Él murió allí, ¿verdad?
—Y yo regresé —dijo Athelstan—. Mi orden hizo que mi noviciado fuera el doble de largo, toda humilde tarea me era destinada. —Abrió la
puerta—. Dejadme expresarlo así, padre: lo sé todo sobre las letrinas y cloacas de Blackfriars.
Salieron de la casa y entraron en la iglesia por una puerta lateral.
Athelstan se dirigió hacia la reja del coro, se paró y ahogó un grito.
—¿Padre?
—¿Dónde está?
Athelstan se apresuró a entrar en la sacristía. Abrió la puerta lateral que salía a la pequeña letrina construida sobre un albañal. Al otro lado del cementerio, miembros del grupo de vigilantes le miraban fijamente.
Athelstan volvió a la iglesia y cerró la puerta con llave.
—Es el Misericordia —dijo Athelstan con voz entrecortada—. Al parecer ha desaparecido. Vamos, padre, ayudadme.
Registraron la iglesia, la capilla para cantores, la sacristía, incluso la pequeña cripta que estaba en desuso, pero no había señales del Misericordia, nada que indicara su presencia, salvo una jarra de cerveza vacía y un plato con algunas migas rancias. Había desaparecido con sus armas. Athelstan se rascó la cabeza. No quería llamar a gritos al Misericordia ni dar la voz de alarma. Estaba sorprendido, aunque un poco aliviado. ¿Cómo había logrado escapar aquel bribón? Una vez más registró la iglesia, y envió a fray Malaquías a recorrer el perímetro del cementerio y visitar a Godbless, que roncaba en la casa de los muertos. El benedictino regresó haciendo gestos de negación con la cabeza.
—Se ha ido —dijo—, como la nieve en primavera. No hay el más mínimo rastro de él.
—No daremos la voz de alarma —señaló Athelstan— hasta que haya celebrado misa.
Se pusieron a preparar el altar, encendiendo las velas y llenando las vinagreras con agua y vino. Athelstan se vistió y celebró la misa solo en la pequeña capilla para cantores, mientras Malaquías hacía lo mismo en el altar mayor. Athelstan trató de pensar sólo en lo que estaba ocurriendo, en el Gran Milagro del pan y el vino que se convierten en el cuerpo y la sangre del Dios invisible, pero, como después confesó a Malaquías, le distraía otro milagro. ¿Cómo podía desaparecer de su iglesia un criminal como el Misericordia y atravesar impunemente un círculo de hombres armados, en vigilancia constante?
—Bueno —Athelstan se santiguó—, será mejor que proclame la buena noticia para que todos la oigan.
Recorrió la nave, abrió la puerta principal y, haciendo caso omiso de las protestas de Pernel y Cecilia la cortesana, que habían estado esperando para oír misa, aunque confesaron que habían llegado tarde, llamaron al Judas desde la entrada techada. Este sabueso y cazador de criminales se acercó contoneándose, con la espada golpeándole en el muslo.
—Buenos días, padre.
—Buenos días, señor. —Athelstan esbozó una sonrisa forzada—. Debo informaros de que el hombre al que había dado refugio, el Misericordia, ha desaparecido.
—¿Qué?
El Judas subió corriendo la escalinata, apartó a Athelstan de un empujón y, abriendo la puerta con brusquedad, irrumpió en el santuario. Athelstan le siguió, protestando. El Judas cogió el pequeño silbato que le colgaba del cinturón, abrió la puerta de los difuntos y emitió tres largos pitidos. Pronto la nave se llenó de hombres, incluidos Pike, Watkin y otros feligreses.
Athelstan decidió dejarles hacer. Una vez más registraron la iglesia, pero no hallaron ni rastro. El Judas, respirando con furia, entró y se quedó ante fray Athelstan, el sudor resbalándole por la cara sin afeitar y un fuerte olor a vino en su aliento. Hizo ademán de dar un empujón a Athelstan, pero el dominico le apartó la mano. El Judas se alejó al oír el murmullo amenazador de los feligreses de Athelstan.
—¡Por el amor de Dios —rogó Athelstan—, pensad dónde estáis! Esto es una iglesia; yo soy su sacerdote. No tengo nada que ver con la huida de vuestro prisionero. Lo sabéis.
El Judas abrió la boca para protestar pero se detuvo a tiempo. Apartó a Athelstan y salió como una tromba al porche, gritando a los otros que se unieran a él.
—Una manera emocionante de comenzar el día —murmuró Malaquías.
—Sí, y no ha hecho más que empezar.
Athelstan regresó a la casa, donde él y Malaquías rompieron el ayuno. El dominico aún se hallaba distraído y desconcertado por la desaparición del Misericordia. Se excusó y volvió a la iglesia, donde Pernel la mujer flamenca estaba intentando colocar una corona de flores a la estatua de la madre de Dios en la capilla de la Virgen. Athelstan la ayudó. La mujer dio un paso atrás, pasándose los dedos por el cabello de extraño color, mientras las lágrimas le resbalaban por el rostro pálido.
—Padre, ¿oiréis mi confesión?
—Oh, no, Pernel, otra vez no —dijo Athelstan.
—¡Pero me he acostado con hombres, docenas de hombres!
Athelstan le cogió el rostro entre las manos, mirando fijamente aquellos ojos salvajes, frenéticos.
—Pernel, son imaginaciones tuyas. Eres una buena mujer.
—¿Creéis que iré al cielo, padre?
Athelstan la soltó.
—Bueno, si tú no vas, Pernel, no irá nadie.
—Ha vuelto el fantasma de la rendija.
—¿Qué? —exclamó Athelstan.
Pernel señaló la parte posterior de la iglesia.
—Salid fuera, padre. Cuando esta mañana no he podido entrar en la iglesia, he dado la vuelta para echar un vistazo. Ella debía de llevar una vela.
Athelstan, intrigado, salió por la puerta de la sacristía y recorrió el lateral de la iglesia. Encontró una abertura en forma de diamante, se agachó y atisbo por ella. Vio a Pernel en la entrada de la reja del coro, y sus dedos tocaron la pieza de cera del borde de la abertura. La arrancó, miró al otro lado del cementerio y se rió en voz baja. Recordó a la novicia con la voluminosa túnica que la noche anterior había entrado en la iglesia, Pike y Watkin en el cementerio, la oscuridad, la densa niebla. Athelstan volvió a entrar en la iglesia.
—Pernel, hazme un favor, ¿quieres? Ve a decirles a Watkin, Pike y Ranulfo que quiero verles inmediatamente.
—¿Por qué? ¿Queréis oír su confesión, padre?
—Sí —murmuró Athelstan—, ¡antes de que les cuelgue!
La vieja mujer flamenca se apresuró a marcharse, y un poco más tarde los tres sinvergüenzas entraron en la iglesia. Athelstan le dijo a Pernel que se quedara fuera y vigilara la puerta de la sacristía mientras él llevaba a los tres hombres al santuario. Se quedaron delante de él, avergonzados.
—Sí, parece que todos estáis a punto de subir al carro para ser ejecutados.
Athelstan se sentó en los escalones del altar y les miró.
—¿Sabéis que os pueden colgar por ayudar a un villano a escapar cuando ha pedido refugio?
—Pero, padre, ¿cómo ha podido…?
—Ah, ha sido muy fácil, Pike. Te diré cómo lo hicisteis, y después decidiré si informo o no al Judas. El Misericordia tiene un ingenio inconstante, la mente ágil y la lengua hábil. Os conocía a los tres antes de refugiarse aquí.
Los tres tenían la vista clavada en el suelo como si nunca lo hubieran visto.
—Ranulfo, ¿dónde están tus hurones?
—Con Godbless, en la casa de los muertos.
—Allí es donde estarás tú, hombre estúpido. Como decía, el Misericordia es un alegre bribón. A menudo salía de la sacristía para aliviarse, y en secreto entabló conversación con vosotros tres. Sospeché que llevaba encima monedas de plata escondidas. Pagó a uno de vosotros para que cruzara el río y le contara a su hermana Edith, que está refugiada en el convento de las Clarisas pobres, el apuro en el que se encontraba. Todos sabéis que ella le visitó aquí anoche, y una cosa que tienen los hábitos de las monjas es que debajo se puede esconder un ejército. Le trajo una muda de ropa, dinero, comida, todo lo que podría necesitar para huir. Me pidió poder hablar con él a solas, y sería fácil esconder un hatillo en un rincón oscuro del santuario. Se marchó, yo me marché, el retén de fuera se instaló para pasar la noche. De alguna manera vosotros tres lograsteis vigilar una parte del muro del cementerio. Habíais acordado con el Misericordia, a cambio de un puñado de monedas de plata, hacerle una señal cuando pudiera salir sin peligro de la iglesia. —Athelstan señaló la abertura de la pared—. ¿Y qué mejor plan que encender una vela y colocarla en la abertura, la señal de que no había peligro y podía salir? El Misericordia estaba preparado, vestido con peluca y una capa oscura. Salió con sigilo de la sacristía, cruzó el cementerio y se alejó en la noche.
Watkin dio un salto, alarmado, cuando Buenaventura entró en la iglesia y se sentó junto a su amo, como si tuviera curiosidad por descubrir lo que estaba ocurriendo.
—Puede que me haya equivocado en algún detalle —dijo Athelstan en un susurro—, pero creo que la historia es cierta. ¿Sí? ¿Cuánto os pagó?
—Diez marcos —masculló Ranulfo—. Tres para cada uno y uno para la iglesia.
—Tengo una idea mejor —replicó Athelstan—. Podéis quedaros uno cada uno y yo me quedaré siete para la iglesia. Vamos.
Los tres se apresuraron a entregarle las monedas. Athelstan les devolvió una.
—Pike, dásela a Pernel, y yo de ti me mantendría lejos del Judas. —Se puso en pie—. Sólo es cuestión de tiempo el que su ingenio siga el mismo camino que el mío.
Athelstan les despidió y regresó a su casa. Malaquías estaba profundamente dormido, con la cabeza apoyada en el brazo, así que Athelstan le dejó y subió sin hacer ruido al altillo donde estaba su cama, sacó el calientacamas y recogió las cosas. Oyó gritos y salió al cementerio, pero sólo era el Judas y sus hombres que se preparaban para marcharse.
Athelstan había vuelto y estaba alimentando el fuego cuando Cranston cruzó la puerta como una tromba. Malaquías se despertó sobresaltado.
Excusándose, el benedictino saludó a sir John pero rechazó el ofrecimiento de Athelstan de comida y dijo que regresaría a la taberna. Una vez se hubo ido, sir John hizo partícipe a Athelstan de toda la información que había recabado en El Cordero de Dios. Athelstan escuchó en silencio y ocultó su inquietud. Temía al regente y se preguntaba por qué un hombre como Matthias de Evesham tenía tanto interés.
—No es sólo el tesoro, sir John, hay algo más.
—¿Y qué tal por aquí?
Cranston se sentó a la mesa secándose la frente y se sirvió un cuenco de harina de avena con miel. Dejó de comer y escuchó con sorpresa cuando Athelstan le informó de la desaparición del Misericordia.
—Diré a ese Judas que tenga las manos…
El forense fue interrumpido por unos furiosos golpes en la puerta.
Athelstan abrió e irrumpió en la habitación uno de los mozos de la taberna de maese Rolles, con el rostro enrojecido y el cabello pegajoso por el sudor.
—Sir John —dijo con voz entrecortada—, tenéis que venir. He ido hasta Cheapside pero no os he encontrado. Sir Laurence Broomhill ha resultado horriblemente herido y yace moribundo en La Noche en Jerusalén.
Athelstan hizo que el mozo se calmara dándole una taza de suero de leche. Tirándole un poco de la lengua, el mozo relató que, a última hora de la noche anterior, la taberna se había despertado con un grito espantoso.
Maese Rolles había entrado en la bodega y encontrado a sir Laurence Broomhill en un charco de sangre, con la pierna atrapada en un cepo que Rolles guardaba en la bodega.
—Maese Rolles a veces los utiliza —explicó el muchacho—. Los pone en su jardín para los que pescan en el estanque de carpas o entran a robar en sus establos o cobertizos.
Sir John asintió para indicar que entendía, aunque en realidad detestaba semejantes artilugios, que cada vez eran más utilizados por los poderosos y adinerados para proteger sus jardines y huertos, y eran tan afilados y potentes que podían partir en dos la pierna de un hombre.
—¿Fue un accidente? —preguntó Athelstan.
El muchacho se encogió de hombros.
—Maese Rolles no lo sabe. Él cree que sir Laurence bajó a la bodega a por vino; han encontrado una jarra cerca.
—¿Por qué no me han enviado a buscar inmediatamente? —preguntó Cranston.
—Oh, sir John —balbuceó el muchacho—, todo ha sido tan horrible, han tenido que liberarle la pierna, vendársela y llevarle a su cámara. Han enviado a buscar a maese Stapleton el médico, pero no ha podido hacer nada. Sir Laurence ahora yace sudoroso y ensangrentado. Yo le he visto. —
El muchacho imitó las convulsiones del caballero moribundo.
—Sí, sí —dijo Cranston—, sé lo que ocurre. Fray Athelstan —señaló hacia la puerta—, otro día, otra búsqueda.
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