La casa del callejón

David Mitchell · Capítulo 1 de 5

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La casa del callejón

La casa del callejón

David Mitchell

ePub r1.0

Titivillus 01.05.2018

Título original: Slade House

David Mitchell, 2017

Traducción: Laura Salas Rodríguez

Editor digital: Titivillus

ePub base r1.2

EL TIPO ADECUADO

 

1979

No sé qué está diciendo mamá; queda ahogado por el rugido bronco del autobús, que al arrancar deja ver un pub llamado The Fox and Hounds. El letrero muestra a tres sabuesos arrinconando a un zorro. Están a punto de abalanzarse sobre él para hacerlo pedazos. Debajo está el letrero de la calle, que pone WESTWOOD ROAD. Se supone que los lores y las ladies son ricos, así que me esperaba piscinas y Lamborghinis, pero Westwood Road es de lo más normalito. Casas normales de ladrillo, adosadas o semiadosadas, con jardincitos a la entrada y coches normales. El cielo húmedo luce un color pañuelo usado. Pasan volando siete urracas. El siete está bien. Mamá tiene la cara a solo unos centímetros de la mía, pero no estoy seguro de si es cara de enfado o de preocupación.

—¿Nathan? ¿Me estás oyendo?

Mamá va maquillada hoy. El tono del pintalabios se llama lila de la mañana, pero huele más a pegamento de barra que a lilas. La cara de mamá no se aleja, así que le digo:

—¿Qué?

—Se dice «Perdona», o «Disculpa», no «¿Qué?».

—Vale —digo, lo cual suele funcionar.

Pero hoy no.

—¿Has oído lo que te he dicho?

—Que se dice «Perdona» o «Disculpa», no «¿Qué?».

—¡Antes de eso! Te decía que si alguien te pregunta en casa de lady Grayer cómo hemos venido, tienes que decir que en taxi.

—Pensaba que no estaba bien mentir.

—Está el mentir, que está mal —dice mamá, sacando del bolso el sobre en el que ha escrito la dirección—, y luego está el crear una impresión, lo cual es necesario. Si tu padre nos pagara lo que nos tiene que pagar, habríamos venido en taxi. Ahora…

Mamá le echa un vistazo a lo que pone.

—Slade Alley sale de Westwood Road, más o menos a la mitad… —Comprueba el reloj—. Vale, son las tres menos diez y tenemos que estar allí a las tres. Venga, vamos. No te entretengas.

Allá va.

La sigo, sin pisar ninguna de las junturas. A veces tengo que imaginarme dónde están porque la acera está cubierta de hojas. En un momento dado he tenido que apartarme del camino de un hombre de puños enormes que ha pasado haciendo footing con un chándal negro y naranja. La equipación de los Wolverhampton Wanderers es negra y naranja. De un serbal cuelgan unas bayas resplandecientes. Me gustaría contarlas, pero me arrastra hacia delante el clip-clop-clip-clop de los tacones de mamá. Esos zapatos se los compró en las rebajas de los almacenes John Lewis con lo que quedaba del dinero que le habían pagado en el Royal College of Music, a pesar de que British Telecom mandó un último aviso para que pagásemos el teléfono. Lleva el conjunto azul que se pone para los conciertos y el pelo recogido con el pincho para el pelo adornado con una cabeza de zorro de plata. Se lo trajo su padre de Hong Kong tras la Segunda Guerra Mundial. Cuando mamá está en clase con un alumno y yo tengo que ahuecar el ala, a veces voy al tocador de mamá y saco el zorro. Tiene ojos color jade y algunos días sonríe, aunque otros no. Hoy no tengo un buen día, pero el Valium no tardará en subirme. El Valium es genial. Me he tomado dos pastillas. Tendré que saltarme unas cuantas la semana que viene, para que mamá no se dé cuenta de que las provisiones van mermando. La chaqueta de tweed pica. Mamá la ha comprado en Oxfam, especialmente para hoy, y la pajarita es también de Oxfam. Mamá hace de voluntaria allí los lunes, así que consigue lo mejorcito de lo que la gente lleva los sábados. Si Gaz Ingram o alguien de su panda me ve con la pajarita, me encontraré una mierda en la taquilla, seguro. Mamá dice que tengo que aprender a «integrarme» más, pero no hay clases de «integración», ni siquiera en el tablón de la biblioteca municipal. Allí se anuncia un club de Dragones & Mazmorras, y yo siempre quiero ir, pero mamá dice que no puedo porque Dragones & Mazmorras juega con las fuerzas oscuras. Por una de las ventanas delanteras veo una carrera de caballos. Es el programa de deportes de la BBC1. Las tres ventanas siguientes tienen visillos, pero luego veo una tele en la que ponen lucha libre. Es Giant Haystacks, el villano peludo, luchando con Big Daddy, el bueno calvo, en la ITV. Ocho casas más tarde veo Godzilla en la BBC2. Tira una torre de alta tensión solo tropezándose con ella, y un bombero japonés de cara sudorosa grita por una radio. Luego Godzilla ha agarrado un tren, pero eso no tiene sentido porque los anfibios no tienen pulgares. A lo mejor el pulgar de Godzilla es como los supuestos pulgares de los pandas, que en realidad son la evolución de una garra. A lo mejor…

—¡Nathan! —Mamá me aprieta la muñeca—. ¿Qué te he dicho de entretenernos?

Hago memoria.

—«¡Venga, vamos! ¡No te entretengas!».

—¿Y qué estás haciendo ahora?

—Pensando en los pulgares de Godzilla.

Mamá cierra los ojos.

—Lady Grayer me ha invitado, nos ha invitado, a una reunión musical. Una velada. Habrá gente interesada en la música. Gente del Consejo de Cultura, gente que da trabajos y becas. —Los ojos de mamá tienen unas venitas rojas minúsculas, como ríos fotografiados desde muy arriba—. Yo habría preferido que te quedases en casa jugando con tu maqueta de la batalla de los Boers, pero lady Grayer insistió en que vinieses, así que… hazme el favor de comportarte normalmente. ¿Puedes hacerlo? Piensa en el chico más normal de tu clase, y haz lo que él.

«Comportarse normalmente» es como «integrarse».

—Lo intentaré. Pero no es la batalla de los Boers, es la guerra de los Boers. Me estás clavando el anillo en la muñeca.

Mamá me suelta la muñeca. Eso está mejor.

No sé qué quiere decir su cara.

 

Slade es el callejón más estrecho que he visto en mi vida. Está embutido entre dos casas y luego desaparece a la izquierda, a unos treinta pasos más o menos. Puedo imaginarme viviendo aquí, entre cartones, a un vagabundo, pero no a un lord ni a una lady.

—Seguro que hay una entrada decente por el otro lado —dice mamá—. Slade House es solo la casa de la ciudad de los Grayer. Su residencia habitual está en el condado de Cambridge.

Si me dieran cincuenta peniques cada vez que mamá me dice eso, ya tendría tres libras y media. En el callejón hace un frío pegajoso, como en la cueva White Scar, en los Yorkshire Dales. Papá me llevó cuando tenía diez años. En la primera esquina me encuentro un gato muerto tirado en el suelo. Es de un gris que parece polvo lunar. Sé que está muerto porque está más quieto que una bolsa tirada, y porque hay unas moscas gordas bebiéndole de los ojos. ¿Cómo ha muerto? No hay herida de bala ni señales de colmillos, aunque tiene la cabeza caída, así que a lo mejor lo ha estrangulado un estrangulador de gatos. Va directo a la lista de las Cosas Más Bonitas Que He Visto Nunca. A lo mejor hay una tribu de Papúa Nueva Guinea que cree que el zumbido de las moscas es música. A lo mejor yo encajaría allí.

—Vamos, Nathan.

Mamá me da un tirón de la manga.

—¿No deberían hacerle un funeral? ¿Como a la abuela? —pregunto.

—No. Los gatos no son humanos. Vamos.

—¿No deberíamos decirle a su dueño que no va a volver a casa?

—¿Cómo? Tómalo en brazos y ve puerta por puerta por Westwood Road preguntando: «Perdone, ¿es este su gato?».

A veces mamá tiene buenas ideas.

—Tardaríamos un poco, pero…

—Ni lo sueñes, Nathan. Nos esperan en casa de lady Grayer ahora mismo.

—Pero si no lo enterramos, los cuervos le sacarán los ojos.

—No tenemos ni pala ni jardín por aquí.

—Seguro que lady Grayer tiene una pala y un jardín.

Mamá cierra de nuevo los ojos. A lo mejor le duele la cabeza.

—Esta conversación se ha terminado.

Me empuja y llegamos a la parte central de Slade Alley. Tiene una longitud de unas cinco casas más o menos, pero está cercada por unas tapias de ladrillo tan altas que no se ve nada. Solo cielo.

—Que no se te pase un portón de hierro pequeño y negro a mano derecha —dice mamá.

Seguimos hasta la otra esquina, noventa y seis pasos exactos, y hay cardos y dientes de león brotando de las grietas, pero de portón nada. Tras la esquina derecha avanzamos unos veinte pasos más hasta salir a la calle paralela a Westwood Road. Un letrero dice CRANBURY AVENUE. Enfrente está aparcada una ambulancia del Hospital Saint John. Alguien ha escrito LÁVAME en la mugre que hay encima de una de las ruedas traseras. El conductor tiene la nariz rota y habla por radio. Un mod como sacado de Quadrophenia pasa en escúter sin casco.

—Conducir sin casco va contra la ley —digo.

—No tiene ni pies ni cabeza —dice mamá, mirando el sobre.

—A no ser que seas un sij con turbante. Entonces la policía…

—«Un portón de hierro negro». A ver… No sé cómo nos lo hemos pasado.

Yo sí lo sé. El Valium me sienta como la poción mágica de Astérix, pero a mamá la deja atontada. Ayer ella me llamó Frank (el nombre de papá) y ni se dio cuenta. El Valium se lo recetan dos médicos, porque con lo que le da uno no basta, pero…

… un perro ladra a unos centímetros y he gritado dando un brinco hacia atrás, aterrorizado, y hasta me he hecho un poco de pis, pero vale, está todo bien, hay una valla, y es solo un perrillo de esos que ladran, no un bullmastiff, no es el bullmastiff, y ha sido solo un poco de pipí. Aun así el corazón me late a lo loco y creo que tengo ganas de vomitar. Mamá se ha ido a Cranbury Avenue a buscar portones de casas grandes, y ni siquiera ha visto al perrillo. Un hombre calvo con mono de trabajo se acerca con un cubo y una escalera de mano al hombro. Va silbando «I’d Like to Teach the World to Sing (in Perfect Harmony)».

Mamá lo interrumpe.

—Perdone, ¿conoce usted Slade House?

El silbido y el hombre se detienen.

—¿Que si conozco qué?

—Slade House. Es la residencia de lady Norah Grayer.

—Pues ni idea, pero si encuentra a Su Excelencia, dígale que a mí me van las pijas si a ella le van los duros.

Me dice «Me encanta la pajarita, chaval» y se mete en Slade Alley, retomando el silbido donde lo había dejado. Mamá se le queda mirando y susurra:

—Pues muchas gracias por nada, joder.

—Pensé que no se podía decir «joder».

—No empieces, Nathan. De verdad.

Creo que esa es la cara enfadada de mamá.

—Vale.

El perrillo ha dejado de ladrar para lamerse la pilila.

—Desandaremos el camino —decide mamá—. Quizá lady Grayer se refiriese al callejón siguiente.

Se mete de nuevo en Slade Alley y yo la sigo. Llegamos a la mitad del callejón a tiempo de ver cómo el señor de la escalera desaparece al doblar la esquina del final, donde sigue tirado el gato muerto color gris luna.

—Si nos matasen aquí —señalo—, no lo vería nadie.

Mamá me ignora. A lo mejor no ha sido muy «normal». Estamos a medio camino de la parte central cuando mamá se para.

—¡Ay, la leche!

Hay un portón de hierro negro pequeño empotrado en la tapia de ladrillo. Es chiquitísimo. Yo rondo el metro y medio, y solo me llega a los ojos. Una persona gorda tendría que meterse a la fuerza. No tiene pomo, ni agujero de la cerradura, ni rendijas junto a los bordes. Es negro, negro como la nada, como los huecos entre las estrellas.

—¿Cómo es posible que no lo viésemos? —dice mamá—. Menudo boy scout estás hecho.

—Ya no estoy en los boy scouts —le recuerdo.

El señor Moody, nuestro jefe de exploradores, me dijo que desapareciese de su vista, y así lo hice; a los servicios de rescate del parque de Snowdonia les costó dos días encontrar mi refugio. Me sacaron en las noticias y todo. Todo el mundo se enfadó mucho, pero yo solo cumplía órdenes.

Mamá empuja la puerta, pero no se abre.

—¿Cómo se abre la dichosa puerta? Quizá debería llamar.

La puerta atrae mi mano contra ella. Está caliente.

Y se balancea hacia dentro; los goznes aúllan como frenos…

 

… y estamos mirando un jardín; un jardín lleno de zumbidos, aún estival. El jardín tiene rosas, girasoles, salpicaduras de amapolas, racimos de dedaleras y un montón de flores cuyo nombre no me sé. Hay un jardín de rocas, un estanque, abejas libando y mariposas. Es genial.

—No te lo pierdas —dice mamá.

Slade House está ahí arriba, antigua, compacta, austera, gris y medio asfixiada por una hiedra encarnada, y no se parece en nada a las casas de Westwood Road y Cranbury Avenue. Si fuera propiedad del Estado habría que pagar dos libras para entrar, o setenta y cinco peniques si eres menor de dieciséis. Mamá y yo ya hemos cruzado el pequeño portón de hierro negro, que el viento ha cerrado como un mayordomo invisible, y la corriente nos empuja a través del jardín, bordeando la pared.

—Los Grayer deben de tener un jardinero todo el año —dice mamá—, o puede que incluso varios.

Siento que por fin me sube el Valium. Los rojos son más brillantes, los azules más transparentes, los verdes más vaporosos y los blancos transparentes como un pañuelo de dos capas al que le quitan una. Estoy a punto de preguntarle a mamá cómo es que una casa tan grande y su jardín caben en el espacio entre Slade Alley y Cranbury Avenue, pero mi pregunta cae en un pozo sin fondo, y se me olvida que lo he olvidado.

—La señora Bishop e hijo, supongo —dice un chaval invisible.

Mamá da un brinco, un poco como yo con el perrillo, pero a mí el Valium me sirve ahora de absorbe-shocks.

—Aquí arriba —dice la voz.

Mamá y yo levantamos la vista. Sentado en la tapia, como a unos cuatro metros y medio de altura, hay un chaval que parece de mi edad. Tiene pelo rizado, labios carnosos, piel lechosa, vaqueros, zapatillas de deporte sin calcetines y una camiseta blanca. Sin un ápice de tweed y nada de pajarita. Mamá no me dijo que fuese a haber más chavales en la velada musical de lady Grayer. Que haya más chavales implica que hay cosas que aclarar. ¿Quién es más guay? ¿Quién es más duro? ¿Quién es más listo? A los chicos normales les importan esas cosas, y los chavales como Gaz Ingram hasta se pelean por ellas.

—Sí, hola —está diciendo mamá—. Soy la señora Bishop y este es Nathan. Oye, esa tapia está muy alta. ¿No crees que deberías bajar?

—Encantado de conocerte, Nathan —dice el chaval.

—¿Por qué? —le pregunto a las suelas de las zapatillas.

Mamá sisea algo sobre educación y el chaval dice:

—Porque sí. Por cierto, soy Jonah. El comité de bienvenida.

No conozco a ningún Jonah. Es un nombre color granate.

—¿Lady Norah es tu madre, Jonah? —pregunta mamá.

Jonah lo piensa.

—Digamos que sí, lo es.

—Ajá —contesta mamá—, esto… ya. ¿Es…?

—¡Ay, Rita, fantástico, nos has encontrado! —Una mujer sale de una especie de túnel hecho de celosía. El túnel está atiborrado de ramilletes blancos colgantes y de flores púrpuras. La mujer rondará la edad de mamá, pero está delgada y menos envejecida y tiene una forma de vestir parecida a su jardín—. Nada más colgar ayer por la noche, me dio pánico haberte hecho un lío al decirte cómo venir por la puerta de Slade Alley. Tenía que haberte mandado por la puerta principal. Pero me moría de ganas de que tu primera impresión de Slade House fuese la del jardín en pleno esplendor.

—¡Lady Grayer! —El tono de mamá es una imitación de persona pija—. Buenas tardes. No, no, no, sus indicaciones fueron…

—Llámame Norah, Rita, por favor… Todo ese rollo de «lady» es aburridísimo cuando no estoy trabajando. Ya veo que habéis conocido a Jonah: nuestro Spiderman residente.

Lady Grayer tiene el pelo negro de Jonah y unos ojos con visión de rayos X que prefiero esquivar.

—Y este jovencito debe de ser Nathan. —Me estrecha la mano. Tiene una mano regordeta pero la estrecha con fuerza—. Tu madre me lo ha contado todo de ti.

—Encantado de conocerte, Norah —digo, como los adultos de las películas.

—¡Nathan! —dice mamá en voz demasiado alta—. Lady Grayer no quería decir que puedas llamarla por su nombre de pila.

—No es problema —dice Norah Grayer—. De veras, me gusta.

La brillante tarde se balancea un poco.

—Tu vestido va a juego con el jardín —digo.

—Qué halago tan elegante —dice lady Grayer—. Gracias. Y tú también vas muy guapo. Las pajaritas son muy distinguidas.

Recupero la mano.

—¿Tenías un gato color gris luna, Norah?

—¿Si «tenía» un gato? ¿Hace poco, quieres decir, o cuando era pequeña?

—Hoy. Está en el callejón. —Apunto en la dirección correcta—. En la primera esquina. Está muerto.

—Nathan puede ser algo directo a veces. —La voz de mamá suena rara y apresurada—. Norah, si es tuyo el gato, lo siento de…

—No os preocupéis, Slade House lleva unos años sin gato. Llamaré al jardinero para pedirle que le prepare de inmediato un entierro decente a esa pobre criatura. Es muy considerado por tu parte, Nathan. Como por la de tu madre. ¿Has heredado también su talento musical?

—Nathan no ensaya lo suficiente —dice mamá.

—Ensayo una hora al día —replico.

—Pues deberían ser dos —dice mamá con sequedad.

—También tengo deberes que hacer —señalo.

—Bueno, ya se sabe, «el genio son nueve partes de transpiración» —dice Jonah, de pie justo detrás de nosotros, en el suelo; mamá da un respingo, pero yo estoy impresionado.

—¿Cómo has bajado tan rápido? —le pregunto.

Se da un golpecito en la sien.

—Un circuito de teletransporte implantado en el cráneo.

Sé que en realidad ha saltado, pero prefiero esa respuesta. Jonah es más alto que yo, pero es lo que le pasa a la mayoría de los chavales. La semana pasada Gaz Ingram me cambió el apodo oficial de Cerduno Mariposón a Enano Venenoso.

—Un listillo incorregible —suspira Norah Grayer—. A ver, Rita, espero que no te importe, pero Yehudi Menuhin se ha pasado por aquí y le he hablado de tu recital de Debussy. Se muere de ganas de conocerte.

Mamá pone la misma cara que el niño asombrado de Snoopy.

—¿Yehudi Menuhin, el de verdad? ¿Está aquí? ¿Esta tarde?

Lady Grayer asiente como si no fuese para tanto.

—Sí, tenía una actuación en el Royal Festival Hall ayer por la noche, y Slade House se ha convertido en su madriguera londinense, por decirlo así. Entonces no te importa, ¿eh?

—¿Que si me importa? —dice mamá—. ¿Conocer a sir Yehudi? Por supuesto que no me importa, solo que… No me puedo creer que sea verdad.

—Bravissima.

Lady Grayer toma a mamá del brazo y la conduce hacia la gran casa.

—No seas tímida, Yehudi es un sol. Y vosotros, muchachos… —se gira hacia Jonah y hacia mí—, ¿por qué no vais a disfrutar un rato de este sol estupendo? La señora Polanski está haciendo petisús de café, así que id a fabricar un poco de apetito.

—Toma una ciruela, Nathan —dice Jonah, tendiéndome una del ciruelo.

Se sienta en la base de un árbol y yo en el de al lado.

—Gracias. —Su pulpa cálida y como escarcha derretida sabe a mañanas de agosto—. ¿De verdad está Yehudi Menuhin de visita?

Jonah me echa una mirada que no entiendo.

—¿Y por qué diablos iba a mentir Norah?

Nunca he conocido a ningún chaval que llame a su madre por su nombre de pila. Papá diría que es «muy moderno».

—No he dicho que esté mintiendo. Solo que es un virtuoso del violín increíblemente famoso.

Jonah escupe el hueso de la ciruela entre unas margaritas altas y de color rosa.

—Hasta los virtuosos del violín increíblemente famosos necesitan amigos. Bueno, ¿cuántos años tienes, Nathan? ¿Trece?

—En el clavo. —Yo escupo el hueso más lejos—. ¿Y tú?

—También —dice—. Cumplo años en octubre.

—Febrero. —Soy mayor, aunque sea más bajo—. ¿A qué escuela vas?

—La escuela y yo nunca nos hemos visto la cara —dice Jonah—. Por decirlo de algún modo.

No lo entiendo.

—Eres un niño. Tienes que ir. Lo dice la ley.

—La ley y yo tampoco nos hemos entendido nunca. ¿Otra ciruela?

—Gracias. Pero ¿y los servicios sociales?

La expresión de Jonah expresa asombro. La señora Marconi y yo hemos trabajado con el asombro.

—¿Los servicios… qué?

No lo comprendo. Tiene que saberlo.

—¿Me estás tomando el pelo?

—Qué va, ni en sueños. ¿Qué iba a hacer yo con ellos? —Eso es muy ingenioso, pero si yo se lo soltara a Gaz Ingram me crucificaría en los postes de rugby—. En serio, me educan en casa.

—Eso debe de ser una pasada. ¿Quién es tu profe? ¿Tu madre?

—Nuestro mentor —dice Jonah, y me mira.

Sus ojos me hacen daño, así que aparto la mirada. «Mentor» es como una palabra pija para «profe».

—¿Y cómo es?

—Un verdadero genio —responde Jonah, pero sin intentar presumir.

—Me muero de envidia —admito—. Yo odio mi escuela. A muerte.

—Si no encajas en el sistema, te hacen la vida imposible. ¿Tu padre también es pianista, como tu madre?

Me gusta hablar de papá tanto como odio hablar de la escuela.

—No. Papá vive en Salisbury, pero el Salisbury de Rodesia, no del condado de Wilt. Papá es de allí, de Rodesia, y trabaja de instructor en el ejército. Muchos niños sueltan trolas sobre sus padres, pero yo no. Mi padre tiene una puntería que es una pasada. Le puede meter una bala entre ceja y ceja a un hombre a cien metros de distancia. Una vez me dejó verlo.

—¿Te dejó ver cómo le metía una bala entre ceja y ceja a un hombre?

—Era el maniquí de una tienda de armas cerca de Aldershot. Con una peluca de arcoíris y un bigote a lo Hitler.

Las palomas y los palomos zurean en los ciruelos. Nadie sabe nunca con seguridad si las palomas y los palomos son o no el mismo pájaro.

—Debe de ser duro —dice Jonah— que tu padre esté tan lejos.

Me encojo de hombros. Mamá me ha dicho que chitón de lo del divorcio.

—¿Has visitado África alguna vez? —pregunta Jonah.

—No, pero papá me prometió que iría a visitarlo las próximas navidades. Debería haber ido las navidades pasadas, pero de repente papá tenía un montón de soldados que instruir. Cuando aquí es invierno, allí es verano. —Estoy a punto de contarle a Jonah lo del safari al que me va a llevar papá, pero la señora Marconi dice que hablar es como jugar al ping-pong: hay que ir por turnos—. ¿En qué trabaja tu padre?

Me quedo esperando que Jonah me cuente que su padre es almirante o juez o algo así, muy de lord, pero no.

—Mi padre murió. De un disparo. Fue un accidente cazando faisanes. Ocurrió hace mucho, mucho tiempo.

Pues no puede hacer tantísimo, pienso, pero me limito a decir:

—Vale.

Las dedaleras púrpuras se balancean como si hubiese algo allí…

… pero no hay nada, y Jonah dice:

—Cuéntame tu pesadilla recurrente, Nathan.

Estamos sentados junto al estanque, sobre las cálidas losas del suelo. El estanque es un rectángulo largo, con nenúfares y una estatua de bronce de Neptuno en el centro que se ha puesto turquesa y morada. El estanque es más grande que todo nuestro jardín, que en realidad es solo un patio fangoso con una cuerda para la ropa y unos cubos de basura. La cabaña de papá en Rodesia tiene terreno que da a un río con hipopótamos. Pienso en la señora Marconi, diciéndome: «Concéntrate en el tema».

—¿Cómo sabes lo de mi pesadilla?

—Tienes la mirada atormentada —dice Jonah.

Lanzo un guijarro hacia arriba en dirección al agua. Describe un arco matemático.

—¿Tu pesadilla tiene algo que ver con las cicatrices?

De inmediato mi mano tira del pelo hacia abajo, por encima de la zona con vetas blancas y rosadas que hay justo debajo de la oreja derecha, para esconder el daño donde más se ve. La piedra hace plop, pero no se ven las salpicaduras. No voy a pensar en el mastín abalanzándose sobre mí, en sus colmillos arrancándome la piel de la mejilla como si fuera pollo asado, en sus ojos mientras me sacudía como si fuese una muñeca; ni en las semanas de hospital, las inyecciones, los medicamentos, la cirugía, las caras que pone la gente; ni en que el mastín sigue esperándome cuando me quedo dormido.

Una libélula se posa en una espadaña, a unos centímetros de mi nariz. Tiene unas alas como de celofán.

—Tiene unas alas como de celofán —dice Jonah.

—Eso es justo lo que estaba pensando —digo yo.

—¿Pensando qué? —me dice Jonah, así que a lo mejor solo he pensado que lo ha dicho.

El Valium elimina la puntuación al hablar y hace brotar burbujas de pensamiento. Ya me había fijado.

En la casa, mamá está tocando unos arpegios de calentamiento.

La libélula se ha ido.

—¿Tú tienes pesadillas? —pregunto.

—Tengo pesadillas —responde Jonah— con quedarme sin comida.

—Llévate a la cama un paquete de galletas —le digo.

Los dientes de Jonah son perfectos, como los del niño sonriente con cero empastes del anuncio de Colgate.

—No hablo de ese tipo de comida, Nathan.

—¿Qué otros tipos de comida hay? —pregunto.

Una alondra manda mensajes en morse desde una estrella lejana, lejanísima.

—Comida que te da más hambre cuanto más comes —explica Jonah.

Los arbustos tiemblan y se ponen borrosos, como si los estuviesen dibujando.

—No me extraña que no vayas a una escuela normal —digo.

Jonah se enrolla una brizna de césped en el pulgar…

 

… y luego la rompe. El estanque ya no está y nos hallamos bajo un árbol, así que está claro que es otra brizna de césped, cortada más tarde. Ahora el Valium me late en las yemas de los dedos, y el sol del atardecer toca el arpa. Las hojas que han caído al césped cortado tienen forma de minúsculos abanicos.

—Esto es un árbol de ginkgo —dice Jonah—. Lo plantó quienquiera que viviese en Slade House hace medio siglo.

Empiezo a colocar hojas de ginkgo formando una África grande, como de unos treinta centímetros de El Cairo a Johannesburgo. Jonah está tumbado de espaldas; o se ha dormido o solo ha cerrado los ojos. No me ha preguntado ni una sola vez por el fútbol, ni me ha llamado gay porque me guste la música clásica. A lo mejor tener un amigo es así. Debe de haber pasado un rato, porque he terminado mi África. No sé qué hora es exactamente porque el domingo pasado abrí mi reloj para mejorarlo, y cuando volví a montarlo faltaban algunas piezas. Casi como Humpty Dumpty. Mamá se echó a llorar al ver las tripas del reloj y se encerró en su habitación, así que a la hora del té tuve que tomar otra vez cereales. No sé por qué se puso así. El reloj era viejo, viejísimo, lo habían hecho antes de que yo naciese. Quito unas hojas del lago Victoria y las uso para Madagascar.

—Guau —dice Jonah con la cabeza apoyada en el codo.

¿Hay que decir «gracias» cuando alguien dice «guau»? No lo sé, así que no me arriesgo y hago una pregunta:

—¿Se te ha ocurrido alguna vez que a lo mejor eres una especie diferente de humano, compuesta de ADN puro en un laboratorio, como en La isla del doctor Moreau, y luego puesto en libertad para ver si te toman por normal o no?

De una habitación de arriba llega el suave aleteo de un aplauso.

—Mi hermana y yo sí somos una especie diferente —dice Jonah—, pero la parte del experimento sobra. Nos toman por normales o por lo que queramos ser. ¿Quieres que juguemos a zorro y sabuesos?

—Hemos pasado por un pub que se llamaba así, The Fox and Hounds.

—Lleva ahí desde los años treinta. Y huele a años treinta, también, si entras. Mi hermana y yo le pusimos ese nombre a un juego. ¿Quieres jugar? Es una carrera, básicamente.

—No sabía que tenías una hermana.

—No te preocupes, luego la conocerás. Zorro y sabuesos es una carrera. Salimos de esquinas contrarias de la casa. Los dos gritamos «Zorro y sabuesos, ¡un, dos, tres!», y a la voz de «¡Tres!» empezamos a correr en sentido contrario a las agujas del reloj, hasta que uno de los dos coja al otro. El que coja al otro es el sabueso y la presa es el zorro. Es muy fácil. ¿Te apetece?

Si le digo a Jonah que no a lo mejor me llama cobardica o retrasado.

—Vale. Pero ¿el juego no debería llamarse «Zorro y sabueso», ya que solo hay un sabueso?

Por la cara de Jonah pasan dos o tres expresiones que no consigo interpretar.

—De aquí en adelante, Nathan, se llamará «zorro y sabueso».

 

Slade House se alza ante nosotros. La hiedra encarnada es más roja de lo que suele ser la hiedra roja. Las ventanas de la planta baja están demasiado altas para mirar al interior, y de todos modos no hacen más que reflejar el cielo y las nubes.

—Tú te quedas aquí —me dice Jonah en la esquina delantera derecha—. Yo voy por la parte de atrás. Cuando demos la salida, corre en sentido contrario a las agujas del reloj, por ahí.

Jonah sale trotando por el lateral de la casa, que está rodeada de un seto de acebos. Mientras espero, advierto que alguien se mueve en la ventana más cercana a mí. Me acerco y miro hacia arriba. Es una mujer. Otra invitada a la velada de lady Grayer, supongo, o quizá una criada. Lleva uno de esos peinados como de colmena, como las señoras que salen en los discos viejos de papá; tiene la frente arrugada y la boca se le abre y se le cierra lentamente, como un pez. Como si estuviese repitiendo la misma palabra una y otra vez. No oigo lo que dice porque la ventana está cerrada, así que le digo: «No la oigo». Avanzo un paso, pero desaparece y solo queda el reflejo del cielo. Así que retrocedo un paso, y allí está de nuevo. Es como esos dibujos de las cajas de cereales donde parece que la imagen se mueve si la inclinas un poco. La mujer podría estar diciendo «No, no, no», o a lo mejor «Oh, oh, oh». Antes de aclararlo, oigo la voz de Jonah que llega por el seto de acebo, diciendo:

—¿Estás listo, Nathan?

—¡Listo! —grito, y cuando miro de nuevo a la ventana la mujer del peinado de colmena ya no está, y no consigo verla me ponga donde me ponga ni por mucho que incline la cabeza.

Me sitúo en la esquina, en posición de salida.

—¡Zorro y sabueso! —grita Jonah, y yo lo secundo—. Uno, dos…

—¡Tres!

Respondo a gritos y corro a zancadas acebo abajo; mis zapatos hacen slap, slap, slap, y el eco guak, guak, guak. Jonah es más alto que yo y a lo mejor me ganaría en cien metros, pero también puede que acabe siendo el sabueso y no el zorro porque en las distancias largas lo que cuenta es la resistencia, y ya estoy llegando al final del camino lateral, donde esperaba ver Cranbury Avenue, pero solo hay una larga tapia de ladrillos y abetos y una estrecha franja de césped que se convierte en un borrón. Sigo trotando y doy la vuelta en una tubería; recorro otro gélido camino lateral cortado en rodajas iluminadas que atraviesan una valla altísima llena de zarzas que se cuelan entre las tablas, luego salgo de nuevo a la parte delantera, donde me choco contra una budelia de esas que llaman arbusto de mariposas de la que surge un torrente de mariposas, todas naranjas y negras y rojas y blancas, y una se me mete en la boca, así que la escupo y salto sobre el jardín de rocas y casi tropiezo al aterrizar pero no. Sigo corriendo, dejo atrás los escalones que suben a la puerta principal, la ventana de la mujer de la colmena, que ya no está, y luego doblo la esquina y sigo trotando por el camino de acebo lleno de eco, me está dando flato pero no hago caso, y el acebo me roza el reverso de la mano como si me estuviese empujando, y me pregunto si Jonah me lleva la delantera o yo a él pero no mucho porque llego de nuevo a la parte trasera de Slade House, donde los abetos son más densos y grandes y la tapia parece más borrosa, y sigo corriendo, corriendo, corriendo, doblo la esquina donde las zarzas se están ahogando entre la valla, me pinchan las espinillas y el cuello y ahora me da miedo ser el zorro y no el sabueso, y al llegar a la parte delantera el sol ha entrado, o ha salido, o se ha ido, y no hay ni una mariposa en el arbusto de mariposas, solo unas cuantas muertas, aplastadas por el camino, como marcas de pintura en polvo, y una medio muerta que todavía aletea un poco…

Me detengo, porque el fondo del jardín, la tapia del portón negro, está toda descolorida y opaca. No porque esté anocheciendo. No deben de ser ni las cuatro de la tarde. Tampoco porque haya niebla. Levanto la vista: el cielo sigue azul, como antes. Es el jardín. El jardín se está desvaneciendo.

Me doy la vuelta para decirle a Jonah que detenga el juego, que algo va mal, que necesitamos a un adulto. Llegará en cualquier momento, doblará la esquina a toda velocidad. Las zarzas se balancean como tentáculos submarinos. Miro de nuevo el jardín. Había un reloj de sol, pero ya no está, y los ciruelos tampoco. ¿Me estaré quedando ciego? Quiero que papá me diga que todo va bien, que no me estoy quedando ciego, pero papá está en Rodesia, así que quiero a mamá. ¿Dónde está Jonah? ¿Y qué pasa si esto lo está disolviendo a él también? La especie de túnel con celosía ha desaparecido. ¿Qué se hace cuando está uno de visita y el jardín empieza a desvanecerse? El vacío se va acercando como un frente tormentoso. Luego aparece Jonah al final del camino lateral de las zarzas, y me relajo durante un segundo porque él sabrá qué hacer, pero mientras lo miro su contorno corriendo se va haciendo más difuso y se convierte en una oscuridad de gruñidos roncos y ojos oscuros, ojos que me conocen y colmillos listos para terminar lo que ya empezaron y viene corriendo tras de mí a cámara lenta, poniéndome enfermo, grande como un caballo al galope, y gritaría si pudiese pero no puedo, tengo el pecho lleno de pánico derretido, me ahogo, me ahogo, los lobos, invierno, huesos, cartílago, piel, hígado, pulmones, Hambre, Hambre, Hambre, ¡CORRE! Corro hacia las escaleras de Slade House con los pies resbalando en los guijarros, como si estuviese soñando, pero como me caiga me atrapará, solo me queda un momento, subo los escalones a traspiés, agarro el pomo de la puerta, «gira, por favor, gira», pero está atascado, no, no, no, es dorado con arañazos, rígido, estriado, ¿gira?, sí, no, sí, no, tuerce, tira, empuja, tira, tuerce, me caigo hacia delante sobre un felpudo que pica sobre baldosas blancas y negras y suelto un chillido ahogado y estrangulado como si hubiese chillado dentro de una caja de cartón…

—¿Qué pasa, Nathan?

Tengo las rodillas golpeadas apoyadas sobre la alfombra de un vestíbulo, el corazón me late slap, slap, slap, slap, slap, slap, pero se va tranquilizando, se tranquiliza, estoy a salvo, y lady Grayer está de pie con una bandeja en la que lleva una tetera pequeña de hierro de cuya boquilla salen serpentinas de vapor.

—¿No te encuentras bien? ¿Voy a buscar a tu madre?

Me levanto medio mareado.

—Hay algo fuera, Norah.

—No estoy segura de entenderte. ¿Algo de qué tipo?

—Pues un… un… Una especie de… —¿Una especie de qué?—. Perro.

—Ah, será Izzy, el de la casa de al lado. Tiene menos cerebro que un mosquito y encima no hay manera de que no haga sus cosas en el huerto. Es un incordio, pero también es muy buena.

—No, era… uno grande… y el jardín se estaba desvaneciendo.

Lady Norah Grayer esboza una sonrisa, aunque no sé por qué.

—Es genial que los niños usen la imaginación. Los primos de Jonah se ponen delante de la tele con sus trastos de Atari, sus marcianitos que hacen bip bip y por mucho que les digo «¡Es un día precioso! ¡Salid a jugar afuera!» solo contestan: «Sí, sí, tita Norah, si tú lo dices…».

El vestíbulo tiene baldosas blancas y negras, como un tablero de ajedrez. Huele a café, a barniz, a humo de puro y a lirios. Miro por una ventanita en forma de rombo que hay en la puerta y veo el jardín. No está para nada disuelto. Al otro extremo se ve el pequeño portón de hierro negro que da a Slade Alley. Debo de haberme pasado imaginando. Por las escaleras llega el «Chant de l’alouette» de Tchaikovski. Es mamá.

—Nathan, ¿te encuentras bien? —pregunta Norah Grayer.

Una vez busqué el Valium en una enciclopedia médica de la biblioteca y en casos aislados puede provocar alucinaciones y se lo tienes que decir de inmediato al médico. Supongo que soy un caso aislado.

—Sí, gracias —respondo—. Jonah y yo estábamos jugando a zorro y sabueso y creo que me he dejado llevar.

—Estaba segura de que Jonah y tú ibais a entenderos… Y, madre mía, tu madre y Yehudi se han hecho uña y carne. Sube a la velada, son dos tramos de escaleras. Voy a buscar a Jonah y traemos los petisús. Venga, no seas tímido.

 

Me quito los zapatos y los coloco juntos antes de subir el primer tramo de escaleras. Las paredes están revestidas de madera y la alfombra de las escaleras es gruesa como la nieve y beis como el turrón. Arriba hay un pequeño rellano donde un reloj de pie hace crunc, cronc, crunc, cronc… Pero primero paso por el retrato de una niña, más pequeña que yo, cubierta de pecas, con una especie de delantal al estilo victoriano. Es una muerta que parece viva. La barandilla se desliza bajo mis dedos. Mamá toca la última nota de «Chant de l’alouette», y oigo los aplausos. Los aplausos la hacen feliz. Cuando está triste solo ceno galletas saladas y plátano. El siguiente retrato es un hombre con cejas peludas vestido de uniforme militar: el del regimiento de la ciudad de Londres. Lo sé porque papá me compró un libro de los regimientos del ejército británico y me lo aprendí de memoria. Crunc, cronc, crunc, cronc, hace el reloj. El último retrato antes del rellano es de una señora demacrada con sombrero que se parece a la señora Stone, nuestra profesora de religión. Si la señora Marconi me hiciese adivinar, diría que la señora del sombrero querría estar en cualquier lugar menos aquí. Del rellano pequeño sale otro tramo de escaleras a la derecha, que lleva a una puerta blanquecina. El reloj es altísimo. Coloco la oreja contra su pecho de madera y le oigo el corazón: crunc, cronc, crunc, cronc… No tiene manecillas. En su lugar tiene palabras pintadas en su cara de reloj pálida como un hueso y antigua; pone EL TIEMPO ES, por debajo EL TIEMPO ERA y por debajo EL TIEMPO ES. En el segundo tramo de escaleras, el siguiente retrato es de un hombre como de unos veinte años, pelo negro grasiento, mirada de reojo y una expresión como de haber desenvuelto un regalo y no poder adivinar qué es. El penúltimo es el retrato de una señora a la que reconozco. Por el pelo. La señora que he visto en la ventana. También lleva los mismos pendientes largos, pero en lugar de tener los ojos pintados como a rayas luce una sonrisa soñadora. Debe de ser una amiga de los Grayer. Mira qué vena malva tiene en el cuello, está latiendo, y alguien me murmura al oído «Corre lo más rápido que puedas, vete por donde has venido…» y yo contesto «¿Qué?», y la voz se detiene. ¿Ha existido alguna vez? Es del Valium. A lo mejor debería dejar de tomarlos durante un tiempo. Solo faltan unos cuantos pasos hasta la puerta blanquecina, y oigo la voz de mamá al otro lado:

—¡Oh, no, Yehudi, no me hagas acaparar la atención cuando hay tanto talento en la sala!

La respuesta sale demasiado baja como para oírla, pero la gente se ríe. Mamá también. ¿Cuándo fue la última vez que oí a mamá riéndose así?

—Qué amables sois —la oigo decir—. ¿Cómo puedo negarme?

Entonces se pone a tocar «Danseuses de Delphes». Doy dos o tres pasos más y llego a la altura del último retrato.

Que es el mío.

El mío: Nathan Bishop…

Con la mismísima ropa que llevo ahora. La chaqueta de tweed. La pajarita. Solo que en el retrato no tengo ojos. Mi enorme nariz, el grano que tengo en la mejilla desde hace una semana, la cicatriz del mastín debajo de la oreja, pero de ojos, nada. ¿Es una broma? ¿Esto tiene gracia? Nunca lo sé. Mamá debe de haberle mandado a Norah Grayer una foto del cole y fotos de la ropa que me iba a poner, y ella le encargó el cuadro a alguien. ¿Cómo si no? Porque esto no es un mal viaje de Valium, ¿no? ¿O sí? Pestañeo con fuerza ante el retrato, luego le doy una patada al zócalo; no con la fuerza suficiente para romperme el pie, pero sí para hacerme daño. Como no me despierto, comprendo que estoy despierto. El reloj hace crunc, cronc, crunc, cronc, y yo estoy temblando de furia. Distingo la furia cuando la siento. La furia es fácil, es como ser un hervidor de agua. ¿Por qué me gasta mamá una broma el día que me dice que me «comporte normalmente»? Por lo general esperaría a que terminase con Debussy antes de abrir la puerta blanquecina, pero mamá no se merece hoy buenos modales, así que pongo la mano en el pomo.

Me incorporo en la cama. ¿Qué cama? No la cama del diminuto cuarto que tengo en Inglaterra, eso seguro: esta habitación es tres veces más grande, unos rayos de sol atraviesan las cortinas y hay sábanas de Luke Skywalker. Me zumba la cabeza. Tengo la boca seca. Hay un escritorio; una estantería llena de National Geographic; cortinas de cuentas en la puerta; un millón de insectos fuera; un escudo tribal estilo zulú y una lanza decorada con adornos que acerca la respuesta más y más…

La cabaña de papá en Bushveld. Suelto un gruñido de alivio y todo mi enfado del sueño con mamá se evapora, pfff… ¡Es Nochebuena y estoy en Rodesia! Vine ayer, en un vuelo de British Airways, yo solo, mi primera vez en un avión, y pedí pastel de pescado porque no sabía qué era el boeuf bourguignon. Papá y Joy vinieron a buscarme al aeropuerto en su jeep. Camino a casa vimos cebras y jirafas. Nada de retratos que dan miedo, nada de Slade House, nada de mastín. La señora Todds, mi profe de lengua, te suspende automáticamente si terminas una historia con «me desperté y era un sueño». Dice que viola el acuerdo entre lector y escritor, que eso es escaquearse, es como lo del pastor mentiroso. Pero todas las mañanas nos despertamos realmente y realmente todo ha sido un sueño. Aunque es una pena que Jonah no sea real. Levanto la cortina que hay junto a mi cama y veo laderas cubiertas de bosques y prados hasta el infinito. Justo debajo está el río marrón donde hay hipopótamos. Papá me mandó una Polaroid de esta misma vista. La tengo en la pared de casa, en Inglaterra, junto a la almohada, pero aquí está la vista real. Pájaros africanos, mañana africana, trinos africanos. Huelo a beicon y me levanto. Llevo el pijama de los almacenes por catálogo Kays. Siento el suelo de pino lleno de nudos, calentito y hueco bajo las plantas de los pies, y las cortinas de cuentas son como un montón de dedos que me recorren la cara…

 

Papá está en la mesa leyendo el Rhodesian Reporter, vestido con sus bermudas caqui. «Se ha despertado el Kraken». Papá siempre dice eso por las mañanas. Es el título de un libro de John Wyndham que trata de un monstruo que derrite los casquetes polares e inunda el mundo.

Me siento.

—Buenos días, papá.

Papá dobla el periódico.

—¡Vaya! Yo quería despertarte para que vieras tu primer amanecer africano, pero Joy empezó: «No, déjalo dormir al pobre, ayer se pasó doce horas seguidas volando». Así que lo haremos mañana. ¿Tienes hambre?

Yo asiento, supongo que tengo, y papá inclina la cabeza hacia el pasaplatos de la cocina:

—¿Joy? ¿Violet? ¡Aquí hay un joven que necesita manduca!

Se abre el pasaplatos y aparece Joy.

—¡Nathan!

Sabía lo de Joy, a quien mamá llama «la amiguita de papá», pero aun así me quedé un poco pasmado al ver a papá haciendo manitas con otra mujer. Van a tener un bebé en junio, así que deben de haber tenido relaciones sexuales. El bebé será mi hermanastro o hermanastra, pero todavía no tiene nombre. Me pregunto qué hará todo el día.

—¿Has dormido bien? —dice Joy.

Joy tiene acento de Rodesia, como papá.

—Sí. Pero he tenido unos sueños tremendos.

—Yo siempre tengo unos sueños tremendos después de un vuelo de larga distancia. ¿Zumo y bocata de beicon, Nathan?

Me gusta cómo dice Joy «bocata». A mamá le parecería un horror.

—Sí, por favor.

—Y le hará falta un café también —dice papá.

—Mamá dice que soy demasiado pequeño para bebidas con cafeína —digo.

—Chorradas —dice papá—. El café es el elixir de la vida, y el café de Rodesia el más puro del mundo. Vas a tomar un poco.

—Zumo, bocata de beicon y un café, oído cocina —dice Joy—. Ahora mismo se lo digo a Violet.

El pasaplatos se cierra. Violet es la criada. Mamá siempre le gritaba a papá: «Que no soy tu puñetera criada, Frank, ¿sabes?». Papá se enciende la pipa, y el olor del tabaco me trae recuerdos de cuando él y mamá estaban casados.

—Cuéntame ese sueño tuyo, amigo —me dice por la comisura de la boca.

La cabeza de gacela me distrae; también los mosquetes del abuelo de la guerra de los Boers, y el ventilador de techo.

—Mamá me llevaba a ver a una señora que era lady, de las de los lores. La casa no estaba, así que le preguntábamos a una especie de limpiador de ventanas pero él tampoco sabía… y luego la encontrábamos, era una casa grande como las que salen en las series de la tele. Había un chaval que se llamaba Jonah pero se convertía en un perro muy grande. Yehudi Menuhin también estaba allí, tocando música con mamá arriba…

Papá ahoga una risa.

—Y luego yo veía un retrato mío, pero me faltaban los ojos, y… —Veo un pequeño portón negro de hierro en la esquina—. Esa puerta también estaba allí.

Papá mira a su alrededor.

—Eso es lo que pasa en los sueños. Se mezcla la realidad con las bobadas. Ayer por la noche estuviste preguntándome por la puerta de la armería antes de irte al sobre. ¿No te acuerdas?

Así debe de ser, si papá lo dice.

—Parecía muy real cuando estaba dentro.

—Claro que parecía real, pero ya ves que no lo era. ¿No?

Miro los ojos marrones de papá, las arrugas, la piel bronceada, las franjas grisáceas en el pelo color arena, la nariz como la mía. Un reloj hace crunc, cronc, crunc, cronc, y fuera, no muy lejos, se oye un bramido. Miro a papá con la esperanza de que sea lo que creo que es.

—Pues sí, amiguito: ayer por la tarde había una manada de elefantes vagando por el río. Luego vamos a verlos, pero primero llena ese estómago.

—Aquí está —dice Joy, colocando una bandeja ante mí—. Tu primer desayuno africano.

El bocadillo de beicon tiene una pinta increíble: hay tres capas de beicon y el kétchup se sale por los lados.

—Este bocadillo ha salido del cielo —digo.

Alguien decía esa frase en una serie que veía y se reía un montón de gente.

—Mira qué zalamero —dice Joy—. A quién habrá salido…

Papá rodea la cintura de Joy con el brazo.

—Prueba el café primero. Te dejará como nuevo.

Levanto la taza y miro. Dentro está más negro que el petróleo, que los agujeros del espacio, que las Biblias.

—Violet acaba de moler los granos —dice Joy.

—Un café salido del cielo —dice papá—. Hala, bebe, amiguito.

Una parte tonta de mí dice «No, no, no lo hagas».

—Tu madre no lo sabrá —dice papá—. Será nuestro secreto.

La taza es tan ancha que me cubre la nariz como una máscara antigás.

La taza es tan ancha que me cubre los ojos y toda la cabeza.

Luego lo que sea que hay dentro empieza a tragarme a sorbos.

 

Ha pasado tiempo, pero no sé cuánto. Una rendija de luz abre su ojo y se convierte en una llamarada. En una estrella gélida y brillante de color blanco. Una vela colocada en un candelero, sobre las tablas del suelo, llenas de arañazos. El candelero es de plata mate o de peltre o de plomo y tiene unos símbolos pintados, o quizá sean letras de una lengua muerta. La llama no se mueve, como si el tiempo estuviese desenrollado y envasado. En la penumbra hay tres caras suspendidas. Lady Grayer a la izquierda, pero ahora es más joven, más joven que mamá. A mi derecha está Jonah Grayer, pero es mayor que el Jonah del jardín. Son gemelos, me parece. Llevan unas túnicas grises con capuchas a medio bajar; él tiene el pelo corto y ella largo, y es dorado, no negro como antes; y están de rodillas, como si estuviesen rezando, o meditando. Están inmóviles como estatuas de cera. Si respiran, yo no lo veo. La tercera cara es la de Nathan Bishop, enfrente. Me veo reflejado en un espejo, un rectángulo alto de pie en el suelo. Aún llevo la chaqueta de tweed de Oxfam y la pajarita. Cuando intento moverme no puedo. Ni un músculo. No puedo girar la cabeza, ni levantar la mano, ni hablar, ni pestañear siquiera. Como si estuviese paralizado. Da muchísimo miedo, pero ni siquiera puedo hacer mmmfff como hace la gente cuando se asusta y lleva mordaza. Estoy bastante seguro de que esto no puede ser ni el cielo ni el infierno, pero lo que está claro es que no es Rodesia. La cabaña de papá ha sido una especie de visión. Rezaría para que solo fuese el Valium el que me hace ver estas cosas, pero no creo en Dios. Estoy en una buhardilla, a juzgar por la pendiente del techo y las vigas. ¿Los Grayer también son prisioneros, como yo? Parecen los cuclillos de Midwich. ¿Qué ha sido de Yehudi Menuhin, y de los invitados, y de la velada? ¿Dónde está mi madre?

 

La llama vuelve a la vida, y los símbolos del candelero cambian y no dejan de cambiar, como si estuviese pensando muy rápido y los símbolos fuesen sus pensamientos. Jonah Grayer levanta la cabeza. Su ropa cruje.

—Tu madre se disculpa —dice tocándose la cara como si estuviese probando si aún le queda bien—. Ha tenido que irse.

Intento preguntar por qué y dónde, pero nada de lo que necesito para hablar funciona (mandíbula, lengua, labios). ¿Por qué se iba a ir mi madre sin mí? El yo del espejo me devuelve la mirada. Ninguno de nosotros puede moverse. Norah Grayer flexiona los dedos como si acabase de despertarse. ¿Me habrán inyectado algo?

—Cada vez que vuelvo a mi cuerpo —dice ella— me siento menos bienvenida y más como si entrase en un armazón ajeno. Más debilitada. ¿Sabes que me quiero librar de él?

—Ten cuidado con lo que deseas —dice Jonah—. Si le pasase algo a tu cuerpo natal, el alma se te disolvería como un terrón de azúcar y…

—Sé perfectamente lo que ocurriría. —La voz de Norah Grayer es ahora más fría y gutural—. La peluquera nos ha hecho una visita sin que nadie la invitase, según he visto.

—¿De qué peluquera estás hablando? —pregunta Jonah.

—De nuestra última invitada. Tu «cariñito». Se ha aparecido en una ventana. Y luego en las escaleras, junto a su retrato; ha intentado advertir de algún modo al muchacho.

—Querrás decir que su impresión apareció en la ventana. Esas cosas pasan. La chica ya no está; está más desvanecida que un anillo de humo lanzado durante una tormenta en el peñón Rockall. Es inofensiva.

Una polilla marrón revolotea alrededor de la llama de la vela.

—Se están volviendo más atrevidos —dice Norah Grayer—. Va a llegar un día en que una «impresión inofensiva» nos estropee un Día de Visita.

—Si, y digo si, nos estropearan alguna vez nuestro Teatro Mental y se escapase un huésped, no tendríamos más que llamar a nuestros amigos, los de Blackwater, para que lo trajesen de vuelta. Para eso les pagamos. Mira qué bien.

—Infravaloras a la gente normal, Jonah. Siempre lo has hecho.

—¿Tanto te cuesta, Hermanita, decir una vez, una sola vez: «Un trabajo fantástico, una plegaria soberbia, nos has agenciado un alma jugosa y tierna para pagar las facturas de energía de los próximos nueve años, bon appetit!?».

—Tu sucedáneo de cabaña africana no podía haber sido más batiburrillo de tópicos, Hermano, ni aunque hubiese entrado Tarzán columpiándose en una liana.

—No tenía que ser real; solo tenía que ir acorde con el Bushveld que el huésped se imaginaba. De todos modos, el muchacho es un anormal. Ni siquiera se ha dado cuenta de que le han dejado de funcionar los pulmones.

Ahora Jonah me mira como hace Gaz Ingram.

Es verdad. No respiro. Mi cuerpo, desconectado, no ha dado señal de alarma. No quiero morir. ¡No quiero morir!

—Ay, deja de lloriquear, por Dios —refunfuña Jonah—. No soporto a los lloricas. Tu padre se avergonzaría de ti. Yo, a tu edad, nunca lloriqueaba.

—¿Que nunca lloriqueabas? —resopla Norah—. Cuando murió mamá…

—Dejemos los recuerdos para más tarde, Hermanita. La cena está servida. Está caliente, confusa, asustada, llena de banjax y lista para que la cortemos en filetes.

Los gemelos Grayer dibujan letras en el aire con las manos. El aire se coagula lentamente sobre la vela, un poco por encima. El coágulo se convierte en algo. Algo carnoso, grumoso, del tamaño de un puño, que bombea rojo sangre, rojo vino, rojo sangre, rojo vino, cada vez más brillante y más rápido, del tamaño de una cabeza humana, casi más como un corazón del tamaño de un balón de fútbol, ahí suspendido. Le salen unas venas, como tentáculos de medusa, que se retuercen como hiedra en el aire. Vienen a por mí. No puedo girar la cabeza, ni siquiera cerrar los ojos. Algunas de las venas esas se me meten en la boca, otras en las orejas, dos en las fosas nasales. Cuando veo mi reflejo, me dan ganas de gritar, pero no puedo. Después un punto de dolor se me abre en la frente.

En el espejo veo que hay un punto negro. Algo…

… brota de allí, y se queda flotando a unos centímetros de mis ojos, mira: una nube clara de estrellas, tan pequeña que cabe en dos manos ahuecadas. Mi alma.

Mira.

¡Mira!

Bonita como… como…

¡Qué bonita!

Los gemelos Grayer se inclinan con los rostros resplandecientes como si fuese Navidad, y sé de qué tienen hambre. Pegan los labios a ella y chupan. La nubecita redonda se estira como masa formando dos nubes redondas más pequeñas… y se divide. Media alma va a la boca de Jonah, y la otra media a la de Norah. Cierran los ojos como hizo mamá la vez que vimos a Vladimir Ashkenazy en el Royal Albert Hall. Una delicia. Una verdadera delicia. Grito dentro de mi cráneo y el grito resuena y resuena y resuena, pero nada dura para siempre… La cosa esa que latía como un corazón ha desaparecido, y los gemelos Grayer están otra vez de rodillas donde se hallaban antes. El tiempo se ha ralentizado hasta el cero. La llama ha dejado de titilar. La polilla marrón está congelada a unos centímetros de ella. Como una estrella gélida y brillante de color blanco. El Nathan que había en el espejo ha desaparecido, y si él ha desaparecido, entonces yo…