La casa del callejón
Caballero andante
1988
«Buenas noches, aquí están los titulares del boletín de las seis del sábado 22 de octubre. En una rueda de prensa celebrada hoy en la residencia del primer ministro, el ministro de Interior, Douglas Hurd, ha rechazado las críticas que ha recibido el gobierno por la prohibición de emitir entrevistas con miembros del Partido Republicano Irlandés, el Sinn Féin. El señor Hurd ha declarado…». Apagué la radio, salí del coche y miré el pub The Fox and Hounds. Me asaltó el recuerdo de Julie y yo entrando aquí una vez para tomar una copa. Estábamos buscando casa, y habíamos visto un sitio en Cranbury Avenue, una calle más arriba. La descripción del agente inmobiliario había sonado bien, pero el lugar había resultado ser un puto agujero: húmedo, lúgubre, con un jardín tan pequeño que allí no se podría ni enterrar un cadáver… Un sitio tan deprimente que necesitamos un tentempié líquido para enfrentarnos a la vuelta a casa en coche. Cinco años hacía ya de eso. Cinco años, una boda, una aburrida luna de miel en Venecia, cuatro navidades con los tarados de la familia de Julie, compuesta de progres y verdes, mil quinientos boles de copos de cereales, doscientas cincuenta botellas de vino, treinta cortes de pelo, tres tostadoras, tres gatos, dos ascensos, un Vauxhall Astra, unas cuantas cajas de Durex, dos visitas de emergencia al dentista, decenas de peleas de diferente alcance y una exagerada demanda por agresión más tarde, Julie sigue viviendo en nuestra casa de campo con vistas al bosque y a los caballos y yo estoy en un piso detrás de un garaje de varias plantas. El señor Justicia Jones dijo que tenía suerte de que no me echaran a patadas del cuerpo. Gracias a Dios que Julie y yo nunca tuvimos hijos, si no me estaría dando por culo con la pensión alimenticia además de tener que compensarla por su «desfiguración». Zorra avariciosa. Cinco años. Un puto abrir y cerrar de ojos.
Tomé Westwood Road, ojo avizor. Le pregunté a una mujer con minifalda y un abrigo de piel más falso que Judas (prostituta, me juego diez libras) si había oído hablar de Slade Alley, pero sacudió la cabeza y siguió su camino sin detenerse. Pasó un tío haciendo footing, puro borrón de naranja y negro, pero los que hacen footing son gilipollas. También pasaron tres niños asiáticos en monopatín, pero ya estaba harto de comecurris aquel día, así que no les pregunté. La brigada multiculti siempre protesta por el racismo del cuerpo, pero ya me gustaría verlos a ellos poniendo orden en una ciudad llena de todoelmundinos que solo saben dos palabras de inglés, «policía» y «acoso», y cuyas presuntas esposas van por ahí envueltas en tiendas de campaña negras. El orden público es algo más que tomarse de las manos para cantar «Ebony and Ivory».
Se encendieron las farolas y parecía que iba a llover: el tipo de tiempo que a Julie le provocaba sus misteriosos dolores de cabeza. Estaba cansado tras un día largo y estresante, a punto de mandarlo todo a la mierda, y si nuestro superior hubiese sido otro y no Trevor Doolan le habría dado por culo a todo, me habría ido a casa a por los restos del tandoori que había pedido el día anterior, a echarme unas risas con las Sharon y los Wayne del programa ese de citas a ciegas y luego a mirar si Gonzo y algunos de los compañeros tenían ganas de una pinta. Pero, por desgracia, Trevor Doolan sí que es nuestro superior, y además un puto detector de mentiras andante, y para el lunes iba a estar haciéndome alguna pregunta-marrón que yo solo podría responder si había seguido de veras la «pista» del famoso Fred Pink. En plan «Descríbeme el callejón ese, venga, Edmonds», o algo por el estilo. Entre la evaluación de noviembre y el informe sobre el caso Malik, que hay que presentar dentro de dos semanas, tengo que mantener la lengua bien pegada al culo de Doolan. Así que bajé Westwood Road, mirando a la derecha, mirando a la izquierda, buscando Slade Alley por arriba y por abajo. ¿No lo habrían cegado desde el día de Fred Pink, para darle el terreno a los propietarios? Porque a veces el Ayuntamiento hace eso, con nuestra bendición: los callejones siempre son un foco de problemas. Llegué al final de la calle, donde la A2 pasa deslizándose junto al parque, y tiré el cigarrillo por la alcantarilla. Un tío con la nariz rota iba al volante de una ambulancia del Hospital Saint John y casi le pregunto si conocía Slade Alley, pero luego pensé «Que le den», y me volví al coche. Igual una cervecita rápida en The Fox and Hounds, pensé. Para ahuyentar el fantasma de Julie.
Como a medio camino de Westwood Road me di de bruces con el altercado entre un guardia de tráfico de un metro y medio escaso y dos armarios roperos vestidos con chaquetas de color amarillo fluorescente que le sacaban por lo menos otro medio metro y me daban la espalda. Albañiles, como si lo viera. Ninguno de los tres se dio cuenta de que yo pasaba por detrás.
—Pues entonces tu libretita está equivocada. —El Albañil Uno le daba golpecitos al guardia en el nudo de la corbata—. No llegamos hasta después de las cuatro, ¿te enteras?
—Yo estaba aquí —dijo resollando el guardia, que era clavadito a Lech Wałęsa, el político polaco, pero con un bigote que colgaba todavía más—. Mi reloj…
—Tu relojito dice tonterías —interrumpió el Albañil Dos.
El guardia de tráfico se estaba poniendo rojo.
—Mi reloj va bien.
—Espero que se te dé bien actuar en el juzgado —dijo el Albañil Uno—, porque si hay algo que los jurados odien más que a los guardias de tráfico es a los guardias de tráfico privatizados bajitos, tipo Napoleón.
—¡Mi estatura no tiene nada que ver con aparcar ilegalmente, coño!
—¡Ay lo que ha dicho! —dijo el Albañil Dos—. Eso es violencia verbal. Y no me ha llamado «señor» ni una sola vez. Eres una desgracia para tu corbata de clip.
El guardia garabateó algo en su libreta, arrancó la página y la colocó bajo el limpiaparabrisas de la sucia camioneta blanca junto a la que se encontraban.
—Tienen catorce días para pagar; de lo contrario, se les demandará.
El Albañil Uno cogió la multa del limpiaparabrisas, se la frotó contra el culo y la arrugó.
—Muy duro —dijo Lech Wałęsa—, pero tiene que pagarla igual.
—¿De verdad? Porque los dos hemos oído cómo nos pedía un soborno. ¿A que sí?
El Albañil Dos se cruzó de brazos.
—Nos pidió cincuenta pavos. No daba crédito a lo que oía. ¿Tú te lo podías creer?
La mandíbula del guardia se agitó arriba y abajo.
—¡No es verdad!
—Dos contra uno. A ver quién te cree, mariquita. Piensa en tu pensión. Sé listo, date la vuelta y vete…
—Pues lo que yo acabo de oír era conspiración para levantar falso testimonio — dije yo, y los dos albañiles se dieron la vuelta—, y para entorpecer la justicia.
El mayor de los dos tenía la nariz rota y la cabeza rapada. El más joven era un pelo zanahoria con pecas y dos ojos como pasas, demasiado juntos. Escupió un chicle en el asfalto que nos separaba.
—Más contaminación con residuos sólidos.
El Nariz Rota dio un paso y bajó la vista.
—¿Y tú quién eres?
Bueno, no me gusta presumir, pero me estrené en las revueltas de Brixton y gané una condecoración por valentía en la batalla de Orgreave. Hace falta algo más que un yesero peludo para acojonarme.
—Inspector Gordon Edmonds, del Departamento de Investigación Criminal, policía del valle del Támesis. —Saco mi placa—. Os sugiero una cosa. Recogéis la multa… y el chicle, os metéis en la mierda esa de camioneta y pagáis la multa el lunes. Y así no os encontráis con una inspección fiscal el martes. ¿A qué viene esa cara? ¿No le gusta mi puto lenguaje? ¿Eh, señor?
El guardia de tráfico y yo los miramos alejarse en la camioneta. Me encendí un cigarrillo y le ofrecí uno a Lech Wałęsa, pero sacudió la cabeza.
—No, gracias de todos modos. Mi mujer me mataría. Por lo que se ve, lo he dejado.
Un calzonazos: qué sorpresa.
—Un trabajo desagradecido, ¿eh?
Aparta la libreta.
—¿El suyo, el mío o estar casado?
—El nuestro. —Me refería al suyo—. Servir al Gran Público Británico.
Se encogió de hombros.
—Al menos usted puede soltar alguna patada de vez en cuando.
—Moi? Yo soy el del póster de la policía comunitaria.
Un doble de Bob Marley vino directo hacia nosotros. El guardia de tráfico se hizo a un lado, pero yo no. Al Rastafari del Año le faltó un provocativo centímetro para tocarme. El guardia de tráfico miró el reloj.
—¿Y usted, inspector? ¿Solo pasaba por aquí?
—Sí y no —le dije—. Estoy buscando un callejón llamado Slade pero ni siquiera estoy seguro de que exista. ¿Lo conoce?
Lech Wałęsa me echó una mirada que empezó llena de estupor; luego sonrió, se hizo a un lado y esbozó un gesto como de mago de barrio para descubrir un estrecho pasaje embutido entre dos casas. A unos veinte metros de distancia giraba a la izquierda, bajo la débil luz de una farola suspendida en lo alto.
—¿Es este? —pregunté.
—Sip. Mire, ahí está el letrero.
Señaló a un lado de la casa de la derecha, donde, estaba claro, un viejo letrero mugriento rezaba SLADE ALLEY.
—Hay que joderse —dije—. Debo de haber pasado justo al lado.
—Bueno, ya sabe. Una buena acción se merece otra. Ande, márchese: el mal nunca duerme y todo ese rollo. Hasta pronto, oficial.
Dentro del pasaje el aire era más frío que fuera, en la calle. Caminé hasta la primera esquina, donde el pasaje giraba hacia la izquierda, y corrí unos cincuenta pasos antes de girar a la derecha. Desde arriba, Slade Alley parecería una esvástica. Había muros sin ventanas bordeando toda su longitud. El paraíso de un atracador, vamos. Caminé por el segmento central, aunque solo fuese para poder mirar a los ojos saltones del jefe Doolan y decirle que había inspeccionado paso a paso Slade Alley, señor, y que no había encontrado una mierda, señor. Por eso di con el pequeño portón de hierro negro, como a medio camino del segmento central, a la derecha. Era invisible hasta que estabas encima. Solo me llegaba hasta la garganta y tenía como unos sesenta centímetros de anchura. A ver, como la mayoría de la gente, uno es muchas cosas: forofo del West Ham, natural de la isla de Sheppey, recién divorciado, poseedor de una tarjeta de crédito con deudas que superan las dos mil libras y que no hacen más que aumentar… pero también soy poli, y cuanto que poli no puedo ver que una puerta da a la vía pública sin comprobar si está cerrada. Especialmente si está oscureciendo. La puerta no tenía pomo, pero cuando la palma presionó el metal, ¡qué cosa! Se abrió de par en par ella solita. Así que me incliné un poco para mirar al otro lado…
… y allí donde yo me esperaba un jardincillo de mierda, di con un largo jardín escalonado, con peldaños y árboles, que llevaban hasta una casa grande. Es verdad que el jardín estaba un poco descuidado, lleno de malas hierbas, zarzas y esas cosas, y el estanque y los arbustos habían conocido días mejores, pero aun así era bastante impresionante. Todavía había rosas floreciendo, y la alta tapia que rodeaba el jardín debía de proteger los árboles, porque aún tenían la mayor parte de sus hojas. Y la casa, por Dios… Aquello sí que era una mansión de verdad. Era más grandiosa que las casas que la rodeaban y estaba cubierta de hiedra roja. Ventanas altas, unos escalones que subían hasta la puerta principal, el paquete completo. Las cortinas estaban corridas, pero era como si la casa desprendiese un resplandor de crema de vainilla a la última luz del anochecer. Precioso. Debía de valer un pastón, especialmente tal y como estaba el mercado inmobiliario últimamente, por las nubes. Entonces ¿por qué, por qué, pero por qué se habían dejado los dueños la puerta del jardín abierta para que cualquier hijo de vecino se diese un garbeo por allí y lo dejase todo destrozado? Debían de estar locos. Ni siquiera tenían alarma antirrobos, por lo que parecía. Aquello me cabreó de verdad, porque, a ver, ¿a quién le toca recoger los pedacitos cuando asaltan las casas de los ricos? A los chavales de azul. Así pues, me vi a mí mismo recorriendo el camino empedrado para soltarle al dueño una charlita sobre seguridad en el hogar.
Tenía la mano en el llamador cuando una vocecita suave dijo:
—¿Puedo ayudarle?
Al darme la vuelta me encontré a una mujer al pie de las escaleras. Tenía más o menos mi edad, era rubia, con bultos bien colocados en su sitio bajo una camisa ancha de abuelo y unos pantalones de jardinero. Menudo bombón, incluso con esas botas de agua.
—Inspector Edmonds, de la policía del valle del Támesis. —Bajé las escaleras—. Buenas tardes. ¿Es usted la dueña de esta propiedad, señora?
—Sí, soy… Soy Chloe Chetwynd. —Me tendió la mano como lo hacen algunas mujeres, con los dedos juntos y los nudillos hacia arriba, por lo que es difícil estrecharla como es debido. Me fijé en su anillo de casada—. ¿En qué puedo ayudarlo, inspector…? Ay, vaya, perdóneme, su nombre… Se me ha ido…
—Edmonds, señora Chetwynd. Inspector Edmonds.
—Por supuesto, yo… —La mano de Chloe Chetwynd revoloteó junto a su cabeza. Luego hizo la pregunta típica—: ¿Ha ocurrido algo?
—Todavía no, señora Chetwynd, no; pero si no pone un cerrojo en el portón, acabará por ocurrir. Podría haber entrado cualquiera. Piénselo.
—¡Ay, madre mía, el portón! —Chloe Chetwynd se apartó de la cara un mechón de pelo dorado y lustroso—. Tenía una especie de… enganche de alambre, pero se oxidó, y yo debía haber hecho algo, pero mi marido murió en junio, y claro, ha estado todo un poco… liado.
Eso explica muchas cosas.
—Ya, comprendo; siento su pérdida, pero piense que un ladrón le dejaría una vida cien veces más liada. ¿Quién más vive aquí con usted, señora Chetwynd?
—Solo yo, inspector. Mi hermana se quedó unos quince días después de la muerte de Stuart, pero su familia está en King’s Lynn. Y la asistenta viene dos veces por semana, pero ya está. Yo, los ratones y las cosas que dan golpes por la noche.
Esbozó una sonrisita nerviosa que en realidad no era una sonrisa.
Unas flores altas color púrpura se balancearon.
—¿Tiene perro?
—No. Los perros me resultan… ¿serviles?
—Serviles o no, son mucho más seguros que «un enganche de metal». Yo instalaría una cerradura con tres bulones, uno arriba, otro en medio y otro abajo, con marco de acero. A la gente se le olvida que una puerta resiste lo que resiste su marco. Le saldrá cara, pero menos que un robo.
—¿Una «cerradura con tres balones»?
Chloe Chetwynd se mordió el labio.
Ay, Dios, los ricos son unos inútiles.
—Mire, nosotros en la comisaría tenemos a un contratista. Es de Newcastle-upon-Tyne, así que pillará usted una de cada cinco palabras, pero me debe un favor. Lo más posible es que se pase mañana mismo si le doy un toque esta noche. ¿Quiere que lo llame?
Chloe Chetwynd soltó un gran suspiro teatral.
—Ay, ¿de veras lo haría? Le estaría muy agradecida. Es que el bricolaje nunca ha sido mi fuerte.
Antes de que pudiese responder, se oyeron pasos de alguien que llegaba trotando por el lateral de la casa. Dos niños a punto de aparecer, corriendo a toda pastilla; hasta bajé al último escalón para dejarlos pasar…
… pero los pasos se desvanecieron. Debían de ser niños de la casa de al lado, alguna ilusión acústica. Sin embargo, Chloe Chetwynd me estaba echando una mirada extraña.
—¿Los ha oído?
—Pues claro. Los hijos del vecino, ¿no?
No parecía muy convencida, y durante un momento todo pareció bastante absurdo. Tal vez la pena la había convertido en un manojo de nervios. Y heredar una gran tumba para vivir tampoco debía de haber ayudado. Lamenté no haberla tratado con más suavidad al principio, y le di mi tarjeta.
—Mire, señora Chetwynd, este es mi teléfono, por si acaso…
Le dio la vuelta a la tarjeta y luego la deslizó en sus pantalones de jardinero. Contra el muslo.
—Es todo un detalle. Ya… ya me siento más segura.
La hiedra roja se estremeció.
—La pena es una hija de puta, de veras… Perdone mi vocabulario… Lo pone todo cuesta arriba.
No era capaz de decidir de qué color eran los ojos de Chloe Chetwynd. Azules. Grises. Solitarios como los que más.
—¿A quién ha perdido usted, inspector? —preguntó la mujer.
—A mi madre. Leucemia. Hace mucho tiempo.
—Eso de «hace mucho tiempo» no existe.
Me sentí inspeccionado.
—¿Su marido murió en un accidente?
—Cáncer de páncreas. Stuart vivió más de lo que predijeron los médicos, pero… al final, ya sabe… —La luz del anochecer iluminó una tiernísima pelusa en su labio superior. Tragó saliva con fuerza y se miró la muñeca como si llevase reloj, aunque no era así—. Madre mía, mire qué hora es. Ya lo he entretenido bastante, inspector. ¿Me permite que lo acompañe al portón de marras?
Pasamos bajo un árbol que había perdido un montón de hojitas en forma de abanico. Arranqué del césped una mala hierba que me llegaba a la cintura.
—Ay, Dios mío —suspiró la señora Chetwynd—. He dejado que este pobre jardín se eche a perder, ¿verdad?
—Todo se arregla con un poco de sudor.
—Pues me temo que voy a necesitar cantidades industriales para domar esta jungla.
—Me sorprende que no tenga usted jardinero —dije.
—Sí que teníamos, un polaco, pero cuando Stuart murió se marchó para buscar otras oportunidades profesionales. Con un cortacésped nuevecito.
—¿Y no dio parte del robo? —pregunté.
Se miró las uñas.
—No me sentía capaz de bregar con eso. Había que estar pendiente de tantas otras cosas… Es patético por mi parte, lo sé, pero…
—Solo siento no haberlo sabido. Para echar una mano.
—Es un detalle por su parte.
Pasamos por debajo de una especie de celosía de la que colgaban flores púrpuras y blancas.
—Si no es una indiscreción —pregunta—, ¿estaba usted en Slade House por motivos de trabajo cuando dio con la puerta? ¿O solo pasaba usted por ahí?
Desde que planté el pie en el jardín me había olvidado del famoso Fred Pink.
—Por motivos de trabajo, sí.
—Vaya. Espero que no fuese nada demasiado desagradable.
—Demasiado inútil, me temo, a no ser que dé la casualidad de que los nombres de Norah Grayer o de Rita y Nathan Bishop le digan algo.
—Norah Grayer… No. Qué nombre tan raro. ¿Los Bishop son la pareja esa que presenta el programa matinal de la ITV? —preguntó frunciendo el ceño.
—No —respondí—. No se preocupe. Es una especie de saga.
Habíamos llegado al final del camino empedrado, pero en vez de acompañarme a la salida Chloe Chetwynd se sentó en un murete, junto a un reloj de sol.
—Pues resulta que mi frenética agenda social está vacía esta tarde —dijo con algo de picardía—, si es que tiene ganas de contarme la saga, inspector.
¿Para qué volver corriendo a mi casucha? Saqué el tabaco de la cazadora de cuero.
—¿Puedo? ¿Quiere?
—Sí, puede; y sí, quiero. Gracias.
Así que me senté junto a ella en el murete y encendí un cigarrillo para ella y otro para mí.
—Vale, primera parte. Rita y Nathan Bishop eran madre e hijo, vivían cerca de la comisaría y desaparecieron en 1979. Entonces se llevó a cabo una investigación, pero cuando el oficial que la hacía se enteró de que Rita Bishop estaba endeudada hasta las cejas y tenía familia en Vancouver, dio por sentado que se había fugado, y el caso murió por falta de interés. —Una ligera brisa me echó el humo de su cigarrillo a la cara, pero no me importó—. Vamos a la segunda parte. Hace seis semanas, un hombre llamado Fred Pink se despertó en el ala de comatosos del hospital Royal Berkshire.
—A él sí lo conozco —dijo Chloe Chetwynd—. Salió en el Mail on Sunday: «El limpiaventanas que regresó de la muerte».
—El mismo que viste y calza.
Eché la ceniza sobre el murete, en el mismo lugar donde antes había visto a unas hormigas dando vueltas.
—Cuando Fred Pink no estaba disfrutando de sus quince minutos de gloria, estaba metido en la biblioteca municipal, poniéndose al día con los periódicos locales. Y allí fue donde se encontró con un artículo relacionado con la desaparición de los Bishop. Y, atención, los reconoció. O eso cree él. Asegura que incluso habló con Rita Bishop, la madre, ahí fuera, en Slade Alley… —Hice un gesto hacia el pequeño portón de hierro negro—. A las tres de la tarde del 27 de octubre de 1979. Sábado.
Chloe Chetwynd mostraba un cortés asombro.
—Qué precisión.
—Fue un día inolvidable para él, ya ve. Después de que Rita Bishop le preguntase si sabía dónde estaba «la residencia de Norah Grayer», Fred Pink plantó la escalera entre Slade Alley y Westwood Road, donde un taxi que pasaba a toda velocidad lo atropelló, dejándolo en coma nueve años.
—¡Menuda historia! —Chloe Chetwynd se medio quita las botas para que le respiren los pies—. Pero si la tal Norah Grayer es de la nobleza no debería ser tan difícil de localizar.
Asentí.
—Pues eso se podría pensar, pero de momento nuestra búsqueda no ha dado ningún resultado. Eso suponiendo que exista.
Chloe Chetwynd inhaló, retuvo el humo en los pulmones y lo soltó.
—Bueno, suponiendo que existiese, y residiese por aquí, probablemente viviría en Slade House, en nuestra casa. Mi casa, quiero decir. Pero Stuart y yo le compramos la casa a unas personas que se llamaban Pitt, no Grayer, y llevaban años viviendo aquí.
—¿Desde antes de 1979? —pregunté.
—Desde antes de la guerra, creo. Y en lo que a mí respecta, en 1979 yo estaba estudiando un posgrado de Historia del Arte en Luxemburgo y haciendo una tesis sobre Ruskin. Por supuesto, inspector, es usted más que bienvenido si quiere traer a los perros policía, o drenar el estanque, si piensa que hay algo siniestro en la finca…
Una ardilla salió pitando por el césped apelmazado y desapareció en un parterre de ruibarbo. Me pregunté quién coño sería el tal Ruskin.
—No creo que sea necesario, señora Chetwynd. Después de todo lo que ha sufrido Fred Pink, mi superior ha pensado que deberíamos tener la cortesía de seguir su pista, pero, para ser sinceros, y que quede entre nosotros, no tenemos muchas esperanzas de que salga algo.
Chloe Chetwynd asintió.
—Es muy considerado por su parte demostrarle al señor Pink que se lo están tomando en serio. Y espero de veras que los Bishop estén sanos y salvos en algún lugar.
—Si fuera un hombre de apuestas, me jugaría el cuello a que están vivitos, solventes y coleando en algún lugar de la Columbia Británica.
La luna se alzaba sobre las chimeneas y las antenas de televisión. Mi imaginación abrió una parte de su tienda porno y me mostró una imagen de Chloe Chetwynd agitándose boca arriba, debajo de mí.
—Bueno, tengo que marcharme. Le digo al contratista que venga por la entrada principal, ¿no?
—Por la que le venga bien. —Se puso de pie y me acompañó los últimos pasos hasta el pequeño portón de hierro negro. Tamborileé con los dedos sobre él, preguntándome si pedirle el número de teléfono, pero entonces Chloe Chetwynd dijo lo siguiente—: La señora Edmonds fue sabia al escoger marido, inspector.
¿Hola?
—Esa área de mi vida es un completo desastre, señora Chetwynd. Me han dejado tirado y llevo cardenales que lo atestiguan.
—En la tele, los mejores inspectores siempre tienen unas vidas domésticas complejas. Y, por favor, llámame Chloe, si se puede.
—Fuera de servicio, se puede. Fuera de servicio, soy Gordon.
Chloe jugueteó con un botón de la manga de su camisa de abuelo.
—Pues arreglado, Gordon. Au revoir.
Me incliné y me medio embutí por aquel umbral de tamaño ridículo para volver a Slade Alley. Me pareció distinguir movimientos por encima del hombro de Chloe y un resplandor proveniente de una ventana de Slade House, pero seguramente me lo imaginé. Pensé en mi piso, en los platos sin fregar, en el radiador que goteaba, en el ejemplar de Playboy metido tras la escobilla del váter, y deseé estar dentro de Slade House, mirando cómo el sol se ponía en el jardín, sabiendo que Chloe volvería pronto con su piel cremosa bajo la ropa.
—Cómprate un gato —me oí decir.
Ella sonrió y frunció el ceño al mismo tiempo.
—¿Un gato?
Al volver a Westwood Road, los coches llevaban los faros y los limpiaparabrisas encendidos, y unas gotas de lluvia me salpicaron el cuello y el punto no-del-todo-calvo. Mi visita a Chloe Chetwynd no había seguido exactamente el protocolo policial, tenía que admitirlo. Había bajado la guardia, casi habíamos tonteado al final, y Trevor Doolan no habría dado saltos de alegría precisamente si me hubiese oído hablar de Fred Pink tal y como lo había hecho; pero de vez en cuando se conoce a una mujer que te hace comportarte así. Y además, Chloe sabe guardar un secreto, se le nota. Julie era una bocazas: desenvuelta por fuera y gelatina emocional por dentro, pero a Chloe le pasa al revés. Chloe tiene la capa exterior descascarillada, pero un núcleo indestructible. Y al final, cuando sonrió, o medio sonrió… Como cuando vuelve la luz después de un apagón y piensas: «¡Aleluya!». Y cómo nos sentamos a fumar, como si fuese lo más natural del mundo. A ver, está claro que Chloe Chetwynd está forrada y que su casa vale una fortuna, mientras que yo no tengo donde caerme muerto, pero lo único que le queda en este mundo son arañas, ratones y recuerdos de un marido enfermo. Yo en algunas cosas seré un idiota, pero en lo que respecta a las mujeres tengo más experiencia que muchos tíos. Me he acostado con veintidós mujeres, desde Angie Pike, la Bici de Sheerness (la llaman así porque la ha montado todo Sheerness), hasta la aburrida mujer del corredor de seguros del mes pasado en Surrey, a la que le iban las esposas, y he visto que Chloe Chetwynd estaba pensando en mí como yo estaba pensando en ella. Mientras volvía caminando al coche, me sentí en forma, delgado, fuerte, bien y seguro de mí mismo y con la sensación de que algo acababa de empezar.
«Buenas noches, aquí están los titulares del boletín de las seis del sábado 29 de octubre. Hace unas horas el secretario de Estado de Estados Unidos, George Schultz, ha anunciado en una rueda de prensa celebrada en la Casa Blanca que la embajada estadounidense de Moscú será completamente reconstruida, tras descubrir micrófonos en las paredes del edificio. El presidente Reagan ha expresado su…». ¿A quién le importa un carajo, de verdad? Apago la radio, salgo y cierro el coche. El mismo aparcamiento de hace siete días, justo a la salida de The Fox and Hounds. Qué día tan asqueroso. Esta mañana, un drogata puesto de speed atacó al oficial de guardia justo cuando yo pasaba por allí y necesitamos cuatro agentes para arrastrarlo a la celda… donde el muy gilipollas se murió una hora más tarde. El informe de toxicología disipará las sospechas, en algún momento, pero ya estamos bajo el «foco de la vergüenza», por cortesía del caso Malik (cuyas conclusiones iniciales, según supimos a mediodía, se han filtrado al puto Guardian). Se avecina una puta tormenta de mierda de fuerza diez. Doolan dijo que haría «lo posible» para protegerme del puteo. ¿«Lo posible»? ¿A que suena patético? Para ponerle más gravilla a la vaselina, antes de irme al trabajo ha llegado un aviso final de pago del asilo de mi padre, junto con un aviso final finalísimo de la empresa de la tarjeta de crédito. Tendré que extender el descubierto el lunes. O intentarlo. El único rayo de luz que ha iluminado un poco esta pesadilla de día ha sido la llamada de Chloe Chetwynd esta tarde. Al principio parecía nerviosa, pero le dije que llevaba pensando en ella desde el sábado pasado. Ella contestó que también había pensado en mí, y al menos dos de mis órganos exclamaron «¡Sí!». Así que al salir de la oficina me agencié un corte de pelo de veinte libras en una peluquería de mariposones y vine aquí pasando por Texaco, donde venden condones y claveles. Por aquello de estar preparado y eso. Así que voy a toda mecha por la acera, silbando «When you wish upon a star», apartándome para evitar primero a un tío haciendo footing con ropa de deporte negra y naranja fosforito, y luego a un tío de mi edad que va empujando un carrito de bebé. El mocoso va chillando a voz en grito y la cara del tío es un poema: «¿Por qué, pero por qué metí mi esperma en una hembra ovulante?». Demasiado tarde, colega.
Ni rastro del guardia de tráfico en la boca de Slade Alley esta noche. Allá voy, al gélido callejón, hasta la esquina, luego a la izquierda, unos veinte pasos más adelante, y aquí estamos: un pequeño portón de hierro negro. Le doy un buen empujón pero esta noche no se abre. Ni cruje, ni cede, ni nada. Han puesto un quicio nuevo, unido con hormigón, y un enladrillado fresco por la parte de atrás. Buen trabajo. No se puede ni meter una palanca. Me pongo en marcha hacia el extremo final del callejón que da con Cranbury Avenue, a ver si encuentro la entrada principal de Slade House, pero me detiene un clic y un golpe sordo que vienen de la puerta que he dejado atrás. Ahí está, cruzando el umbral tamaño infantil.
—Buenas noches, inspector.
Lleva una cosa tipo poncho azteca por encima de unos vaqueros negros que le marcan los muslos, y tiene algo apretado contra el pecho. Vuelvo, miro más de cerca y veo un gatito color canela.
—Vaya, vaya, vaya —le digo—. Pero ¿qué es esto?
—Gordon, Bergerac. Bergerac, Gordon.
—¿«Bergerac»? ¿Cómo Jim Bergerac, el detective de la tele?
—No lo digas con tanto escepticismo. Lo del gato fue idea tuya, así que me pareció apropiado. Es muy mono para ser Colombo, tiene mucho pelo para Kojac y como es macho no puede ser ni Cagney ni Lacey, así que me decidí por Bergerac. ¿A que es adorable?
Miro el bultito peludo. Miro los ojos de Chloe.
—Desde luego.
—¿Y qué tal mi puerta nueva, Gordon? ¿Crees que disuadirá a los visitantes indeseables?
—Pues a no ser que vayan hasta los dientes de misiles antitanque, sí. A partir de ahora puedes dormir tranquila.
Una pequeña concha de plata se balancea en un cordón negro alrededor del cuello de Chloe Chetwynd.
—Oye, es muy amable por tu parte haberte pasado. Después de colgar me puse un poco nerviosa, no quiero desperdiciar el tiempo de la policía.
—Esto no es tiempo de la policía. Es mi tiempo. Lo malgasto como quiera.
Chloe Chetwynd aprieta a Bergerac contra su tierna garganta. Me llega un olor a lavanda y a humo y experimento esa sensación todoterreno que tiene uno cuando todo es posible. Ella también ha ido a la peluquería.
—En ese caso, Gordon, si no es abusar, ¿te importaría mirar también la puerta por el lado del jardín? Solo para asegurarnos de que los tres bulones de la cerradura de vanguardia se ajustan a los requisitos de la industria…
Chloe pone el chisporroteante costillar de ternera sobre la mesa de la cocina. Aspiro el olor, me lleno la cabeza del maravilloso aroma, salado y grasiento, de la vaca muerta. La mesa es antigua y maciza, como la cocina. Julie normalmente babeaba sobre fotos de cocinas así en la revista esa que se compraba, Country Living. Vigas de roble, azulejos de terracota, focos empotrados, vistas al jardín en cuesta, estores elegantes, una alacena con una colección de teteras, un fogón en el que podría asarse a un niño pequeño, un frigorífico combi sueco de acero inoxidable tan grande como los de las películas americanas y un lavaplatos empotrado. Hay una chimenea con una gran campana de cobre encima.
—Trincha la carne —dice Chloe—. Eso es tarea de hombres.
Me pongo manos a la obra con el cuchillo.
—Esta ternera huele que alimenta.
Trae las verduras asadas.
—Es una receta de mi madre: vino tinto, romero, menta, nuez moscada, canela, soja y unos cuantos ingredientes secretos más que no puedo revelar porque si no tendría que matarte. —Chloe retira la tapa: chirivías, patatas, zanahorias, cubos de calabaza—. La ternera con especias necesita un vino con fuerza. ¿Qué tal un rioja fuerte y seco?
Pongo la cara de «Por mí está bien si por ti está bien».
—Pues entonces rioja. Estoy segurísima de que aún me queda un tempranillo del 81.
Cuando Julie hablaba de vino parecía una esteticista sin bachillerato dándoselas de aficionada al vino, que es lo que era. Chloe parece estar enumerando hechos. Vuelve y me pasa la botella y un sacacorchos. ¿Con un destello en la mirada? Introduzco la punta curvada en el corcho y me asaltan pensamientos carnales hasta que el corcho hace pop.
—Me encanta ese sonido —dice Chloe—. ¿A ti no? Los nazis del vino dicen que hay que dejar que los tintos fuertes respiren un cuarto de hora, pero yo creo que la vida es demasiado corta. Toma, usa estas copas. —Las bases de cristal se deslizan por la madera—. Sirve, Ambrosio.
Obedezco. El vino hace glup, glup, glupglupglupglupglup.
El tiramisú es una maravilla, y lo digo. Chloe se limpia una pizca del labio con la servilleta.
—¿Ni muy empalagoso ni muy dulce?
—Como todo lo demás, perfecto. ¿Cuándo has encontrado tiempo para formarte como chef?
Aparentemente complacida, sorbe el vino y se enjuga la mancha roja con la servilleta.
—Halagador.
—¿Halagador? ¿Qué móvil podría tener yo para halagarte? Ninguno. Pues ya está. Caso cerrado.
Chloe sirve café de una cafetera en forma de dragón.
—La próxima vez (bueno, si alguna vez quieres volver a ayudarme con la sobrealimentación, digo) te haré el sorbete de vodka. Esta noche no quería…
Y justo entonces, justo a nuestro lado, una niña grita:
—¡Jonah!
Claro y transparente. Pero no hay ninguna niña. Pero…
… la he oído. Justo aquí. Una niña. Ha dicho: «¡Jonah!».
De la puerta llega un estruendo…
Doy un brinco, mi silla chirría sobre el suelo, se tambalea y cae.
La puerta gatera se balancea. Cruje. Queda en silencio.
Y luego vuelvo a oír a la niña.
—¿Jonah?
Eso no me lo he imaginado yo.
Y otra vez.
—¡Jooonaaaaahhh!
Estoy en posición de alerta, pero Chloe no parece sorprendida, ni tampoco me mira como si estuviera loco. Me observa con calma y serenidad. A mí me tiemblan las piernas.
—¿Lo has oído? —le pregunto. Mi voz suena un poco frenética.
—Sí. —Más que nada, parece aliviada—. Sí, lo he oído.
—Una niña —le digo—. Aquí, en la cocina.
Chloe cierra los ojos y asiente lentamente.
—Pero… si dijiste que no tenías niños.
Chloe inspira hondo y suelta el aire.
—No son míos.
¿Qué quiere decir? ¿Que son adoptados? ¿O qué, invisibles?
—¿Quiénes son?
—Ella se llama Norah. Es la hermana de Jonah. Viven aquí.
Tengo erizado el vello de los brazos.
—Yo… Tú… ¿Que qué?
Chloe me coge un cigarrillo.
—Oyes una voz; no hay nadie; es una casa muy vieja. ¿Alguna idea, inspector?
No puedo pronunciar la palabra «fantasma», pero acabo de oír lo que acabo de oír: una niña chillando «Jonah», pero sin niña.
—Los pasos que oíste el sábado pasado —continúa Chloe— alrededor de la casa. Pensaste que eran los niños de la casa de al lado. ¿Te acuerdas?
Tengo frío. Asiento.
—No hay niños en la casa de al lado, Gordon. Eran Norah y Jonah. Creo que son gemelos. Toma. Fuma. Siéntate.
Hago lo que me dice, pero la cabeza me da vueltas y al encenderme el cigarrillo noto los dedos entumecidos.
—Los sentí por primera vez en enero de este año. En el jardín, al principio, como tú; y como tú, supuse que serían los vecinos. Luego, una tarde, con Stuart hecho polvo y dormido después de la quimio (el día de San Valentín, además), estaba yo en las escaleras cuando oí a una niña tarareando en el rellano, junto al reloj de pie. Pero no había nadie. Después una voz de niño gritó desde el umbral «¡Norah, tu huevo duro está listo!», y la niña contestó «¡Bajo en cuanto le dé cuerda al reloj!». Pensé que serían niños que habían entrado de algún modo, para hacer el gamberro, o por una apuesta, no sé, o quizá eso esperaba, pero… Es que yo estaba allí, en las escaleras, por Dios. Junto al reloj.
No se me ha escapado el detalle de que Norah, la niña invisible, tiene el mismo nombre que lady Grayer, pero ¿qué puede significar eso? O a lo mejor es una coincidencia insignificante, ¿quién sabe?
—¿Los oía tu marido?
Chloe sacude la cabeza.
—Nunca. Más o menos alrededor de Pascua, Jonah y Norah, los «fantasmas», cruzaron la cocina charlando sobre un poni llamado Blackjack, y Stuart estaba sentado donde estás tú ahora. Ni siquiera levantó la vista del crucigrama. Le pregunté «¿Has oído eso?», y me contestó «¿Qué?». «Las voces», le dije. Stuart me echó una mirada rara y preocupada, así que fingí que me había dejado la radio puesta en la planta de arriba. —Chloe se enciende el cigarrillo y contempla la brasa—. Stuart era bioquímico y ateo, y desde luego lo de los fantasmas no iba con él. Unas semanas más tarde organizamos aquí una cena, y mientras servía los entremeses oí que pasaban Jonah y Norah cantando una variación jocosa de la marcha nupcial y riéndose como locos. Haciendo ruido como si fueran niños de verdad. Teníamos a ocho invitados sentados a la mesa y ninguno los oyó.
Las llamas crepitan en la chimenea. Mi cerebro de policía de investigación criminal me envía un télex: «Esquizofrenia». Pero yo también he oído las voces, nunca he oído hablar de esquizofrenia compartida.
Chloe vacía la botella en las copas.
—Me daba pánico estar volviéndome majareta, así que, sin decirle nada a Stuart, visité a tres médicos diferentes, me hice un escáner cerebral, todo el lote. No salía nada raro. Tenía que cuidar a Stuart veinticuatro horas al día, y él iba de mal en peor, así que dos de los tres médicos lo atribuyeron todo al estrés. Uno me dijo que las voces venían del deseo insatisfecho de tener hijos. No volví a la consulta.
Me bebo el vino. Le doy una calada al cigarrillo.
—Así que aparte de mí, ¿no los ha oído nadie?
—Así es. No… No te puedes imaginar el alivio que supuso para mí ver que tú también los habías oído el sábado pasado. Lo acompañada que me sentí. Madre mía, simplemente poder hablar de ellos así, sin tener miedo de que creas que estoy como una cabra… No te lo imaginas, Gordon.
Ojos azules. Ojos grises.
—¿De ahí la invitación?
Una sonrisita tímida.
—No es la única razón. No te sientas explotado.
—No, no me siento explotado. Oye, Bergerac también los ha sentido. Se ha ido corriendo. —Me sirvo café de la cafetera—. ¿Por qué te quedas aquí, Chloe? ¿Por qué no vendes la casa y te mudas a un sitio menos… encantado?
Chloe hace una mueca que ya he advertido cuando le plantean una pregunta espinosa.
—Slade House es mi casa. Me siento segura aquí, y… tampoco es que Norah y Jonah se dediquen a hacer «¡Uuuuuh!», o a gotear ectoplasma, o a escribir mensajes terroríficos en los espejos. Yo… Ni siquiera estoy segura de que sepan que estoy aquí. Vale, los oigo, una o dos veces, cada día o cada dos días, pero van a su rollo. — Chloe coloca una cuchara sobre un plato—. Hay otra voz a la que llamo Ígor, como el burrito pesimista de Winnie the Pooh, porque es siempre muy negativo, pero solo lo he oído unas cuantas veces. Murmura cosas como «Son unos mentirosos» o «Márchate» o cosas que no tienen ni pies ni cabeza, y supongo que él sí es un poco desconcertante, pero no sirve ni para poltergeist. No me voy a marchar de Slade House solo por su culpa.
Bergerac frota la espalda contra mis espinillas. No me había dado cuenta de que había vuelto.
—Sigo pensando que eres más dura de pelar que la mayoría de la gente, Chloe. Bueno, quiero decir… Joder, fantasmas.
Chloe suspira.
—Hay gente que como mascota tiene boas constrictor o tarántulas; seguro que eso es más raro, da más miedo y es más peligroso que mis inocuos inquilinos, ¿no? Ni siquiera estoy convencida de que sean «fantasmas» de verdad.
—«Inocuos» significa «inofensivos», si no me equivoco. Si no son fantasmas, ¿qué son entonces?
—Mi teoría es que son niños normales que viven en su propio tiempo y van a su rollo, y yo simplemente los oigo. Como si hubiera interferencias entre las líneas de nuestros tiempos. El muro entre nuestro «ahora» y su «ahora» es delgado. Y ya está.
El gran ventanal muestra el reflejo de una cocina con una Chloe y un yo fantasmales, sobrepuestos a un jardín oscuro.
—Si no los hubiese oído yo mismo —le digo—, pensaría que has visto demasiados capítulos de Alfred Hitchcock presenta, o algo. Pero… los he oído. ¿Has pensado en averiguar quién vivía en Slade House? A lo mejor encuentras a unos gemelos que se llamen Jonah y Norah.
Hace una bola con la servilleta.
—Sí que lo he pensado, pero desde que Stuart murió me ha faltado ánimo.
Chloe pone cara de disculpa. Me doy cuenta de que quiero besarla.
Bergerac se hace una bola en mi entrepierna. Esperemos que mantenga las uñas bien guardadas.
—El registro de la propiedad de los archivos municipales se remonta hasta 1860 —le digo a Chloe—. Nosotros, bueno, el Departamento de Investigación Criminal, quiero decir, lo consultamos de vez en cuando. Hay un archivero que se llama Leon y es un lince, y me mira algunas cosas sin hacerme demasiadas preguntas. Un caserón como este siempre deja huellas en la historia local. ¿Hago una llamada discreta?
—Primero un contratista de puertas, ahora un archivero. —Chloe parece impresionada—. Eres unas páginas amarillas con piernas. Sí, por favor. Te estaría muy agradecida.
—Yo me encargo.
Acaricio a Bergerac. Ronronea.
Mi anfitriona vuelve a recogerse el pelo.
—De verdad, Gordon. La gran mayoría de los hombres habrían salido pitando.
Suelto una nube de humo.
—No soy la gran mayoría.
Chloe y yo nos echamos una mirada más larga de lo que normalmente se permite.
Se acerca y coloca mi plato de postre encima del suyo.
—Ya sabía yo que llamarte era una jugada inteligente.
—¿Más café?
Ojalá tuviese una réplica más ingeniosa.
—No, por favor. No voy a poder dormir durante horas.
«Justamente», pienso.
—Bueno, pues déjame fregar los platos.
—Para eso inventó Dios los lavavajillas, amigo.
Me fijo en que se ha quitado la alianza.
—Pues entonces me quedo sin hacer nada.
Ojos azules. Ojos grises.
—No necesariamente.
Bramante y jadeante, empapado, salado y pegajoso, me desplomo sobre su almohada. Estoy saciado, saciado, saciado, y el mejor papel dentro de la gloriosa creación divina es el de un macho saciado tirando a joven. Nos quedamos allí un rato hasta que se nos calman un poco la respiración y los latidos.
—Si me das un segundo turno, me las apañaré un poco mejor —le digo.
—Pide una cita, veré a ver si puedo colarte —me responde Chloe, y me da tanta risa que se me sale la porra, ya desinflada.
Me da un puñado de pañuelos y se pone de costado para limpiarse la parte baja de la espalda y envolverse en las sábanas pegajosas. No me ha pedido que use condón, así que no lo he usado: un poco de riesgo, pero es ella quien lo corre, no yo, y cualquier hombre de negocios de éxito te dirá que la transferencia de riesgos es el núcleo mismo del juego. La cama de dosel tiene cortinas granate, así que todo es cálido, oscuro, acolchado.
—Bueno. Tu cerradura de tres bulones definitivamente sí que se ajusta a los requisitos de la industria…
Me da un golpecito con el reverso de la mano.
—¿Agresión a un policía? Es un delito serio.
—Vaya. ¿Vas a sacar las esposas?
—Solo en mis sueños más obscenos.
Chloe me besa el pezón.
—Entonces duérmete.
—Sí, seguro, aquí tumbado junto a una diosa desnuda.
Me besa los párpados.
—Dulces sueños, inspector.
Bostezo enormemente.
—De verdad, si no tengo sueño…
Cuando me despierto ya no está. Tengo la salchicha y los tomates hirviendo a fuego lento. En las paredes rezongan las cañerías antiguas, y el agua salpica el suelo de una ducha cercana. Encuentro el reloj debajo de una almohada. La 1.30 de la madrugada. No hay problema, es domingo. No tengo que estar en la oficina hasta el martes. Que le den al martes. Que le den al curro. Que le den al caso Malik. Que le den a Trevor Doolan. Que le den al Gran Público Británico. Chloe y yo tendríamos que quedarnos aquí haciéndolo todo el domingo, toda la semana, todo el mes… Solo que algo me preocupa. ¿Qué? Un pensamiento. Este: ¿por qué esta mujer elegante, inteligente y de lo más sexy se mete en la cama con un tío que apenas conoce? Esas cosas pasan en Pornolandia, o en las tonterías de los tíos, pero en el mundo real, las mujeres como Chloe simplemente no se follan a un tío la segunda vez que lo ven. ¿O sí?
Espera un momento, Gordon Edmonds, espera. ¿«La segunda vez que lo ven»? Perdona, pero esta es la quinta vez que visitas Slade House, capullo. Cuenta las comidas: el primer sábado, Chloe preparó chuletas; el segundo, bacalao con patatas paja; pastel de venado y Guinness el tercero; la semana pasada fue el faisán, y esta noche, ternera asada. ¿Lo ves? Cinco cenas, cinco sábados, cinco botellas de vino y cinco largas charlas durante horas sobre cosas importantes, cosas no importantes y cosas en medio: niñeces, posturas políticas; su marido fallecido y mi exmujer; John Ruskin, la escuela de arte victoriana. Os llamáis todas las noches para desearos dulces sueños y deciros «Qué ganas de que llegue el sábado». No ha sido un cortejo largo, de acuerdo, pero ha sido intenso, sincero y ni remotamente obsceno o lascivo. Eres un policía apuesto y es evidente que eres fantástico en la cama. ¿Dónde está el problema? Chloe Albertina Chetwynd está enamorada de ti.
Yo no estoy enamorado, todavía no, pero el amor crece a partir del sexo, según mi experiencia. Cuanto más entras dentro de una mujer, más te entra a ti el rollo. ¿Quién sabe? Podríamos terminar casados. Imagínate ser el propietario de Slade House, o medio propietario. ¿A quién le importan los tres monstruitos? El hecho de oírlos me hace especial a los ojos de Chloe. Slade House es muchísimo más grande que la casa de ejecutivo de Trevor Doolan allí en la colina, con sus vecinos ricos del club conservador. Si el caso Malik me arroja a los leones, Slade House sería mi salvavidas, el dinero para largarme. ¿Cuánto vale? ¿Cien mil libras? ¿Ciento veinte mil? Las fortunas cambian de manos todos los días, todo el rato, por negocios, por apuestas de fútbol, por delitos o, también, por matrimonio. Yo le daré a Chloe la seguridad y llenaré el vacío en forma de hombre que hay en su vida; ella me ofrecerá seguridad financiera.
Tiene pinta de ser un trato justo.
—¡Gooorrrdooonn! —Su voz me llega desde la habitación contigua—. ¿Estás despierto?
—Ahora sí —le contesto a gritos—. ¿Dónde estás?
—Dans la douche, y el champú tiene… ejem… un «casquete»…
Ay, gatita descarada.
—¿De verdad?
—Soy una damisela en apuros, Gordon. Sube las escaleras.
Hay una bata marrón de hombre sobre la cama. Seguramente sea de Stuart, pero bueno, ahora que me he quedado con su viuda, ¿por qué le iba a importar que me quedase con la bata? Me la pongo, me deslizo por las densas sábanas rojas y salgo de la cama para cruzar la extraña habitación redonda y encontrarme en un rellano cuadrado. A mi izquierda hay un reloj de pie; a mi derecha, unas escaleras que llevan al vestíbulo de abajo y otras que suben, junto a unos retratos, hasta una puerta blancuzca que hay en la parte superior de la casa, donde una Chloe Chetwynd llena de jabón espera a su Caballero Andante.
—¿Vienes, Gordon?
Ah, claro, claro. Allá voy, subiendo escalones de dos en dos, dejando atrás el retrato de un adolescente con una chaqueta de cuero curtido, oscuro pelo grasiento y ojos rasgados como si fuese medio chino. El siguiente es un retrato de una mujer de punta en blanco, con un pelo color miel peinado como las coristas de los grupos femeninos de los sesenta. Tiene una sonrisa soñadora que me recuerda a la de Julie cuando no era una zorra neurótica, así que me paro y le rozo los labios con los míos, solo porque puedo hacerlo. El tercer retrato contando desde el rellano es el de un chaval como de unos trece años. Pelo rubio, nariz grande, malhumorado, nada feliz de ser él mismo ni de llevar la chaqueta de tweed y la pajarita que uno sospecha que una madre mandona…
Es Nathan Bishop. No puede ser. Pues lo es. Me va el corazón a cien por hora, y me siento mal, ingrávido. Nathan Bishop tal como lo vio Fred Pink en Slade Alley en 1979. Nathan Bishop, cuya foto recortó Fred Pink del periódico. Trevor Doolan hizo que Debs la fotocopiase y la colgase sobre nuestros escritorios para que el famoso Fred Pink se diese cuenta de lo en serio que se estaba tomando su pista el cuerpo del valle del Támesis. Es una mentirosa, dice una voz malhumorada en mi canal auditivo, clara como el agua. Doy un brinco; casi me caigo; me agacho; miro a mi alrededor. Nadie. Te quitará la vida y mucho más…
Escaleras que suben; escaleras que bajan; no hay nadie.
Intento «destensarme». Me lo he imaginado. Y ya está.
A lo mejor encuentras un arma en las rendijas, dice la voz.
Este no se parece a Jonah ni a Norah en la cocina. Esta voz se dirige a mí. No sé cómo lo sé, pero lo sé.
Las rendijas por las que tiran las migajas, dice el niño.
¿Rendijas? ¿Migajas? ¿Arma?
—¿Quién eres? —consigo decir, pero como se lo estoy diciendo al retrato de Nathan Bishop, mi parte inteligente cree saberlo.
No queda mucho de mí, dice el niño. Soy mis propios restos.
—¿Para qué…? —Pero ¿qué estoy haciendo? ¿Hablando con el retrato de un niño desaparecido?—. ¿Para qué voy a querer yo un arma?
El reloj de pie suena mucho más abajo.
Todo está en mi mente. No. Cada palabra es un latido doloroso.
Es demasiado tarde para ti, dice el niño. Pero que corra la voz.
—¿Qué corra la voz a quién? —le pregunto a esa voz que a lo mejor es real y a lo mejor no.
Al siguiente huésped… Yo estoy acabado… Todo consumido…
—¿Hola? —digo, pero el niño se ha ido.
Me arrastro de espaldas escaleras arriba, alejándome del retrato de Nathan Bishop, hasta que mis ojos se quedan clavados en el siguiente, al que también reconozco de inmediato porque soy yo, Gordon Edmonds. Esto debería haberme dejado completamente helado, pero llevo tantos sustos en el cuerpo que se me han quemado los circuitos o algo, no sé. Así que me quedo mirando, como un retrasado. Me quedo mirando el retrato vívido de un Gordon Edmonds que se ha quedado mirando, con una bata color marrón, mi pelo rapado, mi frente cada vez más ancha, mi cara como de Phil Collins pero en-más-guapo-y-más-delgado, con unos putos huecos asquerosos color piel donde deberían estar mis ojos. Lo miro hasta pensar: «Tienes que largarte de esta casa. No sabes en qué te estás metiendo». Pero eso es una imbecilidad además de una gallinada. Huye, porque Chloe ha pintado tu retrato. Intento pensar, pero no es fácil. Tengo el cerebro como adormecido. Si ha sido Chloe quien ha pintado mi retrato, también ha pintado los demás. Si Chloe ha pintado los demás, ha pintado a Nathan Bishop. Lo cual quiere decir que mintió al decir que no conocía su nombre. Lo cual…
¿Chloe es una asesina? Tranquilo, tómatelo con calma. He entrevistado a tres o cuatro asesinos en serie, y Chloe no se parece en nada a esos putos comemierdas. Mira otra vez. Sí, Chloe me ha pintado para darme una sorpresa, pero eso no significa que pintase los otros retratos. Los demás retratos dan la impresión de llevar ahí colgados mucho tiempo. Ya debían de estar ahí cuando Chloe y Stuart les compraron la casa a los Pitt. Eso lo explica todo. O casi. No tienen ni títulos ni firma, así que Chloe no podía saber que ha estado pasando junto a Nathan Bishop cada vez que usa las escaleras. Y yo no le enseñé la foto del niño la semana pasada en el jardín; solo le dije su nombre.
¿Y la voz que acabo de oír avisándome de que salga de aquí?
¿Qué pasa? Solo porque uno ha oído una voz fantasmal no significa que tenga que tomarse lo que ha dicho como si fuese el Evangelio. A lo mejor la voz que acabo de oír no era de Nathan Bishop, sino la que Chloe había llamado Ígor. Y, en fin, ¿cómo sé que la he oído de verdad? ¿Y si me lo he imaginado?
Esto es lo que vas a hacer: saca a Chloe de la ducha, dile que posee un retrato de Nathan Bishop, asegúrale que no es sospechosa, y mañana a primera hora llama al jefe Doolan a casa. Al principio no le hará gracia, y me va a dar un poco de vergüenza cuando la gente de la comisaría se entere de que me he estado beneficiando a Chloe, pero en cuanto Doolan se entere de que la pista de Fred Pink a lo mejor no es tan falsa como parecía, ya verás qué pronto cambia de rollo.
Solucionado, pues. Allá vamos.
Pero al otro lado de la puerta blancuzca no me encuentro un baño con Chloe en la ducha, sino una buhardilla larga y oscura. Una buhardilla larga y oscura que es una especie de… ¿calabozo? Está claro que eso es lo que parece. Tiene las tres cuartas partes rodeadas de unos barrotes gruesos y sólidos de unos dos centímetro y medio de grosor y otros dos centímetros y medio de separación. Está tan oscuro que no veo hasta dónde se extiende la buhardilla. Un débil rayo de luz llega de dos tragaluces, del lado libre de barrotes, por encima de donde estoy yo, pero eso es todo. La buhardilla huele a mal aliento y a desinfectante de pino, un olor bastante parecido al de las celdas que hay en la comisaría. Mi pulgar encuentra un interruptor que pulsar, y de detrás de los barrotes surge una luz. Es una bombilla débil, arriba. Distingo una cama, un lavabo, un sofá, una mesa, una silla, un cubículo para el váter con la puerta entreabierta, una bici estática y alguien que se mueve en la cama, medio escondido entre mantas y sombras. La buhardilla solo mide cinco metros de ancho, pero tiene mucha longitud, a lo mejor toda la de Slade House. Aprieto la cara contra los barrotes para mirar lo mejor que puedo y digo:
—¿Hola?
Él o ella (no veo) no responde. ¿Un pariente loco? Pero ¿esto es legal? Voy a tener que dar parte mañana.
Lo intento de nuevo.
—¿Hola? ¿Qué está haciendo aquí?
La oigo respirar, y el camastro cruje.
—¿Habla inglés? ¿Necesita ayuda? ¿Es…?
Una voz de mujer me interrumpe.
—¿Es usted real?
Qué voz tan quebradiza.
No es la pregunta de apertura más cuerda del mundo. La cama está en el centro de la buhardilla, así que no veo demasiado: un pómulo, una mano, un mechón de pelo gris.
—Me llamo Gordon Edmonds, y sí, soy real.
Se incorpora en la cama y se abraza las rodillas.
—La gente de los sueños siempre dice que es real, así que discúlpeme por no creerle. —La mujer aparenta fragilidad y tristeza, pero qué bien habla—. Una vez soñé que Charlie Chaplin venía a rescatarme con una podadora gigante.
Mira hacia mí con los ojos entornados y una cara que lleva años sin sonreír.
—Una vez, Vyvyan Ayrs hizo un agujero en el techo. Salí por él y me ató a su ala delta; cruzamos el canal de la Mancha volando, hasta Zedelghem. Al despertar me puse a gritar. —Un radiador refunfuña—. Gordon Edmonds. Eres nuevo.
—Pues sí. —Habla como si fuese una enferma mental—. Así que… ¿es usted una paciente?
Frunce el ceño.
—Si es usted real, sabrá quién soy.
—Pues me temo que no. Soy real, y no la conozco.
La voz de la mujer se vuelve áspera:
—La Bestia quiere que piense que me van a rescatar, ¿verdad? Es un jueguecito. Pues dígale que yo no juego.
—¿Quién quiere que piense que la van a rescatar?
—La Bestia es la Bestia. No pronuncio su nombre.
¿La Bestia? Un horrible pensamiento se abre paso: Chloe; pero tiene que haber una explicación lógica.
—Señora, soy poli. Inspector Gordon Edmonds, del valle del Támesis, Departamento de Investigación Criminal. ¿Puede contarme qué hace aquí? O, al menos, ¿por qué cree que está aquí?
—Un inspector en bata. De incógnito, ¿no?
—Da igual lo que lleve puesto, soy un poli.
Sale de la cama y se desliza hasta los barrotes en camisón.
—Mentiroso.
Doy un paso hacia atrás, no vaya a ser que tenga un cuchillo.
—Señora, por favor. Yo… solo quiero que me cuente la historia. Dígame su nombre al menos.
Un ojo loco aparece entre los dos centímetros y medio que separan los barrotes.
—Rita.
La frase sale sola, como si un mago me sacase un pañuelo de la boca:
—Maldita sea, no me diga que es usted Rita Bishop…
La mujer parpadea.
—Sí. Como ya sabe usted perfectamente.
Miro más de cerca, y rememoro la otra fotocopia de foto que Debs nos había colgado sobre los escritorios. Ay, Dios mío. Rita Bishop ha envejecido, mucho, pero es ella.
—Después de tantos años —dice, y su aliento es avinagrado—, ¿a la Bestia todavía le hacen gracia estas pantomimas?
Me siento como si hubiese perdido la mitad de la sangre.
—¿Lleva…? —Me da miedo la respuesta—. ¿Lleva en esta buhardilla desde 1979?
—No —dijo burlona—. Primero me escondieron en el palacio de Buckingham, luego en la cabina de un vidente en el muelle de Brighton, luego en la fábrica de Willy Wonka…
—¡Vale, vale! —Estoy temblando—. ¿Dónde está Nathan, su hijo?
Rita Bishop cierra los ojos y se obliga a pronunciar:
—¡Pregúntale a ella! Pregúntale a Norah Grayer, o como se llame esta semana. Ella fue quien nos trajo a Slade House, quien nos drogó, quien nos encerró, quien se llevó a Nathan, ¡quien ni siquiera me dice si mi hijo está vivo o no!
Se dobla en dos y se calla, hecha un bulto sollozante.
Mi cabeza retumba y se tambalea: ¿Chloe Chetwynd? ¿Norah Grayer? ¿La misma mujer? ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Los retratos? ¿Por qué? ¿Por qué llevarse a la cama a un agente del Departamento de Investigación Criminal? ¿Por qué hacer que suba estas escaleras y vea los retratos? No tiene sentido. Lo que sí sé es que Slade House no es una comisaría, ni una cárcel ni una institución psiquiátrica, y parece que estamos ante un caso de detención ilegal. Normalmente (ja, «normalmente») regresaría al coche, pediría refuerzos y órdenes por radio, y volvería en un par de horas, pero con este puto panorama, en el que a lo mejor (a lo mejor, insisto) me acabo de tirar a una asesina-barra-secuestradora-barra-lo-que-coño-sea, lo mejor será poner a salvo a Rita Bishop primero y luego reclamar un código 10 para Slade House. Si me equivoco y Trevor Doolan me capa, pues que así sea.
—Señora Bishop. ¿Sabe dónde está la llave?
Sigue siendo un bulto sollozante en el suelo.
Me doy cuenta de que el sonido de la ducha ha cesado.
—Señora Bishop, ayúdeme a ayudarla, por favor.
La mujer levanta la cabeza y me lanza unos rayos de odio.
—Como si fuese usted a abrir la puerta después de nueve años. Así de fácil.
Por todos los santos.
—Si soy quien digo ser, habrá salido usted de Slade House dentro de dos minutos, y le juro por lo más sagrado, señora Bishop, que habrá agentes armados aquí dentro de media hora y detendrán a «la Bestia»; por la mañana pondré al Departamento de Investigación Criminal y a Scotland Yard y al Departamento Forense a seguir el rastro de Nathan, así que, por favor, ¿me dice dónde está la llave? Porque ahora mismo soy la única oportunidad que tiene de volver a ver a su hijo.
Algo en mi voz convence a Rita Bishop para darme una oportunidad. Se incorpora.
—La llave está en el gancho. Justo detrás de usted. A la Bestia le hace gracia que yo pueda verla.
Me giro en redondo: una llave larga, delgada y brillante. La cojo y se me cae al suelo emitiendo una nota límpida. La recojo, encuentro la placa de acero en la puerta de la jaula y meto la llave en la cerradura. Está bien engrasada, la puerta se abre y Rita Bishop se tambalea hasta ponerse en pie y retrocede y se balancea hacia delante y mira como si no se lo pudiese creer.
—Vamos, señora Bishop —susurro—, salga. Nos vamos.
La prisionera avanza con pasos vacilantes hacia la puerta de la jaula, donde se agarra a mi mano y sale.
—Yo… yo…
Su respiración es rasposa.
—¿Ha visto qué fácil? —le digo—. Ya está. ¿Sabe usted si… si «ella», o «ellos», tienen armas?
Rita Bishop no es capaz de responder. Se aferra a mi bata, temblando.
—Prométame, prométame, por favor, que esto no es un sueño mío.
—Se lo prometo. Vámonos.
Me clava los dedos en la muñeca.
—Y que tampoco es un sueño suyo.
Mantengo la paciencia; si me hubiesen tenido encerrado nueve años, yo también estaría como una cabra.
—Se lo garantizo. Y ahora, salgamos de aquí.
Me suelta.
—Mire esto, inspector.
—Señora Bishop, hay que marcharse.
No me hace caso, y blande un mechero.
Mueve el pulgar y una fina llama…
… se alza larga, pálida e inmóvil como una imagen congelada. Ya no es un mechero, es una vela sobre una base de metal toda escrita, en árabe o hebreo o en algún idioma extranjero. El calabozo ha desaparecido. Los muebles han desaparecido. Rita Bishop ha desaparecido. La vela es el único foco de luz. En la buhardilla ahora reducida hay más oscuridad que dentro de un ataúd metido en una cueva cegada. Estoy de rodillas, estoy paralizado, y no sé lo que ocurre. Intento moverme, pero nada. Ni un dedo. Ni la lengua. Mi cuerpo es ahora la jaula, y yo soy el que está encerrado. Lo único que me funciona son los ojos y el cerebro. Adivina, adivinanza. ¿Gas nervioso? ¿Un infarto? ¿Me han dado hidrato de cloral? Vete tú a saber. ¿Alguna pista, inspector? Hay tres caras en la oscuridad. Justo delante, al otro lado de la vela, estoy yo con la bata de un hombre muerto. Un espejo, obviamente. A mi izquierda está Chloe, con una especie de túnica acolchada con capucha. A mi derecha hay… un Chloe hombre. El gemelo de Chloe, supongo: un tío rubio, vestido con una cosa como la de Chloe, en plan túnica, y guapo al estilo modelo gay de las Juventudes Hitlerianas. Ninguno de ellos se mueve. A unos centímetros de la llama de la vela hay una polilla marrón, congelada en el aire, congelada en el tiempo. No estoy soñando. De eso es lo único de lo que estoy seguro. Así que ¿esta es la historia de cómo Gordon Edmonds perdió la cabeza?
Pasa el tiempo. No sé cuánto. La vela sisea y su llama blanca se balancea de un lado a otro. La polilla revolotea entrando y saliendo de la oscuridad; a veces la veo y a veces no.
—Veo la sonrisita, Hermano —dice Chloe, si es que ese es su verdadero nombre.
La mujer tiene la misma cara que la que me servía el tiramisú, pero mientras que antes su voz era suave y esponjosa ahora parece una navaja oxidada.
—No sé de qué sonrisita hablas —objeta el hombre moviendo las piernas como si se le hubiesen quedado dormidas.
Intento moverme yo también. Sigo sin poder. Intento hablar. No puedo.
—Eres un maldito mentiroso, Jonah —dice Chloe.
Levanta las manos como si fuesen un par de guantes a los que su mente no acaba de acostumbrarse.
—A mí no me viste sonrisita cuando nos serviste a la peluquera esa hace dos ciclos. Y vosotros sí que intercambiasteis fluidos de verdad; yo a este perro en celo —dice dirigiéndome una mirada de reojo asqueada— solo le he echado un hueso imaginario.
—Si he sonreído —dice el hombre—, habrá sido una sonrisa de orgullo ante tu actuación en mi subplegaria. Has representado a la perfección a la viuda neurótica. La jaula de la buhardilla ha sido una de mis mejores mises-en-scène, creo que ambos estaremos de acuerdo, pero ni la misma Meryl Streep habría desempeñado el papel de la pobre señora Bishop con más aplomo. Yo, la verdad, apenas me fijé en aquella criatura irritable, hace tantos años. Su voz me hacía daño en los oídos. ¿Por qué esa cara tan larga, Hermanita? Si ha transcurrido como la seda otro Día de Visita, nuestro operandi ha demostrado ser sólido, tenemos al faisán desplumado y borracho, y no obstante estás toda… avinagrada.
—El operandi es un batiburrillo improvisado, que depende demasiado…
—Norah, te lo suplico, estamos a punto de cenar, ¿no podemos…?
… que depende demasiado de la suerte, Jonah. De que nada salga mal.
El hombre, Jonah, mira a su hermana, Norah, con cariñosa suficiencia.
—Nuestras almas llevan cuarenta y cuatro años vagando por el ancho mundo, poseyendo los cuerpos que queremos, viviendo las vidas que queremos, mientras que nuestros coetáneos victorianos están todos muertos o muriéndose. Nosotros seguimos con vida. Luego el operandi funciona.
—El operandi funciona siempre que nuestros cuerpos de nacimiento permanezcan aquí en la lacuna, deshidratados contra el tiempo del mundo, para anclar nuestras almas a la vida. El operandi funciona siempre que recarguemos la lacuna cada nueve años atrayendo a algún Dotado simplón con una plegaria adecuada. El operandi funciona siempre que nuestros huéspedes caigan en la trampa, se tomen el banjax y acaben en la lacuna. Demasiados «siempre que», Jonah. Sí, hemos tenido suerte hasta ahora. Pero no puede durar para siempre, y no lo hará.
No tengo ni idea de qué va la cosa, pero Jonah tiene cara de haberse mosqueado de verdad.
—¿Y a qué viene ahora esta conferencia de iluminada, Hermanita?
—Necesitamos blindar el operandi contra la mala suerte y los enemigos.
—¿Qué enemigos? Gracias a mi insistencia en aislarnos, ni siquiera la Senda Sombría sabe de nosotros. Nuestro sistema de subsistencia funciona: ¿por qué alterarlo? Y ahora, la cena está servida. —Jonah me mira—. Ese eres tú, inspector Madero.
Intento moverme pero no puedo, ni eso, ni luchar, ni suplicar. No puedo ni cagarme encima.
—Has dejado de respirar —me dice Jonah en tono divulgativo.
No, no, no, debo de estar respirando, pienso. Aún estoy consciente.
—No por mucho rato —responde Jonah—. Después de cuatro minutos sin oxígeno, el daño cerebral se hace irreversible, y aunque no llevo el reloj puesto, yo diría que ya llevas dos. A los seis minutos morirías, pero intervenimos antes de la agonía final. No somos sádicos.
Me siento como si me estuviese zambullendo hacia arriba. ¿Qué he hecho yo para merecer esto?
—Pero qué tendrán que ver los méritos. —Norah Grayer levanta sus agudas cejas —. ¿Es que el cerdo cuya carne ahumada te comiste ayer «merecía» su destino? La pregunta es irrelevante. Se te antojó beicon y no pudo escapar del matadero. Se nos antoja tu alma para darle combustible a nuestro operandi, y no puedes escapar de la lacuna. Y ya está.
Los hombres que se asustan fácilmente no duran mucho en el cuerpo, pero ahora estoy muerto de miedo. Aunque la religión siempre me ha parecido una bobada, de repente es lo único que me queda. Si son ladrones de almas, rézale a Dios. ¿Cómo era? Padre nuestro…
—Una idea espléndida —dice Jonah—. Vamos a hacer un trato, inspector. Si recitas el padrenuestro de cabo a rabo (en la versión del misal) ganas una tarjeta de salida. A ver hasta dónde llegas.
—Esto es una chiquillería, Hermano —suspira Norah.
—Es justo, démosle una oportunidad. ¿Preparados, Madero? Listos… «Padre nuestro que estás en los cielos». Sigue.
Este Jonah es un cabrón y un tramposo, pero no tengo otra opción.
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…
—¿Has dicho «tú» nombre o «su» nombre? —pregunta Jonah.
Tengo que seguirle el juego a este mamón. Tú.
—¡Bravo! Adelante, continúa. «Santificado sea tu nombre».
¿Cómo sigue? Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada día dánoslo hoy; no nos dejes caer en la tentación, y perdona a los que nos ofenden, como nosotros…
—¡Ooooh! ¿«Perdona nuestras ofensas» o «perdona a los que nos ofenden»? ¿Lo primero o lo segundo? ¿Acción o persona?
Joder, quiero romperle una botella en la puta cara. Acción, pienso.
—¡Madero en racha! «Perdona nuestras ofensas»…
Como nosotros perdonamos a los que nos… los que… nos…
—¿Qué es esto? ¿Un tic del pensamiento o una imitación de periquito?
Los que nos ofenden. Amén.
Lo he conseguido. Lo miro.
El muy cabrón sonríe.
—Qué pena, porque en realidad es «a quienes nos ofenden»; lo de la tentación viene después de las ofensas, y se te ha olvidado el trozo de «líbranos del mal». Qué ironía.
Voy a morir.
Ahora mismo.
Yo. Ahora.
—Y el objetivo del interludio era… —dice Norah.
—Un destello de desesperación en el último momento siempre les da un agradable regusto terrenal a las almas. Cuando quieras, Hermanita.
—Yo siempre estoy lista —susurra Norah, y los gemelos Grayer comienzan a trazar símbolos en el aire.
También recitan, recitan un canto en una lengua que no conozco, y algo aparece por encima de la llama de la vela, algo con una luz rojiza en el interior que late como un corazón y tiene el tamaño de un cerebro. De dentro le brotan unos gusanos o unas raíces o unas venas. Algunas se extienden hacia los gemelos, y otras vienen hacia mí; intento echar la cabeza hacia atrás o apartarlos o al menos chillar, o cerrar los ojos, pero no puedo; se me meten en la boca, en las orejas, en las fosas nasales, como deditos afilados, y se ponen a hurgar en mi interior. Siento un dolor agudo en la frente, y en el espejo veo un punto negro en ella… No es sangre. Transcurren unos segundos. Algo brota de ella y se queda suspendido, una mancha del tamaño y la forma de una pelota de golf, justo ante mis ojos. Es casi transparente, como gel, o como clara de huevo, y está llena de granitos brillantes de polvo, o de galaxias, o…
Dios, qué bonito.
Madre mía, si titila.
Está vivo, es mío…
… los rostros de los gemelos se alzan hacia mí, Jonah a mi izquierda, Norah a mi derecha, con su piel suave, hambrientos, con los labios fruncidos como para silbar, chupando, con tanta fiereza que mi alma (¿qué otra cosa puede ser?) se estira lentamente pero con toda seguridad, como Blu Tack. La boca de Norah aspira como humo media alma, y la boca de Jonah la otra mitad. Sollozaría si pudiese, o diría «Os cogeré os mataré me las pagaréis», pero ya soy solo el residuo de Gordon Edmonds. Soy la cáscara. Soy su traje de carne y piel. Los gemelos tragan y dejan escapar unos gruñidos suaves, como yonquis cuando la droga les llega a la sangre después de chutarse. Ahora se oye un ruido de ajetreo tan fuerte como si fuese el fin del mundo. El cerebro ese que flotaba ya no está; las venas aéreas tampoco. Como si nunca hubiesen estado allí. Los gemelos Grayer se arrodillan uno frente a otro ante la vela, tan exánimes como la llama que no se mueve. El espejo está vacío. Mira esa diminuta migaja chamuscada como de papel. Ahí, en el suelo. Eso una vez fue una polilla.