La conquista, Iris y Construcción
La conquista
Sergio Bizzio
La conquista, Iris y Construcción
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LA CONQUISTA
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Cuando yo era un niño mi abuelo invadió China. Él, más un ejército de
50.000 hombres. No sé si mi abuelo murió en combate o si decidió
quedarse; nunca volvió. Dos décadas después mi padre integró un ejército
mucho más poderoso todavía. Su ausencia se prolongó diez años. Así fue
cómo me enteré, a su regreso, por el relato de su experiencia, que China,
además de una enorme masa de tierras sin fronteras naturales, “casi un
continente”, con múltiples culturas, grupos étnicos y dialectos, era el hogar
de un arte superior. No alcancé a comprender (mi padre murió al día
siguiente de su regreso, en la cama, luego de un respingo repentino y con un
chillido que sonó a resistencia) si con “arte” se refería a las artes sensibles,
o al arte de la atracción y asimilación que ejercían los chinos sobre sus
pueblos vecinos. En efecto, no pocos pueblos extranjeros habían
conseguido alzarse con el poder en vastas zonas de China, pero ninguno
había resultado nunca lo suficientemente numeroso para imponerse de
manera definitiva y mucho menos todavía para minar el espíritu del
imperio; tarde o temprano, los conquistadores consideraban que la mejor
solución era hacerse chinos lo más rápido posible.
Ese fue mi caso. Entré por el norte integrando un módico ejército de
30.000 personas; decir guerreros sería exagerar, aunque muchos de ellos lo
eran. Yo era calígrafo. Durante meses marchamos en dirección al centro,
hasta que nos topamos con una batalla ajena a nuestros intereses y
cambiamos de rumbo. Fuimos al oeste. Un diluvio y un enorme territorio
pantanoso e infranqueable nos forzó a estacionarnos en las laderas de las montañas, donde permanecimos varias semanas. El tedio de aquellas
interminables semanas de inacción fue tan grande que terminó por hacerse
pegajoso, a tal punto que los generales, no obstante el hecho de que la
llanura ya estaba otra vez seca, demoraban la partida, dejándolo todo para
mañana. Las únicas actividades se daban a propósito del natalicio del rey de
alguna de las tribus aliadas, o por el nacimiento de una princesa, o por la
conmemoración de tal o cual batalla; entonces había música, se cruzaban
cumplidos y felicitaciones y relucían los uniformes y las espadas. Otra
lluvia copiosa nos hizo reaccionar y partimos con celeridad, no fuera cosa
que se inundara todo de nuevo.
El ejército iba desintegrándose a medida que avanzaba; muchos morían
en batallas sin sentido, porque a su término, victoriosos, no sabíamos qué
hacer con la ciudad vencida y nos retirábamos luego de arrasarla; otros
desertaban; otros se instalaban en las aldeas y poblados que encontrábamos
en el camino. Yo me quedé en Ping, una pequeña ciudad a orillas del lago
Kuei. Me escondí en un canasto mientras el ejército se reabastecía y no
asomé la cabeza hasta que el último hombre se perdió de vista.
Ya en la calle me crucé con un anciano que empujaba un carro. Las
ruedas golpearon contra un pozo y del carro cayó algo que me apresuré a
recoger para devolverlo a su dueño. Era un libro de tela y caña. El anciano
mudaba su biblioteca. Calculé que llevaba unos trescientos volúmenes, y le
ofrecí mi ayuda. Tiré del carro hasta una casa en las afueras de la ciudad,
descargué los libros y los acomodé en unos estantes mientras el anciano,
que se movía muy despacio, entraba y salía de la casa con dos copas de
madera y un botellón de cerámica laqueada. Bebimos cómodamente
sentados en el suelo, de cara al jardín. Esa misma tarde conocí a Xiu, su
nieta, diez años menor que yo. Al otro día me fui a vivir con ellos. Debería decir “me quedé”, porque pasamos los tres la noche en vela hablando de
esto y de aquello.
Rigidez y brutalidad no son en absoluto rasgos chinos. Ni Xiu ni su
abuelo sentían aprecio por los guerreros; los conflictos armados eran para
ellos catástrofes de la naturaleza ante las que lo único que importa es
restablecer la paz. Yo estaba tan agradecido de que me hubieran aceptado, a
pesar de mi origen, que, como prueba de que no era verdaderamente un
invasor y de que mis intereses eran otros, escribí de memoria en un pedazo
de papel un poema de Li T’ai-po y se lo alcancé.
El anciano le echó un rápido vistazo.
—Carece de pasión —dijo—. También de flexibilidad, de ternura, de
aspereza, de rapidez, de armonía, de equilibrio, de contrastes, de libertad, y
de la belleza de lo irregular o desaliñado.
No se refería al poema, desde luego, sino a mi caligrafía, que tanto había
practicado. No me ofendí.
Xiu me contó que su abuelo era autor de mil poemas y que tiempo atrás,
mucho tiempo atrás, había sido introducido en el ambiente imperial y en
varias ocasiones llamado ante el emperador, quien apreciaba sus
improvisaciones, siempre brillantes. Pero muy a menudo tenían que ir a
buscarlo a las tabernas del mercado y bañarlo para que pudiera acudir a la
audiencia, por lo que terminó cayendo en desgracia, lo que no parecía
haberlo afectado. Seguía bebiendo. Había dejado de fumar y de escribir.
—No puedo escribir si no fumo —me dijo una tarde, respondiendo a una
pregunta mía—, así que ahora no escribo para no fumar. Me hace
muchísimo daño. Un poema debe esperar una gran cantidad de tiempo para
alcanzar su madurez y yo estoy demasiado viejo ya para aguardar los
resultados y comprobar si se trata de un poema logrado o malogrado. De
modo que bebo y no escribo.
También había sido un notable ceramista. En la casa conservaba algunas
de sus obras. La más admirable era una fuentecita de porcelana con flores
de peonías grabadas en dorado; el fondo de la fuentecita y las inflexiones
del borde, de cinco lóbulos, reproducían tan naturalmente hojas y flores que
el conjunto saltaba con éxito por encima de toda intención lírica o
decorativa. A pesar de su exquisita delicadeza, el suyo era un estilo duro.
Xiu, por su parte, era una gran amante y cocinera. Preparaba platos
deliciosos con nada y teníamos sexo todas las noches. Para no incomodar a
su abuelo, que dormía a metros de nosotros, al llegar al clímax Xiu
introducía en mi oreja los labios apretados en forma de cono y soltaba un
grito finísimo, inaudible para el anciano, y tan profundo que yo lo seguía
oyendo al otro día mientras tomábamos el té. A veces, paseando por la
orilla del lago, ella siempre unos pasos por detrás de mí, lo que no quería
decir nada en particular, solía darme vuelta y admirar la gracia insumisa con
la que se ponía rápidamente a mi lado.
—Me distraje —decía tomándome de un brazo.
Sus pequeños pies influían de una forma extraña y sutil en su manera de
caminar. Con las caderas para atrás, a un paso sumamente delicado, se
bamboleaba y parecía siempre a punto de caer. Me aseguró que sus
piececitos no habían sido vendados de niña, “por suerte”. El pie vendado
era la suprema complicación de la imaginación sensual china, de la que Xiu
estaba impregnada no obstante el hecho de que sus padres (muertos durante
una invasión) los habían dejado crecer en libertad. Aún así eran diminutos.
Una tarde bailó de punta sobre un lirio dorado.
Mi felicidad era completa. Tenía una casa, un plato de comida, un
maestro y una mujer, la mujer soñada. Estaba satisfecho y en paz.
Mi voluntad de colaboración me jugó en varias ocasiones una mala
pasada. Cierta vez modifiqué la tapa del caldero, perforándola para aliviar la presión del agua; otra, afilé el lomo de un cuchillo, convirtiéndolo en un
cuchillo de doble hoja. En ambas ocasiones fui severamente censurado. Mi
último intento por renovar y mejorar las cosas fue con un banquito de una
sola pata en el que el anciano se sentaba cada mañana a escuchar la salida
del sol. Le agregué dos patas, seguro de que el anciano agradecería el alivio
de no verse forzado a hacer equilibrio cada vez que lo ocupaba. Su reacción
fue de profundo desagrado. Arrancó las dos patas, las arrojó lo más lejos
que pudo, y dijo que si yo creía que algo no funcionaba bien, lo correcto era
que, antes de mover un dedo, me preguntara por qué los antiguos no lo
habían hecho de otro modo.
—La verdad se descubrió hace mucho tiempo, jovencito. Es esa vieja
verdad lo que hay que apresar.
Desde entonces me limité a cortar leña, a encender el fuego, a mejorar mi
caligrafía y a sonreír sin fatalismo ni abandono, libre del deseo de agradar.
Ese principio de decisión responsable me unió definitivamente al espíritu
del lugar. Podía doblarme como una caña de bambú, bajo cualquier carga,
que siempre conseguía incorporarme y colocarme en la actitud correcta, lo
que me granjeó un auténtico afecto de parte del anciano y selló el amor de
Xiu por mí.
¿Qué más podía pedir? Algunas preguntas bastan para arruinarlo todo.
Una tarde Xiu trajo a la casa a otro hombre.
—Hsin —dijo presentándolo.
Eso fue todo. Pero el tono de su voz al nombrarlo dejó en claro que se
trataba de un nuevo concubino.
Hsin era muy peludo. Entre sus pobladas cejas y el nacimiento de la larga
y abultada cabellera que le cubría la espalda quedaba a la vista apenas un
dedo de frente. Llevaba unas sandalias andrajosas y olía a estiércol.
—Hsin es un gran artista —agregó Xiu al verme fruncir la nariz.
Sus palabras me sorprendieron. El aro de hierro que Hsin llevaba en la
nariz sugería a un desertor, más que a un artista. Tenía el vientre más
abultado que hubiera visto nunca y las piernas muy torcidas, lo que indicaba
que había nacido y crecido arriba de un caballo, donde es tan difícil dibujar.
No obstante, Xiu estaba en lo cierto. Los dibujos de Hsin eran de un
realismo deslumbrante.
Una tarde alzó la hoja en la que había dibujado una montaña,
superponiéndola a la montaña que teníamos frente a nosotros. Al retirarla,
ni el anciano, ni yo, ni Xiu, fuimos capaces de advertir la más mínima
diferencia entre una montaña y otra, con excepción de un levísimo
movimiento de luz en la montaña real, lo que nos produjo un efecto muy
gratificante, como si hubiéramos amanecido de buen humor.
Pero el buen humor no fue moneda corriente en los días que siguieron a
esa demostración de habilidad. Hsin me despreciaba, no me dirigía la
palabra (debo decir que no le dirigía la palabra a nadie, ni siquiera a mi
dulce Xiu) y olía tan mal que terminé cediéndole con gusto mi lugar en la
esterilla en la que había dormido hasta entonces con Xiu, tolerando, dicho
sea de paso, sus codazos y patadas aparentemente casuales, a fin de
apropiarse de ella, y me retiré al rincón más alejado posible.
Una noche, asqueado por los gritos obscenos de Hsin, que montaba a la
silenciosa Xiu en todas las posiciones imaginables, salí de la casa y
encontré al anciano bamboleándose a la luz de la luna en su banquito.
—Échelo —le dije sin dudar.
—Imposible. Este es un imperio enorme.
No entendí a qué se refería y me quedé callado y pensativo.
La escena se repitió la noche siguiente.
—¿A qué se refiere con el tamaño del imperio? —le pregunté.
El anciano alzó las cejas sorprendido.
—A la enormidad del territorio, por supuesto —dijo.
¡Era tan difícil sacarle una explicación! Tuve que pasar con él varias
noches a la intemperie para lograr la unión de los fragmentos con los que
hablaba y comprender su sentido. Lo transcribo así:
—Quien vive tranquilo, en un territorio enorme, con todas las
posibilidades del mundo de escabullirse de sus deberes y de las órdenes de
instituciones estatales y religiosas escasamente desarrolladas como las
nuestras, necesita una ley interna para su vida personal y para su existencia
social. Usted dirá: pero ¿cuál es el término medio razonable entre el ideal y
la realidad? Yo le diré: los legisladores morales del imperio se han
esforzado mucho desde tiempos inmemoriales en la promoción y
realización de lo posible. ¿Para qué? Para evitar tensiones excesivas,
jovencito. Porque si bien es fácil exigir, y estará de acuerdo conmigo en
esto, no lo es tanto obrar con rectitud. La recomendación imperial de no
hacer todo por sí mismos y de no intervenir violentamente en el curso de las
cosas, sino dejarlas desarrollarse naturalmente, es algo con lo que estoy
absolutamente de acuerdo y que le recomiendo a usted pensar. Si puede,
incluso medítelo.
Hsin comía, bebía, dormía. Comía el doble de lo que comía yo, bebía el
doble o el triple de lo que bebía el anciano, dormía más que cualquiera de
nosotros, y, aunque seguía sin bañarse, Xiu no había elegido pasar conmigo
una sola noche desde su llegada; sin duda era su preferido. Pero lo más
irritante era que en su actitud no había desprecio, había indiferencia. Ni yo
ni el anciano existíamos para él, excepto cuando nuestra presencia era
necesaria o inevitable.
Entre comidas, entre una siesta y otra, Hsin dibujaba, dibujaba absorto,
diría incluso que en éxtasis. Xiu, parada detrás de él, le peinaba con los
dedos la larga cabellera negra.
Una mañana, cuatro o cinco semanas después de la llegada de Hsin, Xiu
fue a buscar unas hierbas aromáticas al bosque y volvió al atardecer en
compañía de un tercer hombre. Este se llamaba Wu. Era flaquísimo, sin
carne, de mirada huidiza, con una estructura ósea tan débil que hacía ruido
al caminar. Hsin lo recibió con indiferencia, y por la noche no tuvo ningún
inconveniente en compartir la esterilla en la que dormía con Xiu.
Al día siguiente, apenas Wu se levantó, el anciano le preguntó a qué se
dedicaba.
—A nada —respondió Wu en un hilo de voz.
Tuve la sensación de que ocultaba algo, pero no supe qué hasta mucho
tiempo después.
Wu pasaba las mañanas durmiendo, las tardes echado en el pasto y las
noches en la esterilla. Si mi oído no me ha engañado, jamás poseyó a Xiu,
excepto con los labios y con los dedos, tras lo cual se la entregaba a Hsin,
que la recibía ardiendo. Rara vez lo vimos de pie, generalmente orinando, o
de cuclillas detrás de un arbusto o de una roca; vivía en posición horizontal,
reptando de aquí para allá. Casi nunca respondía a las preguntas que se le
hacían, ni siquiera con gestos, y cuando por fin despegaba los labios, tan
ocasionalmente que conteníamos el aliento, resultaba lacónico y tontísimo.
“Sí”, “No”, “Qué se yo”, “Jaja”.
Una mañana el anciano describió un sueño febril que había tenido
durante la noche. Wu hizo un chasquido despreciativo con la lengua al
escucharlo, pero Hsin tomó el pincel y la tinta y pintó un cuadro que
correspondía plenamente al sueño del anciano.
El arte de Hsin era inaccesible. Me juego la cabeza, si se me permite la
expresión, a que no había nadie en el mundo capaz de apresar mediante la
palabra o la mirada los diferentes trazos del pincel de Hsin. Wu, alertado
por el sonido de nuestro asombro, levantó la cabeza del suelo y dijo con voz pastosa algo que nadie entendió, excepto por el tono, que era ofensivo. Hsin
hundió el mentón entre los hombros y apretó los puños, conteniendo su ira.
Fue un instante de máxima tensión; tuve la impresión de que cada segundo
en el tiempo era una estrecha puerta por la que podía entrar la muerte.
Para mi alivio, y para alivio del anciano y también de Xiu, Hsin
reaccionó como un artista: se apartó y, en lugar de golpearlo, dibujó sobre
una gran tela de seda un paisaje absolutamente maravilloso. Acto seguido
tomó de la mano a Xiu, se adentraron en el paisaje y desaparecieron para
siempre.
Wu esperó tres días el regreso de Xiu. Como eso no ocurría, agarró sus
pocas pertenencias y encaró el camino en dirección a la ciudad.
El anciano y yo nos quedamos paralizados observando el paisaje durante
el resto del día y durante varios de los días siguientes. La tela, atada por los
extremos a cuatro ramas entre dos árboles, embolsaba la brisa por delante y
a veces por detrás. Cuando lo hacía por detrás, inflándose, alcanzábamos a
captar en el aumento del dibujo imperfecciones y defectos que hacían
imposible aceptar que dos personas hubieran penetrado de la mano en él, y
aún más cuando la brisa soplaba por delante, comprimiéndolo.
En los días siguientes, sentados los dos frente a la tela, el anciano en su
banquito y yo en el suelo, advertimos, la primera vez de pura casualidad, ya
que estábamos absortos en el dibujo tratando de dilucidar si era arte en
efectivo, magia o un truco indescifrable, y en los días siguientes a
consciencia, que la tela se inflaba o desinflaba aunque no soplara ni la más
mínima brisa.
—Son ellos —susurró el anciano.
Entendí a qué se refería y pregunté:
—¿Quieren volver?
—No. Quieren arrancar la tela y llevársela para que nadie los siga.
Era una teoría descabellada y posible a la vez, en la que yo creí,
escéptico.
El dibujo representaba (era) un valle curvo al amanecer, con zonas de
rocas, de musgo, de flores, flores azules —ninguna al alcance de la mano
—, y a lo lejos, a través del áspero ramaje de los pinos, una última línea
irregular sobre la que refulgía una estrella demorada entre montañas,
muchas de ellas superpuestas, lo que sugería una cadena o cordillera más
allá de los límites de la tela, cosa que por otra parte el anciano y yo
podíamos corroborar con solo levantar la vista. Sin embargo, había algo en
el dibujo que no coincidía con el paisaje real, algo que no alcanzábamos a
descubrir y cuya presencia y ausencia se nos volvió cada vez más
inquietante. Pasábamos las mañanas y las tardes sumergidos en el juego de
las siete diferencias, que los chinos inventaron siglos atrás; pero aunque
buscábamos solo una, no dimos con ella hasta unos cuantos días después.
Todo contiene en sí mismo una contradicción. La oscuridad es el mínimo
de claridad, y la claridad el mínimo de oscuridad (por no hablar del reposo,
que según el anciano es movimiento en suspensión, o de la muerte, que
contiene a la vida, tanto como la vida a la muerte): dos formas de
manifestación de lo idéntico. Así, la tela era la única diferencia con el
paisaje, era ese “algo” que tanto habíamos buscado: un complicadísimo y
muy apretado sistema de hilos que escapaba a la visión y cuyo
entrecruzamiento formaba la tela, en la que nada propio de ella (nada,
absolutamente nada, ni sus bordes, ni la más ínfima hebra de seda) podía
dominarse con la mirada a causa del realismo del dibujo, que era perfecto.
La comprensión de ese esquema mental, comúnmente llamado Ying-Yang
(en el resto del mundo las cosas contradictorias están en lucha mientras que
aquí se encuentran en pacífico intercambio), me animó a introducirme en el
dibujo, tanto como en la tela.
Salí de la casa durante la noche. El anciano dormía. El rocío, denso,
acortinado, me hizo sentir que no estaba del todo despierto y me golpeé la
cara con fuerza, primero con una mano y enseguida con la otra. Después
adelanté un pie, rozando la tela… El dedo pulgar penetró en el paisaje y
desapareció al otro lado. La evidencia de la tela plegándose ante la presión
de los cuatro dedos restantes me hizo desistir. Debería decirlo de otro modo:
cuatro dedos empujaron la tela; uno solo penetró en ella, y temí perderlo;
desistí.
La noche siguiente volví a intentarlo. Esta vez el pie completo
desapareció en la tela. Durante un momento me quedé allí parado haciendo
equilibrio sobre una pierna. El pie al otro lado de la tela, por encima del
nivel del suelo, se apoyaba en algo sólido… ¿Qué era ese bulto, esa forma
en la que se apoyaba mi pie y que me invitaba a trastabillar, como ante
cualquier umbral? Aunque estaba descalzo, no pude averiguar qué. No lo
pensé más, y me zambullí.
Si el paso de un lado al otro resultó brutal, no fue por el golpe, sino por
las cosas que aparecieron ante mis ojos. Una sala rodeada de amplios
ventanales con vistas a un parque interminable; sillones, muchos sillones,
en uno de los cuales estaba sentado Hsin con un diario entre las manos,
mirándome sorprendido; una pequeña mesa patas para arriba, una botella de
vino en el suelo, dos copas rotas. Todavía alelado con lo que veía a mi
alrededor, me incorporé, cortándome una mano con los vidrios.
Hsin no parecía contento de verme, al contrario: seguía inmóvil con el
diario entre las manos, el ceño y los labios fruncidos. Vestía de negro, con
una polera que le cubría el mentón aunque no el ombligo, pantalón corto y
sandalias de cuero. Tenía las uñas sucias. En el pulgar de la mano izquierda
llevaba un grueso anillo de oro y en la muñeca una serie de cadenitas
enroscadas unas a otras, también de oro. ¿Me había reconocido? Se levantó de pronto, me agarró de un brazo y empezó a llevarme en dirección a la
salida.
No habíamos dado más que unos pocos pasos cuando entró Xiu. Sostenía
entre dos dedos una galletita recién mordida de la que colgaba la mitad de
una anchoa rosa.
—¡Xiu! —dije y en el acto los ojos se me llenaron de lágrimas.
Ella ahogó un grito.
Hsin me arrastró por un pasillo, abrió la puerta, una gruesa puerta
metálica, y al salir de la casa tres enormes perros repletos de colmillos se
nos vinieron al humo. Hsin los detuvo a centímetros de mi cuello, con un
chistido. Me arrojó al interior de un carro de golf, se sentó al volante y,
siempre rodeados por los perros, condujo durante varios minutos hasta un
muro perimetral, donde me ordenó bajar (golpe del codo). Había un portón.
Lo abrió con un control remoto y dijo sin énfasis:
—Fuera.
Mi gran temor en los días previos al arrojo que me trajo al otro lado era
el de encontrarme perdido en un mundo extraño, oscuro, pretérito; pero me
alivió comprobar que estaba tan cerca del presente. Ni bien Hsin me
expulsó de su residencia, cerrando el portón manualmente —a juzgar por el
ruido que hizo la hoja al golpear contra el marco de cemento—, me
encontré integrando de nuevo el ejército ya menguado con el que en los
últimos meses había atravesado media China. Los guerreros, y los que no lo
eran, como yo, aunque resultaba imposible distinguir a unos de otros,
dormían despatarrados en la pradera, muchos de ellos debajo de los
caballos, protegiéndose del sol abrasador de la mañana; las fogatas
nocturnas empezaban a apagarse y a humear.
Me acerqué a un joven extraordinariamente cabezón que orinaba sobre
unas brasas y le pregunté si estaba al tanto de la decisión de los generales en cuanto al rumbo que tomaríamos de ahí en más, pero él se limitó a mirarme
callado y apuró la presión del chorro como ante un loco del que era mejor
apartarse lo antes posible. Me di vuelta. La residencia de Hsin no estaba
allí, se había esfumado.
Pasé el resto de la mañana vagando por los campamentos desparramados
allá y aquí, en las laderas, a orillas de un río, en hondonadas, en los bosques
circundantes. Los hombres estaban agotados, aturdidos por el hambre; no
había nada que no diera lástima.
En determinado momento durante el paseo me topé con un viejo
conocido que mordisqueaba famélico el mango de cuero de un puñal. ¿Por
qué hacía eso, teniendo a su alrededor tanta hierba fresca a disposición?
Desde luego, la hierba no era gran cosa, pero sí mejor que un pedazo de
cuero duro y engrasado. Y además había peces, pájaros, ratas.
—Veneno —dijo—. El bosque, el arroyo, la pradera, está todo
envenenado. Un artilugio defensivo de los chinos de la zona.
—Pero…, los caballos, por lo que veo, pastan sin ningún problema, los
peces siguen su curso, la vegetación es verde y vigorosa, hay hongos...
—Nos afecta solo a nosotros —dijo interrumpiéndome.
¿Los peces nadaban envenenados, los pájaros envenenados volaban?
¿Quién había difundido semejante disparate? Sin duda un infiltrado; ese sí
que era un verdadero artilugio defensivo: su éxito podía atribuirse al
desaliento que propiciaba la inmensidad del territorio, donde los objetivos,
más que alcanzarse, se perdían, debilitando el sistema inmunitario. Corría
incluso la voz de que los chinos habían emprendido a nuestras espaldas la
construcción de una muralla a lo largo de la frontera infinita, con el
propósito de cerrar la retirada a los ejércitos invasores y exterminarlos
limpiamente puertas adentro, con todo el tiempo del mundo a su
disposición.
Para sacarlo del error me llevé a la boca un puñado de hierba y me comí
la cabeza de un pez que dormía regalado en un pozo junto a la orilla.
La noticia se propagó a la velocidad de la pólvora, desatando a su paso
un festín que siguió adelante, frenético, durante varios días, al cabo del cual
todo hasta donde alcanzaba la vista quedó seco, árido, pelado, como si
hubiera pasado la langosta. Una vez saciados, llegó la orden de los
generales de reiniciar la marcha.
Digo “los generales” y debo aclarar que nunca había visto a ninguno de
ellos. El ejército estaba conformado por gentes de muchas tribus y pueblos
distintos; se hablaban distintas lenguas, se usaban distintas armas y distintas
vestimentas; unos eran de piel oscura, otros grises, otros amarillos; los
había diminutos, gigantes, de cabeza ovalada, de cara achatada, sumisos,
rabiosos, un caleidoscopio humano imposible de unificar bajo las órdenes
de un solo conductor; tenían que ser varios, tenía que haber una larga serie
de líderes en la cadena de mando... ¿Por qué no había visto nunca a ninguno
de ellos?
Al parecer, no era el único que se hacía esa pregunta. Durante los altos en
la marcha, e incluso durante la marcha, principalmente durante la marcha,
nos angustiaba la sospecha de que íbamos a la deriva, sin más guía ni plan
que la que resultaba de rumores originados quién sabía dónde. Quizá
bastaba con que alguien diera un paso adelante para que el de al lado lo
imitara, poniendo al ejército en movimiento, lo que llevaba su tiempo: la
ola, el efecto dominó, podía tardar todo un día en ir de un extremo al otro.
Avanzar, detenerse, retroceder, vadear tal río o sitiar tal ciudad no eran las
únicas órdenes inexistentes que se obedecían sin chistar; también los
festejos, los racionamientos, los castigos, las sentencias… Pero volviendo
atrás: ¿quién era el que los había salvado de una muerte segura, animándose
a probar la hierba y el pez? Todo el mundo empezó a preguntar por mí; querían rendirme honores, y, aunque yo no era más que un humilde
calígrafo en busca de mejor destino, ascenderme en actos sucesivos hasta
convertirme en general. Nada más lejos de mis aspiraciones.
Me oculté durante varios días de la vista de aquel que masticaba el puñal
y que iba de aquí para allá en mi busca; teniendo en cuenta que era el único
que conocía mi rostro, debí ocultarme y al mismo tiempo seguirlo sin
perderle pisada, a fin de no ser tomado por sorpresa. Así fue cómo terminé
sabiendo sobre él mucho más que él mismo. Era Wu.
Sí, lánguido y perezoso como siempre, aunque ahora también con un
brillo nervioso en la mirada… ¿Cómo era posible que no me recordara,
habiendo compartido conmigo la misma casa durante meses? La respuesta
al enigma me sobresaltó: eso no había ocurrido aún.
Efectivamente, yo creía haber saltado hacia adelante en el tiempo,
reintegrándome al ejército en su marcha incesante, es decir: en el punto
donde los había abandonado al esconderme en un canasto, y ahora entendía
que lo había hecho hacia atrás y que la ocasión de desertar estaba lejos
todavía. Pero entonces ¿cómo era posible que Wu, al llegar a la casa de la
mano de Xiu, mucho tiempo después, no hubiera reconocido en mí al
hombre que tanto había buscado? Son cosas que pasan, me dije. La cuestión
persistió; y aunque yo iba de aquí para allá pisándole los talones para evitar
que me encontrara (difícil asegurar quién estaba más obsesionado con el
otro, si Wu conmigo o yo con él), en determinado momento me distraje y
una mano me agarró del cuello.
Muy bien. Ya en mi rol de general, ordené poner rumbo a Ping, donde me
aguardaba una vida pacífica y feliz junto a mi adorada Xiu y a su abuelo.
Esta vez, para no repetir la experiencia anterior, tendría que matar a Hsin
apenas pusiera un pie en la casa. Con solo pensarlo se me heló la sangre.
Pero sangre fría era justo lo que necesitaba.
Semanas después del reinicio de la marcha atravesábamos un valle
rodeado de colinas (por cuyas laderas verdinegras ya subía la vanguardia)
cuando se produjo un alboroto en la columna por detrás de mí. Dos jóvenes
muy ágiles se abrían paso a la carrera transportando en litera a un verdadero
adefesio humano, blando, transparente, surcado de venas multicolores, con
un ojo sellado por una cicatriz que le atravesaba la cara en diagonal. La
litera se detuvo a mi lado y el monstruo me ordenó que lo siguiera. En tanto
general, pregunté por qué. “Orden de arriba”, dijo el monstruo y acompañó
la respuesta con un golpe de látigo al aire, lo que me hizo pensar que
efectivamente había una autoridad por encima de mí y que era mejor
obedecer.
Corrí a la par de ellos durante horas, siguiéndolos. Al atardecer nos
detuvimos frente a una pequeña tienda en la retaguardia. El monstruo, sin
bajar de la litera, llamó golpeando las manos.
—¡Adelante! —dijo una voz suave y amable.
Aparté la cortina de entrada a la tienda. Sentado en el suelo, en posición
de loto sobre un alfombrín, había un hombre ni joven ni viejo, de pelo
limpio y vaporoso, con el torso desnudo repleto de tatuajes indescifrables;
una pollera de seda lo cubría desde la cintura hasta los tobillos. Usaba aros
en las orejas, en la nariz, en el labio inferior, y fumaba una larga raíz
combustible en forma de espiral, encendida en uno de sus extremos y con
una fina boquilla de plata en el otro. El humo era violeta, el aroma dulce. A
una indicación suya entré y ocupé un lugar en el suelo frente a él. La tienda
era tan pequeña que mi cabeza rozaba el techo, lo que me obligó a
encogerme.
—¿Una pitada? —invitó.
—No, gracias.
—Querido, me informan que te has erigido en general…
—Contra mi voluntad —interrumpí.
—No importa, eso no cambia nada. El caso es que has desviado al
ejército de su objetivo, si no me han informado mal. ¿Puedo preguntarte
hacia dónde nos dirigimos?
La pregunta me sorprendió. Por un instante no supe si su amabilidad era
cinismo o verdadera curiosidad. Respondí:
—Vamos camino a Ping.
—¿Ping? ¿Qué es Ping?
—Una ciudad muy próspera a orillas del lago Kuei.
—Nunca oí hablar de Ping ni del lago Kuei —dijo él rascándose la
cabeza con la boquilla—. ¿Existen, realmente?
—¡Sí!
—¿Y qué hay allí de atractivo para nosotros, si se puede saber?
No me sentí capaz de decirle que en Ping me esperaba una casa, un plato
de comida, bellos atardeceres en compañía de un anciano que haría las
veces de maestro y una mujer exquisita de la que estaba prendado y por la
que me convertiría en asesino. A cambio, dije que no lo sabía con certeza,
ante lo que él asintió, pero que el desvío era necesario para descanso y
diversión y reabastecimiento del ejército. Hacía varias semanas ya que los
hombres comían hierba, como animales. Dicho sea de paso, bebían la leche
de las yeguas y también su sangre, practicándoles en el cuello una incisión e
introduciendo en ella una caña de la que succionaban hasta llenarse, por lo
que los animales estaban muy debilitados. Las violaciones entre guerreros
eran moneda corriente; y eso no era todo: también se enamoraban.
—¡Nunca había oído algo así! Y dime una cosa: ¿cuánto crees que nos
falta, en tiempo o espacio, para alcanzar ese oasis llamado Ping?
—¡Nada! —exclamé—. Ping está al otro lado de las colinas.
—¿Pitada?
—No, no, gracias.
No me llevó mucho tiempo darme cuenta de que no estaba en presencia
de un general, de un líder o de un rey, sino de un joven rico y caprichoso
que hacía turismo en tierras exóticas y que se había enganchado al ejército
para usarlo como custodia personal. Mi fastidio era indisimulable.
—Una pregunta más, antes de que se vaya: ¿por casualidad ha oído usted
hablar de un fenómeno llamado “música latina”?
—¿Música latina? —repetí.
—Así parece. ¿Ha oído algo sobre eso?
Negué con la cabeza y me levanté.
—Permítame compensar la molestia que se ha tomado en venir hasta aquí
—dijo él— cediéndole mi litera para el regreso.
Acepté. Pero el monstruo que me esperaba afuera no quiso bajarse; decía
que si nos acomodábamos un poco entrábamos los dos. Zanjé la discusión
encarando el camino a pie. Pronto dejé la carpa atrás.
Desde una elevación del terreno contemplé el valle delante de mí. Era
inmenso, y al mismo tiempo solo una partecita del total. ¿Qué clase de
demencia padecía el espíritu que nos animaba a adentrarnos en un imperio
como aquel? Solo el valle tenía la misma extensión que mi pueblo de
origen, incluyendo su propio valle y agregándole una docena de pueblos
vecinos más, también con sus valles. No era plano sino ligeramente
combado, como una cuchara; sobre los bordes de la cuchara se alzaban las
colinas, por una de las cuales subían las primeras líneas de arqueros y
lanceros. Marchaban en fila india, muy ordenadamente, un hombre detrás
del otro, como hormigas. Pero no era así; haciendo con la vista el camino
inverso, desde el punto más lejano hasta el punto en el que me encontraba,
el “cuerpo” del ejército era en realidad ancho, pesado y con malformaciones
varias: aquí unos hombres asaban un caballo mientras otros, dispuestos en círculo alrededor del fuego, protegían a los parrilleros a punta de espada y
cimitarra; allá un centenar de arqueros suplementarios exhaustos se había
echado a dormir, provocando un embotellamiento en el transporte de armas
pesadas; más allá dos hombres peleaban a golpes de puño rodeados de
apostadores. El desorden era total; y, sin embargo, avanzábamos.
Nadie sabía que yo era una autoridad; nadie excepto Wu, a quien otra vez
había perdido de vista semanas atrás. Pero eso ahora importaba poco y
nada. Ping estaba a distancia de un tiro con arco. Atardecía. Pensé: “Podría
subir la colina sin mayores inconvenientes, pero estoy casi sin fuerzas, diría
que no más de las necesarias para subir, y no me gustaría bajar por el otro
lado rodando desmayado”.
Pasé la noche tendido entre unos pastos. Al amanecer avancé en zigzag
por entre hombres y bestias dormidas, alcancé la cima de la colina y, desde
allí, antes de emprender el descenso, me detuve a estudiar el panorama
delante de mí: un amontonamiento de casas de madera y barro (Ping), un
lago de sal a sus espaldas (Kuei), a la izquierda el bosque donde mi mujer
(Xiu) pescaba a sus amantes, y, en lo alto de un montículo rocoso, en las
afueras de la ciudad, el techo de la casa donde esperaba reorganizar mi vida.
Entusiasmado, me lancé corriendo ladera abajo.
Durante el trayecto cambié varias veces de opinión, es decir de dirección.
Nunca había pensado tanto y a tanta velocidad; podía ir directamente a Ping
y repetir mi historia (esconderme en un canasto, aguardar a que el ejército
terminara de abastecerse, y recoger el libro de caña del anciano) o dirigirme
sin más dilaciones a la casa de Xiu en las afueras, ahorrándole a mi destino
los pormenores. Me decidí por esta última opción.
Llegué agitado y ya sin aire. El sol indicaba que era el mediodía. Miré
hacia atrás: el ejército sitiaba Ping.
Llamé golpeando las manos. Nadie respondió. Entendí que en ese
momento el anciano estaba en la ciudad acomodando sus libros en un carro,
y Xiu quién sabe dónde.
Entré a la casa y me recosté en la esterilla. Primero vendría el anciano; un
rato después llegaría Xiu. Esa certeza me reconfortó, y me dormí.
El anciano me despertó dándome golpecitos en un hombro con un pie. A
través de la puerta abierta vi el carro cargado de libros.
—¿Quién es usted? —me preguntó.
No me reconocía. Mejor dicho, no me conocía todavía.
Me incorporé, me disculpé por la intromisión y me ofrecí a descargar su
biblioteca. El anciano accedió entre malhumorado y calculador. Al salir de
la casa me crucé en el umbral con alguien que entraba y que sin duda era yo
mismo, lo que me puso los pelos de punta; llevaba en los brazos, en mis
brazos, una decena de libros de caña polvorientos.
Me recompuse como pude. Cargué la parte de libros que me tocaba, los
acomodé en unos estantes y, concluida la tarea, fui a sentarme junto a mi
doble bajo los árboles.
Por un momento no dijimos palabra. Uno de nosotros comentó, sin que
pudiera precisar cuál, que había hecho un largo viaje y que acababa de
llegar. Nuevo silencio.
—¿Planes? —Este fui yo.
—Ninguno.
De pronto creí comprender que hablaba solo. Que él hablaba solo y que
yo no estaba allí, no al menos de la misma forma que mi otro yo. Lo
confirmé cuando el anciano se sentó junto a nosotros. Traía una botella de
cerámica laqueada en una mano y dos copas de madera en la otra. Me
levanté de un salto, aterrado como un loco que siente que enloquece, y corrí
de un lado a otro por los alrededores de la casa, gritando. Gritaba sin sonido, a juzgar por la indiferencia de ellos, que charlaban y empinaban el
codo de lo más tranquilos. Finalmente, extenuado, me dejé caer boca abajo
en el suelo, a metros del anciano.
Minutos después lo escuché decir:
—Xiu, mi nieta.
Alcé la cabeza. En efecto, ahí estaba Xiu. Traía un enorme pedazo de
carne sanguinolenta en los brazos. Así la había conocido yo. En aquella
oportunidad, sin embargo, Xiu tenía también una flor en el pelo… Sí, muy
bien, ahí estaba la flor, sobre la otra oreja.
—Qué flor más delicada —le había dicho yo en aquella ocasión mientras
el goteo de la sangre de su presa le mojaba los dedos de un pie. Agregué
con una leve inclinación de la cabeza, presentándome—: Ala Blanca.
—Qué nombre más extraño —comentó Xiu bajando la vista para ocultar
una sonrisa.
—Mi madre y sus ideas. ¿Me permites?
Xiu depositó la carne sobre los brazos extendidos de Ala Blanca, tal
como habíamos hecho la primera vez que la vi. Ala Blanca dejó la carne en
el suelo y se abocó a la tarea de encender el fuego.
—¿Y este de dónde salió? —le preguntó Xiu a su abuelo ni bien
quedaron solos.
—Dormía en la casa cuando llegué —respondió el anciano—. Descargó
y ordenó mis libros y lo invité a beber. Es un joven muy extraño. Estaba
contándome que es un aprendiz de calígrafo y de pronto se interrumpió, se
levantó de un salto y se puso a gritar y a correr por los alrededores.
Yo paré la oreja. Si no había escuchado mal, eso quería decir que el
fantasma no era yo sino Ala Blanca… No obstante la confusión que me
embargaba, me concentré en las chispas. Ni bien conseguí una lengua de
fuego duradera me di vuelta y vi que Ala Blanca seguía acostado en el pasto, ahora boca arriba, apoyado sobre los codos. Tuve la impresión de que
estaba tan confundido como yo, e incluso más.
Fui a su encuentro. Me detuve a su lado (indecible alegría al ver que mi
sombra le cruzaba el pecho, aunque sin volumen) y le pregunté si me veía.
—Con toda claridad —respondió.
—¿Por qué me ignoraste así desde un principio, entonces?
—Inseguridad. Desde que me zambullí en el dibujo de Hsin me siento
inseguro, vacilante, como si no me hubiera marchado entero, como si una
parte de mí no se hubiera movido de aquí. Esa parte es la que te habla. Lo
que no sabía era que la otra iba a reaparecer de pronto, tanto tiempo
después.
—¿De modo que eres…?
—Ni lo preguntes —me interrumpió—. Quizá tu alma.
—¿Dónde está el dibujo?
—En tu tiempo no ha sido realizado todavía. En el mío no tengo idea.
Supongo que se lo han llevado. ¿Quién? Hsin, a lo mejor Xiu, a lo mejor los
dos. Unos días después de tu partida la tela embolsó una brisa repentina que
no afectó a las hojas de los árboles ni a mi cabello, aunque estaba sentado a
centímetros de allí, y se reabsorbió, por decirlo de alguna manera.
—Pero ¿cómo es posible? Acabo de conocer a Xiu…
—Xiu también acaba de conocerte. ¿Dirías que eso es imposible? Yo no
estaría tan seguro. Es tu tiempo. En el mío Xiu se ha ido para siempre. Oh,
Dios, adoro a esa mujer.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Lo presumes, que no es lo mismo. Pero todavía no la
has probado. Y a propósito: echa la carne al fuego, las brasas se consumen.
Cenamos los tres al aire libre (Xiu, el anciano y yo); Ala Blanca se
paseaba por los alrededores con las manos en la espalda, pensativo.
Hablamos de las mismas cosas de las que habíamos hablado en mi visita
original. Yo aproveché esa ventaja para mejorar mis réplicas y comentarios.
Xiu estaba encantada.
Al caer la noche salió la luna y en el acto volvió a ocultarse; tormenta.
Xiu me invitó a guarecerme en la casa, de donde ya no me iría. Ala Blanca
pasó la noche con nosotros en la esterilla, primero ubicándose al medio, de
donde lo eché, luego a mi lado, de donde también lo eché, luego del lado de
Xiu, como una mosca, sugiriéndome groserías sexuales en voz alta, casi a
los gritos, mientras ella me embriagaba con sus besos.
Al día siguiente desperté abrazado a mí mismo. Pregunté por Xiu. El
anciano me dijo que había ido al bosque en busca de unas hierbas
aromáticas para condimentar los restos del banquete de la noche anterior.
Volvió en compañía de Hsin.
Eso me sorprendió, porque recordaba con toda claridad que la aparición
de Hsin se había producido varias semanas después de haberme instalado en
la casa. Hsin traía pigmentos, lacas y pinceles en una caja. Xiu lo presentó
como a “un gran artista”. Yo recordaba haber pensado que en verdad no era
más que un bárbaro. Equivocadamente, desde luego. Aún así, no solo
persistí en mi error sino que además lo hice visible. Hsin, al ver mi
expresión, rio con desprecio y escupió a un costado.
Fui al encuentro del anciano y le pregunté:
—Hsin me calumnia, me insulta, se burla de mí, me hiere, me odia y me
engaña, ¿qué debo hacer?
El anciano respondió:
—No he visto que suceda nada de eso. Acaban de conocerse.
Apenas dos o tres días después, todo lo que le había dicho al anciano ya
era más que evidente. Hsin me calumniaba, me insultaba, se burlaba de mí,
me hería, me odiaba y me engañaba.
—¿Qué debo hacer? —volví a preguntarle.
—Lo único que has de hacer es soportarlo, rendirte a él, eludirlo,
ignorarlo. Y al cabo de unos años, míralo, y nada más.
¿Años? Apenas una semana después la situación ya era intolerable. Xiu
pasaba todo el tiempo en compañía de Hsin; dormía con él, ronroneaban
echados en el pasto, bajaban la voz cuando me veían cerca.
Una tarde llevé a Hsin al bosque con una excusa cualquiera y le corté el
cuello desde atrás con un puñal. Retrocedí sacudiendo los dedos
ensangrentados en el aire.
—Ala Blanca —dijo Hsin con voz tranquila, aunque también un poco
ronca—, pagarás por esto.
Cayó de rodillas, tosió, se incorporó y echó a correr hacia la casa.
Tenía que rematarlo. Lo seguí. Pero el vigoroso Hsin me sacó ventaja a
pesar de que iba sosteniéndose la cabeza sobre los hombros con las manos,
y llegó antes que yo.
Solté el puñal y me dirigí a la ciudad.
Lo había perdido todo.
Era de noche y caminé como un sonámbulo mirando con la mente las
estrellas vacías sobre mí y con los ojos el suelo bajo mis pies. Levanté la
vista al escuchar unas voces lejanas, que cesaron enseguida. La ciudad
estaba extrañamente apagada y silenciosa.
Me acerqué un poco más y alcancé a ver un contorno de sombras
multitudinarias, algunas humanas, otras de animales y otras de arietes y
torres de asalto rodantes. El ejército, mayoritariamente dormido en ese
momento, había cercado la ciudad.
Pasé por entre decenas de tribus fusionadas, pueblos nómades, pueblos
de cazadores, pueblos de ganaderos; no reconocí a ninguno en particular,
pero supe que estaban todos allí, algunos de ellos incluso con sus familias... Era evidente que la necesidad de disciplina se había impuesto y que se
mantenía con severidad; aún cuando no hubiera nadie al mando, se sabía
que hasta las menores infracciones serían fuertemente castigadas.
Era una hora avanzada de la noche. Pasé al lado de un grupo de soldados
amantes de la guerra que practicaban a la luz de la luna equitación y
arquería y tácticas de unidad con distintas formaciones, rotando
constantemente; una disciplina dura pero razonable que me hizo apurar el
paso, por lo que pisé algunas de las armaduras de los guerreros dormidos,
armaduras tan ligeras que sentí el roce de la seda de las camisas que
llevaban debajo para que, en caso de ser golpeados por una flecha, la seda
envolviera la punta y penetrara en la herida con ella, luego de lo cual les
bastaría tirar con suavidad de la tela alrededor de la flecha para quitarla sin
daño alguno. Mientras avanzaba me detuve ocasionalmente allá y aquí para
colocar algún hacha y alguna lanza en la mano de los durmientes inquietos,
a fin de ayudarlos a recuperar la placidez del sueño.
A medianoche entré a la ciudad.
La impresión de silencio que había tenido desde lejos era la misma que
reinaba de cerca: todo estaba a oscuras, nada se movía. Vagué por las calles
desiertas hasta que no me dieron más las piernas. A punto de dejarme caer,
divisé una luz al fondo de un estrecho callejón, de donde provenían voces y
risas alcoholizadas. Con mi último aliento, alcancé la entrada.
Era un tugurio. Había allí adentro unos cincuenta guerreros que
enmudecieron al verme y entre los que alcancé a reconocer a dos o tres de
mis oficiales de mayor confianza. Uno era Panchi’o, organizador de grandes
excursiones de caza en las estepas, excursiones que obedecían más a un
entrenamiento en maniobras dinámicas, tan útiles en el campo de batalla,
que a la necesidad de alimentar a la tropa. Me agradó verlo. En las buenas épocas, gracias a él solíamos reunir grandes cantidades de comida para
banquetes masivos. Lo saludé con una inclinación de la cabeza.
A su izquierda reconocí a un joven sin nombre, líder del batallón de
arqueros especiales, portadores de tres calibres de flechas y de un arco
pequeño que les permitía disparar en sincronía con el galope de los
caballos. Un tiro suave y estable que tantas alegrías nos había
proporcionado a lo largo de la campaña.
En medio de la sala, con una copa de bronce en la mano y una pata de
pollo en la otra, estaba congelado en actitud de sorpresa Li Juchen, jefe de
las tropas exploratorias, que marchaban siempre por delante de la fuerza
principal —a veces hasta doscientos kilómetros por delante— a fin de evitar
emboscadas. Lo saludé y acepté gustoso la copa que extendió hacia mí con
un crujido del brazo, congelado por la sorpresa todavía. Bebí hasta la última
gota y eructé. Los presentes se relajaron, dejando escapar al unísono un
grito de aprobación.
Wu fue el único que no se acobardó ante mi presencia. Dio tres pasos al
frente, dos más de lo que todo el mundo hubiera considerado prudente, y,
lejos de rozar su nariz con la mía aunque nos olfateamos como animales,
dijo:
—Emperador…
Comprendí adónde iba y asentí, interrumpiéndolo. Arrasamos la ciudad.
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