La conquista, Iris y Construcción
Iris
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Me dan asco muchas cosas, pero la gente que se escarba los dientes lo
supera todo; me pongo a hacer arcadas en el acto. En esas ocasiones, que
son cada vez menos, porque aprendí a comer en compañía de gente más
bien elegante y a rechazar cualquier invitación que pueda terminar con un
palillo entre los dientes, lo que es una lástima, ya que me gusta más la gente
sin modales, no tengo más remedio que levantarme de inmediato, diría que
corriendo, y no solo porque queda feo hacer arcadas y seguir sentado sino
porque me arriesgo a vomitar en la mesa.
Huyo, me refugio en un lugar apartado, fuera de la vista de los
comensales, y rememoro adrede una y otra vez la imagen que me dio asco,
acelerando la náusea hasta que se agota y puedo respirar de nuevo. Es mi
técnica. Provocándome una seguidilla de arcadas con la imagen en mente,
más que resistiéndome a ella, consigo que el mal trago pase rápido; es como
si al rever la imagen su poder se gastara, como si la evocación continua la
debilitara.
Lo que no siempre consigo es ocupar de nuevo mi lugar en la mesa con
tranquilidad. A veces vuelvo con la cara todavía contorsionada y con los
ojos rojos, como si hubiera llorado, lo que nunca es del todo falso; a veces
me recupero por completo y siento que soy ya invulnerable a cualquier otra
asquerosidad que pueda producirse, e incluso a la reiteración de lo que me
hizo abandonar la mesa minutos atrás.
En general quedo sensible, y apenas me dejo caer de nuevo en la silla y
miro al ordinario se produce una nueva explosión de arcadas, y tengo que levantarme otra vez. Si conozco el lugar no hay problema —a lo sumo
alimento mi fama de rarito—, pero me ha tocado estar en casas
completamente desconocidas y no saber para dónde ir. Eso me pasó una vez
en la mansión de los Blinder, adonde me había invitado el marido de la hija,
durante una de sus muy ocasionales visitas a la Argentina. Hablábamos de
todo y de nada con entusiasmo cuando de pronto (fue una verdadera
sorpresa para mí) la señora Blinder, tan fina, se empezó a escarbar los
dientes. Yo me levanté en el acto y salí como disparado hacia una sala
contigua al comedor, de donde pasé a otra sala, ahogando con una mano el
ya natural sonido ahogado de las arcadas, y me encontré de pronto cara a
cara con un hombre desnudo, muy fibroso, de barba y pelo largo, con
mirada de loco. Al verme, el hombre, que tenía una pata de pollo entre los
dientes, se inmovilizó; un instante después dio un salto y desapareció como
por arte de magia.
En ese momento pensé que era el amante de la mucama y, por supuesto,
no dije nada cuando volví a la mesa. Tiempo después me enteré de que el
hombre al que vi esa noche había vivido durante años en la casa (una
mansión de tres plantas, con veinte habitaciones) sin que sus propietarios
sospecharan siquiera de su presencia ahí adentro. Pero en ese momento no
sabía que se trataba de un intruso, y la impresión que me produjo la idea de
que la mucama tuviera a su amante desnudo en la casa, desnudo y
comiendo a sus anchas, hizo que me olvidara inmediatamente del asco que
me daba la señora. Incluso le sostuve la mirada cuando, al sentarme de
nuevo, me apuntó con el escarbadientes ya desflecado.
—¿Ha comido bien, Serge?
—Maravillosamente —dije yo sin exagerar.
—Espero que no cambie de opinión si menciona esta cena en alguna de
sus futuras novelas —dijo ella y se rio sin gracia y con insistencia, hasta que los demás decidieron acompañarla—. ¿En qué anda ahora? ¡No ha
dicho una palabra! Cuéntenos, por favor.
—Bueno, la verdad es que no ando en nada, para qué les voy a mentir.
No hago nada en todo el día. Pienso, eso sí, pero...
—¿Pero?
—Qué se yo.
—Me encanta su sinceridad.
Yo nunca me siento contento y sincero a la vez, todo lo contrario: la
sinceridad está para mí estrechamente ligada al dolor. Si no sufro, no puedo
decir la verdad, y a veces ni siquiera escucharla. La única vez que me atreví
a pedirle a alguien que por favor no se escarbara los dientes —justo cuando
se llevaba a la boca muy abierta un palillo apuntado hacia arriba, hacia una
de las muelas superiores, con una mano cubriendo a la otra como un
intérprete de armónica— se derrumbó en un abismo de vergüenza que me
partió el corazón. Pero no todo el mundo es así de receptivo. Días atrás fui a
comer un asado con el director, los actores y el equipo técnico de una
película basada en un libro mío. Eran treinta. Sentados a una mesa larga, en
determinado momento empezaron todos a escarbarse los dientes a la vez.
Dije:
—¡Por favor, no hagan eso! —con los ojos cerrados y una mano estirada
hacia ellos, fingiendo que sobreactuaba.
No me hicieron caso, ni siquiera entendieron a qué me refería, así que
cerré la mano, aunque mantuve el brazo extendido y, ahora serio, agregué
sin abrir los ojos:
—No se escarben los dientes, les juro que me hace mal, es una fobia
grave que tengo…
Respetuosos, pasaron todos al estilo intérprete de armónica.
—¡Tampoco, tampoco!
Empezaba a sentir las primeras contracciones en la boca del estómago.
Las arcadas no tardarían en llegar. Me levanté y busqué desesperadamente
el baño, lo que no me resultó fácil: estábamos en un club de natación, donde
ese día se filmaba la última escena, así que deambulé por los pasillos
haciendo arcadas hasta que por fin encontré un baño. Era el baño de damas.
El de caballeros no debía estar lejos, pero no me sobraba el tiempo y entré.
No había nadie. Inmediatamente me puse a rememorar la imagen, pero el
evento era masivo y no pude con ella: vomité. Vomité en el lavamanos.
Estaba enjuagándome la cara cuando se abrió la puerta de una de las
duchas y salió una mujer en bikini secándose el pelo con una toallita. Sin
escandalizarse, quiso saber si me sentía bien. Le dije que no.
—¿Llamo al médico? —me preguntó. Se ve que en el club tenían médico
fijo.
Me sentía tan avergonzado —y no tanto por haber sido sorprendido en el
baño de damas como por haber sido sorprendido vomitando en el baño de
damas— que, para sacarme a la mujer de encima, le dije que sí. Le dije que
sí con el cuerpo, doblándome y haciendo como pude una “s” y una “i”.
Ahora aquella intención me parece ridícula, además de imposible, pero la
mujer salió corriendo.
Esperé a que estuviera lo suficientemente lejos y salí yo también.
No quise volver a la mesa; imaginé que el equipo técnico y el elenco
debían estar todavía a pleno en la tarea de escarbarse los dientes, lo que
bastó para provocarme una nueva tanda de arcadas; arcadas en cascada.
Tuve que detenerme a metros de la salida del edificio principal, frente a las
grandes piletas de natación donde en ese momento practicaban decenas de
chicas y chicos federados y desde donde alcancé a ver a la mujer del baño
que avanzaba a paso rápido entre dos piletas, seguida por un joven de pelo blanco, de camisa y pantalones blancos, con un maletín en la mano. Di
media vuelta y escapé.
Volví al comedor. Apenas me senté de nuevo a la mesa (sin mirar a nadie,
con la vista fija en un ángulo del techo, prudente), el protagonista de la
película me hizo saber que estaba pálido. Le dije que había vomitado.
Furioso de pronto al captar el movimiento de florete que hacía el actor
con el palillo entre los labios, agregué que había vomitado por culpa de él y
de todos los cerdos (golpe en abanico del mentón) que se escarbaban los
dientes en la mesa. Se hizo un silencio.
El camarógrafo, un hombre de pocas pulgas, sentado a mi derecha, fue el
primero en reaccionar. Me dio una seguidilla de golpes en la frente con la
punta de un dedo sin uña y me preguntó con voz de infante:
—¿A quién le decís cerdo vos?
Le dije que a él, y aparté su brazo de mal modo. Un segundo después
estábamos los dos trenzados sobre la mesa, golpeándonos, y al segundo
siguiente en el suelo. El camarógrafo alzó un puño en cámara lenta —así al
menos lo vi yo, como si estirase un elástico—, y ya estaba a punto de
soltarlo sobre mi cara cuando oí la voz de alguien que se acercaba jadeando:
—¡No le peguen, no le peguen! —El plural me hizo notar que me atacaba
alguien más, aparte del camarógrafo; y en efecto: el sonidista, ladino, me
pateaba las costillas—. ¡Ese hombre está descompuesto!
Era la mujer del baño. El médico me ayudó a levantarme y me llevó a la
enfermería. Media hora después, la mujer me llevó a su casa.
Qué perturbador resulta pasar una hora, e incluso unos pocos minutos,
con un extraño y de repente darnos cuenta de que lo conocemos de toda la
vida. Hacía treinta años que no nos veíamos, pero no tuve ninguna duda de
que era ella: Iris. Habíamos nacido en el mismo pueblo, en la misma
cuadra, en casas vecinas.
Cuando la reconocí, sentado en el borde de la cama, abotonándome la
camisa mientras ella se paseaba desnuda por el cuarto en busca de un aro,
mi cabeza dio un brusco salto hacia atrás: la había amado en secreto durante
toda mi infancia y comienzos de la adolescencia, e incluso mucho tiempo
más a partir del día en que mis padres (y yo, lamentablemente) nos
mudamos a la ciudad y dejé de verla. No puedo decir lo que sentí.
Lo último que sabía de ella era que se había casado con quien había sido
mi mejor amigo. Ahora, a sus cuarenta años, era todavía una belleza, con
músculos trabajados por la natación; y aunque ya no era la misma, no
alcancé a entender qué me había impedido reconocerla antes. Las náuseas,
el vómito, la pelea eran distracciones seguras pero insuficientes, porque
también era cierto que habíamos salido juntos del club, que habíamos hecho
un largo viaje en auto y que habíamos subido diez pisos a paso de hormiga
en un ascensor hermético, durante el primer piso mirándonos fijo a los
ojos… Prefiero no detenerme a pensar por qué ella no me reconoció a mí.
Habíamos hecho el amor de manera más bien salvaje, con apenas un par de
relámpagos de dulzura muy a lo lejos, y no me atreví a decirle quién era.
Pensaba en estas cosas cuando Iris abandonó la búsqueda del aro y vino a
mi encuentro. Ahora me parece gracioso, pero en aquel momento se me
aceleró el corazón: se sentó sobre mis rodillas y, quitándose el otro aro, me
preguntó con voz de detective:
—¿Quién sos?
—¡Sergio! —respondí enseguida, sin pensar.
A continuación, sin duda excitada con la idea de tener a un extraño entre
manos, me desabrochó el único botón de la camisa que había conseguido
ensartar en el ojal y me empujó de espaldas sobre la cama.
No una: muchas veces noté que el nombre de alguien a quien acabo de
conocer suele estar despegado de la persona y que no se une a ella hasta después de un rato, y a veces nunca. No diría de mí que soy distraído o que
tengo mala memoria, pero ignoro el nombre de personas a las que frecuento
desde hace años, y acierto con el nombre de otras antes de que me lo digan.
Cuando me fui del pueblo, a los trece años, y ya no volví a verla, pasé
meses y más meses repitiendo su nombre. Ahora, treinta años después, su
nombre y ella volvían a acoplarse, y caían juntos sobre mí. Era una
coincidencia formidable. No había conseguido robarle un beso en trece
largos años de vida y de pronto hacía el amor con ella dos veces en una
hora.
Me arrepentí de haberle dicho mi verdadero nombre, como si fuera el
único Sergio del mundo, aunque era lo que sentía en ese momento. ¿Qué
hubiera ocurrido si me descubría, es decir si se daba cuenta de que yo era
aquel Sergio, o que este Sergio era aquel yo?
La pregunta no me estremeció, ni nada parecido, pero sostuve su cara
entre las manos y escuché la voz de mi padre diciéndome que nos íbamos
del pueblo. “Nos vamos a vivir a Buenos Aires”. Yo no pensé más que en
Iris y tuve ganas de estar solo y de llorar.
Agarré la bicicleta. A cinco kilómetros de mi casa había un arroyo, el
arroyo Las Hermanas, al que se llegaba por dos caminos: la ruta, que era
peligrosa para un chico de mi edad en bicicleta, aunque ya había hecho ese
trayecto un millón de veces, o una calle de tierra que separaba los campos al
norte del pueblo. Elegí este segundo camino.
Media hora después, al bajar una pendiente, me encontré con una larga
humareda que atravesaba el camino de lado a lado, como una pared.
Calculé, sin dejar de pedalear, aunque ahora sin fuerza, que la humareda
debía tener varios kilómetros de largo, porque miré a un lado y a otro y no
vi dónde empezaba ni dónde terminaba.
Nunca había visto nada semejante, un humo tan prolijo, como entubado.
Me dije que debía ser una quema de pastizales que el viento, ahora en
pausa, había extendido a un lado y a otro hasta donde alcanzaba la vista y
que ya disiparía cuando volviera a soplar, y seguí adelante. Entré a la nube.
No se veía nada. Enseguida se me hizo difícil respirar. Pensé en dar la
vuelta, pero me dije que la nube no podía ser tan ancha como para
ahogarme, y además ¿qué pasaba si el camino de regreso ya era más largo
del que me faltaba recorrer? Pedaleé con todas mis fuerzas.
Un minuto después salí de nuevo al aire libre. Salté de la bicicleta, que
siguió sola hasta que cayó de costado, como desmayada, y tosí largo rato
hasta que pude respirar otra vez con normalidad. Tenía el pelo y la ropa
cubiertos de ceniza.
Me sacudí un poco, subí aturdido a la bicicleta, y no había conseguido
todavía ni la mitad del equilibrio necesario para apoyar los dos pies en los
pedales cuando de pronto la vi: estaba sacudiéndose la ropa, estaba envuelta
en un halo de polvo y estaba indignada, pero era ella.
—¿Quién será el hijo de puta que hizo esto? —dijo cuando llegué a su
lado.
—¿Sabés que mañana me voy a vivir a Buenos Aires? —comenté yo
como si no supiera qué más decir, aparte de lo único que tenía en mente.
—¿En serio? Qué mal se va a poner Dante…
Dante era mi mejor amigo.
El comentario me resultó demoledor. ¿No le importaba que me fuera?
¿Lo único que le importaba era lo que iba a sentir Dante?
Mi contrariedad debió notarse, porque Iris estiró enseguida hacia mí una
mano piadosa y me sacudió el pelo.
—¿Qué tengo? —dije yo haciéndome el sorprendido y echando el cuerpo
hacia atrás, aunque sin apartar ni un milímetro la cabeza de su mano.
—Ceniza. ¿Qué vas a tener? Estás blanco. No quiero ni imaginarme
cómo debo estar yo…
El único color original entre nosotros era su bicicleta, blanca de fábrica.
Iris barrió de sus labios la ceniza con la lengua.
—¿Para dónde ibas?
—Para el arroyo —respondí mirando todavía sus labios desnudos—.
¿Vos?
El arroyo era un hilo de agua temblorosa entre rocas lisas y aplastadas
sobre las que los lugareños (y ocasionalmente los ricachones como Iris y
yo, a veces solos y a veces con toda la familia, más que nada cuando venía
alguien de afuera y había que mostrarle las bellezas naturales del pueblo)
extendían toallas y lonas y tomaban mate al sol escuchando la radio a todo
volumen mientras los chicos se tiraban barro de una orilla a la otra. Ese día
no había nadie.
Mi mamá me dijo en más de una ocasión que yo era un bebé cuando me
enamoré de Iris. Al parecer, una tarde en la que ella y la madre de Iris, que
eran muy amigas, nos dejaron gatear a nuestro antojo mientras tomaban
mate, Iris me rompió la cabeza con una piedra decorativa que encontró en
un canasto junto a una lámpara de pie. Por supuesto, yo no recordaba nada
de todo eso (ni de todo eso ni de todo lo demás: la desesperación con la que
estiraba los bracitos hacia ella, de madre en madre, cada vez que la veía, o
la urgencia con la que corría a su encuentro cuando aprendí a dar los
primeros pasos): en mi recuerdo de aquellos años Iris no era más que una
pelota borrosa de carne y lana. Pero tres décadas después del último día que
la vi, aquella tarde en el arroyo, mi memoria sigue repleta todavía de
imágenes suyas. Muchas son imágenes sueltas, mudas, como fotografías;
otras son escenas; otras, secuencias enteras en tres dimensiones, con
diálogos y pensamientos.
Una de las primeras situaciones con sonido que recuerdo completa
ocurrió el día que tomamos la comunión. Después de la ceremonia, los
padres de Iris invitaron a mis padres y a los de algunos otros chicos a tomar
café con masas. Los chicos corríamos por la casa, todos vestidos de blanco,
cuando de pronto tuve muchas ganas de ir al baño. Mi casa estaba cerrada y
me dio vergüenza revelar mi urgencia delante de todos, así que salí en
silencio, me senté en el tapial del frente (las casas de aquella época tenían
un pequeño tapial al frente, custodiando una alfombrita de pasto que nadie
podía pisar) y me hice caca encima.
Iris salió un momento después.
—¿Sabés que la hostia se hace con harina? —dijo.
Negué con la cabeza. Me quería morir.
—¿Te gustó a vos? —me preguntó haciendo equilibrio sobre el cordón de
la vereda, con los brazos pegados al cuerpo.
Asentí. Lo único que podía hacer era negar o asentir, desolado.
—Mi papá dice que los platos voladores son los aviones.
En algún momento olvidé lo que acababa de pasarme (aunque recuerdo
todavía aquellas frases suyas con absoluta claridad) y acepté la propuesta
que me hizo Iris de ir a buscar mandarinas al fondo de su casa. Al fondo
había un parque con árboles de mandarinas y de naranjas, a los que
trepábamos siempre. Subí a una de las ramas, y entonces me descubrió.
Casi me caigo de la vergüenza.
—No es nada —dijo ella.
Al día siguiente, apenas me levanté, agarré un lápiz y un papel y me
senté a la mesa del living con intención de escribirle una carta, una cartita
de amor. Estuve un rato largo pensando y mordiendo el lápiz hasta que mi
papá me dijo al pasar (llevaba sobre los hombros una alfombra enrollada):
—¿Vas a hacer un dibujo?
¡No sabía escribir! Ese mismo día me puse manos a la obra. Mi mamá me
enseñó las vocales y las consonantes y con la ayuda del libro de primer
grado de mi hermano, que ya tenía nueve años, una tarde conseguí escribir
dos palabras de corrido: “Ola” (“hola”) e “Iris”. Se las mostré. Al día
siguiente Iris me mostró a su vez una hoja de cuaderno en la que había
escrito varias veces la palabra “pedo” con lápiz negro en el interior de un
corazón lila. Durante los meses siguientes competimos para ver quién
escribía más palabras que el otro. Un año después, al empezar la escuela,
escribíamos y leíamos con fluidez, lo que resultó una desgracia: tuvimos
que ingresar directamente a segundo grado, con chicos mayores que
nosotros.
Fue un shock. Iris dejó de hablar y yo me volví insoportable y
pendenciero, pero no alcanzo a recordar si aquella reacción se debió a la
rabia por habernos separado de nuestros amigos naturales o a una
separación mucho más grave que sucedió casi en simultáneo: mis padres y
yo nos mudamos a una casa más grande, a diez cuadras de donde habíamos
vivido hasta entonces. Por supuesto, pronto nos dimos cuenta de que
seguíamos teniendo los amigos de siempre y además amigos nuevos, pero
ya no éramos vecinos, ya ni siquiera éramos del mismo barrio, y, aunque
poco tiempo después Iris volvió a ser la que había sido siempre, siguió sin
hablar, pero ahora solo conmigo (¿no me perdonaba que hubiera promovido
en ella el aprendizaje de la escritura, por la que tanto había sufrido?), y yo
seguí siendo pendenciero solo con ella. Teníamos siete años.
A los nueve me atropelló una moto. Iris fue a visitarme al hospital y me
regaló una revista de La Pequeña Lulú. Mientras sus padres conversaban
con los míos en el pasillo, nos quedamos callados mirando cosas distintas.
Hasta que entró Dante.
Dante iba a la otra escuela (en Ramallo había dos escuelas) pero vivía
enfrente de mi nueva casa y nos habíamos hecho amigos. Tenía diez años,
uno más que nosotros, y era un apasionado del tiro con arco. De hecho,
entró a la habitación con un arco nuevo, profesional, que acababan de
comprarle. Llevaba la empuñadura cruzada sobre la espalda y la cuerda
sobre el pecho, como un indio. Avergonzado al encontrarse con una chica
en la habitación (su pavoneo me estaba dirigido en exclusividad), se quitó el
arco y lo dejó sobre la cama.
Iris lo agarró, lo examinó, tensó la cuerda, apuntó a la cara de Dante y
disparó.
—¿Tenés flechas? —le dijo.
—Las dejé en el auto —contestó Dante, serio.
—¿Vamos a buscarlas?
Iris y Dante se conocían solo de vista. Nunca habían hablado, nunca
habían estado a solas. Dante vaciló. Ocupó una silla al otro lado de la cama
y dijo a destiempo, acomodándose todavía:
—Bueno.
Se levantó y salieron los dos.
—¿Adónde van? —preguntaron los mayores en el pasillo, pero no
escuché ninguna respuesta.
Un rato después oí que Dante volvía y le pedía al padre las llaves del
auto, que estaba cerrado.
—Le quiero mostrar las flechas.
—Tomá —le dijo el padre—, pero ojo: vienen para acá adentro, nada de
andar tirando ahí afuera.
Iris y Dante tardaban en volver. Empecé a inquietarme. La moto me
había golpeado de lleno con la rueda y me había roto dos costillas, por lo que estaba fajado y no debía hacer fuerza para hablar. Llamé, de todos
modos. Nadie me oyó.
Lo último que recuerdo de ese día es que los seis adultos rodeaban mi
cama, todos de pie, como un muro, y que por detrás de ellos Iris y Dante
cuchicheaban y se reían; parecían haberse hecho amigos en el acto.
Al cabo de unos días de reposo obligatorio en casa, cuando por fin me
dejaron salir de nuevo a la calle fui a visitar a Dante, que vivía en un chalet
de paranoico, con ladrillo a la vista, con techo a dos aguas, completamente
enrejado. Lo encontré en el patio con Iris. Estaban los dos tirándole flechas
a una botella de agua. Ni bien me vio llegar, Dante puso los ojos en blanco
y me dijo por lo bajo que estaba a punto de darle un beso.
—Bueno, si querés me voy —dije ofendido.
—Tarde. Antes de preguntar si quiero que te vayas, tendrías que haberte
preguntado si quería que vinieras.
No fue exactamente el diálogo, pero sí el clima con el que me encontré.
¿Qué había pasado entre ellos durante mi convalecencia? Seguramente de
todo (¡teníamos nueve y diez años!), pero mi amistad con Dante siguió
adelante y se hizo más estrecha, en tanto que mi amistad con Iris fue poco a
poco desdibujándose, hasta que terminamos siendo nada más que
“compañeros de escuela”, algo que se notaba incluso cuando sus padres
venían a cenar a casa o cuando los míos iban a la de ella. Nos saludábamos
y nos tratábamos como si no hubiera nada especial entre nosotros, aparte de
lo que yo sentía por ella y que simulaba a la perfección.
Iris se dedicó a sus amigas y yo a mis amigos. Era muy raro que nos
mezcláramos. En esas ocasiones yo no tenía ojos más que para ella, pero
nunca la miraba de frente, la miraba de reojo, y creo que incluso con la
nuca. Era inquieta, decía groserías, se reía con la boca abierta y nunca o casi
nunca me dirigía la palabra. ¿Le pasaba conmigo lo mismo que a mí con ella? Me hice muchas veces esa pregunta, pero ¿cómo saberlo? Si en
aquella época hubiera tenido la madurez suficiente para sospecharlo, la
ilusión de una respuesta positiva me hubiera tranquilizado y relajado y
quizá nuestra relación habría sido distinta, porque lo cierto es que yo estaba
siempre tan tenso en su presencia que Iris bien podía pensar o sentir que la
despreciaba. A lo mejor fue ese equívoco la razón por la que un amor
nacido al mismo tiempo que nosotros se desplomó en la indiferencia,
cuando todo indicaba que sucedería lo contrario, que seríamos por lo menos
amigos del alma durante el resto de nuestra vida, quizá incluso con un
período intermedio de besos, sexo y complicidad… En eso andábamos
cuando nos encontramos al otro lado de la nube de humo.
En el arroyo, como dije antes, no había nadie. Iris se sacó las zapatillas,
se arremangó el jean y se sentó en la orilla con los pies apoyados en el
fondo.
Mientras se lavaba las manos y la cara, pensé que si Iris hubiera estado a
solas se habría quitado el pantalón y la camisa y se hubiera bañado, con
ceniza o sin ella; ese era su plan, y a lo mejor yo la molestaba. Así que me
alejé despacio, mirando al suelo, como si buscara algo entre las piedras,
hasta que llegué a la esclusa. Del otro lado el arroyo se ensanchaba y, con la
esclusa cerrada, se convertía en un piletón bastante profundo que los fines
de semana solía llenarse de bañistas. Me saqué la ropa y me tiré en
calzoncillos de cabeza al agua.
Nunca me había sacado el pantalón delante de ninguna chica, y mucho
menos delante de Iris; a lo mejor quise animarla para que ella también se
desvistiera, a lo mejor quise darle la impresión de estar más allá de todo. El
caso es que di unas brazadas bajo el agua y antes de emerger ya sentía la
vergüenza que tendría al salir. Me había desnudado en un segundo, pero ponerme de nuevo la ropa no iba a resultar tan fácil; además de trabajoso,
vestirse mojado es ridículo.
Nadé a un lado y a otro bajo la mirada fija y a la vez distraída de los
animales que bebían en la orilla, mientras buscaba una solución, y un rato
después, sin haberla encontrado, decidí salir sin dar más vueltas. Me paré en
la orilla de espaldas a Iris —mi pudor era más grande de frente que de
espaldas—, barrí el agua de las piernas haciendo un aro con las manos y me
calcé el pantalón, con mucha dificultad. Después, mientras luchaba para
embocar un brazo en la remera, me di vuelta y vi que Iris se había ido.
La llamé. La llamé en voz alta. Me sentí abochornado al escuchar el eco
de mi voz gritando su nombre con las ies triplicadas.
Un brazo vestido de amarillo se alzó desde atrás de una roca y agitó la
mano en el aire.
Fui a su encuentro.
Iris tomaba sol acostada boca arriba, con los pantalones todavía
arremangados.
—¿Te metiste? —me preguntó.
No había visto nada. No había estado mirándome.
Dije que sí.
—¿Desnudo?
—En calzoncillos.
—¿Y te pusiste el pantalón arriba del calzoncillo mojado?
—No importa.
—Se te va a paspar el culo.
Me reí. En realidad pronuncié dos tímidos “je je” con la vista gacha.
Iris se puso de costado, dándome la espalda.
—Poné a secar el calzoncillo, haceme caso. No te miro.
—No, no me voy a quedar desnudo acá, puede venir alguien…
—Sergio, no digo que te quedes en bolas, digo que te saques el pantalón
para que se te seque el calzoncillo —hizo un silencio—. Dale, no voy a
estar toda la tarde acá de costado…
Me saqué el pantalón y me acosté boca arriba. En el acto tuve una
erección.
Iris había apoyado la cabeza sobre el brazo izquierdo, doblado; el pelo
caía sobre su mano; el brazo derecho se extendía hacia atrás, pasando por
encima de la cabeza, y los dedos tamborileaban sobre la roca. ¿Qué haría yo
si de pronto se daba vuelta y me veía? Calculé que ante el menor de sus
movimientos, tendría tiempo más que suficiente para taparme con el
pantalón, sobre el que mantenía apoyada una mano preventiva, pero
después de pensarlo un poco decidí que si eso ocurría lo mejor que podía
hacer era ponerme yo también de costado, dándole rápidamente la espalda.
Así, mientras programaba mi huida, el calzoncillo se secaba al ritmo del
tam tam del corazón, por decirlo de la manera exacta, tan eléctrico que tuve
miedo de que Iris lo escuchara.
—Cuando sea grande, yo también me voy a ir a Buenos Aires —dijo
desperezándose con un solo brazo—, o a Rosario… Tengo que pensarlo.
¿Qué vas a hacer con la bicicleta, te la vas a llevar?
Hubiera sido tan fácil inclinarme sobre ella y apoyarle los labios en el
cuello, por no hablar de la erección, y aceptar el resultado con entereza,
fuera el que fuese. Pero estaba inseguro, tenía miedo, y la dejé escapar.
Nada se nos escapa tantas veces como el destino, que se presenta a cada
rato hasta que un día damos con él.
Al atardecer volvimos pedaleando por el mismo camino. El humo se
había disipado.
Fue la última vez que la vi.
Un par de días después ya vivía en Buenos Aires. Un mes después,
también. Varios meses después vivía definitivamente en Buenos Aires. La
extrañé, la extrañaba mucho, diría que con desesperación, y no solamente a
ella: extrañaba mi vida, la esfera completa de felicidad y libertad en la que
había crecido y en cuyo centro maravilloso flotaba Iris. Soñé con ella. Le
escribí miles de cartas que no le envié, cartas que ni siquiera terminaba.
Una tarde la llamé por teléfono y no tuvimos nada que decirnos.
Los nuevos amigos, las chicas que empezaba a conocer, el plus de
curiosidad y de atracción que me otorgaba ante ellos el hecho de ser yo
también alguien nuevo, un extranjero acoplándose a grupos ya
consolidados, hizo que Iris se fuera esfumando de a poco, siglo tras siglo…
Dicho de otra manera: no fui consciente de haberla olvidado hasta que la
volví a encontrar.
¿Qué pasaría si le dijera que soy yo?, me preguntaba. Lo primero que se
me ocurrió fue que, pasada la sorpresa inicial, Iris me echaba los brazos al
cuello y me decía riéndose algo así como: “¡Por fin!”. Lo segundo, que se
sentía engañada y agredida, y enseguida triste, y a continuación furiosa. La
progresión de reacciones duraba un minuto, o menos todavía, un segundo,
tras el que me daba un cachetazo. Acto seguido, con la misma mano con la
que me había golpeado, señalaba la puerta, y yo me iba. Me mantuve
callado.
A lo mejor fui un cobarde, quién sabe. A lo mejor hice bien. Yo creo que
hice bien. A veces creo que no, pero en general, cada vez que pienso en eso,
y no han pasado más de veinticuatro horas desde entonces, creo que hice
bien. El caso es que no me quedé mucho rato más. Ella no parecía
interesada en retenerme, por otra parte; lo que habíamos ido a hacer ya
estaba hecho.
En determinado momento se quedó pensativa, mirándome. ¿Sospechaba?
¿Intuía algo? Noté que sus manos se movían más cuando pensaba que
cuando hablaba, lo que me inquietó. Me dije que, si me reconocía, podía
sacar a relucir el recurso de la sorpresa: yo no la había reconocido a ella.
Para distraerla, le pregunté a qué se dedicaba. Dijo que era profesora de
natación y me contó con desgano algo que no entendí.
—Bueno, creo que… —dijo.
Me di unas palmaditas en los muslos, me levanté y me fui.
Ya en casa, durante la cena, mi mujer me hizo notar que tenía una ceja
lastimada. Le conté lo que había pasado esa mañana en el club de natación,
ante lo que ella bajó la vista sobre el plato negando apenas con la cabeza.
Fue una negación tan milimétrica que la advertí por el movimiento de su
pelo.
Sí, no me había dado cuenta de que tenía un corte en una ceja, a pesar de
que un rato atrás me había mirado al espejo durante décadas, pensando en
Iris y en la inmensa casualidad que me había permitido coronar el mayor y
más profundo de los deseos de mi infancia. “¡Qué casualidad!”, me decía
una y otra vez, hablando con la mente y aún así en susurros.
No caía. La sorpresa en la que flotaba se hizo cada vez más grande, a tal
punto que al día siguiente ya no creía en nada de lo que me había pasado,
como si hubiera sido un sueño. Entonces ocurrió algo extraordinario.
Juzgamos con demasiada ligereza la casualidad, somos indiferentes o
insensibles a las dificultades que una casualidad tiene que sortear para
abrirse paso a través de la realidad, en su camino a la existencia. Es lo
habitual. Lo extraordinario es que, trabajando codo a codo con las causas
más cercanas, una casualidad dé paso a otra, y esta, a su vez, influya en el
proceso de generación de la siguiente, acelerándolo o retardándolo. En mi
caso, aceleró.
Yo estaba en el mercado enfrente de casa eligiendo una botella de vino
para el almuerzo cuando se me acerca un tipo de mi edad, con mucho pelo,
con mucha barba, de ojos negros muy abiertos.
—¿¡Sergio!? —me preguntó.
Era Dante. No lo reconocí hasta que me lo dijo, pero era él.
Y de pronto, doblando una góndola, apareció su esposa. Dante y yo
estábamos todavía abrazados. Lo solté al verla y me caí de espaldas, con los
pies para arriba.
Iris y yo hicimos todo lo humanamente posible por miramos como si
nunca antes nos hubiéramos visto, aunque nos mirábamos como si no
hubiera nadie en el mundo aparte de nosotros.
Era una catástrofe. Maldije con un gesto minúsculo: tensé las narinas.
Ella afinó los labios.
Desde luego, no podía fingir frente a Dante que no reconocía al amor de
mi vida (en tanto que para ella yo no era más que el amante de ocasión, otra
vez allí), así que no tuve más remedio que preguntarle si se acordaba de mí.
—¿Te acordás de mí?
La pregunta debió resultarle un colmo de cinismo y desparpajo. Negó
con la cabeza, y, mostrándose abúlica y rápidamente desinteresada, e
incluso forzando un bostezo, señaló al fondo del mercado, murmuró algo y
se alejó.
—¿Es ella? —le pregunté a Dante cuando estuvimos de nuevo a solas.
—¿Ella…?
—Iris.
—¡Claro! —dijo él después de una pausa—. ¿Te acordás de Iris?
—Perfectamente. ¿Cómo no me voy a acordar? Qué raro que no me la
hayas presentado…
—Era lo que iba a hacer, pero ya viste: está de pésimo humor. Veníamos
peleando y paramos un minuto acá con la excusa de comprar algo, más que
nada para hacer un break. Cuando vuelva y le diga que sos vos se va a
querer morir.
—Qué increíble, Dante, qué casualidad. Lo último que escuché de
ustedes es que se habían casado… hace de esto como veinte años, si no me
equivoco...
Dante me hundió de pronto un dedo en el estómago y soltó una
carcajada.
—¡No, Sergito, no, te estaba cargando! Hace una punta de años que me
separé de Iris. Esta es mi mujer actual, Carmen. Ojo: no sos el primero que
las encuentra parecidas. Yo mismo me digo a veces que…
Dejé de escucharlo. Me sentí descolocado. No era posible.
Me puse a ordenar obsesivamente las botellas de vino en la estantería,
colocando las etiquetas de frente, a fin de ganar tiempo para que Iris y
Carmen terminaran de separarse y se volvieran independientes, la primera
en un pasado ya lejanísimo, de nuevo intocada, y la segunda escondida
detrás de la góndola, sin duda atenta al soliloquio de Dante, que a mí me
llegaba como un zumbido.
Calculé que Dante debía estar contándome cosas de su vida, así que no
hice ningún esfuerzo por descifrar lo que decía.
En determinado momento sentí en el mentón la punta de sus dedos, tres
dedos en forma de pinza. Me hizo girar la cara hacia él.
—¿Qué te pasa? —me preguntó.
—¿En qué sentido?
—Estás como… —Completó la frase con un chiflido y haciendo temblar
la mano abierta a la altura de la sien—. De chico eras igual, siempre en la
luna.
Carmen pasó por entre dos góndolas a paso rápido (llevaba colgado de un
brazo un canasto vacío), pero alcancé a notar que me miraba con odio.
Dante también la vio, la vio de reojo y la llamó. Ella no volvió a aparecer.
Me pidió que la disculpe; se sentía muy incómodo con el
comportamiento de su mujer. Yo me sentía con él mucho más incómodo
todavía de lo que él se sentía conmigo: le había robado a dos mujeres, a dos
mujeres en una, y de un plumazo. Nunca habría hecho algo semejante si lo
hubiera sabido, en el caso de Carmen, y tampoco con Iris, a quien había
creído reconocer después de haber hecho el amor la primera vez; la segunda
vez, convencido de que era ella, quizá podía considerarse una traición, con
el atenuante de que habían pasado treinta años y que ya ni sabía quién era
Dante. No obstante eso, había sido mi mejor amigo. Lo había querido como
a un hermano, y él a mí.
En el mercado, de hecho, Dante actuaba como si no hubiera pasado el
tiempo, o como si no hubiera nada más fácil de recuperar que la amistad,
sensación que yo hubiera compartido a pleno de no ser por lo que había
ocurrido el día anterior. La situación era de lo más embarazosa. Además,
era evidente que Carmen no podría sostener por mucho tiempo más la
búsqueda de no sé qué producto imprescindible y que de un momento a otro
tendría que unirse a nosotros, complicándolo todo aún más con su
presencia, así que apuré la despedida, lo que pareció desconcertarlo.
—¡Veámonos! —protestó.
En ese momento estalló el mercado.
Horas después se especulaba con que había sido un grupo de garrafas
recién descargadas junto a las cajas registradoras; otros hablaban de un caño
de gas. ¿Qué importa? Primero se escuchó el sonido, un sonido breve,
rapidísimo y sin consecuencias; después, en cámara lenta, la explosión
empezó a hacer efecto.
La parte delantera del mercado se desplomó sobre su eje, como una
demolición programada. Por todas partes volaban pedazos de mampostería,
chapas y hierros retorcidos, y algunas cabezas chinas. Lo curioso era que no
se trataba de un mercado chino. Pero las cabezas que nos pasaban por
encima eran orientales, con excepción de la cabeza de una señora de edad
que sostenía todavía en un pedazo de mano el celular contra la oreja.
El polvo se asentó pesadamente. Cuando pude ver de nuevo a mi
alrededor, descubrí que la mitad de las góndolas entre las que estábamos
habían caído, una a la izquierda, la otra a la derecha, como trenes
descarrilados, en tanto que Dante seguía en la misma posición de un
momento atrás, anotando mi teléfono. Yo estaba tan aturdido que le dicté
los números finales. Los anotó sin ninguna dificultad.
Carmen vino a nuestro encuentro caminando sobre una alfombra de
arroz, fideos, vidrios y latas, con una manzana asada en la mano. La mano
también se le había puesto negra. “¿Qué pasó?”, nos preguntó en voz muy
baja. “No sé”, dijo Dante desconcertado, “una bomba”.
No fuimos los únicos en resultar ilesos, pero sí los últimos en reaccionar.
Se acercaban sirenas. En la puerta, o en lo que había sido la puerta,
voluntarios del barrio ayudaban a los heridos a subir a una ambulancia. Se
oían decenas de voces superpuestas, hablando a toda velocidad. Nosotros
nos quedamos allí parados hasta que un enfermero se llevó a Carmen. Lo
seguimos.
Aunque íbamos tomados del brazo, ayudándonos a caminar sobre los
escombros, Dante parecía haberse olvidado por completo de mí. Subió a la
ambulancia sin darse vuelta siquiera para ver si lo seguía, o para
despedirse…
Mientras la ambulancia se alejaba levanté la vista hacia el tercer piso del
edificio de enfrente. Mi mujer estaba en el balcón. Acababa de descubrirme entre la gente y me miraba con expresión de alivio, pero —teniendo en
cuenta que no ignoraba que había ido al mercado— el hecho de que no
hubiera bajado inmediatamente después de la explosión me resultó
desconsolador.
Alguien me tomó de un brazo. Acababa de llegar una segunda
ambulancia. Dije que estaba bien, me solté con fastidio y crucé la calle sin
apartar la vista del balcón. “Qué rara es esa mujer”, me dije.
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