La dama del armiño
Capítulo 2
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Ya en el palacio Sforza, antes de sentarnos para el banquete, tuve ocasión de hablar con Beatriz. Dudé si hacerlo o no, pero decidí actuar con naturalidad. La ventaja de vivir en el norte de Italia es la bendita libertad de costumbres, el que nadie se escandalice porque un hombre o una mujer tenga un desliz o adopte el hijo de otro.
—Sé que has tenido un bebé precioso —me largó directo—. ¡Enhorabuena!
—Gracias, Beatriz —respondí—. Jamás he visto una novia más bonita que tú — añadí.
Quedamos en silencio, frente a frente, yo pensando que, de estar en Sicilia, andaríamos ya tirándonos del pelo. Igual que ella, quise ser directa y sincera.
—Quiero que sepas que te quiero —dije por fin—. Te quiero y te admiro desde que te conocí. También deseo que sepas que lo pasado, pasado está. Tu marido no volverá a tocarme.
Pensé que se limitaría a agradecer mi gesto, pero, en lugar de ello, se me abrazó conteniendo las lágrimas. Sentí sobre los míos sus senos firmes, de quinceañera, y no pude evitar pensar en Ludovico acariciándolos. Olía a su perfume de siempre: jazmín arábigo que atemperaba su sudor de niña. Vino en mi ayuda el matrimonio Gonzaga, Francesco e Isabel, desplazados a las bodas desde Mantua. Se los veía felices, lo cual resultaba halagador en una época de engaños matrimoniales, separaciones, muertes y adulterios. Por fortuna aquella vez no me sentaron en la mesa importante, la que ocupaban los novios y las personalidades mundanas, sino en la mesa más importante aún, donde estaban los cerebros pensantes, los poetas, escritores, músicos, científicos y arquitectos de la corte de Ludovico Sforza. Quiso el hado o quizá il Moro que me correspondiera un lugar entre Leonardo y Bramante, y a fe que disfruté como nunca en un banquete. Conversamos de lugares comunes, del tiempo, de aquella primavera especialmente hermosa y de lo guapas que estaban las novias. Fueron tan gentiles que ambos me tuvieron como intermediaria de sus opiniones, haciendo yo de filtro, girando el cuello a un lado y otro si preguntaban, contestaban, negaban o afirmaban algo. Es obvio que mis intervenciones fueron mínimas, limitándome a escuchar a aquellos sabios y tratar de aprender. De repente la conversación se centró en la ciencia y la cultura.
—La ciencia, el arte, la cultura, todo procede de la tierra —sostuvo Bramante.
—Opino igual —subrayó Leonardo—. Una red de lazos visibles o incorpóreos conecta entre sí los elementos, que operan según los principios de semejanza estática y dinámica y producen efectos proporcionales a las causas.
—Exacto —dijo el arquitecto—. La observación es la madre de todo. La naturaleza y el comportamiento de la materia puede explicarse observando el efecto que fuerzas similares producen en el objeto en cuestión.
—Cierto. Es por ello que todo lo que no puede verse o sentirse, que no es perceptible por el alma o la mente, no debe ser objeto de la ciencia —intervino Leonardo—. Hasta aquí el concepto de scienza ha hecho referencia a una serie de conocimientos basados en presunciones teóricas. Hoy, estos supuestos parten de una combinación de observaciones, conceptos filosóficos y valores matemáticos bien definidos que constituyen la quantità discontinua y, en algunos casos, formas continuas de la geometría, la quantità continua.
Yo escuchaba tales disquisiciones sin entender una palabra, pero sin osar preguntar, entre otras cosas porque quizá no hubiese entendido la respuesta.
—Has nombrado la palabra clave: geometría —sostuvo Donato D’Angelo—. El mundo se trasformó tras la aparición de Euclides.
—Es la pura verdad —corroboró Leonardo—. Quien domine la geometría tendrá mucho ganado para comprender las reglas de la naturaleza y los medios para manipularla y dominarla. La geometría resulta esencial en la perspectiva de mis cuadros, en la confección de máquinas e ingenios a escala y en la determinación del peso necesario para elevar objetos con poleas compuestas o calcular el alcance de proyectiles y dardos cuando son lanzados desde distintos ángulos de elevación.
—Afirmo lo mismo en cuanto a arquitectura —dijo Bramante—. Yo me ayudo en mis cálculos con el compás de puntas que ideó Euclides y que tú mejoraste —añadió.
—Llevo algún tiempo desarrollando soluciones a problemas geométricos, intentando resolver, por ejemplo, el viejo asunto de la cuadratura del círculo, en el que se estrellaron los geómetras alejandrinos y hasta Hipatia, la célebre matemática —aseguró Leonardo.
Yo estaba alucinada, pero no sorda. Casi me atraganté con un pedazo de medallón de langosta, deliciosa, que intentaba deglutir. Incluso a riesgo de meter la pata, pregunté:
—¿Cómo se entiende eso, maestro? ¿Puede un círculo ser al tiempo cuadrado?
—Hay cosas en la vida, deliciosa muñequita, que no pueden definirse ni tienen solución —contestó Leonardo—. Por ejemplo: nadie puede evitar su propia muerte ni alargar sus días un instante. Todo lo demás es solucionable. Yo baso mi escasa ciencia en los antiguos. En lo que respecta a los sólidos geométricos sigo los consejos de Platón, referente a la cuadratura del círculo acepto las pautas de Arquímedes y para duplicar el tamaño del cubo considero las soluciones de Eudoxo o de Helicón de Cízico. Todo ello lo plasmo en un manuscrito que reviso estos días.
—Entiendo —dije hecha un lío pero seria, probando una pizca de vaca salpresa.
Precisamente unos días antes, visitando al de Vinci, había ojeado tal documento. Era un voluminoso cartapacio titulado Manuscrito H, lleno de diseños de engranajes misteriosos, ruedas de movimiento perpetuo, un rompecabezas formado por cubos huecos y un enorme cañón que lanzaba proyectiles a una distancia de seis millas. El resto del banquete, que duró casi tres horas, lo pasaron mis comensales elucubrando sobre las pirámides, debatiendo sobre proporciones geométricas, cálculos para cimentación de edificios, diagonales, rectángulos, formas puras y hasta sobre el sexo de los ángeles. Solo a los postres, una selección de la mejor repostería milanesa, Bramante, que tenía fama de mujeriego, bajó a la tierra para susurrarme, casi al oído:
—Nunca te he visto más bonita que hoy, piccola Cecilia, ¿cómo lo haces?
—Me ves con buenos ojos, querido maestro —respondí.
—¿Qué harás ahora que eres libre? —preguntó con un brillo indecente en la mirada.
—No soy libre —aseguré—. Ninguna mujer que tiene un hijo es libre.
—Por supuesto, por supuesto —dijo—. Es solo que…
—¿Solo qué?
Quedó mudo un momento, mirándome, como reuniendo valor para decir lo que pensaba.
—Que vendería mi alma al diablo por una caricia tuya, por tenerte en mis brazos y después morir —dijo por fin.
—Me halagas, querido, pero no morirías: querrías más, y yo, en este momento de mi vida, no podría dártelo.
Terminado el banquete se inició el baile que abrieron Gian Galeazzo y su esposa, que habían llegado de Pavía. Las relaciones entre Ludovico y su sobrino eran tensas, pues a pesar de la presión del rey de Nápoles para que el Moro dejase de interferir en el gobierno y cediese todo el protagonismo al duque, mi examante seguía siendo el mandamás de hecho en Lombardía. Yo bailé lo que quise, pues me moría de ganas tras nueve meses de embarazo. A pesar de haber parido apenas dos semanas atrás, me encontraba en forma, tan elástica como la rama del alerce que recupera su posición al fundirse la nieve que la cubre. Me sorprendieron Isabel de Aragón y Beatriz d’Este, que, aprovechando un descanso de la orquesta, se acercaron para saludarme y pedir que les mostrase a mi pequeño.
—Tal vez duerma —traté de escabullirme.
—Anda… —dijeron las dos al tiempo, mohínas, frunciendo la nariz.
Las llevé a la cámara donde estaba su cuna. Vigilado por una niñera, Cesare dormía plácidamente.
—¡Qué guapo es! —exclamó Isabel—. La boca es de Ludovico, pero el mentón es tuyo —aseguró mirándome.
—No sé cómo puedes distinguirlo —afirmó Beatriz con voz firme—. Yo no paso de asegurar que será un niño guapo salga al padre o a la madre. ¿Qué tal fue el parto?
¡Ah!, dulce Italia del norte. Allí estaba, hablando de mi hijo con la esposa de su padre como si lo hiciésemos sobre el tiempo o la última moda en trajes veraniegos.
—Asistida por Andreas Wessel no hubo el menor problema —expliqué—. Fue un parto eutócico —dije para lucirme con un término que escuché de labios del galeno.
—¿Eutócico…? —se preguntó Isabel.
—Con la cabeza por delante, como el tuyo —contesté.
—Te dolería… —dijo aprensiva la D’Este.
—Un poco, al principio. Luego el mismo dolor va anestesiándote. Al final no me di cuenta de la episiotomía.
—¿Episioqué? —preguntó Beatriz.
Isabel, que estaba de nuevo embarazada, se dedicaba a mirar al bebé, que había abierto los ojos, y a tocar sus manitas. Me pidió permiso con la vista, se lo di con un gesto, le cogió y lo alzó en sus brazos. Cesare no lloró.
—Es un corte con el escalpelo en la piel perineal que facilita la salida de la cabeza del feto —la informé.
—Te veo muy puesta en las cosas del parto. Espero que me ayudes cuando llegue el momento.
—Será un placer, querida —dije íntimamente satisfecha, pues la petición llevaba implícita mi permanencia en Porta Giova.
—Lo hizo conmigo y resultó una gran ayuda —intervino Isabel—. Ni una hermana es capaz de portarse mejor. ¿Le das el pecho? —preguntó.
—Por supuesto —dije.
—¿Por supuesto por qué? —dijo la napolitana—. Mi marido no quiere que mis senos padezcan, por lo que al segundo mes me buscó un ama de cría.
—Pues yo opino que la lactancia es algo natural y que nada natural puede afectar al organismo —sostuve—. Leonardo da Vinci y Andreas Wessel me lo corroboraron. El físico, además, opina que el niño crece mejor y más sano cuando se alimenta del pecho de su madre.
Callamos. Recordé a Ludovico libando de mis senos igual que un cervatillo y el escozor pudendo debió hacerme temblar. Menos mal que los pensamientos son opacos. Regresamos al salón de baile cuando interpretaban una gallarda muy en boga. Las tres nos integramos en las filas de danzantes. Beatriz e Isabel se situaron frente a sus esposos, y a mí, al estar de non, me correspondió en suerte Blanca María Sforza. Blanca, que había seguido a su hermano Gian Galeazzo a Pavía, era una muchacha callada, un año mayor que yo, no demasiado agraciada y un caso muy curioso. La habían casado a los dos años con un primo hermano, Filiberto I de Saboya, pero el duque murió en la primavera del 82 y la dejó viuda sin cumplir los diez años. Después el rey Matías Corvino de Hungría la pidió en matrimonio para un hijo ilegítimo, Juan Corvino, al cual había reconocido y dado propiedades y títulos, pues quería que lo sucediera en el trono húngaro. En el 87 Blanca María y Juan se casaron por poderes en Milán, pero era el día en que aún no se conocían. Entre la muerte del rey húngaro y el fracaso de su hijo bastardo por hacerse con el trono pasaba el tiempo y aquella pobre niña era una casada sin marido, una especie de monja exclaustrada, por lo que los Sforza habían iniciado los trámites para la anulación de aquel enlace. Bailé con ella —no era raro que dos mujeres lo hicieran— y comprobé que seguía igual de mustia que siempre, maldiciendo al destino que la privaba de un varón que alegrara sus noches.
La fiesta terminó de madrugada, yo con los pies cuadrados, doloridos de tanta danza. El castillo de los Sforza quedó en silencio, pues los recién casados desaparecieron. Supe que Ludovico y Beatriz se habían refugiado en el Palazzo Verme, posesión familiar en la misma ciudad, antes de partir hacia Roma y Nápoles, y Alfonso y Ana se habían dirigido a Ferrara y Venecia. Fueron tres semanas de tranquilidad plena en las que pude ocuparme del pequeño Cesare. No sé si dije que lo había bautizado en la intimidad de la capilla del castillo, sin alharacas como corresponde a un bastarzuelo, acompañada por Blanca María Sforza, que aquellos días parecía más humana e hizo de madrina, y por Leonardo que accedió a apadrinarlo.
* * *
De señora de la casa, respetada y hasta temida por la servidumbre, pasé a ser una invitada un tanto distinguida, una más, la poetisa de la corte. Sabía que mi tiempo se acababa en Milán, que antes pronto que tarde debería dejar Porta Giova y al que fuera mi amante por dos años. Al regreso de los recién casados organicé mi vida: estudio matinal en la biblioteca, compra y clasificación de nuevos libros, paseo a caballo cuando lo deseaba, comida junto a Leonardo, Bramante o Bellincioni, siempre atareados en sus cometidos, y asistencia al salón cultural donde coincidía con Beatriz y Ludovico, con este menos, inmerso en problemas políticos cada vez más acuciantes. El rey de Nápoles le exigía, amenazando ya con atacarlo, que dejase actuar sin cortapisas al duque Gian Galeazzo. Entre líneas dejaba ver que, de no hacerlo, buscaría el apoyo de España, potencia emergente que, a punto de arrojar de la península ibérica a los islamitas, disponía de un potente ejército. El Moro, acorralado, precisaba la alianza con el Imperio a través de Maximiliano de Habsburgo, rey de romanos y próximo emperador, con la circunstancia favorable de que, habiendo enviudado de su primera mujer, María de Borgoña, Maximiliano buscaba esposa. Las primeras maquinaciones para ofrecer al Habsburgo carne joven en forma de mujer Sforza datan de entonces. La elegida fue Blanca María, pero al no ser libre por continuar casada con Juan Corvino, el bastardo húngaro, se intensificaron las presiones para obtener del papa la anulación del matrimonio.
De pronto Blanca María se convirtió en mi principal amiga y aliada en Porta Giova, pues permaneció en Milán cuando su hermano Gian Galeazzo volvió a Pavía. Era más dulce de lo que aparentaba su gesto áspero. En realidad era tímida. Durante aquel verano caluroso pasamos largos ratos paseando por el jardín o en mi cámara, viendo cómo gateaba, jugaba, reía o cogía rabietas mi pequeño. Dejaba que estuviese presente cuando le daba el pecho, lo cambiaba o, ayudada por su niñera, mudaba sus pañales y limpiaba el culito. Blanca María era algo mayor que yo, pero pensaba y se comportaba como una niña de once años. Me preguntaba por cosas del amor entre mujer y hombre, casi siempre escabrosas, y yo se las explicaba sin meterme en honduras o me salía por la tangente. Hay cosas que no pueden explicarse a una soltera ni entenderse a los diecinueve años, por ejemplo las caricias bucales que enloquecen al hombre, ya sabéis. Todo llega a su tiempo y puede comprenderse, incluso a menos edad, si el amante es hábil, educado y experto, como ocurrió en mi caso. La aversión de Isabel de Nápoles por Gian Galeazzo Sforza tenía aquella etiología, como ella misma me contó aquella vez. ¿Puede un sucio patán, ebrio, salvaje y mentecato exigir a una virgen de dieciocho años, en la noche de bodas, una felatio?
Ya dije que Blanca María no era precisamente bella, pero, teniendo arreglo, un día le hablé de ello.
—Podrías sacarle mayor provecho a tu cara y al cuerpo —aseguré.
Me miró con los ojos muy abiertos.
—¿A qué te refieres?
—A algo muy simple: sacas poco partido a tus bonitos ojos y a las uñas, a tus manos y pies, a los senos… El peinado que luces no te va. Lo mismo que tus trajes y vestidos: el color que te favorece no es el rojo, sino el beis. Con unos tacones adecuados ganarías altura y esbeltez. Todo ello junto te daría la seguridad y el aplomo que te falta.
Me agradeció el consejo y se puso en manos de Soraya, que en dos semanas la convirtió en otra mujer. Ludovico no se percató, pero sí Beatriz. Mi relación con mi rival fue mejorando poco a poco. Viendo que pasaban los meses y no ocurría nada, de la duda, desconfianza e inseguridad iniciales pasó a buscar mi compañía y amistad. La primera sorprendida de la inactividad de Ludovico era yo misma, pues esperaba un ataque frontal que no llegó hasta el otoño. Una tarde caliente de agosto Beatriz me siguió cabalgando al hayedo de Melzo. Dos soldados de la guardia nos escoltaban a prudente distancia. Me apeé en mi lugar favorito, un claro del bosque junto a un acebal de bayas rojas, me senté sobre un tronco vencido y esperé. Llegó ella, embridó a su yegua junto a la mía en la rama baja de un haya majestuosa y se sentó a mi lado. Estaba preciosa en traje de amazona, la cara arrebolada de la cabalgata y el aroma embriagante de siempre. Se lo dije.
—Quisiera ser menos guapa y tener la suerte de otras —aseguró.
—Eso no irá por mí… —respondí.
—¿Por quién si no? Ludovico te dejó embarazada enseguida y ya ves… A mí no consigue preñarme después de tres meses.
—No te preocupes —intenté tranquilizarla—. Andreas Wessel, el físico, asegura que conseguir un embarazo no es tan fácil.
—Me pregunto a veces si aún te ama… —dijo dibujando en el humus centenario, con la punta de una rama, un complicado jeroglífico de rectas y curvas.
—No debes preguntarte esas cosas, Beatriz —dije tomándole una mano—. Si Ludovico me amó una vez, aquello ya pasó, lo dije y lo repito. Con el roce y lo bonita que eres, con ese cuerpo, lo volverás loco si no lo está ya.
—Eres mejor de lo que había pensado, Cecilia —respondió con los ojos brillantes.
—Tú eres la bondadosa, querida. No soy mejor que tú. ¿Tienes quejas de él? Imagino que te amará a diario. Treinta y nueve años es buena edad para un hombre.
—¿Contigo lo hacía? Cuéntame…
—No pienso contar nada, doña curiosona. Insisto en que aquello es agua pasada. Te juré y te juro que no volveré a tocar a tu marido.
—¿Y si es él quien te busca? Voy conociendo a los hombres. No hay ninguno que pueda resistir la tentación si la tiene muy cerca. Además estos días lo veo raro, distante, como con la cabeza en otra parte.
—Son sus muchos problemas de gobierno.
—No es verdad. Es como si te pensara o evocara. Hace pocas noches me pareció que, entre sueños, musitaba tu nombre. No puedo más, Cecilia. Quizá lo más prudente fuera que abandonases la corte.
Quedamos en silencio. Un leñador, en alguna parte, talaba un árbol. Los secos golpes del hacha reverberaban y sus ecos se perdían en el aire. El silbo de los pájaros y el murmullo de la brisa componían la más hermosa de las músicas.
—Sería para mí un duro golpe —dije al fin—. No tengo dónde ir. A mi casa, soltera y con un niño, el rabo entre las piernas, no quisiera volver. Aquí lo tengo todo: los hombres que pueden enseñarme y la oportunidad de encontrar a uno que me convenga.
—De ello precisamente quería hablarte. No quise hacerlo con Ludovico sin decírtelo antes: voy a buscarte un novio o, mejor, un marido apropiado.
—Casamentera… Termino de cumplir dieciocho años.
—Casándote seguirás siendo mi amiga, lo prometo. De otra forma nunca podré dejar de pensar que…
—… que me acuesto con él, dilo. Y yo pregunto, ¿cuándo?, ¿dónde? Te repito que estoy dispuesta a respetarte.
—Perdóname. Los celos son sentimiento innoble, lo sé, pero difícil de vencer.
—Está bien —dije—. Buscadme marido, pero ¡ojo!, no me conformo con cualquier cosa.
Reímos las dos al tiempo, liberando ella sus miedos y yo con la extraña sensación de que mi tranquilidad se terminaba, de que la mentira se instalaba en mi mente y me iba a convertir en una adúltera. ¡Él soñaba conmigo! Decidí, cumpliendo mi palabra, no dar el primer paso, pero, a la vez, resolví que si me buscaba me encontraría. El verano se fue con una gran tormenta de agua en turbiones, truenos retumbantes resueltos en mil ecos y relámpagos cruzando y partiendo el firmamento en mil pedazos. Cesare, que con casi cinco meses empezaba a gatear, suscitaba la atención de Porta Giova entera con sus ojillos zarcos, el pelo rubio como un trigal de julio y sus gracias. Al menos una vez al día aparecía la pareja a visitarlo mientras jugaba con sus juguetes: varios muñecos y pelotas de trapo y un caballo de madera, con balancín, que su padre encargó para él al ebanista de palacio. Pero lo que más placía al chiquitín era jugar con Cicerón y Bimbo en el jardín, adonde lo sacaba la niñera si el tiempo era bueno como lo fue hasta el 30 de septiembre, cuando aquella tormenta.
Yo temblaba sin poder evitarlo en aquellas visitas. Temblaba sobre todo al pensar que Beatriz pudiera verme temblar. Ludovico me comía con los ojos sin ningún disimulo o el mínimo de desviar la mirada si su mujer estaba atenta. Sabía por una doncella adicta que Beatriz y él habían discutido a cuenta de mi estancia en la corte: ella insistía en que debía irme y Ludovico se negaba aduciendo mi labor de poetisa cortesana y temiendo por el niño, que al final era suyo. Eran muchas las muertes infantiles, sobre todo en los barrios humildes, las pestes y diarreas que se llevaban al limbo a tantos pequeños menores de tres años en un plis-plas. Da Vinci estaba seguro de que las originaban miasmas invisibles que moraban en el agua o pululaban en el ambiente, sobre todo en el cargado y pestilente donde, en las grandes ciudades, se hacinaban los miserables huyendo del hambre. En los campos abiertos y ventilados, donde los humildes contadini cultivaban sus propias hortalizas y criaban sus cerdos y gallinas, la mortandad infantil era mucho menor.
Aquel otoño fue un cortejo casi siempre mudo en el que Ludovico me asediaba como el cazador furtivo al lince. Me fisgaba en mis paseos por el jardín, sola o acompañada por Cesare en su cochecito de ruedas fabricado para él y diseñado por Leonardo, me rozaba si nos cruzábamos en un pasillo y me devoraba con la vista en sus visitas al pequeño o durante las tertulias, cuando declamaba mis versos pensando en él. Una tarde de noviembre, terminándose el mes, se presentó solo a ver al niño. El último reluz de un crepúsculo tintado en malvas y carmesíes penetraba por el ventanal, entornado ya, pues se iniciaba el frío. Recuerdo que me quedé tan yerta como la mujer de Lot cuando, olvidando el consejo del ángel, se dio la vuelta para ver cómo ardía Sodoma.
—¿Qué haces aquí? —pregunté—. ¿Y Beatriz?
—Vengo a ver a mi hijo, si se me permite, y a verte a ti. Beatriz está indispuesta.
—No será nada grave, confío…
—No lo es, cariño. Según el físico se trata de una leve influenza.
Quedamos en silencio. Ludovico hizo un gesto y la niñera salió volando. Luego se inclinó y acarició los ricitos de Cesare, que dormía ajeno a la maldad del mundo. Por fin se incorporó y me miró a los ojos.
—Ya no resisto más, mi amor —dijo—. Te adoro, te quiero más que a mi vida. Si he de arder en el purgatorio por amarte, lo haré.
—No digas disparates, Ludovico. Habíamos quedado…
—Hicimos planes, pero fue un error. El hombre y la mujer organizan su mundo, pero mandan las pasiones —insistió.
—He jurado a tu esposa que no te tocaré y cumpliré mi palabra —argumenté.
—No faltarás a tu promesa si soy yo quien te busca.
—No lo harás, promételo… —dije sintiendo que fallaban mis fuerzas.
Me rodeó con sus brazos y me besó en la boca hasta casi asfixiarme. Mientras besaba palpaba mis senos, mi sexo, mi trasero… Yo me dejaba hacer, sumisa, inmersa en una excitación creciente. Trató de quitarme la túnica, pero se lo impedí.
—Ahora no —dije cortante.
—¿Cuándo?
—No lo sé. Le debo a Beatriz un respeto que es de amiga leal. Ya hallaremos la forma.
—No podré esperar mucho. Me consumo de amor, ardo por dentro con un fuego que abrasa, sueño con tocarte desnuda, como antes, con libar de tu sexo que venero, con poseerte hasta la extenuación. De hecho lo hago cada vez que la tomo a ella: pienso que el cuerpo que tengo debajo es el tuyo y que es tu cueva mágica la que penetro y saboreo.
—Loco… Beatriz es adorable.
—Lo es, y la quiero de veras, pero de una forma diferente. Amando, a tu lado es una niña.
—Dale tiempo.
Me pareció escuchar un ligero rumor en la escalera de caracol y, rápida de reflejos, abrí la puerta, ordené que entrara la niñera —estaba allí, agazapada, con la oreja pegada a la jamba— y, sentada frente a la cuna, mecí al niño. Justo entonces se abrió la falsa puerta y, apartando el tapiz, entró Beatriz en la habitación. Venía desgreñada, en camisón de noche, con las ojeras violáceas que produce la fiebre.
—Pasa, querida —dije dominando el sofoco—. Me dice Ludovico que estás indispuesta. Espero que sea algo leve y pasajero.
—Estoy casi bien —afirmó—. Me desperté y quise ver al niño.
—A eso vine yo. Sigue tan guapo como siempre —dijo el Moro—. Me iba ya. Os dejo.
Y el desvergonzado desapareció. Para dar más verosimilitud a la escena me saqué un pecho y se lo ofrecí a Cesare que, goloso, se agarró a él como el náufrago al cabo que le alargan.
—Tenías razón —dije tras ordenar a la sirvienta que desapareciera por segunda vez en aquella noche loca—. Ludovico está raro: no me gusta nada cómo me mira. No entrará más en mi cámara si no lo hace contigo.
Tuve suerte. Me salvó mi intuición. Beatriz se fue convencida de que en mí tenía una aliada antes que una rival. Pero todo era pura ilusión, fuego fatuo. El resto de aquel año fui objeto de la más encarnizada persecución por parte de mi antiguo amante. No hay nada que enardezca tanto a un hombre como que lo rechace el objeto de sus ansias. Ludovico me acechaba en el parque, por detrás de la jaula de los pájaros, para robarme un beso. Escondido tras un repostero, en cualquier salón, saltaba sobre mí para tratar de abrazarme y levantarme la falda, el muy ladino, o volverme loca con sus disparates y propuestas descabelladas. Yo lo evitaba inmersa en un placer candente, que no hay mujer que no agradezca en sus adentros semejante acoso. Ordené colocar un pestillo en la puerta que daba acceso a la célebre escalera secreta y más de una noche lo escuché llegar, golpear con los nudillos jadeante e incluso musitar súplicas de clemencia pretendiendo que le abriera. Solía tomar el té con Beatriz, entregada a mí por completo cuando vio cómo triunfaba del asedio al que era sometida, pues no era tonta, y juntas asistíamos a las tertulias culturales y musicales que por entonces se enriquecieron con la presencia de nuevos artistas, poetas, pintores y arquitectos como Niccolo da Corregio, que patrocinaba Beatriz, quien lo trajera de Ferrara; Francesco di Giorgio Martini, que vino traído por Ludovico a impartir su doctrina y colaborar en la construcción de la catedral; o Albrecht Dürer, en Italia Alberto Durero, un joven pintor de veinte años que regresaba a Alemania tras recorrer nuestro país —Nápoles, Roma, Florencia y Venecia— buscando la excelencia pictórica. Jamás he visto un hombre más guapo y atractivo que el teutón: alto, fuerte, flexible como vara de fresno, de pelo rubio deshecho en mil tirabuzones, los ojos azules como el mar en las islas y emanando varonía por todos los poros de su cuerpo, era cortejado en plena calle por mujeres de cualquier condición y hasta por hombres, pues los homosexuales eran contemplados en Milán con indiferencia.
Durero estuvo en Porta Giova tres semanas, asistiendo a todas las reuniones. Se pegaba especialmente a Leonardo, cuya fama empezaba ya a traspasar fronteras, escuchando embobado sus discursos, tesis y propuestas. Pasaba las mañanas en el estudio de su ídolo, examinando sus manuscritos o viendo sus pinturas, barnices y pigmentos, observando las mezclas y las preparaciones de los lienzos y tablas. Precisamente aquellos días culminaba —con ayuda de Ambrogio de Predis— el retrato de Beatriz d’Este. Se trataba de un óleo sobre tabla de nogal curado efectuado esta vez de perfil, una obra maestra en la que la modelo tenía mucha parte de culpa por su belleza poco común. Leonardo eligió para ella un vestido largo en raso rojo, casi del color caoba de su lacia melena recogida en una redecilla recamada de perlas y sujeta con una cinta con los cabos sueltos. El rostro de Beatriz, su nariz clásica, la boca de piñón de labios rubros y el mentón breve eran las gemas principales de las muchas que adornaban su figura por todas partes. Completaba su atuendo un manto de terciopelo negro que dejaba ver las mangas del vestido. Alberto, el joven pintor alemán, contemplaba extasiado a la bella modelo y a su acompañante, mi humilde personita, pues quiso Leonardo que yo la distrajera en las largas sesiones en las que posaba para el retrato. A cuenta de Alberto Durero nos reímos Beatriz y yo una tarde, durante la merienda. Fue al día siguiente de conocerle.
—Ayer, cuando vi a aquel joven, tuve una especie de conmoción —declaré.
—¿Te refieres al pintor alemán? ¡Qué guapo es…! —reconoció Beatriz.
—Es más que guapo: me lo zamparía en dos bocados, como uno de estos mojicones de las monjas clarisas —corroboré.
—Entiendo tu emoción —dijo Beatriz.
—No me emocionó su belleza: me dio por pensar que era el novio que me estáis buscando.
Las dos estallamos en una risa franca y compulsiva, contagiosa. No podíamos parar. Si una aflojaba la otra recaía. Era tanto el bullicio festivo que asomó la cabeza Ludovico, que ordenaba papeles en su despacho.
—¿De qué se ríen mi amor y mi poetisa favorita? —preguntó risueño.
—De nada que te interese —dijo Beatriz—. Desaparece.
Proseguimos la conversación bajando el tono de voz, pues los hombres son mucho más curiosos que las mujeres.
—¿De verdad pensabas que Durero iba a ser tu marido? —me preguntó.
—También una tiene derecho a un hombre que merezca la pena. ¿O no?
—Tienes todo el derecho al mejor de los hombres —aseguró—. Conociendo tus gustos lanzaré mis redes por el norte de Italia. Soy la primera interesada en que seas feliz.
Pasó la navidad con la lentitud que suele. Quiso Ludovico celebrar la Nochebuena con los artistas, poetas y pintores que formaban su corte y cenamos todos juntos en una gran mesa. Yo sabía que era mi última navidad en Porta Giova. Ludovico no dejó de mirarme, de lanzar sobre mí el dardo envenenado de sus ojos negros, de poseerme con la vista. Ignoraba mi destino a medio plazo, pero conocía el inmediato: caer otra vez en los brazos del que fuese mi amante. Fue el caso que la cancillería había programado un viaje a Venecia del señor de Milán y de su esposa al objeto de que la Serenísima legitimara la usurpación del ducado que, ignorando los derechos de Gian Galeazzo Sforza, efectuaba el Moro desde el asesinato de su hermano Galeazzo Marìa. El día antes de partir a la ciudad lacustre, un correo a caballo anunciaba la inmediata llegada a Milán de un enviado del rey de Francia, Carlos VIII, con la intención de negociar el apoyo milanés a las pretensiones galas sobre Nápoles. El momento era el más indicado para, a cambio del favor, conseguir que los franceses justificaran las citadas aspiraciones de Ludovico Sforza. Por ello, el conde de Bari decidió suspender su marcha a Venecia, pero no la de su mujer, pues todo estaba preparado allí para el más cordial de los recibimientos. El 11 de enero partió la comitiva milanesa integrada por el canciller Baldassare Taccone, Beatriz d’Este y algunos artistas o poetas cortesanos como Bernardo Castiglione y Niccolo da Corregio. La acogida del Dogo, Agostino Barbarigo, fue más que amable los siete días que duró la embajada. Otro tanto puede decirse de la recepción milanesa al embajador de Carlos VIII, un conde o duque cuyo nombre olvidé, si bien fue mucho más corta, pues Ludovico despachó el asunto en dos días. Conmigo, sin embargo, se entretuvo más tiempo: durmió en mi cama todas las noches desde que Beatriz salió de Milán y estaba amándome cuando los heraldos del castillo, con sus sacabuches y trompetas al viento, anunciaron el regreso de su esposa.
No entraré en detalles escabrosos ni en las mil diabluras que me hizo el Moro, solo diré que aprovechó el tiempo avaramente adivinando que se terminaba para siempre la bonanza. Fueron días locos y noches de lujuria desbocada, apocalíptica, como si se aproximara el final de los tiempos.
—Estás completamente trastornado —dije una de las últimas madrugadas, saciada de placer, desnuda entre sus brazos—. Todo el castillo sabe que nos hemos amado como lunáticos incontables veces, amén de que Beatriz me olerá en ti desde que aparezca por la puerta.
—Lo sé, mi amor —confesó—, pero no he podido evitarlo. Llevo meses soñando con tu cuerpo.
—Temo la reacción de tu mujer. Yo, puesta en su lugar, exigiría la desaparición de mi rival.
—Lo tengo ya pensado —aseguró Ludovico—. Te instalaré en el palacio Verme, cercano como sabes, e iré a visitarte de vez en cuando sin llamar la atención.
—Me temo que no será tan fácil, cariño —dije—. Beatriz me está buscando novio.
—Estoy al tanto de ello —afirmó el Moro—. Yo me resisto, pues el día que te cases te perderé.
—¿Por qué? —pregunté—. No tienes por qué perderme. Acabo de descubrir que el adulterio es la forma más refinada del placer. Lo arreglaría para que pudieses visitarme sin que mi marido se enterase. Una casada infiel es la mejor garantía para un amor adúltero: el esposo suele estar en la inopia y si hay un embarazo se le endosa. Los hombres son mucho más dóciles y fáciles de engañar que las mujeres.
Se escuchó el lejano gañido de un perro. Me arrebujé en el hueco caliente que dejaba su cuerpo mientras él me besaba con la boca muy abierta. Por una rendija del balcón penetraba la tamizada claridad de la primera aurora junto al perfume de las flores y el silbo de los pájaros.
—Creo que Beatriz ha encontrado ese hombre —dejó caer Ludovico.
—¿De verdad? Espero que sea guapo y rico.
—Tiene dinero, pero es un noble de segunda fila: el conde Ludovico Carminati de Brambilla.
—Lo aceptaré si él me acepta y no es muy mayor.
—Tiene tres años más que yo y es bien parecido.
—¿Le conozco?
—Ignoro si reparaste en él, pues estuvo en mi boda. Él sí se fijó en ti, ignorante de que eras mi amante, enamorándose según parece como un loco.
—¿Cómo lo sabes?
—Beatriz ha hecho gestiones, pues el conde vive en Milán, aunque es de Bérgamo. Es viudo sin hijos. Ella quiere presentaros y casaros cuanto antes, pero yo me resisto, pues no quiero perderte, mi amor.
—Suena bien —dije.
Tal y como pensaba, Beatriz conoció la adúltera aventura de su marido nada más cruzar el zaguán de Porta Giova. Igual que yo con ella, tenía espías entre mis doncellas, aunque no hacía falta excesivo espionaje, pues hasta los ratones de las caballerizas sabían que el señor del castillo no había salido en siete días de la cámara de su poetisa. Al día siguiente de su llegada la encontré seria a la hora del té.
—Esto no puede seguir así, querida. Nada te recrimino por lo ocurrido, pues estoy segura de que fue Ludovico quien te buscó.
—Es cierto —respondí—, pero incluso así me siento culpable. Sabiendo como sabía que me buscaba desde hacía tiempo, debí haberme ido una temporada con mis padres a Siena. No sabes cómo siento que tengas que sufrir por mi culpa. Aceptaré cualquier cosa que propongas.
—Habrá que adelantar tu boda y, mientras, buscarte alojamiento. No puedo sosegar sabiendo que mi rival duerme a diez varas.
—¿Me has encontrado esposo? —pregunté dándomelas de nuevas.
—Sí. Se trata de Ludovico Carminati, un conde viudo y metido en la cuarentena que me consta te ama.
—¿Cómo es?
—Lo sabrás muy pronto, pues esta mañana le envié un mensajero para que se presente cuanto antes en Porta Giova. Os conoceréis. Será una suerte de petición de mano.
—Como dispongas. ¿Cuándo debo partir?
—En cuanto recojas tus cosas. Ludovico pone a tu disposición y la del niño el palacio Verme, aquí, en Milán. Te mandaré noticias del encuentro con el conde Carminati cuando las tenga.
—Gracias por todo, querida amiga —concluí—. ¿Podré asistir a las reuniones culturales? Ellas me dan la vida.
—Por supuesto. Yo estaré a tu lado para que el cafre de mi esposo no haga más estropicios.
Aquella noche ya dormí en el Palazzo Verme, un aristocrático caserón junto a la plaza del Mercado, de dos plantas, con precioso jardín, que los Sforza tenían para sus invitados a los grandes acontecimientos, como bodas o bautizos, cuando no cabían en Porta Giova. Verme tenía su propio servicio, lacayos, doncellas, ama de llaves y un aposentador, todo dispuesto para recibir a cualquier visitante. Me acompañaron Soraya, Cicerón y al tercer día Bimbo, pues el armiño se negó a comer cuando vio que su ama no estaba, emitiendo extraños sonidos que podían ser tomados por gañidos perrunos. Por ello Ludovico ordenó que me lo enviasen y fue mano de santo, pues nada más llegar y comprobar que su ama —realmente lo era, pues yo le daba de comer y lo mimaba— estaba allí, cesó en sus llantos y comió hasta hartarse.
Mi nueva residencia significó un descanso. Dormía a pierna suelta, sin la eterna incertidumbre de no saber qué iba a pasar. Me despertaba por las mañanas el cercano rumor del mercado de San Marcos: chirriar de ejes de carros que aportaban verduras de las cercanas huertas, voces de vendedores postulando sus géneros, guirigay de gentes, carromatos, gallos, perros, gatos y caballos en confusa bulla, vida, en fin. Llevando más de dos años sin ver a mi familia, invité a mis padres a pasar unos días en Milán. Les había ocultado la existencia de Cesare, por vergüenza, pero se volvieron locos cuando conocieron a su nieto, a punto ya de andar. Trajeron a Sahíz, que estaba como siempre, tan grande como un oso transilvano, la mirada bovina y el labio hendido y rezumante. Ludovico fue tan atento que pasó una tarde a visitarnos, acompañado por Beatriz, comprobando de paso cómo estaba instalada. El Moro y mi padre hablaron mucho rato en un despacho, supongo que de política. Cinco días después papá y mamá se despidieron. A las cinco semanas de residir en Verme, Beatriz me envió un billete con la noticia de que Ludovico Carminati, conde de Brambilla, había regresado de un viaje a la Campania y cenaría en Porta Giova el día siguiente a las ocho de la tarde. La nota terminaba con una curiosa indicación: «Ponte guapa. Te quiere, Beatriz».
El día de mi pedida se inició bien: mi pretendiente me despertó con flores. Una doncella me anunció la llegada de una enorme cesta con artísticos ramos de azucenas, camelias, calas y margaritas, flores blancas, símbolo de pureza, y una carta lacrada con el sello y las armas de los Carminati en la que mi segundo Ludovico me mostraba sus respetos. Hice colocar las flores en jarrones y búcaros y desayuné admirándolas, envuelta en su aroma. Di mi ritual paseo por el parque acompañada de Cicerón y Bimbo, comí pronto y ligero, reposé una hora, leí en la biblioteca prosa de Platón, consejos de Séneca y versos de Marcial, tomé un baño de sales y me puse en manos de Soraya.
Mi fiel sierva me compuso como si en vez de ir a una cena de compromiso fuese a la selección de odaliscas de un sultanato persa. Sobre mi piel desnuda iban las bragas de seda más excitantes de mi colección, una venda de gasa transparente que levantaba y embellecía mis pechos y la crujiente y almidonada enagua. Soraya eligió un traje largo muy escotado en raso carmesí bordado en oro, una capa de piel de marta cibelina, pues la tarde era helada, y escarpines de tacón alto. Llevaba el pelo recogido en una trenza ribeteada de perlas y me había perfumado con esencia de narciso y jazmín al modo sabio. Cuando me miré al espejo me sentí mayor y es que en realidad casi lo era: tenía un hijo de ocho meses e iba a cumplir diecinueve años. Cuando llegué a Porta Giova, quince minutos tarde como corresponde a una novia que se hace valer, me esperaban ansiosos ambos Ludovicos, no sé cuál de ellos más, y Beatriz d’Este. Nos presentaron. El novio estaba tan nervioso como un crío al que rapan el pelo por primera vez y yo, que era la cría, dominaba la situación con mañas de vieja alcahueta. Besó mi mano de manera fugaz y la soltó enseguida, como si le quemara o no entendiera que iba a ser suya para siempre.
Durante la cena, en la mesa de diario que presidían Ludovico Sforza a la derecha y a la izquierda Beatriz d’Este, nos enfrentaron. Un centro de flores me ocultaba en parte de las ansiosas miradas de Carminati. Desde el principio todo fue distendido y jovial. Se habló de arte y literatura. Supe que mi futuro —si pasaba su examen, y parece que sí pues me comía con los ojos— era un bibliófilo empedernido, conocido en los ambientes cultos de toda Lombardía, cosa que de entrada me predispuso a su favor. No era muy alto pero sí fuerte, de buena encarnadura y pesada osamenta. Tenía cuarenta y dos años, una edad excelente en la que el hombre empieza a superar las veleidades de la juventud y, por lo común, comienza a utilizar la cabeza. Era más afortunado en lo físico de lo que esperaba, sobre todo recordando mi primer compromiso. El color de su piel era agradable, moreno distinguido, respirando salud; su poblado cabello castaño le blanqueaba ya en los aladares; la nariz era curva y larga, grande como debe ser en un varón; tenía los ojos negros, enormes, siendo con las pestañas rizadas e interminables lo más bonito de su rostro; la boca no era chica pero sí inodora y risueña, hallándose habitada por dientes blancos y sanos a primera vista; lo demás: frente ancha y alta, pómulos chatos, orejas de murciélago y mentón pacífico, era anodino. Destacaba en su cuello una nuez descarada y pugnaz que semejaba indómita. Dicen que la nuez, atributo masculino donde los haya, es el reflejo de la virilidad en el varón normal. De ser así se cumplía el aserto solo a medias, pues el conde emanaba un aroma antes tímido que viril. Referente a lo sensual era una garantía, pues, de lo que yo averigüé y supe por Beatriz, fue fiel a su mujer mientras vivió y se le desconocían aventuras galantes. Hizo gala de un humor fino y discreto. Cuando sonreía, y lo hacía sin tasa, se despejaban dudas e incertidumbres: vivir con aquel hombre tenía que ser sencillo y grato incluso sin amor. Con arreglo a la fama de las mesas de Porta Giova la cena fue ligera y exquisita: consomé de ave, scampi a la griglia y pecho de corzo de los Dolomitas al horno, relleno de setas. Al tercer vaso de vino siciliano, de la propia bodega de palacio, al conde de Brambilla se le soltó la lengua.
—Apenas te conozco, querida Cecilia —dijo—, pero pareces educada y agradable de trato, además de muy guapa. Si me aceptas, y después de una relación de cierto tiempo que serviría para conocernos mejor, me casaré contigo.
Callé, pues sus palabras parecían la mejor opción. Además preferí escuchar a los casamenteros.
—Me parece una excelente idea —dijo el Moro.
—¿Qué tiempo duraría esa relación? —intervino Beatriz, algo inquieta.
—Realmente lo marcaría Cecilia —terció el conde—. Estoy seguro de que a mí me bastará con pocos días para amarla de veras.
Todos me miraron. Sé que lo correcto hubiera sido que me ruborizara, pero por más esfuerzos que hice no lo logré. Miré al que iba a ser mi esposo. Sabía ya lo suficiente de la vida como para no esperar ningún príncipe azul. Aquel varón de facciones corrientes tenía sentido del humor, era educado, sencillo, culto, suficientemente rico y, tal vez, un buen amante. Con el tiempo, quizá descubriera interesantes facetas de su personalidad más valiosas que la belleza física. Además, un hombre guapo en exceso es tan peligroso como la santabárbara de un navío de guerra a tiro de uno de los cañones de Leonardo da Vinci. Poseía sobre todas una virtud poco corriente en un hombre: la indulgencia necesaria para aceptar como esposa a la que había sido amante de otro, tenía un hijo de él y tal vez seguía amándolo. Le observé de nuevo: sofocado por el vino y la inquietud de un posible rechazo, me sonreía. Le hubiera dado el sí en aquel momento, pero quise alimentar la incertidumbre.
—Me encantará conocerte mejor, querido Ludovico —dije con el oficio que me prestaba ya el lidiar con hombres mayores desde los diez años—. Mi protector hasta aquí permitirá que me visites en el Palazzo Verme, donde, vigilados por mis doncellas, sabremos un poco más de nosotros mismos.
—Cuentas con mi permiso para cortejar a mi protegida —concedió Sforza—, pero antes de seguir, querido amigo, es preciso que garantices por escrito que prohijarás a Cesare, su pequeño hijo.
—Sin duda, sin duda —se apresuró a decir el conde—. Si todo sale como pretendo, lo adoptaré y todo lo mío será de mi mujer y de los hijos que haya con ella.
Es evidente que sabía, como todo Milán, quién era el padre del niño. Sabría también, igual que el último mendigo en la ciudad, que Cecilia Gallerani era hasta allí la amante dilecta del poderoso Sforza, su favorita. La cena terminó en medio de charla insustancial, con miradas a mi futuro buscando inéditos detalles de su fisonomía u ojeadas golosas de él hacia mi escote. Tras los postres nos trasladamos a un saloncito donde, a favor de los vapores de un licor de moras destilado en la casa, Ludovico Carminati de Brambilla, luego de admirar mi figura y una pulgada de tobillo que dispuse para él aviesamente alzándome la falda al sentarme, aseguró estar loco por iniciar el noviazgo cuanto antes. Me habló de su hacienda en Bérgamo, de sus pinares, de sus perros de caza, de un delicioso bosquecillo de hayas y robles de su propiedad, de su pasión por los manuscritos antiguos y de su colección de libros impresos con el invento de Gutenberg. Aseguró que su mejor proveedor de rarezas bibliográficas era un librero de viejo de Florencia, curiosamente el mismo que yo conociera a mi paso por la villa del Arno. Al despedirnos dejé que me besara en las mejillas para permitir que me rozara y aspirara mi aroma. Segura estoy de que, de haber hablado de boda al día siguiente, habría aceptado tras nombrarme su heredera universal. Habló de dejarme en Verme con su carroza, pues le cogía de paso, pero Ludovico el Moro, muy en su papel de guardián del tesoro del arca de la Alianza, no lo permitió y uno de sus carruajes custodiado por gente armada me llevó al palazzo.
Mi noviazgo duró seis meses, pues al final la boda se fijó para el 15 de julio. Ludovico, mi prometido, venía a visitarme todos los días al caer la tarde. Paseábamos por el parque cogidos de la mano si el tiempo era bueno o charlábamos en algún salón. Su charla era agradable, pues era cultivado, sabiendo enseñar y también escuchar. No era pedante, exhibiendo sus conocimientos si se le preguntaba. Nunca quise que nos vigilara nadie y además no hubiera hecho falta, pues, en todo aquel tiempo, mi novio no pasó de tentarme más allá de las manos. La verdad es que no me habría importado que lo hiciera y es que, a medida que iba conociéndolo, me gustaba más incluso físicamente. No sabría definir aquellos sentimientos. No era todavía amor, sino una mezcla de ternura, lástima y cariño casi filial hacia aquel hombre bueno, nada que ver con la pasión que aún me inspiraba el otro Ludovico. El Moro vino a verme varias veces, siempre sin avisar, la última tres días antes de la boda, cuando estuvo a punto de tropezar con mi pretendiente al entrar al palacio, pues él salía. Nos amábamos lo mismo que dementes furiosos, con la complicidad de Soraya. Terminado el amor, obligaba a mi amante a tomar un baño caliente, frotándole yo misma con jabón y estropajo para que Beatriz no detectara en él mi perfume ni los aromáticos efluvios de la batalla incruenta.
Gracias a aquella precaución, mi buena amiga, a la que veía cuando asistía a las tertulias palaciegas sforcescas, permaneció ignorante de las recientes travesuras de su esposo. El tema de conversación aquellos meses fue la caída de Granada en manos cristianas y la expulsión de los judíos de España ordenada por Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, título que les adjudicó el anciano papa Inocencio VIII por su larga lucha contra los infieles. A partir de mayo del 92, muchos de los cien mil hebreos exiliados se establecieron en Italia, sobre todo en Roma y en Milán. La expulsión y el maltrato a los semitas no era algo nuevo. Se daba en Alemania, Italia, Francia, Rusia y, unos años atrás, en Inglaterra, donde fueron perseguidos y muchos ajusticiados en terribles pogromos. También se habló de los judíos en las reuniones culturales. Leonardo y Bramante aseguraban que se trataba de una raza astuta pero inofensiva, siendo su astucia e inteligencia obligado colofón de tantos años de persecuciones y matanzas. Bernardo de Castiglione y Niccolo da Corregio opinaban, al contrario, que era un pueblo estigmatizado, resentido, cuyo único afán era el dinero y el dominio político. El Moro los consideraba más inteligentes de lo normal y más cultivados, siendo uno de sus físicos de aquella raza. Beatriz y yo nos poníamos de parte del pueblo hebreo, sin considerarlo responsable de la muerte de Cristo en la que intervinieran sus antepasados. En cuanto a Blanca María Sforza, no se definía en aquella cuestión. Lo que sí hizo fue congeniar conmigo hasta estar más unidas que nunca.
Con arreglo a los planes previstos, en la capilla del Palazzo Verme y en la fecha indicada, me casé con el hombre que me iba a hacer suficientemente feliz durante más de veinte años. Mi intención fue vestir de manera discreta, pero el conde de Bambrilla se empeñó en que la novia debía ir de blanco. Añadiré que no fui desnuda al matrimonio: mi padre me dotó con cuatro mil ducados milaneses de oro y mi madre aportó para mí un ajuar principesco.