La dama del armiño

Antonio Cavanillas de Blas · Capítulo 3 de 6 · parte 1/4

Páginas del PDF

La dama del armiño

Capítulo 2

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

2

San Giovanni in Croce, a 19 días de julio de 1536

 

Termino de regresar de Padua. Fue un viaje desagradable, como cualquiera en diligencia por esas bacheadas carreteras llenas de fango y charcas en invierno, secas y polvorientas de mayo a octubre. Iba buscando a Andrés Vesalio, un médico que a pesar de su juventud es catedrático de Anatomía en la Universidad paduana, una de las más antiguas de Italia. Siendo como fui amiga de su padre, físico en la corte de Ludovico el Moro, le había escrito y me esperaba en su casa de la pequeña localidad de Abano Bagno, famosa por sus aguas termales, a un cuarto de legua de Padua. Me abrió la puerta una anciana doncella que me condujo a su despacho. Aproveché la corta espera para echar un vistazo. Había una camilla de exploración protegida por un biombo, varias sillas de diferentes madres, alguna desvencijada, una mesa auxiliar con extraños cachivaches, otra llena de resmas de papel, libros, documentos e infolios en desorden y un cajón para recado de escribir con plumas, tintas, lacres, goma arábiga y polvos secantes. Lo presidía todo, colgado en la pared, un pergamino bellamente enmarcado que afirmaba en francés que Andreas Wessel había cursado sus estudios en la Sorbona, la antigua universidad de París, donde se había licenciado en 1534. Admiraba un curioso instrumento, un delgado fleje de cobre con un espejito diminuto en la punta, cuando apareció el personaje.

—Buenos días, señora condesa —dijo—. Es un placer saludarla. Tiene en las manos un espéculo laríngeo, aparato que permite a los médicos observar la laringe y lo más recóndito y profundo de la cavidad bucal.

Besó mi descarnada mano mientras le observaba. No parecía hijo de su padre: Andreas era alto y delgado y Andrés fornido y mediano de estatura; el padre era rubio y el hijo moreno bronceado; el viejo era poco agraciado de rostro, destartalado de figura, y el joven guapo y armónico de miembros. Por supuesto no comenté nada. En los misterios de la herencia lo prudente es no hurgar, creo que ya lo dije. ¿Quién puede afirmar que el cura de la aldea no es su padre? Me dio por pensar que la madre del recién licenciado, posiblemente una opulenta fémina flamenca, no guardaba quizá, y como es debido, las ausencias de su viajero esposo.

—Al veros no puedo dejar de evocar a vuestro señor padre, un excelente médico. ¿Vive? —pregunté.

—Lleno de achaques, señora, pero en Nimega está.

—¿Nimega?

—Nuestro lugar, en la raya entre Güeldres y Alemania. Tengo noticias recientes de él, pues nos carteamos. Cuidado por mi madre, va trampeando. Debo añadir que el autor de mis días no era médico titulado, pues nunca pasó por la universidad.

—Pues demostraba la sapiencia de Hipócrates —aseguré—. Mi primer hijo me lo sacó del vientre con tanta maestría como la más consumada partera. Noto que habéis españolizado nombre y apellido —añadí.

—Mi padre terminó como cirujano-barbero del emperador y rey de España y yo aspiro a emularlo. Estoy escribiendo un tratado anatómico que pienso dedicarle. ¿Qué os trae por aquí, señora?

Enumeré al joven licenciado mis problemas: el dolor de riñones, la hinchazón y el crujido en las rodillas, las molestias en el cuello y cierta calentura que me despertaba antes de amanecer empapada en sudor. Me preguntó por cosas relativas al dolor, su intensidad, cadencia y si cedía al avanzar el día o con el movimiento articular. Contesté a todo mientras él, meticuloso, anotaba los datos en una libreta. Luego ordenó que me desnudara tras el biombo, me tendiese en la camilla y me cubriese con una sábana que me facilitó. Jesús, qué cosas… Esto de la anamnesis y los escrúpulos debe ser materia nueva. En mis tiempos los galenos apenas preguntaban, no usaban libreta ni tampoco sábanas. Vesalio me reconoció de arriba abajo, pudoroso, descubriendo cada vez la parte que examinaba. Comprendo que lo hiciera despacio, pues ver de golpe lo que queda de mí debe ser patético. Palpó y percutió mi cabeza, movilizó brazos y piernas hasta los meñiques, auscultó con trompetilla mis pulmones, miró con sus espéculos dentro de los oídos, nariz y boca, tentó las vértebras hasta numerarlas, metió el dedo en mis orificios naturales buscando no sé qué e indagó con cuidado en mis tetas, tristes y arrugadas cual pasas de Corinto. Cuando carraspeó pensé que había acabado, pero aún quedaba.

—Orine en esta batea, señora —me pidió.

Lo hice mientras él aguardaba tras el biombo. Recuerdo que me sonrojé: a pesar de intentarlo, no logré evitar el bisbiseo que origina en la mujer el líquido excreticio al fluir por el meato urinario.

—¿Puedo vestirme ya? —pregunté alargándole el recipiente con la orina sacando una mano por encima del biombo.

—Sí, por favor —respondió.

Cuando salí había vertido el pis en una redoma de cristal. Lo miró al trasluz, agitó el frasco y, en medio de mi asombro, dio un sorbo que me pareció largo. Sabía que los galenos cataban la orina de sus pacientes buscando diagnosticar por medio del sabor, pero ignoraba que pudieran hacerlo con delectación. A Vesalio le faltó chascar la lengua, como hacía el salvero del duque de Milán cuando probaba el vino. Lo hubiese entendido de ser yo una tierna doncella de dieciséis años, edad que tenía cuando me desfloraron, un momento en el que, siendo bonita, despiertas en el hombre corriente cualquier clase de apetito. Uno que yo me sé me hubiera comido enterita, con las uñas.

—Tiene usted, señora, lo que llamamos reúma, que no es sino la alteración del tejido que conecta y gobierna los órganos internos y tapiza las grandes coyunturas, caderas, rodillas, etcétera —aseguró Vesalio—. Estos días el morbo se halla en fase activa, pues evoluciona mediante crisis, de ahí la fiebre nocturna que presenta. Por lo demás, sus cinco sentidos están bien, el corazón late con ritmo, los pulmones captan sin esfuerzo el espíritu vital, sus senos son normales, no presenta flujos vaginales ni hemorroides y el resto es uniforme.

Soltó la larga parrafada con voz campanuda y doctoral, engolada, como si estuviese en su cátedra y ante sus alumnos. Al fin tenía nombre la enfermedad que iba a matarme, pero no por ello estaba más contenta.

—¿Puede hacerse algo? —pregunté con apagada voz.

—Desde luego, señora. Investigo desde hace cinco años con un producto que viene del Oriente, de China exactamente, la raíz de un arbusto de aquellas latitudes que, sometida a adecuado cocimiento en agua destilada, obra buenos efectos en pacientes reumáticos según mi experiencia. Le proporcionaré dos frascos.

—¿Cuál es la dosis?

—Una cucharada pequeña tres veces al día coincidiendo con las comidas, lo mismo da antes que después.

Tras dedicar un recuerdo a su padre y abonar la consulta —me cobró seis carlines de plata, moneda napolitana con la efigie del emperador equivalente a dos piastras venecianas—, el médico me acompañó al carruaje y volví a Padua. Al día siguiente partí de vuelta a San Giovanni. Como suelo hacer si regreso de Padua o Venecia, me detuve en Mantua. Mi cuerpo no podía con el traqueteo de la diligencia y además me agradaba ver de nuevo a mis buenos amigos los duques. Los Gonzaga y los Carminati, la familia de mi difunto esposo, eran parientes. En vida de mi marido pasábamos temporadas en Mantua invitados por los entonces marqueses y, muerto él, su viuda era bien recibida en el castillo de San Giorgio.

Aquella vez no fue así, pues me alojaron en el palacio del Té, reciente posesión de los Gonzaga a las puertas de Mantua que reservan para sus invitados especiales. No conocía el palacio, pues las veces que pasé por la ciudad en mi juventud no existía y en otras posteriores estaban levantándolo. Paseé renqueante por el parque, vi la galería de pinturas y, del brazo del duque Federico, recorrí la Sala di Psiche, un espacio que empezaba a ser nombrado pues no existe nada comparable en rareza, originalidad y extravagancia en toda Italia. Es tanta que merece la pena describíroslo. De suelo y frisos de tarima de roble, las paredes y el techo están decorados por artistas del taller de Rafael Sanzio para escenificar el amor físico en una exaltación pagana, libre de inhibiciones, como solo es posible encontrar en mi tierra. Admiré perpleja los frescos, pues no pensé que pudiera plasmarse tal procacidad de forma tan hermosa, si es que la obscenidad pudiese serlo. Magistralmente pintadas aparecen ninfas desnudas copulando con jóvenes ardientes, demonios con cuernos caprinos y falos deformes seduciendo a vírgenes, sátiros ardorosos penetrando con colosales vergas a damas oferentes, mujeres despatarradas mostrando sin pudor sus vergüenzas, donceles de rubia cabellera amando contranatura a jóvenes y viejos y, en fin, cualquier aberración que se os ocurra en el ya viejo arte de la coyunda. Todo ello lo preside la escena central: Cupido y Psique bañan y preparan para el amor a Marte y Venus. El rostro de Marte me recordaba al del duque Federico con veinte años menos, pero el de Venus nada tenía que ver con el de la duquesa, su mujer. Tras leve indecisión me atreví a preguntar:

—Por Marte no indagaré, pero ¿quién es Venus?

Federico Gonzaga tardó en contestar. Tenía conmigo suficiente confianza, pues su madre y yo somos amigas íntimas desde hace cuarenta años y de niño lo tuve en mis rodillas. Por fin se decidió.

—Sabes más de la vida que yo, querida Cecilia, y podrás guardarme el secreto. Ella era Isabella Boschetto, una famosa cortesana veneciana, muerta ya, que fuera mi amante de soltero.

La duquesa Leonora, el duque Federico y su madre Isabel d’Este me acogieron con la cordialidad de siempre. Federico II padecía molestias parecidas a las mías además de podagra, por lo que iniciamos juntos el tratamiento con raíz de China que preconiza Vesalio. Cuando, nueve días después, ya que los duques no consintieron otra cosa, retorné a San Giovanni, la medicación hacía su efecto. Volví a disfrutar de la quietud de Mantua, de la perspectiva del río Mincio rodeando la ciudad y de las pinturas de la Camera degli Sposi, la ya famosa Camera picta de Andrea Mantegna.

 

* * *

 

En el otoño de 1489, cinco meses después de mi encuentro con Ludovico Sforza, me dirigí a Milán. Había cumplido ya dieciséis años. Mi padre quiso que me acompañara Sahíz, pero yo preferí que lo hiciera Soraya, que además de compañía podría darme consejos. De nada me valdría ya mi negro nubio, pues el futuro duque sería mi valedor y de ciertas protecciones me cuidaría yo misma. Viajé en dos diligencias, igual que una gran dama: delante Soraya conmigo y Cicerón, mi perrito faldero, y detrás el carruaje de respeto abarrotado de equipaje, pues no os imagináis cuántos baúles integran el bagaje de una signorina presumida y de buena familia, la cantidad de cosas que precisa para poder vivir. En la milanesa Puerta de Génova me esperaba un enviado de Ludovico, a caballo, y él condujo a la comitiva al castillo de Porta Giova, donde tenía su corte el gobernador efectivo de la Lombardía, pues el duque, su sobrino Gian Galeazzo, un mozalbete de veinte años, era un mero comparsa. Menos mal que alguien nos aguardaba, pues en el endiablado laberinto que conformaban las calles y plazas de la ciudad no hubiera sido fácil dar con el castillo.

En efecto, Milán era ya la ciudad más grande de Italia, Roma incluida, poblada por más de cien mil habitantes, a la altura de Sevilla, Barcelona o Lisboa y únicamente superada en Europa por París y Londres. Explicaba tan densa población el hecho de que la terrible epidemia de peste que asoló Italia en 1348, el vómito negro que dejó atrás llanto, muerte y desolación, respetó a la ciudad gracias a la rápida y acertada acción del obispo, que ordenó tapiar las primeras casas del suburbio en el que se inició. Es verdad que los atrapados en su interior, setenta u ochenta entre hombres, mujeres, niños y viejos, sanos o enfermos, murieron de la peste o de hambre en medio de espantosos bramidos, pero, visto con frialdad, la decisión fue la correcta. En la cercana Torino, donde el obispo tuvo menos reflejos, murieron de la epidemia veintiséis mil personas.

Me impresionó la belleza del antiguo burgo, seiscientos años anterior al nacimiento de Cristo. Su privilegiada situación, en una encrucijada de caminos en la zona del alto Po, propició su desarrollo en la época romana. En el siglo IV de nuestra era, siendo obispo Ambrosio y emperador TeodosioI, se convirtió durante cierto tiempo en la capital del Imperio romano de Occidente, y fue saqueada por los hunos de Atila en el 450. A la caída del Imperio ocuparon la urbe hérulos y ostrogodos, descendientes de aquellas tribus bárbaras del norte que cruzaron los limes germánicos en tiempos de Trajano y Adriano. Durante las guerras entre bizantinos y ostrogodos, el jefe Uraia saqueó la ciudad y arrasó las murallas, esclavizando a su población. Narsés, el general bizantino, la reconstruyó para, finalmente, ser conquistada por los lombardos, quienes la mantuvieron en su poder hasta que, en el 774, pasó a manos de Carlomagno.

La ciudad fue recuperando su antigua prosperidad de la mano de los arzobispos que, poco a poco, fueron perdiendo poder en beneficio de la nobleza. La bonanza llegó a la cúspide con la Liga Lombarda y bajo el poder de los Visconti, amos de la ciudad y su entorno desde 1277 hasta 1447, cuando los Sforza tomaron las riendas del gobierno. FranciscoI Sforza y su hijo Galeazzo Marìa fueron los primeros duques de Milán, una nobleza de designio imperial, y a la muerte de Galeazzo Marìa se hizo cargo de la situación Bona Sforza, la viuda, durante la minoría de edad del hijo de ambos, Gian Galeazzo. Ludovico el Moro, con la ayuda de su hermano Sforza Marìa, trató de oponerse a la arbitraria regencia de Bona. El ducado estaba aquellos años en manos de Cicco Simonetta, consejero de confianza de la viuda Sforza, al que trataron de vencer con las armas los hermanos sin conseguirlo. Desterrados ambos, Sforza Marìa murió envenenado en Varese mientras Ludovico languidecía en Pisa. Un año permaneció en Pisa il Moro, lo que tardó en mover con astucia sus fichas y hacerse con la voluntad de la nobleza y el alto clero de Milán. Tras regresar en olor de multitud, se reconcilió con Bona e hizo condenar a muerte a Simonetta en venganza, acusándolo de la muerte de su hermano. Al año siguiente obligó a Bona a dejar la ciudad y la encerró en el castillo de Abbiate. Al parecer Simonetta había pronosticado a Bona lo que iba a suceder tras la vuelta del Moro: «Io perderò la testa, ma voi lo stato», dejó escrito.

Tal era la situación lombarda a mi llegada a Milán. Maximiliano I de Habsburgo era rey de romanos, Carlos VIII de Valois reinaba en Francia y los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, lo hacían en España y se aprestaban a conquistar Granada, último bastión nazarí en la península ibérica. Ludovico Sforza me recibió con mucha cortesía en la puerta de su palacio, cercano a la plaza del Duomo, una bellísima catedral de cantería de piedra que se pensaba revestir de mármol blanco, en el centro de la urbe. Porta Giova, conocida también como el Castello Sforzesco, era una elegante fortaleza de tres plantas, cuadrada, con cuatro torres, el espacioso patio de armas y un bonito parque posterior, amurallado, de frondosa vegetación. El castillo, levantado en roca de cantera, estaba decorado con un gusto exquisito. Dos soldados uniformados hacían guardia en el portón de entrada, que daba al patio, y un tercero los imitaba en un portillo escondido del jardín, junto a un murete alfombrado de hiedra, escape que, supe más tarde, utilizaban las amantes de los Sforza para eludir ser vistas al entrar o salir.

La planta baja del palacio constaba de diferentes salas y salones comunicados entre sí, todos con los suelos de tarima o mármol, frisos de nogal, paredes con valiosos cuadros, tapices flamencos y franceses y techos pintados al fresco o con ricos artesonados de cedro libanés. En el ala derecha estaba la biblioteca, importante lugar para mí, pues siempre fui un ratoncillo de ellas, surtida de manera tan espléndida que si no había nueve mil selectos volúmenes no había ninguno. Abarcando todas las ramas del saber, estaban mal ordenados o sin clasificar, por lo que me propuse catalogarlos haciendo de bibliotecaria, una labor que me entusiasma, pues vives con los libros, los disfrutas, hueles, sientes o padeces cuando los afecta el bichillo o sus lomos de piel precisan nueva encuadernación o algo de grasa.

En la otra parte estaba la capilla, pequeña, recoleta, dedicada a San Ambrosio, gobernada por un fraile agustino de un cercano convento de su orden que los domingos cantaba misa allí. Estaban también el comedor de gala, para ciento treinta invitados sentados a la única mesa, el salón de baile y el de música. En el salón de espejos, que era el mayor, se reunían casi todas las tardes las personalidades del mundo del arte, la cultura y la ciencia que formaban la corte de Ludovico el Moro, un hombre que no podía respirar si no tenía a su lado lo mejor en cada una de aquellas parcelas. El salón contaba con una galería acristalada, llena de plantas exóticas, que daba al parque. En el sótano se hallaban las cocinas, cocheras, lavandería y dependencias del servicio —más de cincuenta personas— y de la guardia, al menos treinta soldados que se sucedían en los turnos de vela o protegían de un posible atentado al poderoso Sforza.

En la segunda planta se ubicaban las habitaciones privadas de los Sforza: las de Ludovico el Moro, su sobrino el duque Gian Galeazzo y otros miembros de la familia, como algunas viejas tías viudas o solteronas y dos sobrinas, Blanca Marìa y Ana Sforza, hermanas pequeñas de Gian Galeazzo. Eran en realidad apartamentos independientes, cada uno con su dormitorio, vestidor, sala de estar y retrete con agua corriente. Varios lacayos se ocupaban de la limpieza de vasijas y orinales, cuyos desechos iban a una cuba metálica de la lavandería, portátil, que diariamente se vaciaba en el Lambro, el río milanés afluente del Po. La tercera planta albergaba a los miembros de la corte que preferían vivir allí: Leonardo da Vinci, Giovanni Ambrogio de Predis, Donato D’Angelo Bramante, Bernardo Bellincioni, Niccolo da Corregio, Bernardo Castiglioni y Luca Pacioli, o que estaban de paso en la ciudad como Josquin Desprez o Andreas Wessel. El apartamento que me correspondió era, de entre los de invitados, el más amplio y cómodo. Disponía de una espaciosa alcoba, un gabinete de trabajo, la salita de estar, el aseo completo incluyendo bañera y dos cámaras más pequeñas. Una la utilizaba Soraya y la otra la reservaba para otros fines. De hecho me sirvió como cuarto infantil cuando nació mi hijo Cesare. La alcoba tenía además un acceso secreto: por una puerta oculta tras un repostero se accedía a una escalera de caracol que comunicaba con las habitaciones de Ludovico Sforza.

El parque palaciego merece tres palabras. Ancho y profundo, crecían en él árboles de mil clases, plantas, arbustos y flores desde la primavera. Varios jardineros se ocupaban de arreglarlo, podar las ramas viejas y regar si hacía falta. Contaba con un kiosco donde, si el tiempo acompañaba, había música. Diferentes estanques sembrados de lotos, otras plantas lacustres, percas del Oriente y ranas cuyo croar era audible en cualquier parte, comunicaban entre sí por canalillos. Eran varias las fuentes que alegraban la vista y el oído con el perenne fluir por sus pitorros de agua clara y riente. La jaula de los pájaros, construida con caña de bambú traído de China, era, por su tamaño, casi una casa. Albergaba en ruidosa confusión petirrojos, garzas reales, aguiluchos, milanos, gavilanes, mirlos, pinzones, alcotanes, azores, halcones reales y peregrinos, cardenales de moño rojo y una curiosa variedad de cuervo indostánico que podía hablar. Eran dos y formaban pareja. Se aprendieron mi nombre y lo anunciaban desde que me veían aparecer por la larga vereda de piedrecillas blancas. Al fondo, junto a un portón para entrada y salida de carruajes, se encontraban las cuadras atendidas por un ejército de palafreneros, cocheros y postillones, pues los caballos de pura raza árabe y las finas yeguas andaluzas, más de cien, dormían en pesebres sobre paja reciente, comidos, cepillados y atendidos como odaliscas del sultán de Damasco.

El inmenso jardín era dominio de Cicerón, mi perrillo, de Bimbo, el armiño cautivo, de algún gato intruso que saltaba los muros del vergel, de seis u ocho tortugas del Peloponeso y de varias familias de erizos, curiosos animales que se disputaban la leche que ponía para ellos en un cuenco que me facilitaban en la cocina. No me temían. Me esperaban al pie del recipiente, miraban de reojo y bebían con tanta confianza como el recién nacido del pezón materno. Todos los animales de aquella singular república se llevaban bien. Los pájaros libres, que a cientos cantaban en las ramas de los árboles, observaban a sus hermanos presos tramando quizá planes para liberarlos. Los gorriones, intrépidos, habían hallado un hueco en alguna parte del enrejado y se colaban en la jaula para disputar miga de pan y alpiste a sus correligionarios privados de libertad. Pero lo más notable era la forma en la que habían congeniado Bimbo y Cicerón. La cría de armiño, capturada como ya dije en una cacería hacía varios años, vivía en una casita de madera, como la del perro, a un lado de la jaula de los pájaros. Se acomodaba allí, en una cesta tapizada con un retal de manta cuartelera, y dormía toda la noche lo mismo que un lirón. De día brujuleaba por el jardín en busca de sustento, en realidad de mejorar su dieta, pues lo alimentaban las cocineras con leche y restos de comida. Acechaba a las calandrias y gorriones en las ramas bajas dando funambulescos saltos de delfín para tratar de capturarlos, siempre sin resultado, pues la comodidad o una vida sin el aliciente que supone conseguir el alimento diario mata el estímulo. Cicerón jugaba con el armiño, se enseñaban los dientes como los florentinos a los de Siena tiempo atrás; el perro ladraba, Bimbo emitía una extraña jerga a mitad de camino entre maullido y titear de perdiz, y terminaban confraternizando al modo canino: olfateándose y lamiéndose el uno al otro.

Entre el armiño y yo floreció una amistad infrecuente. Se dejaba mimar y acariciar como si fuese un muñeco de trapo, permitía que rascase su suave barriguilla, que le peinase la cabeza como si fuese un gato y recortase sus uñas, tan afiladas como las de un felino. Fruto quizá del manoseo y de pasar por mis mejillas, por sentirla, su delicada piel fue el cariño que me cogió y que demostraba saltando de alegría nada más verme. Me seguía como un perrillo por el parque, pero no entraba en el palacio, pues las doncellas y la gobernanta se lo tenían prohibido. Tan solo penetró las veces que lo tuve en mis brazos al posar para el lienzo que Leonardo pintó poco después y que iba a inmortalizarlo. Todos se admiraban de lo bien avenidos que estábamos el armiño y yo, el primero Da Vinci, que, asomado al balcón de su estudio, en la tercera planta, nos veía simpatizar en el jardín.

Leonardo fue el primer miembro de la corte sforcesca al que saludé al segundo día de mi llegada. Lo busqué en sus aposentos, donde tenía un taller lleno de cachivaches y extraños aparatos, lienzos a medio terminar, paletas con colores violentos, carpetas llenas de manuscritos, códices, maquetas y planos futuristas. Me abrazó en silencio, tan fuerte que noté mis senos constreñidos contra su pecho. Desde luego, si era homosexual como afirmaban las malas lenguas, lo disimulaba muy bien.

—¿Qué dice la mujer más bonita de Italia? —me piropeó.

—Estoy bien y contenta —dije.

—¿Vienes a deleitarnos con tu rima?

—Menos guasa, maestro —respondí humilde—. Vengo para lo que disponga mi señor Ludovico.

—No hace más que hablar de ti desde hace meses, desde que lo cautivaste en aquella entrevista del monasterio Nuevo. ¿Qué le diste? Volvió como hechizado por tu belleza. Conociéndole como le conozco, sé lo que dispondrá.

—¿Qué fue de tu batiscafo? —pregunté haciendo abstracción de sugerencias escabrosas.

—Fue un rotundo fracaso. Por un exceso de agua en la tobera de inmersión, se hundió más de la cuenta. Se atoró la manivela que gobernaba la válvula de escape y no conseguimos sacarlo a flote. Cuando ya se asfixiaba el tripulante hubimos de izarlo manualmente, halando de la cadena de seguridad entre doce hombres.

—Qué lástima… —lamenté.

—Ninguna lástima —replicó—. Fue un simple problema técnico que se resolverá. Estoy fabricando un batiscafo más grande para probarlo en Génova, en el Mediterráneo. De momento avanzamos. He descubierto que a nueve brazas de profundidad, hondura a la que descendió la nave, la luz del sol apenas llega, siendo la oscuridad casi completa.

—Pero el agua es incolora y transparente… —aventuré.

—Además de inodora e insípida —confirmó el científico—. Teóricamente debería ocurrir como en el aire, que sigue siendo diáfano a millas de distancia, pero no ocurre así. En el fondo del mar, que es un calco de la tierra al revés, la oscuridad es total.

Callé. Recordé el extraño submarino y la sensación de ahogo que padecí allí dentro. Como para probar a nueve brazas…

—¿Y en cuanto al hombre volador? —me atreví a preguntar.

—Ahí patiné —reconoció—. He de replantearme de nuevo todo el proceso calculando el peso del aeronauta, la superficie de las alas y el material con que estén construidos ellas y el armazón. De esa forma, quizá tengamos más suerte la próxima vez.

—¿Debo entender que hubo una primera?

—Fue todo un espectáculo —respondió Da Vinci—. No hace ni siete meses hicimos la prueba o experimento, si te gusta más, en la torre de la iglesia de San Ambrosio. Se había congregado allí mucha gente, más de ochocientas personas con Ludovico el Moro y su sobrino al frente.

—Anteayer pasé por allí. La torre-campanario tiene mucha altura.

—Por eso la elegí. Alcanza los ochenta y siete codos reales.

—¿Qué pasó?

—Ya te lo dije: calculé mal el peso del hombre y la superficie de sustento necesaria para el planeo adecuado y correcto aterrizaje. Elegí un tipo valiente pero grueso en exceso. Se lanzó al vacío con decisión solo discreta y la cosa fue mal.

—¿Decisión solo discreta?

—Al final se negó a saltar y hubo que convencerle con severos lingotazos de grappa de Bassano. Por fin se lanzó al aire animado por la euforia alcohólica. Al principio todo parecía ir bien, pero la cosa se torció cuando se quebró, por exceso de libras, una de las alas. El pobre hombre, sin sustentación, cayó en picado. Menos mal que ordené colocar unas colchonetas de borra a los pies de la torre, si no se mata.

—Entonces sobrevivió. Ya es algo… —dije por animarlo.

—Fue un milagro. Yo no soy muy creyente, pero para mí que intervino la Madonna. Únicamente se partió siete costillas, un brazo y la pierna derecha por tres partes. Todavía está en el hospital.

—Vaya… ¿Y la estatua ecuestre de Francesco Sforza?

—Va despacio. Tengo ya el boceto culminado en arcilla.

Estuve, por curiosidad, fisgando en su escritorio. En una pila de manuscritos que fui ojeando se veían los artilugios más dispares y fantásticos. Si tenía alguna duda, preguntaba y él me la aclaraba. Admiré un timbal mecánico de redobles con baquetas accionadas mediante manubrio y cilindro rotatorio, con clavijas de uso graduable, que sonaba muy bien; vi una lira u órgano portátil, con correas que permitían colgar el instrumento del intérprete; contemplé el mecanismo para una viola-órgano y una gaita de fuelle continuo que producía un sonido muy agradable.

—¿Ahora te da por la música?

—Estoy estudiando el funcionamiento de tambores, carracas, órganos y violas mediante mecanismos que aumentan sus registros sonoros, facilitan las variaciones de tono durante los conciertos o producen ritmos y melodías más complejas —explicó.

Para mí todo aquello era chino. Yo apenas entendía de laúdes, instrumentos que suenan mejor con arreglo al arte del artesano que los fabrica, pero por supuesto guardé silencio. Seguí viendo dibujos de increíble perfección y belleza que mostraban artilugios y engranajes, ingenios nunca vistos, máquinas que se movían por agua, ascensores de manivela para comunicar distintas plantas de un edificio, un aparato metálico para cazar ranas —pues los batracios pululaban a cientos en las cubas de agua de Porta Giova y pretendía exterminarlos—, puentes, ganchos y polipastos automáticos, un órgano de papel, el boceto de fundición de un caballo gigantesco y, sobre tres baldas de madera alineadas en una pared, hasta ciento dieciséis libros manuscritos y bellísimamente ilustrados que formaban la poliédrica biblioteca de aquel genio, todo un compendio del saber humano en las artes, letras y ciencias.

De la mano de aquel ser prodigioso se produjo mi debut en las deliciosas, increíbles y jamás vistas tertulias de Ludovico Sforza. Tenían lugar en el salón de espejos del palacio de Porta Giova a las ocho de la tarde, tras la cena, salvo domingos o días de fiesta. Allí se leían páginas de libros nuevos o interesantes a juicio de los contertulios, recitábamos poesía, escuchábamos música, merendábamos y se iniciaban las controversias, la parte más atractiva y esperada de la reunión. Hacia las doce de la noche servían un caldo caliente con tropezones y terminaba la serata. Se podía hablar de todo excepto de chismes, rumores no probados o acusaciones que no pudiera rebatir el interesado por no estar presente. Eran miembros fijos del salón del Moro el propio Ludovico, sus sobrinas Blanca Marìa y Ana Sforza, de dieciocho y catorce años, Leonardo da Vinci, Donato D’Angelo Bramante, Bernardo Bellincioni y Giovanni Ambrosio di Predis, apareciendo a veces Baldassare Taccone, Bernardo Castiglione y Niccolo da Corregio y, si estaban en la ciudad, Josquin Desprez, Luca Pacioli y Andreas Wessel.

Las intervenciones de Leonardo eran las más celebradas por todos. Le gustaba titularse con su simple nombre de pila, pues abjuraba del Da Vinci al no tener reparos en reconocer su origen bastardo. Con treinta y siete años por entonces, el polifacético artista y hombre de ciencia solo hablaba si se le preguntaba. Aquella primera vez, a instancias de su mecenas, expuso algunos aspectos del acabado de la cúpula del Duomo milanés, obra de ingeniería de gran complejidad en la que trabajaba junto a ingenieros de renombre como Giovanni Antonio Amadeo y Luca Fancelli. Mostró en diferentes pergaminos los bocetos, que confesó haber dibujado la noche anterior. A cuenta de aquella ejecución, un prodigio por la rapidez y la perfección del acabado, surgió una discusión tensa aunque educada. De Predis, gran pintor, admirador de Leonardo con el que colaboraba, tomó la palabra.

—A pesar de conocerte desde hace algunos años —confesó—, no me puedo creer que en una noche hayas dibujado esas catorce perspectivas de la cúpula catedralicia. Sencillamente, es imposible. Confiesa que has empleado más tiempo, quizá dos o tres días, y aún me parece poco.

—No tengo por qué engañar a nadie —manifestó Leonardo—. No me gusta pintar o dibujar deprisa, pues la urgencia se riñe con el arte y la buena pintura, pero quería tener los bocetos para presentarlos hoy y hube de hacerlos en apenas cinco horas de la pasada madrugada: de doce a cinco y cuarto, cuando ya amanecía.

—No lo creeré aunque me lo jures —insistió su colega de pincel.

—Pues deberás hacerlo, hombre de poca fe. ¿Qué es más complicado para ti, el dibujo lineal o la pintura al óleo? —preguntó el genio.

—Sin duda la pintura —contestó De Predis.

—De acuerdo. Haré aquí y ahora un boceto de tu rostro y figura a tamaño natural, lo trasladaré esta noche al lienzo y mañana te lo entregaré a la hora del desayuno. En la próxima reunión podréis verlo. Si es del agrado general, pagarás una cena para todos en la Hostería del Duque, junto a la plaza del Mercado.

Todos estábamos perplejos, el primero Ambrogio, cuyo silencio era prueba de que aceptaba el reto. Leonardo, tomando un carboncillo y con trazo firme, hizo un rápido bosquejo de sus rasgos que nos fue pasando: el parecido era asombroso. De Predis, un hombre apuesto, tres años más joven que su maestro, relató mientras era retratado la marcha de cierto trabajo que efectuaba para el coro de la iglesia de la Anunciación. Se le veía inquieto, como temeroso de tener que afrontar el gasto que suponía la apuesta. Bramante, el arquitecto natural de Urbino, contemplaba la escena. Era un hombre en la mitad de los cuarenta, gordezuelo, rubianco, de mediana talla, barba rala y mostacho romántico, que gustaba silbar entre dientes y llevaba las manos siempre dentro de los bolsillos de la casaca. Hábil pintor, seguidor de Andrea Mantegna y Piero della Francesca, era todavía mejor constructor, habiendo eclipsado la arquitectura su afición a los pinceles. Se le consideraba arquitecto oficial de Ludovico Sforza desde hacía catorce años. Había levantado algunos templos en un estilo que empezaba a conocerse como gótico, pero su fama creció de forma exponencial cuando diseñó y construyó el coro en trampantojo de la iglesia de Santa Marìa presso San Satiro. Disponiendo de un espacio muy limitado, Bramante levantó un ábside muy teatral, en bajorrelieve, y una sacristía octogonal coronada por una cúpula que parecía levitar en el aire. Por entonces trabajaba en los planos de otro templo: Santa Marìa delle Grazie.

Bernardo Bellincioni, el poeta oficial de la corte, se encontraba a mi lado. Era un hombre de unos cuarenta años, formado en la escuela poética florentina, seguidor de Petrarca. Repentizaba bien y rimaba con gusto, todo muy ecléctico, oficial, sin salirse de los cauces marcados. Por ello aburría su poesía plana, sin brillo, algo que se acentuó a mi llegada. Aquellos defectos eran los que empujaron a Ludovico Sforza a buscar un poeta moderno, cuando alguien le habló de mí. Supe enseguida que el Sforza no pensaba prescindir de sus servicios, pero tenía que andarme con mucho ojo y medir cuidadosamente mis palabras y el metro de mis versos para no provocar su enfado.

Luca Pacioli, un extraordinario matemático, estaba aquella noche. Se trataba de un fraile, profesor tiempo atrás en Perugia, que cambió impresiones con Leonardo y, en medio de mi sorpresa, con Ludovico Sforza sobre el cálculo de probabilidades, tema en el que era un experto o eso me pareció, pues la ciencia de Pitágoras nunca fue mi fuerte. Pacioli conocía la cábala hebrea, igual que Leonardo, y hacía referencia a ella para elucubrar sobre números primos y su relación con los planetas. Llevaba el hábito de la orden dominica, pero por su apostura y costumbres mundanas —bebía y hablaba de mujeres sin escrúpulo— parecía antes un vividor que un clérigo. Discutió con Da Vinci sobre ciertas teorías de Euclides, el matemático y geómetra del Museo de Alejandría, en tales términos que el resto de los cofrades quedó en blanco.

Baldassare Taccone era el canciller de Ludovico, un hombre de unos cincuenta años que al tiempo oficiaba como poeta y músico de la corte. Dotado de un ingenio poco común, tan pronto organizaba la logística de un batallón de soldados como disponía el trazado de un nuevo barrio milanés o aparejaba el decorado de una obra de teatro. Hablaba cinco idiomas y rimaba a la perfección en todos ellos. Había escrito Júpiter y Dánae, inspirada en las Metamorfosis de Ovidio, una comedia en cinco actos que narra la seducción de Dánae por el dios y que esperaba ver representada en cuanto Leonardo se encargara del montaje.

Bernardo Castiglione y Josquin Desprez coincidieron también en aquella velada. Castiglione, un apuesto joven de unos veinticinco años, era el poeta digamos ocasional de la corte. Alto y delgado, moreno, sus facciones eran tan agraciadas que parecían de fémina. Antes de seguir, debo decir que el bardo me comía con los ojos sin inmutarse ni importarle que los demás se dieran cuenta del fisgoneo impertinente. En realidad estaba en su derecho, pues en aquellos momentos yo no era de nadie y en Italia los hombres, que suelen ser ardientes, tienen a gala mirar a las mujeres de arriba abajo. A mí no me molestaba; al contrario, me halagaba. A las mujeres presumidas como yo nos gusta que nos miren y si es con descaro, mejor. La que lo niegue miente. Bernardo lo hacía sobre todo a mis senos que, a la moda imperante, lucían en escote magnánimo. Ludovico asistía a la escena levemente alterado. De repente intervino solicitando al poeta que declamase algo. Castiglione recitó un poema de su propia factura y varios sonetos de Petrarca y Virgilio. Lo hizo con su bonita voz de bajo, mirándome, como si fuese la señora de sus pensamientos y me los dedicase. Por fin, el Moro pidió que le alegrase la velada con mi estro. Recuerdo que enrojecí hasta la raíz del cabello. Leonardo ya me escuchó alguna vez, en Florencia, pero nunca había recitado poesía delante de poetas de verdad y un auditorio tan selecto. Desprez, el músico, me observaba con sus ojillos pícaros, de comerciante en sedas o diamantes de su Flandes natal. No me hice de rogar. Declamé, con el pulso y la voz de contratenor que Dios me dio, una de mis mejores poesías, A la armonía, y escogidos poemas de las Rubaiyyat, de Omar Khayyam, un poeta persa que me apasiona. Mis benévolos oyentes premiaron mi actuación con un aplauso que me hizo llorar y logró que se corriera el kohl azul celeste con el que Soraya había decorado mis párpados. Me libró del sofoco Josquin Desprez, que hizo entrar a los músicos que componían la orquesta de la corte. El músico flamenco —su nombre era el diminutivo de Josken o José— era un hombre de treinta y pocos años, alto, fuerte, tirando a pelirrojo y de ojos claros, un gran maestro de la polifonía. Recorría Italia de sur a norte y pasaba largas temporadas en Nápoles interpretando música para la dinastía aragonesa, en Roma al servicio del papa, en Venecia llamado por la Serenísima, en Ferrara con los Este o en el palacio de Porta Giova para los Sforza. Integraban la orquesta que dirigía docena y media de buenos intérpretes de tiorba, laúd, espineta, lira, flauta y trompeta. Tocaron para nosotros un motete, algunas chansons francesas y varias frottole venecianas, bailables, aunque nadie bailó, pues las sobrinas de Ludovico eran muy jóvenes, las tías viejas en exceso y la signorina recién llegada, amén de ser una niña, no estaba para danzas. Pasadas ya las doce y media Ludovico se retiró a su cámara y lo imitamos los demás.

En la siguiente tertulia quedamos patidifusos cuando Leonardo mostró el retrato de Ambrogio de Predis, perfecta obra de arte, a falta del barniz nada más. De Predis, buen perdedor, lo arregló con el mesonero de la hostería, quien, el primer domingo, preparó para quince comensales cocido lombardo y pecho de jabalí relleno de setas.

 

* * *

 

Ludovico Sforza se hallaba prometido pro verba con Beatriz d’Este, una preciosa mujercita de catorce años, dos menos que yo. Se trataba de una beldad que lo reunía todo: poder, riqueza, hermosura, honestidad y sabiduría, pues había sido educada en su natal Florencia en el mejor ambiente y con los más sabios preceptores. Era hija del duque Hércules I d’Este, hermana pequeña, por tanto, de Isabel y Alfonso d’Este. En principio la boda estaba fijada para el otoño del 89, pero era el momento en que Ludovico iba difiriéndola en medio de la indignación de su futuro suegro. Por la forma en la que me miraba, desde la primera vez, comprendí que la causa de aquella dilación era yo misma. Desde mi llegada no había dejado de acecharme ni de fisgarme de la quilla al puntal, desnudándome con los ojos y relamiéndose. Sabía que el Moro era mujeriego como buen Sforza y no era tan boba como para pensar que no hubiese tenido líos de faldas. Reyes, príncipes, aristócratas y nobles en general de toda Europa tenían legiones de amantes y no pasaba nada. Es decir, pasaba que las amantes embarazadas abortaban a manos de comadronas o herboleras siniestras, muriendo muchas veces, o tenían a sus hijos. En este caso, el fruto del clandestino amor se daba en adopción o se endosaba a la lista de los hijos legales del causante del estropicio, hombre o mujer. Era lo más frecuente. Muchas veces lo hablamos en las largas tertulias nocturnas de Porta Giova bebiendo licor de guindas: según la opinión general, un tercio de las descendencias de la aristocracia y alta nobleza italiana era de origen bastardo.

Instalada ya en mis aposentos y a la espera del acoso del Moro, que poseía el condado de Bari, dediqué algunos días a recorrer la ciudad que es grande y ventilada, bien abastecida, mucho más fría que ninguna italiana en los inviernos, sometida a los helados vientos que bajan de los Alpes. Acompañada por Soraya, envuelta en tres enaguas, un traje de gruesa lana y un tabardo de piel que me cubría hasta los ojos, transité por el núcleo del viejo caserío, una maraña de callejones donde se hacinaban los milaneses y gentes de aluvión procedentes de los cuatro puntos cardinales. La confusión era grande, mezclándose el humo de las hogueras de carbón o leña, donde se calentaban tipos de aspecto patibulario, con la niebla matinal, una grisalla espesa y pegajosa que a veces no levantaba hasta el mediodía. La algarabía era constante y ensordecedora, pues los vendedores de cualquier cosa la proclamaban a gritos, convirtiendo el barrio viejo en un gigantesco zoco. Los judíos tenían su propio gueto, un sector de pasadizos y retorcidas callejuelas donde vivían los usureros, ropavejeros, picapleitos y algún matasanos. Nos aventuramos en él sin peligro, pues la paz era notable en todas partes no siendo pequeñas trifulcas por el peso de un pedazo de carne o el robo de un monedero en un tenducho. Se encargaban de asegurar el orden soldados del ducado patrullando las calles a caballo, y no se andaban con remilgos a la hora de aplicar el largo de sus fustas en la espalda de los revoltosos.

Ya en la parte moderna, un ensanche que centraba el Duomo o domus Dei, como llamamos en Italia a las catedrales, nos dedicamos a pasear por la gran plaza admirando el Palazzo della Ragione, que levantara el podestà Oldrano de Treceno en 1233, la pintoresca Logia de los Osii, construida hace siglo y medio por Matteo Visconti, y la casa de los Panigarola, donde estaba el Comune o Ayuntamiento. Entramos en la catedral, majestuoso templo de cinco naves, el edificio más grande y alto de la ciudad en el que aún se trabajaba, pues las fachadas estaban incompletas, lo mismo que las cubiertas. Se levantaba como es habitual sobre las ruinas de otro templo, la basílica de San Ambrosio, destruida por el fuego años atrás. Inició su construcción, hizo ya un siglo, Gian Galeazzo Visconti, demoliendo primero diferentes palacios y utilizando como cantera de piedra las de una iglesia, Santa Marìa Maggiore. Para el mármol con el que se tapizaban las fachadas se eligió la cantera de Candoglia, a pocas millas de la urbe, a la que eximió de impuestos. Varios Visconti y Francesco Sforza continuaron las obras, completando naves y pasillos hasta el sexto tramo. Ludovico el Moro había tomado las riendas de las obras con calor, trabajándose, a mi llegada, para completar la cúpula octogonal, la fachada sur y la decoración interior con varias series de quince estatuas que representaban a santos, profetas, sibilas y distintos personajes del Antiguo Testamento. El sonido del martillo sobre el buril era la música incesante en el templo, un proyecto ambicioso, ya que tendrá cabida para treinta mil almas cuando sea culminado.

A las dos semanas de llegar a Milán, Ludovico Sforza comenzó a rondarme. Era un acoso blando, encantador, el del joven cándido a su primera novia, el del petirrojo a la rosa o la abeja a la flor. Mi adorador me acechaba en lo más umbrío del jardín, me requebraba en voz muy baja, susurrándome, o me acompañaba a la jaula de los pájaros. Se presentaba vestido con ropajes de seda, limpio, perfumado y recién afeitado, como un nuevo Petronio. Encontraba por todas partes billetes de él, lacrados y a mi nombre, en los que me declaraba su amor y aseguraba arder en una pasión como la de Orfeo por Eurídice. Siempre hallaba en mi cámara, a veces sobre la almohada, lirios y azucenas, flor esta que simboliza la virginidad. Aseguraba, posando sus labios en mi oído, que no podía dormir ni sosegar simplemente soñándome, imaginándome desnuda y tendida en el lecho. Yo le escuchaba tan absorta como debe hacerlo el áspid al sonido de la flauta que lo hechiza, sumida en un placer urente, sintiendo el latir de mis pulsos desbocados en las sienes y por abajo un extraño calor, algo inédito. Parecía no tener prisa, pues no me rozó hasta los veinte días, bajo los sauces que orillan el estanque, donde se aventuró a besarme las manos. Cuando quise darme cuenta estaba enamorada: al final fui yo la que suplicaba con los ojos que me hiciese suya.

Más que por su belleza, Ludovico me atraía por su aroma viril y por su historia. Se había iniciado en el amor, como supe después, a los trece años. No había joven y hermosa criada, doncella o esclava de su palacio que no pasara por su lecho. A los catorce amplió su radio de acción a sugestivas cortesanas que le ofrecía el aposentador de Porta Giova o a damas burguesas que conocía en sus correrías, con su cuadrilla de amigos, por toda la ciudad.

—No me irás a decir que todas caían en tus brazos hechizadas por tu apostura — dije una noche, irónica, cuando ya era su amante—. Supongo que más de una haría resistencia y tendrías que forzarla.

—Te equivocas. Nunca he hecho fuerza a una mujer —aseguró—. Violar a una fémina es bajeza indigna de un cristiano decente. Es cierto que muchas resistieron mi asedio, pero la mayoría se rendía de forma misteriosa, influida tal vez por mi apellido o buscando medrar.

Antes de conocerme, la primera amante del Moro fue Bernardina de Corradis, una joven que en 1472 le dio una niña, Blanca, a la que el conde de Bari reconoció y dio su apellido. Después tuvo amores con una desconocida dama milanesa que parió una niña, Magdalena, y casi al tiempo se enredó con otra romana que trajo al mundo un niño, Leone, que llegaría a ser abad de un monasterio. Me consta que embarazó a una legión de criadas y doncellas, que eran despedidas tras dar a luz con las alforjas bien provistas, antes de llegar yo a la corte. Cuando aparecí y me hizo suya, le exigí que terminaran por completo sus correrías, y juraría que sentó la cabeza. Fue año y medio, hasta su boda, el tiempo que lo tuve para mí en exclusiva. Después, un año y medio más, lo compartí con su mujer, Beatriz d’Este, hasta mi propia boda. Ya casada, no consentí que volviera a tocarme.

 

* * *

 

Todas las mañanas, puntual como la nieve de diciembre, iba a visitar a Leonardo. Lo encontraba en su estudio enfrascado en sus dibujos, encajando las piezas de algún artefacto, resolviendo jeroglíficos egipcios, construyendo maquetas de increíbles aparatos o redactando notas de forma que no se comprendieran, de derecha a izquierda a pesar de ser diestro, lo que se ha dado en llamar escritura especular pues precisa un espejo para ser descifrada. El que fuera mi maestro en Florencia era madrugador. Había diseñado una enorme pantalla de bronce bruñido que reflejaba y aumentaba la luz de una simple bujía, de forma que podía trabajar durante la noche con tanta claridad como en una mañana soleada. Aquella vez terminaba un curioso boceto titulado Las proporciones del hombre, en el que, enmarcado en un círculo y un cuadrado superpuesto, se veía la figura de un varón desnudo. La verdad es que el título era apropiado, pues el cuerpo de aquel hombre guardaba unas proporciones y simetrías perfectas. Su cabeza, la melena sobre los hombros, el rostro, los miembros en situación normal o separados, los pies y manos, todo encajaba como en el obelisco de Trajano. Hasta el miembro viril y los testículos, órganos de la sexualidad de los que no tenía referencias directas o las mínimas, de las veces que se los vi a mis hermanos en el baño, me parecieron agradables e incluso hermosos.

—Es bonito y curioso. ¿Qué quiere decir? —pregunté señalando el dibujo.

—Pretendo rebatir o, mejor, discrepar de la proporción del hombre ideal que diseñó Marco Vitruvio Polión.

—El que fuera arquitecto de César Augusto…

—Exacto. Yo corrijo al romano y mantengo que el tamaño ideal del cuerpo del hombre y la mujer corresponde a ocho cabezas o diez caras.

—Me gusta. ¿Lo dibujaste a carboncillo?

—No. Es más trabajoso, pero también da mejores siluetas y colores más bellos el punzón de plata.

—¿Y en cuanto a esto? —pregunté poniendo el dedo índice sobre el pene y los testes.

Fue una pregunta tonta, pues sabía por Soraya lo que hay que saber, pero pretendía ampliar mis conocimientos. Hubo un silencio entre científico y festivo.

—Mira la señorita curiosa e inocente… No te preguntaré si todavía eres doncella. ¿Qué pretendes saber?

—Quiero saberlo todo. Soraya, mi esclava árabe, dice que el falo humano puede alcanzar un tamaño muy grande. ¿Es verdad?

—Es completamente cierto.

—No lo entiendo —dije.

—¿Qué no entiendes?

—Lo del tamaño. No puede ser muy grande.

—¿Por qué?

—Por algo simple: lo nuestro es muy pequeño y no cabría.

—¿Cómo sabes que la vagina de la mujer es pequeña? —preguntó.

—Porque, a raíz de venirme la regla, me contemplé a mí misma con un espejo.

Leonardo rio con risa franca. No había envejecido desde que abandonara la corte de Lorenzo el Magnífico. Si acaso sus sienes comenzaban a platearse.

—Ahora recuerdo tus tejemanejes para ocultar a aquel vejestorio que eras mujer —dijo al fin—. Se trataba de un Visconti, ¿no?

—Olvidé ya su nombre. Solo sé que una mañana, en la soledad de mi aposento y ayudada por un espejo, pude ver el famoso himen que trastorna a los hombres. El mío es muy pequeño, apenas un puntito, y lo mismo ocurre con todo lo demás cuyo nombre ignoro. Dudo que un pene grande pueda caber por ahí…

—De lo que escucho, deduzco que sigues manteniendo el himen íntegro, lo cual me satisface. Esa cosa pequeña, como dices, es la causa de que el mundo gire, de que los hombres maten a sus hermanos, de que los buques naveguen y de que haya guerras. La virginidad es virtud importante en la mujer y debes preservarla contra viento y marea hasta el momento en que aparezca el varón de tus sueños.

—¿Y en el hombre?

—Qué pasa con el hombre…

—¿Él no debe conservar su entereza?

—Es parecido, pero no es lo mismo. El hombre no tiene ningún himen que perder, pues cuando hace el amor no queda huella orgánica. La mujer es distinta: cuando ama físicamente a un hombre pierde, digamos, el precinto de garantía.

—No has resuelto mis dudas —aseguré—. ¿Cómo puede caber un pene cuando es grande en un molde pequeño?

—Elemental, querida —respondió Leonardo—. Las cosas se dilatan, dan de sí lo mismo que el calzado o la goma arábiga.

—Tengo curiosidad por saber qué se siente. Tal vez puedas adelantarme algo.

—El placer del amor no puede definirse. Es especial, distinto a los demás, sin ninguna duda el más intenso entre todos los goces. En ese tema en realidad soy un teórico, pues nunca me casé y mis experiencias sexuales no han sido excesivas.

Seguir: parte 2 de 4