La hermana

Sándor Márai · Capítulo 5 de 6

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La hermana

Capítulo 5

… Todos los días me bañaban a las nueve; cada mañana lo hacía una hermana distinta, aunque la mayoría de las veces se encargaba la bella Cherubina. Me agarraba del brazo, me sostenía y, más que acompañarme, me llevaba al cuarto de baño, donde me desnudaba y me ayudaba a meter en la bañera, mejor dicho, me metía en la bañera con sus fuertes brazos.

Luego se remangaba el hábito, cerraba la puerta y se disponía a bañarme con triste familiaridad.

Aquella intimidad ya no me resultaba novedosa; no tenía que habituarme a ella, porque había nacido de la natural necesidad que surge en ciertas situaciones. Se inició en los primeros días de la enfermedad, cuando yo estaba medio inconsciente, y más tarde, al ir mejorando mi estado general y volver el control de la conciencia, ya me parecía una situación natural, habitual, que no significaba nada extraordinario para ninguno de los dos. En aquel estado la palabra «pudor» me resultaba tan desconocida como un término de una lengua extraña e incomprensible. El pudor sólo existe donde hay deseo y remordimiento; pero la enfermedad había matado en mi cuerpo el deseo y me había despojado del remordimiento. Para la bella Cherubina, mi cuerpo desnudo no era un cuerpo masculino que pudiera despertar deseos secretos en una mujer joven, al igual que para mí la situación —mi desnudez en el agua del baño, entre los brazos de una mujer bella y joven— no significaba más que la enfermedad, la invalidez, el tener que valerme de una enfermera para limpiarme las escorias del organismo.

Así me bañaba, cada mañana, una de las cuatro hermanas, la mayoría de las veces, como ya he dicho, Cherubina, a quien por alguna razón solía tocarle el turno matutino.

¿Qué significaba la palabra «pudor» para nosotros cinco?… ¿Puede revelar el cuerpo humano sus secretos a otras personas de una forma más inerte que la enfermedad, que me ponía a merced de aquellas cuatro criaturas femeninas, a mí y a todos los hombres y mujeres que ocupaban y habían ocupado las habitaciones y salas del hospital? ¿Puede haber cortesanas que sepan más sobre el cuerpo de lo que sabían la bella y virginal Cherubina, la rigurosa Carissima, la ceremoniosa Mattutina o la maliciosa Dolorissa? Los baños, las inyecciones, las acusaciones y las exigencias inconscientes de los organismos torturados, el olor acre de las secreciones corporales, la confianza plena e incondicional con que los cuerpos enfermos revelan sus secretos ante las enfermeras: ¿puede haber entre hombre y mujer, entre hombre y hombre o mujer y mujer, incluso entre madre e hijo, una situación humana más íntima, más incondicional, más sincera que la de mi cuerpo ante aquellas cuatro mujeres? ¿Es posible imaginar que los amantes, cuando cesa la fusión buscada en el placer y la unión carnal, no se guardan algún secreto corporal, en la luz o la oscuridad?

Las fantasías más mórbidas, las perversiones y los deseos sexuales descritos en los libros de psiquiatría desconocen la confianza que se forja entre un cuerpo enfermo y la persona que lo cuida. Porque los perversos, los insaciables, los impotentes, los que traspasan todo límite moral y estético, de algún modo, en algún detalle, se esfuerzan por conservar su personalidad; ése es el secreto que los diferencia, a lo que no renuncian, lo que son ellos y lo que los distingue de los demás. Pero el cuerpo enfermo no tiene secretos. La necesidad de evacuar, el dolor, la incapacidad, es un estado más desinhibido que la desnudez voluptuosa de los amantes, que la tierna unión entre madres e hijos; esta intimidad sobria y triste sólo puede surgir entre el enfermo y su cuidador. La enfermedad es un estado ancestral que desconoce el pudor. A veces me preguntaba si aquellas cuatro mujeres habían dejado realmente de mirar el cuerpo humano con ojos de mujer. En ocasiones creía que sí. No eran pudorosas ni mojigatas, tampoco se escandalizaban; tras su atuendo de monja tenían almas vivaces y sentidos alertas. Tras su seriedad notaba a veces ironía, tras su profesionalidad un buen humor pícaro. Y no se ofendían por un comentario burlón o una insinuación lasciva. Conocían de sobra el infierno del cuerpo, se orientaban

bien entre sus miserias y horrores. En los meses anteriores nunca se me había ocurrido que aquellas criaturas que me bañaban, me adecentaban, me daban de comer y se encargaban de las necesidades de mi cuerpo medio inválido, pudieran ver mi miseria de otra forma que no fuera con distante objetividad. Aquella familiaridad profunda y triste no tenía nada de sensualidad… al menos eso pensaba yo. Pero la mañana que siguió a la noche en que aquella voz pronunció junto a mi cama «no quiero que se muera» y Cherubina, como tantas veces, lavó mi cuerpo enfermo e inerte en el agua del baño, sentí por primera vez una especie de pudor.

Ella me tendió la toalla con inusual rapidez y preguntó con la voz inocente de un niño y un ángel:

—¿Es que no se encuentra bien, maestro? ¿Estaba muy caliente el agua?…

No, en aquella voz no había ni rastro de remordimiento. Era la melodiosa voz de una campesina, apacible y sincera. Hice un esfuerzo, me puse en pie en la bañera, le di la espalda y dejé que me cubriera con la toalla. Empezó a restregarme y secarme con sus fuertes manos y, como de paso, me preguntó con ligera cortesía:

—¿No ha dormido bien? ¿Ha tenido mala noche?…

Analicé su voz con los ojos cerrados y el oído de un músico que conoce minuciosamente el valor de cada tono y sonido. Intenté comparar la voz de mi duermevela con esa diurna, pero no aprecié ninguna semejanza. La voz de Cherubina sonaba, como siempre, tranquila, amable e indiferente. Por un instante pensé: Es una mujer joven y bella, y por tanto una actriz, una actriz que interpreta su papel a la perfección. Pero no nos miramos a los ojos. Ella acabó de secarme el cuerpo con la gruesa toalla, me puso la camisa de dormir y me ayudó a calzarme las zapatillas. Luego preparó el colutorio.

—He tenido una noche extraña —le dije de pronto, casi agresivo—.

Gracias a usted.

—¿A mí? —Colgó la toalla en la percha y me miró, en su bello y sumiso rostro una sonrisa pura—. Se equivoca, maestro. Anoche no tuve turno.

Seguía con sus quehaceres con absoluta tranquilidad, como si hablara de cosas intrascendentes. Intuí que se veía obligada a mentir, y me invadió un

calor extraño, como cuando la sangre vuelve a una extremidad dormida.

—¿Quién tenía turno anoche? —pregunté, también tratando de sonar indiferente.

—No lo sé. Tal vez Dolorissa. ¿O Mattutina?… —Ladeó la cabeza e hizo cálculos—. Hoy es martes. Si le interesa, maestro, enseguida lo averiguo. Carissima seguro que no… la pobre está muy enferma —añadió bajando la voz—. Hay días que no puede ni levantarse de la cama. Pero no se lamenta, por amor a Cristo —agregó mecánicamente—. Aunque tal vez fue ella. Por favor, maestro. —Indicó que ya estaba preparado el colutorio y todo lo que aún quedaba del aseo matutino.

—No es necesario —dije, y me puse en pie con esfuerzo—. No pregunte nada.

—¿Por qué? —Y se inclinó sobre mí con confianza pueril, ávida de chismes. A todas les gustaban los chismes, a su manera piadosa, dentro del reducido mundo en que vivían—. ¿Algún problema? ¿Quiere que se lo digamos al profesor?

—Qué va —repliqué y empecé a peinarme—. He tenido una noche excelente. No le diga nada a nadie y no pregunte nada.

—Como quiera —dijo sumisa.

«Miente a la perfección», pensé.

Por la tarde, el profesor convocó una especie de consejo de emergencia en mi habitación: llamó al médico asistente, a un internista y al jefe de la unidad de neurología. Pero no me examinaron, se limitaron a permanecer alrededor de mi cama, observándome en silencio. Luego se fueron. Poco después volvió el asistente con la habilidosa Dolorissa y me puso una inyección estimulante, creo que de cafeína. Su seriedad y silencio revelaban que estaban preocupados. Ignoraba qué habían decidido, pero desde aquel momento nunca me dejaron solo en la habitación: a todas horas del día una monja velaba junto a mi cama; se alternaban en turnos de cinco o seis horas.

Médicos y enfermeras controlaban mi pulso cada hora o a veces con mayor frecuencia; en ocasiones, el profesor aparecía durante la noche y me cogía la mano en silencio.

Sin transición alguna había empezado una nueva etapa, sí, la enfermedad sin síntomas aparatosos: el final. Y en aquel plácido silencio, en aquella inmovilidad dócil e indolora en que había desembocado la fase tempestuosa, sólo sentía que ya no necesitaba nada; las inyecciones eran igual de superfluas que los medicamentos. Me rodeaba un silencio melódico, como el andante en que se diluye la tensión de los movimientos anteriores. Oía aquella música sorda, aquella armonía austera y profunda, en la que todo cobraba sentido, todo lo que había ocurrido en mi vida. Y

sabía, al igual que los médicos y las enfermeras, que ahora no se trataba de

«enfermedad» ni de «salud», sino simplemente de que ya sobraban los medicamentos y las terapias, que había llegado la quietud. Y yo deseaba morirme.

Y en aquella quietud oía los latidos de mi corazón; miraba al asistente o al profesor en silencio, los veía acercarse a mi cama, cogerme la mano flácida, y sentía el diálogo de sus dedos con mi pulso. La arteria palpitaba tranquilamente: la fatiga que se había diseminado por mi cuerpo era general y uniforme. Era un flujo lento y profundo; no sólo tenía la mano cansada, no sólo me sentía fatigado para comer y dormir, no sólo se me dormían las extremidades en aquella extraña inactividad interna, sino que todo el cuerpo parecía haberse cansado de pronto, como tras una gran lucha o una marcha extenuante. Y aquella lucha o marcha no era la enfermedad, sino la vida entera. «Reposaba» de veras. No echaba nada en falta, no deseaba nada, me sentía tranquilo y de buen humor. Si aquello era la sensación que precede a la muerte, la muerte no debe de ser tan desagradable; aunque es verdad que había visto y vería a moribundos inquietos, jadeantes, que aterrados por la muerte luchaban con una ansiedad excitada, boqueando y protestando… A mí aquella fuerza me llegó mansamente, con el disfraz nebuloso del silencio.

Comencé a comprender que todo lo que me había atado a la vida era humo y niebla; en aquel momento estaba empezando para mí otro tipo de realidad.

Había alguien que no quería que yo muriera.

¿Se puede notar, percibir una energía que carece de toda manifestación mensurable? Que no puede medirse ni fotografiarse. Instrumentos de toda

clase registran y prueban la existencia de radiaciones invisibles; pero en mi caso no se trataba de radiaciones sino de algo distinto. ¿Qué era aquella energía?

Además, no fluía con la misma intensidad. A veces se imponía aquella otra voluntad que me había inundado el cuerpo, el alma y la conciencia: el deseo de olvidarlo todo y sumirme en un sueño cada vez más profundo…

La extraña fuente que me transmitía aquella fuerza vital a veces se cansaba, irradiaba de manera débil e incierta. Entonces los médicos se afanaban más alrededor de mí, me tomaban el pulso con preocupación, esgrimían las jeringuillas, aparecía Dolorissa, ceremoniosa, con los estimulantes en la bandeja de níquel. Yo observaba en silencio y respiraba débilmente; como un buzo que en las profundidades marinas siente que arriba, en la superficie, en la cubierta del barco, el tanque de oxígeno y el generador que alimentan cables y tubos no funcionan a plena potencia y a él, al buzo, no le llega aire suficiente: los pulmones se le encogen, el corazón empieza a palpitarle con fuerza. En efecto, había un tubo invisible que unía mi vida con aquella fuente de energía que funcionaba cerca de mí y se encargaba día y noche de que no cediera al deseo de morir.

Las enfermeras guardaban silencio. Nos observábamos sin pronunciar palabra. Aquel duelo invisible —lejos de la razón y la realidad material—

se desarrollaba en la dimensión de la existencia; y yo no lograba descubrir quién era mi aliada secreta. Deseaba que fuese Cherubina, pero podía ser cualquiera de las otras tres… Me limitaba a observar en silencio desde aquella especie de hoyo similar a una tumba en que me encontraba. Quería captar algún gesto, alguna señal involuntaria. A veces la señal tenía mucha fuerza y a veces era apagada, como una luz que se diluye, un sonido que se desvanece; y en contadas ocasiones era estridente, casi me quemaba…

Otras veces me parecía notar algún indicio: Mattutina me miraba de manera distinta; o Cherubina se sentaba cabizbaja a mi lado y desgranaba su rosario medio adormecida; o Carissima, la enferma, velaba junto a mi cama con una sonrisa mecánica, con la habitual indiferencia de su rostro indescifrable; pero para Dolorissa yo seguía siendo lo que siempre había sido: un ejemplo de vanidad humana que sufría tras la puerta de una habitación numerada. Yo las observaba ya desde la otra orilla.

Aquellos días no me recuperaba, pero tampoco me moría. Vivía sólo en el sentido médico de la palabra, pero no en el estado en que un organismo desea permanecer en la tierra, entre peligros y refugios tranquilizadores, como son las ciudades, el amor, las plantas y la música. Yo ya no vivía así, y el profesor había renunciado a mí.

En aquellos días, los restos de conciencia que aún pervivían en mi cuerpo moribundo se empeñaron en una labor de espionaje. Necesitaba descubrir en cuál de aquellos cuerpos femeninos funcionaba la emisora que enviaba el mensaje de la vida hacia mi cuerpo inválido y en camino hacia la muerte. Porque era una fuerza femenina la que luchaba por mí, lo sentía, lo sabía; su naturaleza era tan inconfundible como el distinguir en sueños el tacto de una mujer del de un hombre. En términos musicales, era una fuerza menor, sus suaves ondas fluían y se esparcían con uniformidad. Pero el cuerpo femenino que me mandaba aquel mensaje se escondía tras una identidad y un disfraz, y durante el día no me ofrecía ninguna señal de cuál de las cuatro hermanas se había aliado conmigo con desesperada tenacidad.

Desde el cobijo de la enfermedad las observaba como un animal herido de muerte. La energía estaba allí, pero ¿de quién emanaba? ¿Y por qué?

Atendía a cada una de sus palabras, las espiaba durante la noche, en la penumbra morbosa que con sus tonos azulados cubría a la figura que velaba en silencio, esperando ver algún gesto, la repetición involuntaria de aquella voz nocturna. ¿Qué podía querer de mí, un hombre miserable y moribundo, una mujer? Sin duda, no aquello que un hombre o una mujer espera siempre del otro en cualquier situación o circunstancia: una relación sexual. Me resultaba inconcebible que, en un arrebato de locura, una de las cuatro monjas se hubiera enamorado de mí locamente y que reanimara lo poco que me quedaba de vida con la voluntad de un amor tan grotesco. Aquellos días aprendí que todo lo que sabemos sobre los motivos que impulsan a los seres humanos a relacionarse es puro lugar común. En la mayoría de las ocasiones estos impulsos asumen una forma vulgar, cómoda, como si se presentaran en albornoz: sexo, desnudez, placer. Pero todo ello es simple camuflaje, manifestación enmascarada de algún fenómeno muy profundo que sólo en ocasiones asoma a la superficie… Toda relación humana íntima

—amistad, amor, e incluso los extraños vínculos que unen a dos adversarios

en la vida y en la muerte— se inicia con ese toque mágico; como si uno sintiera la realidad del sueño: en la multitud, entre desconocidos, de súbito te llega una mirada, una voz, y te mareas como si ya hubieras vivido aquella misma experiencia, como si supieras de antemano todo lo que va a suceder, tanto las palabras como los gestos; y todo ello es la realidad más profunda, más definitiva, pero al mismo tiempo parece un sueño… Así se inician las grandes relaciones humanas. Y en aquellas circunstancias volvía a sentir ese toque —quizá por última vez, alguien se me había acercado al borde del abismo, nuevamente volvía a «encontrarme» con alguien—, esa solemne realidad onírica que ya había vivido una vez. Pero ¿cuándo? Entonces lo supe: al encontrarme con E. cuatro años atrás.

Y finalmente empecé a comprender, como el que despierta y trata de orientarse en la oscuridad, que pese a todo ella había sido la mujer de mi vida. En realidad era menos pero también más de lo que la gente suele denominar relación amorosa. Aquella pasión carecía de los recuerdos confidenciales del cuerpo, pues E. estaba enferma, era una mujer frígida, una tullida bella y angelical. Sin embargo, yo la amaba. Y durante las largas noches en que me animaba sin cesar aquella fuerza misteriosa, acabé de comprender que E. —otra persona enferma— seguía viviendo en mí. Y una y otra vez me volvía el recuerdo de la primera vez que la había visto: en el pomposo pasillo de la Ópera, durante un entreacto, en una tertulia alrededor de una mesa, vestida con un escotado traje blanco, brillando entre los congregados con todo el esplendor de su cuerpo nórdico, con un cigarrillo en la mano y envuelta por la bruma de la marea de los Nibelungos… Nada más verla la había conocido, como si la hubieran señalado para mí; y ahora por fin comprendía aquella palabra extraña, el sentido real de «conocer», lo que no es otra cosa, incluso según la Biblia, que la unión amorosa. En la Biblia, el hombre y la mujer «se conocen» al sellar sus vidas con la palabra y el gesto del amor: y este «conocerse» es lo máximo que puede ofrecer un ser humano a otro. En alguna parte, en alguna ciudad extranjera, E. seguía viviendo para mí. Ya nada sabía de ella, tan solo lo esencial, que estaba viva y que, mientras yo viviera, aquel cuerpo frío y aquella alma ardorosa seguirían siendo un recuerdo noble para mí. ¿Dónde estaría ella en aquel momento? En otoño se disponían a irse a Grecia… Sólo tenía que extender

la mano, pedírselo a la enfermera de turno, y me habrían subido mi correspondencia, en la que sin duda encontraría alguna carta o telegrama que despertara el recuerdo de E… La ansiosa expectación que impregnaba los encuentros de aquellos cuatro años, la excitación que ardía en el deseo disfrazado de amistad, aquella pasión latente, aquel extraño sentimiento más parecido a la tristeza que a la lujuria, en el que la pasión traducida en música se transformaba en un dúo tan excitante como extenuante, en una melodía de preguntas y respuestas. Sí, durante aquellos días extraños, tumbado en aquella cama, volví a sentir esa misma expectación y excitación. Volví a sentir, por última vez, aquella ansiosa curiosidad que sólo se siente en la etapa inicial de un amor al cual uno se entrega sin reservas. Otra vez oía una voz. ¿Qué pretendía? ¿Amor? Imposible. No podía darse algo tan ridículo y absurdo entre un hombre enfermo y viejo y una mujer desconocida. Sin embargo, por muy absurdo que pareciera, sabía con todas las células sanas y enfermas de mi cuerpo que una mujer quería algo de mí.

Y en mi cama la vida se llenó de energía y excitación. Porque las palabras de aquella noche habían sido una confesión; penosa pero determinada: la confesión que se susurra a una persona del sexo opuesto.

Cuánto habría vacilado aquella mujer para entrar durante la noche en mi habitación… Pasaban los días y las noches, y en el recuerdo me parecía percibir con claridad creciente el afecto incondicional que contenían aquellas palabras. Y como ya era viejo y la enfermedad me había envejecido aún más, estaba suficientemente maduro para sentir toda su fuerza y magnitud. Porque las palabras que los jóvenes se susurran, el balbuceo jadeante con que hombre y mujer se confían sus ardorosos secretos, todo ello me parecía ahora un farfullar primitivo, después de haber vivido, tras tantas declaraciones, tanta mentira, tanto entusiasmo e ilusiones, el instante en que, a través del cuerpo, un alma llama a otra para que vuelva a la vida… Sabía que aquello era un milagro; el único milagro posible entre seres humanos.

Así pasaron seis días. Y entonces decidí no morirme.

Después de graves crisis, la recuperación se produce con el mismo ímpetu que la enfermedad. Una noche me dormí profundamente —aquel curioso juego del escondite ya duraba mucho, el cuerpo se cansaba y no podía prestar atención permanente a quién velaba junto a mi cama— y por la mañana desperté sintiendo que… Las palabras exactas siempre faltan cuando hay que dar parte de los cambios esenciales de la vida. ¿Desperté sintiendo que «me había curado»?… No lo diría. No me había curado de la noche a la mañana, simplemente había dejado de pertenecerle a la muerte.

Y la enfermera que fue a relevar a Carissima —había sido la hermana enferma quien había hecho el turno de noche— lo notó enseguida. Fue el rostro amable y amigable de Cherubina el que me saludó aquella mañana.

—Maestro —dijo y juntó las manos con el entusiasmo de una colegiala

—, ¡ahora sí se pondrá bien!

Lo dijo con la seguridad del que sabe evaluar con precisión el peso de cada síntoma, viendo en mi mirada y mi expresión que se había producido un desenlace feliz, que algo había sucedido, algo que todos esperaban pero en lo que ya no todos confiaban. Escuché aquella manifestación de júbilo y parpadeé con aire astuto, como el que sabe algo pero prefiere no hablar aún… Callé con la parsimonia de los enfermos, porque yo también sabía, con todo el cuerpo y el alma, que la noche anterior se había producido aquello sobre lo que llevábamos meses discutiendo sin palabras.

La recuperación fue brusca. Aquella mañana el profesor llegó antes de lo habitual y, naturalmente, no juntó las manos con devoción como la piadosa y amable Cherubina; simplemente se paró junto a mi cama y se puso a liar un cigarrillo, mientras me echaba miradas de soslayo. Siguió un rato así, espiándome y rumiando sus dudas, hasta que al final esbozó una sonrisa que le iluminó el rostro. Entonces pude ver toda la bondad de aquel hombre. No era una sonrisa de alegría circunstancial, tampoco de mera satisfacción profesional, sino más bien de júbilo absoluto e inmediato, como cuando en la penumbra desesperada de la vida uno divisa una luz que sabe vaga y efímera pero aun así se alegra… No dijo nada, simplemente me

apretó la mano y se fue a paso rápido, como si no quisiera que los demás vieran su emoción.

Pulsé el timbre y pedí el correo. Poco después un empleado sonriente me trajo un paquete voluminoso. El mundo no se había olvidado de mí.

Todos habían intentado ponerse en contacto conmigo a través de cartas, postales, telegramas, mensajes telefónicos fielmente trascritos: todos, amigos y enemigos, músicos y melómanos, conocidos y desconocidos. Una cálida oleada de gratitud se difundió por mi cuerpo agotado.

Fui revisando la correspondencia en orden cronológico, abriendo los sobres que contenían mensajes impresos o manuscritos. Discípulos o desconocidos que sólo me recordaban de las salas de conciertos, anónimos periodistas que daban parte de mi enfermedad en notas que casi eran necrológicas —qué satisfacción más perversa sentí al leerlas—, y amigos cuyo afecto había disminuido en los últimos años a la hora de acompañarme en los momentos del éxito, se hicieron oír al ver que me rondaban los enviados de la ruina y la adversidad. Todos preguntaban por mí con tacto ampuloso o con altiva y fría cortesía: el mundo al que pertenecía había querido ponerse en contacto conmigo. Y yo me sorprendí al ver lo grande que era. En un mundo al que la guerra había dividido en estamentos y facciones que se odiaban, aquel cúmulo de cartas demostraba la existencia de otro mundo, más humano y solidario, más culto y sensible. Y eso era una realidad tanto o más intensa que las terribles noticias sobre la guerra: la realidad de que una persona en grave peligro despertaba la compasión del prójimo, incluso en medio de un conflicto en el que morían cientos de miles por obra de una maquinaria bélica moderna y despiadada. El profesor tenía razón: aquel montón de testimonios de fervorosa solidaridad me emocionó… Y en un sobre oficial del hospital, aparte —como si una mano gentil hubiera evitado que aquellas cartas especiales se mezclaran con las demás—, encontré las cartas de E.

Pero no sólo sus cartas; también una escrupulosa lista de sus llamadas desde la embajada de X. Primero llamaron la noche del concierto —poco a poco mi conciencia volvía a reconstruir el pasado, ordenando días y fechas

—, hacia medianoche, a la hora en que solía llamarme E., siempre que llegaba a casa. Después del concierto, por la noche, llamaron al hotel y

seguramente la diligente telefonista pasó la llamada extranjera al hospital.

Luego, durante dos semanas, llamaron todos los días con tenaz obstinación, según el testimonio de las notas escuetas: «La embajada de X se interesa por el estado del paciente.» Habían sido las dos semanas cuyas noches pasé hablando con el verdugo, aquellas semanas en que hicimos las primeras tentativas por conocernos. Por entonces, naturalmente, no dejaban que las noticias ni la correspondencia llegaran a mi habitación; pero ahora, al leer las notas, poco a poco recordé todos los tormentos de aquella etapa. Volví a ver y sentir los días y las noches en que había emprendido el camino hacia la muerte y dado la espalda a todo lo demás: la música, E., la gente, el mundo, mi vida anterior… Luego las llamadas se sucedieron con menor frecuencia, pero llegaron cartas, concretamente cuatro, en aquellos sobres alargados y de color marfil tan familiares, con la letra E fina, flexible, trazada con tinta azul en el remite; los mismos sobres en que aquella mano de caligrafía tan afilada me había enviado anteriormente noticias escritas en un francés, inglés o italiano nervioso, incomprensible para un extraño: lo primero que se le ocurría al despertarse por la mañana, el fragmento de un sueño o el bosquejo de los planes del día; más que una escritura, eran signos en clave morse de un alma sobresaltada. Aquella alma siempre estaba alerta, flotando entre deseos y temores, entre sueños y preocupaciones, y daba parte de ello con precipitadas misivas enviadas en sobres color marfil.

¿Qué mensaje mandaba ahora?… Los sobres descansaban en mi manta, no tenía prisa por leer aquellas cartas lejanas que habían perdido su inmediatez temporal… Sabía lo que habría escrito; conocía esa letra, la mano y el alma que la movía. Querría saber lo que me pasaba, excitada, asustada, asombrada, más tarde cansada, en tono amistoso, social, compasivo y triste… Aquella alma vibraba en la misma frecuencia que la mía y era perfectamente capaz de percibir todo lo que yo sentía en una sala de conciertos mientras interpretaba al piano la música de Chopin, pero el hermoso cuerpo en que brillaba esa alma estaba muerto para todo sentimiento y emoción, como el cuerpo sin vida de un ser legendario…

Pensé todo eso mientras sostenía en la mano aquel ligero peso, las cartas de E., que me habían llegado desde una lejanía más profunda y oscura que la geográfica, desde la perspectiva de la enfermedad, del otro lado del abismo,

y mi cuerpo torturado experimentó aquel leve temblor que no había desaparecido con el paso de los años: se producía en todos los encuentros, en el salón de E. o al verla en la calle; el temblor que me advertía de que quizá no era «amor» lo que me ataba a ella, de que quizá no amaba a aquel ser extraño y noblemente inválido, pero que sí había algo —algo que superaba la distancia, la enfermedad, el abismo entre la vida y la muerte—

que me ligaba a ella tal como era, casada con otro hombre, en otro mundo, encerrada en su propia insensibilidad fatal y desesperada… Y me estremecí de nuevo, sintiendo las cartas de E. en mi mano.

Aquel temblor ya era señal de vida. Era la sensación familiar de la vida, que golpeaba como una fría descarga eléctrica. Me quedé largo rato así, inmóvil, con las cartas en la mano. A veces se asomaba una enfermera.

Cherubina lo hacía con tacto, asomando su rostro sonriente por la puerta, y luego la sonrisa forzada de la pálida y enferma Carissima. Y al ver que por fin me ocupaba de algo se alejaban, elogiándome en voz baja porque, por una vez, ese algo no era la enfermedad y la muerte… Hacia las cinco de la tarde pedí un café bien caliente, abrí los sobres y leí todas las cartas de E.

de un tirón. ¿Qué había escrito?… Uno siempre escribe lo mismo. Decía lo que me había imaginado y, en efecto, lo hacía en francés, inglés e italiano, tal como vivía, hablaba, soñaba, como me hablaba a mí y a los demás, también a su marido, aquel amigo sabio y tolerante. Me rogaba que volviera y me pedía perdón; ¿por qué?… Hablaba de mi enfermedad y de que era consciente de que ella, E., era una de sus causas; lo sabía todo sobre mí, pues la embajada de Italia informaba detalladamente a mis amigos sobre la evolución de mi estado; sabía que nuestra relación era la verdadera enfermedad sobre la que se había depositado aquel mal físico, como una formación patógena crecida sobre una extremidad… Escribía con ardor sobre su frigidez. Con infinita franqueza, decía que nunca había podido abrirse completamente y entregarse a mí. Con conmovedora sinceridad, decía que nunca había conseguido desnudarse enteramente ante mí.

Apasionadamente me revelaba que aún no conocía la pasión carnal. Y con el entusiasmo de la confesión más íntima, balbuceando —con el balbuceo de la mayor sinceridad—, me decía que a pesar de ello yo había sido y era el único capaz de despertar sentimientos en su cuerpo, en su sistema

nervioso: yo, o mejor dicho la música que yo sabía extraer de un instrumento. Aseguraba que nuestra «relación» era morbosa, antinatural, pero que aun así estaba sometida a una ley, como toda relación plena entre hombre y mujer, y me pedía que aceptara aquella ley que tenía otros parámetros, unos fundamentos distintos de los que generalmente constituían la patria común de hombres y mujeres. Y en la última carta, fechada tres semanas atrás, decía que acababa de recibir malas noticias del hospital. Al parecer, aquella noche había percibido en la voz del médico de guardia qué graves peligros podían rondar una cama de hospital en una gran ciudad extranjera —describía la conversación con pocas palabras, y a mí me pareció ver la sonrisa tensa e irónica de mi extraño chamán, el médico asistente, al enviar, en medio de la noche y a cientos de kilómetros, noticias sobre un fenómeno tan turbio y sospechoso como era para él un enfermo y su enfermedad—, pero ahora que ella lo sabía todo y lo había entendido todo, me rogaba que le diera la espalda a la muerte, que volviera con ella, a la vida, a la música, porque no quería que me muriera, lo haría todo con tal que no me muriera; y si yo creía que ello ayudaría a que me curara y volviera lo antes posible, pues entonces ella se sacrificaría y me entregaría su cuerpo.

Eran las siete pasadas. Con la última carta en la mano, me senté en la cama como dispuesto a levantarme; era la hora de la visita vespertina del médico asistente y, en efecto, tras unos suaves golpes en la puerta, apareció su figura rechoncha. Me miró con ojos miopes y vio que me disponía a bajar de la cama.

—Perdón —dijo y se fue, cerrando la puerta con sigilo.

Apagué la luz y volví a tenderme. En mis oídos resonaban las palabras de aquella extraña carta amorosa, como una música sin melodía. Y como si de pronto comprendiese el significado secreto de las semanas anteriores, casi me puse a gritar en medio de la oscuridad. Sí, detrás de todo, de la enfermedad y la recuperación, estaba ella y sólo ella, E.; por fin lo entendía o me parecía entenderlo… Había sido ella, aquella amante tejida en mi imaginación y, sin embargo, más real que cualquier otra de carne y hueso, aquella aparición más que humana hecha de música y recuerdos, la causa de mi enfermedad y la fuerza, la energía que en las últimas semanas me había

animado a vivir. Tenía que haber sido ella. ¿Cómo se me había ocurrido que podía ser una de las enfermeras quien me había ayudado?… No; había sido E. —la única criatura que conocía la causa real de mi enfermedad—, pero los nervios torturados de mi cuerpo la habían encarnado en una de las monjas que pululaban alrededor de mí… La realidad estaba allí, al alcance de mi mano —acaricié las cartas que yacían sobre la manta, en la oscuridad

—, E. era la realidad. Sus sentimientos, su voluntad y su solicitud me habían devuelto a la vida. Encendí la luz presa de la excitación y releí las cartas, esta vez más lentamente, con mayor atención. Cuatro cartas, cuatro confesiones definitivas. Hablaban de todo lo que habíamos callado en los años anteriores, y el pudor, las reservas, los buenos modales, todo se disolvía en el ardor de una preocupación apasionada. Ella y yo, por primera vez, nos habíamos conocido y comprendido a través de la enfermedad.

Toqué el timbre y le dije a la enfermera que acudió:

—Por favor, tráigame un teléfono. Aquí, a la habitación. —Y con voz ronca por la excitación añadí—: Dígale a la centralita que me pongan con Atenas, con la embajada de X.

—Enseguida —dijo una voz impersonal e incolora.

Alcé los ojos. Era Carissima.

La comunicación se estableció hacia medianoche. Hablé durante veinte minutos: primero con E., luego con su marido y finalmente con un amigo común, consejero de la embajada, con quien habían pasado la velada, y otra vez con E., que siempre que podía le quitaba el auricular a su marido y al amigo común. Por fin, fue la centralita del hospital la que cortó la llamada: medio en broma y medio en serio, dijeron que el profesor lo había dispuesto así «por motivos terapéuticos». Naturalmente, fue el médico asistente, aquel chamán casero, quien lo ordenó. Poco después apareció en mi habitación, de puntillas y con su habitual desaliño nocturno, en bata y zapatillas; parecía recién levantado de su propio lecho de enfermo. Bostezó y se sentó en la butaca que había enfrente de la cama. Empezó a liar un pitillo.

—Dentro de una semana podrá irse —dijo.

La voz de E. aún resonaba en mis oídos, aquella vehemente voz femenina, atropellada y entrecortada de tan dichosa.

—¿Lo cree así? —respondí con los ojos cerrados.

—No sólo lo creo, sino que lo sé —dijo el chamán y volvió a bostezar

—. Mañana empezará a caminar y pasado mañana se quejará de que las gambas no están frescas. La factura no le parecerá excesiva sólo porque no tiene factura, es nuestro invitado. Pero se devanará el cerebro pensando qué regalarnos al profesor y a mí. ¿Quiere mi consejo? Al profesor dele una partitura, con una calurosa dedicatoria. A mí deme dinero. —Miró las ascuas del cigarrillo con expresión grave.

—Será un placer —repuse con una risita.

—Hablo en serio, maestro —dijo con el tono del estudiante que advierte a su profesor sobre la seriedad de una petición insólita—. Siempre necesito dinero. Ahora que se va, ya se lo puedo decir.

Aunque tras decirlo bostezó, mi oído habituado a distinguir los mínimos matices percibió que, pese a su tono burlesco, entre cínico e irónico, hablaba en serio y en realidad se refería a otra cosa, no a que le diera dinero… Lo observé. No solía visitarme por la noche, era un hombre negligente y egoísta, después de medianoche sólo se levantaba para atender a los moribundos.

¿Qué pretendía aquel hombre en mi habitación a medianoche?

Siguió bostezando, rascándose y fumando. Me incorporé en la cama como el que acaba de despertarse.

Aquel hombre que siempre me hablaba en tono campechano, casi diría de tertulia, no me resultaba indiferente. No sabría decir qué esperaba de él, pero indiferente no me era.

—¿Fue usted quien ordenó al telefonista que cortara mi llamada? —le pregunté abiertamente.

—Sí. —Parpadeó.

—¿Por qué?

—Porque la conferencia le perjudicaba.

—¿Cualquier conferencia? ¿O esa conferencia?

—Esa, precisamente ésa. —Y asintió como elogiando mi rapidez de reflejos.

—Pero ¿cómo puede decir que…? —repuse irritado, mas me interrumpió.

—Estimado maestro, tiene que aceptar que yo, como médico, sé unas cuantas cosas sobre un paciente al que he tratado a lo largo de su enfermedad. No conozco personalmente a su interlocutora, pero sé que usted se ha curado. Mejor dicho, que no le falta mucho para curarse. Y que no le conviene volver con esa mujer.

Lo dijo casi con impertinencia y rudeza: dijo «esa mujer», pero no me importó. Aquel hombre tenía el extraordinario don de pasar a hablar sobre lo esencial sin transición alguna.

—¿Por qué no debo volver con ella? —le pregunté con calma, mostrando interés.

—Primero —levantó un dedo manchado de nicotina—, porque uno nunca debe volver con una persona de quien se ha alejado definitivamente.

Es una de las pocas reglas inviolables de la vida. Esta clase de vuelta atrás constituye un peligro mortal. Usted ha dejado a esa mujer y se ha despojado de todo aquello que proliferaba malignamente en esa relación. Ahora se encuentra aquí, casi recuperado del todo, en condiciones de regresar al mundo. Así pues, ¿para qué querría volver a la enfermedad? ¿Qué espera encontrar allí? Es una necedad —dijo tajante, y tiró la colilla al suelo.

Me apoyé sobre el codo y miré estupefacto a aquel hombre desaliñado.

—Pero ¿qué dice, señor? —le pregunté con tono mundano, dándole un buen repaso con mirada altiva, en la medida que me lo permitía mi posición yaciente y la relación entre médico y enfermo…

—Como prefiera —repuso tranquilamente—. Si lo desea, podemos hablar de música de cámara.

Su actitud era descarada y entrometida; sin embargo, no la percibí como tal. Simplemente consideré que estábamos hablando de cosas importantes.

Traté de mantener el mismo tono afectado y le pregunté:

—¿Qué sabe usted sobre la persona a la que se ha referido como «esa mujer»?

—Ni más ni menos que lo que debe saber el médico del paciente en cuestión —respondió sin vacilar—. Insisto, si quiere puedo irme. O

podemos conversar sobre asuntos neutros. Como la guerra. O el futuro de Europa. Disculpe que haya bromeado sobre un asunto tan serio —añadió repentinamente, y se inclinó hacia delante para mirarme a los ojos—. Esa

mujer llamó muchas veces las semanas anteriores y en algunas ocasiones la atendí yo. Hablamos extensamente, porque ella quería saberlo todo sobre usted. Nos conocimos por teléfono. Sé muy bien quién es… pero no es asunto de mi incumbencia. Lo que me incumbe a mí, al profesor y al hospital, es verlo recuperado. ¿Debo explicarle que se trata de una gran responsabilidad? Usted no es un paciente cualquiera. Se lo digo en serio, maestro… No proteste, sería una hipocresía estéril. Usted es un músico, un músico de verdad, y ya queda muy poca gente de verdad… También hay pocos médicos, pocos médicos de verdad. —Se mordisqueó las uñas, pero al darse cuenta metió la mano en el bolsillo—. Perdón. Como le decía, esa dama era muy inquisitiva al teléfono —continuó—. Se preocupaba sinceramente por usted. Uno sólo se preocupa así por alguien si se siente responsable ante él. También hablé con su marido. Son excelentes personas, miembros de la alta sociedad que lo han visto todo desde arriba… En cambio yo, ya lo ve, vivo entre enfermos, orinales y esputos, y no puedo ver las cosas y a las personas importantes desde arriba. Usted es importante.

Por eso insisto: usted puede curarse y abandonar el hospital dentro de unos días, pero no vuelva con esa mujer.

Se puso en pie con aire reflexivo y, acto seguido, se inclinó como excusándose.

—Perdone mi intromisión —dijo. Y se dispuso a marcharse.

—Espere —le dije—. ¿Acaso sabe usted lo que significa esa mujer para mí?

—La enfermedad —dijo con sencillez.

—Y tal vez la recuperación —repuse—. ¿No se le ha ocurrido?

Era una de esas conversaciones que muy raramente se dan en la vida: más allá de los buenos modales y las convenciones sociales, al borde del abismo. Aquel hombre desaliñado y de maneras desgarbadas siempre daba la impresión de vivir al margen de la tribu, lejos de las reglas sociales y de toda convención, pero cerca de todo lo humano. El profesor nunca se salía de la estrecha demarcación donde rigen las reglas admitidas, siempre se detenía en la línea fronteriza y, con una sonrisa cortés, observaba y esperaba. Pero el chamán, aquel médico excéntrico, desconocía las actitudes de gentil indiferencia.

—Eso sería homeopatía —dijo muy serio—. No se la recomiendo.

Curar la enfermedad con la enfermedad… Es una concepción de la medicina que tiene célebres seguidores, pero yo no creo en ella.

Y de nuevo se dispuso a abandonarme. Levanté la mano.

—Si se ha animado a hablar —le dije—, hable en serio. ¿Por qué cree que esa relación puede perjudicar mi recuperación?

Se encogió de hombros.

—No debe volver con ella, maestro —repitió en voz baja, casi ronca—.

Es la experiencia que tengo. Usted dejó esa relación… la cambió por la enfermedad. No debe volver. Es todo lo que puedo decirle. —Se desperezó y añadió—: Disculpe mi falta de tacto.

Se despidió con una reverencia. Nunca lo había visto así.

* * *

El profesor también opinaba que podría irme el fin de semana.

Todo parecía tan sencillo como en una fábula: los primeros movimientos, levantarme por primera vez, caminar por la habitación, luego por el pasillo acristalado, entre los laureles. En el primer paseo me acompañó Cherubina; íbamos de un lado a otro cogidos del brazo, sonriendo, orgullosos a la luz primaveral.

—Como dos tortolitos —bromeó el médico asistente al vernos.

Y Cherubina sonrió feliz. Aquellos días todos sonreían. Y todas las noches sonaba el teléfono. «Le pongo con Atenas», decía la amigable voz de la centralita.

Ya nos conocíamos, la centralita de Atenas, la de Florencia y yo, postrado en una cama de hospital. Atenas me animaba en francés, con tono de confidencia personal me decía que enseguida se pondría la dama, que ya estaban llamando al número secreto. Y la centralita de Florencia conducía la familiar voz a mi habitación, con un servicial tono de alcahuete nocturno:

«Ecco, ecco su cita, signore…» Durante una semana, todas las noches, entre las doce y la una, oí la voz de E. en mi habitación. Era una voz impaciente y

tan próxima que me colmaba de felicidad. Al teléfono nadie era capaz de mostrarse tan íntimo, tan confidencial y, sí, tan sensual como E. Y mientras escuchaba aquella encantadora música humana y me dejaba transportar, sabía que aquella intimidad era uno de los síntomas más característicos de la enfermedad de E.: la capacidad de las mujeres frígidas de ser tiernas en la lejanía, sin cuerpo y sin consecuencias. Esa es la única forma y la única posibilidad que tienen de sentir pasión, sin miedo y sin reserva. Todo eso lo sabía, pero no me importaba; cerraba los ojos y escuchaba aquella voz que me susurraba sensual, cálida y misteriosa. Y era así porque estaba lejos de mí. «Así eres tú —pensaba—. Está bien, continúa o cambia, lo esencial es tenerte, no perderte…» Y rogaba que la centralita no cortara la comunicación. Pero ésta era astuta: «Ya es suficiente», decidía Florencia con la desfachatez que da la confianza. Y Atenas la secundaba: « Assez, cher Maître, basta por esta noche.» Nuestra relación, aquella relación estimulante a través del éter, era de conocimiento público, se desarrollaba por encima de las fronteras nacionales en medio de la noche. Y

naturalmente, no sólo sabían de ella en el espacio que se extendía sobre los países, sino también en el hospital.

¿Quién se había ido de la lengua? ¿El médico asistente? ¿El profesor o alguna enfermera? Quienquiera que fuera, todo el hospital, todas las salas estaban al tanto de nuestras citas nocturnas. Todos sabían que el ocupante de la habitación 7 se había curado, que lo llamaba una donna desde Atenas, una dama, una dama muy distinguida. Y también sabían —Cherubina me lo dijo al otro día de la primera llamada— que desde el hospital viajaría directamente a Atenas, donde me esperaban «con los brazos abiertos». Lo había dicho con buen humor, riendo; si en los días críticos de la enfermedad había sospechado que ella era quien emitía aquella «energía» vital, su risa jovial me convenció de que Cherubina nunca habría podido ser una enfermera distinta de las demás: me atendía con el mismo comedimiento impersonal, la misma misericordia cotidiana que ofrecía a todos los enfermos. Pero ¡qué me importaba ya Cherubina, qué me importaban los sueños morbosos y las obsesiones de la enfermedad! Detrás de todo había estado E. —lo sentía cada vez que colgaba el auricular, cansado y feliz—, y

si había un milagro que me animara a vivir sólo podía ser la voluntad de E.

Ella me había llamado a la vida desde aquel oscuro hoyo.

Sí, los cotilleos del hospital acertaban: al cabo de unos días me iría a Atenas, tal como lo habíamos arreglado E., su marido y yo; viajaría en avión, en el vuelo desde Roma. Y luego, de Atenas iría directamente a la isla de Corfú, donde E. había alquilado una casa en un rincón apacible, al borde de un suave acantilado con vistas al mar… Y todo refulgía con una luz maravillosa: el final del invierno, E. y Corfú en la lejanía, mientras se desvanecían las orillas de la enfermedad, desde las cuales volaría hacia una luz deslumbrante que me daría una felicidad tardía. Con el profesor decidimos que partiría el fin de semana, el sábado por la tarde. La administración tomó las medidas oportunas para que tuviera plaza en el avión. Yo ya me dedicaba a dictar cartas y me despedía del personal, agradeciéndoles sus atenciones y desvelos. El profesor lo contemplaba todo moviendo la cabeza en señal de aprobación.

—Lo examinaré por última vez, a modo de despedida —anunció en cierto momento. Cogió el teléfono interno y llamó al médico asistente, a Cherubina y Dolorissa. Y luego, mientras se lavaba las manos como preparándose para una operación, añadió para sí—: Muy bien, se va de viaje. Por supuesto que se va de viaje. Y en avión. —Se inclinó sobre el grifo del agua caliente para enjuagarse las manos enjabonadas—. Así son los pacientes —le explicó al chorro de agua—. Se lamentan y te suplican, hasta que un buen día se curan y salen volando sin más, hacia la luz… Así son, qué remedio.

Hablaba como un anciano gruñón pero de buen humor. Yo también me sentía de buen humor mientras lo escuchaba refunfuñar. Luego añadió, torpemente:

—A la luz, como los insectos. —Se secó las manos con una toalla.

—No es el peor de los desenlaces —contesté sonriendo.

Ya me esperaba aquel examen final y me había preparado, como el buen estudiante que, consciente de que se ha aplicado, sabe que obtendrá una excelente nota. Me sentía plenamente recuperado. No imaginaba que una persona que se sentía tan sana y saludable tal vez aún no hubiese superado del todo la enfermedad.

No pensaba en nada que no fuera el sábado por la tarde, cuando un avión me llevaría a Atenas por encima del mar. Llegaron el asistente y las enfermeras. El profesor, como un director de orquesta, tocó levemente la cabecera de mi cama con el estetoscopio.

—Empecemos —dijo.

Me examinaron de la forma habitual y yo colaboré con la buena disposición de un enfermo experimentado. Me habían examinado muchas veces de la misma manera, en aquella misma habitación, en situaciones casi desesperadas, y ahora sentía una especie de orgullo torpe, porque el examen iba de maravilla y el cuerpo respondía a cada una de las preguntas del profesor, obediente y entrenado, como si hiciera un ejercicio de gimnasia.

«Excelente», decía el profesor, y el asistente mascullaba satisfecho;

«excelente», decían como se le dice al número uno de la clase —el estudiante de cuyas dotes los profesores no tienen la menor duda—, y me formulaban preguntas de mero trámite. El cuerpo respondía a cada una, y

—lo que unas semanas atrás aún parecía imposible— el rostro, las manos y los pies satisfacían las expectativas del profesor. Me examinaron con hielo, con una sonda de agua caliente y con una aguja roma, y yo contestaba con un sí o con un no, pero siempre correctamente… «Perfecto», decía el profesor. Caminaba con los ojos cerrados con la misma seguridad y resolución de un vidente. Luego me levantó el brazo derecho y dijo:

—Bien, podemos estar orgullosos. —Y volvió a sonreír—. ¿No es así?

—preguntó al asistente y enarcó las cejas, dando a entender que aquel examen estaba de más, era mera formalidad, un gesto de cortesía—. ¿No es así? —preguntó a las enfermeras.

Pero las enfermeras y el asistente callaban disciplinadamente, sin asentir ni negar, como soldados impasibles en presencia de su superior.

—Ésta es la mano… —continuó el profesor, y me levantó la derecha con dos dedos como si fuera un objeto— que ha regalado tanto gozo y esplendor al mundo. ¿Alguien puede entender algo así?… Es una mano igual a las demás…

Su tono era de afectuosa ironía, pero advertí que algo le llamaba la atención en mi mano. Sus ojos azules destellaron fugazmente, indicio de que mientras hablaba tan confiado había descubierto algo preocupante…

Ahora tocaba uno de los ejercicios habituales: me pidió que separara los dedos de la mano derecha y los dejara inmóviles. Observó la mano alzada con la cabeza inclinada hacia atrás, atentamente, con los ojos entornados.

—Gracias —musitó, y se quitó las gafas para limpiar los cristales.

Por unos instantes que parecieron eternos nos quedamos así, sin hablar, sin movernos. El profesor con las gafas en la mano y la cabeza baja, el asistente y las enfermeras en una especie de rigor profesional, expectante, y yo con la mano torpemente levantada y los dedos separados.

—¿Todo en orden? —pregunté por fin y, turbado, bajé la mano.

Las hermanas recogieron el instrumental. El asistente se acercó a la ventana y clavó la mirada en el muro cortafuegos. El profesor terminó de limpiar las gafas y se las colocó. Me miró ladeando la cabeza, como si mi pregunta fuese una banalidad común que no merece respuesta.

—¿Perdón? —dijo por cortesía—. Sí, claro, todo está perfectamente en orden. Así pues, se va el próximo sábado… Pero aún nos veremos antes.

Me estrechó la mano derecha en gesto de despedida, aunque apenas la tocó. En ese instante intuí que con el pretexto del apretón de manos quería examinarme otra vez el dedo anular y el meñique.

* * *

Eso sucedió el jueves por la tarde. El viernes estuvo dedicado a la preparación de las maletas y las despedidas emotivas. Para las enfermeras hice comprar regalos en la ciudad. Cherubina se echó a llorar; Dolorissa se mostró áspera y altiva, pero agradeció los regalos; Mattutina se despidió con aire devoto, y Carissima, la enferma, se mostró lacónica y formal. Al médico asistente le entregué un cheque que se guardó sin pronunciar palabra, alzando los hombros. Me dijo que me acompañaría al aeropuerto.

Si me hubiera fijado más, habría notado su embarazo. Pero pasarían semanas antes de que me sentara al piano y comprobase que tenía paralizados dos dedos de la mano derecha.

Entonces me preocupaban asuntos de otra índole. Al anochecer, Cherubina y una criada acabaron con mi equipaje; llegaron visitantes, dos altos cargos de la organización local del partido, caballeros canosos, barrigudos, luciendo camisas negras con condecoraciones. Eran corteses, pero con su juvenil y marcial disfraz parecían paradójicamente agresivos, como se imagina uno a un revolucionario entrado en carnes. Les agradecí la ayuda oficial que me habían brindado y ellos lamentaron mi percance de salud y me desearon una completa recuperación… Tras las despedidas me sentí exhausto. Me acosté —la última vez que lo hacía en aquella extraña cama que había sido mi hogar durante esos meses— y le pedí a Cherubina que me despertara temprano. Pasada la hora de la cena, la habitación se llenó del denso silencio nocturno del hospital, con aquella tranquilidad sofocante y artificial, el silencio del sufrimiento amortiguado por una pesada sordina. Permanecí largo rato con los ojos cerrados, sin poder conciliar el sueño. Medio dormido vislumbraba imágenes, palabras y recuerdos sin forma ni sonido, jirones de visiones turbias de los meses anteriores. Sentía el recuerdo del dolor, de aquel fantasma sin cuerpo, y luego el regusto de la bruma benigna, de la embriaguez de las citas químicas que hastiaban pero cautivaban con la atracción de lo prohibido…

Así, entre aquel sopor de sabores y sensaciones, me parecía estar escuchando música. Me despertó el sonido de la puerta abriéndose con sigilo y en la penumbra se recortó la figura de una hermana.

Era Carissima, que vaciló un momento. Al ver que no dormía, se acercó de puntillas. Me informó que la centralita de Atenas había comunicado que aquella noche no contestaban a la llamada. La centralita de Florencia suponía que había una avería en alguna parte y temían que sólo pudieran comunicarme con Atenas horas más tarde, de madrugada. ¿Quería yo que me despertaran tan tarde con el teléfono?

—¿Qué hora es? —pregunté.

Ella consultó su reloj de pulsera.

—Poco más de la una —dijo.

Al final, lograron establecer comunicación con el número secreto de Atenas sobre las tres o las cuatro de la madrugada. A esa hora tan tardía no

podía molestar a E. La noche anterior ya habíamos fijado los detalles del viaje y de mi llegada.

—Diga, por favor —le indiqué a la hermana—, que cancelen la llamada. Ya es muy tarde.

—Muy bien —asintió—. Allí será casi el alba, una hora muy impropia.

—Lo dijo con indiferencia, de espaldas, mientras ordenaba objetos sobre la mesa. No le presté atención.

—No quiero molestar a estas horas —comenté.

—Ya —dijo, y se volvió con una bandeja en la mano para dirigirse hacia la puerta—. Una llamada al alba molestaría a la dama.

Su voz sonó átona, incolora, pero me turbó. La miré. Estaba erguida en actitud servicial, a punto de marcharse. Entonces pude ver cuán enclenque era aquella mujer enferma; la delgadez de su cuerpo se percibía incluso tras el holgado e informe hábito.

—¿A la dama? —pregunté nervioso—. Querrá decir a la casa.

—A la dama, a altas horas de la madrugada —replicó con la misma voz fría y tranquila. Y siguió inmóvil.

Su voz neutra y educada había traslucido de pronto un tono hostil y agresivo. Me incorporé y encendí la luz para ver bien a aquella mujer archiconocida. Sin embargo, en aquel momento me resultó una extraña.

Durante un largo momento que no podía medirse con reloj nos miramos fijamente. Sostuvo mi mirada sin pestañear.

Fue el instante del «como si la viera por primera vez». Cuando una persona o un objeto se revela de pronto, muestra una nueva y verdadera cara en una situación excepcional. Tenía el rostro enjuto, como una palma de mano pálida y arrugada. Y en ese rostro blanco como la tiza refulgían dos ojos fríos y negros. Más que ojos humanos, parecían ojos de animal.

Enfundado en un hábito blanco y negro se movía un esqueleto, y en el marco de la cofia blanca y almidonada, desde el fondo de un rostro que parecía una máscara, brillaban dos rayos negros.

—¿La dama? —insistí—. ¿Qué dama?

—La dama de Atenas —contestó.

—¿Cómo sabe la hermana con quién hablo por teléfono?

—Con una dama —dijo tercamente—. Lo saben todos. Todo el hospital.

A aquella luz fría, permaneció como una estatua primitiva hecha por un escultor burdo que apenas ha tallado los contornos. Hablaba con tanta sencillez como lo hacía al referirse a medicamentos, terapias o alguna de sus tareas. Sólo que ahora su voz era cortante, fría, hostil. Y los ojos le brillaban como ascuas, mirándome fijamente.

—Bien —dije—, si lo sabe todo el hospital… ¿Desea algo más, hermana?

—No. ¿El maestro no necesita nada?

Otra vez esa voz helada y controlada que dejaba entrever una emoción indefinida: ironía, agresividad, no sé qué…

—Nada, gracias —le dije.

Nos miramos otro instante. Entonces se giró despacio hacia la puerta. Al acercarse al umbral agachó la cabeza; caminaba inclinada, arrastrando los pies. Movido por la compasión y la curiosidad, me atreví a preguntar:

—¿Usted está enferma, hermana?

Se detuvo en seco. Luego se dio la vuelta lentamente, dejó la bandeja en la mesa y se acercó a mi cama. Cruzó los brazos con las manos cubiertas por las amplias mangas del hábito. Estaba junto a la cabecera de mi cama, entre la mesilla de noche y la pared; se apoyó contra ésta.

—Tengo leucemia.

—Ya —dije con el tono de un compañero de desdichas—. Pero seguramente le dan un tratamiento excelente.

—Sí —afirmó—. Me dan un tratamiento. Moriré dentro de seis meses.

—¡Qué va! ¿Por qué lo dice? El profesor y los demás médicos…

Seguro que se curará.

—Seis meses como mucho.

Habló desapasionadamente, sin rastro de rabia o queja, como si me informara sobre el estado de otro enfermo cualquiera. Con esa voz no se podía discutir. Y en ella no había huella de lamento o autocompasión…

Aquella ecuanimidad me impresionó e impidió que le contestara con palabras de circunstancia. Aquel tono natural y franco imponía; hablaba como el que ya no tiene tiempo, como el que ha superado la fase del debate y no está dispuesto a discutir inútilmente sobre la realidad por mera cortesía, ya que la conoce mejor que nadie. Comprendí que ella lo sabía

todo sobre su enfermedad y que, en efecto, moriría en un plazo máximo de seis meses. Y no se quejaba ni pedía compasión, sólo quería que no la cansara con vanas manifestaciones de misericordia. Reaccioné como un necio y un torpe, como cualquiera en idéntica situación:

—Nada es seguro.

—Esto sí lo es —repuso tajante, con aspereza, articulando bien las palabras.

Yo sólo oía su voz, ya que si bien ella estaba junto a mí, tenía que girar la cabeza para verla. Permanecía con los brazos cruzados, apoyada contra la pared, y no se movía al hablar.

—Hasta yo me he curado —dije.

—Sí, maestro, se ha curado.

—Así lo ha querido Dios —intenté dar un giro piadoso a la conversación. Quizá eso la agradaría y consolaría.

—¿Dios? —repitió con la misma voz tajante—. No lo sé.

Aquella afirmación sonó muy extraña en boca de una monja. Miré la luz de la lámpara. Ahora estaba completamente lúcido y sentía curiosidad y expectación, como si por momentos fuera a enterarme del significado de todo lo ocurrido a lo largo de los meses anteriores. ¿Qué decía aquella monja condenada a muerte? ¿No creía que Dios me hubiera ayudado? ¿Por qué estaba allí, solícita, junto a mi cama? Me volví para mirarla.

Observé detenidamente aquel rostro que nunca antes había examinado.

Sólo sabía que de las cuatro hermanas ella era la extraña, la impersonal.

Hasta con la gorda y rígida Dolorissa tenía más contacto que con esta criatura enferma, triste y frágil. De las cuatro, Carissima era la que menos llamaba la atención del paciente; trabajaba impecablemente, como todas, con discreción y eficiencia, pero nunca, con ningún gesto, había revelado nada de ese misterio que llamamos personalidad. Más que una persona, cada vez que entraba en la habitación parecía una especie de instrumento terapéutico… También ahora hablaba con palabras desprovistas de todo sentimentalismo, con tono seco y mecánico, como siempre lo había hecho en los meses anteriores.

—¿No cree en Dios? —le pregunté sin más, con una pizca de reproche.

—Creo en Dios —contestó con tono de colegiala que recita el catecismo.

—¿No cree que es la voluntad de Dios lo que cura?…

¿Por qué le pregunté eso? Había algo obsesivo en aquella conversación: las preguntas y respuestas surgían involuntariamente; dadas las circunstancias, nada se podía callar… Ya pasaba de la medianoche, pero no me sentía cansado; más bien excitado, intranquilo. Una excitación similar a la que había sentido en las horas previas al inicio de la enfermedad. Y la intranquilidad me hormigueaba en las manos y los pies, como un sarpullido nervioso…

—No sé lo que quiere Dios —contestó con calma—. Tampoco sé cuándo cura. No sé nada.

Hablaba como alguien salido de un sueño. Y yo la escuchaba también así, como ante una extraña aparición. Sólo veía su rostro, una mancha blanca. En el lugar de los labios se dibujaba una raya fina y rígida. Aquella hermana no tenía labios… ¿Era una mujer?

Una monja que se iba a morir. Si hubiera prorrumpido en llanto o lamentos tal vez me habría dejado indiferente. Pero aquella fría serenidad me conmovió.

—Querida hermana —dije, y la turbación me hizo balbucear—. ¿Podría ayudarla en algo?…

—No —contestó escuetamente—. Nadie puede ayudarme. Usted tampoco.

Me senté. Apoyé el codo en la almohada y me volví hacia ella. Nos miramos fijamente.

Recuerdo las palabras que se oyeron en los siguientes minutos como un fragmento musical cuyas notas no necesitan recordarse una por una: oyéndolo una sola vez, todo se nos queda grabado en la memoria, sin errores. Dijo lo siguiente:

—Usted se ha curado, así que se va.

No añadió «maestro». No utilizó un tono cortés ni servicial. Una persona hablaba con otra, directamente, con crudeza, apresurada. Y aquel tono no me permitió aplazar la respuesta, esconderme cómodamente tras algún lugar común. Tenía que responder a cada una de sus palabras, como

cuando uno es súbitamente atacado y tiene que reaccionar al golpe con otro golpe, a la estocada con otra estocada.

—¿Qué debo hacer? —pregunté—. No puedo quedarme aquí. No tendría sentido.

—No. No tendría ningún sentido.

Su respuesta me produjo la repentina sensación de encontrarme en medio de un incendio. Lo inesperado, lo peligroso, lo incomprensible ejerce un efecto así sobre uno. Traté de buscar una última escapatoria.

—No podemos saber qué pretende la naturaleza cuando nos somete a una grave enfermedad —dije con cautela—. Pero al final nos curamos por voluntad de alguna fuerza. ¿No le parece?…

Contestó con aspereza, alzando la voz:

—Eso, en efecto, no podemos saberlo. Pero todo es tan caótico… No hay que creer que todo tiene sentido. Tal vez la enfermedad no tenga sentido. Y tampoco la curación o la muerte.

Traté de conservar la calma, como si estuviésemos hablando sobre algo interesante pero que no nos atañía personalmente. Desde luego era una conversación extraña, pero enseguida llegaría la madrugada, el paciente se iría y la enfermera gravemente enferma se quedaría… Debía adoptar un tono coloquial para tranquilizarla.

—El maestro es muy bueno al hablar conmigo… —dijo de pronto.

—Sí —respondí—, sí, querida… —Con la ansiedad del momento me había olvidado de su nombre, pensaba en E., en que al día siguiente la vería…

—Carissima —me recordó humildemente, en voz tan baja como si pidiera perdón.

Carissima… El nombre me llamó la atención, y la miré. Era un nombre hermoso, un superlativo latino lleno de musicalidad, pasión y exageración mediterránea, pero qué poco le iba. Pacientes, compañeras, médicos y extraños la habrían llamado cientos de miles de veces por ese nombre, pero quizá nunca con el tono requerido por la palabra: «La más querida…»

¿Puede un hombre decirle algo más bello a una mujer? «Debería llamar así a E. mañana, cuando llegue —pensé—, porque ella es “la más querida”…»

Miré a la mujer que llevaba ese nombre tan bello y sólo vi un rostro pálido, inexpresivo, una especie de máscara mortuoria.

Le dije en tono de disculpa:

—No se lo puedo contar todo. Hay una mujer, sí… la mujer que me escribió esas cartas.

Asintió.

—En Atenas —dijo.

—En Atenas —confirmé.

—Y esa dama… —pronunció la palabra vacilando— ¿espera al maestro?

Hice un gesto afirmativo: sí, me espera.

—Maestro, será usted muy feliz —dijo Carissima, y se dispuso a irse.

Extendí la mano queriendo retenerla.

—¿Ya se va?

No me miró; se dirigió hacia la puerta:

—Es muy tarde. Me esperan. Buenas noches —musitó.

Tenía la mano en el picaporte. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Qué había pasado? ¿Por qué habíamos hablado de todo eso? ¿Qué tenía que ver Carissima con mi vida, mi curación, mi salud o mi muerte? ¿Y qué provocaba la ansiedad que me embargaba? ¿Acaso no estaba tan sano como pensaba? ¿La enfermedad aún no había terminado? No sentía dolor, pero sí algo similar al estado que había precedido a la enfermedad. Volvía a no sentirme bien, tal como había dicho el profesor. Y no quería quedarme solo.

Seguro que esa noche no podría dormir. Y como una nueva manifestación de la enfermedad, la ansiedad me inundaba el cuerpo y la mente: que Carissima no se fuera, que no me dejase solo con la noche, con el insomnio, con el mal sabor de boca de la enfermedad. Era mi última noche en el hospital. La terrible peripecia había tocado a su fin. Al día siguiente me esperaba el avión, el mar, el cielo, una mujer… ¿y luego? La muerte, no muy lejana. Por esta vez me había soltado la mano, pero no debía de andar muy lejos. ¿Qué haría con aquel resto de vida que me habían regalado?

Retomar la obligación maligna e implacable de mi profesión, reiniciar la relación feliz y dolorosa con E., que quería dármelo todo… pero era una persona enferma que ya me había envenenado en una ocasión. Sentí la

desesperación turbia y penosa de toda situación, de toda relación, de toda empresa humana, y de pronto surgió en mi cuerpo y en mi mente el deseo de olvidarlo todo. Volver a experimentar aquel aturdimiento malsano en el que todo se hundía, el dolor y el deseo: la embriaguez de las citas químicas.

Tendí la mano.

—Espere —le dije—. Esta noche quiero dormir —añadí con tono de apremio.

Y Carissima preguntó con su voz apática de monja servicial:

—¿Dormir? ¿No tiene sueño, maestro? Enseguida le traigo un somnífero.

Me incorporé en la cama y levanté la voz:

—No quiero ningún somnífero. Quiero la inyección.

Me miró en silencio.

—¿Es que no me entiende? Quiero la inyección. Una inyección fuerte, aquella inyección… ¿Por qué me mira así? —le pregunté con rudeza—.

Sabe a qué me refiero, ¿no?

Ella se acercó a la cama a paso rápido. Por primera vez percibí un rictus humano en su rostro: el asombro y la consternación diluyeron la rigidez de sus facciones.

—¿La inyección?… —preguntó estirando las palabras—. Pero ¿por qué, maestro? ¿Le duele algo?… ¿Quiere que llame al médico?

Le indiqué nerviosamente que no llamara a nadie; sentía el sabor de la morfina en la boca, su efecto en los miembros, mi cuerpo recordaba la languidez, el placer voluptuoso y vil de la aniquilación, como un alcohólico, sí, como todo aquel que está enganchado a algún veneno. No me había librado de aquel recuerdo y en ese instante, tras aquella conversación, ya preparado para irme, «recuperado», sólo quería volver a sentir la experiencia artificial del olvido absoluto, de la desaparición… Al fin y al cabo, me lo merecía. No era un morfinómano, llevaba semanas sin pedir aquel veneno. Había soportado dolores y tormentos, había renunciado libremente al opio; pero aquella noche quería dormir y olvidar, olvidar que tenía cuerpo, olvidar el pasado, la música y el mañana, lo que quedaba de esta vida mía fallida… Por una noche quería hundirme de nuevo en el abismo, en la inconsciencia, en la muerte. Eso es lo que quería, y de súbito

entendí a los que son capaces de robar, estafar y mentir con tal de alcanzar el estado penoso y voluptuoso de la inconsciencia. Anhelaba desaparecer por unas horas, a cualquier precio. Y por la mañana me iría de allí. No volvería a ver aquellas piadosas sombras del infierno, aquellos actores secundarios del sufrimiento; luego llegaría el final, pero antes, por un instante, volaría hacia la luz y la felicidad, una vez más volvería a escuchar la música. Después sí todo acabaría, de una forma u otra…

—No llame a nadie —le dije con voz ronca—. No me duele nada. Sólo quiero dormir. ¿Es que no lo comprende? —Y le cogí la mano con ese gesto suplicante con que sólo los adictos al opio y el placer son capaces de humillarse. Sentí su mano fría y huesuda.

Ella me dejó hacer, y luego, muy lentamente, retiró los dedos.

—Pero, maestro, eso es imposible —protestó asustada—. Ya sabe que sin la autorización del profesor no hay inyecciones, y mucho menos ésa…

Y usted ya se ha curado, ya no tiene dolores…

Protestaba como una mujer a quien a altas horas de la noche le hacen una proposición indecente. Y yo trataba de persuadirla con tanto fervor como el seductor que aborda a una amante reacia.

—El profesor no se enterará. Y yo me iré mañana. Pero esta noche, por última vez, quiero dormir, quiero la inyección. Sólo deseo dormir profundamente. ¿Acaso eso es pecado?…

Carissima replicó seria y en voz baja.

—No sabe lo que dice, maestro. Sería un pecado hacer lo que me pide.

Cruzó las manos sobre el pecho, a la defensiva, y enlazó los dedos en actitud de rezo, una postura de rechazo implorante. Cerré los ojos, cansado de la discusión, de la hora tardía, de todo lo que hubo en el pasado y lo que me esperaba en el futuro… Estaba agotado, tan agotado como cuando se llega al final de todo y ya no queremos discutir.

—¿Y qué? —repliqué con indiferencia—. ¿Y qué si es pecado? ¿Acaso no da lo mismo?…

Y apenas decirlo me di cuenta de que había alentado a una moribunda a hacer lo que le placiera, sin importar si era pecado o virtud. Esperé su protesta, su rechazo indignado… Pero Carissima no se alteró en absoluto.

—Es cierto —contestó. Y tras una pausa—: Da lo mismo. —Las manos entrelazadas para rezar seguían inmóviles sobre el pecho—. Maestro, mañana se irá. Viajará a Atenas en avión. Qué bonito ha de ser viajar en avión… —suspiró.

No me atreví a responder. Había tocado algo de manera egoísta y cruel… Tendría que haber callado. Y de pronto ella añadió con voz ronca:

—Dios es misericordioso.

Lo dijo maquinalmente, con voz de monja, como recitando una letanía… La miré. Continuaba inmóvil con las manos enlazadas, la mirada fija en el suelo.

—¿Qué dice? —le pregunté—. ¿Qué quiere?… —Me sentía tan fatigado que ya desvariaba.

Carissima no me miró.

—Dios es misericordioso —repitió en voz más alta y apretó las manos contra el pecho. Y de pronto, casi gritando, como pidiendo auxilio en un momento de desesperación, exclamó—: ¡Dios es misericordioso!

Sus palabras resonaron como un eco en la habitación, en la noche, en el silencio. Y al punto se marchó a paso rápido, casi corriendo, sin cerrar la puerta al salir.

Volvió al cabo de unos instantes, con el mismo paso rápido, una jeringuilla en la mano. Reconocí el color opalino de la droga. Me arremangó el brazo derecho y me pinchó con un movimiento ágil y firme.

Me limpió la zona del pinchazo con un algodón. Durante todo el proceso no dijo nada ni me miró. Luego apagó la luz y la oí cerrar la puerta con el sigilo de alguien acostumbrado a andar por la noche.

Pensé que debía hacer algo. Tal vez tocar el timbre o encender la luz.

Pero no tenía fuerzas. No me sentí mareado, sólo me precipité a un abismo, de espaldas, sin cuerpo, mas con todo el peso del cuerpo y la existencia. De igual modo cae una piedra al fondo del agua, ingrávida. Por un instante ardió el miedo en medio de la oscuridad. Luego ya nada.

Me despertaron unos golpecitos en la cara.

Alrededor de mi cama estaban el profesor, el médico asistente y dos enfermeras desconocidas; la luz del día inundaba la habitación.

Continuaron dándome golpecitos, sobre todo el médico asistente, a un ritmo constante. Al parecer, el examen final requería una lluvia de leves bofetadas.

Volví a dormirme aun recibiendo aquel correctivo. Desperté por la noche, descansado, sintiéndome recuperado y saludable. Toqué el timbre y al poco acudieron presurosos el médico asistente y una monja desconocida.

Con un gesto indiqué que se retirara la enfermera. Nos quedamos los dos solos. El chamán se sentó en el borde de la cama, parpadeando de cansancio. Se lo veía agotado y encogido: había logrado devolverme a la vida tras una larga jornada de bofetadas y duro trabajo físico. Su manera de salvarme no había sido delicada y cuidadosa como la de Carissima en su momento, sino dura, ruda y eficaz. Ahora parpadeaba somnoliento y satisfecho.

No me sentía cansado. El veneno no se había absorbido del todo, y el estimulante se extendía por mi cuerpo y mis nervios. Pregunté con calma:

—¿Qué ha pasado?

—Una negligencia —contestó con naturalidad, encogiendo los hombros

—. A veces ocurre. Gracias a Dios, pocas veces.

—¿Recibí una dosis mortal? —pregunté.

Se sorbió la nariz.

—Tal vez. —Se frotó los párpados hinchados—. En cualquier caso, más de lo que su cuerpo podía tolerar, pero también menos. Fue una dosis justo en el límite —dijo con tono profesional.

—Pero ella no tendrá problemas, ¿verdad?

—¿Quién? —Rió con afectación—. ¿Carissima? Qué va. En absoluto.

Carissima es una enfermera excelente. Una distracción así… puede sucederle a cualquiera. Lo importante es que lo hemos superado —añadió nervioso. Quería cambiar de tema, pero no lo permití.

—¿Qué opina el profesor sobre esta negligencia?

—¿El profesor? —Y miró el techo, cavilando, como si esperara la respuesta desde lo alto—. ¿Qué puede opinar? Los médicos suelen adoptar

severas medidas punitivas en casos como éste. Pero las del profesor son discretas e incruentas…

—¿Dónde está ahora? —quise saber.

No preguntó a quién me refería y contestó solícito:

—Cherubina y Dolorissa la han acompañado esta mañana. Se ha ido a casa, a Pistoia, al convento.

—Bien —respiré aliviado.

Callamos. Sentía una profunda tranquilidad. Sentía que realmente había llegado al final de mi enfermedad. Aquella «negligencia» había sido el punto final de una larga frase… Ya no tenía nada que hacer, podía irme de allí.

—Mañana me voy —le dije.

—Naturalmente. Mañana o cuando desee. La administración ya se ha ocupado de que tenga plaza en algún vuelo.

—No —repuse—, no viajo en avión. Viajaré en tren.

Se mordió el labio inferior, inseguro.

—¿En tren? ¿A Atenas?…

—A casa —corregí—. A casa, a Budapest. No iré a Atenas.

—Entiendo —respondió escuetamente.

Nos quedamos mirándonos. Se encogió de hombros y empezó a pasearse por la habitación, como de costumbre. Transcurrió cierto tiempo.

A veces sacudía la cabeza, como si discutiera con alguien.

—¿Me acompaña mañana a la estación? —le pregunté.

—¿A la estación? —Volvió a mirar el techo, parpadeando—. A la estación, naturalmente. Diré que le reserven un compartimiento en el coche-cama.

—No necesito un compartimiento. Me encuentro perfectamente bien.

Estoy fuera de peligro, ¿no es así?

Respondió sin vacilar:

—Fuera de peligro, por supuesto. Es normal recuperarse de una negligencia así. Quienes la padecen se recuperan perfectamente. O no se recuperan nunca. Usted se ha recuperado, maestro.

—Lo sé. Por eso no necesito ningún compartimiento. Pero también tengo otra razón: por el camino bajaré en Pistoia.

Se desperezó y puso las manos a la espalda.

—Imposible —dijo con firmeza.

—¿Por qué? —repliqué—. Sería lo más natural del mundo… Quiero tranquilizarla, que vea que no me ha pasado nada… Ella sólo quería mi bien

—añadí.

—Quería su bien, ya —farfulló—. Todo el mundo actúa con las mejores intenciones. Pero usted no conoce las costumbres de la orden. No puede entrar en el convento. En esa orden rigen reglas muy estrictas. Nadie puede hablar, todo se hace sin palabras. A veces una hermana deja el convento para siempre, pero también entonces la cuidan… cuidan a todas las que han sido miembros de la comunidad. En ocasiones alguna vuelve, y entonces cierran la puerta definitivamente tras ella. Y a una persona que vuelve de esa manera no se la puede molestar con visitas. Ni siquiera si el visitante…

—Dejó la frase en el aire.

—¿Viene desde tan lejos como yo?

Asintió.

—Así es. Ni siquiera en ese caso.

Me habría gustado discutir su afirmación, pero se lanzó a hablar con vehemencia, como si no quisiera oír mi réplica; quería decirlo todo él para evitar que yo hiciera más preguntas sobre la negligencia de Carissima y desistiera de ir a Pistoia… Su elocuencia y buena voluntad me conmovieron.

—No, ni siquiera en ese caso —repitió con su repentina locuacidad—.

Ni hablar. Es una orden extraordinariamente monástica, regida por una férrea disciplina tras sus altos muros. La superiora es una mujer excepcional que entiende de todo, particularmente del alma de los enfermos que no quieren estar sanos y de los sanos que prefieren enfermar porque no soportan la responsabilidad de la salud y la vida. Vivir exige mucha responsabilidad —añadió en tono ceremonioso, como un estudiante ante el tribunal examinador.

Nunca lo había visto así; le lancé una mirada de recelo y traté de averiguar si se estaba burlando. Pero hablaba en serio, con las manos cruzadas sobre la pechera de su bata blanca en un gesto de cura. Cada poco alzaba su vista miope al techo, como el sacerdote que predica.

—Oh, vivir es una gran responsabilidad. Imagíneselo, vivir entre la gente… Muchos no lo soportan. ¡Cuántos intereses! El tedio, la vanidad, la ambición, los sentidos; y detrás de todo, la muerte… ¿Quién puede soportarlo sano siempre, durante toda una vida? Pocos, muy pocos. —Y

meneó la cabeza como lamentándose por la condición tan desesperada de la especie humana—. La superiora lo sabe. Pasó muchos años cuidando enfermos y ahora es ella quien dirige el convento, cuida de setenta monjas… Una tarea colosal —dijo con seriedad afectada—. Y si alguna vuelve enferma o cansada, o porque le ha ocurrido algo en la vida (las monjas también son seres humanos, mujeres, ¿no?), entonces la superiora la acoge y cuida de ella. Y en estos casos no debe importunarse con visitas su austero recogimiento. Suponga, maestro, que mañana por la tarde llega usted al convento y lo conducen ante la madre superiora, a quien le pide ver a una enfermera llamada Carissima, que lo cuidó durante su convalecencia.

.. Imagine qué puede responderle la superiora. Sólo esto: «Señor mío, por favor, siga su camino con la gracia de Dios. No moleste a Carissima, señor.» No podrá decirle otra cosa, ¿entiende?… No cabe imaginar otra respuesta. Sin embargo, si le dejara ver a Carissima, ¿qué le diría usted a esa pobre monja?… Cuando alguien vuelve al convento como lo ha hecho Carissima (quiero decir, para siempre), ¿qué se le puede decir?

Me mira y en su rostro envejecido se refleja una curiosidad infantil, como si de veras le interesara saber qué le diría yo a Carissima en una circunstancia así.

Cierto, ¿qué podía decirle?… Ni yo mismo lo sabía. Sólo pregunté:

—¿Carissima sabe que… que finalmente no me hizo daño su negligencia?

—Carissima no sabe nada —se apresuró a responder—. No le interesa nada. Sólo dice de vez en cuando: «Dios es misericordioso.» Lo dice mecánicamente. Pero por lo demás está tranquila. ¿Entiende, maestro?…

—Entiendo.

Nos estrechamos la mano.

—Buenas noches —murmuró en tono cordial.

—Buenas noches —respondí, apretándole la mano.

—Que duerma bien —añadió, y se mordió el labio inferior—. Mañana despertará descansado y recuperado. Ni siquiera nosotros los chamanes conocemos el horario de las rutas celestiales… pero he pedido que averiguaran el horario del rápido de Budapest. A las diez de la mañana partimos hacia la estación. ¿Le parece bien?…

—Muy bien —contesté sin soltarle la mano—. Y le agradezco todo lo que ha hecho por mí.

—Bueno —dijo con seriedad—. Puede agradecérmelo. Bastante trabajo me ha dado.

Tratamos de sonreír, buscando algo más que decir, moviendo los labios vacilantes… Al final fue él quien soltó mi mano. Con embarazo, se puso a silbar.

—Es tarde —dijo de repente—. Tiene el pulso muy bien. Usted aguanta mucho, maestro. Y ha aprendido bastante en los últimos meses. Ha sido un paciente excelente. Ha aprendido que no basta con estar enfermo ni con tomar medicamentos, sino que también es necesario responder, responder a la enfermedad y a todo lo que nos ha causado la enfermedad y la recuperación. Es algo que debe aprenderse. Y luego, si la vida nos llama…

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