La hermana

Sándor Márai · Capítulo 1 de 6

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La hermana

Capítulo 1

Trataré de relatar todo lo que experimenté aquella Nochebuena tan insólita.

Era la tercera Navidad que nos tocaba vivir desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial. El tiempo pasa, y los días y las noches que se sucedieron tras aquella Nochebuena nos depararon inmensa miseria y sufrimiento. Sin embargo, el recuerdo de aquel encuentro quedó vivamente grabado en mi mente y en mi corazón: las noticias que daban parte de la destrucción de ciudades enteras, las dudas y angustias que en aquellos tiempos acongojaban a tanta gente, la preocupación por el futuro de la humanidad, la infinidad de desgracias de dimensiones colosales, no fueron lo bastante crudas y contundentes como para apagarlo. Lo que supe no me aportó noticias sobre el destino de pueblos y continentes, sino sobre el de una sola persona. Sin embargo, en el destino de una sola persona la fatalidad puede condensarse con la misma intensidad que en el de pueblos enteros.

Fue, naturalmente, la casualidad lo que determinó aquel encuentro navideño, tal como sucede con toda circunstancia humana crucial. Nunca me habría imaginado que en pleno invierno, en un pequeño balneario casi desierto, en un hotelito de montaña transilvano que, además de carecer de las comodidades de la vida moderna, más bien parecía un refugio de cazadores, me tocaría tener como vecino de habitación a Z., el famoso Z., el gran músico aplaudido pocos años antes en las salas de concierto más importantes del mundo. Nuestro encuentro me causó una honda impresión, porque el hombre que apareció ante mí en aquel salón comedor de toscos muebles de abeto no era más que la sombra del célebre y paradigmático pianista cuyo nombre había sido poco antes uno de los más laureados en el ámbito musical. El fenómeno me habría impresionado como prueba

tangible de lo perecedera que es la fama y la gloria humanas, si en el momento del encuentro las maneras y el comportamiento de Z. no me hubieran convencido de que afrontaba su duro destino no sólo con singular entereza, sino también con serenidad y optimismo. La desgracia no lo había herido, humillado ni quebrantado. En su serenidad no había rastro de rencor; no interpretaba el papel del Coriolano herido, desterrado por fuerzas bárbaras de su verdadera patria, el misterioso reino de la música. Esa extraña calma se reflejaba en su mirada como un apacible rayo de lucidez interior. Ya desde el primer momento de nuestro encuentro acertó, con el instinto propio de los músicos, en dar con un tono que me infundió la tranquilidad de estar hablando con una persona plenamente consciente de su destino y dispuesta a afrontarlo sin rebelión alguna, y nada me autorizaba a compadecerlo. Además, su sencilla dignidad y sobria humanidad me hizo adoptar una actitud de reserva involuntaria: intuía que debía respetar su soledad, su conducta modesta que al mismo tiempo rechazaba cualquier clase de compasión, y que no tenía derecho a alterar su equilibrio espiritual con ninguna condolencia formal.

Todo eso ya lo había advertido en el momento del encuentro, pero los días posteriores se grabaron en mi mente como una especie de examen de tacto y buenos modales. Porque aquel hotel de montaña ofrecía una excelente oportunidad para examinarse de la difícil asignatura de la delicadeza forzosa: nos encontrábamos por la mañana, a mediodía y por la tarde en la única estancia común, junto a la rústica chimenea francesa de aquel salón comedor impregnado de olor a abeto, donde —a la tenue luz de un quinqué— los pocos huéspedes no tenían otra alternativa que sentarse alrededor de una mesa redonda para matar el tiempo leyendo, jugando a las cartas, conversando o sintonizando la radio a pilas. Porque allí, en lo alto de la sierra, esa extraña sustancia que es el tiempo resultaba un adversario realmente peligroso: llevaba varios días granizando sin parar, y la nieve, a mediados de diciembre, se derretía y arrastraba hacia el valle enormes aludes grises y sucios. Era imposible dar siquiera un paseo. Desde la aldea que había junto al arroyo del valle —a varias horas en carro de la estación ferroviaria más próxima—, todos los mediodías subía por el camino resbaladizo y peligroso un caballito rechoncho y graciosamente desgreñado,

tirando del carro que conducía un somnoliento campesino rumano que traía el correo, la carne y todo lo necesario para la despensa del hotel. La húmeda bruma cubría las cimas como las sofocantes nubes de humo los rascacielos de una gran ciudad tras un incendio o un bombardeo. En las habitaciones, la humedad lo dejaba todo pringoso: la ropa de cama, las toallas, hasta las prendas colgadas en los armarios absorbían la sucia neblina. Ya a primera hora de la mañana los huéspedes huían de sus cobijos estrechos e incómodos, donde sólo permanecían el tiempo imprescindible, casi a ciegas por la escasa luz de las velas, tiritando en las camas húmedas o aseándose en cubos de hojalata. Entre los montes y sobre los valles ululaba un viento cálido, el siroco. A veces, al mediodía, el termómetro llegaba a marcar ocho grados, un tiempo desquiciado para diciembre. Todo lo que habíamos imaginado nosotros, los náufragos del pequeño hotel, en el momento de emprender el viaje desde nuestros hogares urbanos —relucientes cimas heladas a una fría luz solar, radiación ultravioleta sobre campos nevados, espléndidos paseos por la nieve crujiente a mil quinientos metros de altitud entre olorosos árboles de Navidad espolvoreados con azúcar glasé, por bosques de abetos infinitos, y luego las tranquilas horas de la tarde en el salón del hotel, cuya acogedora soledad resultaba tan seductora en la fotografía expuesta en la agencia de viajes—, en realidad resultó una pérdida de tiempo exasperante e insalubre que nos consumía los nervios. El trabajo que había traído descansaba en el fondo de la maleta, porque ni en mi habitación, semejante a la celda de una cárcel, ni en el salón comedor había forma de extender cómodamente mis notas, y los libros que me servirían de alimento intelectual ya los había consumido en los primeros cuatro días de forzada reclusión. Como los ocupantes del arca de Noé, estábamos desde la mañana hasta la noche hacinados en aquel salón de aire cálido y viciado, cargado de un húmedo olor a comida y humanidad; el hastío nos hacía comer en exceso y acompañábamos los platos grasientos con un vino ácido y áspero. Naturalmente, entre los habitantes del arca había también seres cuadrúpedos: un viejo y demacrado perro pastor, una gata inútil con sus crías, un arrendajo en una jaula colgada junto a la estufa, y una ardilla que, en la suya, hacía girar desesperadamente una pequeña noria; era una multitud de animales para animar nuestra convivencia, y a

veces, con la confianza natural de los seres forzados a vivir en mutua dependencia, por el resquicio de la puerta introducía su morro barbudo un viejo macho cabrío, el presumido decano del colectivo animal, parpadeando, haciendo temblar su barba puntiaguda. Se paraba tranquilamente ante la puerta, a la espera de ser invitado a sentarse entre nosotros, como si aún recordara la paradisíaca convivencia entre humanos y animales. Pero los hosteleros lo echaban sin contemplaciones debido a su desagradable olor.

En el arca vivíamos siete bípedos, esperando que cesara la lluvia y volviera a lucir el sol, siete huéspedes más el dueño y su esposa, una pareja de rumanos del Regat, corpulentos, de andares pesados, serviciales y de buena voluntad, que sólo chapurreaban el húngaro, y el personal: dos chicas jóvenes y un pastor del valle que en invierno hacía de criado en aquel refugio de montaña. Porque, en realidad, aquel «hotel terapéutico de alta montaña» no era más que un refugio; de todo lo que prometía el folleto, sólo la sierra y el paisaje cumplían la engañosa promesa. Y ahora, hasta esa escasa realidad estaba envuelta en la niebla y mojada por el granizo. En días de invierno despejados el paisaje sería sin duda un regalo para el visitante: el reconfortante aroma del aire se percibiría incluso a través de la niebla.

Al cuarto día de mi reclusión, toda mi buena voluntad y paciencia pareció resquebrajarse. Confinado con animales y humanos en un recinto que más bien parecía una cuadra, donde ni siquiera se podía disfrutar del modesto lujo de la soledad, el aire viciado de las habitaciones, la desoladora imagen del paisaje húmedo y embarrado que se veía por las ventanas: todo aquello demostraba irónicamente, con escarnio burlesco, cuán vanos resultan las empresas y los propósitos humanos cuando se encuentran con la realidad. La tranquila semana que pensaba pasar en la montaña, aquella prometedora «estancia navideña entre la nieve», tal como me la había imaginado desde mis nostalgias urbanas, ahora más que un premio me parecía un castigo, una pena de reclusión en firme.

¿Qué hace el preso que toma conciencia de su desesperada situación?

Obviamente, urde planes para la huida. Tres días son mucho tiempo, y me permitieron conocer toda la oferta humana de mi entorno; ni siquiera matrimonios mayores viven en una relación física tan estrecha y forzada

como nosotros, los huéspedes desconocidos de aquel hotelito. A través de los delgados tabiques de madera se oía hasta la respiración de los aburridos huéspedes, y al tercer día en el salón comedor, presas del aburrimiento y la impaciencia, ya dábamos muestra de los aspectos más desagradables de nuestros caracteres. Desde un punto de vista humano, nadie prometía demasiado. Un señor entrecano con pantalones y cazadora tiroleses, del que sólo sabíamos que era funcionario en una ciudad cercana, se pasaba el día pegando fotografías en un álbum encuadernado en piel: de sus gestos, de sus comentarios breves y hostiles, de sus miradas recelosas e iracundas irradiaba la desconfianza del obseso. Y en efecto lo era, uno de los innumerables neuróticos de ciudad que en el cautiverio de su oficina desarrolla ideas fijas sobre la naturaleza; es vegetariano y excursionista, los domingos recorre el campo cargado con una mochila y, con celo maníaco, fotografía cada cima de montaña o claro de bosque con que se topa. En otras palabras, un loco. Como plácido contrapunto al Don Quijote excursionista equipado con su Kodak, había un jovial dúo de cazadores, dos administradores de fincas o intendentes aficionados al aguardiente, el vino y el tabaco fuerte; habían venido a la sierra en busca de urogallos y equipados con morrales y armas que limpiaban y engrasaban sin desmayo y que siempre tenían a mano, incluso al tomarse unas copas, cosa que hacían con frecuencia. Este dúo de cazadores, una especie de «el Gordo y el Flaco»

mitológicos —uno de ellos larguirucho y flaco, el otro rechoncho y gordo, prueba de la consabida tesis de que la naturaleza busca en todo y en todas partes, también en las relaciones humanas, igualar las diferencias—, afrontaban las pésimas condiciones meteorológicas con la indiferencia de los habituados a los caprichos de la naturaleza: no se quejaban, leían viejas gacetillas de espectáculos, ingerían con perseverancia aguardiente de enebro, a veces se asomaban a la ventana para constatar cómo el «maldito tiempo» les impedía cazar urogallos, y en medio de tremendas blasfemias de cazador masculladas entre dientes prometían una venganza implacable a las presas que se ocultaban entre la niebla y el granizo. Los dos, prácticamente envueltos en un aura de licor y tabaco, resultaban en conjunto más bien simpáticos: se comportaban con modestia y jovialidad y

soportaban con viril estoicismo el peso de la adversidad. No así el matrimonio que ocupaba la única habitación con balcón que tenía el hotel.

Pocas veces se los podía ver juntos: parecían las figuras de una caseta-barómetro que salían alternativamente para anunciar el mal o el buen tiempo: aparecía el señor o la señora, el otro siempre permanecía en la habitación con balcón, la estancia reservada a los huéspedes más distinguidos. El quinto día de la cuarentena, debido a unas circunstancias tristes e inesperadas, tuve ocasión de echar un vistazo a dicha habitación: muebles de estilo urbano escogidos con gusto boyardo, cama de matrimonio y armario con espejo, todo con un aire a rimbombante lujo oriental.

Normalmente la habitaba la pareja rumana del Regat y sólo la cedían en ocasiones especiales para huéspedes elegantes. La pareja que ahora la ocupaba había llegado un día después que yo, en un automóvil alquilado en la estación donde paraba el tren rápido que cruzaba el valle. Si tenían algo de particular aparte de su persona, era su equipaje: una cantidad sorprendente de maletas y bolsos de calidad selecta. Las sombrereras de la mujer y sus baúles recubiertos de pegatinas de hoteles extranjeros revelaban que había viajado mucho y estaba habituada a la vida mundana, y tampoco se necesitaba un olfato de detective para notar lo que delataba no sólo su equipaje, sino también su vestimenta y comportamiento: era una persona acostumbrada a la vida holgada. Pero más sorprendente resultaba —claro que sólo se nos ocurrió asombrarnos a posteriori— qué hacía una mujer tan frágil y de aspecto enfermizo en medio de la sierra, con aquel tiempo, en aquel precario e incómodo hotel y con un equipaje tan voluminoso y refinado. Llegaron como si pretendieran afincarse allí por largo tiempo. Ella tendría unos cincuenta años —más adelante sus papeles nos revelaron que, en efecto, tenía esa edad, que había cumplido los cincuenta en primavera—; él era calvo, algo entrado en carnes, de mirada triste y preocupada y aspecto algo mayor, aunque poco después supimos que en realidad tenía tres años menos que ella. Tan pronto llegaron, desaparecieron en la habitación reservada a los privilegiados, y tampoco bajaban al salón comedor: comían en la habitación. Muy pocas veces, al atardecer o por la noche, aparecía uno u otro para escuchar con ceñuda atención las noticias de la radio, sin decir

nada, sin alternar con los demás. Nunca bajaban juntos, pero cumplían a rajatabla ese servicio alterno de escuchar las noticias radiofónicas.

Saltaba a la vista que algo les preocupaba y deprimía, tal vez el destino del mundo en general, tal vez algún secreto del suyo particular. Se sentaban junto a la radio como si, cohibidos, esperaran noticias o respuestas sobre alguna cuestión que sólo ellos conocían. Y cuando el locutor terminaba de leer su informe, el que cumplía el turno diurno se ponía en pie de inmediato, se despedía con un gesto mudo y por la crujiente escalera subía presuroso a su habitación del primer piso.

Ese comportamiento era suficientemente llamativo como para que los demás, los huéspedes y los de la casa, nos sintiésemos intrigados. Una noche, cuando la señora bajó a cumplir su guardia junto a la radio, se sentó a mi lado en el estrecho banco de madera cerca de la chimenea. Y mientras la radio enumeraba con la indiferencia propia de una máquina los terribles lugares comunes de la guerra —sólo a veces la voz del locutor traslucía alguna satisfacción inconscientemente malévola—, repasando con monotonía el trágico balance diario de ciudades destruidas, puentes dinamitados, hospitales, catedrales y escuelas destrozadas, barcos hundidos y aviones derribados, tuve ocasión de examinar a mi vecina con más detalle. Llevaba prendas de un rico tejido, un traje sastre de lana de angora en tono pastel, y sobre los estrechos hombros se había echado un chal muy fino, de seda de importación verde claro. Mientras escuchaba las noticias, sus dedos pálidos y huesudos desgranaban nerviosos los flecos del chal. Los zapatos parecían encargados al mejor zapatero, antes de la guerra, cuando los exigentes habitantes de la ciudad encargaban calzado elaborado con piel más fina y delicada que si fuera para guantes. En su única sortija, encajada en el meñique, brillaba un diamante del tamaño de un guisante. Su pelo rubio opaco no era teñido: en la dorada cabellera lacia, con raya en medio, le brillaban canas. En el rostro estrecho, pálido y de rasgos inquietos, cuya obstinada dulzura infantil no había sido borrada por la edad, relucían unos fríos ojos gris celeste. Parecían una especie de piedra preciosa oriental de tono azulado; a veces echaban fugaces chispas. Todos sus gestos denotaban el desasosiego que caracteriza a los perseguidos o neuróticos convencidos de que los acosan fuerzas hostiles: su cuerpo, sus modales, su ropa, todo

apuntaba a una mujer mimada que vivía holgadamente. Escuchaba con aparente indiferencia las noticias crudas y nefastas del mundo. Sin embargo, en sus fríos ojos azules se encendió la vida y el interés cuando el locutor pasó a las noticias de menor envergadura: la crónica simple y cotidiana de accidentes, muertes y desapariciones más o menos locales. Entonces alzó la estrecha cabeza, sus fosas nasales se dilataron y por unos minutos atendió como una fiera que olfatea la presa o el peligro. Luego, tan pronto terminó la crónica de sucesos, se incorporó, hizo un breve gesto con la cabeza y desapareció en la penumbra de la escalera con pasos juveniles, enseñando sus esbeltos tobillos en el último peldaño.

Así era aquella mujer: ya no joven y visiblemente enferma; tal vez padecía del pulmón o bien había venido a la montaña en busca de alivio para sus quebrantados nervios; al menos así lo imaginaba yo. Naturalmente, ni ella ni su marido podían interesarme demasiado en medio de aquella mísera reclusión obligada por el mal tiempo, y la tercera noche empecé a tramar serios planes de huida. El marido de la desconocida —¿qué otra cosa podía haber pensado sobre el hombre calvo y panzudo que merodeaba alrededor de aquella criatura enclenque y enfermiza?— a veces pasaba horas enteras de la tarde o la noche sentado en el salón, fumando su puro, pero no entablaba conversación con nadie, declinaba el acercamiento cortés de los cazadores y tampoco mostraba interés en jugar a las cartas. No leía ni prensa ni libros, se limitaba a estar junto a la radio y contemplar, con ceño, cómo el humo de su puro ascendía hacia las toscas vigas de abeto del techo.

Un hombre con problemas, un matrimonio burgués de mediana edad que busca en la montaña una recuperación barata para la mujer enferma, eso era todo lo que se me ocurría al observarlos. Nadie me interesaba de verdad en aquel hotel. El nevado hechizo navideño me había defraudado amargamente. Lo mejor que podía hacer era liar mis bártulos y a mediodía bajar a la estación más próxima en el carro tirado por aquel caballito desgreñado. Desde allí un tren correo me llevaría… me llevaría ¿adónde?

Era el día anterior a Nochebuena; tuve que admitir que, por muy irritante que resultara, había caído en una trampa. Si decidía volver a la capital, con el tren de medianoche llegaría a casa justamente en Nochevieja, y allí nadie me esperaría. A mi ama de llaves le había dado vacaciones, se

había ido a su pueblo, y no podía presentarme en plena noche y cargado de equipaje en la casa de una familia amiga, pese a que allí había pasado algunas Navidades entrañables. Otras posibles molestias de menor índole también me animaron a desistir: a esas alturas de la guerra los taxis ya no circulaban a medianoche, mucho menos en Nochebuena, y la prensa decía que los tranvías sólo funcionaban hasta las ocho de la noche. Sería una insensatez caminar en el frío y la oscuridad nocturna para llegar a una casa vacía y sin calefacción. No me quedaba otro remedio que esperar la hora de la liberación, de manera que me resigné a pasar la Nochebuena allí, en ese entorno húmedo y mohoso que olía a comida y ropa mojada, entre gente desconocida que mataba el tedio del encierro con desgana y gastándose bromas anodinas, gente con la que ni siquiera tenía ganas de conversar.

Sólo me quedaba confiar en que el tiempo mejorara. Los hosteleros, sintiendo unos remordimientos torpes, como si ellos fueran responsables de los inclementes caprichos de la naturaleza, animaban a los huéspedes diciéndoles que en la montaña el tiempo cambiaba de un momento para otro. Colocaron un enorme árbol de Navidad en medio del comedor, un esbelto abeto verde que brillaba cubierto de nieve en polvo y que, en efecto, mitigó en parte la depresión general. Por la noche, huéspedes y anfitriones nos pusimos a decorar el árbol con pasteles de miel, manzanas y nueces doradas; los cazadores bebían ingentes cantidades de aguardiente de enebro y se entretenían mutuamente y al resto de los huéspedes con anécdotas pícaras, y el hostelero rumano juraba que ciertos indicios meteorológicos

«que nunca fallan» presagiaban sorpresa y Navidades blancas. Lo de la sorpresa, en efecto, no falló, pero sin duda no como la había imaginado aquel montañés experto en naturaleza y hostelería. En cualquier caso hubo sorpresa, una sorpresa elemental y contundente.

Tras haber decidido quedarme me esforcé en adaptarme al tono y el ambiente del pequeño grupo. Bebía con los cazadores, me interesaba por el álbum del viejo funcionario obseso de la fotografía, colgaba manzanas rojas en el árbol y escuchaba los proyectos del hostelero y su mujer, que, cómo no, soñaban con una fonda de hormigón que tuviera calefacción central, terraza para tomar el sol y un dancing —así llamaban a la pista de baile—

donde en tiempos mejores y bajo luces rojas bailarían parejas urbanas

amantes de la vida de montaña. Faltaban la pareja de la habitación con balcón y Z. Aquella noche supe que Z. ya llevaba tres meses viviendo allí.

Los propietarios hablaban con gran respeto del «señor profesor», cuya profesión desconocían, aunque lo consideraban escritor o científico. Me confiaron que era una «persona muy refinada», «muy taciturna» y «nada aficionada a la música». Aquella afirmación sonaba algo sorprendente con respecto a Z., una celebridad en el ámbito musical, pero naturalmente me abstuve de comentarlo ante los dueños y los demás huéspedes, ya que seguramente tenía sus razones para ocultar su identidad, razones para que no supieran que era, ni más ni menos, uno de los músicos más famosos del orbe. O al menos lo había sido hasta tiempos recientes. Y mientras decoraba el árbol de Navidad y oía que el singular huésped llevaba ya tres meses allí y que no le preocupaban las vicisitudes del tiempo ni las condiciones precarias del hospedaje, me puse a pensar qué era lo que sabía en realidad de ese hombre tan extraordinario. Nuestro reencuentro en aquel hotel de montaña fue recatado: nos reconocimos, pese a que habían pasado ya ocho, no, diez años desde que habíamos dejado de coincidir con cierta frecuencia en el salón de una dama de vasta cultura, donde Z. —cuyo nombre empezaba a saltar a la fama aquel mismo año— a veces tocaba el piano.

Recordé vagamente que se rumoreaba sobre cierta relación entre dicha señora de vasta cultura y el famoso compositor y pianista, pero aquel recuerdo —como los chismes en general— había sido tamizado por el paso del tiempo. Poco después había dejado de frecuentar las veladas de aquel grupo, cuyos valores sociales e intelectuales difícilmente se podían negar: me reclamó el trabajo, y los años tampoco me trataron con compasión, cada vez tenía menos tiempo y menos ganas de hacer vida social. Naturalmente, Z. —no tanto su persona como lo que representaba, aquello que subyugaba a sus adeptos cada vez más numerosos y entusiastas— no había dejado de interesarme. Pasaron años sin que nos encontráramos personalmente, pero no hubo mes en que noticias de prensa, artículos de revistas y el de boca en boca —más vivo y eficaz que toda opinión impresa— sobre la obra y personalidad de aquel creador no me advirtieran que Z. continuaba en su actividad y ya era conocido más allá de las fronteras del país. Luego —y eso sólo pude entenderlo entonces, la víspera de la tercera Navidad de la

guerra—, de pronto el nombre de Z. se sumió en un extraño y tupido silencio. Fue como si, en medio del caos que sacudía al mundo, alguien hubiese puesto una sordina al entusiasmo que hasta entonces lo había acompañado allá donde apareciese. Pero esa desaparición, ese silencio repentino había sido tan reservado, tan pudoroso, que yo desconocía sus motivos. Z. no había caído en desgracia, sus rivales no lo habían arruinado con alguna acusación falsa o cierta. Simplemente había desaparecido de las salas de conciertos nacionales y extranjeras, y ya no se lo mencionaba en ninguna parte. Me esforcé en recordar si en los últimos años había oído algo sobre que estuviera componiendo una gran obra, y me pregunté si era posible que la causa de aquel silencio fuera un esfuerzo creativo de singular intensidad —tal vez dedicara aquellos años a reponer fuerzas y a trabajar alejado del mundanal ruido—, pero una sensación indefinida me decía que mis conjeturas iban por mal camino. La desaparición discreta y consciente de Z. debía de tener otra causa, y ahora, al encontrarnos tras tantos años en aquel lugar, mi sospecha me pareció una realidad. Su repentino silencio no había llegado acompañado de los lamentos de la opinión pública, nunca había leído noticias de que el maestro se hubiera «retirado», y tampoco informaciones maliciosas sobre un supuesto «cansancio» del gran músico, o sea, de que su talento se hubiera agotado y ya no se pudiese esperar de él nuevas obras y propuestas musicales. Todo lo que sabía —y que tuve que recomponer a partir de datos fragmentarios y cada vez más borrosos— era que Z. seguía dando clases en la academia superior de música, donde lo habían llamado en su momento de gloria; según recordaba, era uno de los profesores del curso de solistas. Pero hacía años que el mundo no oía ningún concierto de ese singular artista y ningún otro músico interpretaba nuevas composiciones suyas.

Lo único cierto era que callaba y, según decían los del hotel, no era

«nada aficionado a la música». Pronto me enteré de que había algo de verdad en aquella creencia ingenua: Z., con su forma de ser sencilla y reservada, solía quejarse de la música popular que emitía la radio, las cancioncillas de moda en la capital, de las que no se cansaban la mayoría de los huéspedes. Protestaba de una manera discreta y consecuente: cada vez que un huésped sintonizaba música en la radio, Z. se levantaba de su asiento

y abandonaba el salón sin llamar la atención. Por lo demás, pasaba poco tiempo allí; la mayoría de las veces —así también aquella tarde en que los demás estuvimos decorando el árbol de Navidad— permanecía en su habitación. No parecía molestarle la adusta decoración de ésta, más sobria e incómoda que una celda monacal, y prefería la soledad a la compañía de los

«melómanos». Casi siempre nos encontrábamos a la hora de comer, cuando saludaba a todos con una sonrisa afable, se sentaba junto a la ventana en una mesa solitaria cubierta con un mantel rústico de rayas azules y se sumía en la lectura de un libro. Al terminar de comer, se despedía de los presentes con una sonrisa igualmente amigable e impersonal, y abandonaba el salón con pasos silenciosos. Subía a su habitación o se ponía el abrigo de cuero para salir al sendero mojado y no volver a aparecer durante largo rato.

Aparentemente no le molestaba nada de aquel lugar: ni la gente, ni el mal tiempo ni la extrema sencillez de las instalaciones. Las personas, sobre todo las personas como Z. —aunque nos hubiéramos distanciado con el paso de los años, era algo que yo sabía sobre su carácter—, sólo se muestran tan pacientes y modestas cuando una fuerte conmoción ha embotado todas sus exigencias frente al mundo. En el momento de nuestro encuentro me saludó con espontánea cordialidad, con un largo apretón de manos, se interesó cortésmente por cuánto tiempo pensaba pasar allí y me consoló respecto al fenómeno meteorológico que nos martirizaba. Todo eso lo hizo con el tacto propio de un hombre de mundo y un artista, con esa indiferencia refinada con que en una situación inesperada uno saluda y rechaza al propio tiempo, como diciendo: «Nos hemos encontrado, te conozco, no preguntes nada.

Ayudémonos el uno al otro, con educación y en silencio.» Y naturalmente, eso fue lo que sucedió en los días sucesivos: yo respetaba su soledad y sólo llegamos a intercambiar unas pocas palabras corteses durante las comidas.

No entablamos conversación hasta que el quinto día de mi estancia en el hotel se produjo un giro que despertó en Z. la necesidad de hablar; y entonces no escatimó palabras. Es el recuerdo de aquella conversación lo que quisiera reflejar fielmente en estas páginas.

Aquella tarde yo también subí a mi habitación temprano, tras haber comprendido el repentino odio de Z. hacia cierta música, porque los cazadores —por efecto del aguardiente de enebro destilado en el valle— no

se cansaban de escuchar aquella aguada bazofia de «música ligera» e, improvisando una especie de coro, no paraban de tararear una cancioncilla de moda. Según me informaron los propios cazadores, formaba parte de uno de los musicales más taquilleros de la temporada. Tras despedirme de mis compañeros navideños, me retiraba hacia mi cuarto por el oscuro pasillo cuando oí una vez más la voz estridente del mayor de los cazadores, que entonó:

Para amar no hay que ser guapo,

para amar no hay que ser listo,

para amar basta un flechazo,

un flechazo y ya estás listo…

Me paré en medio de la penumbra y me eché a reír. Una definición muy exacta. En todo el edificio de madera resonaba aquella sabiduría vulgar y popular. Pasé por delante de la puerta de la habitación con balcón y de la celda de Z., pero no oí ruido alguno. Entré en mi cuarto, me senté en el borde de la húmeda cama y reflexioné sobre la curiosa indiferencia con que el destino regula nuestras vidas: en la habitación contigua, separada por un tabique de madera, trasnochaba o dormía una persona cuyas manos mágicas habían hechizado a medio mundo y que luego había desaparecido de una forma tan enigmática como si un artefacto diabólico lo hubiera transportado a otro mundo.

Tuve una noche agitada: pensé en Z., en el destino humano, en las fiestas navideñas y en las implacables leyes de la guerra que nos regían. Así me dormí, y entre el sueño y la vigilia seguí oyendo de lejos los argumentos roncos e irrefutables de los cazadores disolutos:

Para amar no hay que ser guapo…

Por la mañana llovía. ¡Dios mío, cómo llovía! A la hora del desayuno el hostelero rumano, con el gesto amargado de un malabarista de feria empapado, señaló el desolador espectáculo que ofrecía aquel diluvio al otro lado de la ventana. No, nunca había visto una Navidad así en la montaña, se

lamentó con sinceridad; sin duda el mal tiempo guardaba relación con la guerra. Todo estaba desquiciado: la Navidad había dejado de ser la fiesta nevada y resplandeciente pactada entre la humanidad y la naturaleza, y el verano era puro antojo y capricho, como una mujer encinta.

—¡La guerra! —gimió desconsolado, como si la montaña, las nubes y los vientos se hubieran aliado secretamente con los beligerantes.

Y añadió algo sobre los bombardeos y la radio. En efecto, por entonces se hablaba cada vez más de que las grandes explosiones y las ondas electromagnéticas artificiales alteraban el orden de la naturaleza. Me acerqué a la ventana y miré el paisaje anegado en un mar de agua y fango.

Pensé en la arrogancia vanidosa y desmedida del hombre, que se atreve a pensar que con sus espurias maquinaciones, además de provocar un cruel derramamiento de sangre, es capaz de alterar hasta las leyes eternas que rigen el mundo. No; es más probable que el ser humano sea simplemente víctima de las fuerzas del universo, y que las radiaciones cósmicas que en la naturaleza cambian las estaciones, también generen pasiones en la naturaleza humana. Creía en ello de alguna forma, aunque no supiera explicarlo: con ingenua confianza, trataba de atribuir la responsabilidad de los acontecimientos nefastos a las fuerzas del universo, como si me encontrase ante algún tribunal supremo y tuviera que justificar, con balbuceo y pretextos, las tremendas acusaciones que se vertían contra el género humano por destruirse a sí mismo. El hombre es mero juguete de fuerzas y voluntades cuya verdadera naturaleza desconocemos, títere de pasiones que vibran más allá del entendimiento humano, pensaba amargamente. Sin duda el espectáculo de aquellas interminables lluvias navideñas me había deprimido. Llovía con tanta intensidad como si el mundo pecaminoso estuviera a punto de sufrir un nuevo diluvio: el arroyo que solía discurrir plácidamente delante del hotel, ahora galopaba hacia el valle convertido en una riada de espuma gris que arrastraba amasijos de nieve sucia en su sinuoso y empinado cauce. Los árboles parecían humear entre la niebla y la lluvia, y al hostelero rumano le preocupaba seriamente que ese día el caballito malhumorado no lograra subir hasta el hotel las provisiones para la cena navideña. Varios huéspedes se habían reunido ya a

hora temprana en torno a las mesas del salón, pero aquella mañana el ambiente era tenso.

—Esto ya es el colmo —dijo, agorero, el cazador larguirucho, y con un gesto desganado apoyó en un rincón su arma, tras haberla pulido y engrasado con desesperante meticulosidad.

Aquel día la radio a pilas tampoco funcionaba. Seguramente debido a las condiciones atmosféricas se veía impedida de informar sobre nuevas ciudades devastadas o sobre la naturaleza del amor, que, como es sabido, no necesita nada, sólo precisamente amor. Yo estaba con los brazos cruzados junto a la ventana, y en la atmósfera cargada del salón en penumbra percibí el sombrío silencio de mis compañeros, la furia que emana de las personas golpeadas por el destino, aunque los enmudeciera la impotencia. El destino, aquel vulgar destino navideño, ahora resultaba casi ridículo, pero no por ello dejaba de ser húmedo, embarrado y aburrido. En ocasiones el destino se presenta de manera ridícula; eso lo intuíamos todos, casi rebozados en el mal humor de aquella circunstancia fangosa y caprichosa. Era una de aquellas situaciones en que la tripulación de un barco se amotina, y ni siquiera nos sorprendió nada de lo que sucedió después.

¿Que qué sucedió? Z. abrió la puerta y entró en el salón. Venía del pasillo que conducía a las habitaciones; accionó el picaporte con decisión y rapidez, entró casi con sigilo y se detuvo a un paso del umbral. Permaneció inmóvil unos instantes, como si buscara a alguien entre el humo y la penumbra. Escrutó con los ojos entornados, localizó al hostelero, se le acercó y le puso la mano en el brazo.

—Venga conmigo —le dijo en voz baja. Y como el otro, sorprendido, no se movió, añadió en tono quedo pero enérgico—: Uno de ellos aún está con vida.

Curiosamente, no hubo necesidad de explicaciones: todos los que nos encontrábamos remoloneando en el salón comprendimos de qué se trataba.

Como si hubiéramos pasado varios días comentando lo que Z. acababa de anunciar, nos encaminamos en silencio hacia la oscura escalera, tras Z. y el hostelero. Ese consenso tácito me produjo un leve escalofrío. Tuve que volver a admitir que la materia prima de mi oficio, la palabra, no es un elemento tan imprescindible de la comunicación humana como a veces

suponen los escritores cegados por el orgullo; en momentos críticos, la gente capta la esencia con muy pocas palabras o incluso sin ninguna.

Subimos por la chirriante escalera en fila india: en cabeza iba Z., tranquilo y seguro de sí mismo, con cierto aire de superioridad, como si él, el artista, fuera la única persona capacitada para implantar un orden provisional en el caos del rebaño humano; lo seguía el hostelero, que, enmudecido por el susto, se limitaba a gemir y carraspear; luego los dos cazadores, yo y, cerrando la procesión, el señor que amaba las fotografías más que cualquier otra cosa. Nadie abrió la boca. Todos comprendíamos perfectamente el significado del anuncio de Z.: sabíamos, sin necesidad de formular preguntas ni recibir respuestas, que los ocupantes de la mejor habitación del hotel habían sufrido una fatalidad y que uno de ellos aún estaba con vida; por eso sus palabras no habían sorprendido a nadie. Como si fuese algo anunciado con anterioridad, como si fuera lo más natural e inevitable del mundo y en realidad nos hubiéramos reunido en aquel hotel de montaña, rebozándonos en granizo, para que se produjera la tragedia y nosotros fuéramos sus testigos. Subimos la escalera con la conciencia de esa muda complicidad. Más adelante, al evocar la escena, entre la larga serie de imágenes tristes y desagradables, el recuerdo de ese silencioso desfile me pareció una visión enigmática e inexplicable, pero al mismo tiempo muy natural. Los acontecimientos realmente importantes que surgen inevitablemente del entramado humano nunca despiertan tanto estupor y desconcierto como la tensión emocional causada por los presagios y la expectación. La realidad está aquí, enseguida la veremos: fue eso lo que pensamos y callamos. Nadie se excitaba, nadie trataba de imaginarse las circunstancias de la tragedia. Y no creo equivocarme al suponer que en aquellos momentos mis compañeros sentían el mismo alivio que yo: horror y alivio, como si por fin cobrara sentido todo lo ocurrido hasta entonces.

Como si nos hubiéramos aliado para que ese instante se hiciera realidad, algo que ya había sentido antes y que sentiría también más tarde: la complicidad de la culpabilidad entre las personas en el momento de un grave peligro.

Z. se detuvo ante la puerta de la habitación con balcón. Se inclinó hacia el picaporte y escuchó. Nosotros no oímos nada, pero comprendimos que Z.

oía los ruidos de forma distinta, sí, tenía otro «oído», un oído diferente del de los cazadores melómanos. Allí donde nosotros, sin un talento especial para la música, no percibíamos ningún sonido, su fina audición oía el pianissimo de la agonía incluso a través de la puerta. Se encontraba delante de ésta con la tranquilidad y el interés objetivo que caracteriza al experto, ligeramente encorvado, más o menos como suele inclinarse hacia el foso de la orquesta el director que atiende las notas apagadas de un instrumento lejano. En aquella ocasión el instrumento era un ser humano que agonizaba.

Permaneció en aquella postura encorvada varios minutos. Al cabo se enderezó. Los ojos le brillaban; aquellos ojos extraños, de luz opaca, cuyo iris parecía cubierto por una fina catarata, como si siempre miraran a otra parte, a un mundo donde la existencia no se manifiesta en objetos y formas sino en sonidos y frases musicales.

—Oí algo hace una hora —dijo—. Pensé que estaban dormidos. Pero no. Uno de ellos aún está con vida —añadió.

Y como un médico que ha hecho un diagnóstico y, por tanto, cumplido con su deber, se apartó para que el hostelero se acercara al picaporte. Esperó con los brazos cruzados, inmóvil, a que nosotros, azorados, indecisos y asustados, hiciéramos todo lo que cabía hacer en tales circunstancias.

Siguió lo que podía esperarse de una situación que recordaba las páginas de sucesos. El hostelero llamó a la puerta repetidas veces —

primero con delicadeza, luego con el puño—, y al no obtener respuesta, se lanzó contra la hoja de madera con la furia de una bestia embravecida. La embistió con la rabia natural generada por un sentimiento de «lo que nos faltaba»; y a continuación sucedió lo que suele suceder en dichas circunstancias. Uno de los cazadores bajó rápidamente a la cocina y subió un hacha; acto seguido apareció la dueña, las dos criadas y un mozo que solía ayudar en el patio y en la limpieza. Y entonces por fin —como si hubiera esperado a que todos estuviéramos al completo—, la puerta cedió a los hachazos y se partió con gran estruendo. Entramos uno por uno en la habitación sumida en la penumbra, todos con aire ceremonioso y de puntillas; el hostelero se acercó a la ventana y subió la persiana. Nos colocamos en semicírculo, a una distancia respetuosa de la cama deshecha, en torno a la estufa. Éramos muchos en aquella angosta estancia y tuvimos

que estirarnos para ver mejor, con la atención vanidosa de los testigos presenciales y, al mismo tiempo, con una curiosidad morbosa. La imagen que se nos presentó no decepcionó nuestras expectativas.

En la cama yacía el matrimonio —seguíamos tildando de tal a la pareja

— en estado inconsciente o, tal vez, ya sin vida. Poco después nos enteramos de que Z. estaba en lo cierto: en el momento del derribo de la puerta el hombre ya estaba muerto pero la mujer aún respiraba. Lo que más me sorprendió fue el escrupuloso orden que reinaba en la habitación: la pareja yacía vestida con sendas batas, tan rígida y ceremoniosamente como si esperaran al sacerdote que les administraría la extremaunción; la ropa de diario la habían dejado dispuesta con pulcritud en las sillas a ambos lados de la cama, los zapatos —lustrados y en hormas— delante de la estufa. Y

ese mismo orden escrupuloso se veía también en el tocador, donde se alineaban los tarros y frascos de la señora, y en el armario, por cuya puerta entreabierta se atisbaban trajes de hombre y de mujer colgados alternadamente. Era un orden casi obsesivo, centímetro a centímetro. Junto al lavabo había una pila de maletas elegantes; con las llaves atadas a las asas con finos cordones, como si hubieran querido facilitar la labor de revisión e investigación a los que tuvieran que ocuparse de ello. En la mesita de noche del lado de la mujer, junto a una palmatoria, había una imagen de la Virgen en un noble marco dorado, y una carta; en la mesilla del hombre aún parpadeaba una vela: habrían olvidado apagarla o ya carecerían de fuerzas para hacerlo. Aquel orden alrededor de la muerte causaba desazón, tenía algo de sospechoso, siniestro y obsesivo. Cuando uno se prepara para el desorden final, para la gran nada, para la desaparición completa, para la muerte, pero antes lo deja todo ordenado, hasta los objetos y accesorios más insignificantes, provoca una gran inquietud, y fue eso lo que sentimos todos, alarmados. Porque aquel orden maníaco daba más miedo que ver al hombre muerto y a la mujer moribunda: era un reflejo de la inutilidad de toda empresa humana, del orden que el ser humano se esfuerza en lograr con tanto empeño incluso en los últimos instantes. Ese esfuerzo estéril expresaba un triste deseo: el de poner orden en el gran desorden de la vida. Y ese deseo, al mirar el rostro de la pareja que yacía en la cama, en verdad resultaba conmovedor. A su

manera habían puesto orden, ésa fue la impresión que me dieron. Pero no un orden perfecto, porque uno de ellos aún seguía con vida.

Todo lo que siguió tras los primeros instantes de turbación y conmoción resultó excesivamente ruidoso, febril y burdo como para que valiera la pena conservarlo en la memoria. Claro que no resulta fácil olvidar la indignación del hostelero: como todo ser humano simple, consideraba cualquier acontecimiento inoportuno o imprevisto como un atentado perpetrado contra su persona, y apenas recuperó su capacidad de habla y movimiento prorrumpió en una serie de violentas y absurdas acusaciones. Iba nerviosamente de un extremo a otro de la habitación, incluso miró debajo de la cama como si esperara encontrar al autor del crimen, alzaba los brazos y maldecía. Alternando lamentos con recriminaciones, echaba pestes contra el tiempo, la guerra y aquellos suicidas, que entre los infinitos rincones del mundo habían elegido precisamente su hotel para materializar su plan de abandonar este valle de lágrimas. Poco después, su furia se tornó en desconcierto plañidero: repetía con voz lastimera que él no tenía culpa de nada, ya que había hecho todo lo que estaba en su mano, incluso les había dado la mejor habitación, y repetía lloriqueando otras sandeces por el estilo.

Escuchamos sus quejas y lamentos sin decir ni hacer nada. Curiosamente, nadie acudió a socorrer a la moribunda. Como paralizados por un hechizo de impotencia, nos quedamos oyendo la salmodia del hostelero y mirando la dramática escena: Z., con los brazos cruzados y una expresión de sumo interés en su rostro delgado, de pie al lado de la mujer, y a la pareja inmóvil que parecía dormir plácidamente en la cama.

La mujer aún respiraba, pero Z. era el único presente que percibía en aquel rostro demacrado, pálido como la cera, alguna señal de vida. Los demás, testigos y espectadores, no oíamos ningún hálito ni veíamos ningún indicio de vida. Z. a veces se inclinaba para examinar con calma aquel rostro de ojos cerrados, levantarle un párpado con la yema de un dedo y observar los reflejos del ojo de mirada fija. Luego sacudía la cabeza, como si estuviera solo en la habitación, solo con los muertos, sobre cuyos asuntos únicamente él sabía algo fiable. Cruzó la estancia dos veces, se detuvo ante la mesa y empezó a revisar y ordenar las ampollas de veneno y los demás objetos amontonados en ella. Contó unas cuarenta ampollas pequeñas y de

cuello roto, y asintió satisfecho, como si fuera eso precisamente lo que esperaba. Junto a las ampollas vacías había una jeringuilla y dos cartas —

una destinada al hostelero y otra a la gendarmería— con la letra del hombre. Eso era todo. Z. cogió las cartas, entregó una al hostelero y se acercó a paso lento, casi parsimonioso, a la cama de la mujer. Paseó la mirada por la habitación; me localizó y me llamó con un gesto.

—Las mujeres aguantan más —me dijo en voz baja y tono confidencial.

Le susurré si no le parecía que aún estábamos a tiempo de ayudarla. Tal vez en el hotel hubiera un botiquín, o podríamos prepararle un café bien cargado o aplicarle la respiración boca a boca. Me escuchó con paciencia, como quien atiende la insistencia pesada de un niño, y luego dijo tranquilamente:

—Es inútil.

Azorado, le recordé que la mujer aún vivía y que teníamos la obligación de asistirla incluso con nuestros medios precarios e insuficientes.

—Vive —dijo con paciencia—, pero ya está dormida. De este sueño ya no hay retorno. Tal vez en una clínica, donde los médicos disponen de fármacos y tratamientos para reanimar el corazón. Allí tal vez podrían ayudarla. —Volvió a inclinarse sobre el rostro de la mujer—. No —dijo a continuación, en voz queda pero firme—. No podemos hacer nada. Y en una clínica tampoco podrían despertarla ya. Este sueño ya es la muerte.

Mire qué tranquilos duermen —añadió, ahora en voz más alta, señalando el rostro de los suicidas—. Se muere poco a poco —susurró confidencialmente, como si sólo me considerara a mí merecedor de saber aquel secreto—. La muerte no llega con un gran suspiro y un punto final. Al contrario, es un fenómeno complejo que se articula en estados sucesivos…

primero se pierde un reflejo, luego otro. Éste ya ha muerto. —Señaló al hombre—. Y ahora la mujer también está a punto de dar el paso final, aunque aún puede durar minutos u horas.

Callamos. Con dedos cautelosos, Z. volvió a examinar los párpados de la mujer.

—Ha muerto —confirmó con calma, y se enderezó. Y como si ya no tuviera nada más que hacer, se dio la vuelta y, sin mirar ni a los vivos ni a los muertos, salió de la habitación.

Los gendarmes llegaron hacia las cuatro de la tarde; para entonces el bullicio colectivo ya había remitido. Todos estaban al tanto de todo, el hostelero había leído el mensaje contenido en aquel sobre y los gendarmes, que habían venido en automóvil desde el valle, dispusieron que los cadáveres envueltos en sábanas fueran colocados en los asientos traseros del coche. El oficial que dirigía la triste operación improvisó un breve interrogatorio: le hizo preguntas al hostelero y a los de la casa, intercambió unas palabras con Z. y con todos aquellos que habían acudido al cuarto de los suicidas. Levantaron acta, apuntaron nuestros nombres y direcciones.

Luego guardaron las ampollas y la jeringuilla, colocaron las maletas en el automóvil y precintaron la puerta de la habitación. El joven oficial se sentó al volante y con sus mudos pasajeros emprendió el camino hacia el valle y la ciudad más cercana. «Los hechos», según dijo, estaban «claros»: la realidad y la carta, los documentos encontrados entre los efectos personales del hombre y la mujer, o sea, «todas las circunstancias» corroboraban sin dejar lugar a dudas las circunstancias del suicidio, y el gendarme se limitó a repetir con profesionalidad los lugares comunes de su oficio. Ya había oscurecido cuando el automóvil desapareció de las miradas por el tortuoso camino del bosque de abetos. Los dos gendarmes nos saludaron formalmente, se ajustaron las gorras y la correa de las escopetas y, siguiendo las huellas del automóvil, emprendieron a pie el camino hacia el valle.

Nos quedamos solos y llegó la Nochebuena. Y fue como si ese imprevisto interludio dolorosamente trágico hubiera dado un giro a la situación: a primeras horas de la tarde cesó la lluvia y empezó a nevar suave y regularmente. El frío viento del norte barrió las nubes que cubrían las cumbres y a través de la nevada pudimos ver la luna llena y las estrellas.

Hacia las seis de la tarde salí a dar un paseo por el bosque. La paz que se extendía tan inesperada y reconciliadora por el lóbrego mundo, el fresco sabor de la nevada, los altos y oscuros abetos que vistieron su blanco atuendo navideño en cuestión de minutos, la muda majestuosidad de las cumbres nevadas que se adivinaba entre los copos de nieve, la luz plateada que derramaba la luna sobre el paisaje poco antes empapado y torturado, todo ello, tras los recientes acontecimientos, parecía un precioso obsequio

celestial. La nieve fresca rechinaba bajo mis botas y al cabo de unas horas, gracias a la magnánima magia del cielo, el paisaje se convirtió en el decorado de una fabulosa ceremonia de luces y reflejos. Tras cinco días de humedad y niebla, tras aquel aire cargado de olor a tabaco y comida, ahora respiraba a pleno pulmón el aroma etéreo, el noble aliento de los abetos aliviados, de los claros de bosque liberados del ahogo de la niebla, y el aire de montaña hacía palpitar el corazón y renacer el alma. El cambio parecía obra de un mago —y yo intuía quién era ese Mago— que con un solo gesto piadoso había puesto fin a toda la miseria terrenal. La nieve caía en grandes copos, como un manto suave e uniforme, y el paisaje era como una persona aterida que se arrebujaba feliz bajo un reconfortante edredón blanco. Llegué a un claro y me detuve; apoyado en mi bastón, contemplé el valle, donde en algunas casas ya brillaban las tenues luces de la Nochebuena. Entonces me pareció estar viviendo uno de los grandes momentos de la vida, cuando el alma se ve imbuida por una maravillosa sensación de gracia, sin patetismo rimbombante y sin sentimentalismo chillón. El valle, el oscuro bosque, el blanco claro, todo relucía a la luz de la luna. Era Nochebuena y, aunque la gente también aquella noche seguía matándose y la paz no se vislumbraba por ninguna parte, aquel paisaje, aquel claro y aquella cima no sabían nada sobre la desgracia del género humano.

Me quedé largo rato allí. Naturalmente, no pude evitar pensar en los cadáveres que hacía poco habían bajado por el sinuoso camino, en el coche de la gendarmería, en dirección al valle; y también en los vínculos de causa y efecto que existen entre los acontecimientos y los impulsos y pasiones de los humanos. En ese momento tan particular sentí que no había esperanza para los hombres. ¿Por qué esperar, pensé, por qué creer que grandes pueblos puedan entenderse, convivir en paz en las distintas regiones de la tierra, cuando todas las personas son víctimas desesperadas y casuales de pasiones ciegas e impulsos irracionales? Pensé en los suicidas que de una forma tan trágica habían hecho de aquella Navidad una fiesta grotesca pero trascendental e imborrable. Cuán vulgar y ordinaria resultaba, y al mismo tiempo cuán conmovedora e insondable. Porque en ese momento ya sabía la verdad, como todos los de la casa, aquella verdad enrevesada, tristemente ridícula y ridículamente sobrecogedora, que revelaban las cartas y

documentos: los suicidas no eran cónyuges. Aquella extraña mañana de Nochebuena habíamos sido testigos de un suicidio pasional: la mujer de cincuenta años había huido de su marido —un ingeniero de la capital—, de su familia, de sus dos hijos y de su confortable hogar porque la había trastornado la pasión. ¿Con quién se había fugado? No con un pícaro seductor, con un tenorio, no, sino con uno de los capataces de su marido, con aquel hombre calvo y barrigón, simple e inculto que —también padre de familia— poco tenía que ver con el prototipo del conquistador. La pasión que había vencido a esas dos personas era elemental, su manifestación y la elección de los protagonistas estaban muy lejos de lo que normalmente se asocia con las tragedias amorosas. El destino había ofrecido una solución tan gratuita y patética que, en ese momento de relajación, ya recuperado del impacto de lo visto y oído, el estupor volvió a sacudirme. ¿Qué sabe uno sobre la vida? Nada que sea real. Vivimos entre fantasías idealizadas que parecen sacadas de tarjetas postales. El «amor» es una especie de sentimentalismo de claro de luna con los enamorados haciendo manitas, y también es un espectáculo carnal que ofrecemos en un sofocante ambiente de tenues luces rojizas, enseñando los dientes de manera fingida o sincera: eso es lo que nos dice la literatura, así se refleja en los teatros y los cines.

Está Beatriz, el amor idealizado de Dante, y, por otro lado, también aquello que demuestra Boccaccio: que a Dante, en realidad, le gustaban las mujeres de pechos opulentos. ¿Qué sabemos sobre esa fuerza que mueve a los humanos y que también tiene cierto significado para el universo? La llamamos amor y es la fuerza que empareja a los vivos y fecunda la materia del mundo. ¿Qué sabemos sobre su verdadera naturaleza? Vemos en la pantalla o el escenario a un caballero sabio y de avanzada edad sufrir con hidalguía a causa de la atracción que siente por una joven; o a una meretriz con expresión ávida y paso decidido, sus vestidos ondeando; o al galán que destroza corazones con una sonrisa fría; o a la mujer frígida, infeliz en su matrimonio e incomprendida, que despierta la llama del amor en un caballero interesante; o a la tontita que se arroja a los pies de un famoso actor de cine… Pero todos los demás, presas del delirio de la pasión, beben lejía o toman dosis masivas de somníferos, dependiendo de su extracción social o educación. Sin embargo, más allá de las noticias de sucesos, las

novelas, las obras de teatro y las películas, ¿qué sabemos sobre la verdadera naturaleza y las intenciones de esa fuerza?… El sabio afirma que el amor es una de las manifestaciones de la locura, un ataque de nervios agudo que se supera con el tiempo; la literatura de cada época da un sentido distinto a esta pasión, la ennoblece, la califica como la manifestación emocional más sublime o la más depravada del ser humano. Pero ¿cuál es la realidad?

En la montaña reinaba el silencio. El paisaje irradiaba la paz del claro de luna, de la nieve y los oscuros abetos. No sentía frío; tras los largos días de inactividad, las sensaciones puras circulaban reconfortantes por mi corriente sanguínea, como un sorbo de champán. ¿La realidad?, pensé. Pues así es la realidad. Aquel día la había visto en el hotel. Era banal y asombrosa, al mismo tiempo un folletín, una crónica policial y el giro de un relato, como cuando a la reina le sale barba o la bota da un paso de siete leguas. Escritor, a ver si aprendes a ser humilde, profundamente humilde, me dije. No sabes nada sobre los hombres, y tampoco sobre las fuerzas que los mueven y animan a vivir o morir. No sabes nada sobre el amor; en tu trabajo manejas simples ideas preconcebidas. La realidad es mucho más sorprendente, la fuerza de su imaginación es mucho más rica y mágica que cualquier situación humana que el hombre pueda concebir dentro de los límites de su propia imaginación. Había visto a aquella pareja viva y muerta, había visto la manera en que se escondían, astutos y huidizos aquellos días, el modo discreto en que bajaban al salón comedor para escuchar las noticias de la radio. Los había visto tendidos sobre su lecho de muerte, y también transformados en una noticia más de aquel día. En la radio habían querido oír algo sobre su destino, sobre el hogar que habían abandonado, sobre sus desesperados seres queridos; hubieran querido oír la opinión del mundo, condenándolos o absolviéndolos. Pero la radio sólo daba parte de ciudades destruidas, de millares de muertos, de datos estadísticos, y ellos tiritaban en medio de su propio destino en aquella montaña, agonizaban en el gran combate de su propia y pequeña guerra mundial sin recibir respuesta a lo incomprensible, a lo que les pasaba. «Para amar no hay que ser guapo, para amar no hay que ser listo…» Me acordé de aquella tonada tan grotesca, pero ahora no me provocó risa. Súbitamente sentí angustia e impotencia. Estaban tumbados en la cama, serenos y

compuestos, como un viejo matrimonio: personas reconciliadas que tras las tormentas de la vida llegan juntas y silenciosas al puerto final. Pero ¿qué tormenta había precedido a ese descanso plácido, qué pasiones habían agitado esos corazones ingenuos y asustados? La mujer era visiblemente una neurótica: la mirada fija de sus ojos azules, los gestos involuntarios de su conducta, todo ello demostraba claramente que aquella criatura marchita ya no controlaba sus nervios. El hombre contemplaba su destino casi con apatía, mordisqueaba el puro, escuchaba las noticias, parpadeaba con disimulo; cuánto le hubiera gustado beber aguardiente de enebro con los cazadores, qué poco cuadraba con su cuerpo, con su carácter, con su situación social ese necio papel que se veía obligado a interpretar por obra de la pasión. ¡Qué ridículo resulta en ocasiones el destino y al mismo tiempo qué triste y conmovedor!

Nos enteramos de todo por los periódicos del día siguiente, que en medio de las sombrías noticias de la guerra informaron sobre los pormenores de aquel «escándalo» con desacostumbrado detalle. El marido de la mujer era un hombre mayor y adinerado, un reconocido ingeniero, mientras que el hombre, miembro de una familia acomodada de capataces de Kispest, dejaba una hija mayor de edad. Todo ello resultaba tan fuera de lugar, tan absurdo… Lo «indecente» en aquel grotesco episodio era la edad de los protagonistas y su diversa extracción social. En aquella patética aventura ninguna pieza encajaba.

Pero ¿qué les había sucedido? ¿Qué había obligado a esas dos personas a destrozar su vida de una forma tan irracional y contra todo pronóstico?

¿Tan indefenso es el ser humano? La educación, la moral, las leyes sociales

¿no tienen fuerza suficiente para contener el embate de la pasión en los momentos cruciales? «Es un camino cenagoso —pensé—, pero ¿adónde llegaremos los europeos si optamos por ese sendero anárquico? Dicha rebelión sólo puede ser una forma grave de neurosis. No podemos aceptar que personas en pleno uso de sus facultades, con capacidad de autocrítica, sucumban así ante el torbellino de la pasión. No puedo aceptar que ningún sentimiento sea más potente que la razón… ¿Qué sería del mundo si admitiéramos esta suposición? ¿Qué alternativas más caóticas se nos

presentarían si en el mundo de los sanos y los sobrios admitiéramos la existencia de estallidos así?

En el claro del bosque me asaltaron ideas de esta naturaleza. Pero intuí que mi argumentación era endeble y gratuita, porque «¿qué sería del mundo?» era una pregunta poco pertinente justamente cuando el género humano se comportaba como un psicópata peligroso que se empeña en destruirse a sí mismo y a su entorno. ¿No hay esperanza para el hombre?…

En ese instante se alargó una sombra sobre la nieve. De entre los abetos surgió una figura oscura que avanzó a paso lento por el claro iluminado por la luna. Iba con la cabeza descubierta y el viento del norte le alborotaba el cabello gris. Lo reconocí: era Z. Se acercó sin prisas, me tendió la mano y sonrió.

—Se ha acabado el cautiverio —dijo con alivio—. Ahora ya podemos confiar en que el tiempo se muestre clemente.

Tenía una voz dulce y serena. Nos encaminamos en silencio por el bosque, de regreso al hotel. Me hubiera gustado decirle algo sobre lo que en ese momento me ocupaba la mente y el corazón. Pero mientras íbamos por aquel sendero entre los árboles, debí de intuir que él no era de los que creen que la razón sea necesariamente superior a los sentimientos. Eso me incomodó un poco. Callé. «Z. es un artista —pensé mientras avanzaba a su lado por la capa de nieve que cubría el suelo—, y en la sociedad el artista encarna algo maravillosamente superfluo, precisamente aquello que corresponde al plano de los sentimientos. No puedo esperar que se ponga de parte de la razón al cien por cien.» Sin embargo, ahora lo veía muy claro: aquel hombre vivía en los límites de toda convención social. ¿Qué podría preguntarle?… Sentí que él también era uno de los emigrantes voluntarios que frente a los ataques del tiempo huyen a la enorme foresta de la soledad, como en tiempos de la invasión tártara hicieron los sacerdotes cargados con las sagradas escrituras. La disciplina, los modales impecables, la cortesía, la callada tranquilidad con que caminaba a mi lado por aquel sendero helado y resbaladizo, todo aquello era, más que una invitación a la conversación, un rechazo… Pero al llegar al edificio, que con sus persianas cerradas se alzaba ciego, robusto y oscuro en la cima —también allí arriba, en los altos picos de la sierra, cumplían las órdenes referidas al camuflaje, como si

temieran que un avión pudiera lanzar directamente allí sus devastadoras bombas—, Z. se detuvo. La luna le iluminó el rostro y en ese resplandor frío y duro su rostro brilló como una máscara sobre un escenario bañado por una pálida y lúgubre iluminación artificial. Se veía blanco, enjuto y huesudo, y sí, su sonrisa era propia de la máscara de un drama antiguo. No era una sonrisa irónica ni cómplice, sino rígida y controlada, como trazada en aquel rostro pálido con pintura blanca. Guardamos silencio. Z.

permaneció apoyado en su bastón, como a la espera, en aquella escenografía lunar, de alguna señal, como el actor que aguarda la orden del director para iniciar su monólogo. A la luz de la luna, aquel rostro de hombre maduro, de rasgos marcados, que sonreía muda y fríamente, resultaba espectral.

—¿Por qué sonríe? —le pregunté en voz baja, sin poder evitarlo. Era una pregunta personal, algo muy distinto del tono que caracterizaba nuestra relación; pero ya no era capaz de seguir callando. La fría sonrisa no desapareció, pero su mirada adoptó la fijeza de unos ojos de cristal; sólo sonreía el rostro, los ojos no.

—¿Sabe?, probablemente sea necesario hacer sacrificios —dijo con el tono claro y sencillo que el adulto utiliza con un niño cuando pretende explicarle algo difícil con palabras elementales.

—Se refiere a la pareja de suicidas, ¿verdad? —dije a modo de buen discípulo que ha comprendido lo importante de la lección.

—A ellos —asintió con seriedad—, y a todos los que están agonizando en este momento. Y a los que morirán mañana y siempre.

Me sentí incómodo y traté de contestar con ligereza, sonriendo, como si así pudiera mitigar la tensión que se había creado.

—Todos los pueblos de la historia han creído en el sacrificio —comenté

—, pero a veces cuesta entender la razón del mismo. Sobre todo la del sacrificio humano.

—Pues hay que hacer sacrificios. De lo contrario no hay cambio ni salvación —repuso con obstinación.

—Sí, son herencias ancestrales —respondí condescendiente—. Sin embargo, no puedo creer que esos dos desdichados hayan sacrificado su vida conscientemente. También existe la neurosis. Y los accidentes.

Asintió dándome la razón y se inclinó sobre el bastón con ambas manos.

—El valor del sacrificio no depende de si la víctima, voluntaria o no, cree en la redención. El sacrificio es un hecho. ¿Ha visto? El tiempo ha cambiado —añadió, y miró los árboles cubiertos de nieve y bañados por la luna.

Me impresionó aquella mirada de ojos de cristal, la seriedad y el tono mecánico de su voz, sus modales ceremoniosos y la fría sonrisa impresa en su rostro delgado y sacerdotal. Me estremecí. «Este hombre está herido», pensé. Tal vez por eso había desaparecido de los ojos del mundo. Pero

¿dónde lo habían herido? ¿En el alma o en el cuerpo? La máscara blanca y sonriente no respondió a mi pregunta muda.

—El cambio de tiempo es un hecho evidente —dije—, tanto como que aquella pareja ha muerto. Supongo que no sugiere en serio que ve alguna relación entre ambos hechos…

—No, no lo sugiero —contestó con calma—. Simplemente pienso en voz alta. Soy un ser humano y cada vez creo más que todo lo relacionado con éste no sólo existe en sí, sino que también depende de él. Entre el hombre y la naturaleza puede haber vínculos que desconocemos. Porque Dios está detrás de todas las cosas —añadió sin énfasis, con la misma naturalidad con que diría «sólo hay vida orgánica donde hay aire», como si mencionara casualmente algún hecho cotidiano de sobra conocido—.

Mucha gente no lo sabe y niega la existencia de Dios. Siempre ha sido así, en todas las épocas. Nuestra época es tan desgraciada porque ha dejado de percibir directamente a Dios… Aún hay religión, pero eso no es lo mismo… Y hay gente que se considera creyente porque teme y reza y suplica a los santos. Pero ésa tampoco es esa relación vital con Dios sin la cual la vida no es más que una serie de temibles accidentes. Los que conocen a Dios no siempre son creyentes. Yo, por ejemplo, no soy creyente en absoluto —dijo con indiferencia—. A veces voy a la iglesia, pero más bien para admirar los retablos o disfrutar de la música antigua, y observo los ritos serios y austeros del ceremonial. Todo eso resulta muy bello, pero no es tan fácil llegar a Dios. También hace falta sacrificio.

Hablaba sin rodeos, como si diese por sentado que dos personas tienen que hablar sólo de lo esencial, como si no entendiese de qué otra cosa

podrían hablar los hombres.

—La mujer era una neurótica —dije con cierto embarazo, como el que prefiere evitar los aspectos delicados e intangibles y prefiere ceñir su discurso a lo concreto.

—Sí —asintió con la cabeza—. Pobrecilla. Y el hombre era víctima de la voluntad salvaje que emanaba del sistema nervioso de la mujer. Era un hombre realmente necio —agregó en voz baja, confidencial—. A través de los finos tabiques de madera yo oía sin querer sus conversaciones nocturnas. Era necio hasta más no poder. No entendía en absoluto lo que le pasaba… Lloraba, suplicaba que volvieran a la ciudad, con sus familias.

Imagine, ese desgraciado se sentía como si lo hubieran secuestrado unos malhechores. Simplemente no comprendía qué le pasaba, qué pintaba aquí con una mujer marchita, en la montaña, en una habitación de hotel, lejos de todo lo que daba sentido a su vida gris y simple. Estaba lejos de su trabajo, de su familia, de los negocios, lejos de sus amigos, de la gente para la cual el amor nunca ha sido más que una especie de negocio realizado de forma astuta y provechosa; simplemente no entendía qué pretendía Dios de él al apartarlo de su vida sencilla. Es algo que la gente raras veces comprende.

Callé. Todo aquello resultaba exagerado incluso a la luz de la luna y el sugerente ambiente de la noche; sonaba como cuando se escucha a alguien que habla desde la orilla opuesta.

—Cada vez creo más en el sacrificio —continuó—. Y lo que ahora sucede en el mundo no es más que sacrificio. ¿Cree que los pueblos, toda la humanidad, asumen terribles sufrimientos, vierten ríos de sangre, destruyen las instituciones y los edificios más bellos sin motivo alguno?… ¿De verdad cree que todo esto lo causa la voluntad de un puñado de personas perversas y malvadas? La inercia con que la gente obedece a los líderes de la guerra,

¿es realmente tan inexorable que millones de personas son incapaces de defenderse de ella y de sus regímenes políticos, y ejecutan a ciegas todas las formas de autodestrucción?

Y me miró fijamente a los ojos.

—No, no lo creo —dije a media voz—. Pero la inercia de las masas es un fenómeno extraordinariamente complejo. Y también es cierto que unas pocas personas y unos pocos regímenes, como usted dice, con la ayuda de

una férrea estructura de corte policial son capaces de imponer su voluntad a millones de personas durante largo tiempo. No menospreciemos la realidad.

Miró la luna. Y prosiguió, con los ojos vidriosos:

—La gente desea sacrificarse porque solo así puede esperar reencontrarse con Dios. Quieren sacrificio… por eso lo asumen todo.

Porque sin Dios no pueden vivir.

Seguía contemplando la luna y yo observaba su rostro.

No se movió y yo tampoco tuve prisa por volver al hotel, donde nos esperaban los sencillos placeres de la Nochebuena: platos pesados, una especie de banquete fúnebre que los testigos de la tragedia matutina, sin duda, celebrarían como tal.

—Nos hemos perdido en divagaciones —dijo entonces. Y me sonrió afablemente, como excusándose—. Últimamente hay mucha gente que se pierde al preguntarse el porqué de las cosas… Tal vez nosotros también merezcamos el perdón. Sólo he querido decir que todas las creencias populares proclaman la necesidad del sacrificio. En los pueblos primitivos suelen sacrificar a alguien cuando lleva mucho tiempo sin llover o sin lucir el sol. Yo, claro está, no creo que haya relación entre el cambio de tiempo y el suicidio de esos desgraciados huéspedes… no me entienda mal. Sólo digo que existe relación entre todos los fenómenos —y la voz le sonó aguda y estridente— porque Dios está detrás de todo. Esa es mi fe, una fe tan fuerte que ninguna religión puede contener dentro de sus límites. Y cuando veo que ciertos fenómenos extraordinarios o insólitos se suceden unos a otros, no me obsesiono en la búsqueda de las relaciones entre ellos, simplemente constato que han sucedido, o sea, que uno de los fenómenos guarda alguna relación explícita o tácita con el otro. La gente se vuelve sorda —comentó con tono mordaz—, y no sólo con respecto a los sonidos.

Se quedan sordos por los ruidos apagados de la vida, no oyen lo esencial, no perciben las señales. Pero Dios nos habla sin cesar, nos advierte continuamente. Pero claro, no lo hace desde las nubes con voz estridente. A veces habla en voz muy baja y sus consejos y advertencias son muy lacónicos. Alguien dijo que toda su vida había oído una voz que le advertía lo que no debía hacer, pero que nunca había oído una voz que le dijera lo que debía hacer… ¿Quién fue, no se acuerda? Yo tampoco. Tal vez Goethe;

siempre acabamos atribuyendo toda la sabiduría a Goethe. También es verdad que tenía un oído perfecto. No en vano detestaba los anteojos y todo instrumento o artilugio que volviera al hombre perezoso, incapaz de captar de forma directa los fenómenos del mundo. Los sabios de las grandes culturas antiguas, los astrónomos y químicos asirios, babilonios y caldeos carecían de instrumentos, y sin embargo vivían muy cerca del rumor del mundo, oían todos los sonidos del cielo y la tierra, los percibían y sacaban conclusiones precisas… En cambio nosotros, con nuestros telescopios y microscopios, conocemos los detalles con mayor precisión pero estamos más alejados del conjunto, del todo. Dios no le susurra al hombre lo que tiene que hacer, ya que ése es el destino del hombre: ejercer su libre albedrío. Pero quien aún no se ha vuelto sordo del todo siempre escucha las voces que le disuaden de hacer lo que no debe. Esos pobres ya estaban sordos —dijo con un gesto de superioridad y perdón, y señaló el valle, donde los dos cadáveres ya descansarían en alguna cámara mortuoria de pueblo—. Los ensordeció el ruido de la pasión grotesca que les cayó encima como un trueno o una cascada. ¿Qué cree, qué pudo haber entre ellos? ¿Un fulminante rayo erótico? No creo. ¿Qué es lo que atrae a personas así para arrancarlas del cobijo seguro de su hogar, de su familia, qué los hace huir al desierto o la montaña, donde perecen como bestias indefensas que han perdido el contacto con su manada?… ¿Qué es esa fuerza? —preguntó en voz alta y se enderezó.

Al resplandor frío se veía demacrado; inclinado sobre su bastón parecía una presencia tan extraña como un viejo pastor bíblico. Con su rostro pálido, su cabellera ondeante y su mirada fija, el pastor que medita sobre el destino de su rebaño. No lo distraje.

—¿Entramos? —propuso luego, y señaló la puerta del hotel con la punta del bastón.

Su voz tenía tono de disculpa, como si pidiese perdón por el énfasis que había puesto en sus palabras; después de varios días de mutismo cortés había roto el silencio con una confianza brutal, desproporcionada, y ahora se excusaba por ello. Pero en realidad su desahogo no me parecía una exageración ni algo insólito. Los hecho ocurridos en aquel momento especial, la magia suave y al mismo tiempo inquietante de la Nochebuena,

así como la sinceridad y espontaneidad que irradiaba, más que sus palabras, la personalidad de Z., hicieron que el giro inesperado del encuentro y la conversación me pareciera natural. Entramos en el edificio, donde nos recibió un profundo silencio. La radio callaba, los cazadores fumaban sentados a su mesa y alzaban calladamente las copas de vino, el viejo funcionario apasionado por la fotografía se inclinaba sobre sus álbumes con los gestos de un estudiante absorto y era evidente que no tenía ganas de sostener ninguna conversación. El árbol decorado con manzanas rojas y velas blancas estaba sobre la mesa, en el centro del comedor, y los hosteleros me indicaron con un gesto de excusa que aquella noche especial cenaría en la mesa de Z. pues mi sitio estaba ocupado por el arbolito de Navidad. Z. me invitó a su mesa con un gesto comedido. La cena fue abundante, como si el rumano quisiera compensar con los placeres de la mesa todo lo que en los días anteriores había sobrecogido y decepcionado a los huéspedes. Sumidos en un silencio adusto, comimos deprisa. Aún no habíamos terminado el plato principal cuando el fotógrafo aficionado se despidió. Poco después también los cazadores se dispusieron a retirarse; desearon buenas noches y felices fiestas en voz queda y subieron a sus habitaciones, llevando por precaución una botella de aguardiente sin empezar. Serían las nueve de la noche cuando terminaron de servir la cena y en el comedor quedábamos sólo Z. y yo.

—¿Tiene sueño? —preguntó. Contesté que no y él propuso—: Creo que podríamos celebrar esta triste noche con una copa ligera, de vino de la llanura.

Pidió vino a la chica que hacía de camarera, vino blanco con agua mineral.

—Feliz Navidad —dijo cuando nos lo sirvieron, y levantó en alto la copa.

—Feliz Navidad —le correspondí.

Guardamos silencio. Sólo estábamos los dos en el salón; los hosteleros celebraban la Nochebuena en su vivienda.

—Feliz Navidad —repitió en voz baja, y dejó la copa sobre el mantel de cuadros—. Qué palabras más bellas y qué bien suenan… Austeras y perfectas como una fuga de Bach. —Su comentario revelaba un interés

sincero y benévolo—. Estaría bien comprender qué le pasa al hombre —

dijo con tono confidencial y, echándose hacia delante, fijó en mí sus ojos escrutadores.

—¿Al hombre?… ¿A quién se refiere? —pregunté—. ¿A los desgraciados que anoche fueron derrotados por una patética pasión, a ese incidente grotesco?

Apoyó los antebrazos en las rodillas, se acercó más y su mirada ardió gélidamente como la de un animal en la oscuridad. Tardó en contestar.

—Todo ser humano debe asumir algún día el peso de la pasión, como si fuese una cruz. El pecado se consume en el hombre y en la tierra con la ayuda del fuego. ¿Acaso cree que el mundo arde sin razón alguna, ahora, a todas horas, día y noche? —Lo preguntó desde tan cerca, con un énfasis tan inquietante, que un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Qué quiere decir? —repuse turbado.

Se quedó inmóvil, con la cabeza ladeada y apoyada en una mano, mirándome. Todo lo que resultaba incómodo y exagerado se derritió en el calor de aquella mirada. Nunca en ninguna relación humana había sentido la extraña proximidad que experimenté entonces. No sabría definir la sensación, sólo recuerdo que me invadió una súbita expectación, como cuando está a punto de acontecer un hecho extraordinario. Era uno de esos raros momentos en que, con el ímpetu de la pasión, el fanatismo o la fe, alguien revela a otro algo del sentido oculto del mundo. Todo lo que había sucedido aquel día, todo lo que sucedía en el mundo, adquiría un sentido peculiar en las palabras de Z.

—Quiero decir —contestó despacio— que por obra de la pasión yo ya he estado en la otra orilla. Para el hombre es el único camino practicable si busca la salvación y quiere llegar a Dios. ¿Y quién no busca la salvación?

—preguntó retóricamente—. Con toda seguridad tampoco es casualidad que nos hayamos encontrado en la montaña y pasemos juntos la Nochebuena.

Usted conoció a uno de los protagonistas de mi historia.

Comprendí que se refería a la dama en cuyo salón nos habíamos conocido años atrás, y asentí con un gesto, dándole a entender que apreciaba el valor de su confidencia. Siguió un silencio denso. Eché un vistazo a mi reloj de pulsera: pasaba de las nueve. En lo alto de la sierra el

tiempo se medía de forma distinta que en la ciudad, y las noches anteriores, a esa hora, la mayoría de las veces ya me había despedido de mis contertulios ocasionales. Pero ahora sería una falta de tacto retirarme. Ni yo mismo sé lo que esperaba. Tal vez una especie de conversación que, vistas las cosas, no me hubiera sorprendido: alguna confesión profunda, o una conclusión patética de aquel día tan peculiar. Pero Z. callaba y a continuación, para mi sorpresa, bostezó con la boca de par en par.

—Estoy cansado —dijo, desperezándose, y se puso en pie—. ¡Vaya día!… ¿Ha leído la prensa? Las ciudades de un continente lejano son destruidas por un terremoto; en los Balcanes, en un puerto cercano, han registrado un brote de peste; por la mañana las bombas han vuelto a destruir una ciudad europea… Guerras, plagas, seísmos, todo converge. Sí, son las premoniciones del Apocalipsis —dijo con sencillez y volvió a bostezar.

Ahora de su voz faltaba toda tensión dramática; hablaba con apatía, como quien echa cuentas del destino del mundo y se encoge de hombros con impotencia. Y luego, sin transición, dijo—: Lo mejor sería irnos a la cama.

Este vino no merece que trasnochemos por él. —Y se encaminó hacia la puerta.

Me levanté y lo seguí.

—Pensé que aún querría decirme algo —comenté en la puerta.

Se detuvo en el umbral y me miró con asombro.

—¿Decir algo?… ¿Qué podría decirle?… Ya nos lo hemos dicho todo.

—Miró el techo y agitó la cabeza cana—. No, querido amigo —añadió con sencillez—, de verdad no sé qué otra cosa podríamos decirnos. ¿Qué nos podemos decir los humanos?… Nada ayuda —admitió con resignación—.

Hoy ha podido comprobarlo una vez más. La gente es arrancada de su destino por impulsos primarios incomprensibles, la rebelión de los elementos destruye el mundo humano… Siempre se trata del mismo drama, a grande o pequeña escala: aquí arriba la tragedia trivial de una mujer enferma y un hombre estúpido, abajo en el valle la tragedia de la humanidad que llora y se encoge ante su destino impío. La destrucción campea a sus anchas, porque la gente ya no conoce a Dios. ¿Deberíamos hablar de eso? ¿Para lamentarnos como un coro griego?… Pero si usted

también lo conoce bien. Es escritor, tiene que saber que sin la ayuda de Dios para el hombre no hay salvación en la tierra.

Y volvió a encogerse de hombros, dispuesto a marcharse. Pero en el primer peldaño de la escalera se dio la vuelta.

—¿Hasta cuándo se queda aquí? —preguntó quedamente.

En la casa ya todos parecían dormir. Le contesté en voz baja que me quedaría dos días más; que volvería a casa el segundo día de fiesta. Z.

asintió.

—El fin de semana yo también me voy —dijo—. A Suiza, por largo tiempo.

Respondí que todos sus seguidores se alegrarían de que volviese a tocar el piano. En medio de la penumbra, sus ojos penetrantes adquirieron una expresión inquisitiva.

—¿El piano?… ¿Yo? —preguntó, y su voz reflejó un asombro sincero, como si le hubiera lanzado una acusación hiriente e imposible, como si yo supusiera que en secreto serraba leña o domaba osos.

—Creí que en Suiza daría conciertos —dije, confundido.

Sacó una pequeña linterna e iluminó el suelo como si buscara algo.

—¿Yo conciertos?… —murmuró divertido, observando los peldaños.

Luego, sin transición alguna, me miró a los ojos al tiempo que me iluminaba con la linterna—. ¿Es que no lo sabe? —preguntó en voz más alta, como si dudara de mis palabras y por eso me proyectara el haz—.

Nunca más daré conciertos.

Como no dio más explicaciones, le contesté azorado que ignoraba sus intenciones.

—¿Intenciones? —musitó con asombro—. No tengo ningún tipo de intenciones. Simplemente no puedo volver a tocar el piano. Nunca más —

precisó con calma.

—¿Qué ha pasado? —pregunté en voz baja, desconcertado.

—Pues esto —repuso, y levantó la mano derecha a la altura de mis ojos.

Dobló tres dedos y me enseñó el meñique y el anular. No se veía ningún tipo de lesión.

—¿Le duele la mano? —pregunté.

—No me duele, está paralítica. Estos dos dedos están paralíticos. Pasa por ellos un nervio minúsculo —explicó con tono afable, como si instruyera a un no iniciado en algún tema elemental—. Un nervio que mueve estos dos dedos. Ese nervio está muerto, se quemó durante una enfermedad. Nunca más podré tocar el piano —concluyó sin énfasis. Y como quien espera con paciencia las preguntas de un alumno novato, me miró con benevolencia.

—¿Cuándo sucedió? —pregunté con un hilo de voz.

—Hace tres años y cuatro meses. En septiembre, cuando estalló la guerra. ¿No lo sabía?… —preguntó de nuevo, jugueteando con la linterna, apagándola y encendiéndola.

—No —respondí con cierto embarazo. Y como el que pretende justificar un desliz, murmuré—: Sólo sabía que se había retirado, que da pocos conciertos y que se dedica a la enseñanza.

Se encogió de hombros.

—De algo tengo que vivir. —Y lentamente empezó a subir la escalera.

Lo seguí sin hablar, tropezando en la oscuridad. En el pasillo de la primera planta pasamos junto a la puerta precintada de la habitación donde había ocurrido la tragedia. Z. no se detuvo, siguió con paso tranquilo. Al fondo del pasillo, delante de mi habitación, se volvió y me tendió la mano.

—Buenas noches —dijo con calidez—. Ha sido un día duro, nos vendrá bien dormir.

Le estreché la mano y no la solté.

—¿Qué le ha pasado en la mano? —pregunté en voz baja—. Si no le importa que lo pregunte.

—Pero si se lo he dicho —contestó con paciencia—. Hace tres años enfermé. Estuve largamente confinado en un hospital de Florencia. Dos dedos se me quedaron paralíticos. Eso es todo.

Hubo un silencio.

—No sabía nada —me excusé al cabo.

—Es que uno no va por ahí jactándose de estas cosas —contestó amigablemente—. Mi desaparición de las salas de conciertos no levantó ningún clamor, nadie me echó de menos. Eso enseña lo que valen las cosas… —Y emitió por lo bajo una risa escalofriante.

—¿Qué cosas? —le pregunté.

—Pues la fama, el mundo… —Se encogió de hombros.

—Pero es terrible —dije sin poder evitarlo—. No podrá volver a sentarse al piano…

Ladeó la cabeza y me miró con seriedad.

—¿Terrible? —repitió con apatía, arrastrando la voz—. Tal vez fuera terrible si me hubiera fulminado de un día para otro. Pero todas las cosas tienen su tiempo y su lugar. Para cuando uno se enfanga en una situación, ya ha pasado mucho tiempo y nos acostumbramos a los cambios. Imagínese

—dijo elevando la voz—, si hace cinco años la humanidad se hubiera encontrado de sopetón con todo lo sucedido en los últimos cinco años… La especie humana seguramente se habría vuelto loca. Pero como todo eso ocurrió poco a poco, nos habituamos a ello. Y también nos acostumbraremos a lo que vendrá más adelante.

Le solté la mano y me quedé en medio de la penumbra sin saber qué hacer.

—¿Qué le pasó? —pregunté. Aquella conversación de tono misterioso, en el pasillo del hotel, nos asemejaba a dos compinches hablando sobre algún crimen pasado.

—Una enfermedad —dijo con sencillez—. Tiene un nombre, un nombre que suena muy bien. Pero ese nombre no es más que un cubo de basura: echan en él toda clase de cosas. La realidad es la enfermedad, nada más. Y

también es una realidad que me ha despojado de la música. Ahora tengo que vivir como mejor pueda. Por eso voy a Suiza.

Le dije que podría escribirles a unos amigos míos suizos que tal vez conocieran algún remedio para su mal…

—No lo creo —respondió—, pero le agradezco su buena voluntad. A mí ya nadie puede ayudarme. Porque no sólo se trata de que la música me haya abandonado… yo también he abandonado la música. No sin razón. Y las dos cosas, la enfermedad y mi huida de la música, guardan relación. He aprendido muy bien la lección —añadió—. En el organismo humano hay catorce mil millones de neuronas, la célula que nunca se regenera. Si una neurona muere, no se regenera. Las células de la sangre, el sistema óseo, todo puede regenerarse; menos la neurona. Catorce mil millones —repitió sonriendo—, vaya cifra. Así de ricos somos. Imagínese, catorce mil

millones de fotocélulas y cada una con un recuerdo, un estímulo, una diminuta fotografía… Y basta que la mente conecte todo eso para que, por ejemplo, visualicemos un rostro de nuestra infancia, cuyo recuerdo pervive allí, en alguna neurona. A mí sólo me faltan unos cientos de miles, las que mueven dos dedos de mi mano derecha. Por lo demás me he recuperado perfectamente. También podría decir que he tenido suerte… Otros quedan paralíticos de por vida tras sufrir una enfermedad así, son incapaces de caminar y hay que alimentarlos, a veces no pueden tragar ni hablar, o se quedan sordos. La enfermedad fue más indulgente conmigo. Sólo me despojó de la música.

Lo dijo con una resignación natural y magnánima, como puede hablar un rey en el destierro al constatar que sólo le han quitado su reino.

—Ya —dije turbado—. Ahora comprendo. Vistas así, las cosas tienen otro cariz… —Pero no me dejó terminar el lugar común.

—No me compadezca —dijo cortante—. La enfermedad da tanto como quita.

—¿Tanto como la música? —repuse con falta de tacto.

—Otra cosa, pero igual de tanto —contestó—. Eso lo describí una vez.

Quería entender lo que había sucedido, por eso lo escribí. Últimamente no tengo otra cosa que hacer… ¿Quiere leerlo? No puedo jactarme de haber escrito una obra literaria, desde luego. Pero usted es escritor, tal vez lo entienda… —dijo y suspiró—. Resulta muy difícil transmitir nuestras experiencias a otras personas, ¿verdad? Me refiero a que tal vez podamos describir lo sucedido, como cuando uno redacta un informe médico. Pero la causa profunda de lo sucedido… eso es muy difícil de reflejar. Casi imposible. Compadezco a los escritores.

Traté de contestar en tono gracioso: en nombre de los escritores agradecí su comprensión y le dije que naturalmente sería un placer leer sus notas.

—Sí —dijo y volvió a tenderme la mano—, algún día. Con mucho gusto. Buenas noches.

Y me dejó plantado en el pasillo. Entró en su habitación sin volver la cabeza y oí que echaba la llave.

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