La hija del Este
Capítulo 9
Los alaridos de un vendedor de lotería que prometía suerte con un megáfono la ensordecieron al emerger de la boca del metro en la estación de Arbat. Se apartó del ruidoso hombrecillo y echó una ojeada en torno. Vio pintores callejeros, músicos, puestos de recuerdos, marquesinas de bares y restaurantes que se asomaban a la calzada y un bullicio alegre de paseantes que circulaban en ambas direcciones sobre el empedrado de esa calle sin tráfico rodado, pero no divisó a Sasha por ninguna parte. Sintió una ligera decepción y, a continuación, alivio; decidió que le apetecía callejear sola, hasta hoy siempre había estado acompañada. Sacó de la mochila la cámara que su hermano le había prestado para el viaje y se puso a hacer fotos: de la gente, de las flores, del cantante melódico que entonaba una canción de los Beatles en un inglés ininteligible, de la fachada amarilla de un elegante edificio del siglo XIX y de un hombre que se acercaba a la carrera y le sonreía.
—Sorry I am late —se disculpó Sasha, jadeante, el rostro arrebolado.
Llevaba el mismo plumífero gris que la noche anterior y cargaba con un maletín negro que le colgaba de un hombro. Le explicó que esa mañana lo había despertado muy temprano una llamada del Pravda, pidiéndole que fuera a cubrir una rueda de prensa en sustitución de un fotógrafo que se había puesto repentinamente enfermo.
—La típica enfermedad que aqueja a los hombres rusos los domingos por la mañana —se lamentó—. El presidente Yeltsin, él sí que es un profesional, puede que llegue tarde y un poco tambaleante, pero allí está y hasta responde a las preguntas de los periodistas. Tenía miedo de que te hubieras ido, gracias por esperarme.
Ana no le confesó que acababa de llegar y no le estaba esperando en absoluto. Si Sasha no se hubiera dirigido a ella con tal determinación, no lo habría reconocido. A la luz del día, le pareció muy distinto. Lo recordaba más alto y erguido y le habían surgido unas arrugas en el rostro, en torno a los ojos y a las comisuras de la boca, que la noche anterior no advirtió. El sol veteaba de reflejos rubios su pelo entrecano, rejuveneciéndolo, hasta que sonreía y ganaba diez años. No la besó, ni la abrazó y sólo tras haberse disculpado de nuevo por su tardanza le tendió la mano derecha con cierto embarazo. Echaron a andar por la vieja calle Arbat, intercambiando preguntas educadas y comentarios triviales, cómo estás, qué tal dormiste anoche, no muy bien, me duele la cabeza, I guess you have a hangover, sí, eso me temo, que tengo resaca, hoy me portaré bien, en esa especie de ritual cauto y exploratorio a que se entregan dos personas que se conocen poco y caminan una junto a la otra intentando acomodar el paso y evitando rozarse con los brazos, como las mariposas en el ceremonial del cortejo, las cuales en un orden que parece azaroso pero tiene un sentido, se van posando sucesiva y alternativamente en una y otra flor, conociéndose, probándose, observándose de refilón y de pronto, sin motivo aparente, una de ellas se desentiende del proceso y echa a volar en otra dirección. Rebasaron a una joven violinista que tocaba una canción muy triste y Ana retrocedió unos pasos y dejó mil rublos sobre la funda abierta de su instrumento. Cuando se alejaban, Sasha le murmuró al oído: «Esa mujer no sabe tocar, desafina», y ella no tuvo más remedio que asentir, un poco avergonzada de su gesto, es un error recompensar la impericia. Le había dado dinero porque tenía su edad y ese pensamiento, podría ser yo, despertó su compasión y también para impresionar a Sasha con su generosidad o para evitar que la juzgara mezquina, de haber estado sola quizá habría pasado de largo.
Tres mujeres gitanas les salieron al paso haciendo exhibición de los niños que acunaban en sus brazos, reclamando a gritos unos rublos para leche o comida y Sasha las apartó con un gesto impaciente.
—Look after your bag, vigila tu mochila —le advirtió—. Tienen las manos muy largas. Moscú es una ciudad llena de pedigüeños, no te los puedes sacar de encima. ¿Tenéis mendigos en Andorra? —quiso saber, sobresaltándola. Ya no se acordaba de que la noche anterior había pretendido ser andorrana. Ahora esa broma le pareció ridícula, pueril. Murmuró una respuesta improvisada:
—Hay mendigos pero no muchos y siempre los mismos. Es un país muy pequeño, los conocemos a todos —dijo.
En cuanto tuviera ocasión desharía el malentendido y confesaría su pequeño embuste; cuanto más alargara la pantomima, menos credibilidad tendría en el momento en que revelara su verdadera identidad. Sasha desempeñaba a la perfección su papel de guía. Le señaló un restaurante llamado Praga y le explicó que en la época de Stalin los agentes de la policía secreta lo frecuentaban para espiar a los miembros de la intelligentsia moscovita. Le contó que en días claros como aquél la Liga de los Sin Dios, promovida por el gobierno comunista, organizaba viajes en aeroplano para que los campesinos comprobaran por sí mismos que en el cielo no había ni rastro de Dios, lo cual era gracioso, aunque Ana reflexionó que la perspectiva privilegiada de un avión que se eleva sobre las nubes ofrece una visión única del mundo y permite percibir la cuidada simetría de los campos cultivados, la belleza de las montañas, las cintas plateadas de los ríos discurriendo sinuosos entre grandes extensiones verdes de bosque y que ese orden misterioso y perfecto de la naturaleza induce a pensar que alguien más poderoso que el hombre la ha creado, pero no lo expresó en voz alta porque no sabía si Sasha era religioso y volvió a enfadarse consigo misma por ese estúpido empeño en agradar, en ofrecer una imagen de sí misma que resultara atractiva aunque no se correspondiera con la realidad. Siempre actuaba igual con todos los hombres que pretendía seducir y en aquel momento comprendió que tenía el propósito de conquistar a Sasha.
—¿En qué estás pensando? —le preguntó Sasha—. Ayer también lo hiciste: de pronto te quedas callada, como ensimismada, y eso me preocupa. ¿Te aburro? Am I being a bore?
—No, no me aburres. Al contrario, me interesa mucho lo que me cuentas. Estaba pensando precisamente en los viajes de la Liga de los Sin Dios y… No recuerdo gran cosa de lo que pasó anoche —confesó de improviso—. El champán soviético no me sentó bien.
Sasha se echó a reír.
—¡Y yo que me hacía la ilusión de que fue una noche inolvidable porque me conociste a mí! Pero quizá es mejor que no lo recuerdes todo —añadió misterioso y ella se alarmó.
¿A qué se refería? Se acordó del borracho; debía de ser eso. En aquella mañana luminosa y festiva se hacía impensable que en esa misma ciudad muriera la gente de frío. Se cruzaron con un par de chicas muy elegantes, con faldas ajustadas, zapatos de tacón y cazadoras de cuero con adornos de piel, que charlaban entre ellas y reían de manera exagerada, para llamar la atención, decidió. No todas las rusas parecían pueblerinas, Martina se equivocaba; había rusas más elegantes que ellas, las serbias, y no todas podían ser putas. Sintió envidia de esas jóvenes que no vivían en un país en guerra y cuyas mayores preocupaciones eran comprarse un bolso o visitar el último restaurante. Se sintió mal vestida, con el gorro de lana tejido por su madre, el viejo plumífero rojo, sus vaqueros gastados y sus botas vulgares. La culpa era de la guerra: de los croatas, de los musulmanes y de la desalmada Dafina, que se había embolsado los ahorros de su familia. Tenía hambre.
—Yo vivo en la calle del fondo, Prechistenka, donde están ubicados los museos literarios de Pushkin y de Tolstói —le informó Sasha—. Te llamas como la protagonista de mi novela preferida, Anna Karénina, una morena muy guapa, como tú.
Le molestó la comparación, que pretendía halagarla.
—Me hicieron leer ese libro en la escuela y no me gustó. Es demasiado largo, tiene muchas descripciones y poca acción, pero lo que más me desagrada es la protagonista: una mujer frívola e inmoral.
—¿Frívola e inmoral? —se asombró Sasha—. ¿Cómo puedes decir eso? ¡Anna Karénina se suicida por amor! Se le puede acusar de ser ingenua y pasional, pero en modo alguno frívola —defendió con calor.
Para evitar que el volumen de la música ahogara su voz, Ana se detuvo a unos metros de un cuarteto que tocaba una pieza que podía reconocer, aunque no darle nombre.
—Una madre no tiene derecho a suicidarse —afirmó—. Anna Karénina dejó dos niños huérfanos al quitarse la vida. Tirarse bajo las ruedas de un tren cuando se tienen hijos es una irresponsabilidad. La vida es complicada para todos; cuando llegan malos tiempos hay que apretar los dientes y seguir adelante, como dice mi padre, no darse por vencido al primer obstáculo. Suicidarse es de cobardes. Esa Anna Karénina is a social parasite, una aristócrata caprichosa a la que visten y peinan sus criadas. ¡Ni peinarse sola sabe! Y como no tiene nada que hacer, se obsesiona con su amante, el conde Vronski, quien, como es natural, se acaba cansando de ella, porque no se puede vivir sólo para el amor, hay que hacer algo más que mirarse a los ojos y decirse sweet things. Una persona joven y sana tiene que buscarse una ocupación que dé sentido a su vida, una… —no sabía cómo decirlo en inglés, escrutaba el cielo en busca de ayuda, pero ni rastro de Dios— something that is good for society — aventuró—, something good for humanity, for your country. Do you understand? I think that all suicides are cowards —repitió con énfasis—, egoístas que no aceptan que la vida no sea como se la esperaban y tampoco están dispuestos a hacer el menor esfuerzo por mejorarla o cambiarla —concluyó, bastante satisfecha de su perorata, aunque lo que había dicho no era exactamente lo que pensaba, sino lo que su limitado inglés le había permitido expresar, una simplificación grosera de sus ideas, que no eran tan rígidas ni absolutas, pero traducir matices y ambigüedades a una lengua extranjera es lo más difícil.
Sasha observó que ni los críticos literarios de Stalin habían juzgado con tanta severidad la vida ociosa de Anna Karénina y le pareció injusta su afirmación de que el suicidio era un acto egoísta. A su parecer, el suicida era merecedor de compasión, no de un reproche moral.
—Se dan circunstancias en que la vida se nos antoja demasiado complicada o triste para poder o desear afrontarla, o en que nos sentimos muy solos y perdidos, o peor aún, fracasados y acabamos por odiarnos a nosotros mismos. A veces uno desearía ser otra persona, perderse de vista, librarse de la propia compañía, pero tú eres joven y los jóvenes no conciben la desesperación ni el fracaso —le dijo con una sonrisa condescendiente que la irritó.
¿Qué sabía él de su vida? Estuvo a punto de confiarle que a ella también la habían abandonado, como a su tocaya la Karénina. La traición de Nikola la deprimió, pero ni por un momento se le pasó por la cabeza suicidarse. Podía entender a esos ancianos pensionistas de Belgrado que preferían la muerte a la soledad o la inanición, o a un militar que habiendo incurrido en deshonor sólo tiene una forma de limpiar su honra, pero una mujer joven, en la plenitud de la vida, no podía dejarse abatir por un desengaño amoroso, siquiera por orgullo, por dignidad.
—Otra vez te has quedado pensativa. You’re lost in your thoughts again —le acusó Sasha—. ¿Qué quieres hacer? Prometí llevarte al monasterio Donskoy y lo haré, pero estoy muerto de hambre, llevo sin probar bocado desde anoche. Me gustaría comer algo y beberme un té.
Le pareció un signo favorable que los dos tuvieran hambre a la vez, un buen principio de no sabía qué. Probaron en una pelmennaya, una típica cantina rusa donde servían pelmeni, una especie de ravioli, pero era un tugurio atestado, ruidoso y sucio y, pese a las protestas de Ana, quien le aseguró que le entusiasmaba el color local, Sasha no quiso quedarse y la llevó a un restaurante italiano, cuya lista de precios indujo a Ana a pedir la pizza más barata y un vaso de agua. Sasha no bebió té, sino cerveza, y comió macarrones a la parmesana. Ella elogió su excelente inglés, esperando que él a su vez alabara el suyo. Sasha descuidó esa cortesía y se lanzó a explicarle que había vivido dos años en Canadá, en Toronto. Su mujer («mi ex mujer», se corrigió enseguida) era de allí. La había conocido en Moscú, trabajaba como secretaria en la Embajada de Canadá. Cuando empezó la crisis económica con la perestroika se fueron a vivir a Toronto con su hija, entonces un bebé. A su mujer la contrató una multinacional, él tuvo dificultades para encontrar trabajo. Se vio obligado a renunciar a la fotografía; trabajó como camarero, dio clases de ruso y por fin su suegro le consiguió un puesto bien remunerado en una agencia de viajes. Y cuando parecía que tenía encarrilada la vida, su mujer lo dejó por su jefe, un cretino arrogante con mucho dinero, y él decidió regresar a Moscú. Tuvo suerte, en plena recesión consiguió trabajo con Pravda y con el Moscow Times y se aseguró unos ingresos fijos, que suplementaba con empleos esporádicos de fotógrafo en bodas y bautizos.
—Voy tirando —le dijo—, tengo un apartamento para mí solo con dos habitaciones y alquilo una. Un amigo canadiense está pasando una temporada conmigo, es fotógrafo, como yo, cuando se vaya tendré que buscar otro inquilino. Ahorro para poder ir a Canadá este verano a ver a mi hija, el otro día cumplió cuatro años. La echo mucho de menos pero… —Y Sasha se encogió de hombros, dando a entender que aunque no era del todo de su gusto, así era la vida y había que conformarse.
Eso la complació y también la forma sencilla y directa que tenía de exponer los hechos, sin cargar las tintas en su desgracia, sin buscar compasión ni simpatía, con tranquila dignidad. No comió mientras él hablaba, le prestó toda su atención, porque le interesaba saber de su vida y porque la experiencia le había enseñado que a los hombres les gusta ser escuchados. En las conversaciones con sus amigas se interrumpían unas a otras sin ninguna consideración, pero cuando charlaba con un hombre al que deseaba atraer, permanecía en silencio. Al tiempo que parecía estar absorta en las palabras de Sasha, no cesaba de observarlo. Le gustaban sus ojos de color ambarino, como los de una gata que tuvo su abuela, y su sonrisa, cálida, afectuosa, sincera, y también la forma que tenía de encoger los hombros, como un niño avergonzado, y de inclinar su cuerpo hacia ella sobre la mesa, llevado de su entusiasmo por lo que le estaba contando. Le molestaba una verruga muy fea que tenía en la barbilla y que hablara con la boca llena, aunque apreciaba que fuera educado y le acercara el pan o le sirviera el agua. Estaba casado pero divorciado, eso era a la vez bueno y malo. Tenía una hija y la expresión de su rostro se había teñido de ternura cuando la mencionó, era evidente que la quería, lo cual la satisfizo, un hombre que no ama a sus hijos no es un buen padre y no puede ser un buen marido, aunque de otro lado la existencia de una hija en Canadá no dejaba de ser un inconveniente… ¿Para qué? ¡Estaba pensando en Sasha como si fuera a casarse con él!
—¿De qué te ríes?
—De nada —contestó—, me acordaba de… Nada importante. This pizza is really tasty.
Entonces fue él quien ponderó su inglés y ella le informó de que llevaba años aprendiéndolo porque para su profesión, la que desempeñaría cuando acabara sus estudios, era muy necesario.
—Si las cosas van bien —dijo—, el año que viene iré a Estados Unidos para estudiar mi especialidad.
Se sorprendió a sí misma en esa mentira, un viejo proyecto que había tenido que abandonar. Su padre no podría financiarle la estancia en Estados Unidos, el gobierno yugoslavo que habría podido becarla ya no existía y era impensable que a una serbia le concedieran un visado para ir a estudiar a América. Cuando manifestó a Sasha que quería ser cirujana, éste se sorprendió.
—¿Hay mujeres cirujanas?
—¡Por supuesto! —le contestó ella, casi enfadada—. La cirugía no requiere fuerza —le explicó—, sino pericia y mucha sangre fría. —Le informó con orgullo de que había diseccionado cadáveres y una vez asistió a una amputación—. Un compañero mío de clase se mareó y tuvo que abandonar el quirófano; yo no. Siempre quise ser cirujana, desde muy niña —le confesó—. Era la vocación de mi padre, pero mi abuela era viuda y pobre y no pudo darle estudios.
Le contó que su padre era muy trabajador, un hombre ávido de conocimientos y un autodidacta, que había remediado por su cuenta su carencia de formación universitaria. Lector compulsivo, todo le interesaba; se sabía de memoria pasajes enteros de Guerra y paz, dominaba el ajedrez como un profesional y era un atleta: nadaba, corría, jugaba al fútbol, al pimpón, nadie diría que ya había cumplido los cincuenta, estaba lleno de vitalidad. Era un verdadero feminista, decía que lo único sagrado que hay en la tierra es la mujer y jamás dudó de su capacidad, estaba convencido de que si se lo proponía, ella podía ser una cirujana tan buena como el mejor hombre. Le había inculcado el valor del esfuerzo y la tenacidad; era su inspiración, su modelo…
Se emocionaba al hablar de su padre y Sasha lo notó. La miró sonriente.
—Estás muy guapa cuando te ruborizas —le dijo, al tiempo que le cogió una mano en un gesto impulsivo que a ella le pareció inevitable, natural, y la retuvo entre las suyas mientras se quejaba de que su hija nunca hablaría de él en términos tan elogiosos, era un deportista infame y no había logrado comprender las reglas del ajedrez—. Le prohibiré terminantemente que sea fotógrafa —dijo—, es una profesión de muertos de hambre. Espero que se haga banquera y me mantenga. Porque ¿qué es un fotógrafo? No es nada. Es menos que un reportero y, desde luego, no es un artista…
Ana protestó, era lo que se esperaba de ella.
—¿Cómo puedes decir eso? —le reprendió—. La fotografía es un arte, como la pintura o la música o… No hay actividad más elevada que la del creador. Me gustaría ver tu trabajo, las fotos de ese libro que estás preparando.
—¡Oh! No valen nada, soy un fotógrafo de prensa, es la primera vez que hago fotografía artística… ¿De verdad te gustaría…?
—Sí, mucho.
—El caso es… Me convendría acercarme a casa para dejar la cámara, no me gusta llevarla por la calle, pueden robármela. Vivo muy cerca de aquí, podríamos ir un momento y… te invitaré a un té, o a un café y, si quieres, te enseño lo último que he hecho…
No había liberado la mano de Ana ni ella la había retirado. Ambos actuaban como si no fueran conscientes de lo que estaban haciendo sus manos, como esos padres que mantienen una conversación cortés y sosegada mientras sus retoños corretean a su alrededor haciendo todo tipo de travesuras a las que no prestan la menor atención. El tono de voz de ambos cambió; se hizo más íntimo, insinuante, quedo. Como si de repente se hubieran vuelto tímidos, evitaban mirarse a los ojos pero cuando sus miradas se encontraban, había una intensidad nueva y también un tanteo, una interrogación. Los ojos, al igual que las manos, forjaban acuerdos, llegaban a pactos. Ana se imaginaba contando a Martina esa noche (o tal vez, a la mañana siguiente): «Entonces él me dijo: “¿quieres ver mis fotografías?”», y la risa cómplice de Martina y su voz maliciosa que preguntaría: «¿Y qué te parecieron… las fotografías?»
Él la invitó, se empeñó en pagar pese a sus protestas, como si supiera que, de haber accedido a ellas (We’ll split the bill, I insist!), Ana lo habría descalificado como posible amante, no soportaba a los hombres tacaños y esperaba que su caballero le cediera el paso y pagara la cuenta, era una parte inexcusable del ritual del cortejo, si su pretendiente no la observaba, se desentendía del proceso y echaba a volar en otra dirección. Un nubarrón gris había tapado el sol y al salir a la calle la recibió el mismo viento helado de la tarde anterior.
—Hace frío —se quejó.
Sasha pasó un brazo por su espalda y la estrechó hacia él para darle calor.
—¿Hace demasiado frío para una chica del sur? ¿En Andorra no nieva?
—No —respondió ella—, en Andorra siempre hace calor. Vamos a la playa incluso en invierno.
—Really? Tenía entendido que Andorra está en la cordillera de los Pirineos, donde nieva a menudo e incluso hay estaciones de esquí. Me lo ha dicho un fotógrafo francés esta mañana, en la rueda de prensa. Debe haberme informado mal —dijo Sasha.
Lo miró desconcertada. Abrió la boca para replicar algo, pero se echó a reír. Él sabía, los dos sabían… No le iba a dar el gusto, no todavía.
—Te han informado muy mal —le reconvino—. Los Pirineos están más al norte. En Andorra hace tanto calor que tenemos desierto, camellos y palmeras. Las carreras de camellos son una tradición nacional. Yo soy una buena amazona, he ganado varias competiciones, tengo los trofeos en casa.
Él le siguió la chanza y quiso saber si también tenían monos en Andorra. Después de pensarlo un poco, Ana decidió que no.
—Pero hay muchos flamencos —dijo—, y en algunos ríos, cocodrilos.
Para orillar ese asunto espinoso, sacó de la mochila la cámara de su hermano y fue amonestada por Sasha por intentar fotografiarlo a contraluz. Las lecciones de fotografía requerían una proximidad extrema, el roce de sus cabezas inclinadas sobre la cámara, de tal modo que el vaho que exhalaban sus bocas se confundía y formaba una sola nubecilla. Sasha extrajo su propia cámara de su maletín negro, una vieja Leica profesional que tenía bastantes años pero nunca fallaba, según su dueño, y se empeñó en retratarla. Le pidió que mirara hacia arriba, hacia abajo, de lado, que sonriera, que no lo hiciera, que se apoyara contra una farola, que se diera media vuelta, que abrazara la farola por detrás y adelantara una pierna, hasta que Ana refunfuñó.
—¿Por qué me haces tantas fotos?, no soy una modelo.
Él le aseguró que era más guapa que ninguna modelo y le pidió a un joven que salía de una casa que les hiciera una foto a los dos juntos, sonrientes, abrazados, expectantes (con la cámara de Ana; no quería que ningún profano manoseara la suya). Ya no evitaban tocarse al caminar, al contrario; daba la impresión de que una nueva fuerza de gravedad, lateral, obligara a sus cuerpos a aproximarse y avanzar pegados. Ana no se acordaba de su dolor de cabeza. Se preguntaba cómo sería el primer beso. Aún no le había devuelto a Sasha su bufanda. Quizá sería ése el momento; ella le tendería la bufanda, él la cogería por un extremo y, como jugando, tiraría de ella… Hacía casi un año que había dejado la píldora, tendría que pedirle a Sasha que tomara precauciones, lo cual era un engorro. Hablaban de otras cosas, de naderías, pero los dos eran conscientes de lo que estaba a punto de suceder, aunque no lo mencionaran. Sentía la misma embriaguez y excitación que la noche anterior, sin haber bebido alcohol. Pensó que aún estaba a tiempo de retractarse, aducir una excusa y volver al hotel. Se iba a meter en la casa de un desconocido en una ciudad extranjera, podía ser una imprudencia. Se acordó de su padre. ¿Estaría bien? ¿Se inquietaría por ella? Él no aprobaría en absoluto esa pequeña aventura. Se sintió culpable. Lo imaginó agobiado por el trabajo y la responsabilidad mientras ella se divertía ligando con un ruso. Era casi tan frívola como Anna Karénina. Pero en unos meses se enfrentaría a las balas de los musulmanes y a las duras condiciones de vida de un hospital de guerra. Recordó con horror que el último hombre que la había besado estaba muerto y pensó que de algún modo tenía que ponerle remedio.
—Ya hemos llegado a Prechistenka —dijo Sasha.
Cuando no sonreía, el ruso tenía una expresión ausente, melancólica. Su mujer lo había dejado, su hija vivía en otro continente, quizá él mismo había experimentado esos sentimientos que había mencionado al hablar del suicidio: soledad, tristeza, desesperación… Tal vez incluso había llegado a pensar en quitarse la vida. La invadió una oleada de ternura hacia aquel hombre del que sabía muy poco, pero que le inspiraba una confianza y un cariño instintivos. Se sintió tentada de resucitar con sus caricias su comprensión y su afecto, la alegría de vivir en aquel ser desgraciado (decidió que Sasha tenía que ser desgraciado y que su afabilidad no era sino una máscara que ocultaba un corazón herido), era una idea romántica y Sasha, a diferencia de Nikola o de Dragan, parecía un ser sensible, un hombre capaz de un amor profundo y leal. Podía enamorarse de él. Quizá ya estaba enamorada. Eso supondría una complicación añadida: él vivía en Moscú, ella en Belgrado. Le enviaría cartas desde el hospital de campaña, en Bosnia. «No sabes cuánto te echo de menos. Sueño todas las noches con estar en tus brazos, pero hemos de esperar un poco más, amor, mi país me necesita. El trabajo es muy duro, he adelgazado tanto que no me reconocerías. Los turcos nos machacan día y noche con metralla, obuses y morteros, pero la sonrisa agradecida de un soldado al que acabas de salvar la vida compensa todos los…»
—¿Adónde vas? Es esta casa, aquí es donde vivo —le dijo Sasha.
Perdida en su ensoñación, no había advertido que Sasha se detenía ante un edificio. Por un arco abierto en la fachada entraron a un desangelado patio de manzana, como el de la discoteca de la noche anterior. Vio coches aparcados sobre la nieve, un árbol sin hojas de cuyas ramas retorcidas, cubiertas por la escarcha, colgaban dos bolsas de plástico de color negro, rígidas por el hielo; al fondo, un área infantil con un tobogán roto y un columpio oxidado. Se sorprendió buscando con la mirada algún bulto sospechoso, una elevación inesperada en la uniforme extensión nevada que delatara el cuerpo oculto de un mendigo. La renegrida fachada trasera de la casa, que rodeaba el patio trazando un semicírculo, se hallaba en muy mal estado, con desconchaduras, boquetes y balcones reforzados con puntales. Como si adivinara sus pensamientos, Sasha se apresuró a explicarle que, aunque no lo pareciera, era un edificio moderno; había sido construido en los años treinta de ese mismo siglo, cuando la mayoría de las casas del Arbat databan del siglo XIX. El problema era que casi todas las viviendas seguían siendo comunales; la suya, de propiedad privada, por la que pagaba un alquiler, era una excepción, una novedad de la perestroika; por eso era casi imposible adecentar la fachada, el propietario, el Ayuntamiento, no estaba dispuesto a invertir en ello y mucho menos los ocupantes. Mientras hablaba, Sasha le lanzaba de reojo miradas ansiosas, como si temiera que el deplorable aspecto del edificio pudiera inducirla a desistir de su visita y eso la conmovió.
—Estoy congelada —le dijo tirando de su brazo—, llévame a tu casa, seguiremos charlando sin morirnos de frío.
El suelo del portal estaba encharcado, el ascensor no funcionaba, la iluminación de la escalera era deficiente. Sintió aprensión. ¿Dónde me voy a meter? ¿Cómo será su apartamento? ¿Quién es este hombre al que en realidad no conozco de nada? Cada tramo de escalera suscitaba una pregunta, una inquietud nueva. Sasha ascendía tras ella; se le ocurrió que lo que había interpretado como una galantería no era sino una treta para cerrarle el paso e impedir su huida. No iba a permanecer más de cinco minutos en su casa; vería las fotos, bebería un café y se marcharía con alguna excusa. Ya casi hemos llegado, sólo queda un piso más, la alentó Sasha y el sonido de su voz, agradable y tranquila, disipó su angustia. Todo estaba bien, nada funesto le iba a suceder y tal vez sí, puede que acabara en la cama con él. ¿Cómo sería su cuerpo desnudo? Más que la gimnasia frenética del sexo, lo que deseaba en aquel momento eran caricias, que la abrazara y le diera besos lentos en la nuca, en el cuello… La puerta del piso estaba pintada de rojo, un rasgo de originalidad que reflejaba el talante artístico de su inquilino. Al abrirla, Sasha se sorprendió de que el recibidor no estuviera a oscuras.
—Qué despistado soy, me he dejado la luz encendida o puede que haya sido Ron —dijo.
Una niña rubia de unos dos o tres años, con un gorro blanco en la cabeza, desnuda salvo por una braga de biquini, acuclillada sobre la arena, un rastrillo de juguete en la mano derecha, les sacaba la lengua desde una pared blanca, enfrente de la puerta.
—Es mi hija —le dijo Sasha—. Lo primero que veo cuando llego a mi casa.
—¿Has hecho tú la foto?
Sasha asintió con la cabeza.
—Es bonita y la niña también, tienes una hija muy guapa —dijo Ana, enternecida por la idea de ese padre que colocaba en un lugar prominente un retrato de su hija, la niña adorada de la que una esposa infiel y miles de kilómetros de tierra y agua lo separaban. Iba a decir, por complacerlo, que su hija se le parecía, cuando la sorprendieron una risa de mujer y la voz de un hombre.
—Come on! Don’t laugh so much. Try again —decía el hombre.
—I am trying! I am doing my best —afirmaba entre risas la mujer.
No estaban solos. Sasha frunció el ceño y echó a andar por el pasillo con determinación, ella lo siguió. El corredor daba un quiebro a la izquierda y desembocaba en una estancia que hacía las funciones de cuarto de trabajo y salón, atestado de muebles heteróclitos, de aluvión, como los de las casas de sus amigos estudiantes en Novi Beograd: sillas desparejas, una lámpara de pie con bombilla pero sin pantalla, una mesa redonda cubierta por un hule en la que se amontonaban vasos, tazas, un cenicero lleno de colillas, un aparato de música sobre el que reconoció la funda de un viejo disco de los Rolling Stones, un televisor, un sofá desvencijado, un aparador repleto de libros, discos y cedés, peligrosamente inclinado y al fondo, en una galería que daba a un ventanal teñido de la luz rosada del crepúsculo, bajo una litografía de un cuadro de Kandinsky, un escritorio consistente en un tablero de madera sin barnizar, apoyado en dos caballetes, lleno de papeles, con un ordenador y un aparato de fax ante el que se afanaban un hombre y una mujer, que les daban la espalda y no parecían haber advertido su llegada.
—Hi, Ron. You’re home. What a surprise! —dijo Sasha, en un tono que dejaba a las claras que la sorpresa no era grata.
El hombre dio un respingo pero enseguida sonrió, se levantó de la silla y fue a su encuentro, renqueando un poco de la pierna derecha. Era mayor que Sasha. Ana conjeturó que debía ser contemporáneo de su padre y, como él, de corta estatura y rollizo, aunque ahí se acababan las similitudes.
—Good to see you, Sasha —dijo el hombre—. Al final la excursión a Zvenigorod con Nicole se ha cancelado, se le ha puesto la perra enferma y no la quiere dejar sola en casa. He venido únicamente a mandar un fax.
Tenía una expresión apurada, del que se siente culpable o ha sido cogido en falta. Ana adivinó que su amigo había prometido a Sasha que se ausentaría de la casa para dejarle el campo libre; sin duda la invitación a ver las fotos y tomar un café, que había parecido casual, era premeditada. Quizá por eso Sasha la había citado en la estación de Arbat, próxima a su apartamento. Había algo en el desconocido, su sonrisa insegura, tentativa, un poco falsa, su mirada blanda, como implorante, que le disgustaba. Sasha los presentó.
—Éste es Ron, el amigo de Toronto que comparte el piso conmigo. Ésta es Ana, una amiga andorrana.
—¡Ah, Andorra! Bonitas pistas de esquí —dijo Ron.
Ella enrojeció, Sasha disimuló la risa. Ron quiso saber si Ana vivía en Moscú o estaba sólo de visita turística; qué opinión le merecía la ciudad, si había tenido ocasión de recorrer el Kremlin… Era una situación embarazosa, el tal Ron no quería percatarse de que molestaba y haría bien en enviar su fax y largarse cuanto antes; continuaba mirándolos con su floja sonrisa y la boca abierta, como a la espera de que las palabras adecuadas atinaran a salir de ella. Ana se dio cuenta de que Sasha luchaba por contener su impaciencia; le divertía y también le halagaba que tuviera tantas ganas de quedarse a solas con ella. La mujer cuya risa habían escuchado al llegar permanecía sentada en una silla de tijera, frente al escritorio, la cabeza vuelta hacia ellos con una expresión tímida. Era joven, mucho más que Ron, con ojos claros y una media melena de un rubio oscuro. Tenía facciones agradables, que suscitaban simpatía; hubiera sido guapa de no ser por unas marcas oscuras que afeaban su rostro, huellas de alguna enfermedad o de un acné feroz. Como si de repente se hubiera acordado de ella, Ron se la presentó:
—Let me introduce you to Alma, una buena amiga. La conocí en Sarajevo. Es una periodista del Oslobodjenje. Se le ha estropeado el fax y me ha pedido si podía usar el mío, quiero decir el tuyo, Sasha —se corrigió.
Oslobodjenje, Sarajevo, Alma… Esas tres palabras le infundieron pavor. La chica musulmana (porque llamándose Alma por fuerza había de ser turca), se levantó de la silla, se alisó por detrás el faldón de la camisa, que el respaldo le había levantado, y les tendió la mano con una sonrisa.
—Nice to meet you —dijo a Sasha.
—Nice to meet you —repitió, dirigiéndose a ella.
Hubo de hacer un esfuerzo, vencer una repugnancia instintiva, para alargar su brazo y rozar apenas con los dedos la mano que se le ofrecía. Al sonreír, la bosnia dejó al descubierto su dentadura, revelando que le faltaba un incisivo superior; tenía algo de ominoso esa oquedad negra en una boca joven y bonita. Ana pensó que el acento de la chica al hablar inglés era idéntico al suyo y alguien habría de advertirlo. No quería que supieran que era serbia, no la turca periodista ni el fotógrafo canadiense, bajo ningún concepto iba a revelarles su identidad. Tenía que irse de allí, había caído en una encerrona que nunca habría podido imaginar, pero ni Sasha ni los otros dos parecían percatarse de su desasosiego.
—Ron es un auténtico reportero de guerra —le dijo Sasha—, uno de esos fotógrafos que no están contentos si las balas no silban a su alrededor y creen que sólo las fotos tomadas con riesgo de sus vidas merecen la pena. Ha cubierto la guerra de Bosnia desde el principio, hasta que una esquirla de metralla se le incrustó en el muslo derecho y lo sacaron de Sarajevo en camilla, pero ya está deseando volver, es incorregible, he’s a hopeless case.
La tez pálida del canadiense se cubrió de un rubor rosado, no se sabía si de embarazo o de satisfacción por los elogios recibidos.
—Don’t believe a word he says, no le creas —se apresuró a desmentirle—. Sasha es un exagerado, no soy ningún kamikaze, soy más bien cobarde, pero tuve la mala suerte de que una granada serbia me alcanzara en la pierna al salir del hotel Holiday Inn de Sarajevo. ¡Gajes del oficio!
Se sintió tentada de preguntarle: ¿Cómo puedes estar tan seguro de que era una granada serbia y no musulmana?, pero reprimió el impulso. Sólo pensaba en marcharse.
—I have to go —anunció—. Se ha hecho muy tarde, ya está oscureciendo, no quiero regresar al hotel de noche.
—¿Qué prisa tienes? —le preguntó Sasha—. Dijiste que tus amigos no regresarán al Ukraina hasta la hora de la cena. Yo te acompañaré en coche, no volverás sola, no sufras por eso.
—No, gracias, no quiero que te tomes ninguna molestia. De verdad, tengo que irme, es lo mejor.
—¿Lo mejor por qué? Será un placer para mí acompañarte, no trouble at all. Si te vas ahora, me pondré triste, ¿o es que no sabes cómo decirme que no quieres ver mis fotografías? —El tono de Sasha era jocoso, pero su expresión denotaba decepción y enfado.
—Si es por nosotros, ya nos vamos —intervino Ron, turbado—. La línea comunica y aún no hemos podido pasar el fax, pero… Podemos probar en otro sitio, quizá en casa de Nicole. Le pediremos que nos preste su fax, si tiene uno.
Ana se sentía el centro de todas las miradas, aunque ni Ron ni Alma la observaban; Sasha sí, con callado reproche. Claudicó.
—No os vayáis, por favor, yo…
—¿Te quedas?
—Sí, me quedaré un rato más —concedió. A Sasha se le aclaró el ceño, recuperó la alegría.
—Good girl! —dijo—, hace un calor tremendo aquí, estoy sudando desde que he llegado. Es como vivir en una sauna. No hay manera de que moderen la calefacción —se quejó.
Ana también sudaba, en Moscú la temperatura de las viviendas y locales era siempre muy elevada. Se quitó la chaqueta de lana gruesa, con dibujos geométricos, bajo la que llevaba su camisa roja de una tela que imitaba el raso, una camisa de vestir, muy elegante, que se había puesto para la cita con Sasha, cuando ni siquiera sabía si él acudiría. Alma la admiró sin reservas, dijo que era muy bonita y ella agradeció el cumplido con embarazo, era incómodo recibir una alabanza de una enemiga.
—Me la hizo mi madre —dijo—, yo le doy el patrón y ella me la confecciona igual que en la foto de la revista.
—¡Mi madre hace lo mismo! —se maravilló Alma—. Bueno, antes de… Comprábamos revistas alemanas de moda y, aunque ni ella ni yo sabíamos alemán, siempre se las apañaba para copiar el modelo que fuera. Lo hacíamos todas las mujeres de Yugoslavia. Supongo que las que vivían en Belgrado o en Zagreb no, son ciudades grandes, con muchas tiendas. No imaginaba que en la Europa occidental las mujeres también se cosieran su propia ropa. ¿Cómo has dicho que se llama tu país?
—Andorra —murmuró Ana entre dientes, medio avergonzada. Era absurdo que se esforzaran en conversar en inglés entre ellas cuando se habrían entendido mucho mejor en su propia lengua; el serbio y el bosnio apenas se diferenciaban y ella estaba acostumbrada al deje característico del habla de Sarajevo que tenía Alma, con sus consonantes blandas. Le traía recuerdos, había pasado en esa ciudad largas temporadas, en la casa familiar de Pofalići, con sus padres, su abuela, sus tíos y sus primos, esa casa que los turcos habían reducido a cenizas. Tal vez esa musulmana y ella habían coincidido alguna vez en el Hogar de la Juventud, habían bailado una junto a la otra en una de las fiestas, o habían asistido arrobadas al mismo concierto de un grupo local, suspirando ambas por una mirada especial del cantante o del guitarrista… Le caía bien esa chica, tenía mucho más en común con ella que con Sasha o aquel fotógrafo canadiense y le daba un poco de lástima que le faltara un diente o que hubiera tenido que refugiarse en Moscú, pero así son las guerras, siempre hay víctimas inocentes y también muchos serbios habían tenido que huir de Bosnia o de Croacia. Además, era una periodista de Oslobodjenje, no era tan inocente.
—Creo que me daré una ducha rápida —dijo Sasha—, me hace falta. —Y como si temiera que durante su ausencia Ana se aburriera, encargó a su amigo Ron que le mostrara sus fotos—. Ya que no quieres ver las mías. Te van a impresionar, son increíbles. Ron es fantástico, si en vez de trabajar para el Toronto Sun lo hiciera para The New York Times, ya le habrían dado el premio Pulitzer. Te sienta muy bien el color rojo —añadió, antes de desaparecer por el pasillo camino de la ducha.
El canadiense, amigo obediente, sacó una carpeta de tapas azules de una caja de embalar, que junto con otros enseres y cachivaches descansaba en el suelo de la galería. Ana y él se acomodaron en el sofá del salón, mientras Alma seguía porfiando por enviar el telefax. Ron colocó la carpeta azul sobre sus muslos y le explicó que Oslobodjenje era un periódico de Sarajevo que milagrosamente se seguía imprimiendo todos los días, pese a que los serbios habían bombardeado el edificio donde tenía su sede. Los periodistas «unos héroes, unos valientes», así los calificó, trabajaban en el sótano, donde también dormían y, con peligro de sus vidas, por las mañanas recorrían las calles de la ciudad sitiada en un viejo Volkswagen y distribuían el periódico entre cargas de artillería y disparos de francotiradores. Alma y un periodista serbio se encargaban de enviar por telefax los ejemplares que recibían desde Zagreb a la comunidad bosnia residente en Moscú, para informarles de los muertos de la jornada anterior, las casas quemadas, los pueblos ocupados por el enemigo…
—La guerra de Bosnia es terrible —dijo—. He cubierto otros conflictos bélicos, pero éste es especialmente salvaje, peor que Iraq. ¿Estás al corriente de lo que sucede allí?
Ella respondió:
—Sí, la sigo en la tele, sale en las noticias, tengo entendido que es una guerra civil entre serbios y musulmanes.
—¿Una guerra civil? ¡No es una guerra civil! —la corrigió enfadado el canadiense—. Es una agresión, los serbios quieren exterminar a los musulmanes, ellos tienen ejército y los bosniacos no. Los militares serbios disparan con sus cañones y sus tanques a civiles indefensos… Una auténtica carnicería, un genocidio. Está sucediendo en el centro de Europa, a finales del siglo XX y la comunidad occidental no hace nada por impedirlo. ¡Es una vergüenza!
El fotógrafo, muy excitado, recalcaba sus palabras golpeando con los nudillos la tapa de la carpeta azul, que protestaba emitiendo débiles crujidos. Despedía un olor acre, a sudor y a hombre, él sí que necesitaba una ducha, no Sasha. Tuvo que soportar que ese extranjero le diera una lección sobre su propio país y sobre una guerra que conocía muy bien, mejor que él. Ron le repitió todas esas mentiras que propagaban los medios occidentales: según esa versión, el ejército serbo-bosnio habría asesinado a doscientos mil musulmanes y expulsado de sus tierras y hogares a dos millones de personas; las mujeres musulmanas eran sistemáticamente violadas por los infames serbios, las mezquitas incendiadas, las aldeas arrasadas… Sarajevo, sin luz, ni agua, ni electricidad, sufría un asedio que ya duraba dos años y era bombardeada día y noche. No olvidó mencionar a los niños muertos, los ancianos, los tullidos, pero cuando le oyó afirmar que los serbios recluían a los refugiados musulmanes en campos de concentración, explotó.
—¡Eso no es verdad!
—Sí que lo es —dijo Ron—. No estuve en Omarska, no pude ir, pero he visto fotos y he hablado con Roy Gutman, el periodista del Newsday que lo destapó. Y he visto las imágenes de la CNN. Son atroces, puedes creerme, parecen sacadas de Auschwitz: prisioneros esqueléticos, al borde de la inanición, cercados por alambradas o recluidos en jaulas con barrotes, sin agua, ni comida, ni sanitarios, chapoteando en sus propios orines y excrementos o en la sangre de los heridos y los muertos. ¡Y la mayoría de los presos no eran combatientes, sino civiles que huían de los tanques serbios! En un edificio anejo llamado la Casa Blanca, los ejecutaban… En Tuzla entrevisté a un chaval de diecisiete años que pasó allí casi un año. Me contó que sus guardianes y torturadores eran sus antiguos profesores. Cuando me pidió los datos de identidad para registrarme, me dijo el chico, mi profesor fingió no saber quién era yo, no haberme visto antes. Todas las noches los serbios, borrachos, mataban a varias decenas de presos: a tiros o rociándolos con gasolina y quemándolos. Los supervivientes se ocupaban de recoger los restos y enterrarlos o dárselos de comer a los cerdos.
Le costó mucho no replicar, soportar en silencio esas falsedades, pero debía morderse la lengua, era una andorrana ignorante e ingenua. Ese bulo de los campos… El tal Roy Gutman no había visitado nunca Omarska, se inventó sus patrañas cómodamente sentado a la mesa de su habitación en un hotel de lujo de Sarajevo, le constaba. Y aquellos vídeos de la CNN que habían difundido las televisiones del mundo enterro… ¡Una fabricación made in Hollywood! Habían contratado a un puñado de anoréxicos y los habían filmado detrás de unas alambradas, olvidando aclarar que esas alambradas no cercaban nada… En cuanto a los doscientos mil muertos… ¡Qué cifra más redonda! ¿Quién los había contado? ¿Y eran todos musulmanes? ¿No había víctimas serbias o croatas? O asesinos bosniacos y croatas. Y si Sarajevo era una ciudad sitiada, ¿cómo había conseguido salir de allí esa tal Alma? Habría podido proporcionar a ese canadiense datos verídicos sobre la matanza y la destrucción que perpetraron en el barrio de Pofalići, en Sarajevo, aquellos musulmanes supuestamente indefensos, pero que tenían ejército, la Armija, y armas modernas, superiores a las de los serbios, que les suministraban esos poderes occidentales que se pretendían neutrales, pero quienes a escondidas violaban su propio embargo para favorecer a los musulmanes. Los americanos, los alemanes, los ingleses y los franceses armaban a los musulmanes y los países islámicos enviaban batallones de yihadistas a luchar en lo que ellos calificaban de Guerra Santa. Su versión no era indirecta, no procedía de un periodista americano, sino de su tío Bogdan, quien estuvo allí, padeció el acoso de los musulmanes y a punto estuvo de no poder contarlo. Los turcos quemaron medio millar de casas en Pofalići, todas las viviendas de las calles Humska y Orlovačka, entre otras la del padre de Ana. Asesinaron a 312 serbios, sus propios vecinos y conocidos, sus compañeros de escuela o trabajo, para robar sus pertenencias y apoderarse de sus casas. Los muyahidines, drogados, al grito de «¡Alahu ekber!» disparaban sin cesar sobre las columnas de refugiados serbios que huían hacia Žuč por las montañas, a través de los bosques, sin comida ni agua, durmiendo al raso… El noventa por ciento de los hogares serbios en Sarajevo había sido destruido o saqueado, pero del sufrimiento de los serbios la prensa occidental nunca se hacía eco; había un complot, una conspiración de silencio.
El canadiense abrió su carpeta y empezó a mostrarle fotos de Sarajevo. La primera le sorprendió: era de un perro. Un pastor alemán que tenía algo en la boca, un juguete o un ratón, una rata grande y pálida que, observándola mejor, resultó ser una mano. Se impresionó, aunque se hizo la reflexión de que era imposible saber si esa mano era musulmana o serbia; nadie, ni siquiera el dueño o la dueña de la extremidad amputada, podría reconocerla, sin embargo el fotógrafo daba por seguro que era una mano bosniaca, porque quería, prefería creerlo. Más fotos: un hombre corriendo con una niña en brazos; la niña estaba herida, parecía inconsciente, los brazos y el rostro ensangrentados. Otra: un bebé llorando, el rostro contraído de dolor, tumbado en una camilla, rodeado de médicos, uno de los cuales le ponía una inyección.
—Esta foto la tomé en el hospital de Koševo —le dijo Ron casi en susurros, como si temiera perturbar al bebé—. Este niño recibió el impacto de una granada. Murió pocas horas después de que lo fotografiara. —Ron suspiró, dejando caer la foto en su regazo (un suspiro dramático, pensó ella, exagerado), y luego añadió—: Casi mejor, a fin de cuentas, su madre también murió. Se hallaban en la cocina de su vivienda, el lugar más seguro o eso creían, hasta que la granada entró por la ventana y los mató a los dos; el hermano mayor, un niño de siete años, estaba en otro cuarto y se salvó. ¡Un huérfano más de Sarajevo! Durante los dos años de asedio han muerto diez mil niños… ¡Diez mil niños! ¿Te haces cargo?
Y como para remachar más la iniquidad de los serbios, asesinos de niños inocentes, el canadiense le mostró otra instantánea: una niña pequeña, también un bebé, de unos dos años, acostada en una cama de hospital, cuya pierna derecha era un muñón vendado. Miraba seria y triste, recelosa, a la cámara. Ana sintió esa mirada y el silencio indignado de Ron como un reproche, lo cual era injusto, ella no era culpable de nada. Las guerras son espantosas, mueren inocentes. Su padre siempre decía que habría que declarar una guerra a la guerra. «Si la humanidad estuviera dispuesta a seguir mi consejo y si yo fuera poderoso —decía su padre—, no permitiría que la palabra “guerra” fuera pronunciada en ninguna lengua y prohibiría todas las armas, hasta las de juguete…» Esa guerra la habían buscado los musulmanes, no los serbios, quienes no tenían otro remedio que defenderse so pena de ser aniquilados. Los medios occidentales siempre hacían lo mismo: exhibir fotos de niños muertos o malheridos para despertar la ira contra el ejército serbio. Pero esa niña cuya pierna había sido amputada tal vez era croata o serbia y quién podía saber si era bosniaca o serbia la mano que disparó la metralla que le arrancó de cuajo la pantorrilla. Esa manipulación la exasperaba. Los occidentales satanizaban a los serbios y se esforzaban en convencer a la opinión mundial de que en esa guerra todas las víctimas eran musulmanas y todos los asesinos, serbios. A medida que le mostraba las fotos, el canadiense iba exponiendo su memorial de agravios contra los serbios, a quienes atribuía el bombardeo deliberado de escuelas, hospitales, el incendio de la maternidad… Vio casi con indiferencia instantáneas de gente que corría por las calles de Sarajevo, supuestamente bajo el fuego de los francotiradores serbios, a los que aludía un letrero blanco escrito a mano y pegado a una pared que rezaba: Pazi Snajper (¡Cuidado, francotiradores!); las torres UNIS desmochadas; el Parlamento, la Biblioteca Nacional, una mezquita reducida a cascotes (eso le alegró) y muchos otros edificios derruidos, con impactos de mortero en las fachadas y lenguas de fuego enroscándose en las ventanas. Y pensó que los reporteros europeos y americanos jamás pisaban Grbavica o Ilizda, los barrios serbios, donde la gente también huía de las balas entre las ruinas de las casas y los restos humeantes de las iglesias ortodoxas. La última fotografía que le enseñó Ron era la de una muchacha que yacía en una cama de hospital. La sábana le cubría púdicamente el pecho, dejando al descubierto sus hombros, el brazo izquierdo y el cuello, su piel blanca salpicada de manchas negras que también le moteaban el rostro; señales de metralla. Tenía el pelo revuelto y sucio, la boca entreabierta y una mirada que la perturbó: ausente, sin vida, empavorecida, la expresión de quien ha visto cosas que no quería ver, del que se ha hundido hasta el fondo en el pozo oscuro del horror y guardará para siempre ese recuerdo. La cara le resultaba familiar. Una duda le asaltó. ¿Sería alguna amiga suya de Sarajevo? Ella había tenido amigas musulmanas, amigas íntimas…
—¿La reconoces? —le preguntó Ron.
—No —se apresuró a contestar—, cómo voy a reconocerla, nunca he estado en Sarajevo.
—Es Alma. Alma, dodji ovdje —dijo Ron en un bosnio infecto—, ven aquí, cuéntale a Ana cómo te hirieron.
La musulmana, que seguía luchando con el fax, sentada al escritorio, se volvió y los miró con alarma. Ron insistió. Alma terminó por levantarse y se aproximó a ellos. No quiso sentarse, permaneció de pie, como una niña que se examina con su profesor y, como a una niña, se la veía asustada, temerosa de no dar con la respuesta adecuada, la mano derecha restregando sin cesar el brazo izquierdo, en un tic nervioso que ponía nerviosa a Ana.
—Los serbios cortaron la luz, el agua y el gas a todo Sarajevo —empezó a decir con voz insegura, como si recitara una lección mal aprendida—, también el teléfono, estábamos cercados e incomunicados y… ellos siguen estándolo. Hace mucho frío en invierno en Sarajevo. Talábamos los árboles de los jardines y de los parques para hacer leña, quemábamos los libros y los muebles que no fueran imprescindibles, nos iluminábamos con velas y lámparas de aceite. Pero el agua es lo más necesario y a veces había que ir a por agua aunque la artillería serbia estuviera disparando desde las colinas o, desde algún edificio del mismo Sarajevo, los francotiradores. Una mañana de enero mi padre, mi madre y yo salimos a la calle, a buscar agua a la fuente de la fábrica de cerveza, con una carretilla y varios bidones. Había cola, siempre había cola en las fuentes y ya sólo faltaban dos turnos para que nos tocara a nosotros, cuando esos jodidos serbios, those fucking serbs —dijo—, lanzaron un obús sobre nosotros. Mi madre, que estaba a mi lado, se desintegró, ¡fum!, estalló en pedazos. Vi rodar calle abajo la cabeza de mi padre: tenía los ojos abiertos y me miraba; la seguí con la vista hasta que perdí la conciencia. Sobreviví, todavía no me lo explico, no sé por qué yo me salvé y no ellos. No pude ir a su entierro, estaba en el hospital. Permanecí en coma dos semanas. Los ojos de la cabeza cortada de mi padre… Los veo todos los días. Me pregunto si me veía, si quería decirme algo…
—Show her the scars —la interrumpió Ron con brusquedad—, enséñale las cicatrices. Mira cómo le dejaron el vientre a la pobre Alma.
La chica se desabotonó los cuatro botones inferiores de su camisa y Ana pudo ver un dibujo caótico de topos negros que resaltaban sobre la piel pálida, los agujeros indelebles de la metralla.
—También por detrás —exigió Ron—, también la espalda, muéstrasela, se la han dejado como un colador.
Pero Alma se rebeló:
—No, ya está bien, no hace falta.
Y Ana comprendió cuál era la causa de esas marcas que le desfiguraban la cara y el porqué del afán de la chica por estirarse la camisa y cubrirse la espalda cuando se enderezó para saludarlos a su llegada. La compadecía, cómo no iba a apiadarse de ella, pero le resultaba sospechoso que les contara la historia de la cabeza cortada de su padre con esa voz monótona, sin alterarse, cuando hubiera debido estar llorando, y le irritaba su expresión altiva, desafiante, esa mirada cargada de odio, de rencor, que le hacía sentirse culpable sin ningún motivo, ella no había disparado aquel obús, ni tampoco el ejército serbio, de eso estaba convencida, los soldados serbios no atacaban objetivos civiles, jamás harían fuego en una cola de gente que esperaba para comprar el pan o recoger agua, eso lo hacían sólo los muyahidines, pero cómo decirle a esa musulmana que eran los suyos, sus propios soldados, los Boinas Verdes, quienes habían matado a sus padres… No la creería y por eso, por su obstinación en el error y su odio hacia los serbios, su compasión por la chica se trocó en desconfianza, recelo, esa historia de la cabeza tronchada era demasiado truculenta, parecía sacada de la leyenda del rey Lazar. El canadiense apartó la carpeta de su regazo y la depositó en el suelo, desparramando las fotos en el proceso. Se dirigió hacia Alma y la rodeó con sus brazos, en un abrazo torpe y aparatoso que la tapó de la vista de Ana. La musulmana lloraba, ahora sí, como si hubiera comprendido que su comedia, para resultar convincente, precisaba del llanto, pero quizá era injusta con ella, tal vez no fuera comedia, o no todo, y pensó que debería mostrarle de algún modo su simpatía, era una persona aunque fuera su enemiga. Se puso en pie, indecisa, no sabía qué decir, ni qué hacer.
—It is very sad. It’s terrible. I’m really sorry, Alma —acertó a balbucir, e iba a añadir algo más cuando la voz ronca de la musulmana la paralizó.
—La única razón por la que sigo viviendo, the only reason I want to go on living —dijo Alma—, es para ver muertos a Karadžić y a Mladić. ¡Esos chetniks pagarán con sus vidas el asesinato de mis padres!
—Pagarán, tarde o temprano, y vivirás para verlo, tenlo por seguro, Alma —la animó Ron, en tono casi alegre, como el que dice: «Dejará de llover, mañana saldrá el sol, todo irá bien»—. He conseguido un vídeo de esa gente, Karadžić y Mladić. ¿Quieres verlo?
La chica musulmana, que ya no lloraba, sacudió con furia la cabeza:
—No —dijo—, no quiero ver a esos hijos de puta.
—Yo sí quiero verlos —se sorprendió a sí misma diciendo Ana.
En ese momento entró Sasha haciendo equilibrios con una bandeja: les traía café, té, galletas, azúcar y unas tazas. Se había duchado y lavado el pelo, que aún estaba húmedo. Se había puesto una camisa azul, limpia, y unos pantalones negros con pinzas. Olía a loción de afeitar. Venía silbando.
—¿Ahora vas a poner un vídeo? —increpó a Ron, quien, de rodillas frente al televisor, introducía una cinta en el reproductor—. Didn’t you say you were going? ¿No has mandado todavía ese jodido fax?
Ya no disimulaba su impaciencia; se había lavado y acicalado para follar con Ana y su estúpido amigo canadiense no quería comprenderlo, empeñado en dar al traste con sus planes. El fotógrafo se disculpó.
—Es un vídeo muy corto, dura menos de cinco minutos. Tu amiga andorrana quiere verlo. Es muy interesante, procede de un documental de la BBC, dirigido por un polaco llamado Pawlikowski, quien se las apañó para que esos locos de la Republika Srpska le dejaran filmarlos.
Sasha, refunfuñando, se dejó caer en el suelo, a los pies de Ana y encendió un cigarrillo.
—OK —dijo—, cinco minutos y te vas.
En la pantalla, tres hombres sentados a una mesa examinaban un mapa. Uno de ellos, el del medio, trazaba círculos negros con un rotulador sobre el plano.
—Hemos de demostrar a la opinión internacional que no estamos asediando Sarajevo, sino defendiendo nuestro territorio —explicaba con una voz grave y perezosa, que se arrastraba—. Este mapa muestra con claridad que Sarajevo ha sido construida sobre territorio serbio. Sólo discutiremos las áreas donde las poblaciones se solapan, como en los valles del Neretva y del Sava.
—Éste es Karadžić, el presidente de la Republika Srpska —les informó Ron—, y el tío con cara de bestia que está a su izquierda es el general Mladić.
El general Mladić, un hombre de cara ancha y redonda, la expresión torva, interrumpió a su presidente:
—No, el Sava no se discutirá.
—Pero podrían decirnos…
—Pueden decir lo que quieran, pero es nuestro.
—En tal caso, quizá podríamos hacer alguna concesión en el área de Kupres… —sugirió Karadžić en tono humilde, casi obsequioso.
—No podemos —sentenció Mladić, implacable.
—Está claro quién manda en la Republika Srpska —dijo Sasha—: fucking general Mladić. What a bastard!
—Es un sádico, un psicópata, un megalómano… Dice: «¡Cuando yo hablo es como si hablara Dios!» Y es un cobarde. Se dedica a matar civiles, ancianos, mujeres y niños desde lo alto de las colinas que rodean Sarajevo, con toda impunidad. Tengo unas grabaciones que ponen los pelos de punta… Son conversaciones suyas con subordinados, interceptadas por servicios de inteligencia extranjeros o por los bosniacos. Os las voy a poner.
Sasha protestó.
—Has dicho cinco minutos. ¡Ya han pasado!
Pero el canadiense era obstinado.
—Sólo dos minutos más, please. Y a tu amiga le interesa —afirmó, sin preguntarle a ella, a quien molestaba todo: el humo del cigarrillo de Sasha, que le escocía en los ojos, su proximidad, ahora indeseada, esos comentarios mordaces y peyorativos, tan injustos, sobre personas que apreciaba. Se sentía enjaulada. Sasha empezó a rezongar por lo bajo y Ron le ordenó silencio con una mano, mientras con la otra oprimía un botón del mando, acelerando la cinta. Cuando localizó lo que buscaba, la detuvo:
Era de noche. En la pantalla oscura unos puntos de luz rojos, amarillos y naranjas ascendían a una velocidad vertiginosa sobre Sarajevo y caían sobre la ciudad con una explosión festiva, de fuegos artificiales, ¡fffsss!, ¡BOOM! Los morteros, las granadas o lo que fuere impactaban en los edificios con gran estruendo de cristales y conjuraban llamas, bolas de fuego que iluminaban súbitamente la pantalla, reproduciendo en la superficie de la ciudad la espectacular pirotecnia que tenía lugar en el firmamento.
—Soy el general Mladić —decía una voz—. No te asustes. ¿Tú quién eres?
—Soy Vukašinović.
—Haz fuego sobre la Presidencia y el Parlamento, fuego directo, a intervalos, hasta que yo te diga que pares. ¡Fuego!
—Entendido.
—Dispara sobre los barrios de Velešići y también Pofalići. Casi no quedan serbios allí. Dale al fuego de artillería. No les dejes dormir. ¡Vamos a volverlos locos!
La conversación transcurría en serbio; en la pantalla, unos subtítulos la vertían al inglés. La traducción no era mala.
Ahora la escena era diurna y el fuego de la artillería, menos vistoso, incoloro, pero se advertía mejor su efecto destructivo. ¡PUM!, saltaba un coche por los aires. ¡PLAF!, se abría un boquete en la fachada de un edificio, del que salía mucho humo. Los ciudadanos corrían, amedrentados, cruzaban las calles a la carrera para refugiarse bajo el alero de una casa o en un portal.
—Corren como hormigas… —observaba un soldado.
—Como hormigas… —repetía Mladić, regocijado—. Que trabajen los francotiradores —ordenó a continuación, con voz de mando.
—Van a estar disparando toda la tarde.
—Eso. Que trabajen. Directo a la carne. ¡Que apunten sólo a la carne!
—Enough! Ya está bien —dijo Ana, levantándose—. Me voy.
Sasha no entendía su reacción.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones así?
Ron, contrito, atribulado, consciente de haber irritado al posible ligue de su amigo, el cual nunca se lo perdonaría, se apresuró a apagar el televisor y a anunciar su marcha, lo que demoró la de Ana. Quería irse pero no con ese periodista de la CIA, ni con su amiga turca. Los odiaba. Cuando Sasha regresó al salón, tras despedirles, la encontró recogiendo sus cosas.
—¿Por qué te quieres ir? ¡Ahora que por fin nos hemos librado de ellos! Este Ron es un patoso, no sabe cuándo está de más, he’s tactless.
—He’s a liar —dijo Ana—. Todo eso que ha explicado de Sarajevo, de la guerra de Bosnia, esas… ¡esas fotos!, la cabeza cortada… ¡todo es mentira!
Él la miraba atónito. No entendía nada.
—No soy andorrana. Soy serbia.
Y Sasha entendió, o pareció entender. Le dijo que ya sabía que no era andorrana. La noche anterior, en la discoteca, la oyó hablar en una lengua eslava con el amigo que la recogió y con quien se fue al hotel, un tipo enorme.
—Supuse que serías búlgara o croata —se disculpó—. Serbia no, creí que a los serbios no os dejaban viajar.
Ella tuvo que admitir esa humillación; los aviones serbios no podían volar por orden de la comunidad occidental. Para viajar a Moscú habían tenido que desplazarse a Budapest en coche. Regresaría siguiendo el mismo itinerario: vuelo a Budapest, desplazamiento por carretera hasta Belgrado. Repuesto de la sorpresa, Sasha intentó calmarla.
—Comprendo que Ron te haya incomodado —le dijo—, él detesta a los serbios, tiene muchos amigos musulmanes en Sarajevo, creo que hasta una novia… Y está obsesionado con esa guerra, no habla de otra cosa, es un pesado, he’s a fucking bore. Yo no tengo nada contra los serbios, al contrario, y siempre le digo a Ron que no hay que confundir a los ciudadanos con sus gobiernos. Los serbios no tienen ninguna culpa, tú no tienes ninguna culpa de las barbaridades que cometen esos psicópatas de Karadžić y Mladić…
—¡El general Ratko Mladić no es ningún psicópata! Es un héroe, un gran héroe serbio. Y la voz de esas grabaciones no es suya.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque es mi padre.
Sasha se resistía a creerla.
—Primero me dices que eres andorrana y ahora pretendes ser la hija del general Mladić.
Pero no le mentía en eso, su nombre completo era Ana Mladić; en cuanto a lo demás… era la voz de su padre.