La hija del Este

Clara Usón · Capítulo 4 de 17

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La hija del Este

4. Galería de héroes: El cráneo milagroso

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GALERÍA DE HÉROES: EL CRÁNEO MILAGROSO

 

Es costumbre de los santos hacer milagros después de muertos y Lazar, ¡qué duda cabe!, fue un gran santo. Cuando los turcos lo degollaron en el Campo de los Mirlos, ningún serbio vio rodar su egregia cabeza sobre la hierba sucia, salpicada de lanzas rotas y cuerpos ensangrentados, pero sí presenció la triste escena un niño turco, esclavo, hijo de madre serbia, también esclava. El chico pidió a los turcos compasión para el busto del noble soberano; sería un pecado permitir que se pudriera a la intemperie, picoteado por águilas y cuervos, pisoteado por héroes y caballos. A hurtadillas de sus amos, recogió del suelo la ilustre testa, la metió en un saco y la escondió en el lecho de un manantial, mientras el cuerpo al que pertenecía quedó tendido, anónimo, donde había caído.

Pasaron cuarenta años. Un grupo de jóvenes carreteros, que transportaban siervos búlgaros y griegos desde Vidin a Niš, hicieron noche en Kosovo. Acamparon en la llanura y encendieron una hoguera. Tras una cena abundante se les despertó la sed. Fueron en busca del manantial a la luz de una tea. Al aproximarse, un carretero admiró el reflejo plateado de la luna bailando en el agua. Pero era noche de luna nueva, observó uno de sus compañeros. El tercero calló y, volviendo el rostro al este, invocó a Dios, el único y verdadero; se adentró en el agua negra del manantial, sumergió su brazo derecho hasta el hombro y elevó al aire tranquilo la sagrada calavera del rey Lazar, zar de todos los serbios. La depositó sobre la verde hierba de la ribera y se aplicó a llenar una jarra de agua para sus compañeros. Al ir a recoger el cráneo, no lo halló donde lo había dejado. Con asombro observó cómo se alejaba rodando por la llanura, llevado de su propio impulso, en dirección al cuerpo mutilado del que formaba parte, fundiéndose con él, recomponiéndolo. La noticia del milagro se propagó con la rapidez del fuego. Pronto llegaron a Kosovo centenares de popes, patriarcas y venerables obispos cristianos, procedentes de lugares tan lejanos como Constantinopla o Jerusalén. Durante tres días con sus tres noches los santos varones rezaron junto al divino cadáver y lo velaron, sin comer, sin beber, sin descansar ni dormir un instante. A su término, inquirieron del santo a qué monasterio, iglesia o lugar sagrado deseaba que fueran conducidos sus restos, para darles cristiana sepultura y reposo eterno. El rey Lazar desdeñó los grandes y antiguos monasterios que le ofrecieron; no quiso ir a Opovo, ni a Krušedol, ni a Jazak o Bešenovo; en su lugar escogió la iglesia de Ravanica, en las faldas del monte Kučaj, que él mismo había mandado construir y sufragado de su propio peculio, no con el sudor de sus desdichados súbditos.

Eso dice la tradición oral que recrean los guslar y la poesía épica, pero los historiadores discrepan. Según ellos, el cuerpo de Lazar fue devuelto a la reina Milica por príncipes serbios, vasallos de los turcos, y enterrado en Priština. En 1401 la zarina trasladó los restos al monasterio de Ravanica. El esqueleto fue amortajado con la capa de armiño, adornada de fieros leones rampantes, que supuestamente vistió el zar en la batalla y envuelto en un sudario de seda roja, que llevaba bordada en oro la célebre oración de la monja Jefimija: «No olvides a tus queridos hijos, que tanto precisan de tu ayuda, ¡oh mártir!» En 1690 los despojos de Lazar volvieron al camino, custodiados por los monjes de su monasterio que, liderados por el patriarca Arsenije, huían de los turcos. Lazar recaló en Szaentendre, cerca de Buda, hasta 1697, en que fue trasladado a un monasterio en Srem, donde descansó varios siglos. En 1942 las santas reliquias fueron profanadas por ustachas croatas, que sustrajeron los anillos de oro de los dedos del soberano. A ruego de los ofendidos serbios, los ocupantes alemanes permitieron el traslado de los restos a Belgrado, donde permanecieron los siguientes treinta años. En 1987, en preparación de la efeméride del sexto centenario de la batalla de Kosovo, los huesos de Lazar salieron de gira: hicieron parada en todos y cada uno de los monasterios de Serbia y de Bosnia, donde fueron objeto de la veneración de los peregrinos. Veinte años después, el ciclo se ha completado y el asendereado esqueleto vuelve a descansar en Ravanica. Los domingos abren el ataúd y los venerables despojos son expuestos al público, envueltos en un sudario nuevo, bordado en rojo y oro, que sólo deja ver las manos secas, oscuras y apergaminadas como garras. Recubre el féretro una gran bandera serbia, réplica exacta, aseguran, de la que portaba el héroe Boško Jugović el día de la batalla.

Pero los fastidiosos historiadores ponen en duda la existencia de Boško Jugović y sostienen que Vuk Branković nunca traicionó a nadie. Sobre Lazar, afirman que no fue un santo, ni un zar, sino un mero reyezuelo. Cuestionan incluso el resultado de la batalla: no está claro que los serbios fueran vencidos (aunque nadie niega la muerte de Lazar y Murat en Kosovo); al parecer, las primeras noticias que se difundieron tras la contienda fueron de una apretada victoria serbia que, con el paso del tiempo, se convirtió en derrota. La culpa de esa distorsión de la historia se la atribuyen a Milica, la zarina viuda, quien no habría sido la damisela indefensa y tímida que retratan los poetas, sino una mujer de armas tomar, que defendió con uñas y dientes su parcela de poder frente a los caudillos rivales, en interés de su hijo y heredero, Stefan. Con gran astucia, puso a trabajar a bardos y poetas para que construyeran una leyenda épica en torno al difunto Lazar y de ese modo dar realce y legitimidad a las pretensiones de su primogénito, brote nuevo del tronco centenario, continuador de la noble estirpe. A su debido tiempo, Stefan fue rey, o déspota, pero vasallo del sultán turco y, como tal, ofreció sus tropas a Bajazit, el nuevo sultán, el cual, para evitar disputas sucesorias, tras la muerte de su padre Murat había asesinado a su propio hermano y una de cuyas esposas era hermana de Stefan. Ésa fue la ironía: al padre la leyenda lo glorificó por sacrificar la vida luchando contra el turco; el hijo mata cruzados para ganarse el favor de su señor musulmán y cuñado. Pero esta parte de la historia no interesa al mito. La debilidad de la historia es que es voluble y poco fiable, sujeta al vaivén de las ideologías y las modas: ¿por qué, si no, cambian tanto las versiones de los hechos de un siglo a otro? El mito tiene una fuerza lírica y una belleza estética de la que la historia carece. El mito rectifica la historia, es como si dijera: puede que las cosas no sucedieran de este modo, pero así es como debieran haber sido, como queremos recordarlas, y una derrota heroica es más digna de memoria que una victoria dudosa. El mito es por definición trágico (o eso dijo Aristóteles) y toda tragedia que se precie requiere un traidor, un héroe y una doncella inocente.

Setecientos años después, el pueblo serbio continúa celebrando la festividad de Vidovdan cada 28 de junio, día de san Vito, en conmemoración de esa antigua batalla que, para ellos, marcó el final de una época dorada de independencia y prosperidad y el inicio de una larga y penosa servidumbre al enemigo musulmán, que duró cinco siglos. Lo dejó escrito el gran poeta montenegrino, príncipe y arzobispo, Petar Petrović Njegoš:

Antes el mar se volverá agua dulce

que serbios y turcos vivirán en paz.

Libraremos una batalla sin final

sucederá lo que nunca debería suceder

Crecerán flores sobre las tumbas

para las generaciones futuras…