La mejor voluntad

Jane Smiley · Capítulo 1 de 5

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La mejor voluntad

Agosto

 

Durante la primera parte de la entrevista, sentados en el porche que asoma

al valle, me empeño sobre todo en la exactitud: 343,67 dólares. Ella se

queda impresionada, cosa que me complace, que me deja impresionado

conmigo mismo y, al momento, avergonzado, así que le digo:

–Y setenta y cuatro centavos me los encontré, o sea que en realidad gané

solo 342,93 dólares. Supongo que debe de haber algún centavo más por ahí,

en un bolsillo o algo.

Ella toma nota con una especie de afectada floritura del bolígrafo –un

Bic «round stic», diez unidades por noventa y nueve centavos, impuestos

aparte, si los compras al principio del curso escolar–, y percibo una pausa

momentánea mientras hace inventario de todas las cosas que no podría tener

si sus ingresos del último año fuesen, como los míos, de 343,67 dólares. Al

otro lado del valle, en el paisaje que forman las casas desperdigadas de

Moreton frente a la cara oeste de Snowy Top, la calima de agosto despeja de

golpe, y al cabo de un minuto noto una fuerte brisa del suroeste. Lluvia a

media tarde.

Al resto de personas que aparecen en el libro –conservadores de

semillas, un fanático de los árboles frutales, un especialista en cajoneras de

cultivo, un tipo que está hibridando maíz para recuperar variedades

prehistóricas– las va a incluir por sus innovaciones en agricultura. A mí no

creo que me hubiese escogido si tuviese un trabajo aparte, o si Liz, mi

mujer, tuviese trabajo. No vamos nada por delante de los del Instituto

Rodale, y ella, es decir, Tina, la entrevistadora, adivinará mis métodos con

solo mirar los bancales. Pero el dinero. Eso la deja descolocada. Le digo:

–Antes de que naciera Tommy, nuestros ingresos solían rondar los ciento

cincuenta dólares al año. Pero es imposible criar a un niño con ciento

cincuenta dólares al año.

A un niño le gusta tener material escolar bonito, por ejemplo. En

septiembre, cuento con ir al Kmart y gastarme seis dólares o así en material

escolar. A Tommy le gusta la excursión. Se piensa muy bien lo que escoge.

Los huertos están dispuestos en torno a la casa dibujando una herradura

gigantesca: cinco parcelas, cuarenta y cinco bancales distintos, unos

impolutos, otros descuidados, todos productivos. No hay nada de lo que

alardear delante de ella; es una experta en lo suyo y, además, en esta época

del año todo el mundo pasa por un agricultor formidable. Las plantas están

frondosas y van cargadas de fruta, aunque nada del otro mundo. Ella palpa

las hojas, escarba algo de tierra por debajo del mantillo, busca plagas.

Alguna hay, no muchas. Yo recurro a la asociación de cultivos, la rotación,

la higiene del huerto. Y funciona, pero no me pregunta nada al respecto. Su

elogio está ahí, en la sensualidad y el placer de sus gestos, en la forma en

que se demora junto a cada bancal.

Mejor así. No me ha gustado que la conversación estuviese tan centrada

en el dinero. El dinero es justamente en lo que no nos centramos Liz y yo,

por eso ganamos tan poco. En cuanto sale el tema del dinero, me doy

cuenta, la conversación coge un tono sociológico, luego político y luego

moral. Yo prefiero hablar de comida, o de nadar, o de cazar pavos, o de

ebanistería. La cosa sería conseguir que Liz dijera: «Ah, Bob sabe hacer de

todo», con ese tono objetivo que tiene ella, más informativo que fanfarrón,

pero a Liz le irrita todo este proceso de la entrevista, por la luz que arroja

sobre nuestras vidas y por cómo nos convierte en personajes. Yo le prometí

que Tina no le haría ninguna pregunta y que Tommy y ella no tendrían que

salir en ninguna fotografía.

La verdad es que a mí no me disgusta este retrato inu sual de la familia

Miller: Robert, Elizabeth y Thomas, en su finca, pequeña pero

sorprendentemente productiva, a las afueras de Moreton, Pensilvania. La

verdad es que años atrás, cuando compré las tierras y me puse a construir

esos compostadores enormes detrás del gallinero, solía imaginar que pasaba

por allí alguna periodista justo igual que Tina, mostrando ese mismo grado

de dignidad, respetabilidad y documentado interés. Solía planificar cómo la

guiaría por los bancales, por entonces aún sin ro- turar; cómo le enseñaría la

casa, por entonces aún sin construir; cómo le haría sentarse en las sillas, le

pondría de comer en la mesa, le daría conversación en el porche; y, a base

de imaginármela, vi todos los detalles que podrían gustarle. Me imaginaba

que le decía, como dije en la entrevista, que la visión era la clave: en cuanto

sabía qué era específi camente lo que quería, o lo construía o lo sacaba de

alguna parte. Y aquí está, pese a que dejé de buscarla hace mucho, justo a tiempo, reaccionando como estaba destinada a reaccionar. El placer que

encuentro en esto es un placer privado, no uno que Liz quisiera compartir,

pero tampoco uno al que yo esté dispuesto a renunciar.

Es cierto que anticipé incluso que se centraría en el dinero. Era en lo que

estaba centrado yo mismo entonces, que había comprado este terreno

enorme en una subasta de bienes por solo tres mil trescientos dólares, lo que

salía a unos ciento cincuenta dólares la hectárea, como si todas las hectáreas

fuesen intercambiables. El negocio era una ganga, un buen augurio que

venía a suplir mi falta de conocimiento. Ahora la tierra tiene una

personalidad, no un valor en dólares, y cada hectárea es solo más o menos

útil o bonita o lista para mejora. El dinero me incomoda. No tendría que

haber sido tan preciso. Tendría que haber dicho: «Algo sacamos. Lo

suficiente. No sé cuánto». Pero eso sería falsa modestia, también, porque sí

que sé cuánto, porque sí que pago el impuesto de contribución y compro

material escolar y el bono anual del autobús del colegio de Tommy. Tina se

levanta y contempla el valle a sus pies, y luego respira hondo. Cuando nos

disponemos a regresar a mi taller, dice:

–Este sitio es el paraíso, ¿verdad?

En la granja de mi abuelo en Ohio, el taller estaba más ordenado que la

cocina, las herramientas más relucientes que la cubertería. Para mí, todavía

hoy, mi taller está al margen de todo lo demás. Intentamos fomentar hábitos

ordenados, pero no me importa el vaivén de libros de texto, trabajos,

prendas de vestir o juguetes por toda la casa. Las pilas se acumulan y se

despachan. Aquí no se acumula nada. Cuando no estoy trabajando, parece

una sala de museo: galerías de estantes estrechos con garlopas, cinceles,

cuchillos, sierras, limas, martillos, mazos, reglas, gubias, papel de lija. La

luz entra a raudales por el tragaluz y por la ventana que hay sobre el banco

de trabajo. Todos los espacios están cuidadosamente etiquetados,

identificando la herramienta que se aloja en él, reclamando cualquiera que

falte. El suelo está barrido (Liz hizo la escoba un año, no le gustaba en casa

y la mandó para acá). En cierto modo, este taller es dinero, porque contiene

herramientas que son un tesoro irreemplazable, aunque al margen del papel

de lija, cada uno de esos objetos me ha llegado como un regalo, una

herencia o un desecho. Las garlopas, por ejemplo, con sus sólidos mangos

de haya y sus cuchillas de acero azul, habían quedado desplazadas por las

sierras de mesa y las fresadoras, y los subastadores de granjas en venta acostumbraban a darme las gracias por llevármelas a brazos llenos. Les di

un acabado a los mangos y afiancé las hojas. Ahora me cuentan que la gente

saquea las tiendas de antigüedades en busca de garlopas viejas para darles a

sus salones ese aire «campestre». Yo no me podría permitir reemplazarlas.

Tina lanza un vistazo alrededor educa damente y dice: «Precioso», antes de

volver afuera a seguir contemplando los huertos. Cuando la sigo, me

comenta:

–La mejor germinación que he conseguido nunca con la zanahoria fue

del cincuenta por ciento, y eso una vez que le hice una muesca a cada

semilla con una lima.

Yo carraspeo. Las semillas de zanahoria vienen a ser del tamaño de un

grano de arena de playa.

Liz hace señas desde el porche. La comida está lista. Aunque desaprueba

la entrevista, quiere quedar bien con la visita. Me ha preguntado todos los

días por el menú, si debería preparar la hogaza con harina integral o harina

blanca (nuestro mayor gasto después del impuesto de contribución), si creo

que habrá algún melón maduro, qué probabilidades hay de que a Tina le

disguste la comida silvestre –verdolaga, moras, angélica– que nosotros

comemos y disfrutamos por costumbre. Yo, por mi parte, llevaba tiempo

queriendo impresionar. «Hice ese chifonier con un nogal negro que talamos

Liz y yo, nosotros solos. Encontré el eje y las ruedas para esa carretilla en la

chatarrería. La caja la construí yo mismo. Hemos pescado esta trucha esta

mañana. Abandonamos el cultivo en hileras antes de que saliera ningún

libro hablando del tema». Mi voz fanfarrona me siguió de labor en labor

durante días. Esta tarea que me he encomendado, la tarea de transmitir los

placeres de nuestra vida en este valle, es imposible de llevar a cabo, aunque

tenga ante mí unos oídos que ansían saber de ellos.

Comenzaría por el peso y la fragancia algodonosa de las almazuelas que

habíamos confeccionado: una con diseño «corro de manos» sobre la cama,

otra grande «cabaña de madera» con los colores del arcoíris sobre fondo

negro colgada en la pared. Habíamos hecho doce almazuelas en dieciséis

años, una la habíamos desgastado por completo, a otra le habíamos dejado

un agujero por una quemadura. En invierno usamos dos o tres sobre la cama

para calentarnos, y lo primero que veo por las mañanas, a la luz blanca de

nuestro dormitorio de paredes encaladas, es el batiburrillo de colores que se

desparrama a mi alrededor. Luego, bajo los pies, noto el tacto de los tablones pulidos. Las ventanas, sin cortinas ni persianas, de un gris apagado

por la niebla matutina. Todo esto es para mí familiar y acogedor.

O tal vez podría comenzar por algo aún más incomunicable, como sería

la rigidez de los músculos ejercitados el día antes y que vuelvo a sentir al

momento de despertar. Creo que mi conciencia debe de espabilar antes que

mis sentidos, porque hay siempre, siempre, un momento libre de dolor, y

luego este entra en tromba. Me gusta el dolor. Me recuerda lo que hice ayer,

me da idea de lo que podría hacer hoy, incluso de cómo podría hacerlo. Las

labores del campo no tienen por qué ser matadoras. Pueden ser tan

aeróbicamente sanas y tan beneficiosamente agotadoras como cualquier

otro ejercicio. Liz dice que lo de «palear como deporte» es mi obsesión

particular, pero hay otro placer matutino, y es la forma en que, soñolienta y

admirada, rastrilla con la yema de los dedos mis pectorales y abdominales.

También está el cuarto de Tommy, cuando paso por delante de la puerta

nada más levantarme y él está todavía profundamente dormido. Parece

flotar en la cama, bajo la colcha, una almazuela «valla de tren» verde,

naranja y amarilla. En los estantes que he construido están los juguetes que

le hecho. Duerme con una camisa que Liz le cosió (yo tejí la tela), sobre

una funda que rellenamos de paja entre los tres. En la otra punta de ese

cuarto que conoce desde que nació está la cuna con balancín que copié, en

nogal autóctono, de un libro que saqué de la biblioteca. El cabecero y el

piecero llevan un grabado en espiral, imitando un tramo de cuerda, que se

repite también en los cuatro listones que sostienen la cuna. La zalea que

cubre el colchón la hizo Liz y salió de uno de nuestros corderos. Las mantas

de bebé se tejieron con la lana que hilamos de otros. La madre de Liz me

enseñó a hacer ganchillo, y mientras yo hacía ganchillo, Liz hacía punto.

Cuando contemplo la habitación de mi hijo, mi satisfacción viene de saber

que he puesto aquí todo mi ser: no solo las manos y el cerebro, sino mi

simiente, y no solo mi simiente, sino las manos y el cerebro también. Si de

verdad estuviese flotando, la cama chocaría contra la ventana, y Tommy

vería ahí abajo los frutales que planté, chocaría después con los estantes que

fabriqué, de los que podría agarrar las peonzas y coches y bloques y

herramientas y muñecos que le he hecho; es un mar delicioso, a mí me lo

parece, diminuto, enclavado, acogedor, todo suyo y solo suyo.

La comida no tiene una pinta demasiado rara: una bandeja de tomate en

rodajas y pimiento verde, un par de truchas, patatas cocidas, hojas de remolacha, moras. Tommy sigue a su madre arriba y abajo, de los fogones a

la mesa, de un modo que me resulta irritante, así que le digo: «Hijo,

¡siéntate ya!». Se tensa, sonríe, se sienta. Es un buen chico. Tina se sienta a

su lado y él le ofrece la jarra de agua fresca de manantial, como es debido.

Ella echa un vistazo alrededor.

No lo puedo evitar. Me recuesto en la silla y le digo:

–¿Sabes?, es sorprendente todo lo que he ido consiguiendo gratis a lo

largo de los años. Tenemos cañas de pescar, ponis y bicicletas, una canoa,

herramientas para dar y tomar, ovejas, dos cabras, montones de gallinas.

Probamos con un par de pavos hace unos años, y con una vaca, pero daba

demasiada leche. Esta casa tiene ventanas de guillotina, manijas de latón

decoradas, una puerta de entrada con un gran óvalo nacarado de cristal

grabado. Un anciano de State College me dio esa cocina. Es de los años 20.

Se la encontró en el establo de su casa. Me la trajo un tipo de Moreton que

conozco, a cambio de tres corderos. Cocina nuestra comida y calienta la

casa entera. Me pasé los primeros años aquí conociendo a la gente y

ofreciéndoles cosas, y luego pidiéndoles las que fuesen a tirar. Ahora,

cuando alguien a kilómetros a la redonda se quiere deshacer de algo, me

manda una tarjeta postal. El correo entrante es gratuito. De vez en cuando

me da un arranque y me gasto un par de dólares en postales prefranqueadas

para respuestas. –Sonrío–. No es nada comparado con tener que gorronear

en Vietnam, cosa que también hice.

Empezamos a servirnos la comida.

–¿Cómo os las arregláis con los desplazamientos? –pregunta Tina.

Tiene un carácter afable. Y era yo quien quería esto, así que no acabo de

entender por qué me pone de los nervios.

–Nos organizamos.

A Liz no le gusta mi brusquedad. Sonríe y dice:

–Quiere decir que lo planeamos con tiempo. De todos modos, la mayor

parte de los días nadie va a ninguna parte, excepto Tommy, que va al

colegio en el autobús.

–Si me sale algún trabajo, o voy a vender algo, el trato incluye que

vengan aquí a recogerme o lo que sea. Además, estamos solo a cinco

kilómetros del pueblo. Podemos ir caminando, o con los esquíes. Tommy

puede ir en poni.

Los tomates están deliciosos, dulces, firmes y jugosos. No planto nunca

híbridos, solo variedades antiguas: Rutgers, Marglobe o Roma. Me guardo

las semillas de las mejores plantas y los mejores frutos, que selecciono

según consistencia y sabor. Funciona.

–El caso es que ir a alguna parte debería ser algo que uno planea, no

algo que uno hace mecánicamente.

–¿Podríais vivir así más hacia las montañas?

–¿Te refieres en un sitio más frío, más rocoso, y donde es más difícil

moverse?

–Sí.

–Lo que quieres decir en el fondo es, puestos a llevarlo al extremo, ¿por

qué no más al extremo, lo más extremo posible? ¿Por qué no a Alaska o a la

Australia profunda?

–No quería decir eso, pero ¿por qué no?

–¿Por qué no vivir realmente de lo que te dé la tierra? Comer larvas y

hormigas y pescar peces con un palo afilado.

–Venga, Bob –dice Liz, y se vuelve hacia Tina–. Lo estuvimos valorando

hace unos cinco años. Bob no dejaba de mirar folletos de terrenos en

Montana y en la Columbia Británica.

–Ni siquiera llegamos a mandar las tarjetas de respuesta comercial.

Estaba de broma entonces y lo estoy ahora. Mis intenciones no son

extremas, ni políticas. Mi objetivo no era coger el camino más difícil y

demostrar que podía hacerlo. Mi objetivo era el mismo que el de todo el

mundo. Prosperar. Y uno no prospera en un terreno rocoso y escarpado. Es

más caro vivir en una ciudad o lejos de una ciudad, y más barato vivir en las

afueras. Nosotros somos autosuficientes, no huraños ni anacoretas.

Tommy saborea todo lo que hay en su plato, sin preferir lo dulce a lo

salado, lo cocinado a lo fresco, lo doméstico a lo silvestre. Es un comedor

modélico, engulliría larvas, hormigas y raíces si se las pusieran en la mesa.

¿Ve Tina lo milagroso que es este niño, lo entusiasta, lo abierto y dispuesto

a dejarse guiar? Antes de que naciera, yo imaginaba un programa de crianza

que consistiría pu ramente en dar ejemplo. Yo iría haciendo mis cosas y él

me acompañaría, asumiendo progresivamente la responsabilidad de las

tareas para las que fuese lo bastante listo y fuerte. Tendríamos muchas

conversaciones instructivas, pensaba: yo le enseñaría diferentes técnicas y

él me haría preguntas inteligentes. La realidad ha resultado ser aún mejor. Me sigue con todo el entusiasmo que uno podría desear, pero de hablar se

encarga él. Pregunta mucho, pero gran parte son también observaciones,

comentarios, historietas, trocitos de canciones que se le pasan por la cabeza.

Hay una categoría amplísima de sonidos sueltos que escapan de sus labios,

desde gruñidos a siseos y gritos que espero que tenga el sentido común de

contener cuando está en el colegio pero que a mí me gustan por su cualidad

animal, por su manera de afirmar: «Este organismo está vivo».

Lo que no equivale a decir que baste con dar ejemplo. Considero que

Tommy tiene mucha necesidad de que lo moldeen y lo guíen, pero esa es

otra de las tareas que planificamos Liz y yo.

Después de comer, tenemos una rutina de trabajo –meter a los animales

en el establo para que no les dé el sol, revisar los cubos de agua, recoger los

huevos– en la que creo que Tina debería acompañarme, pero cuando nos

volvemos a sentar, Liz toma la palabra y dice:

–Tina y yo recogeremos esto. ¿Por qué no volvéis dentro de una hora

Tommy y tú, y nos damos un baño?

Teniendo en cuenta que, cuando le pregunté hace un par de semanas qué

pensaba de la entrevista, me dijo que antes preferiría perseguir cerdos en

mitad de una nevada, estoy algo sorprendido. Pero es un alivio. Tommy sale

corriendo delante de mí, porque sabe que después de las tareas puede

montar en poni media hora antes del descanso. Él no repara en el paisaje,

pero yo sí; cada vez que las puertas mosquiteras se cierran a mi espalda, me

detengo y contemplo el prado a mis pies hasta Moreton, Snowy Top y los

pliegues oscuros y borrosos de las montañas más allá. Mis tierras tienen un

trazado bastante engañoso: la parte más pequeña es campo abierto, el suelo

del valle, pero todas estas hectáreas se ven desde la casa, y son todas terreno

llano. El desnivel de la pendiente desde el pie del valle hasta la casa es de

solo tres grados, que no es lo habitual por estos lares. Siempre ha habido

una granja en este emplazamiento, y el establo sigue en pie, pese a que la

casa original ardió en 1904: una gran casa, y también un gran incendio, que

el cuerpo voluntario de bomberos vio desde el pueblo sin poder llegar a él,

porque devoró más de kilómetro y medio de carretera. Uno de los niños

salió envuelto en llamas de la casa, pero lo hicieron rodar por la nieve y le

salvaron la vida. La noticia ocupó la mitad de la portada del Record de

Moreton. La familia se mudó con unos parientes del pueblo y sus

descendientes siguieron llevando la granja desde allí: mantuvieron las tierras como pastura durante setenta años y dejaban a las ove jas, las

vaquillas y los caballos sueltos por ahí. Cuando la compré, el suelo estaba

tan fertilizado que lo único que tuve que hacer el primer año fue voltear la

capa de hierba y roturar los bancales. El resto de anexos a la casa también

estaban en bastante buenas condiciones: el taller del cobertizo junto al

establo, una bodega de raíces bien ventilada a tres metros de los cimientos

de la antigua casa (cuando rasqué la suciedad y el barro seco de la puerta

vieja, descubrí la superficie negra y chamuscada por el fuego, pero dentro,

en los estantes que habían sostenido en su día latas de verduras, había solo

una capa de polvo).

La mayor parte de mis terrenos se extienden colinas arriba en forma de

cuenco, por detrás y a ambos lados de la casa, y esa parcela de árboles no la

había tocado ni explotado nadie en setenta años, o puede que incluso cien.

Solo tardé tres años en recoger las ramas caídas, y calenté mi casa con ellas

durante siete años y medio. Si hubiese tenido construida entonces la obra de

mampostería en torno a la cocina que tengo ahora, la madera me habría

durado el doble. Lo que hacemos es encender el primer fuego a mediados

de septiembre, y luego solo tenemos que asegurarnos de que arda uno

pequeño en la cocina en todo momento. Hacia mediados de octubre, la

mampostería ya está caliente, y basta con procurar que no pierda el calor.

Funciona. Uso mucha menos madera de la que da la parcela, y es toda

madera noble. Quemamos hasta nogal y cerezo, madera por la que las

empresas de ebanistería me pagarían si supiesen que la tengo. Ese es mi

lujo, mi derroche: quemo nogal negro para calentarme.

Visto desde la casa, todo es perfecto. El paisaje natural ofrece unas

curvas recogidas, familiares, agradables, suavizadas por la calima y una

vegetación prolífica –arce azucarero, cerezo negro, nogal, nogal pecanero,

nogal blanco, haya, abedul amarillo y roble blanco son algunos de los que

se ven desde aquí– y yo respondo, indefectiblemente, con amor

(«consideración» e «inspiración», contemplando e inhalando). Pero desde

cualquier otro punto de la finca, estoy obligado a ver mi propio error: la

casa. La construí –sí, yo la construí– en su mayor parte con ladrillos

sacados de las calles de State College, Pensilvania, y de palés de pino a los

que tuve que arrancarles los clavos uno a uno. Reconocer mi logro no

significa que haya estado nunca satisfecho con él. Lo que me molesta, más

que su falta de tamaño, es su falta de grandeza. La sencillez que yo buscaba, se quedó en humildad, y cometí un error con el emplazamiento, porque

pensé que sería más fácil aprovechar los antiguos cimientos que poner unos

nuevos. Si ahora tuviésemos que ampliarla tendría que ser hacia fuera,

dejando así un edificio soso y sin gracia. Si la hubiese construido más atrás

–pegada a la ladera, como tenía intención en un principio– sería más fácil

ampliarla por arriba: nada más que arrancar el tejado y construir otra casita

encima de la primera. Y estaríamos más cerca de la caseta del manantial. A

veces veo con tal claridad la estructura que podría haber levantado que la

frustración por lo que he hecho es explosiva. Aquí vivimos, aquí viviremos

siempre. Ningún huerto, ningún establo ni cobertizo mitigarán jamás la

permanencia de este error.

Una vez terminadas las tareas, regreso. Las mujeres están sentadas a la

mesa todavía, hablando sobre la escolarización en casa. Tina parece

escéptica, lo que lleva a Liz a hablar con un tono más asertivo, sin expresar

ninguna de las dudas que sí me ha comentado a mí. Lo de la escolarización

en casa es idea mía, y sus argumentos son los que yo le he dado a ella.

–De hecho –está diciendo–, los estudios muestran que se llevan mejor

con el resto de chicos cuando llegan a la universidad, porque tienen una

verdadera noción de sí mismos y de sus propias capacidades.

–Pero ¿no echan de menos al resto de niños?

–No sé si a Tom le pasaría eso. Decidimos que fuese al colegio porque

nos sentíamos culpables por tenerlo tan aislado. Lo lleva bien, pero hasta

que no te planteas seriamente escolarizar en casa no comprendes la

concesión que supone la escuela, lo reglamentada que está, y la manera en

que los otros esperan que te comportes para encajar. Además por aquí no

hay nada que hacer, así que la mayoría de los chicos del instituto se reúnen

en uno de los estanques grandes y se ponen a beber, y luego van por ahí con

el coche poniéndose en peligro a sí mismos y al resto del mundo. No es

como un colegio grande de barrio residencial, en el que tal vez, y solo tal

vez, podrían estar expuestos a algo nuevo.

–Bueno, la vida social ha sido muy importante para Libby desde que

empezó en el jardín de infancia…

Libby debe de ser alguna hija. Han avanzado mucho terreno en mi

ausencia, y me deja medio sorprendido ese nombre, «Libby», que tiene un

aire de rica ociosa, como si este proyecto de Tina fuese un capricho, a fin de cuentas, y no algo serio y comprometido como lo sería si no tuviese hijos, o

si su hija se llamase, pongamos, Susie.

–Pero es una niña. Bob era un solitario en el colegio. Yo no. Creo que

me perdí más cosas que él. Yo tuve sencillamente las mismas experiencias

que todo el mundo. No sentí que mi vida tuviese ninguna integridad hasta

que llegué aquí.

–Eso es precioso…

–Y ¿sabes?, al principio no lo soportaba. No tenía recursos internos para

nada. Creía que me iba a morir de soledad, incluso los días en los que Bob

me dirigía la palabra. –Me lanza una sonrisa pícara–. No era así como tenía

intención de pasarme la vida.

–Es solo que creo que hace falta mucha fortaleza para tener en casa a tu

hijo, para hacerte responsable de todo lo que entre en su cabeza. ¿Qué

piensa Tommy?

Ahora tomo yo la palabra.

–Le gusta la idea, pero le prometimos un año más en primaria antes de

tomar una decisión.

Liz me echa un vistazo. Hago una enmienda en pos de la veracidad.

–Bueno, no siempre le gusta. Pero su escolarización es decisión mía. Eso

lo entiende. Además, nuestra familia es una piña, y aquí pasan tantas cosas

continuamente que no se quiere perder nada. Y en cuanto a lo de asumir la

responsabilidad de lo que entre en su cabeza, eso me atrae.

Tina recuesta la espalda en el asiento.

–Vuestras vidas son absolutamente coherentes. Admiro…

–¿Sabes?, siempre creo que me encantaría sentirme admirado, pero

luego cuando pasa me pongo nervioso, creo que porque no habría que

admirar a alguien por hacer lo que necesitaba hacer. Es decir, antes de

venirme aquí estaba tan lleno de sueños frustrados que era esto o

suicidarme. Cuando tenía la edad de Tommy, creía que eran ganas de estar

solo. De adolescente, creí que era lujuria. En el ejército, y en Vietnam, creí

que eran deseos de volver a casa. Pero no era nada de eso. No averigüé

nunca lo que era, pero desapareció. Tommy no lo tiene. Él está

entusiasmado con la granja y los animales, y con pescar y ayudarnos a

cocinar y cultivar cosas, con todo lo que hacemos aquí y que no podríamos

hacer si viviésemos en el pueblo.

Justo en ese momento llega la lluvia, templada y constante, y arrastra

por la mosquitera de la puerta el aroma de la hierba, de la mañana entera del

valle: flores silvestres, tomateras, hojas de nogal, estiércol de poni y oveja,

el olor de la lluvia en sí. Es una fragancia tan densa y variada que casi

puedo verla, e inhalo con fuerza. Liz se ríe y se inclina hacia Tina.

–Pon esto en el libro. Bob finge que tiene opiniones, pero lo que pasa en

realidad es que sus sentidos están el triple de desarrollados que los de una

persona normal. No es más que un animal de granja rascándose el lomo

contra el suelo.

–¡Eso no es verdad! –replico–. Lo que soy es un cuerpo pegado a un par

de manos que no pueden dejar de hacer cosas. Primero la inclinación y

luego la convicción. Yo quiero hacer, por tanto decido que hacer es algo

valioso. Y cuanto más quiero hacer, más valioso pasa a ser.

–Muy bonito, cariño –dice Liz. Se levanta y me da un beso en la

coronilla–. Pero deslizar la mano por la madera viene antes de hacer nada.

Tommy aparece en el porche, chorreando, pero no pasa adentro.

–¡Eh, papá –dice–, he guardado a la yegua y a la potrilla antes de que

empezara a llover! ¡No se han mojado nada!

–¿Le has pasado un trapo a la brida?

–Sí, papá.

–¿Hasta los recovecos del bocado?

–Sí, papá.

Liz le da una toalla y Tommy se seca en el umbral. Tiene lo que

llamamos «la mirada». La cara demasiado excitada, los ojos demasiado

ansiosos; una especie de rigidez parece apoderarse de él cuando está quieto,

pero cuando se mueve, los movimientos son rápidos y amplios. Liz la

reconoce también y le dice paciente:

–Cariño, hora de calmarte antes de ir a descansar. ¿Quieres un poco de

leche antes de subir? Siéntate al lado de papá, te pongo un poco.

Puede que se siente. Puede que se marche corriendo al cuarto de al lado.

Puede que vuelque la silla. Yo también debía de tener «la mirada» a su

edad, porque recuerdo perfectamente esa sensación, una sensación de

estallido inminente, temible, atrayente, incontrolable. Era como estar en un

cuarto pequeño, cálido, en penumbra, y que encendiesen cada tanto una luz

muy intensa, y mientras esa luz estaba encendida era incapaz de recordar

cómo era cuando estaba apagada. De los nueve a los doce, me esforcé sin tregua por iluminar ese cuarto molécula a molécula, hasta que un día esa luz

radiante dejó de chocarme y el cuarto resplandeció acogedoramente. Lo que

hice en concreto no lo recuerdo, pero sí recuerdo la sensación de

luminosidad, el sentimiento de haberme esforzado, y a mi padre

comentando que había terminado por ser un buen chico, al final, y que ya

no iba por ahí «sin ton ni son como un loco». Fue la primera vez que me

sentí de verdad realizado, la primera vez que supe que podía dominarme a

mí mismo.

Tommy se sienta con calma, puede que por Tina, se bebe la leche y no

vuelca la silla hasta que se levanta. Liz la recoge con ostentoso cuidado y le

dice:

–Hora de descansar, hijo. Cuando bajes, quiero que me enseñes el

capítulo que has leído.

–¿Cuántas páginas?

–Un capítulo entero.

–¿Aunque tenga diez páginas?

–Un capítulo entero.

Tommy se contiene y se marcha. Este tipo de cosas pasan todos los días,

y sin embargo resultan muy peculiares con Tina a la mesa, tomando notas

mentales. Estoy tentado de disculparme, pero no sé por qué, así que me

muerdo la lengua.

Cuando nos estamos desvistiendo esa noche para acostarnos, lo

reconozco: la entrevista ha sido mala idea.

–Es decir, odio sentir esto como desligado de todo. Mira mi pie cómo se

mete debajo de la colcha. Mira mis manos cómo tiran de las sábanas,

¿verdad que son bonitas estas almazuelas?, mira cómo apaga la lámpara mi

mujer, «Liz», se llama.

Liz se ríe, mete la mano bajo las sábanas para hacerme cosquillas.

–Le has parecido un genio.

–¿Qué?

–Ya me has oído.

–¿Cuándo ha dicho eso?

–Después de comer, y otra vez antes de irse. Ha dicho: «Todo lo que

toca lo transforma en algo hermoso y útil».

–¿Y qué has dicho tú?

–Que estaba de acuerdo.

–¿Sí?

Me pasa la mano por la cara a oscuras, un gesto que es tierno y posesivo

al mismo tiempo.

–Le dije que esperaba que lo pusiera en el libro, porque es la verdad.

Después de hacer el amor, cuando estoy casi dormido, noto que se

levanta con cuidado, y luego noto que se da la vuelta, se arrodilla junto a la

cama y se pone a rezar. Sigo oyendo ese murmullo durante toda la noche,

aun cuando ya sé, en mi sueño, que el peso sólido de su cuerpo yace

inconsciente a mi lado.

El día siguiente es sábado. En el desayuno, Liz dice:

–¿Recuerdas que esta tarde tengo reunión en la iglesia?

–Sí, lo recuerdo.

–Estaré en casa hacia las seis, a no ser que alguien me acerque hasta el

final de la carretera. Igual llego a las cinco y veinte o así.

–Perfecto.

–¿Seguro?

–Liz, no me lo tienes que preguntar. No pasa nada.

–Vale. Me apetece mucho.

Hace más o menos un año, Liz andaba a la caza y captura de una iglesia

de la que formar parte. Hay diez iglesias en Moreton y fue a todas,

juzgándolas más por el ambiente que por la doctrina. Las dos

congregaciones cuáqueras, que en un pasado no muy lejano habían sido una

sola, no se quitaban ojo la una a la otra, dijo; los episcopalianos se lo

pasaban demasiado bien; los presbiterianos estaban concentrados en

deshacerse de su pastor, y así con todas, hasta que se decidió por la

«Hermandad de la Luz Radiante», un grupo pentecostal cuyo profeta reside

en Gambier, Ohio. Me dejó en verdad perplejo que mi mujer, licenciada en

la Universidad de Pensilvania y lectora voraz, pudiera sentirse cómoda en

esa comitiva de los pobres rurales, los iletrados y los meridianamente

entusiastas, pero así es cómo se siente ahí, dice. Creo que, en su fuero

interno, es una lección de humildad, y ella está muy a favor de la humildad

como modo de vida. Empezó a participar en enero, y va todos los

domingos. Si nieva, coge los esquíes; si llueve, se pone botas de agua y un

poncho impermeable. Me pregunta si me importa. Y sí me importa, pero

preferiría que no, y desde luego no quiero condicionarla. Aun así, se ha

convertido en uno de esos temas de conversación conyugales, una desavenencia que evitamos conscientemente convertir en un enfren‐

tamiento. Mi postura religiosa es deísta, podría decirse. Me doy cuenta de

que los días que va la iglesia, por lo que sea, son días especiales que

obstruyen el suave discurrir del tiempo que a mí me gusta. Ella da por

hecho que esta es mi principal objeción. Me doy cuenta también de que, sea

cual sea el modo en que organice y varíe su tiempo, y su comunicación, con

Tommy y conmigo, nunca se le olvida arrodillarse antes de dormir y

musitar una larga plegaria. Eso, tanto por su consistente regularidad, como

por la incomodidad que supone su incorporación en nuestra rutina nocturna,

es la auténtica manzana de la discordia. Llevo casado con Liz mucho

tiempo –doce años–, y pretendo seguir casado con ella para siempre, así que

me guardo mucho a la hora de extraer conclusiones sobre si será un

problema pasajero, uno que se podrá resolver llegando a un acuerdo, o un

objeto enorme y pesado plantado en mitad del salón, obstruyendo el tráfico,

aceptado de mala gana, año tras año.

Por supuesto que se me había olvidado lo de la reu nión de la iglesia, así

que mi reacción, porque alguna debía tener, es mostrarme algo distante:

meterme en el taller y ponerme manos a la obra con algún proyecto de los

míos, en lugar de ocuparme de algo más agradable, como separar los

cormos de iris en el porche. Lo que hago es recordarme que soy un genio y,

cuando entro en el taller, esa sensación baña en un halo de hermosura hasta

las sillas de cocina en las que estoy trabajando. Están hechas de fresno, con

los asientos de enea, y mis herramientas son, fundamentalmente, el

desbastador y un cubo de agua. Hay sillas como estas en cualquier

anticuario –largueros redondeados, respaldo en escalera, cuatro travesaños

bajo el asiento–, pero las mías son las únicas cómodas en las que me he

sentado nunca. El asiento es más espacioso, eso para empezar, y yo empapo

los largueros y los curvo hacia atrás para que no tengas la sensación de que

te van a atar con correas y electrocutarte. Empapo también las espigas de las

juntas, antes de ensamblarlo todo, y se secan y se encajan tan prietas en la

caja que parece que la silla entera está tallada en un solo bloque de madera.

Están casi terminadas. Lo único que me queda es grabar las hojas y

enredaderas en el peinazo de arriba del respaldo.

En fin, hace muy buen día. Me siento en una de las sillas que he hecho y

decoro otra. El castaño bajo el que estoy sentado rebosa de luces y sombras,

el tiempo es cálido y sopla la brisa, mi mujer y mi hijo están a sus cosas con satisfacción evidente. Ese valle que es nuestro hogar está balsámicamente

hermoso, es seguro, un todo. Comemos un almuerzo del que nos hemos

provisto nosotros mismos, y después sigo tan absorto con mi talla que

olvido que Liz no está hasta que la veo acercándose a pie por la carretera, y

entonces, da igual con quién haya estado, lo único que quiero es ir a

buscarla, besarla y acompañarla hasta la casa.

–Adivina qué –dice.

–¿Que soy un genio?

–Sí. ¿Sabes cómo lo sé?

–¿Cómo?

–Porque olvidaste que el colegio empezaba el martes.

–¿Este martes? Creía que este año no volvían hasta después del Día del

Trabajo.

–El Día del Trabajo es el lunes. Llevamos cuatro días de septiembre.

–Se suponía que Tina venía el 15 de agosto.

–Bueno, pues llegó dos semanas tarde y no nos dimos ni cuenta. Tendría

que ponerlo en el libro.

–Pero tú fuiste a la iglesia el domingo pasado. ¿No te diste cuenta del día

que era?

–No salió el tema. Tampoco es que por ser católico andes siempre

contando los días que han pasado o que faltan para alguna festividad

importante.

–Bueno, supongo que eso demuestra que el profeta es un hombre de su

tiempo. Da por hecho que todo mundo sabe qué día es.

–Por si te interesa saberlo, lo que da por hecho es que todos los días

podrían ser perfectamente el último.

No hemos hablado demasiado de los detalles del dogma, pero lo dejo

estar. Además, Tommy sale en ese momento del establo, donde ha estado

poniéndoles heno y agua a los ponis para la noche, y saluda a su madre

como si no la viese desde Navidad. Ella lo coge en volandas y sigue

caminando, con los brazos de Tommy rodeándole el cuello y sus piernas en

torno a la cintura. La voz de mi padre me dice que ya está muy mayor para

esto, pero mi propia voz discrepa, dice que a los niños se los aparta

demasiado pronto, que mientras siga buscando nuestros cuerpos debería

encontrarlos. Y hay siempre un tranquilizador escalofrío de celos, un roce

que me eriza el vello de la nuca, y que me recuerda que la gracia del placer del matrimonio y del placer de la paternidad consiste en mirar, excluido,

cómo se hacen arrumacos y se ríen y bromean. Él nunca trata de

impresionarla; ella nunca trata de aplacarlo. No hemos usado ningún

método anticonceptivo desde que nos casamos, y solo se ha quedado

embarazada una vez. La mayor parte del tiempo olvido que podría volver a

suceder. Yo, para mis adentros, nunca he logrado imaginar más que un niño

varón. Tal vez la imaginación sea la clave ahí también.

–Qué atardecer tan bonito –dice Liz.

–Hemos hecho tomates verdes fritos con albahaca para cenar –dice

Tommy.

–Ñam –responde su mamá–. Me encantan.

Volvemos paseando por la carretera hacia casa, hacia la cena puesta en la

mesa, y eso es lo que esperamos: comer y estar satisfechos, reconfortarnos

en la compañía del otro, renunciar al día y recibir la noche, emprender una

ordenada retirada de cada uno de los límites que nos contienen –el valle, el

patio de la casa, la casa, el cuarto, las colchas, la vigilia– en perfecta

serenidad. Y bien, desde luego que estoy agradecido, y desde luego que me

nace una plegaria, pero no tiene nada de humano, no hay generalizaciones,

ni siquiera palabras, solo la perfección de todo lo allí presente expresándose

a sí misma a través de mi gratitud.

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