La mejor voluntad

Jane Smiley · Capítulo 5 de 5

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La mejor voluntad

Febrero

 

 

Unos días después, Liz y yo caemos simultáneamente en la cuenta de que la

visita de Lydia y Annabel dio la impresión de ser la cosa más normal del

mundo, que deberíamos considerarla a la luz de los sucesos del otoño, que

ahora parecen desagradables pero lejanos. El miedo que yo sentía, en

particular, a una misteriosa pero inevitable desintegración ha resultado

infundado. ¿No demuestra acaso la visita de las Harris que se ha producido

una especie de integración? ¿No le mostramos a Tom por medio de nuestros

actos y nuestras palabras que Lydia y Annabel eran como cualquier otro

amigo o conocido, perfectamente aceptables y bienvenidas, en modo alguno

distintas? Cuando Tom se va a la cama, nos sentamos junto a la cocina y

catalogamos las señales:

–No fue más tímido, ni siquiera al principio, de lo que lo es con

cualquiera.

–Habló con ella.

–Incluso trató de impresionarla. Cuando íbamos hacia el estanque, le

estuvo hablando de pesca.

–Y tampoco puso «la mirada». Eso era lo que me daba miedo a mí.

–Jugó a lo bruto, pero ella le seguía. Y no se pasó de la raya. Cuando se

cayó, bajó revoluciones al instante, ahí mismo.

–Eso no siempre pasa.

–El comportamiento de los dos fue perfectamente recíproco. No hizo

nada inapropiado.

–Y al final fue bastante amable con Lydia. No detecté ninguna ansiedad

ni ningún temor hacia ella, ni aversión. Cuando le tendió la mano, él la

cogió sin más.

–Bueno, yo nunca pensé que fuese un racista acérrimo. Siempre me

pareció que solo estaba repitiendo algo que había oído.

Me quedo callado, y Liz dice:

–A mí por un tiempo me preocupó que lo hubiese sacado de nosotros de

alguna manera.

–¿De tu madre?

Liz pone los ojos en blanco.

–No la ve desde que tenía dos años. Estoy segura de que cuando vino de

visita por última vez estaba de lejos demasiado ocupada deplorando

nuestras condiciones de vida como para preocuparse de la educación en

sociedad de su nieto. Pero pensé que tal vez fuese en los genes o algo. –Se

vuelve a mirarme cuando oye mi resoplido escéptico y sonríe–. Venga. No

tenemos ni idea de lo que podemos estar comunicando. Igual creemos que

no somos racistas y aun así dejamos caer algo.

–¿Cuándo? Nunca había habido una sola persona negra en Moreton

hasta ahora. No tenemos televisión. No tenemos ni siquiera radio o

tocadiscos.

–¿Sabes? Es posible que Annabel sea la primera persona negra que ha

visto nunca Tommy, salvo en alguna revista.

–No me lo creo.

Pero nos recostamos en el asiento y nos miramos fijamente el uno al

otro, porque de pronto la vida de nuestro pequeño, que habíamos visto

siempre como anidada en las nuestras, parte incluso, de algún modo, de lo

que habíamos hecho y visto antes de él, se nos aparece como debe de

aparecérsele a él, vasta, completa.

–Es raro pensar que esto es lo único que ha conocido.

Liz pone una mirada maliciosa:

–¿No era esa la clave?

Me levanto, ajusto uno de los paneles de las ventanas y doy una vuelta

por la habitación. Lo era, pero cuando me lo planteo así, da un poco de

vértigo.

Liz retoma tranquilamente su labor, y aunque estoy tentado de divulgar

mi pequeña punzada de pánico, ese repentino vacío interior, todavía fino

como un cabello, pero real, no lo hago. Digo:

–De hecho, Annabel no me pareció una niña especialmente atractiva.

–¿Con esos ojos? Debes de estar ciego –se ríe Liz.

–Tiene un carácter muy agrio. –Sé que suena duro–. Cree que tiene

derecho a que la complazcan en todo. –Liz me mira–. Dejó el abrigo ahí

tirado en mitad del hielo esperando que Lydia lo recogiese. –Liz sonríe–.

¿Qué?

–Cada vez que abría la boca, ponías mala cara. No es asunto nuestro.

–Casi siempre era para quejarse o para decir algo desagradable.

–¡Se cayó y se mordió la lengua! Tiene siete años, además.

–Me alegro de que no sea nuestra hija.

–Es muy guapa y airosa. Y apuesto a que es inteligente también, y no me

creo ni por un momento eso que dijo la maestra en otoño de que tal vez no

entendía la palabra «negrata». Su vida no es precisamente fácil.

–Pensaría lo mismo si fuese rubia y con ojos azules.

–No te estoy acusando de racista. ¿Estamos discutiendo?

–Creo que estoy discutiendo conmigo mismo. Pero Tom estuvo bien.

Pareció aceptarlo perfectamente. Me sorprendería que no terminasen aquí

los problemas. Puede que incluso lleguen a ser amigos.

Me noto alterado. Salgo al porche a coger algo de leña y miro a lo lejos,

y ni los ramilletes de estrellas que se funden unos con otros en el cielo

oscuro y despejado que se alza sobre nuestro valle consiguen calmarme. Esa

otra constelación, las luces de las ventanas de Moreton que se despliegan

bordeando la falda de Snowy Top, parecen recular en lugar de abrirse hacia

nosotros; me entristezco por un momento, como si hubiese pasado algo,

pero por supuesto no ha pasado nada, y cuando entro, Liz está sentada

frente al telar con una taza de té humeando perezosa a su lado. Hay otra taza

junto a mi silla, y los chasquidos de su trajín y la rica fragancia de sasafrás

parecen las dos mitades del mismo bienestar completo, algo que no siento

ahora mismo pero que puedo ver a lo lejos, acercándose a mí.

 

Después de dos semanas metidas en el establo, tanto la madre como la

potrilla andan inquietas y revoltosas. La yegua alza la cabeza cuando la

saco por la puerta, y ensancha las narices ante los olores frescos. La potrilla

da unos pasos al trote, y luego se detiene, temblando, con las orejas peludas

agitándose de un lado a otro. Toca con la pata la nieve crujiente y deja

escapar un resoplido ondulante, diminuto. La madre le suelta un relincho, y

eso parece ponerla en marcha. Sale corriendo hacia la cerca del pasto,

corcoveando y dando coces. Tom, sentado en la cerca, se ríe.

–Está contenta, ¿verdad, papá? ¡Qué bonita! Ven, coge la zanahoria.

Aquí. Ven a cogerla.

Tom espera. La potrilla se detiene a unos pasos de él, alarga la cabeza y

se escabulle. La yegua resopla y se tira un pedo, sacude con un escalofrío

toda la piel del lomo y se adentra sin prisa en la nevada pastura. La potrilla se lanza detrás, la cola corta apuntando rígida al cielo, como la de un ciervo.

Puede que encuentren algo bajo la nieve, hemos tenido temperaturas muy

por encima de la congelación y se han fundido unos cuantos centímetros los

últimos dos días, un deshielo de San Valentín.

El cielo está despejado. El aire templado va cargado de la humedad que

se eleva entibiada por el sol. Las laderas más cercanas siguen de un blanco

enmarañado de marrón y de canela, pero los montes de maleza más allá son

de un púrpura intenso, vinoso, que refleja las profundidades de lo alto. Veo

plegarse curva tras curva, nada de cimas escarpadas, ni espectaculares,

como al oeste, nada de picos relucientes satinados de blanco por encima de

la línea de árboles, sino algo más balsámico, y más misterioso para mí, la

mansión infinita del bosque, llena de claros, espacios, huecos, celdas, y

cada uno de estos cuartos privados habitado por algún animal o insecto o

protozoo. No habitamos la tierra más amable –el suelo es rocoso y

empinado–, pero no hay un solo centímetro cúbico que no esté preñado de

ajetreo y de los empellones de una viva rivalidad. Siempre me ha parecido

sublime esta diversidad; una imagen, ahí a mano, de la Tierra en sí: lo que

ocurra aquí, ocurre en todas partes; una roca redondeada por la eterna labor

de innumerables patas, alas, pies, mandíbulas, raíces, apetitos, intenciones.

Es domingo, y Liz no ha ido a la iglesia.

Las botas de Tom, que Liz encontró en la tienda benéfica antes de

Navidad, son demasiado grandes, así que cuando se interna en los pastos va

levantando los pies y plantándolos en el suelo como si sostuviese algo sobre

el empeine. El abrigo que conseguimos fue un hallazgo afortunado: largo y

de ganso auténtico, con una capucha con el borde de pelo. Liz le ha cosido

un forro tejido a medida, de lana, como un jersey, pero cubierto de algodón

para que no raspe. Cuando era un bebé, le hizo un pelele de lana y

borreguito. Recortó un patrón de piel de oveja con la silueta del bebé y

luego le cosió la parte de arriba a ganchillo, lana por fuera, algodón por

dentro. Lo podía meter ahí con solo el pañal y sabía que estaría cómodo y

calentito. Yo le construí un banco mecedora con una barrera torneada que

cruzaba parte del frontal, para que pudiese tumbarlo a su lado en su saco de

borreguito y mecerlo, arrullarlo y tener las manos libres. Me pregunto cómo

sería criar a un niño con dinero. Toda su vida hemos estado inventando

cosas para él; ha sido nuestro sujeto experimental, y reconozco que ha sido

uno bueno, receptivo, agradecido, flexible con esas ideas que pintaban bien sobre el papel pero que no funcionaron, como aquellas fundas de pañal

hechas de punto que debían absorber la humedad y alejarla del bebé hasta

que se evaporara. Es un buen chico, y lo quiero, pero últimamente me ha

vuelto a la mente la expresión de Lydia Harris cuando miraba a Annabel, y

cómo le dio la vuelta para mirarla a la cara tras el accidente. Había un

interés ahí que me pregunto si he sentido yo alguna vez, el interés de un

espectador que no radica en la aprobación o la desaprobación. A ella le

gusta ver a Annabel actuar. A mí me gusta ver a Tom actuar como es

debido. En aquel momento parecían operar causa y efecto: si hubiese

esperado más de Annabel, Annabel se habría comportado mejor. Pero

ahora, aunque lo sé, siento envidia de su placer, como envidias a un amigo

que crees que ya no tiene edad para amoríos y se enamora de nuevo, o

prueba un licor delicioso y extraño que no está al alcance de tu bolsillo.

En este momento, Tom está actuando como es debido. Espera en mitad

de la pastura, relajado y paciente, a que la potrilla se acerque a él, coja la

zanahoria y acepte la cabezada. Toca la nieve con la pata, resopla con el

morro pegado a ella, se alza sobre los cuartos traseros y corcovea. Tom

sonríe, pero sin llegar a reír. Sabe que él es el objeto más curioso de todo el

pasto, y que ella lo ignora deliberadamente. Le tiende la zanahoria, y el

animal hace algo curioso: repliega el labio superior y menea el hocico

rítmicamente arriba y abajo seis o siete veces, luego lo mira, tranquila de

pronto. Él le tiende la zanahoria, pero no hace ningún otro movimiento.

Oigo en el aire húmedo su parloteo, animándola en voz baja. Paso a paso, la

potrilla avanza hasta él. Cuando coge la zanahoria con los labios, él desliza

la cabezada por el brazo y en torno a la cabeza del animal. Tan pronto se

termina la zanahoria, Tom da la vuelta y la conduce con el ronzal. Ella lo

sigue, contenida pero dócil. Liz dice que los gatos y los caballos tienen un

sentido estético innato. A veces coincido. Tom y Centella marchan

bordeando los márgenes de la pastura, desarrollando buenos hábitos. Está

totalmente entregado a ella.

Liz está ahí, entre el establo y la bodega de raíces, observando, sin

terminar de hacerse presente. Tal vez lo que ve es para ella el emblema de la

derrota, pero me alivia que esté, sea cual sea el motivo por el que ha

decidido quedarse en casa. No hubo una sola vez que la viese marchar y mis

ojos no la siguieran hasta que desaparecía de la vista, y que no sintiera una

tensión áspera y dolorosa ante la estampa de ella alejándose. Me gusta tenerlos contenidos aquí, donde no hay nada imprevisto o desconocido. La

saludo animadamente con la mano, y ella me devuelve anima damente el

saludo. La potrilla agita las orejas pero no hace ningún movimiento

inesperado. La yegua, que ha dado una tranquila vuelta por el campo, hoza

en mi chaqueta en busca de su manzana. Le doy de comer con una mano y

hundo la otra bajo la crin. El pelo de invierno es grueso y áspero, cálido e

invitador. Frotar el músculo duro de la cerviz es como darme un placentero

masaje en la mano. Ella arquea el cuello y se aprieta contra mi palma.

Tenga o no gustos estéticos, sí tiene desde luego apetitos sensuales. Tras

veinte vueltas a la pastura, Tom está listo para atar a Centella a la cerca y

cepillarla. La madre los sigue y restriega a la potrilla con el hocico dos o

tres veces, y luego se pone de nuevo a escarbar en la capa de nieve

menguante en busca de la hierba que hay debajo.

En el huerto de frutales hay cuarenta árboles que he plantado yo: quince

manzanos, cinco perales, cinco albaricoqueros, cinco melocotoneros, cinco

guindos y cinco ciruelos. Los albaricoqueros, los melocotoneros y los

ciruelos los conseguí mientras hacía un trabajillo en un vivero de State

College, y los guindos son de una variedad experimental que cultivé para la

universidad. Los manzanos son todos variedades clásicas, y los conseguí

gratis. Es una antigua tradición de cazadores: en pago a un granjero por

dejarte cazar en sus tierras, le podas los frutales de vez en cuando. También

tomé la costumbre de recoger las manzanas caídas, o de desenterrar

vástagos y llevármelos a casa. La mayor parte de huertos frutales por estos

lares tienen cien años, así que los manzanos dan manzanas fieles a su

variedad, solo que estas variedades son atípicas; así que la única manera

que tengo de tratar de averiguar sobre estos manzanos es preguntando a

gente de más edad que viene de visita o leyendo libros en la biblioteca.

Crecen, nos las comemos, las ponemos a secar y las convertimos en

compota. Unos cuantos árboles que daban fruto antes de que se incendiara

la granja el siglo pasado siguen produciendo de vez en cuando. A esos

árboles he tenido que podarles tanta madera muerta que parecen japoneses,

pero estoy decidido a salvarlos. Me encanta podar. Hace un día perfecto

para podar: un día en el que la primavera es más una certeza que una

esperanza, por muchos temporales de nieve que nos queden por delante.

Mientras estoy cogiendo las tijeras y el serrucho, Tommy saca a la

potrilla del pasto y la lleva de vuelta al establo. Avanza tranquila, y la yegua va detrás. Busco el aceite para lubricar el pivote de las tijeras, y justo

cuando lo encuentro, Tom sale del establo, columpiando la cabezada en el

brazo. Le digo:

–¿Te has asegurado de dejar el cerrojo bien ajustado?

–Sí, papá –responde él, y yo me prometo ir a comprobarlo.

Estos momentos están nítidos en mi mente. Sé que estás palabras fueron

dichas. Aunque hemos tenido el mismo intercambio cien veces, esta vez mi

instinto me lleva a prestar atención, y lo hago.

Con los ciruelos, los melocotoneros y los albaricoqueros, lo único que

hay que hacer es retirar la madera muerta y asegurarte de que llegue la luz

del sol al interior del árbol. Los manzanos son más interesantes, les gusta

que les den forma. Un manzanal bien podado se ve bonito todo el año

porque, incluso cuando se queda sin hojas, las ramas de los árboles y los

propios frutales forman una figura, torcida pero elegante, ordenada pero

diversa. Liz llama a mi huerto de frutales mi «stabile».

La poda me ocupa casi hasta que oscurece, y las cabras balan para que

las alimenten y las ordeñen. Cuando entro, Liz y Tom ya se han terminado

la sopa de patata, y Tom, agotado de trepar a las ramas altas y de afilar el

serrucho por mí, se ha ido directo a la cama. Yo también estoy cansado, y

ávido de mi sopa de patata.

Liz se sienta conmigo. La sopa está picante y va cargada de setas que

recogimos y pusimos a secar en primavera, y yo hundo en ella mi pedazo de

pan negro y luego me como el pan con la cuchara. La corteza está dura y

deliciosa.

–Podríamos hacer criar al poni otra vez –dice Liz–. A Howard no le

molestará.

–Es un proyecto muy importante.

–Pero ya lo hemos hecho una vez. Sabemos cómo ponernos a ello. Tom

es lo bastante mayor para llevar el poni, además. Está solo a tres kilómetros.

–Los ponis no aportan nada en una granja, solo comen.

–Aportan un estiércol magnífico.

–Bueno, el estiércol de oveja es más…

–Aportan un sentimiento de responsabilidad y propiedad en el hijo.

Deslizo el cuenco por la mesa; Liz sonríe y se levanta para rellenarlo.

–Se le dan bien –le digo a su espalda–. Pero pronto no me quedará nada

que enseñarle. Con un poni, puede más o menos ir tocando de oído, especialmente con este, que tiene tan buen carácter, pero con más, no sé si

sabríamos manejarlo…

–Howard nos puede aconsejar. –Deja el cuenco delante de mí.

–Entre tú y yo, Howard da muchos consejos, pero no sé si sabe tanto.

–Sigo pensando que es buena idea.

–Lo pensaré.

–¿Puedo decir una cosa más?

–¿Qué?

–Ha tenido un año complicado. Esto le encantaría.

–Se lo ha puesto complicado él solo. No creo que debamos

recompensarle por eso.

Aprieta los labios con fuerza, desaparecen. No suelta mi mirada, sin

embargo. Seguramente sea mejor no entrar en estas diferencias sobre los

motivos de su conducta. Seguramente sea mejor dejar el tema, y lo dejo.

Catorce años juntos me han instruido en la profunda pero laboriosa

disciplina de saber cuándo insistir y cuándo parar. Me corto otro pedazo de

pan y lo deposito en el cuenco. La sopa espesa penetra y el pan se hincha.

Liz es una formidable cocinera.

Me deja en la mesa y se sienta frente a su rueca, que construí a partir de

un dibujo que encontré en una revista de la biblioteca. La de la revista

estaba hecha de madera de pecanero, pero queda mejor en nogal negro,

oscuro y sedoso. Se sienta en el taburete y empieza a cardar lana de las

ovejas del otoño pasado en forma de unos pequeños churros esponjosos

llamados «luetas». Hay tensión, pero no es por el poni. Siempre surgen

proyectos que proponemos y debatimos y en los que no estamos de acuerdo.

Lo que no se ha mencionado es el asunto de la iglesia, y el momento de

hablarlo se acerca. Todo el día, pese a que ha estado tranquila y sonriente e

incluso jovial de rato en rato, yo la he imaginado tensa y enfadada. Sé que

es mi culpa la que habla. Y me he visto también a mí, esos cincuenta y

cinco o sesenta domingos, sin desaprovechar nunca la ocasión de

desgastarla: preguntándole adónde va cuando ya lo sé; proponiendo algo

complicado y delicioso para el desayuno delante de Tom para que ella no

tenga más remedio que decepcionarlo (eso lo he hecho tres veces);

preparando algo complicado y delicioso para el desayuno que ella se

perderá (eso solo lo he hecho una vez); recibiendo su beso de despedida con

rigidez, como ofendido; diciéndole una y otra vez que no tenía que disculparse ni pedir permiso para ir; no dando jamás pie para que ella me

pidiese que la acompañara a algún acto; no poniéndolo nunca fácil para que

Tom fuese con ella. Pero a pesar de todo, ha perseverado: asistiendo,

participando, rezando. Ha traído a casa anécdotas divertidas y me ha

entretenido con ellas, me ha hablado con naturalidad y cariño de personas

que no conozco. Ha sido, de hecho, una persona bastante santa, virtuosa y

paciente.

Pero hoy se ha quedado en casa. Le he preguntado si se encontraba mal.

No. Hemos desayunado gachas y orejones. Los platos han quedado limpios

con tiempo más que de sobra. Pero entonces, en lugar de ponerse el abrigo,

se ha sentado con su labor, un jersey para ella. Yo he salido. No le he

quitado ojo a la puerta, pero no se ha abierto en ningún momento hasta que

nos ha llamado para comer. Ahora, con ocho o diez luetas alineadas a su

lado, empieza a hilar. Acciona el pedal con el pie, y la enorme rueda hace

girar la bobina con un rumor chasqueante. Sus dedos trabajan con precisión,

y el huso va tomando el hilo de ellos, enroscando las fibras de lana en una

especie de línea fluida, casi líquida. Dice:

–¿Vas a hacer algo o te vas a quedar ahí mirándome?

–Tendríamos que haber ido a la biblioteca ayer. No hacía tanto frío.

–No has leído ese último libro. Creía que querías leerlo.

–Podría lavar un poco.

–¿En serio quieres ponerte con eso ahora? Son casi las nueve y media.

Me siento frustrado, inquieto. Igual no tiene intención de sacar el tema,

al final. El zumbido chasqueante no se detiene a lo largo de nuestra

conversación. La casa se me cae encima. Voy a la ventana y miro hacia

Moreton, intentando distinguir las ventanas con parteluz de Lydia Harris.

Imagino cada panel encendido, la lámpara de araña repetida en miniatura

veinte o cuarenta veces, Lydia de azul intenso, leyendo en un sillón

colorido, música sonando.

–¿Estás molesto, Robert?

–¿Parezco molesto?

–Me ha parecido verte tenso todo el día.

–¿Tenso de enfadado o tenso de nervioso?

–¿Por qué no me lo dices tú?

–Estaba esperando que hicieses tú el diagnóstico. No estoy seguro. ¿Por

qué no has ido a la iglesia?

Suelta una carcajada sonora y alegre.

–No es una iglesia.

–A tu reunión de la hermandad.

–No me apetecía. –Se ríe de nuevo.

–¿Porque te ríes? Te lo has tomado muy en serio durante más de un año.

–No puedo seguir. Es demasiado fatigoso.

–¿El camino?

–Es más bien como una larga caminata contra corriente.

–Vamos andando al pueblo cada dos por tres.

–Sí, vamos. No es el camino, es la partida. Todo el viaje es como una

larga separación de ti y de Tom y de este sitio y la rutina.

–Sabía que pensabas eso. Intenté que pensaras eso. Quería ponértelo

difícil.

–Bueno, esa parte fue graciosa, en realidad.

–¿Ah, sí?

–¿Que quisieras ponérmelo difícil? Pues claro. Me dio justo el

empujoncito que necesitaba para seguir adelante, o para levantarme de la

cama a decir mis oraciones aunque hiciese frío.

Debo de parecer algo desconcertado, porque me observa durante un

minuto interminable, sin sonreír, pero con una expresión dispuesta,

receptiva, en la cara, como si me estuviese asimilando de cero. Me dice:

–Bobby, tú sabes que el deseo de venganza es un hecho en la vida

conyugal. –Y luego–: Tú siempre piensas demasiado bien de mí. En parte te

quiero porque encuentras siempre belleza en lo que ves, pero me da miedo

también.

–Veo belleza en ti.

–¡No te escabullas! –Sus ojos centellean, y de pronto está enfadada–.

¡Hay algo en ti y en mí que el otro tiene que ver! Si nos acercamos

demasiado, se desenfocará y no lo veremos.

–¿Qué es?

–No lo sé. Estoy intentando averiguarlo. Llevo todo el día en ello.

Debo decir que no sé de qué habla, no sé siquiera cómo entender adónde

quiere ir a parar. No debería sorprenderme que esto de la iglesia se cuele en

nuestro matrimonio, pero me asusta un poco, como si ahora que ha dejado

eso pudiese dejar cualquier cosa. Cierro la boca y salgo a hacer un río junto

al porche. Se nota que se ha fundido un montón de nieve, porque el agujero que hicimos Tom y yo se abre ya a la tierra parda y herbosa. Despliego una

mirada alrededor, hacia el establo. Ningún ruido, ninguna perturbación. No

tendría por qué. Cuando entro, la discusión ya está en marcha.

–¿Por qué te has ido?

–Tenía que mear.

–Tenías que escurrir el bulto.

–¿Qué bulto?

–No te creo. Sencillamente no te creo.

No discutimos así a menudo, atascados en nuestras diferentes

percepciones, y cuando lo hacemos creo que es porque no sabemos de qué

estamos discutiendo, o si ella lo sabe, yo no. Me aferro a este único hecho:

que hoy no ha ido a su reunión. Le digo:

–No sé por qué estamos enfadados. No sé de qué estamos discutiendo.

–¡Te da completamente igual que yo haya estado batallando con uno de

los problemas centrales de nuestras vidas! ¡Te largas en cuanto saco el

tema!

–¿Sacar qué tema? ¡No has sacado ningún tema!

Noto que me estoy adentrando en el absurdo de todo esto, pero el

problema del absurdo es que no es solo extraño, sino que también irrita y

desorienta.

–Lo estoy intentando. ¡Estoy intentando literalmente sacar algo, como si

nos estuviésemos ahogando con ello, pero no sé qué es! ¿Por qué no me

ayudas? –Rompe a llorar.

Tiene que haber una manera apropiada de responder a esto, no una

acción, sino un sentimiento, o la comprensión de que hay algo en juego, de

que se ha perdido algo o está a punto de perderse. Tiene que haber alguna

tristeza aquí en la que pueda meterme, como si fuese un armario, pero la

rapidez de sus reacciones –no podemos llevar hablando más de quince

minutos, y ella ha reído, sonreído, escuchado, llorado, se ha enfurecido–

arrasa con toda mi capacidad de reacción. Me quedo de pie, con cuidado,

como si la casa no apoyase bien. Empiezo a hablar muy despacio. Digo:

–¿Por qué está mal que vea belleza en ti?

–Es falso.

–Yo de verdad veo belleza en ti.

–No es más que un error. No sé explicarlo.

Se sienta en el suelo con las piernas cruzadas, las lágrimas agotadas,

despidiendo un aire de devastación que pronto se arremolinará en cada

rincón y bañará todo el pasado de nuestra historia en común. No es la

primera vez, pero son momentos insólitos y delicados, momentos en los que

el carácter indagador, inquisitivo de su vida interior pide algo de mí que no

comprendo y que no puedo dar, pero también momentos en los que la vida

que yo veía como una cosa sólida se ilumina de pronto desde dentro, hueca

y frágil, y me tienta a romperla por venganza. Eso sí lo entiendo; desde

luego que sí.

Liz tiene razón en que mis respuestas son primitivas, casi siempre

sensoriales. Hay muchos días en los que me limito a dejar que pasen las

horas, a ir dando vueltas por ahí. Gran parte de mi tiempo mental va

dedicado a registrar impresiones, y cuando Liz y yo recordamos algo, yo

siempre recuerdo que olía muy fuerte a serpiente, o que la tierra estaba

blanda, o que la trucha llevaba hojas de cilantro espolvoreadas por encima.

Debe ser que tengo un poderoso sentido estético, porque detecto las

yuxtaposiciones correctas e incorrectas de formas, gustos, colores, texturas,

continuamente, como una especie de mecanismo de relojería que nunca se

apaga. Las detecto, y a menudo las reordeno, pero nunca indago en ellas.

Detesto esta discusión principalmente porque es discordante desde el punto

de vista estético, y porque se le reclama a una parte subdesarrollada de mí

que responda del modo correcto. «Se acabó», habría dicho mi abuelo. A lo

más que oso yo es a un suspiro dramático y airado.

Liz me lanza una larga mirada, y luego se levanta con dificultad, se

despega el pelo de la cara y se mete en la cocina. Yo voy a la mesa y

empiezo a hojear uno de los libros de la biblioteca que hay apilados ahí,

Guía completa de bayas y frutos arbóreos. Lo cierto es que la traiciono casi

al instante sumergiéndome en el texto, me desprendo de la discusión como

si fuese una cáscara.

A la hora de acostarnos, dice, con voz suave:

–Te has olvidado de todo lo que hemos dicho, ¿verdad?

–No. –Dejo caer el peto al suelo y saco los pies. Decido ser sincero–.

Pero me he abstraído un poco de ello.

–No cambiarás nunca.

No tengo respuesta para eso.

En la cama, a oscuras, dice:

–No había sitio en mi vida para dos como tú.

–¿Dos como yo? –Respondo a la ligera, pero se me ocurre, de pronto e

irracionalmente, que es un amante a quien ha ido a ver todo este tiempo, en

el coche con él, en su descapotable. Le echo valor–. ¿Dos como nosotros?

–No hay ningún otro hombre.

Respiro de nuevo. En mis tiempos en el ejército fumaba, y este sería un

buen momento para un cigarrillo.

–Dios y tú.

Se acomoda para dormir. Sus palabras flotan como burbujas en la

oscuridad, herméticas y enigmáticas. Tengo la sensación de no haber

entendido nada desde que he guardado las herramientas de podar.

Me despierto y me visto sumido en ese mismo estado de confusión, muy

temprano, antes del amanecer, y se hace más profundo tan pronto salgo al

porche y veo el establo a media luz. La puerta está abierta de par en par, y la

nieve desecha esta embarrada de huellas de cascos. Sigo los dos rastros,

yegua y potrilla, que se alejan serpenteando del establo, hacia el potrero, y

luego más lejos, hacia el estanque. Creo que las veré desde lo alto de la

pendiente, pero no, y echo a correr. El suelo está húmedo y resbaladizo. Me

caigo un par de veces, lo que me desorienta aún más. Una y otra vez, me

pregunto qué hora será.

La yegua está escondida entre los árboles de la otra orilla. Ahí plantada

mirando el estanque, con ese aire inexpresivo que tienen los equinos. Me

doy la vuelta y examino el estanque, una vez, dos. La potrilla no está en

ninguna parte, pero veo que el hielo está fundido cerca de la entrada de

agua, y que el riachuelo que alimenta el estanque descarga rápido y

abundante. Echo un vistazo a la yegua. Tiene las patas frías y húmedas. Se

ha metido en el estanque. Miró de nuevo, y entonces veo la cosa más

extraña que he visto jamás: la forma oscura de la potrilla, extendida y

borrosa bajo el hielo, inmóvil. Camino hacia ella. El hielo es lo bastante

grueso para sostener mi peso, pero lo bastante transparente para distinguir

las manchas blancas de la potrilla. Me quedo allí de pie. La yegua me mira

fijamente, y veo en sus ojos, no indiferencia, sino entereza animal. Me

agacho en el hielo y apoyo la mano en la potrilla, y no puedo contener el

llanto.

Un rato después, cuando me llevo a la yegua de su puesto en el bosque

(brega y se resiste, y yo intento ser amable con ella), Tom aparece en lo alto de la pendiente. Grita: «Eh, papá…», pero se calla y mira, asimilándolo

todo, sin hacer preguntas. La yegua me frena el paso. Cuando Tom da

media vuelta y se aleja corriendo, no puedo seguirlo.

Sentado a la mesa, se come el desayuno sin parar. Me lanza una mirada

furtiva cuando entro dando un portazo; Liz se me echa encima al instante:

¿dónde está la potrilla?, ¿le ha pasado algo a la potrilla? Tom nos observa,

su mirada salta del uno al otro mientras lo vamos desgranando: la huida

nocturna, el trayecto hacia el estanque, que tal vez buscaban agua que

beber, o la potrilla se puso a retozar junto a la entrada de agua, el hielo se

partió, la corriente era rápida y el fondo resbaladizo, un accidente, muy

inusual, inusual incluso que los ponis se adentren en el hielo. Hablamos

furiosamente durante un rato, y luego suspiramos, nos quedamos callados.

Liz llora.

–La yegua está bien –digo–. Podemos hacerla criar otra vez.

Es tarde. Tom oye el autobús del colegio y se levanta de un salto. Lo

embutimos en sus cosas y echa a correr hasta el cabo de la carretera. El

autobús del colegio espera y, al cabo de un buen rato, oímos cómo se aleja

acelerando. Marlys Tillary conoce nuestra relación con los relojes. Se me

ocurre más tarde que podría haber dejado que se quedase en casa.

Cuando terminamos con las tareas de la mañana (la yegua relincha y da

coces en su establo), Liz y yo llevamos cuerdas y un hacha hasta el

estanque y abrimos un agujero en el hielo. Salta de inmediato a la vista que

pese a que la capa que cubre a la potrilla tiene unos cinco centímetros de

grosor, el estanque entero es inestable. Trabajamos deprisa, salpicando,

mojándonos, temblando de frío. La potrilla sale con la cabeza por delante,

rígida y congelada, y ahora que la tenemos, no sabemos muy bien qué hacer

con ella. Lo normal sería enterrarla en el bosque, pero la tierra está helada.

Howard, por supuesto, recomendaría a los recogedores de animales

muertos: comida para mascotas. La dejamos entre los árboles que bordean

el estanque y nos metemos en casa para secarnos y entrar en calor.

Para un granjero es difícil no adoptar una actitud práctica hacia la

muerte animal. Los gatos, por ejemplo, rondan por casa, y hacen un buen

trabajo conteniendo a los ratones. Los acariciamos, les ponemos nombres, y

admiramos la diversidad de sus personalidades, pero no les damos de

comer, y estamos acostumbrados a sus técnicas de caza y también a sus

prácticas de control poblacional. He visto camadas nacidas en invierno desaparecer en cuestión de un par de días: la madre se come a sus crías

sencillamente porque hace demasiado frío para que sobrevivan. Antes solía

hacerme con un cerdo y un cebón todos los años, les ponía nombre, los

criaba, los sacrificaba, me los comía. Pesco truchas toda la temporada, y

cazo, también. Pero lo cierto es que he dejado pasar los últimos años sin

molestarme en conseguir ni un ternero, ni un lechón, ni un venado. Ya no

tengo ninguna vaca lechera, y no he disparado a un solo pato ni a un ganso

de Canadá desde que Tommy era un bebé. Tampoco matamos gallinas muy

a menudo. No es un posicionamiento moral, pero sí poca disposición a

experimentar demasiadas muertes animales. Debo decir que me arrepiento

de ser así de blando, porque el mundo que tenemos aquí es, en

consecuencia, menos fértil y animado: ofrece menos experiencias, menos

relaciones, menos dilemas morales. Creo que es bueno para uno

experimentar el poder que tiene sobre el animal, tratarlo bien, resguardarlo,

darle una buena vida y una muerte indolora, sentir en las manos el precio

sangriento de los propios apetitos y saber cómo es visceralmente uno: uno

es como un animal, uno vive en la naturaleza, donde está la muerte.

Pese a todo, la muerte de la potrilla es estremecedora y relevante. Liz

llora de nuevo. Durante la comida, no podemos evitar recordar lo linda que

era, el poni tan bonito en que se estaba convirtiendo, lo bueno que era Tom

con ella. Ese día encapotado nos parece feo ahora, esa nieve blanda ya no es

un anuncio de la primavera, sino la amenaza de una eterna desazón. Cuando

Tom vuelve a casa, ha tenido un mal día: la señorita Bussman lo ha

regañado dos veces por no prestar atención, se le ha caído el libro de

matemáticas en un charco de barro cuando estaba subiendo al autobús, y

dos niños lo han pisado antes de que le diera tiempo a bajar y recogerlo. No

dice nada de la potrilla, pero moquea en la mesa mientras se come la

merienda y se queja de que no tengamos televisor, aunque sabe que aquí no

solo no hay electricidad, sino que en estas montañas apenas llega señal.

–A Annabel Harris le han regalado una parabólica. Cogen ciento treinta

y siete canales.

–Eso son ciento treinta y siete oportunidades de quedarte idiota. El

sábado iremos a la biblioteca.

«La mirada» se derrama sobre él como el agua de un cubo. Se levanta de

golpe, tumba la silla, vuelca la leche.

–Odio leer –grita–. ¡Esto sí que es idiota, estos libros!

Liz lo tranquiliza.

–Mejorarás. Ya vas mejorando cada día. La maestra dice que lo estás

haciendo muy bien.

–¡Me da igual! ¡No quiero!

Cojo aire con fuerza, porque Liz me lanza una mirada demoledora, así

que mantengo la boca cerrada. Tommy sube hecho una furia las escaleras.

Esto es el primer día.

El mediodía del día dos, el nuestro es un universo de nieve. Unas nubes

bajas cubren nuestro valle, y la ventisca flota en el aire inmóvil y se

acumula en las ramas de los árboles y en los tejados centímetro a

centímetro, pero sin plantear ninguna amenaza. Mi abuelo lo habría llamado

una «nieve de maíz», y me habría dicho que en unos días se filtraría toda en

el suelo, buena humedad que podrían aprovechar los cultivos de este

verano, un regalo de utilidad práctica y también de belleza. Un regalo,

asimismo, para Liz y para mí, de tiempo en suspenso, un universo de

callado ruido blanco que nos adormece algo después de comer. La casa está

caliente, pese a que las ventanas no están tapadas, y es vivificante, como

bañarse desnudo, desnudarse en el salón, despojarse del peto y de los

calzones largos y de la modestia, sentir el tacto de mis propias manos en la

piel y anticipar el suyo.

La nieve parece otorgar a los minutos una maravillosa y lánguida

lentitud. Nos quitamos la ropa a la una menos cuarto, y veo que es casi la

una y media cuando me quedo dormido. La siesta es una de esas cabezadas

hipnóticas, medio despierto pero completamente relajado, sin sueños, solo

la conciencia satisfecha de una luz blanca y algodonosa, minuto tras calmo

minuto. A las dos y cuarto me doy la vuelta, y calculo que nos queda más

de una hora para nosotros solos antes de que llegue el autobús. Liz, con la

cadera pegada a mis muslos, la trenza desecha desplegada por la almohada,

enrosca los dedos de los pies dormida y enlaza su tobillo con el mío.

Cuando me vuelvo a despertar, siguen siendo, milagrosamente, las dos y

cuarto. Me desperezo. La habitación se está empezando a enfriar, lo que

significa que el fuego necesita leña. Solo cuando me levanto para

alimentarlo comprendo que el lujo maravilloso del tiempo ha sido obra de

mi adormilado estado mental. De hecho, está empezando a asentarse la

penumbra del final de la tarde, si bien antes de lo normal por el cielo

cubierto. El reloj se ha parado.

Voy lento. Cuesta adivinar qué hora será con este tiempo, y la relajación

completa de la siesta me tiene asido todavía. Echo algo de leña al fuego y

me detengo a contemplar pensativo las ascuas encendidas. Liz gruñe y

suspira, destapa un brazo. Con los ojos todavía cerrados, pregunta:

–¿Qué hora es? ¿Eso era el autobús? Dios, qué pe reza.

La ventisca ha amainado. Cuando me acerco a la ventana, veo el valle

despejado del manto de nubes. Creo que mañana el cielo estará claro.

–¿Dónde está Tommy? –Está sentada muy recta–. Está a punto de

anochecer.

La repentina brecha de pánico me deja sin respiración. Nos ponemos de

golpe a buscar calcetines y petos y botas, pero yo no pienso nada, a

diferencia de Liz, que cae en la cuenta de que habrá llegado, nos ha visto

dormidos y se ha marchado al bosque del estanque con intención de

examinar a la potrilla. Sale corriendo hacia allá mientras yo echo un vistazo

a su cuarto, al establo, al taller. Lo llamamos, pero resulta frustrante con el

amortiguamiento de la nieve. En efecto, es tarde. Las cabras balan desde el

establo para que las ordeñen y les den de comer. Cuando me reúno con Liz

en el estanque, es pleno ocaso. La nieve que rodea el montículo de la

potrilla está intacta, como lo está la superficie del estanque. Tom no está por

aquí. Y ahora nuestras facultades se activan. La página de nieve es

reveladora. Y revela que ningunas botas de niño han recorrido ninguna

clase de camino desde el cabo de la carretera, que Tom no está aquí en casa.

Más facultades se activan. Trazamos un plan: yo iré esquiando al pueblo

y haré algunas llamadas, después de pasar por el colegio. Ella esperará aquí

y se encargará de ordeñar. Si no consigo encontrarlo, le pediré a Martin

Summerbee que me dé unas vueltas en coche y llamaré también a la policía.

El plan refrena un poco el pánico. En el porche, me ato las borlas de la

sudadera y a continuación me ajusto los esquís. Sacudo el esquí derecho.

Aguanta. Sacudo el izquierdo. La puerta da un golpe cuando Liz entra a por

la palangana de ordeñar. Cuando me enderezo después de recolocar la

polaina sobre la bota, veo la luz amarillenta, viva y sinuosa, de un fuego

enorme abajo en el valle, y sé al instante que es la casa de Lydia Harris, y

que esta es la última vez que miraré a lo lejos y la veré llamarme.

Esquío directo hacia allá. La nieve está fina y mullida por arriba, fundida

y húmeda por debajo: no es la mejor nieve para esquiar. Conejos, ciervos y

faisanes huyen ante mi avance. Más de una vez tengo que parar a enjugarme el hielo de los párpados y el bigote. Al pie de mis tierras, tardo un poco en

atravesar la alambrada a oscuras, y en cruzar luego por encima del riachuelo

que hay al pie de las tierras de mi vecino. Moreton no queda lejos, y es un

incendio importante. No lo pierdo de vista. Va cambiando de forma:

cuadrado al principio, alto y ancho como la casa, luego bajo, luego de

pronto alto y estrecho. Cuando me paro y acallo los esquís, oigo cómo

revientan las ventanas. No hay gritos ni chillidos. Imaginaba que habría

gritos y chillidos. El Cuerpo Voluntario de Bomberos de Moreton apunta

hacia él focos y mangueras. Aun después de apagarse las mangueras, los

focos continúan escudriñando la estructura ennegrecida. Entonces alcanzo

el pie de la colina boscosa que hay bajo la casa, y toda la escena queda

oculta a la vista. Me quito los esquís y cruzó con cuidado el arroyo, y

después sigo avanzando por la nieve nueva, pendiente arriba. Es agotadora,

esta expedición campo a través desde mi casa a la de Lydia, más difícil de

lo que creía que sería. ¿Cuál es mi estado mental? En suspenso. Expectante.

Molesto por el esfuerzo. No me he parado a pensar hasta entonces en Lydia

o Annabel. Cuando corono la colina, lo primero que veo a la luz escrutadora

es la curva de la antena parabólica junto al garaje. Lo segundo que veo es a

Paul Tillary, el jefe del cuerpo voluntario de bomberos. Sus manos tienen

agarrado por los hombros a Tom Miller, mi hijo, y le está hablando tremen‐

damente en serio.

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