La mujer de terracota
La mujer de terracota
I ncluso el ama de llaves oyó hablar de la novia de terracota antes que Siew Tsin. Ella no se enteró de su existencia hasta que un día como otro cualquiera, cuando bajaba corriendo las escaleras, la vio entrar por la puerta principal. Iba vestida de novia, con la elaborada corona tintineando a su paso.
Siew Tsin, ataviada con su viejo samfu, se agazapó en las escaleras mientras sentía cómo los vientos del cambio le erizaban el vello de la nuca. Tuvo apenas diez segundos antes de que la vieran; diez segundos para recuperar la compostura y que nadie pudiera adivinar lo que sentía.
Junsheng, su marido, cogió a la novia de terracota de la mano y se la presentó con una irónica inclinación de cabeza.
—Toda la familia ha salido a recibirte —le dijo a la chica. Y
añadió hacia Siew Tsin—: Esta es mi nueva esposa. Ocúpate de ella, por favor.
La novia resplandecía en su extravagante túnica de seda como una perla en una caja de terciopelo rojo. Era hermosa, tenía la piel suave como el jade y el pelo negro como un bol lacado.
Los ojos eran comas negras, sin rastro de blanco. No era humana. Nunca había estado viva.
—Debéis ser como hermanas —dijo su marido.
—¿Cómo se llama? —preguntó Siew Tsin.
—Puede contestar por sí misma —le explicó Junsheng—. Tiene cerebro y es tan inteligente como tú y como yo. ¿Cómo te llamas, querida?
—No me has puesto nombre —le contestó la novia de terracota.
Tenía una voz ronca y sorprendentemente profunda que no transmitía sentimiento alguno.
A Junsheng pareció gustarle su respuesta.
—Preciosa, tendremos que buscar un buen nombre para ti.
La última vez que Siew Tsin lo había visto tan complacido fue cuando sus descendientes quemaron un coche nuevo para él.
Siew Tsin no había pensado demasiado en la vida después de la muerte hasta que esta le dio alcance. Era joven cuando murió, y fue de forma repentina. Un coche la atropelló mientras cruzaba corriendo la calle, y se golpeó contra el bordillo. Un instante antes estaba llena de vida, tenía ambiciones, intereses, una familia que la quería… y al momento siguiente estaba muerta.
La llegada al infierno fue todo un impacto. Siew Tsin había sido educada en un colegio de monjas, por religiosas de ojos azules, con sus voces suaves y su religión implacable. Sus clases, impartidas en aulas demasiado caldeadas durante las tardes soleadas y soporíferas, habían hecho que imaginase el más allá como algo mullido, lleno de nubes, ángeles y amorosos Padres.
Desde luego, no la habían preparado para la realidad. La muerte era extrañamente parecida a la vida. El infierno era un lugar caluroso lleno de gente desagradable y apresurada, había muchísima burocracia y todos los funcionarios eran corruptos en extremo.
Por eso había sido un gran alivio para Siew Tsin que su tío abuelo, muerto muchos años atrás, diera con ella. El tío abuelo le pareció bastante amable, aunque su mayor preocupación era el escaso amor filial de sus hijos.
—¿Por qué no queman más dinero por mí? ¿Por qué no oigo sus plegarias? —le preguntó—. ¿Tan corta es la memoria de los niños de hoy en día? ¿Es que no pueden permitirse el dinero fantasma, o son demasiado tacaños?
—No conozco a los tíos demasiado bien —murmuró Siew Tsin
—. Viven al norte, en Alor Setar. No los vemos mucho.
Le daba demasiada vergüenza explicarle al tío abuelo que eran cristianos y ya no creían en los ritos tradicionales. Probablemente pensaran que estaba a salvo en el cielo cristiano, equipado con su propia arpa y sin ninguna necesidad de efectivo.
Al final resultó que no tendría que haberse preocupado tanto por no herir sus sentimientos, porque aquel viejo traidor procedió a venderla. Una vez más, el curso de los acontecimientos fue tan rápido y absurdo que no se dio cuenta de lo que había ocurrido hasta que ya era demasiado tarde. Un día estaba correteando por los negros suelos del infierno, poniendo todo su empeño en entender las normas de ese nuevo mundo, y al día siguiente la habían casado con el hombre más rico de la décima corte del infierno.
Al tío abuelo le vino muy bien el matrimonio; con el dinero pudo comprarse una casa en la décima corte y sobornar a los funcionarios para que hicieran la vista gorda ante su presencia allí.
La décima corte era el distrito más cotizado del infierno. Las otras cortes estaban habitadas por espíritus que tenían que expiar sus pecados, y en ellas los funcionarios infernales contribuían a su rehabilitación moral con todas las herramientas a su disposición: fuego, cadenas, látigos, lanzas y martillos, entre otros. Semejante ocupación volvía a los demonios impacientes y violentos, y resultaba insoportable pensar en el efecto que tenía en los espíritus.
La décima corte era para almas que habían expiado sus pecados, que nunca habían cometido pecados dignos de mención o que simplemente habían tenido un funeral lo bastante fastuoso (y, por tanto, suficiente dinero fantasma) como para librarse de los tormentos. Era una sala de espera en la que los espíritus aguardaban a que les prepararan sus nuevas vidas, lo que la convertía en un sitio mucho más tranquilo en el que estar muerto que cualquiera de las otras cortes del infierno. Los demonios, que se habían ablandado por la falta de práctica, eran tan corruptos y hedonistas como cualquier funcionario humano.
Con la paz y la estabilidad había surgido una sociedad. En la décima corte, los espíritus podían gozar de los frutos de sus muertes, conseguidos con el sudor de su frente, como las mansiones que sus descendientes habían quemado para ellos y el incienso que descendía flotando desde el mundo de los vivos hasta sus
agradecidas fosas nasales. Si un espíritu era rico, poderoso o simplemente inteligente, podía apañárselas para quedarse en la décima corte durante mucho tiempo, evitando así la invitación a tomar el té de la señora Meng que anunciaba el paso a la próxima vida.
Junsheng había sido un hombre rico cuando estaba vivo y, como tenía muchos hijos y nietos que cuidaban su tumba y quemaban regalos para él año tras año, había mantenido su condición después de la muerte. Cuando Siew Tsin lo conoció, llevaba muerto veinte años; y veinte años esquivando la pérdida de conciencia inherente a la reencarnación era mucho tiempo, incluso teniendo en cuenta la ineficacia de la burocracia infernal.
El tío abuelo debía tener buena intención. Debió de pensar que Junsheng cuidaría de su sobrina nieta, que le daría una muerte mejor de la que podría esperar de otra manera. A fin de cuentas, el tío abuelo llevaba muerto mucho tiempo cuando Siew Tsin llegó al inframundo, y en su época las mujeres tenían menos expectativas. A su hermana, la abuela de Siew Tsin, la habían llamado Chiu Dai:
«ven, hermanito».
Pero Siew Tsin había vivido en una época más moderna, y sus padres habían querido que fuera feliz además de dócil. Resignarse a la desdicha no le salía de forma natural; tuvo que aprender a hacerlo.
Tres meses después de su boda, Siew Tsin se fugó de casa de Junsheng. Todavía creía, como los niños queridos por sus padres, que no podía pasarle nada demasiado malo. Según su plan, le explicaría a un dios o a un amable funcionario lo que le había ocurrido y estos de alguna manera la devolverían a sus padres.
Quizás pudieran hacer que fueran bendecidos con un hijo aun
siendo ancianos, como Isabel en la Biblia; y, por supuesto, el bebé sería su hija muerta, que les era devuelta.
No se había alejado ni cien pasos de casa de Junsheng, cuando encontró al funcionario que buscaba. Parada frente a la entrada de una casa elegante con aire molesto, se encontraba un hada del cielo envuelta en una brillante túnica de seda. Emanaba de ella una fragancia de aire fresco y luz del sol que atravesaba el olor a sulfuro y piedra. La multitud de espíritus y demonios que llenaba las calles había dejado un amplio espacio vacío a su alrededor.
Una visita de la corte celestial era algo tan inusual que debía tratarse de un buen presagio, así que Siew Tsin atravesó la multitud, acercándose al hada con determinación.
Una vez le explicó su situación, le preguntó:
—¿Podría usted ayudarme, hermana? Mis padres viven en Klang, puede que no le pille de camino al cielo.
El hada le había dirigido una mirada compasiva.
—No lo está, pero eso no importa —contestó—. Me encargaré de que cuiden de ti.
Media hora después, cuatro funcionarios infernales de aspecto severo habían lanzado a Siew Tsin dentro de un palanquín y la habían llevado de vuelta a casa de Junsheng a toda velocidad. Al parecer, «cuidar de ella» significaba lo mismo para el hada que para el tío abuelo.
Junsheng no había sido desagradable, pero sí muy claro.
—Soy demasiado viejo e indolente para sermonearte, pero debes recordar que tengo todo el derecho a hacerlo si así lo deseo.
Teniendo en cuenta las particulares circunstancias de nuestro matrimonio, soy mucho más que tu marido. También soy tu madre y tu padre, tengo la misma autoridad que ellos sobre ti, y tú tienes las mismas obligaciones para conmigo que las que tenías con tus padres en vida.
»Te trataré tan bien como ellos desearían, pero a cambio debes honrarme como los honrarías a ellos. Eres joven, y por eso
perdonaré este desliz y pasaré por alto la vergüenza y las molestias que me has causado. Si te hubiera pegado y arrojado a la calle, incluso si te hubiera asesinado, todo el mundo habría estado de acuerdo en que estaba en mi pleno derecho. Pero soy demasiado viejo, y tengo en demasiada estima mi propia comodidad como para dejarme llevar por ese tipo de violencia. Por respeto a mis sentimientos, Siew Tsin, debes portarte bien a partir de ahora. No te consentiré ninguna tontería más.
Para ser justos con Junsheng, nunca volvió a reprochárselo.
Claro que tampoco hubo nada que reprochar; Siew Tsin era de las que aprendían rápido.
—¿Lo sabe la hermana mayor? —le preguntó una noche al ama de llaves, cuando la novia de terracota ya se había acostado. La mujer de terracota no dormía, pero Junsheng prefería que fingiera ser como todos los demás.
Siew Tsin se preguntaba qué haría toda la noche; si se apagaría como una radio o si simplemente se tumbaría inmóvil en la cama, los ojos negros fijos en el techo, hasta que llegara la mañana y le estuviera permitido levantarse.
—La señora Ling’en no ha sido informada —dijo el ama de llaves.
—¿Qué le parecerá?
El ama de llaves no dijo «no se enfadará tanto como cuando se casó contigo», pero tampoco hizo falta. De eso, hasta ella se había dado cuenta.
El problema era que Ling’en y Junsheng habían estado enamorados, hacía mucho tiempo, cuando aún vivían. Junsheng había tenido concubinas en vida, por supuesto, pero ellas no importaban. Se sabía que, en los viejos tiempos, lo consultaba todo con su mujer. Las cosas entre ellos se habían torcido mucho antes
de que su segunda esposa entrara en escena. Ling’en llevaba años viviendo por su cuenta cuando Junsheng se casó con Siew Tsin.
Era algo poco común. Ya resultaba bastante difícil sobrevivir en el infierno para un hombre rico y poderoso, con muchos descendientes leales y el favor de los funcionarios infernales. Había otros muchos peligros que afrontar, como los demonios ascendidos desde otras cortes, con su integridad recalcitrante y sus ansias de acelerar el ciclo de la reencarnación. O los ocho mil guerreros de terracota que habían sido enterrados con un emperador ya desaparecido y que, al haber perdido a su señor, vagaban por la décima corte en busca de pelea. Y lo peor de todo: los otros muertos. En el infierno, como en todas partes, el ser humano era su propio peor enemigo.
«Una mujer necesita protección». Así se lo había explicado el tío abuelo cuando le dijo que había concertado su matrimonio.
Ling’en no le había hecho caso a viejos pesados como el tío abuelo o su enfurecido marido. Vivía sola en una casa estupenda que su hijo favorito había quemado para ella, y de momento no había sufrido ninguna de las desgracias auguradas a las mujeres desprotegidas en el infierno.
Como Junsheng la aburría y evitaba visitarlo, tardó algún tiempo en descubrir la existencia de su segunda mujer. Siew Tsin llevaba ya casada varios meses cuando Ling’en fue a verla.
Siew Tsin recordaba vivamente su primer encuentro con Ling’en. Era una mujer esbelta, aunque más baja que ella, grácil como un sauce y de aspecto juvenil, a pesar de las canas. Había entrado en la sala de estar donde Junsheng y su nueva esposa estaban sentados sin esperar a que el ama de llaves la anunciara, como si se moviera aún por su propia casa.
—Así que al fin te dignas a visitar a tu marido —había dicho Junsheng.
Así fue como Siew Tsin descubrió que era su segunda mujer, dando inicio a la denigrante tradición de ser la última en enterarse
de cualquier cosa importante.
Ling’en le había echado un vistazo a Siew Tsin y apartado la vista con rapidez, como si fuera algo que no mereciera la pena mirar.
—¿Esto es lo que has comprado para entretenerte en mi ausencia? —dijo—. Pensaba que podrías permitirte algo más caro.
—Si te hubieras quedado como te pedí, querida, habría consultado tu impecable sentido del gusto antes de tomar la decisión —le contestó Junsheng—. Como no estabas, me temo que tendremos que conformarnos con lo que consideré adecuado según mi burdo criterio.
—Al menos es joven. —Hablaba como si ella fuese un objeto de dudoso valor que Junsheng había comprado en un mercadillo—.
Pero no te dará ningún hijo.
—No la elegí por ese motivo.
—¿Y entonces para qué te casaste con ella?
—Es una chica decente —dijo Junsheng—. Su tío abuelo estaba preocupado por su seguridad y me preguntó si podría ofrecerle mi protección. Es un hombre instruido y nos llevamos bien.
—Desde luego, no has perdido tu habilidad para mentir —
respondió Ling’en—. ¡Qué sórdido! Claro que supongo que los hombres ven de otra manera este tipo de cosas.
A Junsheng no le hizo gracia el comentario. Le gustaba verse a sí mismo como un hombre de honor, un buen patriarca a la vieja usanza. El tipo de hombre que Confucio habría aprobado.
—Estás siendo vulgar, pero eso es lo que ocurre cuando eliges un estilo de vida antinatural. No me sorprende que el tener que valerte por ti misma en un sitio como este te haya vuelto grosera. Si fueras capaz de comportarte con un mínimo de decencia, no tendrías por qué soportar tantas dificultades. Soy un hombre razonable, no creo que mis condiciones sean tan indignantes.
—No, a ti no te lo parecen —contestó Ling’en con tono socarrón.
—Lo único que pido es que nos comportemos como seres civilizados —dijo Junsheng, con una paciencia exasperante—.
Hemos estado casados mucho tiempo y siempre intenté ser un buen marido. Si tienes alguna queja sobre la forma en que os traté a ti y a los niños, te invito a que me lo hagas saber. Lo único que te pido es que no des rienda suelta a tu rencor de esta manera tan indecorosa.
Aunque esos sean tus sentimientos, piensa en la imagen que estás dando de la familia.
—La familia ya no existe —repuso Ling’en.
—Solo intento ser razonable.
Ling’en dejó escapar lo que, en una mujer menos elegante, habría sonado como un bufido.
—¿Por qué no pruebas más bien a ser inteligente? —le sugirió—.
Estamos muertos y aquí las cosas son diferentes. Si lo hubieras entendido ya, te darías cuenta de que no voy a volver, sin importar con cuántas jóvenes te cases.
—No lo hice por eso —dijo Junsheng.
Incluso Siew Tsin se dio cuenta de que era una respuesta estúpida, pero al parecer lo había sacado tanto de sus casillas que había perdido la sensatez. Ling’en se fue sin dignarse a contestar.
Tampoco fue más amable con ella en sus siguientes encuentros.
Las reuniones no eran frecuentes, pero Ling’en no había cortado todos los lazos con Junsheng. Su relación transmitía a quien la observara la espantosa permanencia del matrimonio. Todavía actuaban como un equipo; se reunían para hablar de dinero, discutir estrategias para mantener a los funcionarios infernales contentos y comentar los últimos rumores de la décima corte.
Aunque aún discutían de vez en cuando sobre la posibilidad de que Ling’en volviese a vivir con Junsheng, con el paso del tiempo este se fue cansando y sus argumentos se tornaron cada vez menos efusivos. Cuando comprendió que el haberse casado con Siew Tsin no había sido insulto suficiente para que Ling’en decidiera regresar a casa, perdió casi todo el interés en su nueva esposa. El sexo se acabó, para gran alivio de Siew Tsin. Y ella, convertida ahora en parte invisible de la casa, se replegó en sí misma. Su marido tenía
una biblioteca bien surtida de libros chinos e ingleses de la que hacía buen uso. Podía jugar al ajedrez chino con cualquier criado que tuviera un momento libre. Y, si se aburría mucho, podía tocar el piano que un descendiente atento había quemado para Junsheng.
Era una muerte tranquila, pero no desagradable. Así, Siew Tsin se hundió como una piedra en el río de la cotidianidad, ignorando el olor a azufre que se colaba por las ventanas. Hizo oídos sordos a los rumores sobre las barbaridades cometidas por los guerreros de terracota, a las maquinaciones de los espíritus y a la intrincada burocracia de los funcionarios infernales. Vivió su muerte, pasando desapercibida para su marido, el resto de la casa e incluso para sí misma.
Hasta que apareció la novia de terracota.
Junsheng la llamó Yonghua, su dama elegante. Lo que Siew Tsin no alcanzaba a comprender era la función que cumplía.
—Los hombres tienen sus necesidades —había dicho el ama de llaves.
En el mundo de los vivos, el ama de llaves había sido un papel; un papel arrugado, doblado, enrollado y pintado hasta darle la forma de una mujer, que fue quemado como ofrenda para reverenciar al difunto. Sin embargo, en el más allá daba la impresión, bastante convincente, de ser de carne y hueso, y de poseer toda la triste sabiduría que habría tenido una anciana de verdad.
—Junsheng no es un hombre que piense demasiado en los placeres de la carne —replicó Siew Tsin.
Como había ido a un colegio de monjas cuando estaba viva, se abstuvo de preguntarse en voz alta cuánto placer podía proporcionar un cuerpo de terracota.
El ama de llaves, intuyendo lo que le pasaba por la cabeza, contestó:
—Te sorprendería. Cualquier hombre estaría interesado, teniendo a Yonghua en su cama.
Ser desinhibida era también parte de su personalidad.
Yonghua era un milagro de la ingeniería, mucho más avanzada que los guerreros de la dinastía Qin que se dedicaban a saquear tiendas, asediar a los espíritus y convertir la muerte en un infierno tanto para los humanos como para los propios demonios. Los guerreros de terracota estaban pintados para parecer humanos, pero los creadores de Yonghua la habían recubierto de un material sensible que parecía y reaccionaba como la piel. Sus mejillas eran suaves y aterciopeladas, sus pestañas largas y abundantes. Tenía el pelo espeso y la carne del brazo se contraía al tacto, como la masa fresca cuando la presionas con el dedo.
Sus creadores la habían diseñado como la más tentadora de las mujeres.
—Y con todos los pensamientos que le pusieron en la cabeza —
añadió el ama de llaves—, puedes estar segura de que también la hicieron para otras cosas.
—¿Quiénes son sus creadores?
El ama de llaves le lanzó un rápido vistazo con sus ojillos brillantes. Siew Tsin tuvo la extraña impresión de que la había puesto a prueba y no la había superado.
—Hombres de mente sucia, como todos —le contestó, con una ligereza que resultaba aún más falsa de lo habitual. Siew Tsin le habría hecho más preguntas, pero ella prosiguió—. Estos metomentodo acabarán haciendo que sea imposible distinguir a los muertos verdaderos de los que nunca han estado vivos. La chica está haciendo preguntas todo el tiempo. Cuando la visten los criados, pasa todo el rato de cháchara. Cuando le preguntamos de dónde saca todas sus preguntas, nos dijo: «Me crearon con capacidad de aprendizaje, la esposa perfecta debe conocer a su marido». ¿No te parece inteligente, ella que no tiene una madre que le enseñe?
—Muy inteligente —murmuró Siew Tsin.
La última vez que se había sentido así fue cuando aún estaba viva y sus padres le hablaban de su prima Ming Yen, que era muy buena
estudiante, tocaba el guzheng, tenía una voz suave, comía a pequeños bocados y nunca respondía mal a sus mayores.
Cuando, una tarde aburrida, Siew Tsin fue a parar a la sala de música y se encontró con Yonghua sentada al piano, le pareció una broma de mal gusto de los dioses. Por supuesto que Yonghua tocaba el piano. Seguro que lo hacía de maravilla.
Siew Tsin hizo amago de abandonar la habitación, pero Yonghua se giró y la vio.
—¡Ah, hermana segunda! —dijo, poniéndose en pie—. Lo siento, he sido una entrometida. Debí haberte preguntado antes de tocar el piano.
—No, no —negó Siew Tsin.
¿Era acaso vergüenza lo que hacía que Yonghua inclinara la cabeza? ¿Tenía sentimientos o simplemente reaccionaba? Los salvajes guerreros de terracota parecían actuar movidos en exclusiva por su ira y lujuria, abandonándose al saqueo por voluntad propia. Pero Junsheng decía que lo que los impulsaba era puro instinto; una vez rotas las cadenas del deber y la lealtad, lo único que quedaba para dirigir a las máquinas eran los remanentes de los deseos de sus creadores, sin ningún control de la razón humana.
—Es de Junsheng —explicó Siew Tsin—. Yo no tengo ninguna autoridad sobre el piano.
—Pero eres la única que lo toca, ¿no? —repuso Yonghua—. Me lo dijo la mujer de papel. Eso te convierte en la dueña natural del instrumento.
—Disculpa por haberte interrumpido —murmuraba Siew Tsin al mismo tiempo, aún con la esperanza de poder escabullirse.
Pero Yonghua insistió:
—Yo no sé tocar. Lo estaba mirando por curiosidad, nunca había visto algo así. —Hizo una pausa—. ¿Lo tocarías para mí? Me gustaría escuchar cómo suena.
—Ah —respondió Siew Tsin. ¡Aquello iba de mal en peor!—. No estoy segura de ser la más indicada para mostrártelo. Solo recibí unas cuantas clases cuando era niña, apenas sé tocar.
—Teniendo en cuenta que estuviste viva, seguro que entiendes más de estos temas que yo —dijo Yonghua—. No sé nada de música
o de arte. Por favor, enséñame.
Su franqueza desarmó a Siew Tsin. Se sentó y tocó la única pieza que podía ejecutar mínimamente en condiciones: un minueto de Bach. Yonghua la estuvo observando todo el tiempo, con la cabeza inclinada y la frente arrugada, como si estuviera concentrando toda su energía en absorber el sonido.
—No me ha salido demasiado bien —comentó Siew Tsin al terminar. Entonces se le ocurrió una idea—. Junsheng tiene un gramófono en su estudio. Te pondré algunos discos de buenos pianistas, para que te hagas una idea mejor de lo que es la música.
—Muchas gracias, hermana.
A Yonghua le brillaban los ojos; ahora que Siew Tsin se había acostumbrado a ellos, ya no le parecían tan extraños. No podía recordar cuándo había sido la última vez que había complacido tanto a alguien, y se dio cuenta de que le gustaba esa sensación.
Cuando el ama de llaves les dijo que había venido Ling’en, Siew Tsin tuvo el impulso inesperado de esconder a Yonghua. Una cosa era que Ling’en hiciese insinuaciones desagradables sobre ella, pero Yonghua, tan vacía e inocente como un papel en blanco, no se merecía ese trato. No tenía ningún pecado que redimir, como para ser atormentada por espíritus inquietos.
Pero tampoco podía meter a Yonghua debajo del sofá y fingir que no estaba ahí. Así que cerró el libro y le dijo al ama de llaves que invitase a Ling’en a entrar.
Ling’en le echó su característico vistazo rápido a la habitación, como si estuviera localizando las salidas. Entonces les dirigió a Siew Tsin y Yonghua una de sus miradas veladas, que eran como recibir una puñalada de un cuchillo salido de la nada.
—Qué
imagen
tan
encantadora,
las
hermanas-esposas
estudiando juntas. Debe de ser un placer para Junsheng que os
llevéis tan bien. ¿Qué habéis estado leyendo?
Yonghua no parecía asustada. Siew Tsin estaba empezando a percatarse de que no solo se le daba mejor que a ella el ser esposa, sino también el ser persona.
—La segunda hermana me está enseñando la poesía de su país.
Una peculiaridad de Yonghua era que miraba a la gente directamente a los ojos. Para ella no se trataba de una muestra de mala educación. Esa era una de las sutiles diferencias que delataban que no era humana.
—¿Poesía? —preguntó Ling’en, echándose a reír—. ¿Escribían poemas en tu país, Siew Tsin? Sabía que nuestros primos de los mares del sur eran emprendedores, pero no tenía ni idea de que cultivaran las artes. No sabía que tuvieras tal interés en las letras.
Siew Tsin sintió que se sonrojaba. Esa era una de las cosas con las que a Ling’en le gustaba atormentarla, su peculiar acento y las ocasionales disonancias que se reflejaban en su mandarín cuando utilizaba expresiones típicas malayas o cuando traducía directamente del malayo, el inglés u otro dialecto.
—Creo que sí había poetas chinos en Malasia —contestó—. Pero le estaba enseñando a Yonghua pantun malayo. No había oído hablar de este estilo antes y me preguntó si podía mostrarle algún ejemplo.
—Yonghua habla malayo, ¿a que sí?
—Aprendo rápido —contestó la aludida.
—Por supuesto, así es como te han creado.
Siew Tsin se puso rígida. En todos los días que habían pasado leyendo y escuchando música, Yonghua y ella nunca habían tocado el tema de su origen. Le había parecido poco delicado mencionarlo.
—Después de todo —dijo Ling’en—, Junsheng no se habría casado contigo si no fueras lo mejor que la tecnología puede ofrecer.
—Lo soy —asintió Yonghua—, sin la menor duda.
Siew Tsin no pudo evitar encogerse cuando Ling’en se acercó a ellas, pero, a su lado, Yonghua ni siquiera pestañeó.
Ling’en alzó la mano y sostuvo la barbilla de Yonghua con sus finos y afilados dedos. La piel de Yonghua, como Siew Tsin sabía, estaría fresca, y Ling’en sentiría a lo largo de su mandíbula, bajo los dedos, un pulso firme, tan constante como un mecanismo de relojería.
—¿A qué está jugando? —susurró Ling’en. Pero, aunque se refería a Junsheng, mantenía la vista clavada en los ojos de Yonghua.
Siew Tsin no supo lo que vio en ellos.
—¿Conociendo a tu nueva hermanita? —preguntó la voz de Junsheng desde la puerta—. Qué amable por tu parte visitarnos, Ling’en. Por una vez tenemos a toda la familia bajo el mismo techo.
—La ancianidad te está convirtiendo en una vieja incapaz de abrir la boca sin reprocharles a sus nietos que la descuidan —
respondió Ling’en, dejando caer la mano. Los ojos de Yonghua, negros como la tinta, seguían fijos en ella, grandes y deslumbrados
—. Tampoco es que el infierno sea el sitio más interesante en el que he vivido —prosiguió—. Y la vejez en la muerte es menos satisfactoria que en vida. Pero, aun así, empezar a comerciar con blasfemias es ir demasiado lejos.
—¿A qué te refieres? —dijo Junsheng. Aunque sonreía, sus ojos no lo hacían.
—Esa cosa es una abominación.
—Te estás volviendo piadosa en la vejez.
—Ya sabes que no suelo preocuparme por aplacar a los dioses, pero tampoco tengo por costumbre molestarlos. No es asunto mío.
Solo me resulta extraño que te hayas pasado todos estos años instándome a regresar por mi propia seguridad, para empezar ahora a jugar con fuego tú.
Junsheng se encogió de hombros.
—Siempre hay alguien que le da demasiadas vueltas a estas cosas.
Soy un hombre mayor, he trabajado duro para poder permitirme
mis placeres. ¿Acaso no merezco algo de diversión a mi edad?
—Debes de pensar que soy realmente estúpida —contestó ella—.
Antes me tenías más respeto, Junsheng. Esto no tiene nada que ver con la lujuria; no sexual, al menos. Pero no seré yo quien se inmiscuya en asuntos ajenos.
—¿Ya te vas? —inquirió Junsheng.
—Solo vine a satisfacer mi curiosidad —le respondió Ling’en. Y, mirando a Yonghua, añadió—: Es bueno que aprendas rápido.
Aprovecha tu tiempo, porque no te queda demasiado.
Yonghua cogió la mano de Siew Tsin y la apretó. Tenía los dedos fríos.
La presión de esos dedos le dio a Siew Tsin un repentino arrebato de valor.
—Acompañaré a la hermana mayor hasta la puerta —dijo.
Al fin y al cabo, ¿qué era lo peor que le había hecho Ling’en?
Lanzarle miradas desabridas e insinuar que era una puta. Bueno, Siew Tsin era esencialmente una puta, y las miradas no habrían podido matarla ni aunque aún estuviera viva.
—¿Qué querías decir con eso de que a Yonghua no le queda mucho tiempo? —le preguntó en la entrada.
Ling’en pareció sorprendida. Habría puesto la misma cara si su perrito faldero hubiera levantado la cabeza y comenzado a recitar poesía Tang. Por un momento, Siew Tsin creyó que no contestaría, pero entonces dijo:
—No es solo Yonghua, todos estáis en peligro. Junsheng es un auténtico idiota. Con el tiempo que ha conseguido mantenerse aquí a salvo, ahora lo está tirando todo por la borda por un juego.
—No entiendo a qué te refieres.
—Pregúntale a Junsheng.
Siew Tsin la cogió del brazo antes de que se fuera.
—¡No me dirá nada! —exclamó—. Junsheng no me cuenta nada.
¡Nadie lo hace! Piensan que soy una ignorante. Y es verdad, no sé nada. Pero Yonghua puede aprender lo que sea. Hace dos semanas, nunca había visto un piano, y ahora puede tocar lo mismo que yo, todas las partituras que tenemos, todas las piezas que ha oído en el gramófono. En unos días, hablará malayo tan bien como yo. ¿Qué va a ser de ella?
Si el perro se hubiera puesto a dos patas, se hubiera arrancado a bailar ballet y le hubiera propuesto matrimonio a Ling’en, esta habría tenido una expresión parecida a la que lucía en ese instante.
Claro que eso era una mejora frente a la forma habitual que tenía de mirar a Siew Tsin, como si fuese algo asqueroso que se le había pegado en la suela del zapato.
—Por favor, cuéntamelo. Si se avecinan problemas, tal vez haya algo que pueda hacer para ayudar.
Una pequeña sonrisa asomó a los labios de Ling’en.
—¿Quién se podía imaginar que habría un cerebro dentro de esa preciosa cabecita? —comentó. Luego se encogió de hombros—. No hay nada que puedas hacer.
Se iba a marchar sin decirle nada. Siew Tsin no podía soportarlo.
—Por favor…
—Aunque también podría contártelo —repuso Ling’en, mientras una sonrisa de puro placer se extendía por su rostro—. Eso sacará de quicio a Junsheng. Voy a buscar un palanquín que me lleve a casa.
Acompáñame a la calle principal, y te lo contaré.
Yonghua seguía sentada sola en la misma habitación en que Siew Tsin la había dejado. La miró cuando entró y dijo:
—Jungsheng se ha ido a su estudio. Parecía… —Dudó. Yonghua era exquisitamente correcta cuando se trataba de su marido, como con todo lo demás. Pero no quedaba del todo claro lo que pensaba de él—. No parecía contento.
—Ling’en y él solo pueden pelearse cuando están juntos —le contestó Siew Tsin—. Aunque a veces lo hacen mediante terceras personas.
Yonghua inclinó la cabeza hacia un lado, como un pájaro.
—Tú tampoco pareces contenta.
—¿Sabes para qué fuiste creada? —inquirió Siew Tsin con brusquedad.
A Yonghua no pareció extrañarle la pregunta.
—Me hicieron para proporcionar un beneficio a mis creadores.
Eso era verdad, por supuesto.
—¿Sabes por qué se casó Junsheng contigo?
Yonghua bajó la mirada con la modestia que corresponde a una joven.
—Creo que se considera prestigioso poseerme. Soy muy cara.
—Vales más que tu propio peso en oro —replicó Siew Tsin.
Ling’en se lo había dicho.
Yonghua sonrió.
—Exacto.
Aparentemente, Ling’en había decidido que los años de letargo de Siew Tsin se debían a un inteligente deseo de alejarse de los problemas, más que a su extrema timidez, y le había dicho:
—Si eres tan sensata como pareces, tendrás cuidado de evitar a esa máquina. Si finges que no sabes nada, puede que tengas una oportunidad. Pero lo mejor es que ahorres, o roba si tienes que hacerlo, y aléjate de esa casa. Deja que Junsheng se vaya a… mmm…
al paraíso él solo. No hay ningún motivo por el que tú debas verte arrastrada con él.
—¿Es por eso por lo que te fuiste? —preguntó Siew Tsin.
La cara de Ling’en era tan fina, sus mejillas tan altas y su barbilla tan afilada, que todo en ella tenía aristas. Su sonrisa cortaba como un cuchillo.
—Me fui porque sabía que acabaríamos el uno con el otro si me quedaba —respondió—. Siempre hemos estado demasiado empeñados en salvar al otro de convertirse en lo que no nos gustaba. Puede que así evite la idea de salvación de Junsheng.
«Yonghua, estás en peligro» era lo que Siew Tsin hubiese querido decir, pero la puerta se abrió y apareció Junsheng ante ellas, recuperado su buen humor.
—Querida, ¿qué haces ahí sentada en la oscuridad? Siento haberme enfurruñado. ¡Esa vieja inútil! Ha descubierto la religión y le está ablandando el cerebro. Pero perdóname. Ven arriba a entretener a tu anciano marido. Los inútiles de mis descendientes se han lucido por una vez y tenemos una radio nueva, puedes enseñarme a utilizarla.
Yonghua se levantó, murmurando disculpas. Y Siew Tsin se quedó donde estaba, fuera del círculo de luz que arrojaba la lámpara.
La luz que entraba por las ventanas tiñó la habitación de un rojizo espeluznante, manchado de sombras. Fuera, el cielo era el oscuro techo de una caverna; la tierra, un negro suelo volcánico; los vecinos, demonios y espíritus. A pesar de las cabezas de caballo y las caras de toro, los demonios de la décima corte eran criaturas mundanas, barrigonas y a menudo congestionadas por la bebida, y también lo bastante corteses con la esposa de un hombre rico. Pero la luz roja que iluminaba el infierno hacía que todos parecieran aterradores, ya fueran humanos, demonios o cualquier otra cosa.
No era un mundo en el que Siew Tsin hubiera elegido vivir. Y, sin embargo, no quería renacer, como tampoco lo quería Junsheng, ni ninguno de los otros espíritus que colmaban de oro y favores a los funcionarios infernales para que les permitieran permanecer donde estaban. El renacimiento entrañaba la verdadera muerte, la pérdida de la memoria y de la conciencia de uno mismo.
Ese día se quedó sentada en la oscuridad mucho tiempo, y solo reaccionó cuando una criada de papel la avisó para cenar.
Yonghua oyó a los intrusos antes de que Junsheng o Siew Tsin se enteraran de nada. Habían estado leyendo mientras Junsheng jugaba distraídamente con el pelo de Yonghua y Siew Tsin fingía no darse cuenta.
Desde que Junsheng se había percatado de que a Yonghua le gustaba que incluyera a Siew Tsin cuando la mandaba llamar, era habitual que le pidiera a su segunda esposa que se uniera a ellos. Los tres pasaban las noches juntos, hablando, leyendo y escuchando ópera cantonesa en el gramófono. Junsheng parecía disfrutar fingiendo que eran una familia.
Siew Tsin y Yonghua casi nunca se dirigían la palabra en esas ocasiones. Yonghua, porque era la esposa perfecta y toda su atención estaba fija en Junsheng; y Siew Tsin, porque no quería que nadie conociera su amistad. Nadie debía saber cuánto la atraía Yonghua.
Era su acuerdo tácito, por eso fue toda una sorpresa que Yonghua lo rompiera. Sacudiéndose la mano de Junsheng, se irguió y se volvió hacia ella, diciendo:
—Tienes que irte ahora, ya vienen.
Siew Tsin se la quedó mirando fijamente.
—¿Qué? —exclamó Junsheng.
Pero Yonghua ya se había puesto en pie. Empujó un armario con el hombro para bloquear la entrada, mientras los otros dos la miraban con ojos desorbitados.
—Eso los ralentizará —dijo.
Se volvió hacia Siew Tsin, la cogió de la cintura y, moviéndose tan rápido que la joven apenas tuvo tiempo de gritar, la lanzó por la ventana abierta. Siew Tsin cayó con estruendo en el estanque de las carpas koi, justo cuando los soldados de terracota tiraban la puerta abajo.
—¡Corre! —gritó Yonghua, y cerró la ventana de golpe.
Siew Tsin descubrió después que habían sido tres atacantes. Era bastante fácil contratar un guerrero de terracota como mercenario;
al fin y al cabo, era uno de los pocos trabajos que se dignaban a hacer, aunque la mayor parte del tiempo prefirieran obtener su oro por la fuerza. Pero no aceptaban órdenes por un módico precio. Sus servicios eran caros.
Ya resultaba raro que un encargo requiriese las habilidades de un solo guerrero. Estaban hechos para luchar, tenían una fuerza sobrehumana, eran casi indestructibles y no estaban sujetos a ninguna de las restricciones morales que regían el comportamiento de los humanos o los funcionarios infernales. Los habían construido para proteger a los muertos, y nada les asustaba.
Enviar tres guerreros de terracota para matar o secuestrar a un hombre rico era excesivo. Pero, por supuesto, quienes los habían contratado contaban con Yonghua. La habían incluido en sus cálculos.
Por desgracia para ellos, habían calculado mal.
Aunque a Siew Tsin le pareció una eternidad el tiempo que tardó en salir del estanque, no pudieron ser más que unos minutos.
Tosiendo y con lágrimas en los ojos, se arrastró hasta la ventana y abrió los postigos que, con las prisas, Yonghua había olvidado atrancar.
Una cabeza de arcilla roja surgió por la ventana. Siew Tsin estuvo a punto de soltar un grito, pero consiguió ahogarlo. Cerró el puño, lo levantó… y se dio cuenta de que una enorme grieta recorría la frente del guerrero de terracota. Empujó la cabeza, y el cuerpo sin vida se desplomó hacia un lado.
En la habitación, Junsheng estaba tendido en el suelo con los ojos cerrados. Debía haber recibido un golpe en la cabeza, o quizás hubiese pensado que lo más inteligente era fingir inconsciencia. Y
Yonghua…
Yonghua era una explosión de color, un torbellino de capas de tela, con su silencio sobrenatural como un remanso de quietud en medio de un vendaval de movimiento. Golpeó la mandíbula de un guerrero con la base de la mano, lo agarró por el brazo y lo lanzó
por los aires. El guerrero se estrelló contra la pared con el estruendo de un jarrón rompiéndose en pedazos.
Yonghua se giró, bloqueó el brazo del guerrero que quedaba en pie, se sacó una horquilla del pelo y le clavó la punta en el cuello.
El guerrero se tambaleó hacia atrás, gimiendo. Era un ruido extraño, como de rocas rechinando, y aún más extrañas fueron las palabras que se podían distinguir entre los gemidos.
—Hermana —dijo el guerrero—. Hermana, ten piedad…
Yonghua le atravesó el pecho con el puño.
Cuando se sacudió el polvo de las manos, Siew Tsin vio que le sangraban los nudillos. Se encaramó a la ventana y entró, sorteando con cuidado los pedazos de los guerreros de terracota diseminados por la habitación.
—Estás herida.
Yonghua apenas echó un vistazo a sus manos ensangrentadas.
—Es solo líquido —replicó—. Ve a ver a Junsheng. ¿Está herido?
Pero él se estaba moviendo. Abrió los ojos y miró a Yonghua con gesto lívido, cargado de patetismo. Ella se arrodilló a su lado, deslizando un brazo bajo su cuello para sostenerlo.
—No estás bien —le dijo.
—Soy un hombre viejo —contestó él.
«Solo tenías cincuenta y cuatro años cuando moriste, y no aparentas más de cuarenta», pensó Siew Tsin.
—En mi juventud, podría haber luchado contra esos bandidos.
Pero ya no estoy para estos sustos.
Junsheng se sentó con dificultad. Eso era lo que Siew Tsin odiaba de los hombres, pensó de repente, para su propia sorpresa. Nunca antes había caído en la cuenta de que los odiaba, pero lo hacía, y ese era uno de los motivos: esa demanda constante de simpatía e interés que requerían de cualquier mujer en las inmediaciones. A Junsheng no le gustaba Siew Tsin, ni siquiera la conocía, pero aun así también apelaba a ella. Su necesidad era pegajosa, con tentáculos que la estrangularían si pudiesen.
Siew Tsin la rechazó.
—Estás sangrando —le dijo a Yonghua.
Esta le lanzó su típica mirada hermética, pero Siew Tsin percibió el reproche. Estaba siendo demasiado obvia.
—No es sangre —intervino Junsheng—. Será una solución teñida para imitar la sangre, pero su función es puramente decorativa.
Ayuda a engrasar sus articulaciones, pero perderla no le hará ningún daño. No lo notas en absoluto, ¿verdad, cariño?
—En absoluto —contestó Yonghua.
Sus ojos recorrieron sin ver los restos de los guerreros de terracota que yacían a su alrededor. Junsheng siguió su mirada.
—Estúpidos —susurró, triunfante—. Eres una joya, vales cada tael de oro que pagué por ti. Te subestimaron. Esto les habrá costado una fortuna. —Giró la cabeza—. ¿Ves, Siew Tsin? Es lo que siempre he dicho. Esto es lo que pasa con el fanatismo religioso, que te nubla la mente. El hombre que triunfa es el que no permite que ni los demonios ni los iluminados lo intimiden.
«Pero el egoísta ve con claridad», pensó Siew Tsin.
En un principio, Siew Tsin había creído que Junsheng se había casado con Yonghua por vanidad, pero no se había parado a pensar cuáles eran las auténticas intenciones de los creadores de Yonghua.
Si pudieras crear algo que pareciera humano y dotarlo con toda la gracia y belleza posibles, ¿qué inventar sino una joven exquisita?
Habría demanda asegurada.
—Piensas que esto va de dinero y prestigio, y tal vez de lujuria —
le había dicho Ling’en el día que la había acompañado a esperar el palanquín. Ling’en había hablado en medio de la multitud de espíritus y funcionarios como si estuvieran charlando sobre peinados en vez de conspiración y rebelión, con voz clara y natural
—. Pero son mucho más ambiciosos de lo que crees.
Piensa, la instó Ling’en, ¿qué podrías hacer con algo que se asemejara a un cuerpo humano? Más fuerte que un humano, más
hermoso y, lo más importante de todo, inmortal. Inmune tanto a la enfermedad como al asedio de los demonios. Algo así, a diferencia de los cuerpos de todas las criaturas de la naturaleza, no estaba sujeto a los designios de la rueda de la vida. El renacimiento no le afectaba.
Como espíritus, Ling’en, Siew Tsin y Junsheng se sentían vivos.
Comían y dormían en sus casas, bajo techos de teja o paja, igual que los vivos. Pero todo el mundo sabía que esas paredes en apariencia sólidas, las pesadas puertas y los techos que los cobijaban eran en realidad de papel. Si los sacaran de ese frágil mundo, al fin y al cabo irreal, en el que estaban suspendidos, cada placer y padecimiento de la carne que creían experimentar se revelaría como una ilusión. Si una chispa prendiera su vida en el más allá, estallarían en llamas y se desvanecerían.
—Podemos aguantar mientras nos duren el dinero y la buena suerte —dijo Ling’en—. Pero antes o después, algún dios o demonio nos sacará de nosotros mismos y arrojará lo que quede a nuestra próxima vida, nos guste o no. Antes o después, moriremos.
»Sin embargo, este hombre, o esta mujer, quienquiera que haya creado a Yonghua, se preguntó: ¿y si pudiéramos transferir nuestra consciencia a un soporte que no esté sujeto a la rueda de la vida? Si existiera algo así, la idea de vidas pasadas y futuras se volvería obsoleta. Todas las vidas serían la misma.
—¿Quieren convertirse en Buda? —exclamó Siew Tsin.
—Pero sin trabajar para lograrlo —afirmó Ling’en—. Hay un grupo que afirma haber encontrado el secreto de la inmortalidad.
Han descubierto una forma de insertar sus mentes en una carcasa inmortal que no necesita comida ni aire para sobrevivir, a la que no le afectan las cosas materiales igual que a los humanos.
»En el momento en que una persona transfiere su conciencia a este soporte, sus recuerdos quedan sellados en él para siempre.
Aunque bebieran el té del olvido de la señora Meng, su mente saldría indemne. Esa persona podría volver a ascender al mundo de
los vivos y mantener su identidad para siempre. Dicen que vivir en un soporte así es como ser humano, pero mejor.
—¿Cómo sabes todo eso? —susurró Siew Tsin.
—Los revolucionarios me pidieron dinero —respondió Ling’en, con aire disgustado—. Algún estúpido entre mi servicio ha estado hablando demasiado. Parece que la gente se cree que soy lo bastante rica como para poder permitirme un cuerpo inmortal en el que vivir. Por eso vine a ver a Yonghua; sería una ingenua si comprara sin comprobar la mercancía primero.
—Yonghua es…
—Un modelo de prueba, y también publicidad. Unos cientos de taels de oro, y podría insertar mi mente en un cuerpo como el suyo.
Debo decir que es espectacular. La posibilidad de tener un cuerpo como ese es muy tentadora para una mujer de mi edad.
—Pero no lo entiendo. ¿De dónde viene su mente?
—Simplemente la han programado así —explicó Ling’en—.
Todavía no han intentado el proceso con ninguna mente real.
Yonghua es solo un prototipo.
—Y Junsheng siempre ha estado al tanto —replicó Siew Tsin.
—Se le ha reblandecido el cerebro de no usarlo. Ojalá hubiera empezado un negocio como le dije que hiciera al principio, después de morir; eso le habría mantenido ocupado. Vivir por todo lo alto a costa de sus descendientes le ha echado a perder. Ahora se permite el lujo de participar en conspiraciones y conjuras. Ya somos demasiado viejos para esas cosas.
—¿Cuánto peligro corremos, hermana mayor? —preguntó Siew Tsin.
Ling’en se encogió de hombros.
—Si yo fuera un dios, estaría indignado por el descaro de los mortales, intentando crear un nuevo panteón. ¿Tú no? Pero si fuera un funcionario infernal, me lo tomaría mucho peor; ya no sería solo mi estatus lo que se vería amenazado, sino mi sustento. ¿Qué haría
un funcionario infernal si no tuviera espíritus a los que acorralar hasta su próxima vida, o que le sobornaran para que no lo hiciera?
»Junsheng es demasiado conocido como para que se limiten a atraparlo y lanzarlo a su próxima vida. No quieren que los espíritus se rebelen ni que los ricos dejen de pagar. Pero si se desesperan, puede que usen otros métodos para llegar hasta él y hasta Yonghua.
Tú no eres importante para ellos, pero no se fijarán en si sus lanzas atraviesan a tres en vez de a dos. Siew Tsin le preguntó a Ling’en si se iba a apuntar.
—¡Ja! ¿Estar atada a esta mente para toda la eternidad? Esa tortura es peor que todo lo que puedas sufrir en las diez cortes del infierno.
—Pero… todavía estás aquí —aventuró Siew Tsin.
Algo de la vieja acritud de Ling’en volvió a su voz.
—¿Acaso tú haces siempre lo que debes? —contestó, encogiéndose de hombros—. De todas formas, el plan nunca funcionará.
—¿Por qué no?
—Es teología barata —repuso Ling’en—. El estúpido que creó a Yonghua era un ingeniero de reanimación cuando estaba vivo.
Nadie podrá convencerme de que alguien que hacía ese trabajo sea capaz de tener una mínima comprensión de la religión.
—¿Un nigromante? —dijo Siew Tsin, utilizando el término inglés—.
Pensaba que solo existían en Europa.
—Ese tal Chen Fei se formó en Inglaterra. La lluvia de ese país debe haber licuado todo su sentido común —dijo Ling’en—. Los occidentales, al contrario que nosotros, no se contentan con alimentar a sus muertos regularmente y pedir protección de vez en cuando. Ellos encapsulan la esencia vital justo antes de que deje el cuerpo del difunto y la insertan en un autómata. Luego ponen a la pobre criatura a encargarse de sus trabajos pesados.
Siew Tsin se quedó boquiabierta.
—¿Pero no les preocupa que sus ancestros los castiguen?
—Los occidentales tienen otras ideas sobre los ancestros —
explicó Ling’en—. Dicen que el alma abandona el cuerpo en el momento de la muerte, y que la esencia vital que se aferra al cadáver no es más que energía.
»Me imagino que, cuando Chen Fei murió, esperaba que el diablo lo recibiese con frac y sombrero de copa. En lugar de eso, se encontró aquí con el resto de nosotros, los chinos. Así que se ha volcado en esto, en pervertir la tecnología de nuestros ancestros para alimentar su propio ego. Cuando haya recaudado suficientes fondos para agenciarse cuerpos inmortales para sus seguidores y para sí mismo, supongo que escalará de vuelta al mundo de los vivos con su ejército y tratará de tomar por asalto el cielo cristiano… o la Royal Society, que debe ser más o menos lo mismo para él.
Siew Tsin no podía imaginarse a Junsheng haciéndose miembro de ninguna sociedad, ya fuera celestial, real o ambas cosas a la vez. Y
así lo dijo.
—No. ¿Pero por egoísmo? —replicó Ling’en—. Querida hermanita, ¿quién no movería cielo y tierra por eso?
El día posterior al ataque, Siew Tsin se encerró en la biblioteca de Junsheng a leer como loca.
Si hubiera prestado atención, habría adivinado lo que estaba pasando. Todas las pistas estaban ahí. Junsheng tenía una cantidad asombrosa de libros sobre autómatas, sobre la calidad de la terracota como material de construcción y sobre el renacimiento y el alma. Había escrituras sagradas budistas, antologías de cuentos taoístas sobre los inmortales y panfletos de autoayuda sobre cómo hacer amigos e influir en la gente.
Y mapas. Siew Tsin les prestó a estos especial atención.
Cuando salió de la biblioteca, tenía la cabeza atestada de información; la filosofía luchando con la topografía, las leyendas enredándose con la ingeniería.
Estaba todo ahí, dispuesto como la vajilla sobre la mesa del banquete. Junsheng ni siquiera se había esforzado en ocultar los libros que había estado leyendo, que se amontonaban apilados sobre la mesa o desparramados por el suelo. Había hecho anotaciones en los márgenes y doblado las esquinas de las páginas importantes.
Siew Tsin se dijo a sí misma que, si hubiera tenido la mitad de la curiosidad propia de los seres conscientes normales, si se hubiera tomado la molestia de echarle una ojeada a uno o dos de aquellos libros, habría descubierto lo que tramaba.
Pero no se había interesado. Era tan idiota que había ido a la biblioteca y había cogido sus tontas novelas románticas, sus filósofos, sus biografías de grandes hombres y mujeres, sus manuales básicos de latín y griego. Lo había leído todo, excepto cualquier cosa relevante. Se había convencido de que, aunque en su vida no pasara nada, al menos estaba aprendiendo, y que eso era algo valioso en sí mismo. Era lo que habrían dicho las monjas de su colegio.
Pero las monjas del colegio ya se habían equivocado sobre la muerte. ¿Por qué iban a tener razón en lo demás?
Y Junsheng… la tenía en tan poca consideración que ni siquiera se le había pasado por la cabeza esconder su investigación, aunque todo el mundo sabía que ella pasaba horas en la biblioteca. Era un grado de indiferencia que iba más allá del desdén. Para Junsheng, ella no tenía cerebro, no tenía sentimientos, no tenía motivaciones.
Era una absoluta nulidad de la que no merecía la pena preocuparse.
Lo peor de todo era que tenía razón.
Ofuscada en un berrinche silencioso, se fue a su habitación e hizo las maletas. Acto seguido, fue a la habitación de Junsheng y rebuscó en su armario. Por algún motivo, cuando sus descendientes quemaban dinero fantasma (cosa que hacían con piadoso fervor y
regularidad), este siempre aparecía al fondo de su armario, bajo las magníficas prendas tradicionales que Junsheng nunca se ponía y las revistas porno que los descendientes escondían.
Esa vez había bastante dinero. Junsheng debía haber estado demasiado ocupado con sus planes como para recogerlo.
Si Yonghua accedía a su plan, no tendrían que llegar lejos. Pero allá donde iban habría demonios a los que sobornar, y también dioses de los que esconderse. Tal vez tuvieran que pasar una noche o dos al raso. Necesitarían el dinero.
Lo puso en el fondo de su bolsa.
Entonces, se armó de valor y fue en busca de Yonghua.
—Está en la sala de música, señorita —dijo la criada de papel.
La ahora lúcida Siew Tsin se dio cuenta de la mirada que le echó.
Era una mirada recelosa, casi como si temiera su reacción. Pero
¿reacción a qué?
Desconcertada, reflexionó sobre ello de camino a la sala de música. Era extraño; nunca antes había considerado reales a los criados de papel. Nunca se había parado a pensar que pudieran tener sentimientos y pensamientos propios. ¿Pero acaso no eran básicamente lo mismo que Yonghua?
Personas.
«Somos esclavistas», pensó.
Era una idea tan impactante que olvidó anunciar su entrada en la sala de música. Abrió la puerta, con las palabras en la punta de la lengua para decírselo a Yonghua. Pero se quedó con la boca abierta y no llegó a emitir sonido alguno.
Ling’en y Yonghua se separaron de golpe como impulsadas por un resorte. Ling’en tenía el aspecto más humano que Siew Tsin le había visto nunca. Su pelo, normalmente perfecto, estaba alborotado y tenía la cara teñida de un rosa febril, como si hubiera estado bebiendo.
Yonghua no estaba sonrojada y su pelo seguía bien peinado, pero sus ojos negros parecían aturdidos.
Siew Tsin se dio cuenta de que era la misma expresión que había lucido cuando conoció a Ling’en. Y ahí estaban las dos, donde ella había tocado a Bach para Yonghua por primera vez. Ahí.
—Lo siento —dijo Ling’en. Resultaba inconcebible escuchar algo así viniendo de ella, pero Siew Tsin apenas pudo sentir la sorpresa por encima de la aguda punzada de dolor que le atravesaba el corazón—. Yonghua quería oír una canción popular de mi región.
Como no sé cantar, le he estado tocando fragmentos en el piano.
Estábamos… es decir…
De repente pareció darse cuenta de lo ridículo que sonaba todo.
Se detuvo e hizo un esfuerzo por recuperar la dignidad.
—Tengo que irme —anunció. Le dirigió a Yonghua un gesto de cabeza, como una maestra que reprende a un niño distraído—.
Recuerda lo que te he dicho.
—Sí —replicó Yonghua.
Su voz flotaba a la deriva, como desconectada de las emociones.
Volvió el rostro para seguir a Ling’en con la mirada mientras se iba.
Los creadores de Yonghua no debían haberle enseñado que las personas pueden sonreír para sí cuando se sienten felices. Ella nunca había sonreído, excepto cuando su programación le indicaba que era la reacción social adecuada. Mientras contemplaba cómo Ling’en se marchaba, su rostro permaneció tan impasible como un pedazo de sedoso tofu.
«Alguien debería haberle enseñado que sonríes cuando eres feliz
—pensó Siew Tsin—. Alguien debería ayudarla a descubrir todo lo que quiere saber».
—¿Me estabas buscando, hermana segunda? —preguntó Yonghua, aún con ojos distantes—. ¿O querías tocar el piano? No debo molestarte, me iré.
—No —repuso Siew Tsin—. Quédate, ya me voy yo.
Regresó a su dormitorio y deshizo su maleta, colocando todo de nuevo en su sitio. Pasaría algún tiempo hasta que se sintiera capaz de volver a mirar aquellas cosas. Pero conservó el dinero.
Siew Tsin se despertó por la mañana y encontró la casa sumida en la confusión, vibrando con voces exaltadas. Mientras bajaba por las escaleras frotándose los ojos, los criados de papel pasaban corriendo por su lado. Se percibía la angustia suspendida en el aire como un mal olor.
Junsheng estaba sentado en el comedor, bebiendo un café solo.
Tenía el periódico extendido ante él sobre la mesa, pero no lo estaba leyendo.
—Buenos días —dijo cuando se percató de su presencia.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Siew Tsin.
Era evidente que había estado esperando que alguien le hiciera esa pregunta. Se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa con la premeditación de un actor representando su papel.
—Parece ser que volvemos a ser solo tú y yo.
Siew Tsin alargó la mano sin ver y se aferró a la mesa. Su solidez la reconfortó. Se sentó.
—Ling’en me la ha jugado —dijo Junsheng. Hablaba con una voz firme e indiferente, como un viejo erudito dando una conferencia sobre una materia complicada—. Pensé que lo de Yonghua la había enfadado porque la vejez la estaba volviendo piadosa. A Ling’en nunca le había preocupado lo que los dioses permitieran o dejaran de permitir. Antes éramos iguales, creíamos en hacer lo mejor posible para uno mismo y para la familia.
»Pero hay gente que se aficiona a la religión, ya sabes, cuando se hace mayor. Cuando Ling’en me regañó por culpa de Yonghua, pensé: «Puede que dentro de poco se rinda y se entregue, y deje que
la envíen a la próxima vida». En eso tenía razón. Pero no fui tan listo como me creía. No vi venir que se llevaría a Yonghua con ella.
—¿Cómo sabes a dónde ha ido? —inquirió Siew Tsin—. ¿Había algún mensaje?
¿Acaso no le habría dejado Yonghua un mensaje?
Pero ese éxtasis absorto y distante en su mirada… No. No habría pensado en nadie más.
Ah, qué cruel era el amor.
—¿A dónde habría ido si no? —repuso Junsheng—. Sabía que no podría eludirme si se quedaba aquí, y dudo que haya huido a otra de las cortes del infierno. No, ha cruzado el puente.
Por supuesto, a Ling’en se le había ocurrido antes que a Siew Tsin. Ling’en lo había hecho todo antes: casarse con Junsheng, besar a Yonghua, fugarse con ella al encuentro de la próxima vida.
—Y tenía que llevarse a Yonghua con ella —continuó Junsheng.
Sacudió la cabeza—. Ling’en no era rencorosa en los viejos tiempos.
La recuerdo cuando era joven; tú no estás mal, y Yonghua era una obra de arte, pero Ling’en era una mujer de verdad. Yo morí antes que ella, ya sabes, y en los cinco años que siguieron a mi muerte, la riqueza de nuestra familia se triplicó bajo su mando. Nunca he conocido a nadie como ella. Y mira cómo hemos terminado.
—¿Qué será de ellas? —preguntó Siew Tsin.
—Ling’en morirá —dijo Junsheng—. A Yonghua probablemente la romperán en pedazos en cuanto las autoridades se den cuenta de lo que es. Ojalá Ling’en se reencarne en cucaracha por esta jugarreta. ¿Qué pasa?
Uno de los criados de papel asomó la cabeza por la puerta. Entró revoloteando agitadamente, con la cara pálida.
—Señor, hemos interrogado a la señora Meng como nos ordenó, y parece… parece que…
—¿Ling’en bebió el té? —preguntó Junsheng.
—Lo bebieron la señora Ling’en y la señora Yonghua —dijo el criado.
Junsheng frunció el ceño.
—Beberlo no habría tenido ningún efecto en Yonghua. No puede renacer, ella no es real.
—Eso fue lo que le dijo Lao Ding a la señora Meng —replicó el sirviente—. La señora Meng le contestó: «Entonces esto la hará real».
—Eso es imposible —se burló Junsheng.
—Señor, aún hay más. Parece ser que compraron esto en el pabellón de la señora Meng.
Abrió la mano. En la palma descansaba una maraña de hilo rojo.
Junsheng no habría parecido más conmocionado si el criado le hubiera abofeteado. Alargó el brazo y cogió el hilo.
Cuando un espíritu está listo para pasar a la próxima vida, hay una manera de aferrarse a las cosas que su antiguo yo valoraba. Solo se puede elegir una cosa, la más preciada. La única persona de entre todas las del universo, vivas o muertas, a la que no se desea renunciar cuando es necesario dejar atrás todo lo demás.
El espíritu y su elegido atan sus tobillos con hilo rojo. Puede que se cojan de las manos y se sonrían. Cuando crucen el puente hacia el mundo de los vivos, sabrán que no será la última vez que se vean. El hilo rojo es mejor que una promesa; es una garantía. Significa que se encontrarán de nuevo en la próxima vida. Significa que se amarán allí también.
A Siew Tsin no se le habría ocurrido algo así. No sabía que a las mujeres se les permitiera unirse entre ellas. Se habría sacrificado a sí misma y a Yonghua con la mera esperanza de que la próxima vida fuera mejor.
Era una tonta a tantos niveles…
—No lo entiendo —dejó escapar Junsheng.
Siew Tsin reconoció el temblor en su voz. Así se había sentido ella cuando vio a Ling’en y Yonghua en la sala de música. Pero cada uno tendría que sufrir sus traiciones por separado.
Se levantó de la mesa y salió de la habitación.
Caminó y caminó: fuera de la casa, cuesta abajo, por las calles de la décima corte del infierno. Vestida con su samfu de algodón, se dejó llevar por la multitud, sufriendo los codazos de los apresurados espíritus. Demonios de cara azul le lanzaron miradas desconfiadas, y estuvo a punto de ser atropellada por un palanquín. Pero siguió caminando.
El pabellón de la señora Meng estaba al otro lado del asentamiento. Cuanto más se alejaba, más vacías se tornaban las calles. Los edificios se fueron espaciando, hasta que las señales de comercios y viviendas comenzaron a desaparecer. La carretera se ensanchó y vio el final del camino.
Bajaba serpenteando hasta el pabellón de la señora Meng, encaramado en el borde de un acantilado. Más allá del pabellón estaba el puente, que desprendía un tenue resplandor entre las sombras. Los oídos de Siew Tsin se llenaron con el sonido de las olas rompiendo contra las rocas de abajo.
Los espíritus en la cola… Siew Tsin desvió la mirada, pero luego recordó su propósito y se obligó a mirar de nuevo. Había espíritus que habían sido arrastrados fuera de sus cómodos hogares en la décima corte al perder el favor de los funcionarios del infierno.
Asestaban golpes a diestro y siniestro y lloraban, prometiendo oro, sus casas, sus mujeres, cualquier cosa, con tal de que se les concediera un indulto.
Eso ya era bastante humillante, pero mucho peor eran los espíritus que habían venido de las otras cortes del infierno. Las creativas torturas que les habían infligido allí los habían dejado en tal estado que apenas parecían humanos. Siew Tsin pasó delante de una persona sin piel que se estremecía al sentir el roce del aire, de una mujer que gemía cuya roja lengua de una longitud antinatural rodaba desde su boca hasta el suelo, de un hombre cuyo cuerpo había sido tan cruelmente distorsionado que yacía en el suelo, hecho un ovillo sobre sí mismo como una oruga, y tenía que ser empujado por los demonios.
Pero había algo peculiar en esos espíritus. No lloraban como los de la décima corte, a los que la prosperidad había vuelto pusilánimes. Había paz en sus miradas, una serena comprensión de la desdicha. Habían llegado muy lejos, y se conocían a sí mismos mejor que cualquier persona viva podía llegar a conocerse.
El sufrimiento purifica el alma. Eso era lo que las monjas le habían enseñado.
Aunque las monjas ya se habían equivocado. Se puso la mano en el pecho, como si apretando pudiera sacarse el dolor del corazón.
Los funcionarios infernales que hacían guardia a lo largo de la cola con porte adusto ni siquiera la miraron cuando pasó. Ahora que Yonghua la había abandonado, Siew Tsin se había vuelto invisible de nuevo. Su aliento no perturbaba el aire. Sus pies no dejaban ninguna huella en el suelo.
¿Dónde estaba Yonghua? ¿Habían descubierto la verdad Ling’en y Siew Tsin, o era Junsheng quien tenía razón al decir que Yonghua no podía renacer? Si ella todavía estaba ahí, si su intento había fallado, no debía ser destruida, hecha pedazos o desgarrada por los espíritus que anhelasen su inmortalidad. Siew Tsin debía salvarla.
Si el plan había funcionado y las dos habían logrado escapar, Siew Tsin nunca volvería a verla. Pero si el pacto había fallado y Yonghua se había quedado sola, estaría en peligro y necesitaría a Siew Tsin.
Era un pensamiento horrible, era espantoso desear algo así. Todo había salido mal, y ella también se había malogrado en el proceso.
Una mano le tocó el codo. Una ancianita menuda le sonrió.
—Eres uno de los voluntarios —dijo.
—No lo sé —replicó Siew Tsin.
Pero cuando la anciana le preguntó:
—¿Quieres ver el mar?
Siew Tsin respondió:
—Sí, tía Meng.
Caminaron cogidas del brazo hacia el sonido de las olas. Siew Tsin se encontró a sí misma contándoselo todo a la señora Meng desde el principio, cuando murió siendo apenas una niña. Ahora se sentía una anciana, aunque, si hubiera seguido viva, tendría diecinueve años.
—¿Funcionó? —preguntó—. ¿Logró escapar Yonghua? Junsheng dijo que ella no tenía alma.
La señora Meng contestó:
—«Esto no es mío». «Esto no soy yo». «Esta no es mi alma». Lo que pasa a la próxima vida es la fuerza inexorable del kamma.
Alguien como tú no tiene más alma que la mujer de terracota.
—Ling’en y yo pensábamos que ella podría renacer —dijo Siew Tsin, más para sí misma—. Así que nosotras teníamos razón.
Los ojos de la señora Meng se estrecharon en una sonrisa.
—En la medida en que hay un vosotras —contestó—. Hemos llegado al puente. Mira.
El puente se arqueaba en el espacio. Al final brillaba una luz como Siew Tsin no había visto desde que murió: la cálida y dorada luz del sol. Bajo el puente, se extendía un mar oscuro.
El puente no llevaba a ningún sitio, no tenía fin. Los valientes saltaban y se sumergían en el mar desconocido, mientras los cobardes se arrastraban palmo a palmo hasta que la luz se los tragaba. Pero el final era el mismo. Era un principio.
Estar allí de pie, con la brisa marina en la cara y cogida de la mano de la anciana, le provocó a Siew Tsin una sensación extraña.
La hacía sentir como una niña de nuevo.
—Cuando era pequeña, solía soñar que caía —dijo. Su propia voz parecía venir de muy lejos—. Soñaba que caía del cielo, atravesando las nubes, durante mucho rato… Nunca llegaba a tocar el suelo.
Cuando me despertaba, solía desear poder hacerlo de verdad sin hacerme daño.
—Sí —contestó la señora Meng.
—¿Duele? —susurró Siew Tsin.
—Para cuando llega aquí, todo el mundo ha sufrido cuanto le toca sufrir.
—¿No necesito beber tu té?
—Si saltas, no hace falta —explicó la señora Meng—. El viento se lleva tus recuerdos.
—¿Volveré a verla? —preguntó Siew Tsin—. ¿Me encontraré con Yonghua en mi próxima vida?
—Escucha —dijo la señora Meng—. Volverás a nacer. Volverás a ser un bebé. Volverás a sonreír a tus padres. Sentirás el sol en la cara de nuevo. Serás joven otra vez. Todo lo que sabes, volverás a aprenderlo. Volverás a encontrar el amor.
Ayudó a Siew Tsin a subirse a la cornisa. Era sorprendentemente fuerte para tratarse de una anciana.
—Esta vez, esperemos que llegues a vieja —añadió—. Es un gran sufrimiento conocer solo la juventud.
—Adiós —se despidió Siew Tsin.
—Hasta nuestro próximo encuentro —puntualizó la señora Meng.
—¿Me recordarás cuando vuelva?
—Por supuesto. Te echo de menos cada vez que te vas.
Siew Tsin cerró los ojos y se precipitó desde el puente de espaldas. Cayó para siempre. La luz que se filtraba a través de sus párpados pasó del rojo refulgente a un cálido dorado. El olor del
mar dio paso al de la lluvia y al aire fresco. Las nubes acudieron a su encuentro.
Nunca llegó a tocar el suelo.