La Quinta Columna
Agradecimientos
Gracias de corazón a todas las personas e instituciones que me han ayudado a
rescatar del anonimato las historias de la Quinta Columna que aparecen en
este libro. Sin su ayuda, seguramente nunca hubieran visto la luz. Las cito a
continuación.
Arancha, la «niña de mis ojos». Siempre gracias por tu confianza,
paciencia, consejos y tu pluma brillante. Formas parte de esta obra, casi igual
que nosotros. Sin ti, nunca lo hubiera conseguido.
Mi familia, en especial a mis padres por haberme inculcado el espíritu de
sacrificio que me ha servido para no tirar la toalla. A mi padre, por su
fantástico trabajo de campo, visitando sin descanso los archivos militares de
Madrid y Ávila. Nunca olvidaré su análisis minucioso de los sumarios que
pasaban por sus manos, especialmente aquellos que se encontraban en el
cuartel Infante Don Juan. Siempre estarás presente. A mi madre, por su apoyo
moral y sus eficaces traducciones del francés que han sido indispensables para
comprender mejor la figura de Charles Duret.
Mis hermanos, sobrinos y amigos, a los que he quitado muchas horas de
mi tiempo y han estado siempre cerca para escuchar mis historias de la Guerra
Civil. Aunque no lo creáis, también formáis parte de este libro. A mis jefes y
compañeros de trabajo, gracias por vuestra confianza y comprensión desde el
primer momento.
El Archivo General Militar de Ávila y todos sus empleados tanto militares
como civiles. Sus miembros son los guardianes de nuestro legado militar y a
ellos les tendremos que agradecer para siempre su trabajo encomiable y su
profesionalidad. Puedo decir lo mismo de los componentes del Archivo
General Militar de Segovia y del Archivo General Histórico de la Defensa,
ubicado en el paseo de Moret de Madrid. En las dependencias de este último nos hemos sentido como en casa mientras buceábamos entre consejos de
guerra y declaraciones juradas.
El Museo Militar de Toledo, por su incesante búsqueda de fondos
fotográficos para este libro, y al Centro de Historia y Cultura Militar de
Ceuta, en especial al coronel Cabieces, cuya ayuda ha sido muy importante
para reconstruir historias como la del laureado Ricardo Bertoloty. Al Museo
Específico de Regulares de Ceuta, uno de los museos más apasionantes que se
pueden visitar en España y uno de los grandes desconocidos de nuestro
patrimonio.
Los archiveros y auxiliares del Centro Documental de la Memoria
Histórica de Salamanca, con los que he tenido mucho trato en el verano de
2018. Su pasión por el trabajo y su paciencia con los investigadores merecen
un reconocimiento especial.
El Archivo Histórico del Ejército del Aire. Sus expedientes nos han sido
muy útiles para entender la historia de algunos quintacolumnistas, como
Villapalos o Pereda. También para los archiveros del Archivo Histórico
Nacional, que nos han permitido seguir investigando los pormenores de la
guerra, y a los funcionarios del Archivo del Ministerio del Interior por las
facilidades que nos han concedido a la hora de estudiar las hojas de servicio
de policías y carabineros.
El Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares, donde
hemos podido analizar los expedientes de depuración de los profesores
Antonio Luna y Julio Palacios, personajes esenciales de la Quinta Columna
en la recta final de la guerra. También le damos las gracias al profesor Pascual
Marzal, catedrático de Historia del Derecho de la Universidad de Valencia,
que me proporcionó mucha luz sobre la figura de Luna y su papel en la
guerra.
El Archivo Regional de la Comunidad de Madrid, en especial a las
archiveras y auxiliares del turno de tarde. Gracias por sus consejos y por
habernos mostrado el maravilloso fondo fotográfico de Santos Yubero,
esencial para ilustrar esta investigación. Mención destacada para Javier Díez
Llamazares, subdirector general de Archivos de la Comunidad de Madrid, por
su comprensión, amabilidad y eficacia.
Alfredo Alvar, uno de los grandes historiadores de nuestro tiempo, que
nos abrió las puertas de la Real Academia de la Historia junto con Miguel
Ángel Ladero Quesada. Sin su ayuda, nunca hubiéramos conocido los
entresijos de la Sección Femenina de Falange y los fondos de la Asociación
Nueva Andadura.
África Borges por sus apasionadas conversaciones sobre su tío Antonio
del Rosal y López de Vinuesa y por cedernos la única fotografía que existe en
la actualidad del primer quintacolumnista de la guerra.
La familia Ordeig, por ayudarnos a reconstruir la historia de la
organización clandestina de San Francisco el Grande y el cautiverio de sus
líderes en las cárceles de Barcelona. Nuestro agradecimiento también para los
descendientes de Valentín de Pedro, que nos permitieron entender mejor el
lado humano del contraespionaje republicano en Madrid.
Pedro Bareño y Gustavo Villapalos, que nos han permitido obtener unos
mejores perfiles de los enlaces que solía utilizar el espionaje franquista para
acceder a la retaguardia madrileña. Con su colaboración hemos ampliado más
datos acerca de sus padres, que sirvieron como correos humanos del SIPM
entre 1937 y 1939. Nuestro reconocimiento para Antonio y Ramiro
Guardiola, cuya ayuda ha sido fundamental para conocer la intrahistoria de
los «nadadores del Tajo». También agradecemos los esfuerzos de los
descendientes de Antonio Gutiérrez Mantecón, en especial a sus hijos Resti y
Aurora y a su nieto Enrique.
Al Museo de la Fundación Nacional de la División Azul por permitirnos
utilizar el único retrato que existe de Juan María Bartolí Bella. A Gonzalo
Rodríguez, del Foro Memoria Blau, por habernos enseñado a comprender la
historia de los quintacolumnistas que se convirtieron en divisionarios tras la
Guerra Civil.
Al coronel Solans, sobrino de Antonio Rodríguez Aguado, por abrirnos la
puerta de su casa y del Casino Militar de Madrid, donde empezamos nuestras
investigaciones. También a las hijas de Joaquín Jiménez de Anta, por
cedernos en su día las imágenes de su padre, y a Manuel Manzano-Monís, que
nos ha resuelto muchas dudas sobre su progenitor.
Marta Castilla y su hijo Jordi Massó por permitir adentarme en Alberto
Castilla Olavarría, uno de los más brillantes infiltrados republicanos dentro de
la Quinta Columna. Años después de nuestro primer encuentro, Marta y yo
nos volvimos a encontrar en Madrid y disfrutamos de una de las charlas más
apasionantes y emotivas de este libro. No dejes de escribir, Marta. A
Francisco Burgos por su búsqueda incansable de fotografías antiguas de su
tío, José Burgos Iglesias.
A Félix Gil le estaré siempre muy agradecido, por haber creído en mí
desde el primer minuto. Gracias por tu confianza, tu libertad y comprensión.
Y, sobre todo, le doy las gracias a Antonio Vargas Márquez, el otro autor
de este libro, al que siempre llevaré en mi memoria y en mi corazón. Todo un ejemplo de tenacidad, implicación y espíritu de sacrificio.
Madrid, enero de 2019
Alberto Laguna Reyes